Texto: La Caravana Pasa
de Rubén Darío


Crónica, Ensayo


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La Caravana Pasa

Crónicas parisienses

"La caravana pasa" es uno de los más bellos y a la vez uno de los menos conocidos entre los libros de crónicas publicados por Rubén Darío. En sus 31 capítulos, publicados originalmente en La Nación de Buenos Aires, desde la primavera de1901 hasta el verano de 1902, encontramos a Darío en plena posesión de sus dones de cronista. Escritos en su mayor parte en París, reflejan tanto su fascinacióncomo su desilusión con la “capital de la cultura”, y representan hoy una mina valiosísima de informaciones e impresiones sobre la Bella Época parisiense.

Sin embargo, el mismo Darío contribuyó a la poca accesibilidad del libro. Le puso un titulo basado en un proverbio árabe que no indica nada de los temas que se tratan en él; quitó los títulos de las crónicas individuales tales como aparecieron en La Nación y los reemplazó por números; eliminó sus fechas de composición y modificó su cronología para regruparlos en orden temático, en cinco libros, que a su vez no llevan título alguno para indicar de qué temas se trata.


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Fragmento de La Caravana Pasa

No puede haber comparación, sino para mengua de lo moderno, en el concepto de la hermosura, entre los juegos antiguos que celebraba Píndaro y los de ahora, que cantan el Auto-Vélo o el París Sport. Pero aun así, los actuales ejercicios y divertimientos ofrecen cuadros y escenas de innegable atractivo. El teufteur, el pneu y los diversos matchs de velocidad o agilidad, que hoy están de moda, entrarían difícilmente en la oda. El automóvil ha encontrado un robusto poeta en prosa en Paul Adam, y algún pequeño poeta ha celebrado a las varias bellezas que se visten de oso y se ponen caretas extraordinarias para ir a gozar de las delicias del torbellino de polvo, sobre el demonio de caucho y hierro, fulminador de pavos, patos, gallinas y perros, cuando no del desventurado peatón.

Otra vez he hablado de las carreras de caballos. Hoy se interesa el público por las carreras de automóviles. «¡El caballo se muere! ¡El caballo ha muerto!» gritan algunos. Pero el Grand Prix no deja de ser la fiesta por excelencia, y Auteuil y Chantilly y demás lugares de hipógrifos con pedigree, se siguen viendo tan concurridos como siempre. Un periodista afirma que «un simple Rothschild puede franquear en una armazón eléctrica, en diez y siete horas y media, la distancia que separa Stuttgard de París; es decir, setecientos fulgurantes kilómetros, y eso en el momento mismo en que la pobre Kizil Kourgan—ilustre yegua—hija de Eolo, gana el antiguo premio de los hipódromos vieux jeu, y da vueltas ante el presidente de la República. ¿Qué decís, oh días del corcel caro a Píndaro, y qué vais a hacer? Triste sport de tortugas, ¿qué nos quieres? El Grand Prix de París me parece tan lejano en la historia como las lupercales en honor del dios Pan. Epsom, Longchamps, Auteuil y Chantilly, otros tantos nombres que suenan a viejo régimen, viejos principios y radotage. Yo estoy por los pneus, por los teuf-teufs, por los autos,—y los express son nuestras diligencias.» A lo cual otro le contesta que el automóvil no es para todo el mundo, pues hay que ser rico para pagarse las delicias de los 100 por hora. No ha llegado tampoco el tiempo en que el caballo sea únicamente un comestible en las carnicerías hipofágicas. «Creemos, dice el bravo defensor del animal poético que relincha en Job y galopa en Virgilio, creemos que los autos no reemplazarán jamás nuestra caballería armada, la cual, con las actuales máquinas de guerra y con las que nos prepara el porvenir, se hacen más y más indispensables. Esas solemnidades hípicas cuya ironía os parece risible, son, pues, más útiles y de un orden más elevado que nunca, y el día que anunciáis en que se abolirán las corridas de caballos, mientras el caballo volverá a las pampas; el día, en fin, en que «los coraceros cargarán en triciclos a petróleo»—no es broma, eso está en el artículo—ese día encontrará mejor su lugar en carnaval que aquel predicho por vos, en que «el caballo gordo, despacio, coronado de pámpano, mitológico y comestible», desfilará por el bulevar. El mismo Paul Adam ha preconizado la potencia destructora de los automóviles de guerra, y lo que se creía una imaginación suya se ha visto confirmado por la opinión de revistas técnicas y algún ensayo práctico en el ejército inglés. Pero nada le quitará al caballo su triunfo estatuario y su belleza lírica. No hay que olvidar que Pegaso es caballo.


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181 págs. / 5 horas, 18 minutos.
39 visitas / 12 lecturas.
Publicado el 13 de diciembre de 2018 por Edu Robsy.


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