Texto: El Enemigo de la Muerte
de Rosario de Acuña


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El Enemigo de la Muerte

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Fragmento de El Enemigo de la Muerte

El doctor salía de casa de sus enfermos cuando ya los había dado de alta, que era muy tarde, pues no dejaba él detrás de sí rastro de enfermedad, y entonces, según frase corriente de los cariamorenses la cara del médico daba luz: de tal modo el gozo, la satisfacción, la ventura; todos los diferentes matices del Amor irradiaban en torno de su rostro, y eso que nada había en él de extraño. Almalegre tenía figura vulgar; lo que sí rebosaba por toda su persona era un aspecto de pulcritud, de simetría, de proporción armónica, que si no la belleza era lo más aproximado. Su casita estaba en un extremo del pueblo, sobre unas aristas de roca; la rodeaba una estrecha pradería salpicada de manzanos que bajaban, colgados materialmente entre las piedras, hasta el fondo del valle; su conjunto semejaba un ramillete de frondoso verde, rematado por blanca azucena. Dentro de la casa tampoco había nada extraño al lugar: sencillos muebles de nogal, blanquísimo lecho, una biblioteca de contados, aunque selectos libros de medicina, un laboratorio, el retrato de una mujer anciana, que, según decía el doctor, era su madre, mucha luz y muchísima limpieza. Una mujer ya vieja, pero con agilidades de juventud, y un rapaz que cuidaba del caballo y los bien poblados corrales, a más de unas cuantas cabras y ovejas, eran la servidumbre de Almalegre, que los designaba a la consideración de la gente con el nombre de «familia».


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12 págs. / 21 minutos.
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Publicado el 29 de agosto de 2019 por Edu Robsy.


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