Lucía Miranda

Rosa Guerra


Novela corta



Advertencia

Voy a complacer al pedido del público dando a la prensa mi novela LUCÍA MIRANDA. Ella fue escrita para un certamen en el Ateneo del Plata; pero como este no tuvo lugar, mi trabajo quedó sepultado en el olvido.

No pasa de ser una novelita escrita en los ocios de quince días; era el tiempo que mediaba de un certamen a otro. No obstante, deseando saber la opinión de uno de nuestros mejores novelistas, se la envié; su contestación, que me honra altamente, irá al frente de mi novela en forma de prólogo.

Señorita Da Rosa Guerra

Señorita:

Tuve el disgusto de recibir su carta y su manuscrito en los momentos que subía al carruaje para ir al campo, y esto disculpa mi impolítica de no haberla contestado.

Le remito ahora su precioso trabajo «Lucía Miranda», después de haberlo saboreado con toda mi atención, y si Vd. quiere aceptar mi elogio, puedo a Vd. repetir que es una de las producciones de nuestra literatura, que más gusto me haya causado. Encontrará Vd. algunos párrafos marcados por mí, que a mi juicio merecerían una reforma, no porque sean malos, sino porque no son tan bellos como los que figuran en el texto de la obra. Es una lectura a dos florones, como dicen los franceses: me parece que Vd. sería de mi opinión, y entonces creo completaría Vd. su trabajo, digno de su talento y de la bella literatura argentina. Encuentro en el carácter de Lucía un encanto que siento poco por las perfecciones de ese género; pero ha puesto Vd. tanto corazón y tanta poesía en esa mujer, que me la ha hecho Vd. amar por fuerza.

En ninguna creación, a excepción de Julieta y Romeo de Shakespeare, he encontrado más dulce poesía de amor, que entre los dos esposos de su novela; ella no es común entre dos seres, y será por eso tal vez que me ha seducido tanto.

Vd. se dignó pedirme una conferencia; ahora soy yo quien la suplico: me parece que de ella resultará algo, que valga mucho para nuestra literatura.

Designe Vd. la hora y día, sino lo es a Vd. incómoda mi exigencia.

S. S. S. Q. S. P. B.

Miguel Cané
Su casa, Noviembre 12 de 1858

Dedicatoria a la señorita doña Elena Torres

Mi Elena querida:

He ahí mi regalo de boda que yo te tenía destinado para el día de tus nupcias, y cuya publicación anticipo por pedido del público, a causa de estarse publicando otra novela con el mismo título, y basada sobre el mismo argumento.

«La primera novela que yo lea, me dijiste, ha de ser escrita por Vd.»

Ahí la tienes: a ti te la dedico, amada mía, acógela, no como una invención de mi imaginación sino como un hecho verdadero.

Acuérdate, Elena mía, que leyendo ambas este patético episodio de la Historia Americana, nuestros corazones se han conmovido vivamente, y lágrimas de compasión y de ternura han corrido por nuestras mejillas.

¡Pobre Lucía! Después de más de tres siglos y medio, la lectura de tus desgracias en estas mismas comarcas donde fue consumado tu martirio, hacen derramar lágrimas a todos cuantos las leen, y, ¡cosa singular! Dos mujeres también de estas mismas regiones, sin tratarse, sin comunicarse sus ideas, herida en lo más vivo su imaginación por tus desgracias, toman tan tierno y doloroso argumento para basar cada una su novela, cuya lectura conmoverá los corazones menos sensibles.

Sabes tú, Elena mía, ¿dónde yo he escrito mi novela?

Bajo del magnífico Bacará, que está a un costado del jardín, hacia a la izquierda, frente a las ventanas del salonsito de estudio; el que tú y Rosalía decían, era mi árbol, pues siempre que se me buscaba, me encontraban allí.

Sí, allí, bajo la divina influencia de una naturaleza dulce y melancólica, a la vista de ese mismo río que surcarán un día las naves españolas ha más de trescientos sesenta años; mi imaginación me trasportara, a la cercana costa del Paraná, donde la flota de Gaboto desembarcara su expedición atrevida.

En mi fantástico trasporte, yo veía al astrónomo veneciano lleno de inmarcesible gloria por haber arribado a la deseada playa, y también a todos aquellos hombres resplandecientes con sus armaduras orgullosas, los más de ellos por haber peleado bajo las órdenes del gran capitán, y llenos de un sublime entusiasmo al emprender la conquista de un nuevo mundo.

Yo veía, ya al valiente gobernador don Nuño de Lara, a quien Gaboto había encomendado el gobierno de la colonia, a su partida a España, impartir órdenes, y con su talento, prudencia y urbanidad, guardar buena armonía entre los Españoles y Timbúes.

Ya al valeroso Sebastián Hurtado pasearse por la fortaleza de Santi-Espíritu, acompañado de Pérez de Vargas, Oviedo y Rodríguez Mosquera, conferenciando sobre su gigantesco plan de llevar adelante la conquista.

Y después, hacia un lado, en un baluarte de la misma fortaleza, vuelta al oriente, a la hermosa y simpática Lucía, en dulces y sabrosas pláticas con el cacique Mangora, contrastando maravillosamente su vestido a la europea, con el singular traje del salvaje.

Por uno y otro lado las habitaciones de los españoles, unas construidas, otras acabándose de construir, y todos ocupados en proporcionarse las comodidades de los pueblos civilizados; y a los indios con sus vistosos plumajes, bajar por las laderas y colinas, esparcirse por los valles, bogar en sus canoas, doblar los pequeños cabos, y perderse en los recodos de la costa.

Si, si, yo veía todo con el fuego de mi ardiente imaginación; pero no te quiero decir, que veía también el desenlace sangriento de ese dulce drama de la vida, cuya felicidad y ventura debía destrozar el crimen más horrendo.

Mi historia te lo dirá.

¡Cuántas veces al leer los episodios que acababa de escribir, me sentía bañada en lágrimas, caer estas sobre el papel y borrar los caracteres!

¡Cuántas otras, he sacudido mi cabeza abrasada por el calor del estío, y entorpecida por el cúmulo de reflexiones que la abrumaban, apartar el espeso ramaje del Bacará para respirar la fresca brisa de la tarde!

Sí, mi Elena, mi corazón siempre en armonía con los que sufren, y mis lágrimas prontas a mezclarse con los que lloran, no puede menos de conmoverse el uno, y vertirse abundantes las otras al contemplar aún las pasadas desgracias.

Muchas veces tu voz querida, me arrancaba de mis tristes cavilaciones, -«venga aquí me decías, ¿qué hace ahí tan solita?»

A tu voz tan deliciosa para mí, trataba de componer mi semblante, secaba mis lágrimas, y me sentaba contigo en las gradas de mármol de la galería, frente al río, teniendo delante de nosotros el jardín.

Tú hacías tu crochet, mirabas de vez en cuando a la puerta de hierro; yo te miraba; tú adivinabas mi mirada significativa, soltábamos ambas la risa, escondías tu cabeza en mi seno: nos habíamos comprendido.

¡Oh, Elena querida! Que la lectura de las desgracias de mi Lucía, no altere en nada la alegría de tu corazón; de ese corazón tierno, noble y generoso, que yo tan perfectamente conozco.

Adiós, dulce amiga mía, acepta este obsequio de mi amistad, y estad firmemente persuadida, que después de tus padres, nadie te ama con un amor más leal y desinteresado, que tu mejor amiga.

Rosa Guerra

Capítulo 1. El fuerte Espíritu Santo

Hacia el año 1527, una colonia española poblaba el fuerte Espíritu. Santo, construido por Sebastián Gaboto en la boca del río Carcarañá, a los 32o 25' 12" de latitud al poniente del Paraná.

Era Sebastián Gaboto uno de los más célebres astrónomos venecianos; hombre de distinguido mérito, genio emprendedor y valor arrojado; el que cambió el nombre del río de Solís que le diera su ilustre descubridor, por el de Río de la Plata.

Pretensiones de gran valía y ambición habían llevado a Gaboto a España, en donde sus émulos intrigaron de modo, que, aunque la corte le concedió el título de Capitán General del Río de la Plata, al mismo tiempo le negó por real orden, volver a su destino. Gobernaba a la sazón el fuerte Espíritu Santo, Nuño de Lara, hombre de sobresalientes talentos, probidad, prudencia y valor a toda prueba.

Su ejemplo quitaba a los soldados toda ocasión de desmandarse con sus vecinos los Timbúes, gente mansa, dócil, accesible a la amistad, y sensible al dulce placer de la vida.

Mangora, cacique de los Timbúes, a pesar de ser bárbaro, reunía en su persona toda la arrogancia de su raza, las bellas prendas de un caballero, y su corazón educado, y cultivado su espíritu por el trato de los españoles, había adquirido casi todas sus caballerescas maneras y fino arte de agradar.

Tenía alta talla, y era de fuerte y nerviosa musculatura, sus formas esbeltas: y aunque de color cobrizo como lo son todos los indios, no tenía aplastada la nariz; sus ojos eran chispeantes, y en todo su continente se conocía era dominado por pasiones fuertes y tiernas a la vez. Mejor dicho, era Mangora uno de esos tipos especiales entre los indios, descriptos por el célebre Hercilla en su Araucana.

La historia nada dice de sus antepasados y es por eso que no podemos extendernos más sobre el cacique, pues que los indios no tenían crónicas, y aventurarnos a suposiciones, sería exponernos a pasar por poco verídicos.

Capítulo 2. Lucía Miranda

Había entre los españoles una dama de extremada hermosura, llamada Lucía Miranda, mujer del valeroso Sebastián Hurtado.

Era la Miranda, no una de esas heroínas pertenecientes a todos los poetas y novelistas, herencia común de cuantos plagian la belleza, molde donde todo el que escribe novelas, o hace versos, vacía sus divinidades.

No tenía quince años, ni labios de coral, ni dientes de perlas, ni ojos color de cielo, ni cabellos de ángel, ni sus divinos ojos estaban siempre contemplando el firmamento, ni menos se alimentaba de suspiros y lágrimas.

Lucía Miranda era más bien una de las mujeres de Balzac, en todo el brillo y fuerza de la edad, en toda la plenitud de la hermosura, en toda la elegancia de las formas.

No tenía la edad de las heroínas favoritas de los poetas, no era una niña Lucía, tenía treinta años.

Era el verdadero tipo español, hermosa como la primera mujer que Dios diera por compañera al hombre, esbelta como el más bello árbol del paraíso, seductora como nuestra amorosa madre Eva.

Puede ser fuera sevillana, pues que Gaboto concertó la expedición con unos comerciantes de Sevilla, pero yo me inclino más a creer fuera gaditana, mujeres cuya gracia y hermosura, no tienen rival en el mundo.

Su estatura era lo que se llama regular, y sus formas tan proporcionadas, que sus brazos habrían podido servir de modelo al más hábil escultor. Su pie diminuto como generalmente lo tienen las andaluzas, y su talle tan flexible y delicado, que bien podía hacer su cintura de una liga, como dice Eugenio Sué.

Su tez de un moreno pálido, había adquirido ese tinte sonrosado que tiñe suavemente las mejillas de las mujeres, cuando viven cerca de los trópicos, en los países meridionales.

Los ojos grandes, rasgados y aterciopelados, sombreados por largas y crespas pestañas, radiaban de amor y felicidad.

Su rostro ovalado, y en toda su morbidez, era adornado con largas trenzas de cabellos más negros que el ébano, recogidas con gracia y sencillez, sobre su bellísima cabeza, conforme al uso de aquel tiempo. Era su garganta de alabastro, ondulosa, y sus lindísimos hombros perdían casi su redondez, deslizándose en sus contorneados brazos perfectamente armonizados con su regularmente abultado seno, donde azulaban las trasparentes venas, y lo bien formadas de sus blanquísimas espaldas.

Sus cejas graciosamente arqueadas, remataban en sus sienes de raso, completando todo este hermoso, a la par que gracioso conjunto, una boca que sin ser pequeña era perfecta y voluptuosa, y una nariz fina, un poco elevada, sin que por eso perdiera su rectitud y perfección.

Un imperceptible y finísimo bello, cubría sus frescas mejillas, haciéndolas aparecer aterciopeladas.

Era un verdadero conjunto de gracia, de hermosura y de belleza, era lo que se llama una mujer irresistible.

No era linda ni blanquísima en la extensión de la palabra, ni tenía color de rosa, pero simpática e interesante: una mujer que no se podía mirar sin amar.

Su andar, su hablar, el menor de sus movimientos, sus miradas tiernas y expresivas a la vez, atraían todos los corazones, tanto españoles como indios. Tanta bondad y afabilidad había contribuido en gran manera a atraer a la colonia Espíritu Santo la buena fe y amistad de los Timbúes.

Su cacique frecuentaba, con gran gusto la sociedad de los españoles, se extasiaba oyendo hablar a Lucía de España, de las costumbres de los europeos, de su religión y modo de vivir en sociedad con los demás hombres, abriendo el comercio con los otros pueblos por medio de la industria y el cambio de sus manufacturas.

Aprendía su idioma, tomaba sus maneras, y como era joven, hermoso y amigo de instruirse, Lucía y Sebastián habían tomado a su cargo esta voluntaria tarea.

Amaban al cacique como a un hermano, y pensaban ambos esposos completar su obra casándolo con una joven española.

Para atraerle a este propósito, Lucía con un candor y gracia especial, hacía una bella pintura al cacique del amor conyugal, de los tiernos lazos que unen a dos esposos que ligados al pie de los altares, juran amarse siempre. De los deberes de las mujeres europeas para con sus maridos, y del amor noble y caballerezco de estos para con sus esposas.

El indio la escuchaba silencioso, y sin percibirlo Lucía, iba encendiendo una llama en el apasionado corazón del cacique, llama que fue causa de tan espantosos infortunios tanto para los tiernos y amorosos esposos, como también para toda la colonia.

Fue imposible a Mangora seguir contemplando tantos encantos y seducciones, sin quedar locamente enamorado de Lucía.

El cacique amaba en secreto a la española, y ella sin sospechar siquiera en la pasión que había inspirado al indio, seguía amistosa y complaciente con él.

Así habían pasado cerca de dos años, el cacique se había vuelto concentrado, triste y meditabundo; y parecía poner gran en no hallarse a solas con la española.

Lucía, le dijo un día, con una ternura verdaderamente fraternal:

-Hermano, ¿por qué estas triste? ¿por qué huyes de la sociedad de tus amigos? tú sabes que Sebastián y yo te amamos, ¿por qué no vienes como antes a pasar los días con nosotros? ¿por qué no te haces cristiano?

Mangora, -continuó la española más animada, al ver la atención expresiva con que la escuchaba el indio-, tú conoces bien la religión del crucificado, yo te la he enseñado, sólo falta que un sacerdote te eche el agua del bautismo; dime, prosiguió con un acento más dulce y persuasivo, ¿cuándo quieres serlo?

-Cristiana, contestó el infiel fijando en Lucía una mirada larga y apasionada, ¿me amarás más tomando a tu Dios por mi Dios, y a tus hermanos por hermanos míos?

-Ya te lo he dicho Mangora, hazte cristiano, unámonos por una misma creencia, toma por esposa a una española, y viviremos felices como hermanos, formando una sola familia.

-Pero esa española no serás tú, cristiana, contestó el indio animándose sus cobrizas facciones de todo el fuego de la más concentrada pasión. Yo sólo tomaría por mujer a ti, Lucía, y sus chispeantes miradas abrasaban a la joven esposa de Sebastián.

La bondadosa Lucía comprendió entonces a su pesar la infortunada pasión que había tenido la desgracia de inspirar al cacique, y este triste descubrimiento llenó su corazón del más acervo pesar, pues que estas palabras dichas con tanta resolución y firmeza, demostraban tal vez una determinación tomada después de largos combates y deliberaciones.

-Eso no puede ser, Mangora, dijo Lucía conservando con gran esfuerzo una serenidad que estaba muy lejos de tener, y tratando con refinada urbanidad de que el indio no conociese que ella había comprendido toda la fuerza de su pasión. Yo soy, como tú sabes, esposa de otro hombre, yo no puedo amar más que a Sebastián; mi Dios y mi deber me lo prohíben, así es imposible lo que tú me propones. Creedme Mangora, yo te amo como a un hermano, y mi esposo te ama lo mismo…

-¡No lo nombres por tu Dios! dijo el cacique interrumpiendo a la española con un arranque apasionado. ¡No lo nombres! Yo aborrezco a tu marido.

Esto diciendo echó una mirada aterradora sobre la infeliz Lucía; su frente despejada hasta entonces de todo pensamiento que llevara el sello de la infamia, se cubrió de una sombría tristeza, sus labios se contrajeron y dejaron escapar palabras salvajes que no entendió Lucía.

Desde ese día el salvaje evitó cuidadosamente volver a la fortaleza.

La esposa de Sebastián estaba triste y afligida, las lágrimas corrían por sus mejillas descoloridas y caían sobre el corazón de su marido sin querer decirle la causa.

Capítulo 3. Sebastián Hurtado

Era Sebastián Hurtado el amante esposo de Lucía. Su amor había crecido desde niños, y cuando Gaboto arregló su expedición para América, Hurtado y Lucía hacía un mes eran casados. Invitado Sebastián por el atrevido veneciano a tomar parte en la empresa al Nuevo Mundo, consultó con Lucía. La enamorada esposa no tenía otra voluntad que la de su marido, y ambos se embarcaron en la flota, formando parte desde aquel momento como se ha visto por la sencilla relación de esta historia, de los poseedores del Fuerte Espíritu Santo.

Era Hurtado uno de los más cumplidos caballeros españoles. Alto, garboso, y bien proporcionado. Su tez algo morena, pero de ese moreno limpio y lleno de vigor que se adquiere en la vida de soldado, y casi aventurera de aquellos tiempos; pues al nombre de América, junto con el deseo de adquirir fama, la mayor parte de los pobladores del Río de la Plata, como lo aseguran los más verídicos historiadores, fueron hijos de principales familias, hombres de nobles casas, hidalgos, caballeros y comendadores, que con el deseo de alcanzar renombre, se lanzaban a los mayores peligros.

Sus cabellos eran negros y ensortijados, y sus sedosos y retorcidos bigotes, si daban a su fisonomía, todo el aire y la rudeza de un soldado, su mirada tierna, larga y apasionada, suavizaba un tanto su natural fiereza. Tenía un rostro verdaderamente varonil, nada de afeminado ni risueño; nada de esas palabras melozas, y empalagozas, que tanto contrastan con el serio uniforme del soldado. Sus ojos grandes y rasgados, eran de un pardo oscuro, la nariz un poco aguileña, la boca grande, pero perfecta.

Sus labios no tenían nada de finos, pero eran frescos, y de un carmín subido, y sus bigotes graciosamente retorcidos sobre la parte superior de la boca, dejaban ver toda la perfección de sus labios. La frente bastante blanca por el continuo uso de llevar cubierta la cabeza, contrastaba con todo el resto de sus facciones, quemadas por la intemperie de las estaciones, el rigor y crudeza del tiempo.

Algunos cabellos graciosamente ensortijados caían sobre ella, que él gustoso dejaba, porque Lucía se entretenía en acariciar con sus finos y preciosos dedos.

Vestía el traje militar, que tan bien sienta a los españoles, y sus grandes hazañas lo habían adquirido entre sus compañeros de armas el nombre de valiente.

Lucía era entusiasta por su marido, y a la verdad, los dos jóvenes esposos parecían formados el uno para el otro.

Cuando, se les veía, a los dos juntos, no se podía menos que admirarlos.

Era una pareja preciosa: El verdadero tipo de hermosura y belleza en la mujer, el garbo y gentileza en el hombre. Nunca amantes más felices, llegaron al pié de los altares.

Todo el tiempo que precedió antes de su casamiento, no tenía que arrepentírse Sebastián de haber dado el más mínimo pesar a Lucía, una lágrima no había corrido de sus ojos por su causa; y Lucía por su parte nunca había dado el más pequeño motivo de celos a su amante.

¡Oh criaturas felices y bienaventuradas! Gozad de vuestra incomparable dicha, antes que el demonio desenfrenado de las malas pasiones, salga del abismo y venga a sumergiros en el más horrible de los infortunios!

¡Pobre Lucía! Dejaste tus risueñas campiñas de Andalucía, las alegres y juguetonas aguas del Guadalquivir; tu cielo tan puro y sereno como el de estas preciosas comarcas; su temperatura deliciosa, una madre amorosa y familia, tierna que os amaba, sólo por seguir a un hombre; pero ese hombre era el esposo y el amado de tu corazón, y no vacilaste un momento en acompañarle y seguirle en sus peligros.

¡Oh verdadero corazón de mujer! Tu abnegación es digna del hombre que has elegido, no serás tú, la sola víctima! Tu esposo te acompañará en tu desgracia, juntos seguiréis la misma suerte, un mismo golpe os derribará a ambos.

Capítulo 4. Partida de Hurtado

Debía salir Hurtado con algunos de los suyos para proporcionarse víveres, pues que la colonia carecía de ellos. Hacía días que después de lo acaecido entre Lucía y Mangora, la esposa estaba pensativa, y el enamorado joven hiciera cargos a su amada por su reserva y abatimiento.

-¿Qué tienes Lucía? -la decía estrechándola amorosamente contra su corazón en el momento de la partida.

¡Qué pena martiriza tu espíritu! No estás contenta al lado de tu Sebastián?

¿Echas menos tu patria, los cariños de tu madre, el amor de tu familia?

¿Dime, Lucía mía, estás quejosa de mí?

Mis brazos no te estrechan con la misma ternura que antes, no sientes latir mi corazón con la misma vehemencia al lado del tuyo, mis besos te parecen menos ardientes?

¿Por qué lloras?

Lucía estaba bañada en lágrimas, nada decía, nada respondía, pero se abandonaba amorosamente en los brazos de su esposo, fijaba en él sus grandes ojos negros, y sus ardientes pupilas parecían decirle que su separación iba a ser eterna.

Hurtado desesperado al ver señales tan marcadas de un intenso dolor en la mujer que adoraba, la estrechaba más fuertemente contra su pecho, y besaba con trasportes, su frente, sus mejillas, y sus labios.

Lucía apasionada, le devolvía caricias, por caricias, bañaba con su llanto el rostro conmovido del soldado, él bebía sus lágrimas, y cualquiera al verlos en tan dolorosa despedida, habría dicho que se preparaban para una larga y peligrosa ausencia.

Tres veces se arrancó él de sus brazos, y otras tres ambos se precipitaron en brazos uno del otro, hasta que, dejando a Lucía desmayada en poder de sus criadas, partió el desesperado joven adonde su deber lo llamaba.

Vuelta en sí Lucía de su desmayo, deploró con amargo y copioso llanto, su suerte, que sin saber por qué, presentía iba a ser muy desgraciada.

Capítulo 5. El Paraná

¡Qué bellas y espumosas son las plácidas corrientes que bañan las riberas de este soberbio y caudaloso río! Majestosos los bosques que sombrean sus márgenes, magníficos los árboles que bordan su costa.

El ambiente que se respira es puro, y perfumado, en un país cuya vegetación permanente de plantas olorosas, no sigue, como en otros, el curso ordinario de las estaciones.

En lugar del pasto que comúnmente tapiza los campos, se ve allí crecer a discreción, yerbas olorosas y cubrirla superficie de la tierra.

Margaritas de todos colores, diversidad de floresitas de los más lindos y variados gustos, esmaltar el sésped.

El aromo, la flor de narango, el paraíso, la acacia de los jardines, la rosa, el jazmín, la diamela, en fin, todas cuantas fragantes flores existen en el mundo, y necesitan la mano del hombre, y del hombre cultivador para vivir y producir, tienen vida, animación, procreación, en aquel vergel delicioso, sin más cuidado que el riego natural y permanente de sus correntosos ríos, la pureza del clima, y suaves y vivificadores rayos de un sol meridional.

Multitud de flores parasitas se encaraman en los espinosos árboles, entre ellas, el perfumado y delicado clavel del aire.

¡Qué cuidado especial parece haber tomado la naturaleza para producir tan exquisita y delicada flor! Ella presenta su cáliz de alabastro, y convida con sus ricos néctares al pica-flor, para que venga a beberlo en su corola.

La margen derecha del Paraná donde estaba levantada la fortaleza, era un verdadero edén.

Fuentes naturales brotan de la tierra y refrescan los bosques, cristalinos arroyos serpean por los montes de limoneros y naranjos, y dan savia a sus raíces; brazos de ríos en caprichosas ramificaciones se dilatan por los valles; pájaros de vistosos plumajes, y preciosas avesitas de melancólicos cantos son los habitantes de los bosques.

El Paraná es el más rico jardín del mundo, sus fértiles y productivas islas, se puede decir con verdad, forman un archipiélago en este soberbio y caudaloso mar de agua dulce.

El hábil botánico, que tiene la paciencia de estudiar el origen de las plantas, y conocer las razas por sus petalos, debe estudiar allí una ciencia oculta hábilmente por la mano de la Providencia en los secretos de la naturaleza.

El terreno naturalmente quebrado y caprichoso hace que la vista se dilate y pierda en sus engalanadas colinas, subiendo y bajando la falda de los montes, y plácidamente posándose fatigada en sus deliciosos valles.

Como a dos leguas de la costa, tenían los indios sus habitaciones, fabricadas de fuertes troncos, de árboles, cubiertos con pieles de los animales que cazaban en la selva, y anchas hojas de palmeras.

Estas chozas esparcidas sin orden en los valles, y sobre las preciosas colinas, ocupaban una inmensidad de terreno, pues que el cacique era señor de un crecido número de vasallos.

Colocada una persona en un lugar céntrico desde donde se pudiera observar los habitantes de la costa, y los de las selvas, sería curioso ver, la diferencia y contraste que ofrecieran las habitaciones y modo de vivir del hombre civilizado de las ciudades, con la del inculto salvaje, habitante de los bosques.

Algunas canoas bogaban por la orilla de la costa; los indios con sus vistosos plumajes habían dejado de ser ya un objeto de curiosidad para los españoles, desde que, hacía dos años vivían casi en contacto con ellos.

Era la caída de la tarde, la playa estaba desierta, y Lucía después de la dolorosa partida de Sebastián, los cabellos mal recogidos a causa de su pena, sin ningún aliño en su vestido, y bañada en lágrimas, contemplaba silenciosa desde el pié del árbol donde se hallaba sentada, la inmensidad del océano, la soledad de la costa, la no muy fuerte fortaleza de los españoles, su poco número para habérselas tal vez con los salvajes, si según las palabras de Mangora se volvían enemigos. Después, volviendo los ojos hacia el poniente, miraba las inmensas poblaciones de los indios que se extendían a lo lejos.

El panorama que se ofrecía, a su vista era encantador.

Detrás de los valles, colinas y montes, se veía un horizonte de oro, diamantes y rubíes; ¡un horizonte! Cómo no es posible a la más hábil pluma ni pincel, describir jamás.

Hay ciertas cosas que el Supremo hacedor se reserva solo para sí, y deja burladas las atrevidas pretensiones de la criatura.

El sol que se ponía, despedía sus últimos rayos pero unos rayos de purísimo oro, y esmaltados de las piedras más preciosas.

Por encima de los altísimos montes, entre el espeso follaje, y bajo los festones que formaran con sus flexibles ramas los más corpulentos árboles, penetraban esos rayos en tibiados por las frescas brisas de la tarde, y se traslucía ese horizonte de tan maravillosa combinación de colores.

Lucía estaba extasiada: solo en aquel día de angustias, en aquella tarde de tristes y amargas reflexiones, su espíritu meditabundo en aquel momento contemplaba detenidamente tan maravillosa perspectiva; tan cierto es que los corazones felices y contentos, poco se prestan a la meditación. Sumamente abatida, pensaba en las últimas palabras del salvaje.

«No nombres a tu marido, porque yo lo odio.» ¡Oh! ¡Qué desgracia tan grande para ella encerraban estas palabras del apasionado indio! ¿Cuál sería su suerte… ?

¿Qué desventura la esperaba en aquellas, lejanas comarcas?

El odio de un cacique, y de un cacique enamorado, no podía ser mirado con indiferencia por Lucía.

Temblaba y con muchísima razón por la vida de Sebastián. Gruesas lágrimas se desprendían de sus hermosos ojos, lagrimas del más puro amor vertidas con justísima razón por el esposo que adoraba.

Al ponerse el sol, el tiempo se había descompuesto, soplaba fuerte el sudeste, la playa estaba aun más desierta que de ordinario, las embravecidas olas se levantaban como montes, y empujadas unas por otras, venían a estrellarse en el barranco de la costa.

En otras ocasiones, Lucía feliz, sentada en una peña al lado de Sebastián, se divertía enjugar con la onda fugitiva, que avanzando y retirándose alternativamente, dejaba engañada su mano en un juego eterno, quedando sólo sobre la playa, una franja de blanquísima espuma.

En las noches de verano pasaban horas enteras contemplando la claridad de la luna, y aquel movimiento de las aguas que se llama mar.

De tiempo, en tiempo, se veía cruzar una canoa por la cristalina corriente, y perderse en los recodos de la costa.

La tarde se había puesto triste y sombría, lo estaba aún más el corazón de la española.

Sentada al pie del árbol en que la hemos visto, miraba con dolorosa angustia el cielo, y pedía consuelo a la amorosa madre de los afligidos.

Su corazón fiel, la presentia una gran desgracia, y sobrecogida de tan funesta idea se arrodillara, y con las manos puestas y suplicantes, sus cabellos desordenados por la violencia del viento flotando a discreción así como su finísimo vestido más blanco que la nieve, estaba encantadora.

Sus ojos bellísimos estaban empañados de lágrimas, su hermoso rostro había perdido en fuerza del horrible pesar que le agobiara, ese tinte sonrosado de gracia y lozanía que tanto la embellecía en sus días de ventura, y en su lugar, lo había sustituido el blanco pálido de la perla.

En su dolor, Lucía estaba celestial.

¿Era una de las huríes del serrallo de Mahoma?

No, era una de las vírgenes de Rafael. Sus labios no se movían, no articulaba una palabra; pero sus incomparables ojos elevados al cielo, su actitud humilde y suplicante y agitadas emociones de su seno, decían más que las más fervientes oraciones; oraba en secreto.

En su arrobamiento no había reparado en el indio, que, silencioso, y cruzado de brazos, la contemplara a unos cuantos pasos de ella. El cacique lanzó un gemido, Lucía volvió la cabeza, y se encontró frente a frente con el bárbaro. Dio un grito, y cayó medio desmayada al pié del árbol.

No era sin motivo el espanto de Lucía; el cacique estaba cadavérico, el color cobrizo y bronceado del indio, había cambiado en azafranado.

Sus grandes ojos estaban hundidos; pero por eso mismo eran aún más chispeantes de la pasión que los dominaba.

Había enflaquecido notablemente: no obstante, su atlético y hermoso cuerpo conservaba toda su elegancia, que realzaba aún más el vistoso plumaje que adornaba su persona, y una especie de diadema cubierta de piezas de oro primorosamente cinceladas, y piedras preciosas que ceñía su frente.

Con paso lento y mesurado se acercó a la española.

-Cristiana, -la dijo, con un acento entre triste e irónico-, ¿me tienes miedo… ?

¿Por qué has dado un grito cuando me has visto… ?

¿Me aborreces… ?

¿No soy ya tu hermano… ?

¿Qué hacías de rodillas… ?

¿A quién rogabas… ?

¿A tu Dios… ?

Le has pedido enternezca tu corazón por el pobre Mangora… ?

Ya lo ves como me ha puesto tu indiferencia… ¡soy apenas la sombra de lo que era!

-Yo no te aborrezco, hermano, contestó con suave acento la Miranda, y no te engañas cuando me preguntabas si rogaba a Dios por ti. Por ti rogaba, mi buen hermano, para que mi Dios te aparte del mal camino que llevas, y que tanto mal te hace a ti y a mí, queriendo que falte a mis deberes y juramentos, amándote en mengua, de mi honor, y del de mi esposo… Mangora, eso es imposible…

-¿Por qué es imposible… ? -repuso el cacique.

¿Y si no me amabas, por qué me adormecías con las dulces palabras de tus labios, que destilan más miel que los panales de nuestras colmenas… ?

¿Si no me amabas porqué me mirabas con esos ojos que me hacen entrever los cielos, y el Dios que tú adoras… ?

¿No veías que tus palabras me hechizaban, que tus miradas hacían arder mi corazón en vivas llamas del más intenso amor, y que me quitaban, el reposo… ?

No conocías que la relación que me hacías de tu felicidad al lado del hombre que adorabas, hacía latir mis arterias y enloquecer mis sentidos… ?

¿Si no me amabas, por qué me arrullabas como a un niño en el regazo de su madre, con las dulces melodías de tus amorosas canciones… ?

¿Creías que porque era indio no tenía corazón… ?

Mira cristiana; yo también te adoro de rodillas como poco antes adorabas a tu Dios.

Y esto diciendo, se arrodilló a los pies de la española.

-Yo también te suplico, te invoco, cristiana, y te ruego que me ames.

Al concluir estas palabras, asió una de las blancas y frías manos de Lucía, y la estrechó con un movimiento convulsivo.

Lucía se había propuesto calmar al cacique, y dejó fríamente su mano entre las suyas.

-Ya lo ves como no te aborresco, Mangora, -contestó Lucía-; te amo siempre como a hermano, y si tú quieres como ya te lo he propuesto otras veces, te casarás con una joven española, que te amará, y te hará feliz como tú mereces y deseas.

-¡Oh! Tú no tienes compasión del pobre indio… ! Tú no me amas cuando me ofreces otra mujer, Lucía… ?

¡Yo te amo a ti sola… ! -continuó con frenesí. ¡Yo quiero que seas tú, la mujer del cacique… !

Esta tribu y muchas otras me pertenecen. Soy dueño de inmensas riquezas que pondré a tus pies; toda esta comarca es mi patrimonio, veinte mil indios tengo por vasallos; todo, todo es tuyo Lucía si me tomas por esposo.

Ven, hermosa mía, si tienes miedo de Sebastián nos ocultaremos en lo más espeso de la selva, ¡y nadie! ¡nadie! Te arrancará de los brazos de Mangora… !

¡Te adoraré como a mi Dios… ! ¡Besaré la tierra que tú pises… ! ¡Mis vasallos te servirán de rodillas, y tendrás mil esclavos para tu servicio… !

Cuando quieras visitar nuestros bosques, te llevaré en mis brazos; si el calor te fatiga, apagaré tu sed con las cristalinas aguas de la fuente, te formaré una cabaña de ramas, y de flores, a la sombra de nuestras palmeras, te posaré sobre mis rodillas, tu cabeza descansará sobre el pecho de Mangora, y yo beberé la felicidad de tus labios.

Lo oyes Lucía, desde hoy quiero que me sigas; deja ese soberbio español, y ven a traer la dicha y la alegría a la choza del cacique.

-Tú, estás malo hermano, tu cabeza tiene calentura, y por eso te expresas así. Yo no puedo seguirte, Mangora, yo tengo a mi marido Sebastián a quien pertenezco, yo no amo ni amaré a otro hombre más que a mi esposo, y sin ser perjura no podría separarme de él. Yo te amaré como hasta aquí, es decir, como un hermano, como un amigo, al fin tú conocerás que tu amor es imposible, te calmarás y viviremos en armonía, siendo como siempre buenos amigos.

-Cristiana, ¡tú te burlas de mis sufrimientos… ! ¿Sabes cómo hace cerca de un año paso yo las noches? ¡En el desvelo y el insomnio… !

¡Tu sombra me persigue… ! ¡Tu sonrisa me atrae… ! ¡Tus miradas me llaman… ! ¡Tus palabras resuenan en mis oídos como el más melodioso de los cantos… !

¡Te tiendo los brazos… ! ¡Quiero estrecharte contra mi pecho… ! ¡Prodigarte y recibir tus caricias… ! ¡Pero esto no es más que un sueño, Lucía… ! ¡Un delirio de mi imaginación… ! ¡Y cuando me despierto conozco mi soledad y mi infortunio… !

¡A media noche, dejo mi estera solitaria y salgo a vagar por la desierta costa… ! ¡Llego hasta tu habitación… ! ¡Más de una vez en el frenesí de mi amor, en el parasismo de mi pasión, he creído oír palabras de ternura… ! ¡Recíprocas caricias… ! ¡Y en mi desesperación, he querido derribar tu puerta, y arrancarte de los brazos del castellano… !

¡Lo oyes, Lucía… ! ¡Es preciso que dejes a ese hombre… ! ¡Yo lo quiero, porque si no le mataré… !

-No hables así Mangora, -repuso Lucía-; tú tienes un buen corazón, eres de noble raza, y no puedes ser un asesino. Si tú matas a Sebastián, yo también te aborreceré.

-Nada me digas, cristiana; hace un año lucho con esta frenética pasión, y al fin he resuelto que seas mía; yo no puedo vivir sin ti.

Lucía comprendió en medio de su dolor, que era imposible luchar con la fuerte pasión del cacique, trató de disimular engañándole para tomarse tiempo y dar lugar a que volviese su marido, decirle cuanto había ocurrido con el indio, a ver si secretamente podían dejar la costa y volverse a España.

-Dadme, le dijo con una voz suave y cariñosa, unos días para resolverme, y pensar si debo seguirte. Deja esos arrebatos, toma mi mano y jurame que no matarás a Sebastián.

-Jura tú también que amaras a Mangora.

-Lo juro, respondió la española.

En esto no mentía; ella le amaba como un hermano, y sentía que una pasión desordenada le llevase a cometer quizá algún horrible crimen.

-Te juro también Lucía, contestó el cacique, no matar al castellano, e inclinándose arrodillado como estaba besó los pies de la española.

Un rayo de esperanza brilló en las amortiguadas facciones del salvaje; su mirada fija y penetrante se dilató en los ojos aterciopelados de la cristiana. Lucía temblaba de terror, el indio estaba radiante, su rostro se había animado, su color amarillento se había encendido de un subido carmín.

Después, sentándose a los pies de la cristiana, tomó apasionadamente sus dos manos, y lleno de respeto las llevó a sus labios.

Lucía acongojada temía haberse comprometido demasiado.

-Cristiana, siguió diciendo el indio, -sin reparar en su angustia-; ¡qué hermosa eres… ! ¡Qué feliz soy aquí, a tus pies… ! ¿Porque tiemblas… ? Deja que descanse mi cabeza abrasada sobre tus rodillas y adorméceme con la melodía de tus cantos.

Y reposaba su cabeza sobre las temblorosas rodillas de Lucía.

-¡He sufrido tanto… ! ¿Me amas, hermosa cristiana… ? Mira como late mi corazón de amor… pon tu mano sobre mi abrasada frente… Y llevaba la helada mano de la esposa de Hurtado, sobre su volcánico corazón, y calenturienta frente. -¡Mírame… ! ¡Mírame… ! -continuaba, con esos ojos celestiales-. ¡Qué dichosos vamos a ser… ! ¿No es verdad, Lucía… ?

Te haré traer joyas preciosas de tu país para adornarte, pedirás a tu gusto las más costosas galas, y llamarás las mujeres y los hombres de tu España para formarte una corte donde tú serás la soberana, y el más humilde vasallo, tu enamorado Mangora.

Si quieres un palacio haré venir de tu tierra donde nace el sol, los hombres sabios para construirlo con el oro que está guardado en el corazón de esta tierra, que es mía, y que desde este momento tú sola eres la dueña.

¡Lucía! ¡Lucía! tú me acariciarás como a un niño, mi cabeza se adormirá en tu seno, mis párpados se cerrarán a tus palabras de amor, y yo quedaré aletargado en tus brazos.

¡Cristiana! ¡Cristiana! El cielo de tu Dios se abre para el pobre indio, yo adoraré lo que tú adores, creeré lo que tú creas, y sea al cielo, o al infierno donde tú me lleves, iré contigo.

En ese momento el cacique era tan feliz, su actitud tan humilde, su acento tan tierno y apasionado, que era preciso que Lucía estuviera tan enamorada de su marido, y que Sebastián fuera tan tiernamente enamorado de Lucía, para que la virtuosa esposa no faltará a sus juramentos.

Ella sintió haberle engañado hasta ese punto, y deseando cortar una conferencia para ella va bastante embarazosa, le contestó:

-Sí, sí, Mangora, estoy convencida de tu amor, ya hablaremos en adelante de tus proyectos, ahora déjame, que ya es demasiado tarde, y mis gentes vienen a buscarme.

-Dime algunas palabras de amor, Lucía, -le contestó el cacique, dime que me amas, dime que me seguirás, gustosa a mi tierra, que serás mía, la esposa amante de Mangora.

Y al decir estas palabras, el enamorado indio abrazaba las rodillas temblorosas de la española, que puesta de pié, no podía dar un paso aprisionada como lo estaba por los brazos del cacique. Los ojos del indio la miraban de un modo tan tierno, de un amor tan puro, intenso y abrasador, que casi Lucía cayó desmayada; pero haciendo un supremo esfuerzo, se deshizo blandamente de sus brazos, y no quedándole, más recurso para libertarse del apasionado cacique que seguirle engañando, le dijo, poniendo su blanca y delicada mano entre las tostadas del salvaje:

-Sí, sí, Mangora, yo también te amo.

Tranquilizate, amigo mío, y cree que Lucía va a rogar mucho a su Dios por ti.

-Adiós, Mangora-, añadió queriendo desacir su mano de entre las del enamorado cacique, que, arrodillado, y fijas sus pupilas, ardientes y suplicantes en la hermosa española, la contemplaba extasiado.

-¡Adiós Lucía! ¡Adiós cristiana! ¡Adiós la más hermosa de las hijas de los hombres!- contestó el cacique enajenado, llevando respetuosamente a sus labios la mano de Lucía… Por piedad, -añadió-, mírame otra vez con esos ojos celestiales.

Ella le miró, y el indio besó agradecido la tierra que sus pies pisaban. Lucía se alejó y el salvaje, lleno de un santo y religioso arrobamiento, permaneció arrodillado contemplándola hasta que la perdió de vista; después abrazó el tronco del árbol donde Lucía había estado recostada, y besó el lugar donde había descansado su cabeza.

No bien la infortunada esposa se encontró sola en su habitación, cuando prorrumpió en ahogados sollozos.

¿Por qué no estaba su esposo… ? ¿Dilataría mucho Sebastián… ? El indio lleno de amor y de esperanza la obligaría a seguirle… ? Tal vez ella se había avanzado demasiado. ¿Qué hacer… ? ¿Qué partido tomar… ?

¡Pobre Lucía! ¡Cuanta, cuanta desesperación… porque no estaba su marido… ! ¡Quién la salvaría de las persecusiones del bárbaro! Para no recibir las visitas del cacique se fingió enferma, creyendo por este medio tomarse tiempo, y dar lugar a que llegase su esposo.

Se pasaban días, Sebastián no volvía, y el indio asediaba a la española a que le cumpliese la palabra.

La infortunada Lucía no sabía qué hacer para seguir engañando al cacique, desesperada escribió a su marido:

«Esposo mío, mi amado Sebastián.»

«Si quieres conservar a tu Lucía, si me amas, ven a librarme del cacique Mangora.»

Esta carta dada a un fiel servidor, el que [llevaba el preciso encargo de buscar al valeroso Hurtado, y entregarle la carta donde le encontrara, y si era sorprendido por los bárbaros, tragársela antes que cayera en las manos del cacique.

Mangora empezaba a sospechar de las falsas promesas de la cristiana, y vigilaba con sus indios el fuerte de los españoles.

El hombre que enviara Lucía fue tomado por los espías del cacique y conducido a su presencia.

El fiel soldado según las instrucciones de su señora, debía tragarse primero el papel antes que permitir cayese en poder del salvaje; pero habiendo sido boleado su caballo, cayó, y dando su cabeza en el tronco de un árbol, quedó sin sentido. Lo registran, le sacan la carta y lo llevan a la presencia del cacique.

Capítulo 6. Traición

Desesperado Mangora al saber que todo el amor de Lucía no era más que una astucia para dar tiempo a que volviera su marido, juro, devorado por los celos, vengar en los españoles este ultraje, dándoles un ataque nocturno, valiéndose de una emboscada, y apoderarse de la astuta cristiana.

Todas las nobles pasiones del cacique, todo su caballeresco proceder, todo cuanto noble y delicado tiene el hombre, desapareció dominado por esa pasión fulminante e indómita, que se llama amor.

Revolcándose en su estera, daba espantosos alaridos, llamaba a la española con los nombres más cariñosos que había aprendido de Lucía, más después, volviendo de su delirio, la rechazaba, la llenaba de imprecaciones en su lengua indiana, y saliendo despavorido, vagaba como un loco por las selvas.

Para algunos pueblos ha sido una fatalidad la hermosura de una mujer. Una mujer hermosa trajo la desgracia a los griegos. Lucía fue la Elena de los españoles.

Si hubieran de hacerse otras conquistas, se había de prohibir a los expedicionarios por una real orden, llevaran a los países conquistados mujeres hermosas.

Para llevar a cabo el cacique su propósito de venganza, llama a su hermano Siripo, le manifiesta su plan, el cual se reducía a engañar a los de la fortaleza con demostraciones de amistad y cariño.

Siripo, no queriendo tener a los españoles por enemigos, desaprueba el plan de su hermano, y hace todo cuanto puede para disuadirlo de tan odioso intento.

Después de una porfiada disputa en que Siripo manifestó las razones que tenía para oponerse al proyecto de su hermano; por ultimo, a fin de huir la nota de cobarde, la perdición de los españoles menos, de Lucía, quedó entre ambos decretada.

Dos días con sus noches pasara el irritado cacique meditando el plan que fuera más acertado para llevar a cabo su designio, hasta que, sabiendo que la colonia estaba falta de víveres, pues que no se les ocultaba que Sebastián Hurtado, y el capitán Rodríguez Mosquera con cincuenta de los suyos se habían ausentado en comisión de buscarlos, adoptó el partido de generoso disimulado, y en su cabeza quedó ya fijado tan inicuo plan.

La fuerza abierta era inútil contra una raza tan fecunda en héroes.

Una traición era lo único que podía elegir, porque una traición era sólo lo que en esos tiempos temía un español.

Con toda diligencia puso sobre las armas cuatro mil indios, y los dejó emboscados cerca del fuerte, quedando prevenidos de adelantarse al abrigo de la noche.

Capítulo 7. La tormenta

El día había amanecido nebuloso, la tarde lo estaba aún más: se preparaba una horrible tempestad.

Varios nublados oscurecían la atmósfera, soplaba fuerte el Este, una faja negrusca ceñía el inmenso Océano, sobre la cual se veían blanquiscas y cenicientas nubes de formas fantásticas, semejantes a horribles dragones, a soberbios elefantes, a espantosos caballos marinos, precedidos de uno aún más imponente todavía que parecía haber toma do la forma del ángel del último juicio con su atronadora trompeta. Al parecer toda esta soberbia cohorte, despedía centellantes y luminosos fuegos, efecto sorprendente, producido por los relámpagos que de vez en cuando iluminaban el lejano horizonte que se perdía en la inmensidad de los mares.

Del lado del poniente no era menos aterrador el espectáculo.

El sol se había puesto entre celajes, horribles nubarrones en forma de grandes montañas, de magníficos volcanes despidiendo a chorros su abrasadora lava, de góticos castillos de una antigua y exquisita arquitectura, de palacios encantados formados de granitos y adornados de topacios, rubíes, y esmeraldas, bordados todos sus contornos con dorados filetes, y reflejando resplandecientes fuegos, efecto sorprendente, producido también por los relámpagos que de vez en cuando iluminaban el lejano horizonte, que se perdía en la inmensidad de la tierra.

A cada relámpago precedido de un trueno lejano que parecía retumbar en profundidades cavernosas, se les veía avanzar como dos formidables ejércitos, o como montes y ciudades que intentan por el aire atravesar el espacio.

¿Qué iba a suceder en la tierra si tan formidables cuerpos llegaban a encontrarse? Su choque debía producir un espantoso cataclismo. ¿Que presagiaban esos monstruos en los aires? No somos fantásticos ni ilusos, pero algo de terrible y extraordinario para la humanidad iba a suceder a los pobres moradores de la costa.

Nunca se había preparado, ni había sido vista por los habitantes de la colonia tan espantosa tempestad, que debía estallar según todas las probabilidades atmosféricas, antes, o después de la media noche.

El hambre que ya se hacía sentir en la colonia a causa de la falta de víveres, la tempestad que se preparaba junto con la demora de Hurtado que no sabían a qué atribuir, presagiaba a la población del fuerte Espíritu Santo una desgracia que ellos mismos no se sabían explicar.

Mangora entre tanto, seguido de treinta soldados escogidos y cargados de subsistencias, llegó hasta las puertas del baluarte: desde allí con expresiones blandas de la simulación más estudiada, ofreció a Nuño de Lara aquel pequeño presente como gaje de su solícito afecto.

Los nobles sentimientos del general eran incompatibles con una tímida desconfianza. Mangora en aquellas circunstancias era para Lara su providencia, y por otra parte hubiera creído hacerse responsable a su nación, enajenando con ella un buen aliado.

Así fue que recibió este donativo con las demostraciones del reconocimiento más urgentes; pero algo más se prometía el celoso cacique.

La proximidad de la noche, lo tempestuoso del tiempo, y la distancia de sus habitaciones, cuadraba perfectamente a sus miras y le daban el derecho de esperar para sí y los suyos, una hospitalidad proporcionada al mérito contraído.

No le engañó su deseo, que era propio de la nobleza de Lara. Con suma generosidad le dio acogida bajo unos mismos techos, y mezclándose unas gentes con otras, cenaron y brindaron muy contentos como si ofrecieran sus libaciones al dios de la amistad.

Cansados del festín, y disipadas sus tristes impresiones a causa de haber llenado la poderosa necesidad del hambre, se retiraron.

El sueño cerró muy pronto los cargados párpados de los españoles, y los dejó a discreción de los asesinos.

Mangora entonces, a favor de la tormenta que acababa de estallar, comunicadas las señas y contraseñas, hizo prender fuego a la sala de armas, abrió las puertas de la fortaleza a la tropa, y todos juntos cargaron sobre los dormidos españoles, haciendo una espantosa carnicería.

En aquel momento sopla el viento con una horrible impetuosidad: toman incremento las llamas, los truenos conmueven los cimientos de las habitaciones; los españoles que no han sido muertos, se levantan despavoridos, ven la sala de armas ardiendo, sus compañeros muertos o heridos; quieren tomar sus fusiles, y sólo tropiezan con cadáveres, se resbalan en la sangre de sus hermanos, y caen muertos por las flechas de los indios.

Se acrecienta la tormenta, los clamores de las víctimas se confunden con los gritos de los bárbaros, crujen las gruesas vigas que sostienen los techos, y caen estos a plomo sobre la confundida multitud. La tierra tiembla, los bosques se conmueven, y el mundo para los infelices moradores de la costa, parece tocar su fin.

Lucía, sorprendida por tan espantosa confusión producida por la tempestad y por la algazara de los indios en las altas horas de la noche, no había tenido más tiempo para cubrirse, que echarse sobre sus desnudos hombros un gran manto negro guarnecido de pieles, y corrió con las mujeres de su servicio al interior de la fortaleza.

Allí arrodillada, sus vestidos y cabellos en el más completo desorden, su hermoso rostro bañado en lágrimas, aún más hermoso en la aflicción, imploraba con la más dolorosa angustia, con la fe más ardorosa, a la amorosa madre de los afligidos.

El tumulto se aumenta, los gritos y algazara de más de cuatro mil indios, junto con el estampido del trueno resuenan, en el espacio y en el silencio pavoroso de la noche, como los alegres alaridos de los demonios, resonaran en el infierno cuando por la astucia del ángel de las tinieblas, pecó la primera criatura, y se introdujo la muerte en el mundo.

En este instante, soplan con más furia los desencadenados vientos, la mar embravecida avanza, con fuertísimos golpes, y parece querer tragar la ensangrentada costa.

Los corpulentos árboles son arrancados de raíz, otros chocan fuertemente entre sí, ruge espantoso el huracán, retumba el trueno, aterrador en el espacio, el rayo se desprende de las negras y rojizas nubes, y la eléctrica y viva luz del prolongado relámpago, es débil comparada con el incendio, que abrasa la infortunada costa.

El viento hace tomar más cuerpo a las llamas, estas se comunican a todas las habitaciones de los españoles, se trasmiten a sus campos sembrados de trigo y de maíz, y la costa encantadora del Paraná, el edén delicioso, el rico jardín del mundo, no es ya más que un infierno de vivas llamas.

Añádase a esto, el zumbido de las flechas que cruzan el espacio, el silbido de las balas que atraviesan los aires, los gritos de los heridos, el llanto de los niños, el clamor de las mujeres, los gemidos de los moribundos, junto con los alaridos salvajes de los bárbaros, y aún así se tendrá una idea imperfecta del espectáculo aterrador, horrible y espantoso, que presentará la población del fuerte Espíritu Santo, en aquella noche inolvidable en la historia de la humanidad. Lucía, al oír tan espantosa confusión estaba fuera de sí, no podía darse cuenta de lo que a su alrededor pasaba, ninguno se había acercado a ella en aquella noche de horror a decirla la causa de tan aterrador acontecimiento.

En medio de su dolor se congratulaba de que Sebastián no se hallase en el fuerte; tan cierto es que el amor de la mujer es egoísta.

Sin embargo, ni tan solo un instante sólo pasó por la imaginación, que Mangora, el noble y enamorado cacique, fuera el que, con tan pérfida traición, motivara tan cruel carnicería.

En aquel momento el alboroto se acerca, los fuertes golpes de las pesadas mazas dadas con furia por los bárbaros a los maderos, conmueven hasta los cimientos, rechinan los goznes, saltan las cerraduras, nada resiste a la pujanza del salvaje, las puertas se abren y la. bárbara e indómita turba llena la espaciosa estancia.

El cacique, adornado con sus vistosos plumajes, con su diadema llena de piedras preciosas, y ricas sartas de coral y perlas que rodeaban su cuello, y caen sobre su ensangrentado pecho, no con la sangre de sus heridas, sino con la sangre española de sus víctimas, su mirada fiera y aterradora, su actitud imponente, estaba soberbio, más que un hombre era un ángel exterminador -estaba hermoso- Lucía al verlo, dio un grito, y cayó desmayada.

El bárbaro, la coge en sus brazos, la cabeza inanimada de la hermosa española cae sobre el hombro nervudo del salvaje, la palidez de la muerte está pintada en su semblante, su boca entreabierta deja ver unos dientes de marfil, sus labios antes de un carmín trasparente, están lívidos y yertos, y sus grandes ojos entrecerrados, dejan que sus largas pestañas sombreen aquel rostro de alabastro.

El manto que la cubriera ha caído de sus hombros, y su mórbido seno, así como sus hermosísimas espaldas estuvieran expuestas a las miradas profanas de los salvajes, si su hermosa cabellera de ébano no le cubriese casi toda entera, dejando sólo a la vista de las codiciosas miradas de los bárbaros, sus blancos bien torneados brazos, cayendo y uno a discreción sobre la espalda tostada del cacique, y el otro a lo largo de su inanimado cuerpo.

El bárbaro custodiado por más de dos mil indios, sale de la fortaleza cargado con su preciosa carga, y atraviesa el campo de los españoles con dirección al suyo.

Era más de la media noche, y aunque había cesado la lluvia, no por eso era menos aterradora la tormenta.

Había una gran revolución en la atmósfera, los vientos soplaban en sentido contrario unos de otros, las ramas y gajos de los árboles desprendidos por la furia del huracán cruzaban los aires, cada trueno parecía que partía los cielos, y abría bocas cavernosas en la superficie de la tierra; las plantas olorosas que tapizaban la deliciosa costa del Paraná habían perdido su precioso color de verdura, el césped estaba teñido de sangre. El cacique tropezaba con cadáveres.

En aquel instante, un trueno aun más espantoso todavía que todos los que hasta aquel momento se habían oído, presidido de un luminoso y prolongado relámpago, de esos truenos que parecen hacer pedazos el firmamento, de esos relámpagos que cruzan la esfera en todas direcciones, y van dejando un rastro de fuego en sus caprichosas ondulaciones, conmueve de espanto la desenfrenada multitud. Dos o tres truenos más iguales a éste, rompen las nubes; relámpagos de azulada claridad se dilatan por unos segundos; mas de una bola luminosa atraviesa el espacio dejando impregnado el aire de un olor azufrado.

La aterrada multitud corre despavorida por los quebrados, llanuras y montañas, atraviesa los valles y va a esconderse en lo más oculto de las selvas. El rayo les ha hecho comprender su delito, creen que la ira divina que ellos no se saben explicar está sobre sus cabezas. Sólo Mangora no participa de su pánico terror, dichoso con el suave peso de su carga, no piensa en la justa ira de Dios, y en los abismos que se abren bajo sus pies. Tampoco ha pensado en el estado de su amada.

Al estampido horroroso del trueno, ha sentido un estremecimiento en su persona, fija una mirada en ella a la claridad de los relámpagos, flota al viento su larga cabellera, su seno y espaldas quedan en toda su desnudez, no es una mujer, es una figura de alabastro.

El bárbaro espantado, exclama: ¡Está muerta! y con un movimiento convulsivo y apasionado, la estrecha contra su nervudo pecho, y los ardientes labios del infiel, profanan los labios de la virtuosa esposa de Hurtado.

El enamorado cacique quiere hacer volver a la vida a su amada, la pone sobre el ensangrentado césped; y de rodillas a su lado, sostiene en sus brazos, y sobre su despedazado corazón, la cabeza de la cristiana.

Lucía no da ningunas señales de vida, el apasionado salvaje se desespera.

Se encuentra solo, todos los suyos le han abandonado, y su angustia crece cuando a pesar de todos sus esfuerzos, la española no vuelve de su desmayo.

En su desesperación deja un momento a su adorada, corre a un cristalino arroyo que serpentea allí cerca rodeado de frondosos sauces, trae agua en su boca, y en el hueco de sus manos, baña con ella el pálido rostro de la cristiana, y cuando ve que nada, nada puede reanimarla, y considerándola realmente muerta exclama:

-¡Dios de los cristianos! es justo tu castigo, yo he cometido los más grandes crímenes por el amor, por la posesión de esta mujer, y la muerte me la arrebata!

¡Dios de Lucía! ¡Es justo tu castigo, yo reconozco el poder de tu brazo, puesto que mi corazón es susceptible al arrepentimiento!

Yo no había nacido para el crimen, y sólo el amor, el amor por una mujer tan hermosa y perfecta, me ha hecho cometer tan horrible perfidia.

¡Dios de los cristianos! Reconozco tu providencia, salva la vida de Lucía y abrazo tu religión, salva a la española, y confieso tu fe, salva a la cristiana, y la devolveré a su marido.

En aquel instante supremo para el cacique, un hombre despavorido, con una flecha clavada en el costado y despidiendo sangre a borbotones por sus anchas y profundas heridas, acompañado de dos más, no en mejor estado que él se dirigen hacia donde estaba el salvaje.

Era el valiente Nuño de Lara, que acompañado de Pérez de Vargas, y Oviedo, pudieron lograr sus armas vendiendo muy caras sus vidas.

Lara, con un valor increíble en medio de la pelea, repartía en cada golpe muchas muertes; pero, en su concepto nada era, mientras quedaba vivo el autor de esta escena sangrienta.

Respirando estragos y venganza, buscaba diligente con los ojos a Mangora; mas habiéndose disuelto la multitud, corría casi sin aliento el espacio sin poderlo encontrar, acompañado de sus dos bravos compañeros no mejor parados que él, cuando a la luz de un relámpago divisó al cacique.

No bien le hubo visto, cuando separándose de sus compañeros, corre despavorido hasta el salvaje.

Vargas y Oviedo quieren seguirlo, pero no pudieron llegar cerca del cacique; sus heridas eran profundas y mortales, y a veinte pasos de él, cayeron revolcándose en su propia sangre.

-Defiéndete cobarde, le dice Lara; pudiera matarte a traición, pero un español nunca comete una bajeza.

El indio no tenía en su persona ninguna herida; pero partido el corazón de pesar por la muerte que él creía de su amada, hacía poco por defenderse.

No hacía más que parar los seguros golpes del valiente Lara. El español conocía que su brazo se debilitaba por la falta de la sangre, la muerte se le aproximaba por momentos sin haberse vengado del salvaje.

-Defiéndete, le repite con un arranque de furor; te juro por mi Dios, que no gustarás del fruto preparado por la más vil de las traiciones.

Mangora iba a parar también este golpe tal vez el último que pudiera dar el débil brazo del moribundo Lara, cuando le pareció oír un gemido de Lucía, quiso volverse a la cristiana, pero el afilado acero entró en su pecho, y ambos combatientes cayeron en tierra; Lara muerto, el indio aún le quedaban algunos instantes de vida. El cacique tenía el consuelo en sus últimos momentos de no haber dado la muerte ni menos hecho la más leve herida al valiente y noble caballero.

Mangora no se había engañado. Lucía volvía de su desmayo, y era suyo el suspiro que él había oído en el instante que el último y mortal golpe de Lara, atravesara su contrito pecho!

-¿Dónde estoy… ? -dice la desventurada; ¿quién me ha traído a este sitio… ? ¿Por qué estoy cubierta de sangre… ? ¡Sebastián… ! ¡Sebastián… ! Esposo mío… ven a salvarme del oprobio, ven a arrancar a tu esposa del poder de los bárbaros.

-Perdón… perdón… le responde una voz moribunda; perdón… perdón, Lucía…

Hermana mía… tú me enseñaste que tu Dios, muriendo en una cruz, perdonó a los mismos que lo crucificaban. Perdona… perdona, cristiana, a tu hermano moribundo…

Lucía… Lucía… quiero morir en tu fe… abre, por piedad al desventurado Mangora, las puertas del cielo de tu Dios…

Lucía, hermana mía, no abandones a tu pobre hermano.

He prometido a tu Dios, que si te volvía a la vida me haría cristiano y abrazaría tu religión… Cristiano soy ya, hermana mía. Desde que tu Dios ha obrado este milagro eres libre… vive para tu esposo…

Lucía no duda ya un momento que aquella voz es la del cacique, se arrastra hasta él, y le ve cubierto de sangre.

-¡Desdichado! le dice, ¿quién te ha puesto en ese estado… ? ¿Quién ha clavado el matador acero en tu pecho?

-La justicia de tu Dios… -responde el cacique; adoro su providencia… ¿Me perdonas, Lucía… ? -continuó con una voz moribunda.

Mira… hermana… querida mía, tú lo sabes… yo amaba… la virtud… tú me habías… enseñado tu fe… pero… empecé a sentir algo… en el… corazón… algo que… me quitaba… el reposo… algo que… me hacía… odiar a tu… marido… y… este algo… que yo no… sabía explicarme… era… el… amor… era la pasión… que sentía… por ti, Lucía… dijo el cacique casi con un último esfuerzo.

¡Bien lo sabe… tu Dios… -añadió- cuanto… he combatido… esta pasión… ! ¡Lucía… ! ¡Lucía… ! Yo quiero… encontrarte… en… el cielo… ¿Me perdonas… ? Pide a tu Dios… cristiana… que perdone… al asesino… de… tus hermanos…

Lucía estaba deshecha en lágrimas.

-¡Mangora… ! ¡Hermano mío! Mi Dios, el Dios de los cristianos, es superior a todas las miserias humanas; su caridad es superior a todos los crímenes, su justicia, es severa; pero ella es la justicia de un Dios, y su amor y caridad por sus criaturas, es superior a todas las maldades de los hombres. Pídele con fe y te perdonará.

-¿Y tú… me perdonarás… Lucía… ? -dijo el indio con un acento tierno y doloroso.

-¿Y puedes dudarlo un momento, Mangora… ? Piensa… piensa, hermano mío, en nuestro Dios… -Ven… ven… ángel puesto… en mi camino… -le contestó el indio con un supremo esfuerzo, ven… a… salvar mi… alma… enséñame… como puedo… llegar… hasta… la… Divinidad.

-¡Oh! Sí, sí, hermano mío, -dijo Lucía sacando de su cuello una cadena de oro, con una cruz, que le había puesto su madre al tiempo de la partida; toma, abraza, besa la cruz de nuestra redención…

El cacique apretó contra su corazón el divino crucifijo que le presentaba Lucía, después lo llevó a sus labios con una santa unción, y añadió:

-Me falta… una cosa… Lucía… para… entrar… en el… reino de los cielos… No tengo… el agua… del bautismo…

-¡Bendito seas, tú que lo recuerdas, y lo pides… ! bendito sea mi Dios que te da este aviso e inspiración.

Y diciendo esto, se olvida del estado de debilidad en que estaba, de todo cuanto ha sufrido poco antes, y con un entusiasmo divino de quitar una alma al infierno, y ganarla para el cielo, dice al indio: espera.

Corre presurosa al mismo arroyo que una hora antes Mangora trajera agua para volverla a la vida, toma de la misma en el hueco de sus manos y volviendo al instante donde estaba el cacique, le dice:

-Según mi religión, un niño que tenga uso de razón, en caso que falte un sacerdote puede bautizar una criatura; con ese mismo derecho, supliendo la misma falta y con la más ferviente fe, yo te bautizo «le dijo la afligida mujer, haciendo la señal de la cruz, y derramando el agua sobre la cabeza del infiel» en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El momento era tierno y conmovedor; el indio, cruzadas las manos sobre su ensangrentado pecho, y lleno de un sentimiento religioso, había contestado a las palabras de Lucía «¿Quieres ser cristiano?» con un Sí tierno, salido de lo íntimo del corazón, y con la fe más viva de su alma.

Lucía estaba sublime: el rostro del nuevo neófito radiaba de una alegría celestial.

Gracias… ángel de los cielos… -dijo Mangora; muero contento, pues que… me perdonas… y me abres… las puertas… de la gloria… donde un día… te encontraré… Una palabra… más… hermana… pide por mí… perdón… a tu esposo… Dile… que has… estado… en mis brazos… ¡que me… devoraba… la pasión… ! pero… que… respeté… tu decoro.

-Cálmate, cálmate hermano mío, piensa que dentro de un momento vas a estar en presencia del Altísimo.

-Una otra palabra… un favor… más… Lucía… hermana… mía… y nada… faltará… ya… a la felicidad… de… tu hermano… Dime… Lucía… sentías… hacia mí alguna… compasión… ¿me… habrías… amado… si no hubieras… sido… esposa de otro… hombre… ?

-Sí, Mangora, -contestó Lucía, con una voz firme, y llena de sublime conmoción. Si Sebastián no hubiera sido mi marido, yo habría sido la esposa de Mangora.

-Gracias… gracias… divina criatura… vive… para hacer… la dicha… y felicidad… del… venturoso… mortal… que elegiste… por esposo…

Otro… otro único… favor… -dijo el cacique ya casi sin aliento, y haciendo un último y supremo esfuerzo- y después… hasta la eternidad Lucía…

¿Es un delito… que una hermana… de… el ósculo de… paz… a un… hermano… en el momento… de una… despedida… ?

-No, dijo la joven con enternecimiento.

Lucía, estaba arrodillada, se inclinó sobre la frente del moribundo, y sus descoloridos labios dieron el ósculo de paz, al amigo, al hermano, al hombre que después de su marido, amaba más en el mundo.

El cacique no dijo ya una palabra más, apretó la cruz del Salvador contra su pecho y repitió con un santo fervor las palabras de Lucía.

La sublime, la virtuosa cristiana, ayudaba a bien morir al nuevo neófito.

Los ojos del indio estaban elevados al cielo, la sangre salía a borbotones de su profunda herida, su voz se debilitaba, casi ya no pronunciaban sus labios, pero apretaba una mano de Lucía, en señal que todavía oía sus palabras.

De súbito, hizo un estremecimiento su cuerpo, sus ojos moribundos se volvieron por última vez hacia Lucía, pero después elevándolos al cielo, su mano helada soltó la mano de la cristiana y espiró.

Todo está concluido, dijo la infortunada española, y desprendiendo la cruz de la yerta mano del cacique, se retiró, y puesta de rodillas a algunos pasos del cadáver, oró por todos sus hermanos.

¡Qué espectáculo para una mujer… ! Es verdad había cesado el huracán, pero no por eso era menos horrible aquel cuadro, si se quiere, era aún más aterrador, por el contraste que presentaba.

El viento de la pampa, soberano en estas comarcas, había predominado; los celajes, nublados, y nubarrones, junto con los monstruos, y fantásticos cuerpos que dominaban horas antes la esfera, habían desaparecido empujados por él hasta el otro lado de los mares; la atmósfera estaba pura y limpia, el firmamento tachonado de diamantes, y la soberana de la noche ostentaba todo su esplendor: la luna estaba en toda su redondez y plenitud, alumbrando aquel osario, y mirándose en los lagos de sangre.

Por más que la tierra tiemble, que la naturaleza se conmueva, que los ríos salgan de madre, que se desencadenen los elementos, y que todos juntos amenacen la total destrucción de esto en que vivimos y que se llama mundo, como todo depende de la mano omnipotente e inmutable de la Providencia divina que todo lo gobierna; a la menor insinuación de su voluntad, cesan las causas, y sin destruirse el más pequeño de los eslabones de la inmensa cadena que sostiene el globo, vuelve todo a su natural y primitivo estado.

No así el hombre: el rastro que deja el horrible choque del desborde de sus malas pasiones, es inolvidable, siempre es un rastro de sangre con el que señala la destrucción de su misma especie.

La desventurada Lucía, se encontraba sola, abandonada en tierra de salvajes, y con dos cadáveres a la vista, el del noble y generoso Lara, y el del no menos noble, aunque infortunado Mangora, cuyas virtudes, y caballerescas acciones, habían sido oscurecidas por una pasión desgraciada, que lo llevara a cometer tan odioso crimen, siendo él mismo una de las sangrientas víctimas.

En aquel momento Siripo, que buscaba por todas partes a su hermano, se presentó ante la desolada Lucía acompañado de muchos salvajes.

Al verla, quedó sorprendido de su hermosura, sintiendo en aquel instante arder su corazón en la misma llama que había causado la desgracia de su hermano.

Siripo no conocía a la española, demasiado salvaje había frecuentado poco la colonia, y nunca había visto a Lucía.

Ninguno escapó a esta cruel carnicería a excepción de algunas mujeres y niños, que junto con Lucía fueron llevadas a las habitaciones del nuevo cacique.

Siripo no tenía la nobleza ni el corazón de su hermano, así es que, no sintió mucho su muerte puesto que lo dejaba en posesión de todos sus derechos y riquezas.

Desde que vio a la cristiana consintió que la cautiva haría la felicidad de su vida, se arrojó a sus pies, y con todas las protestas de que es capaz un corazón que hervía en el más vehemente amor, la aseguró que era libre, siempre que consistiera en tomarlo por esposo.

Lucía estimaba en muy poco, no digo su libertad, mas aun su vida, para que quisiera salvarla a expensas de la fe conyugal prometida a su esposo que adoraba.

Con un aire severo y desdeñoso rechazo la proposición de Siripo, y prefirió una esclavitud que le dejaba entero su decoro.

¡Pobre mujer! necesitaba una fuerza sobrehumana para no sucumbir a tantos infortunios. Sí, ella tenía la fuerza de la religión del crucificado, y desde que cayó cautiva en poder de los salvajes se había resignado al sacrificio.

Sólo pedía a Dios que se salvara su esposo. ¡Oh! ¡Cuán bello, cuán sublime es el amor de la mujer! El martirio para ella, la libertad para su amado.

Siripo encomendó al tiempo, al buen tratamiento, y a los regalos y riquezas con que rodeó la existencia de la soberbia española, el cuidado de vencer su resistencia, lisonjeándose de que la misma fortuna era su cómplice.

Al día siguiente de la horrorosa catástrofe, llegó al fuerte, Sebastián Hurtado.

Su dolor y desesperación no pueden pintarse; ellos fueron igual a su sorpresa, cuando después de encontrar ruinas y cadáveres en lugar de la colonia y la fortaleza, buscaba a su amada Lucía y sólo tropezaba con cadáveres, y los destrozos de la muerte.

En él no se había verificado que el primer momento de la posesión es una crisis del amor, el tiempo mismo lo afirmaba y lo hacía necesario a su existencia.

Su desesperación llegó a su colmo cuando supo que su amada Lucía, su esposa idolatrada, se hallaba entre los Timbúes, no dudó un momento entre morir o rescatarla.

Cuidadosamente burló la vigilancia de sus amigos, y se escapó precipitadamente de los suyos, llegando hasta la presencia de Siripo.

Jamás un alma sintió con más fuerza el horrible aguijón de los celos, que la del bárbaro al ver el esposo de la cristiana. Su muerte fue decretada en el momento.

Bien podía la infeliz esposa de Hurtado tener preparada su constancia para otros infortunios; todas las fuerzas de su alma la abandonaron en el peligro de una vida que estimaba más que la suya propia.

Renunciando por esta vez al tono altivo que inspira el heroísmo, tomó a los pies de Siripo el de la súplica, y el ruego en favor de su marido.

Ella abrazó las rodillas del odioso cacique, regó sus pies con sus preciosas lágrimas, y suplicándole del modo más tierno y conmovedor le ofreció su propia vida en cambio de la de su esposo que adoraba.

Al fin consiguió ablandar el corazón del salvaje, y la revocación de la sentencia, bajo la dura condición de que Hurtado eligiese otra mujer entre las doncellas Timbúes, y que en adelante no se verían los esposos, ni se tratarían con las licencias del amor conyugal.

Acaso por ganar tiempo en el corazón de Lucía, y tal vez conseguir su amor por medio de la condescendencia y el agasajo, fue que Siripo, como algunos afirman, la tratara con bondad haciéndola servir por sus vasallos, y ofreciéndola presentes de ricas pieles, y cantidad de piezas de oro, y plata. ¡Pero qué es todo esto para una mujer que no vive sino para el hombre que su corazón ha elegido!

¿Qué era para Lucía la posesión de todos los tesoros del mundo, si se veía separada de su Sebastián? ¿Y qué era para el enamorado español las más hermosas doncellas Timbúes, si sólo vivía para amar a su adorada Lucía?

Sólo vosotros, fieles y venturosos esposos, que sabéis lo que es la unión conyugal, podréis comprender el amor de Lucía y Sebastián.

Dos años hacía apenas que eran casados, y su amor lejos de entibiarse como comúnmente sucede, se aumentaba cada vez más.

El sacrificio que Lucía hiciera dejando su patria, el amor de su madre y familia por seguir a su esposo, hacía tanta fuerza en el corazón de Sebastián, que amaba doblemente a Lucía, puesto que, junto al amor que le inspirara sus virtudes y belleza, se unía otro amor que ningún hombre siente por la mujer que ama -amor de agradecimiento.

Bajo la horrible condición que le impusiera Siripo, los enamorados esposos no podían verse más que de lejos; pero ellos habían inventado un medio de hacer menos horrible su separación, escribiéndose mutuamente. Sebastián había podido hacer llegar a manos de Lucía la mitad de su cartera. Lucía, por su parte, había escogido un árbol para sentarse después de un pequeño paseo que todos los días daba acompañada del cacique y de varias mujeres de su servicio.

Sentada allí, al pie del árbol, introducía en la cavidad de su tronco la carta para Sebastián, y después como jugando con las hojas secas, cubría esta abertura de modo que era imposible sospechar de tan inocente estratagema.

Sebastián corría por la noche al sitio indicado, tomaba la carta de su esposa, y ponía otra en su lugar.

-Amado mío -le decía Lucía-.

-Suframos, suframos con valor y resignación tan crueles padecimientos e infortunios, roguemos ambos a la divina madre de los desterrados y cautivos para que mueva a compasión el corazón del infiel, y se apiada de nosotros-.

Hurtado la contestaba:

-Ángel de mi vida, sin tus amorosas cartas, sin los consuelos que tan tiernamente me das en tan repetidas ocasiones, ya habría arrancado en presencia de tantos miles de indios el corazón al odioso cacique-.

-Yo espero, amada mía, ver si la suerte se cansa de sernos adversa, y nos proporciona algún medio para poder evadirnos, y tomar la costa donde se hallan algunos amigos, o si algún refuerzo llega de España a la arruinada fortaleza y viene a rescatarnos. Si no fuera por esta esperanza, mi amada Lucía ya habría encontrado la muerte, arrancando la vida al aborrecido Siripo.

Pero tú sola, amada mía, ¿qué harías entre los salvajes? Si yo muero, ¿quién te libertaría de los bárbaros? Suframos, suframos Lucía mía, como tú dices; suframos, tierna compañera de mis infortunios, pues que no nos queda otro remedio para ablandar, si es posible, el corazón del salvaje-.

Mi amado Sebastián:

-Es bastante adelantada la noche, el cacique acaba de salir de mi habitación, donde no lo recibo sino acompañada de mis mujeres. Lo trato con bondad por bien de ambos.

Mi Sebastián, creed a vuestra Lucía, primero moriría mil veces, mi amigo querido, como ya te lo he dicho tantas ocasiones, que complacer en lo más mínimo las impuras pasiones del cacique.

¡Qué soledad, esposo mío: no tengo más compaña que tus amadas cartas, que beso mil veces a cada instante, y guardo sobre mi corazón como una parte de mi existencia!

¡Qué tristes son mis días, Sebastián mío, mis noches me son insoportables; tu separación me parte el corazón de dolor, y no hago más que llorar.

No te aflijas, no, amado mío, aún me quedan lágrimas y fuerzas para soportar tantos pesares, si algún día tengo la dicha de abrazarte.

Se empieza el día, y sólo te veo de lejos, llega la noche y me encuentro solitaria. Hacen tantos días, mi Sebastián, que no oigo tus palabras de amor, que no recibo tus caricias y que no oigo pronunciar mi nombre por tus queridos labios.

¡Oh Sebastián! Sebastián por qué no estás al lado de tu Lucía.

Te acuerdas, esposo mío, ¡qué felices éramos cuando arribamos a la costa… ! ¿cuántas noches pasábamos a la claridad de la luna contemplando la inmensidad del océano?

¡Qué feliz era yo a tu lado! sabes Lucía me decías, ¿cuántos miles de leguas nos separan de nuestra querida España?

¿Sientes, amada mía, haber dejado tu madre, tu familia, y tantas afecciones que hacían parte de tu dicha?

¿No sientes haberme acompañado a tan temeraria empresa? ¿Me perdonas si algo sufres por mi causa?

¿Y qué te respondía yo, mi Sebastián? Por toda respuesta, enlazaba mis brazos a tu cuello, y te colmaba de caricias.

¡Sebastián! ¡Sebastián! ¿por qué estamos separados… ? Y no es por tu causa que sufrimos mi querido Sebastián, sino por la mía. ¿Por qué he tenido la desgracia do inspirar amor a estos salvajes.?

¡Oh, mi bien amado esposo! perdona, perdona a tu Lucía los males que sufres: por mi causa-.

… ..

-¿Y eres tú, mi dulce y tierna amiga, la que se hace tan fuertes reconvenciones por los males que sufrimos?

No, no, Lucía mía. Sí alguno tiene la culpa de nuestras desgracias, soy yo; pues que, por contentar mi amor te expuse a tantos males haciéndote atravesar ese inmenso océano, y trayéndote a tierra de salvajes. Mía es la culpa, querida de mi corazón, y, si en mi dolor no me entrego a la desesperación, es sólo por no dejarte abandonada entre los bárbaros.

«¡Conserva como hasta aquí tu virtud y la fe que me juraste, y está firmemente persuadida, mi amada Lucía, que si faltando a éstos, pudieras darme la vida y la libertad, tan entendido que nunca un español! ¡Tu esposo, el soldado Sebastián Hurtado! Aceptaría la vida y la libertad a trueque de tamaña infamia.»

El cacique ardía de día en día en la impura llama que lo abrasaba.

Hostigaba a Sebastián a que tomase una esposa, creyendo que de este modo Lucía quedaría más libre, pues que el principal obstáculo creía él, de que Lucía no lo tomara por esposo, era su marido.

Para el efecto hacía rodear a Sebastián de las más hermosas doncellas Timbúes, pero el corazón del esposo de Lucía era inaccesible a otro amor que el de su esposa.

El infame cacique para hallar un medio de matar a Sebastián, urdió la más inicua de las intrigas, haciendo que por conducto de una de las mujeres que servían a Lucía, tuviera ésta una entrevista con su marido, y entonces, estando él oculto, sorprenderlos, y decretar en el instante la muerte de Sebastián.

Lucía fuera de sí de gozo, escribe a su marido estas líneas:

«Esposo mío.»

«Parece que la suerte quiere dar una tregua a nuestro dolor.»

«Una de mis buenas indias, enternecida de mis lágrimas, y de tanto verme padecer, quiere endulzar mi cautiverio proporcionándonos esta noche una entrevista.

«Ven amigo mío, mi idolatrado Sebastián, a los brazos de tu adorada

LUCÍA.»

Sebastián toma el papel, y devorándolo con la vista, besa mil veces aquel escrito precioso, sale de su habitación con todas las precauciones imaginables, y guiado de la india, se dirige adonde su esposa, llena de júbilo, lo esperaba.

Lucía al verlo cayó desmayada en sus brazos ¡tanto había sufrido la infeliz separada del esposo que adoraba!

Sebastián la llena de caricias, y poniéndola sobre sus rodillas quiere hacerla [falta] aquel momento de felicidad cuantos tormentos ha sufrido.

-¡Sebastián!

-¡Mi idolatrada Lucía!

Fueron las primeras palabras que se dijeron los infortunados esposos.

Lucía al verse en los brazos de su marido, dudaba de tanta dicha, y para convencerse de su felicidad, estrechaba su cabeza contra su seno, acariciaba su espesa barba, jugaba con sus sedosos bigotes, y entrelazando sus blancos y delicados dedos con sus ensortijados cabellos, le hacía mil amorosas preguntas.

-Cómo pasas los días, Sebastián mío, le decía. Quien endulza tus noches:

¡Qué haces, esposo mío, sin tu Lucía!

Como has enflaquecido, Sebastián. ¿Por qué estás triste ahora que me tienes en tus brazos? Ríete, ríete Sebastián mío; estemos contentos y alegres, pues que nuestro cautiverio va a finalizar.

¡Oh! cuanto sufro separada de ti; qué felices somos en este momento, mi Sebastián; es verdad que nos libertaremos de los bárbaros.

Lucía estaba loca: la dicha de ver y estar en los brazos de su esposo, la tenía enajenada.

Sebastián la contemplaba extasiado, la apretaba contra su pecho y colmándola de caricias le daba esperanza y consuelo de evadirse pronto del poder de los salvajes.

-Pobre mi Lucía, la decía; ángel mío, cuánto has padecido por mi causa, yo te prometo que una vez en España, no más expediciones ni arriesgadas empresas; viviré solo, mi Lucía, para hacerte olvidar con mi amor y mi ternura, tan horribles padecimientos.

Es preciso, Lucía mía, ver el modo de evadirnos, esa buena india puede facilitarnos la fuga, la llevaremos con nosotros, la colmaremos de bienes por el bien tan grande que nos hace.

A Lucía le parecía cierto que se hallaba lejos de los bárbaros, en su amada España, y olvidándose de que estaban entre los indios, no pensaban en el peligro que corrían si eran por casualidad descubiertos.

Ambos esposos se entregaban a la dicha de verse juntos después de tantos padecimientos, y las horas se deslizaban para ellos como en sus primeros días de ventura.

Distraídos por un pequeño ruido vuelven la cabeza, y se encuentran con el cacique que los observa.

Todas las odiosas pasiones dominaban al indómito salvaje; sus ojos estaban inyectados en sangre, sus facciones desfiguradas por la ira y la venganza, los celos le devoraban.

En esta descomposición del estado normal del hombre ocasionado por el desborde de las pasiones, un hombre pierde su dignidad y se pone espantoso; el salvaje parecía un demonio.

Al verlo, los desventurados esposos comprendieron toda su desgracia, y por un movimiento instintivo de conservación por el objeto amado, ambos cayeron de rodillas a los pies del cacique, implorando su clemencia.

-¡Que muera azaeteado ese infame cristiano! -dijo con voz aterradora el indio a sus inhumanos soldados-, y tú mala cristiana, soberbia española, -continuó dirigiéndose a Lucía, esta misma noche serás mía.

-¡No lo seré malvado! -contestó con resolución y valor la fiel esposa, lanzándose en los brazos de su amado: yo quiero morir contigo, Sebastián.

-No morirás, -respondió el odioso infiel-, y vivirás para hacer las delicias del cacique.

¡Arrancadla de sus brazos!

-No, no me soltéis, bien amado mío, muramos juntos; y se estrechaba con todas sus fuerzas al cuello de su amado.

-No, no te dejaré, ángel mío, muramos juntos; le respondía Sebastián, y la apretaba contra su pecho.

-Mira que el infiel me quiere para su querida. ¡Salvadme! ¡Salvadme del oprobio! esposo mío; muramos juntos ya que tanto hemos sufrido separados.

-Sí, sí, idolatrada esposa, mi ángel, mi amada Lucía, suframos el martirio, no te abandonaré ya que esta suerte nos estaba preparada, y en brazos el uno del otro, lanzaremos el último suspiro.

-¡Separadlos! ¡separadlos! gritaba desatinado el salvaje a la odiosa soldadezca.

Todas las fuerzas de los bárbaros no pudieron desunir aquellos dos cuerpos tan estrechamente, unidos, como lo estaban sus amantes corazones.

-¡No, no nos separarás, bárbaro salvaje! -decía en su delirio Lucía; yo no amo más que a mi marido.

Y para más incitar las pasiones del cacique, y provocar sus celos, para que la mandara matar junto con su esposo, colmaba a éste de caricias en presencia de Siripo.

-¡Matadlos a mi vista! -gritó el salvaje-, ¡que mueran en mi presencia!

A esta orden, cien flechas partieron de la odiosa turba, y cien flechas atravesaron aquellos dos cuerpos, que aún después de muertos no fuera posible separarlos.

La hoguera estaba ya ardiendo, medios vivos los arrastraron a las llamas, aún les quedaba un momento de vida, éste lo consagraron para disponerse a comparecer en presencia del Altísimo.

En la hoguera, se les vio arrodillados, Sebastián con más fuerzas, sostenía a su esposa moribunda: ambos tenían los ojos y las manos elevados al cielo en actitud suplicante.

Las llamas parecían respetarlos como a los tres jóvenes en el horno de Babilonia, mandados echar por Nabucodonozor.

Por más de media hora se les pudo ver al travez de las llamas en tan religiosa actitud.

-¿Fueron unos mártires? ¿Quién puede dudarlo?

Mártires de su deber, y del amor conyugal.

Capítulo 8. Conclusión

Este infame proceder de los Timbúes convirtió en odio la amistad de los españoles, y su pasada alianza; no les quedó otro partido que abandonar el Fuerte Espíritu Santo.

El capitán Mosquera, jefe de estas tristes reliquias pudo salvarlas navegando de costa en costa, hasta llegar al puerto llamado Igua, distante veinte y cuatro leguas de San Vicente, establecimiento portugués.

Con esta retirada quedó del todo evacuado el Río de la Plata, término fatal de tres expediciones, que deberían desalentar el espíritu de conquista, faltando aquí el motivo de ensoberbecerlo con sus conquistas mismas.

Es de presumir que si la causa de la humanidad hubiera entrado directamente en el proyecto de estas empresas, hubieran sido menos desgraciadas.


Publicado el 23 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
Leído 57 veces.