Texto: El Primer Loco
de Rosalía de Castro


Novela


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El Primer Loco

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Fragmento de El Primer Loco

Calló Luis, mientras su amigo, que le contemplaba asombrado de la prodigiosa manera con que aquél fantaseaba y del acento de verdad con que revestía sus palabras pronunciadas con apostólico ardor, que no podía menos de conmover el alma del que le oía, llegó a imaginarse a pesar suyo que cuanto le rodeaba tenía, en efecto, sentimiento y vida; creyó oír hablar a las plantas, sonreír a las flores, y dijo para sí:

—Sin duda es contagioso el mal de Luis... por la manera al parecer cuerda con que afirma ser realidad y no sueño y quimera, sus extraños desvaríos.

Esta breve reflexión se hizo mientras Luis, después de algunos momentos de silencio, emprendió de nuevo su difusa y singular relación diciendo:

—Estoy divagando, lo conozco, y voy si puedo a concretarme a los hechos. Es lo cierto que la última de las tres noches que aquí pasé (anterior a la aurora más bella de mi vida), de tal suerte se comunicaron conmigo los espíritus de esta selva y me mostraron por medio de la luz de la luna, del perfume de la flor, del agua y de los rumores de los vientecillos, cuanto hay de grande y de eterno en el seno amoroso de la naturaleza que, cuando rayó el alba, semejante a aquel ermitaño que estuvo por espacio de siglos oyendo no sé qué cántico del cielo, yo me hallaba estático y absorto al pie de esas grandes losas que sirve de puente entre una y otra orilla del río, contemplando la sonrosada luz del alba, el agua que corría, y viendo por vez primera, a través de las cristalinas linfas, cosas sorprendentes e inexplicables en el humano lenguaje. Allá en el fondo sin fondo del diáfano espejo, al par que los altísimos robles y el espeso follaje que borda ambas riberas, reflejábanse asimismo los abismos celestes, incitándome a sepultarme en ellos por medio de tan halagadoras promesas y de atracción tan apacible y dulce que causaban vértigos. Ella, en tanto, me sonreía allá abajo, muy abajo, incorpórea, pero identificada con cuanto la rodeaba y formando parte de aquel ambiente y de aquel abismo que me atraía a su seno con melodiosos y secretos acentos... Contemplar la celeste bóveda extendiéndose sin límites sobre nuestras cabezas es grande, sin duda, y eleva el espíritu a regiones altísimas; pero verla a nuestros pies reflejándose en el húmedo espejo del agua transparente es una verdadera tentación para los que desean abandonar la tierra o ir en busca de algo que aquí no pueden hallar. ¡Oh, si uno pudiera caer tan hondo como parece mentirnos el agua traidora...! ¡Pero no hay tal mentira... se cae más hondo... más hondo todavía...! Dejemos esto, sin embargo.


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96 págs. / 2 horas, 49 minutos.
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Publicado el 18 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.


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