El Gran Latido

Rosa González


Cuentos, colección


ANDRES

 

La cabina de teléfono, situada en un extremo de la playa, se le antojaba la viva representación de la soledad en aquel otoño que invadía el pueblo. El frío húmedo y suave encerraba a los habitantes en sus casas. Todo se volvía estático en los atardeceres, salvo el mar, pura libido lamiendo insaciable la arena. Andrés paseaba por la orilla esquivando las piedras, atento a que el sonido de las olas depositara en él algún mensaje. A ratos se paraba y contemplaba el lugar que trepaba la montaña a espaldas del agua. Las casas blancas y diminutas, alumbraban luces de interior, luciérnagas que a la caída de la tarde convertían el conjunto en la viva representación de un nacimiento navideño. A esas horas, los niños terminaban sus deberes, las madres preparaban la cena y los hombres miraban el televisor esperando ansiosos las noticias futbolísticas.

Solo Magario, el pescador de más edad, permanecía sentado a la puerta de su casa, desenredando la red que el mar convertiría al día siguiente en pasto de laberintos. Pero Magario era hombre de pocas palabras. Muy de tarde en tarde, saludaba al paseante de lejos, estableciendo la distancia cortés del que no quiere mayores aproximaciones. Por segundos, mientras devolvía el saludo, Andrés percibía la imagen estática del pescador bajo el pequeño farol que alumbraba su porche y, sin saber porqué, sentía envidia. Exceptuando su casa y su barca, el resto del mundo estaba demás para Magario, alma anclada allí de tal manera que ni vientos ni mareas parecían alterarlo.

             Seis meses llevaba Andrés en Bacanal, incapaz de dar una pincelada. Tras la última exposición, había cerrado el estudio y arribado a aquel pueblo, llevado por un desasosiego novedoso. Cuarenta años contemplándose así mismo y al mundo a través de sus cuadros, le parecían ahora un exceso del destino. Por eso estaba allí, dejándose envolver por la elementalidad del pueblo, recorriendo el trazado de las calles sin pavimento y sus desembocaduras sobre la arena de la playa. Le acompañaban el sol diurno, la visión de Magario y sus redes, la noche, el día, los atardeceres de humedad y escalofrío, el silencio y hasta Julia que, con su restaurante, atraía puntualmente a los foráneos del lugar, o sea, los albañiles que construían enfebrecidos nuevos espacios para el turismo veraniego y a él, Andrés, el visitante invernal de costumbre, etiqueta con la que se clasificaba así mismo ante la mezcla de indiferencia y naturalidad con que le trataban los lugareños. Porque nadie le ofrecía más allá de un saludo. Los albañiles y él parecían extras de película, gente que, pasado un rato, sobraba en cualquiera de los escenarios del pueblo.

             Julia era menuda y fea, pensaba Andrés, mientras observaba en su pelo los restos de una permanente ancestral. Tenía los ojos pequeños, como las piernas, y aunque muy azules, nada en ellos dejaba asomar la más mínima sintonía con la vida. Caminaba muy erguida empeñada en ganar estatura al suelo. Se dirigía a los clientes con un tono entre agrio y solemne, lo que invitaba a aceptar cualquier oferta de menú con tal de quitársela rápido de en medio. Andrés observaba su corpórea extranjeridad, convirtiéndola, sin darse cuenta, en el centro del aburrimiento sobre el que cabalgaban sus jornadas en Bacanal a tiempo completo.

-       Hoy tampoco le ha llamado nadie. De primero hay judías verdes y de segundo filete con patatas - dijo Julia, sin darse respiro.

-       Prefiero una ensalada y un filete de pollo a la plancha - replicó Andrés en un tono tan neutro como el de la mujer, sintiendo la más honda de las penas ante el silencio del teléfono  situado al otro extremo de la barra.

-       ¿De beber? – replicó ella con el automatismo de siempre.

-       Cerveza de grifo - contestó también en automático Andrés, sin quitar ojo al teléfono y pensando en lo poco que uno podía importar al mundo si realmente se atrevía a desaparecer de verdad, aunque siempre quedaba la esperanza de que alguien te buscara, un simple acreedor, por ejemplo, capaz de identificarte con tu propia vida, como un carné que después de muchos años uno encuentra por sorpresa entre las páginas de un libro.

 

Estiró las piernas. Encendió un cigarrillo y echó un vistazo a ese mar apacible que al mediodía mecía todos los azules que poblaban el mundo. Sólo la gama tonal del Mediterráneo le provocaba a ratos las ganas de volver a pintar. Sin poderlo remediar, la tentación regresaba una y otra vez, tensándole las manos, como cuando notaba que estaba a punto de empezar o acabar un cuadro. Pensaba ahora que ya nunca volvería a ser capaz de pintar, que jamás regresarían esas tardes de encierro a cal y canto en el estudio, sumergido en un mundo donde no cabía nadie más y en él que hasta los cuadros, una vez acabados, también parecían sobrar. Solo mientras pintaba sentía que eran parte de él y él de ellos. Luego resultaban molestos. Como si alguien los hubiera depositado allí por un tiempo, olvidándose de recogerlos.

       La exposición había resultado un éxito. La crítica se había portado como nunca. Leticia Sanromán, su galerista, estaba sorprendida de tanta bonanza. Leticia, ¡la buena de Leticia! Siempre con las puertas abiertas de la galería, con una fe que movía no sólo montañas, sino pintores desconocidos. Apostar y apostar, el lema de los incansables y él de Leticia. Una larga década de amistad y apoyo habían discurrido junto a aquella mujer que aparecía de vez en cuando por el estudio con una botella de champán y unos bocaditos salados, envuelto todo en el insigne rojo de pastelerías Mallorca. Era la única capaz de romper su aislamiento con una naturalidad que le desbordaba. Los soliloquios de Leticia eran eternos. Andrés terminaba por lavarse las manos, dejar los pinceles en el bote y sentarse frente a aquella terapeuta que, bajo el signo de la gratuidad, bebía una copa tras otra animándole y animándose. A veces la escuchaba. Otras no. Pero siempre la contemplaba, porque la soledad de Leticia se disfrazaba de palabras, de aquel discurso eterno sobre el arte, la creación, las crisis, la falta de sensibilidad de nuestro tiempo o el último viaje a Berlín. Al cabo de un par de horas, cuando el champán desaparecía, recogía el bolso, le besaba en la frente y se iba, dejándole gratamente extenuado.

 

Pero nada le hubiera gustado más en el mundo que tener a Leticia en aquel justo momento sentada allí, en esa silla, que junto a la suya, ocupaba la pequeña terraza del apartamento situado frente al mar, empeñada en reclamar ocupante. Dejarse envolver por su voz cantarina, por la forma estrepitosa con que abría la botella de champán, por la repetición incansable de la falta creciente de sensibilidad frente al arte, por la pérdida de la vanguardia, por las descripciones de los artistas encerrados en las cuevas creativas del siniestro Berlín. Por cualquier cosa que Leticia dijera. Porque él, en aquel momento, daría cualquier cosa por que alguien le dijera algo, lo que fuera, sin importarle el contenido. ¿Acaso le había importado el contenido de las palabras alguna vez en su vida? Sin embargo, ahora necesitaba escuchar una voz, una sílaba ajena. Algo que hiciera contrapunto al sonido del oleaje que desde hacía seis meses, noche tras noche, le acompañaba en el rato que pasaba en la terraza mirando la oscuridad y las estrellas, acumulando valentía para enfrentar el insomnio. Se sorprendió así mismo echando de menos la compañía baladí, inocua y hasta ingenua de Leticia Sanromán, la única mujer que rompía su soledad creativa sin pedir permiso y por la que nunca se había sentido atraído sexualmente. El recuerdo de Leticia agrandaba el volumen de la silla, de la terraza, de las olas, del negro de la noche… de esa luna que cuanto más la miraba, más se le antojaba como una perfecta loncha de melón.

             Entró en la habitación. Se puso los calcetines. A oscuras, metió los pies en las zapatillas y buscó dinero entre el revoltijo que invadía la única mesa del apartamento. Bajó a la playa. Introdujo las monedas en la ranura del teléfono y marcó el número de Leticia. El tono de la conexión le provocó un gran alivio. Por fin, una voz familiar sonaba al otro lado de la línea.

 - Este es el contestador automático de Leticia Sanromán. Por favor, deje su mensaje al oír la señal. Gracias.

Andrés colgó sin decir palabra.

             Regresó caminando por la orilla de la playa. El mar mantenía el ritmo repetitivo de sus acordes  sin el menor fallo. La luna, rodaja de melón, continuaba provocando a todos los hambrientos del mundo. Ni una sola estrella se había escondido. La arena, recorrida por el agua en su ir y venir, parecía una alfombra empeñada en registrar delicadamente sus pasos. Mañana comería filete de pollo y ensalada en el restaurante de Julia. Macario dormía como un lirón desde hacía rato.

-El otoño en Bacanal es perfecto para luchar contra el insomnio- dijo en alto acurrucándose entre las mantas, sin que el alba consiguiera cerrarle los ojos. 


 EL ASCENSOR

 

Eran las doce de la mañana cuando bajaba en el ascensor de la oficina. Se miró al espejo y retiró una mota de rimmel que coronaba descaradamente la punta de una pestaña. Los espejos de los ascensores, con esa luz  blanca que agrisa el cutis, son matadores, pensaba, mientras  seguía con la nariz pegada sobre sí misma, escrutándose a derechas e izquierdas el óvalo facial, traicionando la orden mental que le dictaba  abandonar la minuciosa comprobación que la conducía a fijarse en las patas de gallo, surcos desgarradores  que invadían el contorno inferior de los ojos, indiferentes a aquel maquillaje recién adquirido a precio de pepita de oro bajo el lema de perfeccionista, con promesas de luz, uniformidad y lisura. Nada conseguía cubrir esos malditos socavones epidérmicos que hundían la piel como si alguien estuviera allí permanentemente pellizcándola. Nada: ni MaxPerfectYouAre, el último fond de téint que, según había leído en Silly,  era lo que desde hacía años utilizaba su venerada Julia Roberts.

La puerta del ascensor se abrió y, al darse la vuelta, comprobó que estaba diez pisos más abajo. Acuciada por el despiste, apretó el botón con insistencia. Tenía los informes en la mano y Luis estaría de los nervios - aunque, ¿cuando no estaba Luis atacado? - esperándola y repiqueteando con

un bolígrafo en la mesa, como todos los lunes a la hora de la reunión. El ascensor la obedeció de inmediato y cuando las puertas se cerraron se juró así misma no darse la vuelta para no volver a reencontrarse con  aquella luna acusadora donde sus patas de gallo se dibujaban en toda su longitud y profundidad, pidiendo a gritos soluciones más radicales que las cremas antioxidantes específicas para contorno de ojos en las que llevaba años gastándose tal dineral, que ya hubiera podido hacerse varias operaciones. WorryEyes era la última que se estaba aplicando sin que aquella sustancia detuviera el descalabro. Quedaban las inyecciones de colágeno, el lifting… pero esto se lo dijo en lo más profundo de su alma, con las más tenue de sus voces,  mientras, como si la tuviera enfrente, veía la cara de Almudena que ya había pasado por todo, quedando con el rostro peau bebe pero con la misma fisonomía que un árbol deshojado al borde de una autopista de alta velocidad. Inóspita la expresión, el rostro de Almudena no parecía capaz de albergar ni una lágrima ni una sonrisa, ni una sola emoción en aquella mirada que se había escondido para siempre detrás de los glóbulos oculares, parapetándose frente a la vida. Pero Almudena estaba feliz y sonreía a diestro y siniestro forzando los maxilares hasta que la sonrisa tornaba en estrábica y de cada gesto facial no se desprendía nada que superara la rigidez de una mueca accionada a golpe de pila. Terminada la mímica, todo volvía a su sitio y el desierto que era su inexpresividad, la colocaba en esa situación de triunfo íntimo que supone la “operación”  frente a cualquier cosa: el mundo, la juventud con la que estaba condenada a convivir, el trabajo, los hombres, las amigas, la vejez y las huellas que todo ello iba dejando en el alma.

Volvieron a abrirse las puertas del ascensor y esta vez Pilar bajó decidida a no caer en la tentación de pensar en la cirugía estética, repasadas todas las consideraciones que siempre se hacía minuciosamente acerca del rostro de su amiga, como el que visualiza al santo de su devoción para alejar malas tentaciones.

                Caminaba decidida por el pasillo hojeando el informe, cuando se dio cuenta que le faltaba una hoja,  punto conflictivo de la reunión con Luis. Iba a pedir dos millones más para ampliar el presupuesto anual. No veía otra forma de llevar a cabo la acción publicitaria de la empresa durante

el primer semestre, si es que se pretendía alcanzar la cifra de beneficios establecida. Deshizo lo andado y delante del ascensor imaginó a Luis echando humo sobre su sillón de cuero,  con la mesa convertida en un silofón.

                Cuando las puertas del ascensor se abrieron topó de frente con toda su imagen reflejada en el maldito espejo. Aunque a primera vista no se veían, había ganado unos gramos. Esa misma mañana mientras se abrochaba el cinturón, notó que el mecanismo de la hebilla se resistía al agujero habitual. No entendía por qué. Su dieta era invariable desde hacía años, cuando conoció a un médico que apareció en aquel artículo tan interesante de la revista EmptyBelle. Salvo tres o cuatro kilos, su problema no era desde luego la obesidad. Pero aún así, lo visitó, porque esos kilos demás la acechaban desde la treintena como una cruz incontrolable. El Dr. Belli, un atractivo italiano recién instalado en Madrid, estudió a fondo su caso, previos análisis de todo lo imaginable. Al final, le entregó  menúes para treinta días, que ella adoptó para toda la vida y  por los que pagó una excelsa factura. Solo pasaron tres semanas, cuando Pilar había perdido seis kilos con SempreMagra - así se llamaba la dieta  de Belli, quien meses más tarde apareció en todas las portadas de los periódicos por haber matado a tres jovencitas que, pasadas por su tratamiento, acabaron anoréxicas -. Aquella pérdida era mucho más de lo que podía esperar y mucho menos de lo que, si seguía con la dieta específica del italiano,  podía llegar a conseguir. Con el paso del tiempo, su cuerpo cambió de forma, lo que la permitió renovar todo el vestuario. Cuatro tallas menos eran no solo un cambio de cifras y silueta, sino la sensación placentera, indescriptible, de estrenarse en otro cuerpo. Pero ahora, tocándose la hebilla del cinturón observaba - como esa  mañana al vestirse - que inexplicablemente había ganado por lo menos un centímetro y medio. Palpando la cintura, sentía el bulto, el grosor y hasta casi podía resbalar los dedos por la grasa que notaba crecer descontrolada bajo su epidermis. Hoy mismo compraría en la farmacia galletas HiperDietEverStop  para la comida del medio día. Por la noche tomaría un yogurt LightOutLife. Había que frenar aquel desarreglo y regresar la hebilla del cinturón al agujero perdido.

 Se dio la vuelta y giró la cabeza. La verdad es que el resto del cuerpo se mantenía intacto. Los glúteos no perdían altura ni dureza. Incluso si los comparaba con los de Andrea, la nueva secretaria del departamento,  podía hasta presumir de silueta juvenil. Parecía mentira que aquella chica, con lo joven que era, no se cuidara un poco más. Gorda no estaba. Pero había algo en ella de descuido, como esos culotte de cheval que le asomaban levemente en cuanto se ponía un pantalón de licra. Además, Andrea no se sabía pintar: demasiado maquillaje de fondo y excesivo color en el párpado. Pero una cosa saltaba a la vista: cuando los ejecutivos se dirigían a Andrea para cualquier gestión, la miraban con esa deferencia especial que a los hombres les sale de no se sabe donde al tratar con jovencitas. 

Se volvió a mirar con insistencia. Para eso están los espejos. Por detrás, el pantalón recortaba las curvas de sus glúteos con esa suavidad ascendente que tanto le gustaba. Ciertamente, no era por consolarse, pero no estaba nada mal. No había que preocuparse.  Una ráfaga de satisfacción atravesó su alma, aunque sin olvidar que hoy mismo, es decir, dentro de una hora, que era la de la comida, debía empezar con la dieta. ¡Ojalá que la farmacia no estuviera cerrada cuando terminara su reunión con Luis! Además, hoy era lunes y, al llegar a casa, le tocaba ponerse la mascarilla AntiAgeSuperb, que su esteticienne le había recomendado dentro del último plan de mantenimiento SevenDays&¡New! 

El ascensor se abrió de golpe. Al salir se le cayó el informe al suelo. Solo una hoja se desprendió del conjunto. Justo allí estaba el asunto de los dos millones. La recogió y  reordenó todo,  dispuesta a defender aquel dinero como si para su disfrute se tratara. Otra vez la imagen de Luis echando humo sobre el sillón de cuero la invadió al apretar  el botón para bajar a su despacho. Se sentía un poco mareada. Pero había desayunado fuerte: la vitamina antioxidante InvestAfterDeath, un zumo de limón con agua templada y una tostada BredFree untada con CheeseAir. El recuerdo de todo lo ingerido - mañana, por cierto eliminaría la tostada y se quedaría veinte minutos más en el gimnasio- la hizo recuperar fuerzas.

Cuando apoyaba los nudillos en la puerta del despacho de Luis, escuchó la voz de la secretaria. Luis había bajado a tomar un café con un cliente y no tardaría más de diez minutos. Pilar se sentó en uno de los sillones de ante negro que formaban parte de la antesala de su jefe. Apoyó por unos segundos la cabeza en el respaldo y luego se enderezó.

Mientras comprobaba el orden del informe y dispuesta a concentrarse en los argumentos sobre los que basaría su defensa de los dos millones de ampliación de presupuesto, notaba, sin poderlo remediar, que el cinturón la apretaba. Era un apretón leve, pero con cuarenta años ella no podía descuidarse ni siquiera un centímetro. Además, ya había leído en FemmeEnFin que la cuarentena transformaba el cuerpo. Tendría que hablar con el monitor del gimnasio esa misma tarde. Quizá una tabla más extensa de ejercicios solucionaría aquello. Porque, que ella recordara, salvo el vino que tomó en la cena de aquellos amigos hacía más de una semana, nada que no fueran vegetales y lácteos había entrado en su cuerpo.  Por más que daba vueltas al tema, no encontraba la razón que justificara aquel desarreglo.

Volvió sobre el informe y cayó en la cuenta de que el año pasado también había pedido ampliación de presupuesto, superando en un 20 por ciento las cifra de beneficios establecida para el semestre. Este sería un buen punto de partida para arrancar la discusión con Luis. Como había tiempo, lo mejor era subir otra vez a su despacho y buscar la cuenta de resultados del semestre anterior. Luis discutía menos con números a favor sobre la mesa.

Retomó la ruta al ascensor dando vueltas al segundo argumento. Ese año había dado de baja a cinco personas en el departamento. Dentro de la política de restricción de personal  impuesta por la empresa, era todo un record que había influido bastante en la obtención de beneficios, pensaba orgullosa de sí misma, mientras se recolocaba el cuello de la camisa de seda y jugaba a abrirse un botón más. No. La camisa de seda se escurría con facilidad y aquello podía resultar demasiado provocativo. Además estaba esa arruga que dividía el cuello en dos,  paso a nivel entre el cutis y el escote y única línea genética que la igualaba con su madre. La palabra lifting volvió a resonar en su cabeza con la misma concentración que, al atardecer, las campanas de una catedral en una ciudad de provincia. Había que desechar aquella idea. Todavía era joven y quedaban muchas arrugas por dibujarse. Quizá más adelante. Volvió a abrocharse el botón de aquella camisa, regalo de su segundo exmarido en un viaje a París. Por cierto, ¿que tal le iría a Andrés en su nuevo matrimonio? Y, ¿por qué acordarse ahora de Andrés? ¡Ah! Sí. Por la camisa, capricho de caprichos comprada en la Rue Gambon como una joya de marca. Pero lo bueno resulta eterno. Y para muestra el estado de la seda y la compostura de aquella prenda de Chochel, que parecía haber sido fabricada con dos objetivos: la eternidad y ella.

  Ya en su despacho, rebuscó en el ordenador el balance del semestre anterior. Echó un vistazo a la cifra  de resultados. Excelentes. No se podía pedir más, sobre todo si se comparaban con los obtenidos por otros departamentos. Claro que nadie había reducido tantos puestos de trabajo. Pero nada resulta más caro que mantener personal en nómina y lo importante no sólo era alcanzar la cifra dorada, sino a poder ser, superarla. Sacó una copia en la impresora y la colocó encima del informe. Volvió a salir del despacho, encaminándose, una vez más, al ascensor y consultando el reloj, comprobando lo rápido que pasaba el tiempo.

Cuando las puertas se abrieron, la luna,  toda una pared de espejo, la recibió de frente, a cuerpo completo. Entró y apretó el botón. Las puertas se cerraron obedeciéndola de inmediato. El ascensor comenzó su descenso. No entendía como Luis, el jefe, había decidido instalarse  debajo de las oficinas. Si ella fuera la directora de la empresa,  montaría el departamento de dirección en el

 penthouse, como en todas las compañías del mundo.    

Estaba echándose toda la melena hacía delante, para volver a recolocarla echando la cabeza hacia atrás como acostumbraba,  cuando  un frenazo chocó su frente contra la luna del ascensor.

A los pies de la cama de la clínica privada, enfundado en un sobre, estaba el informe médico. “Diagnóstico: Amnesia total. Pronóstico: Grave. Primer mes: la enferma no presenta el más mínimo síntoma de recuperación. Triplicar la cantidad de comida en desayuno, comida, merienda y cena. Composición: alto contenido de proteínas, hidratos de carbono y azúcares. Segundo mes: la enferma no presenta el más mínimo síntoma de recuperación. Mantener el mismo menú y con la misma composición. Tercer mes: la enferma no presenta el más mínimo síntoma de recuperación. Se recomienda aumentar los azúcares en un treinta por ciento. Resumen: La enferma no recupera la memoria y presenta graves síntomas de insaciabilidad. Sus constantes orgánicas permanecen normales. Las ingestas, como las deposiciones, van  asociadas a gritos de placer que, por el tono, el ritmo respiratorio entrecortado y la intensidad, recuerdan a la orgasmia. A excepción de esta expresión, el nombre de algunos alimentos como carne, pan, pastel, azúcar, bombones, helado de fresa, nata, marron glacé,  patatas fritas, mermelada, bananasplit, cerveza, vino tinto y whisky y una mejoría muscular notable, la enferma no articula palabra, ni recuerda nada”.   


EL VIOLIN

Caminaba por un pasillo largo y oscuro. Los techos eran altos. Apenas divisó un par de cuadros - escenas de cacería inglesa -, un espejo y un diván. Al fondo, una puerta entreabierta le impedía dejarse llevar por una curiosidad acuciante y traspasar las tres o cuatro que vislumbró en su recorrido. Sentía que las piernas le pesaban. Adelantaba un pie siguiendo la lógica del caminar y la planta quedaba adherida durante segundos al suelo. Percibía toda la ley de la gravedad pegada a los talones. Un violín suave pulverizaba sus notas en el aire. No podía distinguir en que punto de la casa se emitía el sonido. La iluminación tenue del fondo guiaba su andar torpe. Estaba cansado. Quiso sentarse en el suelo, pero sus rodillas no obedecieron. Incapaz de flexionar las piernas, arrastraba la gravedad en sus pasos. El violín seguía sonando. Era un alivio concentrarse en sus notas,  convertido ya en compañero de viaje. Grato, parecía contar historias capaces de distraer, en la medida leve del segundo, el peso inaudito del cuerpo, sin conseguir anular el lastre. Y así, con la conciencia repartida entre el espacio, las notas musicales y el tiempo, avanzaba. La puerta seguía entreabierta. La luz continuaba tenue. El arrancaba sus pies del suelo. Las notas del violín oxigenaban sus pulmones. Transformadas en aire limpio se inoculaban en su cuerpo exhausto como el alivio que proporciona una máscara de oxígeno en plena emergencia aérea. Incapaz de medir la distancia hasta la puerta, quiso mirar hacia atrás para comprobar el recorrido. La cabeza y los hombros se negaron, como antes las rodillas. El descanso, ya fuera físico o mental, le estaba prohibido. Obligado, continuó el avance. Procuró concentrarse en las notas del violín. Sin darse cuenta, alcanzó la puerta y entró en la  habitación de un salto, como si alguien lo hubiera empujado. El violín dejó de sonar. Sus articulaciones respondían ágiles a las órdenes del cerebro. La luz se hizo mas intensa.

Eran las ocho de la mañana. A unos centímetros de su cuerpo, su mujer dormía tranquila. Palpó con placer las sábanas de algodón portuguesas. Las fotos de los niños estaban en su sitio. Hasta sintió alivio al mirar al techo y comprobar que allí estaba aquella lámpara tintada de fucsia y verdes que tanto le horrorizaba. Buscando las zapatillas debajo de la cama, topó con el viejo violín de su padre. De ahora en adelante lo cambiaría de sitio. ¿Qué hacia allí aquel trasto?

 

LA MITAD DE SU NOMBRE

Eran ya las doce y Domingo seguía dando vueltas por la casa. Contemplaba, olía, oía, tocaba y hasta, como cuando bebía un vaso de agua mineral sin gas, paladeaba el vacío. Tenía gracia que, en menos de tres horas, dos hombres sin mayor esfuerzo pudieran arrancarle setenta años de vida. Una vida que era la suya y que ahora rodaba en el camión de las mudanzas metida en cajas, sentada en sillones, adherida a los cristales de los cuadros, cobijada discretamente entre el silencio de los espejos y agotada entre las mil y una páginas de todos los libros que le habían arrebatado la virginidad de las pupilas. Imaginaba al chofer del camión  - un completo desconocido, ¡como si a uno le mudaran todos los días trasladando su vida en manos de cualquiera! - parando frente a un semáforo en verde. Imaginaba a la gente cruzando el semáforo y a toda su vida encogida entre chapas metálicas, esperando a que el repetitivo semáforo se pusiera en rojo. Recordemos que para Domingo, no había objeto más aburrido en el mundo que un semáforo.

 

Imaginaba al camión dando un frenazo porque una anciana y una paloma  y un perro joven despistado moviendo la cola - porque así son los perros urbanos para Domingo – a todos, los imaginaba cruzando de acera sin mirar y sin paso de cebra. Desde luego, los frenazos, con ser un mal menor, podían provocar una catástrofe. Las cajas de los libros no iban muy seguras. Sólo imaginar una página de Holdering rota, con las sílabas desperdigadas sobre el asfalto como cabezas de cerillas, o un tomo de Kant desencuadernado, le provocaba taquicardia. Y como siempre que quería dejar a un lado la taquicardia o algún pensamiento tenebroso, pronunció la nota mágica: Sol.

El espacio del salón le devolvió un sonido conciso, aunque, en esta ocasión y como nunca antes, el sonido había vuelto a él con una exquisita suavidad. Se tranquilizó. El camión llegaría, sin frenazos y sin libros deslomados, sin viejas ni palomas despistadas, a su destino.

             Se arremolinó en el único sillón que había quedado en la casa. Su sobrino y los hombres de la mudanza habían sugerido que aquel trasto - así lo había llamado el sobrino - no valía la pena. El “trasto” había sido durante años el mejor de los asientos para sus interminables horas de lectura. Llevado por la contundencia de los otros, Domingo guardó silencio, como había hecho toda su vida ante las salidas de tono. Y allí quedaron el sillón y él, en medio del salón desnudo, como dos inquilinos molestando al vacío.

Sentado en el “trasto” - ¡como resonaba el tono grosero de la palabra en su mente! - desde el centro del salón, miraba al ventanal que daba a la terraza. El berberis asomaba sus hojas diminutas y enrojecidas con la delicadeza de siempre. El berberis también se quedaría en aquella casa en manos de los nuevos vecinos, igual que los geranios rojos, el laurel y las dos macetas de margaritas. Como todos los días, Domingo paseaba su mirada auscultando las plantas. En su superficie podía leer su latido: los colores, la floración y el frescor de las hojas diagnosticaban su estado. Por un momento pensó en dejar una nota, explicando cuantas veces las regaba a la semana en invierno y en verano, cuando les añadía tierra y que tipo de abono las revitalizaba. Pero ni papel ni bolígrafo, ni un simple lapicero de carbón, quedaban en aquella casa. Ahora, toda su vida corría por la ciudad encerrada en un camión.

- Como si a uno le pudieran arrebatar el alma para llevársela de viaje a lo desconocido y le dejaran sin alma.  Como si uno  estuviera preparado para que le desarmen la vida de la noche a la mañana para armar la muerte al gusto de otros- pensaba Domingo, apoyado sobre los brazos despellejados de su viejo sillón.

Claro que Domingo nunca había necesitado demasiado para vivir. Odiaba esas casas llenas de objetos que parecen empeñados en robar el oxígeno a sus habitantes. No entendió nunca el afán de los coleccionistas, su arrebato por acumular monedas antiguas, postales, soldaditos de plomo, platos de cerámica o fondos de inversión. Lo único que Domingo no había podido evitar fue la acumulación de libros, con la  imperiosa necesidad de llenar la casa de estanterías para colocarlos por orden alfabético, por temas, por autores, insertados los unos junto a los otros, bajo tal orden, que se sabía al dedillo donde estaba cada uno. La indiferencia con que el chofer y su ayudante los habían descolocado para meterlos en cajas, el automatismo con que habían desmontado las estanterías reduciéndolas a su origen de humildes tablas y la rapidez con la que había discurrido toda la operación, le laceraban ahora el corazón y tuvo que volver a pronunciar la mitad de su nombre.

-Sol - dijo varias veces para que el término balsámico hiciera efecto, mientras buscaba el pañuelo en el bolsillo del pantalón para limpiarse la nariz, aunque otra humedad más urgente se le acumulaba desde hacía rato en los ojos.

La mitad de su nombre, infalible como siempre, actuó de nuevo.  Más tranquilo, respiró hondo, intentando eliminar el escalofrío que galopaba ya a la altura del estómago. La noche anterior habían desconectado la calefacción y, ahora, sin sus libros y con aquella gripe mal curada, sólo le arropaban el calor de su viejo sillón y el jersei de lana gorda que llevaba puesto.

Encogió el cuerpo, sumergiéndose dentro de sí mismo. Por un momento, pensó en sacar el sillón a la terraza invadida de mediodía primaveral. Pero desechó la idea. El sillón pesaba bastante y moverlo agotaría las pocas fuerzas que le quedaban. Así que se quedó donde estaba, mientras el teléfono sonaba y sonaba como no había sonado jamás en aquella casa. Seguramente era su sobrino, que le esperaba en esa  residencia de ancianos, con médicos y muchas enfermeras,  biblioteca y jardín con flores.

-Allí estarás bien atendido - le había dicho el joven, con la misma mezcla de frialdad y autoridad que había pronunciado la palabra “trasto”.

Por eso, ahora, toda su vida rodaba por la ciudad, con Holdering, Kafka, Voltaire y todos los demás y la reproducción que le había regalado su mejor amigo del cuadro de Friedrich, con esas figuras de espaldas avanzando por el campo bajo el sol de amanecer y dos árboles pelados y gigantescos que siempre le obligaban a levantar la vista al cielo y que estaban allí protegiendo a unos caminantes que el nunca jamás se había cansado de contemplar.

Otra vez los escalofríos y el teléfono sonando.

Como si no pasara nada, como si toda su vida estuviera allí con él y no corriendo por la ciudad en manos de sabe dios quien y hacia donde, pensó en ir al armario y coger la mantita de lana inglesa -que le había regalado…otra vez tendría que decir la mitad de su nombre… Sol…hoy había abusado de tanto pronunciarlo - y echársela por encima, rescatando algo de calor contra aquel frío que reinaba en la casa  y contra su gripe mal curada. Porque desde luego, él, lo único que necesitaba era que le devolvieran sus libros y su reproducción de Friedrich y no quería médicos ni enfermeras ni asepsia alguna ni esa residencia de lujo ni otra biblioteca que no fuera la suya ni más jardín que su berberis, su laurel, los geranios rojos y aquellas margaritas que le miraban desde el otro lado de la cristalera como un bocado exquisito de frescura. El no podría nunca pronunciar la mitad de su nombre fuera de aquella casa, porque entonces ya no surtiría efecto.

Y el no podía vivir sin pronunciar la mitad de su nombre cuando le viniera en gana o la necesidad le apremiara como en aquel momento que tiritaba de frío y la humedad de los ojos traspasaba el  tejido del jersei y la manta que ya no estaba y el blanco de las margaritas diluyéndose en una espesura grisácea y la mucosidad nasal que corría por la boca y alcanzaba ya el cuello y el atrevimiento de pronunciar la mitad de su nombre para detener el mal y Sol que ahora no bastaba y la soledad que había desterrado a Sol muchos años atrás de esa vida tan suya que ahora le abandonaba sin frenazos ni destino conducida por especialistas indiferentes al transporte de almas.

Todo junto le dibujó en la cara una sonrisa irónica, su gesto más familiar, con él que su cuerpo abandonó este mundo, alcanzando a pronunciar sólo la mitad de su nombre. Porque sólo la mitad de su nombre bastaba para detener el mal.       

 

 

 

 

 

 

 


Publicado el 31 de agosto de 2021 por usuario no registrado.
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