La Flor

Rosalía de Castro


Poesía



Un desengaño

En las riberas vagando
de la mar, las verdes olas
mira Argelina y contando
las horas que van pasando
vierte lágrimas a solas.

Sus lindos ojos de cielo
en el horizonte fija,
por ver si encuentra un consuelo
¡mas ay!, que es vano el anhelo
que su corazón cobija.

Su amante le dijo allí
desde su buque velero:
«Aguarda Argelina aquí:
Que si hoy dejarte prefiero,
mañana vendré por ti».

Y entera la noche larga
que silenciosa corría
vio pasar; pero en su impía,
crüel desventura amarga
no vio que su bien volvía.

Y el día también llegó:
Mas fue que llegara en vano,
que el bien que ansiosa esperó,
consuelo del mal tirano,
por el mar no pareció.

Y allí todavía está
mirando a la mar movible,
por ver si la mar le da
lo que tal vez imposible
para Argelina será.

Y viendo al fin reducidas
sus esperanzas en nada,
viendo en el viento esparcidas,
las ilusiones perdidas,
su bienandanza frustrada;

mirando al bien que se aleja
con su fugitivo encanto,
dijo en tristísima queja:
«¿Por qué tan sola me deja,
cuando yo le amaba tanto?

¿Por qué si tras él corrí?
¿Por qué si hasta aquí llegué?
¿Por qué si tanto esperé
a verle más no volví?

¿No comprendió que sin él,
fuera un tormento mi vida,
donde guardara escondida
llena una copa de hiel?

¡Adiós, ventura de un día!
¡Adiós, delicia soñada,
donde he mirado estampada
toda la esperanza mía!

¡Ya nunca más te veré,
que el rudo penar que siento
me irá consumiendo lento,
y de dolor moriré!

¡Adiós, hermosa ribera
donde mi esperanza dejo
ya para siempre me alejo
de tu orilla placentera.

Mas si viniendo él aquí
oyeras su dulce canto,
contéstale, dile cuánto,
cuánto por él padecí!...»

Ya su vivienda tornando
supo después que olvidada
fue de su amante, y postrada
no resistió su dolor.

Y encerrándose en la tumba
tanta belleza en un día
nadie pensó que moría
¡de un desengaño de amor!

Dos palomas

Dos palomas yo vi que se encontraron
cruzando los espacios
y al resbalar sus alas se tocaron...

Cual por magia tal vez, al roce leve
las dos se estremecieron,
y un dulce encanto, indefinible y breve,
en sus almas sintieron.

Y torciendo su marcha en un momento
al contemplarse solas,
se mecieron alegres en el viento
como un cisne en las olas.

Juntáronse y volaron
unidas tiernamente,
y un mundo nuevo a su placer buscaron
y otro más puro ambiente.

Y le hallaron al fin, y el nido hicieron
en blanda cama de azucena y rosas,
y en ella se adurmieron
con las libres y blancas mariposas.

Y al despertar sus picos se juntaron,
y en la aurora luciente
sus caricias de amor se retrataron
como sombra riente.

Y en nubes de oro y de zafir bogaban
cual ondulante nave
en la tranquila mar, y se arrullaban
cual céfiro süave.

Juntas las dos al declinar del día
cansadas se posaban,
y aun los besos el aura recogía
que en sus picos jugaban.

Y así viviendo inmarchitables flores
sus días coronaron,
y nunca los amargos sinsabores
sus delicias turbaron.

¡Felices esas aves que volando
libres en paz por el espacio corren
de purísima atmósfera gozando!

Un recuerdo

¡Ay, cómo el llanto de mis ojos quema!...
¡Cuál mi mejilla abrasa!...
¡Cómo el rudo penar que me envenena
mi corazón traspasa!

Cómo siento el pesar del alma mía
al empuje violento
del dulce y triste recordar de un día
que pasó como el viento.

Cuán presentes están en mi memoria
un nombre y un suspiro...
Página extraña de mi larga historia,
de un bien con que deliro.

Yo escuchaba tina voz llena de encanto,
melodía sin nombre,
que iba risueña a recoger mi llanto...
¡Era la voz de un hombre!

Sombra fugaz que se acerco liviana
vertiendo sus amores,
y que posó sobre mi sien temprana
mil cariñosas flores.

Acarició mi frente que se hundía
entre acerbos pesares;
y lleno de dulzura y de armonía
díjome sus cantares.

Y ¡ay!, eran dulces cual sonora lira,
que vibrando se siente
en lejana enramada, adonde expira
su gemido doliente.

Yo percibí su divinal ternura
penetrar en el alma,
disipando la tétrica amargura
que robara mi calma.

Y la ardiente pasión sustituyendo
a una fría memoria,
sentí con fuerza el corazón latiendo
por una nueva gloria.

Dicha sin fin, que se acercó temprana
con extraños placeres,
como el bello fulgor de una mañana
que sueñan las mujeres.

Rosa que nace al saludar el día,
y a la tarde se muere,
retrato de un placer y una agonía
que al corazón se adhiere.

Imagen fiel de esa esperanza vana
que en nada se convierte;
que dice el hombre en su ilusión mañana,
y mañana es la muerte.

Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja.

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!...

Fragmentos

Cuando miré de soledad vestida
la senda que el destino me trazó,
sentí en un punto aniquilar mi vida.

¡Cuando infeliz me contemplé perdida
y el árbol de mi fe se desgajó,
tuvieron, ¡ay!, para llorar mis ojos
de amargura y de hiel tristes despojos!

¡La nada contemplé que me cercaba,
y... al presentir mi aterrador quebranto,
miré que solitaria me anegaba
en un mar de dolores y de llanto!
¡Nadie ni amor ni compasión cantaba,
ni un ángel me cubrió bajo su manto,
sólo la voz mi corazón oía
de la última ilusión que se perdía!...

Ya marchita la flor de mi esperanza
vi revolar no más en torno mío,
vaga esfera sin luz que nunca alcanza
dar resplandor a un corazón ya frío.
Vano es el ¡ay! que desgarrado lanza
por el dolor de ese vivir sombrío:
¡La oscuridad de esa existencia muerta,
cierra de un bien al porvenir la puerta!

La risa y el sarcasmo por doquiera
que fuera yo mi corazón palpaba,
y doquiera también que me escondiera,
¡ay!, la risa sardónica encontraba.
No hubo un rincón donde vivir pudiera,
no hubo esa paz que con afán buscaba;
¡guerra sin fin, fatídica existencia,
fue en mi vivir la delicada esencia!

Y rotas ya de la existencia mía
de paz y amor las ilusiones bellas,
llenas de horror las contemplé en un día
cual en cielo sin luz, muertas estrellas:
Su oscuridad mi porvenir partía,
mi fe y mi paz se confundió con ellas;
¡que eran del alma indisolubles lazos
que se fueron al fin, hechas pedazos!

Al caminar después por mil abrojos
mi frente juvenil se marchitó,
y al sentir las espinas en mis ojos
de angustia el corazón se poseyó;
luego al cielo exclamé puesta de hinojos,
y el cielo mis clamores no advirtió;
y sola combatí con mis pesares
¡lágrimas tristes derramando a mares!

Padecer y morir: Tal era el lema
que en torno mío murmurar sentí,
y mirando en redor de espanto llena,
su fatídico emblema comprendí;
y al ver el torcedor que me encadena
de espanto y de temor retrocedí...
¡Sola era yo con mi dolor profundo
en el abismo de un imbécil mundo!

Y buscando un apoyo, una caricia,
el eco «Soledad» me respondió:
Y cual cauce que ronco se desquicia
fatídico en mi pecho resbaló,
regalándome a un tiempo una delicia
que heló mi sien, y el porvenir mató;
que era fría y glacial como ella sola,
¡y aun sin querer, el corazón guardóla!

La soledad... cuando en la vida un día
circunda nuestra frente su fulgor,
un mundo de mortal melancolía
nos presenta un fantasma aterrador,
quitándole a las aves su armonía,
cubriendo de la luz el resplandor:
¡Noche sin fin al porvenir avanza
ahuyentando el amor y la esperanza!

Por eso, ¡ay Dios!, al caminar aún pura
entre inmundicias mil que tropecé,
llenaron de dolor y desventura
la hermosa realidad con que soñé:
Terrible asolación, esencia impura
lanzaron al Edén que acaricié;
y aquel Edén se convirtió en infierno
¡triste ilusión de mi dolor eterno!

Hoy yerto el corazón, falto de vida,
horas de horror e insensatez presiente,
largas horas sin fin que en la partida
marchitan su ilusión, secan su ambiente.
Y al dejar su ilusión seca y perdida,
vana esperanza el porvenir le miente;
sabe muy bien que esa esperanza es vana
¡sombra fugaz de su primer mañana!

Cubierto de sombríos nubarrones
un cielo en lontananza divisó,
y un canto singular de maldiciones
en sus bóvedas altas retumbó.
Rasgaban al pasar esas canciones
el alma del que triste las oyó;
¡por eso el pecho en su dolor profundo
sintió cubierto de aspereza el mundo!

Imágenes bellísimas de amores
fúlgidos rayos de brillante aurora,
frescas coronas de lucientes flores
que un sol de fuego con su luz colora.
Dulces cantos de amor arrobadores
que al delirar el corazón adora;
¡todo voló con la ilusión de un día
rota la flor de la esperanza mía!

Las horas que soñé desparecieron,
cual la flor que un torrente arrebató;
y allá en la nada del no ser se hundieron...
¡Que mi espíritu aquí no las halló!...
Tal vez ellas también se arrepintieron
de brindarme el placer que me halagó:
Y huyeron, ¡ay!, a una región lejana
que dice sin cesar: ¡ya no hay mañana!...

Mas ¿por qué se fatiga el pensamiento
en indagar el mal de esa partida?
¿Ignoro yo quizá que es como el viento
la dicha que arrullara nuestra vida?
Lo pasado será de hoy más un cuento
que se escuchó veloz...
¡Y correré en este vivir incierto
cual brisa solitaria del desierto!...

¿Qué es este miedo aterrador que siento
y esta congoja inalterable y fría,
que cuanto más desvanecerle intento
más se burla mordaz del ansia mía?
¿Quién ése fue que me robó violento
cándida paz que recobrara un día,
clavándole en la mitad del pecho mío
la terrible visión de un desvarío?...

¿Por qué en mi acerbo padecer maldigo
mis placeres sin fin, llena de enojos?
¿Por qué «si os amo» alguna vez les digo,
se llenarán de lágrimas mis ojos?
¿Por qué terrible un pensamiento abrigo
que marca mi camino con abrojos,
entrelazando espinas con las flores,
que forman el Edén de mis amores?

¡Ay!... yo buscando un lenitivo leve
en el dulce elixir de una esperanza,
siento sin ver que a mi dolor se atreve
el viento asolador de la mudanza:
Las hojas, ¡ay!, de mi placer conmueve
con el soplo voraz de su pujanza;
y la acritud de un pensamiento triste,
me grita sin cesar: «¡La fe perdiste!...

«Y perdida la fe... la fe perdida...
Roto el cristal de esa belleza oculta,
el cielo encantandor de nuestra vida
entre pálidas nubes se sepulta...
Su luz tan celestial queda escondida,
¡nuestra la faz aterradora e inculta;
y atmósfera infernal, monte de plonio,
¡pesa en el alma, sin saberse el cómo!...»

Yo callo a esa verdad que me despierta
a un mundo de aridez desconocido,
y muevo sin pensar mi planta incierta,
sin buscar ese bien que hallo perdido.
Porque esa flor de mis jardines muerta
nada... y nada no más se ha convertido;
¿y quién la nada en algo convirtiera?
¡Sabio fuera en verdad quien lo dijera!...

El otoño de la vida

Una tarde de paz en el estío
en que al sopor del caluroso ambiente
se mezclaba lo fresco del rocío.

Hora en que el sol su brillantez perdía,
cubierto allá por las doradas nubes
donde hermosas sus luces escondía.

Sembrada de azucenas y verdura
selva en verdad de dilatado espacio,
convidaba al reposo y la tristura;

y en la pálida sombra que extendían
las ramas de sus árboles frondosos,
misteriosas dulzuras se escondían.

Ningún eco cercano se escuchaba,
ni el insecto de espléndidos colores
jugando por los aires revolaba.

Parece que en redor todo dormía,
que ni aun el aura entre las blandas flores
con su manso murmullo se sentía.

De cuando en vez algún ligero viento
que al mismo tiempo de nacer moría,
cual de un niño que expira el breve aliento.

Un eco inusitado produciendo
pasaba entre el verdor de aquel follaje,
y en el espacio al fin se iba extinguiendo.

Y al cabo en el silencio adormecidas
las olorosas plantas reposaban
en la sombra fresquísima escondidas.

Un joven allí inmóvil descansaba
cabe del pie de carcomida encina,
y una blanda ilusión acariciaba;

y el ¡ay!, que postrimero se sentía
de aquella tarde, amortiguado y yerto,
aquel joven tal vez lo recogía...

Clavado su mirar en unas flores
que lozanas y bellas se entreabrían,
se encantaba, quizás de sus colores.

Y al seguir el instinto que lo impele
con placer una de ellas ha tocado;
mas al instante mismo retrocede.

Ve que la flor tan sonrosada y pura
cambiando su color mustia se vuelve
al sentir de su mano la prensura.

Y una arruga marcó su blanca frente
al mirar transición tan repentina;
y alguna idea se quemó en su mente...

Mas insiste otra vez; la mano alarga
por coger otra flor que era más bella,
y un pensamiento de dolor le embarga

al ver también que se doblega y muere
la flor que tan bonita se mecía,
y en vano el joven revivir la quiere.

Y también esta vez su frente pura
nublada fue por una idea extraña
mezclada entre vapores de amargura.

A poco rato un pajarillo hermoso
de dulce canto y purpurinas alas
que busca en la pradera su reposo,

paróse junto al joven que extasiado
mirándole en su vuelo le siguiera
de su rara belleza enamorado.

Y al verle que tan cerca se detiene
muy suavísimamente le aprisiona,
y un instante en su mano le contiene.

Y el pajarillo entonces aletea
por salir de la cárcel que le oprime,
y pierde su vigor en la pelea.

Y al fin, después de que se agita en vano,
su pobre corazón de latir cesa,
y muerto se le queda entre la mano...

Estático el joven palabras pronuncia,
que él sólo comprende, que nadie escuchó,
y mira aquel ave que acaso le anuncia
lo que él algún día, quizá presintió.

La víctima yerta ligero la tira
a donde las flores marchitas están;
y allí de sus restos los ojos retira,
que acaso el mirarlos tristeza le dan.

Y apoya la frente de angustia nublada
al árbol que cerca de sí percibió,
y a poco pensando, quizás en la nada,
cerrando sus ojos durmiendo quedó.

Y la selva también que se dormía,
con el joven aquél, en los vapores
que ocultaba la tarde parecía.

Y un eco de su fondo se exhalaba,
que al grato son del murmurante arroyo
imperceptible y leve se mezclaba.

Y aquel eco sin voz era un aliento,
un respiro vital de aquellas llores
que extendían su aroma por el viento.

Una brisa ligera se levanta,
mueve de pronto las dormidas hojas,
y entre las ramas resbalando canta.

Y parece que entonces nueva vida,
cobró a su vez la soñolienta tarde
del letargo pesado desprendida.

Ya el pájaro cantando voltejea,
y en su vuelo rasante va tocando
la blanca flor que nacarada ondea.

Y el lago que tranquilo reposaba
espejo de purísima limpieza
donde un cielo de azul se reflejaba,

manso viento que pasa y se desliza
su blanda superficie apenas mueve
y en leves ondas su tersura riza.

Todo revive, al parecer, y abierta
la senda de otra vida, se percibe;
mas el joven aquél aún no despierta.

Una paloma silvestre
ligera viene y se posa
en el árbol do reposa
el joven que se durmió.

Ya su cantar poco dulce
marchóse el blando beleño
de su pacífico sueño;
y el joven se levantó.

La vista tiende en la selva
para despedirse acaso,
mas tras él sintiendo el paso
de algún animado ser,

vuelve la cabeza y mira
un niño que juguetea,
y contento se recrea
con inocente placer;

y que en su mano lozanas
las flores marchitas antes,
con sus colores brillantes
volvieron a relucir;

y el pájaro que doliente
entre sus manos muriera,
ora cantando volviera
con su hermosura a vivir.

Entonces el joven
del caso presente
la causa a su mente
pregunta, y la halló.

Y en tanto que el niño
risueño jugaba,
su labio marcaba
sonrisa que heló.

La duda presiente
que acaso a su vida
por siempre irá unida
fatal predicción...

Suspira y su labio
murmura una queja,
y huyendo se aleja
de aquella visión.

Luego un eco
en el espacio
muy despacio
se perdió,
y en los valles
extendido
escondido
murmuró,
con raro
vago
son:

«Al que en la vida una vez
mira la fe ya perdida
que acarició su niñez
y la terrible vejez
siente venir escondida;
quien contempla la ilusión
de su esperanza soñada
muriendo en el corazón
al grito de la razón
¿qué es lo que queda?... ¡nada!...»

La rosa del campo santo

Era una noche en que el viento
con sordo acento mugía,
y en que no más se sentía
del trueno el ronco fragor.

Y en sombras la tierra envuelta
como en un fúnebre manto,
miedo causaba y espanto
al pecho de más valor.

Nadie en tan hórrida noche
cruzar tal vez se atreviera,
ni del valle la pradera,
ni la calle en la ciudad.

Que es mucho el fiero estampido
que suena en el firmamento
al rudo choque violento
de la recia tempestad.

Do quiera en torno se mire
sólo las sombras parecen,
que en sus misterios ofrecen
genios que ocultos están.

Vagos fantasmas que corren
sus negras alas batiendo,
y a su alredor extendiendo
miedos que vienen y van.

Si algún mortal aún despierto
noche tan cruda mirara,
hacia su lecho tornara
para esconderse y dormir;

arrebujado y hundido
de su colchón en la pluma
queriendo el mal que le abruma
con blando sueño extinguir.

Y, sin embargo, velando
una mujer algo espera,
que mira inquieta la esfera
de un anticuado reló:

del que la aguja dorada,
girando siempre impasible,
vio que pasando terrible
las doce en punto marcó.

Volvióse pálida entonces,
y en su lozana mejilla
triste una lágrima brilla
de agudo e intenso dolor.

Y un ¡ay!, de acerba congoja,
cual del que en su bienandanza
pierde toda la esperanza,
mezcló del viento al rumor.

Y exclama con triste queja:
«Ya son las doce, ¡Dios mío!
Ya mi esperanza se aleja
que así el perjuro me deja
sola llorar su desvío.

¿Por qué en su amor me creí?
¿Por qué cifré la esperanza
del tierno afán que sentí
prisma luciente que vi
mar de fingida bonanza?

Ya tantas noches pasaron
que aquí velando esperé,
y silenciosas marcharon,
y entre su sombra llevaron
la dicha que acaricié.

Y ni un consuelo a mi afán
sus vanas sombras trajeron
que en mí burlándose están;
y que hoy también fingirán
cual otras veces fingieron.

¡Ay!... Cuando al fin se despierta
de un sueño dulce de amores
para contemplar desierta
la ventura que cubierta
se vio de risueñas flores;

cuando mentira se advierte
grata delicia que un tiempo
vivió con el alma fuerte,
se mira en torno la muerte
vagando del pensamiento;

ni trina el ave sonora,
ni el aura murmullo tiene,
ni luce alegre la aurora,
y hasta la vida se ignora
si algún recuerdo contiene.

Corran veloces las horas
marchen las horas despacio,
heladas o abrasadoras
se esconden siempre traidoras
en la nada de un espacio...

¡Oh Dios! Si el año de gloria
que entre caricias fue huyendo,
trocóse en dicha ilusoria
para abrasar mi memoria
que ha de acordar padeciendo,

más me valiera morir,
que el rudo penar que siento
tener asaz que sufrir,
y entre el dolor maldecir
la fe de mi pensamiento».

Así entre pena y dolores
aquella noche pasaba,
y la infeliz lamentaba
de la suerte los rigores.

Cuando en el aire sonó
leve palmada ligera,
y entonces la joven fuera
de la ventana miró,

y algo de bueno sus ojos
allá en la sombra encontraron,
que el ceño adusto dejaron
de sus sentidos enojos.

Plática dulce de amores
a poco rato se oía,
y un hombre a Inés la decía
para calmar sus temores:

-¡Cuánto sufrí vida mía!...
¡Cuántas congojas de muerte
al ver pasaban sin verte
un día tras otro día!

Tú comprender no podrás
cómo esas noches tan largas
me habrán parecido amargas
cual no lo fueron jamás.

En mis insomnios creí
que en tanto por mí esperabas,
de la pura fe dudabas
de quien penaba por ti:

de quien sin miedo avanzó
por la tormenta impasible
luego que un medio posible
para venir alcanzó.

-¿Por qué la noche has faltado
que aquí venir me juraste?
-Porque la fortuna al traste
dio con mi intento soñado.

Quise a tu lado volver
cuando así lo prometiera,
mas cual si la suerte fuera
mi grato plan a torcer,

asuntos de gran valía
el tiempo aquel me robaron,
y de cumplir me privaron
la grata esperanza mía.

Y en mi castillo esperé
llegase el ansiado instante
para decirte que amante
nunca de ti me olvidé.

Al escuchar, dijo Inés,
ese lenguaje que adoro,
percibo un rico tesoro
de mi esperanza a través;

y marcha el dolor impío
de mis acerbos pesares
cual se disipa en los mares
la niebla con el rocío.

Mas queda envuelta en el hondo
de esa ventura que pasa
ceniza ardiente que abrasa
mi corazón hasta el fondo...

Siempre escondido en mi pecho
cierto secreto guardé,
y en mi dolor lo oculté
llena de amargo despecho.

Y fue la historia fatal
que aquí una vez me contaron,
cuyos detalles grabaron
el corazón por mi mal.

Y hoy sus misterios diré,
porque abrasando mi alma
roban la paz y la calma
que tanto tiempo gocé.

Dijeron que una mujer
de alto linaje y renombre
quiso la dieses tu nombre...
tu hermosura y tu poder.

Y tú cual joven de honor
con su buen padre trataste,
y tu palabra empeñaste
de consagrarla tu amor.

Y que de un valle al confín
sólo con ella has hablado,
y que en recuerdo te ha dado
una flor de su jardín.

Tú con afán la cogiste,
y con amor la besaste,
y por su emblema juraste...
lo que tal vez no cumpliste...

Dime si es esto verdad:
que más engaños no quiero...
Y más morirme prefiero
que dudar de tu lealtad.

-Los cielos testigos son
que si tal ha sucedido,
contestó el galán, sumido
en rara meditación,

ni a la palabra falté
que en ese tiempo haya dado,
ni al proferir que te amado
querida Inés te engañé.

Si algún juramento di,
a recordar sólo acierto,
que ha sido a un hombre que ha muerto
a quien tal cosa ofrecí.

Mas ella... murió también...
Y en el morir... todo acaba...
Por eso a ti te llamaba
mi solo y único bien.

Cuando al venir a tu casa
por el cementerio paso,
siempre me asalta al acaso
algún recuerdo que abrasa.

Mas luego que lejos estoy
de aquel lugar funerario,
con pensamiento más vario
a ti acercándome voy.

Y tus caricias de amor
con su dulcísimo aliento
disipan del pensamiento
los recuerdos de la flor.

Así su amante a Inés constancia eterna
y gloria al porvenir la prometía,
y ella escuchando apasionada y tierna
su fe volver al corazón sentía.

Y se entregó de la esperanza en brazos,
gozó feliz con su vivir presente,
volvió a anudar los desunidos lazos,
y en el placer adormeció su frente.

Mas, ¡ay!, que la aventura acá en la vida
es niebla que fugaz se disipó,
seca flor que en el tronco suspendida
la ráfaga más tenue desprendió.

Y también es verdad que si hay un día
que el alma en paz de venturanza goza
entre el rudo estertor de la agonía,
lucha en vano después y se destroza.

No hay goce, no, que duradero sea,
ni placer que no envuelva una mortaja,
la flor que más lozana se recrea
marchita de su tronco se desgaja.

Y si algún ser entre delicias ciento
vio resbalar su juventud temprana,
sentirá la vejez del pensamiento
que ha de luchar con su dolor mañana.

Y tendrá que pagar ese tributo
que nos pide de lágrimas la vida,
¡que es en verdad el sazonado fruto
que dejamos al fin de la partida!...

Ved a Inés pobre mujer
que disipados ya mira
sus pesares,

cómo volviendo al placer
llena de gozo delira
en sus cantares.

Mirad cómo al joven vate
que la enamora risueño,
le acaricia

cómo el corazón le late
y siente un suave beleño
de delicia.

Ya le parece que el mundo
es un jardín encantado
que los mece,

sin ver el daño profundo
que, aunque de flores sembrado,
les ofrece.

Y nada en el porvenir
la arredra ni la amedrenta,
ni allí mira,

que en el placer de sentir
vana quimera sustenta,
y aun delira.

¡Quién pudiera prolongar
tanta delicia en un punto
solamente!...

¡Mas, ¡ay!, que habrá que pagar
cuanta ventura en conjunto
vio su mente!...

Si tal su placer ha sido,
si amor tan grande sintió,
tal será el dolo;

y buscando un bien perdido,
verá que pronto se halló
con llanto solo!...

La noche avanzaba
la aurora viniendo
su luz extendiendo
la tierra cubrió.

Cesó la tormenta
que ha poco mugía,
lejano moría
su triste rumor.

La atmósfera libre
de negros vapores
los varios colores
dejaba lucir,

de rosas tempranas,
de pájaros ciento
que, alegres, al viento
volaban sin fin.

Reflejo el primero
de un sol que nacía
muy tenue venía
la escena a alumbrar,

de Inés y su amante
que en grata victoria
cien mundos de gloria
forjándose están.

Ni cuentan las horas
que corren perdidas,
ni ven que extinguidas
las sombras van ya.

Felices murmuran
promesas sin cuento,
cenizas que al viento
mañana serán,

Inés que contempla
tan sólo a su amante,
ni mira adelante,
ni atrás recordó.

La dicha presente
quizá se ha fingido
que eterna habrá sido,
y el mal olvidó.

Mas de pronto su semblante
de amarillo se ha cubierto,
como flor que en el desierto
marchitada al viento fue.

Y fijando su mirada
en un punto solamente,
preguntando está a su mente
si es mentira lo que ve...

Blanca flor que se desprende
del jubón de su querido,
cual semblante dolorido
de una virgen que murió.

Cuyas hojas ya marchitas
la figura representan
de bellezas que se ahuyentan
la memoria que quedó:

Fue lo que de Inés atrajo
la atención con tanto empeño,
lo que al fin vio no era sueño
sino triste realidad.

Fue lo que la horrible duda
con los celos le ha devuelto,
densa nube que ha disuelto
por su vida una verdad.

-Tú me fingiste, al punto exclama:
Ésa es la flor del juramento,
esa mujer que amaste vive:
No me engañó mi pensamiento.

¡Ay!, si después que en ti he fiado
miro que es falso tu querer:
Si das en premio a mis afanes
sólo un eterno padecer;

y si después que derramaste
bálsamo dulce en mi existir,
amarga hiel no más me dejas
que aprovechar al porvenir...

Valiera más que me mataras
que así dejarme, ¡oh, Dios!, mirar
que en brazos de otra mis caricias
ya para siempre olvidarás.

Esa flor, ¡ay!, lo dice todo,
y ahora al mirarla ya perdí
la tierna fe, la dicha dulce
que en tus caricias recogí...

-Calma tu afán, la dice el joven
algo turbado al parecer,
causa no fue lo que ahora has visto
para aumentar tu padecer.

Es esta flor, yo te lo juro,
emblema santo que respeto,
nada profano en torno encierra,
es de mi fe dulce amuleto.

Yo la encontré lozana y bella,
pero tan triste en su color,
que creo vi por su corola
cierto reflejo de dolor.

Y la cogí, y aquí guardada
la puse junto al corazón;
y nadie supo que escondía,
quizá... fatal profanación...

-Dámela, dijo Inés: Yo quiero
verla en mi frente relucir,
y así tal vez la fe perdida
vuelva en mi pecho a revivir.

-¿Sabes Inés lo que me pides?
¿Quieres lucir con esa flor...?
¿Sabes quizá si en ti brillara
con un siniestro resplandor?

-¡Es su recuerdo no lo dudo
cuando la niegas a mi afán!...
-Tómala Inés, él la responde;
¡sus hojas, ¡ay!, te abrasarán!

¿Sabes por qué yo la escondía
por qué a tu afán se la negué...?
Voy a contarte al fin la historia
que siempre oculta reservé.

Era una noche pura,
tan clara como el día,
la luna repartía
su pálido fulgor.

Y yo en mi capa envuelto,
siguiendo mi destino
marchaba en mi camino
sin miedo ni temor.

Ningún recuerdo entonces
de la pasada historia
turbaba mi memoria
ni me hizo padecer.

Ningún eco sentido
cruzó mi pensamiento,
ni un ¡ay!, de sentimiento
de mágico poder.

Mas sin pensar, mis ojos
cercano divisaron
un punto, a do tornaron,
de extraño resplandor.

Y allí marchando pronto,
bajéme y vi crecida
sobre su tallo erguida
la contristada flor.

Parece que me dijo
al acercarme a ella:
«La esencia soy de Estrella
contigo quiero estar;

si no me llevas pronto
marchita ya y sin vida,
ya mi aroma esparcida
por siempre quedará».

Y allí junto a la losa
de su sepulcro estaba;
y allí me demandaba
recuerdos que olvidé;

que ocultos en un mundo
corrieron escondidos,
donde vagar perdidos
por siempre los dejé.

La recogí al momento,
y en mí guardada estuvo,
su esencia se contuvo
sin escapar de mí.

Y nunca esa flor triste
privó de que te amara,
ni nunca ella esperara
lo que he encontrado en ti.

Si oyendo aquesta historia
llevártela quisieras,
sin duda no tuvieras
ni fe ni corazón.

Que aquel que no respeta
las prendas de los muertos,
sus pasos tan inciertos
serán cual su razón.

Sonora una carcajada
lanzó Inés al fin del cuento,
burlando el raro portento
de la malhadada flor.

Y con extraña sonrisa
dijo, mirando a un espejo:
«Verás cual brilla de lejos
su amarillento color».

Mas la flor en su negra cabellera
tan mustia y macilenta se volvió,
cual luz que moribunda se extinguiera,
después que algún sepulcro iluminó;

y aquel extraño relucir sin vida,
tristeza tanta en su semblante vierte,
que aun más que aquella flor descolorida,
se parece a la sombra de la muerte.

Ella volvió los aterrados ojos,
hacia el hombre que estático la mira,
y encontrólos quizá llenos de enojos,
que con afán y con dolor suspira.

Mas él mudo quedó: ni un eco amargo,
ni dulce son atravesó su aliento,
y aquel instante indefinible y largo
fue el más rudo tal vez del sentimiento.

Y, ¡ay!, por fin un adiós... voz la postrera,
siniestra por la estancia resonó;
y un momento después... nada allí había,
¡todo en silencio sepulcral durmió!...

Contaban meses después,
que cierta joven hermosa,
habiendo puesto una rosa
que en un sepulcro nació,

presa en su negro cabello
para lucirse más bella,
la flor, prendiéndose en ella,
jamás su frente dejó.

Que allí marchita y ajada
se fue la rosa quedando,
y que la joven secando
sintió con la flor su sien.

Y cuando al fin ya del todo
la flor se quedó sin vida,
la joven con ella unida
murió marchita también.

Y cada cual con espanto
viendo su tumba contaba,
que aquel sepulcro guardaba
La rosa del Campo Santo.


Publicado el 10 de enero de 2019 por Edu Robsy.
Leído 9 veces.