Cuentos de Poeta

Rufino Blanco Fombona


Cuentos, Colección



Carta a Fabio Fiallo

Maracaibo: abril de 1900.

Señor Fabio Fiallo.

Santo Domingo.

Mi querido poeta.

Un día ráfagas de adversidad me llevaron á esa noble patria tuya. Bajaba del Norte, quizás un poco enamorado. Triste, de la tristeza generosa de los amantes y de los proscritos; llena todavía mi alma con la suave música de suaves palabras de amor; en los oídos el eco lastimoso de la patria, atormentada, puesta en cruz; enfermo del alma y del cuerpo, llegué en busca del piadoso peñón antillano, donde poder enterrar íntimas pesadumbres, la vista en el horizonte, hacia la patria imposible y amada.

Entonces fue cuando me abriste, oh poeta, las puertas de tu hogar y de tu corazón.

Y después, á la hora en que un falso patriotismo, vidrioso é impertinente, lapidaba mi nombre; á la hora en que tantos apedreaban con censuras y protestas al gobierno liberal, por el hecho de haberme honrado más allá de todos mis anhelos, galardonando quizás mi amor á Santo Domingo, fue tu pluma viril, tu pluma de diarista y de poeta, la que yo vi indignarse y coronar de rosas mi nombre.

Mi corazón es tuyo, poeta.

Acóje esos pobrecitos Cuentos que se me han salido toscamente de la pluma. Yo los viví casi todos; ó los he cojido al vuelo, mirando sufrir á los demás hombres.

Historia de un dolor, es una historia de veras. Aquel hombre que agoniza es mi padre. Yo vivía en Holanda en 1896 y al rescoldo de mis recuerdos de hogar, escribí, y entonces publiqué, si bien algo variada, esa página íntima.

Juanito, ya tú lo conoces, me valió un laurel. ¡Pobre Juanito! Carta de amor no es literatura. Cuanto á Molinos de maíz, baste decirte que mi padre fue propietario de tahona, en una poblacioncita de Venezuela, y te juro no ser mi pobre padre, el Redil de mi cuento.

De Filosofías truncas, que no es apenas cuento, pudieran decirte mejor que nadie César Zumeta y el autor de Flor del Fango é Ibis. Los discutidores somos los tres: ellos y yo, que vivíamos juntos en Nueva York, el año pasado. El cuento, que repito no es tal, ni por tal lo tengo yo, se reduce á una charla que sostuvimos cierta noche en que hube yo de indignarme contra el cruel lapidario de Escrituras y Lecturas.

Recuerdo con placer indecible muchas de esas veladas.

Vargas Vila es, como nadie lo ignora, un admirable conversador. El epigrama es flor de su predio. Clava un chiste como un puñal. Blande las palabras con soltura sorprendente; y la movilidad y destreza de su espíritu corren parejas con su verbosidad oportuna y de buen tono.

Zumeta es alma cambiante y compleja. Es bueno y malo. Su ironía es malvada; y se ríe, cuando habla, de un modo siniestro. Pertenece á los buenos días en que se obsequiaba á un huésped, en una copa labrada, con un tósigo. Sus flores están sutilmente envenenadas. Desvalija falsas reputaciones, en dos minutos, con una habilidad calabresa. Pero hay una cosa indiscutible: que la compañía de Zumeta es siempre interesante.

Si Alma enferma, te parece lánguido, échale toda la culpa al señor Herrera Irigoyen. El nos paga por cuartillas. Sus larguezas corresponden á la longitud de nuestros escritos. Por eso jamás le he querido vender mis versos.

Más no te hablo de mis cuentos.

Tengo que explicarte, sin embargo, por qué les digo Cuentos de poeta. Porque son, en resumen, historias que yo te conversaría si estuviésemos juntos, historias desnudas de mayor interés, historias de esas que se hablan dos poetas en un banco de plaza pública, á la media noche, cuando el cielo está azul, paramentado con temblorosos hilos de estrellas.


Rufino Blanco Fombona.

El dolor de Pedro

Era la media noche. Pedro acababa de matar la luz de su lámpara. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era sonrisa de la luz, en la estancia, cuanto devolvía el beso de oro de la lámpara en nota luminosa, entraba en la obscuridad. La habitación, paramentada de sombra, yacía en la mudez. La luz no cantó más su canto de notas risueñas. En el centro del dormitorio, Pedro, en pie, parecía una estatua cubierta de un paño fúnebre.

Y el joven entró en el lecho, y se arrebujó en las frazadas, gustoso de respirar aquel ambiente de soledad bienhechora.

Apenas reclinaba la frente, satisfecho de sí mismo, aquella noche consagrada al estudio, apenas oreaba sus párpados el ala del sueño, cuando escuchó un ruidecillo. Se puso á oír: el ruidecillo era como de patas de mosca sobre una cuartilla de papel; como de un vuelo susurrante de cínife; como de enjambre de hormigas arrastrando un ala de mariposa.

Y desde el propio lecho acechó el sitio del rumoreo. En una pata del escritorio que simula una garra de león, miró lucir una chispa como de astro, intensa, de luz amable y generosa.

Pedro creyó ver un brillante, rico regalo de algún duende; pensó que alguna hada munífica le hacía, por manera curiosa, aquel gentil presente. Pero el diamante comenzó á titilar como un Véspero, al pie del escritorio, y temblante, movía su luz bajo la zarpa de caoba.

Pedro comprendió que mal podía ser un diamante la lucecilla vivaz y móvil. Y encendió la bujía de cera encarnada.

Entonces pudo ver una cosa épica. En una red de araña, de tenue urdimbre gris, un gusano de luz, un cocuyo, se debatía prisionero, acometido por inmunda cucaracha.

Pedro se llenó de piedad y de ira.

De piedad hacia el pobre animalito luminoso; de ira por el bicho repugnante, nauseabundo y traidor.

Al momento ideó redimir de aquella trampa gris, y salvar de aquella sabandija, al mísero en prisión; más, primero, quiso matar el insecto ascoso, y lo persiguió por todo el cuarto con una rabia carnicera. La cucaracha, medrosa, corría y corría, hasta perderse quién sabe en cuál rincón de la pieza.

Fatigado de una vana persecución, Pedro se restituyó á la tarea de salvar la luz, presa en la red gris de la araña. Tomó de sobre el pupitre una plegadera de marfil, y, con dulce piedad, lleno de ternura, redimió al insecto infeliz, al pobre animalito luminoso.

En la punta de la plegadera de marfil, ya en salvo, el cocuyo daba su claridad, como una sonrisa fulgurante de gratitud.

Y sucedió que en un aleteo, acaso en una vibración de regocijo, el insecto, resbalándose, cayó sobre la pierna desnuda de Pedro. Este, en un movimiento de nerviosismo, sacudió la pierna, rozada con aspereza por las alas y patas del cocuyo; el cocuyo rodó por la alfombra, y Pedro, de súbito puesto en pie, impensadamente lo aplastó con su planta.

Mientras tanto, la sabandija inmunda, la perseguida cucaracha, miraría la escena, de fijo, desde algún rincón de la pieza, vibrando las alas, oblondas y parduscas, en explosión de contento.

Víctima de una tristeza irracional y profunda, esa noche, Pedro no pudo conciliar el sueño. Las horas pasaban. Pedro vio las primeras tintas de la aurora entrar en orlas de luz por las rendijas de la ventana. Abrió un postigo. Y entonces fue, después del triunfo del dolor, el triunfo del color. Los cuadros, las efigies galantes, adorno de las paredes; la bujía de cera roja del velador; el mármol resplandeciente del aguamanil; los volúmenes, de tafilete bruñido y lustroso; cuanto era encanto de la luz, devolvía en notas risueñas el beso del alba.

Cuento filial

Aquella noche la pobre anciana enferma se moría. Pronta á extinguirse, al menor soplo, oscilaba en su cuerpecillo endeble la llama de la existencia. No bastó á darle vida, á su naturaleza extenuada, humano auxilio; los consuelos de la religión no la consolaban de su muerte. La vieja se aferraba á la vida. Estrechando las manos de sus hijos, que la rodeaban, decía gemebunda:

—No; no quiero morirme.

Aquella lucha de la anciana con la muerte llevaba treinta horas.

—Los viejos son así, expresaban concienzudamente los médicos; y contaban en presencia de los deudos más animosos ó más indiferentes historias de moribundos septuagenarios que, en lugar de consumirse de un tirón, como la pólvora al fuego, se chamuscaban poco á poco, á manera de torcida.

De entre los hijos de la anciana el inconsolable era José. La vieja, achacosa y maniática desde hacía algunos años, dio en la flor de no permitir que cuidase de ella sino José. Este, de índole suave, casera y femenil, se amoldó á los caprichos de la anciana. Los demás hermanos, las hembras inclusive, le cedieron generosamente el puésto en el corazón y la vida de la vejezuela, por donde vino él á ofrendar muchos de los mejores años de la juventud al cariño materno.

Para no distraerse de tan noble ocupación, aplazaba su dicha, no desposándose con Celina, hermosa mujercita á quien amaba.

José permanecía en un rincón, sollozante como un niño. De cuando en cuando abrazándose á un hermano de él, murmuraba:

—Se nos va; se nos va.

Y las lágrimas empapaban su voz.

La anciana lo llamaba á menudo.

—José, José: agua, dame agua.

O bien decía llorosa:

—Hijo mío, yo me muero; sálvame, hijo mío.

El dolor hundía todos sus puñales en el alma del pobre José. Por centésima vez interrogaba á los médicos.

—¿No hay esperanza, doctores; no hay esperanza?

La ciencia nada podía. Los médicos no lo engañaban. José, alma profundamente religiosa, sollozaba por lo bajo:

—Virgen María, sánala tú.

Y el buen hijo formulaba, mentalmente, mil locas promesas.

Por fin la anciana como que se resignaba á morirse. Desde la tarde yacía en un quietismo cadavérico. Antes de hundirse en aquel letargo agónico hubo una escena dolorosa. La anciana llamó á su hijo predilecto y á Celina, la prometida esposa de José. Los miró, les juntó las manos, y se dispuso á hablar; pero la palabra se negó á salir de su boca pálida, sus labios, fríos, se plegaron, y de aquellos ojos turbios corrieron lágrimas silenciosas. Las lágrimas de la moribunda conmovieron profundamente; aquellos labios moviéndose en una mueca trágica fueron de una elocuencia inaudita: José y Celina se abrazaron gimiendo sobre el cuerpo inanimado de la anciana; todos se miraban enternecidos; de los rincones partían sollozos; se respiraba en el aposento un aire de dolor.

Ya era muy entrada la noche. La noche era una tristeza más. Sólo una vela, tras pantalla color de rosa, esparcía pálida luz en la habitación; á esa temblorosa claridad las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros. El rostro de la moribunda se perfilaba entre las almohadas. No había en él esa dulce resignación de cristiana absuelta, pronta á comparecer sin mácula ante el Dios de su fe; sino una como rebeldía, algo como terror, extraña expresión de pena.

De remedios ya nadie hablaba. Ahora para nada servían. Los frascos, las cucharas, las botellas, allí estaban, testigos inmóviles, silenciosos, de la próxima separación. Sobre la piedra del lavabo un reloj de oro, abierto, que indicó poco antes la hora del medicamento, sólo marcaba minutos de angustia. Cada movimiento de agujas arrollaba los hilos últimos de aquella existencia. Junto al reloj, en negro estuche de caucho, estaba el termómetro; y por allí salía, de entre un papel blanco de seda, la punta amarillenta de la vela del alma.

Una hija de la anciana empapaba, de cuando en cuando, con un algodoncillo húmedo, los labios resecos de la enferma. También, de cuando en cuando, partían sollozos vibrantes como flechas.

Y en medio de aquella tenebrosidad de muerte y de noche las almas, llenas de pesadumbre, gemían, los ojos se nublaban en llanto, las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros.

* * *

José, perdida toda esperanza de salvación, aguardaba por momentos la muerte de su madre.

De pronto dejó el asiento, á la cabecera de la enferma, miró la hora de la media noche en el reloj abierto sobre el aguamanil, y en la punta de los pies salió de la pieza, exclamando á media voz:

—Dios mío, Dios mío.

En el patio se detuvo. El aire fresco de la noche oreó su frente. En la habitación de la anciana, la atmósfera ardía como un horno. José experimentó alivio al respirar la brisa nocturna, perfumada con el azahar de los naranjos, ornamento y orgullo del jardín solariego. Los jazmines blanqueaban en la sombra, y la sutil esencia de las rosas produjo en José extraña sensación de voluptuosidad. Un momento pensó en lo bien que estaría durmiendo, en un lecho blanco y muelle. Abrió las fauces, bostezando, y se desperezó como un ebrio. De repente la idea de la moribunda embargó su alma otra vez, y á la vista de tánta sombra, sintiendo un vago estremecimiento de horror y pensando en el martirio de la anciana, repitió:

—Dios mío, Dios mío.

Quizo rezar é instintivamente caminó hacia un ángulo del patio, sitio del oratorio. A medida que andaba fue observando más distintamente las cosas. De la capilla, abierta, salía un débil chorro de luz. Pudo distinguir á Celina, arrodillada, en el centro del oratorio. La pobre niña, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida, como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y deshecha en lágrimas, pedía consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana. El joven, desde el umbral, miraba y admiraba á Celina. Todo allí era caro á José: el altarito resplandeciente, en cuyo centro agonizaba un Cristo de marfil; aquella atmósfera mística, ambiente de su alma religiosa; los reclinatorios de ébano sembrados de cojines de púrpura; la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.

Entre las flores del altar, cuasi frescas, apenas si empezaban á marchitarse las rosas, al calor de los candelabros ardientes. Para las flores del Señor siempre había tiempo, aun en medio de las mayores tribulaciones. Manojitos de heliotropos odorantes, blancos y azules, espiraban rico aroma. En un jarrón, se apiñaban en desordenado ramillete, campanillas, nardos purísimos, margaritas de plata, corazones de un rojo pálido, y espigas verdes, muy verdes.

En el centro se abría, perfumando, un varillaje de lirios. Por dondequiera rosas, muchas rosas.

Y en medio de la capilla, arrodillada, Celina, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y desecha en lágrimas, pidiendo consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana.

José, en transporte de amor y gratitud se llegó á Celina, y silenciosamente estampó un beso casto, un beso tímido, en la nuca de la bella, blanca y mórbida, entre rizos de oro. Celina se volvió, llena de mansedumbre, como si hubiese presentido aquella caricia, y sin desplegar los labios le dio las gracias á su novio. José también se comprendió deudor de aquella hermosura que buscaba la sombra para derramar lágrimas y pedir al cielo un lenitivo á los dolores de su alma filial, rota á la vista de la madre muriente. Y la volvió á besar... Ella se puso en pie y devolvió la caricia. Por un espacio permanecieron abrazados, vertiendo amargo lloro. Se sentaron, mudos, pero diciéndose muchas cosas tristes con la mirada. José la apartó de sí suavemente, puso las manos en los hombros de ella, miró como en éxtasis beatífico el rostro de la hermosura, ya sereno, y estampó un beso hondo, muy hondo, en la boca, deliciosamente encendida, de la bella adorada.

Corrieron los instantes. El alisaba con afecto los bucles alborotados de Celina; y concluyó por besarla nuevamente. Celina dejó caer su cabecita rubia en el hombro de José, abandonándose en los brazos queridos de su novio. El juntó las manos de la niña y las acarició largo tiempo con dulzura. Después la besó en la frente. Ella, inclinada sobre el hombro de José, puso los labios en la nuca del joven. Entonces él la tomó entre sus brazos y la besó una, dos, tres, muchas veces, primero poco á poco, en seguida con calor, luégo furiosa, locamente. Ella devolvía las caricias, sintiéndose como arropada por una onda creciente de calor purpúreo. Y en medio á aquella tempestad de caricias no esperadas, en aquel frenesí, rodaron por la alfombra, él en brazos de ella, ella en brazos de él, las bocas juntas, las carnes trémulas.

El cuello de la camisa saltado en la lucha amorosa de los brazos, la corbata por cima del chaleco, los puños fuera de las mangas, rojo de besos, José estaba magnífico de horror á los ojos de Celina. El deseo, un deseo violento, fulminante, había encendido fúlgidas llamaradas en los ojos del joven. El cuello nervioso y fuerte se lo estaba mirando Celina, merced á la camisa desgarrada; y sentía, con placer inefable, en las delicadas formas, la mano de su amador, ruda y nerviosa. José tuvo la osadía suprema: se permitió atentar contra aquella virginidad temblorosa bajo el ala de los besos. Ella opuso reparos. Entonces él, enloquecido, rugió algo entre dientes.

Y rodaron por el suelo, luchando, en presencia del Cristo de marfil; en medio de aquella atmósfera mística, ambiente del alma de José; por entre los reclinatorios de ébano, sembrados de cojines de púrpuras; sobre la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.

En la capilla comenzaron á oírse grandes voces, empapadas en llanto:

—Se muere; se muere.

—José; José.

Celina se estremeció. Quizo arrojar de sobre sí al mozo, que la abrumaba con su peso, y temerosa de que alguien penetrase repentinamente en el oratorio, le dijo, la angustia en la voz:

—Oye, José: tu madre; se está muriendo tu madre; mira que nos encuentran. Por Dios.

Los llantos se escuchaban claramente, y las voces proseguían:

—José, José.

Pero José, sordo, feroz, magullando á la pobre niña, rugió:

—Déjenme.

Y la besó de nuevo.

—Por Dios José, tu madre...

—No importa; déjame.

* * *

La historia de José corrió de boca en boca. Se proponía á todos como un modelo. Nunca la admiración que inspira una conducta noble subió más alta, ni llegó más lejos. A todos se decía cómo después de haber consagrado el mejor lustro de la juventud á la enfermedad y los caprichos seniles de su madre, José, la noche en que murió la anciana, fue encontrado en el jardín, como un loco, la cabellera en desorden, el traje descompuesto, dándose puñadas, mesándose los cabellos, inconsolable, y exclamando, al pie de un naranjero en flor:

—Me desprecio profundamente. Perdóname, Dios mío.

El amor de Luzbel

Cuando Zantigua franqueó la entrada en el gabinete, daba cima á un poema galante Luzbel, adorable poeta cuyas estrofas vuelan como irisadas mariposas; poeta gentil que cincela serventesios á modo de joyas; poeta cuyos cantos, llenos de juventud, rebosantes de vida, empapados de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.

Zantigua avanzó hasta el poeta. Luzbel, sumergido en éxtasis beatífico en la contemplación de su obra, llena todavía el alma con la música de sus versos, no advirtió la presencia de su amigo. Este puso la diestra en el hombro del poeta. Luzbel se volvió un poco sobresaltado.

—¡Oh, tú! Siéntate.

Pero Zantigua no obedeció; antes bien, plantándose enfrente de su amigo, mirándolo al rostro con fijeza, una sonrisa maliciosa en los labios y en los ojos, le dijo:

—¡Poeta, vengo á reírme de tí!

—Conmigo, dirás.

—No, mi querido poeta, vengo á reírme de tí.

Esta resolución del leal compañero de juventud fue tan peregrina al bardo; era tan burlesca la mirada de Zantigua, que Luzbel de súbito se sintió presa de un acceso de hilaridad; acceso que contagió al otro, de suerte que por espacio de unos momentos ambos se desternillaron de risa. Se reían con una risa estúpida de muchachos ó de locos; risa que era en el escritor, asombro, burla en Zantigua.

Cuando hubo concluído aquella tempestad de buen humor, cuando aquel simoun violento de alegría pasó, y los rostros se serenaron, el recién llegado interrogó maliciosamente á su amigo:

—¿Desde cuándo no ves á Carmen?

La pregunta, fulminada sin preámbulos, no extrañaba al poeta; de seguro nada inaudito tenía para él.

Carmen era una antigua amada del poeta. Cuando éste la conoció era ella una muchacha llena de hermosura, blanca como un mármol, cariñosa como un niño. En otro tiempo Luzbel la quiso mucho, mucho. Zantigua no ignoraba la historia de aquellos amores.

Carmen, huérfana de padre y madre, encontró, en medio de su infortunio, puésto en una lavandería. Allí se la explotaba con cinismo: á trueque de un mendrugo se ponía á contribución toda su infantil actividad; pero al menos en la lavandería no hubiera perecido en las manos descarnadas y trágicas del Hambre. El instinto alzaba en el pecho de la joven mudas voces de gratitud.

Luzbel la encontró, la vez primera, en casa de una cómica, por cuyas ropas iba Carmen todos los lunes, para restituírlas luégo, el sábado, deslumbrantes de blancura.

Conocerla Luzbel y prendarse de la hermosa abandonada fue todo uno. Carmen contaría á la sazón catorce ó quince primaveras; su belleza comenzaba á entreabrirse como una rosa; el botón de carne, rompiendo la clausura de la niñez, comenzaba á deslumbrar con el esplendor de sus matices; matices de azul hondo y trémulo en la pupila, de oro pálido en la cabellera, de rojo de frambuesa en los labios, de blancura de jazmín en las manos y en la frente.

Lunes y sábado se veían el poeta y la muchacha.

Carmen llevaba y repartía las ropas del lavado en una carretilla, á cuyo peso se cimbraba la joven, como una palmera al soplo del viento; pero Carmen sonreía de felicidad en su faena, porque bajo el plomizo cielo de otoño, pisando el lodo de la calzada, recibiendo trompicones, por entre los coches disparados como flechas, por entre los ómnibus torpes como elefantes, al través de la populosa capital, Luzbel, enamorado, junto á ella, iba diciéndole ternuras, cantándole en los oídos un lisonjero canto de amor.

Un buen espacio de tiempo se amaron mucho. Ella se dio al poeta ingenua, pura, enamorada. Y en medio del naufragio de su existencia, el bardo la condujo á las queridas playas de Citeres.

En el fondo de su alma comprendió Carmen que adoraba á Luzbel porque era dulce, joven y bueno, porque se consagró á ella en un delirio de amor.

El respiraba unas como brisas bienhechoras. Amor lustral, puro cuanto cabía serlo, aquel amor limpiaba su alma, poco á poco, de negros y desolantes pesimismos.

Pero no transcurrió mucho tiempo sin que nubes amenazadoras empañaran la brillantez de aquel claro cielo azul. Se encapotó el horizonte. Centelleó el espacio. La tempestad se desató en los corazones.

Ella, la enamorada, lo engañó; lo engañó con un músico, artista extranjero, bohemio errante. La hija del montón, nostálgica de aventuras; la gitana, acaso la artista, se despertó en Carmen, y ya no hubo para la bella alondra fascinada, sino el soñar con placenteras noches azules, en lejanos países, entre un coro de admiradores deslumbrados por su belleza, ebrios de champaña y de amor.

El, al principio, tuvo tentaciones de pegarle. Pero no podía ser. Reaccionó. Carmen, hija del lodo, en el lodo se despeñaba. Víctima, sin saberlo, de una dolorosa herencia de infamia; renuevo anónimo, espuma de la hez, era una flor de la hampa, pálido nelumbo abierto en el légamo.

Luzbel recordó las dolientes historias que supo, en noches de amor, en horas confidenciales, bajo el ala de los besos, de la misma boca de Carmen. Padre, jamás lo tuvo. A su madre la vio morir, en mísera buharda; más de inanición que de mal alguno conocido, como no fuera de la gran tristeza de vivir ahogándose en la onda amarga de todas las miserias.

El poeta creía escuchar en la sombra una voz que razonaba de esta suerte:

—Luzbel, Luzbel, ¿qué derechos tienes tú sobre Carmen? ¿No debes nada, por ventura, ni siquiera la libertad, á la bella cautiva?

Ella te consagró las primicias de su amor y de su juventud. Tú, el primero, te has embriagado en las copas blancas de sus blancos senos. ¿Qué resta en esos cálices perfumados, para los futuros amadores, sino la hez? No debieras indignarte contra la pobre niña, pródiga de su hermosura, porque brinde las nevadas copas de su cuerpo á otros labios sitibundos, para que escancien, llenos de regocijo y gratitud, residuos de savia, frías sobras de amor.

Luégo de una violenta lucha consigo mismo concluyó el poeta por separarse de su querida. Ella se fue á vivir con el músico. Poco tiempo después abandonó al artista; y entonces fue cuando comenzó para ella la dolorosa romería de los amores, el repugnante comercio de sonrisas, el tanto por ciento del afecto; entonces fue cuando ella conoció la usura de los comerciantes de amor, el forzoso despilfarro del placer en las mujeres de su oficio, la miseria profunda y degradante de una vida de alquiler.

Como un cazador sigue el rastro de la pieza al través de los marjales, y por el intrincado laberinto del bosque, así el poeta siguió las huellas de Carmen por entre las aventuras de una vida errante; y vio á la pobre muchacha hundirse, poco á poco, en el vicio.

Un día no supo más de ella. Se había empequeñecido tanto la pobre niña, que el enamorado hubiera menester de un microscopio, para percibir el mísero corpúsculo, pegado allá, en lo más negro de la más negra capa social.

Pronto empezó á brillar nuevamente como lucero que, velado en nubes, rompe á fuerza de irradiaciones cortinajes de sombra, y en el cielo, ya claro, fulgura, brillante de oro en la cima de encantada cabellera azul.

Llegó hasta el triunfo supremo; triunfo consistente para una mujer galante en que extraña leyenda la corone, en que su vida dé pábulo á la pública admiración.

Corrían diversas versiones tocantes á esta mujer.

—Es hija de un millonario extranjero, decían. Y expresaban que, muerto el padre, en posesión la muchacha de cuantiosa fortuna, se había dado á la más novelesca y desordenada vida.

Pocos se resignaban á creer que Carmen fuese, sencillamente, una cortesana en auge.

Pero el círculo de admiradores fue mermando, mermando; el aura dulcísima de la celebridad no jugó más con su riza cabellera de oro; nuevas emperatrices de la hermosura destronaban á Carmen; de sus manos caía el cetro de la moda.

La belleza es uno como astro mágico. Primero, en su plenitud, deslumbra, á manera de sol; luégo se transforma en pálida luna de nácar; después en remota estrella de oro, en chispa de diamante, en polvo de luz, en nada.

Carmen apenas era ya, sino melancólica, blanca luna, perdida en un rincón de cielo azul.

Zantigua, íntimo del poeta, sabía todo esto mejor que persona alguna; sabía también cómo Luzbel conservaba siempre en el fondo del alma un rescoldo de cariño, de la que fue un tiempo llama de amor, rescoldo á cuyo tibio aliento se calentaba la memoria de Carmen.

Tampoco ignoraba Zantigua que Luzbel, en varias ocasiones, con detrimento de su orgullo, consintió en recibir á Carmen, bien para satisfacer alguna exigencia de la antigua amada, ó solamente como remembración de felices horas muertas, corridas juntas, en medio de caricias embriagantes, bajo el ala de la ventura.

Zantigua ridiculizaba á menudo aquel sentimiento que en el alma del poeta se abrasaba, como terrón de mirra, esparciendo místico perfume. Algunas veces decía á Luzbel, aludiendo á Carmen:

—Deja á esa pobre Margarita callejera, candidata del hospital.

Y en otras ocasiones:

—No quieras ser Redentor porque puedes morir en cruz.

El poeta procuraba defenderse sonriendo.

Hoy Zantigua volvía á las andadas. No bien hubo entrado en la habitación; apenas hizo promesa de burla, y lanzó francas risotadas, como anticipo de la mofa, cuando comprendió Luzbel que estaba á punto de ser víctima de un interrogatorio, acaso de severa reprimenda.

Bien pronto vino á confirmar sus sospechas la pregunta de Zantigua:

—¿Desde cuándo no ves á Carmen?

—Desde hace poco tiempo, contestó.

—¿Y con qué motivo, puede saberse?

—Sí, señor, puede saberse: con motivo de una desgracia que le ha ocurrido.

Zantigua se amostazó. Cómo creía Luzbel en patrañas.

—¡Conque una desgracia! Pues, escucha: yo la he visto anoche, en un café, entre mozos, bebiendo y comiendo.

El poeta expresó que nada de particular tenía el que una mujer galante se divirtiese en un café, entre amigos.

Zantigua gritó:

—Es verdad; lo que sí tiene de particular, lo que tiene mucho de ridículo, es que esos amigos se rían de tí, se diviertan á tu costa.

—No te comprendo, querido.

Entonces Zantigua contó una escena de la noche precedente. Medio borracho uno de los comensales derramó la salsera en el traje de Carmen, un precioso traje color de fresa. Otro de los conviviales dijo, en tono guasón:

—Esto es un bautismo de salsa.

Alguno refiriendo el percance á la parte económica, y apostrofando al causante de la malaventura, exclamó:

—Judío, quieres arruinar á Carmen.

A tales voces, ella, radiante de júbilo y de vino, refirió cómo era posesora de rico ajuar, regalo de un amigo poeta. Y tu nombre, el nombre de Luzbel, comenzó á rodar mezclado con frases llenas de mala intención, frases cortadoras como navajas de afeitar.

Zantigua, indignado contra el poeta, le reprendió estas liberalidades. Pero éste á la sazón más filósofo que no poeta, hacía maldito el caso de las vociferaciones de su amigo.

—Díme, pecador, ¿es cierto que has regalado á Carmen esas ropas?

—Sí, padre.

—¿Y crees por ventura en la fidelidad de una ramera?

—No, padre; ni lo creo, ni lo intento.

—Entonces, ¿por qué derrochas en Carmen tu dinero y tu tiempo? ¿Por qué?

Zantigua había permanecido en pie, nervioso y colérico, durante la conversación; pero al llegar aquí, como en espera de una respuesta, jadeante y refrescándose con el pañuelo la frente sudorosa, se dejó caer en una mecedora de bejuco, regalo de la pereza.

Entonces Luzbel se puso á defenderse, como ante numeroso auditorio, con mucha calma, casi con majestad.

—Una mañana, al principio del mes que hoy concluye, dijo, se presentó Carmen en esta misma habitación. Llegaba despavorida. Me refirió cómo un incendio, ocurrido en su casa la noche anterior, acababa de empobrecerla. Las joyas, sus muebles, sus trajes, cuanto constituía su lujo, su tesoro, ardió entre las llamas. De repente se encontraba á bordo de ese buque náufrago, cuyo nombre es la Miseria, buque espectral que navega en aguas betuminosas, siniestro buque tripulado por pálidos y horrendos fantasmas.

Zantigua interrumpió al poeta, bruscamente.

—¿Por qué no solicitó amparo entre sus constantes amigos de francachela? ¿Por qué vino á tí, gemebunda, en la desgracia, la que te abandonó contenta, feliz? Y tú, ¿por qué pagas sus perfidias con dinero?

Se hubiera creído que Luzbel no escuchaba las razones de su amigo. En su hablar numeroso y pausado, prosiguió:

—Vi al borde del dolor á la que un tiempo amé, y le tendí la mano. No me arrepiento. Yo quise mucho á esa mujer. La felicidad la conocí un poco de cerca junto á Carmen. Carmen iluminó mi juventud con el resplandor de su belleza. Si estrellas irradiaron en mi sombra á sus ojos lo debo. Si una ráfaga de felicidad oreó mi frente á su cariño lo debo. Esa mujer es mi acreedora. Un día me traicionó, es verdad; yo no pude seguir pagando en besos mi deuda de amor. El antiguo afecto, casi muriente, renace hoy trocado en lástima, ante la ignominia de esa vida. Menesterosa de amparo viene á mí la pobre mujer en desgracia. Tóme, tóme dinero; cómpre vistosos trajes; vista sedas; váyase por ahí enamorando á los hombres. Yo me diré feliz con tal de que esos trajes, esos míseros trajes de seda, puedan proporcionarle horas de triunfo, dulces conquistas, instantes de placer; así al menos retribuyo á Carmen siquiera un poco de la ventura con que un tiempo me colmó.

Zantigua extrañado, casi vencido por aquel análisis piadoso, ante la franca exposición de aquella alma lacerada y melancólica, apenas pudo murmurar, en tono de reconvención y cariño:

—¡Poeta, poeta!

Y sucedió que el bardo, orgulloso de su triunfo, con la misma voz pausada y melodiosa, empezó á recitar, en obsequio de su amigo, el poema recién concluso; poema cincelado á manera de florentina joya; poema cuyas estrofas, llenas de juventud, rebosantes de vida, empapadas de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.

Molinos de maíz

El pueblo, blanco y pequeñito, al pie de la montaña, entre los árboles, es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de blancor, adormecida en el valle, á la sombra.

Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas florecidas, piensa ver una perla al través de una esmeralda.

Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes; ni turban el silencio de la comarca las rápidas locomotoras.

¡El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle, á la falda del monte, qué había de conocer luchas de grandes intereses, ecos de industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora de las cosas del mundo. Hasta su recinto sólo llegan el canto matinal de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los maizales, á picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.

El pueblo es dulce; pero monótono. Allí no hay otro espectáculo sino el de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre á la vista del hombre.

A trechos, en la montaña, los conucos florecen; en los claros del monte las rozas humean; y plantaciones de café, pequeñitas, desaparecen cubiertas de nevados jazmines, á la sombra bienhechora de los bucares, que se extienden, como quitasoles de púrpura, bajo el cielo azul.

Fue en este pueblo arcádico donde instaló D. Sergio, vecino del lugar, una molienda de maíz.

* * *

La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del advenimiento de la aurora el molino hervía en gente.

El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba á cultivar el campo que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la arepa calientita, provocante y dorada.

Viendo el molino rebosante de personas, y á D. Sergio atareado, feliz en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con una sonrisa.

—¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de propósito la vanidad del molinero.

El respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de esta suerte:

—Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.

El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor, orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.

¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de su obra. La lucha fue horrible.

—Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas costumbres de nuestro pueblo.

El párroco formulaba argumentos poderosos.

—Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que hoy muelen á la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor, castigo de la primera culpa.

Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales consecuencias.

El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía llevar á término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos; é interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño. Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador irrespetuoso.

Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:

—Primero sucumbir.

Otros, poco afectos á las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma á tales propósitos.

A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar. Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en absolver al molinero.

* * *

Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil, acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.

Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo contra viento y marea para luégo de obtenido el éxito, venir á compartirlo con nadie? Eso, jamás. El ó el otro. El pueblo sería el juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.

A las preguntas contestaba con una ironía.

—Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que algunos naufragan.

Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el solo intento de Redil le parecía una estafa.

En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado á un padre de familia.

—No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.

—D. Sergio sucumbe.

—No, no.

—Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un chorro de monedas por la ventana.

—Es una brega de tigre con asno.

—Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho, bien puede atreverse con un capitalista.

Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo, farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio, vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión. Todos deferían á sus opiniones. No en balde discurren cinco años de vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre estudiantes.

El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio se esmeraba en consolidarlo con su fablar polido, exento de provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de banano. Remigio nunca quiso decir al plátano cambur, como las gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.

Banano, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del Progreso.

—Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del Occidente que se llama la Civilización.

Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban voces aprobatorias.

—Tiene razón Remigio.

—Sí, sí, adonde iríamos á parar.

Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la estupidez.

* * *

Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul, brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba ver, palpitantes, las entrañas de fuego.

La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D. Sergio.

Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.

—Las piedras están cascadas, decían.

Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo cruelmente con el vapor de D. Justo.

—Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.

—De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que á las veces dice á no andar, así lo fustiguen.

La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de tristeza para el pobre D. Sergio.

El contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de éllas, imaginando que no lo abandonarían!

Formó su lista.

—Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.

¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas era menester testar un nombre.

Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.

Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba poco á poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.

Pero él odiaba tanto á su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años, que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia, sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.

Uno á uno los amigos lo abandonaban.

—D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?

D. Sergio se indignaba á tales propuestas. Y entonces las filas de los afectos clareaban, como las filas de los clientes.


Dios mío, qué solos
se quedan los muertos.
 

En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán de simpatías.

—D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.

Los pocos fieles á D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.

Algunos decían:

—Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.

Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.

D. Sergio ya no pudo más. El molino, una madrugada, estaba desierto.

El molinero, meditabundo, se asomaba á la puerta de cuando en cuando.

La obscuridad, muy densa, no permitía ver sino una impenetrable aglomeración de sombras.

D. Sergio oía el silencio.

Su camarada de fatigas, Pedrito, mozalvete como de cuatro á cinco lustros, dormía arrinconado, adentro, bajo un farol de luz muriente. El farol arrojaba en las baldosas del pavimento una débil claridad. Pedrito dormía en un charco de luz.

El molinero, siempre meditabundo, paseábase, las manos en los bolsillos, la barba hundida en el pecho, arrebujado en su cobija de paño azul.

Corrieron una, dos horas. Pedrito permanecía inmóvil, en su rincón; el caballo no pestañaba; el molino, silencioso, decía cosas tristes.

No llegaba nadie, sino la aurora. El cielo, clareante, se comenzó á franjar con líneas de un verde extraño que fue, poco á poco, transformándose en violeta y opalizando el horizonte.

Las líneas de color, ensanchadas, se hicieron bandas, cintas, gasas, que ceñían el cielo de oriente. Y desde el cielo comenzaron á caer rosas, muchas rosas de luz, todas las rosas de la mañana.

D. Sergio se detuvo de pronto, á la puerta, por donde entraba toda el alba riendo. La claridad caía en su rostro, pálido de angustia.

Su tez blanca, su barba blanca, sus cabellos blancos también, resplandecientes á la luz matutina, daban al viejo un aspecto marmóreo. Detenido en el umbral, frente á la aurora, parecía una severa estatua de guerrero, épico mármol olvidado en el fondo de una floresta virgiliana, y cubierto de campanillas color de cielo.

Nadie llegaba. D. Sergio pensó que su molino, á estas horas, ya hervía en gente. Recordó su lucha, su triunfo. Después se vio vencido por un rival afortunado y poderoso.

Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café, patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel odio, la llama de aquel doloroso deber.

D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano á las sienes y por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.

Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.

Pensó en matar, se dispuso á matar, corrió á matar. Pero un momento, transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino, de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, á la luz de la mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:

—¡Dios mío, qué injusticia!

Historia de un dolor

Eran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos florecía, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un árbol del camino.

Esa mañana, la charla de sobremesa rodó sobre cosas íntimas, páginas de hogar; y uno, el más joven, amable hijo del Sur, decía la historia de un dolor.

—Aun veo, expresaba, aun veo con extraña fijeza de alucinado, á mi padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, pálido, respirando ya el aliento fatídico de la Muerte, la azabachada cabellera riza sobre la almohada muelle y nívea.

A un lado del lecho veo á mi pobre madre, desolada, y discurriendo en la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros pávidos, espectrales, á mis hermanos pequeñuelos, para quienes todos tenían una mirada de compasión, míseros niños que, como las fieras del bosque, presentían la tempestad, sin comprenderla.

¡Cuán dolorosa fue aquella despedida! De los rincones salían enmarañadas cabecitas rubias. Las tímidas voces empapadas de llanto, alguien las extinguía, piadosamente, á besos.

Todos íbamos á comulgar. El altarito se alzaría en la propia estancia del enfermo. Quizás Dios obrara un milagro; y ¿por qué no? ¡Había hecho tantos! Pero la Muerte caminó muy de prisa, é impidió celebrar aquel último banquete. Súbito el enfermo llamó á mi madre, volvió el rostro hacia ella, la miró con una mirada dulce y profunda, y comenzó á morirse.

Yo nunca había visto expirar á nadie. Cuando miré la palidez de aquel rostro querido; cuando oí aquellas preces interrumpidas por sollozos, y la voz trémula de mi madre que imploraba para que llevasen al señor Cura; cuando sopló el viento de ultratumba en la alcoba donde mi padre se moría, temblé un momento con temblor extraño, y desalado, medio loco, eché á correr, calle afuera.

Llegué instintivamente á la Catedral: vi á un sacerdote.

—Señor Cura, señor Cura, le dije, corra usted conmigo; venga á auxiliar á un moribundo.

Algo murmuró el levita en són de excusa: no le era posible.

—Señor, señor; venga usted, por Dios; y le besé la mano, allí, en el pórtico de la iglesia.

Me señaló el Seminario, al lado del templo: podía ser que ahí encontrase algún sacerdote. Y volé al Seminario. Un Cura se paseaba tranquilamente; me acerqué á él, trémulo.

—Señor Cura, mi padre se muere; auxilie á mi padre.

El buen Cura me hizo saber que no podía abandonar el Seminario.

Algo pasó en mi alma, algo muy doloroso. Me imaginaba yo que todo el mundo debiera estar triste: mi padre se moría. ¡Aquel hielo me heló! Así murió mi fe, de muerte violenta, asesinada por los Ministros de Jesús.»

El joven calló. Su alma, paloma enferma y nostálgica, volaba á cernerse con voluptuosidad melancólica sobre el deshecho hogar paterno, y volvía, en el pico el recuerdo, como bendita rama de boj.

Y cuando concluyó de hablar el joven del Sur, una llama de indignación ardía en todas las miradas, llama á cuyo fuego se evaporaron muchas lágrimas, prontas á humedecer los ojos.

Juanito

I

La casa, una antigua construcción española, de muros eminentes, pesadas puertas, ventanas guarnecidas por balaustres de fierro, tenía aspecto monacal; aires como de mansión á cuya sombra paseaban frentes meditabundas cubiertas de níveas tocas; pies descalzos, hechos á correr tras la cruz; almas blancas, cuna y albergue de las melancolías. Pero no; allí no habitaba la santidad sino la industria. Aquella no era casa de oración: de sus techos sólo surgía el himno del trabajo.

El caserón hacía esquina: por la una calle dos grandes puertas daban acceso á un detal de jabones; por la otra una verja, antes dorada, siempre de par en par y cuyos barrotes festoneaba una enredadera de cundeamor, permitía la entrada en la mansión del jabonero.

En el pueblo la casa no se nombraba de otra suerte sino «la jabonería». Su dueño y habitante era un industrial enriquecido que abastecía con su comercio de jabones los pueblos comarcanos.

Una noche, á cosa de las nueve, estaban en la sala de la jabonería dos personas: la una, viejecita de cabello nevado, rostro plácido, manos y piernas rígidas, sobre una silla giratoria y rodante, en un rincón de la pieza, dormitaba. Leía la otra persona á la luz de una lámpara, en el centro del salón. Era un hombre todavía joven, de complexión robusta, tez mate, ojos y barba negros, cabello ensortijado, aspecto burgués. Vestía blusa y pantalones de dril obscuro; los pies, metidos en pantuflos de grana, fulguraban con el oro de los bordados.

Todo en aquel hombre estaba diciendo cómo era él un rico de provincia. La propia sala llena de baratijas, adornos del peor gusto, mostraba ser el búcaro de aquella flor silvestre, flor de estambres dorados pero sin aroma.

De pronto la anciana somnolente abrió los ojos, y moviendo la boca un poco torcida de suyo, articuló un sonido extraño é intraducible, mitad grito salvaje de esos que la fantasía escucha en los campos, á media noche, mitad inflexión de humana garganta.

El leyente impresionado preguntó:

—¿Qué tiene, madre? ¿Quiere usted irse á dormir? Y sin esperar respuesta cerró el libro marcando la página cuidadosamente con una tira de papel, se fue á la anciana, puso en la frente de ella un beso, y comenzó á mover la silla rodante hacia las piezas interiores, mientras exclamaba en voz alta:

—María, vén María: es menester acostar á mamá.

Al cabo de una media hora entraba de nuevo en la sala el hijo de la inválida, esta vez seguido de María; María, la hermana mayor, la primogénita de la anciana, suerte de providencia doméstica. Ella era el alma del hogar. Cuanto al hogar decía relación estaba ella acostumbrada á resolverlo por sí y ante sí. Dócil á tan blando yugo, el dueño de la casa sólo tenía para ella gratitud, por cuanto la vida de esta buena señora era una continua ofrenda en aras del cariño á los suyos. Ella renunció al amor por el hogar. Ella no había sido esposa por ser hija; y prefirió á ser madre ser hermana.

Luégo de sentarse dijo á su compañero de sala:

—Bien, Juan, esa carta de nuestro querido Juanito es cosa muy extraña. Llamarte á la carrera, sin motivo. El, tan juicioso siempre.... Enfermedad no es. No hubiera podido escribir. Además, el Director....

Don Juan convenía con su hermana en que algo extraordinario pasaba á Juanito, y se disponía á partir, rumbo á la gran ciudad donde el niño estudiaba.

La carta era lacónica: «Tu visita mensual,—decía—tan querida para mí, por primera vez en un año ha dejado de ser periódica. ¿Por qué, mi adorado papá?»

En este tono de afecto continuaba. En resumen le pedía que fuese á verlo.

Este dulce reclamo del amor filial hizo honda impresión en los sencillos moradores de la jabonería. La queja justísima de Juanito se comentó largamente en las veladas de los buenos provinciales.

Juanito era la adoración de aquel hogar. Hijo único de D. Juan, crecido al calor de aquellos seres, era astro de sus noches, alegría de su alma.

Hasta los quince años tuvo profesores en la propia casa; luégo fue necesario que estudiase las matemáticas, carrera del joven, en un buen colegio. D. Juan echó un nudo á su corazón y Juanito partió para una lejana y bella ciudad, magnífico centro docente.

—Yo tengo mis ideas, había dicho D. Juan á su hermana, cuando el cariño egoísta de la buena señora negaba la conveniencia de aquel viaje; yo tengo mis ideas; mi hijo será lo que yo no he podido ser. Yo no tuve un padre, que si no....

Y en los ojos de D. Juan se pintaba la tristeza. D. Juan tenía la conciencia de que él era víctima de su primera humilde condición. Espíritu despierto, hombre de natural inteligencia, fantasía llena de novelones y dramas imposibles, en medio de su bienestar, de su riqueza, encontraba uno como vacío; vacío que su previsión de padre iba á colmar con el estudio en la existencia de Juanito.

Don Juan nunca fue esposo. A las veces, pensando en su hijo, recordaba cómo había gustado besos exóticos en la boca lindamente roja de la bohemia que dio el ser á Juanito. La amada peregrina, una de esas mujeres en las cuales se mezcla á la hermosura todo el encanto de lo desconocido, llegó hasta el ignorado rincón de aquella provincia, como una ráfaga llena de extraños perfumes; como una brisa que cruzó azules mares, verdes cumbres, y bosques de laureles y de rosas.

D. Juan, entonces mozo de cuatro á cinco lustros, lleno de fuego el corazón, amó á la linda aventurera que llevaba consigo en són de venta rosarios de ámbar, rosas de Jericó, fragmentos de la propia cruz donde fue victimado el Cristo, objetos falsos de su mísera industria ambulante.

D. Juan amó en ella la morbidez de las formas no injuriadas por el continuo andar; el dulcísimo rostro, acanelado por los besos del sol; el negro profundo de la cabellera; los brazos llenos de caracteres intraducibles, corazones flechados, círculos llameantes; todo aquel encanto exótico de una mujer helena por el perfil, española por la mirada, y por naturaleza del amado país de Bohemia.

Juanito fue fruto de aquel amor del criollo á la extranjera; amor alborotado como un torbellino, rápido y devorante como un incendio.

Deshecha del hijo, sin nada pedir ni aceptar nada, una bella noche primaveral prosiguió la aventurera su interrumpido viaje, anhelante de correr por cuantos son pueblos y climas; acaso para gustar en otras latitudes nuevos amores; acaso para concebir otros hijos y sembrarlos, como simiente de dolor, en los surcos por donde va la triste romera.

Entre D. Juan y su hermana hubo un instante de silencio. Los dos pensaban en el querido ausente. La señora se volvió hacia D. Juan. Este se había puesto repentinamente en pie y encendiendo un cigarrillo en el tubo de la lámpara, dijo:

—María, prepara esta noche mi equipaje: mañana parto.

II

Juanito fue desde su entrada en el colegio uno de los mejores estudiantes; los primeros puéstos eran los suyos, tanto en la clase de álgebra como en la de filosofía. De inteligencia clara, alma anhelosa de saber, corazón rebosante de orgullo, carácter serio, espíritu soñador, era retraído, afecto al estudio; gustaba de ese como pugilato de las inteligencias, que entre condiscípulos se lleva á cabo y pone á prueba el vigor intelectual de los contrincantes.

Pronto fue distinguido por los profesores; esto le granjeó la ojeriza de sus camaradas. Además, él de suyo un poquillo rencoroso, guardaba contra varios de sus compañeros, señaladamente contra uno, sentimientos no nada cristianos, antes bien confines con el odio y con la más ponzoñosa antipatía.

Tuvo esto origen en una escena ocurrida á su ingreso en el plantel; escena dolorosa que nunca olvidaba Juanito, y en la cual había sido por desgracia protagonista.

Fue una mañana á cosa de las ocho. El hacía su primera entrada en el amplio salón del colegio. Todos los muchachos estaban reunidos. El Director del instituto presidía.

Provincial tímido, con aire azorado y maneras torpes, Juanito entra en la sala, crúzala silencioso y desconcertado entre dos coros de alumnos, se dirige atolondradamente al Director y sin más preámbulo le tiende la mano. El maestro por hacer una mala pasada al pobre mozo, no estrecha la mano de Juanito, y éste queda en el centro del salón, mudo, chasqueado, rojo de vergüenza, en medio de la risa del profesor y la rechifla sangrienta de los alumnos.

Entonces sucedió algo más doloroso para él.

—Siéntese usted, le dijo el Director, señalándole un puésto vacío. El obedeció. El asiento destinado á recibirlo era un banco en el cual sólo estaban dos alumnos.

Los muchachos comenzaron á hacer despiadadas observaciones.

—«Tiene nariz de olerlo todo», exclamó uno á media voz, ni tan alto que escuchase el maestro, ni tan bajo que no produjese hilaridad en el auditorio.

—¡Qué ojos de basilisco!

—Este nació para astrónomo.

—¡Qué pies!

—¡Qué manos!

—Parece un sietemesino.

Entre tanto los dos jóvenes que ocupaban el banco junto con Juanito se deslizaron cautelosos hasta un extremo, precisamente la punta opuesta á la que servía de asiento al provincial.

Juanito, ya cambiado el estupor en cólera, se prepara á responder á las injurias cuando los mozos de su lado, á una señal, se ponen de pie. El provincial gravita solo en un extremo del banco, rompe el equilibrio, y rueda bajo el asiento que le cae encima.

Lleno de polvo y de vergüenza, ciego de dolor y de ira, cierra Juanito contra uno de los causantes de su malaventura y le asesta en el rostro una tremenda bofetada. El Director interviene; la mofa cede el puésto al asombro; y á partir de la ocurrencia ya saben á qué atenerse con Juanito sus camaradas de colegio.

Sin embargo, las jugarretas menudearon. Se supo que el padre de Juanito era propietario de una jabonería, y ya no llamaron al joven sino «el jabonero». Por todas las paredes corrían versos alusivos á la industria de D. Juan. Una ocasión en la mesa al comer el pan, Juanito tuvo náuseas. Los muchachos le habían ingeniosamente aderezado la hogaza; la miga no era de harina sino de jabón.

Entre él y sus compañeras hubo siempre algo infranqueable: el carácter de Juanito.

Discurrió un año. Ellos duros con él. El duro con ellos. Intimidad tuvo con muy pocos; odio, sólo para uno. Quien inspiraba en Juanito este invencible sentimiento de repulsión era un mozo alto, delgaducho, de grandes piernas, ojos zarcos, pelirubio, lleno de prejuicios de raza á pesar de lo democrático de su figura y de su nombre.

Este era el mismo joven á quien Juanito abofeteó cuando la ocurrencia del banco. Se llamaba Gil Pérez. Los muchachos, jugando con las letras del nombre, lo apodaban Perejil.

Perejil y Juanito se abominaban mutua y cordialmente. Una mañana corrió entre los alumnos la nueva de que los dos jóvenes se habían desafiado para el jardín, á las cinco, después de las clases.

Todo el colegio se dispuso á presenciar un espectáculo extraordinario.

Perejil era lenguaraz, insolente; orgulloso de que antepasados de él habían muerto en defensa de la Patria, decía á menudo:

—Por mis venas corre sangre de héroes.

Taciturno, austero, Juanito inspiraba en sus camaradas un sentimiento indefinible, extraña mezcla de antipatía y respeto.

El tema palpitante eran Perejil y Juanito. A la hora del almuerzo, en los corredores, en las habitaciones, por todas partes se entablaban diálogos.

—Hoy le bajan el gallo al jabonero.

—No sabemos, chico; ese Juanito no es tonto. Recuérda su estreno en el colegio.

—Aquello fue una casualidad. Perejil nunca quiso arreglarle cuentas. Pero ya ves; á cada cochino se le llega su San Martín.

En otras conversaciones salía peor librado el pobre Juanito. Una y otra parte le eran adversas. En un grupo decían:

—Es un presuntuoso.

—Y un cobarde.

—Me alegraré de que Perejil lo medio mate.

—Y yo.

—Y yo.

En ese momento ingresó Perejil al círculo, muy satisfecho de contar en su favor los sufragios de la mayoría.

—Saben ustedes una cosa, dijo: me contentaré con zambullir en el estanque á ese mal nacido. ¡Qué historia la de él, queridos; qué historia! Me la ha referido esta mañana el nuevo cartero. Son del mismo lugar.

Todos interrogaron á Perejil con la mirada y con la voz.

—Cuéntanos, chico, cuéntanos.

Pero Perejil no creyó caballeresco expresar lo que sabía acerca de Juanito.

En un instante corrieron mil versiones: Juanito era esto; Juanito era lo otro.

El día pasaba. Perejil, muy animado y decidor, secreteábase con los vecinos en la clase y lanzaba á todo el mundo miradas de perdón.

Sonaron las cinco. Los muchachos ya libres, como bandadas de palomas volaron al jardín.

En el centro de un grupo, orillas del estanque, Perejil se quitó la blusa, arremangóse la camisa, y aludiendo á Juanito que aun no llegaba, dijo:

—Esperemos á ese cobarde.

No esperó mucho. Juanito entró en el jardín. Todas las bocas callaron. Los ojos llameaban; los corazones latían con presura. En presencia de los adversarios el concurso se conmovió.

Juanito vestía de blanco; el blanco de su ropa contrastaba con el negro profundo de sus ojos, y la obscuridad brillante de la cabellera riza.

Pequeño de estatura, corto de cuello, atlético de complexión, todo en el joven Hércules respiraba energía.

Con una imperturbabilidad desconcertante se dirigió al grupo que rodeaba á su enemigo, y encarándose con Pérez exclamó:

—Perejil, estoy á tus órdenes.

Perejil avanzó nervioso, pálido de coraje, digno de sus abuelos. Instintivamente Juanito cerró las manos; su nariz se infló; de sus ojos profundos brotaron centellas.

Perejil se detuvo. El hielo del pavor lo había tocado de súbito. Pero pensó en su honor, en su nombre, en su prestigio personal, en su orgullo de raza, y altivamente exclamó:

—Jabonero; vengo á decirte que yo no puedo pelear contigo; tú eres hijo de una perdida; tú no tienes madr...

La última frase no pudo concluírla. El puño de Juanito la había apagado en los propios labios de Perejil.

La cólera del jabonero rayaba en delirio. Cayó sobre Perejil; lo abofeteó, lo mordió, lo escupió, lo derribó, y cuando el pobre enemigo exánime se revolcaba en el polvo, la cara tinta en sangre, Juanito se puso en pie y una, dos, tres, y más veces, lleno de furia, pateó la boca maldiciente del caído.

Juanito, reprendido con dureza, fue puesto en reclusión. Nada de domingos libres. Nada de horas de asueto. Recreo, no para él. Del cuarto de dormir á la clase, y de la clase al cuarto de dormir. Preso, vigilado cuidadosamente, su encierro duraría hasta nueva orden del Director.

III

«Tú no tienes madre».

Esta frase lo perseguía, lo hostigaba. A su recuerdo, uno como puñado sutilísito de agujas hincaba con crueldad en los ojos, en la frente, en las mejillas, en todo el rostro del pobre jabonero. Sentía Juan en la nuca un poderoso brazo, invisible, que le doblaba la cerviz, antes tan altiva. Sus rodillas tendían á flaquear; y todo él, á un influjo extraño y malhechor, era víctima de hondo desconcierto físico.

«Tú no tienes madre.»

Juanito sentía necesidad inmediata de un sér tangible á quien poder llamar con ese nombre dulcísimo. Hasta entonces él nunca había echado de menos á su madre. Criado al calor de la excelente Doña María con todas las ternezas de que fuera capaz la madre más apasionada; vástago único de un hombre para su hijo todo amor; jamás tuvo Juanito cómo sentir la ausencia del cariño materno. Caricias, mimos, ternuras, agasajos, fueron la atmósfera de su infancia. El pequeñuelo llenaba el hogar. De su amor vivían los corazones. Sus travesuras eran causa de fiesta. Su capricho era ley.

Por la mente de Juanito pasaba aquella infancia feliz cuya memoria agregaba otra aguja más cruel, más dolorosa, más punzante, á las muchas que herían su rostro. No se perdonaba el no haber preguntado nunca por su madre. Tenía una necesidad profunda de llanto. Dos noches pasó en una meditación llena de lágrimas.

Pensando en su hogar distante, en su buena tía, en la anciana paralítica, recordó que D. Juan, contra la costumbre, no lo había visitado en todo el mes. Lo enterneció la idea de perder el cariño de su padre. Experimentó una necesidad violenta de ver, de abrazar al autor de sus días. Entonces escribió una carta; carta nerviosa é imposible que hubo de romper. Se puso de nuevo y obstinadamente á la tarea; garrapateó uno, dos, tres pliegos de papel; pero ninguna de las misivas quedaba á su gusto.

—Lo dejaré para mañana, se dijo.

Al día siguiente á escondidas del Director, y valiéndose de alguno de los pocos amigos que contaba, envió la epístola.

Poco tiempo después D. Juan se presentaba en el colegio. Antes de ver al hijo amado, por medio del Director lo supo todo. Mientras escuchaba la relación, de los ojos de D. Juan brotaron chispas; chispas de orgullo por la viril conducta del hijo.

La primera entrevista de Juanito con su padre fue celebrada en el gabinete del Director.

—Papá.

—Hijo mío.

Y cayeron en brazos uno de otro.

Cuando Juanito se alzó tenía los ojos arrasados en lágrimas.

—Lo sé todo, hijo mío. No te condeno, decía D. Juan, muy contento de verse á solas con Juanito. Juanito le hizo conocer la rotunda resolución de abandonar el colegio.

—Lo dejarás, hijo, lo dejarás. Buscaremos otro que sea de tu agrado.

—No, papaíto lléveme con usted. No quiero ya ser ingeniero.

Esta salida desconsertó un poco á D. Juan. Tanto como eso no. El tenía sus ideas. Ir por ver á la familia y la tierruca, santo y bueno; pero para volver.

—Desengáñate, hijo, en esto no te complazco. Yo tengo mis ideas. Quiero hacer de tí una gran cosa; lo que yo no he podido ser. Si yo hubiera tenido un padre....

Y D. Juan inundaba á su hijo en una mirada llena de ternura.

Juanito abandonó el colegio; se fue á vivir en el hotel con su padre, lejos del ojo avizor de los profesores, y de la malquerencia de los alumnos. Se fue abominando de Legendre y de la filosofía escolástica; se fue á vivir en plena libertad, bajo el ala sedeña y perfumada del amor paterno.

Los días pasaban; días de una existencia deliberadamente llena de holganza y diversiones. D. Juan deseaba distraer á su hijo, porque la melancolía tejió su nido de tristezas en el alma del joven.

A las veces Juanito sentía impulsos de interrogar á D. Juan, de gritarle:

—¿Dónde está mi madre?—¿Qué ha hecho usted de mi madre?—¿Por qué no me habla usted de ella; por qué no me dice cómo es, ni adonde está?

Pero el respeto lo reducía á desesperante mutismo. Pensaba que D. Juan podía anonadarlo respondiéndole:

—¿No he sido yo para tí padre, madre, todo....?

Una noche, al regreso del teatro, expresó D. Juan á su hijo el deseo de restituírse al terruño nativo.

—¿No te parece bien, Juanito? Mi pobre hermana está sola con mamá. La anciana necesita cuidados de todos; y María reclama un amparo.

Juanito convenía de buena gana. Entonces D. Juan tocó nuevamente el punto delicado. Al cabo de algún tiempo, cuando por ambas partes se creyese oportuno, Juanito regresaría á un colegio.

—Papá, yo no quiero seguir estudios; yo preferiría vivir con usted, siempre con usted, sin abandonarlo nunca.

Además, añadía el joven, que la abuelita no estaba bien, que....

Nada, sino que no transigía D. Juan. El tenía sus ideas. Malhumorado por la contrariedad y plantándose en el centro del cuarto, exclamó:

—Y bien, ¿qué es lo que tú deseas? ¿A qué aspiras? ¿Has pensado en tu porvenir?

Juanito, la cabeza baja, no respondía. El otro prosiguió:

—Me empeño en hacerte gente y lo rehusas. Sacrifico en tu obsequio mi ternura de padre, y no me lo agradeces. ¿Qué es lo que tú deseas? Respónde, Juan.

Juanito callaba; á media voz dijo:

—Papá....

—Papá, gritó D. Juan exasperado; tú no me complaces en lo que yo te pido. En cambio, ¿te he negado yo algo? ¿No tienes tú lo que todos tienen? ¿Qué te hace falta, dímelo?

Juanito alzó los ojos; quiso hablar, pero el dolor le echó un nudo al cuello.

D. Juan continuaba:

—¡Cuántos, cuántos quisieran lo que á tí te sobra! ¿Qué te hace falta, dímelo?

Juanito, también puesto en pie, los ojos húmedos de lágrimas y la voz temblante, repuso:

—Mi madre; me hace falta mi madre.

D. Juan lo esperaba todo menos tal respuesta. Un escopetazo en el rostro lo habría impresionado menos. Cayó en una poltrona, sollozando como un niño, el rostro cubierto con las manos. Entonces Juanito, llorando también, se abalanzó á su padre y lo abrazó, lo besó con frenesí.

* * *

Una sombra se había proyectado en aquellas dos almas: la sombra de la bella errante á quien D. Juan amó un tiempo; la sombra de la linda aventurera que mercaba rosarios de ámbar, rosas de Jericó, fragmentos de la propia cruz donde fue supliciado el Cristo; la sombra de la amada bohemia que huyó en una fresca noche primaveral, anhelante de correr por cuantos son pueblos y climas, acaso para gustar en otras latitudes nuevos amores, acaso para concebir otros hijos y sembrarlos,—como simiente de dolor,—en los surcos por donde va la triste romera.

Carta de amor

Aunque escribo esta carta pensando en tí, mujer, no es para que tus queridos ojos claros la desfloren, ni para que tu corazón apresure su latir oyendo la confesión del mío.

Me dirijo á tí, en pensamiento. No eres tú quien está lejos de mí, sino tu corazón. No exento de triste voluptuosidad me abro á tí, de fantasía, como remedo pesaroso del tiempo, aun cercano y tan dulce, en que hablábamos de amores, las cabezas muy juntas, mis ojos en tus ojos, tus manos en las mías.

Sin embargo, verás estos renglones. Después de todo, tienes derecho á mirar por la rendija de luz que abrieron tus ojos en mi alma. Ahora no será, sino algún día, cuando yo me aleje más de tu memoria; y de tí no quede en el corazón del bardo errante más que un recuerdo, terrón de mirra, de esos que aroman la juventud.

Lo más dulce de nuestro amor fue su génesis: el espacio del primer saludo al primer beso; lo más noble su plenitud: el paréntesis de felicidad; lo más inquietante su ocaso, que, como toda agonía, es un dolor.

Hoy es sábado. Algunas semanas atrás este día era para nosotros de encanto. Nos complacíamos, por una extraña convención, en adornarlo con las rosas florecidas en esta mañana de juventud. Lo imaginaste un día propicio; y era en efecto un día de locura. Aunque, á la verdad, tu capricho no lo comprendo ahora; para nosotros ¿cuál día no era sábado?

¡Hoy, cuán distinto! nos separámos, huyéndonos. Tú correrás á tus amigas, ó al parque, ó al vértigo de la avenida; yo me encierro voluntario en estos muros, abro la jaula á mis tristezas y las miro batir las alas de sombra.

¿Vuelan tus horas tranquilas? ¿Nunca me consagras tu pensamiento? ¿Es verdad tu ficción? ¿Nada turba tus noches? Tu máscara es de impasible. No revelas sino harmonía y bienaventuranza.

Pero dudo que indiferente vayas, hoy mismo, adonde yo solía acompañarte, sitios que este sábado tal vez andarás sola.—¿Nada te dirá la mudez elocuente de las cosas; de esas mismas cosas cuyo acento silencioso interpretabas ayer por favorable á nuestro amor?

Si conocieras hoy la curiosidad de mi pluma y de mi espíritu, radiante de júbilo me creerías enamorado. Y de veras te digo: nunca me despertaste más interés que ahora, cuando te pierdo.

Yo te he visto junto á mí, delirante de pasión. Yo he sentido rodeado mi cuello de tus brazos, blancas serpientes de amor; y tus caricias me han envuelto en fogosa nube. Yo he oído tus confesiones, entre besos. Yo vi el oriente puro de todas las perlas de tu alma. Tu cuerpo y tu corazón fueron míos. ¡Y nunca te amé como ahora! Te amo con el amor piadoso de lo que se va: como ama el jardinero la planta que un día cultivó, y ve deshojándose; como ama el padre, entre sollozos, al hijo que se muere.

Tus primeras caricias me fueron dulces, muy dulces, doblemente dulces; representaban una conquista sobre tu corazón y un robo á tu marido. Tú eras «la fruta del cercado ajeno.» Eras manzana de oro de un jardín hespérido, guardado celosamente; y tu conquista valía por un trabajo hercúleo. Eras, en ilusión, la Elena á cuyo rapto ardería Troya.

Además, vi tu hermosura intrépida, casi desdeñosa, afrontar la granizada de lisonjas, que llovía sobre tus primaveras, aun en flor; y tuve por valerosa la empresa de rendirte, en lid galante.

Roto el hielo, enfrenado tu indiferentismo, siendo ya mía por cópula ideal, me produjo tu amor dulces horas de dicha, tan dulces, ay, como fugaces. Paseé tu gentileza de mi brazo, por entre los disparos de la envidia, frente á rivales sin fortuna, bajo miradas rabiosas. Mi vanidad se adornó con tu hermosura. Te lucí como una joya.

Y cuando tu cariño se cristalizó en besos, cuando florecieron las ternuras, estuve lleno de alegría y de vanidad pensando cómo desterré de tu corazón á tu esposo. Entonces fue cuando una gran orquesta rompió en dulzuras líricas, allá adentro en mi alma. Algo cantaba en mi corazón; pero en voz de sirena, suave y pérfida.

Supe un día, con detalles que arrancan gritos de angustia, toda tu historia. Con tu marido no eras feliz. La mujer frágil, de alma tierna, no se compadecía con el obeso patán. El marrano de tu esposo no te merecía. Las pezuñas del cerdo no eran para tus formas delicadas. Cuanto á tus amadores, ¡eran tan insulsos! Fui yo el primero, me dijiste, cuya necedad no te acidulaba los galanteos. Por eso fueron para mí tus más zalameras coqueterías. Por eso me amaste.

No bien supe de tu boca estas miserias íntimas, cuando comenzó á suceder en mí una cosa extraña; algo semejante á lo que debe de ocurrir al espectador, si luégo de seducido por el encanto de las decoraciones, entra en el escenario. Allí verá las aureolas desvanecerse. Allí verá que la magia es obra del tramoyista; cómo las lágrimas las dicta el apuntador.

De tus confesiones mi vanidad de amante salía maltrecha. Tus confidencias mataban mi ilusión. ¿Cuál era mi triunfo? ¿Sobre quién vencía? ¿Sobre tu esposo? No lo amabas. ¿Sobre tus pretendientes? No los apreciabas. ¿Sobre tu corazón? Tu corazón era, ahora lo veía, una presa fácil. Ya no me envanecí de tu afecto.

Tú, entretanto, me querías más. La flor de tu alma, rociada por vez primera con blando rocío de amor, abría sus pétalos, rosados y llenos de perfume. Por eso padeciste de veras, en tu orgullo y en tu amor, cuando empezaste á advertir la tibieza ó el cambio de mi afecto.

¿Qué pasó por tu alma? Casi me atrevería á decírtelo. Pensaste primero, que era ficción de enamorado feliz; luégo fue cuando comprendiste que una como racha de invierno penetraba en mi pecho, marchitando queridas y verdes ilusiones. Allá en tus mientes no me juzgas con generosidad; me supones más cruel que infeliz. Y ¿cuándo será que te perdones el haberme amado?

Sin embargo, sábe que soy la víctima, en esta novela sentimental; víctima de una idea, de una preocupación, de una locura, de algo más fuerte que mi voluntad, de algo que tuerce el cuello á una dulzura dentro de mi alma.

Perdiéndote se apaga un sol de mi cielo. Te distancio de mi corazón, á mi pesar; á tí, en cambio, te separa del mío el orgullo. Te dices ofendida con mi proceder. El sacrificio de tu amor es el tributo que pagas á tu vanidad.

Ave de paso, yo volaré lejos, muy lejos, más allá de los horizontes. Padeceré la nostalgia de tus caricias; y los besos nacidos en mi boca, para tu boca, los besos que nunca te dí, me abrasarán.

Pero correrá el tiempo. Cultivaremos nuestras almas; y otra cosecha de amores, acaso más rica, un día colmará nuestra ventura. Cuando se abran las nuevas rosas, y sus pétalos nos llenen otra vez de fragancia, recordaremos con melancolía el viejo amor.

Este amor, que es ahora un dolor, será mañana una memoria dulce. El alma nunca se arrepiente de haber querido; y con más ternura guarda, en el estuche de los recuerdos, la memoria de un amor desgraciado, que la de un amor feliz.

Cuento de Italia

I

Lucio, el zapatero de viejo, es un joven. Sus primaveras brillan al sol de la tarde. La luz entra en el tabuco, besa el lomo de un angora, perezoso como un viejo poeta, y en la frente á la madre de Lucio, suerte de Margarita anciana, vejezuela adorable, de blancura risueña y sonrisa de amor.

La viejecita hace calceta; el gato sueña un poema de ratones, mientras recibe un baño de sol; Lucio trabaja, junto á la puerta, encapotado el ceño y en la boca un gesto de amargura. De hito en hito, echa ojeadas fuera, á la calle.

Discurren gentes, á las cuales ve el zapatero sin mirarlas. Una mujer, flor de la plebe, gentil de persona, muy maja, cruza rozando su faldellín, de exprofeso, con el quicio de Lucio; y lanza adentro una mirada, insolente como una provocación. El zapatero fulmina su martillo sobre la suela. Al golpe violento la viejecita, asustada, lo reprocha:

—Caramba, Lucio.

Pero nada advierte la anciana. Desde su mullido sitial del fondo, y el pensamiento muy distante, no mira qué pasa en la calle, á su puerta.

La mujer de mirada atrevida como una provocación, repasa. Lucio finge no verla; y asume un aire distraído. La provocadora cruza una vez más; ésta con un hombre. A la mirada y sonrisa de la hembra, el zapatero responde cantando:


La donna è mobile
qual piuma al vento....
 

La vejezuela escucha, regocijada, á su hijo. Del corazón de la anciana, como de un nido, salen volando recuerdos. Y no penetra la blanca viejecita cuánto es dolorosa la figura de aquel joven, la pena en el alma, y en los labios una canción fingida.

En alas de aquel canto, el pensamiento de la anciana debió de volar mucho, mucho; porque á la postre volvía como una paloma, trayéndose en el pico de rosa, y en las plumas como jazmines, memorias del hijo ausente, memorias de Genaro, el hijo menor, que hace la guerra en el país de Abissinia. Todos los pensamientos de la anciana ahora se iban, temprano ó tarde, al Africa remota, hacia las regiones insalubres donde Genaro, su querido Genaro, padece hambre, se abrasa de sol, y se afronta con Menelick.

En el alma de la vieja se debaten la madre y la patriota. Italia y Genaro, después de Lucio, su debilidad, su chochera, constituyen sus amores. Ama á la patria aquella anciana con amor antiguo. Fue una garibaldina feroz. El culto del héroe lo guarda ella en su corazón. ¡Cómo olvidar que su esposo había muerto besando la camisa roja del General patriota, cuando la Puerta Pía!

De repente la anciana interroga á su hijo:

—¿Qué dicen los periódicos, qué dicen de la guerra, Lucio?

El zapatero sigue malhumorado, y le responde á su madre, casi con acritud, el pensamiento fijo en la provocadora, que por unos instantes no cruza más:

—Las últimas noticias son tristes para el ejército. Nada bueno debe de haber, madre. Hace cosa de una semana guardan silencio los periódicos. Y cuando el Gobierno y los papeles no dicen nada....

La viejecita lo interrumpió.

—Han derrotado al cuarto batallón, Lucio; al batallón donde sirve Genaro.

—No madre, que yo sepa, repone Lucio, arrepintiéndose de haber dicho la verdad á la viejecita.

—Me alegro. Mejor se venga sin combatir el cuarto batallón, antes que lo derroten. ¡Ay, hijo, cómo sufro con la fulana guerra! Sufro por Genaro, que está en peligro, y por el ejército, que está en ridículo. ¡Dejarse derrotar por Menelick! Eso da vergüenza. En mi tiempo era otra cosa, hijo.

Y era lo cierto: el cañón de Mentana la arrulló un día. Garibaldi aparecía siempre triunfador, puesta la camisa roja, ladeada la cachucha militar, entre banderas.

La viejecita recuerda á su esposo; recuerda á Genaro, y prosigue diciendo:

—Tu padre fue un héroe, Lucio. Cayó junto á Garibaldi. Otros tiempos. ¡Qué días! Pero Genaro es hijo de guerrero; él no dará la espalda á los negros del Africa; mientras los oficiales corran, él, pobre soldado, sabrá morir.

La anciana empieza á emocionarse. A sus pupilas asoma la ternura. Su ardor patriótico, su fiereza militar, la memoria de su marido, el afecto de Genaro, todo el semillero de sentimiento, corre por sus mejillas en ola de lágrimas.

Lucio no ignora el daño que tales conmociones producen á su pobre vieja. Como se repetían á menudo, en el carácter nervioso de la anciana, el médico previno al joven, diciéndole:

—Tenga cuidado por su viejecita. Esas excitaciones le son muy perjudiciales.

Lucio intenta calmarla. Varias veces le repite:

—No piense más en eso, mamá.

Y se dice á sí propio:

—Porque estoy de mal genio hago sufrir á mi madre. ¡Qué buen bicho!

La vieja no se tranquiliza. De cuando en cuando pronuncia, entre sollozos:

—¡Pobre Genaro; pobre hijo mío!

El entrecejo de Lucio encapótase más; su boca muequea una mueca trágica; su mirada se torna lúgubre.

De nuevo principia á cruzar, rozando su faldellín con el quicio del joven, una figura de mujer, muy conocida. Otra vez cae sobre Lucio la mirada insolente como una provocación.

II

Allá viene Paolo, el pregonero de diarios, calle arriba. El sombrerito, casi en la nuca, deja al sol la frente. Corre Paolo de prisa, y con el haz de periódicos al brazo, vocifera:

¡L'Araldo! Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte del generale Vicini.

La multitud lo asedia. Hormiguean los curiosos, á los gritos. Todo el mundo sale á comprar el periódico, anhelante de saber cuál suerte cabe al ejército en la remota Abissinia. Los centavos llueven en la bolsa de Paolo. El no se para un punto; abriéndose camino por entre los lectores, que empiezan á formarse en corrillos, se escurre, calle arriba, corriendo, y gritando:

L'Araldo: L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini.

Los centavos diluvian. El rostro del pregonero se hace radiante; su voz asume sonoridades de clarín. Aquella derrota es su triunfo.

¡Qué diferencia de los días anteriores! No acontecía nada. La semana fue mortal para él. No sucedían cosas de sensación, ni llegaban noticias de Africa. El pueblo comenzaba á olvidarse de su aventura de Abissinia.

¡Cuántas noches llegó Paolo á su desván con una miseria en el bolsillo, extenuado de correr, ronco de gritar, vencido por el cansancio, y triste!

Su madre lo saludaba con un beso, que era casi un reproche. Una lámpara daba su resplandor muriente en el zaquizamí, iluminándolo á medias. A esa luz advertía Paolo las figuras quiméricas de sus hermanitos, moribundos de inanición. Y á esa luz, le parecía más siniestro el dolor en la faz de su madrecita; más punzadora el hambre de sus hermanos; más espectral aquella casa de miseria.

El no olvidaría la escena de algunas noches antes. Su madre, al entrar él, le preguntó:

—¿Qué traes?—hijo.

—Esto, repuso Paolo, enseñándole una palma de mano.

Y sucedió que la mísera se puso á llorar, abrazándose con él; Paolo también rompió á gemir, mientras los chicos, en la penumbra, contagiados por el grupo doliente, estallaron asimismo en lágrimas. En la atmósfera flotaba el dolor. El candil alumbraba con sus claridades equívocas aquella angustia.

Paolo, de súbito, se deshizo de los brazos maternos.

—Oye, madre, le dijo, yo traeré dinero.

—¿De dónde, hijo, de dónde?—preguntaba la temerosa, la desconfiada.

Entonces él la tranquilizó.

—No pienses nada malo, por Dios. Tomaré mis periódicos, saldré á la calle, y anunciaré noticias, muchas noticias, grandes noticias, noticias estupendas. Yo las pensaré, yo las inventaré. Tú verás, madre; tú verás.

Paolo había convencido á su madre. Esta le decía acariciándolo:

—Bueno, hijo, córre; invénta muchas noticias.

Horas después entraba Paolo triunfante en el zaquizamí.

Esa noche se comió; esa noche se devoraron, en forma de queso y pan, las noticias falsas de Paolo.

Desde entonces, todas las tardes, al salir el pregonero á su pregón, la buena mujer le hace esta invariable encomienda:

—Invénta muchas noticias, Paolo.

En todo esto viene pensando el pregonero, calle arriba, mientras vocea y reparte su periódico. Entre uno y otro grito habla consigo mentalmente. Y al pensar cómo granizan ahora los cuartos, en la faz se le dibuja la alegría, y sus ojos dicen cosas risueñas.

Hoy, apenas hubo recibido el diario con las noticias de Africa, malas noticias, para él buenas nuevas, corrió á todo correr, camino de su barrio.

Por uno como orgullo de campanario quería él que en su parroquia supiesen, los primeros, las cosas de Abissinia. Además, el barrio era populoso, y aunque humilde, á toda la vecindad le sobra manera de comprar un periódico, siempre que haya noticias de sensación.

El pregonero llega á la plaza de la parroquia. De donde quiera salen caras que le sonríen. Algunos lo interrogan familiarmente:

—¿Qué embuste dice tu papel, Paolo?

Todos los vecinos en el barrio conocen al pregonero; y él conoce á todo el mundo: desde la recién bautizada hija del genovés marmolista, que es la más joven, hasta la madre de Lucio, el zapatero, que es la más viejecita.

Rápido Mercurio, Paolo vuela, echando á los aires su grito sonoro:

L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia, L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini.

De los zaguanes, de la confitería, del restaurante, de todas partes salen gentes á comprar el periódico. Los transeúntes, el farmacéutico, el licorista, hasta las mujeres, hasta los muchachos, todo el mundo quiere tener noticias, todo el mundo anhela ver por sus propios ojos, la verdad, la ignominia del ejército; todo el mundo rabia por saber cómo han huído las huestes de Italia, ante las tropas de Menelick.

Lucio, el zapatero, al mirar cómo la gente corre y se arremolina, sale á su puerta. En ese instante se percibe clara, rotunda, la voz del pregonero:

L'Araldo: Ultime notizie del Abissinia, L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini.

El zapatero se demuda. Aquel maldito gritón pasaría un momento después, á la puerta de su tenducho. La viejecita oiría aquellas voces de reclamo; y la angustia, como una serpiente, se enroscaría en el alma de la madre y de la patriota.

El pregonero corre, calle arriba.

Y Lucio oye á su madre que le pregunta:

—Hijo ¿qué pasa? Escucho voces. Me parece que corren.

—Nada, madre; no es nada.

Y se percibe de nuevo el grito de Paolo.

Las manos de Lucio se crispan. Está nervioso. Los pesares de su madre, la infidencia de su querida, los recuerdos de su hermano, la ignominia de sus compatriotas, todo sube aquel momento á sus labios, todo se traduce en este rugido sordo:

—¡Maldito sea!

Entre tanto Paolo ha llegado junto al zapatero, y echa al aire su regocijo, en miradas y en voces:

L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini.

La viejecita da un brinco en su acolchado asiento. Ahora sí escuchó bien distintamente. Lucio la ve desde el umbral, pálido y mudo.

La vejezuela grita:

—Cómpra el periódico, Lucio.

Y prosigue monologando:

—Ay, Dios, qué nueva desgracia. ¿Por qué no me llevas del mundo? ¡Qué será de mi hijo, de mi Genaro, Virgen Santísima!

A la vista del zapatero se le ocurre á Paolo una mentira sensacional. Nadie ignora por allí que Genaro pertenece al cuarto batallón. A todos, en el barrio, se los ha dicho la viejecita. La costumbre de fingir y contrahacer noticias trae á las mientes de Paolo una mentira estupenda; y allí, en las propias barbas de Lucio, prorumpe en voz vibrante:

L'esercito in rotta. Il quarto bataglione...

Pero no puede concluír. Los ojos y la mano de Lucio lo detienen.

—Dáme un periódico, ruje por lo bajo el zapatero, asiendo á Paolo de la blusa.

Y nervioso, colérico, empieza á ojear el diario. Paolo intenta zafarse y correr á su pregón; pero Lucio lo detiene. Los espectantes no comprenden qué pasa. Paolo enmudece y palidece de susto.

En el interior del tabuco, la vejezuela, mirando la gente mariposear á su puerta, y angustiada por las voces del pregonero, trata de levantarse, y rueda á los pies de la silla, por el suelo. Al grito y al golpe de la anciana, Lucio vuelve los ojos, y ve á su madre, caída, la frente rota, y la nieve de los cabellos roja de sangre.

Entonces mudo, siniestro, en un instante, á la vista de todos, Lucio agarra á Paolo por el cuello, lo atrae á sí, toma el cuchillo de zapatería y lo encaja furibundo en el vientre del muchacho.

Corre un instante de asombro, de mudez, de estupefacción. Cuando la multitud se echa encima de Lucio, ya él ha corrido á su madre, y besándola, murmura:

—¡Madre mía!

En la acera, Paolo agoniza. También da un beso á su madre; pero él la besa desde la tumba, con el pensamiento. Y entre tanto la colma á besos, el pobre niño cree oír la voz de su madre, que le dice:

—Invénta muchas noticias, Paolo.

Alma enferma

I

Toda la tarde estuvo Eudoro, la cabeza entre las manos, los ojos perdidos en no sé cuál lejanía de ensueño, muy lejos de sí mismo, en una escapada melancólica al país de los recuerdos.

Estaba triste, muy triste. Por la primera vez amaba de veras, y su amor era la causa de su pena. Ese amor no podía vivir. Lo mataba la inopia. Y el pensamiento del joven, adolorido, se fue á los buenos tiempos de la infancia.

El recuerdo es amargo y embriagador como el ajenjo. La memoria de las cosas pasadas, de los amores muertos, de las viejas alegrías, es de una voluptuosidad dolorosa. Eudoro pensó en su padre, en el gallardo militar muerto de cara al enemigo, en pro de su bandera. Tuvo envidia de aquella desaparición luminosa. El hijo del héroe sintió la nostalgia de la gloria. Sentía vagas aspiraciones hacia esa dulce quimera. Retoño de una aristócrata, que despreció siempre las clases bajas, y de un soldado, que despreció siempre la vida, Eudoro sentía cómo se alzaban en su corazón desdenes atávicos, cumbres de orgullo, doradas nieblas de vanidad. Estas nieblas, ahora rompidas por la miseria, no eran sino trágicos girones; estas cumbres, fulminadas por el dolor, ardían; estos orgullos, enfrenados, se encabritaban como potros cerriles.

Nacido en cuna de oro, criado en la opulencia, gozando una primera juventud color de rosa, Eudoro, como la Porcia de Musset, vivió:


Ignorant le besoin, et jamais, sur la terre,
Sinon pour l'adoucir, n'ayant vu de misère.
 

Sumido en el pasado, Eudoro veía surgir del fondo del tiempo aquellos días risueños, colmados de bienestar, aquellas noches de fiesta presididas por su madre, joven y hermosa. Después vino la muerte del padre, el abandono de los mejores amigos, la indiferencia de los áulicos de la víspera. Los días radiantes pasaron primero, á los ojos de su espíritu, como una dulce teoría de vírgenes blancas y soñadoras. Pronto vio interrumpida la procesión de frescas hermosuras por una cáfila de euménides de rostros espantables y cabelleras en desorden. Eran los días negros, las horas de miseria y pesar.

Su padre, después de todo un poco bohemio, era un despilfarrado. La muerte lo sorprendió en la bancarrota. Su vida, lujosa y dorada, era algo teatral. Caído el telón pudo verse que el brillo era de lentejuelas; el oro oropel; la majestad apariencia; la riqueza ruina; y que sobre aquellos hombros la púrpura encubría la desnudez.

El huérfano fue padre. Se encontró, á los cinco lustros de su edad, jefe de una familia de mujeres. Con una educación superficial, educación de diletante que todo lo desflora sin profundizar en nada, con hábitos de lujo, inhábil para otro ejercicio que no fuera el amor, la galantería, aquel joven cortesano, hecho de pronto gladiador en la lucha por la vida, entró en el circo mal armado, y regó la arena con sangre, y abrió surcos con su cuerpo y marcó huellas de lágrimas.

Bello como un San Jorge, dulce por temperamento, fino por educación, este enamorado, lirio de los salones, languidecía al golpe violento del huracán. Su tallo se cimbraba, pronto á partirse; su corola de nieve, abatida, besaba el polvo.

Eudoro meditaba en todo esto. Se comprendía débil sin querer confesárselo á sí mismo. Su ensayo de hombre fuerte fue un fracaso. Sin darse cuenta de ello, Eudoro era una víctima: víctima de sus abuelos ociosos, galantes y soñadores; víctima de su educación; víctima de su medio. Del espíritu emprendedor, marcial y aventurero de su padre no tenía Eudoro. Era más bien como uno de sus antepasados maternos: hermoso, enamorado; poeta cuya mejor canción era su propia juventud; espíritu contemplativo; incapaz para el combate, apto para el placer.

Eudoro sufría mucho esta tarde. Su último dolor le rompía el alma. Amaba, amaba de veras, como nunca amó. Aquello no era un amor, sino el amor. El padre de la hermosa adorada no transigía con Eudoro; mataba el sentimiento en el corazón de la niña; la distanciaba del gentil mancebo; y hacía de su voluntad, dique, para que aquella pasión no rodara sus crecientes linfas en el seno de la beldad.

Eudoro comprendía que su indigencia era su perdición. Por eso pensó en su padre, en los buenos días dorados, en su infancia risueña y feliz.

De súbito se incorporó, y dirigiéndose como á un interlocutor invisible, dijo rabiosamente:

—Me hubiera muerto niño.

Se respondía con esto á una pregunta esbozada en su ánimo, á una pálida aspiración de aniquilamiento.

Recordando al padre de la niña, rugió:

—¡Qué infame! ¡Rechazarme por pobre!

Y prosiguió monologando mentalmente:

—¡Por pobre! ¿Nada valen mi nombre, mi juventud, mi amor? Mi padre no ilustró su apellido para que un cartaginés, un vampiro de la banca, un avaro, lo afrentase, rechazándolo. Mi juventud reciba un puntapié de Harpagón. Ese hombre no sabe que un mozo es una mina. En el fondo de un corazón juvenil acaso duerma, como el oro en el yacimiento, la virtud de la intelectualidad poderosa, la perla del heroísmo, el genio en embrión. De la juventud puede esperarse todo porque á todo se atreve: huella todos los caminos, invade todos los campos, cruza todos los espacios, salva todos los abismos, ama todas las ideas, persigue todos los ideales. La juventud es interesante como que puede ser el alba del prodigio. Cuanto sale de ella es puro como el agua del manantial. Ella es el amanecer del porvenir; la fianza del futuro. ¿Acaso el oro es la felicidad? ¿Un rayo de amor no deslumbra más que el brillo del dinero? ¿Qué moneda sino el beso paga el suspiro de un corazón enamorado? ¡Miserable Eugenio Grandet, te abomino! Pero verás cómo lucho con tu avaricia; cómo venzo de tu crueldad, anciano terrible. Tu cara es de Tersites, tus ademanes de Cartouche, tus procederes de Loyola. Tienes aspecto de espectro. ¡Gavilán, yo arrebataré de tus garras el ave del paraíso!

Fatigado el pensamiento de Eudoro, se detuvo al recordar á su amada; se detuvo en ella, en la memoria de ella, como una paloma anhelante en la cima de un limonero en flor.

De nuevo echó á volar, torciendo el rumbo. Y Eudoro se dijo:

—No; yo no debo denigrar de ese hombre. En el fondo procede bien. Su conducta es inspirada en el amor. Ese padre quiere á su niña. Espera para ella los blancos palacios de mármol, las libreas galonadas de los lacayos, el oro de los candelabros, las sedas, en una palabra, la dulzura de la vida tal como puede concebirla su cabeza de negociante. Después de todo está en lo cierto: fuera del dinero no hay salvación. Un pobre no tiene derecho al amor; no puede pagarse ese lujo. El amor entre dos pobres es una conspiración contra la sociedad. Un pobre enamorado de una rica es sencillamente un hombre sin pundonor, un cínico. Yo no aspiro á ese dictado. ¡Cállate, corazón! Escónde tu lepra. Tu amor es tu ignominia.

¡Quién sabe, por otra parte, cuántas noches de insomnio le cuesta mi pasión á ese infeliz! ¿Qué derecho tengo yo para hacer desgraciado á un hombre por el solo crimen de ser padre de una mujer hermosa? ¿Cómo podría, sin ser un criminal, ceñir de angustia esa cabeza blanca, echar el dolor, como un dogal, al corazón de ese padre?

¡Yo la amo, y en nombre de mi amor la hago sufrir, ensombreciendo el alma de ese anciano! Otro le dará también su amor sin que ese amor cueste ni una lágrima. Ese viejo que me odia tiene un punto de contacto conmigo: su hija: ambos la queremos. El cariño de esa mujer nos une. Debo estar agradecido al bienhechor de mi amada.

Con una sonrisa de tragedia en los labios y una mirada maldita en los ojos, el enfermo, el pobre enfermo de amor, se puso en pie.

Su alma, levantada también de un nido de recuerdos, sacudía las negras alas.

A lo lejos, hacia el fondo de la casuca, se escuchaba, fresca y vibrante, la voz de una hermanita del soñador que lo llamaba cariñosamente:

—Eudoro, Eudoro.

II

Es una noche azul y transparente, noche del trópico, tibia y fragante como lecho de recién casados. La multitud llena las calles. Los letreros de gas fulguran, temblorosos, como arañas trémulas que escalan los muros. El traqueteo de los coches, el chasquido de las fustas, la voz de los pregoneros, la charla de los enamorados, la risa de los alegres, los pasos de la turba, la respiración de la ciudad, constituyen el estrépito vagneriano, la extraña sinfonía de la prima noche.

El parque rebosa en gente. Una banda militar suena los cobres, de cuyas gargantas metálicas surgen notas vibrantes como centellas, suaves como caricias, dolorosas como lamentos, como cintarazos rudos. La multitud la rodea. La banda toca y toca. Aquellos músicos de uniforme, aquellos como soldados artistas, al final de cada partitura se embriagan con el aplauso, y á las veces repiten la tocata con furia lírica, llenos de un ardor marcial.

Al rededor del parque la gente se pasea. Algunos novios, dulces enemigos, se reconcilian en la penumbra, bajo el follaje; otros abren su alma, rico estuche de afectos, donde fulgura el amor, ese diamante, como una chispa de sol.

En la sombra, al pie de un frondoso árbol, en un banco de piedra, estrecho y rústico, se percibe la figura de Eudoro. Está solo; medita; y una como negra nube de dolor oscurece su frente.

La banda rompe de nuevo, después de unos minutos de silencio, con una armonía bélica. Es una marcha militar. Un instante, Eudoro, fuera de su meditación, mira como pasaba y repasaba un hombre, marcando el compás. El individuo se devolvía de un farol á otro, en un espacio de veinte y cinco metros, casi en la sombra. Se divertía el buen sujeto sin creerse observado.

De pronto un grupo de jóvenes, estudiantes acaso, lo advirtió. El racimo humano de mozalvetes lanzó una sonora carcajada y prosiguió á su vez la marcha, marcando el compás. Una pareja de novios, dos muchachos, que venía detrás, del bracero, contagiada, imitó á los estudiantes; alguien imitó á su vez á los novios, y por un momento fue la plaza batallón alegre y revoltoso que marchaba al compás de la música.

Eudoro se sonrió melancólicamente á la vista de aquella multitud danzante y risueña:

—Qué barato compran algunos la felicidad, exclamó.

Ante la alegría de los demás Eudoro comprendió la profundidad de su tristeza.

Nada de lo que divierte á los otros, me satisface ni me gusta, se dijo. Yo me siento muy distante de esa multitud. Parodiando al Cristo, yo pudiera exclamar:

—Pueblo, ¿qué hay de común entre tú y yo?

Y prosiguió monologando, engolfado mentalmente en una desolada filosofía.

—Yo me alejo de la turba: la temo; me contagia su estupidez. Mi piedad para ella se resuelve en cóleras.

La música había terminado. La gente, poco á poco, abandonó la plaza. Apenas restaban grupitos, al pie de los faroles. De los cafés vecinos salían carcajadas. De cuando en cuando atravesaba, el paso menudo, recogido el enfaldo, aromando el ambiente, alguna devota de Afrodita. El cielo parecía un cofre en cuyo fondo azul centelleaban topacios. Los globos de luz eléctrica, pálidas lunas, iluminaban con su blanco fulgor de perla.

Un ebrio pasó haciendo eses y gritando:

—¡Viva la República!

Eudoro pensaba: la lucha es estéril. ¿Qué beneficiamos de ella? ¡Cómo consagrarle nuestra juventud, nuestras ideas, nuestras energías á una sociedad que nos abandona! Lo único amable es el amor. La juventud es de él, como la primavera es de las rosas. La poesía de la existencia consiste en el dolor de amar. Y cuando un hombre no puede darse al amor se debe dar á la muerte.

El soñador volvía al suicidio, como siempre que el Dolor lo acosaba; volvía al suicidio, con anhelo de refugiarse en la tumba.

Eudoro se decía: un suicida es un valiente. La única puerta por donde puede salir la dignidad, del mundo, sin doblegarse, es la del suicidio. Un hombre que se mata á conciencia es un héroe. Todas sus culpas, todas sus flaquezas, todas sus ignominias, si las tuvo, deben ser olvidadas. Ese se ha redimido. La muerte así es un crisol. Sí; el que se aventura á lo desconocido, el que da un puntapié á la existencia, el que se embarca en la barca negra, rumbo á lo ignoto, no teme cuanto existe de más temible: el misterio, la tumba, el olvido, en una palabra, la sombra.

Eudoro había cultivado en su alma la idea de la muerte voluntaria, como una flor, y ya la flor daba su aroma fúnebre.

Ya era tarde, y en el silencio nocturno, Eudoro oía su propio pensamiento. Un rayo de luna, filtrándose al través del follaje verde, acariciaba como un beso de plata aquel rostro. A esa luz se podían ver las centellas de aquellos ojos húmedos y claros como algas.

Muy cerca del banco rústico de donde surgía, de cuando en cuando, la voz de Eudoro, en aquel sordo monologar del enamorado, el fauno de bronce de una fuente vomitaba un chorro de agua refrescante. Casi todo el mundo había desaparecido. Un polizonte, de lejos, observaba la actitud sospechosa y escuchaba el lenguaje entrecortado y alarmador de aquel extraño platicante de la media noche.

Por fin se partió. El policía lo miró alejarse. El fauno de la fuente con su faz grotesca y empapada de agua se sonreía al verlo pasar; y alguno que conociese el lenguaje de los bronces tradujera la pícara sonrisa, el guiño de ojos del fauno, en un reproche por aquel abandono, en un presentimiento de tragedia, en un adiós melancólico.

III

Eudoro entró en su casa. El perro, el viejo Sultán, lo desconoció y gruñó; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.

La casa dormía. Eudoro entró en su cuarto é hizo luz.

La lámpara, una lámpara con pantalla verde, esparce un fulgor de esmeralda. A esa pálida claridad resplandece una pequeña habitación de soltero. En un rincón, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo, el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto de esplendor salvado milagrosamente.

Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte feroz y un grupo de Vestales.

Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.

Es el primero un oficial francés, caído en el campo de batalla, la espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un médico de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente á un paisano. Este empieza á escanciarlo de su bota en un vasito, poco á poco, casi con indiferencia. El médico tiende la mano y la vista al frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido á Rochefort, parece morirse.

El otro cuadro es mucho más risueño. Es la tarde. Un mísero anciano trabajador restituído al hogar de su faena del día, toma asiento en una carretilla y empieza á encender su pipa. Su netezuelo, niño hermoso é ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre á sentarse, lleno de curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya á preparar en la cocina el puchero de la tarde.

Eudoro, sentado al escritorio, desde que entró, hunde la frente en el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una inmovilidad de ataraxia.

Lentamente alza el joven la pálida cabeza y murmura como si desgarrase el dolor con los dientes.

—Sí; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaña en este momento.

Tenía hundidos los ojos, pálido el color, demacrado el semblante. Dos violetas, muy parecidas á las violetas de la muerte, teñían de morado sus párpados. Los labios hacían una mueca trágica. Abrió una gaveta y sacó dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa gala, de su madre el otro. Los miró mucho espacio de tiempo, los besó repetidas veces, los puso contra su corazón como la imagen de una novia, los besó nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompió á llorar.

Al cabo de unos momentos se recobró. Restañó sus lágrimas y convino consigo mismo en que debía proceder. Diferir más su intento era exponerlo á fracasar. Meditarlo era no realizarlo.

Creyó bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendió que necesitaría escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, ¿cómo no decir el último adiós á su pobre madre, á su madre querida, á su madre infeliz, á quien sumía de nuevo en el dolor; cómo no impetrar perdón de aquella madre á quien abandonaba mísera y viuda?

Por fin escribió un pliego bañado en lágrimas. Aquello no era carta sino elegía.

No bien hubo concluído tomó una tarjeta, puso dos líneas, y escribió en la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.

Se levantó y se miró al espejo. Estaba pálido, muy pálido; su rostro, fino y melancólico, parecía la cara de mármol de un dios.

Con mucha calma empezó á cambiarse de ropa. Se amortajaba á sí mismo. La franela limpia que se puso, muy ceñida, dibujaba aquel cuerpo delgaducho y gentil de caballo árabe. Se lavó la cara y las manos; cepilló sus dientes y sus uñas; y se volvió á mirar en el espejo. Con una extraña coquetería de buen mozo ensayó una sonrisa que resultó una mueca macabra; y comenzó á peinarse cuidadosamente. Se hacía la última toilette.

Abrió la ventana. Una ráfaga de brisa y de noche oreó su frente. El cielo, clareante, manchado de nubes, parecía una piel de jaguar, azul y fantástica. De algún corral vecino trajo un soplo de viento el canto varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeció. En el silencio de la hora le pareció siniestro aquel canto. Cerró las maderas de la ventana, y tembloroso aún se preguntó:

—¿Tendré miedo?

Pero no; no era miedo. Para llegar á esta resolución extrema, cuántas noches de insomnio, cuántos días de dolor. En el alma de Eudoro se había cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto meditó, lo que había resuelto en su corazón, de tiempo atrás. Pronto se repuso y prosiguió llevando á término su obra de destrucción con una tranquilidad aterradora.

—Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.

Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, vio cómo eran las cuatro, y lo puso abierto sobre el escritorio. Después tomó su revólver, lo llevó á la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acercó á las sienes. El frío del cañón heló su cuerpo. Un calofrío culebreó por su espina dorsal. De nuevo lo vio, é hizo ademán de morderlo. El acero, destemplando sus dientes, lo obligó á castañetearlos.

Pero todo esto era apenas una burla á la muerte, una engañifa á la tumba. El tenía su plan. Se acostó; se amortajó en la ropa blanca del lecho; envolvió el revólver en una frasada para que la detonación fuera sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tanteó el sitio del corazón; alzó la franela; se apoyó el revólver en el pecho, y disparó.

La sangre comenzó á brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho parecían camelias de púrpura en la escarcha. A la luz verde de la lámpara el rostro del moribundo aparecía más pálido y siniestro.

Poco después, de la herida ya no brotaba la sangre á borbotones, sino en una mansa corriente de arroyo, como un cordón de púrpura. ¡Ay! en ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba una vida á la tumba.

Filosofías truncas

De esas raras equivocaciones tiene el destino. Aquella dama, nacida para musa ó para novia de poeta, no vivía en las estrofas de alguna gentil canción, vivía, gran señora, en un mundo del cual ella no amaba sino la pompa; y esa dulce desterrada de los poemas, consolaba su ostracismo reuniendo en su torno, músicos, novelistas, poetas, espíritus enamorados de la gloria, almas que deslumbra la verde visión de una hoja de laurel.

Esa noche parloteaban alegremente los invitados, en el saloncito carmesí. Eran hasta cinco personas: la señora, tres escritores y un viajero, recomendado de un amigo distante, y que venía de países muy remotos.

Se hablaba de todo. Se narraron sensaciones de libros y de viajes. Se picó en las ideas, como colibríes en cálices de flores.

La dama presidía. Su gentileza dejaba caer sonrisas, rosas de sus labios; y repartía miradas, besos de luz. Y eran, miradas y sonrisas, lauro lisonjero de aquella como justa.

Los escritores, á las veces, no se entendían. Bañados en el resplandor de una estrella, se tropezaban al buscar, los ojos en el cielo, la misma luz bienhechora.

Se habló de vanidad.

El novelista no negaba la suya.

—Mi vanidad es sonora como un órgano, decía.

El crítico, alma escéptica, se comparaba con Leonardo de Vinci, con Miguel Angel, con los más hermosos genios latinos y concluía porque nada que él hiciese valdría la pena.

El escéptico no se daba cuenta de su yerro. En su confesión de humilde había un rayo cegador de vanidad. El no se comparaba con los mediocres, ni siquiera con los buenos; se comparaba con los mejores y negaba la luz de su ingenio porque no ardía como un sol.

El crítico exclamaba:

—Yo desprecio á la multitud. Me preocupa sólo la opinión que de mí tengan algunos cuantos. Si alguno de esos pocos, cuyo concepto me es caro, saliese diciendo que yo era un imbécil, me entristecería profundamente.

El novelista no compartía esta opinión.

—Si algún escritor notable, rugía, dijese que yo carezco de talento, creería al punto que ese hombre se había vuelto loco. Mi concepto de mí propio no puede cambiarlo nadie. ¿Que no lo merezco? No importa; ¡es mío! ¿Que no es una virtud la vanidad? ¡Mejor! El valor de las propias virtudes no es un mérito; lo es el valor de los defectos. Y ese lo tengo yo.

El viajero se figuró que no debía tomar aquello al pie de la letra; y para no darla de cándido, dijo, creyendo hacer una frase galante:

—No se calumnie, señor.

Los otros se rieron con los ojos. Bastante se conocían para saber hasta dónde era sincero lo expresado.

La señora callaba. Terció amablemente á fin de dar la razón á su nuevo amigo el viajero; pero se la quitaba, á los ojos de los demás, con una sonrisa.

El viajero, después de todo, concluyó por comprender qué más debía oír que hablar. El poeta también callaba.

En punto á vanidad no arrojaba de sí el calor de llamas del uno, ni el falso hálito de tumba del otro. Y pensaba:

—Esos dos desdeñosos me han hecho el tributo de su alabanza. Ese novelador, ese Hércules, me ha tendido la mano; y cuanto al crítico, todo su escepticismo á un lado, se ha puesto á gritarme: ¡arriba! ¡sube! E interiormente y silencioso él también alzaba un himno á la vanidad.

Para ambos tenía el poeta admiración y aun ternura. Fraternizado con esas inteligencias por el paralelismo de ideales, y admirador de esos ingenios brillantes, él, confundiendo al escritor con el hombre, envolvía, en cada uno, al doble sér con el mismo manto de aprecio. ¡Grande error! Puede apreciarse mucho la inteligencia del mismo á quien se abomine como ente social. Por fortuna esto no ocurría allí, entre personas calificadas; pero es bueno, de todas suertes, hacer el desdoble del escritor y el hombre.

La conversación fue á parar á la crítica.

El poeta, en ese punto, estaba de acuerdo con el novelista, y en contra del hombre atacado en su profesión. El novelador no aceptaba crítica, por lo menos de sus amigos. Su amigo no tenía derecho de decirle verdades desagradables. Y si quería tenerlo lo compraba al precio de la amistad.

El hombre de profesión decía:

—¡Y el arte! ¡Y el noble amor de la verdad! La verdad está por cima de todo sentimiento. Y el arte por cima de todos los amigos.

El poeta confesaba ingenuamente:

—Me escoce la piel la crítica, sobre todo esa juiciosa, sabia, amante del término medio, que no se entusiasma sin razonar, y desmenuza y profana.

El crítico se defendía, argumentando. Dialéctico, de suyo poderoso, sin grande esfuerzo probó la necesidad del análisis, así sea ó no literario.

El novelista y el poeta, apandillados, no respondían de exprofeso sino con chistes y epigramas. Este compadrazgo burlador desazonaba un poco al escéptico.

—Los críticos, como los cuervos, decía el novelador, se alimentan de detritus.

Y el poeta:

—El crítico es al poeta lo que el beso al gusano: el beso genera; el gusano devora.

Y, volviéndose á la dama, que reía con una risa de complacencia, bajo el abanico de marfil y plumas, la interrogó:

—¿A quién prefiere usted, señora, á los poetas ó á los críticos?

Ella repuso:

—Usted sabe que mi afecto es para los músicos y para los poetas. Cuando oigo una romanza ó una canción vibra todo mi sér; si es triste me entristece, si es vivaz me alegra, esa canción ó esa romanza. En pocas palabras: yo siento el arte sin ponerme á razonarlo; siento como una mujer, entregándome á una voluptuosidad dulce, á una languidez de ensueño, que no quiero analizar. Ahora, mi querido poeta, le diré que me inspiran mucha admiración esas naturalezas pacientes é investigadoras, que educan en uno el sentimiento, y lo dirigen; que nos revelan hasta los más tenues matices de sensaciones; que nos enseñan cuanto vibra en nuestro sér; y nos descubren lo más íntimo, lo más recóndito de nuestra alma; y nos enriquecen, generosamente, con el tesoro de nuestra propia mina. Ya ve usted cómo, señor poeta, puedo amar á los trovadores y á los músicos, sin querer mal á los críticos, más, amándolos, si bien con otro amor.

—Señora, dijo el escéptico, usted me hace creer en los ángeles.

El viajero creyó de su deber seguir la galantería religiosa, y agregó:

—Habla usted como un serafín.

—Un serafín, murmuró ella sonreída, debe de hablar muy amablemente. Supóngase usted que es paje, ó cosa así, en una gran corte, en la mejor de las cortes, en la corte celestial.

—Pero señora, interrumpió el novelista, no necesitarán los serafines desplegar toda su elocuencia con los bienaventurados. Recuerde usted cómo nuestra Santa Madre Iglesia ha dicho; bienaventurados los pobres de espíritu.

La conversación fue rodando hasta caer en la tumba, es decir, en la muerte. Se habló de las distintas maneras de morir. El escéptico se conformaba con una muerte dulce, tranquila. El poeta quería morir gloriosamente.

Se trajo á cuenta el suicidio. El viajero contó la manera cómo, en algunos pueblos, castigaban los conatos de suicidio. Y refirió dos ó tres suicidios raros. Al novelista le retozaba el deseo de dar al viajero la noticia de un pueblo en donde ahorcan á los suicidas.

Los escritores, los tres, eran partidarios de la muerte voluntaria. Pero partidarios de distinto modo. El escéptico, aun con serlo, no encontraba mala del todo la vida. El sabía de dulzuras; pero afirmó que era llegada la hora cuando el hombre se imposibilitaba de llenar esta función: amar.

El novelista, siempre concretándose á sí propio, no deseaba aún la muerte. Quería vivir para su gloria, y para desesperación de sus enemigos. Cuanto al poeta, creía que mientras más grande es un hombre menos digno es el mundo de ese hombre. Y si la grandeza de alguno consiste, antes de todo, en ser un delicado sensitivo, ese menos debe vivir, seguro de que la ruindad humana, las asperezas del camino, lo herirán más profundamente.

—Yo estoy en este caso, prosiguió; solo una cosa me sostiene: la esperanza en mi obra, la fe en que mi planta prenda y mi huella sea fecunda. Yo me hubiera muerto, si no. La vida es tan mía como mi casaca. Yo la uso hasta que me cause. Que soy joven, que está flamante, dirán algunos. Sí, pero está afeada por una mancha de tristeza prematura. ¿Será un pretexto de mi cobardía darle un objeto á mi vida? No lo sé. De todas suertes ese pretexto no durará mucho tiempo, porque mi mayor infamia no será la de envejecer.

El novelista aprobaba. La señora sonreía tras el plumaje del abanico. El abanico era el escudo de su prudencia, cuando no quería opinar. El extranjero, para sí propio, empezaba á decir desfavorablemente de aquella señora, complacida en la sociedad de unos locos grotescos. El escéptico se puso en pie á las últimas palabras del poeta.

—¡Ojalá, le dijo, caminando hacia el joven, ojalá conserve usted su entusiasmo! ¡Ojalá no pierda la fe en sí mismo!

Y prosiguió, con una mirada mitad triste, mitad maligna:

—Hace años, siendo yo bastante joven, conocí á un hombre del cual se decía que era muy talentoso. Este hombre, ancho, robusto, con una garganta por la cual se habían deslizado muchos vasos de cerveza, se reía regocijadamente. Y ese hombre produjo en mí, entonces, un pesar, un gran dolor. Ese dolor fue como el primer redoble de una marcha fúnebre. El hombre inteligente, el hombre sano, dijo, delante de mis primaveras en flor.

—A los veinticinco años yo me creía un genio. Así pasa generalmente á todos los jóvenes.

El poeta también puso en pie, de súbito. Se encaró con su amigo. El dardo sutil del escéptico, la venganza del crítico, lo hería dolorosamente.

—Ese hombre, dijo, el hombre que usted cita, fue una mediocridad. ¿Probó nunca lo contrario? Las primaveras de usted se deslumbraron con una luz de candil. Negar el entusiasmo, el ideal, es una estupidez burguesa. El entusiasmo es resorte de almas y caracteres. La fe salva. Un alma sin ideal es un yermo: no florecerá nunca. Yo sí siento en mi corazón la chispa sagrada: con sólo esa chispa podría prender fuego á todo su escepticismo.

El poeta se exaltaba. El otro quiso sosegarlo, temeroso de que una mala interpretación produjera en el joven un estallido.

Pero el joven no lo escuchaba; y prosiguió diciendo:

—Cuanto á mí, espero triunfar. Tengo compromiso con la victoria. Algo me dice en lo interior que yo no nací para ser de la manada; yo sería infiel á mí mismo, si no alimentara mi ambición.

La dama tomó cartas en el asunto. Ella era el iris de paz. La alianza la trajo su sonrisa y su palabra.

El crítico se comprendía vengado, en parte, de los epigramas de sus compañeros.

Ya era muy entrada la noche. Con los últimos fuegos del combate sobrevino la dispersión; y pronto no quedaba en el saloncito carmesí otra persona sino la dama, nostálgica de un poco de música, y con los oídos llenos de las disenciones de sus visitantes.

Aquella noche el extranjero, el viajador que venía de pueblos muy remotos, pensaba cómo hombres de talento se habían puesto, á los ojos de él, en pleno ridículo. Y al salir de la casa sentía la misma desagradable impresión que le produjo, tiempo atrás, una visita á un manicomio.

La confesión del tullido

Así es Caracas.

Los hombres corren la ciudad en coche, de tarde, porque las tardes allí son dulces y doradas. A esa hora el sol poniente pincela de áureos matices la frente de las montañas vecinas; el aire se transparenta más, el cielo viste su más claro azul.

En ventanas y balcones se apiñan hermosuras, ávidas de ver y de ser vistas. Por entre las rejas salen volando, á veces, ráfagas de música. La música del país es muelle, enamorada y voluptuosa; pero no tan voluptuosa, tan enamorada, ni tan muelle como esa otra armonía que se desprende, á raudales, de los contornos del seno, de las caderas lascivas, de los brazos y gargantas de las bellas hijas del país.

Es la hora de los enamorados la tarde.

Y pasa el amador delante de la ventana de la hermosa, llevándose una mirada recogida al trote del carruaje, mirada elocuente y que fascina, mirada prometedora de dulzuras para la cercana prima noche, cuando él se plante al pie de la reja misma á murmurar su amor.

Una mujer había, la más bella de todas, que encastillada en su hermosura espléndida, no quiso rendir á nadie la fortaleza de su corazón.

Admirarla era casi un deber. Un poeta hizo un tomo de madrigales para ella: madrigales á sus ojos, madrigales á sus manos, madrigales á su boca.

Sin número de amadores hacía la ronda á su puerta; ó pasaban de tarde por frente á su ventana á rendirle, sumisos, tributo de admiración.

Pero uno se distinguía entre los fieles de la diosa.

Este no corría en carretela, ni pasaba gentilmente, sino que se plantaba, en una silla rodante, en toda la esquina. Era un joven, paralítico. Se decía de él, sin razón, que era fatuo; y ninguno ignoraba el amor del infeliz.

Yo ardí en deseos de saber qué pasaba en el corazón de aquel mísero, á quien el infortunio baldó el cuerpo y no el alma.

El tullido, el pobre, tenía el pudor de su afecto; mas, á la postre, un día me abrió su corazón.

—«Es cierto, me dijo, estuve y creo que aun estoy enamorado. No es mía la culpa. Ella es hermosa; y yo tengo alma, porque no soy, según han dado en la flor de creer y aun decir, un idiota. Mi crimen es mi debilidad. Yo sé que esto es algo ridículo; pero no puedo pasarme sin verla. Aquí me mirará usted todas las tardes. Antes, ella no se mostraba cruel; sino más bien benévola conmigo. Yo le daba ramos de rosas y jazmines; las mejores violetas que yo pudiera haber se las traía; los lirios más cándidos eran para ella. Ella aceptaba con una sonrisa mis presentes; y yo empecé á sentirme, en medio de mi infortunio, algo feliz. Luégo supe que su bondad generosa fue mofada; se hizo burla de su piedad y de mi amor. Yo no tengo la culpa. Yo no dije que la amaba. Pero el amor es así, caballero: se sale por los ojos. Al fin le prohibieron en su casa que aceptase mis flores. Cuando me rechazó mi regalo, un macito de violetas, rompí á llorar. Toda la noche lloré, y me comprometí conmigo mismo á no verla nunca más.

«Pero á la tarde siguiente, no pude, señor, no pude y me hice arrastrar hasta aquí. Las burlas siguieron. Ella dejó de saludarme, ó más bien dicho, de responder á mi saludo; pero yo siempre fiel, siempre atado con una cadena invisible á su hermosura maldita. Una tarde, al yo insistir en saludarla, me sacó fuéra su lengua, en señal despectiva ó de cólera.

«Ese día no lloré sino reí; me reí sin darme cuenta, me reí mucho, muchísimo; ella lo advirtió y se puso muy enojada, tanto, que me volvió la cara, y desde ese día ya no quiso más sentarse sino de espaldas á esta esquina donde me detengo. Su enojo se trocó en malquerencia, y decirle puedo á usted satisfecho que hoy me odia. Y vea usted, señor, ahora es cuando soy menos infeliz. Ahora poseo algo muy sincero, muy puro, del alma de esa mujer: poseo su odio. Yo he obtenido más que todos esos estúpidos que la enamoran. Ninguno ha podido entrar en su corazón. Yo, sí. ¿Qué importa por qué puerta? Yo me siento posesor de algo que no se puede mentir. Soy casi feliz, señor; y me creo más afortunado que el hombre á quien ella ofrezca su mano y su corazón. Una mujer tan vanidosa, tan pagada de sí misma, amará siempre y por sobre todo su hermosura. En cambio ella no puede odiarse á sí propia, y mal puede tener otro á quien odiar. Su odio, pues, es íntegro para mí; y su amor, en cambio, nunca será completo para su esposo.

«Tengo la mitad de su alma, por lo menos ahora ¿quién pudiera decir otro tanto?

«Usted me verá todas las tardes aquí, señor, mirándole por detrás las orejas, casi contento.»

La fisonomía del paralítico se iluminó al llegar á este punto, con una como luz siniestra. Hasta sus piernas de perlático parecían animarse.

Al fin dejé al enfermo; y me fui calle arriba, taciturno, todavía con algo del vértigo que me produjo el fondo obscuro de aquella alma, á la cual quiso asomarse mi curiosidad enfermiza.


Publicado el 1 de diciembre de 2019 por Edu Robsy.
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