Texto: Olalla

Robert Louis Stevenson


Cuento


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Olalla

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Fragmento de Olalla

En esos primeros días no vi a nadie más que a Felipe, a menos que contemos también a la mujer del retrato; y como estaba claro que el chico era débil mental y estaba sujeto a ataques de ira, debe de parecer extraño que yo soportase su compañía con tanta ecuanimidad. De hecho, al principio me inquietaba bastante, pero lo cierto es que no tardé en ejercer sobre él una autoridad tan absoluta que pude sentirme mucho más tranquilo.

La cosa ocurrió así. Él era perezoso por naturaleza y tenía alma de vagabundo, sin embargo rondaba la mansión y no solo atendía a mis necesidades, sino que trabajaba a diario en el huerto o pequeña granja que había al sur de la casa. Contaba con la ayuda del campesino a quien yo había visto la noche de mi llegada, y que vivía al otro extremo del cercado, a más de un kilómetro de allí, en un tosco cobertizo, pero era evidente que, de los dos, el que más trabajaba era Felipe; y aunque a veces lo veía dejar la pala y echarse a dormir junto a las plantas entre las que había estado escarbando, su constancia y su energía eran admirables en sí mismas, y más aún si se tiene en cuenta que yo estaba convencido de que eran totalmente ajenas a su carácter y fruto de arduos esfuerzos. Pero, al tiempo que me admiraba, me preguntaba qué habría podido inspirar en un muchacho tan retrasado un sentimiento del deber tan duradero. ¿Qué lo sostenía? ¿Y hasta qué punto prevalecía sobre sus instintos? Probablemente se lo hubiera inspirado el cura, pero un día vino a la casa y los estuve observando ir y venir casi una hora desde un promontorio donde yo estaba haciendo unos esbozos, y todo ese rato Felipe siguió trabajando en el huerto.


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52 págs. / 1 hora, 32 minutos / 35 visitas.
Publicado el 28 de febrero de 2017 por Edu Robsy.