El Milagro de Purun Baghat

Rudyard Kipling


Cuento


La noche que sentimos
que la tierra se abriría,
lo hicimos, tomado de la mano,
en pos nuestro venirse.
Porque lo amábamos con el amor
aquel que conoce pero no entiende.
Y cuando de la montaña
el estallido percibióse,
y todo hubo caído
como lluvia extraña,
lo salvamos nosotros,
nosotros, pobre gente;
pero, ¡ay! siempre
permanece ausente.
¡Gemid! Lo salvamos,
pues también aquí,
entre esta pobre gente,
hay sinceros amores.
¡Gemid! No despertará
nuestro hermano.
Y su propia gente
nos echa de nuestro remanso.

(Canto elegíaco de los langures.)


En la India había una vez un hombre que era primer ministro de uno de los estados semi—independientes que hay en el noroeste del país. Era un brahmán de tan alta casta, que las castas ya no tenían ningún significado para él; su padre había tenido un importante cargo entre la gentuza de ropajes vistosos y de descamisados que formaban parte de una corte india a la antigua.

Pero, conforme Purun Dass crecía, notaba que el antiguo orden de cosas estaba cambiando, y que si cualquiera deseaba elevarse, era necesario que estuviera bien con los ingleses y que imitara todo lo que a éstos les parecía bueno. Al mismo tiempo, todo funcionario debía captarse las simpatías de su amo. Algo difícil era todo esto, pero el callado y reservado brahmancito, ayudado por una buena educación inglesa recibida en la universidad de Bombay, supo manejarse bien, y se elevó paso a paso hasta llegar a ser primer ministro del reino; esto es, disfrutó de un poder más real que el de su amo, el Maharajah.

Cuando el viejo rey —siempre receloso de los ingleses, de sus ferrocarriles y de sus telégrafos— murió, Purun Dass mantuvo su influencia con el sucesor que había tenido por tutor a un inglés; y entre los dos, aunque él siempre cuidó de que el crédito fuera para su amo, establecieron escuelas para niñas, construyeron caminos, fundaron hospitales y publicaron una información anual o libro azul sobre "El progreso moral y material del Estado", por lo que el ministerio de Negocios Extranjeros inglés y el gobierno de la India estaban muy contentos. Muy pocos estados indígenas aceptan en conjunto los progresos ingleses, porque no creen, como Purun Dass mostró creer, que lo que es bueno para un inglés debe ser doblemente bueno para un asiático. Llegó el primer ministro a ser muy amigo de virreyes, gobernadores y secretarios; de médicos con misiones especiales; de los misioneros comunes; de oficiales ingleses, jinetes excelentes que cazaban en los terrenos del Estado; y asimismo de todo un ejército de viajeros que recorría la India en invierno dando a la gente lecciones de cómo hay que hacer las cosas. A ratos perdidos fundaba bolsas para el estudio de la medicina y de la industria, siguiendo estrictamente los modelos ingleses, y escribía cartas a El Explorador, el mayor de los periódicos indios, explicando las ideas y objetivos de su amo.

Hizo por último un viaje a Inglaterra, y hubo de pagar enormes sumas a los sacerdotes cuando regresó, porque incluso un brahmán de tan elevada casta como Purun Dass quedaba degradado cuando cruzaba el negro mar. En Londres vio y habló con cuanta gente valía la pena conocer —personas que son conocidas en todo el mundo—, y vio mucho más cosas de lo que él contaba. Le concedieron títulos honorarios académicos sabias universidades y habló e hizo discursos acerca de la reforma social de la India ante damas inglesas vestidas de etiqueta, hasta que todo Londres proclamaba: "este es el hombre más fascinante del mundo con quien jamás se sentó alguien a manteles desde que éstos existen."

Cuando regresó a la India se vio envuelto en un halo de gloria, pues el Virrey en persona visitó al Maharajah para concederle la Gran Cruz de la Estrella de la India (toda diamantes, cintas y esmalte); y en la misma ceremonia, mientras los cañones tronaban, Purun Dass fue proclamado comendador de la Orden del Imperio Indio; y así, su nombre se convirtió en Sir Purun Dass, K.C.I.E.

Aquella tarde, a la hora de la comida en la gran tienda del virrey se puso en pie ostentando la placa y el collar de la Orden, y, contestando a un brindis en honor de su amo, dijo un discurso que pocos ingleses hubieran superado.

Al mes siguiente, cuando ya la ciudad había vuelto a su reposo, hizo algo que ningún inglés hubiera jamás soñado hacer, pues murió para todo lo concerniente a los negocios de este mundo. Las ricas insignias de la Orden volvieron al Gobierno de la India; se nombró a otro primer ministro que se encargara de los negocios; entre los demás empleados empezó un juego de idas y venidas, como si se tratara de jugar a correos. Los sacerdotes sabían lo ocurrido, y el pueblo lo adivinaba; pero la India es uno de aquellos lugares en que un hombre puede hacer lo que guste y nadie le preguntará por qué lo hace, y el hecho de que Dewan Sir Purun Dass, K.C.I.E. hubiera renunciado a su posición, a su palacio y a su poderío, adoptando el cuenco y el vestido color ocre de un sunnyasi o santón, a nadie le parecía cosa extraordinaria. Había sido, como lo recomienda la antigua ley, joven durante veinte años, luchador durante otros veinte años (aunque jamás había llevado consigo arma alguna), y durante otros veinte más, cabeza de familia. Había usado de sus riquezas y su poder en lo que él sabía que había sido útil; recibió honores cuando le salieron al paso; había visto hombres y ciudades que se hallaban cerca y lejos, y hombres y ciudades se pusieron en pie para honrarle. Ahora se desprendía de todo eso, como un hombre deja caer un manto que ya no necesita.

Detrás de él, mientras cruzaba las puertas de la ciudad, con una piel de antílope y una muleta de travesaño de cobre bajo el brazo, y en su mano un moreno cuenco pulimentado hecho de coco de mar, descalzo, solo, con los ojos clavados en el suelo... detrás de él retumbaban las salvas de los bastiones en honor de quien había tenido la fortuna de ocupar su lugar. Purun Dass saludó. Aquella vida había terminado para él; no le tenía ni mejor ni peor voluntad de la que puede tenerle un hombre a un incoloro sueño que soñó en la noche. Él era un sunnyasi... un mendigo errante sin hogar que recibía de la caridad pública el pan de cada día; y mientras haya en la India qué compartir, no se morirá de hambre ni un sacerdote ni un mendigo. Nunca había comido carne en su vida, y rarísima vez, pescado. Un billete de banco de cinco libras esterlinas le hubiera bastado para pagar sus gastos personales, por comida, durante cualquiera de los muchos años en que fue dueño absoluto de millones en metálico. Inclusive cuando en Londres se convirtió en el hombre de moda, nunca olvidó su sueño de paz y reposo.., el largo, blanco, polvoriento camino, lleno de huellas de desnudos pies; el incesante tránsito, y el acre olor de la leña quemada, cuyo humo sube en espirales bajo las higueras, a la luz de la luna, donde los caminantes se sientan a cenar.

Cuando llegó el momento de realizar este sueño, el primer ministro tomó sus disposiciones, y al cabo de tres días más fácil hubiera sido encontrar una burbuja de agua en las profundidades del Atlántico, que a Purun Dass entre los errantes millones de hombres en la India, que ora se reúnen, ora se separan.

Por la noche extendía su piel de antílope donde se le hacía de noche, unas veces en un monasterio de sunnyasis ubicado junto al camino: otras, cabe una columna hecha de

tapia de algún lugar sagrado en Kala Pir, donde los yoguis, que son otro nebuloso grupo de santones, lo recibían como lo hacen los que saben qué valor tiene eso de las castas y grupos; otras veces, en las afueras de un pueblecito indio, a donde acudían los niños con la comida preparada por sus padres; no pocas veces, por último, en lo más alto de desnudas tierras de pasto, donde la llama del fuego encendido con cuatro palitroques despertaba a los adormecidos camellos. Todo era lo mismo para Purun Dass... o Purun Bhagat, como ahora se llamaba a sí mismo, Tierra, gente, comida.., todo era lo mismo. Pero inconscientemente fuéronlo llevando sus pies hacia el Norte y hacia el Este; desde el Sur hacia Rohtak; de Rohtak a Kurnool; de Kurnool al arruinado Samanah, y de allí, subiendo por el seco cauce del Gugger, que sólo se llena cuando la lluvia cae en las montañas vecinas, hasta que un día vio la lejana línea de los grandes Himalayas.

Entonces sonrió Purun Bhagat, porque se acordó que su madre era de origen brahmánico, de la raza de los rajhputras, allá por el camino de Kulu (una montañesa, pues, que siempre echaba de menos las nieves), y basta que un hombre lleve la más pequeña gota de sangre montañosa en sus venas, para que, al final, vuelva al lugar de donde salió.

—Allá abajo —díjose Purun Bhagat, subiendo de frente por las primeras lomas de los montes Sewaliks, donde los cactos se yerguen como candelabros de siete brazos—, allá me sentaré a meditar. Y el fresco viento del Himalaya silbó en sus oídos al caminar por la ruta que lleva a Simla.

La última vez que había pasado por allí, había sido con gran cortejo, con una ruidosa escolta de caballería, para visitar al más cortés y amable de todos los virreyes; y ambos hablaron durante una hora de los amigos mutuos de Londres, y de lo que realmente piensa la gente de la India de muchas cosas. En esta ocasión Purun Bhagat no hizo ninguna visita, sino que se recostó sobre una verja del paseo, contemplando la hermosa vista de las llanuras que se extendían diez leguas delante de él; hasta que un policía mahometano del país le dijo que interrumpía la circulación, y Purun Bhagat saludó respetuosamente al representante de la ley porque sabía el valor de aquélla, e iba en busca de una que fuera la suya propia. Siguió adelante y aquella noche durmió en una choza abandonada, en Chota Simia, que parece ser el fin del mundo, pero que sólo era el principio de su viaje.

Siguió el camino del Himalaya al Thibet, vía de tres metros de ancho abierta en la roca viva a poder de barrenos, o apuntalada con maderos sobre el abismo de trescientos metros de profundidad, que se hunde en tibios, húmedos, cerrados valles, y trepa por colinas desnudas de árboles y con algo de hierba, en donde reverbera el sol como en un espejo ustorio; o que caracolea al través de espesos, oscuros bosques, donde los helechos arborescentes cubren de alto abajo los troncos de los árboles y donde el faisán llama a su compañera. Se encontró con pastores del Thibet, con sus perros y rebaños de carneros, y cada carnero llevaba una bolsita con bórax sobre su espalda; con leñadores errantes; con lamas del Thibet que llegaban en peregrinación a la India, cubiertos con mantos y abrigos; con enviados de pequeños y solitarios estados, perdidos entre montañas, que corrían la posta rápidamente en caballitos cebrados o píos; o bien, se encontró con la cabalgata de un rajah que iba a hacer una visita; o también le ocurría no ver a nadie en un claro y largo día, excepto un oso negro, que gruñía y desenterraba raíces allá abajo, en el valle. Durante las primeras jornadas, todavía resonaban en sus oídos los rumores mundanales, como el estruendo de un tren que pasa por un túnel se queda aún resonando mucho tiempo después que el tren ha salido de él. Pero, una vez que dejó atrás el paso de Mutteeanee, todo terminó, y Purun Bhagat se quedó a solas consigo mismo, caminando, vagabundeando y pensando, clavados los ojos en el suelo y con sus pensamientos en las nubes.

Una tarde cruzó el más alto desfiladero que había encontrado hasta entonces —la ascensión habíale tomado dos días—, y se encontró frente a una línea de nevados picos que ceñían todo el horizonte: montañas de cinco a seis mil metros de altura que parecían lo suficientemente cerca para alcanzarlas de una pedrada, pero que en realidad se encontraban a catorce o quince leguas de distancia. El desfiladero estaba coronado de un denso y oscuro bosque de deodoras, castaños, cerezos silvestres, olivos y perales también silvestres; pero principalmente deodoras, que son los cedros del Himalaya; a la sombra de estos árboles se levantaba un templo abandonado dedicado a Kali... que es Durga, que es Sitala, y que recibe adoración por su virtud contra la viruela.

Purun Dass barrió el suelo de piedra, sonrió a la estatua que parecía hacerle una mueca, con barro arregló un hogar donde pudiese encender fuego detrás del templo; extendió su piel de antílope sobre un lecho de pinocha verde, apretó bien su bairagi (su muleta con travesaño de cobre) bajo la axila y se sentó a descansar.

Casi por debajo de él estaba el declive del monte desnudo, pelado en una altura de cuatrocientos metros, en donde una aldehuela de casas hechas de piedra con techos de tierra amasada, parecía colgar de la escarpada pendiente. En derredor, se extendían estrechos terrenos en forma de terraplenes, como delantales formados de retazos y puestos sobre la falda de la montaña, y vacas que parecían tener el tamaño de escarabajos pacían en los espacios que quedaban entre los círculos, empedrados de pulidas piedras, que servían de eras.

Al mirar al través del valle, el ojo se engañaba sobre el tamaño de las cosas, y al principio no podía convencerse de que lo que parecía un grupo de arbustos, al lado de la montaña, era en realidad un bosque de pinos de treinta metros de alto. Purun Bhagat vio a un águila hundiéndose en la enorme hondonada; pero la inmensa ave pareció ir decreciendo en tamaño hasta no ser más que un punto antes de que llegara a la mitad del camino.

Grupos de nubes enfilaban por el valle, enredándose en la cima de la montaña, o elevándose para desvanecerse cuando llegaban a la altura de los picos en los desfiladeros. "Aquí hallaré la paz", se dijo Purun Bhagat.

Ahora bien, para un montañés, no cuentan unas cuantas docenas de metros más abajo o más arriba, y tan pronto como los aldeanos vieron humo en el templo abandonado, el sacerdote del pueblecillo subió por la ladera de terraplenes para saludar al forastero.

Al fijar su mirada en los ojos de Purun Bhagat —ojos de hombre acostumbrado a mandar a miles de hombres—, se inclinó hasta el suelo, cogió el cuenco sin decir palabra y regresó a la aldea diciendo:

—Por fin tenemos a un santón. Nunca vi hombre como éste. Es un hijo de los llanos, pero de color pálido... Es la quinta esencia de un brahmán.

Entonces todas las mujeres de la aldea dijeron:

—¿Crees que permanecerá entre nosotros?

Y cada una hizo cuanto pudo para cocinar los más sabrosos manjares para el Bhagat. La comida montañesa es muy simple, pero con alforfón, maíz, pimentón; pescado del río que corre por el valle; miel de las colmenas construidas en forma de chimeneas sobre las paredes de piedra; albaricoques secos; azafrán de Indias; jengibre silvestre y tortas de harina de trigo, una mujer que quiera lucirse puede hacer muy buenas cosas, y estaba bien lleno el cuenco cuando el sacerdote se lo llevó al Bhagat.

¿Pensaba quedarse allí? —preguntó—. ¿Necesitaría un chela (un discípulo) que mendigara para él? ¿Tenía una manta para abrigarse del frío? ¿Le gustaba aquella comida?

Comió Purun Bhagat y le dio las gracias al donante. Pensaba quedarse. Esto es suficiente, dijo el sacerdote. Que dejara el cuenco fuera del templo abandonado, en el hueco de dos raíces torcidas, y diariamente recibiría su alimento, porque el pueblo se sentía muy honrado con que un hombre como él —y miró tímidamente a Bhagat en el rostro— se quedara entre ellos.

Aquel día terminó el vagabundeo para Purun Bhagat. Había llegado al sitio que le estaba destinado... a un lugar todo silencio y espacio. Después de esto, se detuvo el tiempo, y él, sentado a la entrada del templo, no podía decir si estaba vivo o muerto, si era un hombre con control sobre los miembros de su cuerpo, o si formaba parte de los montes, de las nubes, de la mudable lluvia y de la luz del sol. Se repetía a sí mismo suavemente un nombre centenares y centenares dc veces, hasta que, a cada repetición, parecía separarse más y más de su cuerpo, y deslizarse hasta los umbrales de alguna tremenda revelación; pero, en el preciso momento de abrirse la puerta, lo arrastraba hacia atrás su propio cuerpo, y dolorosamente se sentía de nuevo atado a la carne y a los huesos de Purun Bhagat.

Cada mañana, en silencio, el cuenco lleno era colocado sobre la especie de muleta que formaban las retorcidas raíces fuera del templo. Algunas veces lo traía el sacerdote; otras, un mercader ladakhi que paraba en el pueblo, y que, ganoso de hacer méritos, subía trabajosamente por el sendero; pero, con más frecuencia, lo traía la mujer que había cocinado la comida la noche antes, y murmuraba tan bajo que apenas se le oía:

—Interceded por mí ante los dioses, Baghat. Rogad por Fulana, la esposa de Mengano.

En ocasiones se le permitía igual honor a algún muchacho atrevido, y Purun Bhagat lo oía colocar el cuenco y echar a correr tan aprisa como sus piernas se lo permitían; pero el Bhagat nunca descendió hasta el pueblo, al cual veía extendido como un mapa a sus pies. Podía ver también las reuniones que se celebraban al caer la tarde, en el círculo donde estaban las eras, pues era éste el único terreno llano que había; podía ver el hermoso y poco nombrado verdor del arroz cuando es joven; los colores de azul de añil del maíz; los trozos de terreno donde se cultivaba el alforfón, semejantes a diques; y, en su estación propia, la roja flor del amaranto, cuyas pequeñas semillas, puesto que no son ni grano ni legumbre, puede comerlas todo indio en época de ayuno, sin faltar por ello en lo más mínimo.

Cuando el año llegaba a su fin, los techos de las chozas parecían cuadraditos de purísimo oro, porque sobre los techos ponían los aldeanos las mazorcas de maíz para que se secaran. La cría de abejas y la recolección de los granos, la siembra del arroz y su descascarillado, pasaron ante su vista; todo como bordado allá abajo en los trozos de campo de mil distintas orientaciones. Y él meditó sobre todo lo que abarcó su vista, preguntándose a qué conducía todo aquello, en último y definitivo resultado.

Hasta en los lugares poblados de la India, un hombre no puede sentarse y permanecer completamente quieto durante un día, sin que los animales salvajes corran por encima de su cuerpo como si fuera una roca; y en aquella soledad, muy pronto los animales salvajes, que conocían muy bien el templo de Kali, fueron llegando para mirar al intruso. Los langures, los grandes monos de grises patillas del Himalaya, fueron, naturalmente, los primeros porque siempre están devorados por la curiosidad; una vez que tiraron el cuenco, haciéndolo rodar por el suelo, y probaron la fuerza de sus dientes en el travesaño de cobre de la muleta, y le hicieron muecas a la piel de antílope, decidieron que aquel ser humano, que allí estaba sentado tan quieto, era inofensivo. Al caer la tarde saltaban desde los pinos, pedían con las manos algo para comer, y luego se alejaban balanceándose en graciosas curvas. También les gustaba el calor del fuego, y se apiñaban en derredor de él hasta que Purun Bhagat tenía que empujarlos a un lado para echar leña; más de una vez se había encontrado por la mañana con que un mono compartía su manta. Durante todo el día, uno u otro de la tribu se sentaba a su lado, mirando fijamente hacia la nieve, dando gritos y poniendo una cara indeciblemente sabia y triste.

Después de los monos llegó el barasingh, ciervo de especie parecida a los nuestros, pero más fuerte. Llegábase allí para restregar el terciopelo de sus cuernos contra las frías piedras de la estatua de Kali, y pateó al ver en el templo a un hombre. Pero Purun Bhagat no hizo el menor movimiento, y poco a poco el magnífico ciervo avanzó oblicuamente y le tocó el hombro con el hocico. Deslizó Purun Bhagat una de sus frías manos por las tibias astas, y el contacto pareció refrescar al animal, que agachó la cabeza, y Purun Bhagat siguió restregando muy suavemente y quitando la aterciopelada capa. Después, el baras¡ng trajo a su hembra y a su cervato, mansos animales que se ponían a mascar sobre la manta del santón; otras veces venía solo, de noche, reluciéndole los ojos con reflejos verdosos por la vacilante luz de la hoguera para recibir su parte de nueces tiernas. Por último, acudió también el ciervo almizclero, el más tímido y casi el menor de los ciervos, erguidas sus grandes orejas parecidas a las del conejo; y hasta el abigarrado y silencioso mushicknabha sintió deseos de averiguar qué era aquella luz que brillaba en el templo, y puso su hocico, parecido al de una anta, sobre las rodillas de Purun Bhagat, yendo y viniendo con las sombras que el fuego producía. Purun Bhagat los llamaba a todos "mis hermanos", y su bajo grito de ¡Bahi! ¡Bahi! los sacaba del bosque por las tardes, si se hallaban a buena distancia para oírlo.

El oso negro del Himalaya, sombrío y suspicaz (Sona, que tiene bajo la barba una marca en forma de V), pasó por allí más de una vez; y como el Bhagat no mostró miedo, Sona no se mostró malhumorado, sino que observó un poco, se acercó luego y pidió su parte de caricias, un pedazo de pan o bayas silvestres. Con frecuencia, en la quieta hora del amanecer, cuando Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero para ver al rojo día rodar por los nevados picachos, encontraba a Sona arrastrándose y gruñendo a sus pies, metiendo una mano curiosa bajo los caídos troncos y sacándola con un ¡uuuf! de impaciencia; o bien sus pasos despertaban al oso que dormía enroscado, y el enorme animal se levantaba erguido, creyendo que se trataba de una lucha, hasta que escuchaba la voz de Purun Bhagat y reconocía a su mejor amigo.

Casi todos los ermitaños y santones que viven separados de las grandes ciudades tienen la reputación de ser capaces de obrar milagros con los animales; pero el milagro consiste en mantenerse muy quieto, en no hacer nunca un movimiento precipitado, y, por largo rato cuando menos, no mirar directamente al recién llegado. Los ancianos vieron la silueta del barasing caminando como una sombra al través del oscuro bosque detrás del templo; al minaul, el faisán del Himalaya, luciendo sus mejores colores ante la estatua de Kali, y a los langures sentados en el interior y jugando con cáscaras de nuez. También algunos muchachos habían oído a Sona canturreando para sí mismo, como suelen hacer los osos, detrás de las rocas caídas, y la reputación de Bhagat como milagrero se afirmó cada vez mas.

Sin embargo, nada más lejos de su mente que los milagros. Creía él que todas las cosas son un enorme milagro, y cuando un hombre llega a saber esto, sabe ya algo que le sirve de base. Sabía con toda certeza que no había nada grande o pequeño en el mundo; día y noche luchaba para llegar a penetrar en el corazón mismo de las cosas, volviendo al sitio de donde su alma había salido.

Pensando en todo esto, el descuidado cabello empezó a caerle sobre los hombros; en la losa que había al lado de la piel de antílope se hizo un agujerito por el continuo roce del extremo de la muleta que sobre ella se apoyaba; el lugar, entre los troncos de los árboles, en donde ponía su cuenco día tras día, se hundió y se gastó hasta hacerse un hueco tan pulimentado como la misma cáscara de color de tierra que allí se ponía; cada animal conocía con toda exactitud el lugar que le correspondía junto al fuego. Los campos cambiaban sus colores de acuerdo con las estaciones; las eras se llenaban y se vaciaban, y luego se llenaban una y otra vez; y así mismo muchas veces, cuando llegó el invierno, los langures saltaban por entre las ramas cubiertas de ligera capa de nieve, hasta que, al llegar la primavera, las monas traían desde valles más cálidos a sus pequeñuelos de mirada lánguida. Pocos cambios hubo en el pueblo. El sacerdote había envejecido, y muchos de los niños que en otros tiempos solían venir con el cuenco, mandaban ahora a sus propios hijos; y cuando alguien preguntaba a los aldeanos durante cuánto tiempo el santón había vivido en el templo de Kali, allá en el extremo del desfiladero, respondían: "Siempre."

Llegaron entonces tales lluvias de verano, como jamás se habían visto en aquellas montañas en muchas estaciones. Durante tres meses cumplidos el valle estuvo envuelto en nubes y en niebla húmeda... y el agua caía siempre, sin parar y se sucedían las tormentas la una tras la otra. El templo de Kali quedaba generalmente por encima de las nubes, y hubo un mes durante todo el cual el Bhagat no pudo echarle una ojeada a la aldea. Estaba ésta envuelta por una cubierta blanca de nubes que se balanceaba, que cambiaba de lugar, que rodaba sobre sí misma o que se arqueaba hacia arriba, pero que nunca se desprendía de sus estribos, los chorreantes flancos del valle.

Durante todo ese tiempo no escuchó sino el sonido de millones de gotas de agua sobre las copas de los árboles, y por debajo de ellas, siguiendo el suelo, atravesando la pinocha, cayendo a gotas de las lenguas de enlodados helechos y lanzándose, en fangosos canales que acababan de abrirse, por todos los declives. Luego salió el sol que hizo elevarse de los deodoras y de los rododendros su agradable aroma, y así mismo aquel lejano y purísimo olor que los montañeses llaman "el olor de las nieves". Duró el sol una semana y luego las lluvias se reunieron en un postrer diluvio; el agua empezó a caer formando sábanas que le quitaron su corteza a la tierra y que hicieron que de nuevo se convirtiera en barro. Purun Bhagat encendió aquella noche un gran fuego, porque estaba seguro de que sus hermanos necesitarían calor; pero ni un sola animal acudió al templo, aunque los llamó una y otra vez hasta que se quedó dormido, preocupado por lo que podría haber ocurrido en los bosques.

Era ya plena noche y la lluvia tamborileaba como si fuesen mil tambores, cuando se despertó por los tirones que le daban a su manta, y, alargando la mano, tocó la mano pequeñísima de un langur.

—Mejor se está aquí que entre los árboles —dijo él soñoliento, levantando un poco la manta—. Toma y caliéntate.

El mono le cogió la mano y tiró de ella fuertemente.

—¿Quieres entonces alimento? —dijo Purun Bhagat—. Espera un poco y te lo prepararé.

Mientras se arrodillaba para echarle leña al fuego, el langur corrió hasta la puerta del templo, lloriqueó allí, regresó corriendo y le tiró de la rodilla.

—¿Qué sucede? ¿Qué te ocurre, hermano? —dijo Purun Bhagat, porque los ojos del langur decían muchas cosas que el animal no podía manifestar—. A menos que alguno de tu casta haya caído en una trampa... pero nadie pone trampas aquí... no saldré con este tiempo. ¡Mira, hermano, hasta el barasing viene a refugiarse aquí!

Al entrar a grandes pasos en el templo, las astas del ciervo golpearon contra la grotesca estatua de Kali. Las bajó hacia Purun Bhagat y golpeó el suelo, inquieto, y resopló con fuerza por las contraídas narices.

—¡Ea! ¡Ea! ¡Ea! —dijo el Bhagat haciendo sonar sus dedos—. ¿Éste es tu pago por hospedarte una noche?

Pero el ciervo lo empujaba hacia la puerta, y al hacer esto, Purun Bhagat oyó el sonido de algo que se abría y vio que en el suelo se separaban dos losas la una de la otra, en tanto que la pegajosa tierra formaba como unos labios que se apartaban con un chasquido.

—Ahora comprendo —dijo Purun Bhagat—. No es extraño que mis hermanos no se sentaran en torno al fuego esta noche. La montaña se hunde. Y sin embargo... ¿por qué marcharme?

Cayeron sus ojos en el vacío cuenco y cambió la expresión de su rostro.

—Me dieron comida diariamente desde... desde que me encuentro aquí, y, si no me doy prisa, mañana no habrá ni un alma en el valle. Indudablemente tengo que ir y advertirles a todos de lo que pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar hasta el fuego.

Retrocedió el barasing de mala gana y Purun Bhagat cogió una antorcha, la hundió en las llamas y la revolvió hasta que estuvo bien encendida.

—¡Ah! ¡Vinisteis a avisarme! —dijo, levantándose—. Ahora deberemos hacer algo mucho mejor, mucho mejor. Vamos fuera ahora, y préstame tu cuello, hermano, porque no tengo sino dos pies.

Se agarró con la mano derecha de la cerdosa crucera del barasing, sosteniendo con la izquierda la antorcha y salió del templo, hundiéndose en la horrible noche. No se sentía el menor soplo del viento, pero la lluvia casi apagaba la tea al deslizarse el gran ciervo por la pendiente, resbalándose sobre las ancas. En cuanto salieron del bosque, más hermanos del Bhagat se unieran a él. Oyó, aunque no podía verlo, que los langures se apiñaban en torno de él, y tras él resonaba el ¡uh! ¡uh! de Sona. La lluvia tejió su largo pelo de tal modo que parecían cuerdas; el agua lo salpicaba al poner en ella los pies desnudos y su amarillo ropaje se pegaba a su frágil cuerpo envejecido; pero él seguía adelante con paso firme, apoyándose en el barasing. Ya no era un santón,. sino Sir Purun Dass, K.C.I.E., primer ministro de un Estado que no era ya pequeño, un hombre acostumbrada a mandar y que iba ahora a salvar vidas. Por el sendero rápido y fangoso descendieran juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las patas del ciervo dieron contra el muro de una era, y el animal dio un bufido, porque había olido la presencia de hombres. Estaban ahora en el extremo de la única y tortuosa calle de la aldea, y el Bhagat golpeó con su muleta las cerradas ventanas de la casa del herrero, en tanto que la tea que le servía de antorcha llameaba al abrigo del alero de la casa.

—¡Levántense y salgan a la calle! —gritó Purun Bhagat, y él mismo no reconoció su propia voz, porque hacía muchos años que no hablaba en voz alta a ningún hombre—. ¡La montaña se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levántense y salgan fuera todos los que estén en las casas!

—Es nuestro Bhagat —dijo la mujer del herrero—. Viene rodeado de sus animales. ¡Recoge a los pequeños y da la voz de alarma!

Corrió de casa en casa en tanto que los animales apiñados en la estrecha vía se atropellaban en torno del Bhagat y Sona resoplaba con impaciencia.

Toda la gente salió a la calle —no eran más de setenta personas por todas— y a la luz de las antorchas vieron a su Bhagat que agarraba al aterrorizado barasing, impidiéndole huir, mientras los monos se asían con aspecto lastimero a la ropa de aquél, y Sona se sentaba y daba bramidos.

—¡Atraviesen el valle y suban al monte opuesto! —gritó Purun Bhagat—. ¡Que nadie se quede atrás! ¡Nosotros os seguiremos!

Corrió entonces toda la gente como sólo los montañeses saben correr, porque sabían que cuando ocurre un hundimiento de tierras hay que subirse al sitio más alto, al otro lado del valle. Huyeron, lanzándose al estrecho río que había al extremo, y casi sin aliento subieron por los terraplenados campos del otro lado, mientras que el Bhagat y sus hermanos los seguían. Subían y subían por la montaña opuesta, llamándose los unos a los otros por su nombre (éste es el modo de tocar llamada en la aldea), y, pisándoles los talones, subía el gran barasing, sobre el cual pesaba el cuerpo casi desfalleciente de Purun Bhagat. Detúvose al cabo el ciervo a la sombra de un tupido pinar, a ciento cincuenta metros de altura en la vertiente. Su instinto, que le había advertido del próximo hundimiento, le dijo también que allí se hallaba seguro.

A su lado cayó casi desmayado Purun Bhagat, porque el frío de la lluvia y aquella desesperada ascensión lo estaban matando; pero antes les había dicho a los desparramados portadores de antorchas que iban a la cabeza:

—Deténganse y cuenten a toda la gente.

Y luego murmuró dirigiéndose al ciervo, al ver que las luces se agrupaban:

—Quédate conmigo, hasta que me muera.

Se oyó en el aire un ruido leve como un suspiro, y que luego se convirtió en murmullo; luego este murmullo se convirtió en una especie de rugido; el rugido pasó los límites de la que puede resistir el oído humano, y la vertiente en que se hallaban los aldeanos recibió un choque en la oscuridad y retembló hasta sus cimientos. Y luego una nota firme, profunda y clara como un do grave arrancado a un órgano, sofocó todas los demás ruidos por un espacio de alrededor de cinco minutos, y mientras duró, temblaban hasta las mismas raíces de las pinos. Pasó, y el ruido de la lluvia que caía sobre muchísimas metros de tierra dura y de hierba, se tornó en ahogado tamborileo de agua que cae sobre tierra blanda. Esto lo explicaba todo.

Ni durante un momento ninguno de los aldeanos —ni siquiera el sacerdote— tuvieron suficiente valor para hablar al Bhagat que había salvada las vidas de todos. Se acurrucaron bajo los pinos, y allí esperaron hasta que vino el día. Y cuando éste llegó, miraron al través del valle y vieron que, lo que había sido bosque, y campos de cultivo, y tierras de pasto cruzadas de senderos, era ahora un informe y sucio montón, pelado, rojo, en forma de abanico, en donde se veían unos cuantos árboles tirados, con la copa hacia abajo, sobre el declive. Subía esta masa roja hasta muy arriba de la montaña donde se habían refugiado, deteniendo la corriente del pequeño río que había empezado ya a ensancharse y a formar un lago de color de ladrillo. De la aldea, del camino que conducía al templo, y aun del templo mismo y del bosque situado a su espalda, nada había quedado. En un espacio de un cuarto de legua de ancho y a más de seiscientos metros de profundidad, todo el flanco de la montaña había literalmente desaparecido, alisado por completo de arriba abajo.

Y los aldeanos, uno a uno, se acercaron al Bhagat al través del bosque para rezar ante él. Vieron al barasing de pie a su lado, el cual escapó al acercarse ellos; oyeron a los langures quejándose entre las ramas, y a Sona lamentándose tristemente montaña arriba; pero su Bhagat estaba muerto, sentado y con las piernas cruzadas, apoyando la espalda en el tronco de un árbol y la muleta bajo la axila, y su rostro estaba vuelto hacia el Noreste.

El sacerdote dijo:

—¡Mirad: ved un milagro tras otro, porque precisamente en esa actitud deben ser enterrados todas los sunyasis! Por tanto, donde ahora está, le elevaremos un templo a nuestro santón.

Construyeron el templo antes de que aquel año terminara (un templo pequeño, de tierra y piedra) y llamaron a la montaña La Montaña del Bhagat y allí lo adoraron llevándole luces, flores y dádivas, lo que siguen haciendo hasta el día de hoy. Pero ignoran que el santo de su devoción es el difunto Sir Purun Dass, K.C.I.E., D.C.L., Ph.D., etc., que durante un tiempo fue el primer ministro del progresista e ilustrado Estado de Mohiniwala, y miembro honorario o correspondiente de muchas más sabias y científicas sociedades de lo que puede ser de algún provecho en este mundo o en el otro.


Canción al estilo de Kabir

Como leve peso era el mundo en sus manos
y carga insoportable eran para él sus riquezas;
prefirió siempre la mortaja al gúddee
y ahora vaga por la tierra como bairagi.

El polvo del camino ve que sus pies se posan
en el camino que lleva a Delhi;
en él, cuando el sol quema,
sólo el sal y el ikar le aguardan.

Llama su casa al lugar donde reposa,
ya duerma entre la gente o en el desierto;
el sigue adelante su camino, el camino
de perfección en que el bairagi sueña.

Clavó su mirada en el hombre,
su mirada limpia y clara:
un Dios hubo, un Dios hay;
tan sólo uno, el gran Kabir dijo.

Cual leve nube es el problema de la acción
y él vaga, como bairagi, por la tierra.
Quiere amar a sus hermanos:
el césped, las fieras, Dios mismo;
el poder olvida y toma su mortaja;
¿Oís? —dice Kabir—. Baíragi queda.


Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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