El Corazón de la Mujer

Ensayos psicológicos

Soledad Acosta de Samper


Cuento


Introducción
Matilde
Manuelita
Mercedes

Voe victis!
 

...Aquella tarde asistimos al entierro de la pobre forastera que mi tío había confesado el día anterior, y al volver a la casa cural fuimos a sentarnos en el ancho corredor donde nos reuníamos por la noche. Durante algunos momentos permanecimos todos silenciosos mirando el paisaje que aparecía iluminado por la naciente luna: los árboles, plateados solamente, en la parte superior de sus ramas, quedaban negros y oscuros por debajo, menos en tal cual sitio en que filtrando los luminosos rayos por en medio de las hojas, formaban fantásticos dibujos en el suelo. El cielo azul, y sin nubes, estaba salpicado aquí y allí por algunas estrellas cuyo brillo no podía ocultar la envidiosa luz de la luna; y allá en el horizonte, por encima de un lejano cerro, se hundía poco a poco el lucero de la tarde, que parecía despedirse con dificultad de las escenas terrestres.

«Les había ofrecido referir la historia de la mujer de cuya vida sólo hemos visto el primer acto —dijo mi hermana—, y cumpliré mi promesa hoy.

Ustedes saben —añadió—, que desde que llegó a este pueblo procuré socorrerla en cuanto me fue posible; le había cobrado simpatía, encontrando en ella modales y lenguaje que indicaban hubiese tenido una educación a que no correspondía su aparente posición social. En largas conversaciones que tuvimos, y ayudada de algunos datos que me suministró por escrito, creo haber reunido los principales rasgos de su vida, cuya narración he puesto en boca de ella, procurando imitar su lenguaje en cuanto me ha sido posible.»

Y entrando a la sala, mi hermana nos leyó lo que sigue:

I
II
III
IV
Juanita
Margarita
I
II
III
Isabel

Introducción

El corazón de la mujer es un arpa mágica que no suena armoniosamente sino cuando una mano simpática la pulsa.

El alma y el corazón de una mujer son mundos incógnitos en que se agita el germen de mil ideas vagas, sueños ideales y deleitosas visiones que la rodean y viven con ella: sentimientos misteriosos e imposibles de analizar.

El corazón de la mujer tiene, como el ala de la mariposa, un ligero polvillo; y como ésta pierde su esmalte cuando se la estruja: el polvillo es la imagen de las ilusiones inocentes de la juventud que la realidad arranca rudamente, dejándolo sin brillo y sin belleza.

La mujer de espíritu poético se penetra demasiado de lo ideal, y cuando llega a formarse un culto del sentimiento, sobreviene la realidad que la desalienta y aniquila moralmente. No preguntéis la causa de la tristeza que muestran algunas, o del abatimiento, la amargura o aspereza que manifiestan otras: es porque han caído de la vida ideal, y la realidad ha marchitado sus ilusiones dejándolas en un desierto moral. Muchas no saben lo que ha pasado por ellas, pero llevan consigo un desaliento vago que les hace ver el mundo sin goces; viven solamente para cumplir un deber, y se convierten en beatas o amargamente irónicas.

La mujer soltera que no ha sido amada ha hundido su corazón en un abismo de desengaños y tiene lugar un pedazo de carbón petrificado. Cultiva odios y venganzas, porque habiendo sufrido horriblemente, no quiere ser sola en su dolor y desea que la humanidad lo sufra también. Pero la que ha sido amada y ha amado es un ser angelical. En sus pasadas dichas como en sus pesares y desengaños, el corazón ha permanecido siempre abierto a todos los sentimientos tiernos. Perdona todo al mundo en cambio de los dulces sentimientos con los que alguien embelleció su existencia. Poco importa si ese amor ha sido desgraciado, viviendo oculto en el fondo de su alma: las emociones que le procuró y cuyo recuerdo es la esencia de su vida le bastarán para embalsamar el resto de sus días.

El corazón de la mujer tiene el don de guardar el tesoro de su amor que la hace dichosa con solo contemplarlo en lo íntimo de su alma, aunque lo ignoren todos; satisfecha con acariciar una dulce reminiscencia que alimenta sus pensamientos y da valor a su vida.

Toda mujer es más o menos soñadora; pero algunas comprenden sus propias ideas y otras apenas ven pasar las sombras de su imaginación. El hombre culto cuando ama, verdaderamente es siempre poeta en sus sentimientos: la mujer lo es en todos tiempos en el fondo de su alma, porque su corazón siempre ama, sea un recuerdo, una esperanza o la ideal fantasía creada por ella misma.

La mujer es esencialmente nerviosa, es decir exaltada, y adivina fácilmente los pensamientos de los que la rodean cuando se propone fijarse en ellos. Con ese don sobrenatural que la distingue, sabe cuáles son los seres con quienes debe simpatizar y de cuáles debe huir. Sabe desde el primer momento quién la amará y para quién será indiferente. El hombre siente, se conmueve y comprende el amor: el corazón de la mujer lo adivina antes de comprenderlo.

El corazón de la mujer se compone en gran parte de candor, poesía, idealismo de sentimientos y resignación. Tiene cuatro épocas en su vida: en la niñez vegeta y sufre; en la adolescencia sueña y sufre; en la juventud ama y sufre; en la vejez comprende y sufre. La vida de la mujer es un sufrimiento diario; pero éste se compensa en la niñez con el candor que hace olvidar; en la adolescencia, con la poesía que todo lo embellece; en la juventud con el amor que consuela; en la vejez con la resignación. Mas sucede que la naturaleza invierte sus leyes, y se ven niñas que comprenden, adolescentes que aman, jóvenes que vegetan y ancianas que sueñan.

Las mujeres no tienen derecho de desahogar sus penas a la faz del mundo. Deben aparentar siempre resignación, calma y dulces sonrisas; por eso ellas entierran sus penas en el fondo de su corazón, como en un cementerio, y a solas lloran sobre los sepulcros de sus ilusiones y esperanzas. Como el paria del cementerio bramino (de Bernardín de Saint-Pierre), la mujer se alimenta con las ofrendas que se hallan sobre las tumbas de su corazón.

Matilde

«El infierno es un lugar en que no se ama.»

Santa Teresa de Jesús
 

La casa cural de la aldea de *** era la única habitación un tanto civilizada que se encontraba en aquellas comarcas. Después de la muerte de mi madre, mi hermana y yo fuimos a pasar algunos meses al lado del cura, que era nuestro tío.

Una noche se presentó un viajero suplicando que le diesen hospitalidad a él y a su señora que había enfermado repentinamente en el camino. Por supuesto nos apresuramos a abrirles la puerta de nuestra humilde habitación, ofreciendo nuestros servicios con el mayor gusto; no solamente excitadas por aquel espíritu de fraternidad que abunda en los campos, sino impelidas por la curiosidad latente que abriga todo él que vegeta en la soledad después de haber vivido en el seno de la sociedad.

El caballero no llegaría a los cuarenta años; alto un tanto robusto pero bien formado; sus modales cultos y su lenguaje cortés; pero en sus ojos de un azul pálido se notaba cierta rigidez y frialdad que imponía respeto a la par que aprehensión. Los ojos azules no son susceptibles de mucha expresión, pero cuando nos miran con suma dulzura son fríos, duros e inspiran súbitas antipatías.

La señora era más joven, pero estaba tan pálida y delgada y era tan débil y pequeña, que en el primer momento sólo vimos brillar un par de ojos negros y luminosos como dos estrellas en un cielo oscuro.

Supimos que don Enrique Nuega era un rico propietario de Jirón que tenía una hacienda cerca de nuestro distrito y a donde había pensado permanecer tiempo con su esposa; pero la enfermedad de Matilde interrumpió el proyectado viaje. Se quedó, con nosotros, y nuestros cuidados y el interés que tomamos por su salud, nos granjearon en breve su confianza y cariñito. Don Enrique parecía siempre fino y cuidadoso en todo aquello que tocaba las comodidades materiales de su esposa, pero se manifestaba frío y desabrido en sus conversaciones con ella; y Matilde, por su parte, rara vez le dirigía la palabra y en su presencia no aventuraba una opinión y procuraba callarse si al entrar él estaba conversando.

—Vivía triste, enferma —nos decía a veces—, pero he hallado en ustedes una verdadera familia que me ha proporcionado muchos consuelos, e inspirado una confianza que no esperaba tener ya en el mundo. Hacía dos meses que Matilde estaba con nosotros. Don Enrique, que se hallaba ausente, debía llegar en esos días para conducirla nuevamente a Jirón, porque se había visto que el clima de la hacienda no le podía convenir. Una tarde estábamos sentadas las tres en el corredor exterior de la casa como lo hacíamos siempre al caer el sol. Matilde, reclinada en un silloncito bajo, parecía una blanca sombra en medio de la oscuridad naciente. Pocos momentos antes había recibido una carta de su esposo en que le anunciaba el día de su llegada, lo que parecía causarle una emoción dolorosa, pero guardaba silencio. Mi hermana y yo, no recuerdo porqué motivo, discurríamos vagamente acerca de los propósitos que se hacen con entusiasmo y que después no se cumplen.

—Los propósitos rara vez se cumplen —dijo de repente Matilde mezclándose en la conversación—; ¡lo sé por experiencia!

—Y con pesar lo dice —contesté riéndome.

—Pues... cuando quedé viuda —continuó ella—, hice el firme propósito de no volverme a casar; ¡y ya ven ustedes qué bien lo cumplí! Me casé por segunda vez, a pesar de haber sido muy desgraciada en a primera.

—Pero don Enrique —dijo mi hermana—, le inspiraría a usted tanto cariño, que olvidaría su resolución.

—¡No fue así! —exclamó la pobre mujer cubriéndose la cara con las manos; yo no le amaba...

—¡No lo amaba!

—No, prosiguió con acento agitado, no... si mi mano temblaba en la suya. Si su mirada me hacía bajar los ojos y si me conmovía su voz, ¡no era de amor! No podía ser amor lo que sentía, puesto que otro ocupaba siempre mi pensamiento y poblaba mis sueños con su querida imagen... Cuando se me acercaba Enrique, lo que hacía latir mi corazón era cierta aprehensión indefinible, miedo de que me hablase, y mi primer impulso era huir; pero al mismo tiempo tenía orgullo en que me amase... ¡deseaba conquistar su admiración! ¡Oh! ¡ese deseo loco de ser admiradas es la causa de muchas de las desgracias que agobian a las mujeres! Yo no lo amaba; me hacía una dolorosa impresión el ver sus claros ojos fijos en mí y recordaba la cariñosa y viva mirada de Fernando... pero él estaba ausente, y nunca había dicho una palabra que me indicara que me amaba, por lo que procuraba no pensar en él. El afecto de Enrique me esclavizaba, y aterrada al entrever al abismo que se nos interponía no podía contestar a sus protestas de amor, silencio que él achacaba a timidez, afirmándose en creer que mi corazón era suyo; y yo que no me atrevía a desengañarlo, no obstante que aterrada, palpaba la incompatibilidad de nuestras ideas y sentimientos, germen seguro de discordia. Recordaba entonces las largas conversaciones que teníamos Fernando y yo... Enrique tiene un carácter retraído y habla con dificultad, mientras que el otro tenía el don de la palabra, cualidad más rara de lo que se cree, y sus pensamientos siempre elevados y palabras escogidas me llenaban de encanto; y con todo esto la pasión de Enrique me arrastraba, me llevaba con los ojos abiertos hacia una vía sin salida... ¡Oh!¡triste vanidad! por gozar de la estéril satisfacción de verme adorada por Enrique, permitía que él creyese que le correspondía, mientras que todas las potencias de mi alma, las más bellas aspiraciones de mi corazón se hallaban concentradas en la dulce memoria del ausente. ¿Qué misterio, qué magnetismo oculto era aquel que me impelía hacia Enrique? No sé: su carácter me era antipático y a su lado me sentía indiferente y fría... Cuando me casé la primera vez, también me había visto arrastrada por un amor que no podía corresponder; pero entonces era tan niña que mi inexperiencia me disculpaba.

Y al decir esto Matilde se cubría la cara y parecía tan conmovida que permanecimos calladas, temiendo que le repitiesen los ataques nerviosos que había sufrido, provocados ahora por la exaltación de sus recuerdos, que podía serle muy perniciosa. Al cabo de un momento procuramos calmarla cambiando de conversación.

—Es preciso —dijo al fin luchando para afirmar su voz—, es preciso que les refiera este episodio de mi vida.

—Pero si eso la agita...

—Alguna vez habré de desahogarme y dar rienda suelta al sentimiento que siempre ha permanecido en el fondo de mi corazón... Además, si no les refiriera lo que ha causado mi emoción y explicara mis palabras, tal vez me creerían loca.

«No nací en Jirón; allí no tenía más pariente que un tío muy anciano (a cuyo lado me retiré, al quedar viuda) y un hermano que hace muchos años reside en el extranjero. Vivía con mi tío y retraída de la corta sociedad que podía frecuentar, con propósito de no volverme a casar; los recuerdos de mi vida matrimonial eran demasiado amargos, y las pocas personas que me visitaban comprendían la situación en que se hallaba mi ánimo, y no trataban de apartarme de mi cuerda resolución. Así pasé varios años, libre, satisfecha y resignada; mi vida, era tranquila a la par que monótona, cuando una circunstancia vino a agitar mi corazón. Un pariente lejano de mi esposo, que había conocido años antes, vino a radicarse en Jirón, y al cabo de poco tiempo todos mis sentimientos habían cambiado y un horizonte nuevo se abrió para mi espíritu. Mi tío simpatizó mucho con Fernando, que así se llamaba, y en breve lo recibimos en nuestra intimidad, pues su amistad llegó a serme muy atractiva. Según comprendí era viudo, pero jamás hablaba de su esposa, la que había oído decir vagamente se manejó mal con él, y éste era un motivo más de simpatía entre los dos.

Hacía poco más de un año que Fernando vivía en Jirón cuando, habiendo enfermado gravemente mi tío y no teniendo allí pariente alguno, Fernando se dedicó completamente a servirnos, ayudándome con suma bondad y fineza a cuidar del anciano.

Yo había avisado a Enrique (que es mi primo) el peligro en que se hallaba su padre, y al cabo de poco tiempo llegó de Bogotá. Jamás le había visto y la primera impresión que me causó fue de desagrado, probablemente por la manera desabrida con que recibió a nuestro buen amigo, a quien había conocido años antes en Popayán, de donde era Fernando; desabrimiento que desde luego se convirtió en un despego tan singular como injusto. Por lo que hace a mí, parece que desde el principio me cobró un cariño tan repentino, que no abandonaba casi nunca mi lado, mostrándose sumamente fino y amable, mientras que sus modales bruscos y palabras cortantes hicieron comprender a Fernando que debía retirarse de la casa para no perder en dignidad.

La falta de las visitas de nuestro amigo me afligió muchísimo, y esto más que todo me dio a conocer mis sentimientos, pero mayor fue mi pena cuando recibí una carta en que se despedía para siempre, según creía de Jirón, pidiéndome permiso para escribirme algunas veces.

Enrique se manifestó francamente encantado con la ausencia de Fernando, y no vaciló entonces en declararme que me amaba, aunque tuvo la delicadeza al principio de decirme que era muy desgraciado porque sabía que yo tenía propósito de no volverme a casar.

Siempre había oído decir entorno mío que Enrique tenía un carácter extraño, pues no se le había conocido pasión por ninguna mujer, y él declaraba no haber amado verdaderamente jamás. La idea de haberlo fijado me enorgullecía y halagaba la vanidad. Al mismo tiempo creí que lo que me decía era la verdad y que efectivamente estaba en mi poder hacer feliz o desgraciado a aquel hombre, y creyendo mostrarme compasiva no más le permití alimentar esperanzas que no tenía la intención de dejar realizar.

Fernando había vuelto a Popayán, y de allí las comunicaciones con las provincias del Norte son tardías y difíciles, de modo que nuestra correspondencia se hizo lenta e irregular, pasándose mucho tiempo algunas veces antes de recibir carta de Fernando, lo que me causaba mucha pena e inquietud. Mientras eso el afecto de Enrique se hacía cada día más exigente y yo tenía que sufrir mucho de sus celos injustos y su genio violento que me causaba mil disgustos; pero mi vanidad se encontraba lisonjeada y permitía que me dijese que yo era todo su porvenir, su esperanza y consuelo. Mi vida antes tan tranquila se había trocado en afanosa y sobresaltada, faltándome el valor para emanciparme de una dominación, que se me imponía y me hacía desde luego desgraciada.

Al cabo de algunos meses recibí una carta de Fernando que me causó una impresión tal que decidió de mi suerte. Me decía que su esposa vivía aún, pero separada de él hacía muchos años; pero entonces al volver a Popayán supo que durante todo el tiempo que la había dejado, su conducta irreprochable demostraba un profundo arrepentimiento, y concluía suplicándome que le aconsejara lo que debía de hacer, pues confiaba tanto en mi amistad y buen sentido que siempre encontró en mí que no vacilaría en seguir mi opinión. 'No debería yo —me decía—, unirme otra vez a mi esposa, y cumplir así un deber aunque no podré nunca amarla ya?...' Al leer esa frase el corazón se me partía y dejé caer la carta mientras el llanto más amargo humedeció mis mejillas. Hice un esfuerzo supremo para vencer un dolor indebido y serenarme. Le contesté inmediatamente, con aparente libertad de ánimo, alabando sus sentimientos como muy nobles y animándoles a seguir los impulsos de su corazón, puesto que su esposa había reconquistado su estimación y él le debía, si no amor al menos protección. Mi mano temblaba y se me nublaban los ojos, pero en mis frases nadie hubiera conocido el esfuerzo que hacía: le agradecía, muy de veras que hubiese pensado en mí para pedirme un consejo como aquel, lo que probaba la buena opinión, que tenía de mí. Acababa de enviar la contestación cuando tuvo la idea de que aquel consejo que me pedía era un ardid de que se había valido para hacerme comprender su situación, porque había leído los sentimientos que abrigaba en lo más íntimo de mi corazón... Sentí al pensar así, que se me encendían las mejillas de vergüenza, y esa noche, en un rapto de orgullo (para demostrarle que jamás lo había preferido) ofrecí a Enrique que sería su esposa. Fernando me escribía que debía ir pronto a Jirón para arreglar un negocio allí pendiente, y queriendo poner una barrera más entre los dos prometí a mi primo que nos casábamos lo más pronto posible. Nuestro comprometimiento debería ser un secreto entre los dos hasta que se arreglaran ciertas formalidades que era preciso allanar antes de nuestro matrimonio, y que obligaron a Enrique a emprender viaje a Bogotá.

Cuando me encontré sola otra vez con mi tío sentí un alivio grande, libre de aquella imperiosa voluntad que me dominaba, y al mismo tiempo comprendía el ningún cariño que le tenía, pues no podía separar de mi memoria otra imagen verdaderamente querida; es imposible arrancar en un día el afecto que se ha arraigado hasta en las más recónditas fibras del corazón, que hace parte de todos nuestros pensamientos y vive con nuestra vida.

Antes de que partiese Enrique había intentado hacerle saber la correspondencia tan sencilla y verdaderamente amistosa que sostenía con Fernando, pero no me atreví al recordar la extraña antipatía que siempre le había manifestado, y me hacía temblar su genio violento y desconfiado.

No tenía una amiga a quien hablarle en confianza, pues mi carácter tímido y retraído no me había permitido formar una sola amistad íntima. El matrimonio me aterraba, y por momentos deseaba morir más bien que ser la esposa de Enrique. En esos días una carta de Fernando hubiera sido para mí como la gota de rocío para la flor que se marchita, como un repentino apoyo para el que va a caer; pero ninguna recibí entonces.

Era presa aún de esas luchas cuando volvió mi primo y después de oír nuevamente sus protestas de afecto no pude tener la suficiente resolución para hablarle claramente. Se fijó el día del matrimonio, se dio parte a mi tío y a sus amigos más íntimos... Me fueron a felicitar y Enrique parecía muy contento y mi tío encantado. ¡Ya no había remedio! Mi deber me imponía destruir hasta la última memoria de Fernando. Me encerré en mi cuarto y fui sacando una a una las cartas que me había escrito y los recuerdos que de él tenía y fui quemándolo todo... Cuando concluí, miró con honda tristeza aquellas cenizas que era lo único que me quedaba de la época más feliz de mi vida... ¡Ceniza aquella amistad tan pura y elevada, tan grande y verdadera, mi sola dicha en el mundo, mi único consuelo! ¡ceniza las dulces esperanzas de días mejores; ceniza sus nobles expresiones, sus bellos sentimientos!... ¡Mi corazón también parecía haberse convertido en ceniza! La luz de la aurora entraba ya por mi ventana cuando recogí las cenizas dispersas por el cuarto y las arrojé al jardín. No debía quedar ni señal de lo que acabó para siempre.

Las mujeres somos débiles y naturalmente cobarde de espíritu, inclinándonos ante una voluntad que se nos impone con energía; así no me fue posible luchar contra el amor de Enrique tan seguro de sí mismo... A medida que se acercaba el día del matrimonio me sentía llena de una agitación febril que por momentos me sacaba de juicio..., parecíame ver a Fernando en todas partes, y oía su voz repitiendo las expresiones y frases que me decía en otro tiempo y que olvidadas, ahora renacían en mi memoria.

Por fin llegó el día tan temido; pero cosa rara, sentí de repente mi corazón tranquilizarse y mi espíritu serenarse ante la irrevocable decisión de mi suerte, en la cual ya no cabía mudanza posible.»

Diciendo esto Matilde exhaló un profundo suspiro y calló.

«La luna, que había estado oculta tras de los árboles del cercano bosque, se presentó de repente ofuscándonos casi con repentina claridad e inundando de luz el espacio abierto que llamábamos plaza de nuestra aldea.» Matilde levantó los ojos que había tenido fijos en el suelo y poniéndolos en la luna con expresión meditabunda continuó su narración:

«Las primeras semanas de matrimonio las pasé haciendo lo posible para descubrir en Enrique cualidades que me lo hicieran estimar, y creo que al fin hubiera podido olvidar suficientemente podido olvidar suficientemente lo pasado para estar contenta con lo presente cariñosos mimos y cuidados, manifestándose en extremo tierno y amable conmigo, pero esto tuvo un pronto término, en parte por culpa mía.

Era un deber de amistad comunicar a Fernando mi matrimonio, pero fui difiriendo este acto de cortesía común, y después encontraba muchas dificultades para llevarlo a cabo. Hay personas con quienes no es posible fingir lo que no se siente, y yo comprendía que para anunciarle mi matrimonio era preciso decirle que amaba a Enrique, lo que negaba mi corazón, y prefería no escribirle a sostener una mentira.

Hacía como un mes que me había casado cuando, estando una tarde sola en mi pieza, me trajeron una carta de Fernando. Al recibirla sentí una vivísima emoción y como un presentimiento de desgracia. Traía fecha bastante atrasada; escrita en Bogotá, tenía un estilo extraño y carecía de firma. Me decía que los díceres públicos le habían hecho saber que yo pensaba casarme muy pronto con Enrique. Esto le había admirado mucho y en frases ambiguas pero cuyo significado no podía ser dudoso añadía que si todavía era tiempo desistiera a todo trance de semejante enlace; que Enrique no podía ser nunca digno de mí, de lo cual me convencería muy pronto cuando pudiese hablar conmigo, como lo haría al volver a Jirón en esos días. Además me acusaba recibo de varias cartas mías, lo que probaba nuestra correspondencia.

Tenía todavía la carta en la mano acabándola de leer cuando oí entrar a Enrique de la calle y preguntar al sirviente si el correo había traído algo para él.

—No señor —contestó—, no había más que una carta para la señora.

—¿Quién te escribe? —preguntó entonces Enrique entrando a mi pieza, y con una mirada afectuosa (la última cariñosa que vi en sus ojos) se acercó para tomarme la mano, y la iba a llevar a sus labios cuando notó mi turbación.

—¿Qué tienes? —añadió—; ¿qué te han escrito?

—¡Escrito! —exclamé, y casi sin saber lo que me hacía apretaba la carta entre las manos.

—Sí... ¿de quién es esa carta?

—¿De quién?... no sé...

—¡No sabes! Esto es más extraño...

Enrique palideció y de repente se sonrojó al decir:

—¿De veras no sabes?

No contesté.

—¡Dame esa carta! —añadió.

—No puedo... —contesté tratando de ocultarla.

—¿No?... tengo derecho de verla, la exijo... Y sin quererme hacer caso me la arrancó y se acercó a la ventana.

—¡Por Dios! —exclamé tomándole el brazo, devuelvemela—; tú no debes leerla.

—¿Estás loca?

—No, no... ¡devuélvemela! —seguí diciéndole con aire de súplica.

—No, ya es imposible.

—Si me amas...

—Tus súplicas mismas me obligan a leer esto —contestó apartándome con aire imperioso y sin dejar de mirar la carta abierta que temblaba en sus manos.

—¡Enrique... Enrique! mi carta... —decía yo en tanto, fuera de mí, pero sin atreverme a acercarme a él.

Levantó entonces la mirada y la fijó en mí fríamente. Su exaltación momentánea había pasado para dar lugar a un aire de determinación e ira concentrada mucho más terrible.

—Me causa suma curiosidad —contestó—, saber por qué te afanas tanto, y no daría esta carta por todo el oro del mundo.

Esa fue la última vez que me tuteó.

Comprendí entonces que era inútil insistir más, e inclinándome ante mi suerte me senté en silencio.

—¡Sin firma! —murmuró entre dientes Enrique, clavándome despreciativamente los ojos, y sin más decir me volvió la espalda y siguió leyendo.

Un momento después vino hacia mí, sumamente pálido y casi trémulo, y me miró durante algunos segundos.

—No necesito preguntar quién ha escrito esto —dijo al fin devolviéndome el papel—; conozco la letra... y la persona.

Iba a salir, cuando haciendo un esfuerzo corrí tras de él y lo detuve.

—Enrique —dije—, escúchame, permíteme explicar...

—¿Explicarme qué? —contestó con acento helado—. Usted sabe, señora, que esto no puede tener excusa... ¡Usted, me ha engañado!

—¡Engañado! ¿cómo?

—Sí, engañado... Ha tenido hace mucho tiempo correspondencia con un enemigo mío, ¡y yo lo ignoraba!

—Yo no sabía que fuese enemigo tuyo.

—¿No? ¿Será una prueba de amistad hacia mí lo que dice aquí? ¿Si no hubiera sabido usted que yo odiaba a ese hombre me habría ocultado su tierna amistad con él?

—Sin embargo, todavía le falta coronar su obra, desacreditándome de palabra... Tengamos paciencia —añadió con ironía—; cuando venga acabaremos de saberlo todo.

Diciendo esto salió.

No procuré entonces detenerlo, conocía suficientemente su carácter violento y vengativo; sabía que nunca iría una explicación y que cuanto hiciera sería inútil.

Lo oí bajar las escaleras lentamente y salir. Temblando me acerqué a los cristales del balcón. Lo vi detenerse un momento en el portón y después subir la calle, pero al pasar por debajo del sitio en que me hallaba oí dos exclamaciones simultáneas.

—¡Fernando!

—¡Enrique!

—¡Qué feliz encuentro! —dijo Enrique con acento irónico. Necesitaba hablar con usted.

—¿Qué se le ofrecía?

—Una friolera, como usted verá. Venga, y paseándonos hablaremos.

Se alejaron conversando; escuchó el ruido de sus pisadas en la calle solitaria hasta que las ahogó la distancia, y permanecí como anonadada en el mismo sitio. Pasó la tarde y llegó la noche. No me movía del sitio cerca de la ventana; las imágenes más horribles, las escenas más sangrientas se me presentaban por momentos, y cada hora que transcurría me suscitaba una angustia nueva. A media noche volvió Enrique, se admiró al verme todavía allí, pero no dijo una palabra, ni yo me atreví a hablarle. Entró a su cuarto y lo cerró. ¿Qué había sucedido con Fernando? Toda la noche me hice esta pregunta, casi fuera de mí y presa de una inquietud indecible.

Al aclarar el día me levantó sin haber podido dormir; Enrique no salía de su cuarto pero una parte de la noche lo oí medirlo con sus pasos. No sabiendo cómo calmar mi creciente agitación, quise buscar un consuelo donde tenía seguridad de hallarlo, tomé la mantilla y me dirigí a la iglesia. No sé si oré: mi espíritu no podía fijarse, en nada, pero el sitio, la serenidad que infundía recogimiento y el silencio del templo me hicieron un gran provecho, y ya me sentía más resignada cuando me quise levantar para salir. En el momento en que recogía mis libros (la iglesia estaba solitaria) se acercó un niño con aire sigiloso se hincó a mi lado y tornando un libro puso dentro una carta y salió corriendo; le permití hacer esto sin oponerme, me sentía impotente para hacerlo..., como impelida por una voluntad invencible tomé mis libros, me levanté y salí también. Al llegar a la puerta vi que cruzaba la esquina la sombra de una persona que me pareció la de Fernando. En la calle me detuvieron varias personas hablándome de cosas indiferentes; yo contestaba maquinalmente apretando el libro que encerraba la misteriosa carta y casi demente con las interrupciones que me impedían volver a casa.

Como lo había presentido, Fernando me escribía. Empezaba asegurándome que era la última vez que se dirigía a mí y eso porque creía indispensable darme algunas explicaciones. Parece que durante la conversación que había tenido con Enrique había ofrecido espontáneamente no volverse a comunicar conmigo después de salir de Jirón, pero no prometió que dejaría de explicarme, antes de partir, las palabras que dijo respecto de él: esto se lo demandaba su dignidad, pues no quería aparecer como un calumniador delante de mí. Aunque yo conocía vagamente los acontecimientos de su vida, creía necesario, darme algunos pormenores más. Se había casado muy joven con una niña también de muy tierna edad, pero al cabo de dos de dos años de matrimonio tuvo que ausentarse por bastante tiempo del Cauca, dejando a su esposa casi sola en una hacienda no lejos de Popayán. Cuando volvió encontró a su esposa sumamente abatida, y al fin en un momento de remordimiento le confesó que ya no era acreedora de su cariño..., que había huido de su casa con un joven que le juró amarla eternamente, pero que esa eternidad sólo había durado algunos días, abandonándola después, o más bien obligándola a volver a la casa de su esposo, y tratando de persuadírla que debería guardar el secreto de su locura. Ella, entre temerosa de que se descubriese lo hecho, pues, había debido estar en casa de una amiga durante los días de su ausencia, y aguijoneada también por el remordimiento, prefirió referirlo todo a Fernando y sufrir el justo castigo que creía merecer.

Fernando despechado se separó de ella inmediatamente, pero le ofreció perdonarla si algún día le confesaba quién era el autor de su desgracia, a lo que de ningún modo accedió, ni él lo pudo descubrir.

Pasaron años después de esto, durante los cuales la conducta de la pobre mujer fue intachable, por lo que Fernando, alentado, según me decía, por mis consejos, volvió a proponerlo el perdón con las mismas condiciones. Ella ofreció decirle quién era el culpable compañero de su fuga si Fernando le prometía no castigarlo nunca. Cuál sería su pena, me decía, cuando supo casi al mismo tiempo que Enrique había sido el destructor de su felicidad y estaba a punto de ser el esposo de la amiga que mayor simpatía le inspiró en los días más tristes de su vida. Deseoso de que yo no fuese víctima de un hombre cuyo carácter no podía ser bueno, me escribió la carta que tan desgraciadamente había leído Enrique.

No sabía que el matrimonio se había verificado ya cuando se encontró con Enrique en la puerta de su casa un momento después de haber llegado a Jirón. Felizmente, Enrique humillado con la noble conducta de Fernando, no se atrevió a mostrarle su rabia y prometió no volver a hablarme del asunto de la carta si él le ofrecía cortar toda relación y correspondencia conmigo. Acababa la carta con estas palabras que no podré olvidar. Cumpliré mi promesa aunque me cueste mucho abandonar una amistad que tanto bien me ha hecho. Mucho temo que la vía que usted ha escogido no sea la de la felicidad, así como la mía no lo podrá ser tampoco nunca. Pero es preciso inclinarnos ante las leyes de la suerte. ¡Adiós! ¡paciencia y valor!

¡Paciencia y valor! Cuántas veces me han faltado estas dos virtudes en el curso de los años trascurridos desde entonces. He oído hablar de los sufrimientos de un desgraciado que, estando encadenado a un compañero de cárcel, éste murió durante la noche y permaneció muchas horas en contacto con un cadáver. ¡Ésa ha sido mi vida por espacio de seis años! Enrique ha sido siempre de mármol para conmigo: jamás ha podido perdonarme que yo supiera ese episodio de su pasado, ni ha olvidado mi falta de sinceridad. Su amor murió completamente... Cumple su deber ante la sociedad como esposo, pero nada más. Su padre expiró en mis brazos y lloré amargamente la pérdida del buen anciano; pero el corazón de Enrique ha permanecido duro para conmigo: pasó esa pena encerrado en su dolor y retirado de mi simpatía.»

Calló Matilde, y no pude menos de preguntarle:

—¿Nunca procuró usted ablandar aquel carácter férreo con palabras bondadosas?

—Sí..., al principio intenté hacerlo varias veces; pero su mirada siempre fría, sus sarcásticas observaciones y la profunda aunque cortés indiferencia que manifiesta por mis sentimientos e ideas, me obligaron a desistir. Se han pasado seis años y así he vivido: luchas interiores, silencio en torno mío, y un desierto en mi corazón.

—No sé que autor dice —repuso mi hermana—, que «el más ligero velo entre dos almas puede convertirse en una muralla de bronce».

—¿Y ha vuelto usted a ver a Fernando? —pregunté.

—No; volvió al Cauca con su esposa, y dicen que viven felices, pero no he vuelto a verlo ni a tener noticias directas de él. Ya ven ustedes cómo un carácter débil como el mío puede labrar su desgracia, puesto que no tuve energía para resistir a un matrimonio que me repugnaba, ni valor después para conservar un afecto que tenía el deber de guardar, una vez que lo había conquistado. Creo que al fin Enrique se hubiera hecho dueño de mi cariño, pues todos tenemos, aunque sea por hábito, que amar a las personas con quienes vivimos; pero su inflexibilidad me llena de aprehensión. Muchas veces me amedrenta el encontrar en mi corazón vivo aún el recuerdo de lo pasado, es decir la época antes de aquella en que conocí a Enrique, en contraste con la amarga realidad de lo presente. Si pudiera olvidarlo alguna vez sería más feliz, y acaso conseguiría una existencia tranquila. ¡El recuerdo es tan triste!

—No todo recuerdo es triste —observé—, puesto que algunos en vez de causar penas suavizan el espíritu y consuelan el corazón lastimado por lo presente.

—El recuerdo es siempre cruel —contestó con voz grave—; si es de dicha nos entristece porque jamás volverá; si es de pena, porque la volvemos a padecer en la imaginación.

—Me inclino a creer lo contrario —dijo mi hermana—, pues la memoria es una fuente de goces inapreciables. Sean dulces o amargos, tristes o alegres, los recuerdos se hallan en el fondo de toda alma sensible: ellos nos deleitan renovando las escenas de nuestra vida: con ellos se olvidan las penas presentes; de manera que, bien considerado todo, la ficción mitológica del río Leteo es una de las creaciones más paganas que nos ha legado la antigüedad.

—No —interrumpió Matilde—, la vida es un tejido de penas, y se pudieran dar las poquísimas dichas que encierra para tener la fortuna de olvidar el resto.

—Usted no lo cree así —repuse—: ¿quién querría olvidar completamente su vida pasada? La memoria de nuestros pesares mismos nos consuela, da esperanza y nos hace desear lo porvenir. Aunque el espíritu, es decir las ideas, cambian radicalmente a medida que van pasando los años, y al cabo de algún tiempo nuestras opiniones son distintas, no sucede lo mismo con el corazón, cuyo modo de sentir no varía por más que se trasformen las ideas; lo que nos lo demuestra es ese indeliberado apego que tenemos a la recordación de las cosas pasadas en que fuimos actores.

—Esto me hace pensar —añadió mi hermana—, en un episodio de la vida de una mujer, que si no interesa por lo dramático, de que carece, debe interesar como comprobación de esta verdad: que un recuerdo, aunque vago, puede ser benéfico, y es a veces más duradero y firme de lo que generalmente se cree.

—¿Pudiera usted referírnoslo? —preguntó Matilde.

—Lo haré gustosa; bien que, repito, no se trata de una anécdota dramática, sino de acontecimientos comunes, que tal vez me interesaron por la manera en que los oí referir. Pido plazo hasta mañana para ordenar mis ideas a fin de hacer la narración lo menos causada posible.

Manuelita

«Quiconque n'oublie pas, a vraiment aimé,
et la fidélité de la mémoire est l'un des gages
les plus assurés de ce que vaut le coer.
»

Guizot
 

El siguiente día se anunció nublado y lluvioso; pero al llegar la noche la atmósfera se serenó. Después de tomar el chocolate de la oración salimos al corredor como teníamos costumbre de hacerlo: la luna no había parecido aún, pero se veía hacia el occidente aquel resplandor azulado que indica que en breve aparecen sobre el horizonte.

—¿Ya olvidó usted, amiga mía, que anoche ofreció contarnos cierta historia? —preguntó Matilde con su voz suave y triste.

—No por cierto —contestó mi hermana—, y para cumplir mi oferta he procurado recordar pormenores casi olvidados; de modo que si usted lo desea comenzaré mi relación.

—¡De mil amores; empiece usted!

—«Estando yo muy joven —comenzó mi hermana—, salía con frecuencia a pasear con una anciana tía a quien queríamos mucho, tanto por su carácter bondadoso como por cierta instrucción innata que hacía su conversación en extremó amena y agradable.

Una tarde, después de haber vagado algún tiempo por las colinas de San Diego, nos sentamos sobre un pintoresco barranco cubierto de florecillas silvestres y de musgos, desde donde se podía contemplar el paisaje que se extendía a nuestros pies. En primer plano veíamos el convento solitario, con sus anchos huertos y frondosos árboles y verdes plantaciones por entre las cuales se paseaban los frailes hortelanos. Mas lejos se abrían las alamedas hermoseadas aquí y allí por grupos de rosales silvestres, borracheros y enanos saúcos. Los rayos del sol en el ocaso hacían brillar las distantes lagunas en la llanura, los campos y cerros toman aspecto soñoliento, y el horizonte empezaba a cubrirse de arreboles. A nuestra derecha se alzaba el gigante Monserrate y a la izquierda se veían apiñadas las casas de la ciudad dominadas por tal cual torre elevada. Leves nubecillas atravesaban el cielo azul, como pensamientos vagos en un espíritu sereno, formando fantásticos grupos y destacándose de los grandes nubarrones que procuraban a porfía ocultar el sol en su poniente.

La naturaleza entera estaba en calma, y los rumores humanos llegaban apenas hasta nosotros como un eco lejano. Pero un espectáculo al parecer sin interés me conmovió: un carro mortuorio volvía lentamente del cementerio y los que habían ido a acompañarlo caminaban aprisa por la alameda, como deseosos de olvidar al que no tenía ya lugar en este mundo.

—¡Oh! —exclamó—, ¡qué triste es aquello! —y mostraba el cementerio circundado de tapias y sombreado por muchos árboles.

—Sí —contestó la tía Manuelita—, allí me están esperando casi todos los que conocí en mi juventud.

—Y pensar —dije con amargura— que, dentro de poco, nosotros también estaremos allí ¡olvidados como los que yacen en la tierra!... Pocos, muy pocos son los que quedan indeleblemente grabados en el corazón de los que sobreviven, y aún estos desechan su recuerdo como una pena importuna.

—Te equivocas —contestó, con dulce aunque melancólica sonrisa, mi compañera—: la juventud lo exagera todo; no se debe juzgar únicamente por las apariencias. No sólo no se olvidan los que murieron (por lo mismo que no nos acordamos sino de sus buenas cualidades), sino que con frecuencia sucede que el recuerdo del que ya no existe es más sagrado que el de los que viven y pueden defenderse y luchar con nuestros afectos...

—¿Dudas todavía? —añadió viendo que no le replicaba—, voy a referirte, para convencerte de la verdad de mis palabras, un episodio..., o diré más bien, arrancaré una página de la memoria; la página oculta de la vida de... una amiga mía.

Después de un momento de reflexión empezó de esta manera.

'En una hermosa tarde de enero de 1823, un sol suave y refulgente doraba las ventanas de una quinta situada a orillas del Fucha, que corría tranquilamente por en medio de las praderas y bajo algunos árboles que se inclinaban sobre su imagen y a cuyo pie las olorosas florecillas formaban una blandísima alfombra. Los muros de la casa llegaban casi hasta la orilla del río, y algunos cerezos y sauces levantaban sus cabezas por encima de las tapias; el relincho de los caballos, el ladrido de los perros, el mugido de las vacas y terneros y los gritos lejanos de los que corrían en los cercanos potreros, unido al suave murmullo del río, todo esto formaba, una música campestre, cuyos acordes animaban el tranquilo paisaje.

Un gallardo joven vestido de paisano, saltando, sobre las piedras del río lo atravesó rápidamente, y llegó frente a la casa en el momento en que uno de sus balcones se abría repentinamente para dar paso a dos risueñas niñas que se recostaron sobre la baranda. Al ver los ojos del desconocido fijos en ellas con curiosidad, ambas se retiraron avergonzadas. Pero el caminante conocía sin duda el carácter femenino, y al cabo de un momento volvió sobre sus pasos seguro de hallarlas otra vez en el balcón.

—¡Has hecho una brillante conquista! —le dijo la una niña a la otra al ver que el joven se había detenido antes de pasar el río y las miraba atentamente.

—¡Qué loca eres! —contestó la otra— ¿porqué había de ser a mí a quien miraba? ¿no estamos juntas?

—¿Quieres, Manuelita, que te diga en qué lo conocí? En que al pasar lo pude examinar atentamente y sin embarazo, porque su mirada no buscaba la mía.

—Pero, Carmen, tú sabes que nunca llamo la atención, cuando tú sí, porque eres bella.

Efectivamente la hermana mayor era primorosa; aunque pequeñita, era tan bien torneada y sus formas tan perfectas que nadie pensaba en su estatura; tenía ojos grandes, húmedos y expresivos, y sus finos cabellos negros ondeaban en caprichosos bucles en torno de su cuello blanco y puro como el de un niño.'

—¿Y la otra? —dije viendo que mi tía callaba.

—La hermana menor era morenita pálida —me contestó con embarazo—; tenía bellos ojos melancólicos, decían y una abundante y larga cabellera, pero sus facciones no eran bellas, y para fijarse en ella decían sus amigas, era preciso buscar el alma y no la belleza física.

—¿Y se llamaba Manuelita? —pregunté.

—¿Por qué lo dices?

—Lo acaba usted de decir —contesté sonriéndome.

—Eso no importa..., sigamos nuestro cuento.

'Desde esa tarde no había día en que el joven no pasara por el camino de Fucha; algunas veces iba a pie y sencillamente vestido, otras a caballo, luciendo un bello uniforme de coronel de húsares. Pasaba horas enteras sentado en una piedra en la orilla del río y se turbaba cada vez que Carmen y su hermana llegaban en sus paseos hasta donde él estaba; pero aunque las saludaba con particular atención nunca se hizo presentar en su casa... Aunque Manuelita miraba al joven con la atención e interés que siente toda mujer por el primero que le revela un sentimiento desconocido, comprendía que su corazón permanecía libre.

La familia de Manuelita volvió al cabo de un mes a Bogotá y las dos hermanas dejaron de ver al joven militar. Entonces supieron por casualidad que la familia de Mauricio (así se llamaba) padecía una enfermedad terrible y hereditaria, y que su padre, antes de morir, le había hecho jurar que jamás se casaría; a consecuencia de esto, y porque se creía que empezaba a sentir los síntomas precursores del mal, de repente se retrajo completamente de la sociedad abandonando la carrera militar.

Al dejarle de ver Manuelita casi olvidó hasta su existencia, pues en varios bailes y tertulias a que había asistido en esos días, encontró al que podía amar, y el amor, esencialmente egoísta, ofusca de tal manera que hace olvidar cuanto antes solía interesar.

¿Cómo comprender jamás el móvil secreto, la verdadera causa de la simpatía? Hay personas cuya primera mirada remueve todas las fibras de nuestro corazón, mientras que las de otros nada significan sino una común cortesía que nos deja indiferentes. Felizmente no han podido explicar esos secretos del espíritu, porque al haberlo hecho nos habrían defraudado de la más bella poesía de la vida: el misterio.'

Al decir esto la tía Manuela se inclinó y arrancando una florecilla que crecía a sus pies se puso a deshojarlo lentamente.

'En diciembre del mismo año —añadió después de un momento—, estando Bolívar ausente de la capital, el general Santander, encargado del poder ejecutivo, notificó a los Colombianos que al fin el territorio de la república estaba completamente libre, habiéndose rendido la última fortaleza venezolana que quedaba en poder de los españoles. Pocos días después el primer ministro plenipotenciario de los Estados Unidos fue recibido en Bogotá. Recuerdo que entonces se dieron varios bailes en palacio para festejar acontecimientos verdaderamente importantes, pues era tan necesario para nosotros vencer a los últimos españoles como el ser públicamente reconocidos por un país como los Estados Unidos de América.

Una noche toda la sociedad bogotana estaba en movimiento, pues se había anunciado que el baile que tendría lugar en palacio sería el último por entonces. Un viento helado silbaba por en medio de las calles y una menuda lluvia caía oblicuamente sobre los empedrados y los hacía resbalosos; tiempo excepcional en Bogotá en aquel mes, el más despejado de todo el año. Así fue que a pesar de la lluvia los convidados llegaban a palacio uno a uno o en grupos, y una multitud de curiosos obstruía la puerta hasta la acera de enfrente. Entre estos se notaba un hombre embozado en su capa y recostado contra la pared, que no tomaba parte en las conversaciones de los demás; pero de repente se movió y acercándose a la puerta miró con marcada atención a dos muchachas que entraban alegremente al baile.

—¡Míralo otra vez! —dijo Carmen a su hermana haciéndole notar al embozado.

—¡Cierto... —contestó Manuelita—, el amigo de Mauricio Valdés!

—Siempre lo encontramos en todas partes —dijo la otra sonriéndose—, pero en nombre de su amigo..., y te mira por procuración.

Las niñas entraron al baile y olvidaron completamente al embozado, quien poco después entraba a una antigua y desmantelada casa no lejos de palacio. Un sirviente lo aguardaba en la puerta y al verlo exclamó:

—¡Ah, señor don Jacobo, lo aguardábamos con la mayor ansiedad! Mi amo ha tenido un nuevo acceso y el médico me dijo que le advirtiera que no duraría muchas horas.

Jacobo entró al aposento del moribundo. La pieza era espaciosa pero carecía de comodidades. Una ventana sin cortinas dejaba penetrar por los cristales los tristes destellos de la opaca luna, que envuelta en nubes alumbraba apenas, mezclando sus pálidos rayos a los rojos e intermitentes de una vela expirante tapada con una pantalla, lo que si no procuraba la claridad necesaria bastaba para hacer visible en todas partes aquel desorden y descuido que indica que la mano delicada de una mujer no vigilaba al enfermo. El centro del cuarto lo ocupaba una gran cama de forma anticuada y rodeada de cortinas, de entre las cuales salió una voz débil y quejumbrosa preguntando:

—¿Todavía no ha venido Jacobo?

—Sí, querido Mauricio, aquí estoy...

—¿La pudiste ver?

—Sí; en la puerta de palacio.

—¿Dichosa, alegre, indiferente como siempre?

—No pienses más en ella —le contestó el otro interrumpiéndolo—; hablemos de cosas más serias... ¿No te acuerdas que me exigiste una promesa para cuando fuese tiempo...?

—¿Cuál?

—La de decirte la verdad cuando..., cuando se acercara el instante supremo.

—¿Ya? —contestó dolorosamente el moribundo; y permaneció un momento callado, mientras su amigo le apretaba la mano con emoción.

—Sin embargo —añadió—, es difícil resignarse así a la muerte cuando el corazón está aún lleno de vida.

Después siguió dando algunas órdenes, mandó traer un sacerdote y llamando a Jacobo a su lado le dijo:

—Voy a pedirte el último favor: aunque esto parezca fútil en momentos tan terribles, no puedo resignarme a morir completamente para ella; ¡morir mientras ella baila contenta! Quiero que Manuelita guarde de mí un recuerdo que no pueda olvidar..., ¡prométeme hacer lo que te pido!

—Lo que quieras...

—Pues, bien: de aquí a un rato... (siento que para esto no tendrás que aguardar mucho) cuándo hayas recogido mi último suspiro..., anda al baile de palacio...

—¿Al baile?...

—Sí; al baile... Busca allí a Manuelita y dile, dile que yo he muerto mientras ella bailaba. Estoy seguro de que si le dices esto, nunca me olvidará.

—Pero...

—¡No, no me niegues este consuelo que será el último!

Jacobo ofreció lo que le pedía para tranquilizarlo. Algunas horas después dejó al sacerdote que había asistido a Mauricio en sus últimos momentos, al lado del cadáver, y fue a cumplir su orden postrera.

Un baile sin un romance empezado en el corazón es una burla: es preciso tener alguna ilusión para que el baile sea interesante. Entonces cada danza es un drama, cada paso una escena y cada mirada que se cambia un dúo de dicha y de dolor. Por eso el baile no es propio sino cuando el corazón está nuevo todavía.

Manuelita bailaba y se sentía feliz, conversaba y reía con inocente alegría, cuando habiéndose detenido un momento durante un valse oyó que la llamaban y una voz le dijo al oído estas palabras:

—Mauricio Valdés acaba de morir... Usted fue su último pensamiento y mientras eso... ¡usted baila!

Las mujeres saben quién las ama y quién las olvida, por una intuición natural; Manuelita sabía que su admirador de Fucha no la había olvidado, y aunque no lo veía, comprendía que Jacobo espiaba sus pasos para darle noticias de ella.

Aquellas palabras la conmovieron hondamente, y sintió en su corazón una infinita compasión por el desgraciado joven; pero no se desmayó como una heroína de novela; acabó de bailar en silencio y casi maquinalmente la comenzada pieza. La noche estaba ya tan avanzada que por las ventanas abiertas entraba un fresco airecillo nuncio de la próxima aurora. Manuelita se acercó a su padre y a su hermana y sin manifestar turbación les propuso regresar a su casa.

Bastó el tiempo trascurrido hasta llegar a la casa para que aquella niña, tan alegre una hora antes sintiera que su corazón había pasado por una dolorosísima crisis, y cuando al fin se halló sola en su aposento comprendió que su espíritu había madurado en pocos momentos haciéndole ver la vida de otra manera. Mientras era dichosa y se divertía, Mauricio moría pensando en ella... Una negra nube parecía envolver su porvenir...

Pasaron muchos años —continuó mi tía—; Manuelita siguió las vicisitudes de la vida en sus dichas y en sus penas, pero la impresión sentida aquella noche no se borró jamás de su memoria. Mil cosas le renovaban el recuerdo del desgraciado Mauricio y cada vez que iba a la quinta en cuyos alrededores lo vio por primera vez o pasaba por frente a la casa donde murió, una lágrima, un suspiro ahogado la conmovían y perturbaban la tranquilidad de su espíritu. ¿Pero ese afecto silencioso de un cuasi desconocido qué lo podía importar?, me preguntaras acaso. Parece inverosímil, y sin embargo no invento nada. Acaso Manuelita se culpaba de ingratitud y sentía cierto remordimiento porque mientras vivió Mauricio jamás le dio una mirada ni le dedicó un pensamiento de cariño, por lo que tácitamente había resuelto guardarle en el fondo de su memoria un recuerdo silencioso, oculto y tal vez más duradero que el afecto probablemente pasajero que hubiera sentido por él en otras circunstancias.

Al acabar su relación mi buena tía se levantó y empezó a bajar en silencio la colina; yo la seguí y al tomarle el brazo notó que se le habían humedecido los ojos y estaba conmovida.

—Ya sé quién es Manuelita —le dije apretándole la mano—, y ahora comprendo que no todos los corazones tienen el don de olvidar.»

* * *

Cuando mi hermana acabó de hablar permanecimos algunos momentos calladas... La luna se alzaba ya sobre el horizonte, pero las nubes que se habían amontonado en ese punto nos impedían verla.

—¿En qué meditan ustedes? —exclamó mi tío llegando al corredor de improviso—. ¿En qué piensan que están tan mustias y calladas?

—Pensamos —le contesté sonriéndome—, en el corazón y sus misterios.

—Efectivamente —repuso sentándose a nuestro lado y haciéndose aire con el ancha ala de su sombrero de paja—; efectivamente el corazón es un misterio tan incomprensible que sólo Dios sabe leer en él con exactitud. Hace un momento que una pobre mujer me refirió, aunque muy de paso, una parte de su vida..., probablemente se morirá esta noche; para ella será un descanso, pues su existencia sólo ha sido un manantial de amarguras.

—¿Viene usted —preguntó mi hermana con interés—, de ver a Mercedes Vargas?

—Sí; y me dijo, si mal no me acuerdo, que te había contado su vida en todos sus pormenores.

—Cierto: ¡pobre mujer! parece que le inspiré confianza, y como lo que me refirió no carece de interés hasta cierto punto, para no olvidarlo lo escribí.

Mi hermana, accediendo al deseo que todos le manifestamos de oír su relación, se levantó para irla a buscar. Mientras aguardábamos oímos cómo se levantó la brisa a lo lejos y al acercarse gemía tristemente entre los árboles vecinos, y en el cielo las nubes impelidas por el viento empezaron a dispersarse en diferentes direcciones. De repente al rumor de la naturaleza se ve mezcló otro más distinto y más fuerte, y en breve pudimos distinguir ruido de voces y de caballos en la puerta de atrás o portón de la casa.

—¡Es Enrique! —exclamó Matilde poniéndose en pie y apretándome la mano.

Las nubes se habían rasgado y al través de un tenue velo la luna nos miraba, e iluminando la pálida fisonomía de Matilde hacía brillar una lágrima que temblaba desprendida de sus largas pestañas.

—Vamos, le contesté a su mirada, haga usted un esfuerzo, manifiéstese cariñosa ¿cómo no ha de enternecerle alguna vez una mirada afectuosa de su parte?

—Sí; tal vez —dijo ella deteniéndome con cierto ademán de duda, y con voz apagada añadió—: pero me falta la energía, el valor..., y tal vez hasta el deseo.

Al decir estas palabras entrábamos a la sala adonde estaba don Enrique; ella se apresuró a tenderle la mano, él la recibió con cierto interés, y le preguntó por su salud con una solicitud que se esforzaba por ocultar.

Pero don Enrique no estaba solo: otro caballero lo acompañaba y Matilde al verlo dio un grito de alegría y corrió hacia él.

Era un hermano suyo que no veía hacía muchos años a causa de hacer largo tiempo que estaba fuera del país.

—Querido Felipe —le dijo estrechándole las manos—, cuánta alegría me da el verte..., te esperaba pero no tan pronto.

—Veamos si has cambiado mucho —le contestó él con cariño acercándola a la luz—. La última vez que te vi —añadió—, acabábamos de perder a nuestra madre, pero ibas a casarte... Desde entonces han pasado muchos años, mi pobre Matilde, y de nuestra familia sólo quedamos tú y yo... y Enrique. Nos debemos querer mucho los tres, ¿no es verdad?

—Es verdad —dijo ella bajando los ojos.

—Enrique me refirió en el camino que habías estado enferma...

—Pero ya estoy buena —contestó Matilde—, gracias a estas bondadosas samaritanas.

La conversación se hizo entonces general, pero al cabo de un rato don Felipe le dijo a Matilde viéndola callada:

—Has de saber que yo no permito en torno mío sino gente alegre y de buena salud; te lo advierto. Tengo el proyecto de llevarte por algún tiempo a Bogotá para que conozcas a mis hijas; las pobres no tienen madre cómo tú sabes...

—¿Y Enrique?

—Enrique nos acompañará si sus negocios se lo permiten... Además ¿acaso están ustedes en la luna de miel, después de seis años de matrimonio, para que no puedan separarse por algunos días?

Matilde se sonrojó y bajó los ojos, pero noté que don Enrique a pesar de su impasibilidad, sintió cierta emoción agradable al oír que Matilde había pensado en la separación.

Don Felipe era un hombre de cerca de cincuenta años, de hermosa presencia, amable fisonomía y modales afables y cultos. Según lo anunció debían volver a la hacienda dos días después y en la siguiente semana partiría Matilde directamente para Bogotá con su hermano, acompañándolos don Enrique una parte del camino.

Al día siguiente supimos que la pobre mujer de cuya vida desgraciada tratábamos cuando llegaron los viajeros, había muerto durante la noche, y mi hermana, que tomó mucho interés en favor de ella, nos suplicó que la acompañásemos a la iglesia.

Mercedes

Voe victis!
 

...Aquella tarde asistimos al entierro de la pobre forastera que mi tío había confesado el día anterior, y al volver a la casa cural fuimos a sentarnos en el ancho corredor donde nos reuníamos por la noche. Durante algunos momentos permanecimos todos silenciosos mirando el paisaje que aparecía iluminado por la naciente luna: los árboles, plateados solamente, en la parte superior de sus ramas, quedaban negros y oscuros por debajo, menos en tal cual sitio en que filtrando los luminosos rayos por en medio de las hojas, formaban fantásticos dibujos en el suelo. El cielo azul, y sin nubes, estaba salpicado aquí y allí por algunas estrellas cuyo brillo no podía ocultar la envidiosa luz de la luna; y allá en el horizonte, por encima de un lejano cerro, se hundía poco a poco el lucero de la tarde, que parecía despedirse con dificultad de las escenas terrestres.

«Les había ofrecido referir la historia de la mujer de cuya vida sólo hemos visto el primer acto —dijo mi hermana—, y cumpliré mi promesa hoy.

Ustedes saben —añadió—, que desde que llegó a este pueblo procuré socorrerla en cuanto me fue posible; le había cobrado simpatía, encontrando en ella modales y lenguaje que indicaban hubiese tenido una educación a que no correspondía su aparente posición social. En largas conversaciones que tuvimos, y ayudada de algunos datos que me suministró por escrito, creo haber reunido los principales rasgos de su vida, cuya narración he puesto en boca de ella, procurando imitar su lenguaje en cuanto me ha sido posible.»

Y entrando a la sala, mi hermana nos leyó lo que sigue:

I

A los diez y seis años era yo una dichosa niña llena de vida y alegría. Era mi padre español de nacimiento y energúmeno defensor del rey. Crecí en medio de las comodidades y enseñada a hacer mi voluntad: un capricho mío se cumplía como una ley; mi madre era mi esclava en todo, y aunque frecuentemente mi padre pretendía reñirme, siempre hacía cuanto yo deseaba. No había fiesta, ni diversión de la cual no hiciera parte, y en nuestro círculo de relaciones mandaba como una reina.

Acababa de cumplir diez y siete años cuando estalló la guerra de la independencia, y mi padre tuvo que ocultarse, no pudiendo disimular sus sentimientos realistas, Hasta entonces yo había vivido dichosa, ocupándome solamente de mí misma, y no creía que nadie en el mundo mereciera el más leve sacrificio de mi parte. Cuando recuerdo los sentimientos que me animaban en aquella época, me estremezco, e inclino la cabeza con respeto bajo el peso de mis desgracias, pues si el castigo fue terrible, no dudo que lo mereciera.

Había tenido varios pretendientes que se mostraban muy tiernos y rendidos a mis gracias, según decían y yo les creía, pero me manifestaba con ellos alternativamente cariñosa o llena de altivez y desdén, burlándome de sus sentimientos y gozando con mi poder. Sin embargo, pronto noté que mi influencia tenía límite; durante los primeros días de efervescencia popular y entusiasmo patriótico, sabiendo que las mujeres tenemos el privilegio de hablar sin que nuestras palabras nos sujeten a responsabilidad, manifesté sin temor mi adhesión a la causa del rey, y pena por el destierro del virrey y su familia. Los jóvenes que me visitaban se retiraron entonces de la casa como de la de un apestado: todos eran patriotas, y no podían soportar con calma mis palabras; pero como esta conducta de ellos me exasperó, hicieron más: no me saludaban, y aún fingían no conocerme cuando me encontraban en alguna parte. Naturalmente mi vanidad y amor propio se sintieron profundamente heridos, y llena de ira y amargura, deseaba ardientemente que llegara el día en que pudiera vengarme de los que me hacían esos desprecios.

Así pasó algún tiempo: mi padre permanecía escondido pero no ocioso, ayudaba en cuanto le era posible a los españoles con sus avisos y consejos, y yo servía de intermediario para enviar los postas y las cartas. Las contiendas civiles que dividían a los patriotas nos daban esperanzas y ánimo, y mientras se disentía y guerreaba, los españoles conspiraban. Sin embargo, la toma de Bogotá por Bolívar no dejó de sobresaltarnos. ¡Nunca olvidaré el 12 de diciembre de 1814! De repente corrió la voz de que los venezolanos que venían con el ejército vencedor, habían asesinado a algunos españoles y buscaban a mi padre para matarlo.

El terror llegó a su colmo en casa; pero yo no podía creer que mi voz no tuviera aún influencia; corrí a la ventana, y llamando al primer oficial que pasaba por allí, le pedí protección para mi padre. Yo lo conocía mucho: era don Antonio N, uno de mis antiguos admiradores.

—Creo que no podré hacer gran cosa —me contestó fríamente—; su padre de usted ha conspirado contra la patria; se han encontrado pruebas que no dejan duda de ello.

—¡Antonio! —exclamé entonces muy asustada—, ¡interésese usted, por Dios!... Haga esto en memoria de otros tiempos...

—¿De aquellos en que usted me desdeñaba? —contestó sonriéndose; pero añadió con aire compasivo al verme llorar—: procure usted calmarse; haré cuanto esté a mi alcance...

Y al decir esto se alejó haciendo sonar sus espuelas sobre las piedras, con aire marcial. Creí entonces que nada haría para salvar a mi padre y que se había burlado de mí. Sin embargo, no lo molestaron ni buscaron siquiera, y no supe sino al cabo de muchos años que Antonio le había salvado la vida e impedido que nos persiguiesen.

Durante los siguientes dos años los triunfos de los ejércitos realistas en la costa y en las provincias, y el gobierno vacilante y débil que había en la capital, eran para nosotros motivos de las mayores alegrías... Al fin llegó el día tan deseado, y a principios de mayo de 1816 entró La Torre a Bogotá y, a fines del mismo mes llegó Morillo, empezando a levantarse cadalsos por todas partes...

Nuestra casa volvió a ser visitada por elegantes oficiales españoles, que a porfía me obsequiaban, siendo yo una de las poquísimas bogotanas que los recibían y acogían con gusto.

Una noche, habiendo bajado al jardincito de nuestra casa a coger una flor que se necesitaba para juegos de prendas, vi presentarse por encima de la pared que dividía la casa vecina de la nuestra, un embozado seguido de otro, que bajaron sigilosamente. Al verlos solté las flores que tenía en la mano y di un grito ahogado.

—¡Silencio! —dijo uno de ellos, acercándose, y reconocí a Antonio N. ¡Silencio... o usted nos pierde! Hemos venido a pedir protección a usted... nos buscan para prendernos: hace dos días que estamos ocultos en esta cuadra; esta noche deben hacer en ella una pesquisa, y si salimos a la calle no tenemos esperanza...

—Permítanos usted —dijo el otro— ocultarnos aquí durante la noche; en casa de un español caracterizado, como el padre de usted, no hay riesgo alguno.

Permanecí callada.

—¿Qué impedimento puede haber? —añadió Antonio—; conozco la casa y podríamos ocultarnos con perfecta seguridad... Ahora me toca —dijo tomándome la mano, que retiré—, pedirle a usted que nos salve, en recuerdo de lo pasado.

Yo había estado perpleja y vacilante. Era preciso que pasasen debajo del balcón del comedor, en donde estaban varios oficiales españoles, y la luna brillaba al estar muy clara: así era del todo imposible en el balcón, que no viesen a los patriotas. Sin embargo, este inconveniente podía obviarse, llamando a los otros hacia adentro bajo cualquier pretexto. Pensaba hacerlo, cuando las últimas palabras de Antonio despertaron en mí los malos instintos de venganza que había jurado contra él y su partido, pues repito que creía hubiera rehusado él interesarse en favor de mi padre cuando se lo supliqué dos años antes.

—¡Tiene razón! —repliqué; en memoria de lo pasado les aseguro que tengo gusto en que entren a mi casa. Usted, Antonio, que conoce la casa, puedo penetrar hasta el corredor sin temor alguno.

—¿Y verdaderamente no habrá peligro?... —preguntaron vacilantes, mirándose con cierta desconfianza al oír mi acento.

Pero en vez de contestar, apenas hice un ademán para que callasen, y ellos sin añadir nada tomaron la puerta que daba al patio.

—Pueda ser que no los vean —pensé ya conmovida y con aquella vacilación que caracteriza toda mala acción, en una alma que no está enseñada aún a la perversidad; temblaba de temor y hubiera hecho en aquel momento cualquier sacrificio por salvarlos... ¡pero ya era tarde!

Llegaron sin tropiezo hasta debajo del balcón; los oficiales ya no estaban allí, e iban a entrar en un corredorcito bajo, a donde nadie iba después de oscurecer, y en el que podían permanecer en seguridad, cuando mi madre se encontró con ellos de repente y naturalmente dio un grito de sobresalto. Viendo que me tardaba en el jardín había bajado a buscarme; los oficiales que oyeron el rumor, salieron inmediatamente, y reconociéndolos se apoderaron de ellos antes de que pudieran huir o defenderse.

Los dos jóvenes, al verse rodeados, se resignaron tranquilamente a su suerte, con el ánimo sereno que caracterizaba a los hombres de aquellos tiempos.

Cuando los sacaron a la calle no pude menos que asomarme a la ventana, y uno de ellos, al levantar los ojos y verme, dijo con amargura:

—¡Mercedes! ¡Mercedes! ¿Quiso usted acaso salvarnos o perdernos?

—Quise imitarlo a usted —contesté, recordando lo que hizo cuando le pedía protección para mi padre.

Él probablemente no comprendió, y me creyó quizás más humana de lo que era efectivamente.

Sin embargo, los asesinatos y crueles matanzas que ejecutaban Morillo y su segundo Enrile fueron tan terribles, que mi padre los desaprobó y procuró salvar a algunos de sus conocidos; y por mi parte ejercí mi influencia para que los dos jóvenes que se habían puesto bajo mi protección, en lugar de ser condenados a muerte lo fueran tan sólo a trabajos forzados. A pesar de eso la conciencia me remordía, al pensar que podía haberlos salvado con un esfuerzo insignificante y no lo hice, pero pronto otras preocupaciones me hicieron olvidarlo todo.

II

Entre los oficiales se distinguía un joven español, de noble aspecto, y tan galante como hermoso, el cual en breve penetró en mi corazón como en un país conquistado. Con razón se dice que sólo una vez se ama verdaderamente, pues un sentimiento como aquel es devastador: gastó las potencias de mi alma y me robó toda la energía y entusiasmo que existían en mí. La presencia de Pablo era para mí el cielo, y en esos momentos hubiera dado mi vida por obtener una mirada de él... ¡Dios mio, lo que sentía era una locura, una demencia que me extasiaba!

No sé si él me amó del mismo modo, pero pronto nos confesamos nuestra mutua simpatía, y él ofreció hacerme si dejaba a mis padres y lo acompañaba a España. ¡A España! Mi patria no podía ser sino la suya, y hubiera sido capaz de olvidar todo cariño por el de Pablo; el infierno, siendo amada por él, se convertiría para mí en un sitio de delicias.

Pasé así tres o cuatro meses de inefable dicha; olvidé las desgracias de los demás, y veía con indiferencia a mis amigas y conocidas salir desterradas de Bogotá, mientras que fusilaban a sus padres y esposos en las plazas públicas. ¿Eso qué me importaba? ¿acaso Pablo no pasaba casi todas las horas del día a mi lado?

Pero en medio de mi alegría llegó una noticia que me llenó de tristeza. Morillo partía para Venezuela, y la tropa que estaba a órdenes de Pablo debía volver inmediatamente a Cartagena... Teníamos, pues, que separarnos. ¡Separarnos! ¡eso era posible!, y prorrumpí en llanto. Pablo trató de consolarme diciéndome que no nos separaríamos si yo no vacilaba en partir en él.

—¿Y quién nos casaría tan pronto —le pregunté—, puesto que debes estar dentro de cinco días en Honda?

—¿Quién y cómo?..., eso no sería posible efectivamente. Además, ya te he dicho que no podría casarme sin el consentimiento de mis padres.

—Yo lo decía... ¡oh! Pablo nuestra separación es irremediable; no hay esperanza para mí.

—Sí hay una... si me amaras.

—¿Lo dudas? ¿cuál?

—Siguiéndome... seríamos esposos delante de Dios, mientras que lo fuéramos ante los hombres.

Quedé atónita con semejante idea, miré a Pablo con espanto. Pero él tenía para mí tanta elocuencia, su voz era tan tierna, y su mirada me dominaba de tal manera, que me dejó persuadir, y hasta llegué a creer que semejante paso nada tenía de reprensible, puesto que él juraba que sería mi esposo apenas llegásemos a España.

Concertamos entonces nuestra huida que se verificaría en un paseo de despedida que él haría a Fontibón al día siguiente. Mi madre no podría acompañarme al paseo, pero persuadí a las tres o cuatro amigas que me quedaban a que aceptasen la invitación de Pablo. Conseguí un caballo brioso y ligero que debería llevarme hasta Facatativá, mientras que los demás compañeros del paseo estuvieran entretenidos en la casa que se dispondría para recibir la comitiva. En Facatativá debería tener Pablo caballos de remuda, y al llegar a Honda las embarcaciones estarían listas para bajar prontamente el río Magdalena.

Al despedirme de mis buenos padres, con dificultad dominó mi agitación; pero una mirada severa de Pablo me obligó a ahogar en una alegre carcajada las lágrimas que asomaban a mis ojos, y monté con aparente calma. Muchos caballos piafaban en la calle; plumajes y vestidos se mecían con el céfiro matinal; charreteras y bordados lucían con los rayos de un sol brillante, y gritos y alegres risas resonaban en torno mío... En San Victorino tuvimos que detenernos mientras pasaba una partida de patriotas, compuesta de la juventud más lucida de Bogotá, que llegaban de uno de los caminos principales, en los que habían trabajado como presidiarios por orden de Morillo.

Entre estos pasaron a mi lado Antonio y su compañero, y ambos procuraron evitar mi vista. Esto me chocó y quise que me vieran orgullosa en medio de la brillante comitiva de oficiales.

—¡Adiós! —les dijo con aire de burla—, ¡que lo pasen bien!

Y al decir esto, con una sonrisa de triunfo, le di un latigazo a mi caballo, el que alborotado ya con el ruido de los demás, y asustado por la multitud, sintiendo el feote dio un salto hacia adelante, y sacudiendo la cabeza me arrancó las riendas de las manos y partió al escape por el camino... Vi pasar entonces como en un loco torbellino todas las casas, oí los gritos y el ruido de los que me seguían, y sentí que perdía el juicio; pero con un esfuerzo desesperado me agarré del gancho del galápago... En eso llegó Pablo a mi lado, y pude ver la expresión de terror pintada en su fisonomía; su presencia me quitó las fuerzas, y cuando ya él me iba a sostener y detener el caballo, perdí el equilibrio y no supe más...

Ésa fue la última vez que vi a Pablo.

Algunas semanas después desperté del estado de letargo producido por la herida que me había hecho en la cabeza, al caer del caballo dejándome demente durante muchos días y desfigurada para siempre.

Entonces supo que Pablo, teniendo que obedecer a órdenes recibidas, había partido lleno de aflicción (creyéndome moribunda) al día siguiente de aquel fijado para nuestra fuga. Nadie tuvo conocimiento jamás de nuestro loco proyecto, y según parece nada revelé de él durante los días de demencia.

Cuando por primera vez me vi en el espejo, casi me iba volviendo loca nuevamente: un torrente de lágrimas calmó mi desesperación, dándome de nuevo el juicio; pero durante muchos días imploré sinceramente al cielo que me diera la muerte, ya que me había quitado la belleza. Mas la Providencia me tuvo compasión y no quiso que muriera, para que tuviese tiempo de arrepentirme de mis faltas y expiarlas con terribles sufrimientos.

Al fin los médicos declararon que no moriría; en breve empecé a recibir varias cartas de Pablo, en las cuales me aseguraba que nada podría alterar su amor, y en la última que recibí me anunciaba que había obtenido licencia para volver a Bogotá por algunos días antes de marchar al norte.

Verle otra vez era una dicha sin igual para mí, y me llenó de gozo. Pero una idea me heló de aprehensión, en medio de mi alegría: ¿qué diría de mi apariencia? Una ancha cicatriz me cortaba la frente, tan blanca y tersa antes; casi toda mi hermosa cabellera se había caído, y además me faltaban algunos dientes.

Volví a leer sus cartas y ellas me dieron nuevamente valor; estaba tan segura de mi inalterable cariño, que creí que el suyo sería igual.

Un día me avisaron que había llegado, y le mandé decir que no lo esperaba hasta la noche, creyendo que a favor de ella disimularía mis defectos. Con la tarde bajé al jardín a respirar el aire y calmar mi agitación. Estaba hincada al pie de un rosal, cortando una de sus flores, cuando oí abrir la puerta del jardín y cerrarse un momento después; no hice caso, pues no pensaba sino en Pablo: ¡qué me importaba todo lo demás del mundo!... Sin embargo, ¡la suerte de toda mi vida había estado pendiente de esos momentos!

Pablo, impaciente por verme, no quiso aguardar la noche: habiendo pasado esa tarde por mi calle no pudo resistir al deseo de entrar, preguntó por mí en la puerta, le dijeron que estaba en el jardín, y sin aguardar a que me avisasen corrió allá... Al abrir la puerta me vio; un rayo de sol que me iluminaba en ese instante hacía lucir mi horrible cicatriz en toda su fealdad, y ponía en descubierto mi calvicie. «La impresión que sentí entonces», le dijo a un amigo que no lo refirió esa noche, «fue, tal, que no pude acercarme a ella. No, esa no era la linda Mercedes que tanto había yo amado, era una visión... ¡su desfigurada sombra, su espectro! Me faltó el valor, y volviéndome, huí del jardín y de la casa. La idea de verla así me aterra... mañana parto con una tropa que va a Tunja. Puede ser que después, cuando me acostumbre...».

Yo entretanto me preparaba a recibirlo, y mi corazón rebosaba de ternura. Pasó la tarde, llegó la noche y con ella la noticia de su deserción... ¡Para qué hablar de mi loca desesperación al comprender que el hombre por quien hubiera dado mi alma, no tenía valor para amarme, ni siquiera verme desfigurada!

No sé cómo pasó el tiempo después de esto. Una idea sola se fijó en mi espíritu: ¡Pablo había partido, abandonándome! Partió, a pesar de que le mandé suplicar humildemente que al menos me hablase una vez antes de separarnos para siempre; ¡pero en vano!

¡El día de la entrada de los ejércitos triunfantes a Bogotá, después de la batalla de Boyacá, fue fatal para mí! La vida de mi padre estaba amenazada, puesto que no había podido partir acompañando al virrey Sámano como lo pensó; mil circunstancias se lo impidieron y le fue preciso detenerse. En medio de los sustos, las zozobras y el terror de que fuese descubierto y apresado, me llegó la noticia de la muerte de Pablo: había sucumbido en uno de los combates parciales contra los patriotas en la provincia de Tunja.

El peligro en que se hallaba mi padre ocupaba todos los pensamientos de mi madre, y pudo pasar inapercibida la impresión que me hizo el último golpe. Así pasamos seis meses, en continuos sobresaltos aprehensiones; nuestros bienes fueron definitivamente confiscados y la miseria se estableció en nuestro hogar. Pero a la vuelta de Bolívar a la capital, mi padre, fastidiado de su vida oculta, pidió a algunos de sus amigos que se interesaran con el Libertador para que le fuese permitido salir de Bogotá desterrado a cualquier punto, en donde al menos pudiera vivir tranquilo con su familia.

Se le concedió ese favor, y escogió como lugar de su residencia a Ubaque, miserable caserío en ese tiempo, pero en cuyo lejano rincón podríamos ocultar nuestra ruina sin que sufriera el orgullo; además yo continuaba siempre achacosa y abatida, y los médicos recomendaron un clima como aquel.

La profunda melancolía causada por mis males físicos y morales, había embotado mi entendimiento, y nada me interesaba, ni siquiera los sufrimientos de mis padres. Vivía como entregada a una pesadilla dolorosa, de la que hacía esfuerzos para despertarme sin poderlo conseguir. A veces procuraba consolarme de la muerte de Pablo, buscando en su conducta mil motivos de odio; pero en otras mi imaginación me hacía ver en medio del silencio y la oscuridad de la noche la faz lívida del que tanto amé, y con horror pensaba en su cuerpo tirado en el campo y cubierto de horribles heridas... ¡muerto, muerto sin auxilio humano! ¡Muerto, Dios mío! sin haber recibido por última vez una palabra de ternura de sus labios... Ahogada por los sollozos, presa de la desesperación, huí de mi madre y corrí a desahogarme en el último rincón de la casa.

Al fin el dolor vehemente se fue calmando poco a poco, y empecé a recobrar la salud a medida que mi adicción se convertía en vaga resignación.

III

Llegó el tiempo de partir para el destierro. Recuerdo que al montar, en la puerta de la casa, y después de encontrarme subiendo por el camino de Cruz Verde, el aire libre avivó mi espíritu aletargado; y por primera vez noté con cierto interés lo que pasaba en torno mío, grabándose en mi memoria cada accidente del camino.

Nada turbaba el silencio y la soledad de aquella escena o paisaje, sino el ruido del San Cristóbal, que desciende torrentoso por en medio de los dos cerros. Me adelanté, para gozar en silencio de mis impresiones: en cada recodo del camino encontraba algún indígena que bajaba llevando carbón o frutas al mercado, siempre mustio y cabizbajo, caminando con ligereza y seguridad por entre las escabrosas piedras del camino.

El páramo con su calma terrífica, su frío y pavoroso silencio, me hizo mucha impresión: lo comparé a mi corazón solitario siempre, helado y sombrío... Pero el páramo tenía una ventaja sobre mi corazón: podía esperar que lo batieran las tempestades, que lo conmoviera el huracán y las nieblas lo ocultaran; en fin, su aspecto podía cambiar por momentos, mientras que en mí todo sentimiento había muerto, mi corazón permanecería inmóvil y sin vida.

En el Salteador nos desmontamos para tomar un ligero refrigerio; mi padre procuró distraerme llamándome la atención hacia el paisaje del contorno, y obligarme a salir de aquel silencio sombrío que decían los médicos provenía de la enfermedad de que sufría desde la caída de a caballo.

Después de atravesar un pequeño bosque en que se empieza a notar que el hombre ha pasado por ahí siendo la naturaleza menos salvaje, llegamos al sitio llamado Pueblo-viejo. Mi padre me refirió entonces que allí habían querido fundar el pueblo de Ubaque, pero que la Virgen no lo consintió así, emigrando tres veces al sitio en que al fin tuvieron que edificar la iglesia y el caserío por darle gusto. Recuerdo que la única moral que encontré a la tradición, fue decir:

«¡Ya lo ven!... ¿Si la Virgen tiene también caprichos, cómo no los he de tener yo?»

E insistí en cambiar la mula en que iba por un caballo que llevaba de cabestro un mulato, natural de Jamaica, que se había unido a nosotros en el camino; era mayordomo de un extranjero que poseía una pequeña propiedad a orillas del río Negro. El mulato Santiago quiso hacerse aceptar en nuestra compañía manifestándose muy complaciente y amable conmigo; ensilló él mismo el caballo y me ayudó a montar con muchas consideraciones.

En Ubaque nos habían preparado una miserable casa en la cual empecé a descubrir por primera vez las duras faenas de una vida de pobreza. La casa, o más bien la choza que habitábamos, estaba situada casi debajo de un cerro inclinado, y me parecía que amenazaba precipitarse y sepultarnos de repente bajo sus despojos. Cuando me dominaba esta idea, salía corriendo por huir de la casa...

Estas aprehensiones pasaron al fin y me fui acostumbrando a la situación de la familia. Tenía una hermana pequeña y en su compañía pasaba horas tras horas, hablándole de mis pasados años y refiriéndole las dichas de mi primera edad. Esto era lo único que me interesaba, sin reflexionar que mis palabras podrían depositar un germen de descontento que haría su futura desgracia.

No diré que al cabo de dos o tres años la memoria de Pablo se había borrado de mi recuerdo; pero sí confesaré que su imagen no se me presentaba con tanta fijeza como solía tiempo atrás.

Vivíamos casi enteramente aislados: no podíamos tratar con familiaridad a las gentes del pueblo; nuestro orgullo de raza y de familia se traslucía aún en las palabras más amables; tampoco era posible tratar a las personas de nuestra posición social que iban a temperar allí: éstas nos miraban con desconfianza y aun odio, pues sin conocernos personalmente, apenas sabían que ni padre había sido partidario y amigo del sanguinario Morillo.

A veces me encontraba en el río con grupos de risueñas niñas, rodeadas de galanes en cuyos ojos veía la misma expresión con que yo había sido mirada en otros tiempos, y al verlos reír y conversar a mi lado, tratándome con desdén, volvía a mi choza y fingiéndome enferma me ocultaba bajo las cortinas de mi cama y pasaba ratos de agobiadora tristeza; mezcla de amor propio herido y abatimiento que me desgarraban el alma. Habiéndose despertado en mí el deseo de ser admirada otra vez, al ver lo imposible que era esto, no me resignaba tranquilamente a pasar una vida oscura y desdeñada.

En los días en que estos sentimientos de miserable vanidad me animaban para torturarme, deseando ardientemente que alguien (poco me importaba quién) me admirase para tener la satisfacción de creerme amada; en esos días, digo, volvió a Ubaque el mulato Santiago ya en una posición muy diferente. Su patrón había muerto dejándolo heredero del terreno y casa que poseía cerca de Ubaque. Naturalmente el antiguo liberto se fue a radicar con orgullo en su propiedad y nos visitó, manifestando interés por nuestra salud. Lo recibimos con bondad, pues nos traía el eco de lo que pasaba en el mundo. A poco sus visitas se hicieron más frecuentes, y nos llevaba siempre algún regalito de Bogotá, como buen pan, legumbres y frutas o dulces. Comprendí que sus visitas no eran desinteresadas, y fue tal mi ridícula vanidad, que no sentí disgusto con la idea de que aquel hombre pusiese los ojos en mí, con pretensiones que en otros tiempos hubiera mirado con horror y rechazado como un insulto. Al contrario, sus marcadas atenciones halagaron mi amor propio, y lo consideraba, aunque moreno, de mejor gusto que los blancos jóvenes que me habían mirado con desdén o que ni siquiera se fijaban en mí.

Mi padre lo trataba con benevolencia; mi madre lo recibía como un consuelo; mi hermanita lo acogía con cariño, como a un amigo que le llevaba golosinas, y yo me manifestaba siempre amable y lo trataba casi como de igual a igual.

Viendo al fin el modo como era recibido en casa, Santiago se animó a pedir mi mano.

—¡Qué inaudita insolencia! —exclamó mi padre—: ¡un mulato, un antiguo esclavo, un miserable..., pedir la mano de mi hija!

Mi madre se afligió al ver las humillaciones a que estábamos expuestas a causa de nuestra pobreza; yo me callé.

Despidieron a mi pretendiente y cesaron los pequeños regalos y los dulces. Mi hermanita se quejaba de la ausencia de su amigo, y volví a quedar sin un solo admirador: confieso que me hacía falta.

Un día que volví sola del baño lo encontré en mi camino y me habló de paso con amabilidad. Al día siguiente lo volví a ver y hablamos más tiempo. Casi todos los días, cuando salía sola, lo encontraba, y me detenía para manifestarme su cariño y penas por causa mía, contándome además todas las comodidades de que yo gozaría siendo su esposa. Me aseguraba que sólo deseaba ser mi humilde esclavo y que yo sería la señora y soberana de su hacienda y su persona. Al fin le repetí a mi madre lo que me había dicho Santiago, pero ella se manifestó tan indignada de que yo le hubiera hablado, que ofrecí no volverle a permitir que se me acercara, y lo cumplí diciéndole a Santiago que mis padres no consentirían nunca en semejante enlace.

Mientras eso la pobreza se hacía cada día más cruel para mí. El sujeto que tenía el dinero que nos daba la cortísima renta de que vivíamos, desapareció de Bogotá y no supimos más de él. Mi padre enfermó, mi madre estaba casi exánime, y fue preciso que yo trabajara noche y día para ayudarnos a sostener. Pasé días muy angustiados, pero esta situación despertó en mí un sentimiento de abnegación y un valor moral que no conocía en mí misma hasta entonces. Olvidé mis ruines preocupaciones de vanidad y no tuve tiempo para meditar en lo pasado.

Al fin tuvimos que pasar por el dolor de ver morir a mi padre, que dejó la vida lleno de aflicción al comprender la miseria en que nos dejaba. Después de esta desgracia, mi madre quedó tan abatida que jamás volvió a recuperar ánimo para interesarse en cosa alguna, y Juanita, mi hermana, no pudiendo gozar de las comodidades que necesitaba su débil constitución, se ponía cada vez más flaca y melancólica; yo entretanto no podía entregarme a la tristeza: los pobres tienen que manifestarse menos tiernos de corazón; las lágrimas ciegan, y yo necesitaba mis ojos para mantener con mis costuras a los dos seres queridos que dependían de mí. A pesar de mi buen deseo, no me era posible trabajar mucho tiempo sin descanso, por la falta de costumbre, y en mi dolor veía en lo porvenir el horrible precipicio de una vida de mendicidad forzada.

En eso volvió a aparecer Santiago y me ofreció nuevamente su mano y una existencia tranquila, pero mi madre dijo que prefería que todas muriésemos de hambre antes que vivir humilladas con semejante matrimonio. Yo estaba, sin embargo, desesperada con nuestra situación y decidida a hacer cualquier sacrificio por mi familia; así le dije a mi pretendiente que puesto que mi madre, se resistía a darme su consentimiento, me casaría con él sin que ella lo supiera. Esto era fácil: ella nunca salía de la casa, ni hablaba con los vecinos, y yo conocía suficientemente a Juanita para saber que guardaría el secreto. En fin, estaba, pronta a arrostrar todas las consecuencias de este paso, más bien que seguir viviendo entregada a un trabajo arduo que no bastaba a darnos la subsistencia.

El matrimonio debía hacerse en Fómeque: yo partiría antes de aclarar el día, sola con un peón y su mujer, vecina nuestra, bajo pretexto de vender allí mis obras de costura y comprar algunos víveres más baratos, pues la afluencia de bogotanos a Ubaque aquel año lo había encarecido todo.

El día anterior a mi viaje a Fómeque, después de hacer mis modestos preparativos, salí al caer la tarde y tomando el camino del río me fui a sentar en la orilla.

Por segunda vez iba a huir de mi casa... Años antes también preparaba mi culpable viaje tan terriblemente interrumpido.

«La Providencia», me decía, «intervino la primera vez para impedir un desatino... ¡Oh! exclamé casi en alta voz, esta vez se llevará a cabo... mi objeto es demasiado santo.»

Estaba sentada al pie de una piedra y oculta a los ojos de los que pudieran acercarse de repente.

«¡Pablo! Pablo! —murmuró una voz de mujer del otro lado de la piedra—. ¿Por qué me haces esperar tu venida?...»

Al oír esto me levantó conmovida y vi que una señorita vestida con elegancia me volvía la espalda y miraba hacia el camino. La abundante cabellera suelta le cubría el talle, y llevaba en la mano un sombrerillo con cintas rosadas. En ese momento vi venir a un joven a caballo que de lejos hizo una señal a la niña... Esta escena me recordó tanto lo pasado que prorrumpiendo en sollozos, me tiré sobre la margen del río... Vi con terror el espectro de mis años de dicha y esperanza, presentándoseme en aquella hora en que por última vez había querido recordarlos. Llena de angustia gritó en un rapto de locura, repitiendo lo que había oído.

«¡Pablo! Pablo! ¿por qué me haces esperar tu venida?... Pero él ha muerto —añadí—, ¡Dios mío! ¡nunca más, nunca lo volveré a ver!...»

Probablemente al oír estas voces entrecortadas la niña había dado la vuelta a la piedra, y halládome sin sentido, pues cuando volví en mí encontré que un gallardo joven me bañaba la frente con agua del río, mientras que ella me sostenía la cabeza con dulce compasión.

—Pablo —dijo ella—, ya vuelve a abrir los ojos; pregúntale quién es y en dónde vive.

—¡Pablo! —contesté mirándolo espantada— ¿así se llama?

—Cálmese usted —dijo él—: dígame dónde es su casa para ayudarle a llegar a ella si ya se siente más repuesta.

—¿Repuesta?... ¡Eso qué importa! ¿acaso es su espectro el que veo?...

Efectivamente creí que el joven se parecía a la imagen de aquel que no había podido arrancar de mi alma. Pero comprendiendo de repente mi equivocación y pensando que ellos me creerían loca, me levanté avergonzada, y envolviéndome en mi pobre pañolón eché a correr sin detenerme hasta que llegué a casa. Allí encontré a Juanita, llorando porque tenía hambre, mientras que mi madre se quejaba por lo bajo porque durante mi ausencia se había apagado la lumbre en donde procuraba asar un plátano para su hija.

La vista de semejante miseria me volvió el juicio.

Santiago me aguardaba a las cinco de la mañana en el camino de Fómeque con un caballo ensillado: había hablado con el cura para que tuviera todo preparado y llegamos antes de que se reuniera la gente en la iglesia. Los domingos anteriores habían hecho allí las amonestaciones. Cuando volví esa tarde a casa era la esposa de un mulato, pero llevaba toda clase de víveres y vestidos para mi madre y hermana, que dije haber comprado con el producto de mis costuras.

IV

Tal vez yo no debería quejarme de mi suerte, pero creo que pocas vidas han sido más humillantes que la mía. Naturalmente Santiago no se había casado conmigo por darme comodidades no más, y deseaba tener la satisfacción de que se supiese que una señora de las mejores familias de Bogotá era su esposa, y poderse vengar así de la sociedad que tantas veces lo había despreciado. En breve se lo hizo saber a mi madre, deseando enorgullecerse con nuestra presencia en su casa. ¡Oh! ¡pobre madre! ¡nunca olvido la expresión con que recibió semejante noticia! Sin embargo, no me hizo ninguna reprensión. Quedó aterrada... me abrazó en silencio; había comprendido que éste había sido un acto de abnegación para procurarle algún bienestar.

«Hoy me resigno, me conformo y aun no me pesa la muerte de tu padre», oí que le decía a Juanita.

Estas palabras me hicieron mucha impresión porque revelaban más que todo la pena que sentía.

Mi madre no sobrevivió muchos meses a mi matrimonio y después de su muerte Santiago se manifestó tal como era. Con mucha frecuencia reunía en la casa a sus amigos, reuniones que se convertían siempre en estrepitosas orgías. Juanita crecía en medio de estos desórdenes que yo no podía evitar, y la idea de que semejantes escenas fueran las que formaran su corazón, me llenaban de pena. Muy rara vez Santiago estaba en su juicio, pero un día que lo vi de mejor humor le hablé de mi hermana y le supliqué que le buscara en Bogotá alguna casa en que pudieran darle hospitalidad. Ella le era ya antipática, y muy pronto buscó lo que yo deseaba.

Acababa de cumplir Juanita quince años cuando me separé de ella: iba en calidad de semicosturera, semicompañera de una respetable señora que a poco se la llevó fuera de Bogotá. Me quedé, pues, sola en el campo con un hombre a quien temía y despreciaba, y madre de un robusto niño a quien había hecho bautizar Francisco, como mi padre, y que era toda mi dicha y esperanza.

Santiago se hacía cada día más brutal, y me obligaba a que les sirviese la cena a él y a sus amigos cuando se reunían a jugar y beber. Un día rehusé hacerlo decididamente porque todos estaban ebrios; pero se enfureció al oír esto, me agarró por el pelo y a empellones me obligó a entrar al comedor.

«¡Mercedes de Vargas! —exclamó—; tú como hija de caballero tienes que servirnos, humildemente..., a mí y a mis amigos. Para algo ha de haber servido la guerra de la independencia...»

Cayéndome de vergüenza y horror, y bajo la mirada insolente de mando de aquel a quien había jurado, ante Dios, amar, obedecí sirviendo yo misma la cena.

«Así me gusta —dijo él al cabo de unos momentos—; las blancas son cobardes siempre, y cuando uno las trata duro son una seda.» Y acercándose quiso cogerme la mano con ademán cariñoso.

Esto colmó la medida: no quise que me tocará, y situándole detrás de una silla le dije con la cabeza erguida y la mirada orgullosa:

«He sufrido los insultos que usted me ha hecho, los que viniendo de un ser tan vil no vejan; pero no permito que se me acerque.» Santiago, profiriendo horribles juramentos, tomó una botella para tirármela, pero sus compañeros se lo impidieron. Uno de ellos me hizo seña de que saliera, y me siguió mientras que los otros cerraban la puerta por dentro con llave para impedir que Santiago, que estaba frenético, me matara.

«Mercedes —me dijo el que había salido conmigo—; Mercedes, no sé si usted me conoce; soy Joaquín Díaz, el compañero de Antonio N... a quien usted iba perdiendo una noche en tiempo de Morillo... ¿no recuerda?»

Fue tanta mi vergüenza de que Díaz me encontrara en aquel sitio, como esposa o más bien esclava del dueño de la casa, que no pude contestar, y cubriéndome la cara con el delantal, permanecí callada y llena de confusión.

«Usted me preguntará —añadió él, viendo que no contestaba—, cómo me hallo en tan ruin compañía. Esto no tiene más que una explicación: el juego y la bebida. Estos hábitos que contraemos en las campañas y sin los cuales ya no podemos vivir... son irresistibles, nos dominan.»

Yo no contestaba, y él continuó entonces, ya con impaciencia:

«¿Pero usted a quien conocí rica, orgullosa y bella... cómo la encuentro casada con este mulato despreciable?»

Habiendo recobrado mi serenidad le referí la causa de mis desgracias: la pobreza; y le supliqué al mismo tiempo que me ayudase a salir de aquel infierno. Le dije que me proporcionara en Bogotá una casa en que pudiera vivir como sirvienta, pues prefería cualquier humilde destino al de señora allí.

Esa noche huí de Ubaque llevándome a Francisco, y recomendada por Joaquín (bajo un nombre supuesto) fuí recibida como costurera en una casa respetable. Santiago me buscó al principio, pero le fue imposible hallarme, y al fin se cansó de hacer indagaciones. Permanecí durante muchos años, que fueron los más tranquilos de mi vida, en la misma familia; estaba resignada a mi suerte desde que no pensaba en mí misma sino que vivía para mi hijo, que cada día ganaba en inteligencia y lozanía, y cuyas manitas cariñosas me hacían olvidar hasta el recuerdo de mi juventud; yo misma le enseñé a leer, y después en la escuela era dócil y estudioso.

Estando un día sentada cosiendo en el corredor de entrada de la casa en que vivía, me llamó la atención lo que se decía en la sala.

—Las mujeres son implacables en sus venganzas —dijo uno.

—No tal —contestó otro—, yo las he encontrado siempre compasivas... casi siempre se arrepienten al tiempo de cumplir una venganza.

—Yo, por mi parte —dijo el primero—, sé por experiencia que bajo el aspecto más dulce ocultan un corazón de tigre.

—Este don Antonio siempre tiene algún cuento contra las mujeres —repuso otro.

—Aseguro que no es cuento aquello a que me refiero; es un hecho en que pude representar un papel bien trágico.

—Veámoslo —dijeron todos—, nos constituimos en jueces.

Cuál sería mi emoción cuando descubrí que el que hablaba era el mismo Antonio a quien varias veces había encontrado en el camino de mi vida. Entonces supe que él se había interesado mucho en favor de mi padre, como se lo supliqué en el año 14, y creyendo que yo lo sabía, fue después a pedirme auxilio. Refirió la escena del jardín y la maldad con que obré al permitir y aun convidarlos a que entrasen a la casa, sabiendo que los oficiales que había en ella los prenderían. Así como yo no supe que él salvó la vida de mi padre, tampoco llegó jamás a su conocimiento que yo hubiese ejercido mi influencia con los realistas para que no los condenasen a muerte. Éste es el modo como juzgamos en el mundo de las acciones de los demás.

Por supuesto que todos hicieron los más odiosos comentarios de la conducta incalificable de la morillista Mercedes.

A poco Antonio salió con otro caballero y pasó a mi lado, pero estando en la escalera recordó que había olvidado su bastón y me pidió que se lo fuese a traer. Al entregárselo, nuestros ojos se encontraron, y él me miró con atención.

«Paréceme que esta fisonomía no me es enteramente desconocida», le dijo al otro al bajar la escalera. Al oír esas palabras, no esperé más; huí temblando y me oculté en una pieza lejana; pero afortunadamente nadie se volvió a acordar del incidente, y después Antonio me vio varias veces sin poner cuidado en mi fisonomía.

Pasaron años y creció mi hijo. Dejé la casa que por tanto tiempo me había servido de asilo y fui a vivir sola con Francisco, cuyo trabajo como carpintero, ayudado con las economías que yo había hecho durante los años de servicio, y mis obras de costura y bordado, nos dieron cierto bienestar que nos permitía vivir con independencia.

Una noche estábamos sentados cerca de la vela; yo acababa un bordado que debía entregar al día siguiente, mientras que Francisco leía en voz alta, de repente oímos gritos y golpes en la puerta de nuestra casita, la que al fin, mal ajustada, se abrió para dejar entrar a un hombre ebrio... ¡Cuál sería mi espanto cuando reconocí a Santiago!

Francisco no lo recordaba absolutamente. De mucho tiempo atrás sabía yo que él había jugado y bebídose aquella fortuna por la cual yo hiciera el sacrificio de mi dignidad sin poder obtener en cambio más que humillaciones. Además se hablaba en esos días de no sé qué crimen en que Santiago tenía parte, diciéndose que andaba prófugo.

—¡Ah! —dijo al entrar—. No me engañaron, y al fin, he descubierto tu paradero. Pronto... ¡que me traigan aguardiente! ¡tengo sed!

—¡Salga usted de aquí, miserable! —gritó Francisco al verlo tenderse sobre la cama que había en la pieza, y tuve que asirme de él para que no se arrojara sobre su padre.

—¿Así es como has enseñado a ese niño a tratar a su padre? —dijo el otro sin moverse—, pues —añadió—, infiero que ese mozo es Francisco mi hijo.

—¡Mi padre!

—Sí —contesté—; desgraciadamente es la verdad. Váyase usted Santiago —le dije a éste—; no venga a pervertir a su hijo con el mal ejemplo... ¡Yo tengo derecho de resguardarlo de usted!

—No pienso irme de aquí por ahora —contestó con insolencia—. La justicia me persigue..., además, estoy bien: ¡que me traigan de beber!

Dos días permaneció este hombre en mi casa, y al fin se fue llevándose el poco dinero que teníamos y la ropa de Francisco. Después de aquellos días se aparecía de vez en cuando ebrio siempre y hambriento, y era preciso darle cuanto teníamos para librarnos de su presencia. Así pasamos dos años, al cabo de los cuales no volvió más, y nunca he sabido qué se hizo.

En eso estalló la revolución de 1840; no pude ocultar a mi hijo y se lo llevaron de recluta... El dolor que sentí no tiene nombre, pero vivía con la esperanza de volverle a ver a mi lado. Después de la acción de Buenavista, llegó a casa extenuado y moribundo mi pobre Francisco, y murió en mis brazos tres días después de su vuelta. Yo no podía creer mi desgracia..., pero hay penas que parecería sacrilegio describirlas, y ésta es una de ellas...

Sin embargo al cabo de algunos días, viendo que si me dejaba llevar por mi dolor tendría al fin que mendigar, que es lo que más horror me causa, me revestí de valor, procuré sacudir mi abatimiento y volví a trabajar para vivir. ¡Era preciso vivir, puesto que Dios lo había querido así!

Mi existencia no tenía interés ninguno, mis afectos estaban encerrados en las tumbas de cuantos había amado.

Bogotá era odiosa para mí; así, acepté gustosa el destino de ama de llaves en una hacienda cerca de Tunja, y me dirigía a ella cuando enfermé en el camino y tuve que detenerme aquí...

Usted y su familia me han dado tantos consuelos, que muero tranquilamente después de una vida tan agitada y llena de sufrimientos...

Juanita

Gran arte de vivir es el sufrimiento;
hondo cimiento de la virtud es la paciencia.

Juan Nuremberg
 

—¡Qué casualidad! —exclamó don Enrique—. Yo conocí en Neiva a la hermana de esa misma Mercedes, a Juanita Vargas.

—¿De veras? —preguntamos todos.

—No me queda la menor duda...; qué familia tan desgraciada —añadió—, pues ésta tuvo también mucho que sufrir.

—Cuéntenos usted lo que le sucedió —dijimos en coro.

—La historia sería muy larga de referir.

—¡Mejor! —exclamó don Felipe—, propongo que en cambio cada uno cuente alguna cosa: ¿no es justo, señor cura?

—Por mi parte, yo no me hallo con fuerzas para desempeñar mi...

—Eso no puede ser... un sacerdote es el que más dramas verdaderos ha presenciado... así pues, vaya preparándose.

—¿Veremos..., y usted?

—Yo cumpliré. Y no crean ustedes —añadió volviéndose a donde Matilde y a mí—, no crean que están exentas ustedes de la común obligación.

—Por supuesto —contesté—, pero mientras tanto don Enrique nada dice.

—¡Cómo no! siempre cumplo lo que ofrezco, aunque tal vez les pesará haberme nombrado orador, pues yo nunca lo he sido. Esta narración en boca de otro podría ser interesante; pero mucho me temo que desempeñándola yo resulte fría y monótona.

Ahora muchos años, no sé cuántos, una señora de Neiva de nombre Marcelina volvió de Bogotá, adonde había pasado algún tiempo, y a su regreso, entre las novedades que sus amigas encontraron que criticarle, llevaba una muchacha muy bonita en calidad de costurera o ama de llaves. Juanita Vargas, que así se llamaba, era de un carácter adusto y retraído, pero gracias a sus hermosos ojos, su dulce y melancólica sonrisa unida a modales cultos y aspecto elegante y distinguido, pronto llamó la atención de los neivanos. Entre otros un hijo de la señora Marcelina y un hermano suyo tuvieron graves disgustos a causa de ella; y aunque su conducta fue irreprensible, las mujeres envidiosas de su atractivo y las malas lenguas que no comprenden que puede haber virtud verdadera rodeada de tentaciones, se cebaron en su reputación. Vivía, pues, la pobre niña oculta en la casa de su señora, llorando mientras doña Marcelina le reprochaba a cada instante las bondades que había tenido para con ella.

Por ese tiempo regresó a Neiva e insistió en sus anteriores pretensiones un joven comerciante dueño de una pequeña tienda, escaso de fortuna pero trabajador, quién había sido despedido por Juanita quitándole toda esperanza. Sin embargo, lo muy martirizada que vivía la decidió a vencer su repugnancia y emanciparse aceptando al fin su mano. A doña Marcelina le encantó ese desenlace, pues no podía perdonarle su belleza y el haber tenido que desterrar de Neiva a su hijo por causa de ella, y viéndola vacilar la exasperó para precipitarla a casarse a pesar de la frialdad con que recibía al novio.

Si su vida en casa de doña Marcelina había sido dura y trabajosa, su existencia después de casada fue peor, Bonifacio, su esposo, era un hombre de mal genio, exigente y cuyo carácter hacía cada día más difícil la tarea de agradarle. Llegó Juanita, a desesperarse en términos que un día pidió consejo a su antigua señora, pero ésta la rechazó con rudeza y le hizo comprender que no tenía que esperar nada de ella, por lo que la pobre mujer, viéndose desamparada se propuso ser paciente, inclinó su cabeza al yugo y sufrió callada. Dos niños vinieron a consolarla al cabo, infundiendo algún interés a su existencia.

Hacía ocho o diez años que Juanita se había casado cuando mis negocios me llevaron a Neiva, y Bonifacio, con quién tenía algunas relaciones de comercio, me introdujo a su casa. La distinguida aunque marchita fisonomía de Juanita me llamó la atención, y en breve, al ver sus sufrimientos, la cobré un verdadero cariño originado en la compasión que me inspiró su dulzura en contraste con lo brusco y duro de su marido, representándoseme el cuadro de una delicada flor azotada por una continua tempestad.

Cierto día Bonifacio tuvo que ausentarse a comprar mercancías para su tienda, y a su vuelta notamos, que no salía nunca de casa. Pregunté a Juanita si su esposo estaba enfermo.

«No sé qué pensar —me contestó turbada—, desde que volvió su modo de ser ha cambiado completamente, y aunque dice que nada tiene, vivo encerrado en su cuarto y hasta se hace llevar allí los alimentos, no permitiendo que entremos ni sus hijos ni yo.»

Así se pasaron muchos días, hasta que Juanita, deseosa de buscar algún consuelo a sus penas, me llamó para decirme que no sabía qué hacer con Bonifacio que continuaba encerrado siempre.

«¿Y qué quiere usted que haga?» —le preguntó.

«Que busque algún pretexto para hablarle, y hacerle notar que su conducta incalificable nos llena de afán y no sé que contestar a los que me frecuentan por él. Además —añadió bajando los ojos—, ya casi no hay nada en la tienda: el abandono completo de sus negocios me pone en mil apuros; mi trabajo no alcanza para atender a todos los gastos de la casa...»

¡Pobre mujer! efectivamente estaba extenuada y se comprendía que debía de haber sufrido mucho antes de atreverse, ella tan tímida generalmente, a dirigirse a mí.

Esa noche pudimos hablar a solas Bonifacio y yo. A pesar de la oscuridad de la pieza, apenas entró a ella lo vi tan desfigurado, que comprendí todo; ¡el infeliz estaba lazarino!

—¿Para qué me necesitaba usted con tanta premura? —me preguntó tratando de ocultar sus facciones.

Díjele aunque con embarazo lo que deseaba su mujer.

—¿Y usted no adivina el motivo de mi extraña conducta?

No me atreví a negarle que lo comprendía.

—Sí —exclamó dolorosamente—; ¡ya está muy visible mi mal! Soy repulsivo para todos; noté el movimiento de usted al verme, y ya había notado igual cosa, en mi último viaje, en otras personas..., por eso me oculto como un criminal.

—Pero...

—No hablemos más —prorrumpió poniéndose en pie—, usted tenía curiosidad de verme; ya está satisfecho; ¡vaya ahora a hacerselo saber a todo Neiva! ¿Todavía permanece ahí? —añadió—: infiero que no tendría más que decirme...

Un movimiento de cólera me sobrevino, y dominado por él me dirigí a la puerta del cuarto, pero recordando a la pobre familia me detuve diciéndole:

—No me ha traído la curiosidad, pues ésta, si la tuviera, podría emplearla mejor. Vengo de parte de Juanita, como dije antes, a explicarle que habiendo usted dejado el trabajo completamente, su familia no tiene de qué subsistir.

No me contestó.

—¿Qué piensa usted hacer? —añadí.

—Yo no pienso —me contestó ocultando la cara entre las manos—; ¡soy un desdichado! Escúcheme usted y perdonará mis duras palabras. No soy de aquí: hace mucho tiempo que me dijeron que tenía el germen de ese horrible mal, y esta idea amargaba mi vida y me hacía duro y agrio con cuantos me rodeaban. Me casé sabiendo que mi esposa no me amaba y ésta idea me hacía cruel para con ella..., ¡y ahora, ahora me odiará más que nunca!

Me explicó entonces que deseaba huir de su casa y vivir lejos, muy lejos, y me pidió que le dijera eso a Juanita, suplicándome además que le buscara modo de dejar ocultamente su casa al día siguiente.

Pensé que puesto que Juanita había sufrido tanto con Bonifacio, acogería la idea de una separación si no con gusto, a lo menos sin repugnancia, pero me equivoqué: ¿quién comprende a las mujeres?

Cuando le referí el resultado de nuestra conferencia se manifestó muy agitada y prorrumpiendo en llanto exclamó:

«¡Lazarino! ¡Dios mío... lazarino! ¡y yo que lo acusaba de odio por mí, yo desdichada, no comprendía que su mal genio provenía de sufrimientos atroces!»

Desde ese día Juanita cambió completamente de modales con Bonifacio; en vez de su habitual frialdad manifestó hacia él una infinita compasión que se convirtió en profundo cariño por el desgraciado. Se consagró completamente a servirle y sufría con una santa paciencia el mal humor y las crueles palabras del enfermo, no queriendo separarse de él por ningún pretexto. Pero al fin le hicimos comprender que por el bien de su familia debía alejar al lazarino de su casa, y obtuvimos que le permitiera ir a vivir a una casita separada de su habitación por todo el solar, aislándola mediante una cerca de madera sin puerta, por encima de la cual le pasaban lo que necesitaba.

La salud de Juanita desmejoraba día por día, pues su trabajo apenas alcanzaba para proporcionar comodidades a Bonifacio, descuidando sus propias necesidades. Al cabo de dos o tres años, habiéndome alejado de Neiva, mis negocios me llevaron otra vez allá y fui a visitar a mi pobre heroína. Parecía una sombra, pero valiente como siempre procuraba ocultar sus sufrimientos. Al través del cercado hablé con Bonifacio, y éste me refirió que un tío suyo que tenía un buen curato en una lejana provincia, al saber la situación precaria de su familia, había escrito diciendo que con mucho gusto daría albergue y educación a los hijos de su sobrino, con la condición de que Juanita fuese a atender la casa del curato como ama de llaves; pero ella no había querido absolutamente abandonarlo, desoyendo sus súplicas en favor de sus hijos; aunque el tío había ofrecido dar una generosa pensión al lazarino.

Nada pudo vencer la resistencia de Juanita. Sus dos niños, Pedro y Joaquín, eran inteligentes, pero como no había forma de darles educación crecían entregados al ocio, y eran la plaga de la vecindad, haciendo mil travesuras en las calles y casas de los alrededores. Un día llevaron a Pedro aporreado y gravemente herido de resultas de una pelea que había tenido en la calle. Bonifacio al saberlo se exasperó y exigió que partiera su mujer con sus hijos, diciéndole palabras tan crueles, animado por aquella injusticia hacia todo, que caracteriza a los que sufren esa enfermedad, que Juanita, profundamente afligida, se resignó a cumplir sus órdenes y empezó a preparar el viaje.

Su aspecto era tan tranquilo, su resignación tan silenciosa que temí que tuviera algún proyecto terrible, y así se lo signifiqué.

«¿Se admira usted de mi resignación? —me contestó—: ¿no ve usted que Bonifacio me ha dicho que soy mala madre y mujer desconsiderada y desobediente?»

Al fin llegó el día de la partida. Yo había ofrecido ir a verla por la última vez, y aún no había aclarado cuando llegué a la casa. Las bestias estaban ensilladas y Pedro y Joaquín con sus vestidos de viaje esperaban a su madre para ir a despedirse del infeliz lazarino. Compareció ella al fin, y tomando a los niños de la mano se encaminó a la habitación de su esposo.

Yo la seguí sin ser visto. Llegó al pie de la cerca se arrodilló y con voz apagada llamó a Bonifacio.

Un grito como rugido de pantera, expresión de un dolor inmenso, fue la contestación que se oyó detrás de la cerca. En seguida gritó:

—¡Adiós! ¡adiós...! ¡adiós mis hijos...! ¡mi pobre Juanita...! —los sollozos ahogaron su voz.

¡El llanto de un hombre es siempre tan doloroso! Los niños gritaron de terror, de espanto y Juanita cayó casi exánime al pie de la cerca, apretándola con ambas manos como para romperla.

—¡Bonifacio! —exclamó incorporándose—. No puedo partir..., no me voy...

Pero al oír estas palabras cesaron los sollozos del otro lado de la cerca: sucedió una especie de ronquido prolongado, y se oyó al lazarillo correr y cerrar la puerta de su habitación. Entonces me adelanté y tomando de la mano a Juanita, que seguía llamándolo con tristeza desgarradora, la llevé a la casa, la obligué a montar con los niños y los acompañé hasta la salida de la ciudad, a tiempo que se levantaba un sol brillante que inundaba con sus alegres rayos todo el paisaje.

Calló don Enrique.

—¿Y el pobre lazarino quedó abandonado? —preguntamos todos.

—Me falta el epílogo todavía —contestó.

Tuve que ausentarme de Neiva, y cuando algunos meses después volví, mi primera visita fue a Bonifacio. Una mujer al parecer plebeya estaba sentada al pie del cercado del lazarino y le hablaba a la sazón. Al acercarme se levantó presurosa: ¡era Juanita!

—¡Usted aquí! —exclamé.

—Sí... ¿no es este mi lugar?

—¿Pero cómo volvió?

—Usted sabe —me contestó—, la repugnancia con que partía; mas tuve que acceder al consejo de todos, a la necesidad de abrir un porvenir a mis hijos y sobre todo a las órdenes de Bonifacio: pero guardaba en mi pecho un intento que al fin realicé. Luego de instalada en casa del tío de Bonifacio, el doctor Álvarez, conociendo que había cobrado cariño a los niños y que realmente los tomaba bajo su protección, me llené de remordimientos al pensar en la aflicción de este desgraciado, y sin decir nada a persona alguna, sin despedirme, puse por obra mi proyecto, vendí las pocas joyitas que tenía para sobrevenir a los gastos de viaje y una madrugada dejé a mis hijos dormidos y me huí... no los volveré a ver.

Juanita se inclinó para ocultar las lágrimas que le apagaron la voz.

—Y llegó aquí vestida como usted la ve —añadió la voz de Bonifacio detrás de la cerca—. Una noche oí que me llamaban y creí reconocer su voz, pero pensé que era una alucinación; sin embargo, oyéndola de nuevo y persuadido de que sólo Juanita podía acordarse de mí, salí y la encontré... ¿Por qué ha puesto Dios a este ángel a mi lado? No lo comprendo porque no lo merezco.

—¿Y el doctor Álvarez sabe que usted está aquí? —pregunté a Juanita.

—No, ni él, ni nadie. Deseo permanecer oculta. Estoy segura de que continuará protegiendo a los niños, pero al saber en dónde estoy exigiría mi vuelta.

—¿Y de qué vive usted?

—Coso, bordo y el producto de mi trabajo me alcanza para vivir y traerle a Bonifacio tal cual cosa que se le antoja. Mi alojamiento está en otro barrio en donde nadie me conoce, ¡y aún cuando así no fuera quién se ocuparía de mi existencia! La persona a quien encargó el doctor Álvarez que cuidara de Bonifacio viene todos los días, pero no me ha visto.

Todo esto lo decía con suma naturalidad, y con la sencillez de quien refiriese las más comunes acciones de la vida. Su aspecto era más animado, su mirada más viva y se notaba en ella cierta irradiación del alma: ¡tal es la influencia de una noble acción, y la conciencia de un deber cumplido!

No he vuelto a Neiva, y por consiguiente ignoro qué ha sido de aquellos desventurados.

* * *

—Esto es sublime —dijo don Felipe—; en este hecho se revela el gran sentimiento de abnegación que es el fondo de un verdadero corazón femenino. Nosotros podemos admirar, creemos adorar, pero rara vez sabernos amar así. ¡Amar hasta el sacrificio sólo por un sentimiento de compasión, amar sin esperanza de recompensa alguna, no está en nuestra naturaleza!

—Ya que usted es tan elocuente respecto de ese sentimiento —dijo mi hermana—, no dudo que recordará algún ejemplo que corrobore sus ideas.

—¡Si hay tantas maneras de amar!

—Pues bien, hablemos de alguna de ellas en particular.

—Ahora no tengo coordinadas mis ideas..., tal vez el señor cura...

—Ya es muy tarde —contestó éste—, y será bueno aplazar nuestras narraciones hasta mañana.

Margarita

Qui voudrait te guérir, immortelle douleur?
Tu fais la trame même et le fond de la vie.
S'il se mêle aux jours noirs quelques jours de bonheur,
comme des grains épars, c'est ton fil qui les lie...

 

André Theurat

La siguiente tarde antes de oscurecer nos volvimos a reunir y don Felipe dijo con cierto aire conmovido:

—Ya que ayer hablábamos del corazón de la mujer, quiero, sin más preámbulos, referirles una historia de la cual tuve conocimiento por varias circunstancias casuales.

Todos nos preparamos a escucharlo, y él empezó así:

I

Sobre un costado del árido y pedregoso cerro de Guadalupe, que domina la ciudad de Bogotá, se veía en diciembre de 1841 una pequeña choza, cuya limpieza, la blancura de sus paredes y el empedrado que tenía delante de su puerta, indicaban tal vez pobreza pero no incuria, enfermedad moral de todo el que sufre. La choza estaba rodeada por una cerca de piedras colocadas sin arte ni simetría, y cubierta por matorrales de espinos, rosales silvestres, borracheros blancos y amarillos, arbolocos y raquíticos cerezos. En torno de la habitación corrían y engordaban varios cerdos y gallinas que vivían amistosamente con algunos perros hambrientos y un gato de mal genio. En la parte que quedaba detrás del rancho se veía una sementerilla de maíz y de otras plantas que vegetaban a duras penas entre las piedras del cerco.

Del lado de afuera de la cerca, en una esquina sombreada por matorrales de rosas y espinos y un cerezo, estaban dos personas sentadas sobre la verde grama. Eran dos jóvenes: un indio robusto y mozo, de cara cuadrada y amarillenta y vestido como soldado de aquella época, es decir, de calzón de manta, chaqueta azul con vueltas coloradas y el pie desnudo; y una muchacha de unos diez y seis años, también de raza indígena, pero algo más blanca, pequeñita, rolliza y colorada. Esta última, cabizbaja y triste, volvía la mirada de vez en cuando hacia la choza como si temiese que la vieran desde allí.

—Quería, Jacoba de mi vida —decía el indio—, decirte adiós a solas, pero deseaba también explicarte lo que hasta ahora no me había atrevido a confesar... Yo te había dado mi palabra de casamiento, pero no puedo engañarte más; tu padre me sirvió mucho, me salvó la vida en la acción de la Culebrera, e impidió que me cogieran prisionero, trayéndome a su casa, donde me curaron las heridas...

—¿Y por qué te asistimos con cariño me quieres abandonar?

—No es por eso... al contrario; es que no te quiero engañar, ni a tu padre que es un hombre honrado... ¡Jacoba, soy casado!

—¡Casado! —exclamó la muchacha, levantando las guedejas de pelo negro que le caían sobre los ojos. Miró por un momento espantada a su compañero, pero viendo la seriedad con que éste hablaba, se separó de su lado y volviéndole la espalda prorrumpió en amargo llanto.

—No llores, vida mía, que me partes el alma —dijo el soldado acercándosele y rodeando con su brazo el ancho talle de la india, mientras ella ocultaba la cara con el pañuelo rabo de gallo que llevaba al pecho.

—Escucha, Jacoba —añadió—: ahora un año, viviendo en Funza, una vieja, mi vecina (¡que Dios la perdone!) se empeñó en casarse conmigo..., yo no ganaba nada..., ella tenía una sementera de papas y un trigal: el señor cura me habló también, y al fin y al cabo nos casó. Pero apenas me remachó esa hija de Satanás que se volvió gata brava... Tanto me desesperó, que una noche me fugué de la casa con la intención de no volver a poner jamás los pies donde ella estuviera.

En el Socorro me enganché con los de González y ya sabes lo demás... Aquí me topé contigo y no pude menos que quererte cuando me mirabas con esos ojos de miel..., pero ayer me vio el taita y me preguntó para cuando era el casorio: esa pregunta me remordió la conciencia, y en lugar de contestarle me fui derecho al cuartel y senté otra vez plaza de soldado; pero ahora con los del gobierno: mañana me voy para Antioquía, como te decía.

Jacoba redobló su llanto, pero no contestaba.

—¡Jacoba! —exclamó el soldado exasperado— No me guardes ojeriza: mira, aquí te traje esta crucecita para que la ensartes en tu rosario y te acuerdes de mí cada vez que la veas.

La muchacha levantó entonces la cabeza y miró al soldado con aire de profunda pena, mientras que por sus mejillas redondas y coloradas corrían gruesas lágrimas, como lluvia sobre un campo de amapolas.

—No quiero tu cruz —dijo al fin rechazándolo, y con la voz ahogada por los sollozos añadió—: ¿Qué dirá mi taita cuando lo sepa? ¿Y mi mama qué dirá?

—¿No quieres ni acordarte más de mí, Jacoba, aunque me maten en la primera acción en que me halle?

Jacoba fijó en él otra vez los llorosos ojos, y vencida por la expresión humilde y triste del indio, alargó la mano, recibió la cruz del soldado sin contestar, la miró un momento y se la echó al seno al recoger una vasija llena de agua que tenía a sus pies. El indio, para ocultar su enternecimiento, se despidió en silencio y echó a andar hacia la ciudad. Jacoba se detuvo a mirarlo por la última vez, pero oyendo voces por el camino y temiendo encontrarse con alguien que le pudiese preguntar la causa de su llanto apresuró el paso, mas al llegar a la puerta de madera que separaba del camino el patio de la choza, tropezó y cayó al suelo, rompiendo la vasija e inundándose de agua.

Se levantó muy abocharnada, e iba a entrar a la choza cuando salió de ella una mujer que viendo los tiestos regados por el suelo arremetió sobre ella con un palo de escoba que llevaba en la mano. La tempestad de regaños y gritos duró largo tiempo; se oían a una vez la rabiosa voz de la mujer y las súplicas y quejidos de la víctima, la cual lloraba ruidosamente, más bien a causa de la pérdida de su amante que por los golpes que recibía.

En esto las personas que sin quererlo ahuyentaron a Jacoba llegaban al sitio en que se habían dicho adiós los dos indios. Era un grupo de cinco personas. Adelante iban dos alegres niñas de 15 a 16 años, seguidas de una señora como de cuarenta, de dulce y amable fisonomía, que conversaba con otra más joven. Esta vestida de luto riguroso, era de aquellas personas que vistas una vez no pueden olvidarse: velaban sus grandes ojos negros, largas, sedosas y crespas pestañas y los realzaba el arco perfecto de sus pálidas cejas; pero la sombra azul debajo de sus párpados y la palidez de su rostro indicaban una pena concentrada y profunda. Venía a su lado un joven, cuya vista no se separaba un momento de la enlutada, siguiendo solicito cada paso que daba para ofrecerle su brazo y apoyo.

—Detengámonos aquí un momento, Margarita —dijo la señora a quien llamaremos Justina, dirigiéndose a la enlutada.

Todas se sentaron: las muchachas a algunos pasos de distancia de Margarita, el caballero recostado a los pies de ella sobre la grama, y Justina dividiendo los dos grupos.

—¡Qué tarde tan bella! —exclamó ésta, fijando sus miradas sobre el alto Monserrate, que iluminado por los rayos del sol brillaba con dorada y suave luz. El cielo estaba azul y trasparente y en su apariencia todo respiraba paz y felicidad.

—Qué de bellezas en el cielo y tranquilidad en el suelo —añadió Margarita— ¿no es cierto Eugenio, que las obras de Dios son muy bellas?

—¡Encantadoras! —contestó éste admirando la expresión de dulzura que se leía en ese momento sobre la pálida frente de su compañera.

—¿No es mejor —repuso Justina—, pasear y contemplar esta naturaleza llena de encantos, que permanecer siempre entre cuatro paredes sombrías?

—Ciertamente —contestó Margarita—, pero... —y una expresión de melancolía, expresión de dolor concentrado y amargo, se difundió como una sombra por su fisonomía un momento antes tan serena.

—Margarita —dijo en voz baja el joven—, usted me prometió dar una hora de tregua a sus penas; cúmplamelo, y déjeme ver en sus ojos aquella luz tranquila que es mi único consuelo; ¡oh! —añadió—, ¡si me fuera posible verla un momento alegre, festiva como antes!

—Estoy contenta, ahora, Eugenio —contestó ella sonriendo al fijar involuntariamente su mirada en la del joven, que la contemplaba con aire de súplica; pero un momento después apartó sus ojos para ocultar las lágrimas que subieron a ellos.

En eso los gritos de la indiecilla se hicieron tan agudos dentro de la choza, que todo el grupo se levantó para buscar con la vista la causa de semejantes alaridos.

—¡Qué gritos son éstos! —exclamó una voz fuerte, y vieron llegar a un viejo inválido, quien al ver lo que pasaba levantó el bordón, y como Neptuno en el primer canto de la Eneida calmó la tempestad. «Hizo huir la nube sombría, restableció la claridad.»

Quitándole a la vieja (que sin duda hacía el papel de Juno) el palo de escoba, puso en libertad a la Venus indígena. La vieja se retiró refunfuñando y la muchacha huyó, despavorida a desahogar sus penas detrás de la casa, seguida por una guardia de honor compuesta de cerdos, perros y gallinas, los cuales enseñados a recibir de sus manos el alimento diario la acompañaban a todas partes.

Al tiempo de ponerse en pie, Margarita vio brillar entre la grama la crucecita de plata regalada por el indio a Jacoba y perdida por ésta en su fuga. Se estremeció al verla y se la enseñó a Eugenio en silencio. Éste la tomó en sus manos y le dijo conmovido al cabo de un momento.

—Permítame usted, Margarita, conservar esta cruz que hallamos a nuestros pies, como el recuerdo de uno de los momentos más dichosos...: que ella sea la señal de una esperanza con que he soñado aquí, así como es el emblema de la fe que a ambos nos domina.

—Guárdela usted —contestó Margarita en voz baja—: acaso algún día le sirva no para recordar un momento de esperanza ilusoria, sino para traerle a la memoria la mujer que... que ha puesto su existencia a la sombra del que murió en una cruz.

—¡Margarita! —exclamo el joven con acento doloroso, al ofrecerle el brazo para continuar su paseo— ¡Margarita, qué cruel es usted!

Pero antes de continuar mi relato, bueno será decir quiénes eran mis héroes.

II

Margarita Valdez, hija de un honrado comerciante de Bogotá, quedó huérfana desde muy niña, y su tutor, deseoso de salvar su responsabilidad, viéndola joven, hermosa y sin ningún pariente cercano que la pudiese proteger, procuró casarla tan luego como saliera del colegio. Su modesta belleza llamó la atención de un militar de edad madura que pidió su mano, y antes de presentarse en la sociedad Margarita se vio casada. Su esposo, el coronel Perdomo, era el primer hombre a quien había oído decirle palabras de ternura, y en su entusiasmo juvenil lo revistió con todas las virtudes con que las niñas adornan al personaje de sus fantasías.

Sin embargo, las contrariedades y la prosa de la vida, los modales bruscos del militar y las expresiones vulgares con que sazonaba su lenguaje en la intimidad aterraron a Margarita, lastimando sus puros sentimientos, y en breve desapareció de su corazón aquel amor delicado que abrigaba, pronto a germinar al primer soplo de ternura. Su esposo veía en ella una niña tonta y reservada, que no gustaba de sus saladas anécdotas y condimentadas historias, y a poco buscó en una sociedad poco o nada culta sus distracciones, volviendo a la casa siempre disgustado; haciendo temblar a Margarita con sus exigencias y regaños injustos, cada vez que la veía llorar y ocultarse para sustraerse a sus duras palabras y aún amenazas.

Así pasó algunos años. No tenía parientes y el coronel le había prohibido frecuentar sus antiguas amigas. La falta de familia, la soledad en que vivía y el deseo de encarnar en algún objeto digno de él ese amor entusiasta que le había sido devuelto humillándola predispusieron a una grande exaltación, que se manifestó en forma de devoción entusiasta. Vivía resignada, pues, siendo las fiestas de iglesia todo su solaz, y en fuerza de este régimen ascético su fresca belleza empezó a marchitarse y a tomar el aspecto de tierna melancolía; su callado desaliento y la indiferencia que mostraba por todo lo que sucedido en el mundo, hubieran llamado la atención de cualquier otro que no fuese el coronel.

Al fin estalló la revolución encabezada por Obando. El coronel Perdomo, fiel al partido del gobierno, tuvo que aceptar un puesto honroso en una lejana expedición al sur de la República. No queriendo dejar enteramente sola a su joven esposa en Bogotá, pues la había aislado completamente, decidió llevarla de paso hasta Ibagué, adonde vivía una hermana suya y dejarla bajo su protección.

Margarita sufrió muchísimo durante el viaje: el militar, enseñado solamente a viajar con soldados, no comprendía cómo se fatigaba tan fácilmente y la tachaba de melindrosa, lo que la obligaba a reprimir su miedo o cansancio, para que no la riñera, hasta que por fin llegó a Ibagué casi exánime.

Cuando Margarita se encontró en un clima delicioso, rodeada de perfumes y de flores, mimada y atendida por toda la familia de Justina (la hermana del coronel); cuando se vio en medio de un alegre grupo que procuraba darle gusto en todo, sintió un bienestar, una satisfacción tranquila, una serenidad de ánimo que jamás había experimentado. Poco a poco su carácter mismo parecía haber variado, su mirada recobró el brillo perdido hacía años, y un fuego interno, una luz nueva calentó e iluminó su espíritu. Sus modales retraídos y excesiva modestia cambiáronse en cierta gracia y elegancia natural: su voz dulce pero melancólica tomó un timbre animado y alegre que nunca había tenido; su andar lento e indolente convirtiose en ligero y aéreo, y sí se la hallaba en todas las fiestas religiosas parecía haber transigido con la rigidez de su vestido, y por primera vez permitió que la adornasen y cuidó de su belleza.

¡Pobre Margarita! Atravesaba sin comprenderlo el oasis de su vida desierta, el único punto brillante, el solo tiempo en que pasó horas de completo contento. ¿Quién no guarda en su memoria el recuerdo de una época en que, sin saberlo, gozaba una dicha que jamás volverá? ¡Hay años, meses, días que forman en nuestra existencia puntos brillantes sobre los cuales detenemos tiernamente nuestra mirada, al recorrer en la memoria los años que pasaron! Aquella tranquilidad cambiose en breve en una vaga aprehensión, y las horas de sereno contento en días de penas, dudas y sobresalto.

Pocas semanas después de su llegada a Ibagué se presentó otro asilado en casa de Justina. Era un joven pariente suyo, el que habiéndose declarado abiertamente defensor del partido que él creía oprimido, es decir el de los revolucionarios, había tenido al fin que dejar a Bogotá. Su lenguaje audaz, y el liberalismo de sus escritos lo hicieron notable entre los progresistas, pero siendo enemigo de las luchas armadas y teniendo, además, en el ejército del gobierno un hermano y varios parientes, Eugenio no quiso cooperar activamente en la rebelión, y viéndose amenazado de prisión en la capital, prefirió, a instancias de su familia, ir a Ibagué a espera allí el desenlace de los acontecimientos políticos.

La fisonomía interesante y bella de Margarita, su melancolía genial y el retiro forzado en que vivía, inspiraron a Eugenio una gran compasión y natural simpatía; pero en Bogotá no había visitado nunca la casa de Perdomo, que era pariente suyo, a causa de la diferencia de sus opiniones políticas, que el coronel combatía con suma brusquedad: además, porque sabía que en aquella casa no tenía entrada frecuente otro hombre que el dueño de ella.

El clima medio de los trópicos es delicioso. La vida sencilla y perezosa que se lleva, la llaneza del trato social entre los que se reúnen en las horas de descanso, la franqueza festiva de sus habitantes, los paseos a pie y a caballo por preciosos parajes, los baños en ríos frescos y cristalinos, de cuyo seno salen las muchachas con la cabellera suelta y perfumada, las noches estrelladas en que un ambiente suave circula cargado de aromas penetrantes, el canto de variadísimos bambucos al son de tiples y guitarras que se oyen por todas partes al caer el sol: todo esto despierta en el alma el sentimiento de lo bello y tal disposición a la ternura que al no tener el corazón ocupado ya por algún afecto dominante, no puede satisfacerse sino amando.

Habiendo vivido en Bogotá, en donde las costumbres son tan diferentes, Margarita pudo gozar con mayor encanto de aquellas escenas tan nuevas para ella. La llegada de Eugenio dio a su existencia un interés, una luz desconocida cuyo peligro no comprendió al principio: la amena conversación del joven fue una revelación para su espíritu, que jamás había sentido el vivificante influjo de las ideas de un hombre pensador, poniendo a su alcance materias que hasta entonces creyó áridas o incomprensibles. ¡Cuántos y cuán magníficos campos de ciencia se extendieron ante la soñadora imaginación de la joven! Dedicose nuevamente al estudio del francés que había aprendido con provecho en el colegio, y que había dejado olvidar casi enteramente. En breve pudo recorrer la pequeña librería que Eugenio llevaba consigo, adivinando lo que no comprendía con aquella intuición que distingue a la mujer, y más a la mujer amante. Olvidó en gran parte sus escrúpulos y aún llegó a leer libros que antes miraba con horror. Muy luego echó de ver que la continua sociedad de Eugenio era demasiado agradable para ella, y se propuso escasearla buscando en sus devociones y prácticas religiosas un interés mayor, pero ya este fervor místico se había enfriado, e irresistiblemente volvía a sus estudios y conversación e con aquel.

Por su parte el joven sentía más agudamente el aguijón del remordimiento, pues no podía ocultársele que su corazón se había conmovido hondamente; leía como en un libro abierto las luchas a que se entregaba Margarita, y comprendía mejor que ella lo que pasaba en su corazón. Ambos representaban la eterna imagen de la mariposa que quema sus alas en la luz que la atrae, aunque sienta el calor y comprenda el peligro.

Margarita veía en Eugenio el tipo adivinado en sus primeros años y que después creyó no existía verdaderamente. Eugenio encontró en ella el bello ideal de la mujer soñada en los raptos de inspiración poética.

De vez en cuando llegaban noticias y cartas del coronel en las que expresaba a su modo un sincero amor a su esposa. Margarita las recibía temblando y las leía llena de sobresalto y vago temor, y disgustada consigo misma se encerraba en su cuarto, pasando a solas con su conciencia largas horas de indecible angustia llorando y pidiendo a Dios fortaleza. Eugenio sentía el contragolpe de su pena, y procuraba distraerla buscando algún nuevo objeto de estudio en la análisis de obras selectas de literatura o en la explicación de los siempre interesantes fenómenos de la naturaleza.

Al terminar el mes de diciembre de aquel año la familia de Justina fue a pasar algunas horas en una hacienda cerca de Ibagué. El día sereno y luminoso, ostentaba todo el encanto de que se goza en aquel clima privilegiado. Después de haber recorrido con la familia varios puntos de donde se descubrían bellísimas vistas, Eugenio y Margarita se encontraron sin haberlo advertido y por primera vez solos. ¡Cuántas veces aquel había soñado con la fortuna de hablarle a solas dando sueltas al raudal de su ternura! Mas al ver colmadas sus esperanzas se turbó y sintió un vago remordimiento. ¿Qué deseaba saber? ¿Acaso la candorosa y expresiva fisonomía de Margarita no le había revelado mil veces sus sentimientos? Decirle lo que pasaba en su propio corazón era desgarrar el último velo de la duda, que aún podía mantenerla casi tranquila. Esto pensaba Eugenio y le sellaban los labios. Llegaron a orillas de un cristalino arroyo que corría saltando sobre piedras y brillante arena, sombreado por un bosquecillo de helechos, y se sentaron conmovidos bajo el ancho y tupido ramaje de un caucho. Ambos continuaron silenciosos, ella con los ojos bajos, él contemplándola intensamente. Había llegado el momento decisivo para la suerte de ambos, y lo que habrían querido ocultarse estallaba en su silencio mismo. Al verla tan bella y leer en su fisonomía lo que pasaba en su pensamiento Eugenio lo olvidó todo.

—Margarita —dijo tomándole una mano, que ella no tuvo fuerzas para retirar—, permítame usted que aproveche este momento para explicarle lo que pasa en mi corazón.

Pero en ese momento se oyeron pasos y una de las hijas de Justina se acercó gritando:

—¡Margarita! ¡cuánto la he buscado! ¡La necesitan de Ibagué —añadió—: llegó un expreso de Pasto!

—¿Qué ha sucedido? —preguntó ésta poniéndose en pie y desfallecida a impulso de emociones tan contrarias.

—No sé..., el posta lo dirá.

—¿Trae alguna mala noticia?

—Venga a la casa —contestó la niña muy turbada, mi madre la espera.

Asustada, temblando llegó a donde la aguardaba Justina, que la recibió llorando.

Perdomo había muerto sorprendido por una guerrilla enemiga.

III

Un amigo de Perdomo que había recogido sus restos, hecho enterrar el cadáver y mandado aviso a la viuda, le envió, entre otras cosas, un retrato de Margarita manchado de sangre que su esposo llevaba a tiempo de morir: «al ser la caja del retrato más grande —decía él en su carta—, la bala no habría penetrado en el cuerpo.»

—¡Oh! ¡esta muerte la he causado yo! —exclamó Margarita al leer la carta—... yo misma escogí la caja más pequeña... ¡Yo lo he matado!

—Pero, hija mía —le contestaba Justina, para consolarla—, ¿qué culpa puedes tener en ello? esto es absurdo: ¿acaso adivinabas lo que iba a suceder, o deseabas su muerte?...

—Sí; soy culpable; soy culpable —exclamaba Margarita con exaltación— ¿qué sé yo lo que he pensado en las últimas semanas? ¿Podré asegurar que todos mis pensamientos han sido dignos de mi posición, que a veces no he deseado estar libre? Dios mío y esto no era lo mismo que desear que...

Y la infeliz lloraba sin consuelo.

Había sido educada religiosamente, con doctrinas morales de suma rigidez, y no podía su conciencia transigir con la más leve falta a sus deberes. Creyó, pues, que las circunstancias de la muerte del coronel, y el haber recibido la noticia precisamente cuando estuvo a punto de olvidar sus deberes arrastrada por una inclinación ya irresistible, no eran hechos casuales, sino un aviso del cielo y el principio de un terrible castigo.

La vista de Eugenio le causaba un invencible terror, y rogó a Justina que la acompañase a Bogotá, pues Ibagué tenía para ella recuerdos demasiado conmovedores; añadiendo que pocos días después de recibir la noticia había hecho voto deliberado de consagrar a Dios el resto de sus días. Eugenio no pudo conseguir que le concediese una entrevista antes de partir.

Justina que comprendía los remordimientos y la pena de Eugenio, le aconsejó que obedeciese a Margarita y esperara de la acción del tiempo y de la sumisión el olvido de un voto hecho en los primeros ímpetus del dolor. Él partió también de Ibagué y fue a esperar en Cartagena el cambio de situación previsto por Justina, quien ofreció escribirlo para darle noticias del estado de ánimo de Margarita; pero se pasaron meses sin otro aviso que el de que aún se manifestaba firme y decidida a cumplir su voto.

Eugenio pensaba embarcarse, viajar por algún tiempo, cuando recibió una carta de Justina que le dio mucha pena. «Margarita —le decía—, está cada día más triste y abatida, y lejos de cambiar de resolución ha fijado la fecha en que debe entrar al convento como novicia. Sin embargo —añadía—, tu recuerdo continua vivo en su corazón, y creo que eso mismo la tiene tan abatida y en la persuasión de que sólo en un convento hallará el olvido completo de lo pasado. Según comprendo, lo que la tiene más deseosa de huir del mundo es el temor de que al encontrarla de nuevo le vuelvas a hablar de tus antiguos sentimientos.»

«¡Yo la salvaré!», pensó Eugenio al leer la carta. «Iré a decirle que si no quiere aceptar mi protección procuraré resignarme. Si lo exige, nunca la volveré a ver, pero le suplicaré que no entierre su belleza en un convento, que no oculte su vida en ese sepulcro de la esperanza en donde no se logran sin embargo los sentimientos del corazón.»

En aquel tiempo los bogas daban la ley en el río Magdalena, y el viajero permanecía a veces tres, cuatro y hasta cinco meses subiendo el río. Ya se puede imaginar cuál sería la impaciencia de Eugenio al sufrir la caprichosa pereza de los bogas que se detenían con los pretextos más descabellados, horas y días enteros en algún sitio porque así se los antojaba. Al fin logró ablandarles el corazón, usando por turnos de amenazas, dinero, consejos, promesas, ruegos y brandy, hasta que desembarcó en Honda a los cincuenta días de haber salido de Barranquilla.

En Honda consiguió un salvo-conducto del jefe de los revolucionarios, y tres días después se presentó en casa de Justina.

—¿Acaso he llegado tarde? —preguntó.

—No; faltan aún algunos días... pero dudo mucho que quiera verte.

—¿Está en casa?

—No; se fue a la iglesia.

—¡No le pidamos permiso! —dijo Eugenio—. Permíteme venir esta noche, y le hablaré a todo trance, pues éste ha sido el único objeto de mi viaje.

Al caer el día Margarita, más pálida que nunca, vestida de negro; llevando por único adorno sus largas trenzas de cabello castaño que barrían el suelo, estaba sentada en una pequeña butaca en el costurero, sola, con los ojos fijos en el suelo y su lánguida cabeza apoyada en su pulida mano, aunque ahora adelgazada por el sufrimiento. Había oscurecido sin que ella lo notara y continuaba sumergida en una hondísima meditación.

¡De repente la puerta de cristales de la pieza se abrió y Eugenio apareció ante su vista!

—¡Margarita!

—¡Eugenio!

Exclamaron al mismo tiempo, y permanecieron callados, presos de una emoción igual.

Margarita se calmó primero y temblando visiblemente dijo:

—¿No le había suplicado, Eugenio, que si me tenía algún aprecio, si le merecía, compasión, no se presentara nunca delante de mí?

Eugenio no contestó.

—Le ruego que se retire... —añadió—, lo quiero así.

Eugenio no se movió, y con voz conmovida:

—Margarita —dijo—, soy incapaz de desobedecerla, y si he venido ha sido para decirle adiós antes de separarnos para siempre y suplicarle que me oiga unas pocas palabras.

Ella no pudo resistir a tan humilde súplica, y sin hablar le señaló un asiento frontero al que ocupaba. Mientras que él le explicaba el objeto de su viaje ella se impregnaba, por decirlo así, de aquella voz tan querida y nunca olvidada que a pesar de todo oía en sus sueños, y que ahora la trasportaba a lo pasado. Eugenio le rogó con todo el fervor que le inspiraba su cariño que no se dejase llevar por la violencia de su pena, que esperase algunos meses más antes de empezar a cumplir un voto de eternas consecuencias hecho en momentos de exaltación.

—No fue así —le interrumpió—: lo que entonces prometí lo ratifiqué después ante Dios (aprobándolo plenamente mi confesor) resuelta a consagrarle el resto de mis días. ¿Puedo acaso quebrantar un voto tan solemne?

En vano Eugenio derramó en su oído toda la armonía, toda la elocuencia que nace de una verdadera pasión; se conmovió, pero no pudo obtener de ella sino el permiso de visitarla, estando siempre Justina a su lado, durante los días que faltaban para entrarse al convento.

Sin embargo, apenas se encontró sola y meditó en lo que había ofrecido comprendió todo lo que en ella había de peligrosa debilidad, puesto que en el fondo era darle esperanzas que juzgaba imposibles estando, como estaba, decidida a no transigir con su conciencia. Durante el día se entregaba a la práctica de una devoción exaltada y vehemente, procurando ahogar las voces de su corazón y los sentimientos que volvían a dominarla: pero cuando se acercaba la hora en que debía llegar Eugenio, una grande agitación la acometía y vagaba por la casa sin poderse fijar en nada. Al cabo de cuatro días comprendió que era preciso entrar resueltamente en una de las dos vías que se le presentaban sin poderlo evitar: olvidar su conciencia y su voto, desoír su remordimiento y seguir los impulsos de su corazón, o retroceder volviendo al estrecho sendero del sacrificio y la penitencia, sin transigir con su deber como se lo ordenaba su conciencia. Sentía que su corazón vacilaba, y quiso ponerlo a prueba. Muchas veces las mujeres ejecutan rasgos de increíble valor moral o más bien audacia, poniendo a prueba el temple de su alma, acometiendo actos que los hombres no serían capaces de ejecutar temerosos de desfallecer.

Propuso, pues, una tarde que Justina, sus hijas; Eugenio y ella fueran a dar un paseo hasta las ruinas de la iglesia que veían desde el corredor de la casa, y adonde Margarita nunca había ido.

Había fijado su suerte en aquel paseo. Pensó, con la superstición que distingue a los caracteres entusiastas, que Dios le enviaría alguna señal que le indicara cuál era el camino que debía escoger, si el de la felicidad o el del claustro...

Subieron alegremente el cerro hasta llegar al sitio en que los encontramos, al pie de la cerca de la belleza de Jacoba. Margarita se había animado más que de costumbre y respiraba con delicia el ambiente de la tarde: casi olvidaba su voto, cuando de repente ve brillar a sus pies la crucecilla de plata, emblema de la vida que había jurado llevar.

—¡He aquí la señal enviada por Dios! —pensó palideciendo al enseñársela Eugenio; el cielo no levanta nunca un voto hecho en expiación de una falta.

Continuó su paseo cabizbaja y triste. Sobre una falda elevada del alto cerro de Guadalupe se conservan aún las ruinas de una iglesia dedicada a la Virgen. Estas ruinas de las que apenas quedan la portada y algunos trozos de los muros, son doblemente tristes porque no tienen recuerdos y por consiguiente carecen de poesía; antes de que se acabase de levantar el edificio cayó sacudido por un terremoto.

Sentáronse sobre las anchas losas acopiadas para el pavimento del atrio de la iglesia. A sus pies veían la ciudad con sus calles rectas, cortadas a lo largo por caudalosos caños: numerosos campanarios relucían al sol que desaparecía en el horizonte entre nubes color de grana. Al extremo norte de la ciudad, como centinelas de la fe, estaban los conventos de San Diego y el antiguo de Capuchinos, y más lejos el campo de reposo de los que dejaban las angustias de la vida. Los largos y rectos caminos que partían en varias direcciones, se perdían en lontananza y se confundían en la extremidad de la llanura con los azulosos cerros velados por un ligero manto de niebla como tenue faja de gaza.

Ese espectáculo bello en su misma vaguedad y aparente aridez despertó en el corazón de Margarita mil pensamientos mezclados de dolor, ternura, y profundo desaliento; se sentía llena de temor y duda ante su determinación, y sus fuerzas morales desfallecían al adivinar la mirada de persistente esperanza que Eugenio tenía fija en ella.

De repente y mientras miraba la torre del convento en que debía profesar, tocaron la oración allí, y después las demás iglesias echaron al vuelo sus campanas.

—En el convento de *** dieron la primera campanada —exclamó Margarita con voz conmovida, y añadió para sí—: ¡he aquí la última orden que me ha enviado el cielo!

Entonces, tomando por última vez el brazo de Eugenio, bajó lentamente el pedregoso sendero, imagen de su vida.

Todas la siguieron. Al pasar por delante de la choza de Jacoba nadie puso cuidado en la indiecilla, que cansada de buscar la cruz perdida se había agazapado tristemente al pie de la cerca. En tanto Eugenio apretaba contra su corazón el recuerdo del soldado, sin saber que a causa de su hallazgo, Margarita cumpliría su voto y se separaría de él para siempre.

* * *

Veinte años después, un buque de vapor surcaba el mar de las Antillas en una noche tempestuosa. El bajel parecía quejarse y crujía por todas partes el viento silbaba entre sus desnudos palos y sus cuerdas; las jaulas de aves, los barriles y los bancos rodaban sobre cubierta impelidos por los violentos vaivenes. Los pasajeros se habían reunido en el salón principal y hablaban en voz baja del temporal que rugía afuera. Las señoras, inquietas algunas y aterradas otras, sacaban la cabeza de vez en cuando al través de las ventanillas de sus camarotes y preguntaban si correrían algún peligro.

—¡Dios misericordioso! —exclamó una voz repentinamente con acento de terror, y abriéndose la puerta del camarote reservado a las señoras, se presentó en ella un bulto vestido de blanco—: era una monja.

—¡Virgen santa! —dijo otra vez—, se está muriendo una monja aquí, y no hay quien la auxilie... todas las demás están postradas con el mareo y el miedo...

—¿Quién se muere? —preguntó un caballero acercándose.

—¡La madre Margarita Valdez!

—¿Me será permitido servirla en algo? —preguntó otra vez el caballero. La monja no contestó, pero él aprovechándose de un momento de terrible tranquilidad en que el buque, oprimido entre dos olas parecía recuperar fuerzas para dar otro salto sobre las montañas de agua y espuma con que combatía; aprovechando ese instante, entró al camarote.

Tirada sobre un colchón en el suelo yacía una pobre mujer en las últimas agonías de la muerte. El caballero, sumamente conmovido, se acercó e hincándose a su lado la llamó, mientras que la otra monja espantada por un nuevo sacudimiento del buque oraba con la cara entre las manos.

—Margarita —dijo el caballero inclinándose sobre la moribunda—, Margarita, ¿no me oye usted? Sabía que navegábamos juntos: ¡deseaba servirla, pero no imaginaba que fuera de este modo!

La moribunda abrió los ojos velados ya por las sombras de la muerte y los paseó por el camarote.

—¿Quién me llama? —dijo al fin.

—Yo... Eugenio... ¿no me recuerda?

—¡Dios Santo!... ¡Eugenio! ¡No puede ser, ésa es la voz de mis sueños! —y haciendo un esfuerzo para levantar la cabeza, fijó los desencajados ojos en el caballero, añadiendo—: no... Eugenio era joven, su cabello negro...

—Desde entonces, Margarita —contestó él con tristeza—, han trascurrido más de veinte años.

—Sí; ¡él es! —exclamó la monja, y alargándole una mano descarnada y yerta, se dejó caer otra vez sobre las almohadas, murmurando—: Dios me ha perdonado... ha permitido que vuelva a verlo... Eugenio...

Una sonrisa angelical reanimó los pálidos labios de la moribunda, y al resplandor de la lámpara que bamboleaba en lo alto del techo, Eugenio creyó ver otra vez a la Margarita de su juventud.

—¡Margarita! —exclamó él viéndola cerrar otra vez los ojos; haga un esfuerzo para recuperar las fuerzas, míreme, por Dios...

Abrió los ojos por última vez y los fijó un instante en él y apretándole la mano con el esfuerzo de una suprema voluntad le dijo:

—¡Adiós, Eugenio...! ¡Nos veremos!

En ese momento un crujido espantoso se sintió por todo el buque que se inclinó sobre un costado como si fuera a sumergirse; se oyeron gritos y grande agitación sobre cubierta y las monjas levantaron sus voces al cielo pidiendo misericordia, Eugenio creyó que había llegado su última hora y se inclinó teniendo en las suyas la mano de Margarita...

Casi al instante el vapor se volvió a enderezar, y cuando se tranquilizó la agitación de las maniobras sobre cubierta, habiendo calmado un tanto la tempestad, Margarita había dejado de existir. Su bella alma abandonó el mundo en el momento en que oprimía la mano del único ser que amó en la vida...

Muy temprano al día siguiente llegaron al puerto. La monja que había muerto durante la tormenta fue enterrada con solemnidad. Las demás religiosas en su loco terror no habían visto entrar a Eugenio al camarote, de suerte que la tierna despedida de Margarita fue un secreto para todas. En cuanto a Eugenio, sus amigos notaron, sin acertar el porqué, que nunca hablaba de su último viaje a Europa sin conmoverse visiblemente.

«El amor constituye la vida entera de la mujer, al paso que en el hombre es tan sólo un accidente de su existencia»; esta verdad se ha dicho mucho, y así, Eugenio amó profundamente a Margarita y su memoria lo acompañó siempre en el trascurso de los años, pero ella no hacía parte de su vida. La crucecilla de plata estaba aún en el fondo de su escritorio y la miraba con enternecimiento cuando por casualidad la veía. Algunas de las mujeres a quienes había amado le preguntaban con curiosidad al ver la cruz, por qué guardaba aquella reliquia vulgar, pero él jamás profanó el recuerdo de Margarita refiriendo la triste historia que les he contado. Eugenio se había casado y era viudo, había viajado mucho y poseía un modesto capital, pero le haremos la justicia de decir que en un rincón de su memoria vivía siempre, aunque a veces encubierta, la imagen de la mujer que tanto había amado en un tiempo.

Mientras tanto la monja desde el retiro de su convento lo seguía con el pensamiento por el mundo, lloraba con sus penas y se alegraba con sus alegrías. Su vida de resignación había sido una continua aspiración a un amor sublime, a cuya altura inmaculada supo exaltar su cariño por Eugenio, pudiéndose decir que aquella celda estaba también habitada por la constante memoria del que jamás olvidó en sus oraciones... Sin embargo, ¿quién podría contar las noches de angustiado desvelo, en que sola y postrada en las frías baldosas, pensaba en lo que era su vida de hoy, y lo que hubiera sido al tener una conciencia menos timorata y una alma menos pura? ¿Quién podría medir aquellas horas de loca desesperación en que una palabra, un sonido, un recuerdo la encontraban débil y llena de dudas? ¿Quién vio aquella huellas entre su corazón y su espíritu de las que su alma siempre bella y pura debía de salir victoriosa y resignada? Tales años pasados en desvelos, combates y dolorosos triunfos fueron las gotas de hiel que colmaron el cáliz de su expiación por las momentáneas debilidades de algunos días de su vida pasada...

Cuando llegó la hora del peligro, cuando en 1863 los soldados arrancaron a las monjas de sus conventos, Margarita en su sencilla humildad fue la más digna y serena entre todas. Minada por una cruel enfermedad, quiso, sin embargo, seguir a sus compañeras al destierro voluntario. En la hora suprema de la muerte, cuando su alma estaba próxima a dejar su envoltura material, creyó que todos sus sufrimientos habían sido compensados con la dicha de ver a Eugenio por última vez.

* * *

Matilde se había levantado mientras que don Felipe decía las últimas palabras, y cuando hubo concluido se acercó y le habló al oído, pero de manera que pude oírla.

—¿Crees que no he adivinado? —dijo—; Eugenio, se llama Felipe en el mundo, y Margarita...

—¡Silencio! —contestó en voz baja; y tomándole la mano añadió—: espero que si lo sabes respetarás mi secreto.

—Pero, señor don Felipe —dijo a esta sazón mi tío—, me parece más que inverosímil que esta reverenda religiosa al cabo de veinte años de vida santa y retirada, todavía pensara en el petimetre de Eugenio... ¡Vaya una muerte bien mundana para una monja! En cuanto a Eugenio... buen pájaro era: partidario de los rebeldes, escritor demagogo y sin duda hereje, y ocupado en explicarle sus libros prohibidos a esa pobre o inexperta muchacha... ¡Bien hizo el coronel en morirse, lo hizo a tiempo!

—En lo que probó tener talento, aunque póstumo —dijo don Enrique—. Cuán pocos hay en nuestra tierra que sepan salir a tiempo de la escena; y en cuanto a la escena política, ese arte esta perdido; o viven indefinidamente, a estilo de la escala de Jacob, sin esperanza de verles el fin; o se mueren cuando más los necesitamos.

—Mucho temo —añadió mi hermana—, que si la vida de algunos es como la escala de Jacob, sean ya pocos los ángeles que la recorran...

—¿Y de veras quiere usted —dijo otra vez mi tío—, decirnos que su cuento es verdadero?

—Señor cura —contestó Felipe—, ya recordará usted lo que dijo Boileau: «¡A veces no hay nada tan inverosímil como la verdad!»

—No puedo comprender —repuso don Enrique—, que la virtud se encuentre sola en los sentimientos exagerados; la virtud, cuando es natural, se caracteriza por su misma sencillez. Convenga usted, señor cura, en que un voto así es más bien un acto impío. ¿Acaso Dios desea martirizarnos? ¿Querrá un padre que un hijo sacrifique inútilmente sin provecho ninguno? ¡Jamás!

—Usted se equivoca —contestó mi tío—: la conducta de Margarita es santa y buena, y provino de una idea elevada de sus deberes. ¡Una mujer sin creencias es una triste cosa!

—Por otra parte —añadió Matilde—, ¡es probable y casi seguro que a pesar de todo fue más feliz en su encierro poblado de ilusiones que lo habría sido en el mundo donde pronto las hubiera perdido!

La noche estaba muy oscura, sin dejarse ver ni una sola estrella en el cielo: un ruido sordo mugía a lo lejos por entre las ramas de los árboles; la atmósfera, pesada y sin movimiento, dejaba sentir extraordinario calor. De súbito las nubes se precipitaron unas contra otras y de en medio de ellas salió con terrible estampido un clarísimo rayo que iluminando el espacio fue a caer sobre un árbol a lo lejos en la montaña. El relámpago fue seguido por una fuerte ráfaga de viento y empezaron a caer gruesas gotas de agua que en breve se convirtieron en fortísimo aguacero.

Inmediatamente nos levantamos y entramos en derrota a la sala. Cuando se hubo calmado un tanto el temporal, mi tío nos dijo:

—Les tengo ofrecido mi tributo de un cuento y el que se me ocurre viene muy al caso como ustedes verán. Es un hecho, que prueba claramente que Dios castiga a los que le faltan al respeto y le desobedecen.

Isabel

«Bueno es para mí, Señor, que me hayas humillado, para que aprenda tus justificaciones, y destierre de mi corazón toda soberbia y presunción.»

Imitación de Cristo
 

Mi tío empezó de esta manera:

—Siendo bastante joven me enviaron a *** con el objeto de que acompañase en sus tareas al doctor Orellana entonces cura del lugar. Poco después de haber llegado allí aquel se enfermó y tuvo que ausentarse durante algún tiempo dejandome solo en el curato. Ya he dicho que era muy joven; acababa de salir del seminario, y tenía una alta idea de lo que debe ser la misión del sacerdote; de este sentimiento provenía en mí un gran temor y desconfianza de mis fuerzas, buscándolas en la oración.

Una mañana me fueron a llamar de parte de una señora cuyo carácter exaltado me causaba siempre mucho malestar, porque me hallaba incapaz de guiar y aconsejar una conciencia como aquella; pero doña Isabel era la persona más importante de ***, y además muy devota y sumamente caritativa, por lo que el cura antes de partir, me había recomendado que tuviese para con ella las mayores consideraciones.

Fui, pues, a su casa inmediatamente.

Doña Isabel era hija única del dueño de casi todas las haciendas y tierras en contorno de ***. Se casó, en parte contra la voluntad de su padre, con un hombre que no diré amaba, porque lo idolatraba; sin embargo su matrimonio duró poco, pues al cabo de tres o cuatro años murió su esposo dejándole dos hijos. Contaban primores de su desesperación cuando murió el marido, y nada pudo consolarla sino clamor de Dios, al cual se entregó con el mayor fervor.

Una criada me introdujo a una pieza casi completamente oscura y cuya atmósfera sofocante (gracias a que las puertas y ventanas estaban herméticamente cerradas) me iba ahogando. Cuando mi vista se acostumbró a la oscuridad vi que en un rincón había una pequeña cama rodeada por seis o siete bultos que se fueron convirtiendo para mí en las principales señoras del lugar a medida que me aproximaba y podía distinguirlas. Al fin se levantó de en medio de ellas doña Isabel y acercándose a donde yo estaba me dijo con palabras entrecortadas por los sollozos que no podía reprimir:

—Venga usted —señor doctor—; vea a mi Luisito... dígame, por Dios, que no se morirá.

Púseme junto a la cama, y ella, tomando una vela que había detrás de una pantalla, hizo caer la luz sobre el niño, el que abriendo los ojos miró asustado en torno suyo.

—¡Mamá! —dijo al fin con una dulcísima sonrisa; y su madre, soltando la luz, lo cubrió de besos y de lágrimas.

—Hace usted mal en agitarlo así —dije tratando de apartarla para tomar el pulso al enfermito.

La manita que cogí entre las mías estaba seca y ardiente: las mejillas encendidas y los ojos enrojecidos del niño anunciaban una fiebre violenta.

—Doctor, doctor —me decía en tanto la señora con vehemencia—, dígame si mi ángel se morirá.

—No me creo competente para dar una opinión —contesté—, pero se hará la voluntad de Dios.

Al oír estas palabras prorrumpió en llanto y salió apresuradamente de la pieza, yo la seguí.

—¿No han llamado médico? —pregunté a una de las señoras.

—Sí; desde ayer que se empeoró el niño mandaron llamar al doctor Salazar, y como no se había mejorado con la tarde hicieron venir al otro médico nuevo. Además, se han agotado todos los remedios caseros, y también le hemos dado a escondidas de los médicos algunos papelitos (recetados por un extranjero que está aquí) que llaman opáticos, creo.

—Homeopáticos —querrá usted decir, le contesté—; ¡pero con semejantes sistemas encontrados el niño se morirá!

Aunque había hablado muy paso, doña Isabel me oyó y desprendiéndose de los brazos de sus amigas que procuraban consolarla se me acercó gritando:

—¡Señor Cura!... ¿qué ha dicho usted? ¡Dios mío! ¿se morirá mi Luisito?

Le expliqué lo que había querido decir, preguntándole por qué no seguía únicamente los consejos del doctor Salazar.

—¡No pude aguantar la lentitud de sus remedios!

En lugar de mejorarse el niño seguía lo mismo, y por añadidura prohibió que tuviese las puertas cerradas diciendo que el niño necesitaba aire libre, lo que es absurdo, porque sé que la enfermedad proviene de resfrío. Dicen que varias cabezas valen más que una sola, y le he hecho cuanto me dicen ha curado a otros, pero no se me mejora; antes al contrario la fiebre aumenta.

Era imposible que esta señora escuchara ningún consejo razonable, e impacientado ya iba a salir, cuando me llamó otra vez para pedirme un favor:

—Permita usted, se lo suplico, permita que traigan de la sacristía la imagen de Santa Bárbara que es tan milagrosa: ¡ésta es mi última esperanza!

Ofrecí mandársela y salí.

Por la noche volví otra vez y encontré a doña Isabel postrada delante de un altar que había formado con varios cuadros de santos, entre los cuales estaba el de Santa Bárbara. Su ademán humilde y las lágrimas que corrían como río por sus mejillas y calan gota a gota en sus manos cruzadas me enternecieron sobremanera.

Cuando me vio se levantó y le pregunté por el niño.

«Me parece menos mal —me dijo—; venga usted a verlo.»

Habían logrado al fin dejar al enfermito casi sólo y la única persona que velaba a su lado nos dijo en voz baja:

«Hace algunos momentos que ha dejado de quejarse y está dormido.»

Pero apenas lo vi comprendí que no estaba dormido sino aletargado, ofreciendo su aspecto síntomas mortales: los párpados entreabiertos dejaban descubierta parte de la pupila sin animación y vidriosa: por la frente dolorosamente contraída corría el frío sudor de la agonía y tenía un color amarillo y cadavérico.

En caso semejante una madre comprende al momento el peligro y lo se puede engañar. Apenas lo vio, se prosternó en el suelo y escondiendo la cabeza entre las cortinas de la cama se dejó llevar por un dolor horrible. La sacamos de allí desmayada, y dejándola con sus amigas volví a entrar a la alcoba. La agonía progresaba; era un lindo niño de dos o tres años, y la muerte, siempre horrible, lo es más cuando la vemos luchar con la niñez porque realmente ella no es natural entonces y el vigor de la vitalidad resiste mucho para dejarse vencer.

Viendo que la hora fatal se acercaba salí a aconsejar a las señoras que rodeaban a doña Isabel que no le permitiese entrar. La infeliz madre estaba sentada en un rincón, callada, sombría, y en sus ojos secos y llenos de fuego se veía casi la mirada de una loca.

—Señor cura —me dijo—, mi hijo se muere... Dios no ha querido oír mis súplicas... ¿Qué necesidad tenía de quitarme a mi niño? ¿Acaso he cometido algún crimen para que se me castigue de este modo?

Iba a contestarle, cuando oyendo la voz del niño, se lanzó a la alcoba sin que pudiéramos detenerla. ¡Cosa rara, aunque no extraña en los niños! Luis estaba sentado y miraba en torno suyo con una mirada apacible y su aspecto había cambiado enteramente, en términos que conoció a su madre recibiendo de ella algunos tragos de agua, y después volvió a caer sobre las almohadas y cerró los ojos. Al verlo tan tranquilo su madre salió conmigo de la pieza, y llevándome al sitio donde tenía la imagen de Santa Bárbara me dijo con voz vibrante:

Escuche usted, señor doctor, mi juramento: si mi niño no se salva juro ante éstas divinas imágenes no volver nunca a la iglesia...

—¡Dios mío! —exclamé interrumpiéndola—, ¡cállese usted, señora!

—Déjeme usted continuar: Sí señor, no volveré más a la iglesia y mandará quemar cuantas imágenes de santos haya en mi casa—. ¡Nunca doblaré más la rodilla ante un Dios tan cruel!

Y sin decir más doña Isabel volvió al lado de su hijo, dejándome aterrado.

Pasé una gran parte de la noche rezando. Me horrorizaba la desesperación de aquella mujer y no podía persuadirme que el cielo permitiera llevase a efecto una resolución tan impía; oraba pidiendo a Dios que me diera la suficiente elocuencia para hacerla volver a su juicio.

Muy temprano al día siguiente volví a la casa y encontré a una criada que salía con el cuadro de Santa Bárbara en los brazos.

—¡Ah! señor cura —dijo al verme—, iba ahora mismo a llevarle el cuadro por orden de mi señora.

—¿Y el niño?

—Murió anoche. Mi señora está medio loca. Cuando vio que estaba muerto no lloró, ni gritó, ni dijo nada: nos daba miedo verla; corrió por todos los cuartos, fue arrancando cuantos cuadros encontró e hizo que encendieran una hoguera en la mitad del patio y ella misma arrojó a la candela los cuadros, concluyendo por quitarse el rosario y despedazarlo. Hacía todo esto callada y nadie se atrevió a impedírselo, hasta que al fin viendo que no quedaba ninguna imagen de santo me mandó llevar esta a la casa cural.

—¿Dónde está la señora? —pregunté, animado por una grande indignación—: quería hablarle y convencerla de su pecado e insensata impiedad.

—Olvidaba decirle —añadió la criada—, que me ordenó decir al señor cura, que no se tomara la pena de venir a verla, pues no necesitaba hablarle.

Efectivamente rehusó verme ese día y los subsiguientes. Yo estaba muy afligido, creyendo que mi timidez, y falta de práctica en las cosas de la vida habían impedido, que esta desgraciada se conformara con su suerte, y temblaba al pensar en el castigo que la aguardaba, y de que no había sabido librarla.

Apenas volvió el doctor Orellana le referí lo que había sucedido y fue a visitarla; pero ella no quiso tampoco oírlo, diciendo varias veces que no podía creer en un Dios tan cruel, a menos que no se le hiciera patente por un gran milagro.

Así se pasó un año sin que tanto el doctor Orellana como yo dejáramos de visitar a doña Isabel con la esperanza de que algún día la gracia ablandara aquel corazón petrificado. Con el objeto de hablarle con frecuencia ofrecí enseñar a leer al niño que le había quedado, llamado Rafael, en quien su madre había concentrado su vida sin permitir que la dejase un momento.

Un día, estando en su casa, se descargó sobre el lugar una fuerte tempestad. Los truenos eran cada vez más violentos, llegando a tal fragor, que aterrados todos los presentes nos pusimos de rodillas y empezamos a rezar; con excepción de doña Isabel, que con la cabeza erguida y la mirada centellante permanecía en pie. Rafael fue a refugiarse en sus brazos, pero viendo en ella una expresión tan dura y extraña, se apartó de su lado y fue a arrodillarse en medio de todos los demás, sin dejar de mirar a su madre con aire espantado.

—Señora Isabel —la dije— ¿no la mueve a usted la majestad del Señor, y no teme su castigo?

—¡La majestad del Señor no me asusta! Si acaso existe, ya he dicho que haga algún milagro y me convenceré. Y acercándose al balcón abrió la puerta y salió a él. En ese momento oí un terrífico estampido y caí de espaldas sin conocimiento. Un grito desgarrador me hizo volver en mí espantado y vi a doña Isabel con el niño entre los brazos que lo llamaba con desesperación.

¡Pero en vano, gritaba la infeliz mujer, Rafael había muerto! Sólo él fue herido por el rayo estando en medio de todos nosotros, y aún conservaba en sus ojos la mirada de asombro con que había contemplado a su madre un momento antes; pero lo que había de portentoso, por más que lo expliquen los físicos como cosa natural, cuando no quieren creer en los milagros del cielo, era que en la frente y en varias partes del cuerpo del niño apareció grabada una cruz como un sello puesto por la mano de Dios para manifestar su poder. La cruz era una exacta reproducción de la que tenía yo en la camándula, que cayó de mis manos cuando penetró el rayo en la sala por el balcón que había abierto doña Isabel misma.

La desventurada mujer duró muchos días perfectamente loca, y cuando volvió a la razón fue con un espíritu tan humilde y una fe tan segura como grande y verdadero se manifestó su arrepentimiento. Se dedicó a cuidar niños pobres y enfermos, por el resto de su vida, siendo su casa un perpetuo asilo de cuantos desgraciados imploraban su beneficencia.

«¡Como el arcángel maldito me hinché de soberbia —decía con frecuencia—, y ciega de impiedad desafié a mi Dios, al Señor del universo a que se manifestara en algún milagro! Un milagro para mí, indigna sierva suya, y él lo hizo, pero terrible para castigarme en su justicia.»

De colérica y exaltada que siempre había sido se convirtió en humildísima y paciente cristiana, sufriéndolo todo por el amor de Dios.

* * *

Cuando mi tío acabó de hablar la noche había cambiado completamente y salimos todos al corredor dolorosamente oprimidos y conmovidos con la historia de doña Isabel.

El aguacero había disipado las nubes, y la noche negra, y oscura una hora antes empezaba a lucir bellísima: el cielo azul estaba estrellado cuando salimos, pero de repente las estrellas palidecieron, un vago resplandor iluminó el oriente y algunas nubecillas tan tenues que no las habíamos visto se presentaron brillantes como la luz de la luna, recibiendo sus primeros rayos antes de presentarse sobre el horizonte la reina de la noche, pero aquel brillo duró tan sólo un momento deshaciéndose en breve las nubes al influjo misterioso que en ellas ejerce la luz de la luna.

—Miren ustedes —nos dijo mi tío—, esa nube que ha durado tan cortos momentos, ésa es la imagen del alma de un niño que muere pronto; existía en Dios antes de verlo nosotros, pero apenas llega al mundo y lo dora la luz de la vida, empieza a deshacerse y pronto desaparece ante nuestros ojos, mas no por eso ha dejado de existir: sólo ha cambiado de forma como esas nubes cuyas partes existen todavía, eterizadas pero no aniquiladas.

—¡Válgame el cielo señor cura! —exclamó don Enrique riéndose—, usted acaba de decir una herejía.

—¿Cómo así?

—¿No ve usted que lo que dijo fue puro panteísmo?

—Se equivoca usted, o yo me expresé mal. ¿Acaso no es una teoría completamente cristiana y católica aquella de que el alma ha existido siempre en el gran seno de Dios, y que este mundo es apenas el camino por donde pasamos para volver a gozar de él?

Conversando así pasamos algún rato más y después nos separamos para recogernos.

Ésa fue la última noche que estuvimos reunidos; pronto partió Matilde, y hace pocos días recibíamos una larga carta que concluye con estas palabras:

«...En resumen, como ustedes lo habrán comprendido, además de deberles mi vida que salvaron con sus exquisitos cuidados, ahora creo que les debo también mi felicidad. Alentada por sus consejos procuré entada por sus consejos procuré nos tímida con mi esposo, quien al verme menos retraída se ha manifestado más amable y hace seis meses que vivimos en completa armonía. No hemos tenido ninguna explicación, conviniendo tácitamente en que es mejor olvidar lo pasado...»


Publicado el 21 de diciembre de 2018 por Edu Robsy.
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