El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde

Robert Louis Stevenson


Novela



1. Historia de la puerta

El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué, nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,—tenía por costumbre decir, no sin cierta agudeza—hacia la herejía de Caín; dejo que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter, resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos, durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.

Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente impasible, , y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban, que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de consuelo.

Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.

La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras. Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego brillante en medio de un bosque que sombrío; no cabe duda de que aquellas persianas recien pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeúntes.

Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido. La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos visitantes, ó de reparar sus daños.

El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela, y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con su bastón.

—¿Habéis observado alguna vez esta puerta?—preguntó; y cuando su amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:—se halla enlazada en mi memoria con una historia harto singular.

—¿De veras?—dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz—¿qué historia es esa?

—Hela aquí—replicó el Sr. Enfield.—Regresaba á mi casa desde un punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas; mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea ardientemente ver á un agente de policía. De pronto ví dos personas: una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este, y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar. En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor, así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor. Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres. Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia de espíritu brutal, sarcástica—como desafiando á todos, aunque en el fondo yo veía que estaba asustado.

—Si lo que deseais—dijo—es sacar dinero á costa de este incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el escándalo—añadió;—decidme la suma que pretendeis.

La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta; sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir; era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:

—Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se habra el despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.—Partimos todos; el doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de eso; era bueno.

—Vaya, vaya—exclamó Utterson.

—Veo que experimentais igual duda que yo—repuso Enfield;—sí, es verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla lejos de explicar las cosas—añadió; y después continuó pensativo, sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:

—¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?

—¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!—repuso Enfield—pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas á sus señas; no vive aquí.

—¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la puerta?—volvió á decir el Sr. Utterson.

—No señor, he tenido esa delicadeza—añadió Enfield.—Tengo viva repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se hará el día del Juicio final. Lanzais una pregunta, y es como si tiráseis una piedra; estais tranquilamente sentado en la cima de una colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No, señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.

—Es, verdaderamente, un buen método—dijo el abogado.

—Pero he estudiado el paraje yo mismo—siguió diciendo Enfield;—la construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna; los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil decir dónde concluye una y comienza otra.

Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.

—Enfield—exclamó el Sr. Utterson—tenéis una excelente regla de conducta.

—Así lo creo—repuso Enfield.

—Pero, á pesar de todo—continuó el jurisconsulto—hay una cosa que quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á la niña.

—Bien—contestó Enfield—no veo ningún mal en ello. Era un individuo llamado Hyde.

—¡Hum!—dijo Utterson—¿qué clase de hombre es?

—No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario. No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este mismo instante.

El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:

—¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?

—Querido señor...dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella pregunta.

—Sí, ya sé,—continuó Utterson—ya sé que eso debe parecer extraño. El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si en algún punto habeis sido inexacto, haríais bien en rectificar.

—Creo que hubiérais podido avisarme—replicó Enfield, con algo de mal humor—pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y lo que es más, la tiene todavía. Lo ví usarla no hace aún una semana.

Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el joven, reanudando entónces la conversación, añadió:

—Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en no volver á tratar ese asunto.

—De todo corazón—respondió el abogado—os doy mi palabra y un apretón de manos, Ricardo.

2. En busca del Sr. Hyde

Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero, con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre, en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll," y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll, Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para dejarle ver á un verdadero demonio.

Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo, el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el jurisconsulto.

El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el doctor Lanyón.

El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero, saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba hallarse juntos.

Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto que le aguijoneaba penosamente el espíritu.

—Supongo, Lanyón—dijo—que vos y yo debemos ser los dos amigos más viejos que tiene Enrique Jekyll.

—Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes—contestó riéndose el Dr. Lanyón;— pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo ahora...

—¿Cómo?—exclamó Utterson—yo creía que teníais intereses comunes.

—Los hemos tenido—repuso el doctor—pero desde hace diez años, el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí. Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él, á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes ideas—añadió el doctor poniéndose encarnado—hubieran hecho reñir á Damón y Pythias.

Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó la pregunta objeto de su visita:

—¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?

—¿Hyde?—repitió Lanyón.—No, jamás he oído nada de él. Su amistad debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.

Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por la duda.

Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su problema. Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias, por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto, conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban como cuadros luminosos de un panorama.

Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana, pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos. Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida, ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante, de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio, desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto; ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.

Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel sitio.

Al fin, su paciencia se vio recompensada. Era una noche hermosa y apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.

Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas, distinguiéndose los pasos de los transeúntes mucho antes de verlos. Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en la entrada del callejón.

Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Este era pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia, no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.

El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba, diciendo:

—El Sr. Hyde, si no me equivoco?

Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el rostro del abogado, contestó con sequedad:

—Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?

—Veo que vais á entrar—repuso el abogado.—Soy un antiguo amigo del Dr. Jekyll;—Utterson, de la calle Gaunt.—Debéis haber oído mi nombre, y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de recibirme.

—No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa—replicó Hyde soplando en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado, añadió:—¿Cómo me habéis conocido?

—Ahora os toca á vos—dijo Utterson—¿queréis concederme un favor?

—Con mucho gusto—contestó Hyde—¿de qué se trata?

—¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?—preguntó el abogado.

Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.

—Ahora os reconoceré—dijo Utterson—lo cual puede ser conveniente.

— Sí—replicó Hyde—no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á propósito, os daré las señas de mi casa—y le dijo un número de una calle en Soho.

—¡Dios mío!—pensó Utterson—¿se habrá acordado también él del testamento?—Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas palabras como para agradecer las señas dadas.

—Bien, veamos—dijo Hyde—¿cómo me habéis conocido?

—Por una descripción—fué la repuesta.

—Una descripción, ¿de quién?

—Tenemos amigos comunes—añadió Utterson.

—¿Amigos comunes?—repuso Hyde como un eco y con voz ronca.—¿Quiénes son?

—Jekyll, por ejemplo—dijo el abogado.

—Jamás os ha dicho nada—exclamó Hyde con un movimiento de cólera.—No os creía capaz de mentir.

—Algo dura me parece esa palabra—replicó Utterson.

Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria, levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.

El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre presa de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios, pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita. ¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!

Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas, divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos, abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa, que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen porte abrió la puerta.

—Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?—preguntó el abogado.

—Voy á ver, Utterson—contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.

—¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al comedor?

—Aquí, gracias—contestó el abogado, aproximándose al fuego.

Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.

Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;—he visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía, Poole—le dijo el abogado—¿es eso natural no estando en casa el Dr. Jekyll?

—Completamente natural y regular, Sr. Utterson—repuso el criado.—El Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.

—Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.

—Sí, señor, es verdad—contestó Poole—todos tenemos orden de obedecerle.

—No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde—dijo Utterson.

—¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí—añadió el ayuda de cámara.—En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.

—Bien, buenas noches, Poole.

—Buenas noches, Sr. Utterson.

Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido. ¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven, hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de alguna vergüenza occulta, cuyo castigo viene cuando años después la memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.

Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de las que había sabido evitar.

Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.

Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para sí—debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que yo me ocupe de este asunto—si Jekyll quiere permitírmelo—añadió—si Jekyll quiere dejarme obrar—pues una vez más vió ante sus ojos escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas del testamento.

3. El Dr. Jekyll estaba tranquilo

Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson, que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado, cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre, habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio, pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituido, de rostro barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson una amistad tan viva como sincera.

—Deseaba hablaros, Jekyll—comenzó diciendo el Sr. Utterson—¿recordáis aquel testamento vuestro?

Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer.

—Mi pobre Utterson—le dijo—sois desgraciado tratándose de un cliente como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón, cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien sé que es un excelente compañero—no tenéis necesidad de fruncir el entrecejo—sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él.

—Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento—dijo el Sr. Utterson, volviendo al tema de su conversación.

—¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco—añadió el doctor algo contrariado—ya me habíais hablado de eso.

—Pues bien, os lo vuelvo á decir—continuó el jurisconsulto—he sabido algo respecto del tal Hyde.

La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo negruzco se dibujó alrededor de sus ojos.

—No deseo oír nada más—exclamó;—pensaba que no volveríamos á hablar de esa cuestión, según lo teníamos convenido.

— Lo que he sabido es horrible—dijo Utterson.

—No puedo variar nada; no comprendéis mi situación—replicó el doctor, con cierta incoherencia.—Mi situación es penosa, Utterson; mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos asuntos que no se pueden arreglar con palabras.

—Jekyll—dijo Utterson—me conocéis; soy hombre en quien se puede confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación.

—Mi buen Utterson—repuso el doctor—lo que hacéis es bueno, es francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto, me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme, desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os ruego que lo dejéis dormir.

Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del hogar.

—No dudo que quizá tengáis razón—dijo, en fin, levantándose.

—Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez, según lo espero—siguió diciendo el doctor—hay un punto que desearía haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre; y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supieseis todo, y aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis.

—No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle—dijo el abogado.

—No es eso lo que os pido—contestó Jekyll, como si defendiese una causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson—no os pido más que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté aquí.

Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.

—Bien—dijo—lo prometo.

4. El caso del asesino de Carew

Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la ciudad de Londres quedó horrorizada por un crímen que demostraba una brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana, y se entregó por completo á sus ensueños.

Jamás—acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería después el acontecimiento—jamás se había sentido tan en paz con todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo. Hallándose sentada así, vio á un caballero de edad, de buen porte, con el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al otro con la mayor deferencia.

No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia; y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter ingenuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado.

En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera, pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado, le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo. Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el conocimiento.

Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la policía. El asesino había huido hacía ya tiempo, y la víctima yacía en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada, estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió, probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr. Utterson.

Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana, antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.

—Nada diré hasta haber visto el cadáver—exclamó—esto puede ser muy serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía en donde se encontraba el cadáver.

Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:

—Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers Carew.

—¡Dios mío! ¡será posible! caballero—exclamó el agente de policía. Y sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.—Este asunto hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.—Luego refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo roto del bastón.

Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.

—¿Es Hyde—preguntó el abogado—persona de pequeña estatura?

—Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la criada—añadió el agente.

Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:

— Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa del asesino.

Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los torbellinos de nubes.

El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros, con sus calles enfangadas, sus transeúntes sucios, sus faroles encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad, parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede experimentar hasta el hombre más honrado.

Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló separado de todos aquellos desagradables cuadros.

Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.

Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta. Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales nada dejaban que desear.

—Sí—dijo—aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.

Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso; sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta la tarde del día anterior.

—Perfectamente, deseamos ver su habitación—dijo el abogado—y como la mujer empezaba á manifestar que era imposible—Bueno es que sepáis—continuó—que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de Scotland.

Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la mujer.—¡Ah!—exclamó —¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha hecho?

Utterson y el inspector cambiaron una mirada.

—Parece que no es hombre muy popular—observó el inspector.—Y ahora, buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación.

En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll, quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles de libras, completó su satisfacción.

—Podéis estar seguro, caballero—dijo el inspector á Utterson—de que caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar publicar los anuncios con su filiación.

Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo, no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa, en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había llamado la atención de cuantos lo habían visto.

5. Incidente de la carta

Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande, de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al parecer, enfermo de cuidado.

No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano helada, y le dio la bienvenida con voz conmovida.

—Y bien—le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado—¿ya sabéis la noticia?

El doctor se estremeció.

—La voceaban por el barrio—contestó.—Lo he oído todo desde mi comedor.

—Una sola palabra—repuso el abogado—Carew era cliente mío, vos también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante loco para ocultar á ese hombre?

—Utterson, juro por Dios—exclamó el doctor—que jamás volverán mis ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.

El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le agradaba.

—Parecéis estar muy seguro de él—le dijo—y por lo que os estimo, espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro nombre podrá salir á luz.

—Estoy completamente seguro de él—replicó Jekyll;—para semejante certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie. Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo... he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta confianza en vos!

—¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo descubrir?—preguntó el abogado.

—No—contestó el doctor—no puedo decir que me preocupe lo que ocurra á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo; hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.

Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.

—Pues bien—dijo—dejadme ver la carta. La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y firmada:

"Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor, el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar, poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.

La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.

—¿Tenéis el sobre?—le preguntó.

—Lo he quemado—repuso Jekyll—antes de reflexionar en lo que podía contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la mano.

—¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una determinación?—preguntó Utterson.

—Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca mejor—le contestó;—he perdido toda confianza en mí mismo.

—Bueno, examinaré la cosa—replicó el abogado—pero me queda todavía que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro testamento referentes á esa desaparición?

Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los labios y bajó la cabeza.

—Lo he sabido—dijo Utterson—tenía intención de asesinaros; ¡de buena habéis escapado!

—Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh! ¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!—Y se cubrió el rostro con ambas manos.

Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.

—Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?

Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo circulares.

Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.

En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del Parlamento!"

Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.

Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos, á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves, parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor de las calientes tardes de otoño sobre las colmas plantadas de viñas iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres. Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea, una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y corriente.

El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.

—Es un triste suceso ese de Sir Danvers—dijo el abogado.

—Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público—repuso el Sr. Guest.—Aquel hombre debía estar loco.

—Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso—contestó Utterson.—Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el autógrafo de un asesino.

Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento con el mayor interés.

—No, señor—dijo—no es de un loco, pero la letra es muy extraña.

—Y según parece, el que lo escribió es también un hombre extraño—añadió el abogado.

Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.

—¿Es del Doctor Jekyll, señor—preguntó el pasante;—me parece haber reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?

—Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?

—Sí, permitidme por un momento.—Y el pasante colocó una al lado de la otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.

—Gracias, caballero—dijo al fin, devolviéndole una y otra—es un autógrafo muy interesante.

Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:

—Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas:

—Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.

—Es cosa original, ¿verdad?

—Sí, señor, muy original—contestó Guest.

—No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?—dijo el abogado.

—Sí, señor—contestó el pasante—ya comprendo.

Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.

—¡Cómo!—pensó.—¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la letra de un asesino?—y la sangre se le helo en las venas.

6. Notable incidente del Dr. Lanyón

Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido. Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre, sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad fué aumentando. A su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad, se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.

El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado en sus habitaciones—decía Poole—y no recibe á nadie." El quince trató otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.

Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas; distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu. Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo sospechó Utterson.—Es médico—pensó,—debe conocer su estado y saber que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus fuerzas le permiten soportar.—Y como Utterson le hizo notar su mala cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba perdido.

—He sufrido un choque—dijo el doctor—y no volveré á recobrar nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla. Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más gusto.

—Jekyll está enfermo también—indicó Utterson.—¿Lo habéis visto?

Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:

—Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll—exclamó con voz trémula.—Todo ha concluido entre él y yo, y os ruego que evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.

—Veamos—dijo Utterson, después de un largo silencio:—¿puedo seros útil para algo?—éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo bastante para tener otros.

—No hay nada que hacer—repuso Lanyón—interrogadle más bien á él.

—No quiere verme—contestó el abogado.

—No me sorprende—añadió Lanyón;—quizá algún día, cuando yo haya muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedaos y hablad; pero si no podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos, pues no puedo sufrir esa conversación.

Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo amigo—escribía Jekyll—pero pienso como él, que no debemos volver á vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada; no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar mi silencio."

Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad, tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente, locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber en todo aquello algún misterio más grave.

Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete, y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la enfática inscripción siguiente: Personal. Para ser entregado en manos del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido. El abogado temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy—pensaba—¿qué sería si esto me costase otro? " Luego, considerando ese temor como un acto poco leal, rompió el sello, Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: No debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del Doctor Enrique Jekyll. Utterson no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.

Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario: tuvo deseos de no atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de todos aquellos misterios.

Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el más secreto cajón de su cofre particular.

Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco fué disminuyendo las visitas.

7. Incidente de la ventana

Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla.

—En fin—dijo Enfield—esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde.

—Así lo creo—repuso Utterson.—¿Os he dicho que lo ví una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos?

—Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento—añadió Enfield.—Y sea dicho de paso ¡por cuan tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado.

—Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?—preguntó Utterson—y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. A deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.

El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente.

La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vio Utterson al Doctor Jekyll.

—¡Hola! Jekyll—le gritó—supongo que estáis mejor.

—Estoy muy decaído, Utterson— contestó el doctor tristemente, con voz apagada.—No será por mucho tiempo, gracias á Dios.

—Permanecéis demasiado encerrado—siguió diciendo el abogado.—Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.—Venid, ponéos el sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.

—Sois demasiado bueno—repuso el doctor;—bien lo quisiera; pero no, es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es del todo conveniente.

—¿Por qué?—exclamó el abogado con afabilidad;—lo mejor que podemos hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que estamos.

—Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros—replicó sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara, ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.

Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras. Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo miró.

Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan grande? que decía bastante por sí misma.

—¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!—exclamó Utterson.

El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en silencio su camino.

8. La última noche

Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar, cuando quedó sorprendido por la visita de Poole.

—¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?— le dijo el abogado; y mirándolo de nuevo, añadió:

—¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor?

—Sr. Utterson—contestó el criado—hay algo que va mal.

—Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos—añadió Utterson.—Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que deseáis.

—Conocéis la manera de vivir del doctor—empezó á decir Poole—y sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.

—Y ahora, mi buen Poole, ¿por qué estáis asustado? Hablad claro.

—Me asusté hace una semana poco más ó menos—contestó Poole, evitando con algo de mal humor la pregunta que se le hacía—y no puedo ya soportar más la cosa.

El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban en un punto del techo.

—No puedo soportar más tiempo eso—volvió á repetir.

—Vamos—dijo Utterson—veo que tenéis un verdadero motivo para hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal. Procurad decirme lo que es.

—Creo que ha habido algún crímen—añadió Poole con voz ronca.

—¡Un crimen!—exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer más irritado aún—¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso?

—No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo vos mismo?

Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor sorpresa, que el vino no había sido tocado.

La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los transeúntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de que se encaminaba hacia una gran desgracia.

Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío, se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca.

—En fin, señor—dijo—hemos llegado, y quiera Dios que no haya sucedido nada malo.

—Amén, Poole—contestó el abogado.

En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la cadena, y una voz preguntó desde adentro:

— ¿Sois vos, Poole?

—Yo soy—dijo Poole—abrid la puerta.

El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:—¡Bendito sea Dios! es el Sr. Utterson—corrió hacia él como queriendo abrazarlo.

—¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?—dijo el abogado con aire triste.—Es muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.

—Todos están asustados—repuso Poole.

Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra aquellas palabras; la doncella sola dejó oír su ahogado llanto y sus gemidos.

—Callad, de una vez—le dijo Poole, con un acento tan brutal que demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación, todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los rostros.

—Y ahora—añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina—dadme una luz, y vamos á saber la verdad de este asunto.

Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que conducía al jardín.

—Andad lo más despacio que podáis—dijo Poole—y sin ruido; os ruego que escuchéis y que no dejéis oír nuestras pisadas. Tened cuidado, señor, de no entrar, si por casualidad os llamase.

Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz, y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela encarnada de la puerta del gabinete.

—El Sr. Utterson desea veros, señor—dijo el criado; y al hablar hacía seña con viveza al abogado para que escuchase.

Una voz contestó desde el interior:

—Decidle que no puedo ver á nadie—y sus palabras parecían un largo quejido.

—Gracias, señor—respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban por el suelo.

—Señor—dijo mirando á Utterson—¿os parece que era aquélla la voz de mi amo?

—Sí, parece haber cambiado mucho—contestó Utterson muy pálido, y mirándole también.

—Cambiada, no cabe duda—añadió el criado.—¿Hubiera estado yo veinte años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaperecido y también él; ha sido muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.

—He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece relación salvaje, mi buen hombre—dijo Utterson mordiéndose los dedos.—Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple razón se niega á creerla.

—Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin embargo, llegaré á lograrlo—contestó Poole.—Es preciso que sepáis, que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una razón cualquiera.

—¿Tenéis alguno de esos papeles?—preguntó Utterson.

Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita, pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad que la antigua."

—Es una extraña nota—dijo Iltterson, y luego añadió con severidad:—¿cómo la habéis tenido abierta?

—El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí como si hubiese sido una cosa repugnante—repuso Poole.

—¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del doctor?—preguntó el abogado.

—He pensado que la letra se parecía á la suya—dijo el criado con tono áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:—¿pero qué importancia puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona?

—¿Le habéis visto?—repitió Utterson.

—¿Y bien?

—He aquí, he aquí la historia—prosiguió Poole.—Entré súbitamente en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido a salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me vio entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al gabinete. No le ví más que un instante, pero los pelos se me pusieron de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿porqué había lanzado aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que lo sirvo; y luego...—Poole calló y se pasó la mano por la frente.

—Realmente, son muy extraños esos detalles—dijo Utterson—pero creo entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo; de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude! Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.

—Señor—dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y encarnado—aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi amo—miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy baja—es un hombre alto, bien constituido, y el otro era más bien un enano.

Utterson trató de protestar.

—¡Oh! señor—exclamó Poole—¿podéis pensar que no conozco á mi amo después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un crimen.

—Poole—replicó el abogado—si habláis así, mi deber exige llegar hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.

—¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!—exclamó el criado.

— Y ahora viene la segunda pregunta.—continuó diciendo Utterson;—¿quién romperá la puerta?

—¿Cómo? vos y yo, señor—dijo valerosamente Poole.

—Bien dicho—repuso el abogado—y suceda lo que quiera, yo cuidaré de que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.

—Hay un hacha en el laboratorio—indicó Poole—y vos podéis tomar un hierro de la cocina.

El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:—¿Sabéis que vos y yo vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?

—Bien lo podéis decir, señor—contestó el criado.

—Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos, el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho; hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis reconocido?

—Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna vez al Sr. Hyde.

—Sí—contestó el abogado—he hablado una vez con él.

—Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor; sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.

—Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que indicáis—contestó Utterson.

—Pues bien—siguió diciendo Poole—cuando aquella cosa enmascarada, parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh! bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era el Sr. Hyde.

—¡Ah! ¡ah!—exclamó el abogado—mis temores me hacen creer lo mismo. Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á Bradshaw.

El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso.

—Armaos de valor, Bradshaw;—dijo el abogado—el misterio que reina aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos para llegar á vuestro puesto.

Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.—Ahora Poole—dijo al criado—vamos allá;—y llevando el hierro bajo el brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna, y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. A su alrededor se oía el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del gabinete.

—Así es como anda todo el día—dijo Poole—y ¡ay! también parte de la noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es ese el andar del doctor.

Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del Doctor Jekyll. Utterson suspiró.

—¿No hay nada más?—preguntó luego. Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza.—¡una vez—dijo—una vez le he oído llorar!

—¿Llorar? ¿cómo puede ser?—exclamó el abogado extremeciéndose de horror.

—Llorar como una mujer ó como un alma extraviada—añadió el criado.—Me fui con el corazón tan enternecido que hubiera podido llorar también.

Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban y venían en medio de la tranquilidad de la noche.

—Jekyll—gritó Utterson con voz fuerte—quiero veros.—Detúvose un instante, pero nadie contestó.—Os doy un buen consejo; hemos concebido sospechas; es preciso que os vea y os veré—y moviéndose, añadió—si no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.

—Utterson—dijo la voz—por amor de Dios, ¡piedad, piedad!

—¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde—exclamó Utterson.—¡Poole, derribad la puerta!

Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe; los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior de la estancia.

Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio, y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres aquella noche.

Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el cuerpo de un suicida.

—Hemos llegado tarde—dijo con dureza—tanto para salvar como para castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el cuerpo de vuestro amo.

La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete por otra escalera.

Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran despensa.

Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de arana que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.

Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:

—Es preciso—dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como un eco—que esté enterrado aquí.

—Ó puede haber huído—repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.

—Esta llave no parece haber servido—observó el abogado.

—¿Haber servido?—repitió Poole con la exactitud de un eco—¿no veis, señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.

—Y—siguió diciendo Utterson—los puntos rotos también están enmohecidos.

Los dos hombres se miraron con espanto.

—Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia—dijo el abogado.—Volvamos al gabinete.

Subieron la escalera sin hablar, y de con temor al cadáver, comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.

—Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á buscarle—dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido espantoso.

Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio puño del doctor, que eran horribles blasfemias.

Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero, en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus propias personas pálidas y asustadas.

—Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor—dijo Poole.

—Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser—repuso el abogado casi con el mismo sonido de voz.—¿Con qué objeto tenía Jekyll...?—y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando su debilidad, añadió:—¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?

—También me dirijo idéntica pregunta—contestó Poole.

Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito, de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.

—La cabeza me da vueltas—dijo—ha tenido este documento todos estos días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar al verse desbancado, y no ha destruído el documento.

Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño del doctor con una fecha en lo alto.—¡Oh! Poole—exclamó el abogado—estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.

—¿Por qué no leéis lo demás?—preguntó Poole.

—Porque temo—repuso el abogado con tono solemne—¡quiera Dios que no tenga ningún motivo para temer!—y hablando así, acercó el papel á sus ojos y leyó lo siguiente:


"Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos, habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presciencia requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado amigo Enrique Jekyll."

—¿Hay otro sobre?—preguntó Utterson.

— Aquí está, señor—dijo Poole entregándole un paquete cerrado con varios sellos.

El abogado lo guardó en uno de sus bolsillos.—No hablaré de este paquete—añadió.—Si vuestro amo ha huído ó ha muerto, podemos á lo menos salvar su honor. Son las diez; debo volver á mi casa y leer con calma esos documentos; pero volveré antes de las doce, para enviar á buscar á la policía.

Salieron, cerrando tras sí la puerta del laboratorio, y Utterson, dejando de nuevo á los criados reunidos alrededor del fuego en la antesala, regresó tranquilamente á su despacho para leer los dos documentos, en los cuales va á descorrerse el velo de este misterio.

9. Relación del Doctor Lanyón

El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí por el correo, en el reparto de la tarde, una carta certificada, cuyo sobre estaba escrito del propio puño y letra de mi colega y antiguo compañero Enrique Jekyll. Quedé sumamente sorprendido, pues no teníamos costumbre de corresponder por escrito; además, había visto al doctor el día anterior y comido con él, y no podía adivinar lo que en nuestras relaciones exigía las formalidades del certificado. El contenido de la carta aumentó aún mi sorpresa; hé aquí los términos en que se hallaba concebida:


"10 de diciembre de 18**

"Querido Lanyón: Sois uno de mis más antiguos amigos; aunque hayamos tenido á veces discusiones sobre asuntos científicos, no recuerdo, por lo que á mí se refiere, á lo menos, la menor interrupción en nuestra amistad. Si hubiese llegado un día en que me hubieseis dicho:—Jekyll, mi vida, mi honra, mi razón se hallan á vuestra merced, hubiera sacrificado mi fortuna y mi mano derecha para ir en vuestra ayuda. Lanyón, mi vida, mi honra, mi razón se hallan enteramente á vuestra merced; si me faltáis esta noche, estoy perdido. Después de este prefacio vais á creer que necesito pediros alguna cosa deshonrosa. Juzgad vos mismo.

"Vengo á rogaros que aplacéis todos los compromisos que podáis tener para esta noche—aunque fuéseis llamado junto al lecho de un emperador—que toméis un coche, y llevando con vos esta carta para consultarla, que vengáis directamente á mi casa. Poole, mi criado, tiene mis órdenes; estará aguardándoos con un cerrajero. Será preciso forzar la puerta de mi gabinete; luego entraréis solo; abriréis el armario que tiene un cristal (letra E), á la izquierda, romperéis la cerradura si está cerrado; sacaréis, con todo su contenido, tal cual está, la cuarta gaveta contando desde arriba, ó lo que es igual, la tercera empezando á contar desde abajo. En medio de mi extremada desesperación, tengo un temor mortal de no indicaros bien las cosas; pero aunque me equivocase, conoceríais la gaveta que necesito, examinando lo que contiene: algunos polvos, un frasco y una carterita de apuntes. Os ruego que llevéis con vos esa gaveta á la plaza de Cavendish, tal cual la halléis.

"Esta es la primera parte del favor que os pido. Si partís así que recibáis esta carta, deberéis estar de regreso mucho antes de media noche; pero os dejo algunas horas de margen, no sólo por temor de uno de esos obstáculos que no se pueden prever ni impedir, sino también porque es preferible que haya llegado la hora del descanso de vuestros criados para concluir lo que os quedará que hacer.

"Luego, á media noche, os ruego que permanezcáis solo en vuestro gabinete de consulta, que conduzcáis hasta él á un hombre que se presentará en mi nombre, y que le entreguéis la gaveta que habréis llevado de mi casa. Entonces habrá concluído vuestro papel y mereceréis mi más completa gratitud. Cinco minutos después, si insistís deseoso de tener una explicación, comprenderéis que todas estas precauciones tenían una importancia capital, y que el haber descuidado una sola, por fantástica que pueda parecer, hubiera sido cargar vuestra conciencia con mi muerte ó con la pérdida de mi razón.

"A pesar de la confianza en que estoy de que no os burlaréis de mi ruego, mi corazón desfallece, y tiembla mi mano sólo con pensar en semejante posibilidad. Acordaos de mí en esta hora, de mí que estoy en una extraña situación, atormentado por la negrura de una desgracia que ninguna imaginación podría llegar á exagerar; pensad, también, que si queréis servirme con puntualidad, desaparecerá mi turbación y todo ello no será más que una historia enterrada.

"Prestadme ese servicio, mi querido Lanyón y salvad á vuestro amigo—E. J.

"P. S.—Había cerrado ya esta carta cuando un nuevo terror se apodera de mi alma. Es posible que el correo cometa un error y que esta carta no llegue á vuestras manos hasta mañana por la mañana. En ese caso, querido Lanyón, cumplid mi encargo durante el día á la hora que os sea más cómoda, y aguardad otra vez mi mensajero á media noche. Pero quizá será demasiado tarde; y si transcurre entonces la noche sin ninguna novedad, podréis decir que habéis recibido la última noticia de,

Enrique Jekyll."
 

Al leer aquella carta me convencí de que mi colega estaba loco; pero hasta que la cosa no ofreciese género ninguno de duda, decidí ejecutar lo que me pedía. Cuanto menos comprendía yo todo aquel fárrago, menos me hallaba en el caso de juzgar de su importancia, y tal petición dirigida en semejantes términos, no podía ser rechazada sin incurrir en grave responsabilidad. Me levanté inmediatamente de la mesa y fui á buscar un carruaje que me condujo directamente á casa de Jekyll. El criado aguardaba mi llegada; había recibido por el mismo correo que yo un pliego certificado que contenía sus instrucciones, y envió á buscar en el acto á un cerrajero y un carpintero. Ambos obreros llegaron mientras estábamos hablando, y fuimos todos juntos á la sala de disección del viejo Doctor Denman, por el extremo de la cual, según lo sabéis probablemente, se entra con mayor comodidad en el gabinete particular de Jekyll. La puerta era muy sólida, la cerradura excelente; el carpintero confesó que tendría mucho trabajo y que haría mucho destrozo, si tenía que emplear la fuerza; el cerrajero llegó á creer que no podría descerrajarla, pero era un hábil obrero, y después de dos horas de trabajo, quedó abierta la puerta.

El armario señalado con la letra E no estaba cerrado; saqué la gaveta, la hice rellenar con paja y envolver en papel, llevándomela á la plaza de Cavendish.

Así que llegué, me puse á examinar su contenido. Los polvos estaban bastante bien arreglados, pero no con el cuidado de un químico fabricante ó vendedor, de modo que, á no dudarlo, habían sido manipulados personalmente por el Doctor Jekyll. Abriendo uno de los sobres, vi que su contenido se parecía, sencillamente, á una sal cristalizada de color blanco. El frasco, que examiné después, estaba lleno hasta la mitad; contenía un licor rojo, con un olor muy agrio, con algo de fósforo y éter volátil. En cuanto á los otros ingredientes, no pude saber lo que eran. El cuaderno ó carterita de apuntes era como casi todos los que usan los colegiales, y sólo contenía unas cortas series de fechas. Esas fechas se extendían á un largo período de años, pero observé que las entradas habían cesado hacía un año poco más ó menos, y bruscamente. Aquí y allí, se veía añadida alguna breve observación, á una fecha, que generalmente era nada más que la palabra doble, que se hallaba repetida quizá seis veces en un total de algunos centenares de entradas; una vez, enteramente al principio de la lista, y seguidas de algunos signos de admiración, estaban las palabras fracaso total.

Todo esto, aunque excitando mi curiosidad, me decía poco respecto del objeto final. Un tarro con cierta tintura, un papel con una sal, el diario de una serie de experimentos que, (como ocurría á menudo con las investigaciones de Jekyll), no conducía á nada práctico. ¿Por qué razón la presencia en mi casa de esos varios objetos podía afectar á la honra, ó al estado del espíritu, ó á la vida de mí ligero colega? Si su mensajero podía ir á un punto ¿por qué no podía ir á otro? Y aunque hubiese alguna imposibilidad, ¿por qué ese caballero tenía que ser recibido en secreto? Cuanto más reflexionaba en todo eso, más me convencía de que me hallaba en presencia de una enfermedad cerebral; sin embargo, al ordenar á mis criados que se recogiesen, fui á buscar un viejo revolver, para encontrarme en estado de defensa personal, si hubiese sido necesario.

Las doce acababan apenas de sonar en Londres cuando el picaporte se dejó oir muy despacio. Fui á abrir yo mismo, y encontré á un hombre de pequeña estatura vuelto de espaldas á los pilares de la entrada.

—¿Venís de parte del Doctor Jekyll?—le pregunté.

Me contestó que sí, con aire encogido; cuando le dije que entrase, no me obedeció sin haber lanzado antes una mirada escudriñadora hacia la plaza sumida en la obscuridad. Un agente de policía estaba cerca, y venía con su linterna sorda abierta; al verlo creí notar que el desconocido tembló y que se apresuró á entrar.

Estos incidentes me sorprendieron, no lo ocultaré, de un modo desagradable; no perdí de vista á mi hombre, gracias á la luz brillante que había en mi sala de consultas, y puse la mano sobre el arma para estar prevenido á todo evento. En fin, tuve la suerte de verlo. Jamás, es absolutamente cierto, mis ojos lo habían visto antes. Era pequeño, según he dicho; me sorprendió la expresión de su fisonomía, en la que podía leerse una curiosa mezcla de grandísima actividad muscular y de indudable debilidad de constitución; por último, me sorprendió todavía más la penosa turbación subjetiva que me producía su vecindad; y fué de género tal, que mis miembros parecían helarse y que el pulso latía con menos violencia. Atribuí entonces aquellas sensaciones á alguna repugnancia idiosincrásica y personal; pero á pesar de todo, me sorprendía la vivacidad de mis impresiones, si bien desde aquella fecha he tenido motivos para pensar que su causa yacía muy profundamente oculta en la naturaleza misma de aquel hombre, y que me movía algún pensamiento más noble que el odio.

Esa persona, que desde el instante en que entró había producido en mí una sensación que sólo puedo definir llamándola curiosidad mezclada con repugnancia, estaba vestida de un modo que hubiera sido ridículo en cualquiera otro individuo; su traje, aunque era, en realidad, de un género rico y de color obscuro, parecía enorme, inmensamente grande para él, bajo todos conceptos; sus pantalones colgaban de las piernas y habían sido recogidos para preservarlos del lodo; el chaleco le llegaba muy abajo de las caderas, y el cuello de la levita se extendía demasiado ancho sobre los estrechos hombros. Por extraño que fuese, aquel burlesco traje no me hizo reír. Al contrario, como había un no sé qué de anormal y de contrahecho en el ser que tenía á la vista, algo que sobrecogía, que sorprendía y que escandalizaba en su repugnancia misma, aquella nueva originalidad confirmaba mis ideas y les daba fuerza; llegó casi á interesarme la naturaleza y el carácter del hombre, y sentí curiosidad de saber su origen, su vida, su fortuna y la posición que ocupaba en el mundo.

Aunque estas observaciones requiriesen mucho tiempo para analizarlas, se me ocurrieron en el espacio de algunos segundos. El desconocido demostraba arder en una sombría impaciencia.

—¿La habéis traído?—exclamó—¿la habéis traído?

Y era tal su impaciencia que puso la mano sobre mi brazo, tratando de sacudirlo.

Lo rechacé, habiendo experimentado á su contacto como una sensación glacial en toda mi sangre.

—Vamos, caballero—le dije—olvidáis que no tengo el gusto de conoceros; permaneced sentado, si gustáis.

Le dí ejemplo, sentándome en mi sillón habitual, con la misma tranquilidad que si hubiese tenido que habérmelas con un enfermo cualquiera; tan tranquilo, a ló menos, como me lo permitían la hora avanzada, la naturaleza de mis preocupaciones y el horror que me inspiraba mi huésped.

— Os pido perdón, Doctor Lanyón—contestó bastante cortesmente;—vengo aquí á ruego de vuestro compañero el Doctor Enrique Jekyll, para un asunto de cierta importancia, y quería decir...

Detúvose, y se llevó la mano á la garganta, reparando por su acción que luchaba contra los síntomas de un ataque de histeria.

—Quería decir, una gaveta...

Tuve entonces compasión del estado del desconocido, y quizá también llevado por mi curiosidad, contesté:

—Aquí está;—le enseñé la gaveta que estaba en el suelo detrás de una mesa y cubierta con el lienzo.

Saltó hacia el lado de la gaveta, luego se paró, y llevó una mano al corazón; oí rechinar sus dientes; su rostro era tan horrible de ver, que me alarmé, y temí á la vez por su vida y su razón.

—Reponéos—le dije.

Volvióse á mí, me dirigió una sonrisa atroz, y como un desesperado descubrió la gaveta. Al ver lo que contenía lanzó un gemido ahogado y un grito de alivio tal, que permanecí petrificado. Un instante después, con voz ya algo más tranquila, me dijo:

—¿Tenéis un vaso graduado?

Me levanté de mi asiento no sin dificultad, y le entregué lo que pedía.

Diome las gracias con un gesto adecuado, midió algunas gotas de la tintura encarnada y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al principio era de un color rojizo, á medida que los cristales se deshacían comenzó á adquirir un color más vivo, á hervir visiblemente, luego echó como una nubecilla de vapor. De pronto, cesó la ebullición, y la mezcla adquirió un color de púrpura obscuro, pasando después lentamente á un verde agua. El desconocido, que había seguido con mirada muy atenta todas aquellas metamorfosis, se sonrió, colocó el vaso sobre la mesa, y volviéndose hacia mí y mirándome con un aire muy grave, me dijo:

—Ahora hay que tomar una determinación en cuanto á lo que resta que hacer. ¿Queréis ser prudente? ¿queréis ser conducido? ¿queréis que me lleve este vaso en la mano y que salga de vuestra casa sin decir una palabra más? ¿Ó bien vuestra curiosidad exige otra cosa? Reflexionad antes de contestar, pues se hará lo que mandéis. Si queréis, quedaréis como antes, tal cual estáis ahora, ni más rico ni más sabio, á menos que la conciencia de haber prestado un servicio á un hombre puesto en un apuro mortal, no pueda ser considerada como una especie de riqueza espiritual. Ó si preferís escoger el otro camino, un nuevo reino de ciencia, nuevas vías que conducen á la fama y al poderío os serán abiertas, aquí ante vos, en este cuarto, al instante mismo; vuestra vista quedará confundida por un prodigio que haría vacilar, que conmovería la incredulidad del mismo Satanás.

—Señor—contesté, haciendo creer en una calma y tranquilidad que estaba lejos de tener—habláis con enigmas, y no os sorprenderá el que escuche vuestras palabras sin darles mucho crédito; pero he ido demasiado lejos al prestar esos servicios inexplicables, para detenerme antes de haber visto el final.

—Bien está—replicó el desconocido.—Lanyón, recordáis vuestros juramentos; lo que va á acontecer se halla colocado bajo el sagrado secreto de nuestra profesión. Y ahora, vos, que desde largo tiempo estáis encadenado á las concepciones más estrechas y más materiales, vos que habéis negado la virtud de la medicina trascendental, vos que habéis hecho burla de vuestros superiores, ¡mirad!

Llevó el vaso á los labios y bebió su contenido de un solo trago. Á esto siguió un grito; bamboleó, tropezó, cogió la mesa para apoyarse, y continuó sus movimientos, con los ojos extraviados é inyectados en sangre, la boca abierta y espumosa; y mientras que yo miraba, se producía un cambio, según mi imaginación; íbase hinchando, su rostro se volvió negro de repente y las líneas fisonómicas parecieron fundirse y modificarse, y un instante después, me puse en pie, retrocedí hasta la pared, con un brazo extendido hacia adelante como para defenderme contra aquel milagro, y con mi espíritu anonadado por el terror:—¡Oh, Dios!—exclamé aterrorizado;—¡Oh, Dios!—dije varias veces; ¡pues allí, delante de mi vista, pálido, tembloroso, medio desfallecido, palpando con las manos como un hombre que acaba de resucitar, estaba Enrique Jekyll!

Lo que me dijo durante la hora siguiente me es imposible reconcentrar suficientemente el espíritu para escribirlo. Vi lo que vi, oí lo que oí, y mi alma iba enfermando; y hoy que aquella visión se borra de mis ojos, me pregunto á mí mismo si creo en ella, y no puedo contestar. Mi vida está resentida hasta en los cimientos; un terror mortal se apodera de mí continuamente, noche y día; comprendo que mis días están contados y que es preciso morir; y lo que es más, moriré incrédulo.

En cuanto á la ignominia moral que ese hombre enseñó ante mí, ni con lágrimas de penitencia, podría, ni aun como recuerdo, pensar en ella sin estremecerme de horror. Sólo puedo decir una cosa, Utterson, y será (si podéis creerla cierta) más de lo necesario.

Ese ser que se arrastró aquella noche por mi casa, era, según confesión del mismo Jekyll, conocido bajo el nombre de Hyde y perseguido en todos los rincones del país como asesino de Carew.

10. Explicación completa del caso extraño del Dr. Enrique Jekyll

Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo, poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y afectar en público una actitud más seria de la que generalmente tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y reflexiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi yo eran ambas verdaderamente serias. No era más yo en realidad, cuando arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba aliviar á los desgraciados y á los enfermos. La casualidad quiso que la orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí, por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y única dirección.

En el ser moral y en mi propia persona aprendí á conocer el perfecto y primitivo dualismo del hombre; vi que, de las dos naturalezas que parecían satisfechas en la extensión de mi conciencia, aunque hubiese podido realmente ser la una y la otra, era únicamente porque, en absoluto, tenía ó poseía las dos á la vez; y desde aquel momento, antes de que hubiese comenzado la marcha de mis descubrimientos científicos á sugerirme la más evidente posibilidad de semejante milagro, había aprendido á insistir con placer, como en un sueño despierto, en la idea de la separación de esos dos elementos. "Si—me decía á mí mismo—cada uno de ellos pudiese estar domiciliado en entidades diferentes, la vida se hallaría desembarazada de todo cuanto la hace insoportable; lo injusto seguiría su camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de la parte gemela, de la parte más virtuosa; y lo justo podría á su vez viajar segura y constantemente por sus elevados senderos, llevando á cabo el bien que le llenaría de satisfacción, y sin verse expuesto á los disgustos y remordimientos que le ocasionarían los actos de la parte extraña y mala. Fué, pues, destino fatal de la humanidad ver unir esos haces opuestos y disparatados, y que en la matriz agonizante de la conciencia, aquellas dos estrellas polares estuviesen luchando continuamente. ¿Cómo, entonces, podrían ser separadas?"

A ese punto había llegado en mis reflexiones cuando, según he dicho ya, una luz inesperada comenzó á brotar sobre este asunto, de la mesa del laboratorio. Empecé á concebir de un modo más profundo que hasta entonces la vacilante inmaterialidad, el paso aún obscuro de un estado á otro, de ese cuerpo que parece tan sólido y en el cual caminamos con todos nuestros adornos. Hallé ciertos agentes que poseen el poder de separar y de rechazar esa vestidura carnal, como el viento posee el de agitar los lienzos de una tienda de campaña. Pero por dos excelentes razones no entraré completamente de lleno en esta parte científica de mi confesión. Primero, porque he aprendido que los hombros del hombre deben para siempre jamás soportar el destino y la carga de nuestra vida, y si llega á efectuarse alguna tentativa para separar á los dos elementos, sólo servirá para aumentar su peso de un modo más desagradable y más terrible. Y después, porque (mi relación lo demostrará ¡ay! harto claramente) mis descubrimientos no eran completos. Me bastará, por consiguiente, decir que no sólo reconocí que mi cuerpo natural era el fantasma y el éter de algunos de los poderes que componían mi espíritu, sino que llegué á inventar una pócima con la cual esos poderes podían perder su supremacía, y reemplazarlos con una segunda forma, que era tan natural como la primera, tan yo como la otra, porque constituía la manifestación misma de los más bajos y despreciables elementos de mi alma.

Vacilé mucho tiempo, antes de someter esta teoría á la prueba de la práctica. Sabía perfectamente que me exponía á morir, pues una droga que debía medirse con tanta exactitud y sacudir, conmover la verdadera fortaleza de la individualidad, podía con el menor aumento en la dosis, ó por la inoportunidad del momento escogido para el experimento, hacer desaparecer para siempre el envoltorio inmaterial que no deseaba yo cambiar. Pero la tentación de un descubrimiento tan original y tan importante concluyó por hacerme vencer los temores y alarmas. Tenía la pócima preparada hacía ya tiempo; compré de una vez, en casa de un droguero, gran cantidad de una sal especial que, después de mis experimentos, sabía yo que era el último producto necesario; y finalmente, en una noche maldita, reuní los ingredientes, vigilé su ebullición, los vapores que salían del vaso, y cuando cesó el hervor, en un arranque de valor, bebí la pócima.

Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino; sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi estatura había disminuido.

No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de ver esas transformaciones.

Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime, hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.

Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente, sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable. La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia, era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia, ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre, había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia. Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo, por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento acostumbrado á llamar yo; é indudablemente tenía razón. Observé que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible, en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal; únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente malo sin mezcla ninguna.

Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y el rostro de Enrique Jekyll.

Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio. La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros, uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el mal.

Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa, para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y pasé como familiar suyo.

Luego escribí aquel testamento contra el cual opusisteis tantas observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria. Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las extrañas inmunidades de mi situación.

Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante el público con su carga de respetabilidad, y un instante después, como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin miramientos en un océano de libertades.

Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente. Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa, arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en persona.

Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres, era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde. Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban y aparecían en él sin haber disminuido, y procuraba cuando le era posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia dormitaba.

No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas que me anunciaban la aproximación del castigo; Ocurrióme primero un incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un transeúnte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto contra todo ataque de la fatalidad.

Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll, como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.

Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento parecido al que se experimenta al oír un inesperado redoble de tambores; salté de la cama y fui á mirarme al espejo. Al ver lo que éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta, y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara, ¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria; atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que almorzaba.

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos babilónicos sobre la pared, jescribir los términos y las letras de mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir, estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura, cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi doble naturaleza podría quedar definitivamente destruido, anonadado el poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba incorporando en el segundo y el peor.

Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable y privado de toda amistad.

El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo que me falta firmeza para persistir en mi resolución.

Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles, cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos meses, sin embargo, fui sincero en mi determinación; durante dos meses, seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la. bebida transformadora, y la absorbí de un trago.

No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que fuese, era caer, sucumbir.

El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente, en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo, satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida subido al más alto grado.

Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquiera persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles, que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu, regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los pasos de algún vengador.

Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al tomarla, bebió á la salud de su víctima.

Apenas habían concluido las angustias de la transformación, Enrique Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia, cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente, en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse, llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir; queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea! ¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas veces, y destrocé la llave bajo mis pies!

Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas, además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.

Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para prenderlo y para matarlo.

Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más agradable.

Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad. No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de la tentación.

Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:

Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente, el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido, pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta á futuras expiaciones, aunque sin querer desde luego. Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad, mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.

En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.

Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía, desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado; mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres, perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso.

Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca. Ví que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?

Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se presentó á mi vista desde el principio hasta el fin.

En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí, pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes; mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dio orden para que las certificasen.

Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto, comiéndose las unas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo—no me es posible decir yo—ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él la atención de los transeúntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó.

Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que habían llenado las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba. La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con el resplandor de la esperanza.

Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar mi identidad, pero ¡hay! seis horas después, mientras contemplaba tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo, es decir, conservar la personalidad de Jekyll. A cada instante, á cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro yo. Pero cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales, y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico. Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse por un momento, volviendo á su estado de dependencia, formando entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo, que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él.

Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame decir que nadie ha sufrido jamás tormentos iguales; y sin embargo, el hábito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo, sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para con la desesperación; mi castigo hubiera podido durar años todavía, si no me hubiese ocurrido la última desgracia, y por fin, no me hubiese separado de mi propia personalidad. Mi provisión de sal, que jamás había renovado desde mi primer experimento, comenzaba á disminuir. Envié á buscar nuevas provisiones y compuse la pócima; prodújose la ebullición, el primer cambio de color también, pero no el segundo; la bebí, pero no produjo efecto. Sabréis por Poole cómo y hasta que punto he registrado todo Londres, pero inútilmente, y estoy persuadido hoy de que mi primera provisión era impura (tenía mezcla) constituyendo precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pócima.

Ha transcurrido una semana, y concluyo esta relación gracias al efecto producido por los últimos paquetes de mis antiguos polvos. Es, pues, la última vez—salvo un milagro—en que Enrique Jekyll puede decir sus propias ideas, ver su propio rostro (y ¡cuan cambiado está!) en el espejo. Además, no puedo demorar el concluir este escrito, pues si hasta aquí ha podido salvarse de la destrucción, débese á una gran prudencia de mi parte, y á una gran casualidad. Si los dolores de la transformación me acometen mientras escribo, Hyde lo hará pedazos; pero si ha transcurrido algún tiempo después que lo haya puesto aparte, su egoísmo increíble y sus ideas siempre fijas en el presente, lo salvarán otra vez de su maldad de mono; pues el destino que pesa á la vez sobre nosotros dos, ha contribuido también á cambiarlo y á anonadarlo. Me queda todavía media hora que esperar antes de volver á entrar para siempre en esa personalidad maldecida, y sé cómo estaré entonces sentado, gimiendo y tiritando en una silla, escuchando con atención y espanto, yendo y viniendo en esta habitación (mi último asilo en la tierra) sin cesar un instante, deteniéndome para escuchar los ruidos amenazadores.

¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿ó tendrá á última hora el valor de librarse de sí propio? Sólo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; éste es el verdadero término de mi muerte, y todo cuanto venga después corresponde á otro que yo. Aquí, pues, dejando la pluma y sellando mi confesión, concluyo de referir la vida del desgraciado Enrique Jekyll."


Publicado el 24 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
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