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Cuento


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24 págs. / 43 minutos / 173 KB.
29 de agosto de 2019.


Fragmento de Un Certamen de Insectos

–Creo que soy muy útil al hombre –siguió diciendo–, porque de mi cuerpo, estrujado, se saca un aceite que tiene la propiedad de calmar los dolores agudos. ¿Dónde me pongo?

–¡Quédate ahí! –contestó el Sol lanzando una ráfaga brillante sobre los élitros del insecto–, separado de los demás bichos, porque tú eres para el hombre de una importante utilidad.

Llegase en esto el ciervo volante, un insecto inmenso, del tamaño de una bellota, muy gordo, muy gordo; insecto que tiene unas mandíbulas enormes, en forma de cuernos de ciervo; sus antenas son finitas y cortas, acabadas en maza; sus seis patas miran cuatro hacia atrás y dos hacia delante; su cabeza y tórax son negros, y el abdomen (ya se sabe que el abdomen es la barriga de los insectos), es pardo. Este insecto tan grande y tan feo, es lo más inofensivo del mundo; vive chupando la savia que se escapa de los robles y de algunos otros árboles, de modo que no roba nada, ni mata a nadie para vivir, manteniéndose de lo que sobra; su utilidad al hombre es mucha, pues, reducido a polvo en un almirez, después que está bien seco, sirve para aliviar los dolores de reuma y de gota, y los dolores nerviosos; y convirtiéndolo en aceite, sirve para mejorar la epilepsia. Según dicen algunos libros, las larvas del ciervo volante eran comidos en los banquetes de los romanos, como entremeses o condimento de los guisados. El Sol hizo tomar al insecto un sitio reservado, como muy útil que es para el hombre, y enseguida atendió al aceitero, que llegaba arrastrando pausadamente su negro y lustroso cuerpo: el aceitero vive comiendo hojas de plantas rastreras, tiene las mandíbulas en forma de sierpecita, y se parece mucho a un gusano gordo, pues no tiene alas: su olor es muy fuerte y muy acre, y del aceitero se saca un aceite esencial que alivia la gota, la parálisis y el reuma; pulverizado este bichito después de seco, sirve para que no enconen las picaduras de los escorpiones, y hasta se dice que sirve para curar la mordedura del perro rabioso, de modo que no rabie la persona mordida; es del largo del dedo grande de la mano, y con todos estos antecedentes bien se comprende que el Sol colocaría al aceitero entre los muy útiles. Apenas se había quitado de en medio, llegó por el aire la cantárida, que una mosca grande, verde brillante, con reflejos de púrpura y oro, como si fuese un pedacito de fuego volante.


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