Descargar ePub 'El Corazón de la Mujer', de Soledad Acosta de Samper

Cuento


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  Cuento.
93 págs. / 2 horas, 44 minutos / 135 KB.
21 de diciembre de 2018.


Fragmento de El Corazón de la Mujer

—¡No lo amaba!

—No, prosiguió con acento agitado, no... si mi mano temblaba en la suya. Si su mirada me hacía bajar los ojos y si me conmovía su voz, ¡no era de amor! No podía ser amor lo que sentía, puesto que otro ocupaba siempre mi pensamiento y poblaba mis sueños con su querida imagen... Cuando se me acercaba Enrique, lo que hacía latir mi corazón era cierta aprehensión indefinible, miedo de que me hablase, y mi primer impulso era huir; pero al mismo tiempo tenía orgullo en que me amase... ¡deseaba conquistar su admiración! ¡Oh! ¡ese deseo loco de ser admiradas es la causa de muchas de las desgracias que agobian a las mujeres! Yo no lo amaba; me hacía una dolorosa impresión el ver sus claros ojos fijos en mí y recordaba la cariñosa y viva mirada de Fernando... pero él estaba ausente, y nunca había dicho una palabra que me indicara que me amaba, por lo que procuraba no pensar en él. El afecto de Enrique me esclavizaba, y aterrada al entrever al abismo que se nos interponía no podía contestar a sus protestas de amor, silencio que él achacaba a timidez, afirmándose en creer que mi corazón era suyo; y yo que no me atrevía a desengañarlo, no obstante que aterrada, palpaba la incompatibilidad de nuestras ideas y sentimientos, germen seguro de discordia. Recordaba entonces las largas conversaciones que teníamos Fernando y yo... Enrique tiene un carácter retraído y habla con dificultad, mientras que el otro tenía el don de la palabra, cualidad más rara de lo que se cree, y sus pensamientos siempre elevados y palabras escogidas me llenaban de encanto; y con todo esto la pasión de Enrique me arrastraba, me llevaba con los ojos abiertos hacia una vía sin salida... ¡Oh!¡triste vanidad! por gozar de la estéril satisfacción de verme adorada por Enrique, permitía que él creyese que le correspondía, mientras que todas las potencias de mi alma, las más bellas aspiraciones de mi corazón se hallaban concentradas en la dulce memoria del ausente. ¿Qué misterio, qué magnetismo oculto era aquel que me impelía hacia Enrique? No sé: su carácter me era antipático y a su lado me sentía indiferente y fría... Cuando me casé la primera vez, también me había visto arrastrada por un amor que no podía corresponder; pero entonces era tan niña que mi inexperiencia me disculpaba.


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