Texto: Delenda Est
de Robert E. Howard


Cuento


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Delenda Est

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Edición física


Fragmento de Delenda Est

Y cuando, después de la batalla de Châlons, los contingentes góticos avanzaron hacia el sur cruzando los Pirineos, Genserico no esperó a ser aplastado por huestes más numerosas. Las gentes aún maldecían el nombre de Bonifacio, el cual había llamado a Genserico para que le ayudase a derrotar a su rival, Aecio, abriendo así el paso de África a los vándalos. Su reconciliación con Roma llegó demasiado tarde, fue tan inútil como lo fue el coraje con el que intentó enmendar lo que había hecho. Bonifacio murió por lanza vándala, y un nuevo reino se alzó en el sur. Y ahora también Aecio estaba muerto y los enormes galeones de guerra de los vándalos navegaban hacia el norte empujados por sus largos remos que se hundían en el agua y lanzaban destellos plateados bajo la luz de las estrellas, con enormes navíos en su estela meciéndose con el impulso de las olas.

En el camarote del galeón principal, Genserico escuchaba la conversación de sus capitanes y sonreía cordialmente mientras se atusaba la rubia barba con poderosos dedos. En sus venas no había rastro alguno de sangre escita, lo cual diferenciaba a su raza del resto de razas teutonas; que mucho tiempo atrás, cuando jinetes de la estepa se trasladaron hacia Occidente antes que los samaritanos, se mezclaron con las gentes que habitaban en las tierras altas del Elba. Genserico era un germano puro; de altura mediana, con magnífica espalda y poderoso pecho, y un enorme cuello de protuberantes tendones, su apariencia prometía tanta vitalidad física como sus ojos reflejaban vigor mental.


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9 págs. / 16 minutos.
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Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.


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