El Marqués de Bradomín

Coloquios románticos

Ramón María del Valle-Inclán


Diálogo, Teatro



Dedicatoria

Estos diálogos tuvieron hace tiempo vida en el teatro. Es un recuerdo que me sonríe al releer estas páginas: Con ellas envío á Matilde Moreno y á Francisco García Ortega mi saludo de reconocimiento, de admiración y de amistad.

Jornada primera

Un jardín y en el fondo un palacio: El jardín y el palacio tienen esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Sentado en la escalinata, donde verdea el musgo, un zagal de pocos años amaestra con los sones de su flauta, una nidada de mirlos prisionera en rústica jaula de cañas. Aquel niño de fabla casi visigótica y ojos de cabra triscadora, con su sayo de estameña y sus guedejas trasquiladas sobre la frente por tonsura casi monacal, parece el hijo de un antiguo siervo de la gleba. La dama pálida y triste, que vive retirada en el palacio, le llama con lánguido capricho Florisel. Por la húmeda avenida de cipreses aparece una vieja de aldea: Tiene los cabellos blancos, los ojos conqueridores y la color bermeja. El manteo, de paño sedán, que sólo luce en las fiestas, lo trae doblado con primor y puesto como una birreta sobre la cofia blanca: Se llama Madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
¿Estás adeprendiéndole la lección á los mirlos?

FLORISEL:
Ya la tienen adeprendida.

LA MADRE CRUCES:
¿Cuántos son?

FLORISEL:
Agora son tres. La señora mi ama echó á volar el que mejor cantaba. Gusto que tiene de verlos libres por los aires.

LA MADRE CRUCES:
¡Para eso es la señora! ¿Y cómo está de sus males?

FLORISEL:
¡Siempre suspirando! ¡Agora la he visto pasar por aquella vereda cogiendo rosas!

LA MADRE CRUCES:
Solamente por saludar á esa reina he venido al palacio. A encontrarla voy. ¿Por dónde dices que la has visto pasar?

FLORISEL:
Por allí abajo.

La Madre Cruces se aleja en busca de la señora, y torna á requerir su flauta Florisel. El sol otoñal y matinal deja un reflejo dorado entre el verde sombrío, casi negro, de los árboles venerables. Los castaños y los cipreses que cuentan la edad del palacio. La Quemada y Minguiña, dos mujerucas mendigas, asoman en la puerta del jardín, una puerta de arco que tiene, labrados en la piedra sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes. Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos. Las dos mendigas asoman medrosas.

LA QUEMADA:
¡A la santa paz de Dios Nuestro Señor!

MINGUIÑA:
¡Ave María Purísima!

LA QUEMADA:
¡Todas las veces que vine á esta puerta, todas, me han socorrido!

MINGUIÑA:
¡Dicen que es casa de mucha caridad!

LA QUEMADA:
No se ve á nadie...

MINGUIÑA:
¿Por qué no entramos?

LA QUEMADA:
¡Y si están sueltos los perros!

MINGUIÑA:
¿Tienen perros?

LA QUEMADA:
Tienen dos, y un lobicán muy fiero...

FLORISEL:
¡Santos y buenos días! ¿Qué deseaban?

LA QUEMADA:
Venimos á la limosna. ¿Tú agora sirves aquí? Buena casa has encontrado. En los palacios del Rey no estarías mejor.

FLORISEL:
¡Eso dícenme todos!

LA QUEMADA:
Pues no te engañan.

FLORISEL:
¡Por sabido que no!

MINGUIÑA:
¡Tal acomodo quisiera yo para un nieto que tengo!

FLORISEL:
No todos sirven para esta casa. Lo primero que hace falta es muy bien saludar.

MINGUIÑA:
Mi nieto es pobre, pero como enseñado lo está.

FLORISEL:
Y hace falta lavarse la cara casi que todos los días.

MINGUIÑA:
En un caso también sabría dar gusto.

FLORISEL:
Y dentro del palacio tener siempre la montera quitada, aun cuando la señora no se halle presente, y no meter ruido con las madreñas ni silbar por divertimiento, salvo que no sea á los mirlos.

LA QUEMADA:
¿Tú aquí sirves por el vestido?

FLORISEL:
Por el vestido y por la soldada. Gano media onza cada año, y á cuenta ya tengo recibido los dineros para mercar esta flauta. ¿Vostedes es la primera vez que vienen á la limosna?

LA QUEMADA:
¡Yo hace muchos años!

MINGUIÑA:
Yo es la primera vez. Nunca creí verme en tanta necesidad. Fuí criada con el regalo de una reina, y agora no me queda otro triste remedio que andar por las puertas. Un hijo tenía, luz de mi tristes ojos, amparo de mis años, y murió en el servicio del Rey, adonde fué por un rico.

FLORISEL:
¿Y vienen de muy lejos?

MINGUIÑA:
De San Clemente de Bradomín.

LA QUEMADA:
¡Todo por monte!

FLORISEL:
Ya sé dónde queda. Allí tiene un palacio el más grande caballero de estos contornos.

MINGUIÑA:
¡También es puerta aquella de mucha caridad! Agora poco hace, llegó el señor mi Marqués, al cabo de muchos años. Dicen que viene para hacer una nueva guerra por el Rey Don Carlos, á quien le robaron la corona cuando los franceses.

LA QUEMADA:
Aquél murió. El de agora es un hijo.

MINGUIÑA:
Hijo ó nieto, es de aquella sangre real.

En la puerta del jardín asoma una hueste de mendigos. Patriarcas haraposos, mujeres escuálidas, mozos lisiados. Racimo de gusanos que se arrastra por el polvo de los caminos y se desgrana en los mercados y feriales de las villas salmodiando cuitas y padrenuestros, caravana que descansa al pie de los cruceros, y recuenta la limosna de mazorcas y mendrugos de borona, á la sombra de los valladares floridos donde cantan los pájaros del cielo á quienes da nido y pan Dios Nuestro Señor. En todos los casales los conocen, y ellos conocen todas las puertas de caridad. Son siempre los mismos: El Manco de Gondar; el Tullido de Céltigos; Paula la Reina, que da de mamar á un niño; la Inocente de Brandeso; Dominga de Gómez; el señor Amaro, el señor Cidrán el Morcego y la mujer del Morcego. Llegan por el camino aldeano, fragante y riente bajo el sol matinal.

EL MANCO DE GONDAR:
Rapaz, avisa en la cocina que está aquí el manco de Gondar, que viene por la limosna.

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
Y el tullido de Céltigos.

FLORISEL:
Tiene dicho Doña Malvina, el ama de llaves, que esperen á reunirse todos.

EL MANCO DE GONDAR:
Dile que tenemos de recorrer otras puertas.

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
No basta una sola para llenar las alforjas.

EL MORCEGO:
Los ricos, como no pasan trabajos...

LA MUJER DEL MORCEGO:
Padre nuestro, que estáis en los cielos...

Por un sendero del jardín aparece la Señora del palacio, que viene cogiendo rosas. A su lado la Madre Cruces habla conqueridora, y la dama suspira con desmayo. Es una figura pálida y blanca, con aquel encanto de melancolía que los amores muertos ponen en los ojos y en la sonrisa de algunas mujeres.

LA MADRE CRUCES:
¡Y cómo me place ver á mi señora con las colores de una rosa!

LA DAMA:
De una rosa sin color, Madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
Y todavía no la dije algo que habrá de alegrarla. ¡Esperando que me preguntase!

LA DAMA:
¡Sin preguntarte lo sé!

LA MADRE CRUCES:
¿Que lo sabe?

LA DAMA:
¡Ojalá pudiera equivocarme!

LA MADRE CRUCES:
No es cosa para que suspire. Son nuevas de un caballero muy galán.

Viendo llegar á la Señora la hueste de mendigos, que derramada por la escalinata espera la limosna, se incorpora y junta con un murmullo de bendiciones. En el sendero la dama se detiene para oir á la vieja conqueridora, y torna á suspirar. Sus ojos tienen esa dulzura sentimental que dejan los recuerdos cuando son removidos, una vaga nostalgia de lágrimas y sonrisas, algo como el aroma de esas flores marchitas que guardan los enamorados.

LA QUEMADA:
Aquí está la señora.

MINGUIÑA:
¡Bendígala Dios!

PAULA:
Y le dé la recompensa de tanto bien como hace á los pobres.

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
¡Parece una reina!

LA QUEMADA:
¡Parece una santa del cielo!

MINGUIÑA:
¡Es la misma Nuestra Señora de los Ojos Grandes que está en Céltigos!

LA DAMA:
¿Cómo sigue tu marido, Liberata?

LA QUEMADA:
¡Siempre lo mismo, mi señora! ¡Siempre lo mismo!

LA DAMA:
¿Es tuyo ese niño, Paula?

PAULA:
No, mi señora. Era de una curmana que se ha muerto. Tres ha dejado la pobre: éste es el más pequeño.

LA DAMA:
¿Y tú lo has recogido?

PAULA:
La madre me lo recomendó al morir.

LA DAMA:
¿Y qué es de los otros dos?

PAULA:
Por esos caminos andan. El uno tiene siete años, el otro nueve... Pena da mirarlos desnudos como ángeles del cielo.

LA DAMA:
Vuelve mañana, y pregunta por Doña Malvina.

PAULA:
¡Gracias, mi señora! ¡Mi gran señora! ¡La pobre madre se lo agradecerá en el cielo!

LA DAMA:
Y á los otros pequeños tráelos también contigo.

PAULA:
Los otros, mañana no sé dónde poder hallarlos.

EL SEÑOR CIDRAN:
Los otros, aunque cativo, también tienen amparo. Los ha recogido Bárbara la Prisca, una viuda lavandera que también á mí me tiene recogido.

LA DAMA:
¡Pobre mujer!

LA MADRE CRUCES:
Bárbara la Prisca casó con un sobrino de mi difunto. ¡Es una santa de Dios!

LA DAMA:
La conozco, Madre Cruces.

Seguida de la vieja conqueridora la Señora del palacio se aleja lentamente, y á los pocos pasos, suspirando con fatiga, se sienta á la sombra de los rosales, en un banco de piedra cubierto de hojas secas. En frente se abre la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzan dos quimeras manchadas de musgo y un sendero sombrío, un solo sendero, ondula entre los mirtos. Muy lejano, se oye el canto de los mirlos guiados por la flauta que tañe Florisel.

LA MADRE CRUCES:
Y tornando al cuento pasado. ¿Dice que sabe la nueva?

LA DAMA:
¡Ojalá me equivocase! Tú traes una carta para mí, Madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
¿Cómo lo sabe?

LA DAMA:
¡No me preguntes cómo lo sé! ¡Lo sé!

LA MADRE CRUCES:
¿Quién ha podido decírselo? ¡Si fué una misma cosa entregarme la carta el señor mi Marqués y ponerme en camino!

LA DAMA:
No me lo ha dicho nadie. Yo lo sentí dentro del corazón, como una gran angustia, cuando te vi llegar. ¡Y no me atrevía á preguntarte!

LA MADRE CRUCES:
¡Como una gran angustia! Yo presumo que el señor mi Marqués viene de tan lejanas tierras solamente por ver á mi señora.

LA DAMA:
Viene porque yo le llamé, y ahora me arrepiento. A mí me basta con saber que me quiere. Temía que me hubiese olvidado y le escribí, y ahora que estoy segura de su cariño temo verle.

La Señora del palacio queda un momento con la carta entre sus manos cruzadas contemplando el jardín. En la rosa pálida de su boca tiembla una sonrisa, y los ojos brillaban con dos lágrimas rotas en el fondo. Las flores esparcidas sobre su falda aroman aquellas manos blancas y transparentes. ¡Divinas manos de enferma! Suspirando abre la carta. Mientras lee asoma en la puerta del jardín una niña desgreñada, con ojos de poseída, que clama llena de un terror profético, al mismo tiempo que se estremece bajo sus harapos: Es Adega la Inocente.

ADEGA LA INOCENTE:
¡Ay de la gente que no tiene caridad! Los canes y los rapaces córrenme á lo largo de los senderos. Mozos y viejos asoman tras de las cercas y de los valladares para decirme denuestos. ¡Ay de la gente que no tiene caridad! ¡Cómo ha de castigarla Dios Nuestro Señor!

MINGUIÑA:
Ya la castiga. Mira cómo secan los castañares, mira cómo perecen las vides. Esas plagas vienen de muy alto.

ADEGA LA INOCENTE:
Otras peores tienen de venir. ¡Se morirán los rebaños sin quedar una triste oveja, y su carne se volverá ponzoña! ¡Tanta ponzoña que habrá para envenenar siete reinos!

EL SEÑOR CIDRAN:
¡La cuitada es inocente! No tiene sentido.

MINGUIÑA:
Entra, rapaza, que aquí nadie te hará mal. Dame dolor de corazón el verla.

Adega la Inocente responde levantando los brazos, como si evocase un lejano pensamiento profético, y los vuelve á dejar caer. Después, cubierta la cabeza con el manteo, entra en el jardín lenta y llena de misterio. Así, arrebujada, parece una sombra milenaria. Tiembla su carne y los ojos fulguran calenturientos bajo el capuz del manteo. En la mano trae un manojo de yerbas que esconde en el seno con vago gesto de hechicería. Estremeciéndose va á sentarse entre las dos abuelas mendigas Minguiña y la Quemada. En tanto, la Señora del palacio, allá en el fondo del jardín, sentada en el banco que tiene florido espaldar de rosales, termina de leer la carta.

LA DAMA:
¡Qué tortura!

LA MADRE CRUCES:
Bien se me alcanza lo que á mi señora le acontece. Como no puede retenerle largo tiempo, teme el dolor de la ausencia.

LA DAMA:
¡Lo que yo temo es ofender á Dios! ¡Sólo de pensar que puede aparecerse ahora mismo tiemblo y desfallezco! ¡Y la idea de no verle me horroriza! Cuéntame qué te dijo. ¿Cómo fué el darte esta carta?

LA MADRE CRUCES:
Esta mañana llegó al molino como de cacería. Yo, al pronto, le desconocí. Tiene todos los cabellos blancos, que parecen de plata. Quedóse parado en la puerta mirándome muy fijo. Ante un caballero tan lleno de majestad, me puse de pie, y ha sido cuando me habló y le reconocí.

LA DAMA:
¿Y qué te dijo?

LA MADRE CRUCES:
Pues, díjome estas mismas palabras: Madre Cruces, hace mucho que has visto á mi pobre Concha? Toda asombrada quedéme sin acertar á responderle. Entonces sacó del bolsillo la carta y me la entregó.

LA DAMA:
¿No te habló más?

LA MADRE CRUCES:
Nada más, mi reina.

LA DAMA:
¿No te dijo que yo le esperaba?

LA MADRE CRUCES:
Nada me dijo.

LA DAMA:
¿Ni de dónde venía?

LA MADRE CRUCES:
Nada.

LA DAMA:
¿Y tú no le preguntaste?

LA MADRE CRUCES:
No me atreví. El verle aparecer de aquella manera habíame impuesto. Eso sí, parecióme más triste.

LA DAMA:
¡Dos años hace que no le veo! Fué aquí, en este mismo jardín, donde nos dijimos adiós. Yo creí morir, pero no es cierto que maten las penas.

LA MADRE CRUCES:
No mata ningún mal de este mundo. Es que Dios elige á los suyos.

LA DAMA:
Di, Madre Cruces, ¿por qué te ha parecido triste?

LA MADRE CRUCES:
Yo no sé si será aquella cabellera toda blanca. Y agora recuerdo otras palabras del señor mi Marqués. ¡Fueron tan pocas!

LA DAMA:
¡Tan pocas y aún las olvidas! Repíteme todo lo que él te dijo.

LA MADRE CRUCES:
Pues díjome: ¿Mi pobre Concha sigue siempre triste? ¿Conserva aquella mirada de criatura enferma que estuviese pensando en la otra vida?

LA DAMA:
¡Sigue llamándome su pobre Concha!

LA MADRE CRUCES:
Siempre que habla de mi señora la nombra así.

LA DAMA:
¡Su pobre Concha!.. Y bien pobre, y bien digna de lástima. Le quise desde niña, y crecí, y fuí mujer y me casaron con otro hombre, sin que él hubiese sospechado nada. ¡Aquellos ojos eran á la vez ciegos y crueles!.. Después, cuando se fijaron en mí, ya sólo podían hacerme más desgraciada.

Hay un silencio largo donde se oye el zumbar de un tábano entre los rosales. La Señora del palacio, con la carta entre las manos, ha quedado como abstraída: sus ojos, sus hermosos ojos de enferma, miran á lo lejos y miran sin ver. El tábano revolotea mareante y soñoliento. La vieja conqueridora le sigue con la mirada. Muchas veces deja de verle, pero el zumbido constante de sus alas le anuncia. La Madre Cruces, un momento persigue con la mano el vuelo que pasa ante sus ojos y sonríe.

LA MADRE CRUCES:
Este tábano rojo algo bueno anuncia.

LA DAMA:
Yo creía que era mal agüero, Madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
No, mi reina. Mal agüero si fuese negro. Ese mismo lo vide antes.

LA DAMA:
¿Y qué puede anunciarme?

LA MADRE CRUCES:
Que presto llegará el galán que consuele ese corazón.

LA DAMA:
¡Consuelo! Yo no sé qué es mayor angustia, si saber que está cerca, si llorarle lejos. ¿Por dónde viene?

LA MADRE CRUCES:
Por seguro que caminando adonde le esperan.

LA DAMA:
Si cierro los ojos, le veo en medio de un camino, pero su cara no la distingo. ¿Dices que está triste?

LA MADRE CRUCES:
¡Menos lo estaría si tanto no recordase á quien le quiere!

LA DAMA:
¿Tú crees que me haya recordado siempre?

LA MADRE CRUCES:
Claramente. ¿Pues no ha venido apenas fué llamado? ¡Y cómo suspiró al darme la carta!

LA DAMA:
¡No suspirará más tristemente que suspiro yo!

LA MADRE CRUCES:
Pues hace mal mi señora cuando sabe que es tan bien querida. Y siempre vale mejor que pene uno solo. Viendo triste al buen caballero decíame entre mí: Suspira, enamorado galán, suspira, que todo lo merece aquella paloma blanca.

LA DAMA:
¡Cuánto tarda! ¿Cómo el corazón no le dice todo mi afán?

LA MADRE CRUCES:
El corazón es por veces tan traidor.

LA DAMA:
¡El mío es tan leal!

LA MADRE CRUCES:
¡Cuitado pajarillo! ¿Mas qué tiene mi reina que tiembla toda?

LA DAMA:
No es nada, madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
Vamos al palacio.

LA DAMA:
Quería esperarle aquí, en el jardín donde nos separamos.

LA MADRE CRUCES:
Antaño, cuando niños, algunas veces los he visto jugar bajo estas sombras. Apenas si recordará.

LA DAMA:
¡Me acuerdo tanto! No jugaba conmigo, jugaba con mis hermanas mayores, que tenían su edad. Solía traerlo mi abuelo en su yegua, cuando volvía de Viana del Prior, donde estaba con su tío. El viejo Marqués era tu padrino, verdad, Madre Cruces?

LA MADRE CRUCES:
Sí, mi reina. Padrino como cumple, de bautizo y de boda. Un caballero de aquellos cual no quedan, un gran caballero, como lo era su primo, el señor de este palacio.

LA DAMA:
¡Pobre abuelo!

LA MADRE CRUCES:
Mejor está que nosotros, allá en el mundo de la verdad.

LA DAMA:
Si viviese no sería yo tan desgraciada.

LA MADRE CRUCES:
Nuestras tribulaciones son obra de Dios, y nadie en este mundo tiene poder para hacerlas cesar.

LA DAMA:
Porque nosotros somos cobardes, porque tememos la muerte.

LA MADRE CRUCES:
Yo, mi señora, no la temo. Tengo ya tantos años que la espero todos los días, porque mi corazón sabe que no puede tardar.

LA DAMA:
Yo también la llamo, madre Cruces.

LA MADRE CRUCES:
Mi señora, yo llamarla, jamás. Podría llegar cuando mi alma estuviese negra de pecados.

LA DAMA:
Yo la llamo, pero le tengo miedo. Si no le tuviese miedo, la buscaría.

LA MADRE CRUCES:
¡No diga tal, mi señora, no diga tal!

En la escalinata, donde verdean yerbajos desmedrados que las palomas picotean, asoma una vieja ama de llaves vestida con hábito del Carmelo. Se llama Doña Malvina. Aventa un puñado de maíz, y las palomas acuden á ella. Doña Malvina ríe con gritos de damisela y llevando una paloma en cada hombro, baja al jardín, alzada muy pulcramente la falda para caminar por los senderos, y llega adonde está la Señora.

DOÑA MALVINA:
¡Que la humedad de esos árboles no puede serle buena!

LA DAMA:
¡Dentro de un momento acaso llegue aquel á quien espero hace tanto tiempo!..

DOÑA MALVINA:
¡El señor Marqués!

LA DAMA:
Tú nunca dudaste que viniese.

DOÑA MALVINA:
¡Nunca!

LA DAMA:
Yo lo dudé, é hice mal.

DOÑA MALVINA:
¿Cuándo ha tenido usted noticia de su llegada?

LA DAMA:
Ahora.

LA MADRE CRUCES:
Yo la truje, Doña Malvina.

LA DAMA:
Quería esperarle aquí. Me mata la impaciencia.

DOÑA MALVINA:
¡Tiene las manos heladas!

La dama calla y parece soñar. En medio de aquel silencio leve y romántico, resuena en el jardín festivo ladrar de perros y música de cascabeles, al mismo tiempo que una voz grave y eclesiástica se eleva desde el fondo de mirtos como un canto gregoriano. Es la voz del Abad de Brandeso. El tonsurado solía recaer por el palacio, terminada la misa, para tomar chocolate con la Señora. Sus dos galgos le precedían siempre.

EL ABAD:
Excelentísima señora doña María de la Concepción Montenegro y Bendaña, Gayoso y Ponte de Andrade.

LA DAMA:
¡Señor Abad, qué olvidado tiene usted el camino de esta casa!

EL ABAD:
No crea eso, mi buena amiga, pero estuve de viaje. Una consulta á Su Ilustrísima. Por cierto que el señor Provisor me ha dicho que estaba de vuelta nuestro gran Marqués. El señor Provisor, que le ha saludado en Roma cuando fué con la peregrinación, me contó que el pelo le ha blanqueado completamente. ¡Pues no tiene años para eso!

LA DAMA:
¡Oh, no!

EL ABAD:
Es un muchacho. ¿Y qué magna empresa le habrá traído?

LA DAMA:
¡Señor Abad!

EL ABAD:
Yo me la figuro. Nuestro ilustre Marqués trae una misión secreta del Rey.

LA DAMA:
No creo...

EL ABAD:
A mí no me extrañaría que volviese á estallar una nueva guerra. Yo confieso que la espero hace mucho tiempo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!

LA DAMA:
Usted tomará chocolate, señor Abad. Ya lo sabes, Malvina.

DOÑA MALVINA:
¿Prefiere bollos de Viana, ó bizcochos de las monjas de Velvis?

EL ABAD:
Hay que pensarlo, Doña Malvina: ¡Es un caso de conciencia!

LA DAMA:
Las dos cosas.

DOÑA MALVINA:
¿Y cabello de ángel ó dulce de guindas?

EL ABAD:
También le haré honor á los dos. No le dije que he tenido el gusto de ver á las niñas. Ya sé que la visitarán muy pronto.

Después de cambiar una mirada, se alejan discretas, hacia el palacio la dueña y la Madre Cruces. Van comentando en voz baja, y de tiempo en tiempo se detienen en el sendero de mirtos, para arrancar una brizna de yerba ó enderezar un rosal que se deshoja al paso. Los mendigos que esperan sentados en la escalinata se incorporan lentamente y tienen una salutación de salmodia al verlas llegar. Doña Malvina, con movimientos de cabeza, esos movimientos graves y pausados de las dueñas gobernadoras, les recomienda paciencia, paciencia, paciencia.

LA DAMA:
¿Vió usted á mis hijas, señor Abad?

EL ABAD:
Usted no sabe que yo tengo una hermana monja en el Convento de la Enseñanza. Precisamente al entrar en el locutorio lo primero que descubrí tras de las rejas fué á las dos pequeñas. No sabía que se educasen allí. Su padre estaba visitándolas. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán! Le hallé muy viejo, y sobre todo desmemoriado. No creía que hubiese quedado tan mal de este último ataque. Hemos hablado de usted.

LA DAMA:
¿Sabía la aparición del Marqués?

EL ABAD:
Si lo sabía, nada me ha dicho, y yo nada he podido colegir. Si algo me hubiese dicho, le habría contestado, como era mi deber, que el señor Marqués de Bradomín es un leal defensor del Rey, y que sólo ha venido aquí por la causa de la Religión y de la Patria.

LA DAMA:
Señor Abad, cree usted que haya venido por eso?

EL ABAD:
Yo, ciertamente.

LA DAMA:
Pero usted no ignora...

EL ABAD:
No, no ignoro.

LA DAMA:
Y usted, qué me aconseja?

EL ABAD:
Es tan grave el caso...

LA DAMA:
Sólo le veré para suplicarle que vuelva á su destierro, lejos, muy lejos de mí.

EL ABAD:
¿Y tiene usted derecho para hacerlo? Si, como yo creo, le trae el interés supremo de una causa santa...

LA DAMA:
¿Otra guerra?

EL ABAD:
Sí, otra guerra. Eso que algunos juzgan imposible, eso que hasta á los mismos Gobiernos liberales hace sonreir, y que, á despecho de la incredulidad de unos y de las burlas de otros, será.

LA DAMA:
Y yo, qué debo hacer?

EL ABAD:
Rezar. Prescindir de cualquier interés mundano. Busque usted ejemplo en la vida de los santos. María Egipciaca, mirando al piadoso objeto llegar á Jerusalén, no teniendo al pasar un río moneda que dar al barquero, le ofreció el don de su cuerpo. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!

LA DAMA:
¡Qué gran consuelo me da usted, señor Abad!

EL ABAD:
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!

Los perros van y vienen con carreras locas, persiguiendo sobre la yerba la sombra de un largo bando de palomas que vuela en torno de la torre señorial. La dama y el clérigo conversan en un banco de piedra, sostenidos por dos grifantes toscamente labrados, á los cuales da un encanto de arte el musgo que los cubre. La Señora escucha con los ojos bajos, entretenida en hacer un gran ramo con las rosas. Algunas quedan deshojadas en su falda, y las remueve lentamente, hundiendo en ellas sus manos de enferma, que parecen más pálidas entre la sangre de las rosas. La dama solía buscar aquel paraje del jardín para llorar sus penas. Le placía aquel retiro donde mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador en torno de una fuente abandonada. Con lánguido desmayo se incorpora, y por la húmeda avenida de castaños se retorna al palacio, seguida del Abad. En la puerta del jardín asoma un ciego sin lazarillo, y los mendigos, al verle, hacen comentos.

MINGUIÑA:
Ahí está Electus, el ciego de Gondar.

LA QUEMADA:
¡Famoso prosero!

ELECTUS:
¡Santa Lucía bendita vos conserve la amable vista y salud en el mundo para ganarlo! Dios vos otorgue que dar y que tener. Salud y suerte en el mundo para ganarlo. ¡Buenas almas del Señor, haced al pobre ciego un bien de caridad!

EL MORCEGO:
Somos otros pobres, Electus.

ELECTUS:
¡Mía fe que os tuve por indianos!

LA QUEMADA:
¡Qué gran raposo!

EL MANCO DE GONDAR:
¿Cómo vienes sin criado?

ELECTUS:
Muy poco á poco. Como tengo de irme para no tropezar.

MINGUIÑA:
Oye una fabla, Electus.

ELECTUS:
Considera que bajo este peso me doblo. Deja tú que llegue adonde pueda reposarme.

El ciego sacude las alforjas escuetas, y algún mendigo, escondida la mano entre los harapos, se rasca y ríe. El ciego pone una atención sagaz, procurando reconocer las voces y las risas. Tanteando con el bordón, busca sitio en el corro. Es un viejo jocundo y ladino, que arrastra luenga capa, y cubre su cabeza con parda y puntiaguda montera.

LA QUEMADA:
Aquí estamos esperándote con un dosel.

ELECTUS:
Pues agora voy á sentarme debajo.

MINGUIÑA:
Tú que andas por los caminos y tienes conocimiento en todas las aldeas, para un nieto mío, no podrás darme razón de una casa donde me lo miren con blandura, pues nunca ha servido?

ELECTUS:
¿Qué tiempo tiene?

MINGUIÑA:
El tiempo de ganarlo. Nueve años hizo por el mes de Santiago.

ELECTUS:
Como él sea despierto, amo que le mire bien no faltará.

MINGUIÑA:
Dios te oiga.

ELECTUS:
Sí que me oirá. Aun cuando es muy viejo no está sordo.

MINGUIÑA:
Deja las burlerías, Electus.

Aquel mendicante prosero, tiene un grave perfil monástico, pero el pico de su montera parda, y su boca rasurada y aldeana, semejante á una gran sandía abierta, guardan todavía más malicia que sus decires, esos añejos decires de los jocundos arciprestes aficionados al vino, y á las vaqueras, y á rimar las coplas. Sucede un momento de silencio, y el ciego, que está sentado á par de la vieja mendiga, alarga el brazo hacia el lado opuesto, y palpa, queriendo alcanzar á la Inocente.

ADEGA LA INOCENTE:
Esté quedo, señor Electus.

ELECTUS:
¿Quién es?

MINGUIÑA:
¡Buen cazallo estás! Ya has venteado que es una rapaza.

ELECTUS:
Y la rapaza, qué hace?

MINGUIÑA:
¿Esta rapaza? Esta rapaza no es sangre mía.

ELECTUS:
¿No tienes padres, rapaza?

ADEGA LA INOCENTE:
No, señor.

ELECTUS:
¿Y qué haces?

ADEGA LA INOCENTE:
Ando á pedir.

ELECTUS:
¿Por qué no buscas un amo?

ADEGA LA INOCENTE:
Ya lo busco, mas no le atopo.

LA QUEMADA:
Los amos no se atopan andando por los caminos. Así atópanse solamente moras en los zarzales.

ELECTUS:
Válate Dios. Pues hay que sacarse de andar por las puertas. Eso es bueno para nosotros los viejos, que al cabo de haber trabajado toda la vida no tenemos otro triste remedio. Los mozos débense al trabajo.

LA QUEMADA:
Y no deben sacar la limosna á los verdaderos pobres.

ADEGA LA INOCENTE:
¡Pobres! Pronto lo serán todos los nacidos. Las tierras cansaránse de dar pan.

MINGUIÑA:
Electus, no eches en olvido á mi rapaz.

ELECTUS:
El rapaz, como sea despierto, acomodo habrá de tener, y buen acomodo. Al criado que tenía enantes abriéronle la cabeza en la romería de Santa Baya, y está que loquea. Aunque yo conozco los caminos mejor que muchos que tienen vista, un criado siempre es menester. ¡Y ser criado de ciego es acomodo que muchos quisieran!

LA QUEMADA:
Y ser ciego con vista mejor acomodo.

ELECTUS:
¿Quién habla por ahí?

LA QUEMADA:
Una buena moza.

ELECTUS:
Para el señor Abade.

LA QUEMADA:
Para folgar contigo. El señor Abade ya está muy acabado.

EL MANCO DE GONDAR:
¿Y para mí no sabes de ningún acomodo?

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
¿Y para mí?

ELECTUS:
Tal que pueda convenirvos, solamente sé de uno.

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
¿Dónde?

ELECTUS:
En la villa. Las dos nietas del señor mi Conde. Dos rosas frescas y galanas. Para cada uno de vosotros la suya.

Se alboroza la hueste y el ciego permanece atento y malicioso, gustando el rumor de las risas como los ecos de un culto, con los ojos abiertos, inmóviles, semejante á un dios primitivo, aldeano y jovial. En este tiempo baja la escalinata y cruza por entre los mendigos, el señor Abad de Brandeso.

EL ABAD:
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!

MINGUIÑA:
¡Nuestro señor le acompañe!

EL ABAD:
¡Adiós!

LA QUEMADA:
¡Vaya muy dichoso!

EL ABAD:
¡Adiós!

EL MANCO DE GONDAR:
¡Páselo muy bien!

EL ABAD:
¡Adiós!

ELECTUS:
¡Vaya muy dichoso el señor abade y la su compaña!

LA QUEMADA:
No lleva compaña.

ELECTUS:
¿Cómo no lleva compaña?

MINGUIÑA:
No la lleva.

ELECTUS:
Vos queréis burlar del ciego. ¿Pues no lleva los canes?

LA QUEMADA:
¡Válate un diaño!

EL MANCO DE GONDAR:
¿Pues no dice?..

Florisel sale del palacio acompañando á la dueña de los cabellos blancos, cargado con una cesta, de donde desbordan las espigas del maíz. Aquella es la limosna que habrá de repartirse entre la hueste de mendicantes, y todos se atropellan por acudir á cobrarla. Doña Malvina alza los brazos con un susto pueril.

DOÑA MALVINA:
¡Despacio! ¡Despacio!

ELECTUS:
Primero deberíais rezar por todos los difuntos de la señora.

EL MANCO DE GONDAR:
Eso dices porque te dejemos ir delantero.

LA QUEMADA:
¡Condenado raposo, cuántas mañas sabe!

ELECTUS:
¿Quién habla que parece el canto de un pájaro del cielo?

LA QUEMADA:
Ya te dije enantes que una buena moza.

ELECTUS:
Y yo te dije que fueses adonde el señor Abade.

LA QUEMADA:
Déjame reposar primero.

ELECTUS:
Vas á perder las colores.

Nuevamente ríen los mendigos. El ciego recibe la limosna antes que ninguno, y entona su prosa de benditas gracias, con la montera colgada en el bordón. De aquella salmodia sólo se percibe un grave murmullo que tiene algo de eclesiástico. La Inocente, olvidada de la limosna, vaga por el jardín cogiendo rosas. Doña Malvina alza los brazos y la voz.

DOÑA MALVINA:
¡Eh!.. Tú, rapaza, no arranques las flores.

ADEGA LA INOCENTE:
¡No! ¡No!

DOÑA MALVINA:
Luego se enoja la señora.

ADEGA LA INOCENTE:
Sí... sí... La señora las cuida con las sus manos blancas, y solamente ella puédelas coger.

EL TULLIDO DE CELTIGOS:
¡Pobre rapaza! A la cuitada acúdela por veces un ramo cativo, y mete dolor de corazón verla correr por los caminos, cubierta de polvo, con los pies sangrando.

Doña Malvina, desde lo alto de la escalinata, vigila el reparto de la limosna. Los mendigos, después de recibirla, salmodian un rezo. Florisel va de uno en otro llenando las alforjas. Las dos viejas, Minguiña y la Quemada, la reciben juntas y besan las espigas.

MINGUIÑA:
Sé buen cristiano, mi hijo; que en buena casa estás.

FLORISEL:
A mí paréceme que la conozco. ¿Vostede no me dijo que era de San Clemente?

MINGUIÑA:
De allí soy, y allí tengo todos mis difuntos.

FLORISEL:
Yo soy poco desviado.

MINGUIÑA:
¿Y cómo has venido á servir en el palacio?

FLORISEL:
La señora es mi madrina. Yo me llamo Florisel.

ADEGA LA INOCENTE:
¡Florisel! ¡Qué lindo pudo ser el santo que tuvo ese nombre, que mismo parece cogido en los jardines del cielo!

El Marqués de Bradomín, llega á caballo, y se detiene en la puerta bajo el arco que tiene cimeros cuatro blasones de piedra. Piafa el potro que monta, y sobre la losa del umbral, que parece una sepultura, los herrados cascos resuenan fanfarrones, valientes y marciales, con el noble estrépito de las espadas y de los broqueles. La hidalga figura del jinete desaparece bajo un capote de cazador, y una boína de terciopelo cubre su guedeja romántica, que comienza á ser de plata.

DOÑA MALVINA:
¡El señor Marqués! Tenle el estribo, Florisel.

ADEGA LA INOCENTE:
¡Quiera Dios que encuentre á la señora con los colores de una rosa! ¡Así la encuentre como una rosa en su rosal!

DOÑA MALVINA:
¡Páguele Dios el haber venido! Ahora verá á la señorita. ¡Cuánto tiempo la pobre suspirando por verle! No quería escribirle. Pensaba que ya la tendría olvidada. Yo he sido quien la convenció de que no. ¿Verdad que no, señor Marqués?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No... Pero dónde está?

DOÑA MALVINA:
Quiso esperarle en el jardín. Es como los niños, ya el señor lo sabe. Con la impaciencia temblaba hasta batir los dientes, y tuvo que echarse.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Tan enferma está?

DOÑA MALVINA:
Muy enferma, señor. No se la conoce.

ADEGA LA INOCENTE:
Cuando se halle con la señora mi Condesa póngale, sin que ella lo vea, estas yerbas bajo la almohada. Con ellas sanará. Las almas son como los ruiseñores, todas quieren volar. Los ruiseñores cantan en los jardines, pero en los palacios del rey se mueren poco á poco.

DOÑA MALVINA:
¡No haga caso, señor! ¡La pobre es inocente!

ELECTUS:
Rapaces, que tocan las doce, y es cuando Nuestro Señor se sienta á la mesa y bendice á toda la Cristiandad.

Bajo los viejos árboles, que cuentan la edad del palacio, los mendigos se arrodillan y rezan á coro. Las campanas de la aldea tocan á lo lejos, y pasa su anuncio sobre la fronda del jardín como un vuelo de tórtolas. Una sombra blanca aparece en lo alto de la escalinata.

LA DAMA:
¡Ya llegas! ¡Ya llegas, mi vida! ¡Temí que no vinieses, y no verte más!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y ahora?

LA DAMA:
¡Ahora soy feliz!

Así termina la jornada primera

Jornada segunda

El sol poniente dora los cristales del mirador. Es un mirador tibio y fragante: Gentiles arcos cerrados por vidrieras de colores le flanquean con ese artificio del siglo galante, que imaginó las pavanas y las gavotas. En cada arco las vidrieras forman tríptico, y puede verse el jardín en medio de una tormenta, en medio de una nevada y en medio de un aguacero. Aquella tarde el sol de otoño penetra hasta el centro, triunfante, como la lanza de un arcángel. El Marqués de Bradomín lee un libro. Florisel, con la montera entre ambas manos, asoma en la puerta.

FLORISEL:
¿Da su permiso?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Adelante.

FLORISEL:
Dice la señorita mi ama que me mande en cuanto se le ofrezca.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Tú sirves aquí en el palacio?

FLORISEL:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Hace mucho tiempo?

FLORISEL:
Va para dos años.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y qué haces?

FLORISEL:
Pues hago todo lo que me mandan.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Pareces un filósofo estoico!

FLORISEL:
Y puede que lo parezca, sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Fué la señorita quien te ha mandado venir?

FLORISEL:
Sí, señor. Hallábame yo en la solana adeprendiéndole la riveirana á los mirlos nuevos, que los otros ya la tienen bien adeprendida, cuando la señorita bajó al jardín y me mandó venir.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Tú aquí eres el maestro de los mirlos?

FLORISEL:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y ahora, además, eres mi paje?

FLORISEL:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Altos cargos!

FLORISEL:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y cuántos años tienes?

FLORISEL:
Paréceme, paréceme que han de ser doce, pero no estoy cierto.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Antes de venir al palacio, ¿dónde estabas?

FLORISEL:
Servía en la casa de Don Juan Manuel Montenegro, que es tío de la señorita.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y qué hacías allí?

FLORISEL:
Allí enseñaba al hurón.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Otro cargo palatino!

FLORISEL:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y cuántos mirlos tiene la señorita?

FLORISEL:
Tan siquiera uno. Son míos... Cuando los tengo bien adeprendidos, se los vendo.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿A quién se los vendes?

FLORISEL:
Pues á la señorita, que me los merca todos. ¿No sabe que los quiere para echarlos á volar? La señorita desearía que silbasen la riveirana sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos. Un domingo, por el mes de San Juan, venía yo acompañando á la señorita. Pasados los prados de Lantañón, vimos un mirlo que muy puesto en las ramas de un cerezo, estaba cantando la riveirana. Acuérdame que entonces dijo la señorita: Míralo, adónde se ha venido el caballero.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Es una historia digna de un romance. Tú mereces ser paje de una reina y cronista de un reinado.

FLORISEL:
Hace falta suerte, que yo no tengo.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Di, ¿qué es más honroso, enseñar hurones, ó mirlos?

FLORISEL:
Todo es igual.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel Montenegro?

FLORISEL:
Porque ya tiene muchos criados. ¡Qué gran caballero es Don Juan Manuel! Dígole, que en el Pazo todos los criados le tenían miedo. Don Juan Manuel es mi padrino, y fué quien me trujo al palacio para que sirviese á la señorita.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y dónde te iba mejor?

FLORISEL:
Al que sabe ser humilde, en todas partes le va bien.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Es una réplica calderoniana! ¡También sabes decir sentencias! Ya no puede dudarse de tu destino: Has nacido para vivir en un palacio, educar mirlos, amaestrar los hurones, ser ayo de un príncipe y formar el corazón de un gran rey.

FLORISEL:
Para eso, además de suerte, hacen falta muchos estudios.

Por la avenida de mirtos llega una sombra blanca: sus manos de fantasma tocan en los cristales del mirador. El jardín se esfuma en la vaga luz del crepúsculo. Los cipreses y los laureles cimbrean con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas, algún tritón cubierto de hojas borbotea á intervalos su risa quimérica, y el agua tiembla en la sombra con latido de vida misteriosa y encantada. Se oye una risa de plata que parece timbarse con el rumor de la fuente.

LA DAMA:
¿Tienes ahí á Florisel?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Florisel es el paje?

LA DAMA:
Sí.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Parece bautizado por las hadas.

LA DAMA:
Yo soy su madrina.

FLORISEL:
¿Qué me mandaba?

LA DAMA:
Que subas estas rosas. Todas son para ti, Xavier.

La sombra, que se esfuma detrás de los cristales, muestra su falda donde las rosas desbordan como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Estás desnudando el jardín.

LA DAMA:
Algunas se han deshojado. ¡Míralas, qué lástima!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Es el otoño que llega.

LA DAMA:
¡Ah, qué fragancia!

Hunde en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas, y alza la cabeza y respira con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, una rosa blanca. A modo de lluvia arroja sobre el Marqués de Bradomín las rosas deshojadas en su falda.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Volveremos á recorrer juntos el jardín y el Palacio.

LA DAMA:
Como en otro tiempo, cuando éramos niños.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Hermosos y lejanos recuerdos!

LA DAMA:
Cuando te fuiste, yo elegí este retiro para toda mi vida.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Es más poético que un convento.

LA DAMA:
No te burles de mi pena, Xavier.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No me burlo, Concha: solamente me sonrío, y una sonrisa es á veces más triste que las lágrimas.

LA DAMA:
Yo sé eso. En esta hora de la tarde el jardín parece lleno de recogimiento.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
El jardín y el palacio tienen esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Bajo la fronda del laberinto, sobre las terrazas y en los salones, han florecido las risas y los madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones.

LA DAMA:
¡Mis manos también las han deshojado!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y las hojas, al volar, te han dicho cuánto yo te quería.

LA DAMA:
Me han engañado.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Divinas manos de Dolorosa!

LA DAMA:
Manos de muerta.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Manos de princesa encantada, que han de guiarme en una amorosa peregrinación á través del palacio y del jardín.

LA DAMA:
Como en otro tiempo, cuando yo te guiaba para que jugásemos, unas veces en la torre, otras en la biblioteca, otras en aquel mirador ya derruído que daba sobre las tres fuentes. ¡Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices turbaban el recogimiento del palacio, y se desvanecían por los corredores oscuros, por los salones, por las antesalas!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes, exhalábase del fondo de los salones el aroma lejano de otras vidas.

LA DAMA:
¡Tú también te acuerdas! ¿Y te acuerdas de un salón que tiene de corcho el estrado? Allí nuestras pisadas no despertaban rumor alguno.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño, como en un lago encantado, y los personajes de los retratos parecían vivir olvidados en una paz de siglos.

LA DAMA:
¿Te acuerdas? ¿Y te acuerdas cuando nos cogíamos de la mano para saltar delante de las consolas y ver estremecerse los floreros cargados de rosas, y los fanales adornados con viejos ramajes y los candelabros?..

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡También me acuerdo, Concha! Mi alma está cubierta de recuerdos, como ese viejo jardín está cubierto de hojas. Es el otoño que llega para todos. Concha, tú sonríes y en tu sonrisa siento el pasado, como un aroma entrañable de flores marchitas que trae alegres y confusas memorias.

Hay un silencio. En la penumbra de la tarde las voces apagadas tienen un profundo encanto sentimental, y en la oscuridad crece el misterio de los rostros y de las sonrisas. Lentamente la dama alza su mano diáfana como mano de fantasma y toca la mano del Marqués de Bradomín.

LA DAMA:
¿En qué piensas, Xavier?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
En el pasado, Concha.

LA DAMA:
Tengo celos de él.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Es el pasado de nuestros amores.

LA DAMA:
¡Qué triste pasado! Fué allá, en el fondo del laberinto, donde nos dijimos adiós.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y, como ahora, los tritones de la fuente borboteaban su risa, aunque entonces tal vez nos haya parecido que lloraban.

LA DAMA:
Todo el jardín estaba cubierto de hojas y el viento las arrastraba delante de nosotros con un largo susurro. Las últimas rosas de otoño empezaban á marchitarse y esparcían ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. Nos sentamos en un banco de piedra. Ante nosotros se abría la puerta del laberinto, y un sendero, un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria y triste. ¡Mi vida desde entonces!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Nuestra vida!

LA DAMA:
Y todo permanece lo mismo y sólo nosotros hemos cambiado.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No hemos podido ser como los tritones de la fuente, que en el fondo del laberinto aún ríen, con su risa de cristal, sin alma y sin edad.

LA DAMA:
Te escribí que vinieses, porque entre nosotros ya no puede haber más que un cariño ideal... Y enferma como estoy, deseaba verte antes de morir. Y ahora me parece una felicidad estar enferma. ¿No lo crees? Es que tú no sabes cómo yo te quiero.

Exhala las últimas palabras como si fuesen suspiros, y con una mano se cubre los ojos. El Marqués de Bradomín besa aquella mano sobre el rostro, y después la aparta dulcemente. Los ojos, los hermosos ojos de enferma, llenos de amor, le miran sin hablar, con una larga mirada. Por la vieja avenida de mirtos que parece flotar en el rosado vapor del ocaso se ve venir al señor Abad de Brandeso.

EL ABAD:
¡Vamos, Carabel! ¡Vamos, Capitán!

LA DAMA:
Aquí tenemos al Abad de Brandeso.

EL ABAD:
Saludo á mi ilustre feligresa y al no menos ilustre Marqués de Bradomín.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Señor Abad, cuántos años sin vernos. Yo le hacía á usted cuando menos canónigo.

EL ABAD:
De esta madera se hacen, señor Marqués.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y los papas también.

EL ABAD:
Los papas yo no diré tanto. ¡Quieto, Carabel! ¡Quieto, Capitán!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y qué, hay todavía muchas perdices por esta tierra?

EL ABAD:
Todavía hay algunas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Usted siempre tan incansable cazador.

EL ABAD:
Ya no soy aquel que era. Los años quebrantan peñas: Cuatro anduve por las montañas de Navarra con el fusil al hombro, y hoy me canso apenas salgo á dar un paseo con la escopeta y los perros. ¿Y qué se ha hecho el señor Marqués durante tantos años por esas tierras extranjeras? ¿Cómo no ha pensado en escribir un libro de sus viajes?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ya escribo mis memorias.

EL ABAD:
¿Serán muy interesantes?

LA DAMA:
Lo más interesante no lo dirá.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Digo sólo mis pecados.

EL ABAD:
De nuestro ilustre Marqués se cuentan cosas verdaderamente extraordinarias. Las confesiones, cuando son sinceras, encierran siempre una gran enseñanza: recordemos las de San Agustín.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Yo no aspiro á enseñar, sino á divertir, señor Abad. Toda mi doctrina está en una sola frase. ¡Viva la bagatela! Para mí la mayor conquista de la humanidad es haber aprendido á sonreir.

LA DAMA:
Yo creo que habremos sonreído siempre.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Es una conquista. Durante muchos siglos, los hombres fueron absolutamente serios. En la Historia hay épocas enteras en las cuales no se recuerda ni una sola sonrisa célebre. En la Biblia, Jehová no sonríe, y los patriarcas y los profetas tampoco.

EL ABAD:
Ni falta que les hacía. Los patriarcas y los profetas por seguro que no habrían dicho Viva la bagatela, como nuestro ilustre Marqués.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y en cambio cuando llegaba la ocasión, cantaban, bailaban y tocaban el arpa.

EL ABAD:
Señor Marqués de Bradomín, procure usted no condenarse por bagatela.

LA DAMA:
En el infierno debió haberse sonreído siempre. ¿No se dice sonrisa mefistofélica?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
El diablo ha sido siempre un ser superior.

LA DAMA:
No le admiremos demasiado señor Marqués. Ese es el maniqueísmo. Ya se me alcanza que usted adopta ese hablar ligero para ocultar mejor sus propósitos.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Mis propósitos?

EL ABAD:
La misión secreta que trae del Rey nuestro señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Una misión secreta? ¿De veras sospecha usted eso?

EL ABAD:
Y conmigo, muchos. Yo comprendo que ciertas negociaciones deben ser reservadas, pero, á fe, no creía que eso rezase con un viejo veterano.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Pero, señor Abad! ¿cómo imagina usted que yo ande en una aventura tan loca?

LA DAMA:
Por lo mismo que es loca.

EL ABAD:
¿No sigue usted fiel á la Causa?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí.

EL ABAD:
Pues entonces...

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Señor Abad, yo soy carlista por estética. El carlismo tiene para mí la belleza de las grandes catedrales. Me contentaría con que lo declarasen monumento nacional.

EL ABAD:
Confieso que no conocía esa clase de carlistas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Los carlistas se dividen en dos grandes bandos: uno, yo, y el otro, los demás.

LA DAMA:
¡Uno, tú!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y tú...

EL ABAD:
Señor Marqués, usted está tocado de ese terrible gusano de la burla. ¡Volterianismos! ¡Volterianismos de la Francia! Palabra de honor, señor Marqués, ¿no trae usted una misión del Rey?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Palabra de honor, señor Abad, no la traigo.

EL ABAD:
Sin duda tienen razón los que dicen que el Abad de Brandeso es un iluso.

Sonría tristemente el blanco fantasma de la enferma. Se aparece allá en el fondo del mirador, con las manos cruzadas: Mira hacia el camino, un camino aldeano, solitario y luminoso bajo el sol que muere. Con romántica fatiga levanta su mano de sombra y señala á lo lejos.

LA DAMA:
Xavier, mira allá un jinete.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No veo nada.

LA DAMA:
Ahora pasa La Fontela.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí, ya le veo.

LA DAMA:
Es el tío Don Juan Manuel.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡El magnífico hidalgo del Pazo de Lantañón!

LA DAMA:
¡Pobre señor! Estoy segura que viene á verte.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Se ha detenido y nos saluda quitándose el chambergo.

La figura del hidalgo se alza en medio del camino con el montecristo flotante. El caballo relincha noblemente, y el viento mueve sus crines venerables. Es un caballo viejo, prudente, reflexivo y grave como un pontífice. Don Juan Manuel se levanta sobre los estribos y deja oir su voz de tronante fanfarria que despierta un eco lejano.

DON JUAN MANUEL:
¡Sobrina! ¡Sobrina! Manda abrir la cancela del jardín.

LA DAMA:
Xavier, dile tú que ya van.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Ya van! ¡Ya van!.. No me ha oído.

EL ABAD:
El privilegio de hacerse entender á tal distancia es suyo no más.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Ya van!

LA DAMA:
Calla, porque jamás confesará que te oye.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Ya van!

EL ABAD:
Es inútil.

LA DAMA:
Míralo, se inclina acariciando el cuello del caballo.

DON JUAN MANUEL:
¡Sobrina! ¡Sobrina!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Es magnífico!

LA DAMA:
Vuelve el caballo hacia el camino, y se va...

EL ABAD:
Sin duda le ha parecido que no acudían á franquearle la entrada con toda la presteza requerida.

DON JUAN MANUEL:
¡Sobrina! No puedo detenerme... Voy á Viana del Prior... Tengo que apalear á un escribano.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡De veras que es magnífico! Ya le tenía casi olvidado. ¡Y qué arrogante, á pesar de los años!

EL ABAD:
Se conserva como cuando servía en la Guardia Noble de la Real Persona.

LA DAMA:
Y si supieses qué existencia arrastra: Está casi en la miseria.

EL ABAD:
Pero es siempre un gran señor. Vive rodeado de criados que no puede pagar, haciendo la vida de todos los mayorazgos campesinos: Chalaneando en las ferias, jugando en las villas y sentándose á la mesa de los curas en todas las fiestas.

LA DAMA:
Desde que yo habito en este destierro es frecuente verle aparecer...

EL ABAD:
También hace sus visitas á la rectoral. Ata su caballo á la puerta, y éntrase dando voces. Se hace servir vino, y bebe hasta dormirse en el sillón. Cuando se despierta, sea día ó noche, pide el caballo, y dando cabeceos sobre la silla, se vuelve á su Pazo de Lantañón.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Don Juan Manuel Montenegro es el último superviviente de una gran raza.

EL ABAD:
Sí que lo es.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Hermano espiritual de aquellos aventureros hidalgos que se enganchaban en los tercios de Flandes ó de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna.

LA DAMA:
Tú también eres de aquéllos.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Yo pude serlo, si no hubiera tenido la manía de leer. Los muchos libros son como los muchos desengaños: no dejan nada en el corazón.

LA DAMA:
Dejan al menos los recuerdos, porque tú estás aquí.

EL ABAD:
¡Carabel! ¡Capitán!

LA DAMA:
¿Nos abandona usted, señor Abad?

EL ABAD:
Por breves momentos, contando con su venia. Esta visita no es solamente para saludar á nuestro ilustre Marqués, lo es también para tomar un libro que recuerdo haber visto en la biblioteca del Palacio: «El Florilegio de Nuestra Señora»: una colección de sermones. Tengo encargo de predicar en la fiesta de Santa María de Andrade, que este año se celebra con gran solemnidad.

LA DAMA:
La biblioteca entera está á su disposición.

EL ABAD:
¡Gracias! ¡Mil gracias!

El Abad sale seguido de sus galgos como de dos acólitos, y en el corredor, ya oscuro, se desvanecen el balandrán y el cloqueo campesino de sus zuecos. Un reloj de cuco da las seis.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ese reloj, sin duda, acuerda el tiempo del fundador.

LA DAMA:
¡Qué temprano anochece! Las seis todavía.

El Marqués de Bradomín se acerca á la sombra romántica que se destaca sobre el fondo luminoso de una vidriera, y en silencio le besa una mano. Se oye un tenue suspirar.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Lloras!

LA DAMA:
No debimos volver á vernos.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Lo que nunca debimos fué separarnos.

LA DAMA:
Tú, cuándo tienes que irte?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Yo? ¡Cuando tú me dejes!

LA DAMA:
¡Ay!.. Cuando yo te deje. No te dejaría nunca. Si supieses la soledad de mi vida durante esos años tan largos que estuvimos sin vernos.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Mi pobre Concha! Una de esas vidas silenciosas y resignadas que miran pasar los días con una sonrisa triste y lloran de noche en la oscuridad.

LA DAMA:
¡Es cierto!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y si yo te contase la mía.

LA DAMA:
Tú no tienes que contarme la tuya. Mis ojos la han seguido desde lejos, y la saben toda. ¡Qué vida, Dios mío! Aquel pelo tan negro ya es todo blanco.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Ay, Concha, son las penas!

LA DAMA:
No, ¡no son las penas!.. Otras cosas son! Tus penas no pueden igualarse á las mías, y yo no tengo blanca la cabeza.

Con una blandura lenta, de caricia sensual, la mano del Marqués de Bradomín retira el alfilerón de oro que sujeta la crencha de la dama, y la ola de seda olorosa y negra rueda sobre los hombros.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha negra. ¿Te acuerdas cuando quería que me azotases con la madeja de tu pelo?

LA DAMA:
Me acuerdo de todas tus locuras... Xavier, he recibido una carta, tengo que enseñártela.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Una carta? ¿De quién?

LA DAMA:
De tu prima Isabel. Viene con las niñas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Isabel Bendaña?

LA DAMA:
Sí.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Pero tiene hijas Isabel?

LA DAMA:
No, son mis hijas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Tus hijas! En otro tiempo me querían mucho.

LA DAMA:
Y tú también las querías.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Qué tienes?

LA DAMA:
Nada.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Lloras?

LA DAMA:
No.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Las pequeñas están con su padre.

LA DAMA:
No. Las tengo educándose en el convento de la Enseñanza.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ya serán unas mujeres.

LA DAMA:
Sí, están muy altas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Antes eran preciosas. No sé ahora.

LA DAMA:
Como su madre.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No, como su madre, nunca.

LA DAMA:
Tienes razón. No quiera Dios hacerlas tan desgraciadas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Qué distinta pudo haber sido nuestra vida! Hoy siento un cruel remordimiento por haberte escuchado cuando me suplicaste que te olvidase y que no te viese más. No comprendo cómo obedecí tu ruego. Fué sin duda porque vi tus lágrimas.

LA DAMA:
No quieras engañarme una vez más. Yo creí siempre que volverías.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Por qué entonces me suplicaste que me fuese?

LA DAMA:
No sé... Tal vez por eso.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y no volví porque esperaba que tú me llamases. ¡Ah!.. El demonio del orgullo.

LA DAMA:
No, no fué el orgullo. Fué otra mujer. Hacía mucho tiempo que me traicionabas con ella. ¡Cuando lo supe creí morir!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Sin embargo, qué segura has estado siempre de mi cariño y cómo lo dice la carta con que me has llamado!

LA DAMA:
No era de tu cariño, era de tu compasión. ¡Qué pena cuando adiviné por qué no habías vuelto! Pero no he tenido para ti un solo día de rencor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ya nada podrá separarnos.

LA DAMA:
Nada... Pero tenemos que ser prudentes, Xavier. Si viene Isabel con mis hijas, soló te pido que á su llegada no te hallen aquí. Yo les diré que estás en Lantañón cazando con nuestro tío. Tú vienes una tarde, y sea porque hay tormenta, ó porque le tenemos miedo á los ladrones, te quedas aquí, como nuestro caballero. No te ofendes, ¿verdad?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No.

LA DAMA:
Sí que te ofendes. Desde ayer estoy dudando, sin atreverme á decírtelo.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y tú crees que engañaremos á Isabel?

LA DAMA:
No lo hago por Isabel, lo hago por mis pequeñas, que son unas mujercitas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Y después, qué será lo que nos separe?

LA DAMA:
¡Mi muerte! ¡Nada más que mi muerte! Tu amor tiene en mi alma raíces tan profundas como esos árboles que vemos desde aquí. Nada podrá separarnos, Xavier, nada, si no es tu olvido.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Desgraciadamente no sé olvidar.

Sus manos se estrechan en silencio. Están sentados en el fondo del mirador, desde donde distinguen el jardín iluminado por la luna, los cipreses mustios destacándose en el azul heráldico, coronados de estrellas, y una fuente negra con aguas de plata. En medio de aquel recogimiento resuenan en el corredor las madreñas de Florisel. El paje entra con una lámpara encendida.

FLORISEL:
Santas y buenas noches.

LA DAMA:
¡Ay!.. Llévate esa luz.

FLORISEL:
Consideren que es malo tomar la luna.

En el fondo del jardín la fuente canta como un pájaro escondido y le cuenta á la luna su prisión en el laberinto. Una sombra cruza por delante de los cristales y la voz poderosa del hidalgo de Lantañón se eleva sobre el rumor de la fuente, despertando los ecos del jardín.

DON JUAN MANUEL:
¡Sobrina! ¡Sobrina!

LA DAMA:
¡Ahí está!.. Verás cómo viene á invitarnos para la fiesta, que es mañana.

Sale presurosa por una puerta de vieja tracería. Sobre el dintel, prisioneros en su jaula de cañas, silban una vieja riveirana los mirlos que cuida Florisel. En el silencio del anochecer aquel ritmo, alegre y campesino, evoca el recuerdo de las felices danzas célticas á la sombra de los robles.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Por qué es malo tomar la luna, Florisel?

FLORISEL:
Ya lo sabe el señor mi Marqués.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No lo sé.

FLORISEL:
Por las brujas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Deja entonces la luz. Oye, ¿quieres acompañarme al Pazo de Lantañón?

FLORISEL:
¿Tiene pensado ir allá el señor mi Marqués?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Hoy mismo.

FLORISEL:
¡No estará como en el Pazo de Brandeso! Cierto que en toda esta tierra no se halla un caballero como el señor padrino.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Pues entonces?..

FLORISEL:
Pero no hay allí un horno de pan siempre lleno.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Eres un sabio, Florisel. Vete.

El Marqués de Bradomín, con una vaga sonrisa en los labios irónicos, coge el libro donde leía al comienzo de la tarde, y se sienta cerca de la lámpara. Florisel, sale apagando el ruido de sus madreñas, y al abrir la puerta surge en la sombra la prócer figura del viejo Mayorazgo de Lantañón.

DON JUAN MANUEL:
¿Dónde se halla el Marqués de Bradomín? Mala tarde, sobrino.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Mala, tío!

DON JUAN MANUEL:
¿Tú leyendo? Sobrino, lo mejor para quedarse ciego. ¡Sabes que es nieve lo que cae!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Llegó usted hasta Viana?

DON JUAN MANUEL:
No. Llegué hasta mis molinos, que están ahí cerca. Recordé que tenía que sacar de pila á uno de los hijos del molinero. Con ese son cincuenta y siete los ahijados que tengo.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Al escribano de Viana no le ha visto usted?

DON JUAN MANUEL:
No... Pero está sentenciado. ¿Y qué librote es ese? Sobrino, has heredado la manía de tu abuelo, que también se pasaba los días leyendo. ¡Así se volvió loco!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Yo por ahora me defiendo.

DON JUAN MANUEL:
Pero no hay que fiarse. Vive Dios que vengo aterido. ¡Marqués de Bradomín, se acabó la sangre de Cristo en el palacio de Brandeso?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Presumo que no. Voy á llamar.

DON JUAN MANUEL:
No te muevas. Andará por ahí algún criado. ¡Arnelas!.. ¡Florisel!.. ¡Brión!.. Uno cualquiera.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No habrán oído.

DON JUAN MANUEL:
¡Cómo! ¿Crees tú eso posible?

FLORISEL:
¿Qué mandaba, señor padrino?

Florisel posa en el suelo del umbral su monterilla de paño pardo, y presuroso y humilde corre á besar la mano del viejo linajudo que, con empaque de protección soberana, acaricia la tonsurada cabeza del rapaz.

DON JUAN MANUEL:
Súbeme del tinto que se coge en La Fontela. Ya ves cómo habían oído, Marqués de Bradomín... Te aseguro que ese vino de La Fontela es el mejor vino de la comarca. ¿Tú conoces el del Condado? El de La Fontela es mejor. Y si lo hiciesen escogiendo la uva, sería el mejor del mundo. ¡Ese vino! ¿O acaso están haciendo la vendimia?

FLORISEL:
Voy, señor padrino.

Vuelven á resonar en el corredor las madreñas del paje, que aparece todo trémulo, con un jarro talavereño que coloca sobre la mesa. Don Juan Manuel se despoja del montecristo, y toma asiento en un sillón.

DON JUAN MANUEL:
¿Tú vas á catarlo?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ya lo he catado.

DON JUAN MANUEL:
¿Y cuál es tu opinión?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡La de usted!

DON JUAN MANUEL:
Muchos así debía beberse mi sobrina. No estaría entonces como está. ¿La habrás hallado muy acabada?

El Marqués de Bradomín insinúa un gesto sentimental, y el viejo linajudo vuelve á llenarse el vaso. Casi al mismo tiempo una mano invisible empuja la puerta, que se abre lentamente, y sobre la negrura del fondo albea el ropón monacal de la Señora del Palacio.

LA DAMA:
El tío Don Juan Manuel quiere que le acompañes. ¿Te lo ha dicho? Mañana es la fiesta del Pazo, San Rosendo de Lantañón. Dice el tío que te recibirán con palio.

DON JUAN MANUEL:
Ya sabes que desde hace tres siglos es privilegio de los Marqueses de Bradomín ser recibido con palio en las feligresías de San Rosendo de Lantañón, Santa Baya de Cristanilde y San Miguel de Deiro. Los tres curatos son presentación de tu casa. ¿Me equivoco, sobrino?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No se equivoca usted, tío.

LA DAMA:
No le pregunte usted. Es un dolor, pero el último Marqués de Bradomín no sabe una palabra de esas cosas.

DON JUAN MANUEL:
Eso lo sabe. Debe saberlo.

LA DAMA:
Estoy segura que ni siquiera conoce el origen de la casa de Bradomín.

DON JUAN MANUEL:
No hagas caso. Tu prima quiere indignarte.

LA DAMA:
¡Supiera al menos cómo se compone el blasón de la noble casa de Montenegro!

DON JUAN MANUEL:
¡Eso lo saben los niños más pequeños!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Como que es el más ilustre de los linajes españoles!

DON JUAN MANUEL:
Españoles y tudescos, sobrino. Los Montenegros de Galicia descendemos de una emperatriz alemana. Es el único blasón español que lleva metal sobre metal: espuelas de oro en campo de plata. El linaje de Bradomín también es muy antiguo. Pero entre todos los títulos de tu casa, Marquesado de San Miguel, Condado de Barbanzón y Señorío de Padín, el más antiguo y esclarecido es el señorío. Se remonta hasta Don Roldán, uno de los doce pares. Don Roldán ya sabéis que no murió en Roncesvalles, como dicen las Historias.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Yo confieso que no sabía nada.

LA DAMA:
Sí, señor.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Ah! ¿Tú lo sabías? Es sin duda un secreto de familia.

LA DAMA:
¡Naturalmente!

DON JUAN MANUEL:
Como yo también desciendo de Don Roldán, por eso conozco bien esas cosas. Don Roldán pudo salvarse, y en una barca llegó hasta la Isla de Sálvora, y atraído por una Sirena, naufragó en aquella playa, y tuvo de la Sirena un hijo que, por serlo de Don Roldán, se llamó Padín, y viene á ser lo mismo que Paladín. Ahí tienes por qué una Sirena abraza y sostiene tu escudo en la iglesia de Lantañón. Puesto que tienes la manía de leer, en el Pazo te daré un libro antiguo, pero de letra grande y clara, donde todas estas historias están contadas muy por largo. Pero, si hemos de irnos, vámonos aprovechando este claro del tiempo.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No sé si está mi yegua ensillada. ¿Usted monta un caballo?

DON JUAN MANUEL:
Sí, pero no te asustes por eso. Mi caballo lo tuvo catorce años el Abad de Andrade, y cumple el voto de castidad mejor que su antiguo amo. ¡Adiós, sobrina!

LA DAMA:
¡Adiós, tío! ¡Xavier! ¿hasta cuándo?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Tú que me destierras debes decirme cuándo puedo volver.

LA DAMA:
Si ellos llegan hoy, tú mañana mismo. Ya lo sabes.

Había salido el viejo linajudo, y la dama, furtiva y amorosa, se alza en la punta de los pies para alcanzar los labios del Marqués de Bradomín.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Mi vida!

LA DAMA:
¿Vendrás mañana, Xavier?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí.

LA DAMA:
¿Me lo juras?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí.

Tras los cristales del mirador, el jardín aparece lleno de sombra, y en el cielo, triste y otoñal, se perfila la luna como borrosa moneda de plata. Al pie de la fuente, un criado espera con los caballos del diestro. Se ve la figura de Don Juan Manuel que baja por un tortuoso camino de mirtos. El Marqués de Bradomín se desprende blandamente de la dama y sale. La dama, apoyada en el arco de la puerta, le despide agitando su mano blanca. Después, cuando la sombra se desvanece en la noche del jardín, sale á la escalinata para seguir viéndola un momento más. En la otra puerta, aquella que comunica con el palacio, aparece el Abad de Brandeso.

EL ABAD:
¿Da su permiso mi ilustre amiga doña María de la Concepción? ¿Da su permiso mi ilustre..?

LA DAMA:
Adelante, señor Abad. ¿Por qué se detiene en la puerta? ¿Ha encontrado usted el libro que buscaba?

EL ABAD:
Después de mucho revolver, al cabo di con él.

LA DAMA:
¿No se lo lleva usted?

EL ABAD:
Solamente quería compulsar una cita.

LA DAMA:
¡Yo suponía que se había usted ido cuánto hace!

EL ABAD:
¡Cómo, sin despedirme de usted y de nuestro Marqués!

LA DAMA:
¡Nuestro Marqués es el que acaba de irse! Mañana es San Rosendo de Lantañón, y el tío Don Juan Manuel vino á invitarle.

EL ABAD:
¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán! Ese viaje me afirma en mis sospechas, porque yo creo siempre que trae una misión del Rey.

LA DAMA:
¿No le ha oído usted?

EL ABAD:
A pesar de sus protestas. ¿Usted lo duda?

LA DAMA:
No lo dudo... Lo sé.

EL ABAD:
¡Que la trae!

LA DAMA:
Que no, señor Abad.

EL ABAD:
En tal supuesto...

LA DAMA:
Sé todo lo que va usted á decirme.

EL ABAD:
Ya no es un caso de conciencia donde el bien de la Iglesia debe considerarse antes que ninguna otra cosa. La estancia del señor Marqués de Bradomín en el palacio de Brandeso...

LA DAMA:
Cuanto usted pueda decirme, cuanto me he dicho yo. Pero le quiero, él es mi vida, y su ausencia me mataba. He procurado olvidarle. Hubiera querido envejecer en una noche, despertarme un día arrugada, caduca, de cien años, con el corazón frío! Y mi pobre corazón, cada amanecer más lleno de su amor, sólo vivía de recuerdos!..

EL ABAD:
Y después de haber sufrido y resistido tanto, bastó una hora de depresión aprovechada por Satanás...

LA DAMA:
No, después de haber sufrido tanto, quise ser feliz, y ahora nada hay que pueda hacerme renunciar á mi amor.

DOÑA MALVINA:
Señorita, la noche se queda muy oscura. ¿Le parece que vaya alguno de los criados con un farol al desembarcadero del río, para esperar á las niñas?

LA DAMA:
¿A qué hora llegará la barca?

DOÑA MALVINA:
Ayer llegó muy de noche.

EL ABAD:
Tiene mejor viento que ayer. ¿Vienen hoy las niñas?

LA DAMA:
Hoy las espero. Hace ya dos días que están en Viana con su padre.

Se oyen los ladridos de un perro, y se divisa una sombra que adelanta por el jardín. Trae un faro en la mano, y la humosa llama de aceite tras los vidrios empañados, ilumina con temblona claridad aquel sendero entre viejos mirtos, y los pies descalzos del hombre que llega. Es una figura negra que apenas se destaca sobre el fondo misterioso del jardín. Los ladridos del perro le hacen detenerse, y explora en torno con el farol en alto. Toda la figura se ilumina: El traje de aguas y el sudeste con que cubre su cabeza le anuncian como un marinero.

EL MARINERO:
¡Hagan favor de atar el perro!

DOÑA MALVINA:
¿Quién es?

EL MARINERO:
Abelardo, el patrón de la barca.

LA DAMA:
¿Quién ha dicho? ¡Ya están ahí!..

DOÑA MALVINA:
No vienen las niñas.

EL ABAD:
Habrán temido al mal tiempo.

EL MARINERO:
¡Santas y buenas noches tenga la señora y la compañía!

LA DAMA:
¿Cómo no han venido mis hijas?

EL MARINERO:
Cuando ya ibamos á largar llegó un criado mozo con esta carta.

Al mismo tiempo que habla, el marinero se descubre y del sudeste saca la carta que entrega á la señora. Doña Malvina acerca el velón, y alumbra mientras lee la dama.

LA DAMA:
«Mamá Concha: No vamos, porque está papá muy grave, que le ha repetido el ataque y dicen que no debemos abandonarlo en estos momentos. Nosotras, las dos, tenemos muchos deseos de verte. Como aquí estamos solas, y ni siquiera conocemos á los criados, no hacemos sino llorar. Papá no habla, y dicen que no conoce á nadie; pero á nosotras nos mira con unos ojos tan tristes que parece que nos conoce.» ¡Pobres hijas! ¡Lo que estarán sufriendo, allí solas las dos! ¡Mis ángeles queridos! ¿Cuándo sales con la barca?

EL MARINERO:
Ahora. Apenas si nos queda marea.

DOÑA MALVINA:
¿Quiere usted que vaya yo al lado de las niñas?

LA DAMA:
Quiero ir yo.

DOÑA MALVINA:
¡Usted, señorita!

EL ABAD:
Es un deber de madre, y también de esposa.

LA DAMA:
¿Y acaso puedo yo volver á entrar en aquella casa? ¡Qué hacer, Dios mío!.. ¡Pobres hijas, solas al lado de su padre que se muere! ¡Y tal vez maldiciéndome! Iré, iré, aun cuando hayan de arrojarme los criados.

Sale en medio de un aguacero, cubierta con largo capuchón. Todos la siguen, y como una procesión de sombras se les ve alejarse por el jardín, entre los altos mirtos. Desaparecen con la luz del farol, y el perro sigue ladrando en la noche.

Así termina la jornada segunda

Jornada tercera

El viejo jardín en una tarde otoñal y dorada. Dos palomas se arrullan posadas en la piedra de armas, y los vencejos, que revolotean sobre la torre señorial, trazan en el azul signos de quimera con la punta negra del ala. De tiempo en tiempo, un estremecimiento recorre el jardín y luego todo vuelve á quedar en silencio de misterio: El misterio de los mirtos centenarios, de las fuentes abandonadas, de las rosas que se deshojan en los rosales... Doña Malvina, la dueña, hace calceta sentada en un banco de piedra y atisba por encima de los espejuelos hacia la puerta del jardín, donde acaba de aparecerse el señor Abad de Brandeso.

EL ABAD:
Acaban de contarme que llegó esta mañana toda la familia. ¿Cómo han sido esas paces, Doña Malvina?

DOÑA MALVINA:
Dios Nuestro Señor que dispone todas las cosas. Ya conoce aquella súbita resolución que tomó la señorita al leer la carta de las niñas. Llegamos á Viana caladas de agua y muertas de miedo. Yo durante el camino no hice otra cosa que rezar... Las olas montaban por encima de la barca. ¡Y qué serenidad la señorita! Solamente la vi temblar cuando llegamos á la puerta de su casa. Estaba pálida como una muerta. Pensé que iba á caerse. Sin pronunciar una sola palabra subió las escaleras y abrazó á las niñas, que salieron á recibirla. Crea que me daba miedo verla tan pálida, con los ojos secos. Tomó á las niñas de la mano y siguió con ellas...

EL ABAD:
¡El trance habrá sido al entrar en la alcoba donde estaba el marido enfermo!

DOÑA MALVINA:
Llegó, le besó las manos de rodillas, y entonces por primera vez lloró... Las niñas también lloraban, como si las inocentes comprendiesen.

EL ABAD:
¿Y el marido?

DOÑA MALVINA:
No la conoció.

EL ABAD:
¿Y ahora?

DOÑA MALVINA:
Lo mismo. Solamente conoce al criado que le acompañaba siempre.

EL ABAD:
Ya llevaba mucho tiempo desmemoriado. Ultimamente habrá tenido noticia de la llegada del ilustre Marqués de Bradomín.

DOÑA MALVINA:
Aun cuando no lo dice, ese remordimiento tiene la señorita. Siete días estuvo á su cabecera, día y noche, velándole. A todos nos tenía pasmados que tuviese fuerzas estando como está tan delicada. ¡Y ahora le cuida y sirve con un amor!

EL ABAD:
¿Y el ilustre Marqués, no ha vuelto á mostrarse?

DOÑA MALVINA:
Mis ojos no le han visto más.

EL ABAD:
Hace dos días continuaba en el Pazo de Lantañón.

DOÑA MALVINA:
Entonces allí seguirá.

EL ABAD:
¿Y si vuelve?

DOÑA MALVINA:
Si vuelve... Como ahora no hacen sufrir á nadie.

EL ABAD:
Pero ofenden á Dios, Doña Malvina.

Por un sendero del jardín vienen dos niñas que parecen dos princesas infantiles, pintadas por el Tiziano en la vejez. Las dos son muy semejantes, rubias y con los ojos de oro. La mayor se llama María Fernanda, la pequeña María Isabel. Llegaban sofocadas de sus juegos, y la onda primaveral de sus risas se levantaba armónica entre los viejos mirtos.

MARIA ISABEL:
¡Señor abad!

MARIA FERNANDA:
¡Don Benicio!

EL ABAD:
¡Señoritas! ¡Qué altas y qué preciosas!

MARIA FERNANDA:
María Isabel no ha crecido. ¡Yo sí!

MARIA ISABEL:
Tú has crecido más, pero yo también crecí.

MARIA FERNANDA:
Te sirven todos los vestidos que tenías.

EL ABAD:
Yo á las dos las encuentro hechas unas mujeres.

DOÑA MALVINA:
¡Todavía han de pasar muchos años!

EL ABAD:
¿Cuál es la más aplicada?

MARIA FERNANDA:
Yo las cuentas no las entiendo, pero la Historia Sagrada la sé toda.

EL ABAD:
¿Y tú María Isabel?

MARIA ISABEL:
¡Yo también!

EL ABAD:
¿Y además entiendes las cuentas?

MARIA ISABEL:
Eso no...

MARIA FERNANDA:
Las cuentas no las entiende ninguna niña. En el convento somos quince educandas y sólo una las entiende.

EL ABAD:
Pues ya hay una.

MARIA ISABEL:
Pero en cambio, Sor María Salomé, que tiene cerca de ochenta años, siempre que nos castigan por no saberlas, nos trae dulces á escondidas.

MARIA FERNANDA:
Porque dice que á ella las cuentas tampoco le han entrado nunca en la cabeza. ¡Y tiene cerca de ochenta años!

EL ABAD:
¿Y la doctrina, la sabéis?

MARIA FERNANDA:
Sí, señor.

EL ABAD:
¿Cuántos son los mandamientos de la ley de Dios?

MARIA FERNANDA:
Los mandamientos de la ley de Dios, son diez: El primero, amar á Dios sobre todas las cosas; el segundo, no jurar su santo nombre en vano; el tercero, santificar las fiestas; el cuarto, honrar padre y madre; el quinto, no matar; el sexto, ¡larán! ¡larán!

EL ABAD:
¿Cómo larán, larán?

MARIA ISABEL:
¡Larán! ¡larán!

EL ABAD:
¡Ah! Sí, el sexto, ¡larán! ¡larán! ¿Y vuestra madre, dónde está?

MARIA FERNANDA:
Antes estaba en la capilla.

EL ABAD:
¿Y ahora?

MARIA FERNANDA:
Ahora...

DOÑA MALVINA:
Véala allí, caminando detrás de la litera donde pasean al enfermo.

EL ABAD:
¿Una litera?

DOÑA MALVINA:
Una litera que había en el palacio, del tiempo de los abuelos... Fué idea del señor Marqués para que la señorita pasease por el jardín, una vez que estuvo muy delicada.

EL ABAD:
Vamos á saludarla.

El Abad se aleja por la honda avenida de castaños que comienza á cubrirse de hojas, y allá en el fondo, donde casi se desvanece su balandrán flotante, tropiézase con una dama que baja la escalinata del palacio. Es una dama alta y rubia, de buen donaire y de buen seso, que ostenta un hermoso nombre de rica-hembra. Se llama Isabel Bendaña.

ISABEL BENDAÑA:
¡Señor Abad de Brandeso!

EL ABAD:
¡Doña Isabel de Bendaña, mi buena amiga! No sabía que se hospedase aquí tan ilustre señora. ¿Cuándo ha llegado usted?

ISABEL BENDAÑA:
Hoy he llegado acompañando á mi prima Concha.

EL ABAD:
A saludarla iba.

ISABEL BENDAÑA:
En el jardín está. Siempre al lado de su marido, no se aparta un momento, y le cuida con una especie de fiebre amorosa. El está que parece un niño...

EL ABAD:
Es edificante... Pero temo...

Se alejan juntos, por los senderos del abandonado jardín, y se pierden entre el follaje dorado y otoñal de los castaños. Los mirlos cantan en las ramas y sus cantos se responden encadenándose en un ritmo remoto, como el murmullo de las fuentes que en la sombra de los viejos mirtos repiten el comentario voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces eternas y juveniles. El sol poniente deja un reflejo dorado sobre los cristales de la torre, cubierta de negros vencejos, y en el silencio de la tarde aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial, junta la voz de sus fuentes con la voz de las niñas que rodean el banco donde hace calceta la dueña de los espejuelos doctorales.

MARIA FERNANDA:
Pues si no sabes el cuento de las tres princesas encantadas, cuéntanos el de los siete enanos, que ése lo sabes.

MARIA ISABEL:
Y sino, cuéntanos el del gigante moro.

DOÑA MALVINA:
¡Dios me dé paciencia con vosotras! Os contaré la historia de una dama encantada que se aparece al borde de una fuente que hay cerca de aquí.

MARIA FERNANDA:
¿Tú la viste?

DOÑA MALVINA:
Yo la vi siendo una niña como vosotras. La dama estaba sentada al pie de la fuente, peinando los largos cabellos con peine de oro.

Próximo al banco se ha detenido Florisel, que pasaba con la jaula de sus mirlos. Al oir las palabras de la dueña, sus ojos brillan llenos de curiosidad.

FLORISEL:
Sería una princesa encantada.

DOÑA MALVINA:
Era la reina mora que un gigante tiene prisionera.

MARIA ISABEL:
¿Y era muy guapa?

DOÑA MALVINA:
¡Muy guapa, muy guapa!

MARIA FERNANDA:
¿Así como mamá?

DOÑA MALVINA:
Muy semejante. A su lado, sobre la yerba, tenía abierto un cofre de plata lleno de ricas joyas que rebrillaban al sol. El camino iba muy desviado, y la dama, dejándose el peine de oro preso en los cabellos, me llamó con su mano blanca que parecía una paloma en el aire. Yo, como era una niña, tomé miedo, y dime á correr, á correr...

FLORISEL:
¡Si á mí quisiese aparecerse!

DOÑA MALVINA:
Cuántos se acercan, cuántos perecen encantados. Vosotras no sabéis que para encantar á los caminantes, con su gran hermosura los atrae, y con la riqueza de las joyas que les muestra, los engaña: Les pregunta cuál de entre todas sus joyas les place más, y ellos, deslumbrados al ver tantos broches y cintillos y ajorcas, pónense á elegir, y así quedan presos en el encanto. Para desencantar á la reina, y casarse con ella, bastaría con decir: Entre tantas joyas, sólo á vos quiero, señora reina. Muchos saben esto, pero cegados por la avaricia, se olvidan de decirlo, y pónense á elegir entre las joyas.

FLORISEL:
¡Si á mí quisiese aparecerse!

DOÑA MALVINA:
¡Desgraciado de ti! El que ha de romper el encanto no ha nacido todavía.

Isabel Bendaña y el tonsurado, reaparecen dando compañía á la Señora del Palacio. Caminan lentamente, acompasando su andar al de la dama que de tiempo en tiempo se detiene y alienta con fatiga. Ante la escalinata, cerca del banco donde la dueña refiere á las dos niñas sus cuentos de abuela, hacen el último alto.

ISABEL BENDAÑA:
¿No pasa usted Don Benicio?

EL ABAD:
Perdonen que no les haga más larga visita.

LA DAMA:
Señor Abad, que mañana celebra usted la misa en nuestra capilla. No lo eche usted en olvido.

EL ABAD:
No lo echo en olvido, no lo echo en olvido. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán! Díganle al ilustre Marqués de Bradomín...

LA DAMA:
El Marqués de Bradomín, no está en el palacio de Brandeso.

DOÑA MALVINA:
Ya lo sabe.

EL ABAD:
En el supuesto de que recaiga por aquí, díganle que hace pocos días, cazando con el Sumiller, descubrimos un bando de perdices. Díganle que á ver cuándo le caemos encima. Resérvenlo al Sumiller si viniese por el palacio. Me ha encargado el secreto. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!

DOÑA MALVINA:
¡Qué gran raposo! Sóbrale de saber dónde está el señor Marqués. ¿Adónde vais, niñas?

MARIA FERNANDA:
Vamos con Florisel á ver los otros mirlos.

Doña Malvina sube la escalinata con las dos niñas de la mano. El Abad desaparece en el fondo de la avenida silbando á sus galgos, con el balandrán flotante y el chambergo en la mano por refrescar la asoleada y varonil cabeza, donde la tonsura apenas se esboza sobre el gris acerado del cabello. Las dos primas quedan solas.

LA DAMA:
Xavier llegará dentro de un momento.

ISABEL BENDAÑA:
¡Xavier!

LA DAMA:
¡Temo tanto verle! Temo el encanto de sus palabras, temo que sus ojos me miren, temo que sus manos se apoderen de las mías...

ISABEL BENDAÑA:
Pero no...

LA DAMA:
¡Volverá á enloquecerme y volveré á caer en sus brazos! Tú, ¿qué me aconsejas Isabel?

ISABEL BENDAÑA:
Si es así que no le veas...

LA DAMA:
¿Y puedo negarme á decirle adiós? ¡cuando es por toda la vida!

ISABEL BENDAÑA:
Xavier no intentará separarte de tu marido. Xavier, mejor que nadie, debe comprender la grandeza de tu sacrificio.

LA DAMA:
No la comprenderá... Y yo quiero ser fiel á esa pobre sombra, detenida por un milagro delante de la muerte. Quiero ser su esclava, ahora que nada puede exigir de mí. Cuando me sonríe, con su sonrisa de enfermo que vuelve á ser niño, cuando posa sobre mí sus ojos llenos de indecisión, tristes ojos sin pensamiento, el dolor de haberle ofendido se levanta dentro de mí como una ola, como un gran sollozo. Algunas veces cuando estoy sola con él, temo que de pronto tenga un momento de lucidez, y me maldiga, y me arroje de su lado. ¡Tú no sabes cómo esa idea me hace sufrir!

ISABEL BENDAÑA:
¿Y Xavier te ha escrito que venía?

LA DAMA:
No.

ISABEL BENDAÑA:
¿Cómo lo sabes?

LA DAMA:
Lo presiento. Xavier vendrá, y yo volveré á caer en sus brazos, sin que nada pueda salvarme.

ISABEL BENDAÑA:
Tú debes luchar contra esa idea.

LA DAMA:
¡No puedo! ¡Y el remordimiento me matará! ¡Mi falta, mi adulterio ahora, sería más cobarde, más infame que nunca!

ISABEL BENDAÑA:
Yo en tu caso no vería á Xavier.

LA DAMA:
No le conoces. Se aparecería cuando yo menos lo esperase.

ISABEL BENDAÑA:
Es algo fatal.

LA DAMA:
¡Fatal! Y prefiero estar prevenida. Yo sé cómo puedo defenderme, y cómo puedo conseguir que se aleje de mí para siempre. Me bastaría pronunciar algunas palabras, pero me falta valor para hacerlo. Yo puedo renunciar á Xavier, no á que me recuerde sin cariño. Quiero vivir siempre en su corazón.

ISABEL BENDAÑA:
¡Me das pena!..

LA DAMA:
Si le dijese: Xavier, tuve otro amante.

ISABEL BENDAÑA:
¿Cuándo?

LA DAMA:
¡Nunca! ¿Quién has creído que soy yo? Ni otro amante, ni otro amor que Xavier.

ISABEL BENDAÑA:
Pues no se lo digas.

LA DAMA:
¿A ti te asusta?

ISABEL BENDAÑA:
Sí. Es un sacrificio demasiado cruel. Y, además, quién sabe si eso le alejaría para siempre.

En la puerta del jardín aparecen dos sombras. Se las distingue, como á través de larga sucesión de pórticos, en el fondo de la avenida de castaños. Bajo la bóveda de ramajes resuena la voz engolada y fanfarrona del Mayorazgo de Lantañón. La otra sombra es el Marqués de Bradomín.

DON JUAN MANUEL:
Llego hasta mis molinos. Volveré á buscarte.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Adiós tío!

DON JUAN MANUEL:
¡Adiós sobrino! Que me tengan avillado un jarro de La Arnela.

LA DAMA:
¡Ahí está!

ISABEL BENDAÑA:
¿Adónde vas?

LA DAMA:
¡Adonde mi ánimo se fortalezca! ¡Adonde está vivo mi remordimiento!

Se aleja hacia la puerta del laberinto, donde vigilan dos quimeras manchadas de musgo, y en el tortuoso sendero que se desenvuelve entre los mirtos centenarios desaparece. El Marqués de Bradomín se acerca, camina lentamente bajo los cipreses que dejan caer de sus cimas un velo de sombra.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Prima y señora.

ISABEL BENDAÑA:
No esperaba verte aquí. ¿Don Juan Manuel no venía contigo?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí, pero no ha querido detenerse. Está muriéndose uno de sus cien ahijados, y le han llamado para que le eche su bendición.

ISABEL BENDAÑA:
Es verdad, que entre los aldeanos existe la creencia de que la bendición del padrino abrevia la agonía. Tú, en cambio, vienes aquí para hacerla más lenta y más cruel.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Hablas de Concha? Eres injusta conmigo, bien que en eso no haces más que seguir las tradiciones de la familia. ¡Cómo me apena esa idea que todos tenéis de mí! ¡Dios que lee en los corazones!..

ISABEL BENDAÑA:
Mira, calla. Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, sentimental y católico.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Isabel, eres injusta conmigo, mi presencia aquí es tan sólo una prueba de mi amor por Concha. Con la cabeza llena de canas no puede serse Don Juan. Hoy sólo me está bien con las mujeres la actitud amable de un santo prelado confesor de princesas y teólogo de amor. La pobre Concha es la única que me quiere todavía: ¡Sólo su amor me queda en el mundo! Lleno de desengaños, estaba en Roma pensando en hacerme fraile, cuando recibí una carta suya: Era una carta llena de afán y de tristeza, perfumada de violetas, y de un antiguo amor. Sin concluir de leerla, la besé: Concha, al cabo de tantos años, me escribía, me llamaba á su lado con súplicas dolorosas y ardientes. Los tres pliegos traían la huella de sus lágrimas: Me hablaba de la tristeza de su vida en el retiro de este viejo palacio, y me llamaba suspirando. Aquellas manos pálidas, olorosas, ideales, sus manos, que yo amé siempre tanto, volvían á escribirme como otras veces. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo siempre había esperado en la resurrección de nuestros amores, era una esperanza que llenaba mi vida con un aroma de fe. ¡Era la quimera del porvenir!

ISABEL BENDAÑA:
¿Y si Concha te suplicase ahora?..

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Que me fuese? Sería entristecer dos vidas. Concha tampoco tiene otro amor que yo.

ISABEL BENDAÑA:
¿Y sus hijas?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Pobres niñas!

ISABEL BENDAÑA:
¿Y su marido?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No existió jamás... Isabel, tú bien sabes que hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito, maridos que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se abrió en mis amores. Yo he preferido siempre ser el Marqués de Bradomín á ser ese divino Marqués de Sade. Esa ha sido la causa de pasar por soberbio entre algunas mujeres.

ISABEL BENDAÑA:
Xavier, yo te suplico que te vayas.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Tú?

ISABEL BENDAÑA:
En nombre de Concha.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Creía merecer que ella me lo dijese.

ISABEL BENDAÑA:
¿Y ella, pobre mujer, no merece que le evites ese dolor?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Si hoy atendiese su ruego, mañana volvería á llamarme. ¿Crees que esa piedad cristiana que ahora la arrastra hacia su marido, durará siempre? ¿Crees que después de martirizarse un día y otro día no hará estéril ese martirio otra carta suya? Tú sabes que también fué una ola de misticismo lo que antes nos separó. ¿Recuerdas sus terrores religiosos y la celeste aparición que le fué acordada hallándose dormida? Concha estaba en el laberinto, sentada al pie de la fuente y llorando sin consuelo: En esto se le apareció un Arcángel: no llevaba espada ni broquel, era cándido y melancólico como un lirio. Concha comprendió que aquel adolescente no venía á pelear con Satanás, y le sonrió á través de las lágrimas, y el Arcángel extendió sobre ella sus alas de luz y la guió. El laberinto, según parece, era el pecado en que Concha estaba perdida, y el agua de la fuente eran todas las lágrimas que había de llorar en el Purgatorio. A pesar de nuestros amores, Concha no se condenaría; yo sí. El Arcángel, después de guiarla á través del laberinto, en la puerta agitó las alas para volar. Concha, arrodillándose, le preguntó si debía entrar en un convento; el Arcángel no respondió. Concha, retorciéndose las manos, le preguntó si iba á morir; el Arcángel no respondió. Concha, arrastrándose sobre las piedras, le preguntó si debía deshojar en el viento la flor de nuestros amores; el Arcángel tampoco respondió; pero Concha sintió caer dos lágrimas en sus manos: Las lágrimas le rodaban entre los dedos como dos diamantes. Entonces Concha comprendió el misterio de aquel sueño. ¡Era preciso separarnos!

ISABEL BENDAÑA:
¿Y os separasteis?

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Sí: estaba como loca.

ISABEL BENDAÑA:
Acaso ahora lo esté también, pero su locura es bien hermosa.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Y tú crees que durará siempre?

El blanco fantasma de la dama solloza en la puerta del laberinto. Está allí desde hace un momento, y por sus labios pasa el temblor de un rezo, al mismo tiempo que sus ojos y su alma vuelan hacia el Marqués de Bradomín.

LA DAMA:
Sí, Xavier. ¡Siempre!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Más que mi amor?

LA DAMA:
Tanto como tu amor. ¡Xavier, tú no sabes cuánto he sufrido desde aquella noche en que nos separamos!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Con la promesa de volver á vernos.

Los dos se contemplan mirándose en el fondo de los ojos, con esa intensidad atrayente y dolorosa que tienen los abismos y los destinos trágicos. Isabel Bendaña se aleja lentamente, y cuando desaparece bajo la dorada y otoñal avenida de viejos castaños, el Marqués de Bradomín intenta besar las manos de la dama, aquellas manos olorosas y ardientes que deshojan el amor como un lirio rústico. La dama retrocede, y sus ojos brillan con dos lágrimas rotas en el fondo.

LA DAMA:
¿Tú vienes á exigirme que abandone á un pobre ser enfermo? ¡Tú quieres que le deje en manos mercenarias, y eso, jamás, jamás, jamás! ¡Sería en mí una infamia!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Son las infamias que impone el amor, pero desgraciadamente ya soy viejo para que ninguna mujer las cometa por mí.

LA DAMA:
¿Por qué me dices eso cuando sabes que no puedo dejar de quererte? Xavier, si tuvieses un duelo, te batirías á pesar de mis súplicas, á pesar de mis lágrimas, aunque me vieses morir. Lo que á mí me sucede es algo parecido. Hay momentos en que una mujer no debe retroceder, ni siquiera dudar. ¡Las mujeres no se baten, pero se sacrifican!..

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Hay sacrificios tardíos, Concha.

LA DAMA:
¡Eres cruel!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Cruel?

LA DAMA:
Tú quieres decirme que el sacrificio debió ser para no engañarle.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Acaso hubiera sido mejor, pero al culparte á ti, me culpo á mí también. Eramos jóvenes y ninguno de los dos supo sacrificarse... ¡Esa ciencia sólo se aprende con los años, cuando se hiela el corazón!

LA DAMA:
¡Xavier, es la última vez que nos vemos, y qué recuerdo tan amargo me dejarán tus palabras!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Tú crees que es la última vez? Yo creo que no. Mi pobre Concha, si accediese á tu ruego, volverías á llamarme.

LA DAMA:
¡Por qué me lo dices! Y si yo fuese tan cobarde que volviera á llamarte, tú no vendrías. Este amor nuestro es imposible ya.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Yo vendría siempre.

LA DAMA:
¡Dios mío, y acaso llegará un día en que mi voluntad desfallezca, en que mi cruz me canse!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Ya llegó.

LA DAMA:
¡Nunca! ¡Nunca! ¡Antes que eso sucediese..! ¡No! ¡No!..

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Por qué tiemblas? ¿Qué dudas? Ya llegó.

LA DAMA:
¡Vete, Xavier..! ¡Vete!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Mi pobre Concha, cuánto sufres y cuánto me haces sufrir con tus escrúpulos.

LA DAMA:
¡Vete! ¡Vete..! ¡No me digas nada! ¡No quiero oirte!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Divinos escrúpulos de santa! ¡Cuántas noches, al entrar en tu tocador, donde me dabas cita, te hallé llorando de rodillas..! Sin hablar, levantabas los ojos hacia mí indicándome silencio, y las cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre tus dedos pálidos.

LA DAMA:
¡Calla!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Algunas veces, sin esperar á que concluyeras, me acercaba y te sorprendía, y tú, volviéndote más blanca, te tapabas los ojos con las manos. Yo amaba locamente aquella boca dolorosa, aquellos labios trémulos y contraídos, helados como los de una muerta.

LA DAMA:
..¡Calla! Xavier, voy á causarte una gran pena. Yo ambicioné que tú me quisieses como á esas novias de los quince años. ¡Pobre loca! Y te oculté mi vida, y todo te lo negué cuando me has preguntado, y ahora, ahora..! Tú me adivinas, Xavier, tú me adivinas, y no me dices que me perdonas!..

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Te adivino. ¿Has querido á otros?..

LA DAMA:
Sí.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Y me lo dices!

LA DAMA:
¡Para que me desprecies!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Quiénes fueron tus amantes?

LA DAMA:
Se ha muerto ya.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Uno nada más?

LA DAMA:
Nada más.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Y conmigo, dos. Ese amante, mi sucesor, sin duda...

LA DAMA:
No.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Siempre es un consuelo. Hay quien prefiere ser el primer amor, yo he preferido siempre ser el último. ¡Pero, acaso lo seré?

LA DAMA:
¡Xavier, mi Xavier, el último y el único!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿Por qué reniegas del pasado? ¿Imaginas que eso puede consolarme? Más piadosa hubieras sido callando.

LA DAMA:
¿Qué hice yo? Xavier, olvida cuanto dije... Perdóname... ¡No, no debes olvidar ni perdonarme!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¿He de ser menos generoso que tu marido?

LA DAMA:
¡Qué crueles son tus palabras!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Qué cruel es la vida cuando no caminamos por ella como niños ciegos!

LA DAMA:
¡Cuánto me desprecias! ¡Es mi penitencia!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Despreciarte, no. Tú fuiste como todas las mujeres, ni mejor ni peor. ¡Adiós, Concha!

LA DAMA:
Si todas las mujeres son como tú me juzgas, yo tal vez no haya sido como ellas. ¡Xavier, mi Xavier, déjame que me vea en tus ojos! ¡Es la última vez! ¡Compadéceme, no me guardes rencor!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
No es rencor lo que siento, es la melancolía del desengaño, una melancolía como si el crepúsculo cayese sobre mi vida, y mi vida, semejante á un triste día de otoño, se acabase para volver á empezar con un amanecer sin sol.

LA DAMA:
Tú tendrás el amor de otras mujeres.

EL MARQUES DE BRADOMIN:
Temo que reparen demasiado en mis cabellos blancos.

LA DAMA:
¿Qué importan tus cabellos blancos? Yo los buscaría para quererlos más. ¡Xavier, adiós para toda la vida!

EL MARQUES DE BRADOMIN:
¡Quién sabe lo que guarda la vida! ¡Adiós, Concha!

El Marqués de Bradomín se aleja, y la dama tiende hacia él los ojos mudos y desesperados. En el silencio de aquel jardín de mirtos lleno de gracia gentilicia, y de la tarde azul llena de gracia mística, los tritones de las fuentes borbotean su risa quimérica, y las aguas de plata corren con juvenil murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se inclinan para besar á las sirenas presas en sus brazos. La dama, desfallecida, se sienta en el banco que tiene florido espaldar de rosales, y ante sus ojos se abre la puerta del laberinto coronada por las dos quimeras, y el sendero umbrío, un solo sendero, ondula entre los mirtos como el camino misterioso de una vida.

LA DAMA:
¡Qué hice yo, Dios mío!.. ¡Y si á pesar de todo volviese!

Así termina la jornada tercera


Publicado el 29 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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