Texto: Santa Baya de Cristamilde
de Ramón María del Valle-Inclán


Cuento


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Santa Baya de Cristamilde

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Fragmento de Santa Baya de Cristamilde

Al descender del monte, el camino se convierte en un vasto arenal de áspera y crujiente arena. El mar se estrella en las restingas, y de tiempo en tiempo una ola gigante pasa sobre el lomo deforme de los peñascos que la resaca deja en seco: el mar vuelve a retirarse bramando, y allá en el confín vuelve a erguirse negro y apocalíptico, crestado de vellones blancos: guarda en su flujo el ritmo potente y misterioso del mundo. La caravana de mendigos descansa a lo largo del arenal. Las endemoniadas lanzan gritos estridentes al subir la loma donde está la ermita y cuajan espuma sus bocas blasfemas: los devotos aldeanos que las conducen tienen que arrastrarlas. Bajo el cielo anubarrado y sin luna, graznan las gaviotas. Son las doce de la noche y comienza la misa. Las endemoniadas gritan retorciéndose:

—¡Santa tiñosa, arráncale los ojos al abad!

Y con el cabello desmadejado y los ojos saltantes, pugnan por ir hacia el altar. A los aldeanos más fornidos les cuesta trabajo sujetarlas: las endemoniadas jadean roncas, con los corpiños rasgados, mostrando la carne lívida de los hombros y de los senos: entre sus dedos quedan enredados manojos de cabellos. Los gritos sacrílegos no cesan durante toda la misa:


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2 págs. / 4 minutos.
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Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.


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