Antítesis

Ricardo Güiraldes


Cuento



La estancia vieja

Todas las estancias del partido, contagiadas de civilización, perdían su antiguo carácter de praderas incultas.

Las vastas extensiones, que hasta entonces permanecieran indivisas, eran rayadas por alambrados, geométricamente extendidos sobre la llanura.

No era ya el desierto, cuyo verde unido corría hasta el horizonte. Breves distancias cambiaban su aspecto, y no parecía sino una sucesión de parches adheridos.

La tierra sufría el insulto de verse dominada, explotada, y, renunciando a una lucha degradante, abdicaba su gran alma de cosa infinita.

Pies extranjeros13 la hollaban14 sin respeto e instrumentos de tortura rasgaban su verdor en largas heridas negras.

Semillas ignotas sorbían vida en su savia fecunda, y manos ávidas robaban a sus entrañas la sangre para convertirla en lucro.

Un sólo retazo escapaba a aquel cambio. Era la estancia de don Rufino, que, como un hijo ante el ultraje de su madre, presenciaba esa invasión, la muerte en el pecho.

Con irónica sonrisa, en que había una lágrima, decía, sacudiendo su barba «cana como pantalón de gringo», y sus ojos, tristes, se nublaban, uniendo los diferentes colores.

Su estancia no había cambiado. Un sólo potrero servía de pastoreo a vacas, yeguas y ovejas. Y el personal, todo criollo, se abrazaba al último pedazo de pampa como a una bandera.

Allí se podía olvidar y hasta hacerse la ilusión de que, pasados los límites, todo seguía como diez años antes. Diez años que habían traído un cambio brusco que causaba la sorpresa de una traición.

Don Rufino era el verdadero patrón, como el concepto viejo lo entiende. Criado en el campo, apto a todo trabajo, con una rusticidad de alma llena de cariño, era respetado por sus camas y querido por su bondad.

La administración era a usanza antigua. Sería más práctico explotarla con los recursos que prestaba la «ciencia agraria», pero eso hubiera equivalido a un renunciamiento.

Una pequeña casa de material, en forma de rancho, alineaba tres piezas en hilera, frente a las cuales un patio, de tierra prolijamente barrida, ostentaba su pobreza limpia.

Esa mañana, un calor de pesadilla aplastaba la estancita.

Bajo el abrazo rojo del techado, a la luz de un sol bravío, los pequeños muros reflejaban como un metal la claridad de su blancura hiriente.

El patio se grietaba en arborescencias confusas.

Sombreado por el alero escaso, don Rufino trenzaba sudoroso. Sus ojos agudos dejaron un momento el trabajo para enturbiarse sobre el campo, quemado de sol, ausente de pasto como un camino, que desconcertaba la mirada con la imprecisión de su reverberante amarilleo.

Tres meses de seca implacable habían carbonizado las más resistentes raíces, y sólo las osamentas puntuaban la desnudez del campo, irrefutables afirmaciones de ruina.

Don Rufino colgó el trenzao, fue hacia el pozo cercano, donde bebió, media cabeza sumida en el balde. Luego se encaminó hacia el dormitorio para escapar a la resolana y observar su virgencita milagrera, famosa en el partido.

Franqueada la puerta, se sintió dominarlo por aquella quietud mística.

El cuarto estaba obscuro, cerrado a toda influencia exterior, y le alumbraban un par de velas, puestas a cada lado de la virgen estática.

No se habría sabido decir si su actitud era de bendición o de ferviente rezo lo cierto es que las rígidas manitas inspiraban un plácido respeto, y hasta la frescura del cuarto, parecía sestear en su sombra, hubiérase dicho obra de ella.

Doña Anacleta le había bordado una alfombrita de mostacilla, y a sus espaldas, sostenido al muro por varios clavos para redondearlo, colgaba un rosario hecho de huevo de urraca y chimango.

Iba el viejo a arrodillarse y rezar por centésima vez pidiendo el agua ansiada. Pero tuvo noción de la inutilidad de sus ruegos.

«Hasta a las ranas hacía más caso aquel pedacito de palo inconmovible». Y un ansiar venganza ahogó su intención piadosa.

Vio lo de afuera: El campo, árido, los animales, olfateando la tierra15 sin conseguir de ella más que las dos columnas de polvo alzadas por su soplido.

Toda la congoja de los impotentes aquellos transfomósele en rabia, y un proyecto vago en él se precisó.

¡Era fácil estar indiferente como aquel idolito en la frescura encerrada cuando los demás padecían del sol universal! Justo era que ella también sufriera hasta que por fuerza diera lo que no podían conseguir con rezos.

El momento era propicio. Los muchachos andarían cuereando la vieja estaba adobando un peludo en la cocina. Podía cumplir su amenaza sin impedimento.

Con manotón irreverente destronó a la virgen de su rincón, escondiéndola bajo la camiseta como hubiera podido hacer con un pollo para que no gritara. Y cerrando con llave, tomó un sendero cuya tierra la abrasaba los pies a través de las alpargatas.

Un remolino venía haciendo espiralear la hojarasca y le quemó el semblante como cuando se agachaba demasiado sobre el fogón en busca de un tizoncito.

Llegó al galpón de esquila, amplio mesón de barro, techado de paja.

En un rincón estaba el comedero, que, acompañado de una argolla incrustada en el muro, formaba el pesebre del tobiano, «el crédito», sólo animal gordo en el establecimiento.

Echole encima un cuero, lo enriendó, apretole el cojinillo con un cinchón y, enhorquetándose salió como ladrón buscando lo más tupido de la arboleda.

Púsose a galopar hacia el fondo del potrero. Pronto distinguió el palo del rodeo, única cosa que el calor no agobiaba.

Cada detalle de la calamidad aquella reforzaba el enojo de don Rufino, exasperado ya por el sol, que le chamuscaba el cuerpo a través de la ropa.

Dejó rienda abajo al caballo, acostumbrado, sacando a luz la imagen, que miró con satisfacción; después retiró al tobiano el cinchón, y bien arriba, donde los animales no alcanzaran, ató a la virgencita como a un Prometeo.

Cuando hubo concluido, miró y remiró su obra, a ver si no dejaba una posibilidad de escapatoria, y la cara se le arrugó en amplia carcajada de contento.

—«Por Dios —dijo a la virgen, mientras besaba un escapulario con estampa del Cristo que traía al cuello. —Por Dios, que aí vah'a quedar embramada al palo hasta que hagás yovér» —y sin más tardanza saltó en su flete, que solo tomó rumbo a las casas.

De pronto se detuvo, una emoción indecible ensanchándole el pecho. ¡Allá en el horizonte, ¿qué era16 aquello? Una franja obscura parecía avanzar.

Don Rufino no podía creer, dudó de sus ojos, y como ya estuviera cerca de las casas, siguió hacia ellas, para ver qué decían los otros.

No oyó sino un grito: «Las puertas, las puertas, cierren las ventanas y los postigos, que viene la tormenta». Ya no dudó.

Hubo un instante de quietud, y el primer soplo del huracán barrió el campo. En el camino, una columna de polvo se alzó en jadeante remolino, los viejos álamos agacharon, rechinando sus orgullosas copas, y las casuarinas silbaron su quejido agudo.

Don Rufino, atontado, inerte por la emoción, miró a su alrededor; los pocos animales que veía, dando idénticamente el anca al viento, le parecieron de golpe haber engordado. Creía vivir en otro mundo, sentíase lleno de milagro, y al recobrar su vitalidad, brevemente perdida, echó su caballo a correr, tendido sobre el costillar, camino a la virgencita.

Allí estaba, con los fuertes nudos, pequeña, igual, menos luminosa en la obscuridad de la tormenta. Don Rufino besole los pies, hízole mil mimos y caricias, concluyendo por envolverla en el cojinillo y disparar, a pelo limpio, hacia las casas.

El viento, que parecía haber arreado con toda la tierra, seguía claro y menos fuerte. Algunas gotas espesas comenzaron a caer, viajadoras como bolas perdidas. El anciano aceleraba, bebiendo a pulmón abierto el olor a tierra mojada; cerca del palenque, las gotas se tupieron, haciendo paragüitas contra el suelo.

Llegó empapado.

En el galpón de esquila todo el peonaje reunido se atareaba en guarecer del chubasco las prendas que éste podía dañar.

Un hornero repiqueteaba su risa de victoria.

Los relámpagos dibujan carcajadas de luz.

Felipe, el menor de los muchachos, apareció por la playa hecho sopa, gritando al ataque fresco de la lluvia. Traía a los tientos un cuero17 cuyas garras espoleaban al caballo en las verijas. Hastiado el animal, al enfrentar las casas, corcovió unos diez metros.

—«¿Ande vas?... ¿ande vas? —gritaba don Rufino—, a darte un disgusto»...

De viejo y bichoco —contestaba el muchacho alusivamente— se me acalambran los huesos. Y ambos reían mirándose en la cara.

La lluvia, gradualmente, fuese moderando. Chorros y gotas caían de los techos, ahondando las marcas de gotas anteriores. Los árboles, momentos antes maltratados por el vendaval, reverdecían lavados. Los troncos intensificaban su color. Las zanjas plagiaban ríos, los charcos, lagunas. Los pájaros, pelotones de pluma, se inmovilizaban, los párpados a medio cerrar. Un ritmo lento, lleno de goce, silenciosamente intenso, moderaba los gestos hasta de la gente, que se acariciaba el cutis contra el aire fresco.

Un ritmo lento, una quietud contemplativa abrazaba la Pampa.

Son las nueve de la noche. Todo parece dormir en la estancita. En el dormitorio18 de los viejos hay luz. Cuantas velas se encontraron en la casa están ahí, para iluminar a la bienhechora. Don Rufino, rosario en mano, dice los Aves que corean los demás. Cocinero, peones, todos están allí en esa hora solemne. La voz baja y monótona alterna con el coro; una profunda piedad se exhala de las almas sencillas.

Contra los vidrios, la lluvia en latigazos. intermitentes crepita con saña.

Y la virgencita, muy oronda en su nicho, saborea esa nueva victoria sobre todos los otros santos del pago.

La estancia nueva

Era un toro excepcional, y don Justo Novillo se enorgullecía de haberlo logrado con mestización rápida.

Siempre sostuvo que pocas generaciones bastaban para conseguir tipos perfectos de raza; lo esencial era echar buenos reproductores, sin «abatatarse» por los precios.

Ahora pocos le discutirían.

¡Qué toro!; parecía de «pedigree»; un noble animal idéntico al padre importado a costo y cuenta de don Justo.

Había que cuidarlo. Y el patrón, breve conocedor de «farms» británicos, aplicaría el sistema ultramarino; lo trataría como a un «lord».

A estos efectos despachó la peonada criolla, que miraba con ironía aquella mole inmóvil y decían, panza cogote, guampas, cual si se tratara de un vulgar «guaiquero», para reemplazarla por un blondo par de normandos rasurados, rojos, «chic» en sus «briches»; muy europeos, con sus gorras y pipas y «whisky».

Qué orgullo para el establecimiento; todo giraba en torno a la hermosa bestia, cuasi sagrada, y los visitantes no veían sino las actitudes matronescas del fabricador de carne para exportación.

Llegó la exposición; tumulto de reproductores «gloria nacional». Un espectáculo sobrehumano, diremos, porque nunca nuestra especie logra esa perfección de belleza.

Los grandes cabañeros discutían amontonados en torno a los posibles campeones. El toro de Novillo elevaba el diapasón de las discusiones.

—¡Pero si la madre ha de ser hosca o chorreada!

—Será lo que usted quiera, pero hay derecho de ponerlo en duda.

—Si hace diez años no tenía más que un rodeíto de hacienda criolla.

—Y, amigo, el hombre se las ha compuesto a su manera; el resultado es de primer orden, no hay fallas, mire el lomo... es un billar, patas impecables... y qué costillas; la paleta, amigo, el pelo, las astas, el cogote... ¿qué más?...

Y se excitaban en comentarios técnicos, haciendo levantar al animal de un puntazo, con el regatón de sus malacas, palmeándole las ancas, estirándole el cuero.

Llegó el día, y toda la familia Novillo presenció jadeante los trabajos del jurado en la pista... La escarapela blanca del primer premio de categoría se enriquecía con la azul; «el campeonato».

Era motivo suficiente19 para que todos los Novillo tiraran y rompieran sus galeras (¡qué importaba una galera!).

Un día único, el día del laurel.

La vuelta fue triunfal, los mimos resultaban pocos, hasta la tierna despedida de don Justo.

—Bueno, compadre, a divertirse y cumplir con su obligación «crécete y multiplícate».

Querían ir los muchachos, pero el viejo los retuvo.

—¡A ver, a ver!... no son bromas, ni juguetes, ¿no?... déjenlo tranquilo... llevalo no más, Cresensio.

¡Qué barbaridad!... A las diez apareció Cresensio con andar descompuesto.

—¡Señor... el toro estaba muy pesao y se ha quebrao!

—¿Cómo?

—¡Se ha quebrao, señor... sí, señor, se ha quebrao de una pata!...

Tuvieron que degollarlo, ¡pobre muerto glorioso! ¡todos concluimos así, al fin!

Pero el tiempo reglamentario pasó.

Se sabía que al menos algo quedaría del campeón un hijo. El primero y el último... por suerte, la madre era pura; de las pocas puras, y quién sabe, pensaban los Novillo, no fuera digno del padre.

Se esperó el advenimiento. Cumpliose el plazo, y un peón de los viejos que rondaba el potrero del plantel vino con la noticia.

—¡Parió la vaquillona, señor!

¡Qué algazara, todos los Novillo cayeron en tropel!

—¡Parió... parió... Hosanna!

—Y, ¿vamos a ver, cómo es, don Paulino, cómo es?

—Es hembra, señor.

Caramba y ¿de qué pelo?

Don Paulino sonrió entre sus bigotes moros.

—¡Es yaguanesa, es!


Publicado el 29 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.
Leído 3 veces.