Texto: La Puerta de las Cien Penas

Rudyard Kipling


Cuento


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La Puerta de las Cien Penas

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Fragmento de La Puerta de las Cien Penas

Fung-Tching nunca nos dijo por qué llamó a su casa «La Puerta de las Cien Penas». (No conozco a otro chino que inventara nombres feos. La mayoría de los nombres chinos son muy floridos. Ya lo verás en Calcuta). Tuvimos que averiguarlo sin su ayuda. Nada afecta tanto a un hombre blanco como el Humo Negro. El hombre amarillo es diferente. El opio apenas lo perjudica, pero los blancos y los negros lo pasan muy mal. Los chinos echan una cabezada, como si disfrutaran de un sueño natural, y a la mañana siguiente están casi en condiciones de trabajar. Yo era de ésos al principio, pero llevo cinco años fumando mucho, y ahora es distinto. Tenía una anciana tía en Agra que me dejó algo de dinero al morir, unas sesenta rupias al mes. No es que sea gran cosa. Recuerdo que en otra época, aunque me parece que hace siglos de eso, ganaba mis buenas trescientas cincuenta rupias al mes, más algún que otro pico, cuando trabajaba en una gran empresa maderera de Calcuta.

No duré mucho allí. El Humo Negro no te permite otras ocupaciones, y aunque a mí no me afecta demasiado, ahora no resisto una jornada de trabajo sin riesgo para mi vida. Además, a mí me basta con sesenta rupias. Fung-Tching me administraba el dinero, me daba la mitad para vivir (suelo comer poco) y se quedaba con el resto. Podía entrar en la Puerta a cualquier hora del día o de la noche, y fumar y dormir cuando se me antojara; y eso era lo único que me importaba. Sé que el viejo hacía un buen negocio, pero a mí me da igual. Casi todo me da igual; además, recibía dinero fresco todos los meses.


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7 págs. / 12 minutos / 37 visitas.
Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.