El Trueno Dorado

Ramón María del Valle-Inclán


Novela corta



I

La Taurina, de Pepe Garabato, fue famosa en los tiempos isabelinos. Era un colmado de estilo andaluz, donde nunca faltaban niñas, guitarra y cante. Aquella noche reunía a lo más florido del trueno madrileño. El Barón de Bonifaz, Gonzalón Torre-Mellada, Perico el Maño y otros perdis llegaban en tropel, después de un escándalo en Los Bufos. Venían huyendo de los guardias, y con alborozada rechifla, estrujándose por la escalera, se acogieron a un reservado de cortinillas verdes. Batiendo palmas pidieron manzanilla a un chaval con jubón y mandil. Entraron dos niñas ceceosas, y a la cola, con la guitarra al brazo, Paco el Feo.

II

Comenzó la juerga. Las niñas batían palmas con estruendo, y el chaval entraba y salía toreando los repelones de Luisa la Malagueña. La daifa, harta de aquel juego saltó sobre la mesa y, haciendo cachizas, comenzó a cimbrearse con un taconeo:

—¡Olé!

Se recogía la falda, enseñando el lazo de las ligas. Era menuda y morocha, el pelo endrino, la lengua de tarabilla y una falsa truculencia, un arrebato sin objeto, en palabras y acciones. Se hacía la loca con una absurda obstinación completamente inconsciente. En aquel alarde de risas, timos manolos y frases toreras advertíase la amanerada repetición de un tema. La otra daifa, fea y fondona, con chuscadas de ley y mirar de fuego, había bailado en tablados andaluces, antes de venir a Madrid, con Frasquito el Ceña, puntillero en la cuadrilla de Cayetano. Asomó cauteloso el Pollo de los Brillantes. Esparcía una ráfaga de cosmético que a las daifas del trato seducía casi al igual que las luces de anillos, cadenas y mancuernas. Susurró en la oreja de Adolfito:

—¡Estate alerta! A Paquiro le han echado el guante los guindas y vendrán a buscaros. Ahora quedan en el Suizo.

Interrogó Bonifaz en el mismo tono:

—Paquiro ¿se ha berreado?

—No se habrá berreado más que a medias, pues ha metido el trapo a los guindas, llevándolos al Suizo.

Adolfito vació una caña.

—¡Bueno! Aquí los espero.

—¿Crees que no vengan?

—¡Y si vienen!…

Acabó la frase con un gesto de valentón. Luisa la Malagueña se tiró sobre la mesa, sollozando con mucho hipo. Saltó la otra paloma:

—¡Ya le ha entrado la tarántula!

Gritó Adolfito Bonifaz:

—Luisa, deja la pelma o sales por la ventana a tomar el aire.

Los amigos sujetaban a la daifa, que, arañada la greña y suspirando, miraba al chaval de jubón y mandil andar a gatas recogiendo la cachiza de cristales. La Malagueña se envolvía una mano cortada en el pañuelo perfumado de Don Joselito. Entró Garabato con gesto misterioso:

—Caballeros, abajo están los guindas; van a subir. No quiero compromisos en mi casa. Si andan ustedes vivos, creo que pueden pulirse por la calle de la Gorguera.

III

Resonaban pasos en el corredor. Asomaron los bigotes de un guardia:

—¿Dan ustedes su permiso?

El guardia, detenido en la puerta, miró a las daifas, al chaval del mandilón y a Garabato. Le inspiraban un sentimiento familiar en su calidad de pueblo, y mirándolos consolaba su aturdimiento. Toñete Bringas y el Pollo de los Brillantes probaron la captación del guardia y lo torearon al alimón, como ellos decían:

—Guardia, no haga usted caso de borrachos.

—Guardia, no se quede usted en la puerta.

—Beba usted una caña, guardia.

Repuso, excusándose, el guardia:

—Caballero, si no lo toma usted a falta…

Adolfito, montado en una silla, con mueca que le torcía la boca, miraba al guardia:

—Pase usted, beba una caña y diga lo que desea.

Pepe Garabato le empujó amistoso:

—No empieces tú faltando, Carballo.

Entró el guardia, saludando de nuevo con la mano en la visera, y tomó la caña que le alargaba la Malagueña:

—¡A la salud de ustedes!

Ordenó Adolfito:

—Maño, abre la ventana. Hace aquí demasiado calor, y hay que atemperarse antes de salir a la calle. ¿No le parece a usted, guardia?

El guardia, receloso, empezaba a discernir el escarnio que le tenían dispuesto. Miró a Garabato. El patrón, con gesto encapotado, le recomendaba prudencia. Por la ventana abierta sobre las livideces del alba, entró un revuelo de aire frío, agitando las luces. Adolfito apuró una caña.

—¿Tiene usted buena voz, guardia?

El guardia sonrió como una careta, bajo los grandes bigotes de betún:

—No muy buena. Pero ustedes sabrán… Ello es que tienen ustedes que molestarse en llegar hasta la Comisaría.

Perico el Maño se alzó, ofreciéndole una silla:

—Toma asiento, Fernández.

Todos celebraron la chungada, y en la selva de voces descollaban las risas de Luisa la Malagueña. Gonzalón Torre-Mellada brindó con mala sombra:

—¡A la salud de su señora, guardia!

El del orden se hizo un paso atrás y respondió secamente:

—Se agradece.

Adolfito, muy lento, sosteniendo una caña en la mano, se acercó al guardia:

—Otra.

—¡Gracias!

Adolfito, torciendo la boca, se arrancó con insolencia de jaque:

—Esta la bebe usted porque a mí me da la gana.

Y se la estrelló en la cara. Quiso el otro recobrarse, pero antes le llovieron encima copas, botellas y taburetes. Gritó la Malagueña, escalofriada de gusto:

—¡Adolfito, hazlo viajar por la ventana!

Cayeron sobre el guardia los alegres compadres, y en tumulto, alzado en vilo, pasó por la ventana a la calle. Puso el réquiem la daifa fondona:

—¡Jesús, que lo habéis escachifollado!

Fueron las últimas palabras, porque todos huían escaleras abajo.

IV

–¡En los altos del Suizo!

Corrida la consigna, cada cual buscó su argucia para salir del enredo. Adolfito y Gonzalón se entraron en un cuarto vacío, que aún tenía sobre la mesa los relieves de una cena. Adolfito ordenó con helada prudencia:

—¡Siéntate y cuélgate una servilleta!

Gonzalón obedecía con aire sonámbulo:

—¡Adolfo, has ido demasiado lejos!

—¡Silencio! Nosotros hemos cenado aquí y nada sabemos.

El Barón de Bonifaz ocupó una silla, alzó la botella y leyó el membrete:

—Matusalem.

Se sirvió una copa. Gonzalón abría los ojos con alelamiento, incomprensivo y atónito:

—¡Nos puede salir cara la broma!

—¡Allá veremos!

—¿Tú estás tranquilo?

—¡Pss!…

Se levantó, dirigiéndose a la puerta:

—¿Adónde vas?

—¡Espérame! Se me ha ocurrido ofrecerme a los guardias y darles mi tarjeta. Un acto de deferencia a la autoridad y de respeto al orden. Verás como así nos dejan tranquilos.

—Y yo ¿qué hago?

—Acabar de emborracharte.

—¿Hay grupos fuera?

—Probablemente.

—Yo voy a ver si me escurro.

—¡Tú no te mueves!

El Barón de Bonifaz, humeando el veguero, vestido de frac, con la gabina de soslayo, se registraba, a la rebusca de una tarjeta. Salió despacio, frío, correcto, con un pliegue en las cejas. Musitó Gonzalón:

—¿Podrás arreglarlo?

—Seguramente. No te muevas.

Gonzalón llenó un vaso con los restos de la botella y se echó un trago al gaznate, relajados, laxos el ademán y el gesto.

—En último recurso, que afloje la mosca el buen Don Diego. ¡A mí, plin!

Quedose aletargado en nieblas alcohólicas, mecido en un confuso y alterno marasmo de confianza y recelo. El Barón de Bonifaz salía levantando en dos dedos su tarjeta. Una pareja de guardias llegaba por el corredor, precedida de Pepe Garabato. El coime, con los brazos arremangados y mandilón de tabernero, venía abriendo a derecha e izquierda las puertas de los reservados. El Barón de Bonifaz se adelantó, cambiando un guiño con Garabato:

—Señores guardias, un deber de ciudadanía me lleva a buscarles: tengan ustedes esta tarjeta y cuenten conmigo para cualquier declaración que haya necesidad de prestar. Garabato, tú tienes la culpa del bochornoso drama ocurrido esta noche. Tú conoces a esa gentuza, y hace mucho tiempo que debías haber puesto mano en estos escándalos. Por mi parte, es la última vez que visito tu casa. ¡No hay derecho a comprometer a las personas decentes que desean pasar un rato de agradable expansión! Guardias, ustedes cuentan conmigo para esclarecer el incalificable crimen de esta noche.

Interrogó uno de los guardias con suspicacia y respeto:

—¿Usted estaba presente, por un casual?

Adolfito humeó el veguero con delicada y condescendiente sonrisa:

—Soy Grande de España y tengo tratamiento de Excelencia. En fin, como la soga rompe siempre por lo más delgado, cuenten ustedes conmigo para sostenerlos en sus puestos. Es intolerable el crimen de esta noche. Yo cenaba en ese reservado con otro amigo; ignoro todos los detalles del hecho; pero estoy convencido de que en esta ocasión el desgraciado compañero de ustedes ha sido víctima de su deber. Garabato, manda por un simón, y que suban una botella para que refresquen estos beneméritos.

Bajo los marciales bigotes masculló la pareja embrolladas palabras de agradecimiento. Pepe Garabato, con un guiño, marcó su aplauso por la faena y, corredor adelante, siguió abriendo puertas. Gonzalón roncaba a un canto de la mesa, de bruces sobre el mantel, y una mariposa nocturna se quemaba en la lámpara.

V

El Pollo de los Brillantes empujó la puerta, escurridizo y lagarto:

—¡Vaya faena!

Con alertado sigilo corrió el cerrojo. Adolfito Bonifaz se pasó el veguero a un canto de la boca:

—No creo que nos hagan responsables.

El Pollo guiñó el ojo, abanicándose con el moquero perfumado:

—Adolfo, alma mía, se impone una untada de parné entre el sacerdocio de Themis.

Gonzalón, mal despierto, babeaba de bruces sobre los arrugados manteles:

—¡Me corto la coleta!

Adolfito le derramó sobre el cogote la ceniza del veguero:

—¡Pelmazo, que tu padre afloje la mosca!

Asintió Don Joselito con chunga sombrona:

—Ya tenemos banquero.

Gonzalón levantó la cabeza. Sacudiéndose la ceniza, fijaba los ojos turbios en el Pollo de los Brillantes:

—¡Espantoso!

El Pollo, llevándose un dedo a los labios, se acercó a la puerta y pegó el oído con mímica turulata.

—¡Han llamado!

El Barón de Bonifaz humeaba el veguero con petulante cinismo.

—Abre.

Interrogó el Pollo:

—¿Quién va?

—Garabato.

Don Joselito entornó media puerta, y el patrón se coló con avinagrado refunfuño:

—¡Ahora solo falta que la broma me cueste un multazo y el cierre del establecimiento!

Habló Gonzalón:

—¡Espantoso!

Se atufó Garabato:

—Para usted siempre habrá bula.

Gonzalón le miró incomprensivo:

—Me corto la coleta.

Garabato, percatándose de que estaba curda, torció el gesto con desabrida misericordia. El Barón de Bonifaz humeaba el veguero:

—¿Cómo ha ocurrido ese desaguisado, Pepe?

El patrón le sostuvo la mirada fanfarrona y cínica:

—¿Usted no lo sabe?

—Vagamente.

Gitaneó Garabato:

—Pues este servidor está a ciegas.

El Pollo de los Brillantes volvía a darse aire con el moquero, esparciendo brisas de pachulí:

—No hay prenda como la vista, Garabato… Quinqué y mucho quinqué… ¿Vas a decirme que no conoces al punto que riñó con el guardia? Tú te las apañas hasta dar con la pista de ese silbante.

El patrón requirió una silla y se apoyó sobre el respaldo con reservona soflama.

—A lo que barrunto, la combina de ustedes es camelar a un pelanas para que se declare autor del estropicio. No me parece mal cavilado, y como haya luz… ¡Es mucha el hambre, caballeros!

Recomendó el Pollo:

—Echa el catalejo entre tu parroquia.

—Ya está echado.

Don Joselito le caló los ojos:

—¡Eres un astrónomo!

Aventuró Garabato con taimada sonsaca:

—En tales casos, la lumínica ha de ir por delante.

El Pollo le miraba socarrón, jugando con los dijes de la leontina portuguesa.

—¡Conque la lumínica por delante! Eso será en tu tierra. Un pelanas no tiene solvencia, y si aflojas la guita, luego, a la hora de cumplir, te paga con un corte de mangas.

Aspaventose Garabato:

—¡Aún quedan por el mundo sujetos de palabra, Don José!

—Pocos.

El patrón se puso en la boca la colilla que llevaba en la oreja.

—Ya se verá de cumplir. Usted diquela más que un servidor. Pero si vale mi consejo, en estos negocios hay que ser un Salamanca.

Gonzalón inflaba su sollozo entre babas:

—¡Me corto la coleta!

Adolfito, puesta de medio lado la chistera, bostezó con fatua displicencia:

—Pepe, avisa un simón.

Garabato se dirigió a la puerta, y al tiempo de cerrarla aún recomendó, asomando la cabeza:

—Caballeros, ustedes me echarán un capote si la Curia me busca el gato.

VI

El Barón de Bonifaz se arrancó el cigarro de la boca y lo estrelló contra la pared:

—Yo me voy a dormir, y salga el sol por Antequera.

El Pollo de los Brillantes marcó unas toses de apicarada soflama:

—Deja la comedia, alma mía. Conozco estos belenes, y si das con un juez mala sangre…

Adolfito le clavó los ojos, ladeándose la bimba:

—¿Cómo has dicho? ¡Si doy!…

Anubarrose Don Joselito.

—¡No seas insensato! ¿A qué conducen esos alardes? Esta misma noche es preciso dar con un punto que se preste a ser huésped del Saladero.

Baló Gonzalón con trasnochada vehemencia:

—¡Adolfo, te aplaudo!… ¡Que sí!… ¡Que afloje la mosca el buen Don Diego!… ¡Te aplaudo!

El Pollo de los Brillantes entornó furtivamente la ventana y acechó la calle, alarmado por el tumulto de los vecinos, que comentaban el suceso. El cuerpo del guardia yacía inmóvil, aplastado en la acera, y el sereno, con mugidos galaicos, esgrimía el chuzo para abrir rueda. El Pollo arrimó las contras con sigiloso recelo:

—Adolfo, vamos a salir de naja.

El Barón de Bonifaz se atusó el bigotejo con cínica petulancia:

—He pedido un simón. ¡Aquí tenemos a Garabato!

El patrón habíase detenido en el umbral con asomada mímica, el reojo vuelto sobre un narigudo vejete de quepis y carrik, que le seguía pisándole la sombra:

—Aquí el maestro puede dar a ustedes un consejo. Es sujeto de luces y chanela lo suyo…

El vejete se adelantó, puesto un hombro en la oreja, haciendo floreos con el quepis:

—Don José, que conoce a un servidor, puede dar referencias.

El Pollo de los Brillantes le miró, entornada la pestaña, y luego se arrancó:

—Le hacía a usted a la sombra en el Saladero. ¡Voy a cenarme sus redaños, Don Teo!

El narigudo arrugose con risa de cabra:

—Don Joselito, a nuestra edad es una cena indigesta.

Intervino Garabato:

—Si entre ustedes median cuentas, a luego las aclaran.

El Don Teo declinaba el tajamar de la nariz sobre el hombro que ponía en la oreja:

—Francamente, no esperaba tan amable recibimiento de mi antiguo y querido jefe. ¿Qué suposiciones no harán estos caballeros, a quienes no tengo el gusto de conocer, si no es para servirles?

Corcovándose sacó una tarjeta del carrik y jugando la mano se la presentó al Barón de Bonifaz. Explicó Don Joselito con resquemor de agraviado:

—A este vaina le estuve pasando dos duros…

Saltó con apurado cacareo el vejete, apretándose el quepis contra el pecho:

—¡Por los clavos de Cristo! Don Joselito, no olvide usted lo que era aquella chirlata. El más infeliz de los puntos se la diñaba al autor de sus días.

El Pollo de los Brillantes sacaba la panza señorona, jugando con los dijes de la cadena:

—Abusó usted indignamente de mi confianza.

Don Teo esbozó una sonrisa de conmiseración:

—¡Dos duros! ¿Y cuántas veces no me he ganado la laureada?…

—Con matones figurados.

El narigudo vejete lanzó una salivilla por el canto de la boca y se limpió con el borde del quepis:

—Don Joselito, no olvide usted que un servidor va a todas partes.

Don Joselito rio con soflama:

—Ya lo pondremos en claro. Ahora bébase usted un chato y tome asiento. ¿Sabe usted de lo que se trata?

—Algo me indicó el amigo Garabato.

El Pollo de los Brillantes se infló con aires de bravucona condescendencia:

—Don Teodolindo, tiene usted ocasión de rehabilitarse.

El narigudo dejó escurrir de la manga un navajón de a tercia y, arrugándose con mueca turulata, se lo guardó en las profundidades del carrik:

—¡He venido con el ramo de oliva!

El Pollo de los Brillantes le echó encima los ojos de rana con baladrona misericordia:

—¿A qué santo se había usted empalmado?

—¡Es el escarbadientes, Don José!

—¡No tenga usted que tragárselo!

—San Blas haría un milagro.

—¿Le enteró a usted Garabato?

—Algo me dijo.

El Barón de Bonifaz, a horcajadas en una silla, saludaba con la bimba y releía en alta voz la mugrienta tarjeta que le había dado el vejete:

—«Teodolindo Soto, diplomado del Real Conservatorio de Lisboa. Academia de canto. Se imposta la voz. Se enseña en treinta lecciones la guitarra por cifra. Clases particulares y a domicilio. Honorarios módicos».

El Pollo de los Brillantes, a socapa, le advertía con un guiño la conveniencia de tratar con aquel compadre.

Don Teo había comenzado su vida de apagacirios en el oratorio del Caballero de Gracia. Allí sirvió como correo en las intrigas apostólicas y saltó al ruedo del mundo con una credencial de cabo del Resguardo. Le empapelaron por un gatuperio y escapó a Portugal. Archivado y olvidado el proceso, regresó cantando fados con acompañamiento de vihuela. Se anunció como memorialista y profesor de solfeo. Fue músico de café y corista de zarzuela, soplón y espía, cherinol de lenocinios y baratero de chirlata. Aquel borrachín de mala entraña, falso y bufonesco, era notorio arbitrista de fullerías, escalos y matutes y huésped frecuente del Saladero. Como nunca alternaba mucho tiempo entre rejas, susurrábase en aquellas aulas de la picaresca que tenía misteriosos valedores.

VII

Don Teo arrugaba la cara con su mueca capciosa:

—Algo me ha dicho el amigo Garabato. Para mis cortas luces, hay que desviar las investigaciones judiciales por una pista falsa.

Dictaminó Adolfito con desdeñosa suficiencia:

—Yo creo lo más derecho entenderse con un mangante que cargue con el mochuelo.

Don Teodolindo se puso los hombros en las orejas:

—Un servidor respeta todas las opiniones, y máxime cuando las emite persona tan eminente. Ahora que si a ese presunto mangante, antes de tratar, podemos tenerlo entre rejas… El hombre entre rejas es más razonable. A eso miraba al indicar la urgencia de inducir las investigaciones judiciales sobre una pista conveniente…

El Barón de Bonifaz apuntaba su disentimiento entre bocanadas de humo:

—Demasiado complicado. ¿Cómo poner a la Policía sobre esa pista?… No me convence.

Don Teo sonreía con mansa advertencia:

—Hay mil medios. En este caso, un anónimo sería suficiente. El finado tenía sus enemistades. ¡Qué cristiano está sin ellas! Si ustedes me otorgan su confianza, espero que no tendrán motivo de arrepentimiento. Se da la circunstancia favorable de que por mediar conocimiento con el difunto, me hallo algo informado. Una hija del difunto, estos tiempos, se ha ido a vivir con el silbante que hace el acompañamiento en el tablado del café Minerva. El padre se había sacrificado para tenerla en una academia de baile, y cuando empezaba a llevar algún dinero a la casa, un buen día desaparece. Como la gachí va camino de ser una estrella coreográfica, natural, el difunto se hallaba peleado a muerte con el apaño. ¡Un ficha muy grande! Si le ponen entre rejas, será razonable, porque no le falta pestaña. Ustedes deciden. Mi dictamen ya lo conocen, y si lo dejan de mi cargo, formularé el oportuno escrito para ayudar al esclarecimiento del hecho. El gachó tiene antecedentes penales, y reiteradamente ha proferido amenazas de muerte contra el difunto. ¡Un juez competente le saca veinte años de cadena!

Don Teo emitía sus oráculos con un fraseo a flor de labio y sonrisas de suficiencia. El Pollo de los Brillantes le miraba de través, entornada la pestaña, bailando los dijes de la leontina portuguesa. Adolfito daba al aire el humo de otro veguero, y con reiterada mala sangre derramaba la ceniza sobre la nuca de Gonzalón. El curda se incorporó asoñarrado:

—¡Vas a divertirte con tu abuela!

Adolfito le palmoteo el hombro:

—Calla e ilústrate. Prosiga usted, Don Teo.

El vejete se corcovó, saludando con el quepis:

—En cuanto a mis emolumentos, tratándose de tan ilustres clientes, no hallo inconveniente en aplazarlos hasta celebrar una entrevista con el Señor marqués de Torre-Mellada. Su noble primogénito no parece que haya puesto demasiada atención a lo que ahora hablamos.

Gonzalón le miró con afligido ceño:

—¡A mí que no me joroben!

Don Teo aprobó con una mueca complaciente:

—¡Muy razonable! Caballeros, ustedes lo meditan. A este humilde servidor le cumple retirarse. Tendré redactado el documento, que con ello nada se pierde, y es cosa de poco. Socarroneó Don Joselito:

—¿Hay formulario?

Don Teo se encasquetó el quepis dándose una palmada en la frente:

—¡Hay fósforo!

Y saludó con asainetada reverencia.

VIII

El Pollo de los Brillantes volvió a la ventana inquieto por el vocingleo callejero. Miró haciendo visera con la mano, esparciendo brisas de pachulí al frotar el vidrio con el moquero. Se retiró, aportillada la boca por un gesto de perplejidades.

—¡Se han llevado al fiambre!

Don Teo acauteló el hocico, asomando un diente limoso, con suficiencia de rata leguleya:

—Milagros del amigo Garabato. A lo mejor, el forense ha certificado de síncope.

Interrogó Gonzalón con aire sonámbulo:

—¿Adónde se lo han llevado?

Don Teo le ilustró paternalmente:

—Al domicilio conyugal para que su señora le ponga compresas.

—¿No ha muerto?

El vejete entornó los ojos con un susurro benévolo:

—Morirá a su debido tiempo. Hay un ángel que vela por ustedes.

A Gonzalón le asaltó una luz de malicia bobalicona:

—¿Usted?

—Pudiera serlo.

El Pollo de los Brillantes se enjuagó con un chato:

—Ese vaina ya pasará la cuenta.

Aclaró Don Teo:

—No era oportuno que el interfecto permaneciese sin auxilios en la acera. Garabato me consultó sobre el caso y le aconsejé la faena con el sereno. No quiero ser pelma. A la orden de ustedes. Si ustedes resuelven utilizar mis servicios, abajo me tienen. En todo caso, redactaré la soflama y le daré curso. Nada se pierde porque vaya a la sombra el guitarrista del Minerva. La Sofi se verá por una temporada libre de golpes. Repito, ustedes me mandan.

Hizo un saludo muy floreado con el quepis y salió cerrando la puerta. El Pollo de los Brillantes la abrió con el recelo de que hubiese quedado a la escucha y echó una ojeada al corredor, apenas alumbrado por mortecina candileja. Bostezó Adolfito:

—¡Vaya un pinta de cuidado!

—Nos servirá de cabeza.

—Y nos costará un ojo.

—No lo creas. A ese lagarto le gusta cultivar las buenas amistades. Sabe que los padrinos valen más que el dinero.

Adolfito palmoteo el hombro de Gonzalón:

—¡Arriba, pelmazo! Hay que pagar.

Gonzalón se incorporó, frotándose los párpados:

—¡Todo me da vueltas!

Chungueó el Pollo:

—Vamos a dejarte en el hogar paterno para que la ronques.

Se echaron fuera, en fila india, recatados en los embozos como terceto de conspiradores en número de zarzuela, y montaron en el simón que esperaba con el cochero dormido en el pescante.

IX

Gonzalón Torre-Mellada, vinoso y soñoliento, en la prima mañana, como tantas veces, pasó entre los criados que lustraban la enorme antesala. Cruzó torpón entre los trastos revueltos, y con el mismo aire sonámbulo se acostó, ayudándole una vieja que le había mecido en la cuna. Se durmió con feliz ronquido de borracho. Dormido estaba cuando entró con gran aspaviento la antigua niñera:

—¡Hijo! ¿Qué has hecho? Quieren llevarte a la cárcel. ¡El mundo está loco! ¿Con qué compañías te has juntado? Cuatro guardias en la escalera. ¡No es para ti, niño mío, el cadalso! El inspector está en disputa para llevarte. ¡Tus papás están traspasados! ¡Hijo!, ¿qué estás a discurrir?

Barboteó Gonzalón:

—¡Que suelte la mosca mi padre! Yo me quedo en la cama. Explícales que me acosté tarde… Mi madre, que es muy diplomática, sabrá arreglarlo, y si no, que mi padre se lo pida al Cristo de Medinaceli.

—¡El inspector trae orden para prenderte!

—Que vuelva cuando no moleste.

—¡Será lo mejor!

—¡Indudablemente!

—Puede ser que un ángel te dicte lo que haces. Estate en la cama, que no serán atrevidos a llevarte en pernetas. Voy a meter toda tu ropa en los armarios y a esconder las llaves.

—Que mi padre afloje la guita.

—Pero ¿qué has hecho?

—Ni lo recuerdo.

—¿Mataste a un guardia?

—¡Le dimos una broma! ¡Si no sabe llevarlas, que aprenda!

—¡Un guardia es un cristiano! Tus papás podrán arreglarlo; pero es necesario que te enmiendes y no les amargues sus días. Los papás representan a Dios. ¡Tú te corrompes con gente reprobada!

Gonzalón vio salir a la vieja y, cambiando de pensamiento, la llamó con un grito:

—Dame el traje de campo, que me voy a Los Carvajales. ¡Allí que me busquen!

—¡Hay guardias en la antesala!

—Se les ciega. Al Señor inspector, con todo respeto, dile que me presentaré apenas me vista, y avisa a Toñete.

X

El marqués se presentó en el cuarto de su hijo, un poco friolero, zapatillas bordadas, gorro y bata de rey Mago. Se dramatizó en la puerta con respingo de fantoche:

—¡Acabas de echar un borrón sobre tu sangre! ¡Incomprensible! ¡Sin explicación!

Se disculpó el hijo con gesto amurriado:

—¡Una broma!

Gritó el padre:

—¡De borrachos!

El primogénito se miró al espejo, poniéndose el calañés del traje campero:

—Querido papá, debes comprender que ha sido una fatalidad y que me estás desesperando. El espectro del guardia no se aparta de mis ojos. ¡Acabaré por pegarme un tiro!

—¡No lo tomes tan por lo trágico!

Y todo el flácido sentimiento paternal del repintado vejestorio se desbarató en una fuga de gallos. Gonzalón hacía la escena como los actores sin facultades, en un tono medio de monólogo y aparte, con un gesto aguado y una acción desarmónica, puesto ante el espejo, para ladearse el calañés. Asomó Toñete:

—El inspector volverá dentro de dos horas, pero dejó guardias en el zaguán.

Suspiró el marqués:

—¿Se les podrá cegar?

Se mostró docto en el humano saber el criado:

—Cuestión de guita.

Se lanzó el afligido marqués:

—¿Con mil duros será bastante?

Le miró el criado como a un doctrino:

—¡Y con veinte!

Se conmovió el vejete:

—¡Pobrecitos! Veinte no es nada. Si lo arreglas con veinte, dales cincuenta.

—¡A quien habrá que arreglar con algunos miles será a la viuda del cadáver!

Todos comprendían que debía costar algunas pesetas el consuelo de aquella mujer ronca y desconocida, que acaso clamaba maldiciones en un barrio lejano, ante el cadáver del guardia.

XI

La marquesa de Torre-Mellada tenía crispaciones, ahogos, gritos, soponcios y otros mil remilgos de dama nerviosa. Por ráfagas fulguraba en su pensamiento el súbito espanto de la casa llena de guardias, con los criados atónitos cambiando mudos signos. Una visión estática y trastornada como la del relámpago, de lívidas imágenes en movimiento sin mudanza. La doncella, para calmar aquellas congojas, le sirvió una taza de tila con cinco perlas de éter, receta de un famoso especialista de París —el doctor Jenkins—. La marquesa tenía la fórmula por su gran amiga la duquesa de Morny. Se animó con la tila y el éter. El marqués se anunció con dos golpes discretos en la puerta del tocador:

—¿Puedo pasar?

La doncella, a una seña dolorida de su señora, abrió la puerta, cuadriculada de espejillos con figuras pompeyanas. Entró de puntillas el marido:

—¡Carolina, estas desgracias suceden en todas las familias!

La marquesa se exaltó bajo el influjo del éter:

—¡Un hijo asesino no lo tienen todas las madres!

El marqués, escandalizado, se tapó los oídos:

—¡Carolina, no desbarres! ¡Ha sido una desgracia! ¡Ha sido una desgracia!

Sollozó la marquesa:

—¡Y tendrá que ir a la cárcel!

—¡Imposible! Ya Toñete pudo comunicarse con el gitano y le ha puesto en la boca un candado de dos mil reales.

Apartando la mano de los ojos, murmuró la marquesa:

—¿Has visto a Narváez?

—Estuve en la Presidencia. No pudo recibirme. ¡Parece que está grave! He visto a Marfori, y esta noche veré a Luis Bravo.

La marquesa se acongojó, ahogando su grito en los cojines del canapé:

—¡Me horroriza haber llevado tal monstruo en las entrañas!

El palatino se crucificó sobre un gesto lacrimoso, abriendo los brazos:

—Mañana hablará la autopsia, y los médicos forenses sospechan si el guardia pudo morir alcoholizado. Un ataque apoplético, y los muchachos, para no verse comprometidos, sin saber lo que hacían… ¡Criaturas inexpertas!

Gimió la marquesa:

—¿Has visto los periódicos? Todos hablan.

—¿También La Época?

—¡Todos!

—¡No lo hubiera creído de Escobar! Siendo así, reconozco que estamos en una situación molesta.

—¡Horrible! Yo me voy a París en cuanto recobre algunas fuerzas.

—Haremos ese viaje. Se está poniendo esto muy revuelto. Narváez puede morirse y aquí solo queda González Bravo. ¿Cómo es la palabra para decir loco? ¡Ah! Sí. ¡Un vesánico!… A mí me ha creado una situación insostenible en Palacio. ¡Carolina, eso te deja indiferente!

—¡Jerónimo, tengo el corazón tan lejos de esas vanidades!…

Tiró de la campanilla y vino la doncella. Interrogó en francés, con fría indiferencia, la dama:

—Aline, ¿qué mundo hay en el salón?

—La Señora marquesa de Redín con la Señorita Eulalia. Antes vino muy acongojada la Señorita Feliche. Como madame no recibía, se fue, para volver.

—¡Pobre Feliche! Advierta usted que la pasen aquí. Jerónimo, discúlpame con todos.

—Con tu permiso.

Salió con premura casquivana, feliz de verse lejos, a la golosina del salón, donde todo eran mundanidades, en un ritmo que dominaba, como el bailarín, los quiebros y figuras de su danza. La marquesa volvió a su enajenado silencio, abismándose en la aridez de una contemplación interior. Miraba ceñuda el pasado y solo descubría la continuidad de un dolor largo y mezquino. Este afán marchito, desilusionado, era la vida; pasaba a través de todos los instantes, articulándolos de un modo arbitrario, y no valía más que el resorte de alambre que un muñeco esconde en el buche de serrín.

—¡Qué asco de vida!

XII

La marquesa abrió los ojos con cierta extrañeza de insomnio alucinado. Un murmullo de voces apagadas venía del tocador. Respondía la doncella. Pero ¿quién interrogaba? La marquesa se incorporó en los cojines de encaje:

—¿Eres tú, Feliche? Pasa; estoy trastornada. ¿Y tú, mi pobre niña? ¿Cómo no has entrado antes? ¡Todo el tiempo acordándome de ti!

Sollozó Feliche:

—¡Es horrible! Una pobre mujer con cuatro niños pequeños. ¡Horrible! Siento repugnancia de mi hermano…

—Cálmate. ¿Cómo sabes eso de la mujer con los niños?

—¡Lo he oído! Me lo han dicho. No sé. ¡Estoy muerta! Eso de la mujer y los niños lo trae un periódico.

—¡Cálmate!

—Perdóname.

Se besaron abrazándose:

—He pensado en visitar a esa familia y socorrerla con lo poco que yo pueda.

—¡Déjame esa obligación!

—Quiero enterarme por mí, ver a esa pobre mujer, a los huérfanos. Horrorizarme, aborrecer esta vida aún más de lo que la aborrezco.

—¡Me asustas!

—He venido por si quieres acompañarme.

Dudó la marquesa.

—¿No será una locura, Feliche?

—Es un deber, Carolina. ¡Un deber!

Volvieron a llorar juntas. La marquesa, con resabio de añeja coquetería —solo lloraba en las entrevistas galantes—, recogíase las lágrimas al borde del párpado para que no corriesen abriendo surco en el dulce carmín. Feliche gemía con la voz impostada en un sollozo:

—¡Me da vergüenza de mi hermano!

La Torre-Mellada se reconcentró en un grito agudo:

—¡Y no lo llevaste en las entrañas!

La doncella, tocando discretamente en la puerta, preguntó si podría entrar a despedirse la Señora marquesa de Redín. Carolina se hizo toda un lánguido arrumaco:

—¡Eulalia, pasa! ¿Por qué querías irte sin que te viese?

Advirtió la camarista:

—La Señora marquesa está en el salón y envía a preguntarlo.

Entró el marqués con falso rendimiento:

—Carola, hija del alma, si pudieses con esfuerzo pasar al salón. ¡Lo comprendo, estás traspasada, pero el mundo tiene estas exigencias! Los amigos que en estos trances nos acompañan nos dan también un consuelo. Nadie le concede importancia a lo sucedido. ¡Un guardia muerto! ¡Bueno! ¡Una desgracia! Era un borracho sempiterno y reventó. ¡Que los chicos se hayan asustado es muy natural! Solo algún malvado puede culparles. Pobrecitos, lo que estarán renegando de habérseles ocurrido echar una cana al aire. Porque eso ha sido: una cana al aire, probablemente para celebrar el envío de la Rosa de Oro a la reina de España. ¿Eso es un crimen?

Se exaltó Feliche:

—En último término va a salir con la culpa Su Santidad Pío IX.

—¡Qué tontería! Fíjate, Feliche: lo que yo digo no es ningún disparate. La Reina, cuando se entere de que todo vino por ella, se interesará en salvarlos. ¡Creo yo! Carolinita, ¿tú qué dices?

—¡Jerónimo, ten compasión de mí!

—¡Pero, hija!

—¡Estoy trastornada! Vuelve al salón. Déjame con Feliche. Las dos juntas nos consolamos.

—No insisto. Te disculparé. En nuestro mundo, afortunadamente, todos saben lo que son nervios.

XIII

Cayetana, la antigua niñera, con un trotecillo voluble y asmático, acudía al requerimiento de la Señora marquesa. Viéndola entrar ordenó, perentoria, la madama:

—Una falda de trapillo y tu manto. Vísteme como para visita de pobres.

Feliche, pálida y ojerosa, esperaba en pie, las manos crucificadas sobre su libro de misa y su rosario. Cayetana arrugaba la boca con un puchero:

—La Señora marquesa ¿necesita el coche?

Denegó la dama con el gesto:

—¡Estoy helada! ¡Este disgusto me acelera la vida! Feliche, si te parece tomaremos un alquilón. Cayetana, tú debes acompañarnos.

Repuso la vieja con resabio de tercería:

—Voy por los mantos. La Señora marquesa ¿saldrá por la escalera de servicio?

—Tú verás por dónde es más disimulado.

Susurró la antigua servidora:

—¡Hay guardias en el zaguán!

Gimió nerviosa la marquesa:

—¡Qué vergüenza!

—El niño se escabulló por las cocheras.

—¿Adónde ha ido?

—Me parece que a Los Carvajales. Se quita de muchas molestias. ¡Pobrecito, está traspasado!

—¡No me lo nombres!

—¡Son malas compañías!

Salió la vieja con su trotecillo asmático y no tardó en reaparecer con el manto. La marquesa Carolina se lo puso temblándole las manos. Maquinalmente se miró al espejo y se tocó los rizos:

—¡Qué pálida estoy! Esto me acelera la vida. Vamos, Feliche.

Se detuvo, sofocando un sollozo con el pañuelo sobre el rostro. Feliche le murmuró al oído, al tiempo que la tomaba del brazo:

—¡Carolina, ahora tenemos que ser fuertes! Vamos.

—Pobre niña, tú me enseñas y me das ánimo. Cayetana, ve delante.

Y otra vez el relámpago de la casa en susto, con las figuras lívidas, paralizadas en una acción, como figuras de cera.

XIV

Rodaba el simón por una calle angosta de tabernuchos y empeños. Feliche se recogió en el fondo, echándose la mantilla a los ojos:

—¡Creo que nos ha visto!

—¿Quién?

—Bradomín. Salía de la Nunciatura.

La marquesa sonrió triste y comprensiva, acariciando la mano de Feliche:

—¿Nos habrá visto o nos habrá adivinado?

Feliche sintió una delicada sospecha de albores remotos en la negra oquedad de sus pensamientos. La marquesa le oprimió la mano. Cayetana, que iba mirando por el vidrio, se santiguó:

—¡Bendito Dios! ¡Por qué calles nos trajo!

El cochero arrimaba el penco a la puerta de un conventillo. La portera, colérica, arañaba con un peine sin púas la greña de un chaval que rasgaba la boca con berrido de oreja a oreja. Advirtió la marquesa:

—Cayetana, no se te escape el tratamiento. Somos dos señoras de San Vicente. Dos señoras modestas que cumplimos un acuerdo de la Asociación. ¿No te parece, Feliche?

—Sin duda.

Cayetana interrogó a la portera:

—¿Vive aquí la viuda del guardia?…

—¿El desgraciado que maltrataron anoche unos curdas de la goma? Como viuda, todavía no lo es. Aquí vive. Pues qué, ustedes, por un casual, ¿se interesan por verla?

Anheló Feliche:

—¿Ha dicho usted que el marido no ha muerto?

—Está para ello. Difícil que salga. ¡Se enciende la sangre considerando las injusticias del mundo! ¡Ya verán ustedes como esos gomas no van al Saladero!

La marquesa cambió una mirada con Feliche. Pueril y mundana, hubiera querido taparse las orejas para no oír las imprecaciones de aquella vieja, que se encendía en gritos apoyada en la escoba, con un montón de basura ante las chancletas. El corazón se le cerraba con orgulloso sobresalto:

—Somos dos señoras de San Vicente… Ya volveremos… Ahora solo queríamos enterarnos…

La portera dio un escobazo:

—Aquí vive, pero ha salido a pretender de asistenta. Pues ¿qué otra le queda? ¿Tirarse por la ventana con sus cuatro críos? ¡El marido, estropeado de por vida si sale avante! ¡Hay que considerarlo! ¡Cuatro críos y un inútil vitalicio! ¡Háganse ustedes el cargo! Más conveniencia le trae quedarse viuda y apañárselas como otras nos las hemos apañado. Una servidora se ha quedado viuda el 65, en la barricada de Antón Martín. ¡Allí me lo sacrificaron!

La marquesa tocó el hombro de su antigua criada y discretamente le deslizó algunas monedas para que se las entregase a la portera. La vieja miró las monedas con un gesto ambiguo de codicia y recelo:

—¿Para mí u para la Macaría?

La marquesa murmuró con un gesto lacio:

—Para usted.

La vieja se agarró a una oreja del crío:

—¡Muchísimas gracias! Da las gracias, Celino. ¡Límpiate las narices y besa las manos de estas señoras!

Celino saludaba con su berrido de oreja a oreja. Montaron en el simón las madamas, y echándose el velo a la cara murmuró la marquesa:

—Creo que hemos tenido suerte no encontrándonos a esa pobre mujer. Era un paso muy aventurado, Feliche. Fácilmente podía entrar en sospecha y reconocernos. Vendrá Cayetana y se enterará de lo que necesita esa infeliz familia y se la socorrerá. Pero nosotras, creo que no debemos volver. Yo voy enferma. ¡Es horrible cómo vive esa gente!

Cayetana, la vieja servidora, pulcramente asomada a la puerta de un tabernucho, llamaba al cochero, que levantaba el vaso de morapio brindando por la República. En el arroyo, el clásico borracho hacía saludos joviales. Un enjambre de chicuelos macilentos rodeaba el simón, y alguno más ariscado se encaramaba a la trasera. Al advertir que el cochero salía de la taberna se desbandaron; pero el curdela siguió tambaleando sus cortesías delante del caballo. El cochero restalló la fusta, encaramado en el pescante:

—¿Quieres apartarte, pelmazo?

Declamó el curda:

—¡Atropéllame! ¡Atropella a un paria, a un hijo del pueblo!

—¡Tú no te apartes!…

Desde la puerta de la taberna terció un chulapo valentón:

—A ver si también tú nos resultas pollo de la goma.

La marquesa se recogía en el fondo del coche:

—¡Dónde nos hemos metido!

A Feliche le llameó la cara:

—Creo que no debiéramos irnos como lo hacemos.

—¡Estoy verdaderamente asustada!

Cayetana acudió a darle ánimos:

—No pasará nada. Es buena gente.

Una pella de barro vino a estrellarse en la portezuela. El cochero, echando votos, saltó del pescante para considerar el estropicio. Encarecía la marquesa:

—¡Aprisa! ¡Aprisa! Feliche, no te perdono esta locura.

Se apasionó Feliche:

—Podrá serlo… Yo te aseguro que saco ánimos y vuelvo.

Repetía la marquesa:

—¡Aprisa! ¡Aprisa!

El cochero, en medio del arroyo, zarandeaba al borracho:

—No me comprometas.

Se apuró la marquesa:

—¿Qué hace ese hombre? Cayetana, llámale. Ofrécele una buena propina. Que nos saque de aquí cuanto antes.

Instó Feliche:

—¡Carolina, procura dominar tus nervios!

La marquesa se mordía el labio abrochándose un guante:

—No habrá otro remedio.

El cochero soltaba al curda y, disputando con el chulapo valentón, se metía en la taberna. Quedaba el curda en el arroyo recogiéndose la faja. De nuevo hacía rueda en torno del simón la chusma pelona, y los más arriscados, subidos al estribo, pegaban los mocos al vidrio. La escoba de la portera acudía en defensa de las madamas:

—¡Hace falta poca vergüenza! ¡A ver si tengo que refregarle a alguno la cara!

Se dispersó la chusma con burlete de guiños, frunce de hocicos y saque de lengua. Cayetana abrió la portezuela con solicitud oficiosa:

—En el entanto que llego a ver si traigo al cochero, estarían más a resguardo en la casa del guardia.

Las madamas se apearon, santiguándose, un poco inconscientes, y de carrerilla se metieron al zaguán, protegidas por la escoba de la napoleónica portera.

XV

Al fondo del patio, un zapatero que batía la suela, silbaba el Himno de Riego. De tiempo en tiempo ponía el reojo en la jaula de un mirlo, colgada al sol mañanero. El pájaro acompañaba algunos compases, y el remendón se afirmaba en el propósito de sacarle maestro en aquella solfa progresista. El patio era grande, y la casa, de corredor con balconaje pintado de ocre. En cordeles colgaban innumerables prendas de ropa. Las camisas, crucificadas por las mangas, estremecían impúdicamente sus faldetas. Se inflaban enaguas y refajos. Vistosos pingos flameaban como gallardetes y resaltaba al sol la tela nueva de los remiendos. Eran tan profusos los colgarines que entoldaban el patio y lo alegraban de luces y colores, en baile ventolinero. La balconada tenía macetas y gatos. Toda la casa, gritos, cantares, súbitas furias maternas con acompañamiento de azotainas y lloriqueos.

El remendón que batía la suela en el fondo del patio alzó los ojos al balconaje del corredor, donde asomaba una vecina haciéndose el moño:

—¡Rosita temprana!

—¿Qué se ofrece, tío Roque?

—Esa víctima de las clases superiores, ¿la entrega o no la entrega?

—No me pida usted pronósticos.

Feliche, encendida y animosa, había penetrado en el patio:

—Pueden ustedes indicarme…

El zapatero, un vejete de jubón amarillo y mandilote de cuero, se incorporó con la horma entre las rodillas, oficioso y resabido:

—¿Desea usted informarse de la vivienda, o séase morada, del guardia Carballo? A su mano derecha, segunda escalera.

La escalera, sórdida, ilustrada con letreros y atributos fálicos, tenía en los descansillos calderetes de basuras. Feliche subía apresurada, con enérgica resolución. La marquesa, muy en rezago, se apoyaba en el brazo de su doncella y exageraba el melindre a la vista de aquellos cúmulos, formados por tronchos de berzas, peladuras de patatas y ratones fiambres amortajados entre cenizas y cáscaras de huevo. La madama, pesante sobre el brazo de su doncella, sorbía un pomo de sales y procuraba esquivar todo roce con aquellos hediondos calderetes. A mitad de escaleras las alcanzó una mujeruca de mantón que subía con afanosos hipos:

—¿Son ustedes, por un casual, las señoras de San Vicente? Una servidora es la Macaría.

La marquesa volvió los ojos a su doncella, que saltó, advertida y gazmoña:

—Somos las propias.

Hipó la mujeruca, esparciendo vahos de aguardiente:

—La portera me ha puesto al tanto de cómo habían ustedes preguntado por una servidora.

La Cayetana recitó la lección que traía aprendida:

—Hemos tenido conocimiento por una persona piadosa de que había una familia necesitada de socorro…

La Macaría respiró con sofoco, bajándose a los hombros el mantón que llevaba por la cabeza:

—Ustedes ¿me han proclamado por la viuda del guardia? ¡Entodavía no llegó esa triste hora! ¡Me lo trajeron sin conocimiento! Tiene abierta la cabeza de un tolondro, que se le ven los sesos, y partida la raspa. En la parroquia dejo avisado el Santolio.

La marquesa terció con avinagrado melindre:

—Haremos que le vea un médico de fama.

La Macaría suspiró, pasándose alrededor de los ojos un pico del pañuelo que llevaba sobre el moño:

—El maestro que trabaja en el patio sabe de algebrista, y ha dicho que no la cuenta. ¡Vean ustedes cómo el trueno de unos curdas deja sin pan a cuatro criaturas y a una mujer empeñada para toda la vida! ¡Cuatro bocas! ¡Que no fueran ellos a mantenerlas! ¡Justo Juez, que se vean con todos mis trabajos; más no quiero!

La marquesa se oprimía las sienes. Y sermoneó la Cayetana:

—Dios nos manda perdonar.

—Perdón con penitencia.

—Hay que dejársela a la Divina Majestad.

Bramó la aguardentosa:

—¡Hay que reclamársela!

Feliche, con lumbre en los ojos, esperaba al final de la escalera:

—¡Qué iniquidad!

XVI

Las vecinas que cotilleaban en el corredor acudieron con alarmado aspaviento a la puerta donde daba voces una abuela perlática:

—¡Se acaba! ¡Se acaba!

La Macaría corrió también, alzándose, plañidera y de prisa, el mantón a la cabeza:

—¡Ay, Carballo, te vas de este mundo amargo sin considerar la carga que en él me dejas!

Empujando a la abuela perlática entrose puerta adelante y asomó por una ventana:

—¡Esos cuatro ángeles que vengan para la despedida! Por otra ventana contestó una vecina despechugada:

—¡Ahora te los llevo, Macaría!

Salió al corredor con cuatro parvulines encadillados a la falda. La abuela perlática los acogió en la puerta levantando la muleta:

—¡Este adiós es el último despido, y lo habéis de tener presente toda la vida!

La vieja se limpiaba los ojos con un pañolete deshilachado, la cabeza y las manos en baile. Los cuatro pelones entraron sin soltar la falda de la vecina, los cuatro con el mismo gesto compungido y huraño. La Macaría, tras un cortinillo rameado, se ponía en la boca el gollete de una botella:

—¡Ay, que se acaba!

Las vecinas instaron, oficiosas, a las madamas:

—¡Pasen ustedes!

—¡No se recelen!

—¡La Maca tiene la cabeza levantada!

—¡Hay que considerar el caso! ¡Cuatro huérfanos!

—¡No se recelen! ¡Pasen ustedes!

La abuela, encorvada sobre la muleta, la barbilla bailona y el trapujo sobre los ojos, instó, a su vez, con pianillos desvencijados:

—Pasen ustedes. Mi hija tiene el sentido levantado con la desgracia. Pasen ustedes y sírvanse dispensarla. ¡Qué depravación la juventud del día! ¡Los hijos de las mejores familias, propios criminales! ¡Pasen ustedes, no se queden fuera!

Feliche tomó el brazo de la marquesa:

—Carolina, ten ánimo. No podemos negarnos.

—¡Estoy muerta!

—Dios nos tomará en cuenta este sacrificio. ¡Y que a los culpables les sirva de rescate!

Entraron rodeadas por las vecinas. La alcoba, en penumbra, tenía un alto ventanillo con las luces verdes de un gato. El moribundo, envuelta la cabeza en un sangriento vendaje, volvía el rostro cargado de sombras a las cuatro criaturas que rodeaban el camastro y se miraban entre sí con asustado y reprimido lloro. La madre llenó una copa de anisete y la repartió, haciendo beber a los cuatro:

—Ahora vais a decir conmigo: ¡Padre del alma, adiós para siempre!

Los niños repetían las palabras de la madre, envueltos como en una niebla, en el deseo de fugarse. La abuela, en el umbral de la alcoba, alzaba la muleta:

—Ordénales que se arrodillen, Macaría.

Entre el susurro de los rezos aconsejó una voz mesurada y severa:

—Alejen ustedes a esos niños.

La abuela se volvió, ladeada sobre un hombro la cabeza perlática:

—¡Don Fermín, no hay más que un padre!

—¡Tiempo tienen de saber lo que son penas!

Aquel Don Fermín de la voz suave y recriminadora casi desaparecía en el corredor. Podía advertirse que era alto, rubiales, barbujas descoloridas, anteojos. Apagado y circunspecto se llegó a los niños y los sacó fuera de la alcoba. Feliche, que estaba arrodillada entre las vecinas, atrajo al más pequeño y lo besó. Indecisa y sofocada interrogó al Don Fermín:

—¿No hay ninguna esperanza?…

El Don Fermín asintió:

—¡Una desgracia!

—¿Es usted el médico?

—No soy nada.

—Usted perdone.

Don Fermín, penetrado de simpatía, explicó poniéndose rojo:

—No soy nada. Apenas un desconocido.

A su vez enrojeció Feliche:

—¿Y cómo le obedecen?

Aduló una vecina:

—¡Por sus buenos ejemplos!

El Don Fermín reparó en la mujeruca con austera timidez:

—¡Me hacen ustedes la vida imposible con sus invenciones!

Dirigió a Feliche una apagada sonrisa y salió llevándose a los cuatro arrapiezos.

Comentó la vecina:

—¡No hay otro más bendito! Un santo con las peores ideas. Propio anárquico, señorita, de los más anárquicos. Es, por lo que dicen, sujeto de muchas luces, y algo de trastorno tiene. En el verbigracia de no mirar al dinero ya es dexagerado. Donde hay una lástima, allí perene. El mal suyo son las ideas. Sin esa tacha, un santo de los buenos, señorita, pero de los buenos.

El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido. Apuntó la cotilla:

—Alímpiale las flemas, Macaria.

La mujer le pasó por la boca el trapo de sus lágrimas. Oíase la campanilla del Viático. La cotilla informó a Feliche:

—Voy por un cabo de vela.

Salió apresurada, y detrás, las otras comadruelas.

XVII

La Macaría se dobló, oprimiéndose los vacíos:

—¡Conia! ¡Y ahora, el flato!

Resignada, dio un sorbo al botellín del anisete, se pasó por los labios un pico del mandil y reventó en hipos. Feliche acercose al camastro y dejó su portamonedas bajo la almohada. La marquesa, observándola, entregó el suyo a la doncella y con un gesto le indicó que hiciese lo mismo. La Macaría, entre hipos de aguardiente, renovó sus clamores, pugnando por besar las manos de Feliche. Llegaban con luces las vecinas, y el revuelo de la campanilla poblaba la casa. El clérigo, panzudo y rebollo, penetró en la alcoba metiendo prisa al acólito, que, arrimado al quicio de la puerta, raspaba una cerilla en el zapato para encender la vela. Interrogó avendavalado:

—¿Podrá confesar?

Aclaró la Macaría:

—Dende ayer que me lo trajeron no ha recobrado el habla.

La abuela perlática desvencijó la cabeza con tartajosos pianillos:

—¡Un paralís!

El clérigo abrió el breviario, reviró la mano y atrajo por una oreja al acólito:

—¡Alumbra, papanatas!

A seguida comenzó un barullo de latines, encorvándose sobre el moribundo. Volvió a preguntar:

—¿Tampoco podrá recibir al Señor?

Tuvo un gesto de incertidumbre la Macaría:

—Eso, usted lo verá.

Resolvió el clérigo:

—Vamos con los Santos Olios.

Y otra vez el barullo de latines. Una vecina oficiosa se alzó sin ruido y, arrodillándose a los pies del camastro, levantó las cobijas. El capellán apresuraba rezos y manipulaciones. Al signar la frente del moribundo —el estopín de los Óleos en suspenso— volviose con brusca advertencia al monago, que se dormía en los amenes:

—¡Vivo, mastuerzo, que se nos va por la posta!

Pasó con negro revuelo tras la luz de la vela y, levantadas las cobijas, puesta al descubierto la cera de los pies, ungió las plantas y los calcañares. Remató la faena con una genuflexión, haciéndose la cruz con los dedos. Por la sisa de la sotana sacó la petaca, lio un cigarrillo, bambollando los consuelos de rutina, y lo encendió en la vela del monago:

—¡Es el camino de todos y no hay otra que tener paciencia! Pudo haber muerto sin auxilios y caer precipitado en las calderas de Satanás. Acatemos y reverenciemos los designios providenciales. La divina misericordia es tan grande que le ha permitido recibir esta confortación in extremis. El mejor pasaporte para que allá sea bien acogido. Cuanto que rinda el alma, si quieres que la campana haga señal, mandas aviso a la parroquia. Es una tarifa módica. Si tenéis velorio, no propasarse en el aguardiente y continencia en lo restante. ¡A ser todos buenos cristianos!

Salió como un negro vendaval, y la comadre oficiosa se llegó al camastro para someter las cobijas. Habíase extinguido el afanoso ronquido; un brazo colgaba fuera, y la mano amarilla, con los artejos doblados, rozaba el suelo. La comadre se retiró de puntillas, andando de espalda:

—¡A mi ver, acabó!

La Macaría, con súbito desgarre de gritos y las manos en la greña, acudió a la cabecera, sonando las chancletas. Se hizo religioso el comadreo:

—¡Talmente como un pájaro!

—¡No quiso dar guerra!

—¡Y el trueno de gomistas no irá al Saladero!

La Macaría, con recelosa previsión, cateaba bajo la almohada el socorro de las señoras de San Vicente. Tocó los portamonedas y las buscó con los ojos. Ya no estaban. Entre hipos contó el dinero. Un pasmo religioso cubrió la voz de las comadres:

—¡Vaya lotería!

—¡Ya puedes pasarlo bien!

—¡Quien así lo tira mucho tiene!

—¡Esas también son gomistas!

—¡La rubiales no estaba a gusto!

—¡La joven era la más animosa!

—¡Y qué guapa morena!

XVIII

Las señoras de San Vicente aún iban por la escalera. La Torre-Mellada se sostenía en el brazo de su doncella. Ahora la rezagada era Feliche. Creía oír el gimoteo de los huérfanos y recordaba al Don Fermín. ¡Un santo de malas ideas! Se encendió con repentina luz. Era una obligación de conciencia velar por aquellas criaturas. La madre parecía una mujer abominable. ¡Qué olor de aguardiente! El desamparo de los huérfanos le oprimía el corazón; los veía, pelones y mocosos, pasar ante ella, las cuatro cabezas asustadas y compungidas. Al Don Fermín que los empujaba fuera de la alcoba le brillaban los anteojos. ¡Qué horrible rito el de la despedida al padre moribundo! ¡Y todo aquel trastorno por una broma criminal! El Don Fermín, con sus anteojos llenos de reflejos, no era el médico como ella había supuesto. ¡Qué absurdo! ¡Un santo de malas ideas!

¡Todo era absurdo! ¡Aquella broma criminal! ¡La muerte de aquel desgraciado! Nacemos para sufrir; solamente así la vida podía tener sentido. ¡Solamente así! ¡Un dolor, un continuo dolor!… Abrazarse con su cruz y esperar el castigo de los culpables. Feliche se angustiaba. ¡Y para que la vida no fuese un absurdo, el castigo no podía faltar! ¡Y se sintió toda sacudida por la obligación familiar, el latido de la sangre que obliga al amor!

—¡Dios mío, qué horrible es la vida!

Salieron al patio donde el remendón progresista silbaba el Himno de Riego. La marquesa se volvió con una sonrisa pálida:

—¡Qué espectáculo!

Feliche advirtió con lástima el pintado melindre de aquel rostro aviejado:

—¡Pobre Carolina!

—¡Ay, Feliche, cómo envidio tu fortaleza!

Celino, que arrastraba una lata de basuras, comenzó a berrear:

—¡Madre! ¡Madre!

Acudió la portera con el peine en la greña:

—¡Ya despachó ese infeliz! Ustedes me dispensen que me presente con este apaño; pero estaba disponiéndome para acercarme adonde el finado. Al cochero lo tienen en la taberna. Celino, corre a darle aviso. Ustedes no pasen cuidado, que se basta una servidora para poner orden en la calle.

El jamelgo del simón meditaba a la puerta de la taberna. Las madamas dirigían inquietas miradas a la calle. Apenas transitaba alma viviente. El cochero, rojo como un farol, subió al pescante y las madamas se apresuraron a montar. La portera las acompañó hasta el coche. La marquesa se apretaba el velo sobre la cara:

—¡Aún tenemos que volver! No es la última vez. La tendremos presente.

El cochero saltó del pescante para asegurar la barbilla del caballo. Venían en disputa por la acera una rubiales y un prójimo con catadura de músico de cafetín, la guitarra en funda, tufos, gorra de seda y lunar de rizo. La portera les salió al paso con misterios de comadre:

—¡Gente de postín! Han preguntado por la Maca. Para mí que le han traído un socorro.

Saltó, agresiva, la rubiales:

—¿Las furcias del simón?

—Las propias.

Intervino el pelanas del violín:

—¡Me puede que tu madrastra se guarde el conquis sin contar contigo!

La rubiales se salió al arroyo con apuro de lágrimas y remangue de faldas.

El cochero arreaba el penco:

—¡Espera, cristiano! Que las señoras disimulen una palabra. ¡Ay, mi padre!

Se llegó al coche con desgarrado y popular dramatismo. La marquesa Carolina asomó su melindroso perfil:

—¿Qué se le ofrece?

—Pues ustedes no lo tomen a mal. Esta servidora es hija del guardia que maltrataron unos pollos de la goma. ¡Así los vea hechos cuartos! La portera me ha impuesto de que habían ustedes preguntado por la viuda… Y si esta servidora puede darles alguna razón en lo que desean…

El prójimo de la guitarra asomaba la jeta por la otra portezuela. La marquesa Carolina se recogió al fondo del coche con voluble sobresalto. En el arroyo, el clásico borracho renovaba sus saludos joviales, y el cochero restallaba la fusta sobre el enjambre de chicuelos macilentos convocados como por ensalmo en torno del simón. La marquesa consultó con Feliche:

—¿Te parece que se entienda con esta gente Cayetana?

—Será lo mejor.

La marquesa recordó que no tenía su portamonedas:

—Cayetana, ¿tú llevas dinero? Les das un socorro.

—¿Como de cuánto, Señora marquesa?

—Lo que tú veas. Encárgate de todo.

Cayetana tentose, timorata, la faltriquera y quedó indecisa en el estribo. Por el arroyo, leyendo los números de las casas, venía una pareja de la Guardia Civil. Los tricornios metieron un vistazo al fondo del patio alegre de luces y ventolinas. Con esto alagartose la portera, cruzó la calle y se acantonó en su puesto. Uno de los guardias se destacó para interrogarla. Luego de oírle, la comadre salió al borde de la acera y le indicó al silbante de la guitarra, en coloquio de perplejidades con el apaño. Saludó el guardia y se volvió al compañero:

—¡Ahí le tenemos!

Se descolgaron del hombro los fusiles y abocaron al chulapo:

—¿Tu gracia?

—Indalecio Meruéndano.

—Sírvete acompañarnos.

Retrocedió el pinta:

—Ustedes vienen equivocados.

—Cumplimos órdenes. Junta las manos para esposarte.

—¿Qué mal ha hecho?

Soslayó uno de los guardias:

—El juez lo pondrá en claro.

La prójima, intensamente pálida, aguzaba los ojos sobre el rufete:

—Inda, ¿de qué te acusan?

—¡Ganas de amolarla!

—Inda, ¿qué mal paso has dado?

—¡Cierra el pico! Mucho aprietan ustedes, Señores guardias.

—Echa para delante.

La rubiales le vio alejarse, ceñuda y hostil.

El borracho reapareció en la esquina, siempre pisándose la faja:

—¡A la horca, amigo! ¡Vaya faena! Un ventajista ese marchoso. ¡Un ventajista! No estoy bebido. Y si lo estoy, a nadie le importa. Dexamínenle ustedes las manos a ese pantalla. ¿Qué? ¡No descubren ustedes sangre? Podrá ser que se las haya lavado.

Como la rubiales, intensamente pálida, se recostaba en la pared y se cubría los ojos con la mano, la portera se arrancó corretona, abierta de brazos:

—¡Ay, qué poquis ánimos!

—¡Tengo el corazón en un salto!

La portera bajó la voz:

—¡Ese ha hecho alguna!…

La Sofi rechinó los dientes:

—¡Quién sabe!

—Vamos, serénate. Entra y bebe un sorbo de agua.

—¿Y mi padre?

—Prepárate a lo peor.

La Sofi lamentó, dramática:

—¡Qué negra estrella! Se fue del mundo sin haberme perdonado… Otra cosa no me traía. ¡Ay, qué hija mala he sido! ¡Qué sin entrañas!

La portera procuraba meterla en su camaranchón.

—Vas a oler un poco de vinagre.

La Sofi, con histérico suspiro, se abrumó en una silla baja:

—Esas criaturas me parten el alma. Al Agapito lo llevaría conmigo si su madre me lo diese. Les traía un socorro, cosa de nada… ¡Pues aun eso me lo ha birlado el Inda!

—¡También eres pánfila!

—¡En cueros me puso!

—¡Mala sangre!

—En la casa, ¿no habrá ni un amparo?

—Lo que hayan podido dejar las beatonas de San Vicente.

Alentó, rencorosa, la rubiales:

—Para que se amone la Maca.

La portera se azotó el anca:

—¡Más empedernida que nunca! Tú aún le ibas a la mano.

—¿Va usted a subir conmigo, seña Delia?

—Deja no más que me recoja la mata. ¿Tú tendrás el lujo de peinadora?

—¡Lujo! Lo pide el tablado.

La señá Delia, con las horquillas en la boca, se hizo el rodete, se echó por la cabeza un pingo negro que sacó de la cómoda y se puso en jarras:

—¡Vamos, hija!

La Sofi se alzó sonámbula:

—¡Vamos!

En el fondo del patio, el remendón claveteaba los zapatos del difunto. En la alcoba, una comadre costurera le tomaba las medidas para la mortaja.

XIX

Una pepona de pintados rosicleres que cascaba avellanas en la escalera se alzó con efusivo aspaviento:

—¡Sofi!

Se abrazaron. Habían sido compañeras de juegos en el patio de costura en el taller, de novios en los bailes. Aborrascose la portera, celosa de sus fueros y premáticas:

—¡Cuidado que sois guarras! ¿No tenías otro sitio donde cascar las avellanas?

La Coloretes, escondiendo media cara, guiñó un ojo y sacó la lengua:

—No había reparado en el alfombrín.

—¡Ya estás tomando una escoba!

—A la vuelta será, que ahora subo con la Sofi.

—¡Maldita la falta que tú haces!

La Sofi ahogaba los sollozos en una punta del toquillón que le resbalaba por los hombros. La Coloretes se lo sostuvo:

—Sofi, desahoga, no te reprimas. ¡Desahoga!

Las vecinas, que de puerta a puerta cotilleaban en el corredor, se les juntaron. La Macaría tuvo aviso, y de brazos abiertos, toda encendida, salió dando voces. En la faltriquera le sonaba el socorro de las señoras de San Vicente:

—¡Que aquí pises! ¡Que tan sinvergüenza seas! ¿Qué mira es la tuya? Si por herencia vienes, aquí no tienes nada.

Tremoló un alarido la Sofi:

—¡Tengo a mi padre! ¡Tengo cuatro inocentes que son mi sangre!

—¡Ahora te acuerdas! ¡Nos conocemos! ¡Tú traes el ojo abierto por estos cuatro pingajos!

Se desgarró afligida la Sofi:

—¡Para mearme en ellos quiero yo sus pingajos!

Apaciguaron las vecinas:

—¡No hay por qué dar voces!

—¡Ni razón para ello!

—¡La Sofi nada pide!

—Entra, Sofi. Vamos, sácate de la puerta, Macaría.

Escupió la mujerona:

—¡Descarrilada!

Y advertida de que le cantaba la faltriquera, de un manotazo la apuñó sobre el anca. Entrose sin cerrar la puerta, y las comadruelas terciaron sus consejos en torno de la Sofi:

—¡Eres hija y tienes derecho!

—¡Habla el aguardiente!

—¡Serénate, criatura!

La empujaban para que entrase. La Sofi rechinaba los dientes. Se le caían las horquillas del moño y tenía los labios blancos. Respiraba con angustia. El olor de la cera la sobrecogía y atemorizaba, penetrándola de un sentimiento religioso; era como un hálito del padre difunto. Vacilante, entornada por las vecinas, llegó hasta la alcoba y, toda en clamores, se dobló sobre el camastro. Al difunto le habían puesto en las manos un rosario de alambrillo dorado y cubierto la cara con el borde de la sábana. Doña Paulita, una vieja lechuza y halduda, levantó el lienzo con oficiosa deferencia. Sollozó la Sofi:

—¡Concédeme tu perdón, padre del alma!

La vieja halduda, moviéndose en silencio, le entregó un ramito de oliva para que le echase un asperges. Y como, una vez cumplimentado el rito, intentase sacarla fuera, gimoteó la Coloretes:

—¡Déjela que se alivie de lágrimas!

Doña Paulita pudo, al fin, llevársela a su guardillote, donde también estaban acogidos los cuatro huérfanos, pues la vieja le tenía alquilada una alcoba al Don Fermín. Era viuda, con un hijo tipógrafo que cumplía condena por la impresión de ciertas proclamas revolucionarias. Cuando entró la hermana, los huérfanos jugaban bajo las miradas miopes de Don Fermín. La Sofi los abrazó zozobrante:

—¿Me recordabais?

Las criaturas hacían pucheretes, recogidas sobre el pecho de la hermana. Don Fermín se desvaneció sin ruido, como una sombra. La Sofi esparcía una mirada de duelo por aquel tabuco, que tenía las paredes decoradas con litografías de La Flaca. Los ojos se le anublaron, parados sobre el catre en esqueleto, con la colchoneta arrollada:

—¿Qué noticias hay de Lucio?

—¡Buenas! ¡Le falta un mes de condena!

La Sofi y el tipógrafo habían sido novios. Lucio era opuesto a que tomase lecciones de baile, y acabaron peleados. A la rubiales le habían levantado la cabeza con aquello de que podía ser una estrella. Después vino el proceso y la prisión del tipógrafo. Una noche, los aplausos, las luces, el copear para dar gusto a la parroquia, la trastornaron y se arregló con el pianista del cafetín. ¡Una mala hora! La Sofi, abrumada por aquel dolorido recordar, se abrazó con los huérfanos:

—¡Corazones!

Se limpió las lágrimas y los retuvo a su lado. Doña Paulita le trajo un vaso de agua:

—Bebe y serénate.

La Sofi lo recibió cavilosa, con la atención puesta en sus hermanos. Las cuatro criaturas pasmaban mirándole las sartas y los anillos:

—¿Me halláis muy cambiada?

Agapito, su predilecto, echósela encima con efusivo encomio:

—¡Muy maja!

La Sofi, toda encendida, se recogió en el toquillón, escondiendo la garganta y las manos:

—Si tu madre lo consintiese, te llevaba conmigo.

Agapito apretó los ojos, sacudiéndose los dedos:

—¡Contra! Puedo escaparme.

Los otros tres se arrugaron con pucheretes. La hermana pequeña le pegó la boca a la oreja:

—¡Quédate!

La Sofi juntó las cejas con expresión dura y contrariada:

—¡Tuvierais otra madre!

Los cuatro la asediaron con unánime lloriqueo:

—¡Quédate! ¡No te vayas!

La Sofi los apartó con ahogo histérico, puestas las palmas en las sienes:

—¡Me quitáis el aire!

Insistían los cuatro en retablo, como ánimas en pena:

—¡No te vayas! ¡Quédate!

La Sofi sintiose enajenada por una ráfaga de rencores:

—¡A comerme la herencia!

Doña Paulita, con el palo de la escoba desbarató el retablo:

—¡No le hagáis mala sangre! ¡Salios afuera!

La Sofi se tapó la cara:

—¡Qué negra estrella!

Doña Paulita se derrengó en una silla baja. Abierto el gran ruedo de las sayas y cruzada de brazos, quedose mirando a la Sofi:

—¡Vaya, mujer! ¿Tan mal te va en tu nueva vida?

La voz de la vieja descubría un pique de resentimiento. La Sofi la miró con ojos alocados:

—¡Mal es poco!

—¡Tú te lo has buscado!

Doña Paulita no le perdonaba el descarrío. La Sofi se recogía, reconcentrada y huraña:

—¡Ya no tiene remedio!

—¡Vaya un comportamiento que has tenido con Lucio!

Protestó, rencorosa, la Sofi:

—Lucio me había pospuesto a la política… Si otro se ha llevado el pan de higos, que no se queje.

Avinagrose la vieja:

—¡No pienses que se queje!

La rubiales le echó encima la exasperada locura de sus ojos verdes:

—No dirá nada, porque es el rey del orgullo.

Amoscose la doña Paulita:

—Pudiera ser que tú le ganases. Y ¿de qué fechoría acusan a tu consorte para que se lo hayan llevado los civiles?

—¡Pronto la han informado!

La Sofi, desgarrada y resentida, se levantó, ajustándose el toquillón al talle. Luego, luciendo los bajos, puso un pie sobre la silla para atarse el zapato. Doña Paulita la reconvino suspicaz:

—¿Tanta prisa tienes? ¿Quién te espera?

—No quiero bailar esta noche, y tengo que avisarlo con tiempo.

—Vuelve a sentarte, que todavía no te solté las cuatro verdades que te mereces… Desde aquí mandarás el aviso. ¡Pensar que has podido ser mi nuera! ¡Si llegan a mediar bendiciones, soy yo la que te mato! ¡Y mira que te quise! ¡Y te quiero! ¡No para nuera! ¡Y me da dolor verte en ese relajo de vida! ¡No eras tú para eso!

La Sofi se cruzó el toquillón con despechado suspiro:

—¡La cochina política!

—¡Y tu ceguera por el baile!

—Lucio, hasta que dejó de acompañarme por andar en el jaleo de las conspiraciones, nunca había sido opuesto.

Insistió, repispoleta, la doña Paulita:

—¡Tu mala cabeza!

—¡Y la perra vida que me daba la Maca! Lucio se enfrió con la política y me hallé más que abandonada.

—¡Has hecho tu desgracia! ¡Y si solamente fuese la tuya! Lucio nada dice; pero el pundonor que tiene, raro será que al verse libre no busque a tu moreno. Y todavía no me has dicho por qué se lo han llevado los civiles.

La Sofi hizo un gesto de fatalista indiferencia:

—¡Se me da tan poco por lo que sea!…

Insinuó con taimado goce la vieja:

—¡No le muestras mucha ley!

—¡Le aborrezco!

—Rompe esa cadena.

—¡Me quitaba la vida!

—Lo que a ese tuno le interesa es conservar el chupe de lo que ganas.

—No crea usted que no lo comprendo.

—¡Ir a caer con tal sinvergüenza!

La Sofi se abstrajo mirándose los anillos. Doña Paulita hizo ademán de incorporarse con amenazador rastreo de los pies en las baldosas.

La Sofi respiró con hondo suspiro, como si saliese de un mal sueño:

—El Agapito podía llevar el recado para que me quiten del programa.

—¡No quiero belenes con la Macaria!

Doña Paulita se echó el mantón por la cabeza, como pedía la vecindad del difunto, y salió al corredor, donde la pepona de los rosicleres reía los cuentos del tío Roque. El zapatero balanceaba por los tirantes un par de botas nuevas y refería con pintoresco desparpajo los fornicios de la reina. Llegose doña Paulita, halduda y respetable:

—A usted buscaba, tío Roque.

—¿Qué hay de bueno?

—Lleve la obra.

—Puede esperar el parroquiano.

Remontó un escándalo de risas la Coloretes. Se santiguó la vieja:

—¡No había caído!… Tengo en casa a la Sofi. Quiere mandar aviso para que la quiten del programa. Hágase usted el cargo… ¡Con el padre de cuerpo presente!

El zapatero cabeceó dogmático:

—¡Pijoteras connivencias que tiene la vida! Al apaño de la gachí se lo ha llevado la pareja.

Sacó la lengua la tarambana de los rosicleres:

—¡Anda la órdiga! ¿Se sabe por qué ha sido?

Sentenció el tío Roque:

—Corre el cuento de si estaba en la juerga de los pollos gomistas. Ese cuento corre… Y no sería pasmo si la expansión era por todo lo alto, con cante y guitarra.

Doña Paulita, abierta en ruedo la pompa de la saya, cruzaba los brazos y exprimía un gesto de vinagre:

—¡Qué gran criminal!; porque no hay duda que habrá sido ese perverso.

Indagó la Coloretes:

—¿Qué dice la Sofi?

—Si alguna sospecha tiene, no la descubre.

Apuntó el zapatero:

—Entre el finado y ese punto mediaba un grave resentimiento. No hay que olvidarlo.

A doña Paulita le entró un apuro de lágrimas:

—¡Qué puñalada tan traidora para la hija descarriada! Tirándose el pañuelo a las cejas, seguida del zapatero, que balanceaba los zapatos del difunto, se metió por su puerta. Espantó al gato, dormido en la silleta, y se derrumbó abriendo los brazos:

—¡La que tienes encima, desgraciada! ¡El malvado que te quitó la honra te ha dejado sin padre!

La Sofi espantó los ojos:

—¿Por dónde viene ese cuento?

El remendón la apaciguó con un gesto de madura experiencia:

—No está debidamente comprobado… Tú debes inclinarte a lo peor.

Replicó con trastorno la rubiales:

—¡Mal puede ser! Anoche se puso la soberana.

Agorinó la vieja:

—¡De lo alto te viene el castigo!

El remendón entornó la pestaña, incrédulo y competente:

—Has de saber que lo propio de criminales empedernidos es apimplarse después del hecho consumado.

La Sofi se ponía las palmas en las sienes:

—¡Otra será su culpa! Vino ya alumbrado al ensayo. Ni valió darle el amoníaco que otras veces le despeja. ¡Tal embrollo metía en el acompañamiento que hicimos el número con solo las castañuelas! ¿Qué es lo que mi padre ha declarado?

Repuso la vieja muy fruncida:

—Tu padre no recobró el habla.

Asomó por la puerta con un respingo la tarambana de los rosicleres:

—Una pregunta y me vuelo. Vengo mandada por la viuda. Tío Roque, ¿puede usted hacerle la barba al finado?

El tío Roque quedó un momento caviloso:

—¡Algo me impone!

Picoteó la tarasca:

—Cuente usted con una servidora para espantarle el miedo.

Maduró el remendón con escrupulosa pelma:

—No son circunstancias para el guasibilis, niña. Por tratarse de un amigo, no puedo negarme.

La pepona echó un vistazo al flamante par que el vejete sostenía por los tirantes:

—¡Pronto ha despachado!

—Pues es obra a conciencia, para que la apruebe el propio San Crispín.

La Coloretes saludó sacando la lengua:

—Si otra cosa no mandan, me ausento con la respuesta.

Ganaba la puerta, y la requirió doña Paulita:

—¿Tú no has oído el comentario?

La Coloretes se volvió con garboso respingo:

—¿A tino de qué?…

Ensombreció el ceño la vieja:

—¡Del asesino!

—¿No ha sido un curda de la goma?

—¡Ay, qué carajeta! ¿Vas a ser tú como esta obstinada? No te hagas de nuevas.

—No me tome entre ojos, doña Paulita. Si me callaba las sospechas del otro penitente, ha sido no más que por miramiento. ¡Pudiera suceder que se hallase ignorante la Sofi!

Sentenció el remendón:

—¡Aún está todo en un veremos!

Gritó exasperada la Sofi:

—¡Acabarán volviéndome loca!

La vieja, espetada en el ruedo de las faldas, puesta la mano de perfil, accionó amonestadora:

—Te llamará el juez… ¡No te comprometas sacando la cara por ese malvado!

La Sofi abatió la cabeza entre las manos:

—¡Para mí, siempre será de noche!… ¡Oiga, maestro, quería mandar aviso para que me quiten del programa! ¿Podría usted llegarse al Salón Minerva?

—¡Niña, tú me ordenas!

Divagó la Sofi.

—Explica usted el caso. ¡Ay, mi padre! Si el representante no estuviese. ¡Se me parten las sienes! Si no estuviese, va usted al Centro Federal.

—Para ese trámite será conveniente que me eche encima la capa, parece que va uno más acompañado. ¿Corre prisa?

—Tienen que poner ensayo.

—Me llego un momento a rendir mi tributo de pésame a la viuda y salgo de naja.

La pepona garbeó el talle caminando hacia la puerta, a la zaga del remendón. Secreteó casquivana:

—Tío Roque, ¿la barba al finado se la hará usted antes de vestirle la mortaja?

—Lo propio que en vida, cabra loca. ¿Tú te pones las galas antes de pintarte la jeta?

El retablo de las cuatro ánimas asomado a la puerta desbaratose en fuga ante el remendón, que salía, balanceando por los cordones los zapatos del difunto.

XX

El tío Roque pasó de perfil entre las comadres que hacían el planto, y a la viuda, asoporada en el reflejo de las velas, le presentó los zapatos del difunto con ceremonioso requilorio:

—Para tu consuelo, y satisfacción del finado, verás que no es obra de chapuza.

Alambicó la costurera, que pegaba una esterilla en la mortaja:

—Solados de cartón, no los rompería.

El tío Roque destacaba el brazo en la rueda de comadres, y ponía en alto los zapatos, suspendidos por los cordones:

—¡Materiales de primera! Ni a vivos ni a muertos le entrega un servidor obra de chapuza.

Apuntó, batiendo un párpado, la desgarrada del morro con rosicleres:

—¡Zapatos de tacón alto!

Los fúnebres betunes, balanceándose entre las velas, promovieron un flato de suspiros en la Macaría:

—¡Vamos a calzárselos, tío Roque!

La costurera partía la hebra con los dientes:

—¡Todo en la sepultura es pasto de gusanos! Por mi parte, con cuatro hilvanes cumplo.

Se engalló el remendón con desdeñosa soflama:

—Joven, somos un viceversa.

Rumor de voces, redoble de pasos; en la puerta, los bigotes de un alguacil.

—Hay que hacer despeje.

Tras el guardia asomaba la bimba del médico forense. El licenciado Rosillo chupaba una tagarnina y conversaba con el ayudante, en espera de que desfilase el cabildo de comadruelas. Luego pasó al borde del camastro, se aflojó la bufanda y, con el reflejo de las luces en la bimba, levantó una punta de la sábana que cubría al difunto. Reclamó al ayudante el estuche del instrumental y cortó el vendaje que oprimía la yerta cabeza. El forense torcía el gesto.

—Ese Juzgado es una cueva. Se me requiere para pasar visita a un guardia accidentado, y el interfecto es un cadáver, y el accidente, la fractura de la base del cráneo.

Insinuó el ayudante con reposada cautela:

—En la escribanía no ignoraban la defunción…

—¡Evidente!

—¿A usted no le han hablado?

—Ni media palabra. Ese Juzgado es una cueva.

—Como todos, si corre dinero. ¡La broma de esos truenos ha sido fulera!

El licenciado Rosillo plegaba las cejas, humeando la tagarnina.

—Aun no pudiendo menos de execrar el hecho, yo lo disculpo. Unas copas de más… Un mal momento… Los médicos no podemos eximirnos de ser algo psicólogos.

Se apartó del camastro, indicando con el gesto que deseaba lavarse las manos. Salió el alguacil y trajo una jofainilla prestada. Cuando el forense metía las manos, apareciose la tarasca del morro pintado, con talla de flecos y jabón de olor.

La viuda había reclinado la cabeza en los pies del catre, y soñorreaba entre tufaradas de anisete, echado un pingo de luto por la greña. El licenciado Rosillo salió al corredor enjugándose las manos.

—¡En esa zahúrda no habrá un mal apaño de escribir!…

Redactaba el oficio solicitando la diligencia de autopsia, para que lo llevase el alguacil.

Entrometiose la Coloretes:

—¡Don Fermín no está sin su buena escribanía!

El licenciado Rosillo le entregó la toalla:

—¿Tú no escribes al novio?

—Palotes en el aire.

El forense se mantenía entre dudas y soflamas:

—¿Vale tu recomendación para ese capellán?

Las otras comadruelas del corredor soplonearon con oficioso reconcomio:

—¡No la precisa!

—¡Con que ustedes se manifiesten!

—¡Es muy parcial!

La Coloretes, con respingo de desdén, soltando una chancla, metió el moño por la puerta de doña Paulita:

—¡Aquí preguntan por Don Fermín!

El forense aún sonsacó a las comadruelas:

—¿Qué clase de sujeto?…

—¡Muy cabal!

—¡Con estudios!

—¡Y mosca!…

—¡Calladamente, hace muchas caridades!

—¡Su tema es la salvación de España!

Encomió la tarasca.

—¡De tan bueno, anda mal de la cabeza!

Llenaban la puerta los siete refajos de doña Paulita:

—¡Pasen ustedes!

XXI

Una celda de pulcras cales. Por todo menaje, el catre, con el baúl a la cabecera; dos sillas, un aguamanil de hierro y una mesa de pino con libros y papeles. Pegado a la pared con obleas, dando el Quién vive a la puerta, el retrato de Bakunin. Fanfarrón y barbudo, el apóstol fuma su cachimba, encuadrado por rojos corondeles, en un número prospecto de La Campana. Asomó doña Paulita:

—Aquí, el Señor forense, desea hablarle.

Los huérfanos, que retozaban en torno de la mesa, bajo la mirada pitoña del revolucionario, se fugaron a un rincón. El forense saludó, quitándose la chistera. Don Fermín se levantó apocado:

—No se descubra. Esto es el Polo Norte.

—¡Gran badulaque!

El forense, calada la chistera, le abría los brazos, con expresivas muestras joviales. Don Fermín sonreía perplejo:

—¿Cómo has averiguado?

—¡No he averiguado nada!…

—¿Mi madre habrá escrito a la tía?…

—¡Ni una palabra! ¡Para nosotros, la familia es un cero!

—¡He caído aquí!…

Don Fermín se excusaba con desgarbo, sin darse la pena de inventar un pretexto. Aquella cordialidad bullanguera de su pariente, no le era simpática.

—¡No tienes disculpa! ¿Y esos chavales?

Don Fermín enrojeció confuso:

—Son los huérfanos del guardia.

El pariente le miró con regocijada soflama:

—¿Vas a prohijarlos?

Don Fermín musitó con reflexiva entereza:

—A poder, les daría educación.

—¡Lo creo! ¡Te considero capaz de todos los disparates! ¿Y cuándo hacéis la revolución?

—Algún día la haremos…

—¿Para hacernos felices?

A Don Fermín le llameó la cara.

—¡Para devolveros la dignidad humana!

El licenciado Rosillo se volvió con chunga al retrato de Bakunin:

—¡Prefiero mis cadenas de esclavo al redentorismo de ese apóstol!

—El hombre ha necesitado miles de años para ponerse de pie.

—¿Y de qué le ha valido? Si hubiera continuado marchando sobre las manos, no tendría al presente que trabajar con ellas, ni habría revoluciones anárquicas, donde se proclama el derecho al trabajo.

—Es la consecuencia. Si como moralistas condenáis el suicidio, y como jueces encarceláis al que roba un pan.

Enrojeció el forense:

—¡Un pan! ¡Un pan! ¡Sois declamatorios! Se castiga el robo, el ataque a la propiedad. Si el hambre pudiese ser una eximente, mañana se declaraba famélica de real orden toda la pobretería madrileña.

Don Fermín entornaba los ojos pitoños, con una clara sonrisa de hombre ejemplar.

—¡Es abominable vuestro egoísmo burgués! ¡Y vosotros sois la savia de que se nutren las instituciones! ¡Vosotros sois los moralistas y los juristas! ¡El mejor de vosotros solo se preocupa de la familia!

—¡En vuestro ideario también está la destrucción de la familia cristiana!

El licenciado Rosillo tenía un ampuloso repertorio de frases pulpitables y declamatorias, de trinos patrióticos y sentimentales, de invocaciones a las sombras invictas que discurren por la floresta de laureles patrios. Era muy versado en una cierta apologética histórica, de novelón por entregas y drama romántico.

Don Fermín, aquel santo de malas ideas, tenía, oyéndole, una expresión de asombro seráfico:

—La familia cristiana que invocáis es la familia farisea. Cristo no se ha sentado nunca en el festín de los burgueses. Nunca quiso saber del honrado comercio, de la protección a las industrias, de la bandera roja y gualda, del partido moderado y de la Guardia Civil. Obró milagros en las bodas aldeanas, cenó con los pescadores, pero jamás repartió el pan y el vino con mercaderes, latifundistas y financieros. La religión para los partidos burgueses es una patente de corso. ¡Y llega a tanto su cinismo que llaman pacificación de los espíritus a las descargas de la Guardia Civil!

El forense sacó la petaca y se puso una tagarnina entre los dientes, tascándola con expresión de reto petulante.

—¡Sois absurdos los revolucionarios! ¿Qué nos reprocháis? ¿Que nos defendamos? Es un derecho incuestionable. Diré más: ¡un deber!

—Cristo, al que invocáis siempre que os conviene, ofreció la otra mejilla. ¡Cuando se trata de intereses y privilegios, para vosotros no rezan los ejemplos del Evangelio!

El forense tuvo un gesto despectivo humeando la tagarnina:

—¡El Evangelio está lleno de exageraciones! Si discutes de buena fe, tendrás que convenir en ello.

Al licenciado Rosillo le consternaba que no hubiese una censura eclesiástica para el estilo hiperbólico del Nazareno. Hombre sesudo, razonador y metódico, deploraba que las paradojas evangélicas aprovechasen a los fines polémicos de la demagogia proletaria.

Escuchábale Don Fermín con la clara sonrisa derramándose por las barbujas rubiales. Los huérfanos habían perdido su timidez y jugaban subiéndose al baúl. De pronto se desbandaron en fuga ratonil. De bruces sobre los baldosines lloraba la más pequeña, dando sangre del morrete. Don Fermín corrió a levantarla. El forense le siguió:

—No será nada. Veamos. ¡Nada! Que te laven con agua y vinagre.

Don Fermín la sacó en brazos, consolándola.

El forense tomó asiento ante la mesa para redactar el oficio al Juzgado. Puesta en la nuca la chistera, mordía las barbas de la pluma con meditativo entrecejo. Reapareció Don Fermín:

—¿Qué haces?

—No me distraigas.

Tras breve meditación comenzó el rasgueo. Firmó, secó la tinta con polvos, hizo los rituales dobleces al pliego y puso obleas:

—No quiero responsabilidades.

Don Fermín le miró suspicaz:

—Cumple con tu deber.

—¡Naturalmente! La responsabilidad es mía, y solicito la diligencia de autopsia.

El Juzgado quería el inmediato sepelio.

—¿Para borrar las huellas del crimen?

—Abstengámonos de disquisiciones peligrosas.

—¡Vuestros Tribunales de Justicia son algo abominable!

Protestó el forense con la lógica oportunista de los prejuicios burgueses y los egoísmos complacientes:

—¡El magistrado puede ser indigno, pero la ley es sagrada!

—Si admites que el magistrado puede ser indigno, admite igualmente que puede serlo el legislador.

—La ley lleva en sí misma el precepto de acatarla y la sanción punitiva para quien no lo hace. ¡La peor ley realiza el fin moral de educar al pueblo en la obediencia!

A Don Fermín le llameó la cara:

—La sumisión ciega por miedo al castigo no es una virtud; es una cobardía. ¡El látigo solo puede hacer esclavos!

El licenciado Rosillo se levantó. Llegaba del corredor confuso rumoreo de llantos, voces y pisadas. El gato en el ventanillo arqueaba el lomo. Verdes lumbres los ojos, en acecho tras los cristales. Desfile de mantillas corujas por el corredor. Latines de un responso. En la puerta, los bigotes del alguacil. Una voluta de humo en la tagarnina del forense:

—¿Adónde se llevan el fiambre?

—Al Depósito, Señor licenciado.

Como un relámpago llenaba la casa el grito estridente de la Sofi:

—¡Mi padre! ¡Mi padre! ¿Quién mató a mi padre?


Publicado el 9 de enero de 2020 por Edu Robsy.
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