Texto: La Ciudad de la Noche Atroz
de Rudyard Kipling


Cuento


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La Ciudad de la Noche Atroz

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Fragmento de La Ciudad de la Noche Atroz

Más cadáveres; más franjas de carretera blanca iluminada por la luna; una reata de camellos tranquilamente dormidos junto a la cuneta; una visión fugaz de chacales deslizándose; ponis dormidos en sus ekka, el arnés aún sobre el lomo, y los carros de hojalata de los campesinos, parpadeando a la luz de la luna; y más cadáveres. Donde hubiera un carro de grano volcado, un tronco de árbol, un tablón de madera, un par de cañas de bambú o unos montones de paja para proyectar alguna sombra, la tierra aparecía repleta de cadáveres. Unos yacían en el suelo, boca abajo, con los brazos flexionados, otros con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza; otros enroscados como perros; otros tirados sobre el costa do de los carros como sacos de arpillera vacíos; y otros con la frente apoyada en las rodillas bajo el intenso fulgor de la luna. Sería tranquilizador si se limitaran a roncar; pero no es así, y su parecido con un cadáver es inequívoco en todos los casos menos uno. Los perros flacos se acercan a olfatearlos y dan media vuelta. A veces se ve a un niño diminuto tendido en el catre de su padre, siempre rodeado por un brazo protector. Sin embargo, la mayoría de los niños duerme en las azoteas junto a sus madres. No se puede confiar en los parias de piel amarilla y dientes blancos ante la proximidad de los cuerpos morenos.


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8 págs. / 14 minutos.
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Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.


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