Vida de los Doce Césares

Suetonio


Historia, Tratado, Tratado político



El divino Julio César

I. Cuando tenía quince años de edad perdió a su padre. Al año siguiente, fue nombrado sacerdote de Júpiter y, tras romper con Cosutia, de familia del orden ecuestre, pero sumamente rica, con la cual estaba prometido desde niño, se casó con Cornelia, hija del cuatro veces cónsul Cinna, de la que muy pronto tuvo a su hija Julia. El dictador Sila no consiguió de modo alguno persuadirlo a que la repudiase. Por ello, después de ser sancionado con la pérdida del sacerdocio, de la dote y de la herencia familiar, fue considerado del partido de la oposición, hasta el punto de verse obligado a quitarse de en medio, a cambiar de escondite casi cada noche, aun estando enfermo de fiebres cuartanas, y a sobornar a sus perseguidores, hasta que por mediación de las vírgenes vestales y de Mamerco Emilio y Aurelio Cota, parientes y amigos suyos, obtuvo el perdón. Es bien sabido que Sila, después de negarse durante un tiempo a ello a pesar de los ruegos de ciudadanos eminentes y muy cercanos al dictador, vencido finalmente por la pertinaz insistencia de éstos, ya fuese por inspiración de los dioses o por una premonición suya exclamó: «¡Que se salgan con la suya y se queden con él, pero que sepan que ese mismo, a quien con tanto interés desean ver vivo, será algún día la perdición del partido de los optimates, por el que hemos luchado juntos, pues existen en César muchos Marios!».

II. Se inició en la vida militar en Asia, compartiendo amistad y tienda con el pretor Marco Termo. Enviado por éste a Bitinia para reclutar una flota, se hospedó en el palacio de Nicomedes, sin que faltaran rumores de que había perdido su castidad a manos del rey. Dio más pábulo a este rumor el hecho de haberse dirigido de nuevo a Bitinia a los pocos días para reclamar un dinero que, según decía, se debía a un liberto, cliente suyo. Llevó a cabo con mejor fama el resto de la campaña y en la conquista de Mitilene fue galardonado por Termo con la corona cívica.

III. Sirvió también en Cilicia a las órdenes de Servilio Isáurico, pero por poco tiempo. Conocida, en efecto, la muerte de Sila, regresó precipitadamente a Roma, con la esperanza, además, de una nueva revuelta, promovida por Marco Lépido; pero, a pesar de ser invitado a ello con atractivas proposiciones, se abstuvo de tomar partido por Lépido, desconfiando no sólo de la capacidad de éste, sino también de la oportunidad, que había encontrado menos favorable de lo que creyera.

IV. Por lo demás, una vez sofocada la revuelta, acusó de concusión a Cornelio Dolabela, ilustre personaje que había sido cónsul y recibido los honores del triunfo. Al ser absuelto éste, decidió marcharse a Rodas y, tanto para evitar una posible venganza, como por placer y descanso, se dedicó a ejercitarse con Apolonio Molón, famoso maestro de retórica en aquel entonces. Durante su singladura hacia la isla, ya en los meses de invierno, fue capturado por los piratas junto a la isla de Farmacusa y, con gran indignación por su parte, permaneció en su poder cerca de cuarenta días en compañía tan sólo de un médico y dos sirvientes, pues había enviado inmediatamente a sus demás acompañantes y sirvientes a recaudar el dinero exigido para su rescate. Luego, tras haber pagado cincuenta talentos y ser desembarcado en la playa, habiendo reunido enseguida una flota, se lanzó al punto en su persecución y, una vez capturados, los hizo ejecutar tal y como, medio en broma medio en serio, les había amenazado numerosas veces. Como en aquellos días Mitridates estaba asolando las regiones fronterizas, para que no pareciese que permanecía ocioso en una situación tan crítica para los aliados, desde Rodas, adonde se había dirigido, se trasladó a Asia y, reuniendo unas tropas auxiliares y expulsando con ellas de la provincia al lugarteniente del rey, mantuvo leales a las ciudades que estaban indecisas y vacilantes.

V. Al ser nombrado tribuno militar, el primer cargo que, tras su regreso a Roma, obtuvo por sufragio popular, se esforzó al máximo en ayudar a los que promovían el restablecimiento de la potestad tribunicia, cuyo poder había debilitado Sila. Consiguió también, amparándose en la ley Plocia, el retorno de L. Cinna, hermano de su mujer, y el de los que con el habían tomado partido por Lépido durante la revuelta civil y que, tras el asesinato del cónsul, se habían refugiado junto a Sertorio. César pronunció también un discurso sobre este tema.

VI. Siendo cuestor, desde la tribuna de los oradores pronunció, según la costumbre, el elogio fúnebre de su tía Julia y de su mujer Cornelia, fallecidas ese mismo año. En el elogio de su tía se refirió con estas palabras al doble linaje de ella misma y de su padre: «La estirpe por línea materna de mi difunta tía Julia procede de reyes y por línea paterna está ligada a los dioses inmortales. De Anco Marcio, en efecto, descienden los reyes Marcios, cuyo nombre llevó su madre; los Julios, por su parte, lo hacen de Venus, a cuyo linaje pertenece nuestra familia. En su estirpe, en consecuencia, se encuentra la sagrada dignidad de los reyes, que son los más poderosos entre los hombres, y el divino carácter de los dioses, bajo cuyo poder se hallan los propios reyes». Para ocupar el lugar de la fallecida Cornelia, tomó entonces como esposa a Pompeya, hija de Quinto Pompeyo y sobrina de L. Sila. Más tarde se divorció de ella al tener sospechas de que había sido seducida por Publio Clodio. Y tan insistentes eran los rumores de que éste había penetrado en su cámara vestido de mujer durante la celebración de una fiesta religiosa, que el Senado abrió un proceso judicial por sacrilegio.

VII. Como cuestor le cupo en suerte la Hispania Ulterior. Recorriendo allí por delegación del pretor las diferentes demarcaciones para administrar justicia y habiendo llegado a Gades, al encontrarse en el templo de Hércules frente a la estatua de Alejandro Magno se puso a llorar y, como cansado ya de su propia negligencia, puesto que, se decía a sí mismo, ala edad en que Alejandro había ya sometido al mundo entero él, en cambio, no había realizado ninguna acción memorable, solicitó inmediatamente ser relevado del cargo para poder aprovechar cuanto antes en la Urbe las oportunidades de más ambiciosas empresas. Desconcertado también por un sueño tenido aquella noche (pues le pareció, mientras dormía, haber cometido estupro con su madre) los adivinos le insuflaron una desmedida esperanza al interpretarlo como un augurio de su futuro dominio sobre todo el orbe de la tierra, ya que, aseguraban, esa madre, que había visto que se sometía a él, no era otra que la Tierra, que es considerada la madre de todas las cosas.

VIII. Marchándose, por consiguiente, antes de tiempo, se encaminó a las colonias latinas, encrespadas por la reivindicación del derecho de ciudadanía, y las hubiera incitado a algún audaz enfrentamiento, si los cónsules, por esa misma razón, no hubiesen retenido allí durante algún tiempo las legiones reclutadas en Cilicia.

IX. Pero no por eso dejó de maquinar sin demora en la Urbe más vastos proyectos. En efecto, unos pocos días antes de asumir la edilidad, se hizo sospechoso de haber conspirado con el ex cónsul Marco Craso y con Publio Sila y L. Autronio, condenados por cohecho tras su elección como cónsules, para asaltar el Senado al iniciarse el nuevo año y, después de asesinar a quienes les pareciese oportuno, imponer M. Craso una dictadura, en la que el propio César sería nombrado jefe de la caballería por aquél. Después, una vez reorganizada la República a su antojo, se les restituiría el consulado a Sila y a Autronio. De esta conspiración hace mención Tanusio Gémino en su historia, Marco Bíbulo en sus edictos y C. Curión, padre, en sus discursos. También Cicerón parece referirse a ella en cierta carta dirigida a Axio al afirmar que César, durante su consulado, había consolidado el poder absoluto que ya había pretendido siendo edil. Añade Tanusio, que Craso, fuese por arrepentimiento o por miedo, no se presentó el día señalado para la matanza y que César, en consecuencia, no dio la señal que se había acordado que daría. Curión dice que se había convenido que se quitaría del hombro la toga. El mismo Curión y M. Actorio Naso afirman que César también conspiró con el joven Cneo Pisón, a quien, por la sospecha de ese complot en la Urbe, se le asignó, fuera de todo procedimiento, la provincia de Hispania. Siguen diciendo que ambos habían acordado que Pisón, fuera de Roma, y el propio César, en la Urbe, se alzarían simultáneamente para dar un golpe de Estado, apoyados por los ambranos y transpadanos; pero que su proyecto se vino abajo debido a la muerte de Pisón.

X. Como edil, además del lugar destinado a los comicios, el foro y las basílicas, embelleció también el Capitolio con unos pórticos de quita y pon, para exponer en ellos parte de sus riquezas, en las que abundaban las obras de arte. Prodigó, unas veces junto con su colega y otras él solo, cacerías y juegos, con lo que consiguió, merced a aquellos gastos hechos a medias, ganarse únicamente él el favor del pueblo y que su colega Marco Bíbulo no se recatase de declarar que le había sucedido a él lo mismo que a Pólux; pues, del mismo modo que habiéndose levantado en el foro un templo en honor de los dos hermanos gemelos solamente recibía el nombre de «templo de Cástor», de la misma manera se decía que era exclusivamente de César la munificencia de ambos ediles. Ofreció además César un espectáculo de gladiadores, aunque con un número de parejas algo menor de las que había planeado, pues, habiendo alarmado a sus enemigos con la enorme cantidad de cuadrillas traídas de todas partes, se adoptaron medidas sobre el número de gladiadores, de manera que en Roma no le estuviese permitido a nadie sobrepasar ese número.

XI. Una vez se hubo ganado el favor del pueblo, intentó mediante los tribunos que se le concediera por plebiscito la provincia de Egipto al habérsele presentado la oportunidad de obtener un mando fabuloso, ya que los alejandrinos habían expulsado a su rey, distinguido por el Senado con el título de aliado y amigo, mereciendo este suceso una general reprobación. Sin embargo, no pudo conseguirlo debido a la oposición del partido de los optimates. César, a su vez, para minar por todos los medios a su alcance el prestigio de éstos, volvió a colocar en su sitio los trofeos de Cayo Mario, obtenidos por sus victorias sobre Yugurta y sobre los cimbrios y teutones, y retirados años antes por Sila, y, al presidir el proceso instruido contra los sicarios, incluyó entre éstos, aun cuando las leyes Cornelias los exoneraban de tal imputación, a todos aquellos que durante la época de proscripción habían recibido dinero del erario público por las cabezas de ciudadanos romanos presentadas por ellos.

XII. Sobornó también a un individuo para que acusase de alta traición a Cayo Rabirio, con cuya decisiva colaboración el Senado, hacía unos cuantos años, había reprimido el turbulento tribunado de Lucio Saturnino y, como le hubiese tocado en suerte, precisamente a él, ser el juez de aquel reo, se cebó con tal pasión en su condena que cuando el reo apeló al pueblo, nada le fue tan útil como el propio ensañamiento del juez.

XIII. Perdida la esperanza de obtener la provincia de Egipto, presentó su candidatura para pontífice máximo, repartiendo a ese fin el dinero a manos llenas. Por lo que se cuenta que César, pensando, sin duda, en la enormidad de sus deudas, al dirigirse por la mañana a los comicios, anunció a su madre cuando ésta le besaba que «no regresaría a su casa si no era como pontífice». Y tan rotunda fue su victoria sobre sus dos poderosísimos rivales, que le superaban en edad y prestigio, que consiguió él solo más votos en las tribus de aquellos que ellos dos en todas.

XIV. Descubierta, siendo César pretor, la conjuración de Catilina y pronunciándose el Senado en pleno en favor de la pena de muerte para todos los implicados en la criminal intriga, únicamente él fue del parecer de que, tras confiscarse sus bienes, se debía repartir y custodiar a los sediciosos entre los diversos municipios. Más aún: provocó tal pánico en aquellos que proponían medidas más drásticas, haciéndoles ver insistentemente cuánto odio guardaría la plebe romana hacia ellos en el futuro, que Décimo Silano, cónsul electo, no vio inconveniente en suavizar su propuesta dándole otra interpretación —pues cambiarla hubiera sido vergonzoso—, como si se hubiese entendido de una forma más rigurosa de lo que él mismo pretendía. Y hubiese conseguido César imponer su parecer, pues ya muchos se habían puesto a su lado, entre ellos Cicerón, el hermano del cónsul, si el discurso de M. Catón no hubiese reafirmado en su postura al ya indeciso Senado. Pero ni siquiera entonces dejó de oponerse a la sentencia del Senado, hasta que un piquete de caballeros romanos, que, armado, rodeaba el Senado para su protección, le amenazó de muerte por su pertinaz oposición, llegando incluso a blandir contra él las espadas desenvainadas, de manera que los que se hallaban junto a él lo dejaron solo, sentado en su escaño, y tan sólo unos pocos, rodeándolo e interponiendo sus togas, pudieron protegerlo. César entonces, completamente aterrado, no sólo cedió, sino que durante el resto del año no apareció por la Curia.

XV. El mismo día que tomó posesión de su cargo de pretor, convocó a Quinto Catulo para que se sometiese a una investigación por parte del pueblo sobre la restauración del Capitolio. Presentó además un proyecto de ley por el cual se transfería a otro contratista el encargo de la citada restauración. Impotente, sin embargo, ante la cerrada coalición de los optimates, pues veía, en efecto, que éstos, dejando inmediatamente de lado la debida cortesía para con los nuevos cónsules, asistían en masa al Senado decididos a oponérsele obstinadamente, renunció a su proyecto.

XVI. Por otra parte, se manifestó tercamente partidario y defensor del tribuno de la plebe Cecilio Metelo que, a pesar del veto interpuesto por sus colegas, presentaba unas leyes sumamente subversivas, hasta que ambos, por decreto del Senado, fueron destituidos de sus cargos de la administración pública. No obstante, sin amilanarse por ello, continuó ejerciendo sus funciones de magistrado e impartiendo justicia, pero cuando descubrió que estaban prestos para impedírselo a la fuerza y por las armas, despedidos los lictores y quitándose la toga pretexta, marchó de incógnito a refugiarse en su casa, dispuesto a permanecer inactivo, tal y como aconsejaba la situación del momento. Sin embargo, dos días después, contuvo a una muchedumbre concentrada espontánea y libremente ante su casa, que le prometía tumultuosamente su apoyo para reivindicar su magistratura. Ante esta actuación que nadie se esperaba, el Senado, que se había reunido precipitadamente a causa de ese mismo alboroto, le dio las gracias por medio de sus próceres, y, tras invitarle a presentarse en la Curia y alabarlo en los más elogiosos términos, se le restituyó el cargo con todos los honores después de derogar el último decreto.

XVII. Volvió de nuevo a encontrarse en situación muy crítica cuando ante el cuestor Novio Nigro fue señalado y acusado por Lucio Vetio de ser uno de los cómplices de Catilina; lo mismo hizo ante el Senado Quinto Curión, a quien, por ser el primero que había desvelado los planes de los conjurados, se había recompensado públicamente. Afirmaba Curión que lo sabía por el propio Catilina. Vetio prometía, incluso, presentar un escrito autógrafo de César entregado a Catilina. César, por su parte, considerando que de ningún modo debía tolerar tales infundios, tras solicitar el testimonio de Cicerón, y al poner éste de manifiesto que César le había aportado espontáneamente ciertos detalles de la conspiración, consiguió que no se entregara a Curión la prometida recompensa. En cuanto a Vetio, después de embargarle sus bienes y de que destrozaran sus enseres, apaleado y casi linchado ante la tribuna durante la asamblea, lo arrojó a la cárcel. Lo mismo hizo con el cuestor Novio por haber permitido que un magistrado de mayor autoridad que la suya fuese acusado en su presencia.

XVIII. Habiéndole tocado por sorteo, al cesar en su cargo de pretor, la Hispania Ulterior, gracias a la intervención de algunos fiadores pudo librarse de los acreedores que le retenían en Roma y, contra toda tradición y derecho, antes de que se asignasen a las provincias los preceptivos créditos, se dirigió allí, no sabemos si por miedo a algún proceso judicial que podían prepararle mientras era un simple ciudadano, o bien para acudir lo antes posible en ayuda de los aliados que lo reclamaban. Pacificada la provincia con igual rapidez, sin esperar a su sucesor partió de allí para optar tanto al triunfo como al consulado. Pero como, una vez convocados los comicios, no se podía incluir su candidatura, si previamente no había entrado en la ciudad como ciudadano privado, y como muchos se oponían a su petición de que se le eximiese de esta obligación legal, se vio obligado a renunciar al triunfo para no ser excluido del consulado.

XIX. De sus dos rivales para el consulado, Lucio Luceio y Marco Bíbulo, pactó con Luceio para que éste, al ser menos popular, pero de gran poder económico, prometiese un reparto de dinero entre las centurias en nombre de los dos, pero a expensas de su propia fortuna. Enterados de ello los optimates, alarmados porque la audacia de César podría no tener límites una vez obtenida la máxima magistratura, máxime con un colega adicto y que no le hiciese oposición, indujeron a Bíbulo a ofrecer otro tanto, aportando dinero muchos de ellos, sin que ni siquiera Catón se opusiese a esas liberalidades que se hacían por el bien de la República. Así pues, César fue elegido cónsul en compañía de Bíbulo. Por esa razón se ocuparon los optimates de que a los futuros cónsules se les asignaran provincias de muy escasa importancia, a saber bosques y pastos. Instigado sobre todo por este agravio, rodeó de toda clase de atenciones a Cneo Pompeyo, muy disgustado con los senadores porque éstos, después de su victoria sobre Mitridates, se mostraban sumamente reacios a la hora de ratificar sus acuerdos. Reconcilió, pues, a Pompeyo con Marco Craso, viejo enemigo suyo desde el consulado que habían desempeñado juntos, pero en completa discordia, y estableció un pacto con ambos para que no se hiciese nada en la República que pudiera molestar a alguno de los tres.

XX. Ya en posesión de su cargo, dispuso, cosa que nadie había hecho con anterioridad, que de las diarias sesiones, tanto del Senado como de la asamblea del pueblo, se levantasen actas y se publicasen. También restableció la antigua costumbre de que el cónsul, durante el mes que no tenía derecho a las fasces, fuera precedido de un ujier y seguido de los lictores. Por otra parte, con ocasión de haber promulgado una ley agraria, hizo expulsar del foro, por las armas, a su colega que se oponía a ésta y, al día siguiente, cuando éste presentó sus quejas en el Senado sin encontrar a nadie que se atreviera a denunciar semejante desafuero o a proponer una sanción como las muchas que frecuentemente se habían decretado por altercados menos graves, se sumió en tal estado de decaimiento que, durante el resto de su magistratura, encerrado en su casa, se limitó únicamente a manifestar su oposición mediante edictos. En consecuencia, a partir de entonces, César gobernó él solo el Estado en su totalidad y a su antojo, hasta el punto de que algunos conciudadanos, cuando para dar fe firmaban algún documento, escribían, en plan de guasa, que el tal documento había sido rubricado, no durante el consulado de César y Bíbulo, sino durante el consulado de Julio y de César, citando dos veces al mismo cónsul por su nombre y por su sobrenombre; muy pronto se hicieron también populares estos versos por todas partes:

esto sucedió hace poco, no durante el consulado de Bíbulo, sino durante el de César,
pues no recuerdo que durante el de Bíbulo ocurriera cosa alguna.

La campiña de Stella, declarada propiedad del Estado por nuestros antepasados, y el territorio de Campania, dejado en arriendo a fin de obtener ingresos para el Estado, los repartió sin sorteo entre veinte mil ciudadanos que tuviesen tres o más hijos. A los arrendadores que solicitaban una rebaja de sus deudas, les perdonó una tercera parte de ellas, pero les advirtió públicamente que no pujaran en exceso en la subasta de los próximos impuestos. Concedió, además, con prodigalidad y sin que nadie se opusiese los diferentes caprichos que todos le solicitaban y, si alguien se oponía, era silenciado por medio del terror. Ordenó que un lector expulsase de la Curia a Marco Catón, que le ponía objeciones, y lo metió en la cárcel. A Lucio Lúculo, que le contrariaba con excesiva libertad, lo aterrorizó hasta tal punto con la amenaza de falsas acusaciones que espontáneamente se arrojó a sus rodillas. Por lamentarse Cicerón durante un juicio de la situación política del momento, aquel mismo día a la hora nona, hizo pasar a Publio Clodio, acérrimo enemigo de Cicerón, de la clase patricia a la plebeya, favor que Clodio pretendía sin éxito desde hacía mucho tiempo. Finalmente, para atacar en general a todos los miembros del partido contrario, sobornó a un delator para que confesase que algunos de ellos le habían instado a asesinar a Pompeyo y, para que, cuando fuese conducido ante la tribuna de los oradores, diera a conocer, conforme a lo pactado, los nombres de los instigadores. Pero, al equivocarse en un par de nombres y sospecharse el fraude, perdiendo César la esperanza del buen éxito de su temeraria intriga, se cree que asesinó al delator envenenándolo.

XXI. Por aquellos mismos días se casó con Calpurnia, hija de L. Pisón, que le iba a suceder en el consulado, y le dio en matrimonio su hija Julia a Cneo Pompeyo, tras repudiar a su anterior esposo Servilio Cepión, a pesar de que gracias a la decisiva ayuda de este último había podido contrarrestar a Bíbulo. A partir de su nuevo parentesco con Pompeyo, César comenzó a iniciar por éste sus consultas en el Senado, a pesar de que hasta entonces acostumbraba hacerlo por Craso y de que era costumbre que, el orden de consultas que el cónsul hubiese establecido en las calendas de enero, lo mantuviese durante todo el año.

XXII. Con el concurso de su suegro y de su yerno eligió las Galias entre todo el abanico de provincias, pues por sus recursos y oportunidades esta provincia le ofrecía, según su criterio, el campo adecuado para obtener grandes triunfos. Así pues, por la ley Vatinia, recibió al principio la Galia Cisalpina, junto con el Ilírico. Luego, el Senado le otorgó también la Cabelluda, temiendo los senadores que, si ellos se la negaban, se la concedería el pueblo. Exultante de alegría, no se recató en jactarse pocos días después, ante una abarrotada Curia, de que había conseguido lo que deseaba, a pesar del odio y de los gritos de sus adversarios, y de que por esa razón iba desde entonces a machacarlos a todos ellos. Al objetar uno de los senadores con ánimo de ofenderle que no le resultaría eso fácil a una mujer, César, en tono divertido, le respondió que también en Siria había reinado Semíramis y que las amazonas habían dominado gran parte de Asia en otros tiempos.

XXIII. Una vez concluido el desempeño de su cargo, como los pretores Cayo Memio y Lucio Domicio pusiesen en cuestión los decretos del año anterior, César trasladó la investigación al Senado. Como éste no aceptó el encargo, después de pasar tres días en inútiles discusiones se marchó a su provincia, aunque su cuestor, acusado de varios delitos, fue detenido de inmediato y llevado a los tribunales para una primera vista. Reclamada acto seguido la presencia del propio César por el tribuno de la plebe Lucio Antistio, obtuvo aquél, apelando al colegio tribunicio, no ser procesado al estar ausente de Roma por motivos de Estado. Por consiguiente, para garantizar su seguridad en adelante, puso especial cuidado en asegurarse la fidelidad de los magistrados de cada año y en no ayudar ni permitir que fuera nombrado ninguno de los candidatos, a no ser los que se hubiesen comprometido a defenderlo mientras estuviese ausente. Y este compromiso no dudó en exigirlo a algunos de ellos bajo juramento y por escrito.

XXIV. Mas cuando Lucio Domicio, candidato al consulado, le amenazó abiertamente que, como cónsul, llevaría a cabo lo que no había conseguido hacer como pretor y que le privaría de sus ejércitos, convenció a Craso y Pompeyo, a quienes había convocado en Luca, ciudad de su provincia, para que presentaran su candidatura a un segundo consulado con el fin de desbancar a Domicio; gracias a ambos consiguió, además, que se prorrogase su mandato durante cinco años. Con esta confianza, a las legiones que le había otorgado la República, añadió otras, a expensas suyas, e incluso reclutó otra más en la Galia Transalpina —denominada con un término galo, pues se llamaba «Alauda»—, a toda la cual, instruida en la disciplina y cultura romanas, le otorgó posteriormente la ciudadanía romana. A partir de entonces no dejó pasar ninguna ocasión de entrar en guerra, por injusta y peligrosa que fuera, hostigando, por propia iniciativa y por un igual, a naciones aliadas, enemigas o salvajes, hasta el punto de que en determinado momento el Senado decidió que debía enviarse una legación para investigar la situación en las Galias y algunos opinaron que se debía entregar a César al enemigo. Pero, ante los repetidos éxitos de sus campañas, obtuvo públicas rogativas en su honor, más frecuentes y prolongadas que ningún otro.

XXV. Durante los nueve años que tuvo el mando llevó a cabo aproximadamente lo siguiente: redujo a la categoría de provincia romana toda la Galia (a excepción únicamente de las ciudades aliadas y de aquellas que se habían ganado el reconocimiento de Roma), que se encuentra limitada por los desfiladeros de los Pirineos, los Alpes, la cordillera de los Cevenas y los ríos Rin y Ródano, y cuyo contorno se extiende aproximadamente tres millones doscientos mil pasos. A estos territorios les impuso un tributo anual de cuarenta millones de sestercios. Atacó a los germanos que viven al otro lado del Rin, tras ser el primer romano en construir un puente sobre el río para llegar hasta ellos, y les infligió sangrientas derrotas. Atacó también a los británicos, desconocidos hasta entonces, y, una vez vencidos, les exigió rehenes y dinero. En medio de tantos éxitos experimentó únicamente tres reveses: en Britania casi toda su flota fue destruida por una tormenta; en la Galia, junto a Gergovia, fue aniquilada una legión, y, en territorio germano, sus legados Titurio y Aurunculeyo murieron en una emboscada.

XXVI. Durante esos mismos años perdió en primer lugar a su madre, luego a su hija y no mucho después a su nieto. Entre esos acontecimientos, consternada la República por el asesinato de Publio Clodio y habiendo decidido el Senado designar cónsul único a Cneo Pompeyo, acordó César con los tribunos de la plebe, que le querían proponer como colega de Pompeyo, que, en vez de eso, propusieron en la asamblea del pueblo una ley por la que, aun estando ausente, cuando se acercase el momento de cesar en su mando se le aceptara la candidatura a un segundo consulado, para que no tuviera, por ese motivo, que abandonar prematuramente la provincia y una guerra todavía sin concluir. Una vez conseguido su propósito, con el pensamiento ya en proyectos de más envergadura y lleno de esperanza, no escatimó para con nadie dádivas y favores de toda especie, tanto a título personal, como en nombre del Estado. Con el dinero procedente de su parte en el botín de guerra comenzó a construir un foro, cuyo solar le costó más de cien millones de sestercios. En memoria de su hija prometió un combate de gladiadores y un banquete para el pueblo, lo cual nadie había hecho antes. Y para que la expectación fuese máxima, en todo aquello que se refería a la preparación del banquete, aunque ya tenía contratados para ello profesionales de la alimentación, hizo que se elaborase también en su propia casa. Dio orden de que se llevasen a la fuerza y reservasen para la ocasión a los gladiadores famosos, si luchaban en alguna parte en que el público se mostrase hostil con ellos. Hizo que los aprendices fueran adiestrados, no en la palestra ni por maestros profesionales, sino en casas particulares por caballeros romanos e incluso por senadores expertos en el manejo de las armas, rogándoles encarecidamente, como se demuestra por sus cartas, que se encargaran del adiestramiento individual de cada uno de ellos y que ellos, personalmente, los ejercitaran durante su instrucción. Duplicó a perpetuidad el sueldo de las legiones. En cuanto al trigo, siempre que había abundancia de él, lo repartía igualmente sin límite ni medida y, en ocasiones, regaló a cada soldado un esclavo procedente del botín de guerra.

XXVII. Para mantener la vinculación con Pompeyo y su favor, le ofreció en matrimonio a Octavia, nieta de su hermana y casada con Cayo Marcelo, y le pidió para sí mismo la mano de su hija, prometida a Fausto Sila. Tras haberse ganado al círculo íntimo de Pompeyo e incluso a una gran parte del Senado prestándoles dinero gratuitamente o a muy pequeño interés, también a los ciudadanos de las demás clases sociales, que invitados por él o espontáneamente acudían a visitarlo, los colmaba de generosísimos regalos e incluso obsequiaba a los libertos y esclavos de ínfima condición, en la medida en que eran estimados por su amo o patrón. Estaba ya considerado como el único y más decidido valedor de acusados, deudores y jóvenes manirrotos, a no ser que el peso de los crímenes, de la pobreza o de los excesos que los agobiaban fuese superior a sus posibilidades de ayudarlos. A éstos les decía entonces abiertamente que lo que ellos necesitaban era una guerra civil.

XXVIII. Con no menor celo procuraba atraerse a los reyes y mandatarios de todos los lugares de la tierra, obsequiando a unos con miles de prisioneros, proporcionándoles a otros, sin la autorización del Senado y del pueblo de Roma, tropas auxiliares en el lugar y en la cantidad que deseasen y, también, embelleciendo con importantes monumentos las más poderosas ciudades de Italia, de las Galias, de Hispania e, incluso, de Asia y de Grecia. Mientras todos se mostraban atónitos ante estos hechos y se preguntaban qué pretendía César con todo ello, el cónsul Marco Claudio Marcelo, después de anunciar mediante un edicto que se iba a ocupar de un asunto de Estado de la máxima importancia, propuso al Senado que César fuera relevado del mando antes de tiempo y licenciado su ejército victorioso, puesto que, concluida ya la guerra, reinaba la paz; propuso también que, por estar ausente, no se tuviera en cuenta la candidatura de César para los comicios puesto que Pompeyo había derogado con posterioridad el plebiscito que le autorizaba a ello. Había ocurrido, en efecto, que al presentar éste la ley de procedimiento de las magistraturas, en el capítulo en el cual se rechazaba la candidatura de cualquiera que no estuviera presente, no había hecho, por olvido, una excepción en favor de César, corrigiendo ese error más tarde, cuando ya la ley estaba grabada en bronce y depositada en el erario. Y no contento Marcelo con arrebatarle a César sus provincias y privilegios, propuso también que a los colonos, que en virtud de la ley Vatinia, había establecido en Nuevo Como, se les privase de la ciudadanía, puesto que se les había concedido por afán de popularidad y excediendo los límites de la propia ley.

XXIX. Seriamente alarmado César ante estos hechos y considerando —como afirman que con frecuencia le habían oído decir— que «más difícilmente, si era el primero de los ciudadanos, se le pasaría del primer rango al segundo, que del segundo al último», se opuso a ello con todas sus fuerzas, tanto mediante el veto de los tribunos, como por medio del otro cónsul, Servio Sulpicio. Al año siguiente, puesto que Cayo Marcelo, que había sucedido en el consulado a su primo hermano Marco, tenía las mismas intenciones, César, merced a cuantiosas sumas de dinero, compró a Emilio Paulo, el otro cónsul, y a Cayo Curión, el más violento de los tribunos, para que velaran por sus intereses. Pero, cuando vio que sus enemigos proseguían con sus manejos todavía con mayor obstinación y que también los cónsules electos habían sido elegidos entre sus adversarios, solicitó por carta al Senado que no se le privase de los privilegios que el pueblo le había otorgado o, en todo caso, que también los otros generales abandonaran sus ejércitos. Confiaba, según parece, que, en el momento que lo deseara, le sería más fácil a él reunir a sus veteranos que a Pompeyo reclutar nuevos soldados. Por otra parte, trató de pactar con sus adversarios que, a cambio de licenciar ocho de sus legiones y dejar la Galia Transalpina, se le concediese mantener dos legiones y la Galia Cisalpina, o, incluso, una sola legión con el Ilírico, hasta que fuese nombrado cónsul.

XXX. Sin embargo, al no tomar partido el Senado y afirmar sus enemigos que no harían concesión alguna que afectase al Estado, se trasladó César a la Galia Citerior y, una vez concluidas las preceptivas vistas judiciales, se detuvo en Rávena decidido a recurrir a la guerra si el Senado llegaba a tomar alguna decisión excesivamente rigurosa en contra de los tribunos de la plebe que habían interpuesto el veto en su favor. Y, ciertamente, éste fue el pretexto para la guerra civil; se cree, sin embargo, que fueron otros los motivos reales. Cneo Pompeyo, por ejemplo, repetía una y otra vez que César, al no haber podido concluir todo lo que había iniciado y no haber tampoco podido responder con sus recursos particulares a la expectación que él mismo había generado en el pueblo con motivo de su regreso, había querido subvertir y trastornarlo todo. Otros afirman que tuvo miedo de que se le obligase a rendir cuentas de todo aquello que había realizado durante su primer consulado contrariando los auspicios, las leyes y los vetos interpuestos, pues M. Catón, en ese mismo sentido, anunciaba que le procesaría tan pronto licenciase su ejército. Este parecer lo corrobora Asinio Polión cuando nos dice que en la batalla de Farsalia, viendo César a sus enemigos derrotados y muertos, pronunció estas palabras: «Esto es lo que han querido. Pues yo, Cayo César, después de llevar a cabo tantas hazañas, hubiese sido condenado de no haber recurrido a la ayuda del ejército». Creen algunos que, habituado al mando militar, después de sopesar sus fuerzas y las de sus enemigos, aprovechó la ocasión de hacerse con el poder absoluto, que había anhelado desde su juventud. Parece que esto mismo es lo que opinaba Cicerón cuando en el tercer capítulo de su libro De las obligaciones escribe que César tenía siempre en los labios aquellos versos de Eurípides que él mismo traduce de esta manera:

Si es necesario violar la ley, debe violarse para conseguir el poder supremo.
En todo lo demás practica la virtud.

XXXI. Cuando llegó la noticia de que se había retirado a los tribunos el derecho de veto y de que éstos habían abandonado la ciudad, enviadas por delante a toda prisa y en secreto unas cohortes para no levantar sospechas, él mismo, también para disimular, asistió a un espectáculo público, estudió la maqueta de una escuela de gladiadores que iba a construir y, como de costumbre, participó en un concurrido banquete. Más tarde, después de ponerse el sol, uncidas a su carro unas mulas de un molino próximo, se puso sigilosamente en camino con una reducida escolta. Luego, habiéndose perdido por haberse apagado las antorchas, anduvo errante largo rato y, al amanecer, gracias a haber por fin encontrado un guía, pudo seguir a pie a través de angostísimos senderos. Tras haberse reunido con sus cohortes junto al río Rubicón, que marcaba el límite de su provincia, se detuvo unos momentos y, reflexionando sobre la enorme trascendencia de lo que estaba en juego, se volvió hacia los que estaban a su lado y dijo: «Ahora todavía nos es posible echarnos atrás; pero, si atravesamos ese puente, todo habrá de decidirse por la fuerza de las armas».

XXXII. Mientras permanecía allí indeciso, ocurrió el siguiente prodigio. Un individuo de extraordinaria estatura y belleza apareció de repente, sentándose junto a ellos mientras tocaba una flauta. Habiéndose congregado allí para escucharle además de muchos pastores también los soldados del destacamento y, entre ellos, los trompetas del ejército, arrebatándole a uno su trompeta saltó hacia el río y, comenzando a tocar con gran brío el clarín militar, se dirigió a la orilla opuesta. Dijo entonces César: «Vayamos adonde los prodigios de los dioses y la iniquidad de los enemigos nos llaman. La suerte está echada».

XXXIII. Así pues, una vez hubo hecho cruzar el puente al ejército, llevando consigo a los tribunos de la plebe que habían llegado allí expulsados de Roma, ante todo el ejército reunido en asamblea, llorando y rasgándose la túnica sobre el pecho, apeló a la lealtad de sus soldados. Se cree que prometió incluir a cada uno de ellos en el censo de la clase ecuestre, pero se debe a una errónea interpretación. Pues mientras arengaba y exhortaba a sus hombres, afirmaba, mostrando insistentemente el dedo de su mano izquierda, que, para recompensar a todos aquellos que iban a luchar para defender su honor, estaba dispuesto incluso a perder su anillo sin inmutarse. Pero las últimas filas de la Asamblea, para las que era más fácil ver al orador que escucharlo, creyeron que había dicho lo que se imaginaban por el gesto; y se difundió el rumor de que les había prometido a cada uno de ellos el derecho a portar el anillo ecuestre con los cuatrocientos mil sestercios incluidos.

XXXIV. La cronología y el resumen de sus movimientos a partir de este momento es el siguiente: ocupó el Piceno, Umbría y Etruria. A Lucio Domicio, que, a causa del estado de excepción, había sido nombrado su sucesor y se había hecho fuerte en Corfino, tras derrotarlo y capturarlo, lo dejó en libertad. Costeando el mar Adriático se dirigió luego a Brindisi, adonde habían huido los cónsules junto con Pompeyo con la intención de escapar por mar cuanto antes. Después de haber intentado sin éxito impedirles la partida por todos los medios, regresó de nuevo a Roma donde convocó al Senado para tratar de la situación del Estado; acto seguido, atacó por sorpresa a las mejores y más numerosas tropas de Pompeyo, que se hallaban en España al mando de sus tres legados M. Petreyo, L. Afranio y M. Varrón, comentando previamente entre los suyos que se dirigía contra un ejército sin general y que tornaría de allí para atacar a un general sin ejército. Y aunque el asedio de Marsella, que, situada en su itinerario, le había cerrado las puertas, y la extrema escasez de trigo le ocasionaron una cierta demora, sin embargo, en poco tiempo, consiguió vencer en todos los campos.

XXXV. Cuando desde allí hubo regresado a Roma, se trasladó a Macedonia. Allí, después de tenerlo sitiado durante casi cuatro meses mediante extraordinarias obras de asedio, aniquiló finalmente a Pompeyo en la batalla de Farsalia y, tras perseguirlo en su huida a Alejandría, se apoderó de él, aunque ya había sido asesinado. Con el rey Ptolomeo, al ver que éste intrigaba en su contra, mantuvo una muy difícil guerra, pues no se hallaba en el lugar ni en la estación adecuada, sino en pleno invierno y en el interior de las murallas de un enemigo muy bien pertrechado y hábil, mientras que él carecía de todo y no se había preparado. Victorioso, dejó el reino de Egipto en manos de Cleopatra y de su hermano menor, pues no se atrevió a convertirlo en provincia romana, no fuera que, si en alguna ocasión tenía un gobernador excesivamente audaz, pudiera ser motivo de una nueva revuelta. Desde Alejandría se trasladó a Siria y al Ponto, debido a las amenazadoras noticias sobre Farnaces. A éste, hijo de Mitridates el Grande, que, aprovechándose de las circunstancias se había levantado en armas y se mostraba envalentonado por sus múltiples victorias, César, al quinto día de haber llegado, le infligió una total derrota en una sola y humillante batalla de tan sólo cuatro horas de duración, desde el momento en que se avistaron los dos ejércitos. Recordaba por ello con frecuencia los éxitos de Pompeyo, a quien su fama militar le había venido, según César, de vencer a esa clase de enemigos, ineptos para la guerra. Después venció en África a Escipión y a Juba, que intentaban recomponer los restos de su partido, y a los hijos de Pompeyo en España.

XXXVI. Durante toda la guerra civil no sufrió ninguna derrota, excepto algunas por parte de sus legados. De éstos, Cayo Curión murió en África; en el Ilírico, Cayo Antonio cayó en poder de los enemigos; P. Dolabela perdió su flota también en el Ilírico y C. Domicio Calvino, su ejército en el Ponto. Él, por su parte, libró con éxito total todas sus batallas y únicamente en dos ocasiones se mantuvo incierto el resultado del combate. La primera, en Dirraquio, donde, al ser rechazado y no ser perseguido por Pompeyo, afirmó que éste no sabía vencer; la segunda, en España, en la última batalla, cuando, en una situación desesperada, pensó incluso en suicidarse.

XXXVII. Concluida la guerra, obtuvo y celebró cinco veces el triunfo: cuatro veces en el mismo mes con algunos días de intervalo entre ellos, tras su victoria sobre Escipión; y, otra vez más, después de vencer a los hijos de Pompeyo. El primero y más brillante fue el celebrado por sus victorias en las Galias; el segundo, por su victoria en Alejandría; el siguiente, por su victoria en el Ponto; el cuarto, por su victoria en África y, el último, por su victoria en España, cada uno de ellos con diferente ceremonial y boato. El día de su triunfo por la guerra de las Galias, casi se cayó de su carro, al romperse el eje de las ruedas cuando atravesaba el Velabro, y subió al Capitolio a la luz de las antorchas portadas en candelabros por cuarenta elefantes, repartidos a su derecha e izquierda. Durante el triunfo por la guerra del Ponto, entre los objetos del ceremonial, abría la marcha una pancarta con tan sólo tres palabras: «llegué, vi, vencí», que ponía de relieve, no los episodios de la guerra como en las otras ocasiones, sino la rapidez del triunfo como nota distintiva.

XXXVIII. A título de botín de guerra entregó a cada soldado veterano de sus legiones veinticuatro mil sestercios, aparte de los dos mil que les había repartido al inicio de la guerra civil. Les asignó también tierras, aunque no contiguas, para evitar que ningún propietario fuera expropiado de ellas. En cuanto al pueblo de Roma, además de diez modios de trigo y otras tantas libras de aceite, regaló a cada ciudadano los trescientos sestercios, que anteriormente había prometido, a los que sumó otros cien por el retraso. Rebajó también el alquiler anual de habitaciones en Roma hasta los dos mil sestercios y, en el resto de Italia, a no más de quinientos. Añadió un banquete y una distribución pública de carne y, después de la victoria de España, también dos comidas. Y al considerar que la primera era demasiado escasa y no adecuada a su generosidad, regaló otra, copiosísima, cinco días después.

XXXIX. Organizó espectáculos de distintas clases: un combate de gladiadores, representaciones teatrales en toda la ciudad, por barrios e, incluso, en diferentes idiomas, y, además, juegos circenses, competiciones atléticas y una batalla naval. En el combate de gladiadores lucharon, en el foro, Furio Leptino, de familia de pretores, y Q. Calpeno, en otros tiempos senador y abogado. Hijos de prohombres de Asia y de Bitinia bailaron la danza pírrica. Durante las representaciones teatrales, Décimo Laberio, caballero romano, interpretó un mimo que él mismo compuso y, tras ser obsequiado con quinientos sestercios y el anillo de oro, atravesó desde el escenario la orquesta para ir a sentarse en las catorce filas reservadas al orden ecuestre. Durante los juegos circenses, después de ampliarse el espacio del circo, alargándolo por ambos extremos, y añadirle un foso a todo su alrededor, jóvenes de la más pura nobleza condujeron las bigas y las cuadrigas y montaron caballos de exhibición hípica. Dos escuadrones, uno de adolescentes y otro de niños, representaron los juegos ecuestres troyanos. Ofreció durante cinco días combates con animales salvajes y, finalmente, una batalla con dos ejércitos enfrentados, formados cada uno por quinientos infantes, veinte elefantes y treinta jinetes. Para que pudieran combatir sin apreturas, se retiraron las metas y en su lugar se levantaron dos campamentos, uno enfrente del otro. Los atletas, por su parte, compitieron durante tres días en un estadio construido para la ocasión en el Campo de Marte. En un lago artificial, excavado en la Codeta menor para la batalla naval, se enfrentaron birremes, trirremes y cuatrirremes de una flota tiria y de otra egipcia, con gran número de combatientes. Y fue tanta la gente que acudió a todos estos espectáculos que la mayoría de los forasteros, levantando tiendas de campaña, acamparon en las calles y en las vías de acceso a Roma, siendo muchos los aplastados y muertos a causa del gentío, entre ellos, dos senadores.

XL. Dedicándose, después, a organizar la situación del Estado, corrigió el calendario, que, ya desde antiguo, por culpa de los pontífices y de su potestad para intercalar días, estaba hasta tal punto trastocado que ni caían ya en verano las fiestas de la recolección, ni las de la vendimia en otoño. Así pues, ajustó el año al curso solar de modo que constara de trescientos sesenta y cinco días y, suprimido el mes intercalar, tan sólo se añadiese un día cada cuatro años. Más aún, para que en adelante, a partir de las próximas calendas de enero, el cómputo del tiempo fuese siempre el correcto, añadió dos meses entre noviembre y diciembre. Y, en consecuencia, ese último año en el que se tomaron esas disposiciones tuvo quince meses, contando el intercalar, que, como de costumbre, se había también agregado ese año.

XLI. Completó el Senado, eligió y nombró nuevos patricios, aumentó el número de pretores, ediles y cuestores y, también, el de magistrados menores. Restituyó sus privilegios a los que habían sido privados de ellos por los censores y, también, a los condenados por cohecho por sentencia judicial. Compartió con el pueblo las elecciones, de manera que, a excepción de los candidatos al consulado, una mitad de los aspirantes a las restantes magistraturas era elegida a gusto del pueblo y la otra mitad la elegía él mismo. Sus propuestas las hacía saber mediante unos escritos distribuidos a las tribus con esta breve anotación: «César, dictador, a tal tribu. Os propongo a tal y a tal otro para que con vuestros votos obtengan la magistratura». Admitió a las magistraturas a los hijos de los proscritos. Limitó las atribuciones judiciales a dos clases de jueces: los del orden ecuestre y los del senatorial. Suprimió, en cambio, los tribunos del tesoro, que formaban la tercera clase. El censo del pueblo no lo efectuó como era tradición ni en el lugar de costumbre, sino por barrios y a través de los propietarios de las casas de pisos de alquiler, y redujo de trescientos veinte mil a ciento cincuenta mil el número de los que recibían trigo a cargo del Estado. Y para que en adelante no pudieran producirse alborotos por motivo de los nuevos censos, determinó que cada año, para ocupar el lugar de los que habían muerto, el pretor hiciese un sorteo entre los no inscritos.

XLII. Al haber ubicado ochenta mil ciudadanos en las colonias de ultramar, prohibió, para mantener la suficiente densidad demográfica en la exhausta Roma, que cualquier ciudadano mayor de veinte años o menor de sesenta pudiera ausentarse de Roma, a no ser por obligaciones militares, durante más de tres años seguidos y que ningún hijo de senador pudiese salir de Roma al extranjero, a no ser en calidad de ayudante o compañero de un magistrado. Ordenó igualmente que los ganaderos tuvieran entre sus pastores una tercera parte, al menos, de hombres libres. Otorgó la ciudadanía a todos los que ejercían la medicina en Roma y a todos los profesionales de oficios liberales, a fin de que se encontraran más a gusto en la ciudad y resultara apetecible para otros. Aunque desvaneció las esperanzas suscitadas de que se anularían las deudas, expectación que resurgía con frecuencia, decretó, sin embargo, que los deudores pagaran a sus acreedores de acuerdo con la valoración de sus posesiones, pero en la cantidad y precio con que las habían comprado antes de la guerra civil, deduciéndose de la suma total de la deuda los intereses que por tal concepto se hubieran pagado en efectivo, o que constasen en el contrato; con esta disposición se reducía casi una cuarta parte de la deuda. Disolvió todos los colegios, excepto los creados en la antigüedad. Aumentó las penas por los delitos y, como los más ricos incurrían más fácilmente en delitos porque se les desterraba con su patrimonio intacto, castigó a los parricidas, según dice Cicerón, con la pérdida de todos sus bienes y, a los demás asesinos, con la pérdida de la mitad de ellos.

XLIII. Administró la justicia con gran celo y severidad. A los convictos de concusión los excluyó del orden senatorial. Anuló el matrimonio de un ex pretor que se había casado con una mujer a los dos días de separarse de su marido, y eso que no existía sospecha de adulterio. Estableció impuestos aduaneros para las mercancías procedentes del extranjero. Prohibió el uso de literas, vestidos de púrpura y perlas, excepto para algunas personas y edades y solamente en determinados días. Aplicó con especial rigor la ley suntuaria, disponiendo guardias en los mercados para que requisasen y se las llevasen a él las viandas prohibidas, habiendo llegado incluso a enviar por sorpresa lictores y soldados para que, si en alguna ocasión habían burlado a los vigilantes, las requisaran, aunque estuvieran ya dispuestas en el comedor.

XLIV. Acariciaba cada día mayores y más ambiciosos planes para embellecer y acondicionar la ciudad y también para la protección y engrandecimiento del Imperio: quiso, primero, construir un templo de Marte, de una magnificencia nunca vista, rellenando y nivelando el lago en el que había ofrecido el espectáculo de la batalla naval, y también un teatro de extraordinaria capacidad, recostado en el monte Tarpeyo. Quiso condensar el derecho civil y, de la inmensa y desordenada abundancia de leyes, recopilar las mejores y más necesarias en unos pocos libros. Quiso también abrir al público el mayor número posible de bibliotecas griegas y latinas, dando a Marco Varrón el encargo de abastecerlas y organizarlas. Se propuso, igualmente, desecar las lagunas Pontinas; dar salida al lago Fucino; trazar una ruta desde el mar Adriático hasta el Tíber, a través del dorso de los Apeninos; abrir un canal a través del istmo de Corinto y reprimir a los dacios que se habían extendido por el Ponto y Tracia. A continuación, emprender la guerra contra los partos en la Armenia menor, pero sin entablar combate antes de haber comprobado sus fuerzas. Mientras llevaba a cabo y planeaba tales proyectos, le sobrevino la muerte. Antes, sin embargo, de hablar de ésta, no estará de más exponer brevemente todo aquello referente a su constitución física, carácter, hábitos y costumbres, así como sus actividades civiles y militares.

XLV. Se dice que era de elevada estatura, tez blanca, miembros proporcionados, de rostro quizá algo lleno, ojos negros y penetrantes y buena salud, aunque al final de su vida solía tener desvanecimientos y de noche sufría espantosas pesadillas. También padeció dos ataques de epilepsia mientras despachaba asuntos de Estado. Era extremadamente minucioso en el cuidado de su aspecto físico, hasta el punto que no sólo se cortaba el pelo y se afeitaba cuidadosamente, sino que también se depilaba, como algunos le echaron en cara; le fastidiaba, sin embargo, en gran manera el defecto de su calvicie, pues sabía por experiencia que daba pie a las burlas de sus enemigos. Por consiguiente, acostumbraba echarse desde la coronilla hacia delante su escaso pelo y, de todos los honores decretados a su favor por el Senado y el pueblo de Roma, no hubo otro que recibiese y utilizase con más satisfacción que el derecho a llevar a perpetuidad una corona de laurel. También afirman que era notable su forma de vestir: llevaba una túnica laticlava, pero con largas mangas hasta las manos, adornadas con una orla, y la llevaba siempre ceñida con un cinturón, pero muy poco apretado.

XLVI. Habitó primero en la Suburra, en una casa modesta, pero, a partir de su nombramiento como pontífice máximo, vivió en la vía Sacra, en una casa del Estado. Son muchos los que aseguran que era un fanático de la elegancia y de la suntuosidad. Cuentan que, una casa que se había hecho construir desde los cimientos en el bosque de Diana, en Aricia, y que había terminado con grandes dispendios, la hizo derruir toda entera porque no le satisfacía plenamente; y eso que todavía no era rico y estaba cargado de deudas. En sus campañas militares transportaba consigo por todas partes bloques y pavimentos de mosaicos.

XLVII. Afirman también que se dirigió a Britania impulsado por la esperanza de hallar perlas y que, en ocasiones, las sopesaba con su propia mano para comparar su valor. Aseguran que coleccionaba con la mayor avidez piedras preciosas, obras cinceladas, esculturas y cuadros antiguos y que compraba esclavos de gran belleza y cultura a precios tan fabulosos, que él mismo se avergonzaba de ello y había prohibido que constasen en sus libros de contabilidad.

XLVIII. También se dice que ofrecía continuos banquetes en las provincias, en dos comedores diferentes: uno, donde se acomodaban los convidados militares y extranjeros, y el otro donde lo hacían los ciudadanos romanos y los más ilustres personajes de las provincias. Tanto en los pequeños detalles como en las cosas importantes mantenía la disciplina doméstica con tal exigencia y severidad, que hizo encadenar a un panadero por servirle a él un pan distinto del de sus invitados, e hizo condenar a muerte a un liberto, a quien estimaba muchísimo, por haber seducido a la esposa de un caballero romano, aunque nadie presentó queja alguna.

XLIX. Nada ciertamente mancilló su reputación de virilidad, excepto su relación carnal con Nicomedes, motivo, sin embargo, de grave y perenne oprobio para él y que le expuso a las invectivas de todos. Omito los célebres versos de Calvo Licinio:

Todo aquello que Bitinia y el que dio a César por el culo poseyeron alguna vez.

Paso por alto los discursos de Dolabela y de Curión padre, en los que Dolabela le trata de «rival de la reina» y «colchón de la cama real», y Curión, por su parte, de «lupanar de Nicomedes» y «prostituta bitinia». No hago mención tampoco de los edictos de Bíbulo, en los cuales describe a su colega como «reina de Bitinia» y «aquel que antes estuvo enamorado de un rey y ahora lo está de un reino». Por ese tiempo también, según cuenta Marco Bruto, un tal Octavio, que por estar algo trastornado hablaba con mordaz desenfado, después de saludar a Pompeyo como «rey» en una reunión de la máxima solemnidad, saludó a César como «reina». Y Cayo Memio llega incluso a reprocharle haber actuado como copero de Nicomedes, junto a otros jóvenes libertinos, en un gran banquete en el que participaban varios comerciantes de Roma, cuyos nombres cita. Cicerón, por su parte, no contento con haber escrito en algunas cartas que César, tras ser conducido por los sirvientes a la cámara real, se acostó en el áureo lecho revestido de púrpura y allí, en Bitinia, fue entonces mancillada la castidad de un descendiente de Venus, en otra ocasión, mientras César defendía en el Senado la causa de Nisa, hija de Nicomedes, rememorando los beneficios que el Rey le había otorgado a él, le apostrofó Cicerón: «Omite estos hechos, por favor, ya que todos sabemos qué es lo que él te dio a ti y que es lo que tú le entregaste a él». Finalmente, durante su celebración del triunfo de las Galias, sus soldados, entre los versos que suelen cantar en tono jocoso mientras acompañan el carro triunfal, recitaron estos tan conocidos:

César ha conquistado las Galias; Nicomedes conquistó a César.
Hete aquí que ahora celebra su triunfo César, el conquistador de las Galias,
pero no lo hace Nicomedes, el conquistador de César.

L. Es opinión general que se sintió fuertemente inclinado a los placeres del sexo, no reparando para ello en gastos, y que sedujo a muchas mujeres ilustres, entre ellas a Postumia, esposa de Servio Sulpicio; a Lolia, de Aulo Gabino; a Tertula, de Marco Craso, e incluso a Mucia, la mujer de Cneo Pompeyo. Y, ciertamente, los Curión, padre e hijo, y otros muchos censuraron a Pompeyo el que, después de que a su esposa, que le había dado tres hijos, la hubiese repudiado por culpa de César, a quien llorando solía llamar «Egisto», más tarde, por ambición de poder, hubiese aceptado casarse con la hija del propio César. Pero, más que a ninguna otra, amó a Servilia, madre de Marco Bruto, a la que ya durante su primer consulado le había comprado una perla, valorada en seis millones de sestercios, y luego, durante la guerra civil, aparte de otros obsequios, le hizo adjudicar, en una venta en subasta pública, una enorme y espléndida hacienda a bajísimo precio. Y así, Cicerón, en una ocasión en que un grupo de gente comentaban sorprendidos aquella ganga, les dijo con gran socarronería: «Para que entendáis mejor qué gran compra ha hecho, restad además un tercio»; pues se pensaba, en efecto, que Servilia intentaba liar a su hija Tercia con César.

LI. Tampoco en las provincias se abstuvo de las mujeres casadas, como se desprende de este dístico que también cantaban los soldados durante el triunfo por la guerra de las Galias:

Ciudadanos, vigilad a vuestras mujeres: traemos con nosotros al adúltero calvo;
en las Galias te puliste, jodiendo, el dinero que aquí pediste prestado.

LII. Tuvo también amores con reinas, entre ellas con Eunoe, de Mauritania, esposa de Bógud, a la cual, y también a su marido, les hizo muchísimos y valiosísimos regalos, según escribió Naso. Pero, sobre todas las demás, amó a Cleopatra, junto a la cual prolongaba los banquetes hasta el amanecer y en cuya compañía, en una góndola con camarotes, se adentró en Egipto y hubiera llegado hasta Etiopía, si el ejército no se hubiese negado a seguirlos; y, por último, después de haberla invitado a visitar Roma, no la dejó marchar sin antes haberla colmado de regalos y de los máximos honores, e incluso aceptó dar su nombre a un hijo que tuvo de ella. Y, por cierto, algunos escritores griegos nos han transmitido que éste era sumamente parecido a César, tanto en su aspecto físico como en su forma de andar. También Marco Antonio declaró ante el Senado que este hijo había sido reconocido por César y que de este hecho estaban también al corriente C. Macio, C. Opio y los demás amigos de César. De éstos, Cayo Opio, como si el asunto necesitase una completa defensa y justificación, publicó un libro afirmando que no era hijo de César el que Cleopatra decía serlo. Por otra parte, el tribuno de la plebe, Helvio Cinna, confesó a mucha gente que había tenido redactada y preparada una ley que, según él, César le había ordenado presentar cuando él estuviera ausente, por la cual le sería lícito, a fin de tener hijos, casarse con todas y cuantas mujeres desease. Y para que a nadie le quedase la menor duda de que César se había ganado una vergonzosa reputación de sodomita y adúltero, Curión padre, en un discurso, le llama «marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos».

LIII. Ni sus propios enemigos negaron su extraordinaria moderación con el vino. Pertenece a Marco Catón la afirmación de que «César ha sido el único entre todos que, estando sobrio, se alzó en armas para destruir el Estado». Cayo Opio nos cuenta que era tan poco exigente también con respecto a la comida que, en cierta ocasión, habiéndoles servido un huésped aceite rancio, como si fuera fresco, mientras todos los comensales lo rechazaron, tan sólo César pidió incluso más aceite, para que no pareciese que tachaba a su huésped de negligente o poco educado.

LIV. No mostró, sin embargo, el mismo comedimiento en el ejercicio de sus cargos militares ni en el de sus magistraturas. Como atestiguan, en efecto, distintos escritores en sus obras, siendo procónsul en España aceptó el dinero que había solicitado a sus aliados para saldar sus deudas y saqueó, como si fueran enemigas, algunas ciudades de los lusitanos, aunque no habían incumplido sus órdenes y le habían abierto sus puertas al acercarse a ellas. En las Galias expolió templos y santuarios, repletos de ofrendas a los dioses, y con frecuencia asaltó ciudades, más por ansias de botín que por represalias de guerra. De ahí que dispusiese de tal cantidad de oro, que pudiera venderlo en Italia y en provincias a tres mil sestercios la libra. Durante su primer consulado robó del Capitolio tres mil libras de oro y las sustituyó por otras tantas de cobre dorado. Vendió alianzas y reinos de modo que, tan sólo de Ptolomeo, obtuvo cerca de seis mil talentos en nombre suyo y de Pompeyo. Más tarde sostuvo los ingentes gastos de la guerra civil, así como el importe de las celebraciones de sus triunfos y de sus espectáculos, con el producto de sus robos y sacrilegios, conocidos por todo el mundo.

LV. En elocuencia y en dotes militares, igualó e incluso superó la fama de los más prestigiosos. Después del proceso a Dolabela se le incluyó, sin lugar a dudas, entre los mejores abogados. Cicerón, en efecto, en su Bruto, al enumerar los oradores, asegura que no conoce ninguno ante el que deba posponerse a César y afirma «que posee una elocuencia elegante, brillante, llena de magnificencia y con una especie de natural nobleza». Y, refiriéndose también a César, escribe a Cornelio Nepote: «¿Qué orador, incluso de aquellos que no se dedican a otra cosa que no sea a la elocuencia, podrías anteponer a César? ¿Qué otro hay más agudo y más rico en pensamientos? ¿Qué otro hay que se exprese de forma más artística y elegante?». Al menos durante su adolescencia parece haber seguido el género de elocuencia de César Estrabón, de cuyo discurso llamado Pro Sardis trasladó literalmente algunos pasajes a su Divinatio. Se dice que peroraba con voz penetrante y con gestos y ademanes llenos de fuego, pero también elegantes. Nos ha dejado algunos discursos, pero, entre éstos, se incluyen algunos equivocadamente. Augusto, no sin razón, opina que el Pro Quinto Metelo fue más bien reproducido por escribanos que deformaron las palabras del orador, que no publicado por él mismo; y ciertamente en algunos ejemplares me encuentro que el discurso no está ni siquiera titulado En defensa de Metelo, sino Escrito para Metelo, siendo así que el discurso es de César que, en primera persona, se justifica a sí mismo y a Metelo frente a las acusaciones de sus comunes detractores. Opina igualmente Augusto que la arenga A los soldados en España es difícil que sea de César, a pesar de que circulan dos versiones: una, como si hubiera sido pronunciada en la primera batalla, y otra, como si lo hubiera sido en la segunda, en la cual, dice Asinio Polión, no hubo tiempo siquiera para las arengas, dada la repentina incursión enemiga.

LVI. Nos ha dejado también los comentarios de sus operaciones durante la guerra de las Galias y durante la guerra civil contra Pompeyo. No es seguro, en cambio, quién pueda ser el autor de las guerras de Alejandría, de África y de España: unos creen que es Opio, y otros, Hircio, quien ya había completado el último libro de la guerra de las Galias, que César había dejado incompleta. Cicerón, también en su Bruto, enjuicia así los comentarios de César: «Escribió unos comentarios que merecen todos los elogios: son sobrios, sencillos, elegantes, despojados de todo ornato superfluo, como de una vestimenta; pero, mientras él pretendió que los demás escritores tuvieran unos materiales preparados donde pudieran nutrirse los que quisieran escribir la historia de estos hechos, estos comentarios resultarán quizá gratos a los necios que querrán echarlos a perder con falsos adornos literarios, pero, a los juiciosos, les ha quitado las ganas de escribir». Y sobre esos mismos comentarios dice Hircio: «Han merecido tanta estimación en la opinión de todos, que no parece que hayan dado, sino más bien quitado, a los historiadores la posibilidad de escribir sobre ellos. Nuestra admiración, sin embargo, por esta obra es mayor aún que la de los demás; éstos perciben, en efecto, su gran elegancia y perfección, pero nosotros conocemos, además, la facilidad y rapidez con que los escribió». Asinio Polión opina que fueron escritos un tanto a la ligera y que no responden fielmente a la verdad, al dar César un crédito injustificado a muchas acciones llevadas a cabo por otros, y, en cuanto a las suyas propias, las falseó, ya intencionadamente, ya por fallos de memoria; y afirma que era intención de César escribirlos de nuevo y corregirlos. Dejó, además, los dos libros De Analogía y los dos Anticatones, y también un poema titulado El Camino. Los primeros de estos libros los escribió durante la travesía de los Alpes, cuando, una vez concluidos los tribunales provinciales de justicia que él presidía, regresaba desde la Galia Citerior a reunirse con su ejército; los otros dos los escribió en los días de la batalla de Munda; el último, en fin, durante los 24 días de su viaje desde Roma a la Hispania Ulterior. Se conservan también sus cartas al Senado y parece que él fue el primero en disponerlas por páginas, a la manera de un libro de notas, siendo así que, con anterioridad, los cónsules y generales siempre las enviaban escritas a lo largo de todo un pliego. Se conservan igualmente sus cartas a Cicerón y también las dirigidas a sus familiares sobre asuntos domésticos, en las cuales, si tenía que tratar algún tema muy confidencial, lo escribía en clave, es decir, disponiendo el orden de las letras de tal forma que no pudiera formarse palabra alguna. Y, en caso de que alguien quisiera descifrarlas y entenderlas, había de cambiar cada letra por la tercera siguiente del alfabeto; así, por ejemplo, la D en lugar de la A, y lo mismo para las restantes letras. Se citan también algunos escritos de su niñez y de su adolescencia, como Elogio de Hércules, la tragedia Edipo y también una Recopilación de Proverbios. Augusto prohibió publicar todas estas obras menores en una carta muy concisa y sincera que envió a Pompeyo Macro, a quien había encargado la organización de las bibliotecas.

LVII. Era sumamente experto en toda clase de armas y en montar a caballo, y su resistencia física sobrepasaba lo imaginable. Cuando marchaba con sus tropas, iba al frente de ellas, normalmente a pie, algunas veces a caballo, y con la cabeza descubierta ya hiciese sol o lloviera. Realizaba larguísimos itinerarios con increíble rapidez, sin bagaje, en carros de alquiler, recorriendo cien mil pasos cada día; si le detenía un río, lo atravesaba a nado o con la ayuda de odres inflados, de modo que, muy frecuentemente, llegaba antes él que los emisarios que había enviado.

LVIII. Cuando estaba en campaña, no es fácil decir si predominaba su prudencia o su audacia. Nunca llevaba su ejército por itinerarios peligrosos, a no ser después de haber examinado atentamente la situación del terreno, y no transportó sus tropas a Britania sin antes haber explorado a fondo por sí mismo los puertos, las posibilidades de la travesía y los accesos a la isla. Pero, por el contrario, cuando se le comunicó que su campamento había sido sitiado en Germania, él solo, disfrazado de galo, llegó junto a sus tropas atravesando las posiciones enemigas. Navegó en invierno, desde Brindisi a Dirraquio, a través de las flotas enemigas y, al retrasarse sus tropas, a las que había ordenado seguirle, al final, después de haber enviado sin éxito numerosos correos para hacerlas acudir, él mismo, solo, al amparo de la noche y ocultando su cara, se embarcó en un barquichuelo y no reveló quién era ni permitió al capitán retroceder ante la tormenta que les azotaba, antes de que casi naufragaran.

LIX. Tampoco se abstuvo jamás de ningún proyecto, por ninguna clase de temor religioso. A pesar de habérsele escapado al sacerdote la víctima que éste iba a inmolar, no retrasó la marcha contra Escipión y Juba. Igualmente, cuando al bajar de la nave tropezó y cayó al suelo, interpretando el presagio de modo positivo, dijo: «¡África, ahora te poseo!». De todas formas, para eludir los vaticinios, en los cuales se anunciaba el nombre de los Escipiones como victorioso e invicto en aquella provincia por voluntad de los hados, mantuvo consigo en el campamento a un despreciable individuo del linaje de los Cornelios, a quien por su infamante vida se le apodaba Salvitor.

LX. No siempre entraba en combate con un plan prefijado; también lo hacía según la oportunidad del momento e incluso, a menudo, sobre la marcha, en medio de violentísimas tempestades, cuando menos podía sospechar nadie que fuese a atacar. Y no fue sino ya hacia el final de su vida cuando se volvió más cauteloso a la hora de presentar batalla, estimando que, precisamente por haber obtenido tantas victorias, por eso mismo debía evitar los riesgos de una derrota, y que no obtendría tantas ventajas con otra victoria, cuantas podría perder con un desastre. Nunca derrotó a un enemigo sin destruir también su campamento; de este modo no daba cuartel a los ya aterrados enemigos. Cuando el combate se mantenía incierto, hacía retirar los caballos, empezando por el suyo propio, a fin de que, privados de este recurso de huida, se generase una más apremiante necesidad de resistir a pie firme.

LXI. Montaba César un extraordinario caballo de pies casi humanos, al tener hendidas las pezuñas a modo de dedos. Había nacido en su casa y, al haber vaticinado los arúspices que presagiaba a su amo el dominio del mundo entero, lo crió con grandes cuidados, fue el primero en montarlo y el caballo no toleraba otro jinete que no fuese César. Más tarde le dedicó una estatua delante del templo de Venus Genitrix.

LXII. Con frecuencia, cuando ya retrocedían sus líneas, él solo restableció el frente de batalla plantando cara a los que huían, deteniéndolos uno por uno y, agarrándolos por la garganta, haciéndoles volver de nuevo a enfrentarse con el enemigo, a pesar de que, en algunas ocasiones, estaban tan aterrados que un aquilífero, cuando lo sujetaba, le amenazó con la punta del estandarte, y otro dejó la enseña en las manos de César mientras éste le retenía.

LXIII. De que no fue menor su audacia, tenemos mayores pruebas todavía. Habiendo enviado por delante sus tropas a Asia después de la batalla de Farsalia, mientras él navegaba a través del estrecho del Helesponto en un pequeño barco de carga, no rehuyó a Lucio Casio, uno de sus enemigos, que le salió al paso con diez navíos de guerra, antes bien, aproximándose a él y habiéndole intimado a rendirse, lo recibió a bordo de su barca como un vencido suplicante.

LXIV. En Alejandría, durante el asalto a un puente, fue rechazado hasta una barquichuela por una repentina salida de los enemigos y, habiéndose lanzado al agua debido a la avalancha de soldados que también la abordaron, escapó hasta la nave más próxima, recorriendo a nado más de 200 pasos, con la mano izquierda levantada, para que no se mojasen los documentos que llevaba en ella, y arrastrando con los dientes su manto de general, para que el enemigo no se apoderase de ese botín de guerra.

LXV. No juzgaba a sus soldados ni por sus costumbres ni por sus éxitos, sino únicamente por su coraje, y los trataba con igual severidad que indulgencia. No en todas partes y siempre se mostraba intransigente con ellos, sino cuando estaba cerca del enemigo; entonces exigía la disciplina con el máximo rigor; no anunciaba la hora de iniciar la marcha ni la de entablar combate, sino que, preparados y alerta en todo momento, los hacía ir súbitamente adonde él creía oportuno. Hacía esto con frecuencia y sin motivo, especialmente en días lluviosos y festivos. También, de vez en cuando, tras advertirles que no debían perderlo de vista, durante el día o por la noche se marchaba inesperadamente y aceleraba la marcha para cansar a los que se hubieran retrasado en seguirlo.

LXVI. Cuando sus hombres estaban aterrados por la reputación de las tropas enemigas, les infundía valor, no negando ni disminuyendo esa reputación, sino mintiendo y aumentándola más aún. Así, en efecto, cuando la expectación ante la llegada de Juba les llenaba de pánico, convocó a sus soldados a asamblea y les dijo: «Habéis de saber que dentro de unos pocos días estará aquí el rey con diez legiones, treinta mil jinetes, cien mil infantes ligeros y trescientos elefantes. Por tanto, que dejen algunos de hacer preguntas y opinar por su cuenta y que me crean a mí, que lo sé perfectamente. De lo contrario, los meteré en la más vieja de mis naves y ordenaré que los lleven a cualquier país adonde los empuje el viento».

LXVII. No a todos los delitos les prestaba la misma atención ni los castigaba del mismo modo. Investigaba y castigaba con el máximo rigor los delitos de deserción y sedición; con los otros hacía la vista gorda. En algunas ocasiones después de una importante y victoriosa batalla, dispensados del cumplimiento de sus obligaciones, concedía total licencia a sus soldados para holgar a su gusto, pues acostumbraba afirmar con orgullo que «sus hombres podían luchar aun llenos de perfume». En las arengas no les llamaba «soldados», sino que les daba el nombre más cariñoso de «camaradas», y los mantenía tan bien pertrechados que los equipaba con armas guarnecidas de plata y oro, no sólo buscando una conspicua prestancia, sino también para que las defendiesen en la batalla con mayor bravura por miedo a perderlas. Sentía por ellos, además, tal afecto que cuando se enteró del desastre sufrido por Titurio, se dejó la barba y el cabello y no se los cortó hasta que los hubo vengado.

LXVIII. Con este proceder logró que sus hombres adquiriesen una gran reciedumbre y los volvió, además, ciegamente adictos a su persona. Al principio de la guerra civil cada uno de los centuriones de cada legion le ofreció equipar y mantener a sus propias expensas un jinete, y todos los soldados se ofrecieron a servirle de forma gratuita, sin trigo ni soldada, brindándose los más ricos a tomar a su cargo a los más pobres.

Y durante el prolongado espacio de tiempo que duró la guerra, no desertó ninguno de ellos. Más aún, habiendo sido capturados algunos de ellos y habiéndoseles ofrecido la vida a condición de que aceptasen combatir contra él, rechazaron la oferta. Soportaban con tal coraje el hambre y las demás necesidades, no tan sólo cuando sufrían ellos un asedio, sino también cuando ellos lo llevaban a cabo, que al ver Pompeyo en sus trincheras de Dirraquio la clase de pan de yerbas con el que se sustentaban, afirmó que se enfrentaba a fieras y ordenó retirarlo rápidamente y que no lo viese ninguno de sus hombres, para que la paciencia y el aguante del enemigo no quebrantaran el coraje de sus propios hombres. Prueba de la bravura con la que luchaban es el hecho de que, después de su única derrota frente a Dirraquio, pidieron espontáneamente a César que les impusiese un castigo, de manera que su general tuvo que consolarlos en lugar de sancionarlos. En los demás combates, siendo ellos en muchas ocasiones inferiores en número, vencieron fácilmente a tropas enemigas infinitamente superiores. Por ejemplo, una sola cohorte de la VI legión, que defendía una plaza fuerte, resistió durante varias horas a cuatro legiones de Pompeyo, sucumbiendo casi toda ella, al final, ante la infinidad de flechas enemigas, de las que se encontraron ciento treinta mil dentro de la empalizada. Y este hecho no es sorprendente si se consideran las heroicidades individuales, como la del centurión Casio Esceva, o la del soldado Cayo Acilio, por no hablar de otros muchos. Esceva, con un ojo colgando, con el muslo y el brazo atravesados, con el escudo perforado por ciento veinte impactos, mantuvo la defensa de la puerta de la plaza fuerte que se le había encargado. Acilio, por su parte, en una batalla naval junto a Marsella, tras serle cortada de cuajo su mano derecha, con la que asía la popa de un navío enemigo, imitando el memorable ejemplo del griego Cinegiro, abordó aquella misma nave, atacando con su muñón a los enemigos que le salían al paso.

LXIX. A lo largo de los diez años que duró la guerra de las Galias no se insubordinaron ni una sola vez; sí lo hicieron, en algunas ocasiones, durante las guerras civiles, pero volvieron rápidamente a sus obligaciones, no tanto por la indulgencia de su general como por su autoridad. No cedió nunca ante los insubordinados y siempre les hizo frente. En Plasencia, aunque todavía Pompeyo estaba en guerra contra él, licenció con deshonor a la novena legión, toda entera, y, a regañadientes, tras muchas súplicas y ruegos, la aceptó de nuevo, pero no sin haber castigado antes a los culpables.

LXX. Del mismo modo, aunque la guerra de África estaba en su punto álgido y llenos de pánico sus amigos, no vaciló en enfrentarse y licenciar a los legionarios de la décima legión que, en Roma, exigían, con grandes amenazas y con peligro incluso para la ciudad, especiales recompensas y su licenciamiento. Sin embargo, con una sola palabra: «ciudadanos» —apelativo con el que, en lugar de «soldados», se dirigió a ellos en esta ocasión—, controló y le dio tan fácilmente la vuelta a la situación que, al instante, respondieron todos que ellos eran «soldados», y, aunque él se negaba, le siguieron espontáneamente a África; en cualquier caso, sancionó a los más levantiscos con la tercera parte del botín y de las tierras que les estaban destinadas.

LXXI. Nunca, ni siquiera de joven, dejó de demostrar su afecto y lealtad para con sus clientes. Al noble joven Masinta lo defendió con tal energía en contra del rey Hiempsal, que durante el altercado llegó a estirar las barbas de Juba, hijo del rey. Y luego, cuando declararon a Masinta tributario del rey, lo arrancó al instante de las manos de los que se lo llevaban a rastras y lo ocultó en su casa día y noche. Más tarde, cuando partió a España como propretor, ocultándolo entre los obsequios de los que le despedían y las fasces de los lictores, se lo llevó en su propia litera.

LXXII. Trató siempre a sus amigos con tanta amabilidad y deferencia que, yendo en compañía de Cayo Opio por un boscoso camino, al ponerse éste súbitamente enfermo, le cedió el refugio —sólo había sitio para uno— y él se acostó en el suelo, a la intemperie. Más tarde, dueño ya del poder, promovió a importantes cargos a algunos de sus amigos, aunque eran de muy humilde origen y, al ser censurado por ello, proclamó abiertamente que, «si para proteger su honor hubiese recurrido a la ayuda de bandidos y asesinos, también a éstos les otorgaría el mismo trato de favor».

LXXIII. Por el contrario, nunca se dejó llevar de un odio tan profundo que no lo depusiese de buen grado, si se le brindaba la ocasión para ello. A Cayo Memio, a cuyos durísimos discursos había contestado él por escrito con no menor virulencia, más tarde llegó incluso a respaldarle en su candidatura al consulado. Por propia iniciativa se adelantó a escribir a Cayo Calvo, quien, tras sus injuriosos epigramas, intentaba, a través de unos amigos, congraciarse con César. A Valerio Catulo, por culpa de cuyos ofensivos versos sobre Mamurra sabía César que había quedado infamado para siempre, cuando posteriormente se excusó, aquel mismo día le invitó a cenar y continuó frecuentado la casa de su padre, como antes acostumbraba.

LXXIV. Clemente por naturaleza a la hora de aplicar castigos, cuando se apoderó de los piratas que le habían capturado, como les había jurado que los crucificaría, los hizo degollar primero y, después, ponerlos en la cruz. Tampoco quiso nunca perjudicar a Cornelio Fagita, a pesar de que, en otros tiempos, solamente después de sobornarlo pudo librarse de las emboscadas nocturnas que éste le tendía, aunque él estaba enfermo y escondido para no ser conducido ante Sila. A Filemón, uno de sus esclavos, que había prometido a sus enemigos envenenarlo, lo castigó simplemente con la muerte, pero sin torturarlo. Respecto a Publio Clodio, que había cometido adulterio con su mujer y que por esa misma razón estaba acusado de sacrilegio, al ser citado César como testigo, negó saber nada a ciencia cierta, aunque, tanto su madre Aurelia como su hermana Julia, habían declarado fidedignamente todos esos hechos ante los mismos jueces. Preguntándole entonces por qué había repudiado a su mujer, respondió: «Porque juzgo necesario que los míos estén libres, no sólo de culpa, sino también de sospecha».

LXXV. Mostró una moderación y clemencia admirables, tanto en la manera de dirigir las campañas durante la guerra civil, como, más tarde, en el momento de la victoria. En tanto que Pompeyo había anunciado que consideraría enemigos a quienes no estuviesen a favor de la República, César aseguró que los indecisos y neutrales tendrían por su parte, en el futuro, la consideración de partidarios suyos. A todos aquellos que por recomendación de Pompeyo les había otorgado cargos militares, les dio autorización para cambiar de bando. En Lérida, donde, una vez iniciadas las condiciones de rendición, había surgido entre los dos bandos un asiduo trato e intercambio comercial, Afranio y Petreyo, cambiando repentinamente de forma de pensar, ejecutaron a todos los soldados de César sorprendidos dentro del campamento; César se negó a actuar como ellos, a pesar de la pérfida traición que había sufrido. Durante la batalla de Farsalia anunció que los civiles no sufrirían ningún daño; y más aún, luego autorizó a cada uno de los suyos a salvar la vida de un adversario, el que cada uno quisiese. Y, en efecto, no puede decirse que muriera un solo hombre, a no ser durante la batalla, a excepción solamente de Afranio, Fausto y el joven Lucio César. Y se cree que ni siquiera éstos fueron abatidos por mandato de César, a pesar de que los dos primeros volvieron a levantarse en armas contra César después de haber solicitado su perdón y de que el tercero, después de degollar y quemar vivos con enorme crueldad a los libertos y esclavos de César, había dado muerte también a las bestias salvajes que éste había preparado para un espectáculo que iba a ofrecer al pueblo. Más tarde, ya hacia el final de su vida, permitió que regresaran a Italia y ocuparan magistraturas y mandos militares todos aquellos, incluso, a quienes todavía no había concedido el perdón. Más aún, tornó a levantar las estatuas de Lucio Sila y de Pompeyo, que la plebe había derribado y, en adelante, si se tramaba algo importante o se le criticaba, prefirió mejor atajarlo de raíz que castigarlo. Así pues, si detectaba alguna conspiración o reuniones nocturnas clandestinas, no llevó su represión más lejos de hacer saber por un edicto que estaba al corriente del asunto; y, con respecto a los que se ensañaban en sus críticas, se limitó a advertirles en plena asamblea que no continuaran por ese camino. Soportó también con ánimo sereno que su reputación fuese seriamente lastimada por un difamatorio libelo de Aulo Cecina y por los infamantes versos de Pitolao.

LXXVI. A estas virtudes, sin embargo, se contraponen otros hechos y afirmaciones suyas tan graves que hacen pensar que abusó del poder y que su asesinato estuvo justificado. En efecto, no tan sólo aceptó excesivos honores: ininterrumpidos consulados, la dictadura perpetua, la prefectura de las costumbres, los títulos de imperator y de padre de la patria, una estatua entre las de los reyes y un estrado particular en la orquesta, sino que toleró que se decretasen en su favor honores que excedían incluso la condición humana: un sitial de oro en la Curia y otro en el tribunal, un carruaje y una litera en el ceremonial de los juegos circenses, templos, altares, una estatua suya colocada entre las de los dioses, un cojín sagrado, un flamen propio, un colegio sacerdotal y que uno de los meses llevara su nombre. Tomó, además, y otorgó magistraturas y cargos a su arbitrio. Desempeñó su tercer y cuarto consulado tan sólo nominalmente, dándose por satisfecho con ejercer la dictadura que le había sido concedida junto con los consulados; en ambos años nombró dos cónsules para sustituirle durante los últimos tres meses, de forma que en todo ese período de tiempo no hubo elecciones, excepto las de tribunos y ediles del pueblo. Nombró prefectos —que reemplazaron a los pretores— para que administraran la ciudad durante sus ausencias. Habiendo fallecido un cónsul en la víspera de las calendas de enero, otorgó, durante unas pocas horas, la magistratura vacante a un individuo que se la solicitó. Con la misma arbitrariedad, despreciando las costumbres tradicionales, nombró magistrados para varios años, otorgó los distintivos consulares a diez ex pretores e integró en la Curia a individuos a quienes acababa de conceder la ciudadanía y a algunos galos semisalvajes. Confirió la custodia y el mando de las tres legiones que había dejado acantonadas en Alejandría a Rufino, su mancebo, hijo de un liberto suyo.

LXXVII. Se expresó también públicamente en términos de no menor insolencia. Según escribe Tito Ampio, César afirmaba que «la República no es nada; es sólo un nombre sin cuerpo ni forma»; que «Sila desconocía el abc cuando renunció a la dictadura»; que «la gente debía, en adelante, dirigirse a él con más respeto» y que «lo que él decía tenía valor de ley». Y llegó a tal grado de arrogancia que, al anunciar en cierta ocasión un arúspice que las vísceras de la víctima eran funestas y que ésta no tenía corazón, afirmó César que «en adelante serían de excelente augurio cuando a él le diese la gana, y que no tenía que considerarse un prodigio el que a un animal le faltase el corazón».

LXXVIII. Pero lo que le granjeó los mayores y más funestos sentimientos de odio se originó sobre todo en el siguiente hecho: habiéndose presentado el Senado en pleno ante él con numerosos y honoríficos decretos en su favor, los recibió, sentado, ante el templo de Venus Genitrix. Algunos creen que, cuando intentó levantarse, Cornelio Balbo se lo impidió; pero otros dicen que ni siquiera lo intentó y que a Cayo Trevacio, que le aconsejó que se levantara, lo miró con cara de pocos amigos. Y esta actitud suya les pareció tanto más intolerable, cuanto que el propio César, porque Poncio Áquila había sido el único de todo el colegio tribunicio que no se había levantado ante él cuando, durante uno de sus triunfos, pasaba por delante de las banquetas de los tribunos, se había encolerizado de tal modo que le gritó: «¡Tribuno Áquila, exígeme además que restablezca la República!»; y durante varios días, siempre que prometía algo a alguien, formulaba la siguiente reserva: «Si es que lo permite Poncio Áquila».

LXXIX. A tan flagrante ofensa de desprecio al Senado se sumó un hecho todavía mucho más arrogante. Cuando, entre desmesuradas e insólitas aclamaciones del pueblo, regresaba César de ofrecer los sacrificios durante las fiestas latinas, alguien de entre la multitud colocó en la estatua de César una corona de laurel orlada de una cinta blanca. Al ordenar los tribunos de la plebe Epidio Marulo y Cesetio Flavo retirar la cinta de la corona y conducir a aquel individuo a la cárcel, indignado César porque aquella insinuación de la realeza hubiese tenido tan poco éxito, o bien, como él aseguraba, porque le habían arrebatado la gloria de rechazarla, después de increpar airadamente a los tribunos, los destituyó de sus cargos. A causa de este suceso, no pudo ya disipar la infamante sospecha de aspirar al título de rey, a pesar de que, en otra ocasión, respondió a la plebe, que le saludaba como rey, que él era César, no el rey, y de que, durante las Lupercales, rechazó la diadema que en varias ocasiones le acercó a su cabeza el cónsul Antonio y la envió al Capitolio como ofrenda a Júpiter Óptimo Máximo. También se propalaron diversos rumores de que tenía la intención de trasladarse a Alejandría o a Troya, llevándose con él todos los recursos del Imperio y confiando a sus amigos la administración de la ciudad y de Italia, exhausta ya por las levas, y de que en la próxima reunión del Senado el quindecenviro Lucio Cota pondría a votación la propuesta de que César recibiese el nombramiento de rey, puesto que estaba escrito en los libros sibilinos que los partos no podrían ser vencidos, a no ser por un rey.

LXXX. Por este motivo y para no verse obligados a votar a favor de la propuesta, se hubo de adelantar por parte de los conjurados el magnicidio que tenían ya decidido. Así pues, dejaron de lado los anteriores planes, que habían forjado de forma dispersa en grupos de dos o tres personas, y se centraron todos en uno solo, pues tampoco el pueblo estaba contento con la presente situación política, sino que en secreto y también públicamente rechazaba el abuso de poder y pedía insistentemente que alguien les liberase. Se colocó un cartel, dedicado a los extranjeros incorporados al Senado: «¡Por el bien general! ¡Que nadie indique el camino de la Curia a los nuevos senadores!». Y por todas partes se cantaban estos versos:

César lleva a los galos, humillados, en su cortejo triunfal.
César lleva a estos mismos galos a formar parte de la Curia.
Los galos, vencidos, se bajaron las bragas;
ahora se han puesto la laticlava.

En una ocasión en la que Quinto Máximo, el cónsul sustituto nombrado para los últimos tres meses, entraba en el teatro, al anunciarlo el lictor, como era costumbre, para que el público lo supiera, todo el teatro se puso a gritar «que él no era cónsul». Tras ser destituidos los tribunos Cesetio y Marulo, en las siguientes elecciones se encontraron muchos sufragios que los votaban para cónsules. Alguien, también, escribió al pie de la estatua de Lucio Bruto: «¡Ojalá estuviera vivo!», y los siguientes versos en la de César:

Bruto, por haber expulsado a los reyes, fue elegido el primer cónsul.
Éste, por haber expulsado a los cónsules, al final ha sido elegido rey.

Fueron más de sesenta los conjurados contra él, siendo Cayo Casio Marco y Décimo Bruto los jefes de la conjuración. Éstos dudaban al principio si, cuando César llamase a votar a las tribus durante los comicios en el Campo de Marte, dividiéndose en dos grupos, arrojarlo unos desde el puente y, recogiéndolo los otros, asesinarlo, o bien, si atacarlo en la vía Sacra, o a la entrada del teatro. Sin embargo, tras ser convocado el Senado para los idus de marzo en la Curia de Pompeyo, escogieron, sin dudarlo, ese día y ese lugar.

LXXXI. No obstante, manifiestos prodigios anunciaron a César su próximo asesinato. Pocos meses antes, cuando los colonos llevados a Capua destruían antiquísimos sepulcros para construir sus nuevas granjas y mientras realizaban esa tarea con gran entusiasmo porque, si buscaban bien, se encontraban algunos vasos muy antiguos, en una de las sepulturas, donde se decía que estaba sepultado Capis, el fundador de Capua, se descubrió una lápida de bronce en la que, en caracteres griegos, estaba escrita la siguiente inscripción: «Cuando sean desenterrados los huesos de Capis, será asesinado un descendiente de Iulo a manos de sus parientes y, posteriormente, será vengado entre terribles desastres en toda Italia». Cornelio Balbo, amigo íntimo de César, atestigua este suceso para que nadie lo crea inventado o falso. En los días anteriores a su muerte, se enteró también de que unas manadas de caballos, que cuando el paso del río Rubicón había consagrado a este río dejándolos en libertad sin vigilancia alguna, se negaban obstinadamente a comer y derramaban abundantes lágrimas. De igual modo, el arúspice Espurina le advirtió, mientras immolaba una víctima, que se precaviese del peligro, pues no sobreviviría a los idus de marzo. La víspera de los idus, distintos tipos de aves, surgidas del vecino bosque, persiguieron a un pájaro reyezuelo que, con una ramita de laurel en el pico, volaba hacia la Curia de Pompeyo y allí mismo lo despedazaron. Durante la noche que precedió al día del asesinato, al propio César le pareció, mientras dormía, que, unas veces, volaba por encima de las nubes y, otras, que estrechaba la mano de Júpiter. También su esposa Calpurnia soñó que el techo de su casa se desplomaba y que su marido moría apuñalado en sus brazos; acto seguido, las puertas de su habitación se abrieron por sí solas de par en par. Por todos estos sucesos y también por encontrarse indispuesto, estuvo dudando largo rato si quedarse en casa y aplazar los asuntos que se había propuesto tratar en el Senado. Finalmente, ante los insistentes ruegos de Décimo Bruto de que no decepcionase a los numerosos senadores que desde hacía rato le aguardaban, hacia la hora quinta, salió de casa. En el camino, un individuo que le salió al encuentro le alargó un escrito que descubría toda la trama fraguada contra él, pero César lo juntó a los demás documentos que llevaba en la mano izquierda, para leerlo más tarde. Luego, tras inmolar numerosas víctimas sin poder conseguir auspicios favorables, prescindiendo de religiosos temores, entró en la Curia, burlándose de Espurina y acusándole de mentiroso, puesto que habían llegado los idus de marzo, sin haber sufrido él ningún daño; pero el arúspice le contestó que efectivamente los idus habían llegado, pero que no habían pasado todavía.

LXXXII. A todo esto, mientras se sentaba, le rodearon los conjurados, como si fuera una muestra de deferencia para con él. Al instante, Cimbro Tilio, que había asumido el papel protagonista, se le colocó al lado como para solicitarle algo y, al rechazarle César con la cabeza y hacerle gestos de que lo dejase para otro momento, le agarró la toga por ambos hombros. Al gritar César: «¡Esto es un ataque!», uno de los hermanos Casca, desde atrás, le hiere ligeramente en la parte inferior de la garganta. César, sujetando el brazo de Casca, se lo atravesó con el estilete y, cuando intentaba levantarse de un salto, se lo impidió otra puñalada. Cuando advirtió que desde todos lados le atacaban puñal en ristre, se cubrió la cabeza con la toga y, al mismo tiempo, con la mano izquierda se bajó hasta los pies los pliegues de ésta, para morir con más decoro, teniendo también cubierta la parte inferior del cuerpo. Y así, en esta postura, sin decir una sola palabra, cayó abatido por veintitrés puñaladas, profiriendo únicamente un gemido en el primer golpe, aunque algunos aseguran que, al abalanzarse sobre él Marco Bruto, le dijo: «¡¿Tú también, hijo mío?!». Entonces, después de huir todos los presentes, permaneció exánime en el suelo durante un buen rato, hasta que tres esclavos suyos lo colocaron en una litera y, con un brazo colgando, lo llevaron a su casa. Y, entre tantas heridas, según opinaba el médico Antistio, no se encontró ninguna que fuera mortal, a no ser la segunda, que había recibido en el pecho. La intención de los conjurados había sido arrojar al Tíber el cuerpo de César muerto, confiscar sus bienes y derogar sus decretos, pero renunciaron a ello por temor al cónsul Marco Antonio y a Lépido, jefe de la caballería.

LXXXIII. Así pues, a petición de su suegro Lucio Pisón, se abre y se lee en casa de Antonio el testamento que César, en los anteriores idus de septiembre, había redactado en su finca de Lavicano y entregado para su custodia a la virgen Vestal Máxima. Dice Quinto Tuberón que, desde su primer consulado hasta el inicio de la guerra civil, solía dejar como heredero a Cneo Pompeyo, y así lo había proclamado ante sus soldados en una asamblea. Pero en su último testamento nombra como herederos a los tres nietos de sus hermanas: a Cayo Octavio de las tres cuartas partes de sus bienes y a Lucio Pinario y Quinto Pedio de la cuarta parte restante. En la parte última del documento adoptaba a Cayo Octavio como miembro de su propia familia y le daba su nombre. Como tutores de su hijo, en caso de que llegase a tener alguno, designaba a varios de sus asesinos y a Décimo Bruto le nombraba, incluso, entre los segundos herederos. Al pueblo le legaba, para disfrute público, sus jardines junto al Tíber y trescientos sestercios por cabeza.

LXXXIV. Una vez fijado el día del funeral, se levantó la pira funeraria en el Campo de Marte, junto al sepulcro de Julia, y ante la tribuna de los oradores se erigió un templete dorado, réplica del templo de Venus Genitrix. En su interior, se colocó un lecho de marfil, recubierto con colchas de púrpura y oro, y, junto a la cabecera, un trofeo con la vestidura que llevaba puesta el día de su asesinato. Como se preveía que el día no bastaría para todos los que querrían presentarle las últimas ofrendas, se decidió que, sin trayecto prefijado alguno, cada cual las llevara al campo de Marte siguiendo, a través de la ciudad, el itinerario que cada uno prefiriese. Durante los festejos fúnebres se recitaron unos versos del Juicio de las Armas, de Pacuvio, adecuados para excitar la compasión y la cólera por el asesinato:

¿Acaso les he dejado vivir para que fuesen ellos quienes me dieran muerte?;

y también otros de la Electra, de Atilio, expresando parecidos sentimientos. El cónsul Antonio, en lugar del elogio fúnebre, anunció, mediante un heraldo, el decreto del Senado por el que se otorgaban a César todos los honores divinos y humanos y en el que, bajo juramento, se comprometían también todos los senadores a velar por la seguridad de César. Muy pocas palabras añadió por su cuenta Antonio. Magistrados en activo y ex magistrados trasladaron el lecho mortuorio al foro, frente a la tribuna de los oradores. Algunos de los presentes pretendían quemar el cuerpo en la cámara sagrada del templo de Júpiter Capitolino, mientras otros se inclinaban por hacerlo en la Curia de Pompeyo. De pronto, dos individuos, armados con espadas y llevando un par de jabalinas, prendieron fuego al túmulo con sus hachones de cera encendidos. Al momento la multitud comenzó a arrojar encima ramas secas, el entarimado y las banquetas del tribunal y todas las ofrendas, además, que se encontraban allí. A continuación, los flautistas y los actores se arrancaron y rasgaron las vestiduras que, rescatadas del atrezo de los triunfos, se habían puesto para esta ocasión, y las arrojaron al fuego. Lo mismo hicieron los legionarios veteranos con sus armas, con las que se habían engalanado para las exequias. También muchas mujeres echaron a las llamas los adornos que llevaban, juntamente con las bulas y togas pretextas de sus hijos. En el gran duelo general, multitud de extranjeros mostraron su dolor, por grupos y a su manera, y, en especial, los judíos, que se agolparon en masa junto a la pira mortuoria durante varias noches seguidas.

LXXXV. La plebe, desde el lugar del funeral, se dirigió al instante con antorchas a las casas de Bruto y de Casio y, tras ser a duras penas rechazada, a Helvio Cinna, que por confusión del nombre creyeron que era Cornelio Cinna, a quien buscaban a causa de una diatriba que había pronunciado la víspera contra Julio César, le dieron muerte y pasearon su cabeza clavada en una lanza. Después se erigió en el foro una sólida columna de mármol de Numidia, de cerca de veinte pies de altura, con la inscripción «Al padre de la patria». Junto a ella durante largo tiempo se ofrecieron sacrificios, se hicieron votos y se solventaron litigios mediante un juramento en nombre de César.

LXXXVI. César hizo concebir a algunos de los suyos la sospecha de que no tenía interés en prolongar durante largo tiempo su vida y de que, en consecuencia, tampoco se preocupaba ante el hecho de que su salud pareciera deteriorarse y que, por ese motivo, había hecho caso omiso de los presagios religiosos y de las advertencias de sus amigos. Hay quienes creen que, confiando en el último decreto del Senado y en su juramento, había retirado su guardia personal de soldados hispanos, que, armados con espadas, tenía siempre a su lado. Otros, al contrario, son de la opinión de que había preferido afrontar de una vez las intrigas que por todas partes le amenazaban, antes que precaverse de ellas. Algunos afirman que César acostumbraba decir que «el hecho de que él siguiera vivo, afectaba más a los intereses del Estado que a los suyos propios; que él ya había alcanzado desde hacía tiempo una más que suficiente gloria y poder, pero que la República, si algo le sucedía a él, no permanecería impasible y caería en una guerra civil de peores consecuencias todavía».

LXXXVII. Todos ellos, no obstante, están plenamente convencidos de que le tocó en suerte una forma de muerte muy similar a la que públicamente había manifestado preferir. Pues, en efecto, ya en cierta ocasión al leer en Jenofonte que Ciro, durante su última enfermedad, había dispuesto sus propios funerales, rechazó ese modo de morir, tan lento, afirmando desear para sí una muerte rápida. Y, la misma víspera de ser asesinado, en la conversación surgida después de la cena en casa de Marco Lépido sobre cuál era la clase de muerte más deseable, dijo preferir una muerte repentina e inesperada.

LXXXVIII. Murió a los cincuenta y seis años de edad y fue incluido entre los dioses, no sólo por boca de los que decretaron tal honor, sino por el convencimiento de la gente. Y, en efecto, durante los juegos —los primeros que el heredero, Augusto, organizaba en su honor, después de ser divinizado— refulgió durante siete días seguidos un cometa, que aparecía alrededor de la hora undécima, y que todos creyeron ser el alma de César, recibida en los cielos; por esa razón, en sus estatuas se añade una estrella sobre su cabeza. Fue deseo general tapiar la Curia donde fue asesinado y los idus de marzo pasaron a denominarse los idus del «Parricidio» y nunca más volvió a reunirse el Senado en ese día.

LXXXIX. Finalmente, casi ninguno de sus asesinos le sobrevivió más de tres años, ni murió de muerte natural. Condenados todos ellos a destierro, murieron todos en uno u otro desastre: parte de ellos en un naufragio, y el resto, en combate. Algunos se dieron muerte con el mismo puñal con el que habían apuñalado a César.

El divino Augusto

I. Muchas pruebas atestiguan que el linaje de los Octavios fue en otro tiempo el más importante de Vélitras. En efecto, el barrio enclavado en la parte más concurrida de la ciudad se llamaba desde antiguo Octavio y, en él, se mostraba un altar consagrado a un tal Octavio, que, en la guerra contra un pueblo vecino, siendo él el jefe supremo, al serle anunciada una repentina incursión del enemigo mientras ofrecía un sacrificio a Marte, sacando del fuego las entrañas semicrudas de la víctima, las dividió y, entrando así en combate, regresó vencedor. Subsistía el decreto público por el que se tomaban medidas para que en el futuro las entrañas de las víctimas se ofrecieran a Marte de igual modo, y se llevase el resto a los Octavios.

II. Dicho linaje de los Octavios fue admitido al Senado por el rey Tarquinio Prisco, pero entre los de segunda categoría, aunque Servio Tulio lo incluyó después entre los patricios; con el paso del tiempo descendió al estamento plebeyo y, después de un gran intervalo de tiempo, el divino Julio lo elevó de nuevo al rango del patriciado. El primero de sus miembros que recibió una magistratura por sufragio público fue Cayo Rufo. Después de ejercer la cuestura, tuvo dos hijos, Cneo y Cayo, de los cuales derivan las dos familias de Octavios, aunque con diversa fortuna, ya que Cneo y sus descendientes desempeñaron todos ellos los máximos cargos públicos; por el contrario, Cayo y su descendencia, ya por los avatares del azar, ya por deseo propio, permanecieron dentro de la clase ecuestre hasta llegar al padre de Augusto. El bisabuelo de Augusto luchó como tribuno militar en Sicilia durante la segunda guerra púnica, siendo Emilio Papo el general en jefe. Su abuelo, contentándose con magistraturas municipales, envejeció tranquilamente con un cuantioso patrimonio. Pero de estos detalles ya tratan otros autores. El propio Augusto escribe que él había nacido en el seno de una familia tan sólo de rango ecuestre, aunque antigua y rica, y en la que su padre había sido el primer senador. Marco Antonio le reprochaba que su bisabuelo era un liberto, un cordelero de la aldea de Turio, y que su abuelo era un usurero. Y sobre los antepasados de Augusto, por línea paterna, no he hallado ninguna otra información.

III. Su padre, Cayo Octavio, gozó ya desde niño de grandes bienes de fortuna y excelente reputación, de forma que no deja de admirarme que algunos escritores nos lo hayan presentado como un prestamista e, incluso, como uno de los agentes electorales o de los asalariados del campo de Marte. Provisto, pues, de abundantes recursos, consiguió fácilmente el acceso a las magistraturas y las desempeñó a la perfección. Como propretor, le tocó en suerte Macedonia y, ya durante el viaje, exterminó a los grupos armados supervivientes de los ejércitos de Espartaco y de Catilina, que se habían adueñado de la región de Turio; encargo éste que había recibido del Senado extraoficialmente. Gobernó su provincia con tanta justicia como energía. Después de aniquilar, en efecto, a los besos y tracios en una gran batalla, supo tratar a sus aliados con tan gran habilidad, que se conservan algunas cartas de Cicerón en las que anima y aconseja a su hermano Quinto —que por aquel entonces ejercía también el proconsulado en Asia, aunque con no muy buena fama— que, para ganarse a sus pueblos aliados, imite el buen hacer de su vecino Octavio.

IV. Al regresar de Macedonia, antes de poder presentarse como candidato al Consulado, murió repentinamente, dejando tres hijos: Octavia, la mayor, que había tenido de su esposa Ancaria; y Octavia, la menor, y Augusto, que había tenido de Acia. Acia, a su vez, era hija de M. Acio Balbo y de Julia, hermana de César. Balbo, originario de Aricia por línea paterna, contaba en su familia con numerosos antepasados senadores y, por parte de madre, estaba muy estrechamente relacionado con Pompeyo el Grande; después de desempeñar el cargo de pretor, fue designado como uno de los veinte magistrados encargados de repartir al pueblo el campo de Campania, en virtud de la ley Julia. Antonio, sin embargo, menospreciando el linaje materno de Augusto, le echa en cara que su bisabuelo era de origen africano y que regentaba una tienda de perfumes y una panadería en Aricia. Casio de Parma, en una carta, tacha a Augusto de ser nieto, no ya de un panadero, sino de un prestamista, con estas palabras: «Llevas todavía encima la harina materna del abominable molino de Aricia; harina que un usurero de Nerulo amasó con sus manos corrompidas por las usuras».

V. Nació Augusto durante el consulado de Marco Tulio Cicerón y Cayo Antonio, el día 9 antes de las calendas de octubre, poco antes de la salida del sol, en la zona del Palatino, junto a «las Cabezas de Vaca», donde tiene ahora un templo, edificado poco después de su muerte. En efecto, como consta en las actas del Senado, cuando C. Letorio, un adolescente de origen patricio, trataba de evitar una pena muy severa por adulterio, además de su edad y linaje, también alegó ante los senadores el hecho de ser propietario y, por así decirlo, guardián del suelo que, al nacer, tocó en primer lugar el divino Augusto y solicitó ser perdonado en virtud de ese dios, de algún modo propio y personal. El Senado decretó entonces que esa parte de la casa fuese consagrada a Augusto.

VI. Aún se enseña el lugar donde se crió: un habitáculo diminuto, parecido a una despensa, en una propiedad de sus abuelos cerca de Vélitras. Y el vecindario sostiene con firmeza que también nació allí. Penetrar en él, si no es por motivo necesario y honesto, es una profanación, habiéndose generado desde antiguo una leyenda como si, a los que penetran en él injustificadamente, les enloqueciese algún tipo de horror y pánico, extremo éste recientemente confirmado. Pues, cuando un nuevo propietario de la finca se introdujo en él para dormir, ya fuese por casualidad o para ver qué sucedía, ocurrió que, tras unas pocas noches, expulsado de allí brutalmente por unas fuerzas, repentinas e inciertas, se le encontró medio muerto, con colchón y todo, delante de la puerta.

VII. Se le dio, de niño, el sobrenombre de Turino, bien en recuerdo del origen de sus mayores, o bien porque, poco después de nacer él, su padre Octavio había obtenido un gran éxito en la región de Turio contra las bandas de fugitivos. Puedo afirmar con ciertas garantías que fue llamado Turino, gracias a haber conseguido una antigua estatuilla que representa, en bronce, a Augusto de niño, en la que estaba inscrito este nombre con letras de hierro, medio gastadas; yo se la regalé al emperador y él la venera ahora entre los dioses Lares de su alcoba. También Marco Antonio en sus cartas le llama frecuentemente «Turino» a modo de insulto, y él, a su vez, contesta que no puede menos de sorprenderse de que se le refriegue como una injuria el primer nombre que tuvo. Después de adoptar el sobrenombre de Cayo César y luego el de Augusto, el primero por el testamento de su tío abuelo materno y, el segundo, por decreto de Munacio Planco, a pesar de que algunos opinaban que sería más adecuado que se llamase Rómulo —pues de algún modo también él era fundador de la ciudad—, prevaleció que se le denominase Augusto, no tanto como un nombre nuevo, sino como más solemne, puesto que también los recintos religiosos, aquellos en los que después de tomar augurios se consagra alguna cosa, se llaman augustos; este término proviene de auctus o bien de avium gestus vel gustus, como nos explica el propio Ennio, cuando escribe:

Después de que la ilustre Roma fue fundada merced a un augusto augurio.

VIII. A los cuatro años de edad perdió a su padre. A los doce años, desde la tribuna de los oradores pronunció el elogio fúnebre con ocasión de la muerte de su abuela Julia. Cuatro años después se vistió la toga viril y, durante la triunfal celebración de las victorias de César en África, fue distinguido con honores militares, aunque no tenía experiencia alguna de armas a causa de su edad. Cuando su tío abuelo partió poco después hacia las Españas para enfrentarse a los hijos de Cneo Pompeyo, Augusto, que, apenas recuperado de una grave enfermedad, acompañado de una pequeña escolta y a través de caminos infestados de enemigos, sufriendo, además, un naufragio, había ido a reunirse con él, se ganó su favor, mereciendo rápidamente su aprobación, no sólo por la diligencia demostrada en su viaje, sino también por las cualidades de su carácter. Cuando César, después de recuperar las Españas, planeaba una expedición contra los dacios y, desde allí, contra los partos, envió a Augusto a Apolonia, donde se dedicó por entero a sus estudios. Así que supo, tras el asesinato de César, que él era su heredero, estuvo dudando durante mucho tiempo si solicitar la ayuda de las legiones más próximas, pero rechazó la idea por precipitada e inmadura. No obstante, habiendo regresado a Roma, asumió su herencia, a pesar de las dudas de su madre y de que su padrastro, el ex cónsul Marcio Filipo, hacía lo posible para disuadirle. Así pues, desde aquel momento, contando con el apoyo de los ejércitos, gobernó, primero, con Marco Antonio y Lépido; después, durante casi doce años, solamente con Antonio; finalmente, durante cuarenta y cuatro años, rigió él solo el Estado.

IX. Una vez expuesto de forma sintética el panorama de su vida, trataré por separado los diferentes aspectos de ésta, no cronológicamente, sino por temas, para que puedan ser narrados y entendidos con mayor claridad. Mantuvo cinco guerras civiles: las de Módena, Filipos, Perusia, Sicilia y Accio. De éstas, la primera y la última contra M. Antonio; la segunda, contra Bruto y Casio; la tercera, contra Lucio Antonio, hermano del triunviro, y la cuarta, contra Sexto Pompeyo, hijo de Cneo.

X. El motivo inicial que desencadenó todas las guerras fue el siguiente: considerando Augusto que nada era más necesario que vengar el asesinato de su tío abuelo y salvaguardar todas sus disposiciones, tan pronto como regresó de Apolonia, decidió, primero, atacar a viva fuerza y por sorpresa a Bruto y a Casio y, más tarde, puesto que habían conseguido evitar ese ya previsto peligro, atacarlos también legalmente y declararlos, en su ausencia, reos de asesinato. Él, personalmente, organizó los juegos para celebrar la victoria de César, ya que aquellos a quienes competía el asunto no se habían atrevido a hacerlo. Y para garantizar que también se cumpliese el resto de sus disposiciones, a pesar de que era patricio, pero no senador, presentó su candidatura a una plaza de tribuno de la plebe, cuyo titular casualmente había muerto hacía poco. No obstante, al oponerse a sus aspiraciones el cónsul Marco Antonio (de quien precisamente esperaba el mayor respaldo, pero que se negaba a concederle, para cosa alguna, ningún tipo de atribuciones, ni oficiales ni excepcionales, a no ser a cambio de cuantiosas sumas de dinero), se pasó al partido de los optimates; Augusto se daba cuenta, en efecto, que Antonio les resultaba odioso, sobre todo porque, después de sitiar a Décimo Bruto en Módena, se esforzaba en expulsarlo por la fuerza de las armas de la provincia que le había sido otorgada por César y confirmada por el Senado. Así pues, siguiendo los consejos de algunos senadores, contrató a unos sicarios para que lo matasen, pero, descubierta la intriga y temiendo a su vez por su vida, repartiendo generosamente entre ellos todo el dinero que le fue posible, reagrupó a los veteranos para que le apoyasen a él y a la República. Recibió entonces la orden de, como propretor, ponerse al frente del ejército que había reunido y, juntamente con Hircio y Pansa, que habían sido nombrados cónsules, prestar ayuda a D. Bruto; en tres meses finalizó la guerra que le habían encomendado, librando dos batallas. Escribe Antonio que, en la primera, huyó y que reapareció finalmente, al cabo de dos días, sin el manto de general ni el caballo; en la segunda, en cambio, hay constancia fidedigna de que cumplió, no sólo con las obligaciones de un general, sino incluso con las de un soldado, y que en pleno combate, al haber sido gravemente herido el aquilífero de su legión, cargó Augusto el águila sobre sus hombros y la llevó a cuestas durante largo rato.

XI. Como durante esta guerra Hircio murió combatiendo y poco después también murió Pansa a causa de una herida, se propaló el rumor de que ambos habían sido asesinados por obra suya, con el fin de quedarse él solo con el mando de los ejércitos vencedores, al haber huido Antonio y estar la República privada de cónsules. Y verdaderamente la muerte de Pansa fue tan sospechosa, que se detuvo a Glicón, su médico, acusado de haber puesto veneno en la herida. A esta suposición añade Aquilio Níger que Hircio, el otro cónsul, fue asesinado por el propio Augusto durante la confusión del combate.

XII. Pero cuando se enteró que Antonio, después de huir, había sido acogido por M. Lépido y que los restantes generales y ejércitos se pasaban a su bando, abandonó sin la menor vacilación la causa de los optimates, pretextando para su cambio de postura haber sido censurado sin razón por las palabras y los hechos de algunos senadores; aducía que unos le habían acusado de ser un crío y, otros, de que exigía ser adulado y ensalzado; y todo ello para no tener que recompensarle a él ni a sus veteranos con favores similares a los recibidos. Y para demostrar más palpablemente su arrepentimiento por su primera actitud, después de multarlos con una gran suma, desterró de la ciudad a los habitantes de Nursia para que no pudieran pedir prestado el importe de la multa; y todo esto porque, en el monumento erigido con fondos públicos en honor de los ciudadanos caídos en la batalla de Módena, habían añadido la inscripción «muertos en defensa de la libertad».

XIII. Una vez establecida la alianza con Antonio y Lépido, aunque enfermo y débil, acabó también la guerra de Filipos con una doble batalla, en la primera de las cuales, desalojado de su campamento por los enemigos, a duras penas pudo escapar, huyendo al ala del ejército mandada por Antonio. No mostró tampoco ninguna mesura en el éxito de la victoria, sino que, además de enviar a Roma la cabeza de Bruto para que se colocase a los pies de la estatua de César, después de injuriarlos verbalmente, se encarnizó con los más ilustres de los cautivos hasta tal extremo que, a uno de ellos que le suplicaba que le diera muerte y lo enterrase, se dice que le respondió que «esto será pronto trabajo de los buitres»; a otros dos, padre e hijo, que le rogaban por su vida, les ordenó echar a suertes o jugarse a la morra a cuál de los dos tenía que perdonar; y que contempló con deleite cómo morían los dos, ya que, después de matar al padre, que se había ofrecido voluntariamente, también el hijo se suicidó. Por todo ello, los demás prisioneros, entre ellos Marco Favonio, el rival de Catón, al ser llevados a su presencia cargados de cadenas, después de saludar honoríficamente a Marco Antonio como imperator, organizaron delante de él un tremendo griterío, tratándolo de infame y canalla. Habiéndose repartido entre ellos el poder después de la victoria, de forma que Antonio debía reorganizar el Oriente y Augusto conducir de nuevo a Italia a los veteranos y ubicarlos en las tierras municipales, este último no supo ganarse el favor ni de los veteranos ni de los propietarios, quejándose éstos de que habían sido expulsados de sus tierras y, aquéllos, de que no habían sido tratados en consonancia a sus méritos.

XIV. También en esos días, a Lucio Antonio, que, confiando en su propia autoridad como cónsul y en la influencia de su hermano, tramaba nuevos desórdenes, le obligó a huir a Perusia y le forzó a rendirse por hambre, aunque no sin atravesar por su parte momentos muy críticos, tanto durante la guerra como antes de ella. En cierta ocasión, durante unos juegos circenses, obligó por medio de un ordenanza a un soldado raso, que estaba sentado en una de las catorce filas reservadas al orden ecuestre, a levantarse y abandonar el circo; habiéndose propagado poco después el rumor de que acababa de ser crucificado y ejecutado, poco le faltó a Augusto para perder la vida entre el tumulto y la indignación de la multitud de soldados. Le salvó el hecho de aparecer inesperadamente, vivo e incólume, el soldado que creían muerto. Y también, mientras ofrecía un sacrificio junto a las murallas de Perusia, estuvo a punto de morir a manos de un grupo de gladiadores que, saliendo de la ciudad, habían realizado un brusco y violento ataque.

XV. Después de tomada Perusia, mandó ejecutar a la mayoría de sus defensores; cuando imploraban su perdón e intentaban excusarse, les interrumpía repitiendo siempre lo mismo: «Tenéis que morir». Cuentan que trescientos cautivos, seleccionados entre los dos órdenes, fueron sacrificados durante los idus de marzo, como si fueran víctimas propiciatorias, en el altar erigido en honor del divino Julio. Algunos historiadores dan como un hecho seguro que Augusto tomó las armas con el fin de que salieran al descubierto, al tener la oportunidad de ponerse a las órdenes de Lucio Antonio, los enemigos encubiertos y aquellos a quienes les frenaba más el miedo que sus propias simpatías y, de este modo, una vez vencidos y confiscados sus bienes, poder así pagar a los veteranos las recompensas prometidas.

XVI. Inició con especial interés la guerra contra los sículos, pero se prolongó durante muchos años debido a las frecuentes interrupciones, bien para reparar la flota que, por un doble naufragio a causa de las tempestades, había perdido precisamente durante el verano, bien por haberse firmado la paz que el pueblo exigía al aumentar el hambre a causa del bloqueo de todo tipo de alimentos. Mientras se construían nuevas naves y se manumitían veinte mil esclavos para dedicarlos a remeros, construyó el puerto Julio, junto a Baias, haciendo penetrar el mar en los lagos Lucrino y Averno. Después de entrenar a sus tropas en ese puerto durante todo el invierno, venció a Pompeyo entre Milas y Nauloco; por cierto que, poco antes de la hora del combate, le venció un repentino sueño tan profundo que sus amigos tuvieron que despertarlo para que diera la señal de iniciar la batalla. Este hecho, creo yo, le facilitó a Antonio el pretexto para echar en cara a Augusto que «ni siquiera fue capaz de mirar de frente a las flotas en orden de combate, sino que, echado boca arriba, mirando el cielo, permaneció acostado e inmóvil, incapaz de levantarse ni de dejarse ver por sus soldados, hasta que M. Agripa ya había puesto en fuga a las naves enemigas». Otros le critican cierta afirmación y cierta actuación suya, pues, según ellos, tras haber perdido sus naves en una tormenta, exclamó que «incluso contra la voluntad de Neptuno obtendría la victoria»; y en los siguientes juegos circenses retiró la estatua del dios de la solemne procesión. Y no es aventurado afirmar que en ninguna otra guerra estuvo expuesto a más ni mayores peligros. Así, después de llevar el grueso del ejército a Sicilia, mientras regresaba al continente a buscar la parte restante de sus tropas, fue atacado inesperadamente por Demócares y Apolofanes, lugartenientes de Pompeyo, pudiendo escapar al final con grandes dificultades con un único navío. En otra ocasión, mientras, caminando por Locros, se dirigía a Regio, divisó unas birremes pompeyanas bordeando la costa; creyendo que eran suyas, bajó a la playa y estuvo a punto de ser capturado. También entonces, mientras huía por intrincados senderos acompañado de Paulo Emilio, un esclavo de éste, recordando con rabia que en otro tiempo había proscrito a Paulo, el padre, y creyendo que se le ofrecía la oportunidad de vengarlo, intentó asesinarlo. Tras la fuga de Pompeyo, Marco Lépido, el segundo de sus colegas, a quien Augusto había hecho venir de África para ayudarle, llegó rebosando arrogancia, al estar respaldado por veinte legiones, y reivindicando para él, mediante el terror y las amenazas, el máximo protagonismo; Augusto le despojó de su ejército y, aunque en atención a sus súplicas le perdonó la vida, le desterró a perpetuidad a Circeyos.

XVII. Al final acabó por romper su alianza con Marco Antonio, siempre vacilante e incierta, y recompuesta a medias tras diversas reconciliaciones. Y para demostrar más palpablemente que éste se había apartado de las costumbres cívicas, ordena abrir y leer desde la tribuna de los oradores el testamento de Antonio, que éste había dejado en Roma, y en el que entre sus herederos nombraba también a los hijos tenidos de Cleopatra. Sin embargo, a pesar de haber sido declarado enemigo público, envió junto a él a todos sus parientes y amigos, entre otros Cayo Sosio y Cneo Domicio, quienes eran todavía los cónsules en aquel momento. A los habitantes de Bolonia les dispensó también públicamente de sumarse al juramento de toda Italia de luchar en su favor, porque desde hacía mucho tiempo formaban parte de la clientela de los Antonios. No mucho después, lo venció en la batalla naval junto a Accio, pero el combate se prolongó hasta tan tarde, que Augusto, victorioso, durmió en su nave. Desde Accio se retiró a sus cuarteles de invierno en Samos, pero, alarmado por las noticias de una sedición por parte de los soldados de todas las categorías que, una vez obtenida la victoria, había enviado a Brindisi y que reclamaban ahora sus recompensas y licenciamiento, se dirigió de nuevo a Italia, atravesando durante la singladura dos críticas situaciones a causa de sendas tempestades; primero, entre los promontorios del Peloponeso y los de Etolia y, más tarde, junto a los montes Ceraunios. En ambas ocasiones se hundieron varias de las naves ligeras de guerra, incluida la suya, en la que viajaba, después de romperse todos los aparejos y el timón. Tras detenerse unos veintisiete días en Brindisi mientras solucionaba todas las peticiones de sus soldados, se dirigió a Egipto, bordeando Asia y Siria, y, sitiando Alejandría, donde se habían refugiado Antonio y Cleopatra, tomó en poco tiempo dicha ciudad. A Antonio, que trataba de conseguir tardías condiciones de paz, no dudó en forzarlo a quitarse la vida y vio personalmente su cadáver. Con respecto a Cleopatra, a la que tenía especialísimo interés en mantener viva hasta el día en que celebrase su triunfo, la confió a los psilos, para que intentaran absorber el veneno y la ponzoña, ya que se pensaba que había muerto por la mordedura de un áspid. Augusto les concedió a ambos el honor de una conjunta sepultura y ordenó acabar el mausoleo que ellos mismos habían iniciado. Al joven Antonio, el mayor de los dos hijos habidos de Fulvia, tras apoderarse de él a la fuerza, lo ejecutó junto a la estatua del divino Julio, donde, después de muchas e inútiles súplicas, se había refugiado. También a Cesarión, el hijo que Cleopatra afirmaba haber concebido de César, lo capturó mientras huía y lo condenó al suplicio. A los restantes hijos comunes de Antonio y la reina, en cambio, los mantuvo siempre a su lado exactamente igual que si fueran miembros de su propia familia y, en adelante, los trató y apoyó conforme a las aptitudes de cada uno de ellos.

XVIII. También por aquel entonces, al tener ante sus ojos el féretro y el cadáver de Alejandro Magno, que se había sacado del interior de su tumba, lo honró imponiéndole una corona y derramando flores sobre él. Pero, cuando se le preguntó si deseaba ver también el cadáver de Ptolomeo, contestó que él «había querido ver a un rey, no a simples muertos». Después de transformar Egipto en una provincia romana, para hacerla más feraz y adecuada al abastecimiento de trigo de Roma, limpió los canales que recogían las crecidas del Nilo, pero que debido a su antigüedad estaban medio obstruidos por el barro, utilizando para ello durante largo tiempo a sus soldados como mano de obra. Con el fin, también, de que el recuerdo de la victoria de Accio fuese más celebrado y permaneciese para siempre, fundó junto a Accio la ciudad de Nicópolis e instauró allí unos juegos quinquenales; además, después de ampliar el viejo templo de Apolo, consagró a Neptuno y a Marte el enclave que había utilizado para instalar su campamento, tras adornarlo con los despojos de los navíos procedentes de la batalla naval.

XIX. A partir de entonces reprimió los desórdenes, los proyectos de golpe de Estado y las numerosas conjuraciones, así que se detectaba algún indicio de ello y antes de que cogiesen fuerza. Se produjeron diversos intentos en diversas épocas: el del joven Lépido; más tarde, el de Varrón Murena y Fanio Cepión; luego el de M. Egnacio; posteriormente, el de Plaucio Rufo y Lucio Paulo, el marido de su nieta. Además de éstos, el de L. Audasio, un sujeto gastado ya por la edad y los achaques, acusado de falsificar libros de contabilidad; también el de Asinio Epicado, individuo híbrido de ascendencia parta, y, por fin, el de Télefo, un esclavo de su mujer encargado de anunciar a los visitantes. En efecto, tampoco se vio libre de riesgos y conspiraciones por parte de hombres de la más baja condición. Audasio y Epicado habían planeado sacar a la fuerza a su hija Julia y a su nieto Agripa de las islas donde estaban desterrados, para presentarlos al ejército; y Télefo, convencido de estar destinado por los hados a ostentar el poder supremo, planeaba atacar a Augusto y al Senado. Más aún, en cierta ocasión, por la noche, se detuvo a un cantinero del ejército ilírico, armado con un machete de caza, que había burlado a los guardias de las puertas de su dormitorio; no sabemos si estaba verdaderamente loco o simplemente lo fingía; nada se le pudo arrancar, ni con tortura, con respecto a esta cuestión.

XX. Fuera de Italia tan sólo dirigió dos guerras personalmente: contra los dálmatas, siendo todavía muy joven; y, después de vencer a Antonio, contra los cántabros. En la guerra de Dalmacia incluso fue herido en dos ocasiones. La primera vez, en combate, al ser alcanzado en la rodilla derecha por una piedra. La segunda, recibió graves heridas en una pierna y en ambos brazos, al desplomarse un puente. Las otras guerras las dirigió por medio de legados, aunque, de todas formas, en algunas campañas sostenidas en Panonia y en Germania, o intervino personalmente o no estaba lejos, desplazándose desde Roma hasta Rávena, Milán o Aquileya.

XXI. Mandando él personalmente el ejército unas veces y, otras, mediante sus legados, sometió Cantabria, Aquitania, Panonia, Dalmacia con todo el Ilírico, la Recia y a los vindélicos y salasos, pueblos de los Alpes. Frenó también las incursiones de los dacios, después de dar muerte a tres de sus caudillos y aun gran número de soldados, y rechazó a los germanos hasta la otra orilla del río Albis. De estos últimos, a los suevos y a los sigambros, que se habían sometido a su poder, los trasladó ala Galia y los ubicó en las tierras próximas al Rin. A otras naciones beligerantes las redujo a la obediencia. No declaró la guerra a ningún pueblo o nación sin motivo justo y necesario y careció hasta tal punto de la ambición de aumentar a toda costa su poder militar o su gloria bélica que, en el templo de Marte Vengador, obligó a algunos jefes de pueblos bárbaros a jurar que permanecerían leales y mantendrían la paz que habían pedido. Hizo, sin embargo, la prueba de exigir a algunos de ellos una nueva clase de rehenes, a saber, mujeres, pues se daba cuenta de que no daban demasiada importancia a los rehenes varones. No obstante, les dio a todos ellos la posibilidad de recuperarlos siempre que lo deseasen. Tampoco impuso nunca, a los que se sublevaban con demasiada frecuencia o con perfidia, un castigo mayor que el de venderlos, una vez capturados, con la condición añadida de que no podían cumplir su esclavitud en las regiones vecinas ni ser liberados antes de treinta años. Merced a esta fama de honestidad y moderación impulsó a los indos y a los escitas (pueblos que tan sólo conocía de oídas) a pedir espontáneamente por medio de embajadores su amistad y la del pueblo romano. También los partos, cuando reclamó la Armenia, se la cedieron fácilmente, le devolvieron, ante sus peticiones, las enseñas militares que habían arrebatado a Marco Craso y Marco Antonio, le ofrecieron incluso rehenes y, en suma, en una ocasión en que varios aspirantes se peleaban por el trono, no aceptaron a otro, sino al que Augusto eligió.

XXII. El templo de Jano Quirino, que, desde la fundación de Roma hasta su época, tan sólo se había cerrado en dos ocasiones, Augusto, en un espacio de tiempo mucho menor, lo cerró tres veces, tras conseguir la paz en tierra y mar. Entró dos veces en Roma celebrando la ovación: la primera, después de la batalla de Filipos, y, de nuevo, tras la guerra contra los sículos. En cuanto al triunfo curul, lo celebró en tres ocasiones —y con tres días de duración cada uno de ellos— por las victorias en Dalmacia, Accio y Alejandría, respectivamente.

XXIII. Tan sólo padeció dos derrotas graves e ignominiosas, y las dos en Germania: la de Lolio y la de Varo. La de Lolio, le reportó más descrédito que perjuicios; la de Varo, tuvo proporciones catastróficas, al perder tres legiones enteras con su general, los legados y las tropas auxiliares. Al conocer el desastre, apostó centinelas en la ciudad, para evitar que surgieran alborotos, y prorrogó el mando militar a los gobernadores de las provincias, para que generales expertos y conocidos de ellas contuvieran a las naciones aliadas. Prometió unos juegos solemnes en honor de Júpiter Óptimo Máximo, si mejoraba la situación de la República, lo cual se había ya hecho antes con ocasión de la guerra contra los cimbrios y teutones. Se dice que quedó consternado hasta tal extremo que ininterrumpidamente durante muchos meses se dejó crecer la barba y el cabello y, en ocasiones, se golpeaba la cabeza contra las puertas, gritando: «¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!»; y que en adelante, el día de la derrota fue siempre para él un día de tristeza y duelo.

XXIV. En temas militares hizo numerosas reformas e innovaciones e incluso restituyó algunas de las antiguas tradiciones. Fue extraordinariamente severo en la exigencia de la disciplina. A ninguno de sus legados les permitió ir a visitar a sus esposas, a no ser únicamente en los meses de invierno y, aun así, a regañadientes. A un caballero romano que había amputado los dedos pulgares a sus dos hijos adolescentes para liberarlos del servicio militar, lo vendió en pública subasta, a él y a todos sus bienes. No obstante, al ver que los arrendadores de impuestos públicos iban a comprarlo, lo cedió a un liberto suyo para que, dedicándolo a las tareas agrícolas, le permitiera vivir como si fuera libre. A la décima legión, que se mostraba demasiado díscola, la licenció toda entera con ignominia, y a otras legiones, que solicitaban el licenciamiento con exigencias, las licenció suprimiéndoles las recompensas ganadas con sus servicios anteriores. A las cohortes, si retrocedían en combate, después de diezmarlas, les daba cebada como único alimento. En cuanto a los centuriones, si alguno de ellos desertaba de su puesto, le aplicaba la pena capital, como si fuera un soldado raso, y, por otros géneros de delito, imponía sanciones deshonrosas, como ordenarles permanecer en pie todo un día ante el pretorio, unas veces vestidos tan sólo con la túnica, y sin cinturón, y, otras, sosteniendo una vara de diez pies de largo o, incluso, un puñado de césped.

XXV. Después de la guerra civil, ni en las arengas ni en los edictos se dirigió nunca a sus soldados con el término «camaradas», sino simplemente con el de «soldados», y no permitió que ni sus hijos ni sus hijastros con mando militar les llamaran de otra manera, pues consideraba que suponía una familiaridad excesiva e inadecuada a la disciplina militar, a la tranquilidad de la época y a su propia dignidad y la de su casa. En sólo dos ocasiones utilizó libertos como soldados —excepto para apagar los incendios de Roma y en caso de que temiera alborotos en la distribución de trigo en años de escasez—: la primera, para proteger las colonias romanas establecidas junto al Ilírico, y, más tarde, para la vigilancia de la orilla del río Rin. Y, en cualquier caso, se trataba de individuos —reclamados, siendo aún esclavos, a las mujeres y hombres más ricos y manumitidos inmediatamente— que agrupó en una única unidad en primera línea, sin mezclarlos nunca con hombres libres por nacimiento, ni equiparlos con el mismo armamento. En cuanto a distinciones militares, otorgaba más fácilmente faleras y brazaletes que contuviesen algo de plata y oro, que coronas vallarias y murales, que suponían un mayor honor. De estas últimas concedió poquísimas, con total imparcialidad y, con frecuencia, incluso a soldados rasos. A Marco Agripa, tras su victoria naval en Sicilia, le recompensó con un estandarte azul. Los generales que habían sido honrados con el triunfo, aunque hubiesen sido compañeros suyos de campaña y partícipes en sus victorias, eran los únicos a los que jamás consideró que debía conceder estas distinciones militares, puesto que ellos mismos tenían la potestad de otorgarlas a quienes ellos quisieran. Aparte de esto afirmaba que nada había menos propio de un perfecto general que el apresuramiento y la temeridad. Y, en efecto, con frecuencia repetía aquellas máximas: «¡Apresúrate lentamente!».

En un jefe, la prudencia es preferible a la valentía.

Y aquella otra, «se ha hecho con suficiente rapidez lo que se ha hecho suficientemente bien». Se negaba en redondo a iniciar un combate o una guerra hasta que se le hubiera demostrado que la esperanza de beneficios era mayor que el riesgo de perjuicios. Pues afirmaba que los que perseguían mínimas ventajas, a no ser que fuera con un mínimo riesgo, eran parecidos a los que van a pescar con un anzuelo de oro, cuya pérdida, si se rompe, no la puede compensar captura alguna.

XXVI. Asumió magistraturas y honores —incluso algunos de nueva creación— antes de la edad establecida y a perpetuidad. A los veinte años de edad se hizo investir cónsul a la fuerza, después de hacer que las legiones se acercasen, amenazadoras, a Roma y enviasen una legación que exigía en nombre del ejército que se le nombrase cónsul. Ante las vacilaciones del Senado, el centurión Cornelio, jefe de la legación, se apartó el capote y, mostrando la empuñadura de la espada, no vaciló en asegurar ante el Senado: «Si vosotros no lo nombráis, ésta lo nombrará». Su segundo consulado lo ejerció después de nueve años y, el tercero, tras un año de intervalo. Los siguientes, hasta el undécimo, los ejerció ininterrumpidamente. Más tarde, después de rehusar muchas veces, a pesar de que se lo pedían, desempeñó su duodécimo consulado tras un largo período, a saber, diecisiete años, y su decimotercer consulado lo solicitó espontáneamente dos años después, a fin de poder acompañar al foro, revestido de la máxima autoridad, a sus hijos Cayo y Lucio para su iniciación en la vida política. Cinco de sus consulados, del sexto al décimo, los ejerció durante todo el año; los restantes, durante nueve, seis, cuatro o tres meses únicamente y, el segundo, durante tan sólo unas pocas horas, pues en la mañana de las calendas de enero, después de sentarse un rato en la silla curul, como cónsul, ante el templo de Júpiter Capitolino, renunció al cargo, tras haber elegido a otro para sustituirlo. No de todos sus consulados tomó posesión en Roma: del cuarto lo hizo en Asia; del quinto, en la isla de Samos, y del octavo y del noveno, en Tarragona.

XXVII. Durante diez años dirigió el triunvirato formado para consolidar la República. Durante un cierto tiempo se opuso a sus colegas intentando evitar que se hiciesen proscripciones, pero, una vez iniciadas éstas, las llevó a cabo con mayor dureza que sus otros dos colegas. Ellos, en efecto, con frecuencia se mostraban indulgentes con muchos ciudadanos, ya por su influencia, ya por sus súplicas, mientras que solamente Augusto mantuvo con firmeza que no se perdonara a nadie e, incluso, proscribió a Cayo Toranio, que había sido su tutor y colega de su padre Octavio cuando fueron ediles. Julio Saturnino trata con más amplitud este punto concreto y dice que, cuando, ejecutadas ya las proscripciones, Marco Lépido intentó justificar en el Senado las que se habían realizado hasta entonces y abrió esperanzas de clemencia para el futuro, pues, según él, ya eran suficientes los castigos impuestos, Augusto, por el contrario, declaró que él ya había dejado asentado, al ponerse término a las proscripciones, que él gozaría siempre de libertad para hacer lo que creyese oportuno. Como arrepintiéndose, no obstante, de su obstinación, más tarde honró con el rango de la clase ecuestre a Tito Vinio Filopómeno porque se decía que en otro tiempo había ocultado a su señor que había sido proscrito. En el ejercicio de su poder se ganó muchos odios. Por ejemplo, en una ocasión en que estaba pronunciando una arenga a la que había sido admitido un gran número de civiles, al advertir que entre los soldados un tal Pinario, caballero romano, estaba escribiendo algo, pensando Augusto que era un intruso y un espía, ordenó ejecutarlo allí mismo ante todos. En otra ocasión, a Tedio Afro, cónsul electo, por haber comentado con agrias críticas una acción suya, le aterrorizó con tales amenazas que le llevó a suicidarse. Del mismo modo, al pretor Quinto Galio, que, al cumplir con la cortesía de ir a saludarle, llevaba ocultas bajo la toga unas tablillas dobles, sospechando que escondía una espada, pero no atreviéndose a registrarlo en aquel momento, no fuera que se encontrase otro objeto cualquiera y quedase él mismo en evidencia, lo hizo apresar poco después en su propio tribunal por unos centuriones y soldados y, pese a no confesar nada aunque le aplicó tormento como si fuera un esclavo, ordenó darle muerte, después de vaciarle los ojos con sus propias manos. No obstante, la versión escrita de Augusto es que, en una entrevista que le había solicitado, Quinto Galio había atentado contra él, por lo cual, después de detenerlo y condenarlo al destierro, lo había dejado en libertad y que habría muerto en un naufragio o en una emboscada de algunos ladrones. Augusto recibió también a perpetuidad la potestad tribunicia, para el ejercicio de la cual, en dos ocasiones, durante un lustro en cada una de ellas, eligió un colega. Asumió igualmente a perpetuidad la tutela de las costumbres y de las leyes. Con esta atribución, aunque no ostentaba el cargo de censor, ordenó en tres ocasiones realizar el censo del pueblo: la primera y la tercera vez conjuntamente con su colega; la segunda, él solo.

XXVIII. En dos ocasiones estuvo meditando restablecer la República. La primera, inmediatamente después de aplastar a Antonio, pues recordaba que éste le reprochaba con frecuencia que, según su opinión, él era el único obstáculo para su restablecimiento. La segunda vez, cuando, agobiado por sus continuos problemas de salud, después de hacer acudir a su casa a los magistrados y al Senado, les entregó, incluso, un registro e inventario del Imperio. Pero, considerando, por una parte, que el hecho de convertirse él mismo en ciudadano privado no estaría exento de peligros y, por otra, que era una temeridad confiar la República al arbitrio de muchas personas, continuó reteniendo el Estado bajo su mando, no sabemos con certeza si por una feliz coyuntura o por propia decisión. Pero, que ésta era su voluntad, que pregonaba siempre ostensiblemente, lo atestiguó también con cierto edicto que rezaba así: «Ojalá me sea posible consolidar sobre sus cimientos una República sana y salva y recoger los frutos de ello —que es lo que yo pretendo—, de forma que se me pueda llamar el fundador del más excelente régimen político y que, cuando muera, me acompañe la esperanza de que los cimientos del Estado, por mí forjados, van a mantenerse inamovibles». Y él mismo consiguió que se cumpliesen sus deseos, esforzándose por todos los medios para que nadie se sintiera descontento de ese nuevo Estado. A Roma, que no estaba a la altura de la majestuosidad del Imperio y que se veía siempre expuesta a inundaciones e incendios, la cuidó y embelleció hasta tal extremo que se gloriaba con razón de que «dejaba hecha de mármol la ciudad de ladrillos que había recibido». Garantizó también su seguridad, incluso para el futuro, en la medida que la mente humana es capaz de prever el porvenir.

XXIX. Realizó numerosas obras públicas, de las cuales he aquí las más importantes: un foro con un templo a Marte Vengador; el templo de Apolo, en el Palatino, y el santuario de Júpiter Tonante, en el Capitolio. El motivo de construir un nuevo foro fue la enorme multitud de personas y causas judiciales, que hacía que pareciesen insuficientes los dos foros existentes y que se precisara de un tercero. Así pues, inaugurado con cierta precipitación, antes incluso de que estuviese acabado el templo de Marte, se reservó para que se celebrasen en él las causas criminales y los sorteos de jueces. Al comenzar la guerra de Filipos había jurado a los dioses construir el templo de Marte, si conseguía vengar a su padre. Dispuso, en consecuencia, que en este templo deliberase el Senado sobre las cuestiones referentes a las guerras y las concesiones de honores triunfales; que desde él partiesen los magistrados que, investidos de mando militar, se dirigían a sus provincias y que, los que regresasen victoriosos, trajesen aquí sus enseñas triunfales. Erigió el templo de Apolo en aquella parte de su casa del Palatino que los arúspices, al ser herida por el rayo, habían declarado que era la deseada por el dios. Le añadió un pórtico con una biblioteca latina y otra griega; también en este lugar, ya en su edad madura, reunía siempre al Senado e inspeccionaba las corporaciones de jueces. Consagró el templo a Júpiter Tonante por haberle librado de la muerte cuando, en la campaña contra los cántabros, un rayo rozó su litera durante una marcha nocturna, matando al esclavo que le precedía con una antorcha para iluminar el camino. También realizó otras obras bajo nombre ajeno, en concreto bajo el de sus nietos, de su esposa y de su hermana, como la basílica de Cayo y Lucio, el pórtico de Livia y Octavia y el teatro de Marcelo. Exhortó, además, a otros egregios próceres a que, cada uno de ellos en la medida de sus posibilidades, embelleciera la ciudad con monumentos nuevos o reconstruyendo y embelleciendo los ya existentes. Muchos ilustres personajes patrocinaron entonces numerosas obras: Marcio Filipo el templo de Hércules y de las Musas; Lucio Cornificio el templo de Diana; Asinio Polión el atrio de la Libertad; Munacio Planco el templo de Saturno; Cornelio Balbo un teatro; Estatilio Estauro un anfiteatro, y Marco Agripa, en fin, muchas y muy notables obras.

XXX. Dividió la superficie de la ciudad en distritos y barrios y dispuso que unos magistrados anuales elegidos por sorteo rigiesen los distritos, mientras que una especie de alcaldes de barrio, elegidos de entre la plebe de cada vecindad, lo hicieran con los barrios. Para contrarrestar los incendios ideó un servicio de rondas de guardia y de vigilantes nocturnos. A su vez, para evitar las inundaciones, dragó y limpió el lecho del Tíber, lleno, con el tiempo, de escombros y obstruido por los restos de materiales de construcción. Así mismo, para facilitar desde cualquier lugar los accesos a la ciudad, asumió a sus propias expensas la vía Flaminia, que debía ser reparada hasta Rímini, y repartió las restantes vías entre los generales que habían recibido los honores del triunfo, para que las empedrasen con el dinero procedente del botín de guerra. Restauró también los edificios sagrados, deteriorados por el transcurso de los años o consumidos por los incendios, y los embelleció todos con las más suntuosas ofrendas, hasta el extremo de que en la estancia interior del templo de Júpiter Capitolino se depositaron dieciséis mil libras de oro y piedras preciosas y perlas por valor de cincuenta millones de sestercios en una sola donación.

XXXI. Tras la muerte de Lépido, asumió por fin el Pontificado Máximo que, mientras aquel permaneció con vida, no tuvo nunca el valor de arrebatárselo. Después de acumular, procedentes de todos sitios, toda clase de libros proféticos, tanto latinos como griegos —más de dos mil, extendidos por todo el país, de autores nada o poco fiables—, los quemó todos y conservó únicamente los libros sibilinos e, incluso de éstos, hizo también una selección. Los guardó en dos compartimentos dorados en el pedestal de la estatua de Apolo Palatino. Reajustó de nuevo, conforme a su primitiva disposición, el calendario establecido por el divino Julio César que, poco a poco, por negligencia, se había alterado y confundido. En este reajuste dio su propio nombre al mes de sextilis —que prefirió al de septiembre, el mes en que había nacido—, porque en este mes había obtenido su primer consulado y las más insignes victorias. Aumentó el número, la dignidad y los privilegios de los sacerdotes y, en especial, los de las vírgenes Vestales. En cierta ocasión en que era necesario elegir una joven romana para sustituir a una vestal que había fallecido, al ver que muchos ciudadanos recurrían a mil pretextos para evitar que sus hijas entraran en el sorteo, Augusto juró «que si la edad de alguna de sus nietas fuese la adecuada, la hubiera ofrecido espontáneamente». Restableció también algunas de las antiguas ceremonias que paulatinamente habían caído en desuso, como el augurio de la buena salud del Estado, los sacerdotes de Júpiter, las sagradas fiestas lupercales, los juegos seculares y los compitales. Prohibió que durante las fiestas lupercales corrieran por las calles los adolescentes y que durante los juegos seculares asistieran los jóvenes, de uno y otro sexo, a los espectáculos nocturnos, a no ser acompañados de algún familiar adulto. Ordenó que dos veces al año, en primavera y verano, fueran engalanados los Lares compitales con flores. Concedió honores próximos a los de los dioses inmortales a la memoria de los generales que habían extendido al máximo el Imperio del pueblo romano que, en sus inicios, era mínimo. A tal fin restauró los monumentos que éstos habían erigido, manteniendo las inscripciones contenidas en cada uno de ellos,y levantó estatuas de todos esos generales, en actitud de celebrar el triunfo, en ambos pórticos de su foro; y declaró en un edicto «que había promovido su recuerdo, para que los ciudadanos pudieran exigirle a él mismo, mientras viviese, y a los príncipes de los tiempos venideros que acomodaran su vida a la de aquellos, como un ejemplo a seguir». También hizo colocar la regia estatua de Pompeyo sobre la galería cubierta de mármol del foro situado frente al teatro del propio Pompeyo, después de haberla trasladado desde la Curia, donde había sido asesinado Cayo César.

XXXII. Muchas costumbres muy poco ejemplares, que redundaban en notable perjuicio de la ciudadanía, se habían consolidado como consecuencia de los hábitos y relajación propia de las guerras civiles y habían persistido también durante la época de paz. Muchos maleantes, en efecto, se mostraban en público con espada al cinto, como si fuera para su protección, y los viajeros, hombres libres o esclavos, sin distinción, asaltados en los campos, eran retenidos en las ergástulas de los propietarios, y muchas bandas se agrupaban en asociaciones, bajo el nombre de un nuevo colegio, para cometer toda clase de tropelías. En consecuencia, situando puestos de guardia en lugares estratégicos, reprimió el bandidaje; inspeccionó también las ergástulas y disolvió todos los colegios, a excepción de los tradicionales y legítimos. Quemó las listas de antiguos deudores del erario público, la principal fuente, sin duda, de acusaciones calumniosas. Los terrenos públicos de Roma, cuyo derecho de propiedad por parte del Estado era dudoso, los adjudicó a sus actuales propietarios. Hizo borrar los nombres de los que llevaban mucho tiempo procesados —pues con su sórdida situación no se pretendía otra cosa, sino la satisfacción de sus enemigos—, con la cláusula añadida de que, si alguno quisiera volver a acusarlos, se expondría a padecer un castigo similar a la pena solicitada. Y para que ninguna fechoría quedase impune ni proceso alguno se retrasase, declaró hábiles para la instrucción de causas treinta días que se dedicaban a los juegos honorarios. A las tres corporaciones de jueces ya existentes añadió una cuarta, formada por ciudadanos del censo inferior, que se llamaron «ducenarios», y que se encargaban de los pleitos de menor cuantía. Eligió jueces a partir de los treinta años de edad, es decir, cinco años antes de lo que era costumbre. Debido a que muchos ciudadanos eludían el nombramiento de juez, concedió, a regañadientes, que cada corporación, por turno, descansara durante un año y que no se instruyeran causas ordinarias en los meses de noviembre y diciembre.

XXXIII. Él, personalmente, impartió justicia con asiduidad e incluso, algunas veces, por la noche y, si le fallaban las fuerzas, lo hacía desde una litera colocada en el tribunal o también, acostado, en su casa. Aplicó la justicia, no sólo con la máxima escrupulosidad, sino también con benignidad, puesto que a un reo acusado de evidente parricidio, para evitar que fuera condenado a la pena del saco cosido —ya que este castigo no se aplicaba a no ser que hubiesen confesado su delito—, se dice que le interrogó así: «¿No es verdad que tú no mataste a tu padre?». Y en una ocasión en que se juzgaba acerca de un testamento falsificado y en la que todos los firmantes de éste estaban detenidos en virtud de la ley Cornelia, no entregó solamente a los jueces las dos tablillas, condenatoria y absolutoria, sino que les dio también una tercera, por la que se perdonaba a aquellos que se demostrara que habían sido inducidos con engaño o por error a firmar como testigos del testamento. Cada año delegaba en el pretor urbano las apelaciones de los litigantes de la ciudad; en cuanto a las de los litigantes de provincias, las delegaba en ciudadanos ex cónsules, dejando a cada uno de éstos las de la provincia a cuyo frente le había colocado, precisamente para entender en estos asuntos.

XXXIV. Reformó algunas leyes y creó otras nuevas, como la Ley suntuaria, la de adulterios y sodomía, la del cohecho, y la del matrimonio entre diversos estamentos sociales. Aunque esta última ley la reformó con más dureza que las otras, ante los tumultuosos escándalos de los que se oponían a ella, no pudo aplicarla, a no ser después de suprimir o suavizar la parte referente a las penas, de conceder un aplazamiento de tres años y de aumentar los premios. Aún así, al exigir obstinadamente los ciudadanos del orden ecuestre su abolición durante un espectáculo público, hizo que se presentasen allí los hijos de Germánico y, llevando él algunos de ellos y yendo otros en brazos de su padre, los mostró a la gente, indicando con la expresión de su rostro y con sus gestos que no se negasen a seguir el ejemplo de ese joven. Además, cuando se dio cuenta de que, recurriendo a prometidas excesivamente jóvenes y con los frecuentes divorcios, se eludía el objeto de la ley, acortó el tiempo que se podía mantener el simple compromiso matrimonial y puso límite al número de divorcios.

XXXV. Ante la vergonzosa y anárquica multitud de senadores (eran, en efecto, más de mil —muchos de ellos, además, absolutamente indignos del cargo—, que habían accedido a esa dignidad después de la muerte de César, por recomendación o soborno, y a los que el pueblo llamaba «infernales»), redujo su excesivo número a los límites y esplendor primitivos mediante dos selecciones: la primera, a juicio de ellos mismos, pues cada senador elegía a uno de ellos; la segunda, según su propio criterio y el de Agripa. Se cree que en esos días presidía el Senado protegido, bajo la toga, por una coraza y una espada al cinto, además de diez amigos de gran corpulencia, del orden senatorial, que permanecían en pie alrededor de su escaño. Cordo Cremucio narra que ningún senador era entonces admitido a su presencia, a no ser solo y después de ser cacheado. Indujo a algunos a renunciar por pudor al cargo, pero, a los que renunciaban, les mantuvo sus privilegios externos, a saber, la toga pretexta, contemplar los espectáculos desde la orquesta y poder participar en los banquetes oficiales. A fin de que los senadores seleccionados y ratificados por él desempeñaran sus funciones senatoriales con más religiosidad y menos molestia, estableció que, antes de las sesiones, cada uno de ellos elevara súplicas a los dioses con incienso y libaciones de vino en el altar del dios, en cuyo templo se reuniese el Senado, y que, oficialmente, no se convocase éste más de dos veces al mes, en las calendas y en los idus; decretó también que durante los meses de septiembre y octubre únicamente tendrían obligación de asistir los senadores designados por sorteo, en número suficiente para que pudieran aprobarse las resoluciones del Senado. Estableció también que, semestralmente, se nombraría por sorteo una comisión que trataría previamente con él los asuntos que habían de llevarse al pleno del Senado. En los temas de más trascendencia no solicitaba las opiniones de los senadores siguiendo una norma o un orden establecido, sino como a él le placía, para que, al ser posible que cualquiera de ellos tuviera que emitir un dictamen, estuvieran todos más atentos que si únicamente tenían que manifestar su aprobación a lo expuesto.

XXXVI. Promovió también otras medidas, entre las cuales: que no se publicasen las actas del Senado; que los magistrados no fueran enviados a sus provincias inmediatamente después de cesar en sus cargos; que se asignasen unas sumas de dinero a los procónsules, destinadas a las caballerías y a las tiendas de campaña, que antes solían alquilar a cargo del Estado; que la administración del erario público pasara de los cuestores urbanos a los ex pretores o pretores; que fuera un grupo de diez de sus miembros quien convocase al colegio de los centunviros, y no los que habían desempeñado el cargo de cuestor, que eran quienes hasta entonces solían convocarlo.

XXXVII. Y para que fueran más los ciudadanos que intervinieran en la administración de la República, ideó nuevos servicios públicos: la gestión de las obras públicas, la de las carreteras, la de los acueductos, la del lecho del Tíber, la de repartir el trigo al pueblo; la prefectura de la ciudad; un triunvirato encargado de seleccionar el Senado y, otro, de pasar revista a los escuadrones de los caballeros, siempre que fuera necesario. Volvió a nombrar censores, magistrados estos que se habían dejado de nombrar desde hacía muchísimo tiempo. Aumentó el número de pretores. Propuso también que siempre que se le adjudicase a él el consulado, tuviera dos colegas en lugar de uno; pero no lo consiguió, al protestar todos los senadores al unísono que ya era suficiente menoscabo de su majestad no ejercer el cargo en solitario, sino conjuntamente con otro.

XXXVIII. Tampoco se mostró reacio a la hora de premiar el valor militar. Concedió a más de treinta generales el triunfo con honores completos y, a muchos más, las insignias triunfales. A los hijos de los senadores, para que se familiarizaran cuanto antes con los asuntos del Estado, les permitió, nada más tomar la toga viril, utilizar también la túnica laticlava y asistir a la Curia. Además, a los que iniciaban su vida militar, les otorgó no sólo el tribunado de las legiones, sino también el mando de un cuerpo auxiliar de caballería. Y, a fin de que todos tuvieran experiencia militar, con frecuencia puso al frente de cada cuerpo de caballería auxiliar a dos jóvenes de la clase senatorial. Pasó revista frecuentemente a los escuadrones del orden ecuestre, recobrando la costumbre, tras una prolongada interrupción, del desfile de los caballeros. Pero no toleró que nadie, durante el desfile, fuera apartado a la fuerza de las filas a causa de un acusador, lo que antes sucedía con frecuencia; autorizó, en cambio, a los ancianos y a los que padecían algún ostensible defecto físico a que, enviando por delante su caballo en el desfile, se acercaran a pie para responder cuando fueran citados. Posteriormente dio licencia a los caballeros mayores de treinta y cinco años para que devolviesen el caballo, si no querían retenerlo.

XXXIX. Con la ayuda de diez senadores, que solicitó a la Curia, obligó a cada uno de los caballeros a rendir cuentas de su vida y sancionó a los reprobados, a unos con un castigo, a otros con una nota infamante y a muchos con distintos tipos de apercibimiento. La forma más leve de advertencia fue la entrega en público de unas tablillas, que, en silencio, leían allí mismo al momento. Puso una nota infamante a algunos que, habiendo conseguido créditos a muy poco interés, prestaban a su vez ese dinero a interés usuario.

XL. En las elecciones a tribunos de la plebe, si faltaban aspirantes del orden senatorial, los nombraba de entre los caballeros romanos de forma que, después de desempeñar el cargo, podían quedarse en el testamento que prefiriesen de los dos. Como la mayoría de los caballeros, por haber perdido su patrimonio durante las guerras civiles, no se atrevían a contemplar los juegos desde las catorce filas reservadas para ellos por miedo de las sanciones que preveía la ley de los espectáculos, declaró Augusto que esta ley no afectaba a aquellos que, o bien ellos mismos o bien sus padres, hubieran poseído en alguna ocasión el capital necesario para ser censados en la clase ecuestre. Hizo el censo del pueblo por barrios y, para que la plebe no abandonara con demasiada frecuencia sus quehaceres a causa de la distribución de trigo, resolvió entregar unos cupones que daban derecho a recibirlo tres veces al año, cada cuatro meses; pero, ante las peticiones del pueblo, accedió a restablecer la antigua costumbre de manera que cada cual pudiese recibir mensualmente su ración correspondiente. Restableció las antiguas normas que regían los comicios y, después de reprimir el cohecho con múltiples penas, el día de los comicios repartió mil sestercios a cada uno de los miembros de sus propias tribus, la de los Fabios y la de los Escaptios, a fin de que no se dejasen comprar por ningún candidato. Daba, además, Augusto suma importancia a que su pueblo se conservase puro e incólume de cualquier contaminación de sangre de esclavos o extranjera, por lo que se mostró sumamente parco en conceder la ciudadanía romana, y restringió los procedimientos de manumisión. A Tiberio, que le pedía la ciudadanía para un griego cliente suyo, le escribió que «únicamente se la concedería si le convencía de forma inequívoca de que tenía legítimas razones para solicitarla». Y a Livia, que le rogaba lo mismo para cierto contribuyente galo, se la negó, aunque le ofreció que le eximiese de pagar el tributo, afirmando que «aceptaría más fácilmente que se mermase un poco el tesoro público, que conceder el honor de la ciudadanía romana a un hombre vulgar». Por otra parte, no satisfecho con las muchas dificultades que tenían los esclavos para adquirir la libertad, puso muchas más todavía, sobre todo para obtener la ciudadanía, estipulando escrupulosamente el número, la condición y las distintas clases de esclavos que podían ser manumitidos; añadió, además, que, ningún esclavo que en alguna ocasión hubiese sido aherrojado o torturado, pudiese jamás adquirir la ciudadanía, cualquiera que fuese el grado de libertad que hubiese obtenido. Procuró también imponer de nuevo el vestido y atuendo tradicional y, en cierta ocasión, al ver una multitud de gente vestida de negro ante la tribuna de los oradores, vivamente indignado y clamando:

¡He aquí a los romanos, la nación de blanca toga, los señores del mundo!,

encargó a los ediles que, en adelante, no tolerasen que ningún ciudadano permaneciese en el foro o en sus cercanías a no ser vestido con la toga, y sin manto.

XLI. Frecuentemente, en ocasiones propicias, mostró su liberalidad con los estamentos sociales. En efecto, cuando con motivo del triunfo por la victoria de Alejandría, transportó a Roma el tesoro real, originó tal cantidad de dinero que, al rebajarse mucho los intereses de éste, repercutió en un aumento del precio de las tierras y, más tarde, siempre que había una afluencia de dinero al confiscarse los bienes de los condenados, concedió créditos sin intereses durante un cierto tiempo a quienes pudieran ofrecer como garantía el doble del dinero prestado. Aumentó el patrimonio requerido para pertenecer al orden senatorial y, en lugar de ochocientos mil sestercios, fijó la cantidad de un millón doscientos mil sestercios, pero ayudó a quienes no la poseían. También distribuyó con frecuencia dinero entre el pueblo, pero nunca las mismas sumas: unas veces, cuatrocientos sestercios por cabeza; otras, trescientos; algunas veces doscientos e, incluso, quinientos. Y no se olvidó tampoco de los niños pequeños, aunque habitualmente no recibieron dinero, si no tenían al menos once años cumplidos. También el trigo, en los años de mala cosecha, lo repartía normalmente a los ciudadanos a muy bajo precio —a veces gratuitamente— y duplicaba el valor de los cupones para facilitar su adquisición.

XLII. Pero, para que se supiese que era un príncipe más preocupado por el bienestar de su gente que por la popularidad, acalló al pueblo, que se quejaba de la escasez y de la carestía del vino, con estas duras palabras: «Que su yerno Agripa, construyendo numerosos acueductos, había tomado ya suficientes medidas para que la gente no pasase sed». A ese mismo pueblo, que le reclamaba una prometida distribución de dinero, le respondió que «él era un hombre de palabra»; pero en otra ocasión en que se la exigían sin haberla prometido, mediante un edicto condenó su vileza y desvergüenza y aseguró que «no haría el reparto, aunque había pensado hacerlo». Con no menos seriedad y firmeza, cuando descubrió que, para una distribución de dinero que pensaba hacer, muchos esclavos habían sido manumitidos e inscritos en el número de ciudadanos, se negó a que lo recibieran aquellos a quienes no lo había prometido y, a los demás, les entregó menos de lo prometido, para que bastase la suma total prevista. En otra ocasión, debido a una cosecha especialmente mala y a la dificultad de encontrar una solución, expulsó de la ciudad a los esclavos en venta, a los gladiadores, a todos los extranjeros, a excepción de los médicos y maestros, e incluso a una parte de los esclavos domésticos. Cuando finalmente se recuperaron las reservas de trigo, nos narra Augusto que se sintió impulsado a cancelar a perpetuidad los repartos públicos y gratuitos de trigo, pues, debido a la confianza en estos repartos, se abandonaba el cultivo de los campos; pero, nos dice también, que desistió de la idea por tener la seguridad de que los repartos de trigo podrían restablecerse en cualquier momento por motivos demagógicos. Sin embargo, en adelante moderó la distribución gratuita de trigo, de forma que no se tuviese menos en cuenta a los agricultores y comerciantes que al pueblo.

XLIII. Superó a todos los demás en la frecuencia, variedad y magnificencia de los espectáculos que ofreció. El propio Augusto declara que «ofreció cuatro veces juegos en nombre propio, y en 23 ocasiones en nombre de otros magistrados, que estaban ausentes o carecían de medios». Organizó también algunas representaciones teatrales por barrios y en diversos escenarios recitadas por actores en todas las lenguas. Ofreció juegos, no sólo en el foro y en el anfiteatro, sino también en el circo y en los Saepta, y algunas veces organizó también simples cacerías. Organizó igualmente competiciones atléticas, instalando graderías de madera en el Campo de Marte. También ofreció una batalla naval en un lago artificial que fabricó junto al Tíber, en el lugar que, hoy día, ocupa el bosque de César. Durante esos días apostó guardias en Roma, para evitar que, dado el escaso número de ciudadanos que permaneció en ella, no quedará expuesta a los maleantes. Llevó al circo aurigas, corredores y matadores de fieras que, en algunas ocasiones, eran jóvenes de las más nobles familias. También organizó con mucha frecuencia juegos troyanos, tanto de niños como de adolescentes, apreciando esta antigua y hermosa costumbre que ponía de relieve las innatas cualidades de los nobles linajes. Durante esta clase de juegos regaló un collar de oro a Nonio Asprenate, que quedó lisiado al caerse del caballo, y le concedió que él y sus descendientes llevaran el sobrenombre de «Torcuatos». Poco después, sin embargo, dejó de organizar tales espectáculos, debido a las indignadas quejas del orador Asinio Polión porque su nieto había sufrido una caída y se había roto una pierna. Permitió en alguna ocasión, antes de que un decreto del Senado lo prohibiese, que miembros del orden ecuestre tomasen parte en representaciones teatrales y luchas de gladiadores. Después, tan sólo exhibió en cierta ocasión al adolescente Licio, de familia noble, para mostrarlo como una curiosidad, ya que medía menos de dos pies, pesaba diecisiete libras y poseía, en cambio, un tremendo vozarrón. Cierto día, con ocasión de unos juegos circenses, hizo conducir por medio de la arena, con el fin de exhibirlos, unos rehenes partos, que, por primera vez, acababan de llegar a Roma, y los ubicó encima de él en la segunda fila de la gradería. Si en alguna ocasión había hecho traer a Roma algún animal insólito y digno de conocerse, acostumbraba, antes del día del espectáculo, mostrarlo extraoficialmente al público en cualquier lugar, como, por ejemplo, un rinoceronte en los Saepta, un tigre en el escenario del teatro, o una serpiente de cincuenta codos delante del lugar de los comicios. Una vez, durante unos juegos votivos sucedió que, aquejado de una enfermedad, encabezó la solemne procesión acostado en una litera. En otra ocasión, en la apertura de los juegos con los que inauguraba el teatro de Marcelo, ocurrió que, al desencolarse la trabazón de su silla curul, cayó al suelo boca arriba. Durante la celebración de unos juegos que ofrecían sus nietos, como no podía retener y dar tranquilidad a la gente, aterrorizada por el miedo de que se desplomase el circo, se levantó de su sitio y fue a sentarse en la zona que parecía menos segura.

XLIV. Corrigió y reguló la manera de comportarse en los espectáculos, tradicionalmente carente de todo orden y llena de descaro; le impulsó a ello el agravio sufrido por un senador a quien, en unos multitudinarios juegos celebrados en Putéolos, nadie se apartó para hacerle un sitio a causa de la multitud de la concurrencia. En consecuencia, se emitió un decreto del Senado por el que, siempre que se celebrara un espectáculo público, la primera fila de asientos se reservaría a los senadores. Prohibió también que se sentaran en la orquesta las legaciones en Roma de las naciones libres y las de las aliadas, al saber que entre ellas se mezclaban también libertos. Separó los espectadores militares de los civiles. Asignó a los plebeyos casados unas localidades determinadas; también se las asignó a los jóvenes que vestían la toga pretexta, cercanas a las de sus preceptores, y ordenó que nadie vestido de negro se sentase en la zona central. Prohibió que las mujeres contemplasen los espectáculos de gladiadores mezcladas con los hombres —lo que era habitual hasta entonces—, pero les concedió que pudiesen contemplarlos, ellas solas, desde las filas más elevadas de la gradería. Asignó a las vírgenes Vestales un lugar especial en el teatro, situado frente al palco del pretor. Por el contrario, prohibió tan enérgicamente la asistencia de todas las mujeres a las competiciones atléticas que, en los juegos con motivo de su Pontificado Máximo, aplazó a la mañana del siguiente día el combate de púgiles reclamado por el pueblo e hizo publicar un edicto afirmando que «no vería con buenos ojos que las mujeres acudiesen al teatro antes de la hora quinta».

XLV. Augusto, por su parte, presenciaba a menudo los juegos circenses desde el piso superior de alguno de sus amigos o libertos y también, a veces, desde su propio palco acompañado de su mujer e hijos. Durante la celebración de los espectáculos permanecía ausente muchas horas y, a veces, días enteros, después de excusarse y recomendar a los que habían de sustituirlo en la presidencia. Pero siempre que asistía, no se dedicaba a otros menesteres, ya fuese para evitar las críticas —con las que recordaba que la plebe había reprochado a su padre César el que se dedicase a leer cartas o documentos y a contestarlos por escrito mientras contemplaba los juegos—, ya fuese por placer y gusto de verlos, pues nunca disimuló, e incluso lo confesó a menudo sinceramente, que le apasionaban. Y en efecto, incluso en los juegos patrocinados por otros, concedió a sus propias expensas frecuentes gratificaciones y cuantiosos premios y no asistió a ningún certamen griego en el que no premiase a cada uno de los contendientes según sus méritos. Observaba con extraordinario interés a los púgiles, en especial a los latinos, que solía hacer enfrentarse a los griegos, pero no tan sólo a los habituales y profesionales, sino incluso a las catervas de ciudadanos que en las estrecheces de sus calles se peleaban ocasionalmente y sin técnica. Juzgó también digno de su preocupación a todo ese universo de gente que aportaba alguna contribución al espectáculo público. Conservó y amplió los privilegios de los atletas; prohibió las luchas a muerte en las que los gladiadores no tenían posibilidad de gracia; restringió el derecho que, en virtud de una antigua ley, tenían los magistrados a castigar a los actores en cualquier momento y lugar, limitándolo a los juegos y a la escena. Pero no por eso dejó de exigir que las competiciones atléticas y las luchas de gladiadores se desarrollasen con estricta disciplina. Reprimió, en efecto, el descaro de los actores con tal severidad que a Estefanio, actor de dramas de contenido romano, lo desterró después de hacerlo azotar con varas en tres teatros diferentes, al enterarse que se hacía servir por una dama romana con el cabello cortado al estilo de un muchacho. Al mimo Hilas, ante las quejas de un pretor, lo hizo flagelar en el atrio de su propia casa ante todo aquel que quisiese verlo. Ya un tal Pílades, lo expulsó de Roma y de Italia, porque señaló con el dedo y puso en evidencia a un espectador que le silbaba.

XLVI. Aparte de esta forma de administrar la ciudad y los temas urbanos, asentó en Italia veintiocho colonias, fundadas bajo sus auspicios, y las dotó en diferentes lugares de obras y rentas públicas, asemejándolas, de alguna manera y en determinada proporción, a Roma en derechos y dignidad. Ideó, por ejemplo, para que pudiesen participar en las elecciones de los magistrados de Roma, un sistema de votaciones que los decuriones de las colonias podían aplicar, cada uno en la suya propia, haciendo llegar a la Urbe, el día de los comicios, los resultados de las mismas, refrendados por ellos. Y para que en ningún lugar faltase un nutrido grupo de hombres nobles ni una numerosa prole de las clases populares, concedía el orden ecuestre, con sólo la recomendación oficial de su respectiva ciudad, a todos los que lo solicitaban, y, a aquellos plebeyos que, cuando él visitaba sus respectivos distritos, demostraban tener hijos e hijas, les repartía mil sestercios por cada uno de éstos.

XLVII. Tomó personalmente a su cargo aquellas provincias más poderosas, que no era fácil ni seguro que fuesen gobernadas por magistrados con poderes anuales, y las restantes las confió por sorteo a los procónsules. No obstante, cambió a veces la categoría de algunas provincias y visitó con frecuencia la mayoría de ellas, tanto de una como de otra categoría. A algunas ciudades confederadas, pero que se precipitaban a su ruina por sus propios excesos, las privó de autonomía; a otras que se debatían agobiadas por las deudas, les aligeró sus cargas; a las destruidas por terremotos, las reconstruyó de nuevo y, a las que alegaban sus méritos para con el pueblo romano, les concedió el derecho de ciudadanía latina o romana. Y, según creo, no hubo provincia alguna, con excepción tan sólo de África y Cerdeña, que no hubiese visitado. Después de huir Sexto Pompeyo, únicamente las continuas y violentas tempestades le impidieron dirigirse desde Sicilia a estas provincias, pero, posteriormente, no se le presentó ya ocasión ni motivo de navegar hasta ellas.

XLVIII. Los reinos de los que se apoderó por derecho de guerra, excepto unos pocos, los devolvió a los mismos reyes a quienes se los había arrebatado o los anexionó a otros reinos extranjeros. Unió a los reyes aliados suyos, fomentando entre ellos vínculos matrimoniales, y se mostró un resuelto conciliador y promotor de toda clase de afinidad y amistad entre los mismos. Y a todos ellos los trató exactamente igual que si fueran miembros y parte de su Imperio, acostumbrando poner un preceptor junto a los menores de edad o disminuidos mentales, hasta que se hicieran adultos o recuperaran sus cabales. Además, a los hijos de muchos reyes los educó y formó junto a los suyos propios.

XLIX. Respecto a sus efectivos militares, distribuyó legiones y tropas auxiliares por todas las provincias. Situó una flota en el Miseno y otra en Rávena para custodia y protección del mar Superior y del Inferior. El resto lo destinó a la protección de Roma y de sí mismo, aunque licenció la unidad de calagurritanos y también la de germanos, unidades que, formando parte de su guardia personal, había mantenido a su lado hasta la victoria sobre Antonio y hasta la derrota de Varo, respectivamente. Por otra parte, no permitió nunca que permaneciesen en la ciudad más de tres cohortes y, éstas, sin campamento estable. Las restantes cohortes solía tenerlas acantonadas en los campamentos de invierno o en los de verano, situados junto a ciudades vecinas. Pero a todas sus tropas, estuvieran donde estuviesen, las sujetó a un rígido sistema de pagas y gratificaciones, estableciendo, en virtud de su graduación individual, la duración de su servicio militar y las condiciones económicas de su licenciamiento para evitar así que, después de ser licenciados, se les pudiera inducir, a causa de su edad o de su penuria, a participar en revueltas políticas. Y, a fin de disponer a perpetuidad y sin problemas del suficiente dinero para retribuir y gratificar a sus tropas, creó con nuevos impuestos un erario militar. Además, para poder ser avisado y advertido más rápidamente y en mano de cualquier suceso acaecido en cualquier provincia, al principio dispuso a lo largo de las carreteras militares estaciones con soldados jóvenes, a poca distancia unas de otras y, más tarde, con medios de transporte. Parecía, en efecto, más eficaz y ventajoso poder interrogar, si el asunto así lo aconsejaba, a los propios correos que traían las cartas desde el lugar de origen.

L. Para rubricar los salvoconductos, los documentos oficiales y las cartas, utilizó, al principio, un sello grabado con una esfinge, luego, con la efigie de Alejandro Magno y, finalmente, con la suya propia, cincelada por Dioscúrides, con la que también continuaron sellando sus documentos los príncipes que le sucedieron. En todas sus cartas añadía la hora, no sólo del día, sino también de la noche, con lo que se dejaba constancia del momento exacto en que se habían entregado.

LI. Existen muchos y significativos ejemplos de su clemencia y humanidad. Para no enumerar a cuántos y qué enemigos políticos, después de concederles su perdón y la vida, les permitió ocupar incluso una preeminente posición en Roma, digamos que a Junio Novato y Casio de Padua, ciudadanos plebeyos, se contentó con castigarlos, a uno con una multa y a otro con un breve exilio, a pesar de que el primero, bajo el nombre del joven Agripa, había hecho pública una durísima diatriba contra Augusto y, el segundo, durante un banquete de máxima concurrencia había proclamado que «no le faltaban deseos ni coraje para asesinarlo». En otra ocasión, durante la instrucción de una causa en la que Emilio Eliano de Córdoba, entre otros delitos era principalmente acusado de hablar habitualmente mal de César, dirigiéndose al fiscal y simulando Augusto estar irritado, le dijo: «Querría que me lo pruebes; haré que Eliano sepa que también yo tengo lengua; también yo voy a decir muchas cosas sobre él»; y ya no inquirió nada más, ni en aquel momento ni más tarde. También a Tiberio, que, mediante una carta, se quejaba de este mismo hecho, aunque con mucha más irritación, le escribió, contestando a su carta: «No te dejes llevar por tu edad en este asunto, querido Tiberio, ni te enfades demasiado porque alguno, quienquiera que sea, me hiera de palabra. Ya es suficiente, si lo conseguimos, que nadie pueda herirnos físicamente».

LII. Aunque estaba enterado de que solían dedicarse templos incluso a los procónsules, él no aceptó ninguno en ninguna provincia, a no ser que estuviese dedicado conjuntamente a su nombre y al de Roma. No obstante, en Roma rechazó obstinadamente este honor. Incluso las estatuas de oro que en otro tiempo se le habían erigido, las hizo fundir y con el metal procedente de ellas dedicó unos trípodes de oro a Apolo Palatino. En cierta ocasión, poniéndose de rodillas, bajándose la túnica de los hombros y con el pecho desnudo, consiguió rechazar la dictadura que el pueblo le ofrecía insistentemente.

LIII. Le horrorizaba el título de «señor», como si fuera una especie de insulto y ultraje. Cuando en una ocasión que presenciaba unos juegos, se dijo en la representación:

¡Oh señor, justo y bueno!,

y toda la concurrencia aprobó exultante la frase como si se refiriese a él, reprimió al instante con sus ademanes y la expresión de su rostro aquellas improcedentes adulaciones y al día siguiente las censuró mediante un severísimo edicto. A partir de entonces no permitió que sus hijos y nietos, ni en serio, ni tan sólo en broma, le llamasen «señor» e incluso les prohibió hacerse lisonjas de esa especie entre ellos. Habitualmente, al partir de la Urbe o de una ciudad y al llegar a cualquier sitio, procuraba hacerlo al anochecer o ya entrada la noche, para que nadie tuviese que molestarse por tenerle que presentar sus respetos. Siendo cónsul, se desplazaba entre la gente siempre a pie; cuando no ejercía el consulado, lo hacía frecuentemente en una silla cubierta. En sus recepciones generales admitía también al pueblo llano y escuchaba con tanta amabilidad las peticiones de los que se le acercaban que, en broma, riñó a un individuo porque vacilaba al alargarle su solicitud «como si alargase una moneda a un elefante». En los días de Senado, únicamente saludaba a los senadores ya en el interior de la Curia y una vez sentados, pero lo hacía uno a uno, nominalmente, y sin que nadie le apuntase sus nombres; también, al marcharse, se despedía del mismo modo, permaneciendo ellos sentados. Mantuvo recíprocas relaciones de amistad con muchos senadores y no dejó de asistir a las habituales celebraciones familiares de cada uno de ellos hasta que en una ocasión, siendo ya anciano, en la barahúnda propia de una fiesta de esponsales resultó maltrecho. A Galo Terrinio, un senador que no era de su círculo de amigos, pero que quedó repentinamente ciego y que por ese motivo había decidido morir de hambre, yendo al momento a su casa a consolarlo, consiguió devolverle el deseo de vivir.

LIV. En una ocasión, mientras peroraba en el Senado, le replicó un senador: «No te he entendido»; y otro: «Te llevaría la contraria, si tuviese ocasión». Una vez en que, a causa de los desmesurados alborotos de los que discrepaban, se marchaba encolerizado de la Curia, algunos protestaron que «convenía permitir a los senadores manifestarse sobre los asuntos de Estado». Antiscio Labeo en aquella selección del Senado, cuando cada senador elegía a otro, eligió a Marco Lépido, enemigo de Augusto en otro tiempo y, entonces, desterrado; y, al ser interrogado si no habían otros más dignos, respondió que «cada uno tenía su propio criterio». Pero nunca la franqueza y la libertad de espíritu fueron para nadie motivo de represalias.

LV. Incluso cuando en la misma Curia se distribuyeron unos famosos panfletos sobre su persona, no se alarmó Augusto, sino que los fue refutando con gran cuidado y, sin hacer que se buscase a los responsables, decidió tan sólo que en adelante se procesaría a quienes publicaran bajo nombre ajeno panfletos o versos que atentasen contra el buen nombre de alguien.

LVI. Contrarrestó mediante un edicto las sarcásticas y malévolas burlas de algunos ciudadanos. Nada hizo, sin embargo, para refrenar el injurioso descaro de algunos testamentos. Siempre que participaba en las elecciones de magistrados, recorría las tribus acompañado de sus propios candidatos y pedía el voto para ellos, según la costumbre habitual. Él, personalmente, votaba en su tribu como un ciudadano más del pueblo. Cuando era citado como testigo en algún proceso judicial, soportaba con toda tranquilidad ser interrogado y rebatido. Construyó un foro excesivamente estrecho por no atreverse a expropiar a sus propietarios las casas vecinas. Nunca recomendó sus hijos al pueblo, sin añadir «en caso de que más adelante se lo merezcan». En cierta ocasión, cuando éstos vestían todavía la toga pretexta, reprochó enérgicamente el aplauso que les brindó toda la concurrencia del teatro, puesta en pie. Procuró que sus amigos fueran importantes y poderosos en Roma, pero quiso igualmente que se sometiesen a las leyes y procesos judiciales, teniendo el mismo trato jurídico que los demás. Cuando Asprenas Nonio, íntimo amigo suyo, se defendía en un proceso en el que era acusado de envenenador por Casio Severo, consultó al Senado cuál creían ellos que era su obligación, pues, por su parte, no sabía qué hacer, para que no se pensara, si intervenía a su favor, que había arrancado al acusado de las garras de la ley y, si no intervenía, que había abandonado y condenado de antemano a un amigo. Por fin, con el consentimiento unánime del Senado, se sentó en los bancos de la defensa durante varias horas, pero en silencio y sin dar testimonio favorable alguno. Ayudó también a clientes suyos, como a un tal Escutario, uno de sus veteranos voluntarios, que estaba procesado por injurias. Tan sólo a un acusado salvó con sus ruegos del rigor de la justicia, implorando al acusador en presencia de los jueces; se trataba de un tal Castricio, quien le había revelado la conspiración de Murena.

LVII. Con todos estos merecimientos, es fácil suponer hasta qué punto fue querido por los ciudadanos. Prescindo de los decretos del Senado en su favor, porque pueden parecer manifestaciones, fruto de la obligación o de un respetuoso temor. Los caballeros romanos, espontáneamente, celebraron siempre de común acuerdo el natalicio de Augusto durante dos días seguidos. Todos los estamentos sociales arrojaban cada año una moneda en el lago Curcio, como exvoto por su salud, e igualmente, en las calendas de enero, llevaban aguinaldos al Capitolio, incluso cuando él estaba ausente, con los que compraba valiosísimas imágenes de dioses y las colocaba en los barrios, como la de Apolo, en el barrio de los fabricantes de sandalias, o la de Júpiter, en el barrio de los actores trágicos, y otras muchas. En la reconstrucción de su casa del Palatino, destruida por un incendio, veteranos, decurias, tribus, ciudadanos de todos los estamentos aportaban dinero de buen grado, cada uno según sus posibilidades, recogiendo tan sólo por este medio montañas de dinero, a pesar de que no aceptaba más de un denario de ninguno de ellos. Cuando regresaba de una provincia, salían a su encuentro para acompañarle, no sólo invocando para él los mejores augurios, sino entonando cánticos. Se tomaron también medidas para que no se ejecutase a nadie los días en que él regresaba a la ciudad.

LVIII. El título de «padre de la patria» se lo otorgó toda la ciudadanía, con el máximo consenso y un tanto repentinamente. El pueblo, el primero, le envió una embajada a Ancio. Luego, ya que no lo aceptaba, se lo otorgó una abigarrada multitud, coronada de laurel, en una ocasión en que Augusto entraba en Roma a un espectáculo; finalmente, en la Curia, el Senado, pero no por decreto o aclamación, sino por medio de Valerio Mesala. Éste, en representación de todos los senadores, dijo así: «¡Que todo sea feliz y favorable para ti y para tu casa, César Augusto! Con estas palabras creemos nosotros implorar una perpetua felicidad para la República y felices augurios para esta asamblea. El Senado, de común acuerdo con el pueblo romano, te aclama como “padre de la patria”». Augusto, lleno de lágrimas, le contestó con estas palabras (las reproduzco literalmente, al igual que las de Mesala): «Después de ver consumados todos mis deseos, padres conscriptos, ¿qué otra cosa puedo pedir a los dioses inmortales, sino que esta unánime decisión vuestra pueda perdurar hasta el último día de mi vida?».

LIX. A su médico Antonio Musa, por cuyos cuidados se había restablecido de una crítica enfermedad, le erigieron una estatua, por suscripción popular, junto a la de Esculapio. Algunos de los senadores más allegados a él, especificaban en su testamento que, precedidos de un cartel explicativo, sus herederos llevaran víctimas al Capitolio y ofrecieran votos de agradecimiento en su nombre porque Augusto les había sobrevivido. Algunas ciudades de Italia hicieron comenzar su calendario anual en el día en que César les había visitado por primera vez. Muchas provincias decretaron en su honor, aparte de templos y altares, juegos quinquenales en casi todas sus ciudades.

LX. Los reyes amigos y aliados edificaron todos ellos en sus respectivos reinos ciudades con el nombre de Cesarea y de común acuerdo decidieron terminar, repartiéndose los costos, el templo de Júpiter Olímpico, en Atenas, cuya construcción se había iniciado hacía mucho tiempo, y dedicarlo al genio de Augusto. Con frecuencia, no sólo en Roma, sino incluso cuando recorría las provincias, acudían a ofrecer a Augusto las habituales muestras de cortesía, vestidos con toga y sin las insignias reales, como si fueran simples clientes suyos.

LXI. Puesto que ya he narrado cómo se comportó Augusto tanto en el ejercicio de sus cargos militares como en el de sus magistraturas e, igualmente, en el gobierno del Estado en todo el orbe de la tierra, durante la paz y durante la guerra, hablaré ahora de su vida íntima y familiar, de las costumbres y suerte que tuvo en casa y entre los suyos desde su infancia hasta el último día de su vida. Perdió a su madre durante su primer consulado y, a su hermana Octavia, a los cincuenta y tres años de edad. A ambas, mientras vivían, les demostró la más cariñosa consideración y, una vez fallecidas, les tributó los máximos honores.

LXII. De joven, estuvo prometido con la hija de Publio Servilio Isáurico. Pero, cuando después de su primer enfrentamiento se reconcilió con Antonio, ante las insistentes peticiones de los ejércitos de ambos para que se obligaran mutuamente con algún vínculo familiar, se casó con Claudia, hijastra de Antonio, que apenas alcanzaba la edad núbil, hija de Fulvia y de Publio Clodio, pero, al surgir una profunda enemistad con su suegra Fulvia, se divorció de Claudia, todavía intacta y virgen. Se casó luego con Escribonia, casada anteriormente dos veces con ex cónsules, el segundo de los cuales la hizo madre. Se divorció también de esta mujer «harto, según escribe él mismo, de la perversidad de sus costumbres» y se casó enseguida con Livia Drusila, que, embarazada como estaba, se la quitó a Tiberio Nerón, su marido. Augusto la amó y le demostró un gran aprecio con fidelidad y perseverancia.

LXIII. De Escribonia tuvo a Julia. De Livia no tuvo hijos, a pesar de desearlos vehementemente. Llegó Livia a concebir un niño, pero tuvo un prematuro aborto. Casó a Julia, por primera vez, con Marcelo, hijo de su hermana Octavia, así que dejó de ser niño. Luego, tras el fallecimiento de éste, la casó con Agripa, después de rogar a su hermana que le cediera este yerno, pues entonces Agripa tenía como mujer a la segunda de las hermanas Marcelas, de la que tenía hijos. Muerto también Agripa, tras sopesar durante mucho tiempo los posibles maridos, incluso entre el orden ecuestre, eligió a su hijastro Tiberio, al que forzó a divorciarse de su esposa, a pesar de que estaba encinta y ya tenía hijos de ella. Marco Antonio pretende que primero la había prometido a su hijo Antonio y luego a Cotisón, rey de los getas, cuya hija, por aquel entonces, había Augusto pedido, a su vez, en matrimonio.

LXIV. De Agripa y Julia tuvo tres nietos, Cayo, Lucio y Agripa, y dos nietas, Julia y Agripina. A Julia, se la dio en matrimonio a Lucio Paulo, hijo de un censor. A Agripina, la casó con Germánico, nieto de su hermana. Adoptó a Cayo y a Lucio, después de comprarlos en su casa, mediante la ceremonia de una balanza y un as,asu padre Agripa. Desde niños los indujo a ocuparse de los asuntos de Estado y, después de nombrarlos cónsules, los envió a inspeccionar las provincias y los ejércitos. A su hija y nietas las educó de manera que se acostumbraran a trabajar la lana, prohibiéndoles hablar y hacer nada, a no ser a la vista de todos y que pudiera ser consignado en el diario de Palacio. Con tanta rigidez les prohibió todo contacto con gente de fuera de la familia que a Lucio Vinicio, joven noble y virtuoso, le escribió en cierta ocasión recriminándole que «no había obrado correctamente porque había ido a Bayas a saludar a su hija». A sus nietos les enseñó personalmente a leer y algunos otros conocimientos rudimentarios, pero nada procuró con más interés que el que supiesen imitar su caligrafía. No cenó ni una sola vez en su compañía, sin hacerles recostarse al pie de su lecho, ni viajó jamás con ellos, si éstos no le precedían en otro vehículo o no cabalgaban a su lado.

LXV. Sin embargo, cuando más feliz y confiado estaba, la fortuna le arrebató sus hijos y los principios morales de su casa. En efecto, tuvo que desterrar a ambas Julias, su hija y su nieta, que habían caído en toda clase de vicios e infamias. A Cayo y a Lucio los perdió a ambos en el espacio de sólo dieciocho meses, después de morir Cayo, en Licia, y Lucio, en Marsella. Adoptó entonces en el foro, de acuerdo con la Ley Curiata, conjuntamente a su tercer nieto Agripa y a su hijastro Tiberio; de ellos dos, desheredó muy pronto a Agripa, por su índole mezquina y feroz, y lo desterró a Sorrento. Soportó con algo más de resignación la muerte de los suyos que el deshonor de los mismos. Pues la muerte de Cayo y Lucio no le abatió por completo; en cambio, informó al Senado sobre el destierro de su hija, sin estar él presente y haciendo que el cuestor leyese un informe, y, por vergüenza, evitó durante largo tiempo el trato con los demás e, incluso, estuvo meditando condenarla a muerte. Y, en verdad, después de que una de sus cómplices, la liberta Febe, se quitase la vida ahorcándose, afirmó Augusto que «hubiese preferido ser el padre de Febe». Privó a la desterrada del vino y de cualquier otro refinamiento y prohibió que nadie, libre o esclavo, fuese a visitarla, a no ser con su autorización. Y esto, para estar perfectamente enterado de cuál era la edad, la estatura, el color e, incluso, las señales distintivas o cicatrices del cuerpo del posible visitante. Finalmente, después de cinco años, la trasladó de la isla al continente, en condiciones algo más suaves; pero, que revocase del todo su sentencia, no se pudo conseguir de ninguna manera, a pesar de pedírselo con insistencia el pueblo romano; y cuando ese mismo pueblo se lo reclamó con mayor terquedad, maldijo en un discurso a tales hijas y tales cónyuges. Prohibió, además, que su nieta Julia conociera y criase al niño que dio a luz, después de ser condenada. A Agripa, cuyo carácter no había mejorado nada, antes por el contrario aumentaba cada vez más su demencia, lo hizo trasladar a una isla y lo confinó bajo custodia militar. Incluso tomó medidas, mediante un decreto del Senado, para que permaneciese a perpetuidad en ese mismo lugar. Y ante cualquier mención de Agripa o de las Julias, solía exclamar sollozando:

¡Feliz aquel que se queda soltero y muere sin tener hijos!,

y siempre se refería a ellos como «sus tres tumores» y «sus tres cánceres».

LXVI. No hacía fácilmente nuevas amistades, pero conservó a sus amigos con gran tenacidad, no sólo elogiando como se merecían las virtudes y méritos de cada uno de ellos, sino también aceptando sus defectos y faltas, al menos, los que no eran demasiado graves. Y, ciertamente, entre todos sus amigos, no se encuentra fácilmente a nadie a quien Augusto castigase, excepto Salvidieno Rufo y Cornelio Galo, a quienes, desde la más ínfima condición, promovió hasta el consulado y la prefectura de Egipto, respectivamente. Al primero de ellos lo entregó al Senado para que fuese condenado por tramar una sedición. Al segundo, por su ingratitud y malevolencia, lo desterró lejos de su casa y de sus provincias. Pero cuando Galo se vio arrastrado al suicidio, tanto por las denuncias de sus acusadores como por los decretos del Senado, alabó el afecto hacia él de los que se mostraban tan indignados, pero también lloró, lamentando su suerte, «porque únicamente a él no le estaba permitido desahogar su ira contra sus amigos de la forma que quisiera». Sus restantes amigos prosperaron en poder y riquezas hasta el final de sus vidas, convertidos en prohombres de sus respectivos estamentos sociales cada uno de ellos, aun cuando hubiesen existido algunas discrepancias. Por ejemplo, para no extenderme más, se lamentó algunas veces de la falta de paciencia de Agripa y de la falta de discreción de Mecenas; pues aquél, por una sospecha de cierta frialdad y de que Marcelo era preferido a él, abandonándolo todo, se retiró a Mitilene; y, Mecenas, explicó a su mujer Terencia todos los secretos de la descubierta conspiración de Murena. Asu vez, exigió a sus amigos un afecto mutuo recíproco, tanto a los vivos como a los muertos. Pues aunque no ambicionó en absoluto herencias, él, que nunca quiso aceptar nada del testamento de un desconocido, examinaba, en cambio, cuidadosa y escrupulosamente las últimas voluntades de sus amigos, sin disimular su disgusto, si su herencia era escasa o era poco elogiado, o su alegría, si alguno había procedido con gratitud y afecto. Los legados y las partes de las herencias que cualquier padre de familia le dejaba a él, las cedía inmediatamente a sus respectivos hijos o, si éstos todavía no eran mayores de edad, tenía por costumbre devolvérselas el día que vestían la toga viril o el día de sus esponsales, pero incrementadas con intereses.

LXVII. Patrón y señor no menos severo que amable y benigno, tuvo a muchos de sus libertos en gran estima y como amigos íntimos; así, por ejemplo, a Licinio, Celado y otros muchos. A su esclavo Cosmo, que se manifestó en términos muy injuriosos contra él, se limitó a castigarlo poniéndole grilletes. A su intendente Diomedes, que en cierta ocasión en que, paseando juntos, le había empujado por miedo contra un jabalí que había aparecido de repente, prefirió acusarle de cobardía que de traición y, aunque la situación había sido muy peligrosa, puesto que no había existido alevosía, se lo tomó a broma. A Polo, uno de sus más queridos libertos, lo condenó a muerte al descubrir que cometía adulterio con mujeres casadas romanas. A Talo, uno de sus esclavos, que, a cambio de revelar una carta personal de Augusto, había recibido quinientos denarios, le hizo romper las piernas. Al maestro y a los servidores de su hijo Cayo, que, aprovechándose de su enfermedad y fallecimiento, se habían propasado en la provincia llenos de soberbia y avaricia, lastrados con un enorme peso sobre sus cabezas, los arrojó al río.

LXVIII. Durante su primera juventud se vio expuesto al descrédito de diferentes y calumniosos hechos infamantes. Sexto Pompeyo le tildó de afeminado; Marco Antonio afirmó que su adopción por su tío abuelo, fue en pago de sus favores sexuales. También Lucio, el hermano de Marco Antonio, le acusó de haber entregado su virginidad a César y de que de nuevo, en España, se la había entregado a Aulo Hircio, a cambio de trescientos mil sestercios, y de que acostumbraba depilarse las piernas con una nuez ardiente para que el pelo le saliese más blando. Pero también, durante la celebración de unos juegos, todo el pueblo allí reunido interpretó como un insulto dirigido a Augusto y aplaudió, por ello, con el máximo entusiasmo el verso recitado en la escena, referido a uno de los sacerdotes galos de la madre de los dioses que tocaba el tambor:

¿No ves acaso cómo ese maricón gobierna el orbe con su dedo?

LXIX. Que Augusto mantuvo relaciones adúlteras, ni siquiera sus amigos lo niegan, aunque lo justifican afirmando que las mantuvo movido, no por la lujuria, sino por la astucia, a fin de averiguar más fácilmente, a través de sus esposas, los planes de sus enemigos. Marco Antonio, además de la excesiva premura de su matrimonio con Livia, le echa en cara que en cierta ocasión, delante del marido, se llevó del comedor a su dormitorio a la mujer de un ex cónsul y que, todavía con las orejas enrojecidas y completamente despeinada, la condujo de nuevo al banquete. Le acusaba también de haberse divorciado de Escribonia, porque se había quejado con demasiada franqueza del excesivo poder de un maricón. También le censuraba que buscaba sus concubinas a través de sus amigos, quienes desnudaban y estudiaban a madres de familia y vírgenes en edad núbil, como si se tratara de las esclavas que vendía el mercader Toranio. El mismo Marco Antonio le escribe a Augusto esta desenfadada carta, cuando todavía no eran enemigos beligerantes: «¿Qué es lo que te ha cambiado? ¿El que me tiro a una reina? Es mi esposa. ¿Acaso he comenzado ahora, o no hace ya nueve años que comencé mi relación con ella? ¿Acaso tú te tiras solamente a Drusila? ¡Que el infierno te lleve si, cuando leas esta carta, no te tiras a Tertula, Terentila, Rufila, Salvia, Titisenia, o a todas ellas! ¿O acaso importa dónde y en qué mujer la metes?».

LXX. También se habló mucho de una cena muy secreta, organizada por Augusto, que el pueblo llamaba «la de los doce dioses». Se decía que en ella los comensales se habían puesto a cenar ataviados a modo de dioses y diosas y que el propio Augusto iba disfrazado de Apolo. No sólo las cartas del propio Antonio censuran este banquete, enumerando irónicamente por su nombre a cada uno de los comensales, sino que también lo hacen estos famosísimos versos anónimos:

Tan pronto como la mesa recibió al anfitrión de aquellos impíos
y cuando Malia vio a seis dioses y seis diosas,
mientras César juega sacrílegamente a ser Apolo,
mientras se cena reproduciendo los adulterios de los dioses,
todas las divinidades abandonaron al punto el orbe terráqueo
y el propio Júpiter huyó de su áureo trono.

La gran penuria y el hambre que reinaban entonces en la ciudad aumentaron los comentarios críticos sobre ese banquete y, al día siguiente, el pueblo gritaba indignado que los dioses se habían comido todo el trigo y que César era verdaderamente Apolo, pero Apolo Torturador, con cuyo nombre se veneraba a este dios en cierto barrio de Roma. Se le recriminó también que no sólo era un apasionado de los muebles costosísimos y de las vajillas de Corinto, sino que además era aficionado a los dados. Y ciertamente, en los días de las proscripciones, apareció escrito en su estatua:

Mi padre de la plata era usurero, yo con las vajillas de Corinto me quedo,

al ser opinión general que había ordenado que algunos ciudadanos fueran incluidos entre los proscritos, para robarles sus vajillas de Corinto. Más tarde, durante la guerra de Sicilia, se divulgó también este epigrama:

Tras sus naves haber perdido, al ser dos veces vencido,
para alguna vez ganar, juega a los dados sin parar.

LXXI. De todas estas acusaciones, ya estuvieran basadas en excesos reales o lo estuvieran en calumnias, desmintió muy fácilmente la infamante imputación de sodomita con la castidad de su vida, tanto en aquellos días como posteriormente; e, igualmente, las críticas de ambicionar suntuosas riquezas, pues, tras la conquista de Alejandría, de todo el tesoro real únicamente retuvo para sí un cáliz de mirra y, posteriormente, hizo fundir todas las vajillas de oro, de uso cotidiano. Con respecto, en cambio, a sus excesos sexuales, continuó con ellos. Más tarde, según dicen, aumentó más aún su afición a desflorar muchachas vírgenes, que, hasta por su propia esposa, se le buscaban y traían de todas partes. Su fama de jugador de dados no le preocupó lo más mínimo y jugaba desenfadada y públicamente porque le causaba placer. Incluso, siendo ya anciano, además de en el mes de diciembre, jugaba también en los otros meses, tanto en los días de fiesta como en los no festivos. Sobre este hecho no hay dudas. En una carta autógrafa, escribe: «Anoche cené, mi querido Tiberio, con los de siempre. Como invitados vinieron Vinicio y Silio, el padre. Durante la cena jugamos, como viejos que somos, tanto ayer como hoy. Al lanzar los dados, cuando uno sacaba el “perro” o el “seis”, poníamos en el bote un denario por cada dado y, el que sacaba “Venus”, se lo llevaba todo». Y, de nuevo, en otra carta: «Mi querido Tiberio, hemos pasado las fiestas de Minerva muy agradablemente. Estuvimos jugando durante todos los días y pusimos la mesa de juego al rojo vivo. Tu hermano jugaba laméntandose a gritos; al final, sin embargo, no perdió mucho, pues poco a poco se fue recuperando de sus grandes pérdidas iniciales, mucho más de lo que esperaba. Yo, personalmente, perdí veinte mil sestercios, pero por haber sido excesivamente generoso en el juego, como muchas veces acostumbro serlo. Pues, si las apuestas que perdoné a cada uno de ellos, las hubiese reclamado o me hubiese guardado lo que regalé a todos, hubiese ganado al menos cincuenta mil sestercios. Pero lo prefiero así, pues mi generosidad me elevará a una gloria propia de dioses». Y a su hija le escribe: «Te he enviado doscientos cincuenta denarios, que es lo que regalé a mis invitados, por si durante la cena les apetecía jugar entre ellos a los dados o a pares y nones».

LXXII. En las restantes facetas de su vida nos consta que fue sumamente sobrio y sin sombra de vicio alguno. Al principio, tuvo su morada junto al foro romano en la zona superior de las escaleras de los mercaderes de anillos, en la que había sido la casa del poeta Calvo. Posteriormente, vivió en el Palatino, pero en una vivienda no menos modesta —la que fue de Hortensio—, que no destacaba ni por la amplitud ni el lujo, cuyos pórticos, de columnas albanas, eran pequeños y sus habitaciones carecían de mármoles y lujosos mosaicos. Durante más de cuarenta años, durmió en el mismo cuarto, en invierno y verano, y, aunque comprobase que la ciudad en invierno no era saludable para su salud, continuó, sin embargo, pasando todos los inviernos en Roma. Si en alguna ocasión se proponía hacer algo en secreto o sin ser molestado, se retiraba a un cuarto privado que tenía en la parte superior de su casa, al que llamaba su «Siracusa» o su «taller», o a la casa de alguno de sus libertos, en los aledaños de Roma. Cuando se sentía enfermo, no obstante, dormía en casa de Mecenas. De los lugares de descanso, frecuentó principalmente las playas y las islas de Campania o las poblaciones cercanas a la Urbe, como Lanuvio, Preneste y Tívoli, donde muchas veces administró también justicia bajo los pórticos del templo de Hércules. Sentía odio por las fincas de recreo de grandes dimensiones y que requieren muchos cuidados. Hizo, por ello, demoler hasta los cimientos las casas de campo que su nieta Julia había hecho edificar con toda clase de lujos. Las suyas, en cambio, las embelleció, enriqueciéndolas, no tanto con estatuas y cuadros, como con paseos arbolados y bosques y con objetos llamativos por su antigüedad y rareza, como, por ejemplo, enormes restos de animales salvajes y gigantescas fieras que tenía en su finca de Capri, y que eran tenidos por huesos de gigantes y armas de héroes.

LXXIII. Incluso ahora salta a la vista, por los lechos y mesas que todavía se conservan, la austeridad del mobiliario y ajuar, en su mayor parte casi impropios de una casa particular elegante. Aseguran que se acostaba en un lecho humilde y sobriamente guarnecido. Usualmente utilizó tan sólo vestidos hechos en casa, confeccionados por su hermana, su mujer, su hija y sus nietas. Sus togas no eran ni demasiado raquíticas ni demasiado amplias y la orla púrpura ni demasiado estrecha ni demasiado ancha; su calzado era bastante alto, para parecer más alto de lo que realmente era. Siempre tenía a punto en su habitación un vestido y unos zapatos de calle para situaciones imprevistas y repentinas.

LXXIV. Celebraba banquetes con frecuencia, siempre completos, y tras una larga selección de personas y estamentos sociales. Dice Valerio Mesala que nunca participó en ellos ningún liberto, a excepción de Mena, pero tan sólo cuando éste hubo recibido la plena condición de hombre libre, después de que entregase a Augusto la flota de Sexto Pompeyo. El propio Augusto escribe que en alguna ocasión invitó a un individuo que había sido en otro tiempo espía suyo y en cuya casa se había hospedado. Algunas veces llegaba tarde a los banquetes y se marchaba apresuradamente, al empezar los comensales a cenar y antes, incluso, de sentarse él mismo a la mesa, aunque los invitados continuaban cenando sin estar él presente. Ofrecía en las cenas tres platos y, a veces, seis, si se sentía más derrochador; y, si bien no eran de una excesiva suntuosidad, sí que eran sus cenas extraordinariamente agradables. Incitaba, en efecto, a participar de la común conversación a los que solían permanecer callados o hablar en voz baja e intercalaba conciertos, comediantes e incluso vulgares danzarines, sacados del circo, y con frecuencia también bufones.

LXXV. Celebraba con gran prodigalidad los días festivos y las solemnidades, aunque, en ocasiones, con simples diversiones. Durante las saturnales —y en ocasiones, si le apetecía, también en otras fiestas— distribuía unas veces regalos, vestidos, oro y plata, otras veces monedas de distintas acuñaciones, incluso de la época de los reyes o extranjeras; en ocasiones sólo obsequiaba bastas telas de pelo de cabra, esponjas, hurgones, tijeras y otros objetos de este estilo con inscripciones oscuras y ambiguas. Durante los banquetes solía también poner números a la venta para rifar objetos de valor muy desigual y subastaba pinturas vueltas del revés; así nunca se sabía si se cumpliría o se vería frustrada la esperanza de los compradores, de forma que la licitación se hacía pasando por los lechos, uno por uno, y los invitados daban a conocer a todos sus pérdidas o ganancias.

LXXVI. En cuanto a la comida (pues no omitiré tampoco esta información), era de una parquedad extrema y de gustos casi vulgares. Le gustaba el pan de baja calidad, los pescados pequeños y el queso de vaca, hecho a mano, pero, sobre todo, los higos verdes, de los que fructifican dos veces al año. Tomaba también antes de cenar, a cualquier hora y en cualquier sitio, lo que su estómago le pidiese. Son palabras suyas, sacadas de sus cartas: «En el coche hemos comido pan y dátiles». Y, de nuevo: «Cuando regresaba en la litera de la basílica a casa, comí una onza de pan con unos pocos granos de uva de piel dura». Y en otra ocasión escribe: «Ni siquiera un judío, mi querido Tiberio, observa tan escrupulosamente el ayuno sabático como yo lo he guardado hoy, puesto que, por fin en mi baño, pasada ya la primera hora de la noche, he comido dos bocados, antes de que me empezaran a friccionar con ungüentos». Por esta misma displicencia, algunas veces cenaba él solo antes de comenzar el banquete o cuando ya se había despedido a todos los comensales, mientras que durante el banquete ni tocaba la comida.

LXXVII. También era, de por sí, parquísimo con el vino. Cornelio Nepote escribe que «en el campamento junto a Módena, no solía beber más de tres tragos durante la cena». Posteriormente, cuando se permitía grandes excesos, no pasaba de seis sextantes y, si se pasaba, lo vomitaba. El vino que más le gustaba era el rético, pero raras veces bebía durante el día. En lugar de beber, tomaba pan empapado en agua fría o trocitos de pepino o tallos de lechuga o alguna fruta, recién cogida o seca, de jugo con sabor a vino.

LXXVIII. Después de la comida del mediodía, tal como estaba vestido y calzado, cubriéndose los pies, descansaba un rato tapándose los ojos con la mano. Después de la cena se retiraba a una pequeña litera de trabajo, donde permanecía hasta altas horas de la noche, hasta haber concluido todos o la mayor parte de los asuntos pendientes de su actividad diurna. Cuando, más tarde, se trasladaba desde allí a la cama, no dormía, en el mejor de los casos, más de siete horas, y no seguidas, pues en ese espacio de tiempo se despertaba tres o cuatro veces. Si, como le sucedía a menudo, no podía conciliar de nuevo el interrumpido sueño, llamando a algún lector o narrador de historias, volvía a dormirse y prolongaba el sueño hasta después de amanecer. Nunca permaneció despierto a oscuras, sin tener sentado a alguien a su lado. Le fastidiaba tener que madrugar. Y si por sus obligaciones o por alguna celebración religiosa se veía obligado a hacerlo, para que le resultase menos incómodo, se quedaba a dormir en una habitación del piso superior de alguno de sus amigos. Así que muchas veces, falto de sueño, echaba una cabezada mientras era transportado a través de las calles o cuando depositaban en tierra la litera a causa de cualquier parada.

LXXIX. Fue Augusto un hombre sumamente apuesto y mantuvo su extraordinario atractivo durante todas las etapas de su vida, aunque prescindía de toda afectación y era tan sumamente negligente en el cuidado de sus cabellos, que se ponía apresuradamente en manos de varios barberos a la vez y, mientras se le recortaba o rasuraba la barba, leía cualquier cosa o incluso escribía. Tanto cuando hablaba como cuando estaba en silencio, la expresión de su rostro era tan tranquila y serena que uno de los galos más importantes confesó a los suyos que, debido a ello, se había contenido y arrepentido de precipitar a Augusto por un precipicio —tal como lo había planeado— durante la travesía de los Alpes, después de haberse acercado a él con el pretexto de mantener una conversación. Sus ojos eran claros y límpidos y quería que se pensase que había en ellos como una chispa del vigor divino y le causaba gran placer si, cuando miraba a alguno con intensidad, éste bajaba el rostro, como si se tratara del fulgor del sol. En su vejez, sin embargo, perdió vista en el ojo izquierdo. Tenía los dientes separados, pequeños e irregulares; el cabello ligeramente ondulado y bastante rubio; juntas las cejas; las orejas de tamaño medio; la nariz algo prominente en su parte superior y algo recogida en la inferior; la tez entre morena y blanca; de baja estatura (aunque el liberto Julio Morato nos dice que, según él recuerda, media cinco pies y tres palmos), pero que quedaba disimulada por la equilibrada proporción de sus miembros, hasta el extremo de que, si no era por comparación con alguno más alto que estuviera de pie a su lado, no parecía que fuera bajo.

LXXX. Dicen que su cuerpo era muy pecoso y que tenía esparcidas por el pecho y vientre unas marcas congénitas con el número, disposición y orden de las estrellas de la Osa Mayor; tenía también ciertas callosidades, debidas al uso continuo y enérgico del cepillo para calmar la comezón de la piel, que se habían endurecido en distintas partes de su cuerpo en forma de erupción cutánea. La cadera, el muslo y la pierna izquierda no las tenía muy bien, por lo que frecuentemente cojeaba; pero él lo remediaba sirviéndose de vendajes con cañas. También a veces notaba tan sin fuerzas el dedo índice de su mano derecha que, cuando lo tenía entumecido y entorpecido por el frío, a duras penas y sólo con la ayuda de una arandela de cuerno a su alrededor, podía moverlo para escribir. Se quejaba también de la vejiga, cuyos dolores finalmente se le calmaban después de expulsar los cálculos a través de la orina.

LXXXI. Durante toda su vida sufrió algunas enfermedades graves y peligrosas. Especialmente, después de someter Cantabria, verdaderamente desesperado por unas secreciones provocadas por una afección hepática, se vio obligado a intentar un tratamiento curativo peligroso y opuesto al anterior, ya que al no experimentar mejoría con las cataplasmas calientes, por prescripción de Antonio Musa se vio forzado a curarse con cataplasmas frías. Padecía también algunas dolencias que se repetían cada año en una época determinada; y, en efecto, cuando llegaba su aniversario, la mayor parte de las veces se sentía enfermo. También al inicio de la primavera se veía afectado por una inflamación intestinal y, por catarros, en la época de las tormentas australes. Por todo ello, con su deteriorado organismo, no soportaba bien ni el frío intenso ni el calor excesivo.

LXXXII. Durante el invierno se protegía con una gruesa toga, cuatro túnicas, una camisa interior, una camiseta de lana y bandas para abrigar los muslos y las piernas. En verano, dormía dejando abiertas las puertas de su alcoba y, con frecuencia, lo hacía en el peristilo, junto a algún surtidor, y con un esclavo abanicándolo. Como no soportaba ni siquiera el sol de invierno, siempre que se paseaba al aire libre, incluso en casa, lo hacía cubierto con un pataso. Viajaba en litera, casi siempre de noche y con jornadas lentas y cortas, de manera que tardaba dos días para ir a Preneste o Tívoli;y si podía llegar a algún lugar por mar, prefería navegar. Tomaba muchas precauciones a causa de su poca salud: en primer lugar, se bañaba muy poco; con frecuencia se friccionaba con ungüentos o sudaba junto al fuego, echándose luego encima agua muy fría, o tibia por el calor del sol. Y siempre que, a causa de los nervios, debía recurrir a baños de mar o a las aguas termales de Albula, se contentaba con sentarse en un banco de madera (que él mismo designaba con la palabra española «dureta») y meter alternativamente en el agua manos y pies.

LXXXIII. Nada más acabar la guerra civil dejó de practicar ejercicios de equitación y de armas en el Campo de Marte. Primero se pasó al juego de pelota y de balón, pero, enseguida, dejó de hacer nada que no fuera pasearse en litera o caminar, de manera que el último trecho lo hacía corriendo a saltos, envuelto en una pequeña manta. Para relajarse, unas veces pescaba con anzuelo y, otras, jugaba a los dados, a las chinas oalas nueces con niños pequeños, de expresión y charla agradable, que buscaba por todas partes, especialmente en Mauritania y Siria. En cambio, le horrorizaban los enanos y las personas deformes y todas las criaturas de ese estilo, que consideraba un escarnio de la naturaleza y como de mal agüero.

LXXXIV. Ya desde niño se ejercitó en la elocuencia y estudios liberales con la máxima entrega y afición. Durante la guerra de Módena, a pesar de la abrumadora cantidad de problemas, se dice que cada día leía, escribía y declamaba. Desde entonces, en efecto, jamás habló, ni en el Senado, ni ante el pueblo, ni ante sus soldados, a no ser después de meditar y elaborar cuidadosamente sus palabras; sin embargo, no se le daban mal las improvisaciones, para las que tenía gran facilidad. No obstante, para evitar tener un fallo de memoria y no perder tiempo aprendiéndoselas, decidió leer todas sus alocuciones. Incluso no mantenía conversaciones de cierta importancia con nadie, ni siquiera con su esposa Livia, si no las había escrito primero y de acuerdo con sus notas, a fin de no decir una palabra de más o de menos a causa de la improvisación. Tenía al hablar un tono de voz dulce y muy peculiar suyo, y se ejercitaba asiduamente con el maestro de declamación. Sin embargo, algunas veces, por tener alguna afección de garganta, habló al pueblo sirviéndose de la voz del pregonero.

LXXXV. Compuso muchas obras en prosa de diversos géneros, algunas de las cuales leyó en reuniones de amigos, como si de un auditorio se tratase, como, por ejemplo, Respuesta escrita a Bruto, sobre su Catón. Como era ya anciano cuando leyó esta composición, se sintió fatigado después de leer una buena parte de ella y se la entregó a Tiberio para que acabase la lectura. También escribió Exhortaciones al estudio de la filosofía y varios capítulos de su Biografía, la cual, hasta la guerra de Cantabria, expuso en trece libros, pero no la continuó. Tocó también la composición poética, aunque muy sumariamente. Se conserva un libro escrito por él en hexámetros, cuyo argumento y título es Sicilia. Existe otro, muy breve también, de Epigramas que componía durante sus estancias en balnearios. Aunque había comenzado con gran ímpetu una tragedia, como no le salía a su gusto, la borró y, cuando sus amigos le preguntaron: «¿Qué hace tu Ayax?», replicó que «su Ayax se había echado sobre una esponja».

LXXXVI. Siguió un modelo de elocuencia elegante y mesurada, evitando frases hechas absurdas, la afectación en las palabras y, como él decía, «el mal olor de las palabras abstrusas». Se preocupó especialmente de expresar con toda claridad el sentido de sus pensamientos. Para conseguirlo más fácilmente y no desorientar ni poner dificultades en ningún sitio a sus lectores u oyentes, no dudó en añadir preposiciones a las ciudades ni en prodigar con frecuencia conjunciones que, si se suprimen, hacen el texto más oscuro, aunque gane en elegancia. Aunque adoleciesen de defectos opuestos, rechazaba con el mismo menosprecio a los preciosistas y a los arcaizantes y los hostigaba con frecuencia; en especial a su amigo Mecenas, cuyas «perfumadas cursilerías», como él decía, no cesa de criticar y de ridiculizar, imitándolas en plan de guasa. Ni siquiera exime de sus críticas a Tiberio, que a veces andaba a la caza de palabras anticuadas y oscuras. También tacha de insensato a Marco Antonio, porque, según su opinión, escribe buscando más que la gente le admire que no que le entienda. Luego, burlándose de su ineptitud y vacilaciones ala hora de elegir su estilo oratorio, añade: «¿Y dudas todavía si debes imitar a Cimber Anio y a Veranio Flaco y usar, en consecuencia, las palabras que Salustio Crispo desempolvó de Los orígenes, de Catón, o si acaso es mejor aplicar a nuestro lenguaje la verborrea de los oradores asiáticos con sus frases llenas de palabras vacías de significado?». Yen una carta en la que elogia el talento de su nieta Agripina, le dice: «Es necesario, sin embargo, que te esfuerces en escribir y hablar con sencillez».

LXXXVII. Sus cartas autógrafas demuestran que en sus conversaciones familiares hacía uso con frecuencia de algunas expresiones muy curiosas, entre ellas, por ejemplo, cuando quería dar a entender que algunos deudores no pensaban pagar nunca, decía: «Pagarán en las calendas griegas»; cuando aconsejaba que tenemos que aceptar el presente, sea cual sea, decía: «Nos basta con este Catón»; y para expresar la rapidez necesaria para algo urgente: «Más rápidamente que lo que tarda en cocerse un espárrago». Utiliza frecuentemente en lugar de necio (stultus), bobo (baceolus); en lugar de negro (pullus), negruzco (pulleiaceus); en lugar de loco (cerritus), estúpido (vacerrosus); sentirse evaporado (vapide se habere), en lugar de encontrarse mal (male se habere); y estar flojo como una acelga (bestizare), en lugar de estar débil (languere), lo que el vulgo dice languidecer (lachanizare); utiliza igualmente simus en lugar de sumus y domos, como genitivo, en lugar de domuos. Y nunca escribe estas dos palabras de otra manera, para que nadie pueda creer que se trata de un error suyo, y no de una costumbre. Y tengo notadas en su forma de escribir dos principales peculiaridades: nunca separa las palabras, y tampoco pasa a la línea siguiente las letras sobrantes de la línea anterior, sino que las escribe debajo de la última palabra y las encierra con un círculo.

LXXXVIII. No respeta en absoluto la ortografía, es decir, las normas y la manera de escribir fijadas por los gramáticos, sino que parece más bien decantarse por la opinión de aquellos que creen que debemos escribir igual que pronunciamos. Pues, en efecto, el hecho de que modifique u omita a menudo no sólo letras, sino incluso sílabas, es un error común de estos últimos. Yo no mencionaría esta característica de Augusto, si no me pareciese sorprendente que algunos historiadores hayan afirmado que hizo sustituir a un legado consular por zafio e ignorante, al darse cuenta que éste, por su propia mano, había escrito ixi en lugar de ipsi. Siempre que escribe en clave, utiliza la B en lugar de la A, la C en lugar de la B, y la misma mecánica para las restantes letras; pero en lugar de la X escribe una doble AA.

LXXXIX. No sentía Augusto menor pasión por las letras griegas, en cuyo conocimiento destacaba ampliamente, pues había tenido como maestro de retórica a Apolodoro de Pérgamo, a quien, siendo éste ya anciano y él todavía joven, se lo había llevado consigo de Roma a Apolonia. Más tarde, merced a su familiar convivencia con el filósofo Areo y con sus hijos Dionisio y Nicanor, había acumulado una vasta erudición helenística, no, sin embargo, hasta el extremo de hablar con fluidez el griego o de atreverse a escribir en ese idioma. En efecto, si las circunstancias lo exigían, lo redactaba primero en latín y lo daba a otro para que lo tradujese. No obstante, no desconocía del todo la poesía griega y se deleitaba con las antiguas comedias, haciéndolas representar a menudo en espectáculos públicos. Cuando manejaba los autores de ambas lenguas no buscaba otra cosa que máximas y ejemplos provechosos tanto para la vida pública como para la particular y, esos extractos, copiados al pie de la letra, solía enviarlos a sus allegados, a los jefes de los ejércitos y de las provincias y a los magistrados de Roma, según el consejo que cada uno pudiese necesitar. También leía con frecuencia al Senado libros enteros y los daba a conocer al pueblo mediante edictos, como, por ejemplo, los discursos de Quinto Metelo Sobrela necesidad de aumentar el número de hijos y de Rutilio Sobre el modo de edificar, para mejor persuadir a todos de que no había sido él el primero en descubrir la importancia de ambos temas, sino que ya los antiguos se habían ocupado de ellos. Favoreció por todos los medios a los talentos de su época. Escuchó con paciencia y benevolencia a los lectores, y no solamente los poemas o las historias, sino también los discursos y diálogos. Le molestaba, en cambio, cuando se escribía algo sobre él, a no ser que lo hicieran seriamente las plumas más preclaras, y advertía a los pretores que no permitiesen que su nombre fuera deshonrado en certámenes poéticos.

XC. Acerca de sus supersticiones, hemos sabido lo siguiente: le infundían pavor, hasta casi desvanecerse, los rayos y los truenos, de forma que llevaba siempre consigo a todas partes una piel de foca para protegerse y, ante la menor sospecha de una violenta tormenta, se refugiaba en un rincón oculto y abovedado. Y todo ello porque en otro tiempo, durante un viaje nocturno, había sido afectado por la caída de un rayo, tal como en su momento ya explicamos.

XCI. Daba mucha importancia a los sueños, tanto a los suyos como a los ajenos. Durante la batalla de Filipos, aunque había decidido no salir de su tienda por estar enfermo, no obstante, aconsejado por el sueño de un amigo, se marchó de ella. Y, en efecto, la situación tuvo un final favorable, puesto que los enemigos, que se habían apoderado del campamento, pensando que él seguía acostado en su litera, se abalanzaron sobre ella y la acribillaron, atravesándola con sus espadas. El propio Augusto, durante toda la primavera, tenía numerosas y tremebundas pesadillas, pero sin fundamento y sin consecuencias desgraciadas; durante el resto del año, en cambio, no tenía tantas, pero eran más significativas. Como visitaba con asiduidad el templo dedicado por él en el Capitolio a Júpiter Tonante, soñó que Júpiter Capitolino se le quejaba de que le había arrebatado sus adoradores y que él le había contestado que precisamente había colocado a Júpiter Tonante a su lado como portero suyo. Como resultado de este sueño, hizo rodear la parte superior del templo de este último con campanillas, ya que era tradición que éstas colgasen de las puertas. Debido también a una advertencia recibida en sueños, cada año, un día determinado, mendigaba al pueblo una moneda, alargando la palma ahuecada de su mano a todo aquel que le ofrecía un as.

XCII. Respetaba algunos augurios y presagios, dándoles total crédito. Si por la mañana se ponía por error el zapato izquierdo en el pie derecho, era un terrible presagio. Si, al partir por tierra o por mar para un largo viaje, caía casualmente rocío, era un feliz presagio de un rápido y propicio regreso. Pero, sin duda, eran las manifestaciones prodigiosas las que mayor influencia ejercían sobre él. Una palmera que había brotado entre las junturas del empedrado delante de su casa, la trasplantó al compluvium, junto a sus dioses Penates, y puso especial cuidado en hacerla arraigar sana y fuerte. En la isla de Capri se alegró tanto de que las ramas, ya medio secas y arqueadas casi hasta el suelo, de una antiquísima encina reverdecieran al llegar él a la isla, que intercambió con la administración de Nápoles la isla de Capri por la de Enaria. También tenía en cuenta determinados días, de forma que el día siguiente a las nundinas evitaba viajar a parte alguna y durante las nonas no comenzaba ningún asunto de importancia; no pretendía otra cosa con ello que soslayar, como escribe a Tiberio, el mal augurio del propio nombre de esas fechas.

XCIII. De los cultos religiosos extranjeros, tuvo un gran respeto por los tradicionales y antiguos, de la misma manera que despreció los restantes. Iniciado previamente en Atenas en los cultos mistéricos, cuando, ya en Roma, tuvo que instruir una causa en su tribunal sobre los privilegios de los sacerdotes de la Ceres ática y, puesto que se iban a mencionar algunos detalles muy secretos, disolvió el tribunal y los corrillos de ciudadanos y escuchó a solas a los litigantes. Por el contrario, no sólo cuando recorría Egipto rehusó desviarse un poco de su camino para visitar al dios Apis, sino que felicitó a su nieto Cayo por haberse negado a orar en el templo de Jerusalén, cuando viajaba por Judea.

XCIV. Y puesto que hemos llegado a este punto, parece oportuno incluir aquí los prodigios que tuvieron lugar antes del nacimiento de Augusto, el mismo día de su alumbramiento y a continuación de éste, de los que se podía inferir y adivinar la futura grandeza y perdurable prosperidad del recién nacido. Cuando en la antigüedad la ciudad de Vélitras fue herida desde el cielo por un rayo en un lienzo de sus murallas, se vaticinó que un ciudadano de esa ciudad llegaría algún día a detentar el poder absoluto. Movidos por esa confianza, los habitantes de Vélitras, desde aquel mismo momento y, más tarde, con mucha frecuencia, se enfrentaron al pueblo romano, hasta llegar casi a su propia destrucción. Posteriormente, sin embargo, los acontecimientos demostraron que era el poder de Augusto lo que aquel prodigio había augurado.

Afirma Julio Marato que unos pocos meses antes de su nacimiento tuvo lugar en Roma otro público prodigio por el que se anunciaba que la naturaleza iba a parir un rey para el pueblo romano y que entonces el Senado, aterrado, decretó que no se dejase vivir a ningún niño dado a luz durante aquel año. Pero, sigue diciendo, que aquellos ciudadanos que tenían grávidas a sus mujeres —puesto que todos se apropiaban de esa esperanza—, se preocuparon de que ese decreto del Senado no llegase al erario. Leo también en los libros Sobre la naturaleza de los dioses, de Asclepíades de Mendes, que Acia, que había ido a media noche a las sagradas ceremonias en honor de Apolo, al ser depositada su litera en el interior del templo mientras todas las restantes matronas dormían, se adormeció también ella y que repentinamente una serpiente reptó hasta el interior de su litera y salió poco después. Continúa diciendo que, despertándose ella súbitamente, se lavó como si acabase de copular con su marido; pero que de inmediato apareció en su cuerpo una mancha, en forma de tatuaje de serpiente, y que nunca se la pudo quitar, de manera que desde entonces se abstuvo durante toda su vida de asistir a los baños públicos; que Augusto nació justo a los diez meses y que por ello se le tuvo por hijo de Apolo. La misma Acia, antes de dar a luz, soñó que sus entrañas eran transportadas a los cielos y que se extendían por todo el orbe terráqueo y el ámbito de los cielos. Su padre Octavio soñó también que del útero de su mujer Acia surgía el sol naciente.

El día en que nació Augusto, a pesar de que en la Curia se deliberaba sobre la conjuración de Catilina, Octavio llegó tarde, debido al parto de su esposa. Es cosa pública y sabida que Publio Nigidio, cuando conoció el motivo del retraso y cuando supo también la hora del parto, afirmó que había nacido el amo y señor de todo el orbe de la tierra. Más adelante, cuando Octavio conducía su ejército por recónditas regiones de Tracia, al hacer una consulta sobre su hijo durante una ceremonia de aquellos bárbaros en el bosque del padre Baco, recibió por parte de los sacerdotes idéntica respuesta, puesto que, decían ellos, al derramar el vino sobre el altar, había brotado una llama tan grande que, sobrepasando la techumbre del templo, había llegado casi hasta los cielos y que un prodigio semejante únicamente le había ocurrido a Alejandro Magno cuando ofreció sacrificios sobre aquel mismo altar. Más aún; aquella misma noche le pareció ver en sueños a su hijo, de un tamaño sobrehumano, con el rayo, cetro y atuendo de Júpiter Óptimo Máximo y con su corona de rayos, montado en un carro ornado con laureles y arrastrado por un doble tiro de seis caballos blancos como la nieve.

Cuando era todavía un niño (según consta en los escritos de Cayo Druso), su nodriza, un atardecer, acostó a Augusto en su cuna, situada en la planta baja de su casa. Pues bien, a la mañana siguiente no estaba allí y, después de una larga búsqueda, lo encontraron finalmente en una altísima torre, yaciendo de cara al sol naciente. En la casa familiar de los aledaños de Roma, cuando apenas empezaba a hablar, ordenó guardar silencio a las ranas que croaban ruidosamente y desde aquel día las ranas dejaron de croar en aquel lugar. En cierta ocasión en que estaba comiendo en un bosque, en el cuarto miliario de la vía Campana, un águila le arrebató de improviso el pan que tenía en la mano y, después de haber volado a enorme altura, bajando de nuevo de improviso, se lo devolvió dulcemente.

Quinto Catulo, tras la consagración del Capitolio, soñó durante dos noches seguidas. La primera, que Júpiter Óptimo Máximo, de entre los muchos niños vestidos con la toga pretexta que jugaban alrededor de su altar, llamó aparte a uno de ellos y puso en su seno el emblema de la República que tenía en la mano. La segunda noche soñó que veía en las rodillas de Júpiter Capitolino a aquel mismo niño y que, cuando le ordenó que se apartase, se lo prohibió el mismo dios, haciéndole saber que lo estaba preparando para guardián de la República; y al día siguiente, al encontrarse casualmente con Augusto, a quien por otra parte no conocía, al mirarlo con detenimiento, se dijo, profundamente admirado, que era exactamente igual al niño con el que había soñado. Algunos historiadores cuentan de un modo diferente el primer sueño de Catulo, como si Júpiter, de entre los muchos niños vestidos con toga pretexta que le solicitaban un tutor, hubiese señalado a uno de ellos, a quien todos habían de comunicar sus anhelos, y luego, recogiendo con sus dedos el beso de aquel niño, se los hubiese llevado a sus labios.

Marco Cicerón, en una ocasión que acompañaba a Julio César al Capitolio, explicó casualmente a sus amigos que la noche anterior había soñado que un niño de noble rostro había sido descolgado del cielo con una cadena de oro, deteniéndose de pie ante las puertas del Capitolio, y que Júpiter le había entregado un flagelo. Después, cuando vio repentinamente a Augusto —todavía un desconocido para la mayoría—, a quien su tío abuelo César había hecho acudir para ofrecer sacrificios, afirmó que era el mismo niño cuya imagen se le había aparecido durante el sueño.

El día que Augusto vestía por primera vez la toga viril, se descosió su túnica laticlava por ambos costados y le cayó a los pies. Hubo quienes interpretaron que este hecho significaba, ni más ni menos, que ese ilustre estamento, simbolizado por la túnica, algún día quedaría sometido a su poder.

Junto a Munda, cuando el divino Julio César hacía talar el bosque con el fin de despejar un lugar para el campamento, ordenó que se conservase, como un presagio de victoria, una palmera encontrada allí. Habiendo brotado inmediatamente de ella un vástago, en pocos días creció tanto que no sólo igualó a la palmera madre, sino que la tapó y se pobló de abundantes nidos de palomas, aun cuando esta clase de aves evita siempre su follaje duro y áspero. Y cuentan que César, movido sobre todo por este prodigio, decidió que no le sucedería ningún otro que no fuese el nieto de su hermana.

Durante su estancia en Apolonia, se había dirigido Augusto en compañía de Agripa al observatorio del astrólogo Teógenes. Después de predecir a Agripa —que había sido el primero en hacer la consulta— grandes y casi increíbles hazañas, Augusto se negaba obstinadamente a decir su signo zodiacal y a que le revelara su horóscopo, por miedo y vergüenza de que resultase menos importante. Cuando por fin se lo dijo, aunque todavía vacilante y tras numerosos ruegos, Teógenes se puso en pie de un salto y le adoró. Tan gran confianza cobró Augusto en su destino a partir de ese momento, que hizo público su horóscopo e hizo acuñar monedas de plata con la figura de la constelación de Capricornio, bajo la cual había nacido.

XCV. Cuando, después del asesinato de César, a su regreso de Apolonia entraba en Roma, de repente, en un cielo claro y despejado, un círculo similar al arco iris rodeó el disco solar y, al momento, el sepulcro de Julia, la hija de César, fue alcanzado por un rayo. En su primer consulado, mientras tomaba los augurios, se le mostraron doce buitres, igual que a Rómulo, y, cuando ofrecía los sacrificios, aparecieron los hígados de todas las víctimas replegados hacia el interior desde su parte inferior; todos los expertos coincidieron que, mediante estas señales, se auguraban felices y grandes acontecimientos.

XCVI. También conoció con antelación el desenlace de todas las guerras. Estando concentradas en Bolonia las tropas de los triunviros, un águila que se había posado sobre su tienda atacó y abatió a dos cuervos que la hostigaban desde ambos costados, comprendiendo así todo el ejército que algún día se produciría entre los colegas un violento enfrentamiento —tal como efectivamente sucedió— y cuál sería el resultado. En Filipos, un tal Tesalo, pronosticó la futura victoria (según él, por revelación del divino César, cuya imagen se le había aparecido en un intrincado camino). Cerca de Perusia, Augusto, al no obtener presagios favorables en el sacrificio, ordenó que se aumentase el número de víctimas; los enemigos entonces, en una súbita salida, les arrebataron todo lo que tenían preparado para el sacrificio. Fue opinión unánime entre los arúspices, que los augurios peligrosos y adversos para el sacerdote que había ofrecido el sacrificio recaerían ahora sobre aquellos que en ese momento tenían en su poder las entrañas, y así sucedió realmente. La víspera de entablar con su flota la batalla naval de Sicilia, mientras paseaba por la playa, saltó un pez fuera del mar y cayó a sus pies. En Accio, cuando descendía hacia el campo de batalla, se topó con un borriquillo y su pastor. El hombre se llamaba Eutico y Nicon, el animal. Cuando hubo conseguido la victoria, erigió una estatua en bronce de ambos en el templo en que convirtió el lugar donde había estado ubicado su campamento.

XCVII. También su muerte, de la que hablaré más tarde, y su posterior divinización fue presagiada con evidentísimos portentos. Cuando, en el Campo de Marte, estaba ofreciendo con una extraordinaria afluencia del pueblo el sacrificio ritual por la terminación del censo, un águila voló repetidas veces a su alrededor y, habiéndose dirigido al templo vecino, se posó sobre la primera letra del nombre de Agripa. Al darse cuenta Augusto de ello, ordenó a su colega Tiberio pronunciar los votos, que según la tradición debían formularse para el próximo lustro. Él, en efecto, se negó a hacerlo, aduciendo que, aunque los tenía escritos y preparados en las tablillas, no quería formular unos votos que no iba a poder cumplir. En aquellos mismos días, a causa de un rayo, desapareció de la inscripción de su estatua la primera letra de su nombre. Se vaticinó que, a partir de ese momento, viviría únicamente cien días, número que denota la letra C, y que sucedería así para que pudiera ser incluido en el número de los dioses, puesto que aesar, es decir, la parte restante del nombre de César, significa «dios» en lengua etrusca. Por consiguiente, como tenía intención de enviar a Tiberio al Ilírico, viajando él en su compañía hasta Benevento, pero eran tantos los que obstaculizaban sus planes presentando en su tribunal de justicia más y más procesos judiciales que le retenían en Roma, exclamó —lo que posteriormente se enumeró también entre los presagios de su muerte— «que no permanecería más tiempo en Roma, aunque todas las fuerzas del mundo pretendieran demorar su partida». Y, en efecto, iniciando su viaje, llegó a Astura. Allí, habiéndose embarcado de noche, en contra de lo habitual, para aprovechar el viento, contrajo su enfermedad que comenzó con una diarrea.

XCVIII. Entonces, después de bordear las costas y las cercanas islas de Campania, pasó cuatro días en su retiro de Capri, muy bien dispuesto y animado para cualquier diversión y amable compañía. Cuando casualmente costeaba el golfo de Putéolos, los marinos y remeros de una nave de Alejandría que acababa de arribar a aquel puerto, vestidos de blanco, adornados con coronas de flores y ofreciéndole incienso, le colmaron de faustos augurios y de los más cumplidos elogios: «que vivían gracias a él, que podían navegar gracias a él y que gozaban de libertad y de sus fortunas gracias a él». Tan feliz se sintió con esas afectuosas demostraciones que repartió cuarenta áureos entre sus acompañantes, exigiendo a cambio a cada uno de ellos el juramento y la promesa de que no se gastarían el dinero recibido si no era para comprar productos de Alejandría. También durante los días que siguieron, aparte de otros pequeños regalos, les obsequió con togas y mantos griegos, con la condición de que los romanos utilizasen el vestido y lengua griegos y, los griegos, el de los romanos. Se dedicó también a observar a efebos griegos mientras practicaban sus ejercicios atléticos, de los cuales todavía quedaban bastantes en Capri, debido a una antigua institución allí ubicada. Les ofreció además un banquete, al que también él asistió, después de darles libertad —o mejor aún, de exigírsela— para contar chistes y guardarse los regalos que les arrojaba, consistentes en frutas, viandas y diversos objetos. No renunció a ninguna clase de alegre diversión. A la vecina isla de Capri la denominaba «Apragópolis» por la indolencia en que vivían aquellos amigos suyos que se habían retirado a esa isla. De entre sus más íntimos, había uno, llamado Masgaba, a quien solía llamar «Ctiste», como si hubiera sido el fundador de la isla. Al observar desde el comedor que el sepulcro de ese tal Masgaba, fallecido el año anterior, era visitado por una gran concurrencia de gente, muchos de ellos portando antorchas, recitó con voz clara un verso compuesto por él sobre la marcha:

Diviso la tumba del fundador envuelta en llamas.

Y dirigiéndose a Trasilo, amigo de Tiberio, que se hallaba recostado frente a él e ignoraba de qué iba aquello, le preguntó de qué poeta creía que era ese verso. Como éste se quedase dudando, Augusto le espetó otro verso:

¿Acaso no ves a Masgaba, honrado por antorchas?

Y le interrogó, a su vez, sobre este verso. Al contestarle Trasilo que, de quienquiera que fuesen, eran excelentes, provocó una carcajada general y se convirtió en blanco de muchas bromas. Poco después se trasladó a Nápoles, aunque, también entonces, con la cambiante dolencia de sus intestinos enfermos. Presenció, no obstante, el certamen gimnástico quinquenal, instituido en su honor, y luego, en compañía de Tiberio, se dirigió al lugar acordado. Pero, ya a su regreso, se agravó su enfermedad y no tuvo más remedio que guardar cama en Nola. Haciendo regresar entonces a Tiberio del viaje que había emprendido al Ilírico, mantuvo con él una larga conversación a solas. A partir de ese momento ya no afrontó ningún asunto de importancia.

XCIX. El último día de su vida, preguntando repetidamente si ya se agolpaba la gente a causa de él a la entrada de su casa, después de pedir un espejo, ordenó que se le arreglase el cabello y se le maquillasen las caídas mejillas. Preguntándoles entonces a los amigos admitidos a su presencia «si les parecía que había interpretado correctamente la comedia de la vida», añadió estos versos como colofón:

Si os ha agradado, aplaudid esta representación
y todos con alegría batid palmas en nuestro honor.

Después, haciendo salir a todos, mientras interrogaba a unos que llegaban desde la ciudad sobre la salud de la hija de Druso, que estaba enferma, entre los besos de Livia y pronunciando estas palabras: «Livia, ¡acuérdate de nuestro amor mientras vivas! ¡Adiós!», expiró súbitamente, habiendo conseguido la muerte dulce que siempre había deseado. Pues, en efecto, casi siempre que había oído que alguno había muerto sin sufrimiento, rogaba para sí y para los suyos una parecida «eutanasia» (pues con esta palabra solía designar ese tipo de muerte). Antes de exhalar su último suspiro, tan sólo dio una única muestra de haber perdido la cabeza, puesto que de súbito se lamentó aterrado de que era arrebatado por cuarenta jóvenes. En realidad fue más un presagio que debilidad mental, ya que un número igual de soldados pretorianos lo sacaron de la casa para que el pueblo pudiera contemplarlo.

C. Murió en la misma alcoba donde había muerto su padre Octavio, durante el consulado de los dos Sextos, Pompeyo y Apuleyo, el 14 antes de las calendas de septiembre, de día, a la hora nona, a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. Magistrados de los municipios y de las colonias transportaron su cuerpo desde Nola hasta Bobilas, de noche a causa de la estación del año, mientras de día lo depositaban en la basílica o en el más sagrado de los templos de cada ciudad. Desde Bobilas se hizo cargo del cuerpo el orden ecuestre y lo llevó a Roma, donde lo colocaron en el vestíbulo de su casa. Todos los senadores rivalizaron en sus deseos de solemnizar sus funerales y de honrar su memoria, proponiendo algunos, entre otras muchas cosas, que el cortejo fúnebre pasara a través de la puerta triunfal, precedido por la estatua de la Victoria que se halla en la Curia, mientras los hijos de ambos sexos de los más conspicuos personajes entonaban cánticos funerarios; propusieron otros que el día de las exequias se quitaran todos ellos los anillos de oro y se pusieran unos de hierro; otros, que sus huesos, tras la cremación, fueran recogidos por los sacerdotes de los más importantes colegios. Hubo incluso quienes sugirieron que el nombre del mes de agosto se trasladase al de septiembre, ya que, si había nacido en agosto, había muerto en septiembre. Otro propuso que todo el período, desde su natalicio hasta el día de su muerte, se llamara «siglo de Augusto» y se consignase así en el calendario. No obstante, a pesar de que finalmente se impuso la mesura en los honores concedidos, se pronunció un doble panegírico en su honor: ante el templo del divino Julio, por parte de Tiberio, y, ante la vieja tribuna de los oradores, por parte de Druso, el hijo de Tiberio. Luego, portado en hombros por los senadores, fue transportado su cadáver al Campo de Marte e incinerado. Y no faltó tampoco un ex pretor que juró haber visto el espectro de Augusto subiendo de su cuerpo quemado a los cielos. Recogieron sus cenizas los más conspicuos representantes del orden ecuestre, vestidos con túnicas, desceñidos y con los pies descalzos y lo depositaron en su mausoleo. Este monumento funerario lo había construido durante su sexto consulado, entre la vía Flaminia y la orilla del Tíber, y ya entonces se habían abierto al público los bosques y paseos que lo rodeaban.

CI. Augusto había redactado su testamento durante el consulado de Lucio Planco y Cayo Silio, el tercer día antes de las nonas de abril, un año y cuatro meses antes de su muerte, escrito en dos pliegos, en parte por su propia mano y en parte por la de sus libertos Polibio e Hilarión. Las vírgenes Vestales, que lo habían recibido en depósito, lo hicieron público junto con otros tres rollos sellados del mismo modo. Todos estos documentos se abrieron y se leyeron en el Senado. Instituía herederos en primer grado a Tiberio, que recibía la mitad más un sexto de la herencia, y a Livia, que recibía una tercera parte, ambos con la obligación de mantener su nombre. Como segundos herederos nombraba a Druso, el hijo de Tiberio, de otra tercera parte y a Germánico y sus tres hijos varones de las dos partes restantes. Finalmente, como terceros herederos figuraban numerosos allegados y amigos. Legó al pueblo de Roma cuarenta millones de sestercios; a las tribus, tres millones quinientos mil; a los soldados pretorianos mil sestercios a cada uno, quinientos a los de las cohortes urbanas y trescientos a cada legionario. Ordenaba que estas sumas se pagaran al momento, pues siempre había tenido reservada una importante cantidad de dinero en caja. Dejó también otros legados de diversa cuantía, fijando algunos de ellos hasta en veinte mil sestercios, que debían hacerse efectivos a final de año. Se excusaba por la poca importancia de su fortuna y por no dejar a sus herederos nada más que ciento cincuenta millones de sestercios, a pesar de que durante los últimos veinte años hubiese ingresado cuatro mil millones de sestercios procedentes de testamentos de amigos; pero, decía, había gastado casi todo su dinero, junto con sus dos patrimonios y las restantes herencias, en beneficio de la República. Prohibía que las Julias, la hija y la nieta, si les ocurría algo, fueran inhumadas en su mismo sepulcro. De los otros tres rollos, uno contenía las disposiciones acerca de su propio funeral; el segundo, una relación de las acciones llevadas a cabo por él, que quería que fuesen grabadas en tablas de bronce y que se colocaran ante su mausoleo. En el tercero constaba un inventario de todo el Imperio: el número de soldados alistados en sus legiones y dónde estaban éstas; el dinero que había en el erario público y en el tesoro imperial y los tributos que quedaban por cobrar. Añadía también los nombres de los libertos y esclavos a los que se podía pedir cuentas de todo ello.

Tiberio

I. La familia patricia Claudia —pues hubo otra familia Claudia plebeya, aunque de no menor influencia y dignidad— es oriunda de Regilo, ciudad de los sabinos. Desde allí, se trasladó a Roma, poco tiempo después de su fundación, por consejo de Tito Tacio, que compartía el poder con Rómulo, o —lo que parece más probado— por el de Ata Claudio, entonces el jefe de la familia, seis años después de ser expulsada la monarquía. Acogida entre las familias patricias, recibió oficialmente para sus clientes las tierras ubicadas en la otra ribera del río Anio y, para sí misma, un lugar al pie del Capitolio para ser enterrados. Luego, con el paso de los años, consiguió veintiocho consulados, cinco dictaduras, siete censuras, seis triunfos completos y dos ovaciones. Esta familia tuvo diversos nombres propios y sobrenombres característicos. Por común acuerdo, rechazó «Lucio» como nombre propio, después de que dos miembros de la familia llamados así, fueran condenados, uno por ladrón y el otro por asesino. Entre sus sobrenombres, tuvo preferencia por el de «Nerón» que, en lengua sabina, significa fuerte y valeroso.

II. Fueron numerosos los méritos egregios de muchos de los Claudios, y muchos también los crímenes cometidos en contra de la República. Para recordar los más sobresalientes, Apio el Ciego se opuso a una alianza con el rey Pirro por considerarla poco beneficiosa. Claudio Cáudex, después de ser el primero en atravesar el estrecho con una flota, expulsó de Sicilia a los cartagineses. Tiberio Nerón derrotó a Asdrúbal, que desde España se acercaba a Roma con un ingente número de tropas, antes de que pudiera reunirse con su hermano Aníbal. En cambio, Claudio Regiliano, uno de los diez magistrados encargados de redactar la legislación, al intentar a la fuerza y a impulsos de su lujuria convertir en esclava suya a una doncella libre, provocó un nuevo levantamiento del pueblo contra los patricios. Claudio Ruso, después de erigirse a sí mismo junto al foro de Apio una estatua coronada con una diadema, intentó ocupar Italia valiéndose de sus clientes. Claudio Pulquer, en Sicilia, como, al tomar los augurios, los pollos sagrados no comían, con total desprecio de la religión los ahogó en el mar, manifestando cínicamente «que beban, ya que no quieren comer», y después entabló un combate naval. Cuando, después de ser derrotado, el Senado ordenó que se nombrara un dictador, como burlándose de nuevo del peligro público, nombró para el cargo a Glicia, su alguacil. Tenemos también opuestos ejemplos de sus mujeres, ya que en esta familia existieron los dos tipos de Claudia; tanto aquella que desencalló de las arenas del Tíber la nave que portaba la estatua de la Madre de los dioses, la diosa del monte Ida, después de alzar públicamente sus súplicas a los dioses para que se moviera la nave, si es que creían en su castidad, como la que, siendo mujer, afrontó ante el pueblo (un hecho sin precedentes) un juicio por alta traición porque, al avanzar muy difícilmente su coche en medio de una compacta muchedumbre, había manifestado públicamente sus deseos de que su hermano Púlquer volviese a la vida para perder de nuevo una flota y que de esa forma hubiera menos gente en Roma. Por otra parte, es un hecho conocidísimo que todos los Claudios (excepto únicamente Publio Clodio quien, para poder expulsar de Roma a Cicerón, se hizo adoptar por un plebeyo, que era además más joven que él) pertenecieron siempre a la clase de los optimates y fueron singulares defensores de la dignidad y del poder de los patricios y, en cambio, violentos y contumaces enemigos de la plebe, hasta el extremo que ninguno de ellos, incluso siendo reo de pena capital, aceptó cambiar de vestido ante el pueblo y suplicarle su perdón. Algunos de ellos, con ocasión de altercados y peleas, llegaron a apalizar a los tribunos de la plebe. Y hubo incluso una virgen Vestal de esta familia que, cuando su hermano celebraba sin mandato del pueblo los honores del triunfo, subida en su mismo carro acompañó a su hermano hasta el Capitolio para evitar que ninguno de los tribunos, a riesgo de sacrilegio, pudiera impedírselo o interponer el veto.

III. Tiberio César procedía de este linaje y, además, por doble ascendencia: por la paterna, de Tiberio Nerón; por la materna, de Apio Púlquer, hijos ambos de Apio Claudio el Ciego. Estuvo entroncado también con la familia de los Livios, al haber sido adoptado en ella su abuelo materno. Esta familia, aunque plebeya, floreció también con ocho cónsules, dos censores, tres honores triunfales completos, un dictador y un jefe de la caballería; fue también esclarecida por conspicuos personajes y, en especial, por Salinator y los Drusos. Salinator, siendo censor, sancionó a todas las tribus por su veleidad, puesto que, a pesar de que le habían condenado a pagar una multa tras su primer consulado, le habían vuelto a nombrar cónsul y censor. Druso, después de matar en combate personal a Drauso, jefe de los enemigos, adoptó ese sobrenombre para sí mismo y sus descendientes. Se dice también que, siendo propretor, se trajo de la provincia de las Galias el oro que en otro tiempo durante el asedio del Capitolio se había entregado a los sénones, ya que no era cierto, como se decía, que lo hubiera recuperado Camilo. Su biznieto, que por su notable actuación contra los Gracos fue denominado «defensor del Senado», dejó un hijo a quien asesinó a traición el partido contrario durante un parecido altercado, mientras planeaba muchas y variadas reformas.

IV. Su padre, Tiberio Nerón, cuestor de Cayo César durante la guerra de Alejandría, recibió el mando de la flota y contribuyó en gran manera a la victoria. Por esos merecimientos fue nombrado pontífice sustituyendo a Publio Escipión en el cargo, y enviado a las Galias para fundar allí unas colonias, entre ellas las de Narbona y Arles. Sin embargo, después del asesinato de César, cuando todos los senadores por miedo a los disturbios discutían la conveniencia de decretar una amnistía, él fue de la opinión que se tenía que tratar, además, de las recompensas para los tiranicidas. Más adelante fue nombrado pretor y, cuando expiraba su año de mandato, se produjo el enfrentamiento entre los triunviros. Reteniendo entonces las insignias de su magistratura más allá del tiempo legalmente establecido, siguió a Perusia al cónsul Lucio Antonio, hermano del triunviro. Después de la rendición de todos los demás conjurados, al quedarse solo en su partido, huyó a Preneste, en primer lugar, y, desde allí, a Nápoles. Tras un fallido intento de levantar un ejército de esclavos con la promesa de que obtendrían la libertad, se refugió en Sicilia. Pero, profundamente ofendido por no haber sido recibido enseguida por Sexto Pompeyo y por habérsele prohibido el uso de las fasces, se trasladó a Acaya, junto a Marco Antonio. Después de restablecida la paz entre todos los contendientes, bien que por poco tiempo, regresó con Antonio a Roma. Una vez allí, ante los ruegos de Augusto, le cedió su esposa Livia Drusila, aunque entonces estaba encinta y, previamente, ya le había alumbrado un hijo. Murió poco después, sobreviviéndole ambos hijos, Tiberio Nerón y Druso Nerón.

V. Por parte de algunos se pensó que Tiberio había nacido en Fundos, basándose para ello en un indicio muy poco significativo, a saber, que su abuela materna era oriunda de allí y que más tarde se había erigido en ese lugar una estatua de la diosa Felicidad, por decreto del Senado. Pero según afirman otros muchos y mejor informados historiadores, nació en Roma, en el Palatino, dieciséis días antes de las calendas de diciembre, durante el consulado de Marco Emilio Lépido (su segundo consulado) y Lucio Munacio Planco, durante la guerra de Filipos. Así consta en efecto en los fastos y en las actas públicas. No faltan, no obstante, quienes sostienen que nació en el año anterior, bajo el consulado de Hircio y de Pansa, y otros que aseguran que lo hizo un año más tarde, siendo cónsules Servilio Isáurico y Lucio Antonio.

VI. Su infancia y su adolescencia fueron difíciles y agitadas, compartiendo siempre y en todas partes la huida de sus padres. En Nápoles, cuando éstos, ante una irrupción enemiga, se hallaban ocultos mientras buscaban una nave, por dos veces estuvo a punto de traicionarlos con sus vagidos. La primera, cuando fue apartado del pecho de su nodriza, y la segunda, al ser arrancado del regazo de su madre por los sirvientes que, obligados por la crítica situación, trataban de aligerar de su peso a aquellas pobres mujeres. Después de ser llevado a través de Sicilia y de Acaya y de ser confiado oficialmente a los lacedemonios, pues se encontraban éstos bajo la protección de los Claudios, al partir de allí en una marcha nocturna, estuvo a punto de perder la vida, cuando por todo el bosque se declaró un repentino incendio que rodeó a toda la comitiva tan de cerca que parte de los vestidos y de los cabellos de Livia comenzaron a arder. Los obsequios que en Sicilia le regaló Pompeya, la hermana de Sexto Pompeyo, a saber, un manto griego, un broche y varias bulas de oro, se conservan todavía y pueden verse en Bayas. A su regreso a Roma, fue adoptado en su testamento por el senador Galio, pero, aunque entró en posesión de la herencia, pronto renunció a llevar su nombre, pues Galio había pertenecido al partido que se enfrentó a Augusto. Cuando a los nueve años de edad perdió a su padre, pronunció desde la tribuna de los oradores su elogio fúnebre. Más adelante, ya en su pubertad, durante la celebración del triunfo por la victoria de Accio acompañó el carro de Augusto, cabalgando sobre el caballo de regalo de la izquierda, mientras Marcelo, el hijo de Octavia, lo hacía sobre el de la derecha. Presidió los juegos de la Urbe y participó en los juegos ecuestres troyanos como jefe del escuadrón formado por los chicos de más edad.

VII. Después de vestir la toga viril, estos fueron los principales acontecimientos que le sucedieron a lo largo de su adolescencia y primera juventud hasta el inicio de su Principado. Ofreció unos juegos de gladiadores en memoria de su padre y, otros, en la de su abuelo Druso, en distinto momento y lugar: los primeros, en el foro; los segundos, en el anfiteatro, e hizo acudir también algunos gladiadores ya retirados, contratando a cada uno de ellos por cien mil sestercios. Ofreció también otros juegos, aunque él no asistió: fue un magnífico espectáculo, costeado por su madre y su padrastro. Se casó con Agripina, hija de Marco Agripa y nieta del caballero romano Cecilio Ático, aquel al que Cicerón escribió diversas cartas. Después de tener de ella a su hijo Druso, aunque estaban muy enamorados y volvía ella a estar encinta, fue forzado a divorciarse de ella y a casarse enseguida con Julia, la hija de Augusto. Esta separación le causó un profundo pesar porque era muy feliz con Agripina y porque desaprobaba la forma de comportarse de Julia. Se había dado cuenta, en efecto, que ésta intentaba seducirlo, incluso en vida de su anterior marido, hecho que, por otra parte, era también del dominio público. Le produjo también un gran dolor que, tras el divorcio, se hubiese alejado de él a Agripina. Tan sólo una vez, por casualidad, la volvió a ver, pero la siguió con una mirada tan amorosa y llena de lágrimas que se le sometió a una discreta vigilancia para que en adelante jamás volviera a verla. Con Julia vivió, al principio, en buena armonía y con mutuo amor. Pronto, sin embargo, se fue distanciando de ella y más que eso, pues decidió no volver a acostarse nunca más con ella después de que se rompiera el único vínculo que los unía, un hijo común que, nacido en Aquileya, murió en su más tierna infancia. Perdió a su hermano Druso en Germania, cuyo cuerpo trasladó a Roma, precediéndole personalmente a pie durante todo el viaje.

VIII. En los inicios de su vida forense, defendió en diversas causas al rey Arquelao, a los habitantes de Trales y a los de Tesalia, ante el tribunal presidido por Augusto. Intercedió ante el Senado en favor de los habitantes de Laodicea, Tiatiro y Quios, afectados por un terremoto y que imploraban su ayuda. Acusó de un delito de lesa majestad e hizo condenar a Fanio Cepión que, junto con Varrón Murena, había conspirado en contra de Augusto. Entre unas y otras de estas intervenciones, tuvo a su cargo dos responsabilidades públicas: el abastecimiento de trigo (en un año de malas cosechas) y la inspección por toda Italia de las ergástulas, cuyos propietarios se habían hecho odiosos, pues la gente pensaba que no sólo retenían a los viajeros raptados por ellos, sino también a los desertores a quienes el miedo al servicio militar les había empujado a esos escondites.

IX. Su primer servicio de armas lo hizo como tribuno militar en la campaña contra los cántabros. Condujo luego el ejército a Oriente y restituyó a Tigranes el reino de Armenia, imponiéndole ante su tribunal la diadema real. Recobró también las enseñas que los partos habían arrebatado a Marco Craso. Después de esto, gobernó durante casi un año la Galia Cabelluda, agitada por las incursiones de los bárbaros y las desavenencias de sus príncipes. A continuación dirigió las guerras contra los recios y los vindélicos; después, la guerra de Panonia y, finalmente, la de Germania. En la guerra de Recia y del Vindélico sometió a los pueblos alpinos; en la de Panonia, a los breucos y dálmatas y, en la de Germania, hizo pasar a la Galia a cuarenta mil prisioneros y los ubicó junto a la orilla del Rin en los asentamientos que él les asignó. Por estas victorias entró triunfalmente en Roma dos veces: una vez, a pie, con los honores de la ovación, y otra, en carro, habiendo sido previamente investido —según creen algunos— con los atributos honoríficos propios del triunfo, en una nueva forma de celebración triunfal que nunca antes se había concedido a nadie. Asumió las magistraturas siendo más joven de lo prescrito y ejerció, casi sin interrupción, la cuestura, la pretura y el consulado. Luego, tras un intervalo de tiempo, fue nuevamente cónsul y recibió la potestad tribunicia por un período de cinco años.

X. Cuando todo era para él favorable, en la flor de la edad y con una perfecta salud, decidió repentinamente marcharse y retirarse lo más lejos posible de Roma. No sabemos si por hastío de su mujer, a la que no se atrevía a criticar ni a repudiar, pero que no podía soportar ya por más tiempo, o bien para proteger e incluso aumentar con su ausencia su propia autoridad, evitando el desgaste que produce la rutina, por si alguna vez la República llegaba a necesitar de su concurso. Algunos opinan que, al ser ya adultos los hijos de Augusto, les cedió espontáneamente el lugar y, por así decirlo, el disfrute del segundo puesto, en jerarquía, del Estado, que él había ocupado durante largo tiempo, siguiendo el ejemplo de Marco Agripa, quien, al ser promovido Marcelo a los cargos públicos, se retiró a Mitilene, para que no pareciese que con su presencia pretendía obstaculizarle o hacerle sombra. Éste es el motivo que alegó también él, aunque más tarde. La realidad es que en aquel momento, pretextando estar hastiado de los cargos públicos y necesitar un reposo después de tantos problemas, pidió permiso para ausentarse, sin atender a las insistentes súplicas de su madre o a las quejas de su padrastro, que incluso en el Senado se lamentaba de que se sentía abandonado por él. Más aún; como se obstinaban en retenerlo, durante cuatro días se negó a comer. Concedida finalmente la autorización de marcharse, dejando en Roma a su mujer y a su hijo, partió al momento hacia Ostia, sin responder ni una palabra a ninguno de los que acudieron a despedirlo y dando a muy pocos un beso de despedida.

XI. Mientras, partiendo de Ostia, recorría navegando la costa de Campania, se le comunicó la extrema debilidad de Augusto. Se detuvo entonces allí unos días; pero, al aumentar los rumores de que permanecía allí aguardando el momento de colmar su máxima ambición, en cuanto las condiciones climáticas no fueron demasiado adversas, zarpó rumbo a Rodas, pues desde que a su regreso de Armenia había arribado a esa isla, se había prendado de su encanto y saludable clima. Dándose allí por satisfecho con una casa modesta y con una villa en las afueras no mucho mayor, vivió como un simple particular, paseando a veces hasta el gimnasio sin lictor ni alguacil, gozando de una recíproca cortesía con los griegos, en un plano casi de igualdad. En cierta ocasión, cuando al amanecer planificaba el día, había comentado casualmente que le gustaría visitar a los enfermos de la ciudad. No le entendieron bien sus más allegados y ordenaron que todos los enfermos fueran conducidos a un pórtico público y clasificados según su enfermedad. Atónito ante esta imprevista situación, después de dudar largo tiempo qué debía hacer, decidió, finalmente, acercarse uno por uno a todos ellos, incluso a los más insignificantes y desconocidos, para excusarse por lo que había sucedido. Parece que fue tan sólo una única vez —no hay constancia de ninguna otra— que ejerció los derechos de su potestad tribunicia. Como acostumbraba frecuentar las escuelas y los salones de los maestros, en una ocasión se originó un violento altercado entre gramáticos de líneas opuestas y, al intervenir él, hubo un individuo que comenzó a insultarle, acusándole de defender con demasiado entusiasmo la opinión contraria a la suya. Tiberio, entonces, tras haberse marchado apaciblemente a su casa, reapareció de improviso acompañado de unos ordenanzas e, intimando al agresor por medio del pregonero a comparecer ante el tribunal, ordenó allí que fuera llevado a la cárcel. Poco después se enteró de que Julia, su esposa, había sido condenada debido a sus excesos sexuales y adulterios y de que, por la autoridad de Augusto, se le había enviado en su nombre el libelo de repudio. Y, aunque feliz por la noticia, consideró, sin embargo, obligación suya, en la medida de sus posibilidades, interceder ante el padre en favor de la hija con continuas cartas y, aun cuando se había ganado a pulso su condena, permitirle conservar todos los regalos que él le había hecho.

Una vez concluido el período de su potestad tribunicia, confesó que con su retiro tan sólo había pretendido evitar posibles suspicacias de que intentaba rivalizar por el poder con Lucio y Cayo. Ahora, no obstante, como ya estaba tranquilo por ese lado al haber sido ellos confirmados y estar capacitados para velar fácilmente por su segundo lugar, solicitaba volver a ver a sus familiares, de los que sentía gran añoranza. Pero no sólo no obtuvo el permiso, sino que fue además advertido de que «no se preocupara más por los suyos, a quienes con tanta obcecación había abandonado».

XII. Así pues, permaneció en Rodas en contra de su voluntad y, a duras penas, gracias a la intervención de su madre, pudo disimular su desprestigio, encubriendo su forzada ausencia con la excusa de que Augusto lo había nombrado legado suyo. A partir de entonces, no sólo actuó siempre como un simple particular, sino como un particular inquieto y temeroso, oculto en los campos del interior y evitando los corteses cumplidos de los ciudadanos que arribaban a la isla. Eran muchos, en efecto, los que solían ir por allí, pues no había nadie que ejerciese un mando militar o una magistratura que, cuando se dirigía a algún lugar, fuese el que fuese, no se desviara hasta Rodas para visitarle. Y pronto aumentaron sus motivos de preocupación. Pues, cuando navegó hasta Samos, expresamente para visitar a su hijastro Cayo, que había recibido el mando del Oriente, lo notó muy distanciado de él, debido a las calumniosas acusaciones de Marco Lolio, amigo y preceptor de Cayo. Más aún, se llegó a sospechar de él que, por medio de unos centuriones —ascendidos por él y que después de un permiso regresaban a sus campamentos—, había hecho llegar a muchos ciudadanos órdenes ambiguas y que podían interpretarse como encaminadas a sondear los ánimos de esos ciudadanos con miras a un golpe de Estado. Al enterarse Tiberio por el propio Augusto de que era objeto de esos recelos, no cesó de solicitar una y otra vez que le asignaran un comisario político, no importaba de qué estamento social, para que informase de sus hechos y de sus palabras.

XIII. Abandonó también sus habituales ejercicios castrenses y de equitación y, quitándose el atuendo propio de los romanos, se puso un manto griego y sandalias. Permaneció en esta situación durante dos años, cada día más despreciado y odiado, hasta el punto que los habitantes de Nimes derribaron sus imágenes y estatuas y, en un banquete de amigos, al ser mencionado su nombre, salió uno que le prometió a Cayo que, si se lo ordenaba, navegaría al instante a Rodas y le traería la cabeza del exiliado —pues así le llamaban—. Fue sobre todo por este hecho, y no ya por miedo, sino por correr peligro su vida, que se vio obligado a implorar, no sólo con sus propios ruegos, sino también con las encarecidas súplicas de su madre, que le permitieran regresar. Esta vez obtuvo el permiso, ayudado también, en cierto modo, por el azar. Tenía decidido Augusto no tomar sobre este tema decisión alguna en contra de los deseos de su hijo mayor. Éste, que casualmente estaba entonces sumamente enfadado con Marco Lolio, se mostró bien dispuesto e indulgente ante los ruegos de su padrastro. Así pues, con el beneplácito de Cayo, se llamó de nuevo a Tiberio a Roma, pero a condición de no intervenir en modo alguno en ningún asunto de Estado.

XIV. Regresó ocho años después de su marcha, con las grandes y seguras esperanzas para el futuro que por los prodigios y presagios había concebido desde sus más tiernos años. Estando, en efecto, Livia embarazada de él, al tratar de averiguar por diferentes presagios si pariría un varón, fue dando calor, bien con sus propias manos bien con las de sus sirvientes, a un huevo sustraído a una gallina que lo incubaba, hasta que salió un pollo con una espléndida cresta. También el astrólogo Escribonio, refiriéndose al niño, prometió extraordinarias gestas y que llegaría incluso a reinar, aunque sin insignias reales, y esto cuando todavía se desconocía el poder absoluto que llegarían a tener los césares. Más aún, cuando emprendió su primera campaña conduciendo el ejército a Siria a través de Macedonia, al llegar a Filipos acaeció que los altares consagrados en otro tiempo a las legiones vencedoras resplandecieron con repentinas llamas que brotaron espontáneamente. Y más tarde, habiendo visitado, cuando se dirigía al Ilírico, el oráculo de Gerión, junto a Padua, al extraer la suerte, que le aconsejaba arrojar a la fuente de Apón los dados de oro para obtener respuesta a sus consultas, sucedió que los dados que él arrojó mostraron el número más alto; y todavía hoy día pueden verse esos dados bajo el agua. Además, unos días antes de ser llamado de nuevo a Roma, un águila, pájaro que jamás había sido visto en Rodas, se posó en el tejado de su casa. De igual modo, la víspera de que se le comunicase su regreso, le pareció, al cambiarse de ropa, que su túnica ardía. Fue también entonces cuando puso definitivamente a prueba al astrólogo Trasilo —a quien, en calidad de maestro de sabiduría, había distinguido con un trato íntimo y familiar—, pues aseguró que veía una nave que era portadora de una gran alegría. Y eso en el preciso momento en que, puesto que todo le salía mal y en contra de sus predicciones, Tiberio había resuelto arrojarlo al mar, mientras paseaban juntos, por embaucador y porque imprudentemente le había hecho partícipe de muchos secretos.

XV. A su regreso a Roma, tras acompañar a su hijo Druso al foro para iniciarlo en la vida pública, mudó inmediatamente de domicilio, trasladándose de la casa que había sido de Pompeyo en el barrio de las Carinas a otra en el de las Esquilias, en los jardines de Mecenas, donde llevó una vida de absoluto sosiego, cumpliendo tan sólo con sus deberes de ciudadano privado y permaneciendo totalmente retirado de los cargos públicos. Al haber fallecido Cayo y Lucio en los tres años siguientes, fueron adoptados por Augusto, simultáneamente, Marco Agripa, hermano de aquellos, y Tiberio, pero después de haber obligado a este último a adoptar previamente a Germánico, hijo de su hermano. En adelante, ya no volvió a actuar como cabeza de familia ni pudo ejercer de ningún modo ese derecho que había perdido. No pudo, en efecto, hacer donación alguna, ni conceder la libertad a ningún esclavo, ni recibir herencias o legados, a no ser que constase que los recibía en calidad de peculio. A partir de entonces no se omitió cosa alguna encaminada a aumentar su esplendor y más aún desde que, destituido y desterrado Agripa, era seguro que la esperanza de suceder a Augusto únicamente podía recaer en él.

XVI. Recibió de nuevo el poder tribunicio por un período de cinco años y fue encargado por Augusto de pacificar la Germania. Los propios embajadores de los partos, una vez hubieron cumplido ante Augusto su misión en Roma, recibieron órdenes de visitar también a Tiberio en su provincia. Pero, al recibir la noticia de que se había sublevado el Ilírico, se trasladó allí para encargarse de esa nueva guerra, la más grave de todas las guerras con países extranjeros después de las guerras púnicas. Con quince legiones y un número similar de tropas auxiliares dirigió esa campaña durante tres años, entre enormes dificultades de toda clase y con la más extrema penuria de trigo. Y, aunque se le llamó repetidas veces para que regresara a Roma, continuó allí, por miedo a que aquel vecino y poderoso enemigo se lanzase en su persecución, si se retiraba voluntariamente. Finalmente, obtuvo un gran premio como pago a su perseverancia, pues pacificó y sometió a la autoridad de Roma todo el Ilírico, que se extiende entre Italia y el Reino de Norica, Tracia y Macedonia, por una parte, y entre el río Danubio y el golfo del mar Adriático, por otra.

XVII. Pero una desgraciada coincidencia fue lo que elevó su gloria a inimaginables extremos. Por aquellos días, en efecto, fue aniquilado en Germania Quintilio Varo con tres legiones y nadie dudaba de que los germanos vencedores se habrían aliado con los de Panonia, si antes no hubiese sido sometido el Ilírico. En virtud de ello, por decreto del Senado se concedió a Tiberio los honores del triunfo y otros muchos e importantes honoríficos galardones. Propusieron algunos senadores que se le otorgase el sobrenombre de «Panónico», otros el de «Invicto», otros el de «Piadoso». Augusto, sin embargo, se opuso a que recibiese ningún título, manifestando que Tiberio ya tendría suficiente con el nombre que recibiría, cuando él hubiera muerto. Por otra parte, el propio Tiberio aplazó la celebración del triunfo, por estar Roma de duelo a causa de la derrota de Varo. Entró, no obstante, en la ciudad, revestido con la toga pretexta y coronado de laurel, subió a una tribuna instalada en los Saepta, donde le aguardaba el Senado puesto de pie, y se sentó entre los dos cónsules, junto a Augusto. Desde allí, entre las aclamaciones del pueblo, fue llevado en comitiva por los diferentes templos.

XVIII. Al año siguiente se dirigió de nuevo a Germania y, al averiguar que la derrota de Varo se había producido por la temeridad y negligencia del propio general, no hizo nada sin contar con la opinión de su consejo de guerra. Siendo así que en anteriores ocasiones únicamente había tenido en cuenta su propio criterio y sus propias opiniones sobre el modo de dirigir la guerra, ahora, en cambio, en contra de su costumbre, compartía sus decisiones con numerosos subordinados. Mostró, además, una cautela más meticulosa aún de lo que solía. Una vez hubo decidido atravesar el Rin, no hizo pasar al otro lado a todo el convoy —sometido, por otra parte, a una exacta planificación—, hasta que, deteniéndose junto a la orilla, hubo comprobado la carga de los vehículos para que no transportasen nada más que las cosas autorizadas y necesarias. Después de cruzar el Rin, siguió el siguiente régimen de vida: comía sentado directamente sobre el césped; pasaba muchas noches sin plantar la tienda; comunicaba por escrito todas las órdenes para el día siguiente y también si había de añadirse a éstas alguna disposición suplementaria e imprevista, con la advertencia de que, si alguien tenía dudas sobre algo, lo consultase directamente con él, a la hora que fuese, incluso de la noche, sin intermediario alguno.

XIX. Fue estricto al máximo en la exigencia de la disciplina, estableciendo algunos antiguos géneros de castigos y sanciones deshonrosas; incluso a un legado, por haber enviado a cazar a la otra orilla a un liberto suyo en compañía de unos pocos soldados, le puso una nota infamante en su expediente. En cuanto a los combates, aunque procuraba no confiar nada al azar o a la casualidad, los entablaba con mayor decisión en aquellas ocasiones en que se había amortiguado y apagado de súbito la llama de la vela mientras trabajaba por la noche, sin que nada ni nadie lo provocase, pues confiaba, como él decía, en ese presagio favorable que, por su propia experiencia en el mando militar y por la de sus antepasados, tenía ampliamente comprobado. No obstante, después de una victoriosa confrontación, estuvo a punto de morir a manos de un bructero; pero, tras conseguir éste infiltrarse entre las personas que estaban más próximas a Tiberio, le descubrió su propio nerviosismo y, bajo tortura, se le arrancó la confesión del crimen que había planeado.

XX. Después de dos años regresó de Germania a Roma y celebró el triunfo que había aplazado anteriormente, acompañado también por sus legados, a quienes había hecho conceder igualmente las insignias triunfales. Antes de torcer hacia el Capitolio, se bajó del carro y se arrodilló ante su padre, que presidía la celebración. A Batón, uno de los jefes panonios, lo trasladó a Rávena, después de premiarlo con grandes recompensas por haberle permitido escapar en cierta ocasión en que había quedado rodeado con su ejército en una posición desfavorable. Ofreció también un banquete al pueblo, servido en mil mesas, y le hizo un regalo de trescientos sestercios por cabeza. Erigió un templo en honor de la diosa Concordia y otro a Cástor y Pólux, en nombre suyo y de su hermano, pagándolos con su parte del botín de guerra.

XXI. Promulgada no mucho después por los cónsules una ley para que administrase juntamente con Augusto las provincias y juntos llevasen a cabo el censo, después de ofrecer el sacrificio lustral, marchó al Ilírico. Pero acababa de iniciar su viaje cuando fue llamado a Roma. Encontró a Augusto ya muy enfermo, pero todavía vivo, y permaneció reunido a solas con él durante todo un día. Sé positivamente que la plebe tenía el convencimiento de que, después de salir Tiberio de esa secreta reunión, los esclavos que vigilaban la habitación de Augusto habían oído que éste decía: «¡Oh desdichado pueblo de Roma que va a estar bajo el poder de tan lentas mandíbulas!». No ignoro tampoco que otros historiadores han escrito que Augusto desaprobaba tan abiertamente y sin ningún disimulo su siniestro carácter que, en ocasiones, al llegar Tiberio, cortaba en seco las conversaciones demasiado distendidas y divertidas. Vencido, no obstante, por los ruegos de su esposa, consintió en adoptarlo, o quizá lo hizo también movido por su propio deseo de popularidad, ya que, con un sucesor de ese talante, él mismo llegaría algún día a ser muy añorado. Me niego a creer, sin embargo, que un príncipe como Augusto, tan sumamente reflexivo y prudente, actuase en un tema de tanta trascendencia como éste por motivos frívolos. Por el contrario, creo que después de sopesar los defectos y las virtudes de Tiberio, le pesaron más sus virtudes, especialmente cuando en una alocución juró que lo adoptaba por motivos de Estado y añadía en algunas cartas que era un consumado experto en cuestiones militares y un defensor sin parangón del pueblo romano. De estas cartas he seleccionado de aquí y de allá algunos pasajes a modo de ejemplo: «¡Adiós, queridísimo Tiberio, y que tengas éxito en tus empresas, combatiendo para mí y para tus musas! ¡Que goces de buena salud, y así seré yo feliz, mi más querido, mi bravísimo muchacho y general prudentísimo!». «¡Qué orden el de tus campamentos de verano! Creo, mi querido Tiberio, que nadie habría podido actuar con más habilidad que tú, especialmente entre tal cúmulo de dificultades y con semejante desánimo de los soldados. Todos cuantos estuvieron contigo afirman también que se te puede aplicar aquel verso:

un solo hombre, velando por nosotros, salvó la situación.»

«Tanto si se presenta algún asunto sobre el que he de meditar cuidadosamente, como si alguna cosa me contraría (¡que el dios de la buena fe me ayude!), echo de menos a mi querido Tiberio y me vienen a la mente aquellos versos de Homero:

si él fuera mi compañero, ambos regresaríamos incluso a través de las ardientes llamas, pues no hay quien le iguale en prudencia.»

«Cuando oigo y leo que estás agotado por el ininterrumpido trabajo, que me castiguen los dioses si no me echo a temblar. Te ruego que te cuides, pues si nos enterásemos de que has caído enfermo, tu madre y yo moriríamos de dolor y todo el Imperio del pueblo romano estaría en peligro.» «Nada importa que yo esté bien de salud o no, si tú no estás bien.» «¡Ruego a los dioses que te conserven para nosotros y permitan que goces de buena salud ahora y siempre, si es que no odian al pueblo romano!»

XXII. La muerte de Augusto no se hizo pública hasta después de ejecutado el joven Agripa. El tribuno militar que estaba junto a él para vigilarlo, le dio muerte después de leer un escrito en el que se le ordenaba hacerlo. No se sabe con certeza si este escrito lo dictó Augusto cuando agonizaba, con el fin de suprimir un motivo de desórdenes después de su muerte, osi lo dictó Livia, en nombre de Augusto, fuese con conocimiento de Tiberio o sin que éste lo supiese. Tiberio, cuando el tribuno le comunicó que ya había ejecutado sus órdenes, le contestó que él no había ordenado nada y que, por tanto, tendría que rendir cuentas al Senado; pretendía sin duda evitar, por el momento, convertirse en blanco del odio popular y, posteriormente, enterró el asunto en el más completo silencio.

XXIII. Así pues, convocó el Senado en virtud de su potestad tribunicia. Después de iniciar su alocución, se le rompió la voz entre sollozos, como si le dominase un insufrible pesar, y afirmó que desearía que le faltase no sólo la voz, sino también la vida. Acto seguido, entregó el escrito a su hijo Druso para que acabara de leerlo. Traído entonces el testamento de Augusto y autorizada únicamente la presencia de los testigos signatarios pertenecientes al orden senatorial, mientras que los otros testigos examinaron sus sellos fuera de la Curia, se procedió a su lectura por medio de un liberto. El testamento comenzaba así: «Ya que el cruel destino me arrebató mis hijos Cayo y Lucio, Tiberio César será mi heredero, recibiendo la mitad más un sexto de la herencia». Estas palabras acrecentaron la presunción de los que opinaban que había nombrado sucesor suyo a Tiberio, más por estricta necesidad que por propio deseo, puesto que no se había abstenido de semejante prólogo.

XXIV. Aunque no vaciló lo más mínimo en tomar posesión y ejercer el Principado, haciéndose cargo también de la guardia pretoriana de Roma, esto es, de la fuerza y de la imagen del poder, no obstante, durante mucho tiempo, en una farsa vergonzosa, aparentó rechazarlo, unas veces increpando a gritos a los amigos que le empujaban a aceptarlo, replicándoles que ignoraban cuán enorme monstruo era el Imperio, y, otras, dejando expectante con ambiguas respuestas y taimados titubeos al Senado, que se lo suplicaba puesto de rodillas ante él, hasta el punto que algunos senadores perdieron la paciencia y uno de ellos, en medio del tumulto, gritó: «¡Que lo tome o que lo deje!». Y otro se lamentaba públicamente de que otros hacían con retraso lo que habían prometido, mientras que Tiberio se retrasaba en prometer lo que ya estaba haciendo. Finalmente, como si lo hiciera forzado y quejándose de que se sometía a una desdichada y onerosa servidumbre, aceptó oficialmente el poder imperial, pero a condición de mantener la esperanza de que algún día podría abandonar esa carga. He aquí sus propias palabras: «Hasta que llegue el día en que os parezca justo conceder un poco de reposo a mi vejez».

XXV. El motivo de su vacilación era el miedo a inminentes disturbios por todas partes, de forma que afirmaba frecuentemente que «tenía agarrado el lobo por las orejas». Efectivamente, por una parte, un esclavo de Agripa, llamado Clemente, había reunido un nada despreciable grupo de hombres para vengar a su Señor; por otra, Lucio Escribonio Libón, de noble linaje, tramaba abiertamente un golpe de Estado; y, además, se había originado una doble sublevación del ejército en el Ilírico y en Germania. Ambos ejércitos exigían muchas concesiones extraordinarias, la primera de todas que su sueldo se equiparase al de los pretorianos. Los soldados del ejército de Germania rechazaban, además, a un príncipe que ellos no habían elegido y con la máxima energía apremiaban a Germánico, que era entonces su jefe, a tomar las riendas de la República, a lo que él se negaba con absoluta firmeza. Alarmado sobre todo por esa amenaza, reclamó encargarse personalmente tan sólo de aquellas partes del Imperio —las que el Senado considerara oportuno— que debían ser controladas, puesto que, atender a todo el Estado, era imposible para ningún hombre solo, a no ser con un colega o con varios. Fingió incluso una enfermedad para que Germánico aguardase con mayor tranquilidad una próxima sucesión o, por lo menos, ser asociado al Imperio. Apaciguados por el momento los levantamientos militares, sometió también a Clemente, después de apoderarse de él merced a un ardid. Con respecto a Libón, para no tomar, ya en los inicios de su Principado, una medida demasiado rigurosa, lo acusó ante el Senado dos años más tarde, contentándose hasta ese momento con mantenerlo vigilado. Y efectivamente, en cierta ocasión en que Libón se hallaba entre los pontífices ofreciendo un sacrificio, se ocupó de que, en lugar del cuchillo ritual, le suministrasen uno de plomo; y otro día en que le solicitó una entrevista privada, no se la concedió a no ser que estuviese presente su hijo Druso y, como si se apoyase en él mientras paseaba, se mantuvo asido de su brazo derecho hasta que acabó la entrevista.

XXVI. Libre ya de sus temores, durante los inicios de su Principado procedió con suma sencillez, poco menos que si fuera un mero ciudadano privado. De las numerosas y máximas distinciones honoríficas, tan sólo aceptó unas pocas de ellas, y muy modestas. Al coincidir su aniversario con unos juegos plebeyos, consintió a duras penas que en su honor se añadiese en las carreras una biga más. Prohibió que se le dedicasen templos, sacerdotes y flámines e, igualmente, que se le erigieran estatuas y efigies, a no ser con su autorización, y tan sólo lo permitió a condición de que no se colocasen entre las estatuas de los dioses, sino como un elemento decorativo más de los templos. Prohibió también que se jurase acatar todas sus disposiciones y que se diese el nombre de «Tiberius» al mes de septiembre y «Livius» al de octubre. Rechazó también los títulos de imperator y de padre de la patria y ni siquiera utilizó el nombre de Augusto, a pesar de ser hereditario, a no ser en algunas cartas dirigidas a reyes y soberanos. No ejerció más que tres consulados: el primero, durante unos pocos días; el segundo, durante tres meses, y, en el tercero, estuvo ausente hasta los idus de mayo.

XXVII. Abominaba de todo tipo de adulaciones hasta el punto que a ningún senador, por cortesía o negocios, se le permitió caminar junto a su litera. Ante un ex cónsul que intentaba excusarse y le suplicaba de rodillas, se retiró con tal brusquedad que cayó de espaldas boca arriba. De igual manera, si en una conversación o en algún discurso se hablaba de él en términos de excesiva lisonja, no vacilaba en replicar al orador, reprenderlo y corregirle al momento. En cierta ocasión que alguien le llamó «señor», le advirtió que no volviera a insultarle. A un senador que designó como «sagradas» sus ocupaciones y a otro que afirmó que había asistido al Senado «por mandato suyo», les hizo corregir sus palabras y decir «aconsejar» en lugar de «ordenar» y «laboriosas» en lugar de «sagradas».

XXVIII. Como respuesta a los insultos, malintencionados rumores y versos difamatorios contra él y los suyos, afirmaba a menudo con firmeza y paciencia que en una ciudad libre también los pensamientos y las palabras tenían que ser libres. Y en una ocasión en que el Senado reclamaba insistentemente abrir un proceso contra tales delitos y los culpables de ellos, replicó: «No disponemos de tanto tiempo libre como para implicarnos en más asuntos. Si abrís esta ventana, no podréis hacer ya ninguna otra cosa. Con este pretexto se presentarán ante vosotros, judicialmente, las enemistades de todos». Se conservan sus palabras ante el Senado, cargadas de prudencia: «En caso que alguien haya hablado mal de mí, procuraré rendir cuentas de mis hechos y de mis palabras. Y si persiste, le atacaré yo a mi vez».

XXIX. Y estas palabras eran todavía más sorprendentes, pues por su parte, tanto en la forma de dirigirse a ellos, como en las respetuosas maneras con que trataba a todos, individual y colectivamente, sobrepasaba casi los límites de la educación. En cierta ocasión en que discrepaba de Quinto Haterio, le interpeló así: «Perdona, por favor, en caso de que, como senador, me haya expresado con excesiva franqueza en contra tuyo»; y en otra, dirigiéndose a todos: «He repetido muchas veces, tanto ahora como en otras ocasiones, padres conscriptos, que un príncipe bueno y beneficioso a quien vosotros habéis dotado de tanto poder y de tanta libertad para ejercerlo, debe estar al servicio del Senado, al de todos los ciudadanos muy frecuentemente y, a veces también, al de cada uno de ellos. Y no me arrepiento de haber hecho esta afirmación, pues he tenido en vosotros, y todavía tengo, unos señores buenos, justos y propicios».

XXX. Más aún, introdujo una cierta apariencia de libertad, restituyendo en favor del Senado y de los magistrados su antiguo prestigio y autoridad. No hubo, además, asunto alguno, ni tan deleznable ni tan importante, ni público ni privado, que no se expusiese a la consideración de los senadores. Les pedía su opinión sobre los impuestos y los monopolios; sobre las obras públicas que habían de realizarse y las que habían de ser reparadas; sobre el reclutamiento y licenciamiento de soldados y sobre la distribución de las legiones y de las tropas auxiliares; a qué magistrados debía prorrogarse el mando militar y a cuáles confiar la dirección de las guerras no previstas y, finalmente, qué era, y en qué términos, lo que se había de contestar a las cartas de los reyes. Al comandante de un ala de caballería, acusado de violencia y robo, le obligó a defender su causa ante el Senado. Siempre entró solo en la Curia y en una ocasión en que, por estar enfermo, fue llevado hasta el interior en litera, hizo salir fuera a sus acompañantes.

XXXI. Tampoco se sintió molesto por el hecho de que se decretasen algunas disposiciones en contra de su propio parecer. Aunque él se oponía a la conveniencia de que los magistrados electos se ausentaran de Roma porque, si estaban presentes, podían atender a su cargo, un pretor electo consiguió autorización para marchar fuera de la Urbe por asuntos personales. En otra ocasión, aunque era del parecer que se le permitiera a la ciudad de Trebia transferir a la reparación de la carretera el dinero que se les había legado para construir un nuevo teatro, no pudo impedir que se ratificara la voluntad del testador. En efecto, puesto que la decisión del Senado se había puesto a votación mediante el sistema de desplazamiento de los senadores, él se pasó al lado de la minoría, pero nadie más le siguió. Todos los restantes asuntos se resolvían por los magistrados y el derecho ordinario, y era tanta la autoridad de los cónsules que los embajadores de África se presentaron ante ellos con la queja de que de César, a quien primero habían sido remitidos, no sacaban nada en claro. Y no es de extrañar, puesto que era de todos conocido que el propio Tiberio se levantaba ante los cónsules y les cedía el paso en la calle.

XXXII. Reprendió severamente a unos ex cónsules, que mandaban algunos de los ejércitos, por no informar al Senado acerca de sus campañas y porque le consultaban a él sobre el hecho de distribuir recompensas a algunos soldados, como si no tuvieran ellos la potestad de otorgar todas aquellas recompensas que quisieran. Elogió a un pretor porque, al asumir el cargo, restableció la antigua tradición de hacer mención de sus antepasados ante el pueblo. Tenía por costumbre asistir a las exequias de algunos personajes ilustres, acompañándolos, incluso, hasta la pira crematoria. Mostró también la misma mesura con los ciudadanos y asuntos de menor importancia. En cierta ocasión en que llamó a Roma a los magistrados de Rodas porque le habían entregado un escrito oficial sin la fórmula ritual de despedida, no les dirigió ni una palabra de censura y les permitió regresar de nuevo a su tierra, después de ordenarles únicamente corregir su olvido. El gramático Diógenes, que solía disertar los sábados en Rodas, una vez que Tiberio se dirigió allí para oírle, como no era sábado no quiso recibirle y, por medio de un criado, le dio cita para siete días después; más adelante, cuando era Diógenes quien esperaba en Roma a las puertas de la casa de Tiberio para saludarle, éste se limitó a avisarle que volviera siete años más tarde. A los gobernadores que le aconsejaban que tenía que exigir más impuestos a las provincias, les escribió como respuesta que «era propio de un buen pastor esquilar a las ovejas, no desollarlas».

XXXIII. Poco a poco salió a relucir en él el emperador, y, aunque con alternancias durante bastante tiempo, en general dio todavía pruebas más bien de generosidad y de decantarse por el bien común. Al principio, únicamente intervenía para evitar que las cosas se hicieran mal. Y así, revocó algunas decisiones del Senado y, cuando los magistrados habían de dictar sentencia en su tribunal, con frecuencia se ofrecía como consejero, sentándose junto o frente a ellos, en primera fila; y si se rumoreaba que alguno de los acusados iba a eludir el castigo por influencias, se presentaba inesperadamente y, sin subir al estrado o desde la tribuna del pretor, recordaba a los jueces las leyes, su sagrada obligación y el delito que estaban juzgando. Además, si en las costumbres públicas se había introducido cierta desidia o malos hábitos, intentaba corregirlo.

XXXIV. Redujo los gastos de los juegos, rebajó los honorarios de los actores de teatro y limitó a un cierto número las parejas de gladiadores. Sumamente disgustado de que los precios de los vasos y vajillas de Corinto se hubiesen puesto por las nubes y de que tres salmonetes llegasen a costar treinta mil sestercios, decidió que se habían de limitar los precios del ajuar de la casa y que el precio de los alimentos en el mercado se tendría que regular cada año a criterio del Senado, dando a los ediles el encargo de controlar las tabernas y figones con tal severidad que no permitiesen que se expusieran para la venta productos de pastelería. Y para contribuir con su ejemplo a una honesta moderación, se hacía servir a menudo en los banquetes más solemnes los restos de viandas del día anterior, por ejemplo, medio jabalí, afirmando que guardaba las mismas cualidades que si estuviera entero. Prohibió mediante un edicto que los ciudadanos se diesen los diarios besos de salutación e igualmente que se practicara el intercambio de aguinaldos después de las calendas de enero. Él tenía por costumbre devolver personalmente, multiplicados por cuatro, los aguinaldos que recibía, pero, harto de ser abordado durante todo el mes de enero por aquellos que no habían podido hacerlo el día de la fiesta, no los aceptó más allá del día primero de enero.

XXXV. Respecto a las mujeres romanas que se prostituían, ordenó que, si no había un acusador público que las procesase, fueran sus propios familiares, conforme a una antigua costumbre, quienes las castigasen en virtud de una sentencia colectiva. Liberó de su juramento a un caballero romano para que pudiera repudiar a su mujer, sorprendida en flagrante adulterio con su yerno, ya que anteriormente había jurado que jamás la repudiaría. Las mujeres romanas de vida licenciosa empezaron a adquirir la costumbre de declararse oficialmente prostitutas, a fin de ser privadas por ese motivo de su condición y dignidad de matronas romanas y eludir así las sanciones que las leyes imponían a éstas; también los jóvenes más pervertidos de uno y otro orden buscaban espontáneamente la sanción judicial de una nota infamante, para que los decretos del Senado no pudieran impedirles actuar en el teatro o en la arena. Pues bien, a todas y todos éstos, Tiberio los condenó al exilio para que nadie pudiera escudarse en semejante estratagema. A un senador le privó de la túnica laticlava, al enterarse de que antes de las calendas de julio se había marchado al campo para, después de esa fecha, conseguir en Roma una casa a precio más bajo. Destituyó a un cuestor por haberse casado el día antes del sorteo de las provincias y haberse divorciado al día siguiente.

XXXVI. Con respecto a los cultos extranjeros, prohibió los ritos egipcios y judíos, obligando a todos los seguidores de aquella religión a quemar sus vestimentas con todos los objetos de culto. En cuanto a los jóvenes judíos, bajo pretexto del servicio militar, los dispersó por las provincias de peor clima; al resto de su pueblo, y a todos aquellos que practicaban cultos similares, los expulsó de Roma bajo pena de perpetua esclavitud, si no le obedecían. Dictó también orden de destierro contra los astrólogos, pero ante sus ruegos y la promesa de abandonar su profesión, les permitió quedarse.

XXXVII. Se esforzó ante todo en garantizar la seguridad ciudadana contra los bandidos, ladrones y abusos de los sediciosos. Distribuyó por Italia destacamentos militares más numerosos de lo habitual. Construyó un cuartel en Roma para albergar las cohortes pretorianas, hasta entonces errantes y dispersas en alojamientos particulares. Reprimió los alborotos populares, nada más iniciarse, y tomó medidas para evitar que se produjesen. Al haberse cometido un homicidio en el teatro a causa de una reyerta, condenó al exilio a los actores y a los jefes de los dos grupos por cuya culpa se había originado el altercado y, a pesar de todos los ruegos del pueblo, no se pudo conseguir que levantara la sanción. Como el populacho de Polencia había impedido que saliese del foro el féretro de un primipilo en tanto no se hubo conseguido arrancar por la fuerza a los herederos el dinero suficiente para unos juegos de gladiadores, Tiberio hizo salir de Roma una cohorte y otra del reino de Cocio sin mencionar el motivo de la partida; luego, desenvainando de súbito sus armas y a toques de clarín, las hizo entrar en la ciudad por todas las puertas y metió en la cárcel para el resto de su vida a la mayoría de la plebe y de sus magistrados. Abolió el derecho y la costumbre de asilo, allí donde todavía existiese. A los habitantes de Cícico, por haberse atrevido a perpetrar distintos actos de violencia contra ciudadanos romanos, les retiró, como pueblo, la libertad que se habían ganado durante la guerra contra Mitridates. Puesto que, desde que sucedió a Augusto, no participó personalmente en ninguna expedición militar, reprimió los levantamientos hostiles por medio de sus legados y, aun así, siempre entre titubeos y sólo si era absolutamente necesario. A los reyes enemigos o sospechosos de rebeldía los contuvo más con amenazas y quejas que con la fuerza. A algunos de ellos, después de atraerlos junto a sí con halagos y promesas, los retuvo en Roma, como a Marabodo de Germania, a Rascuporis de Tracia y a Arquelao de Capadocia, cuyo reino transformó en provincia romana.

XXXVIII. Durante los dos años siguientes a la obtención del trono imperial, no puso los pies fuera de Roma. En los años posteriores, tampoco se ausentó jamás de la ciudad, a no ser para dirigirse a poblaciones cercanas, siendo Ancio la más lejana de ellas, y, aun así, en pocas ocasiones y durante muy pocos días; y eso, a pesar de que había anunciado muchas veces que iría a visitar las provincias y los ejércitos, para lo cual, casi cada año, se preparaba su viaje reuniendo los vehículos, preparando el avituallamiento en los municipios y colonias e incluso aceptando que se hicieran votos para su partida y su regreso, hasta el punto que el pueblo llamaba a Tiberio, en tono de guasa, «Calípides», quien, según un proverbio griego, era famoso por estar siempre corriendo sin avanzar un solo paso.

XXXIX. Sin embargo, después de perder a sus dos hijos, de los que Germánico murió en Siria y Druso en Roma, se retiró a Campania; casi todo el mundo pensaba y decía que no volvería nunca a la Urbe e, incluso, que moriría pronto. Y poco faltó para que se hicieran realidad ambas cosas. Pues, en efecto, nunca volvió a Roma y, pocos días después, mientras estaba cenando cerca de Tarracina, en su quinta de recreo llamada «La Cueva», se desprendieron casualmente de lo alto varias y enormes rocas y, aunque muchos de los comensales y sirvientes fueron aplastados, Tiberio se salvó sorprendentemente.

XL. Después de recorrer la Campania y de consagrar el Capitolio en Capua y un templo en honor de Augusto en Nola —lo que, según decía, había sido el motivo de su viaje—, se trasladó a Capri, isla por la que sentía especial predilección, pues se accedía a ella por una única y pequeña playa, quedando rodeado todo el resto de la isla por altísimos acantilados de roca y un mar muy profundo. Pero, al haber sido reclamada enseguida su presencia por las insistentes súplicas de la multitud debido al desastre de Fidenas, donde, al haberse derrumbado el anfiteatro durante unos juegos de gladiadores, habían perecido más de veinte mil espectadores, regresó de nuevo al continente y concedió a todos autorización para hablar con él, con tanto mayor motivo cuanto que, al abandonar Roma, había dado órdenes de que nadie le importunara y, durante todo el trayecto, había alejado a los que salían a su encuentro.

XLI. Cuando estuvo de regreso en la isla, se despreocupó hasta tal extremo de todos los asuntos de Estado que, a partir de entonces, no volvió a completar nunca más las decurias de caballeros, no sustituyó los prefectos de caballería, ni los tribunos militares, ni tampoco los gobernadores de provincias, y mantuvo a España y a Siria durante algunos años sin legados consulares, permitiendo además que los partos ocuparan Armenia, que los dacios y sármatas se adueñaran de Mesia y que los germanos asolaran la Galia, con gran desprestigio y no menor peligro del Imperio.

XLII. Por lo demás, una vez obtuvo la permisividad que le daba su retiro, lejos, por así decirlo, de los ojos de los ciudadanos, dejó por fin que se desbordaran a la vez todos los vicios que, durante mucho tiempo, a duras penas había conseguido disimular. De ellos voy a hablar detalladamente desde su origen. Ya en sus inicios como soldado, debido a su excesiva afición al vino, en el campamento se le llamaba «Biberius» en lugar de Tiberius, «Caldius» en lugar de Claudius y «Mero» en lugar de Nero. Más adelante, ya emperador, al mismo tiempo que pretendía corregir las costumbres públicas, se pasó una noche y dos días seguidos comiendo y bebiendo en compañía de Pomponio Flaco y Lucio Pisón. Inmediatamente después otorgó al primero de ellos la provincia de Siria y, al segundo, la prefectura de la ciudad, designándolos incluso en sus cartas credenciales como «sus más queridos amigos de todas las horas». A Cestio Galo, un anciano lujurioso y manirroto, sancionado en otro tiempo por Augusto con una nota infamante y a quien el propio Tiberio pocos días antes había increpado en el Senado, le comunicó que iría a cenar a su casa, a condición de que no cambiara ni suprimiera ninguna de sus costumbres y cenaran, por tanto, servidos por doncellas desnudas. A un candidato a la cuestura, que nadie conocía, lo prefirió a otros muy ilustres, por haberse bebido toda una ánfora de vino que él le había ofrecido en un banquete. A Aselio Sabino le regaló doscientos mil sestercios por un diálogo en el que una seta, un becafigo, una ostra y un tordo disputaban sobre quién era el mejor de ellos. Creó un nuevo cargo, cuyo trabajo consistía en proporcionarle placeres, poniendo al frente a Tito Cesonio Prisco.

XLIII. En su retiro de Capri ideó un aposento con divanes, como recinto de secretos placeres, donde grupos de chicas y jóvenes libertinos —reclutados por todas partes junto con inventores de coitos monstruosos, a los que llamaba spintrias—, ayuntándose simultáneamente en grupos de tres, copulaban por turnos delante de él, para excitar con ese espectáculo su mortecina libido. Adornó las habitaciones, dispuestas por distintos lugares, con cuadros y estatuas que reproducían imágenes y figuras de la máxima lascivia y puso también en cada una de ellas los libros de Elefántide para que, cuando jodiesen, no le faltara a nadie el modelo de la postura que él ordenaba. Tuvo también la idea de disponer por todas partes, en bosques y jardines, recintos para hacer el amor, y jóvenes de ambos sexos se prostituían en las grutas y en las cuevas, vestidos de sátiros y ninfas. Por todo ello, todo el mundo le llamaba abiertamente, jugando con el nombre de la isla, «el Cabrón».

XLIV. Se le achacaron también mayores y más obscenas perversiones, que a duras penas se pueden relatar ni oír, y menos aún puede uno llegarse a creer. Se decía que a niños de la más tierna edad, a los que llamaba sus «pececitos», los había preparado para que, mientras él nadaba, revolotearan y jugaran entre sus muslos, excitándolo poco a poco con la lengua y pequeños mordiscos. Se decía también que a otros niños, ya más crecidos, pero no destetados todavía, les daba a mamar su miembro viril como si fuera un pezón, más propenso evidentemente a esta clase de placeres por su edad y propia inclinación. Por esa misma razón, cuando recibió en herencia un cuadro de Parrasio en el que Atalanta daba placer con su boca a Meleagro, pero con la cláusula de que, si el tema de la pintura le resultaba ofensivo, recibiría en lugar de ella un millón de sestercios, no sólo escogió el cuadro, sino que lo colocó en su dormitorio. También se cuenta que en cierta ocasión, mientras ofrecía un sacrificio a los dioses, al sentirse cautivado por la belleza del asistente que le ofrecía el incensario, no pudo contenerse y, apenas concluida la ofrenda sagrada, llevándolo aparte, lo violó allí mismo y también a su hermano, que tocaba la flauta; después, como ambos se recriminaban airada y mutuamente por aquel abuso, les hizo romper las piernas.

XLV. Igualmente, hasta qué extremo estaba acostumbrado a escarnecer y jugar con la vida de las mujeres, incluso si eran de noble condición, se puso de manifiesto con total evidencia con la muerte de una tal Malonia, la cual, aunque accedió a acostarse con él, se había, en cambio, negado en redondo a someterse a cualquier otra clase de obscenidades. Tiberio la hizo acusar por delatores a sueldo y ni siquiera durante el juicio cesó de hacerle proposiciones, por si se arrepentía, hasta que ella, abandonando el tribunal, corrió a su casa y se atravesó el pecho con un puñal, pero después de cubrir de improperios en voz alta y clara a aquel viejo asqueroso y pestilente de boca obscena. Debido a ello, en unos juegos celebrados poco después, una frase recitada en una farsa atelana hizo atronar el teatro con total y unánime entusiasmo:

El viejo cabrón lame el sexo a las cabras.

XLVI. Poco generoso e incluso avaro con el dinero,no pagó nunca un salario a los acompañantes de sus viajes o de sus expediciones, limitándose a proporcionarles los alimentos. Tan sólo una vez se mostró generoso con ellos, gracias a la liberalidad de su padrastro, después de dividirlos en tres categorías, según la jerarquía social de cada uno. Repartió entre los de la primera seiscientos mil sestercios, entre los de la segunda, cuatrocientos mil, y entre los de la tercera, a quienes no daba el nombre de amigos, sino de griegos, doscientos mil.

XLVII. Como emperador, tampoco llevó a cabo ninguna obra pública de importancia, pues las únicas que emprendió, el templo de Augusto y la reconstrucción del teatro de Pompeyo, después de muchos años las dejó inacabadas. Tampoco ofreció ninguna clase de espectáculos y, cuando los organizaron y pagaron otros personajes, asistió a ellos rarísimas veces para evitar que le pudieran pedir algún favor, sobre todo después que se le obligó a manumitir al actor Accio. Tras haber socorrido a unos pocos senadores que se hallaban en la indigencia, para no tener que hacerlo con ninguno más, declaró que no socorrería a nadie si no demostraba ante el Senado que los motivos de su penuria eran justos. De este modo hizo desistir a la mayoría por delicadeza y vergüenza, entre ellos a Hortalo, nieto del orador Hortensio, que con un patrimonio sumamente humilde había tenido cuatro hijos por recomendación de Augusto.

XLVIII. Por lo que se refiere al pueblo, tan sólo en dos ocasiones dio muestras de liberalidad. En una de ellas, concedió cien millones de sestercios sin intereses durante tres años y, en la otra, pagó a los propietarios el valor de los bloques de casas que habían sido destruidos por un incendio en el monte Celio. La primera vez se vio forzado a conceder ese dinero ante los insistentes ruegos del pueblo a causa de una gran crisis económica, después de que hubiese decretado por decisión del Senado que los prestamistas emplearan en comprar solares dos terceras partes de su patrimonio y que los deudores pagaran en el acto todas sus deudas en igual proporción; pero, a pesar de ello, la crisis no se había solucionado. La segunda vez tuvo que hacerlo para atenuar la magnitud del desastre. Consideró, no obstante, que había hecho un favor tan importante, que ordenó que el monte Celio cambiase de nombre y se llamara en adelante monte Augusto. En cuanto a los soldados, aparte de duplicarles el legado del testamento de Augusto, no volvió a tener con ellos muestra alguna de generosidad, a excepción de un donativo de mil denarios a cada uno de los pretorianos, porque no se habían unido a Sejano, y algunas recompensas a las legiones de Siria, que habían sido las únicas que no habían rendido honores a Sejano colocando su imagen entre las enseñas de la legión. En muy raras ocasiones accedió a licenciar a los veteranos, tratando de conseguir que muriesen de viejos y, con su muerte, ahorrarse el tener que pagarles. No mostró tampoco liberalidad alguna en favor de las provincias, con excepción de Asia, cuando sus ciudades quedaron arrasadas por un terremoto.

XLIX. Más tarde, con el paso de los años, se decantó incluso por la rapiña. Está suficientemente probado que, valiéndose del miedo y la angustia, empujó a Cneo Léntulo Augur, uno de los ciudadanos más ricos, al hastío de la vida y al suicidio, dejándole a él como único heredero. Consta igualmente que Lépida, mujer de la más noble alcurnia, fue condenada por él para ganarse el favor de Quirino, un ex cónsul riquísimo y sin hijos, quien, cuando la repudió después de veinte años de matrimonio, le acusaba de que en cierta ocasión había intentado envenenarlo. Sabemos también que confiscó sus bienes a importantes personajes de las Galias, de las Españas, de Siria y de Grecia, basándose en calumnias tan banales y fútiles, que a algunos de ellos sólo pudo acusarlos de tener una parte de su patrimonio en dinero. A muchas ciudades y a muchos ciudadanos privados les retiró también sus antiguas franquicias, el derecho de explotar sus minas y de disfrutar libremente de sus impuestos. Más aún, Vosón, rey de los partos, que después de ser expulsado por los suyos, se había refugiado en Antioquía con sus inmensas riquezas, acogiéndose, por así decirlo, a la protección del pueblo romano, fue expoliado y asesinado por él, con absoluta deslealtad y perfidia.

L. El odio que sentía hacia sus más allegados, lo puso de manifiesto primeramente con su hermano Druso, haciendo pública una carta de éste en la que le proponía que, juntos, obligaran a Augusto a restablecer la República. Después continuó también con los restantes miembros de su familia. Con respecto a Julia, su mujer, no sólo no tuvo para con la desterrada el más mínimo detalle de bondad o humanidad —que es lo mínimo que hubiera debido hacer—, sino que, además de estar confinada en una ciudad por decisión de su padre, Tiberio le prohibió también salir de la casa y tener relaciones con hombres. Más aún, le privó del peculio que su padre le había dado y de las rentas anuales, pretextando el derecho común, ya que Augusto no había estipulado nada a este respecto en su testamento. Harto de su madre Livia, a la que acusaba de reclamar para ella una parte equitativa del poder, evitó el trato asiduo con ella así como las conversaciones largas y privadas, para que no pareciese que se guiaba por sus consejos, aunque en ocasiones acostumbraba, no obstante, pedirlos y ponerlos en práctica. Pero le encolerizó sobremanera que se debatiese en el Senado la posibilidad de añadir a sus títulos el de «hijo de Livia», como si del de «hijo de Augusto» se tratase. Por lo cual no consintió que fuese llamada «madre de la patria», ni que recibiese oficialmente ningún otro honor extraordinario. Por el contrario, le advirtió con frecuencia que se abstuviese de intervenir en asuntos de importancia que no atañían a una mujer, sobre todo desde que advirtió con ocasión del incendio del templo de Vesta que ella había tomado personalmente parte activa exhortando al pueblo y a los soldados, como acostumbraba hacerlo en los tiempos de su marido, a emplearse con el máximo esfuerzo en las labores de extinción.

LI. Posteriormente, Tiberio llegó a sentir por ella verdadera aversión, según dicen, por el motivo siguiente: a pesar de las insistentes peticiones de su madre para que incluyese en las decurias de jueces a un individuo, beneficiado ya con la ciudadanía romana, Tiberio se negó rotundamente a ello, a no ser bajo la siguiente condición: que ella aceptase que se hiciera público en el tablón oficial de anuncios y decretos que ese nombramiento le había sido arrancado por su madre. Ésta, indignada, sacó a la luz y leyó en público unas antiguas cartas de Augusto, dirigidas a ella y que guardaba escondidas, en las que éste le comentaba la acritud e insoportable tiranía del carácter de su hijo. ATiberio le dolió tanto que hubiese conservado durante tanto tiempo esas cartas y que las hubiese esgrimido con tanto odio contra él, que algunos opinan que esta fue una de las causas —y tal vez la principal— de su alejamiento de Roma. Lo cierto es que durante los tres años que estuvo fuera de Roma en vida de su madre, tan sólo la vio una vez, un único día y durante poquísimas horas. Después, cuando enfermó, no se tomó la molestia de ir a visitarla y, una vez fallecida, alimentó la falsa esperanza de que asistiría a las exequias, hasta que finalmente se celebraron éstas con el cadáver ya corrupto y putrefacto. Prohibió, además, que recibiera los honores de la apoteosis, pretextando que ella misma lo había dispuesto así. También invalidó su testamento y en muy poco espacio de tiempo destruyó a todos sus amigos y parientes, incluso a aquellos a quienes ella misma, cuando ya agonizaba, les había pedido que se encargaran de sus funerales; incluso a uno de ellos, perteneciente al orden ecuestre, lo condenó a trabajos forzados en las bombas de extracción de agua.

LII. No profesó un amor de padre a ninguno de sus hijos, ni a Druso, su hijo verdadero, ni a Germánico, su hijo adoptivo, muy disgustado además con el primero, pues era de vida muy indolente y disoluta. Así pues, ni siquiera su muerte le conmovió demasiado, limitándose a no volver inmediatamente a la rutina diaria de los asuntos de Estado después de sus exequias, pero prohibiendo que se prolongase en exceso el cierre de los tribunales en señal de duelo. Más aún, cuando los embajadores de Troya le dedicaban con cierto retraso unas palabras de consuelo, Tiberio, como si el recuerdo del dolor estuviese borrado ya de su corazón, les contestó en tono incluso de burla que ahora le tocaba a él darles el pésame, puesto que ellos habían perdido también a su egregio ciudadano Héctor. En cuanto a Germánico, hasta tal punto procuró denigrarlo, llevado de su envidia, que desacreditó sus grandes hazañas, tildándolas de inútiles, y condenó sus gloriosas victorias como perjudiciales para el Estado. Y cuando, sin haberle consultado, se dirigió a Alejandría a causa de una enorme e imprevista hambruna, Tiberio se quejó ante el Senado. Se cree incluso que lo hizo matar por medio de Cneo Pisón, legado del emperador en Siria, quien más tarde, al ser acusado de este crimen, dicen algunos que tenía intención de revelar las órdenes recibidas, si Tiberio no hubiera tomado medidas para arrebatarle las pruebas, antes de que pudiera mostrarlas, y hacerlo degollar. Por esta razón aparecieron inscripciones por todas partes y con mucha frecuencia se escuchaban de noche gritos de: «¡Devuélvenos a Germánico!». Además, el propio Tiberio confirmó esas sospechas con el cruel trato que infligió a la esposa y a los hijos de Germánico.

LIII. A su nuera Agripina que, después de la muerte de su marido, protestaba de algo ante él con gran libertad, la asió de la mano y le replicó con estos versos griegos: «Si tú no eres la que manda, hija mía, ¿crees que por eso se te ofende?». Yen adelante no se dignó a dirigirle nunca más la palabra. Además, después de que en cierta ocasión, durante una cena, Tiberio le hubiese ofrecido una manzana y ella no se hubiese atrevido a probarla, dejó también de invitarla, bajo el pretexto de que con ello le había acusado de intentar envenenarla. En realidad, todo estaba preparado a propósito, de forma que él le ofrecería la fruta para ponerla a prueba, con la seguridad de que ella la rechazaría, convencida de que representaba una muerte segura para ella. Finalmente, con la falsa acusación de que pretendía buscar refugio junto a la estatua de Augusto o junto al ejército, la confinó en la isla Pandataria y, al prorrumpir ella en insultos contra él, la hizo azotar con tal violencia por un centurión, que le vació un ojo. Más adelante, cuando ella decidió morir de hambre, ordenó que, abriéndole la boca a la fuerza, le embutiesen la comida. Pero como Agripina se obstinase en su huelga de hambre y a resultas de ella acabase con su vida, llenándola de maldiciones y considerando su pertinacia un crimen de alta traición, después de persuadir al Senado que el día de su natalicio se incluyese entre los días nefastos, se atribuyó a sí mismo como un acto de extraordinaria clemencia no haberla hecho ahorcar, arrojándola después a las Gemonias, y consintió que, por tal generosidad, se promulgase un decreto dándole las gracias y se dedicase un donativo en oro a Júpiter Capitolino.

LIV. Como por parte de Germánico tenía tres nietos, Nerón, Druso y Cayo, y uno por parte de Druso, Tiberio, al haber muerto sus propios hijos, confió al Senado los hijos mayores de Germánico, Nerón y Druso, y celebró con un reparto de dinero al pueblo el día de su inicio en la vida pública. Pero cuando se enteró de que, al comenzar el nuevo año, se habían hecho votos públicamente por la vida de ambos, manifestó en el Senado que tales privilegios debían concederse únicamente a las personas de reconocido mérito y a los ancianos. Puesta de manifiesto de este modo la mezquindad interior de su alma, los expuso a las acusaciones de todos e, induciéndoles con diversos ardides a que explotaran en injurias contra él a fin de que, una vez pronunciadas, pudieran ser delatados, los acusó por carta, acumulando en ella toda clase de infamias, y, después de juzgados, los condenó como enemigos públicos a morir de hambre: a Nerón, en la isla Poncia y, a Druso, en las mazmorras del Palatino. Se cree que a Nerón lo impulsó al suicidio, cuando el verdugo, fingiendo que había sido enviado allí por decisión del Senado, le mostró los lazos y los garfios de hierro, y que a Druso se le privó tan absolutamente de todo tipo de alimentos que intentó comerse las cuerdas de su catre. Los restos de ambos fueron dispersados de tal modo que a duras penas, en su día, pudieron recogerse.

LV. Aparte de sus antiguos amigos y familiares, reclamó a veinte de los prohombres de Roma como asesores suyos en la administración del Estado. De todos ellos, apenas dos o tres consiguieron acabar indemnes, a todos los demás, a unos por un motivo y a otros por otro, los destruyó, entre ellos a Elio Sejano, cuya ruina arrastró también a otros muchos. A éste lo había encaramado a lo más alto del poder, no tanto por aprecio, sino porque gracias a sus servicios y argucias había acorralado a los hijos de Germánico, a fin de confirmar en la sucesión del Imperio a su nieto directo, el hijo de Druso.

LVI. No se mostró más indulgente con sus habituales comensales griegos, con los que se sentía especialmente a gusto. A un tal Xenón que conversaba con extraordinario refinamiento, al preguntarle qué dialecto era ése tan afectado y responderle él que era el dorio, lo confinó a Cinaria, pues creyó que le echaba en cara su antiguo destierro, ya que en Rodas se hablaba dórico. Tenía también la costumbre de exponer durante la cena algunas cuestiones extraídas de sus lecturas diarias; cuando supo que Seleuco, un gramático, preguntaba en cada ocasión a sus sirvientes qué autores había estudiado y que así llegaba preparado, en primer lugar le privó de su compañía habitual y luego le obligó a suicidarse.

LVII. Ni siquiera de niño dejó de manifestarse su índole cruel e insensible. Teodoro de Gadara, su maestro de retórica, parece haber sido el primero en percibir con gran agudeza y en reflejar con mucha propiedad esa forma de ser, pues a menudo, cuando le reprendía, le llamaba «barro modelado con sangre». Pero, sin duda, se manifestó mucho más claramente siendo ya emperador; incluso en sus inicios, cuando todavía intentaba ganarse el favor de la gente fingiendo moderación. Al pasar un cortejo fúnebre, un chistoso había encargado al muerto con voz clara y fuerte que comunicara a Augusto que todavía no se habían entregado al pueblo las cantidades legadas por él. Tiberio ordenó que fuese llevado a su presencia, que se le pagase la deuda y que después se le ejecutase, para que pudiera contar la verdad a su padre. No mucho después, a un tal Pompeyo, del orden ecuestre, que en el Senado le llevaba siempre la contraria, mientras lo amenazaba con la cárcel, aseguró que de este Pompeyo haría un verdadero pompeyano, burlándose a la vez con cruel ironía del nombre del senador y de la suerte que corrió en otro tiempo aquel partido.

LVIII. Por aquellos mismos días a un pretor que le consultaba si deseaba que se reprimiesen los delitos que menoscababan la dignidad imperial, le respondió que se tenían que aplicar las leyes y las aplicó, en verdad, de la forma más atroz. Un individuo había quitado la cabeza de una estatua de Augusto para poner la de otro personaje; se trató el asunto en el Senado y, como había dudas sobre la autoría, se buscó la verdad mediante la tortura. Después de condenar al acusado, esa clase de absurdas delaciones llegó paulatinamente a tales extremos que eran motivo de pena de muerte los siguientes delitos: haber dado muerte a un esclavo junto a la estatua de Augusto o cambiarse de ropa cerca de ella; entrar en una letrina o en un prostíbulo con la imagen de Augusto impresa en el anillo o en una moneda; haber emitido cualquier opinión que faltase al respeto a alguna de las palabras o de los hechos de Augusto. Al final, se llegó a ejecutar a un magistrado que había aceptado en su colonia ser investido de su cargo el mismo día en que, en otro tiempo, se había concedido ese cargo a Augusto.

LIX. Bajo pretexto, además, de una mayor austeridad y de corregir las costumbres, pero, en realidad, obedeciendo más bien a su propia índole, actuó a menudo con tal crueldad y ensañamiento, que algunos ciudadanos censuraron en unos versos los males presentes y pronosticaron también los futuros:

Oh tú, cruel e inhumano, ¿quieres que te lo diga brevemente?
Que me muera, si puede amarte tu propia madre.
No eres caballero. ¿Por qué? Porque no tienes cien mil sestercios.
Si indagas bien, también Rodas es un destierro.
César, has transformado el siglo de oro de Saturno;
mientras sigas vivo, será siempre el de hierro.
Ha aburrido el vino, porque ése ya sólo tiene sed de sangre.
Ahora la bebe con la misma avidez con que antes bebía el vino.
Contempla, oh Rómulo, a Sila, feliz para sí mismo, no para ti,
y contempla, por favor, a Mario, pero a su regreso,
y contempla también las manos manchadas de sangre, no una sola vez,
de Antonio, promoviendo guerras civiles.
Y ahora di: ¡Roma se muere! Reinó, bañado en sangre,
un individuo que llegó del exilio al trono.

Al principio, quiso Tiberio que esos versos se interpretaran como si hubiesen sido compuestos por aquellos que se sentían contrariados por sus reformas y surgidos, no tanto de unos sentimientos reales, como de un acceso de ira y mal humor, y por ello decía siempre: «Que me odien con tal que me acepten». Pero pronto él mismo demostró que eran totalmente ciertos y reales.

LX. Al cabo de unos pocos días de llegar a Capri, a un pescador que, accediendo a un lugar retirado y cogiéndole por sorpresa, le había ofrecido un enorme barbo, ordenó que le refregaran el rostro con aquel mismo pez, aterrado de que aquel pescador hubiese podido llegar hasta él trepando por los abruptos acantilados de la parte de atrás de la isla. Y cuando éste, dentro de su desgracia, se felicitaba de no haberle ofrecido también una enorme langosta que había capturado, Tiberio ordenó que también con la langosta le laceraran el rostro. A un soldado de su guardia pretoriana lo condenó a muerte por haberle robado un pavo real de su jardín. Con ocasión de un desplazamiento, la litera en la que era transportado se enzarzó en unos matorrales; al encargado de reconocer el camino, un centurión de las primeras cohortes, lo tiró al suelo y casi lo mató a latigazos.

LXI. Posteriormente estalló en todo género de atrocidades, pues nunca le faltó sobre quién descargarlas, convirtiendo primero en el blanco de sus persecuciones a los allegados e incluso a los simples conocidos de su madre, luego a los de sus nietos y de su nuera y, por último, a los de Sejano. Y tras la ejecución de Sejano, todavía se volvió mucho más cruel. Se hizo así totalmente evidente que no era Sejano quien solía incitarle a la crueldad, sino que se limitaba a proporcionar a Tiberio las oportunidades que éste le pedía. Y eso a pesar de que en unos comentarios que muy resumidamente escribió Tiberio sobre su propia vida, tuvo la osadía de afirmar que había castigado a Sejano al averiguar que éste se había encarnizado con los hijos de su hijo Germánico, siendo así que era el propio Tiberio quien asesinó a uno de ellos cuando Sejano estaba ya bajo sospecha, y al otro, cuando Sejano ya había sido ejecutado. Sería muy largo recorrer, una a una, todas sus demostraciones de crueldad; será pues suficiente enumerar, a modo de ejemplo, algunas formas de su sevicia. No hubo día alguno que no condenase a alguna persona, aunque fuera un día festivo o consagrado a los dioses; llegó a ejecutar a algunos el primer día del año. Muchos fueron acusados y condenados junto con sus hijos y muchos, también, por sus propios hijos. Prohibió que los allegados de los condenados a muerte llevaran luto por ellos. Se decretaron importantes recompensas para los acusadores y, algunas veces, también para los testigos. Nunca se puso en duda la veracidad de ningún delator. Todos los delitos se consideraban merecedores de pena de muerte, incluso los consistentes en algunas pocas y simples palabras. Se condenó a un poeta porque en una tragedia había ofendido a Agamenón con algunas censuras; se condenó a un historiador por llamar a Bruto y a Casio «los últimos romanos»; se revolvió muy pronto contra algunos autores y prohibió sus obras, aunque hubiesen sido aprobadas hacía unos pocos años e incluso recitadas en presencia de Augusto. A algunos ciudadanos, puestos bajo vigilancia, les quitó no sólo el consuelo del estudio, sino también el de conversar o dialogar con nadie. De los que eran citados a declarar, algunos se atravesaron con la espada en su casa, seguros de que serían condenados, y también para evitar la humillación y la ignominia, y otros, se envenenaron en plena Curia; pero, aun así, fueron arrastrados a la cárcel después de vendarles las heridas, moribundos y palpitantes. Ninguno de los ejecutados dejó de ser arrastrado con los garfios y arrojado a las Gemonias; veinte fueron los arrastrados y arrojados en un solo día, entre ellos mujeres y niños. Como, debido a una antigua tradición, era ilícito estrangular a una virgen, muchachas que todavía no habían llegado a la edad núbil, eran primero violadas por el verdugo y luego estranguladas. A quienes deseaban morir, se les hacía vivir a la fuerza. Consideraba, en efecto, que la muerte era un castigo tan suave que, al enterarse de que uno de los acusados, llamado Cárnulo, había conseguido anticiparse a ella, exclamó: «Cárnulo se me ha escapado». En cierta ocasión que inspeccionaba las prisiones, a un condenado que le suplicaba que acelerase su ejecución, le replicó: «Todavía no me he congraciado contigo». Un ex cónsul escribió en sus anales que en un banquete muy concurrido, en el que él mismo estaba presente, al ser interrogado Tiberio en voz alta y clara por un enano, que estaba de pie junto a las mesas entre otros bufones, por qué Paconio, reo de lesa majestad, llevaba vivo tanto tiempo, castigó al instante la insolencia del deslenguado, pero pocos días después escribió al Senado para que se ejecutase cuanto antes la sentencia de Paconio.

LXII. Exacerbado por una denuncia relativa a la muerte de su hijo Druso, acrecentó y desplegó más aún su ensañamiento. Al principio, creía que Druso había muerto de enfermedad y a causa de sus propios excesos, pero, cuando supo que había sido envenenado con engaños por su esposa Livila y por Sejano, no libró a nadie del tormento y del suplicio, empleándose y dedicándose tan por entero y únicamente a descubrir la verdad de esta muerte que, cuando se le comunicó que había llegado a Roma un antiguo huésped suyo de Rodas, a quien había llamado a la Urbe mediante una amistosa carta, ordenó que fuese torturado sin demora, creyendo por error que se trataba de uno de los testigos fundamentales para el proceso; más tarde, al descubrirse el error, dio orden de eliminarlo para que no pudiese divulgar la injusticia cometida. En Capri se muestra el lugar que utilizaba para sus ejecuciones, desde donde, tras largas y refinadas torturas, ordenaba que los condenados fueran precipitados al mar, siendo allí recibidos y destrozados sus cuerpos con perchas y remos por un grupo de soldados de la flota, para que no quedase en ninguno de ellos ni el más mínimo soplo de vida. Pero se había inventado también otras clases de torturas: por ejemplo, después de hacerles beber mediante engaños una gran cantidad de vino, les hacía ligar el pene, para que padecieran a la vez la doble tortura de las cuerdas y de la orina. Y si la muerte, por una parte, no le hubiese frenado, y Trasilo, por otra, no le hubiera persuadido deliberadamente, según dicen, a aplazar algunas ejecuciones ante la perspectiva de una vida muy longeva, hubiera asesinado a muchas más personas y se cree que ni siquiera hubiera perdonado a sus restantes nietos, puesto que recelaba de Cayo y despreciaba a Tiberio, que había sido concebido en una relación adúltera. Y esa creencia no se apartaba de la verdad, pues con frecuencia llamaba feliz a Príamo «porque había sobrevivido a todos los suyos».

LXIII. Existen muchos indicios de que, ante tal sevicia, Tiberio vivió, no sólo odiado y aborrecido por todos, sino también aterrado y objeto de toda clase de improperios. Prohibió que los arúspices fueran consultados en secreto y sin testigos. Intentó también hacer desaparecer los oráculos cercanos a Roma, pero desistió de ello aterrado por el poder de las suertes de Preneste, pues, después de guardarlas bajo sello y transportarlas a Roma, no pudo encontrarlas en el arca, hasta que fueron llevadas de nuevo a su templo. A algunos ex cónsules, después de ofrecerles sus respectivas provincias, no se atrevió a dejarles marchar de su lado y los retuvo hasta que, después de algunos años, nombró sus sustitutos y, entre tanto, como eran los titulares de su cargo, les delegaba con frecuencia muchos asuntos, para que mediante legados y ayudantes se ocuparan de llevarlos a término.

LXIV. Después de condenados, nunca trasladó a su nuera y nietos de un lugar a otro, a no ser cargados de cadenas y en litera cerrada, impidiendo mediante una escolta que los viandantes o los curiosos pudieran verlos o pararse junto a ellos.

LXV. En cuanto a Sejano, que preparaba un golpe de Estado, aunque veía que ya se celebraba oficialmente su cumpleaños y que por todas partes se veneraban sus estatuas, batidas en oro, no le fue fácil eliminarlo, pero finalmente lo consiguió, valiéndose más de la astucia y del engaño que de su poder imperial. En efecto, primero, para alejarlo de su lado bajo la apariencia de concederle un honor, lo nombró su colega en el quinto consulado, cargo que por esa misma razón había decidido desempeñar, tras largos años de no ir a Roma. Luego, mientras lo mantenía engañado con la esperanza de emparentar con él y de la potestad tribunicia, lo acusó por sorpresa mediante una deshonesta y deplorable misiva, rogando entre otras cosas a los padres conscriptos que le enviaran a uno de los cónsules para que, siendo él ya viejo y estando solo, le acompañaran con una pequeña escolta militar a presencia del Senado. Pero desconfiando aun así y temiendo un levantamiento, había dado órdenes de que, si la situación lo requería, se liberase a su nieto Druso, que en aquel entonces se encontraba todavía encarcelado en Roma, y se le nombrara emperador. Tenía también aparejadas unas naves con las que planeaba huir junto a cualquiera de sus legiones, mientras desde un altísimo peñasco se mantenía permanentemente al acecho de las señales que, para evitar la demora de mensajeros, había ordenado que le fueran enviadas desde lejos en cuanto se produjese cualquier acontecimiento. Pero, incluso después de sofocada la conjuración de Sejano, no sintiéndose demasiado tranquilo ni seguro, durante nueve meses no salió de su villa, llamada «la quinta de Júpiter».

LXVI. Innumerables improperios procedentes de todas partes inquietaban también su torturada alma, pues todos los condenados lo zaherían con toda clase de denuestos, tanto en su propia cara, como a través de panfletos injuriosos colocados en la orquesta. Estos insultos, en verdad, le afectaban de forma muy distinta según el momento; unas veces deseaba, avergonzado, ocultarlos y evitar que se conocieran; en otras ocasiones los menospreciaba y los daba a conocer, haciéndolos públicos voluntariamente. Más aún, fue también violentamente escarnecido por una carta de Artabán, rey de los partos, que le acusaba abiertamente de parricidio, cobardía y lujuria y le conminaba a que, quitándose la vida voluntariamente, diese cuanto antes satisfacción al indecible y merecidísimo odio que todos los ciudadanos sentían hacia él.

LXVII. Finalmente, asqueado ya de sí mismo, al inicio de una carta confesó, no todos ellos, pero sí una parte de sus sufrimientos: «¿Qué puedo escribiros, Padres conscriptos, o de qué manera os lo he de exponer o qué es lo que no debo deciros en estos días? ¡Que los dioses y las diosas se me lleven con una muerte peor aún que aquella con la que cada día me siento morir, si lo sé!». Creen algunos que vaticinó estos hechos gracias a su conocimiento del futuro y que había previsto con mucha antelación cuánta amargura y cuánto deshonor le aguardaban y cuándo; y que por ello, cuando asumió el trono, rechazó enérgicamente el título de «padre de la patria» y que jurasen acatar sus decisiones, a fin de evitar que más adelante se le encontrase indigno de tantos honores, con mayor deshonor todavía para él. Lo cual puede ciertamente colegirse del discurso que pronunció a raíz de ambas propuestas, en especial cuando afirma que «él sería siempre la misma persona y que nunca cambiaría su forma de ser, mientras su mente se mantuviese lúcida; pero que se había de evitar por principio que el Senado se obligase a acatar las decisiones de un hombre, fuese quien fuese, porque por determinadas circunstancias pudiera ser que esa persona cambiase». Y afirma más adelante: «Si en alguna ocasión llegáis a tener dudas sobre mi forma de comportarme y de que mi corazón está consagrado por entero a vosotros —deseo sinceramente, antes de que eso ocurra, que la muerte me libre de vuestro cambio de opinión sobre mí—, el título de “padre de la patria” no me supondrá ningún honor y para vosotros, en cambio, será constante motivo de reproche la imprudencia del título a mí otorgado o la volubilidad de vuestras opuestas opiniones sobre mi persona».

LXVIII. Fue hombre corpulento y robusto y más alto de lo normal. Ancho de hombros y de tórax, era también armoniosamente proporcionado en todos sus restantes miembros hasta la planta de los pies. Su mano izquierda era más ágil y fuerte; sus dedos tan recios que con uno solo de ellos atravesaba de parte a parte una manzana fresca y podía herir la cabeza de un niño, e incluso de un adolescente, de un capirotazo. Su piel era blanca; su cabello bajaba bastante por la parte de atrás, de forma que le cubría también la nuca, lo que parecía ser un rasgo de familia. Su rostro era hermoso, aunque con numerosas y repentinas verrugas. Sus ojos eran muy grandes y —cosa sorprendente— podían ver de noche y en la oscuridad, pero durante poco tiempo y al abrirlos después de dormir; luego, se embotaban otra vez. Caminaba con la cabeza erguida e inclinada hacia atrás, con el rostro fruncido y casi siempre taciturno. No conversaba nunca o muy raras veces, incluso con sus más íntimos, y, cuando lo hacía, con gran parsimonia y con una suave gesticulación de los dedos. Todas estas características desagradables y llenas de arrogancia, ya las había advertido Augusto e intentó con frecuencia disculparlas ante el Senado, afirmando que eran tan sólo defectos físicos, no anímicos. Disfrutó de una salud excelente, prácticamente sin una sola enfermedad durante todos los años que fue emperador, aunque desde los treinta años de edad cuidó de ella según su propio criterio, sin ayuda ni consejo alguno de los médicos.

LXIX. Se mostró un tanto indiferente con respecto a los dioses y la religión, aunque era un adicto a la astrología y estaba plenamente convencido de que todos los acontecimientos estaban regidos por los hados. Le aterrorizaban, no obstante, los truenos y, cuando el cielo amenazaba tormenta, llevaba siempre en la cabeza una corona de laurel porque se dice que esa clase de ramas no atrae los rayos.

LXX. Cultivó con gran afición las artes liberales de una y otra lengua. En retórica latina siguió a Corvino Mesala, a quien, aunque ya anciano, había admirado desde su juventud. Pero afeaban su estilo la afectación y la excesiva pulcritud, de forma que era éste más elegante cuando improvisaba que cuando lo preparaba cuidadosamente. Compuso también un poema lírico, titulado Elegía sobre la muerte de Lucio César. Escribió asimismo algunos poemas en griego, a imitación de Euforión, Riano y Partenio, poetas que le complacían tanto que ordenó colocar los escritos y estatuas de todos ellos en las bibliotecas, entre las de los antiguos y principales autores, por cuya razón muchos eruditos rivalizaron en publicar numerosas obras sobre estos escritores para complacerlo. Pero se preocupó con especial predilección por el conocimiento de la historia legendaria, llegando a la tontería y al ridículo. En efecto, ponía a prueba a los gramáticos —el tipo de intelectuales, como dijimos, que más frecuentaba— con preguntas de este género: «¿Quién era la madre de Hécuba? ¿Cuál era el nombre de Aquiles cuando se ocultó entre las vírgenes? ¿Qué solían cantar las sirenas?». Y el primer día que entró en la Curia, después de la muerte de Augusto, como si quisiera dar satisfacción al mismo tiempo a la piedad filial y a la religión, siguiendo el ejemplo de Minos elevó súplicas a los dioses con incienso y vino, aunque sin acompañamiento de flautistas, tal como en otro tiempo hiciera éste cuando murió su hijo.

LXXI. Aunque hablaba el griego con fluidez y facilidad no lo utilizaba siempre y para todo, absteniéndose especialmente de emplearlo en el Senado, hasta el extremo que cuando había de decir «monopolio» pedía excusas por tener que utilizar un término extranjero. Del mismo modo, en cierta ocasión que en un decreto del Senado se utilizaba la palabra «émblema», fue del parecer que se tenía que sustituir, buscando un vocablo latino en lugar de ese término extranjero, y que, en caso de no hallarse, debía expresarse el concepto utilizando varias palabras o una perífrasis. A un soldado que, en griego, se le había requerido para testificar, le prohibió responder si no era en latín.

LXXII. Durante todos los años que duró su retiro, tan sólo en dos ocasiones tuvo intención de regresar a Roma. La primera, se trasladó en una trirreme hasta los jardines cercanos al lago artificial donde se representaban batallas navales, después de situar un destacamento en las orillas del Tíber para alejar a los que salían a su encuentro. La segunda, se acercó por la vía Apia hasta el séptimo miliario. En ambas ocasiones, no obstante, después de divisar las murallas de Roma, regresó sin franquearlas. No se sabe qué razón le impulsó a ello la primera vez, pero, la segunda, fue el sentirse aterrado por el siguiente prodigio: solía Tiberio entretenerse con una serpiente dragón, pero, cuando, según su costumbre, le iba a dar de comer con sus propias manos, la encontró devorada por las hormigas. Se le advirtió entonces que se precaviese del poder de las masas. Así pues, regresando precipitadamente a Campania, cayó enfermo en Astura, desde donde, tras una leve mejoría, se dirigió a Circeyos. Aquí, para evitar cualquier sospecha de enfermedad, no sólo participó en unos juegos castrenses, sino que incluso lanceó desde la grada a un jabalí que soltaron en la arena del circo. Afectado al instante por un agudo dolor en el costado, un golpe de aire, al estar él sumamente acalorado, le provocó una recaída mucho más grave. Resistió, sin embargo, algunos días y, a pesar de trasladarse a continuación a Miseno, no dejó de atender a ninguno de sus quehaceres habituales, ni tan sólo a los banquetes o a los restantes placeres, en parte por intemperancia y en parte para disimular. Así pues, cuando su médico Caricles, al levantarse de un banquete, le tomó la mano para besársela, pues pensaba marchar de viaje, creyendo Tiberio que había querido tomarle el pulso, le rogó que se quedara y permaneciera recostado con él y prolongó largo rato la cena. Ni siquiera entonces abandonó su costumbre de llamar por su nombre a cada uno de sus invitados, cuando éstos se despedían, plantado en pie en medio del comedor y acompañado por un lictor.

LXXIII. A todo esto, habiendo leído en las actas del Senado que algunos acusados habían sido puestos en libertad sin escucharlos siquiera, acerca de los cuales había él escrito escuetamente, sin ninguna otra aclaración, que habían sido designados por un delator, gritando enfurecido que consideraba el hecho un desprecio hacia su persona, decidió dirigirse a Capri fuera como fuese, pues no pensaba cometer la audacia de tomar ninguna decisión de modo temerario, sino una vez a cubierto de todo riesgo. Retenido, sin embargo, por las tormentas y por el agravamiento de su enfermedad, murió poco después en la casa de campo de Lúculo, a los setenta y ocho años de edad y en el vigésimo tercero de emperador, el día 17 de las calendas de abril, durante el consulado de Cneo Acerronio Próculo y Cayo Poncio Nigrino. Hay quienes creen que le fue administrado un veneno lento y letal por Cayo. Otros, que se negaron a darle alimento cuando lo pidió, después de remitir un acceso fortuito de fiebre. Afirman algunos que se le ahogó con una almohada cuando, al volver en sí, reclamó el anillo que se le había arrebatado mientras estaba inconsciente. Séneca asegura que, dándose cuenta de que agonizaba, quitándose el anillo, lo retuvo un rato como si lo fuera a entregar a alguien, pero que luego se lo colocó de nuevo en su dedo y permaneció largo rato inmóvil con el puño izquierdo apretado; y que luego, llamando repentinamente a sus servidores y al no recibir respuesta de ninguno de ellos, se levantó y, al faltarle las fuerzas, cayó muerto no lejos de su lecho.

LXXIV. En su último aniversario, vio en sueños que la estatua de Apolo Temenita, de gran tamaño y eximia belleza, que había hecho traer de Siracusa para colocarla en la biblioteca de su nuevo templo, le aseguraba que él ya no tendría tiempo de consagrarla. Además, pocos días antes de su muerte, la torre del faro de Capri cayó a tierra, derribada por un terremoto. En Miseno, las cenizas de las pavesas y del carbón, utilizados para la calefacción de un triclinio, después de apagadas y cuando ya estaban frías hacía tiempo, se encendieron repentinamente en la primera hora del anochecer y siguieron refulgiendo sin interrupción hasta muy entrada la noche.

LXXV. Experimentó el pueblo una tan viva alegría con su muerte que, nada más anunciarse ésta, algunos, corriendo por las calles, gritaban: «¡Tiberio al Tíber!»; otros rogaban a la Tierra y a los dioses Manes que no concedieran al muerto lugar alguno, a no ser entre los impíos; otros amenazaban al cadáver con los garfios y las Gemonias, exacerbados por el recuerdo de su antigua crueldad y de sus recientes atrocidades. En efecto, estando previsto en los decretos del Senado que la ejecución de los condenados se realizase siempre a los diez días de pronunciarse la sentencia, acaeció por casualidad que el día que se anunció la muerte de Tiberio fuera también el día del suplicio de algunos condenados. Aunque éstos imploraban la ayuda de las personas presentes, como Cayo estaba todavía ausente y no había allí nadie a quien dirigirse y consultarle, los guardias, para no hacer nada contrario a lo establecido, los estrangularon y los arrojaron a las Gemonias. En consecuencia, aumentó todavía más el odio, al parecer que, incluso después de la muerte del tirano, permanecía todavía su crueldad y ensañamiento. Cuando comenzaron a trasladar el cuerpo desde Miseno, el griterío de una vociferante multitud clamaba que mejor sería llevarlo a Atela y quemarlo sin más en el anfiteatro; sin embargo, fue transportado a Roma por los soldados e incinerado con exequias oficiales.

LXXVI. Dos años antes había redactado un doble testamento, uno por su propia mano y otro por la de un liberto, pero ambos de igual contenido, y hasta gente de la más humilde condición había puesto su sello en ellos. En su testamento nombraba herederos por partes iguales a Cayo, hijo de Germánico, y a Tiberio, hijo de Druso, nietos suyos, y los hizo mutuamente herederos el uno del otro. Dejó también legados a un gran número de personas, entre ellas a las vírgenes Vestales, a todos los soldados, a cada uno de los ciudadanos de la plebe y también, específicamente, a los magistrados de los barrios de Roma.

Calígula

I. Germánico, hijo de Druso y de Antonia la Menor y padre de Cayo César, había sido adoptado por su tío paterno Tiberio. Ejerció la cuestura cinco años antes de alcanzar la edad establecida por la ley y, al concluir ésta, ejerció inmediatamente el consulado. Cuando se anunció la muerte de Augusto, se hallaba junto al ejército de Germania, adonde había sido enviado, y, al rechazar enérgicamente todas las legiones el nombramiento de Tiberio como emperador, ofreciéndole al propio Germánico, en cambio, el poder supremo del estado, reprimió el levantamiento, haciendo gala no sabemos si de un mayor amor filial o de una mayor firmeza de carácter, y, poco después, tras vencer al enemigo, obtuvo los honores del triunfo. Nombrado nuevamente cónsul, antes de asumir el cargo fue enviado a restablecer la situación en Oriente. Después de vencer al rey de Armenia, redujo Capadocia a la condición de provincia romana y murió a los treinta y cuatro años de edad a consecuencia de una larga enfermedad, no sin fundadas sospechas de haber sido envenenado. En efecto, además de las manchas lívidas que aparecieron por todo su cuerpo y de la espuma que fluía de su boca, después de ser incinerado se halló entre los huesos su corazón entero e incorrupto; pues se cree que la naturaleza de este órgano es tal que, al impregnarse de un veneno, no puede ser consumido por el fuego.

II. Murió, según opinión general, por una pérfida decisión de Tiberio, encargándose de la ejecución material Cneo Pisón, gobernador en aquellos días de Siria, quien, sin disimular en modo alguno, como si se tratase de un hecho absolutamente irremediable, que tenía que enfrentarse o con el padre o con el hijo, cubrió a Germánico, incluso cuando ya estaba enfermo, de gravísimas injurias de palabra y obra, sin poner límite alguno a su desmesura. Por ello, cuando regresó a Roma, después de estar a punto de ser despedazado por el pueblo, fue condenado a muerte por el Senado.

III. Tenemos constancia de que Germánico reunía tantas virtudes de cuerpo y espíritu, y en tan alto grado, como ningún otro las tuvo nunca. Era de singular belleza y fortaleza; sobresalía por su dominio de la elocuencia y de la cultura, tanto griegas como latinas; no había quien le igualase en su bondad y en su admirable y eficaz disposición para conciliar a los hombres entre sí y ganarse su afecto. La delgadez de sus piernas no acababa de armonizar con la prestancia de su figura, pero también, poco a poco, las fue robustecimiento con la asidua práctica de la equitación después de las comidas. Con frecuencia abatió a sus enemigos luchando cuerpo a cuerpo. Defendió causas judiciales incluso después de obtener los honores del triunfo y, entre otros testimonios de sus aficiones, nos dejó varias comedias escritas en griego. Discreto tanto en Roma como fuera de ella, visitaba sin acompañamiento alguno de lictores tanto las ciudades libres como las federadas. Dondequiera que encontrase sepulcros de hombres ilustres, ofrecía sacrificios a los Manes. Con el fin de enterrar en un solo sepulcro los antiguos y dispersos restos de los soldados muertos en el desastre sufrido por Varo, fue él el primero en empezar a recogerlos y a trasladarlos con sus propias manos. Incluso con sus detractores, cualesquiera que fuesen y por grave que fuera el motivo de su litigio, se mostró hasta tal extremo benévolo e indulgente que, cuando Pisón comenzó a revocar sus decretos y a perseguir a sus clientes, no se decidió a contraatacar hasta que tuvo constancia de que éste recurría a venenos y sortilegios para agredirle. Y ni siquiera entonces fue más allá de comunicarle que le retiraba su amistad, según la costumbre de los antepasados, y de ordenar a sus allegados que le vengaran, si algo llegaba a sucederle.

IV. Estas virtudes le reportaron fecundos frutos, pues disfrutó de tal consideración y cariño por parte de sus allegados, que Augusto —prescindo del resto de sus familiares—, después de dudar largo tiempo si lo nombraba su sucesor, ordenó a Tiberio que lo adoptase. Fue también tan querido por las masas, que muchos escritores afirman que siempre que llegaba a algún lugar o se marchaba de algún sitio, era tal la multitud de gente que salía a su encuentro o que acudía a despedirlo, que algunas veces corrió peligro de morir asfixiado y que, cuando, tras sofocar la rebelión, regresaba de Germania, salieron a recibirle todas las cohortes pretorianas, aunque se había dispuesto que únicamente dos de ellas fueran a su encuentro, y que todo el pueblo romano, sin distinción de sexos, edad o escala social, se volcó en su recibimiento, abarrotando el camino hasta el vigésimo miliario.

V. Fue, sin embargo, a raíz de su muerte y después de ella, cuando se produjeron las mayores y más vivas demostraciones de los sentimientos del pueblo hacia él. El día en que murió se apedrearon los templos, se volcaron los altares de los dioses, algunos ciudadanos arrojaron los Lares familiares a la calle y otros abandonaron en las calles a los hijos recién paridos por sus cónyuges. Aseguran que incluso los bárbaros, tanto los que se hallaban enzarzados en guerras civiles como los que estaban en guerra contra nosotros, acordaron una tregua, como si se tratase de una dolorosa pérdida de su propia nación y común a todos ellos. Afirman también que algunos reyes se cortaron la barba e hicieron rasurar la cabeza de sus mujeres, como signo del máximo luto, y que incluso el rey de reyes se abstuvo de las prácticas venatorias y de los convites con los grandes de su reino, lo que, entre los partos, equivale al cierre de los tribunales, entre nosotros.

VI. En Roma, efectivamente, cuando, ante las primeras noticias acerca de la salud de Germánico, la población aguardaba expectante los siguientes mensajeros y cuando, súbitamente, hacia el atardecer, no se sabe quién hizo correr la voz de que finalmente se había restablecido, la multitud concurrió desde todas partes al Capitolio con antorchas y ofrendas, reventando casi las puertas del templo, pues nadie de aquella exultante muchedumbre quería demorarse en depositar sus votos. El propio Tiberio fue despertado de su sueño por los gritos de los jubilosos ciudadanos que cantaban por todas partes:

¡Roma está a salvo, la patria está a salvo, Germánico está a salvo!

Pero cuando finalmente se hizo público que había muerto, ningún consuelo, ningún edicto pudo aplacar el duelo general, que continuó también durante los días festivos del mes de diciembre. Contribuyó asimismo a aumentar la gloria y la añoranza del difunto, la cruel atrocidad de los tiempos que siguieron a su muerte, siendo opinión generalizada —y no sin fundamento— que, por respeto y miedo a Germánico, Tiberio había refrenado su crueldad, a la que poco después dio rienda suelta.

VII. Germánico contrajo matrimonio con Agripina, hija de Marco Agripa y de Julia. De ella tuvo nueve hijos. Dos de ellos murieron en su primer año de vida; un tercero, al llegar a la pubertad, siendo este último un niño de singular alegría; Livia había consagrado una estatua de él, en atuendo de Cupido, en el templo de Venus Capitolina; Augusto, por su parte, la trasladó después a su propio dormitorio y cuantas veces entraba en él, le daba un beso. Los restantes hijos, que sobrevivieron a su padre, fueron tres de sexo femenino, Agripina, Drusila y Livila, nacidas en tres años consecutivos, y otros tantos varones, Nerón, Druso y Cayo César. A Nerón y a Druso, por incriminación de Tiberio, el Senado los declaró enemigos públicos.

VIII. Cayo César nació la víspera de las calendas de septiembre, bajo el consulado de su padre y de Cayo Fonteyo Capitón. Las diferentes opiniones de los historiadores hacen que no sepamos con certeza dónde nació. Cneo Léntulo Getúlico afirma que nació en Tívoli, mientras que Plinio el Viejo dice que nació en el país de los tréveros,en la aldea de Ambitarvio, al norte de Coblenza. Añade también, como argumento, que se enseña allí un altar con la inscripción «en honor del puerperio de Agripina». Unos versos divulgados más tarde, siendo ya emperador, indican que nació en los cuarteles de invierno de las legiones:

El haber nacido en el campamento, el haber sido educado entre
los ejércitos de su padre, era ya un vaticinio de su
nombramiento de emperador.

Por mi parte, yo he encontrado en las actas oficiales que fue dado a luz en Ancio. Plinio desmiente a Getúlico, tachándole de haber mentido para adular al emperador —como si el hecho de haber nacido en la sagrada ciudad de Hércules acrecentase los elogios de aquel joven emperador, ávido de gloria— y de haberse reafirmado en su mentira con el mayor descaro, aprovechándose de que un año antes, en Tívoli, le había nacido a Germánico un hijo, llamado también Cayo César, acerca de cuya amable infancia y prematura muerte hemos hablado hace poco. La cronología de los acontecimientos contradice, no obstante, a Plinio. Los cronistas, en efecto, de la historia de Augusto coinciden en que Germánico fue enviado a la Galia, al acabar su consulado, cuando ya había nacido Cayo. Y tampoco la inscripción grabada en el altar contribuye en modo alguno a sostener la opinión de Plinio, pues Agripina parió dos hijas en aquella región y cualquier parto, sin distinción de sexo, recibe el nombre de puerperio, ya que nuestros mayores solían llamar también pueras a las niñas, de la misma forma que llamaban puellos a los niños. Se conserva también una carta de Augusto a su nieta Agripina, escrita pocos meses antes de su muerte, en la que alude a este Cayo —pues en aquel momento no sobrevivía ya ningún otro niño con ese mismo nombre—: «Ayer ordené que Talario y Asilo, si los dioses lo permiten, te devuelvan tu hijo Cayo el día 15 antes de las calendas de junio. Con él, te envío, además, un médico, que es uno de mis esclavos, y ya le he escrito a Germánico que, si quiere, puede retenerlo. Cúidate, querida Agripina, y procura llegar con perfecta salud junto a tu querido Germánico». Opino, pues, que queda suficientemente probado que Cayo no pudo nacer en un lugar adonde fue llevado desde Roma por primera vez cuando tenía casi dos años de edad. Estos mismos hechos menoscaban también la credibilidad de aquellos versos, máxime al ser anónimos. Así pues, tenemos que seguir la única opinión que nos queda y que es, además, la de un documento oficial; especialmente cuando Cayo prefirió siempre el ya mencionado Ancio a cualquier otro sitio y lugar de descanso, amándolo como es normal que se ame a la propia tierra natal, y cuando sabemos que tenía pensado trasladar allí la sede y el centro del Imperio, ante su hastío de Roma.

IX. El apodo de Calígula tuvo su origen en una broma castrense, pues, vestido como un legionario, se crió entre soldados. El extraordinario afecto y prestigio de que llegó a disfrutar entre los soldados, debido al continuado y familiar trato que supuso su educación entre ellos, se puso especialmente de manifiesto cuando, amotinados y enfurecidos hasta el paroxismo tras la muerte de Augusto, no hay duda alguna de que únicamente su presencia les hizo cambiar de actitud. No desistieron de ella, en efecto, hasta que se dieron cuenta de que, a causa del riesgo que suponía la sedición, se iba a alejar de allí a Calígula, que iba a ser trasladado a una ciudad próxima. Arrepentidos entonces, abordaron y retuvieron el coche que lo transportaba, intentando remediar con sus súplicas la antipatía que se había creado hacia ellos.

X. Acompañó también a su padre durante la campaña de Siria. A su regreso, vivió primero con su madre y, cuando ésta fue desterrada, permaneció en la casa de su bisabuela Livia Augusta, cuyo elogio fúnebre pronunció, a su muerte, desde la tribuna de los oradores, vestido todavía con la toga pretexta. Trasladóse entonces a casa de su abuela Antonia. Cuando tenía 19 años de edad, fue llamado a Capri por Tiberio y en un mismo y único día vistió la toga viril y se afeitó la barba, pero sin gozar de ninguno de los honores especiales que se habían concedido a sus hermanos el día de su inicio en la vida política. Tentado en Capri por toda clase de intrigas de quienes le incitaban y pretendían obligarle a un enfrentamiento, no dio nunca la más mínima oportunidad para ello, como si estuviera borrada de su mente la desgracia de los suyos y no hubiese ocurrido nada a ninguno de ellos. Soportaba, además, en silencio y con total disimulo las amarguras que él mismo padecía, y se mostraba tan obsequioso con su abuelo y con los que estaban junto a él, que pudo decirse con toda justicia que nunca había existido un mejor servidor ni un peor amo.

XI. No obstante, ni siquiera entonces había podido dominar su cruel y malvada naturaleza. Participaba con verdadero entusiasmo en las ejecuciones y torturas de quienes eran entregados al suplicio y, oculto bajo una peluca y una larga túnica, se entregaba por las noches a sus orgías y adulterios, manifestando además una apasionada tendencia hacia las artes escénicas de la danza y el canto. Tiberio, por su parte, le toleraba todo ello de buena gana, por si podía de este modo aplacar sus fieros instintos. Hasta tal punto aquel sagacísimo anciano había captado su perversa índole, que algunas veces comentaba que Cayo vivía para la perdición de él y la de todo el mundo y que él estaba creando una Hidra para el pueblo romano y un Faetón para el orbe terráqueo.

XII. No mucho después se casó con Junia Claudila, hija de Marco Silano, personaje de la más noble prosapia. Nombrado luego augur en sustitución de su hermano Druso, antes de entrar en posesión del cargo fue designado pontífice, en fehaciente testimonio de su amor filial y de su carácter, accediendo, además, poco a poco a la esperanza de suceder a Tiberio, al haber quedado la corte vacía y desprovista de otras alternativas y, por añadidura, haber caído Sejano bajo sospecha en aquellos días y haber sido ejecutado poco tiempo después. Para fortalecer más esta esperanza, al fallecer Junia de parto, consiguió los favores sexuales de Ennia Nevia, esposa de Macrón, quien mandaba entonces las cohortes pretorianas, con la promesa de casarse con ella, si conseguía ser nombrado emperador; y de esta promesa le dio garantías mediante juramento y un documento autógrafo. Después de haberse ganado a Macrón por mediación de ella, hizo, en opinión de algunos, envenenar a Tiberio y, antes incluso de que muriese, ordenó que le quitasen el anillo y, como parecía resistirse a ello, hizo que le asfixiasen con una almohada y lo estranguló con sus propias manos, haciendo crucificar de inmediato a un liberto que había censurado a gritos el sadismo atroz de aquel crimen. Y esta opinión no está muy lejos de la verdad, ya que hay diversos historiadores que afirman que el propio Calígula declaró posteriormente que, si bien no lo había llevado a término, sí que había pensado algunas veces en el parricidio; y aseguran, en efecto, que con mucha frecuencia, haciendo alarde de su amor filial, se jactaba de haberse introducido con un puñal en el dormitorio de Tiberio, mientras éste dormía, con la intención de vengar el asesinato de su madre y de sus hermanos, pero que, movido a compasión, había vuelto a salir, después de arrojar el arma; y que Tiberio, aunque se había apercibido de ello, no se atrevió nunca a remover el asunto ni a tomar represalias.

XIII. Alcanzado de este modo el poder imperial, Calígula colmó las aspiraciones del pueblo romano (mejor diría del género humano), al ser el emperador soñado, no sólo por la inmensa mayoría de las provincias y del ejército, ya que muchos de ellos lo habían conocido cuando era todavía un niño, sino también por toda la plebe de Roma, en virtud del recuerdo de su padre Germánico y del sentimiento de compasión hacia su familia, casi por completo aniquilada. Así pues, cuando partió de Miseno, aunque iba siguiendo, vestido de luto, el cortejo fúnebre de Tiberio, caminaba, sin embargo, entre altares, víctimas y antorchas encendidas, acompañado por la multitud compacta y jubilosa de los que salían a su encuentro y que, junto a los restantes títulos de buen augurio, le aclamaban además como «su astro», «su polluelo», «su chiquitín» y «su retoño».

XIV. Así que hubo entrado en la ciudad, por unánime acuerdo del Senado y de la muchedumbre que había irrumpido en la Curia, contrariando las últimas voluntades de Tiberio, quien en su testamento había designado como coheredero a su otro nieto, que todavía vestía la toga pretexta, se le concedió el poder y el control total y absoluto de todo el estado con tan gran alegría de toda la población que, durante los tres meses siguientes, y no completos, se inmolaron en su honor más de ciento sesenta mil víctimas. Cuando pocos días después navegó a las vecinas islas de Campania, se elevaron votos por su feliz regreso, sin que persona alguna dejase pasar la más mínima oportunidad de testimoniar su solicitud y preocupación por su integridad física. Y, cuando cayó gravemente enfermo, fueron todos los ciudadanos los que pasaron las noches en vela junto al Palatino, y no faltaron quienes hicieron votos a los dioses de que lucharían como gladiadores, si se restablecía el enfermo, o quienes ofrecieron su propia vida a cambio, haciendo constar en un cartel su ofrecimiento. Al inmenso cariño de sus ciudadanos se sumaron también grandes muestras de simpatía de muchos extranjeros. Por ejemplo, el propio Artabán, rey de los partos, que siempre había manifestado su odio y desprecio hacia Tiberio, buscó por propia iniciativa la amistad de Calígula, se entrevistó con el legado consular y, atravesando el Eufrates, rindió homenaje a las águilas y enseñas romanas y a las imágenes de los césares.

XV. Él mismo se encargaba de avivar con toda clase de actuaciones demagógicas la estima que todos le tenían. Nada más acabar de pronunciar ante todo el pueblo, con gran profusión de lágrimas, el elogio fúnebre de Tiberio y de ofrecerle unos espléndidos funerales, se dirigió a las islas de Pandataria y Poncia a fin de trasladar los restos de su madre y de su hermano, y lo hizo en medio de una violenta tempestad, con objeto de que su amor filial resaltase más todavía. Una vez allí, se acercó a ellos con gran respeto y los introdujo en unas urnas con sus propias manos. Con no menor parafernalia los transportó a Ostia en una birreme con su pabellón izado en la popa, y desde allí, remontando el Tíber, a Roma. Una vez en la Urbe, llevados a hombros en dos féretros por los miembros más ilustres del orden ecuestre, en pleno día y en el momento de más animación, los depositó en el mausoleo e instituyó, entre las anuales celebraciones religiosas, unas exequias públicas en recuerdo de ellos. Decretó además, en honor de su madre, unos juegos circenses anuales y una carroza para que, en la procesión, su efigie fuera transportada entre las de los dioses. Igualmente, en recuerdo de su padre, hizo denominar «Germánico» al mes de septiembre. A continuación, mediante un único decreto del Senado, confirió a su abuela Antonia todos los honores que había ido acumulando Livia Augusta.

Tomó como colega suyo en el consulado a su tío paterno Claudio, en aquellos días un simple caballero romano. Adoptó a su hermano Tiberio el día en que éste tomó la toga viril y le otorgó el título de «príncipe de la juventud». Con respecto a sus hermanas, decretó que en todos los juramentos se añadiese el siguiente párrafo: «Y no me amaré más a mí mismo y a mis hijos de lo que amo a Cayo y a sus hermanas». Y también en los informes y propuestas de los cónsules se había de incluir la fórmula: «Y que esto sea bueno y venturoso para Cayo y sus hermanas».

Con iguales intenciones demagógicas perdonó a los condenados a muerte y a los exiliados. Concedió también una amnistía general para todas las causas criminales, si es que todavía quedaban algunas pendientes del período anterior. Hizo llevar, además, al foro todos los expedientes de las causas instruidas contra su madre y sus hermanos y los hizo quemar, para que en adelante ninguno de los delatores o testigos viviera atemorizado, jurando por los dioses en voz alta y clara que no había leído ni tocado ninguno de aquellos legajos. Rechazó un libelo que se le presentó, según el cual su vida corría peligro, argumentando que no había hecho nada por lo que alguien pudiera odiarlo, y se negó a prestar oídos a los delatores.

XVI. Desterró de la ciudad a los spintrias, aquellos inventores de cópulas monstruosas, después de que se consiguiera difícilmente, con muchos ruegos, que no los ahogase en alta mar. Permitió que se buscasen, manejasen y leyeran las obras de Tito Labieno, Cordo Cremucio y Casio Severo, prohibidas por decreto del Senado, puesto que tenía el máximo interés en que todos los hechos pudieran ser conocidos por las generaciones venideras. Hizo públicas las cuentas del Imperio, que Augusto solía divulgar también, pero que Tiberio había prohibido difundir. Otorgó a los magistrados plena libertad para dictar justicia y abolió la apelación al emperador. Inspeccionó con severidad y esmero, pero también con mesura, a los caballeros romanos, privando públicamente del caballo a los culpables de adulterio o de alguna ignominia; en cuanto a los responsables de culpas menos graves, se limitó a omitir sus nombres en la lectura de las listas. Para aligerar la tarea de los jueces, añadió una quinta decuria a las cuatro ya existentes. Intentó también devolver al pueblo el derecho de voto, restableciendo la costumbre de convocar comicios. Pagó con honradez y sin engaños los legados otorgados por el testamento de Tiberio, aunque había sido anulado, y también los del de Julia Augusta, que Tiberio había dejado sin efecto. Perdonó a Italia el impuesto del medio por ciento de las subastas públicas; compensó a muchos ciudadanos por los perjuicios sufridos en los incendios; y, cuando le devolvía a algún rey su reino, le añadía también el importe íntegro de los intereses, tanto de los impuestos como de su fortuna personal, devengados en el entretanto; así, por ejemplo, a Antíoco, rey de Comagena, a quien se le habían confiscado cien millones de sestercios. Y para hacer evidente que fomentaba las buenas y ejemplares acciones, regaló ochocientos mil sestercios a una liberta, porque, a pesar de haber sido atormentada con terribles suplicios, se había negado a revelar nada sobre un crimen cometido por su patrono.

Por todos estos hechos, entre otros honores se concedió por decreto a Calígula un escudo de oro que los colegios de sacerdotes deberían llevar al Capitolio, todos los años, en una fecha determinada, acompañados por el Senado y por los jóvenes y vírgenes de las familias nobles, cantando, mediante un armónico himno, las alabanzas de sus virtudes. Se decretó también que el día en que había asumido el Imperio, recibiese el nombre de parilia, como prueba evidente de que Roma había sido fundada de nuevo.

XVII. Desempeñó cuatro consulados: el primero, durante dos meses, a partir de las calendas de julio; el segundo, durante treinta días, a partir de las calendas de enero; el tercero, hasta los idus de enero, y, el cuarto, hasta el día séptimo antes de los idus de este mismo mes. De estos consulados, los dos últimos fueron consecutivos. El tercero lo comenzó como único cónsul en Lyon, no por soberbia o negligencia, como algunos creen, sino porque, habiendo muerto su colega el día anterior a las calendas, no había podido enterarse de esta circunstancia, al estar ausente. En dos ocasiones obsequió al pueblo con un reparto de dinero de trescientos sestercios por cabeza y, también en dos ocasiones, ofreció un suntuoso banquete al Senado y al orden ecuestre, acompañados unos y otros de sus esposas e hijos; en el segundo, obsequió a los hombres con vestidos de calle y a las mujeres y a los niños con cintas de púrpura y grana. Y para acrecentar también a perpetuidad la alegría pública, añadió un día a las fiestas saturnales, al que llamó «día de la juventud».

XVIII. Ofreció muchas veces juegos de gladiadores, tanto en el anfiteatro de Tauro como en los Saepta, en los que hizo participar a cuadrillas de púgiles de África y de la Campania, los mejores de ambas regiones. No siempre presidió personalmente los espectáculos, sino que en ocasiones confió la tarea de presidirlos a magistrados o amigos. Organizó con asiduidad representaciones teatrales de diversos géneros y en distintos escenarios, una vez incluso por la noche, haciendo encender antorchas por toda la ciudad. Obsequiaba a los espectadores arrojándoles muy diversos regalos y, en una ocasión, repartió a cada uno de ellos cestos con pan y viandas. Durante esta colación, le envió su propia cesta a un caballero romano que, sentado frente a él, devoraba su comida con gran júbilo y voracidad y, por la misma razón, le hizo llegar a un senador el escrito oficial por el que lo nombraba pretor extraordinario. Ofreció también numerosos espectáculos circenses, que duraban desde el alba hasta el anochecer, intercalando unas veces una cacería de fieras traídas de África y, otras, los ejercicios hípicos, llamados troyanos;organizó, además, algunos juegos especialmente importantes, en los que hizo recubrir la arena del circo de cinabrio y malaquita, y en cuyas carreras únicamente los miembros del orden senatorial podían actuar como aurigas. En alguna ocasión fueron también improvisados, como una vez que se los pidieron desde unos balcones próximos, mientras desde la casa de un tal Gelos observaba las instalaciones del circo.

XIX. Ideó, además, un nuevo e inaudito género de espectáculo. Toda la distancia existente entre Bayas y los diques de Putéolos, un espacio de tres mil seiscientos pasos aproximadamente, la cubrió con un puente, reuniendo naves de carga de todas partes, disponiéndolas ancladas en doble fila y colocando encima de ellas un recubrimiento de tierra en línea recta, a la manera de la vía Apia. Por este puente circuló sin parar durante dos días seguidos, en ambas direcciones; el primer día, cabalgando sobre un caballo enjaezado con faleras y deslumbrante él mismo en su atavío de emperador, con corona de hojas de encina, cetro, espada y manto imperial, todo ello de oro; el segundo, con la indumentaria propia de un auriga de cuadrigas, sobre un carro tirado por dos famosos caballos, precedido por el joven Darío, uno de los rehenes partos, y escoltado por un destacamento de pretorianos y por su corte de amigos, que viajaban en carruajes. Me consta que muchos creyeron que Cayo había proyectado semejante puente para rivalizar con Jerjes, quien, con gran admiración de su época, construyó un puente de tablas en el estrecho del Helesponto, aunque la distancia era algo menor; otros, en cambio, creen que lo hizo para atemorizar con la fama de una obra colosal a Germania y Britania, naciones por las que se sentía amenazado. Sin embargo, siendo yo todavía un niño, había escuchado a mi abuelo explicar que el auténtico motivo de esa construcción, según aducían los más íntimos cortesanos, se debía a que el astrólogo Trasilo le había asegurado a Tiberio, cuando éste, preocupado por su sucesión, se inclinaba más hacia su verdadero nieto, que la posibilidad de que Cayo llegara a ser emperador no era mayor que la de que llegara a atravesar a caballo el golfo de Bayas.

XX. Organizó también espectáculos fuera de Roma: en Siracusa, en Sicilia, unos juegos al modo ateniense, y en Lyon, en la Galia, unos juegos mixtos. En estos últimos, propuso también un certamen de elocuencia griega y latina, competición en la que dicen que los vencidos debían entregar los premios a los vencedores, estando obligados, además, a componer un poema en su elogio; y que aquellos que menos gustaban, se veían forzados a borrar su escrito con una esponja o con la lengua, si no querían ser azotados con una palmeta o sumergidos en el río vecino.

XXI. Acabó las obras que Tiberio había dejado incompletas: el templo de Augusto y el teatro de Pompeyo. Inició un acueducto en la región de Tívoli y un anfiteatro junto a los Saepta. Claudio, su sucesor, concluyó la primera de estas obras, mientras que prescindió de la segunda. En Siracusa, restauró las murallas, medio derruidas ya por el tiempo, y los templos de los dioses. Había proyectado reconstruir también el palacio de Polícrates, en Samos, y acabar el templo de Apolo Didimeo, en Mileto, y construir una ciudad en la cima de los Alpes, pero, antes que ninguna otra cosa, perforar el istmo de Acaya, y había enviado ya a un primipilo para que midiera la obra.

XXII. Hasta aquí las acciones de Calígula, por así decirlo, propias de un príncipe; pero tenemos ahora que narrar aquellas otras que, ciertamente, fueron propias de un monstruo. Aunque había adoptado numerosos títulos (pues era llamado «el piadoso», «hijo del campamento», «padre del ejército» y «óptimo, máximo césar»), al escuchar casualmente a unos reyes —que por obligaciones de estado habían ido a Roma— competir ante él, después de cenar, sobre la nobleza de sus respectivas estirpes, exclamó:

Uno sólo debe ser el soberano; uno sólo el rey.

Y poco le faltó para colocarse de inmediato la diadema y convertir la ficción del Principado en un reino formal. Pero, habiéndole hecho ver todos que él estaba por encima de los más altos reyes y príncipes, comenzó, por ello, a atribuirse a sí mismo dignidades divinas. Así pues, encargó que se trajesen de Grecia las estatuas de dioses más famosas por su veneración o su belleza, entre ellas la de Júpiter Olímpico, y que, quitándoles la cabeza, pusiesen en su lugar la suya propia. Prolongó hasta el foro una parte de su palacio y, convertido el templo de Cástor y Pólux en vestíbulo de su mansión, se exhibía con frecuencia puesto en pie entre los dos hermanos dioses, teniendo que rendirle adoración los transeúntes. Algunos le saludaban como «Júpiter Laciar». Consagró un templo a su propia divinidad, y también un colegio sacerdotal y las más selectas de las víctimas. Se erguía en este templo una estatua de él en oro, a la que cada día se vestía con una réplica del atuendo que él llevaba. Los más ricos personajes se disputaban la presidencia del colegio sacerdotal, con intrigas y pujando al máximo por ella. Las víctimas, que en general se inmolaban diariamente en su honor, consistían en: flamencos, pavos reales, urogallos, gallinas númidas, pintadas y faisanes. Durante las noches de plenilunio, invitaba a la Luna, llena y refulgente, a abrazarse y a hacer el amor con él. De día, en cambio, conversaba en secreto con la estatua de Júpiter Capitolino, a veces entre susurros y hablándose mutuamente a la oreja, a veces en voz alta e incluso discutiendo con ella. Se había escuchado, en efecto, su voz cuando le amenazaba:

O me derribas tú a mí, o yo a ti.

Finalmente, puesto que, según él mismo afirmaba, le había suplicado e invitado espontáneamente a mantener una estrecha familiaridad, unió el Palatino y el Capitolio, edificando un puente sobre el templo del divino Augusto. Más adelante, para estar más cerca de él, colocó los cimientos de su nueva mansión en el Capitolio.

XXIII. No permitía que se creyese ni se dijese que era nieto de Agripa, debido a la oscuridad de su linaje, y montaba en cólera si alguien, en un discurso o en un poema, mencionaba a Agripa entre los antepasados de los césares. Proclamaba que su madre había sido engendrada como fruto de un incesto que Augusto había cometido con su hija Julia. Y no contento con este ultraje a Augusto, prohibió que se celebrasen con las tradicionales fiestas las victorias de Accio y de Sicilia, por considerarlas funestas y catastróficas para el pueblo romano. En cuanto a su bisabuela Livia Augusta, además de llamarla siempre «un Ulises con vestido de mujer», se atrevió incluso a acusarla en una carta al Senado de no ser de noble linaje, pues, según él afirmaba, descendía por línea materna de un abuelo que tan sólo había sido un simple decurión en Fundos, a pesar de que se sabe con total certeza por documentos oficiales que Aufidio Lurcón había desempeñado magistraturas en Roma. Denegó a su abuela Antonia la petición de entrevistarse con él a solas, si no estaba presente Macrón, su prefecto de la guardia pretoriana, y nos consta que fueron ese tipo de humillaciones y el hastío la causa de su muerte, aunque hay quienes creen que la envenenó. Una vez hubo fallecido, no le otorgó honores oficiales de ninguna clase y se limitó a contemplar desde el comedor la ardiente pira funeraria. A su hermano Tiberio, lo hizo asesinar por sorpresa y de improviso, enviando para ello un tribuno militar. También obligó a suicidarse a su suegro Silano, que se degolló con una navaja. Para ambas muertes alegó un pretexto: en el caso de Silano, porque no le había acompañado con ocasión de haberse hecho a la mar, yendo esta muy gruesa, y había permanecido en tierra con la esperanza de apoderarse de Roma, si a él le ocurría algo a causa de la tormenta; en el caso de Tiberio, porque olía a antídoto, como si se lo hubiese tomado para precaverse de ser envenenado por él, cuando, en realidad, Silano había intentado evitar las náuseas del mareo y las incomodidades de la navegación, y Tiberio había utilizado un medicamento, debido a una tos crónica que le iba en aumento. Así pues, únicamente dejó con vida a su tío paterno Claudio, para usarlo como bufón.

XXIV. Mantuvo habituales relaciones sexuales con todas sus hermanas y, en los banquetes oficiales, situaba a cada una de ellas, por turno, a su derecha, mientras tenía a su esposa a la izquierda. Se asegura que a su hermana Drusila la desvirgó, cuando él vestía todavía la toga pretexta, y que en una ocasión fue sorprendido mientras fornicaba con ella por su abuela Antonia, en cuya casa vivían ambos hermanos. Más tarde, se la arrebató al ex cónsul Lucio Casio Longino, con quien había casado a Drusila, y vivió abiertamente con ella, como si fuera su legítima esposa; incluso, cuando estuvo enfermo, la nombró heredera de todos sus bienes y del Imperio. Cuando ella murió, decretó un luto oficial durante el cual reírse, bañarse o cenar con los padres, la mujer o los hijos era motivo de pena capital. No pudiendo soportar su dolor, huyó de Roma, repentinamente y de noche, y, después de atravesar la Campania, se dirigió a Siracusa. Desde allí regresó de nuevo a Roma precipitadamente, habiéndose dejado crecer la barba y el cabello. A partir de entonces, se tratase de lo que se tratase, ya fuera ante la asamblea del pueblo o ante el ejército, puso siempre y únicamente la divinidad de Drusila como testigo de sus juramentos. A sus restantes hermanas no las amó con tanta pasión ni les tuvo la misma consideración, hasta el punto de obligarlas a prostituirse muy a menudo con sus amigos libertinos. Por ello, en el proceso instruido contra Emilio Lépido, pudo hacerlas condenar muy fácilmente, acusándolas de adúlteras y cómplices de las intrigas tramadas en contra de él. Y no sólo divulgó cartas manuscritas de todas ellas, investigadas en el proceso de traición y adulterio, sino que consagró también como exvotos a Marte Vengador tres espadas preparadas para su asesinato, junto con la correspondiente inscripción.

XXV. No es fácil determinar si fue más infame el modo que tuvo de contraer sus distintos matrimonios, el de disolverlos o el de mantenerlos. Habiendo asistido el propio Calígula a la ceremonia de bodas el día que Livia Orestila se casaba con Cayo Pisón, ordenó que la novia fuese conducida a su palacio; a los pocos días la repudió y dos años después la condenó al destierro, porque le parecía que durante ese tiempo había vuelto a mantener relaciones con su primer marido. Otros afirman que, habiendo sido Calígula invitado al banquete nupcial, amonestó a Pisón, que se hallaba situado frente a él, diciéndole: «Deja de manosear a mi mujer» y, a continuación, se la llevó del banquete, proclamando al día siguiente en un edicto que había encontrado esposa, siguiendo el ejemplo de Rómulo y Augusto. En cierta ocasión se comentó que la abuela de Lolia Paulina —casada esta última con el ex cónsul Cayo Memio, jefe del ejército—, había sido la mujer más hermosa de su tiempo. Calígula hizo venir a Lolia de la provincia y, haciendo que el propio marido se la cediese, se casó con ella, repudiándola poco después, con la prohibición de mantener en adelante relaciones sexuales con nadie. A Cesonia, una mujer ni de eximia belleza ni de lozana juventud, pues ya había tenido tres hijos de otro hombre, pero de desenfrenada lujuria y lascivia, la amó con tan ardiente pasión y constancia que acostumbraba exhibirla ante los soldados, cabalgando junto a él revestida de clámide, escudo y yelmo, y, ante sus amigos, incluso completamente desnuda. No la honró, no obstante, con el nombre de esposa, hasta después de que hubo dado a luz, proclamándose en un mismo día marido de ella y padre de la niña que había parido. Puso a ésta el nombre de Julia Drusila y, después de visitar en su compañía todos los templos, la colocó en el regazo de Minerva y se la encomendó para su crecimiento y educación. Creía, además, que no había prueba más segura de que aquella niña era verdaderamente fruto de su semen que la crueldad que ya entonces poseía Drusila en tan alto grado que, con sus hostiles deditos, procuraba herir el rostro y los ojos de los niños que jugaban con ella.

XXVI. Puede que carezca de importancia e interés añadir a estos hechos de qué forma trató a sus allegados y amigos, a Ptolomeo, hijo del rey Juba, primo hermano suyo —era, en efecto, un nieto de Marco Antonio, habido de su hija Selene—, y, sobre todo, a Macrón y a Ennia, quienes le habían ayudado a conseguir el Imperio. A todos ellos, a despecho de los vínculos de parentesco y de los favores que le habían prestado, les pagó con una sangrienta muerte. No fue más respetuoso o benigno con el Senado. A algunos senadores, que habían desempeñado las más altas magistraturas, les hizo correr a pie algunas millas junto a su carroza, vestidos con la toga; a otros, les hizo permanecer en pie, ceñidos con un delantal, junto al respaldo o a los pies de su diván, mientras él comía; a otros, después de hacerlos matar en secreto, continuó convocándolos al Senado, como si estuviesen vivos, fingiendo, a los pocos días, que se habían suicidado. A unos cónsules, que se habían olvidado de publicar un edicto informando de su aniversario, les destituyó de su cargo y durante tres días la República estuvo privada de la máxima autoridad. A un cuestor, que había sido delatado como integrante de una conspiración, lo hizo flagelar, después de desnudarlo y extender sus vestidos a los pies de los soldados, para que éstos se sintieran más firmes en el momento de azotarlo. A los demás estamentos sociales los trató con igual soberbia y crueldad. Incomodado por la algarabía de los ciudadanos que a media noche pretendían ocupar las localidades gratuitas del circo, hizo desalojarlos a todos a bastonazos. En el tumulto murieron aplastados más de veinte caballeros romanos, igual número de damas romanas e innumerable gente del pueblo. Durante las representaciones teatrales, a fin de buscar un motivo de pelea entre la plebe y los caballeros, distribuía con antelación los donativos para que las localidades propias del testamento ecuestre fueran ocupadas por la gente de ínfima condición. A veces, durante los juegos de gladiadores, cuando el sol quemaba más, hacía replegar los toldos y prohibía que nadie se marchara; en esos casos, cambiaba además la programación prevista y la sustituía por fieras macilentas, gladiadores de ínfima calidad, que se caían de viejos, y, en lugar de gladiadores especialistas en esgrima, reputados padres de familia, pero peculiares por algún defecto físico. También algunas veces, haciendo cerrar los graneros, castigó al pueblo con el hambre.

XXVII. Puso también en total evidencia el perverso sadismo de su naturaleza mediante los siguientes hechos: como resultaban muy caras las cabezas de ganado que se habían de aprestar para alimentar a las fieras destinadas a los espectáculos, señaló a aquellos de los condenados que tenían que ser devorados por ellas; y, en una ocasión en que estaba inspeccionando las prisiones, sin estudiar siquiera el expediente judicial de ninguno de los detenidos, poniéndose simplemente de pie en mitad del pórtico, ordenó que, de la fila de presos, fuesen arrojados a las fieras «desde el calvo hasta el otro calvo». Exigió que cumpliera su promesa aquel ciudadano que prometió, a cambio de la salud del emperador, que lucharía como gladiador, y lo estuvo contemplando mientras peleaba con la espada y no lo perdonó, sino después de resultar vencedor y de muchas súplicas. A aquel otro que por la misma razón había prometido dar su vida, como vacilaba en cumplir su promesa, lo entregó a los niños, coronado de yerbas sagradas y con ínfulas, para que lo condujesen a través de los barrios de la ciudad, reclamándole el cumplimiento de su ofrecimiento, hasta que, finalmente, se le precipitase desde la roca Tarpeya. A muchos ciudadanos del orden senatorial, después de hacerles grabar al fuego una marca infamante, los condenó a trabajar en las minas, en la reparación de carreteras o a ser arrojados a las fieras; a otros los encerró en jaulas, a cuatro patas, como si fueran bestias, o los aserró por en medio; y no todos ellos a causa de delitos graves, sino por haber criticado los juegos que había ofrecido o no haber jurado nunca por su genio. Obligaba a los padres a estar presentes en el suplicio de sus hijos; a uno de ellos, que se excusaba por estar enfermo, le envió su litera y, a otro, cuando acababa de presenciar la ejecución de su hijo, lo hizo asistir a un banquete y, con toda clase de bromas, le provocaba a que se riera y contara chistes. A un intendente de juegos y cacerías le hizo azotar con cadenas en su presencia durante muchos días seguidos y no ordenó darle muerte hasta que se sintió molesto por el olor de su cerebro ya en putrefacción. A un autor de una comedia atelana lo hizo quemar en medio de la arena del circo, a causa de un verso de ambigua ironía. A un caballero romano que había hecho arrojar a las fieras, como se proclamaba inocente, lo hizo sacar de allí, le cortó la lengua y lo volvió a arrojar a la arena.

XXVIII. A un ciudadano, a quien había hecho regresar de un prolongado exilio, le preguntó qué solía hacer allí; éste, para adularle, le respondió: «Pedía siempre a los dioses que, tal como sucedió, muriera Tiberio y fueses tú el emperador». Pensando entonces Calígula que los desterrados por él pedirían también a los dioses su muerte, envió sicarios a las islas para que los degollaran a todos. Deseando en una ocasión despedazar a un senador, sobornó a otros senadores para que, cuando aquél entrase en la Curia, se apoderaran de él por sorpresa, acusándolo de enemigo público, y, después de abatirlo con sus estiletes, lo entregaran a otros para que lo despedazasen. Y no se dio por satisfecho hasta que vio los miembros, las extremidades y las vísceras del senador arrastradas por los barrios y amontonadas frente a él.

XXIX. Con la crueldad de sus palabras acrecentaba todavía más la barbarie de sus sádicos crímenes. Afirmaba que nada, en su propia forma de ser, le complacía y agradaba tanto como (utilizando su misma expresión) su desvergüenza, esto es, su falta de pudor. A su abuela Antonia, que le reconvenía, como si no le bastara con no obedecerla, le replicó: «Acuérdate que para mí es lícito todo y contra todos». Cuando estaba a punto de hacer degollar a su hermano, de quien sospechaba que por miedo a morir envenenado se precavía tomando pócimas, exclamó: «¿Un antídoto contra César?». A sus hermanas, después de desterrarlas, las amenazaba diciéndoles que él «no sólo disponía de islas, sino también de espadas». Habiendo dado orden de eliminar a un ex pretor, que desde su retiro de Anticira —que había solicitado a causa de su salud— solicitaba una y otra vez que se le prorrogara su permiso, añadió el comentario que «le era necesaria una sangría a un hombre a quien, después de tanto tiempo, no le había curado el eléboro». Cuando cada diez días firmaba la lista de los que debían ser sacados de la cárcel y ejecutados, comentaba que así «aligeraba sus gastos». En cierta ocasión que unos cuantos galos y griegos fueron condenados por él al mismo tiempo, se jactó de haber sometido a la Galogrecia.

XXX. No permitía que se ejecutase a nadie a la ligera, sino con continuos y controlados golpes, con la eterna y ya célebre orden de: «Hiérele de forma que note que se muere». Una vez que, debido a una equivocación de nombres, se ejecutó a otro individuo en lugar del que había sido condenado, afirmó que también aquél se había hecho acreedor al mismo suplicio. Continuamente pronunciaba aquellas macabras palabras:

¡Que me odien, con tal de que me teman!

Mostrando los informes que había simulado quemar, arremetió con frecuencia contra todos los senadores, tachándolos de partidarios de Sejano, delatores de su madre y de sus hermanos, y justificando la crueldad de Tiberio, como si fuera algo inevitable, ya que tenía que creer a tantos acusadores. Encolerizado contra la masa del pueblo, que en el circo animaba a unos contendientes que no eran sus favoritos, exclamó: «¡Ojalá el pueblo romano tuviera un único cuello!». Un día que se le pedía que hiciese salir a la arena a un bandido llamado Tetrinio, repuso que todos los que se lo pedían eran también unos Tetrinios. En otra ocasión, cinco reciarios, que luchaban en grupo, habían sido vencidos, sin oponer resistencia, por otros tantos gladiadores; cuando los espectadores pidieron su muerte, uno de ellos, recogiendo el tridente, dio muerte a todos los vencedores. Calígula deploró en un edicto aquella matanza, tildándola de sumamente cruel, y maldijo a todos los que se atrevieron a contemplarla.

XXXI. Acostumbraba también a lamentarse de la condición de su época, porque no estaba señalada por ninguna catástrofe pública: el Principado de Augusto lo estuvo por la derrota de Varo; el de Tiberio, por el derrumbamiento en Fidenas del circo, un hecho memorable; el suyo, en cambio, amenazaba caer en el olvido a causa de la general prosperidad; por ello aguardaba siempre ansiosamente algún desastre de sus ejércitos, un hambre general, una epidemia de peste, algún incendio memorable o que se abriese la tierra.

XXXII. Su cruel sadismo de palabras y obras se hallaba también presente cuando organizaba diversiones o banquetes para entretenerse. Muchas veces, mientras comía o fornicaba, se instruían en su presencia, mediante torturas, importantes procesos, y algún soldado especialista en decapitaciones cortaba la cabeza a algunos presos traídos desde la cárcel. En la inauguración del puente de Putéolos, aquel que dijimos que había sido ideado por él, después de invitar a muchos curiosos que miraban desde la costa a que se reunieran con él, los hizo precipitar a todos al mar y a golpes de perchas y remos rechazó a todos aquellos que intentaban agarrarse a los timones de los navíos. En Roma, durante un banquete oficial, por haber robado de un diván una lámina de plata, entregó de inmediato un esclavo al verdugo con la orden de que, después de cortarle las manos y colgárselas del cuello delante del pecho, lo fuese paseando entre los grupos de comensales, precedido de un cartel que explicase el motivo de su castigo. Un mirmilón de la escuela de gladiadores, que se batía con él con armas de madera, a modo de entrenamiento, se dejó caer al suelo, simulando haber sido vencido; Calígula entonces lo atravesó con un puñal y se puso a correr de un lado a otro con una palma, como hacían los vencedores. En otra ocasión, estando ya la víctima propiciatoria junto al altar, se ciñó la túnica al modo de los victimarios y, levantando muy alto el mazo, lo abatió sobre la cabeza del sacerdote, sacrificándolo a él. Cierto día, durante un fastuoso banquete se puso a reír a carcajadas; al preguntarle amablemente los cónsules, que estaban recostados a su lado, de qué se reía, respondió: «¿De qué puedo reírme, sino de que a un solo gesto mío podríais ser degollados los dos al instante?».

XXXIII. Entre otras muchas de sus bromas, un día que se hallaba junto a la estatua de Júpiter preguntó a Apeles, un actor trágico, cuál de los dos le parecía más importante; como éste dudaba, lo hizo flagelar hasta la muerte, sin dejar de elogiar su voz mientras pedía clemencia, manifestando que ésta era preciosa incluso cuando gemía. Siempre que besaba el cuello de su esposa o de alguna de sus amantes, añadía: «¡Un cuello tan hermoso que será cortado en el momento que yo lo ordene!». Más aún, proclamaba continuamente que tenía que averiguar de boca de su querida Cesonia, aunque fuera sometiéndola a tortura, por qué la amaba tan apasionadamente.

XXXIV. Con no menor malevolencia y malignidad que soberbia y cruel sadismo, atentó contra toda clase de personajes de todas las épocas. Las estatuas de hombres ilustres que Augusto, por la estrechez del espacio, había hecho trasladar de la zona del Capitolio al Campo de Marte, las demolió e hizo pedazos de tal forma que no pudieron ser reconstruidas, a pesar de haberse conservado sus nombres, y prohibió que en adelante se erigiese ninguna estatua o busto de nadie que todavía viviera, a no ser después de consultárselo y ser autorizado por él. Pensó también en destruir los poemas de Homero, arguyendo que «por qué no le iba a estar permitido a él lo que le fue lícito a Platón, que lo desterró de la República que él imaginó». Y poco faltó para que hiciese retirar de todas las bibliotecas las obras y los bustos de Tito Livio y Virgilio, pues denigraba al primero por su total falta de talento e ínfima erudición, y al segundo, por su farragosa palabrería y negligencia con la historia. También sobre los jurisconsultos, como si tuviera intención de eliminar la utilidad de recurrir a sus conocimientos, afirmaba a menudo con jactancia: «¡Por Hércules, que voy a hacer que ninguno de ellos pueda dar solución a cuestión alguna de derecho, excepto yo mismo!».

XXXV. Privó a los más nobles ciudadanos de los tradicionales emblemas de sus familias: a Torcuato, del collar;a Cincinato, de la cabellera y a Cneo Pompeyo, miembro de este antiguo linaje, del sobrenombre de «el Grande». A Ptolomeo, de quien antes he hecho mención, después de haberlo hecho venir de su reino y haberle acogido con grandes honores, decidió de súbito hacerlo asesinar por la única razón de haber observado, durante unos juegos que él ofrecía, que, al entrar Ptolomeo en el circo, había atraído sobre él las miradas de los espectadores debido al fulgor de su manto de púrpura. Siempre que se encontraba con personas de hermosos y largos cabellos, las afeaba haciéndoles rasurar la parte de atrás de la cabeza. Había en Roma un tal Esio Próculo, hijo de un primipilo, a quien se apodaba «Colosero» por la fortaleza y la belleza de su cuerpo. Sacándolo un día, súbitamente y a la fuerza, de su localidad en el anfiteatro, lo arrojó a la arena y le hizo enfrentarse primero con un tracio y luego con un gladiador totalmente armado; al salir vencedor de ambos combates, ordenó que lo encadenasen de inmediato, que lo paseasen cubierto de harapos por los diferentes barrios, que lo exhibiesen ante las mujeres y, finalmente, que lo degollasen. No hubo nadie de tan ínfima condición o tan mísera fortuna, cuyos bienes no envidiase. Como el sacerdote encargado del culto de Diana, en Aricia, hacía ya muchos años que desempeñaba ese sacerdocio, sobornó a un rival más fuerte para que lo eliminase. Cierto día, durante unos juegos de gladiadores, el pueblo aclamó entusiasmado a Porio, un gladiador de carros, quien tras una victoria había manumitido a un esclavo suyo; Calígula, fuera de sí de cólera y gritando que el pueblo dueño del universo tributaba por una fruslería más honores a un gladiador que a los príncipes divinizados o que a él mismo aun estando allí presente, abandonó con tal furia y precipitación el graderío que, pisándose el borde de la toga, cayó rodando por las gradas.

XXXVI. No mostró el más mínimo respeto por su propio pudor ni por el de los demás. Se dice que amó y mantuvo relaciones sexuales con Marco Lépido, con el mimo Mnéster y con varios de los rehenes. Valerio Catulo, un joven de familia consular, proclamaba a gritos que había sodomizado al emperador y que en ese comercio carnal había llegado a agotar su virilidad. Además de los incestos con sus hermanas y de su conocida relación amorosa con la prostituta Piralis, no se abstuvo de ninguna mujer, por noble que fuera. Las obligaba a asistir a sus banquetes, la mayoría de las veces en compañía de sus maridos y, haciéndolas desfilar por delante de él, las examinaba detallada y detenidamente, como si fuera un tratante de esclavas, levantándoles el rostro con sus propias manos, si, por pudor, alguna de ellas lo bajaba. Luego, siempre que le apetecía, se marchaba del comedor, llevándose con él la que más le gustaba, y regresaba al poco rato con ostensibles señales de su reciente cópula; las elogiaba entonces o las vituperaba, delante de todos, detallando cada una de las perfecciones y de los defectos de su cuerpo y de su forma de hacer el amor. A algunas de ellas les envió personalmente el libelo de repudio, en nombre de sus maridos ausentes, y ordenó que se hiciese constar así en las actas oficiales.

XXXVII. Superó con sus despilfarros la imaginación de todos los manirrotos existentes hasta entonces: ideó nuevas clases de baños y los más sofisticados manjares y banquetes, como bañarse con perfumes, tanto calientes como fríos, beberse costosísimas perlas, disueltas en vinagre, y servir a sus comensales panes y viandas hechos de oro, repitiendo con frecuencia que un hombre, o tenía que ser frugal, o ser emperador. Más aún, desde el techo de la basílica Julia hizo llover sobre el pueblo durante varios días una notable cantidad de dinero en monedas. También hizo construir navíos de guerra con diez líneas de remos, con las popas tachonadas de piedras preciosas, con velas de diferentes colores, dotados de espaciosas termas, pórticos y comedores y con gran variedad de vides y de árboles frutales. En estas naves se entregaba desde el alba a sus festines, navegando por las aguas de Campania entre danzas y música. En la construcción de sus palacios y villas de recreo nada anhelaba tanto, dejando de lado cualquier razonamiento, como llevar a cabo todo aquello que le decían que era irrealizable. Y así se pusieron diques al mar bravío y profundo, se perforaron rocas de durísimo sílex, se igualaron, acopiando tierra, las llanuras con las montañas y se allanaron, excavándolas, las cimas de los montes. Y todo ello con increíble rapidez, pues los culpables de cualquier retraso lo pagaban con su cabeza. Y, en suma, para no hacerme prolijo en exceso, en menos de un año había dilapidado inmensas riquezas y toda la fortuna de Tiberio César, valorada en dos mil setecientos millones de sestercios.

XXXVIII. Arruinado, por tanto, y necesitado de dinero, se dedicó a robarlo, empleando los más sofisticados y variados géneros de calumnias, subastas e impuestos. Negaba que tuviesen derecho a la ciudadanía romana aquellos ciudadanos cuyos padres la habían obtenido para sí mismos y para sus descendientes, a no ser que fueran los hijos, pues decía que no debía entenderse «descendientes» más allá de este grado de parentesco y, cuando se le mostraban los correspondientes certificados, extendidos por el divino Julio o el divino Augusto, los rechazaba de un plumazo como caducados y obsoletos. Denunciaba como irregulares las declaraciones de fortuna personal hechas en el censo, cuando posteriormente, por cualquier motivo, se había producido un incremento de patrimonio. Anuló, so pretexto de ingratitud, los testamentos de todos los primipilos, emitidos desde el inicio del Principado de Tiberio, en los que no se hubiese designado como herederos a éste o a él mismo. Anuló también, como inválidos y sin efecto, los de los demás ciudadanos, cualesquiera que fuesen, con tal de que alguien manifestase que, al morir, habían tenido intención de instituir heredero a César. Así pues, después de que, invadidos por el pánico, personas desconocidas lo nombrasen coheredero como si fuera un familiar, e incluso algunos padres como si fuera uno de sus hijos, Calígula los acusaba de mofarse de él, puesto que, tras haberle nombrado heredero, seguían viviendo, y envió a muchos de ellos pasteles envenenados. En estos asuntos instruía personalmente el proceso, fijando primero el importe que deseaba obtener y, una vez conseguido, levantaba la sesión. Como no soportaba la más mínima dilación, en cierta ocasión condenó en una sola sentencia a más de cuarenta acusados de diferentes delitos y, despertando a Cesonia, se jactó de lo mucho que había trabajado mientras ella hacía la siesta. En una subasta organizada por él, expuso y vendió el sobrante de todos los espectáculos, fijando él mismo los precios y haciéndolos subir hasta tales extremos que algunos ciudadanos, obligados a comprar algunos objetos a un precio exorbitante, se cortaron las venas por haber quedado arruinados. Es de todos conocido que un día que Aponio Saturnino se había quedado dormido en su asiento, advirtió Cayo al heraldo que no pasara por alto a aquel ex pretor que con la cabeza hacía tantos gestos afirmativos y no se puso fin a la subasta hasta haberle sido adjudicados trece gladiadores por nueve millones de sestercios, sin que él se hubiese enterado de nada.

XXXIX. Como también en la Galia había vendido a precios fabulosos las joyas, enseres, mobiliario y hasta los esclavos y libertos de sus hermanas que habían sido condenadas, ávido de lucro, llevó allí desde Roma todos los utensilios de su antiguo palacio, confiscando, para transportarlos, todos los vehículos de alquiler y los jumentos de las tahonas, hasta el punto de que llegó a faltar el pan en Roma y muchos litigantes perdieron el pleito, por estar ausentes de la ciudad y no haber podido presentarse ante el juez el día de su citación. Para vender todos esos objetos empleó también toda clase de engaños y artimañas, ya increpando a algunos por su avaricia y por no darles vergüenza ser ellos más ricos que él, ya simulando arrepentirse de que, objetos tan valiosos que habían pertenecido a los príncipes, se ofreciesen a simples particulares. Había averiguado que cierto rico personaje de provincias había entregado doscientos mil sestercios a sus secretarios para que le incluyesen indebidamente entre los invitados a uno de sus banquetes, y no le pareció mal que hubiese tasado tan alto el honor de estar a su mesa. Así pues, al día siguiente, cuando este individuo estaba sentado presenciando la subasta, le envió un esclavo para que le adjudicara no sé qué bagatela a cambio de doscientos mil sestercios más y le comunicase que por invitación personal de César cenaría con él aquella noche.

XL. Impuso nuevos e inauditos impuestos, que cobraba al principio mediante los arrendatarios públicos, pero luego, viendo que su beneficio era enorme, utilizó para ello los centuriones y tribunos de la guardia pretoriana. No hubo cosa ni persona alguna que no gravase con algún género de impuestos. Por los comestibles que fluían por toda la ciudad, exigía una tasa fija; por los pleitos y juicios, dondequiera que se incoasen, cobraba la cuadragésima parte de la suma en litigio, y si se probaba que alguno había llegado a una componenda o había desistido del pleito, tampoco se evitaba una multa. Se quedaba con la octava parte de los beneficios diarios de los mozos de cuerda y, en cuanto a las prostitutas, se quedaba cada día con el importe de uno de sus coitos. Y se había añadido a este capítulo de la ley que quedaban también sujetos a este impuesto público, tanto las mujeres que habían ejercido de prostitutas, como los proxenetas, y ni siquiera los matrimonios quedaban exentos de esta tasa.

XLI. Como toda esta clase de tributos se habían impuesto sin promulgarlos oficialmente y, por desconocimiento del texto de la ley, se cometían muchas infracciones, al final, ante la insistencia del pueblo, promulgó la ley, pero con una letra tan sumamente diminuta y en un espacio tan reducido que a nadie le fue posible copiarla. Y para no dejar de experimentar ningún género de extorsión, montó un prostíbulo en palacio, destinando y decorando varias salas a este fin de acuerdo con la majestuosidad del lugar, donde se prostituyesen damas romanas y muchachos de condición libre. Envió heraldos a las basílicas y a los foros para que invitasen a jóvenes y viejos a satisfacer allí sus apetitos sexuales. Después prestaba dinero a interés usurario a quienes iban hasta allí, apostando junto a las puertas unos funcionarios que anotaban sus nombres ostensiblemente, considerándolos poco menos que colaboradores de los ingresos de César. Y, sin despreciar tampoco las ganancias procedentes del juego de dados, se lucraba todavía más mediante el fraude y los falsos juramentos. En cierta ocasión, después de pedirle a su vecino compañero de juego que tirara por él, salió al atrio del palacio y ordenó que dos caballeros romanos que pasaban por allí fueran detenidos y confiscados de inmediato sus bienes; luego regresó exultante y jactándose de que nunca había hecho una tirada de dados más provechosa.

XLII. Mas cuando le nació su hija, lamentándose entonces de su indigencia y de sus cargas, no ya como emperador, sino como padre, recibía donativos para la manutención y dote de la recién nacida. Anunció, además, por un edicto que al inicio de año aceptaría también aguinaldos y, en las calendas de enero, se plantó en el vestíbulo de su palacio para recibir los óbolos que una multitud de toda clase de ciudadanos derramaba ante él a manos y bolsas llenas. En sus últimos días, enardecido por el deseo de palpar el dinero, esparciendo en un vastísimo salón enormes montones de monedas de oro, se paseaba a menudo sobre ellas con los pies descalzos, llegando, algunas veces, a revolcarse entre ellas completamente desnudo.

XLIII. Una sola vez participó en la vida castrense y en las campañas militares, y no fue por un plan preconcebido, sino porque, habiéndose dirigido a Mevania para ver el bosque y el río Clitumno y al aconsejarle alguien que completase su escolta personal bátava, le invadió un súbito deseo de realizar una expedición a Germania. Y no la demoró, sino que después de hacer venir legiones y tropas auxiliares desde todas las partes del Imperio, de llevar a cabo exhaustivas levas en todas las provincias y de reunir toda clase de avituallamientos en proporciones nunca vistas hasta entonces, se puso en camino, llevando una marcha a veces tan apresurada y rápida que las cohortes pretorianas, en contra de lo habitual, se vieron obligadas a colocar sus enseñas sobre jumentos y seguirlo de esta guisa, y otras veces, tan perezosa y delicada que se hacía transportar en litera por ocho hombres y exigía que la gente de las ciudades vecinas barriese y regase la calzada para evitar el polvo.

XLIV. Nada más llegar al campamento, para demostrar que era un general exigente y severo, licenció con ignominia a varios legados por haber aportado con retraso las tropas auxiliares, aunque venían de remotos lugares. Cuando pasó revista al ejército, quitó la categoría de primipilo a muchos centuriones ya veteranos y a algunos otros que les faltaban tan sólo unos pocos días para licenciarse, alegando su vejez y su escaso vigor. Recriminando duramente la codicia de todos los demás, redujo a seis mil sestercios la prima de licenciamiento, después de toda una vida de milicia. Sin ningún otro éxito que haber aceptado la rendición de Adminio, hijo de Cinobelino, rey de los britanos, que, expulsado por su padre, se había pasado a los romanos con un pequeño grupo de hombres, envió una jactanciosa carta a Roma, advirtiendo a los mensajeros que llegasen en su vehículo hasta el foro y la Curia y que únicamente la entregaran a los cónsules, cuando estuvieran en el templo de Marte y ante todo el Senado reunido.

XLV. Luego, al no encontrar enemigos con quien combatir, ordenó sacar y esconder al otro lado del Rin unos cuantos germanos de su guardia y que, después del almuerzo, le anunciasen con el máximo tumulto posible que el enemigo estaba a la vista. Así se hizo. Él, con sus amigos y una parte de la caballería pretoriana, se dirigió precipitadamente al bosque vecino y, después de cortar algunos árboles y adornarlos a manera de trofeos, regresó de la espesura y apostrofó por su miedo y cobardía a aquellos que no le habían seguido, mientras que a sus compañeros y copartícipes de la victoria los condecoró con una nueva clase de coronas que, adornadas con la imagen del sol, la luna y las estrellas, las denominó «exploratorias». Del mismo modo, después de sacar unos cuantos rehenes de la escuela elemental y enviarlos por delante en secreto, abandonando de súbito el banquete, se lanzó con la caballería en su persecución como si se tratara de desertores y, tras apoderarse de ellos, los trajo de vuelta al campamento cargados de cadenas. También durante esta farsa totalmente desmesurada, cuando, al reemprender la comida, le comunicaron sus oficiales que el ejército estaba reunido, les hizo ponerse a cenar, tal como estaban, con la coraza puesta y les amonestó también con el célebre verso de Virgilio para que «permanecieran firmes y aguardaran tiempos más favorables». En medio de todos estos desafueros, mediante un durísimo edicto recriminó al ausente Senado y al pueblo que, mientras César combatía y se hallaba expuesto a tan graves peligros, ellos se dedicaban a celebrar intempestivos banquetes,air al circo, al teatro y a sus placenteros lugares de descanso.

XLVI. Por último, formado el ejército a lo largo de la playa del océano y dispuestas las catapultas y las máquinas de guerra como si se dispusiese a entablar combate, pero sin que nadie supiese ni se pudiera imaginar qué era lo que se proponía, ordenó de súbito que recogieran conchas y llenaran con ellas los yelmos y sus capas, denominándolas «los despojos del océano, debidos al Capitolio y al palacio»; luego, como memorial de su victoria, erigió una altísima torre, desde la que refulgiera una hoguera, como en Faros, para orientar durante las noches el curso de los navíos. Luego, tras prometer a los soldados un donativo de 100 denarios por cabeza, como si hubiese sobrepasado todo posible ejemplo de liberalidad les dijo: «Idos contentos, idos ricos».

XLVII. A partir de ese momento se dedicó a preparar la celebración de su triunfo. Para ello, además de los cautivos, de los tránsfugas bárbaros y de los galos más altos y, como él decía, más dignos del cortejo, seleccionó y separó para el desfile triunfal a algunos de los príncipes de estos últimos y les obligó, no sólo a teñir de rojo y dejarse crecer el cabello, sino también a aprender el idioma germánico y a ponerse nombres bárbaros. Ordenó también que los trirremes, con los que se había adentrado en el océano, fueran arrastrados hasta Roma, una gran parte del itinerario por tierra. Escribió también a sus intendentes que prepararan un triunfo gastando lo menos posible, pero de una magnificencia nunca vista hasta entonces, ya que tenían derecho a confiscar los bienes de todos.

XLVIII. Antes de salir de la provincia, tomó la decisión, de una abominable crueldad, de pasar a cuchillo a las legiones que en otro tiempo, después de la muerte de Augusto, se habían sublevado, puesto que habían hostigado a su padre Germánico, que era su general en jefe, y a él mismo, un niño en aquel entonces. Aunque a duras penas se consiguió hacerle desistir de semejante locura, no hubo forma alguna de hacerle renunciar a su deseo de diezmarlas. Así pues, después de convocarlas a una asamblea, sin armas e incluso sin espadas, las hizo rodear por la caballería completamente armada. Al ver, sin embargo, que muchos de ellos, recelando de la situación, abandonaban la asamblea para recuperar sus armas por si se producía alguna violencia contra ellos, huyó de la reunión y se dirigió rápidamente a Roma, dirigiendo toda su ira contra el Senado al que, para desviar los rumores de las enormes infamias por él perpetradas, amenazaba públicamente, lamentándose, entre otras cosas, de haber sido privado de un triunfo completo, aun cuando poco tiempo antes él personalmente había prohibido, incluso bajo pena de muerte, que se tratara cosa alguna en el Senado sobre los honores que se le debían tributar.

XLIX. Así pues, durante su viaje le salió al encuentro una embajada formada por representantes de los más nobles estamentos sociales de Roma, para suplicarle que se apresurara a llegar cuanto antes. Calígula, con voz estentórea y dando continuos golpes en la empuñadura de la espada que llevaba al cinto, replicó: «Ya llegaré, ya llegaré, y ésta conmigo». Emitió también un edicto comunicando que regresaba, pero sólo para aquellos que lo deseaban, es decir, el orden ecuestre y el pueblo, pues por lo que respecta al Senado, nunca más volvería ya a ser ni su conciudadano ni su príncipe. Prohibió igualmente que ningún senador saliera a recibirle. Y, tras omitir o diferir el triunfo completo, entró en Roma el día de su cumpleaños con los honores de la ovación. Murió cuatro meses más tarde, después de haber cometido con total osadía abominables crímenes y de proyectar otros todavía mayores, puesto que había planeado trasladar la capital, primero a Ancio, y luego a Alejandría, pero habiendo hecho asesinar previamente a los más conspicuos ciudadanos, tanto del orden ecuestre como del orden senatorial. En efecto, para que a nadie le queden dudas de la veracidad de sus intenciones, entre sus documentos secretos se descubrieron dos escritos con diferente título: uno se titulaba La espada; el otro El puñal. En ambos casos se trataba de un índice: uno y otro contenían nombres y anotaciones de todos los ciudadanos que tenían que morir. Se encontró también un enorme arcón repleto de venenos y se dice que, cuando Claudio los hizo sumergir en el mar, quedaron infectadas sus aguas, con gran mortandad de peces que la marea arrojó ya muertos a las playas próximas.

L. Fue Calígula de alta estatura, de tez muy blanca y de gran corpulencia, pero sumamente delgado de cuello y piernas. Tenía hundidos los ojos y las sienes; la frente ancha y torva, el cabello ralo y calvo en la coronilla, pero muy peludo el resto del cuerpo. Por esta razón se consideraba un crimen de pena capital mirarlo desde un lugar superior mientras paseaba, o mencionar, por cualquier motivo que fuera, la palabra «cabra». De rostro aterrador y siniestro ya de por sí, procuraba con el maquillaje aumentar la fiereza de su semblante, arreglándose ante un espejo para inspirar el mayor terror y espanto posible. No gozó de buena salud ni de cuerpo ni de alma. Afectado de epilepsia ya desde niño, soportó bien la fatiga durante su adolescencia, aunque, cuando en ocasiones sufría algún desfallecimiento, apenas podía caminar, permanecer de pie, recuperar el sentido y sostenerse. En cuanto a la enfermedad de su mente, él mismo se había dado cuenta de ella y a menudo había pensado en retirarse e intentar curar su desequilibrio mental. Se cree que su esposa Cesonia le había hecho beber un filtro amoroso que le había abocado a la locura. Padecía, sobre todo, de agudísimo insomnio, pues, en efecto, no dormía más de tres horas por la noche y ni siquiera ese rato disfrutaba de un sueño tranquilo, sino atormentado por pesadillas; entre otras visiones, en cierta ocasión le pareció ver en sueños una representación del océano que hablaba con él. En consecuencia, durante gran parte de la noche, harto de estar acostado y no poder dormir, ya sentado en la cama, ya vagando por los larguísimos pórticos de palacio, solía invocar sin cesar y aguardar la luz del día.

LI. Yo podría atribuir justificadamente a su mente enferma dos vicios totalmente opuestos que se daban en él: una desmesurada insolencia y, por el contrario, un miedo excesivo. Efectivamente, Calígula, que con tanta pertinacia mostraba su desprecio a los dioses, cerraba los ojos y se tapaba la cabeza ante los más ligeros truenos y rayos; pero, si éstos arreciaban, solía arrojarse fuera del lecho y esconderse bajo la cama. Durante un viaje por Sicilia, después de burlarse de los supuestos prodigios de muchos lugares, huyó repentinamente de Mesina en plena noche aterrado por la humareda y el estruendo del cráter del Etna. Asimismo, aunque no había cesado de proferir amenazas contra los bárbaros, en cierta ocasión en que, en el otro lado del Rin, avanzaba en carro por un desfiladero con su ejército sumamente apiñado, al comentar un soldado que, si el enemigo apareciera por cualquier lugar, se produciría una enorme catástrofe, montó al punto sobre su caballo y regresó al galope hacia los puentes; pero, al encontrarlos bloqueados por los sirvientes y los bagajes del ejército, no pudiendo soportar la espera, se hizo trasladar a la otra orilla, de mano en mano, por encima de las cabezas de los hombres allí concentrados. Poco después, al enterarse de que se había producido la sublevación de Germania, preparaba ya su huida y una flota, además, para asegurarse la fuga, encontrando tan sólo sosiego en la tranquilizadora idea de que, si los germanos resultaban vencedores de modo que llegaran a apoderarse de las cumbres de los Alpes, como en otro tiempo los cimbrios, e incluso de Roma, como antaño los sénones, todavía permanecerían con toda seguridad en su poder las provincias de ultramar. Me parece que de ahí nació la idea, que más adelante tuvieron sus asesinos, de propalar la mentira entre los soliviantados soldados de que el propio Calígula se había suicidado, aterrado por la noticia de una derrota.

LII. Utilizó siempre una indumentaria, un calzado y un atuendo en general, que no era ni el tradicional romano, ni el que usaban los ciudadanos, ni era tampoco viril ni, en suma, propio de un ser humano. Con frecuencia se presentó en público vestido con casacas con capucha y mangas, bordadas y cuajadas de piedras preciosas, y adornado con collares; otras veces, con prendas de seda y vestido de mujer; iba calzado, ya con sandalias o coturnos, ya con botas militares o con zapatillas de mujer. Con frecuencia se exhibía con una barba dorada, sosteniendo el rayo, el tridente o el caduceo, distintivos divinos todos ellos, e incluso, a veces, vestido como Venus. Antes incluso de su expedición a Germania, ya se vestía a menudo con los ornamentos triunfales y a veces con la coraza de Alejandro Magno, que había sustraído de su sepulcro.

LIII. De las disciplinas liberales, no prestó la más mínima atención a la erudición, pero sí, en cambio, cultivó con gran afición la elocuencia. Tenía una extraordinaria riqueza y facilidad de palabra, sobre todo si apostrofaba a alguien. Cuando le dominaba la cólera le fluían las palabras y sentencias y no le fallaba ni la dicción ni la voz, de forma que a causa de la vehemencia no permanecía quieto en un sitio y podía ser escuchado por aquellos que se encontraban muy alejados. Cuando se disponía a hablar en público, amenazaba que iba a utilizar los dardos de sus reflexiones nocturnas; y, por otra parte, desdeñaba hasta tal punto el estilo demasiado suave y elegante de escribir que afirmaba que Séneca, que en aquel entonces gozaba del máximo éxito, componía «simples ejercicios poéticos de certamen» y que eran «arena sin cal». Tenía también la costumbre de componer respuestas a los discursos de los oradores que habían vencido, de preparar las acusaciones y las defensas de los personajes importantes acusados ante el Senado y, según le hubiera salido mejor el estilo, agravaba o suavizaba con sus argumentos la sentencia, invitando en esas ocasiones al orden ecuestre mediante un edicto a escuchar su peroración.

LIV. Aparte de esto, fue apasionado practicante de diversas habilidades de muy distinto género. Gladiador tracio y auriga, cantante y bailarín, se batía con armas de combate y conducía cuadrigas en los distintos lugares donde existiese un circo. El placer de cantar y bailar le dominaba hasta tal extremo, que ni siquiera en los espectáculos públicos se privaba de acompañar con el canto a los actores trágicos mientras recitaban, e imitaba los gestos de los histriones, como elogiándolos o corrigiéndolos públicamente. Parece que el día que fue asesinado había organizado una velada nocturna con la única finalidad de, amparado en la permisividad de la noche, propiciar su debut en la escena. Algunas veces, también durante la noche, se ponía a bailar; en cierta ocasión, a tres ex cónsules que en la segunda vigilia había hecho acudir a palacio, cuando ya se temían lo peor, los hizo situarse en el escenario; luego, de súbito, entre un gran estruendo de flautas y panderetas, Calígula irrumpió de un salto en la escena, vestido con un manto de mujer y túnica talar, y, después de interpretar y bailar un cántico, desapareció. En cambio, este hombre tan hábil para todo lo demás, no sabía nadar.

LV. Favoreció hasta extremos demenciales a todos aquellos por quienes se sentía atraído. Al mimo Mnéster lo cubría de besos, incluso en plena actuación, y, si alguien hacía el menor ruido mientras éste danzaba, ordenaba expulsarlo del teatro y lo flagelaba con sus propias manos. Por medio de un centurión ordenó a un caballero romano que causaba alboroto que marchase sin demora a Ostia y que llevara al rey Ptolomeo, en Mauritania, una carta suya, cuyo contenido era el siguiente: «A este individuo que te he enviado, no le hagas mal ni bien alguno». Puso a algunos gladiadores tracios al frente de los germanos de su escolta personal. Redujo la armadura de los mirmilones. A un tal Columbo, un mirmilón que, aunque ligeramente herido, había resultado vencedor, le hizo poner veneno en su herida, veneno que por ese motivo se llamó «columbino» y con ese nombre, escrito en el recipiente por el propio Calígula, fue ciertamente hallado entre los otros venenos. Era tan ferviente partidario del equipo verde, que con mucha frecuencia cenaba en las caballerizas y se quedaba allí a dormir, y una vez, durante una orgía, obsequió al auriga Eutico con dos millones de sestercios como regalo. La víspera de las carreras en el circo, para que no se molestase a su caballo Incitato, solía ordenar a la vecindad que guardase silencio, utilizando soldados para ello. Le cubrió, además, de regalos: un establo de mármol, un pesebre de marfil, gualdrapas de púrpura, arreos con piedras preciosas, una casa, esclavos y enseres para que los invitados, en nombre de su caballo, fueran recibidos con la máxima suntuosidad. Se dice también que tenía pensado nombrarlo cónsul.

LVI. Al estar entregado Calígula a semejantes desvaríos e insanias, hubo muchos que concibieron el designio de eliminarlo. Pero descubiertas una o dos conspiraciones, mientras otros vacilaban por la falta de oportunidades, dos ciudadanos se pusieron de acuerdo y lo llevaron a término, no sin la complicidad de los más poderosos libertos y de los prefectos de la guardia pretoriana, puesto que también ellos, aunque no era cierto, habían sido denunciados como si hubieran participado en otra conspiración y se daban cuenta de que, a pesar de todo, se hallaban bajo sospecha y resultaban odiosos al emperador. En efecto, llamándolos aparte acto seguido, se ganó un profundo odio al asegurar con la espada desenvainada que se daría muerte voluntariamente, si a ellos les parecía que merecía morir, y desde ese momento, además, no cesó de calumniar a los unos ante los otros y enemistarlos a todos entre sí. Después de acordar que lo atacarían durante los juegos palatinos cuando al mediodía saliese del espectáculo, Casio Querea, tribuno de una cohorte pretoriana, reclamó para sí mismo el papel protagonista, puesto que Cayo solía denostarlo siempre con toda clase de insultos, tildándolo de demasiado viejo, de blando y de afeminado; además, cuando Casio le solicitaba el santo y seña, contestaba «Príapo» o «Venus», y, cuando le daba las gracias, por el motivo que fuera, solía ofrecerle su mano para que la besara, pero dándole una forma y movimiento obscenos.

LVII. Se produjeron numerosos prodigios, premonitorios del inminente asesinato. La estatua de Júpiter en Olimpia, que Calígula había ordenado desmontar y trasladar a Roma, lanzó de repente tan gran carcajada, que los operarios huyeron, abandonando las máquinas; inesperadamente se presentó entonces allí un individuo, llamado Casio, que aseguraba habérsele ordenado en sueños sacrificar un toro a Júpiter. En Capua, durante los idus de marzo, fue alcanzado el Capitolio por un rayo y, en Roma, lo fue, por otro, la casa del guardián del palacio. Hubo quienes opinaron que con el primer presagio se vaticinaba el peligro que sobrevendría al emperador a causa de su propia guardia personal y, con el segundo, un nuevo magnicidio, como el que en otro tiempo ocurrió ese mismo día. El astrólogo Sula, cuando Calígula le consultó sobre su carta natal, le aseguró que se avecinaba con toda seguridad su asesinato. También las «suertes» de Ancio le advirtieron que se guardase de Casio, por lo cual dio órdenes de eliminar a Casio Longino, procónsul de Asia en aquel entonces, sin acordarse de que Querea se llamaba también Casio. La víspera de su muerte soñó que estaba de pie, en el cielo, junto al trono de Júpiter y que éste lo empujaba con el dedo pulgar de su pie derecho y lo precipitaba a la tierra. Se consideraron también como prodigios algunos hechos que casualmente habían ocurrido el mismo día de su asesinato, unas horas antes de éste. Mientras estaba oficiando un sacrificio, fue salpicado por la sangre del flamenco que inmolaba. El mimo Mnéster representó la misma tragedia que en otro tiempo había representado el actor trágico Neoptolemo durante los juegos en que fue asesinado Filipo, rey de Macedonia. Durante la interpretación de un mimo llamado Laureolo, en el que el protagonista, precipitándose al vacío, vomitaba sangre, muchos de los actores secundarios rivalizaron en experimentar el mismo truco y el escenario se inundó de sangre. También para aquella noche se estaba preparando un espectáculo en el que actores egipcios y etíopes iban a representar algunas fábulas localizadas en los infiernos.

LVIII. El día 9 de las calendas de febrero, hacia la hora séptima, aunque dudaba si debía levantarse para almorzar, pues, empachado de la comida de la víspera, todavía le dolía el estómago, persuadido al final por sus amigos, salió de su habitación. Como en una galería subterránea, por la que había de pasar, unos muchachos hechos venir de Asia estaban preparando unas obras para representarlas en el teatro, se detuvo para observarlos y animarlos y, si el jefe del grupo no hubiera comentado que se encontraba indispuesto, hubiera vuelto atrás y ordenado que se representase la obra. A partir de ese momento, existe una doble versión: unos afirman que, mientras conversaba con los muchachos, Querea, desde detrás, le hirió mortalmente en el cuello con el filo de la espada, gritando: «¡Hazlo!», y que luego el tribuno Cornelio Sabino, el otro conjurado, desde delante, le atravesó el pecho. Otros narran que Sabino, después de haber hecho retirarse a la multitud por medio de unos centuriones, cómplices del atentado, le había pedido el santo y seña, según la costumbre castrense, y que, al decirle Cayo que el santo y seña era «Júpiter», Querea gritó: «¡Toma la ratificación!» y que, al mirar Calígula hacia él, le seccionó de un tajo la mandíbula. Tras caer al suelo hecho un ovillo y mientras gritaba que todavía estaba vivo, los restantes conjurados le atravesaron otras treinta veces, pues la común consigna era: «¡Hiérelo otra vez!». Algunos de ellos incluso le clavaron la espada en los órganos genitales. Al principio del tumulto corrieron en su auxilio los portadores de la litera, armados con palos; luego lo hizo su escolta germana y dio muerte a algunos de los magnicidas y también a algunos senadores inocentes.

LIX. Vivió veintinueve años y fue emperador durante tres años, diez meses y ocho días. Su cadáver fue llevado en secreto a los jardines de Lamia, quemado a medias en una pira hecha a toda prisa y recubierto con un poco de césped. Más tarde sus hermanas, a su regreso del exilio, lo desenterraron, lo incineraron y le dieron sepultura. Hay numerosas pruebas de que, antes de que sus hermanas lo hicieran así, los guardianes del jardín eran inquietados por los fantasmas y de que en la casa donde cayó asesinado no pasó ni una sola noche sin que se produjeran hechos terroríficos, hasta que la misma casa fue destruida por un incendio. Junto con él murió también su mujer Cesonia, atravesada por la espada de un centurión, e igualmente su hija, estrellada contra la pared.

LX. De los siguientes hechos se puede también colegir fácilmente la índole de aquellos tiempos. Cuando se divulgó la noticia del asesinato, no se le dio crédito al principio, pues se sospechaba que el rumor del crimen lo había inventado y propalado el propio Cayo para de esa forma descubrir los sentimientos de la gente con respecto a él. Los conjurados, por su parte, tampoco habían pensado en nadie para que asumiera el Imperio, y el Senado, a su vez, se mostró tan unánime en reafirmar su libertad, que los cónsules lo convocaron por primera vez, no en la Curia —porque se llamaba Julia—, sino en el Capitolio, e incluso algunos senadores, en su turno de palabra, propusieron que se borrara la memoria de los césares y se demolieran los templos erigidos en su honor.

El divino Claudio

I. Livia, que se había casado con Augusto estando ya grávida, a los tres meses dio a luz a Druso, llamado primero Décimo y después Nerón, padre de Claudio César, no sin que existiese la sospecha de que había sido engendrado por su propio padrastro, como fruto de su continuada relación adúltera con ella. Y, en efecto, se propaló enseguida este verso:

Los afortunados hasta tienen hijos en tres meses.

Este Druso, mientras ejercía las magistraturas de cuestor y pretor, fue el general en jefe de la guerra contra Recia y luego contra Germania y fue, además, el primero de los generales romanos que navegó por el océano septentrional; construyó también, al otro lado del Rin, canales para las naves, que requirieron un inmenso esfuerzo y que todavía en la actualidad se denominan Drusinos. Tras batir en numerosas batallas al enemigo y rechazarlo hacia el interior hasta los más recónditos desiertos, no dejó de perseguirlo hasta que la aparición de una mujer extranjera, de una estatura superior a la humana, expresándose en latín le prohibió prolongar su victoriosa campaña. Obtuvo por sus victorias los honores de la ovación y los ornamentos triunfales. Nada más acabar la pretura, ejerció el consulado y, reemprendida su campaña militar, debido a una enfermedad le sobrevino la muerte en los campamentos de verano que, a causa de él, recibieron el nombre de «malditos». Su cuerpo fue llevado a Roma a hombros de los notables de los municipios y de las provincias, recibido luego por las decurias de escribas, que habían salido a su encuentro, y sepultado en el Campo de Marte. El ejército, por su parte, le erigió un túmulo honorífico y, desde entonces, todos los años, un día determinado, las tropas desfilaban ante él y las ciudades de las Galias celebraban oficialmente públicos sacrificios. El Senado, además, entre otras muchas cosas, decretó en su honor la construcción en la vía Apia de un arco de mármol con sus trofeos y le otorgó el sobrenombre de «Germánico» para él y sus descendientes. Se cree que fue hombre de espíritu tan valeroso como democrático, pues, además de sus victorias sobre el enemigo, había obtenido también despojos ópimos, persiguiendo con máximo riesgo de su vida a los jefes germanos por todo el campo de batalla, y, por otra parte, no había disimulado nunca sus intenciones de restablecer, en cuanto le fuera posible, la antigua República. Yo creo que por este motivo algunos se atrevieron a afirmar que Augusto recelaba de él, le había hecho volver de su provincia y, ante las vacilaciones de Druso, había dado orden de matarlo envenenándolo. Yo, en realidad, he consignado esta afirmación, más por no omitir nada que porque pueda creer que es cierta o verosímil, ya que Augusto le demostró tanto cariño mientras estuvo vivo que lo designó siempre coheredero junto con sus hijos tal como declaró en una ocasión ante el Senado y, después de muerto, lo encomió hasta tales extremos en su elogio fúnebre que rogó a los dioses que hicieran que los césares se le pareciesen y que un día le concedieran a él mismo una muerte tan gloriosa como la que le habían concedido a Druso. Y no contento con haber hecho grabar en su sepultura un epitafio compuesto por él mismo en verso, escribió también, en prosa, su biografía. Tuvo muchos hijos de Antonia la Menor, aunque tan sólo le sobrevivieron tres: Germánico, Livila y Claudio.

II. Claudio nació durante el consulado de Iulo Antonio y Fabio Africano, en las calendas de agosto, en Lyon, el mismo día en que por primera vez se le dedicó un altar a Augusto. Se le puso el nombre de Tiberio Claudio Druso. Posteriormente, tras haber sido adoptado su hermano mayor por la familia Julia, asumió el sobrenombre de Germánico. Siendo todavía un niño perdió a su padre y durante casi toda su infancia y adolescencia padeció diversas y persistentes enfermedades hasta el extremo de que, consumido de cuerpo y espíritu, ni siquiera al ir creciendo en edad se le consideró capacitado para ningún cargo público o privado. Durante mucho tiempo, incluso después de alcanzar la mayoría de edad, se le mantuvo bajo la tutela de otra persona y de un preceptor, del que se queja en un escrito, afirmando que se le había impuesto adrede un hombre rudo, antiguo mozo de cuadra, para que, con cualquier pretexto, le castigase con la máxima crueldad. Debido a esa misma falta de salud, presidió vestido con una especie de manto con capucha —una insólita forma de vestir— los juegos de gladiadores que ofreció junto con su hermano en honor de su padre y, el día que vistió la toga viril, fue llevado en litera al Capitolio, pero alrededor de la media noche y sin las habituales ceremonias.

III. Desde sus primeros años se dedicó intensamente a las artes liberales e incluso publicó con frecuencia ensayos literarios. Pero ni aun así pudo lograr que se le respetase ni mejorar sus esperanzas de alcanzar una posición de mayor responsabilidad en el futuro. Su madre, Antonia, repetía una y otra vez que era «un engendro de hombre que la naturaleza no había completado sino tan sólo pergeñado», y cuando ella tachaba a alguno de simple, decía que era «más idiota todavía que su hijo Claudio». Su abuela Augusta le manifestó siempre un profundo desprecio: no solía dirigirle la palabra sino en contadas ocasiones y cuando se comunicaba con él solía hacerlo por escrito, de forma breve y cruel, o a través de intermediarios. Su hermana Livila, cuando oyó que algún día sería emperador, rechazó horrorizada una suerte tan injusta y vergonzosa para el pueblo romano. Y, en efecto, para que se sepa mejor qué pensaba su tío abuelo Augusto de él, en ambos sentidos, en bien y en mal, he escogido estos fragmentos de algunas de sus cartas:

IV. «Tal como me encargaste, querida Livia, he comentado con Tiberio qué tenemos que hacer con tu nieto Tiberio durante los juegos en honor de Marte. Ambos estuvimos de acuerdo que tenemos que decidir de una vez la conducta a seguir con él. En efecto, si, por así decirlo, es del todo normal, ¿qué motivo hay para plantearnos que no haya de ser educado siguiendo las mismas etapas y los mismos pasos que ha seguido su hermano? Y, por el contrario, si percibimos que está disminuido y que tiene dañada su integridad tanto física como mental, no debemos suministrar a la gente, acostumbrada a reírse y burlarse de los que presentan tales deficiencias, motivos para mofarse de él y de nosotros. Pues nos sentiremos siempre perplejos si hemos de deliberar en cada situación concreta, sin haberlo decidido de antemano, si creemos que puede desempeñar cargos públicos o no. De momento, sobre la cuestión que me consultas, no me parece mal que se encargue del banquete de los sacerdotes durante los juegos en honor de Marte, si acepta ser aconsejado por el hijo de Silvano, un hombre próximo a él, para evitar que haga nada que pueda ser motivo de burla o que llame la atención. No me parece oportuno, en cambio, que contemple los juegos desde el palco imperial, pues, al quedar expuesto en primera línea del anfiteatro, sería observado por todos. Tampoco me agrada que vaya al monte Albano ni que permanezca en Roma durante las fiestas latinas. Porque si puede acompañar a su hermano al monte, ¿por qué, entonces, no se le puede poner al frente de la ciudad? Ésta es, querida Livia, mi opinión, con la que me gustaría dejar resuelto de una vez todo este asunto, para no estar siempre debatiéndonos entre la esperanza y el miedo. Si lo deseas, puedes dejar también a Antonia esta parte de mi carta para que la lea.» Y de nuevo en otra carta: «Mientras tú estés ausente, invitaré cada día a cenar al joven Tiberio, para que no haya de cenar él solo, acompañado de sus amigos Sulpicio y Atenodoro. Desearía que eligiese con más cuidado y menos precipitación algún amigo de quien poder imitar sus movimientos, porte y forma de caminar. El pobrecillo tiene mala suerte, porque en los temas importantes, cuando su mente no desvaría, aparece claramente la bondad de su alma». Y en una tercera carta: «Que me muera, querida Livia, si no me admira que tu nieto haya podido deleitarme con su forma de declamar. No comprendo, en verdad, que quien se expresa con tan poca claridad, pueda, cuando declama, decir tan claramente lo que se ha de decir». No hay, sin embargo, duda alguna de lo que decidió Augusto posteriormente, pues no permitió que recibiera ningún cargo público, excepto el del sacerdocio augural, ni le nombró heredero, a no ser entre los de tercer orden, casi unos extraños, y tan sólo de la sexta parte de la herencia, dejándole un legado de únicamente ochocientos mil sestercios.

V. Su tío paterno Tiberio le concedió las insignias consulares cuando Claudio se lo solicitó, pero, cuando reclamó con insistencia poderes efectivos, tan sólo le contestó con un escrito que ya le había enviado cuarenta áureos para las fiestas saturnales y sigilarias. Renunciando entonces a toda esperanza de obtener una magistratura, se dedicó al ocio, recluyéndose unas veces en los jardines y en su casa de las afueras de Roma, y, otras, en su retiro de la Campania, donde, a causa de su habitual trato con hombres de la más baja estofa, a su antigua reputación de hombre necio añadió la vergonzosa fama de borracho y jugador de dados. Entre tanto, aun llevando este género de vida, no le faltó nunca ni el respeto de la gente ni una deferencia oficial en los actos públicos.

VI. El orden ecuestre lo escogió en dos ocasiones como su representante máximo para llevar a cabo en su nombre dos comisiones: la primera, cuando solicitó a los cónsules que el cuerpo de Augusto fuera llevado a hombros por miembros del estamento social de los caballeros y, la segunda, cuando, también ante los cónsules, quisieron manifestar su gratitud porque Sejano había sido detenido. Más aún, cuando Claudio asistía a algún espectáculo público, los caballeros solían levantarse y quitarse las lacernas en su honor. También el Senado decretó que fuese incluido entre los sacerdotes de Augusto —sin seguir la norma de ser elegido por sorteo— y, más tarde, que se reconstruyese a cargo del Estado su casa, que había perdido a causa de un incendio; le reconoció, además, el derecho de exponer su opinión cuando lo hacían los ex cónsules. Estos decretos fueron anulados por Tiberio, alegando para ello su deficiencia mental, pero con la promesa de resarcirle de las pérdidas de su casa, pagándolas de su propio bolsillo. Asu muerte, sin embargo, le nombró entre los herederos de tercer grado de una tercera parte de la herencia, otorgándole un legado de cerca de dos millones de sestercios, y lo recomendó nominalmente, entre sus otros allegados, a los ejércitos, al Senado y al pueblo romano.

VII. Por último, cuando Cayo, hijo de su hermano, ostentaba el poder e intentaba al inicio de su Principado granjearse el favor popular con toda clase de lisonjas, inició Claudio su carrera política, desempeñando el consulado como colega de Cayo durante dos meses. Y sucedió que, la primera vez que entraba en el foro precedido por las fasces, un águila que sobrevolaba la zona se posó sobre su hombro derecho. También cuatro años más tarde le correspondió por sorteo un segundo consulado y en alguna ocasión presidió los juegos en sustitución de Cayo, siendo vitoreado por el pueblo, gritando unos: «¡Larga y próspera vida al tío del emperador!», y otros: «¡Larga y próspera vida al hermano de Germánico!».

VIII. No por ello vivió menos sujeto a humillaciones. Si llegaba con un ligero retraso a la hora prefijada para la cena, a duras penas podía acomodarse en el comedor, y ello solamente después de dar toda una vuelta al recinto. Siempre que se adormilaba después de comer, lo que le sucedía con frecuencia, era hostigado con huesos de aceitunas y de dátiles y en algunas ocasiones le despertaban los bufones con la palmeta o una correa, como se hace en la escuela. Solían también, si estaba profundamente dormido, ponerle en las manos unos zapatos de mujer para que, al ser despertado bruscamente, se refregara con ellos el rostro.

IX. Pasó también por situaciones muy comprometidas. La primera vez, durante su consulado, estuvo a punto de ser destituido de su cargo por no haberse ocupado con suficiente prontitud de ubicar y emplazar las estatuas de Nerón y Druso, los hermanos de César; luego, a causa de las continuas y diversas delaciones, surgidas no sólo de gente de fuera, sino incluso de alguno de sus servidores. Después de haber sido descubierta la conspiración de Lépido y Getúlico, corrió un grave riesgo, incluso de muerte, al ser enviado a Germania entre otros legados para ofrecerle sus parabienes al emperador, pues, enfurecido Cayo y despotricando por haberle sido enviado precisamente su tío, como si se tratara de controlar a un niño, llegó al extremo —no faltan historiadores que así lo cuentan— de hacer arrojar a Claudio al río completamente vestido, tal como había llegado. Además, a causa de este incidente, fue siempre el último de los consulares en dar su opinión en el Senado, puesto que Cayo le consultaba siempre en último lugar para humillarlo. Incluso se llegó a instruir contra él un proceso judicial por la falsedad de un testamento en el que él había firmado como testigo. Por último, obligado a abonar ochenta millones de sestercios para ingresar en un nuevo colegio sacerdotal, se vio en tales dificultades económicas que, no pudiendo cumplir sus compromisos con el erario, en virtud de la ley de adjudicaciones en subasta pública, sus bienes fueron puestos a la venta, sin condiciones, por un edicto de los prefectos del erario.

X. Después de haber pasado la mayor parte de su vida entre tales incidentes y vejaciones, llegó al poder a los cincuenta años de edad por una casualidad a todas luces sorprendente. Alejado con los demás por los asesinos de Cayo cuando éstos hicieron retirarse a la multitud pretextando que Calígula deseaba estar solo, se encerró en un salón llamado Hermeo. Al poco rato, aterrado por los rumores del asesinato, se precipitó a una terraza próxima y se ocultó entre las cortinas extendidas ante las puertas. Un soldado raso que pasaba casualmente por allí, observando unos pies y deseando averiguar quién podía ser el que estaba allí escondido, lo reconoció y lo hizo salir de su escondite; entonces, al echarse Claudio, aterrado, a sus pies, el soldado lo saludó como a su emperador. Desde allí lo llevó a presencia de otros camaradas que todavía estaban indecisos y que no hacían otra cosa que gritar. Éstos lo colocaron en la litera imperial, pero como sus encargados habían huido, llevándolo a cuestas por turnos, lo trasladaron triste y tembloroso al campamento, mientras la multitud que le salía al paso se compadecía de él, como si un inocente fuera conducido al suplicio. Una vez en el interior del campamento, pasó la noche en el cuerpo de guardia, con menos esperanzas que confianza. En efecto, los cónsules, en compañía del Senado y las cohortes urbanas, habían ocupado el foro y el Capitolio para ratificar su común libertad. Cuando por medio de los tribunos de la plebe se hizo acudir al propio Claudio a la Curia para que les propusiera lo que le pareciese oportuno, respondió que se encontraba allí a la fuerza y por necesidad. Pero al día siguiente, puesto que el Senado, por una parte, se demoraba en concretar sus proyectos debido al hastío y al desacuerdo de los que sostenían posturas opuestas, y, por otra, la muchedumbre que se agolpaba alrededor exigía ya un solo jefe y daba el nombre de Claudio, aceptó éste que los soldados reunidos en asamblea le juraran fidelidad y prometió a cada uno de ellos quince mil sestercios, pasando a ser el primer César que también compró con dinero la fidelidad del ejército.

XI. Una vez afianzado en el poder, en nada puso mayor empeño que en intentar erradicar de la memoria aquellos dos días, en los que se estuvo dudando en cambiar el régimen político del Estado. Para ello decretó y garantizó el perdón y el olvido a perpetuidad de todos los hechos y palabras llevados a cabo durante ese período, después de haber hecho ejecutar, de entre los participantes en la conjuración contra Cayo, únicamente a los tribunos militares y a unos pocos centuriones, tanto a modo de ejemplo como por haberse enterado de que habían prometido asesinarlo también a él. Dedicándose luego a sus deberes filiales, declaró que no habría juramento más sagrado ni más frecuente para él que jurar por el nombre de Augusto. Se ocupó de que se concedieran honores divinos para su abuela Livia y, además, una carroza tirada por elefantes, similar a la de Augusto, en la procesión de los juegos circenses. Ordenó realizar exequias oficiales en honor de sus padres y, además de esto, decretó en honor de su padre unos juegos circenses en el día de su natalicio y, en honor de su madre, un carruaje, en el que se condujera su imagen alrededor del circo, junto con el título de Augusta, que había rechazado en vida. En recuerdo de su hermano, enaltecido por él en cuantas ocasiones le era posible, hizo representar una comedia griega en el certamen de Nápoles, coronando vencedor a su autor, de acuerdo con la decisión del jurado. Tampoco olvidó a Marco Antonio a la hora de rendir honores, para el cual tuvo, además, amables palabras, atestiguado todo ello por un edicto en el que explicaba que, si solicitaba con tanta insistencia que se celebrara el natalicio de su padre Druso, era porque coincidía también con el de su abuelo Antonio. También hizo construir, junto al teatro de Pompeyo, el arco de mármol en honor de Tiberio que en su día decretó el Senado, pero que luego había sido preterido. En cuanto a Cayo, aunque revocó todos sus decretos, prohibió, no obstante, que el día de su asesinato se incluyese entre los días festivos, aunque significase el inicio de su propio Principado.

XII. Parco y comedido en su propia ostentación, se abstuvo del título de imperator, rechazó los honores excesivos y celebró los esponsales de su hija y el nacimiento de su nieto con total discreción y con una simple fiesta doméstica. No hizo regresar a ningún desterrado, a no ser con la autorización del Senado. Obtuvo a fuerza de ruegos que se le permitiera llevar consigo en el interior de la Curia, a modo de escolta, al prefecto del pretorio y a los tribunos militares, así como que tuvieran fuerza de ley las sentencias que dictasen sus procuradores. Solicitó licencia a los cónsules para celebrar mercados en sus fincas privadas. Intervino con frecuencia, como un asesor más, en los procesos judiciales instruidos por magistrados y, cuando éstos ofrecían algún espectáculo, les mostraba el debido respeto, levantándose también él para aclamarlos y saludarlos con los demás espectadores. Una vez que los tribunos de la plebe se presentaron ante su tribunal, se excusó de que, debido a la estrechez del lugar, no alcanzaba a oírlos, si no permanecían en pie. Por todo lo cual, en poco tiempo se granjeó tanto afecto y favor popular que, cuando se anunció que en un viaje a Ostia había muerto en una emboscada, el pueblo, absolutamente consternado, tratando al ejército de traidor y al Senado de parricida, no cesó de injuriar a todos ellos con durísimos improperios hasta que, primero uno, después otro y finalmente muchos de los magistrados, se subieron a la tribuna y confirmaron que se hallaba a salvo y estaba ya cerca de Roma.

XIII. No obstante, no siempre se vio libre de intrigas; individuos aislados, una conjuración y, por último, una guerra civil le hicieron pasar por trances muy críticos. Durante la media noche fue detenido junto a su dormitorio un individuo de la plebe armado con un puñal. Dos miembros del orden ecuestre fueron descubiertos entre el público mientras aguardaban con un puñal y un machete de caza: el primero, para atacarlo al salir del teatro y, el segundo, cuando celebrase el sacrificio en el templo de Marte. Conspiraron para llevar a cabo un golpe de Estado Galo Asinio y Estatilio Corvino, nietos de los oradores Polión y Mesala, implicando en él a numerosos libertos y esclavos de Claudio. Furio Camilo Escriboniano, legado del emperador en Dalmacia, promovió una guerra civil, pero fue asesinado al quinto día por las mismas legiones que habían roto en su favor su juramento, arrepentidas por escrúpulos de conciencia después de que, recibida la orden de ruta para reunirse con el nuevo emperador, ya por casualidad, ya por voluntad de los dioses, les fuera imposible adornar una de las águilas ni arrancar del suelo y hacer avanzar las enseñas.

XIV. Además del primero, ejerció otros cuatro consulados: sucesivos los dos primeros y, los dos siguientes, tras un intervalo de cuatro años en cada uno de ellos; ejerció el último durante seis meses, los restantes durante dos. En el tercero fue elegido para sustituir a un cónsul que había fallecido, novedad sin precedentes, tratándose del emperador. Mostró un extraordinario celo en dictar justicia, tanto cuando ejercía el consulado, como cuando no ostentaba dicha magistratura, y también durante sus celebraciones familiares y las de sus allegados e incluso en algunos días festivos por tradición o motivos religiosos. No siempre siguió los dictámenes de las leyes, sino que, de acuerdo con la justicia y la equidad conforme a los sentimientos que hubiese experimentado, modificó la severidad o la permisividad de muchas de ellas. A aquellos, en efecto, que habían perdido su causa ante los jueces privados por haber solicitado más de lo estipulado por la ley, les permitió iniciar de nuevo el pleito y, en cambio, a los convictos de delitos muy graves, los condenó a las fieras, agravando el castigo marcado por la ley.

XV. Fue persona de extraordinaria versatilidad tanto en la forma de instruir las causas como en la de dictar sentencia. Unas veces escrupuloso y perspicaz; en ocasiones, imprudente e irreflexivo; algunas veces frívolo y casi insensato. Cuando depuraba las decurias de jueces, en función de su comportamiento judicial, a uno de ellos que, encubriendo la exención que le correspondía debido a su número de hijos, había comparecido en el tribunal al ser llamado, lo tachó de las listas por su excesivo afán de administrar justicia. En otra ocasión, al escuchar a un juez, interpelado por la parte contraria sobre un proceso personal del emperador, afirmar que la causa no era de jurisdicción imperial, sino de derecho ordinario, dispuso que el proceso se viese inmediatamente en su propio tribunal para poder dar ejemplo, en un asunto propio, de hasta qué punto iba a ser un juez justo en los asuntos ajenos. A una mujer que se negaba a reconocer a su propio hijo, viendo Claudio que los argumentos de una y otra parte eran discutibles, la obligó a confesar la verdad cuando la sentenció a casarse con el joven. Era sumamente proclive a fallar en favor de los presentes y en contra los ausentes, sin hacer ninguna distinción si uno no había asistido por su culpa o por un motivo de fuerza mayor. Una vez que un litigante proclamaba a gritos que se le tenían que cortar las manos a un falsificador, ordenó que se hiciera venir de inmediato al verdugo con el cuchillo y la tabla de carnicero. Al haberse suscitado un día una banal discusión entre los abogados sobre si procedía que un acusado de usurpación de ciudadanía defendiese su causa vestido con la toga o con el manto griego, Claudio, queriendo dar muestras de una absoluta imparcialidad, ordenó que se cambiase continuamente de vestido, según se le acusase o se le defendiese. También se cuenta que en cierto proceso dictó la siguiente sentencia: «Estoy a favor de los que han dicho la verdad». Debido a estas actuaciones, se desacreditó hasta tal punto que se convirtió en todas partes y públicamente en motivo de befa. En otra ocasión que un letrado excusaba a un testigo al que Claudio había ordenado venir de la provincia afirmando que no le había sido posible presentarse, pero sin explicar el motivo de ello, Claudio, tras largos interrogatorios, manifestó por fin: «Creo que le asistía el derecho a no venir; había muerto». A otro individuo que le daba las gracias por haber permitido que se defendiera a un acusado, le espetó: «Sin embargo, eso es lo que suele hacerse». Algunos ancianos me comentaron también que hasta tal punto se habían acostumbrado los abogados a abusar de su paciencia que, cuando se marchaba del tribunal, no sólo le pedían a gritos que volviera, sino que lo retenían agarrándolo por la toga y a veces asiéndole por el pie. Y para que a nadie le parezcan sorprendentes estos hechos añadiré que a un cierto litigante griego se le escapó en una acalorada disputa el siguiente exabrupto: «¡Tú también eres viejo y necio!». Es de todos sabido que un caballero romano que había sido acusado de actos obscenos contra las mujeres, pero cuya acusación era falsa y un montaje de sus encarnizados enemigos, cuando vio que eran citadas en contra suya unas putas de la calle y que se prestaba oídos a su testimonio, recriminando a Claudio con gran indignación su estupidez y crueldad, le arrojó al rostro con tal violencia las tablillas y el punzón que tenía en la mano que le hirió gravemente las mejillas.

XVI. Ejerció también la censura que durante largo tiempo, desde los censores Planco y Paulo, había quedado interrumpida. Pero también esta magistratura la desempeñó de forma desigual, con variable ánimo y resultado. Durante la revista del orden ecuestre, a un joven repleto de toda clase de vicios, pero de quien su padre afirmaba que para él era un dechado de virtudes, lo dejó marchar sin deshonor, manifestando que ya tenía su propio censor. A otro, conocido por sus inmoralidades y adulterios, se limitó a aconsejarle que se entregara a los excesos propios de su juventud con más moderación y, desde luego, con más discreción; y añadió: «¿Por qué he de saber yo qué amante tienes?». Y en cierta ocasión en que, ante los ruegos de sus familiares, borró la nota infamante impuesta a un individuo, manifestó: «El borrón, sin embargo, permanecerá». A un ilustre y destacado personaje de la provincia de Grecia, pero que no sabía hablar en latín, no sólo le tachó de la lista de jueces, sino que le retiró la ciudadanía romana. Y no toleró que nadie rindiera cuentas de su vida, a no ser por su propia voz, cada cual como pudiese, y sin abogado defensor. Puso notas infamantes a muchos: a algunos de forma inesperada para ellos; a otros, al aplicarles nuevos motivos de infamia, como haber abandonado Italia sin su conocimiento y autorización; a otro, por haber sido en una provincia huésped de un rey, arguyendo que, antiguamente, los jueces habían imputado un delito de lesa majestad a Rabirio Póstumo por haber seguido a Ptolomeo a Alejandría con el fin de recuperar un préstamo que le había hecho. Trató también de infamar a muchos más, pero para mayor vergüenza de él mismo, por la gran negligencia de sus inquisidores se les encontró de ordinario inocentes; muchos de los acusados de soltería, de no tener hijos o de pobreza, demostraban después que eran maridos, padres o muy ricos; incluso uno de ellos, a quien se acusaba de haber intentado suicidarse con una espada, se quitó la túnica, mostrando su cuerpo intacto. Ocurrieron también durante su censura varios hechos notables: ordenó comprar y destruir en su presencia una carroza de plata, construida con el mayor lujo y que estaba en venta en el barrio de los Sigilarios; promulgó en un solo día 20 edictos, dos de ellos muy curiosos, en uno de los cuales advertía que, dada la excelente cosecha de las viñas, se sellaran muy bien con pez las barricas y, en el otro, informaba que para las mordeduras de víbora nada iba mejor que el jugo del tejo.

XVII. Emprendió una única campaña militar y, aun esa, de escaso relieve. Como consideraba los ornamentos triunfales que el Senado había decretado en su honor una dignidad de insuficiente esplendor para la majestad de un emperador y deseaba los honores del triunfo completo, eligió Britania como el lugar más idóneo para conseguirlo, país que desde el divino Julio nadie había pisado y que últimamente se había levantado en armas debido a unos tránsfugas que no les habían sido devueltos. Hacia allí, pues, se hizo a la mar desde Ostia y por dos veces, a causa del huracanado cierzo, estuvo a punto de naufragar, una vez cerca de Liguria y otra junto a las islas Estécadas. Por esa razón, hizo el camino por tierra desde Marsella hasta Gesoriaco, desde donde pasó a Britania y, después de recibir en muy pocos días la sumisión de parte de la isla sin ningún combate ni bajas humanas, a los seis meses de haber partido regresó a Roma y celebró un triunfo completo, con la máxima solemnidad. Para presenciar ese espectáculo permitió viajar a la Urbe, no sólo a los gobernadores de las provincias, sino incluso a algunos exiliados. Y entre los despojos enemigos, fijó en lo más alto de su casa del Palatino, junto a la corona cívica, la corona naval que había obtenido, triunfal referencia del océano atravesado y, por así decirlo, sometido por él. Su esposa Mesalina seguía en una carroza su carro de triunfador; le seguían también los que habían conseguido ornamentos triunfales en esa misma guerra, pero todos a pie y revestidos de la toga pretexta, a excepción de Marco Craso Frugi que cabalgaba sobre un corcel enjaezado y con la túnica palmata, pues era la segunda vez que obtenía ese honor.

XVIII. Se preocupó siempre con exquisito cuidado del abastecimiento de trigo de Roma. Cuando el barrio Emiliano ardió a causa de un persistente incendio, permaneció durante dos noches en el local de recuento y, ante la falta de soldados y el insuficiente número de esclavos, a través de los magistrados requirió el concurso y la ayuda de la gente de todos los barrios y, colocando ante sí unos cestos con dinero, les exhortó a que prestasen su ayuda, entregando a cada uno, según el trabajo aportado, una justa recompensa en metálico. En una ocasión, a raíz de una cosecha muy mala debido a una pertinaz sequía, fue retenido en el foro por una multitud vociferante y atacado con tal lluvia de mendrugos de pan que a duras penas pudo refugiarse en su palacio, entrando por la puerta de atrás; desde entonces buscó el sistema para hacer llegar vituallas, incluso en los meses de invierno. Propuso, en efecto, a los comerciantes unos beneficios seguros al hacerse cargo personalmente de sus pérdidas, si a alguno de ellos le sucedía algún percance a causa de las tormentas, y estableció importantes ventajas para los armadores de naves de carga, según las circunstancias de cada uno de ellos.

XIX. Esas ventajas eran: a los ciudadanos romanos se les eximía de la Ley Papia Popea; a los latinos se les concedía la ciudadanía romana; a las mujeres, las ventajas establecidas para las que tenían cuatro hijos, disposiciones todas ellas que continúan en vigor hoy día.

XX. En cuanto a las obras públicas, más que por una gran cantidad de ellas, se decantó por algunas de gran envergadura y sumamente necesarias: el acueducto iniciado por Cayo, el canal de desagüe del lago Fucino y el puerto de Ostia, aun a sabiendas de que Augusto se había negado a emprender la primera de estas obras, a pesar de las constantes peticiones de los marsos, y de que el divino Julio había proyectado muchas veces la segunda de ellas, pero había renunciado siempre por la dificultad que entrañaba. A través de un nuevo acueducto de piedra condujo hasta la ciudad las gélidas y abundantes aguas de las fuentes Claudias —de las cuales una se llamaba Cerúlea, otra Curcia y la tercera Albudigna— y también una derivación del río Anio. Luego repartió el agua en diversos y muy bellos estanques. Abordó la obra del lago Fucino con la esperanza de lograr, no sólo la gloria, sino también un beneficio, puesto que algunos ciudadanos le habían prometido sacarla adelante a sus expensas, a condición de que se les concedieran después los campos desecados. Después de once años, a pesar de trabajar en él sin interrupción treinta mil operarios, se acabó con grandes dificultades un canal de una longitud de tres millas, parte de ellas a través de un monte horadado y, otras, a través de lo que había sido una montaña que se había eliminado. El puerto de Ostia lo construyó rodeándolo por su parte derecha y por su parte izquierda con dos escolleras de cemento en forma de arco y con un dique a la entrada, ya en alta mar; para asentar este último con mayor firmeza, hundió ante él la nave en la que se había transportado desde Egipto el gran obelisco, y, amontonando un gran número de pilares, construyó encima una altísima torre, a imitación del faro de Alejandría, para que orientara el curso de los navíos hacia el permanente resplandor de sus hogueras.

XXI. Distribuyó con frecuencia dinero entre el pueblo. También ofreció numerosos y espléndidos espectáculos, no tan sólo los convencionales y en los lugares acostumbrados, sino también otros inventados por él o tomados de la antigüedad, y en lugares donde nadie lo había hecho antes que él. Los juegos por la inauguración del teatro de Pompeyo, que había hecho reconstruir tras ser destruido por un incendio, los presidió desde un palco colocado en la orquesta, después de haber invocado a los dioses desde los templos situados en la parte superior del teatro y haber descendido por en medio de la gradería, donde estaban todos los espectadores sentados y en silencio. Celebró también los juegos seculares, alegando que habían sido anticipados por Augusto sin aguardar el momento debido, aun cuando el propio Claudio afirma en sus Historias que, después de haber sido interrumpidos durante muchos años, Augusto los había restablecido en su justo momento, tras llevar a cabo un minucioso cómputo del tiempo. Por esa razón causaron risa las palabras del pregonero que, siguiendo la tradicional costumbre, les invitaba a unos juegos que «nadie había contemplado ni iba a contemplar de nuevo», puesto que vivía todavía mucha gente que había presenciado los anteriores y, algunos de los actores que habían actuado en aquellos, volvían a actuar ahora. Ofreció también con frecuencia juegos circenses en el monte Vaticano, intercalando algunas veces una cacería de fieras después de cada cinco carreras de cuadrigas. Embelleció el circo Máximo, revistiendo de mármol los recintos de salida de las cuadrigas y haciendo de oro las metas, que previamente eran de madera y piedra de toba respectivamente; también dispuso localidades especiales para los senadores, que hasta entonces solían contemplar los juegos mezclados con la muchedumbre. Además de las carreras de cuadrigas, organizó exhibiciones hípicas troyanas y cacerías de fieras del África, a las que daba muerte un escuadrón de jinetes pretorianos, mandado por sus tribunos y por el propio prefecto del pretorio. Presentó también a jinetes de Tesalia que perseguían toros bravos por la arena del circo y que, después de cansarlos, saltaban sobre esas fieras y las derribaban, asiéndolas por los cuernos. Ofreció combates de gladiadores de muy diversos géneros y en muy distintos lugares: uno al año, en los cuarteles de los pretorianos, sin cacerías de fieras ni ostentación; otro, completo y siguiendo las normas tradicionales, en los Saepta; otro más en ese mismo lugar, extraordinario y rápido, de pocos días de duración, que empezó a recibir el nombre de «espórtula», porque, la primera vez que iba a ofrecer esos juegos, promulgó un edicto anunciando que «invitaba al pueblo a una especie de colación improvisada y sin pretensiones». En ninguna otra clase de espectáculo se mostraba Claudio más sencillo y amable, hasta el punto de que, extendiendo el brazo izquierdo a una con el pueblo, iba contando con la voz y los dedos las piezas de oro ofrecidas a los vencedores y frecuentemente, con sus gritos de ánimo y sus ruegos, provocaba la hilaridad de la gente, al llamarlos sin cesar «señores», mezclando además bromas triviales y rebuscadas, como una vez que, al pedirle todos que hiciera salir a la arena a un tal «Palomo», prometió hacerlo, si conseguía agarrarlo. O también aquella otra broma, ciertamente muy útil y oportuna: cuando otorgó la vara de honor a un gladiador de carros, en cuyo favor abogaban sus cuatro hijos y el fervor popular de todo el circo, hizo correr al punto entre los espectadores una nota poniendo de relieve «con cuánto interés debían procurar tener hijos, ya que podían ver que incluso para un gladiador eran motivo de favor y protección». Hizo representar también en el Campo de Marte la conquista y saqueo de una fortaleza, para recrear la guerra y rendición de los reyes de Britania, y presidió el espectáculo vestido de general en jefe. Justo antes de desecar el lago Fucino, organizó una batalla naval. Pero, como al gritar los combatientes «¡Ave, emperador! ¡Los que van a morir te saludan!» respondiese Claudio «o no», después de esta respuesta, como si se les hubiese dado licencia para ello, nadie quería luchar, por lo que estuvo Claudio dudando largo rato si los hacía matar a todos a hierro y fuego; finalmente saltó de su asiento y recorriendo con su torpe balanceo el borde del lago, con amenazas y ánimos les hizo entablar la batalla. Durante este espectáculo se enfrentaron una flota de Sicilia y otra de Rodas, formada cada una de ellas por doce trirremes, y les enardecía al combate una trompeta en forma de tritón de plata, que un mecanismo había hecho emerger en el centro del lago.

XXII. Con respecto a las ceremonias religiosas y a las costumbres militares y civiles, así como a la situación de todos los órdenes sociales tanto en Roma como fuera de ella, corrigió ciertas prácticas, restableció algunas otras caídas en desuso y estableció también otras nuevas. En la elección de sacerdotes para asignarlos a los distintos colegios, no nombró a ninguno sin que previamente hubiese prestado el juramento. Puso especial cuidado en que, siempre que se hubiera producido un temblor de tierra en Roma, el pretor, tras convocar una asamblea, decretase unos días festivos, y en que, cuando se observase un búho en el Capitolio, se ofreciesen rogativas públicas a los dioses, cuyo texto, por su rango de pontífice máximo, él mismo dictaba al pueblo desde los rostra, después de haber alejado de allí a la multitud de trabajadores y esclavos.

XXIII. Extendió a todo el año la administración de justicia, pues hasta entonces las causas se instruían únicamente en dos períodos, correspondientes a los meses de verano e invierno. Dispuso que la jurisdicción de los fideicomisos, que solía delegarse de año en año y únicamente en los magistrados de la Urbe, se delegase a perpetuidad y también en las autoridades de las provincias. Derogó el artículo añadido por Tiberio César a la Ley Papia Popea, alegando que los sexagenarios no podían engendrar hijos. Decretó que los cónsules, a título extraordinario, pudieran asignar tutores a los menores de edad y que aquellos ciudadanos que hubiesen sido condenados al destierro por los magistrados de provincias fueran también desterrados de Roma y de Italia. Impuso a algunos un nuevo confinamiento, consistente en que no podían alejarse de la ciudad de Roma más allá del tercer miliario. Cuando se disponía a intervenir en la Curia en un asunto de mucha importancia, se sentaba en la banqueta propia de su poder tribunicio, situada entre las sillas de los cónsules. Convirtió en exclusivo privilegio suyo la concesión de licencias de viaje que, hasta entonces, acostumbraran solicitarse al Senado.

XXIV. Concedió las insignias consulares incluso a los procuradores con unos ingresos de doscientos mil sestercios. A aquellos caballeros que rechazaban la dignidad senatorial, les privó también de la ecuestre. Aunque al principio había asegurado que no elegiría como senador a nadie que no fuera tataranieto de un ciudadano romano, otorgó el laticlave al hijo de un liberto suyo, pero a condición de que fuese adoptado por un caballero romano. Temiendo, aun así, las críticas, argumentó que el censor Apio Claudio, el fundador de su estirpe, había elegido para el Senado hijos de libertos, ignorando que en tiempos de Apio y, en algunas ocasiones, también más tarde, se llamaba «libertos» no a aquellos mismos que eran manumitidos, sino a los hijos ya libres engendrados por ellos. Obligó al colegio de cuestores a ofrecer un juego de gladiadores en lugar de ocuparse de la pavimentación de las carreteras; les retiró también la administración de las provincias de Ostia y de la Galia, pero les devolvió el control del erario de Saturno que, durante ese período intermedio, habían administrado los pretores o, como en aquellos días, los ex pretores. A Silvano, el prometido de su hija, le concedió las insignias triunfales cuando era todavía un niño, pero las prodigó también a tantos adultos y tan fácilmente, que se conserva una carta en nombre de todas las legiones solicitando que se otorgaran las insignias triunfales a los legados consulares en el mismo momento de asumir el mando del ejército, para evitar que con cualquier pretexto buscaran un motivo de guerra. Decretó los honores de la ovación en favor de Aulo Plaucio y, saliendo a su encuentro, se mantuvo a su izquierda durante la entrada a la ciudad, en la subida al Capitolio y, de nuevo, en su regreso desde allí. A Gabino Segundo, tras su victoria sobre los caucos, una tribu germánica, le concedió poder utilizar el sobrenombre de «Cauquio».

XXV. Reguló la carrera militar del orden ecuestre de tal forma que, después del mando de una cohorte, concedía el mando de un ala de caballería y, tras éste, el tribunado de la legión. Estableció los años de servicio y también un tipo de milicia ficticia, llamada «supernumeraria», que cumplían sin necesidad de estar presentes y solamente de nombre. Prohibió también por un decreto del Senado que los soldados entraran en los domicilios de los senadores para saludarlos. Confiscó los bienes a los libertos que se comportaban como si fueran caballeros romanos y, a los desagradecidos y a aquellos de quienes se quejaban sus patrones, los redujo de nuevo a la esclavitud y advirtió a sus abogados que no tenía intención de administrar justicia en contra de sus propios libertos. Como algunos ciudadanos abandonaban a sus esclavos enfermos o agotados en la isla de Esculapio por el fastidio de tener que curarlos, decretó que todos los que fuesen abandonados quedaban libres y que, si se recuperaban, no volverían a estar sometidos a su señor; y que si alguno optaba por matarlos en lugar de abandonarlos, sería acusado de un delito de asesinato. Por medio de un edicto advirtió a los viajeros que no atravesaran las ciudades de Italia, si no era a pie, en silla o en litera. Situó sendas cohortes en Putéolos y Ostia para combatir los incendios. Prohibió a los extranjeros utilizar nombres romanos, al menos los gentilicios. A los usurpadores de la ciudadanía romana los hacía decapitar con un hacha en un lugar del Esquilino. Devolvió al Senado la administración de las provincias de Acaya y Macedonia que Tiberio había tomado a su propio cargo. Privó de su autonomía a los licios a causa de sus sangrientas discordias y se la devolvió a Rodas, que mostraba estar arrepentida de sus antiguas culpas. Eximió a perpetuidad a los troyanos de todos los tributos, por considerarlos fundadores de la estirpe romana, después de recitar una antigua carta en griego del Senado y el pueblo romano al rey Seleuco, prometiéndole nuestra amistad y alianza, a condición de que mantuviese a los troyanos, consanguíneos suyos, exentos de toda carga. Expulsó de Roma a los judíos que, incitados por Crestos, provocaban continuos alborotos. Permitió a los embajadores de los germanos sentarse en la orquesta, sorprendido por su sencillez y arrogancia, ya que, cuando fueron conducidos a las localidades del pueblo, al ver a los partos y a los armenios sentados en la zona del Senado, se dirigieron espontáneamente hacia aquellos asientos, manifestando que su valor y condición no eran inferiores en nada a los de aquéllos. Abolió totalmente en la Galia las prácticas religiosas de los druidas, de una crueldad atroz, prohibidas bajo Augusto tan sólo a los ciudadanos romanos. Intentó, en cambio, traer desde el Ática a Roma los misterios de Eleusis y promovió que se restaurase a expensas del Estado el templo de Venus Ericina, en Sicilia, arruinado por el paso del tiempo. Los tratados con los reyes los concertó en el foro, después de sacrificar una cerda y de utilizar la fórmula tradicional de los feciales. Pero en estas y en las restantes disposiciones y, en general, durante casi todo su Principado, actuó rigiéndose no tanto por su propio criterio cuanto por el de sus esposas y libertos y comportándose, casi siempre y en todas partes, tal como les convenía o placía a ellos.

XXVI. Siendo aún adolescente, tuvo dos prometidas: Emilia Lépida, biznieta de Augusto, y Livia Medulina, de sobrenombre Camila, perteneciente al antiguo linaje del dictador Camilo. Repudió a la primera, virgen todavía, porque sus padres se habían enfrentado a Augusto; la segunda murió de una enfermedad el mismo día fijado para la boda. Se casó después con Plaucia Urgulanila, cuyo padre había recibido los honores triunfales, y después con Elia Petina, hija de un ex cónsul. Se divorció de ambas: de Petina, por motivos de poca importancia, pero de Urgulanila, por los escándalos de sus excesos sexuales y por ser sospechosa de homicidio. Después de éstas, contrajo matrimonio con Valeria Mesalina, hija de su primo hermano Barbato Mesala. Sin embargo, cuando descubrió que Mesalina, además de todas sus impudicias y escándalos había llegado incluso a prometerse en matrimonio con Cayo Silio y a fijar la dote en presencia de testigos, la condenó a muerte y aseguró en un discurso ante los pretorianos que, como los matrimonios habían resultado tan desastrosos para él, permanecería soltero y que, si no lo hacía así, no se opondría a que ellos le dieran muerte con sus propias manos. Pero no fue capaz de resistir mucho tiempo sin empezar a considerar las posibles candidatas al matrimonio, entre ellas Petina, la que en otro tiempo había repudiado, y Lolia Paulina, que había estado casada con Cayo César. Seducido, sin embargo, por los arrumacos de Agripina, hija de su hermano Germánico, que había aprovechado su derecho a besarlo y las oportunidades de prodigarle caricias, sobornó a algunos senadores para que en la próxima reunión del Senado propusieran que se tenía que obligar a Claudio a tomarla como esposa, alegando que así lo requería el máximo interés del Estado, y que se había de hacer extensiva a todos los ciudadanos la autorización para tales matrimonios, considerados hasta entonces como incestuosos. Así pues, transcurrido apenas un solo día, se celebró la boda, aunque no se encontraron otros ciudadanos que siguieran este ejemplo, a excepción de un liberto y de un primipilo, cuya ceremonia nupcial celebró él personalmente acompañado de Agripina.

XXVII. Claudio tuvo hijos de sus tres primeras esposas: de Urgulanila, a Druso y Claudia; de Petina, a Antonia; de Mesalina, a Octavia y un hijo llamado primero Germánico y luego Británico. En Pompeya, perdió a su hijo Druso, todavía un niño, ahogado por una pera que, jugando, lanzaba al aire y recogía con la boca abierta; hacía unos pocos días que se había prometido con la hija de Sejano. Por ello me sorprende mucho que hubiera quienes afirman que había muerto debido a una intriga de Sejano. A Claudia, concebida en realidad de su liberto Botere, aunque había nacido cinco meses antes de su divorcio de Urgulanila y había comenzado a criarla él, ordenó, no obstante, arrojarla desnuda fuera del palacio y abandonarla junto a la puerta de la casa de su madre. A Antonia la casó primero con Cneo Pompeyo el Grande y luego con Fausto Sula, jóvenes ambos de la más alta alcurnia; en cuanto a Octavia, aunque previamente estaba prometida a Silano, la casó con su hijastro Nerón. A Británico, que le había nacido a los veinte días de ser emperador, durante su segundo consulado, siendo todavía un niño lo recomendaba ya con frecuencia al ejército en las asambleas, llevándolo en brazos, y al pueblo, en los espectáculos públicos, sentándolo en sus rodillas o delante de él, y sumándose también a la multitud de los que aclamaban al niño, deseándole fastos augurios. De sus yernos, adoptó a Nerón. En cuanto a Pompeyo y Silano, no tan sólo los rechazó, sino que los hizo matar.

XXVIII. Entre sus libertos tuvo una especial consideración por el eunuco Posides, al cual, con ocasión de la celebración del triunfo por la guerra de Britania, le otorgó incluso, como a los oficiales del ejército, una lanza pura. Igual aprecio tuvo por Félix, a quien puso al frente de las cohortes y de las alas de caballería de la provincia de Judea, y que llegó a ser marido de tres reinas; también por Hárpocras, a quien autorizó a ser transportado en litera por las calles de Roma y a ofrecer espectáculos públicos. Por encima de éstos, distinguió a Polibio, su archivero y secretario de estudios judiciales previos, quien paseaba siempre entre los dos cónsules. No obstante, en ningún otro confió tanto como en Narciso, secretario de su cancillería, y en Palas, su jefe de tesorería, a quienes consintió de buen grado que llegaran a ser agasajados por un decreto del Senado, no sólo con ingentes recompensas, sino también con los distintivos de los cuestores y de los pretores: sólo que, además de todo esto, acumulaban y robaban tanto dinero que en cierta ocasión que Claudio se lamentaba de la exigüidad del tesoro imperial, se le replicó, con razón, que rebosaría de dinero, si sus dos libertos le hicieran partícipe de sus beneficios.

XXIX. Supeditado siempre a sus libertos y esposas, no actuó como un príncipe, sino como un criado, pues, según las conveniencias, favoritismos y caprichos de cada uno de éstos, repartió magistraturas, ejércitos, privilegios y ejecuciones y, lo que es peor, la mayor parte de las veces sin ser consciente ni enterarse de ello. Y para no hacerme prolijo con la enumeración de hechos de menos importancia, como, por ejemplo, donaciones suyas rescindidas, sentencias revocadas, credenciales de cargos apañadas o abiertamente falsificadas, me limitaré a exponer lo siguiente: hizo matar a su consuegro Apio Silano y a las dos Julias, hijas la una de Druso y la otra de Germánico, por un delito no probado y sin darles oportunidad de defenderse; y también a Cneo Pompeyo, el marido de su hija mayor, y a Silano, el marido de su hija menor. De estos últimos, Pompeyo fue asesinado mientras yacía con un jovencito, amante suyo, y Silano fue obligado a dimitir de la pretura, cuatro días antes de las calendas de enero, y a suicidarse el primer día del año, el mismo día de la boda de Claudio y Agripina. Hizo ajusticiar a treinta y cinco senadores y a más de trescientos caballeros con tal frivolidad que, al comunicarle un centurión que se había cumplido su orden de ejecutar a un ex cónsul, negó que él hubiese dado ninguna orden, pero, no obstante, aprobó su ejecución, al insistirle sus libertos que los soldados habían cumplido con su obligación, pues por propia iniciativa se habían adelantado a vengar a su emperador. Pero hubo un hecho que superó todos los límites de lo creíble, porque en la boda que celebró Mesalina con su amante Silio, fue el propio Claudio quien firmó el documento que fijaba la dote; le indujeron a firmarlo pretextando que simulaban adrede ese matrimonio para apartar y hacer caer sobre otros el peligro que ciertos portentos indicaban que le amenazaba a él.

XXX. No carecía su aspecto físico de autoridad y dignidad, ni cuando estaba en pie, ni cuando estaba sentado, ni, sobre todo, cuando estaba echado. Su cuerpo era de elevada estatura y no excesivamente delgado. Tenía un rostro atractivo, unos hermosos cabellos blancos y un amplio cuello. Sin embargo, cuando caminaba, le fallaban las rodillas, poco seguras, y cuando hacía cualquier cosa, tanto si estaba relajado como serio, eran muchas las lacras que le envilecían: su risa era destemplada, su cólera más repulsiva aún por la espuma que le salía por la boca, su nariz siempre goteaba; además, tartamudeaba y su cabeza basculaba sin cesar de forma convulsiva, pero de modo mucho más acusado durante los procesos judiciales, por muy poca importancia que tuviesen.

XXXI. Del mismo modo que había sido antaño muy enfermizo, gozó de excelente salud desde que accedió al poder, a no ser por los dolores de estómago. Afirmaba incluso que, cuando tenía los ataques, llegó a pensar en suicidarse.

XXXII. Organizó con frecuencia espléndidos banquetes, casi siempre en espacios muy amplios, de forma que en muchas ocasiones había más de seiscientos comensales al mismo tiempo. Ofreció incluso un convite sobre el canal de desagüe del lago Fucino y faltó poco para que se ahogase, cuando, al dar salida al caudal de agua, se desbordó ésta con gran violencia. A todas las cenas llevaba a sus hijos y a chicos y chicas nobles, quienes, conforme a la antigua usanza, comían sentados al pie de los divanes. Cuando sospechaba que un invitado le había robado el día anterior una copa de oro, le convidaba de nuevo al día siguiente y le ponía una copa de madera. Se dice que había preparado un edicto en el que se autorizaba a soltar durante el banquete ventosidades y pedos, pues se enteró de que un invitado había llegado a correr peligro por haberlos retenido por decoro.

XXXIII. Era tan sumamente aficionado, en cualquier momento y lugar, a la comida y al vino que, en cierta ocasión, al enterarse en el foro de Augusto de un banquete que se preparaba en el vecino templo de Marte para los Salios y sentirse atraído por el olor de la comida, abandonando el tribunal, subió a reunirse con los sacerdotes y se puso a comer con ellos. Casi nunca salía del comedor sin estar ahíto de comida y atiborrado de vino, de forma que inmediatamente después, mientras dormía tendido sobre la espalda y con la boca abierta, se le introducía una pluma en ella para que vaciase el estómago. Dormía muy poco —casi siempre, en efecto, se despertaba antes de la media noche—, pero durante el día, en cambio, se adormecía con frecuencia mientras administraba justicia y a duras penas conseguían los abogados despertarlo, alzando adrede la voz. Sintió una desenfrenada pasión por las mujeres, pero no tuvo jamás trato carnal con hombre alguno. Era tan grande su afición a jugar a los dados —juego sobre el que incluso publicó un libro— que solía jugar también en sus desplazamientos, de manera que tenía su carruaje y el tablero preparados para que no se trastocasen las tiradas.

XXXIV. Que fue de naturaleza cruel y sanguinaria, se desprende claramente tanto de los hechos importantes como de los detalles. En los interrogatorios hacía aplicar las torturas estando él presente y exigía también que los parricidas fueran ajusticiados ante sus propios ojos. Una vez que en Tívoli deseaba presenciar un suplicio según la costumbre tradicional, al no presentarse el verdugo cuando los condenados estaban ya atados al poste, aguardó pacientemente hasta el atardecer la llegada del verdugo que se había hecho venir de Roma. En todos los combates de gladiadores, tanto si los ofrecía él como otra persona, ordenaba que fueran degollados incluso los gladiadores que caían al suelo accidentalmente, sobre todo si se trataba de reciarios, para observar su rostro mientras agonizaban. Cuando en una ocasión cayeron ambos combatientes a causa de sus mutuas heridas, dio orden de que de sus espadas se le fabricaran cuanto antes unos puñales para su uso personal. Con los bestiarios y los del mediodía disfrutaba tanto, que nada más amanecer se dirigía al anfiteatro y, al mediodía, cuando el pueblo se marchaba a comer, él permanecía sentado allí y, además de los gladiadores programados, por cualquier fútil motivo hacía combatir también inopinadamente a cualquiera de los carpinteros, sirvientes o personal de ese género, si fallaba uno de los dispositivos automáticos, decorados o artilugios de esa clase. Obligó incluso a pelear a uno de sus secretarios encargado de indicarle el nombre de sus visitantes, vestido con la toga tal como estaba.

XXXV. Pero por encima de todo era tímido y desconfiado. En los primeros días de su reinado, aunque, como hemos dicho, hacía gala de su amabilidad, no se atrevía a asistir a ningún convite, si no le rodeaba su guardia personal, armada con lanzas, y los soldados no hacían las funciones de los sirvientes. No visitó tampoco a ningún enfermo, sin haber hecho inspeccionar previamente la habitación y haber hecho palpar y sacudir colchones y cobertores. Durante el resto de su gobierno, destinó unos vigilantes, sumamente rigurosos, para que registraran absolutamente a todos los que iban a su casa a saludarle. Sólo más tarde, en efecto, y a regañadientes, aceptó que las mujeres, los adolescentes vestidos todavía con la toga pretexta y las jovencitas no fueran manoseados y que no se quitaran a los acompañantes y secretarios de sus visitantes los estuches de plumas y punzones de escribir. Cuando, en su intento de golpe de Estado, Camilo, seguro de que podía aterrorizarlo sin llegar a la guerra civil, le conminó en una carta ultrajante, amenazadora y altanera a abdicar y a retirarse a una vida privada y ociosa, Claudio, después de convocar a los más importantes ciudadanos, estuvo dudando si debía obedecerlo.

XXXVI. Cuando se denunciaron algunas falsas intrigas, se atemorizó hasta tal punto que estuvo tentado de renunciar al trono imperial. Con ocasión de haber sido detenido aquel individuo armado con un puñal, tal como antes he expuesto, que se le había acercado mientras celebraba un sacrificio, convocó rápidamente al Senado por medio de heraldos y, con lágrimas y gritos, se lamentó de su situación, pues en parte alguna podía sentirse seguro, y se abstuvo durante mucho tiempo de aparecer en público. Renunció igualmente a su ardiente pasión por Mesalina, no tanto por la infamia de sus afrentas, cuanto por el miedo al peligro, pues creía que su amante Silio se haría con el poder. Durante todos esos días, aterrado, se refugió vergonzosamente en los cuarteles de sus pretorianos, sin indagar otra cosa en todo el trayecto que no fuera si todavía conservaba el Imperio.

XXXVII. La más mínima sospecha, la más inconsistente delación, le causaban tan gran inquietud que le impulsaban a tomar grandes precauciones y a buscar venganza. Un litigante, llevándose aparte a Claudio mientras le presentaba sus respetos, le aseguró que había visto en sueños que alguien le asesinaba; poco después, como si reconociese al asesino, le señaló a su propio adversario mientras le tendía un escrito; éste, como si le hubieran sorprendido en flagrante delito, fue inmediatamente ejecutado. Del mismo modo dicen que fue eliminado Apio Silano: cuando Mesalina y Narciso se pusieron de acuerdo para acabar con él, se repartieron el trabajo: él, irrumpió antes del alba en el dormitorio de su amo fingiéndose atónito, afirmando que había soñado que Apio le atacaba; Mesalina, simulando una gran sorpresa, aseguró a Claudio que también ella tenía ese mismo sueño hacía ya varias noches. Poco después, de acuerdo con su plan, se anunció a Claudio la repentina llegada a palacio de Apio, a quien el día anterior se le había recomendado que se presentase a esa hora; Claudio, como si en verdad se hiciese realidad el sueño, ordenó llevarlo asu presencia al momento y darle muerte. Al día siguiente, no vaciló en relatar ante el Senado el desarrollo de los hechos y en agradecer a su liberto el que, incluso mientras dormía, velase por su vida.

XXXVIII. Consciente de que era hombre irascible y colérico, se excusó en un edicto de ambos defectos y los matizó, prometiendo que su ira sería pasajera e inocua y que su cólera nunca sería injusta. A los habitantes de Ostia, por no haber enviado barcas a su encuentro una vez que remontaba el Tíber, después de reprenderlos con tal severidad e indignación que les escribió que se sentía degradado por ellos, luego, de repente, los perdonó y poco faltó para que se excusase ante ellos. A algunos que le abordaron en público en un momento inoportuno, los rechazó con sus propias manos. De igual modo desterró al secretario de un cuestor y a un senador que había ejercido la pretura, sin culpa alguna y sin tan sólo escucharlos, al primero, porque se le había dirigido con poco comedimiento cuando todavía era un simple ciudadano y, al segundo, porque, mientras era edil, había multado a los arrendatarios de sus fincas, que vendían alimentos cocinados, a pesar de que estaba prohibido, haciendo flagelar a su administrador cuando pretendió hacer de mediador. Precisamente por este motivo quitó a los ediles el poder coercitivo sobre los figones. Tampoco guardó silencio sobre su propia estupidez, sino que afirmó en algunas intervenciones que, siendo Cayo emperador, había fingido deliberadamente ser un necio, porque de otro modo no hubiera podido salvarse ni llegar a la posición que había alcanzado. No convenció, sin embargo, a la opinión pública, ya que poco tiempo después se publicó un libro cuyo título era La insurrección de los idiotas y cuyo contenido demostraba que nadie se puede fingir idiota.

XXXIX. Entre otras cosas, lo que causó verdadero estupor entre la gente fue su poca memoria y su inconsciencia, o bien, como yo diría en griego, su aturdimiento e inconsideración. Después de hacer ajusticiar a Mesalina, a los pocos días, al sentarse a la mesa, preguntó por qué no venía la señora. A muchos de los que había condenado a muerte, al día siguiente de su ejecución ordenaba invitarlos para pedirles consejo o para jugar a los dados y, pensando que se retrasaban, los cubría de reproches mediante un mensajero, tratándolos de dormilones. Cuando estaba a punto de contraer su incestuoso matrimonio con Agripina, no cesó de alabarla en todos sus discursos, llamándola «hija y pupila suya, nacida y criada en su regazo». Cuando iba a adoptar a Nerón, como si no se le criticase ya suficientemente por adoptar a su hijastro, teniendo un hijo adulto, comentó públicamente que nunca había entrado nadie por adopción en la familia Claudia.

XL. Por lo general, dio pruebas de tanta ineptitud en sus conversaciones y en su conducta, que la gente opinaba que no sabía ni sopesaba quién era él mismo, ni con quiénes, en qué momento o en qué lugar estaba hablando. Un día en que en el Senado se estaba discutiendo acerca de unos temas referentes a los carniceros y comerciantes de vinos, exclamó: «Por favor, ¿quién podría vivir sin un pedazo de pan?», y comenzó a describir la abundancia de las viejas tabernas, donde antes se acostumbraba, y así lo hacía él mismo, ir a buscar vino. Con respecto a cierto candidato a pretor, incluyó entre los motivos de su voto a favor, el que «el padre de ese candidato, en el momento oportuno le hubiese dado agua fresca cuando él estaba enfermo». En otra ocasión en que presentaron ante su tribunal una cierta mujer como testigo, comentó: «Esta mujer fue liberta y doncella de mi madre, pero siempre me consideró a mí su patrón; y digo esto, porque todavía hay muchos en mi casa que no me consideran su amo». Más aún: una vez que los habitantes de Ostia solicitaron cierto favor ante su tribunal, poniéndose blanco de ira se puso a vociferar que «no tenía ningún motivo por el que tuviera que ganarse a esa gente y que si había algún hombre libre, ése era él». Las frases habituales que repetía realmente a todas horas y en todo momento eran: «¿Qué? ¿Te crees acaso que soy Telegenio?», y «Larga lo que hayas de decir y no me jodas», y otras muchas expresiones groseras incluso para un ciudadano privado, pero mucho más para un emperador que, no sólo no carecía de elocuencia y de cultura, sino que se había dedicado con gran constancia a los estudios liberales.

XLI. Siendo todavía un adolescente, abordó la tarea de escribir una historia, siguiendo los consejos de Tito Livio y con la ayuda de Sulpicio Flavo. La primera vez que se enfrentó a un concurrido auditorio, apenas pudo acabar de leerla, pues él mismo enfriaba continuamente el entusiasmo de los presentes. En efecto, cuando comenzaba su lectura, se produjo una risa general al romperse varias sillas debido a la obesidad de uno de los oyentes; tras calmarse el alboroto, Claudio fue incapaz de dominarse y, acordándose con frecuencia del incidente, estallaba en carcajadas. Una vez emperador, también escribió mucho, procediendo frecuentemente a la lectura de sus escritos por medio de un lector. Su historia se iniciaba justo después del asesinato del dictador César, pero luego se pasó a una época más reciente y comenzó a partir de la instauración de la paz, después de las guerras civiles, al darse cuenta de que no tenía posibilidad de relatar con libertad y veracidad los sucesos anteriores, pues era siempre corregido por su madre y por su abuela. Dejó escritos dos volúmenes sobre el primer tema y cuarenta y uno sobre el segundo. Escribió también una autobiografía en ocho volúmenes, que pecaban más de tontería que de falta de elegancia. Compuso también una Defensa de Cicerón contra los libros de Asinio Galo, bastante erudita. Se inventó tres nuevas letras y las añadió al alfabeto tradicional, juzgándolas indispensables; como ya había publicado un libro justificando la necesidad de esas letras, cuando todavía era un simple ciudadano, luego, siendo ya emperador, consiguió con facilidad que se utilizasen habitualmente junto a las otras. Se conservan tales caracteres en muchos libros y en las inscripciones de las obras públicas de la época.

XLII. Con no menor aplicación continuó sus estudios de griego y siempre que tuvo oportunidad proclamó la excelencia de esa lengua y su aprecio hacia ella. A un extranjero que disertaba en griego y en latín, le replicó: «Puesto que eres capaz de expresarte en nuestras dos lenguas…»; y cuando confió al Senado la provincia de Acaya, aseguró que le era una provincia grata por el mutuo intercambio de estudios comunes; y con frecuencia respondió a sus embajadores en el Senado con un discurso todo él en griego. También en su tribunal se expresaba a menudo utilizando versos de Homero. Siempre que se había vengado de un enemigo o de alguno que había intrigado contra él, al tribuno de la guardia que le pedía como de costumbre el santo y seña, le daba siempre el mismo:

Rechazad a todo aquel que venga a ultrajarme.

Finalmente, escribió también obras históricas en griego: La historia de los etruscos, en veinte libros, y la de los cartagineses, en ocho. Por ese motivo se añadió al antiguo museo de Alejandría otro nuevo que llevó su nombre. Se estableció también que cada año, en unos días determinados, se leyesen los libros de los etruscos en un museo y los de los cartagineses en otro, cada uno de los libros por distintos lectores, que se iban turnando, como si se tratase de un auditorio.

XLIII. Hacia el final de su vida, Claudio dio inequívocas pruebas de estar arrepentido de haberse casado con Agripina y de haber adoptado a Nerón; así, en una ocasión en que sus libertos recordaban y alababan un proceso del día anterior en el que había condenado a una mujer acusada de adulterio, reconoció públicamente que «por voluntad de los hados él había tenido siempre esposas impúdicas, pero que no habían quedado impunes». Y, al encontrarse poco después con Británico, lo abrazó con fuerza y le instó a hacerse mayor para poderle dar cuenta de todas sus acciones; y continuó en griego: «El que te ha herido, te curará». Y también, cuando decidió que vistiera la toga viril, en cuanto su estatura se lo permitiese, aunque era todavía impúber y muy jovencito, añadió: «Para que el pueblo romano tenga por fin un verdadero césar».

XLIV. No mucho después, redactó su testamento y lo registró con las firmas de todos los magistrados. Así pues, antes de que Claudio pudiera ir más lejos, Agripina se apresuró a actuar, pues aparte de todos estos hechos, le apremiaba también su propio sentimiento de culpabilidad, así como los delatores de sus numerosos delitos. Todos están de acuerdo en que Claudio murió envenenado, pero existen discrepancias sobre dónde se produjo y quién le administró el veneno. Afirman algunos que ocurrió mientras asistía a un banquete en el Capitolio con los sacerdotes y por medio del eunuco Haloto, su catador; otros aseguran que fue durante un convite familiar y mediante la propia Agripina, que le ofreció una seta envenenada, pues a Claudio le entusiasmaba esa clase de comida. Tampoco hay unanimidad sobre los hechos que sucedieron a continuación. Muchos dicen que después de ingerir el veneno quedó en silencio y, atormentado por el dolor durante toda la noche, murió al amanecer. Otros afirman que al principio se quedó como amodorrado y luego, al repetirle la comida, la vomitó toda, por lo que se le suministró de nuevo un veneno, no se sabe si mezclado con una papilla, pretextando que, como había quedado exhausto, era preciso reanimarlo con nuevos alimentos, o bien, por medio de una lavativa, haciéndole creer que se encontraba mal por estar empachado y que este modo de evacuación también le aliviaría.

XLV. Se ocultó su muerte hasta que se hubieron arreglado todos los pormenores relativos a su sucesor. En consecuencia, se elevaron votos, como si todavía se hallase enfermo y, para disimular, se llamó a palacio a algunos actores de comedia, fingiendo que Claudio deseaba que lo distrajesen. Murió a los 64 años de edad, el día tercero de los idus de octubre, siendo cónsules Asinio Marcelo y Acilio Aviola, en el decimocuarto año de su reinado. Sus exequias se llevaron a cabo con la habitual suntuosidad propia de un emperador y recibió los honores de la apoteosis. Este honor, que le fue revocado y anulado por Nerón, fue restablecido de nuevo más tarde por Vespasiano.

XLVI. Los principales presagios de su muerte fueron los siguientes: apareció un cometa en el cielo y cayó un rayo sobre la tumba de su padre Druso, además del hecho de que aquel mismo año habían muerto la mayoría de toda clase de magistrados. Parece igualmente que el propio Claudio no ignoraba ni disimulaba que se aproximaba el final de su vida, y hay de ello muchas pruebas. En efecto, cuando designó a los cónsules, no nombró a ninguno para después del mes en que murió y, en la última sesión del Senado a la que él asistió, tras rogar encarecidamente a sus hijos que viviesen en mutua concordia, encomendó la joven vida de ambos a los senadores y, durante el último proceso judicial, reiteró una y otra vez en el tribunal que había llegado al término de su vida mortal, a pesar de las enérgicas protestas de los que le escuchaban.

Nerón

I. De la estirpe Domicia, surgieron dos ilustres familias: la de los Calvinos y la de los Enobarbos. Los Enobarbos deben su origen y su sobrenombre a Lucio Domicio, de quien se cuenta que, cuando regresaba en cierta ocasión del campo, dos hermanos gemelos de majestuosa belleza le ordenaron que anunciase al Senado y al pueblo una victoria, de la que todavía no se sabía nada seguro y, como prueba de su divinidad, le acariciaron de tal manera sus mejillas que sus negros cabellos se tornaron de un rojo brillante, semejantes al cobre. Este rasgo característico permaneció también en sus descendientes, una gran parte de los cuales lucieron una rojiza barba. Obtuvieron siete consulados, un triunfo y dos preturas y, adscritos siempre entre los patricios, conservaron todos ellos el mismo sobrenombre. Como nombres propios emplearon tan sólo los de Cneo y Lucio; y aun éstos con una curiosa variación, pues a veces mantenían uno de ellos, el que fuera, durante tres generaciones y, otras, los alternaban cada generación. Sabemos, en efecto, que hubo un primer, un segundo y un tercer Lucio Enobarbo; luego, los tres siguientes, por orden, se llamaron Cneo y, los restantes, recibieron alternativamente el nombre de Lucio y Cneo. Me parece oportuno mencionar y dar a conocer a varios miembros de esta familia para que se vea mejor que, así como Nerón degeneró con respecto a las virtudes de sus antepasados, retuvo en cambio los vicios de cada uno de ellos, como si fueran hereditarios y congénitos.

II. Así pues, remontándome un poco más en el tiempo, diré que su tatarabuelo Cneo Domicio, sumamente disgustado con los pontífices durante su tribunado porque habían preferido nombrar a otro, y no a él, para ocupar el lugar de su padre, transfirió de los colegios sacerdotales al pueblo el derecho de reemplazar a los sacerdotes. Además, después de vencer durante su consulado a los alóbroges y a los arvernos, se trasladó a lomos de un elefante a través de la provincia rodeado por multitud de soldados, como si desfilase con toda la parafernalia propia de una celebración triunfal. Refiriéndose a él, el orador Licinio Craso manifestó que «no era de admirar que tuviese la barba de cobre, pues tenía el rostro de hierro y el corazón de plomo». Su hijo, que era pretor, al acabar César su consulado le citó para ser investigado por el Senado, puesto que algunos sostenían que había actuado en contra de los augurios y de las leyes. Luego, siendo cónsul, intentó privar de su general en jefe a los ejércitos de la Galia y, nombrado por su propio partido sucesor de César, fue hecho prisionero en Corfino al inicio de la guerra civil. Puesto en libertad por César, desde allí marchó a Marsella, donde con su llegada levantó los ánimos de sus habitantes, abrumados por el asedio, pero los abandonó de repente y murió finalmente en la batalla de Farsalia. Hombre voluble y de índole cruel, se asustó de tal modo ante la muerte que él mismo había buscado movido por el temor ante la desesperada situación, que, arrepentido de haberse tomado un veneno, lo vomitó y concedió la libertad a su médico porque, demostrando su prudencia y que le conocía bien, había rebajado la toxicidad del veneno. En cambio, cuando Cneo Pompeyo consultó qué hacer con los indecisos y con los neutrales, fue él el único que juzgó que tenían que ser considerados como enemigos.

III. Dejó un hijo que, sin duda, hemos de considerar como el mejor de todo su linaje. Éste, condenado por la Ley Pedia como uno más de los responsables del asesinato de César, aunque era inocente, marchó a reunirse con Casio y Bruto, unidos a él por estrecho parentesco, y, después de la muerte de ambos, retuvo la flota que se le había confiado anteriormente, la aumentó y, únicamente después de ser vencido su partido en todas partes, la entregó por propia iniciativa a Marco Antonio, lo que se consideró un extraordinario servicio. Por ello, de entre todos los que habían sido condenados por la misma ley, fue el único que, cuando hubo regresado a su patria, ocupó sucesivamente las más altas magistraturas. Reiniciada enseguida la guerra civil, y como legado del propio Antonio, le fue confiado el mando absoluto del ejército por aquellos que se avergonzaban de Cleopatra y, sin atreverse a aceptarlo ni a rechazarlo, al no sentirse seguro debido a una súbita enfermedad, se pasó a Augusto y murió a los pocos días, salpicado él mismo de cierto deshonor. Antonio, en efecto, divulgó el bulo de que se había pasado al enemigo impulsado por la pasión que sentía por su amante, Servilia Nais.

IV. Hijo de éste fue Domicio, aquel que más tarde fue de todos conocido al haber sido designado en el testamento de Augusto como comprador de sus esclavos y bienes, no menos famoso en su adolescencia por su habilidad como auriga que, luego, por los ornamentos triunfales que obtuvo en la guerra contra Germania. Pero, arrogante, pródigo y cruel, siendo edil, obligó al censor Lucio Planco a cederle el paso en la calle. Durante su pretura y su consulado, hizo aparecer en escena a caballeros y damas romanas para representar un mimo. Ofreció cacerías en el circo y en todos los distritos de la ciudad, así como combates de gladiadores, pero de tal ferocidad, que Augusto, después de llamarle inútilmente la atención en privado, se vio obligado a censurarlo en un edicto.

V. De Antonia la Mayor, engendró al padre de Nerón, un hombre execrable durante toda su vida, ya que, cuando acompañaba como amigo al joven Cayo César a Oriente, por haber matado a un liberto suyo que se había negado a beber tanto como se le exigía fue expulsado de su grupo de amigos; pero, a pesar de ello, siguió viviendo con el mismo desenfreno. En efecto, en la vía Apia, dentro de un pueblo, azuzó repentinamente a sus caballos, atropellando y destrozando deliberadamente a un niño; del mismo modo, en pleno foro romano, vació un ojo a un caballero romano que le increpaba sin miramientos. Su perfidia era tan grande que no sólo se negaba a pagar a los banqueros el precio de los objetos que compraba en las subastas, sino que, siendo pretor, robaba a los aurigas los premios de sus victorias. Recriminado por estas estafas, ante las bromas de su hermana y las quejas de los patronos de los distintos equipos, decretó que en adelante los premios deberían pagarse al contado. Acusado, justo antes de la muerte de Tiberio, de un delito de lesa majestad, de adulterio y de incesto con su hermana Lépida, pudo librarse gracias a las nuevas circunstancias, pero murió de hidropesía en Pirgos, sobreviviéndole su hijo Nerón, que había tenido de Agripina, hija de Germánico.

VI. Nerón nació en Ancio, ocho meses después de la muerte de Tiberio, dieciocho días antes de las calendas de enero, justo al nacer el sol, de forma que fue acariciado por sus rayos casi antes que la misma tierra. Aunque, debido a su horóscopo, mucha gente intuyó enseguida numerosos y terribles augurios, también las palabras de su propio padre Domicio fueron un presagio, cuando afirmó, mientras sus amigos le daban los parabienes, que «de él y de Agripina no podía nacer sino un ser detestable y un público peligro». Una prueba palpable de su nefasto futuro se produjo el día de su lustración, pues Cayo César, al preguntarle su hermana qué nombre quería que se le diese al niño, mirando a su tío Claudio —por quien más adelante, siendo ya emperador, sería adoptado Nerón—, manifestó que le daba el nombre de éste, aunque no hablaba en serio, sino en plan de guasa y para que Agripina lo rechazase despectivamente, porque en aquellos días Claudio era el blanco de todas las burlas de palacio.

A los tres años de edad perdió a su padre. Heredero de la tercera parte, ni siquiera recibió entera su parte correspondiente, al arramblar con todos los bienes Cayo, que era coheredero. Como su madre fue desterrada enseguida, Nerón, casi sin recursos e indigente, se crió en casa de su tía paterna Lépida, bajo los cuidados de dos pedagogos, un bailarín y un barbero. Sin embargo, al obtener Claudio el poder imperial, no sólo recuperó su patrimonio, sino que se vio enriquecido con la herencia de Crispo Pasieno, su padrastro. Con el favor y el poder de su madre, a quien se había hecho regresar del exilio y restituido su posición, llegó a medrar tanto, que corrió entre la gente el rumor de que Mesalina, la esposa de Claudio, había enviado unos sicarios para que lo estrangularan mientras dormía, por considerarlo un rival de Británico. A este bulo se añadió que los asesinos huyeron aterrados cuando de su almohada se alzó una serpiente. El origen de esa patraña se debió a haberse encontrado una piel de serpiente en el lecho de Nerón, a la altura de su cuello. Y cuentan que esa piel, por voluntad de su madre, se puso en un brazalete de oro que Nerón llevó en su brazo derecho durante algún tiempo, hasta que finalmente, harto de su madre, lo desechó, aunque luego, al final de sus días, intentó en vano recuperarlo de nuevo.

VII. Antes de llegar a la pubertad, siendo todavía de tierna edad, tomó parte con gran constancia y brillantez en los juegos hípicos troyanos, durante unos juegos circenses. A los once años de edad fue adoptado por Claudio y confiado para su educación a Anneo Séneca, que en esa época era ya senador. Se cuenta que Séneca, la noche anterior, soñó que estaba aleccionando a Cayo César; Nerón hizo muy pronto realidad ese presagio, poniendo de manifiesto así que le fue posible, con sus primeras actuaciones, la monstruosidad de su naturaleza. En efecto, como tras su adopción, su hermano Británico le continuaba llamando como siempre «Enobarbo», intentó desacreditarlo ante su padre, diciéndole que no era hijo suyo. A su tía Lépida, que había sido acusada, la perjudicó seriamente testificando en su misma presencia contra ella, para complacer a su madre, que la acusaba sin descanso. Cuando fue llevado al foro por primera vez, ofreció un reparto de alimentos al pueblo y gratificaciones a los soldados y, cuando se le ordenó pasar revista a los pretorianos, empuñó el escudo con su propia mano; luego, en el Senado, dio las gracias a su padre Claudio. También ante su padre, cónsul en aquellos momentos, pronunció un discurso en latín en favor de los habitantes de Bolonia y otro en griego, en favor de los moradores de Rodas y de Troya. Como prefecto de Roma, administró justicia por primera vez durante las fiestas latinas, rivalizando los más célebres abogados en presentar ante su tribunal, no las demandas ordinarias y breves, como era costumbre, sino las más importantes y en gran número, aunque había sido prohibido por Claudio. Poco después se casó con Octavia y ofreció unos juegos circenses y una cacería de fieras por la vida de Claudio.

VIII. Tenía 17 años de edad cuando se hizo pública la muerte de Claudio. Entre la sexta y la séptima hora se dirigió al cuerpo de guardia, pues, debido a la conmoción de todo aquel día, parecía que no había un momento más adecuado para estrenarse en el poder. Aclamado como emperador en las gradas de palacio, fue transportado en litera a los cuarteles de los pretorianos y, después de solicitar el apoyo de los soldados, se dirigió apresuradamente a la Curia, saliendo de ella hacia el atardecer, habiendo rechazado, de los innumerables honores con que fue colmado, tan sólo el de «padre de la patria», a causa de su edad.

IX. Comenzando entonces con una demostración de piedad filial, honró a Claudio con un funeral del máximo fausto, pronunció su elogio fúnebre y lo elevó a la categoría de los dioses. También rindió los máximos honores a la memoria de su padre Domicio. En cuanto a su madre, le confió el máximo poder en todos los asuntos privados y públicos. El primer día de su reinado dio como santo y seña al tribuno de guardia «la mejor de las madres» y, a partir de entonces, se desplazaba a menudo por las calles de Roma en la litera y en compañía de su madre. Estableció en Ancio una colonia, asignándole veteranos de las fuerzas pretorianas y añadiéndole los más ricos de los ex primipilos, que hubieron de cambiar de domicilio. Construyó también allí un puerto, de costosísima realización.

X. Para hacer más ostensibles todavía sus propósitos, declaró que gobernaría según los dictados de Augusto y no dejó pasar ninguna oportunidad de hacer alarde de generosidad, clemencia y gentileza. Suprimió o rebajó los impuestos más gravosos. Redujo a una cuarta parte las recompensas a los delatores, contempladas en la Ley Papia. Distribuyó al pueblo cuatrocientos sestercios por cabeza y, para los más ilustres de los senadores, pero que carecían de patrimonio, dispuso unos honorarios anuales de quinientos mil sestercios e, igualmente, un reparto gratuito mensual de trigo para las cohortes pretorianas. Además, cuando se le comunicaba la condena a muerte de algún ciudadano para que, según la costumbre, la firmase, comentaba: «¡Cuánto desearía no saber escribir!». Saludaba siempre a los miembros de ambos órdenes sociales por sus nombres y de memoria. Al Senado que le daba las gracias, le respondió: «Esperad a que lo haya merecido». Autorizó que el pueblo le acompañase cuando se ejercitaba en el Campo de Marte y, con frecuencia, declamó en público. Recitó sus versos, no sólo en privado, sino también en el teatro, con tanto placer de todos que, con motivo de uno de sus recitales, se decretó una acción de gracias a los dioses y que el fragmento de la poesía recitada por él se consagrase a Júpiter Capitolino, escrito en letras de oro.

XI. Ofreció numerosos espectáculos de muy diversos géneros: juveniles, circenses, teatrales y de gladiadores. En los juveniles, admitió también la participación de ancianos ex cónsules y de ancianas damas romanas. Para los juegos circenses, asignó al orden ecuestre localidades especiales, separadas de las del resto de espectadores, y organizó una carrera de cuadrigas de camellos. En los juegos que, por haberse organizado para celebrar la eternidad del Imperio romano, quiso que se llamasen «máximos», participaron en las representaciones muchos miembros de ambos sexos de uno y otro orden. Un caballero romano, muy conocido, recorrió una cuerda de funambulista sentado a lomos de un elefante. Durante la representación de una comedia togada de Afranio, titulada El incendio, permitió que los actores saquearan y se apropiaran del ajuar de la casa destinada a las llamas. Arrojó también al pueblo durante todos los días toda clase de obsequios: cada día un millar de aves de cada especie, numerosas viandas, vales de trigo, vestidos, oro, plata, piedras preciosas, perlas, cuadros, esclavos, acémilas e, incluso, fieras domesticadas, naves recién construidas, bloques de casas y tierras de cultivo.

XII. Estos juegos los contempló desde lo alto del proscenio. En el combate de gladiadores, que ofreció en un anfiteatro de madera construido en menos de un año en el Campo de Marte, no hizo morir a nadie, ni siquiera de entre los condenados que actuaban como gladiadores; pero hizo combatir en la arena, a la vista de todos, a quinientos senadores y seiscientos caballeros romanos, algunos de ellos de gran fortuna e inmaculada reputación, y, entre esos mismos estamentos sociales, reclutó algunos matadores de fieras y el personal encargado de los diferentes servicios de la arena. Ofreció un combate naval en las aguas del mar, en las que nadaban monstruos marinos y, también, algunas danzas pírricas, ejecutadas por un grupo de efebos, a quienes, acabada la representación, les obsequió con los certificados de ciudadanía romana. Entre los argumentos de las danzas pírricas, un toro copulaba con Pasifae, oculta en el interior de una réplica de madera de una ternera, con tal verismo que muchos espectadores se lo creyeron; luego, Ícaro, al primer intento, se precipitó junto a su palco y lo salpicó con su sangre. En contadas ocasiones acostumbraba Nerón presidir los espectáculos; por lo general solía contemplarlos recostado en un lecho, al principio a través de una celosía y, luego, desde uno de los podios, totalmente descubierto. Fue el primero en crear en Roma, a la usanza griega, un triple certamen quinquenal —musical, gimnástico e hípico—, que llamó «Neroniano», y, tras inaugurar unas termas y un gimnasio a este fin, obsequió al Senado y a los caballeros el aceite para ungirse. Al frente de cada una de las competiciones puso, por sorteo, a ex cónsules, en calidad de árbitros, ubicados en el palco de los pretores. Luego, Nerón bajó a la orquesta, a los asientos del Senado, y recibió la corona de vencedor del concurso de elocuencia y de poesía latina, por la que habían compartido los más ilustres ciudadanos, y que, por consenso de todos ellos, le fue otorgada; pero la que más le entusiasmó fue la del concurso de cítara, que le fue adjudicada por los jueces y que ordenó colocar a los pies de la estatua de Augusto. Durante el certamen gimnástico, que se celebraba en los Saepta, entre los preparativos de la hecatombe se afeitó la barba por primera vez y, tras colocarla en una caja de oro adornada con costosísimas perlas, la consagró a los dioses en el Capitolio. Convidó también a las vírgenes Vestales a asistir a la competición atlética, ya que en Olimpia se autorizaba a las sacerdotisas de Ceres a contemplar el espectáculo.

XIII. Entre los espectáculos ofrecidos por Nerón, es de justicia consignar la entrada en Roma del rey Tiridates. Después de aplazar, mediante un edicto y a causa del mal tiempo, el día señalado para mostrar al pueblo a este rey de Armenia, invitado reiteradamente a la ciudad con grandes promesas, Nerón le hizo entrar en el momento más favorable posible, tras haber colocado cohortes armadas alrededor de los templos del foro, mientras él permanecía sentado en los rostra, en la silla curul, con vestiduras triunfales, entre las enseñas y los estandartes militares. Tiridates, después de avanzar a través de la rampa de la tribuna, se arrodilló ante él. Le ayudó Nerón con su diestra a levantarse, le besó y, en respuesta a su petición, tras quitarle la tiara, le impuso una diadema, mientras un ex pretor traducía a la multitud las palabras del suplicante. De allí lo condujo al teatro y, de nuevo ante sus ruegos, lo hizo sentar a su lado, a su derecha. Aclamado por todo ello como emperador, Nerón, después de llevar una corona de laurel al Capitolio, cerró el templo de Jano, el dios de las dos caras, estimando así que no quedaba asomo de guerra alguna en todo el Imperio.

XIV. Ejerció cuatro consulados: el primero durante dos meses, el segundo y el último durante seis meses y, el tercero, durante cuatro meses. El segundo y el tercero en años consecutivos y, los dos restantes, con un intervalo de un año.

XV. Respecto a la administración de justicia, no contestaba nunca a los querellantes, sino al día siguiente y a través de un escrito oficial. En los procesos reservados al emperador, siguió la norma de rechazar los alegatos de conjunto, tratando por turno con cada una de las partes los distintos aspectos, por separado, del litigio. Siempre que se retiraba a deliberar, no lo hacía ni con sus asesores ni en público, sino que, leyendo en silencio la argumentación redactada por cada una de las partes, daba el veredicto que le parecía oportuno, como si fuera también el de la mayoría. Durante mucho tiempo no admitió en el Senado a los hijos de los libertos y prohibió que ocupasen ninguna magistratura los que habían sido admitidos por los anteriores emperadores. Cuando los candidatos a las magistraturas excedían el número de plazas vacantes, los ponía al frente de las legiones, como consuelo por la dilación y el retraso. Casi siempre concedió el consulado por un período de seis meses y, en una ocasión en que uno de los cónsules falleció en una fecha cercana a las calendas de enero, no lo sustituyó, pues no estaba de acuerdo con el antiguo precedente de Caninio Rébilo, que fue cónsul un solo día. Concedió también a los cuestores y a algunos caballeros los ornamentos triunfales y no siempre por méritos militares. Por lo general hacía leer por un cónsul, saltándose las funciones del cuestor, los discursos que enviaba al Senado sobre determinadas cuestiones.

XVI. Ideó una nueva ordenación de los edificios de la ciudad y, para que delante de las casas de pisos y de las mansiones unifamiliares hubiese unos pórticos desde cuyas terrazas superiores se pudiese combatir los incendios, los hizo construir a sus propias expensas. También había proyectado prolongar las murallas hasta Ostia y desde allí, a través de un canal, llevar el mar hasta la vieja Urbe. Durante su reinado muchas prácticas fueron seriamente reprendidas y reprimidas y se decretaron también muchas otras nuevas: se refrenaron los gastos; las cenas públicas se redujeron a meras distribuciones de víveres; se prohibió que llegaran alimentos cocinados a los figones, excepto legumbres y verduras, a pesar de que hasta entonces también se ofrecían a la venta otras clases de alimentos cocinados; se sometió a suplicio a los cristianos, un tipo de hombres que practicaban una nueva y maléfica religión; se prohibieron las bromas de los aurigas, quienes, merced a una inveterada permisividad, tenían derecho a circular por todas partes engañando y robando para divertirse; se desterró a los actores de mimos y a las camarillas de sus fanáticos seguidores.

XVII. Se inventó un nuevo procedimiento contra los falsificadores, de forma que no se sellaban las tablillas hasta después de haber sido perforadas y haber pasado tres veces un cordel de lino a través del agujero. Se tomaron medidas para que, en los testamentos, las dos primeras tablillas quedaran libres, mostrando escrito únicamente el nombre del testador y siendo estas dos tablillas las únicas que se mostraran a los signatarios, y también para que ningún redactor de un testamento ajeno pudiera asignarse a sí mismo un legado. Se dispuso asimismo que los litigantes pagaran unos honorarios preestablecidos y justos a sus abogados, pero no, en cambio, al tribunal, que, al estar pagado por el erario público, sería gratuito para los ciudadanos, y que los procesos promovidos por el erario público se transfiriesen al foro y, en concreto, a los jueces recuperadores, y que todas las apelaciones pasaran de los tribunales ordinarios al Senado.

XVIII. Nerón no se movió nunca por el deseo ni por la esperanza de aumentar o de extender su Imperio e incluso estuvo meditando retirar el ejército de Britania, desistiendo tan sólo de su idea por vergüenza, para que no pareciese que quería rebajar la gloria de su padre. Únicamente, cuando Polemón le cedió el reino del Ponto, y el rey Cotio,asu muerte, el de los Alpes, transformó ambos reinos en provincias romanas.

XIX. Tan sólo emprendió dos viajes al extranjero: a Alejandría y a Acaya; pero del de Alejandría desistió el mismo día de la partida, alarmado a la vez por motivos religiosos y por una amenaza de peligro. En efecto, cuando, después de visitar los templos, se sentó en el santuario de Vesta, al intentar levantarse quedó sujeto al asiento por la orla de la toga y a continuación se formó una niebla tan espesa que no podía ver nada. En Acaya, al acometer la empresa de perforar el istmo de Corinto, exhortó en una arenga a los pretorianos a emprender la obra y, cuando la trompeta dio la señal, fue Nerón el primero en cavar el suelo con un azadón y en acarrear la tierra sobre sus hombros en una espuerta. Preparaba también una expedición a las Puertas del Caspio, para la que había reclutado una nueva legión formada por bisoños soldados itálicos de seis pies de altura cada uno, a la que llamaba «la falange de Alejandro Magno».

He agrupado en un solo bloque todas estas actuaciones de Nerón, muchas de las cuales no pueden ser criticadas y de las que, otras muchas, son dignas incluso de no pocas alabanzas, para separarlas de sus infamias y crímenes, de los que hablaré a partir de ahora.

XX. Al habérsele inculcado profundamente durante su niñez, entre las demás disciplinas, el arte de la música, cuando llegó a ser emperador, junto a otros llamó a palacio a Terpno, el citaredo de moda entonces y, sentándose después de cenar junto al rapsoda un día tras otro mientras éste cantaba hasta altas horas de la noche, el propio Nerón comenzó a practicar y a ejercitarse, sin omitir nada de todo aquello que los profesionales de la especialidad hacían para conservar la voz y para potenciarla —sostener sobre el pecho una lámina de plomo echado boca arriba, purgarse con vomitivos y lavativas y abstenerse de comer manzanas y alimentos perjudiciales—, hasta que, encantado con sus propios progresos, por más que su voz era oscura y carecía de potencia, se apoderó de él un ardiente deseo de presentarse en escena, repitiendo sin cesar ante sus familiares y amigos aquel proverbio griego, de que «no existe ningún respeto por la música oculta». Debutó en Nápoles y ni tan sólo al ser sacudido el teatro por un repentino terremoto dejó de cantar, hasta que hubo acabado la melodía que había iniciado. Allí mismo volvió a cantar con frecuencia y durante varios días. En cierta ocasión se tomó un descanso para recuperar la voz, pero impaciente por estar apartado de la escena, se trasladó de los baños al teatro y, después de comer en medio de la orquesta ante una numerosa concurrencia del pueblo, prometió en griego que, si se bebía unos buenos tragos, tañería alguna cosa soportable. Cautivado por las cadenciosas ovaciones de algunos alejandrinos que habían confluido en Nápoles a causa de un nuevo transporte de víveres, hizo venir de Alejandría a muchos más. Pero no por ello dejó de seleccionar por todas partes jóvenes adolescentes del orden ecuestre y más de cinco mil muy robustos jóvenes de entre la plebe, para que, divididos en grupos, aprendiesen esa forma rítmica de aplausos —que denominaban «zumbidos» «tejas» y «ladrillos»— y dieran calor a su actuación mientras cantaba. Se distinguían esos muchachos por sus larguísimos cabellos, su extraordinaria elegancia y el anillo que llevaban en la mano izquierda, cuyos jefes ganaban cuatrocientos mil sestercios.

XXI. Como el hecho de cantar en Roma tenía para él la máxima importancia, convocó de nuevo el certamen «Neroniano» antes de la fecha prevista y, como todos le solicitaban insistentemente escuchar su «voz celestial», respondió que «ofrecería una actuación en los jardines de palacio para aquellos que quisieran», pero, al sumarse a las peticiones del pueblo el destacamento militar que estaba entonces de guardia, prometió que con sumo gusto haría una representación y ordenó inscribir enseguida su nombre en la lista de los citaredos que se presentaban al concurso e, introducido un papel con su nombre en la urna, junto con los de los demás competidores, salió a escena cuando le tocó el turno, sosteniéndole la cítara los prefectos del pretorio y rodeado de los más íntimos de sus amigos. Cuando estuvo plantado en el escenario y después de interpretar una obertura, anunció a través del ex cónsul Cluvio Rufo que iba a cantar Níobe. Estuvo cantando hasta la hora décima y decidió aplazar la designación del vencedor y el resto del certamen hasta el año siguiente, para de este modo tener más oportunidades de cantar. Luego, pareciéndole demasiado largo el plazo, no dejó de cantar en público con suma frecuencia. Estuvo dudando también si actuar en espectáculos privados junto a los actores profesionales, al ofrecerle un pretor un millón de sestercios. Con la cara cubierta por la correspondiente máscara, cantó también diversas tragedias, haciendo fabricar para ello máscaras de héroes y de dioses y también de heroínas y de diosas, que reproducían su propio rostro y el de las mujeres que tenía como amantes. Entre otras obras cantó El parto de Canacea, Orestes, el matricida, Edipo ciego y Hércules furioso. Se cuenta que en esta última representación, un soldado muy joven apostado de guardia a la entrada, al ver que se vestía y encadenaba a Nerón, como pedía el argumento, corrió a prestarle ayuda.

XXII. Ya desde su infancia, le dominó una apasionada afición por los caballos, y sus más frecuentes conversaciones, aunque lo tenía prohibido, versaban sobre el circo. En cierta ocasión en que se lamentaba con sus condiscípulos de que un auriga del equipo verde hubiese sido arrastrado por sus caballos, cuando el maestro le reprendió, fingió que estaba hablando de Héctor. Pero, ya en los primeros días de su reinado, cuando todavía jugaba con cuadrigas de marfil encima de un tablero, se desplazaba desde su casa de campo a las carreras del circo, por poco importantes que fueran, al principio en secreto, luego abiertamente, de forma que nadie dudaba de que en aquellos días se hallaría presente en Roma. No ocultaba tampoco que quería que se ampliase el número de vencedores, por lo que, multiplicando el número de carreras, prolongaba el espectáculo hasta muy tarde, de modo que los dueños de los diferentes equipos no se dignaban ya llevar sus yeguadas, si no era para un día entero de carreras. Más adelante, quiso conducir personalmente una cuadriga y que la gente le viese a menudo. Así pues, concluido su aprendizaje en su jardín entre sus esclavos y los más sórdidos elementos del pueblo, se mostró a los ojos de la multitud en el circo Máximo, dejando caer un liberto el pañuelo, desde el lugar donde suelen hacerlo los magistrados. Y no contento con haber regalado a Roma sus experiencias en este género de habilidades, desde aquí, como antes dijimos, se dirigió a Acaya, sumamente motivado. En efecto, aquellas ciudades griegas en las que solían hacerse certámenes habían decidido enviar a Nerón todas las coronas de las competiciones de cítara. Él, por su parte, las recibía con tanta satisfacción que a los embajadores que se las traían, no sólo los hacía pasar los primeros a su presencia, sino que en los banquetes los hacía sentarse entre sus familiares. En cierta ocasión en que algunos de estos embajadores le rogaron que cantase, le aplaudieron con tanto fervor que Nerón manifestó que «sólo los griegos sabían escuchar y que tan sólo ellos eran dignos de su arte». Así pues, sin demorar más su partida, en cuanto llegó a Casiope, comenzó enseguida a cantar junto al altar de Júpiter Casio y, luego, tomó parte en todos los certámenes.

XXIII. Así pues, hizo concentrar en un solo año certámenes que correspondían a épocas muy diversas, haciendo repetir incluso algunos de ellos, y organizó también en Olimpia, donde no había costumbre, un certamen musical y, para que mientras se hallaba ocupado en ellos nada le distrajese ni le molestase, cuando su liberto Helio le advirtió que la situación en Roma requería su presencia, le envió una carta en los siguientes términos: «Aunque ahora tu consejo y tu deseo es que regrese cuanto antes, sin embargo, deberías más bien aconsejarme y desear que vuelva a Roma, digno de Nerón». Mientras él cantaba, estaba prohibido salir del teatro, ni siquiera por un motivo inexcusable. Se dice, por tanto, que hubo mujeres que dieron a luz durante los espectáculos y que muchos hombres, hartos de escuchar y de adular a Nerón, al estar cerradas las puertas de las ciudades, se descolgaron furtivamente desde las murallas o, simulando haber muerto, se hicieron sacar al exterior. Por otro lado, se hace difícil de creer con qué temor y ansiedad competía Nerón, con qué antagonismo hacia sus contrincantes y cuánto temor sentía hacia los jueces. A sus adversarios, los observaba, los espiaba y los difamaba en secreto, como si fueran de su misma condición; en algunas ocasiones los abordaba sobre la marcha con maldiciones y, si algunos eran mejores que él en el canto, recurría incluso al soborno. En cuanto a los jueces, antes de iniciar su actuación, se dirigía a ellos con el máximo respeto, les decía que él había hecho todo lo que debía hacerse, pero que el resultado estaba en manos de la Fortuna; que ellos, como hombres doctos y sabios que eran, debían prescindir de los fallos accidentales; cuando los jueces le daban ánimos, cobraba valor y se retiraba algo más tranquilo, pero ni siquiera así libre de zozobra, interpretando el silencio y respeto de algunos de ellos como mal humor y animosidad y afirmaba que no le inspiraban confianza.

XXIV. En las competiciones respetaba hasta tal punto las normas que nunca se atrevió a escupir ni a secarse con el antebrazo el sudor de la frente. Más aún, durante la representación de una tragedia, aunque recogió rápidamente el báculo que se le había caído, trastornado y temeroso de que por ese fallo fuera descalificado del concurso, no se tranquilizó hasta que el actor secundario le juró, entre gritos jubilosos y ovaciones del público, que nadie se había dado cuenta. Él mismo se proclamaba vencedor, por lo que en todas partes asumía las funciones de pregonero. Y para que no quedase jamás recuerdo ni vestigio alguno de ningún otro vencedor de los juegos, ordenó que las estatuas y bustos de todos ellos fueran destruidos, arrastrados con garfios y arrojados a las letrinas. Actuó también como auriga en diversos lugares; en los juegos de Olimpia guió un tiro de diez caballos, aunque en una composición suya sobre el rey Mitridates le había criticado ese mismo hecho. No obstante, al salir despedido del carro y, a pesar de haberse subido de nuevo, no poder mantenerse en él, desistió antes de la conclusión de la carrera; pero no por ello dejó de ser coronado vencedor. Al marcharse de Grecia, obsequió con la libertad a toda la provincia y a sus jueces les otorgó la ciudadanía romana y un espléndido donativo en metálico. Recompensas que él mismo anunció de viva voz desde el centro del estadio el día de los juegos ístmicos.

XXV. Desde Grecia regresó a Nápoles, porque era en esa ciudad donde había debutado como artista, y entró en la ciudad con un tiro de caballos blancos a través de una brecha abierta en la muralla, como mandaba la tradición de los vencedores en los juegos sagrados. Del mismo modo procedió en Ancio, luego en Albano y finalmente en Roma. En Roma, empero, hizo su entrada en el mismo carro con el que Augusto había celebrado su triunfo, vestido con una túnica púrpura y un manto bordado con estrellas de oro y llevando en su cabeza la corona olímpica y la pítica en su mano derecha; precedía a su carro un cortejo con todas las demás coronas y con rótulos de dónde, sobre quiénes y con qué cantos o argumentos había vencido; le seguían, conforme al ceremonial de los que recibían el honor de la ovación, los encargados de aplaudirle y de proclamar a gritos que ellos «eran las tropas augustianas y los soldados de su triunfo». Luego se encaminó al Palatino y al templo de Apolo, a través del Velabro y del foro, haciendo demoler para ello una arcada del circo Máximo. Mientras avanzaba por las calles cubiertas de azafrán, entre las víctimas sacrificadas en su honor por todas partes, eran arrojadas a sus pies aves, cintas reales y golosinas. En las habitaciones de palacio, dispuso las coronas sagradas alrededor de los lechos y también estatuas suyas en atuendo de citaredo y, además, hizo acuñar monedas con esa misma efigie. Después de todo esto, no sólo no remitió ni se moderó lo más mínimo su pasión por el canto, sino que, a fin de conservar la voz, nunca más volvió a arengar a los soldados, a no ser delegando en otro o teniendo a alguien a su lado encargado de transmitir en voz alta sus palabras, ni volvió a tratar asunto alguno, ni en serio ni en broma, si no tenía junto a él a su maestro de declamación que le advirtiese que tenía que cuidar sus bronquios y aplicarse un pañuelo a la boca. Concedió a muchos su amistad o les hizo blanco de su odio, según le prodigaran sus alabanzas en mayor o menor grado.

XXVI. Su insolencia, sensualidad, lujuria, avaricia y crueldad las manifestó al principio de forma imperceptible y oculta, como si se tratara de defectos propios de su juventud, pero de forma que, incluso entonces, nadie tenía la menor duda de que aquellos vicios se debían a su perversa índole y no a su edad. Apenas se hacía de noche, poniéndose un gorro de liberto o una peluca, frecuentaba las tabernas y deambulaba por las calles para divertirse, pero no de forma inofensiva, ya que golpeaba a los que regresaban de cenar y, si oponían resistencia, solía herirlos y echarlos a las cloacas, y se dedicaba, además, a forzar las puertas de las tabernas y a saquearlas. Montó incluso en palacio un mercado donde obtenía ingresos, vendiendo por separado en pública subasta los diferentes objetos del botín obtenido. Con frecuencia en tales riñas corrió peligro de perder los ojos y la vida, llegando casi a matarlo, en una ocasión, un senador a cuya mujer había manoseado. Por esa razón y desde entonces, nunca más volvió a salir a la calle a esas horas sin ir acompañado de algunos tribunos que le seguían de lejos y sin dejarse ver. Durante el día, después de hacerse transportar ocultamente en su silla gestatoria al teatro, desde la parte superior del proscenio presenciaba, como espectador e inductor al mismo tiempo, las peleas entre los seguidores de los actores de mimos. Y en una ocasión en que la reyerta llegó a las manos peleándose con piedras y trozos de banco, el propio Nerón arrojó contra el público toda clase de proyectiles e incluso le abrió la cabeza a un pretor.

XXVII. Gradualmente, a medida que iban creciendo sus vicios, prescindió de las chanzas y de la oscuridad y, sin preocuparse ya de disimularlos, se lanzó abiertamente a mayores excesos. Prolongaba los banquetes desde el mediodía a la media noche; con frecuencia se recreaba en invierno en piscinas de agua caliente y de agua muy fría en verano; organizaba a veces cenas en público, tras cerrar previamente el lago destinado a los combates navales, el Campo de Marte o el circo Máximo, acompañado y servido por todas las rameras y cortesanas de Roma. Siempre que descendía por el Tíber hasta Ostia o navegaba hasta el golfo de Bayas, se preparaban hosterías, dispuestas a lo largo de la costa y de las orillas, célebres por ser burdeles atendidos por damas romanas que imitaban a las taberneras y que, desde ambas orillas, le invitaban a desembarcar allí. También ofrecía banquetes, a cargo de sus amigos, a uno de los cuales una cena con mitras de seda para todos le costó cuatro millones de sestercios y, a otro, una con perfumes de rosas le salió todavía más cara.

XXVIII. Además de sus relaciones homosexuales con muchachos libres y de sus amancebamientos con mujeres casadas, violó a Rubria, una de las vírgenes Vestales. Estuvo a punto de contraer matrimonio legal con la liberta Acte, tras obligar a varios ex cónsules a jurar en falso que ella descendía de estirpe real. Después de procurar que un muchacho llamado Esporo adquiriese apariencia de mujer cortándole los testículos, lo hizo conducir a palacio con todas las solemnidades propias de una boda —con la dote, cubierto con el velo naranja y con una numerosa comitiva— y lo convirtió en su esposa. Es conocido el agudo e irónico comentario de un ciudadano que afirmó que si Domicio, el padre de Nerón, hubiese tenido una esposa similar, podría haber hecho un gran bien a la humanidad. A ese tal Esporo, ataviado con el atuendo de las emperatrices y transportado en litera, lo acompañaba por los tribunales y mercados de Grecia y, más tarde, en Roma, por el barrio de los Sigilarios, sin cesar de darle besos. Que Nerón deseó ardientemente acostarse con su madre y que fue disuadido de ello por los detractores de Agripina para evitar que aquella mujer, cruel y despótica, aumentara todavía más su poder merced a una íntima relación de este género, nadie lo puso en duda, especialmente después de que acogiese entre sus concubinas a una ramera, de quien se decía que era la viva imagen de Agripina. También aseguran que en otro tiempo, siempre que iba en la litera junto a su madre, se abandonaba a su incestuosa pasión y que las manchas delatoras de su túnica lo ponían en evidencia.

XXIX. Prostituyó, en efecto, su pudor hasta tal punto que, después de haber corrompido prácticamente todos los miembros de su cuerpo, se inventó una especie de nueva diversión, consistente en salir de una jaula revestido con la piel de una fiera y arrojarse sobre los órganos sexuales de hombres y mujeres atados a unos postes y luego, después de haberse cebado en ellos, se hacía penetrar por su liberto Doriforo. De la misma forma, en efecto, que Esporo era para él su mujer, Nerón había tomado a Doriforo como marido, imitando incluso los gritos y gemidos de las vírgenes cuando eran violadas. He averiguado por diversas fuentes que Nerón estaba plenamente convencido de que no existía ningún hombre que no fuera homosexual y conservara casta ninguna parte de su cuerpo, sino que la mayoría disimulaban y ocultaban celosamente ese vicio y, por ello, a los que reconocían ante él su homosexualidad, les perdonaba también sus restantes delitos.

XXX. Estimaba que la utilidad de las riquezas y del dinero no era otra que el despilfarro; que los que llevaban cuenta de sus gastos eran unos mezquinos y avariciosos y que, en cambio, eran dignos de alabanza y generosos los que dilapidaban su patrimonio y se arruinaban. Por ningún otro concepto elogiaba y admiraba más a su tío abuelo Cayo que por haber dilapidado en poco tiempo las inmensas riquezas que Tiberio le había dejado. En consecuencia, no conoció mesura alguna ni en sus larguezas ni en sus derroches. Con Tiridates —es difícil de dar crédito— malgastó ochocientos mil sestercios diarios y, al marcharse, le regaló más de cien millones. Al citaredo Menecrates y al mirmilón Espículo les regaló patrimonios y mansiones, como si fueran ciudadanos que hubieran recibido los honores del triunfo. Al usurero Cercopiteco Panerote, después de enriquecerlo con fincas urbanas y rústicas, le ofreció unas exequias casi propias de un rey. Nunca se puso dos veces el mismo vestido. En una sola tirada de dados se jugaba cuatrocientos mil sestercios. Pescaba con una red de oro y con cuerdas trenzadas de púrpura y escarlata. Se dice que nunca viajaba con menos de mil carruajes, con herraduras de plata para las mulas, con sus palafraneros vestidos con lana de Canusio y con una multitud de mensajeros y de jinetes mazacos, cubiertos de brazaletes y collares.

XXXI. No obstante, en ninguna otra cosa derrochó más dinero que en construcciones. Se hizo edificar, en efecto, un palacio que se extendía desde el Palatino hasta las Esquilias, al que primero denominó «Transitorio» y, después de ser destruido por un incendio y reconstruido, llamó «La Casa de Oro». Para hacerse una idea de sus dimensiones y esplendor, bastará con exponer estos datos. Su vestíbulo era tal que en él se levantaba una estatua colosal de ciento veinte pies de altura, representación del propio Nerón; su amplitud era tal que el pórtico tenía tres millas; albergaba también un lago, a imitación del mar, rodeado de edificios que simulaban una ciudad; incluía, además, granjas con tierras de cultivo, viñedos y diversos pastos y bosques con multitud de animales y fieras de todas clases. En las otras dependencias, todo estaba recubierto de oro y engastado con perlas y conchas de perlas. Los comedores estaban artesonados con planchas de marfil móviles, para arrojar flores desde arriba, y perforadas, para poder esparcir perfumes. El comedor principal era circular y giraba permanentemente, de día y de noche, como el firmamento. Sus baños se alimentaban con agua de mar y con el agua procedente de las fuentes de Albula. Cuando Nerón, una vez terminado, inauguró semejante palacio, se limitó a aprobar la obra y se dice que comentó que «por fin empezaría a vivir como un hombre». Había comenzado, además, una piscina desde el Miseno hasta el lago Averno, cubierta y rodeada de pórticos, adonde se encaminaran todas las aguas termales de Bayas. Inició también un canal desde el Averno hasta Ostia, para poder navegar hasta allí sin ir por mar, cuya longitud sería de ciento sesenta millas y su anchura tal que pudieran cruzarse en él dos navíos de cinco filas de remeros. A fin de concluir estas obras, ordenó que todos los presos de cualquier parte del Imperio fueran deportados a Italia y que a los reos convictos de asesinato no se les impusiese ningún otro castigo que el de trabajos forzados en esas obras. A este loco desenfreno de gastos le animó, además de su confianza en los recursos del Estado, una súbita esperanza de riquezas inmensas y ocultas, surgida de la revelación de cierto caballero romano que le había prometido formalmente que los enormes tesoros del antiquísimo patrimonio real, que la reina Dido se había llevado consigo al huir de Tiro, se hallaban escondidos en África, en unas grandes cuevas, y que podrían ser extraídos con un mínimo esfuerzo por unos simples peones.

XXXII. Pero cuando se esfumó esa esperanza, frustrado, arruinado también y sin dinero hasta el extremo de verse obligado a diferir y aplazar el pago de los soldados y las indemnizaciones a los veteranos, decidió recurrir a las calumnias y al robo. Ante todo decretó que, en vez de la mitad, se le adjudicasen obligatoriamente a él las cinco sextas partes de la herencia de los libertos difuntos que, sin suficiente motivo, llevasen un nombre gentilicio perteneciente a alguna de las familias romanas con las que él mismo estaba emparentado; en segundo lugar, que los testamentos de las personas ingratas para con el emperador pasasen al fisco y que no quedasen impunes los asesores jurídicos que los hubiesen redactado o dictado. Decretó también que se detuviese, en virtud de la ley de lesa majestad, a los responsables de todos los actos y declaraciones que, simplemente, alguien hubiese denunciado. Reclamó incluso los premios en metálico correspondientes a las coronas de vencedor que en cualquier momento le hubiesen otorgado en sus certámenes las diferentes ciudades. Y como había prohibido el uso de los colores violeta y púrpura, pero él mismo había enviado subrepticiamente a uno de sus hombres para que vendiera en el día de mercado unas pocas onzas de esos tintes, encerró con ese pretexto a todos los comerciantes de esos productos. Más aún, se cuenta que al advertir, mientras estaba cantando, que entre los espectadores se encontraba una mujer vestida con el color púrpura prohibido, la señaló a sus alguaciles y, una vez conducida ante él, la despojó al instante, no sólo del vestido, sino de todos sus bienes. No confió a nadie ningún cargo público sin apostillar: «Ya sabes lo que necesito», y también: «Actuemos de forma que nadie tenga nada». Por último, arrebató a numerosos templos sus ofrendas e hizo fundir las estatuas de oro y plata, entre ellas las de los dioses Penates, que más tarde restituyó Galba.

XXXIII. La serie de sus parricidios y asesinatos comenzó con Claudio, de cuya muerte, si bien no fue el autor material, sí que fue cómplice, y no lo disimulaba, puesto que acostumbraba desde entonces alabar a las setas —alimento en el que se le había suministrado el veneno—, utilizando un proverbio griego que las consideraba un manjar de dioses. Se ensañó con el difunto con toda clase de injurias, de hecho y de palabra, censurando unas veces su estupidez y otras su crueldad. Se chanceaba de él, en efecto, afirmando que Claudio había dejado de «morari» entre los hombres (alargando la primera sílaba), y revocó muchos de sus decretos y disposiciones, como propias de un hombre necio y loco. Por último, no se preocupó de que su sepulcro fuese adecuadamente vallado y se limitó a hacerlo con una ligera y humilde cerca.

Envenenó también a Británico, no menos por la envidia que le tenía a causa de la voz —mucho más agradable que la suya—, que por el temor a que en cualquier momento su popularidad, debido al recuerdo de su padre, se hiciera mayor que la suya propia. El veneno se lo suministró una tal Lacusta, muy entendida en venenos, pero al actuar éste más lentamente de lo que se esperaba, provocando a Británico tan sólo una descomposición, llamando Nerón a la mujer a su presencia la azotó con sus propias manos, acusándola de haberle dado una medicina en lugar de un veneno. Al excusarse ella diciendo que le había dado menos cantidad para encubrir un crimen tan abominable, replicó él: «¡Claro, tengo miedo de la Ley Julia!», y la obligó a elaborar ante él, en su habitación, el veneno más veloz y más eficaz posible. Después de haberlo experimentado en un cabrito que tardó cinco horas en morir, le hizo cocerlo de nuevo varias veces y se lo dio a un lechón. Como el animal cayó fulminado, ordenó que llevasen el veneno al comedor y que se lo diesen a Británico, que estaba cenando con él. Como éste, nada más probarlo, cayó desplomado al suelo, Nerón fingió ante los comensales que Británico había sufrido uno de sus acostumbrados ataques de epilepsia y, al día siguiente, con gran sigilo, en medio de una lluvia torrencial, lo hizo enterrar sin ninguna solemnidad. A Lacusta, en pago del servicio prestado, le concedió, no sólo la inmunidad, sino también extensas fincas e incluso discípulos.

XXXIV. Nerón estaba harto de su madre, que desde siempre intentaba controlar sus actuaciones y sus palabras y le reprendía además con acritud. Por ello, procuraba al principio abrumarla de tanto en tanto con el odio popular, fingiendo que por su culpa iba a abandonar el poder y retirarse a Rodas; más tarde, le privó de todos sus honores y poder y, tras retirarle su escolta de pretorianos y germanos, la expulsó de su círculo íntimo e incluso de palacio. No paró mientes en medio alguno para hundirla, sobornando incluso a algunos individuos para que no la dejasen tranquila, poniendo pleitos contra ella, cuando residía en Roma, y cubriéndola de improperios y chanzas, cuando descansaba en su casa de campo, hasta donde los agentes de Nerón se trasladaban por tierra y por mar. Atemorizado, no obstante, por sus amenazas y coléricos arrebatos, decidió acabar con ella. Después de haber intentado envenenarla tres veces y darse cuenta de que ella se precavía tomando antídotos, preparó un artesonado que, por la noche, al activar un mecanismo, cayera sobre ella mientras dormía. Como este plan no lo mantuvieron sus cómplices suficientemente en secreto, ideó una nave desmontable para dar muerte a su madre, ya mediante un naufragio, ya aplastada al desplomarse el camarote. Así pues, simulando reconciliarse con ella, la invitó a Bayas por medio de una carta muy cariñosa para celebrar en su compañía las fiestas en honor de Minerva. Tras encargar a los capitanes de sus trirremes que, fingiendo una colisión casual, inutilizaran la nave que la había transportado hasta allí, prolongó deliberadamente el banquete y, cuando Agripina pretendía regresar a Baulos, le ofreció, en lugar de su maltrecho navío, el que él tenía preparado, acompañándola entre bromas y besando sus mejillas al despedirse. El resto de la noche lo pasó vigilando y aguardando angustiado el resultado de su plan. Pero cuando se enteró de que todo había salido al revés y que ella, nadando, se había salvado, Nerón, sin plan alguno alternativo, tras dejar caer con disimulo un puñal junto a Lucio Agermo, liberto de su madre, que le comunicaba gozoso que ella estaba viva e incólume, ordenó, como si ella lo hubiese sobornado para que lo apuñalase, detenerlo, encarcelarlo y asesinar a su madre, fingiendo que se había suicidado para escapar al castigo de su descubierto crimen. Algunos escritores añaden a estos hechos confirmados otros, más atroces todavía. Afirman que corrió al lugar para ver el cadáver de su madre asesinada, que examinó y palpó los distintos miembros de su cuerpo, que criticó algunos de ellos y elogió otros y que, a todo esto, como tenía sed, se puso a beber. Sin embargo, a pesar de que las felicitaciones de los soldados, del Senado y del pueblo intentaron confortarlo, nunca pudo sobreponerse a los remordimientos de su crimen y confesó muchas veces que se sentía acosado por el fantasma de su madre y por los látigos y las ardientes antorchas de las Furias. Más aún, realizando mediante unos magos un rito religioso, intento evocar y aplacar los Manes de su madre. En un viaje a Grecia, no se atrevió a participar en los misterios de Eleusis, porque, por boca de un heraldo, se expulsaba de su iniciación a los impíos y criminales. Al parricidio de su madre sumó el asesinato de su tía paterna. En una visita, en efecto, que le hizo cuando ella estaba en cama aquejada de estreñimiento, le acarició a Nerón su incipiente barba y, como suelen hacer los ya ancianos, le dijo cariñosamente: «En cuanto me la hayas ofrecido, no me importará morir». Nerón entonces, dirigiéndose hacia sus amigos comentó riendo que estaba dispuesto a cortársela al momento y ordenó al médico que diera una purga excesiva a la enferma; y antes de que hubiera muerto, se apoderó de todos sus bienes, haciendo desaparecer el testamento para no perder ni un ápice de su fortuna.

XXXV. Aparte de Octavia, tuvo después otras dos esposas: Popea Sabina, hija de un ex cuestor, casada ya previamente con un caballero romano, y luego, Estatilia Mesalina, biznieta de Tauro, que había ejercido dos consulados y recibido los honores del triunfo. Para conseguir a esta última, hizo degollar a su marido, el cónsul Ático Vestino, mientras ejercía el cargo. Aburrido rápidamente de hacer el amor con Octavia, cuando sus amigos se lo echaron en cara, replicó que a ella debía bastarle el honor de ser su esposa. Luego, la repudió por estéril, tras haber intentado en vano estrangularla, pero, al mostrarse disconforme el pueblo con ese divorcio y no cesar en sus improperios contra Nerón, éste la desterró y finalmente la hizo matar, acusándola de adulterio, acusación hasta tal punto cínica y falsa que, al rechazarla enérgicamente todos los testigos durante el proceso, tuvo que presentar a su propio preceptor Aniceto para que mintiese y jurase en falso que había mantenido relaciones sexuales con ella. Doce días después de su divorcio de Octavia se casó con Popea, a la que amó con especial predilección. No obstante también a ella la mató de una patada, cuando estaba embarazada y enferma, porque le había cubierto de insultos un día que regresó muy tarde del circo, donde había actuado como auriga. De Popea tuvo una hija, Claudia Augusta, que perdió en sus primeros meses de vida. No hubo ningún allegado suyo que no fuera víctima de sus crímenes. A Antonia, hija de Claudio, por rechazar casarse con él tras la muerte de Popea, la hizo matar, alegando que tramaba un golpe de Estado. De igual modo procedió con las restantes personas que estaban unidas a él por algún vínculo de parentesco o amistad; entre ellas, al joven Aulo Plaucio, a quien violó a la fuerza antes de darle muerte, diciendo que «vaya ahora mi madre y bese a mi sucesor», refiriéndose irónicamente al hecho de que su madre había amado a ese joven y le había hecho concebir esperanzas de llegar a ser emperador. A su hijastro Rufrio Crispino, hijo de Popea, lo hizo ahogar en el mar por sus propios esclavos mientras estaba pescando, porque, siendo todavía un niño, se decía que le gustaba jugar a ser general y emperador. Desterró a Tusco, hijo de su nodriza, porque, mientras era gobernador de Egipto, se había bañado en las termas construidas para celebrar su visita. Asu preceptor Séneca le obligó a suicidarse, aunque, cuando éste le pidió el retiro cediéndole, además, todos sus bienes, Nerón le había jurado solemnemente que sus sospechas eran falsas y que prefería morir antes que ocasionarle ningún daño. A Burro, el prefecto de la guardia pretoriana, le envió un veneno, en lugar de la medicina para la garganta que le había prometido. A los libertos ricos y ancianos que antaño habían propiciado su adopción y le habían asesorado en el ejercicio del poder, les dio muerte, envenenando sus comidas y bebidas.

XXXVI. Con no menor perversidad procedió contra los de fuera de su casa y los extraños. Durante varias noches seguidas apareció un cometa, estrellas que, según opinión generalizada, anuncian algún desastre para los máximos mandatarios. Angustiado por ese presagio, al saber por su astrólogo Balbilo que los reyes solían conjurar tales prodigios mediante alguna muerte ilustre, desviando de ese modo el presagio de sí mismos hacia las personas de los próceres, condenó a muerte a los más ilustres ciudadanos. Reafirmó en verdad su decisión, e incluso hizo parecer que había un motivo justificado, el hecho de haber sido dadas a conocer dos conjuraciones, la primera y más importante de las cuales, encabezada por Pisón, se había fraguado y descubierto en Roma, y la segunda, la de Vinicio, en Benevento. Los conjurados prestaron declaración cargados con una triple vuelta de cadenas, confesando algunos espontáneamente su crimen, y atribuyéndoselo otros como un mérito personal, alegando que, por su parte, no podían ayudar mejor a un emperador degenerado y encenagado en toda clase de infamias, que dándole muerte. Los hijos de los condenados fueron expulsados de Roma y eliminados con veneno o por hambre. Se sabe que algunos de ellos fueron envenenados y asesinados en una sola comida, junto con sus preceptores y esclavos acompañantes, y que a otros se les impidió procurarse su sustento diario.

XXXVII. A partir de entonces no aplicó ya discriminación ni mesura alguna a la hora de dar muerte a todos aquellos que le venía en gana y por el motivo que fuera. Y para no extenderme con otros muchos casos, mencionaré a Salvidieno Orfito, a quien condenó a muerte por haber alquilado a unos representantes de las ciudades tres locales de su casa, junto al foro, para usarlos como oficinas; a Casio Longino, un asesor jurídico ciego, porque en un antiguo árbol genealógico de su familia conservaba la efigie de Cayo Casio, uno de los asesinos de César; a Peto Trasea, porque tenía un rostro muy serio y propio de un maestro. A quienes recibían la orden de suicidarse, no les concedía más que unas pocas horas y, para que no se produjese ninguna demora, les enviaba los médicos para que al punto «se ocuparan» de aquellos que se mostraban vacilantes: pues ése era el nombre que él daba a cortarles las venas para matarlos. Se cree que incluso había pretendido ofrecer hombres vivos a un cierto antropófago egipcio, acostumbrado a comer carne cruda y todo lo que se le ofrecía, para que los descuartizase y se los comiese. Orgulloso y envanecido entonces por tantos «éxitos», afirmó que ningún emperador había llegado a tener conciencia de todo lo que estaba a su alcance y lanzó numerosas e inequívocas advertencias de que no tenía intención de respetar a los restantes senadores, sino que, por el contrario, algún día pensaba eliminar de la vida del Estado ese testamento social y confiar las provincias y el ejército al orden ecuestre y a los libertos. Lo cierto es que ni cuando llegaba ni cuando partía besó nunca a nadie, más aún, ni devolvió el saludo; y cuando comenzó las obras del Istmo, ante una gran concurrencia y de forma muy clara hizo votos para que la empresa tuviera un buen éxito para él y el pueblo romano, omitiendo descaradamente cualquier alusión al Senado.

XXXVIII. No respetó tampoco al pueblo y ni siquiera a las murallas de Roma. En una ocasión, al manifestar durante una conversación informal uno de los presentes:

Cuando yo haya muerto, que sea la tierra pasto de las llamas,

dijo Nerón: «Mejor aún; que sea estando yo vivo». Y en verdad así lo hizo. Pues, alegando que le molestaba la fealdad de los viejos edificios y la estrechez y el culebreo de las calles de Roma, prendió fuego a la ciudad tan a las claras que, aunque algunos ex cónsules sorprendieron a varios esclavos, ayudas de cámara de Nerón, con estopa y antorchas en sus propias casas, no los detuvieron y algunos graneros, situados junto a «La Casa de Oro» y cuyos solares le interesaban de modo muy especial, fueron derruidos e incendiados con máquinas de guerra por estar edificados con muros de piedra. Durante seis días y siete noches se ensañó con la ciudad esta tragedia, obligando a la plebe a refugiarse en los monumentos públicos y sepulcros. Durante este incendio, además de un incontable número de bloques de casas de pisos y de mansiones de antiguos generales, adornadas todavía con bélicos despojos, ardieron también muchos templos, edificados unos por los reyes y, otros, dedicados como exvoto por las guerras púnicas y las de las Galias, y, en suma, todo aquello digno de recuerdo y admiración que había permanecido en pie desde la antigüedad. Mientras contemplaba este incendio desde la torre de Mecenas, exultante de alegría «por la belleza de las llamas», como él decía, cantó La conquista de Troya vestido con el atuendo que utilizaba en escena. Además, a fin de arramblar también con todo el botín y pillaje que le fuera posible, después de prometer la extracción gratuita de todos los cadáveres y escombros, no permitió a nadie acercarse a los restos de sus pertenencias. Luego, a causa de las contribuciones, no sólo de las procedentes de la recaudación, sino también de las exigidas, además, esquilmó no sólo las provincias, sino incluso los recursos de los ciudadanos privados.

XXXIX. A tantas infamias y desgracias, obra del propio emperador, se sumaron otras fortuitas: una peste por la que, en un solo otoño, treinta mil muertos engrosaron las listas de Libitina; el desastre de Britania, en el que dos importantes y populosas ciudades de ciudadanos romanos y de aliados fueron aniquiladas y pasadas a cuchillo; la ignominiosa vergüenza en Oriente, donde, en Armenia, se hizo pasar a las legiones vencidas bajo el yugo, y donde, a duras penas, se pudo mantener en nuestro poder la provincia de Siria. Entre todos estos hechos, es sorprendente y especialmente notable que nada soportó Nerón con más paciencia que las maldiciones e improperios de la gente y que con nadie se mostró más indulgente que con aquellos que le ultrajaron con palabras y versos injuriosos. Muchos de ellos, en griego y en latín, se escribieron sobre las paredes o se hicieron populares entre el pueblo, como, por ejemplo, los siguientes:

Nerón, Orestes, Agamenón: matricidas.

Nuevo juicio: Nerón ha matado a su propia madre.

¿Quién puede negar que Nerón procede del ilustre linaje de Eneas?

Éste cargó sobre él a su padre. Aquél se cargó a su madre.

Mientras Nerón tensa su cítara, mientras
el parto tensa su arco,
Nuestro Nerón será Apolo Peán, el parto,

Apolo Hecatebeletes.

Roma se convertirá en su casa. Quirites, emigrad a Veyes,
A no ser que su maldita casa llegue también hasta Veyes.

No indagó, sin embargo, quiénes eran sus autores e incluso prohibió que algunos de ellos, denunciados por un delator, fueran castigados por el Senado con penas demasiado severas. Un día, al verlo pasar, el filósofo cínico Isidoro le había reprochado en público y en voz alta «haber cantado muy bien los males de Nauplio y haber dispuesto muy mal de sus propios bienes». También Dato, un actor de Atelanas, al declamar este verso:

¡Salud, padre; salud, madre!

lo había escenificado, imitando con sus gestos a un bebedor y a un nadador, aludiendo, claro está, a la muerte de Claudio y de Agripina, y luego, en el verso final:

El Orco os estira de los pies

señaló al Senado con un gesto. Nerón, sin embargo, se limitó a expulsar de la ciudad y de Italia al filósofo y al histrión, bien porque su mala reputación le importaba muy poco, bien por no exacerbar más aún la agudeza de los sarcásticos, demostrando que le molestaban sus invectivas.

XL. Después de soportar el orbe de la tierra a semejante emperador algo menos de catorce años, consiguió por fin deshacerse de él, tomando los galos la iniciativa bajo el mando de Julio Víndex, que en aquellos días gobernaba la provincia como propretor. Los astrólogos habían antaño vaticinado a Nerón que algún día sería destituido; de donde aquella tan conocida frase suya: «Viviré de mi arte», excelente pretexto sin duda para dedicarse al arte de la cítara que, ahora que era emperador, le complacía y, cuando fuera un mero ciudadano, le sería necesaria. Algunos de ellos, no obstante, le habían prometido que, después de ser destituido, dominaría una parte del Oriente —algunos le habían especificado que sería el reino de Jerusalén— y otros muchos le habían augurado la recuperación de toda su anterior fortuna. Así pues, Nerón, más inclinado a dar crédito a este último vaticinio, después de haber perdido Britania y Armenia y haberlas recuperado de nuevo, consideraba que ya estaba libre de las desgracias que el destino le había asignado. Pero cuando escuchó, al consultar el oráculo de Apolo en Delfos, que debía precaverse del año 73, pensando que esa sería la edad de su muerte, sin pararse a pensar en la edad de Galba, concibió con tanta confianza la idea de que, no sólo llegaría a la vejez, sino que disfrutaría también de una perpetua y singular felicidad, que, cuando perdió en un naufragio pertenencias suyas de extraordinario valor, no dudó afirmar entre los suyos que los peces se las devolverían. De la sublevación de las Galias tuvo noticia en Nápoles el mismo día que había matado a su madre, pero se lo tomó con tanta parsimonia y tranquilidad que dio incluso la impresión de alegrarse, como si ese hecho le brindara la posibilidad de espoliar por derecho de guerra unas provincias tan sumamente ricas. Acto seguido, se dirigió al gimnasio y contempló con grandes muestras de interés a los atletas que competían. Al ser interrumpido durante la cena por unas cartas en extremo alarmantes, montó en cólera, pero se limitó a amenazar con graves castigos a los que se habían sublevado. Por último, durante siete días seguidos, borró de su memoria la situación con un completo silencio, sin preocuparse de contestar a nadie, ni de mandar o disponer cosa alguna.

XLI. Alarmado, no obstante, por las continuas e injuriosas proclamas de Víndex, exhortó en una carta al Senado a tomar venganza en su nombre y en el del pueblo romano, excusando además su asistencia debido a una afección de garganta. Lo que más le había dolido era que se le hubiera acusado de ser un mal citaredo y que se le llamase Enobarbo en lugar de Nerón. Manifestó además que, abandonando su nombre adoptivo, adoptaría de nuevo el nombre familiar, que ahora le echaban en cara como si fuera un insulto. Respecto a las otras imputaciones, las rechazaba como falsas con el único argumento de que, como se le reprochaba el desconocimiento de un arte que con tanta dedicación había trabajado y perfeccionado, había preguntado formalmente a todo el mundo si conocían algún otro artista mejor que él.

Pero al ir llegando continuamente noticias a Roma, cada una de ellas más apremiante que la anterior, regresó a la ciudad lleno de pánico, aunque durante el viaje se animó algo gracias a un trivial augurio: en efecto, al observar esculpido en un monumento un soldado galo, aprehendido y arrastrado por los cabellos por un jinete romano, saltó de gozo ante esa representación y dio gracias al cielo por ello. Pero, sin convocar ni siquiera en esas circunstancias al Senado ni al pueblo, hizo acudir a su palacio a algunos de los más importantes ciudadanos y, concluida apresuradamente la consulta, se pasó el resto del día dedicado a su nuevo órgano hidráulico, de un modelo nuevo y desconocido, enseñándoles todos sus detalles y comentando su funcionamiento y dificultad, asegurando que presentaría todo aquello en el teatro, «si Víndex se lo permitía».

XLII. Finalmente, después de enterarse de que también Galba y las Españas se habían sublevado, conmocionado y abatido, permaneció largo tiempo acostado, sin habla y como muerto. Cuando volvió en sí, rasgándose la túnica y golpeándose la cabeza, afirmó que estaba acabado y, a su nodriza, que miraba de consolarlo recordándole que ya a otros emperadores les habían ocurrido hechos similares, le replicó que él, a diferencia de los otros, padecía una situación insólita y desconocida, puesto que iba a perder el poder supremo en vida. Pero no por ello prescindió ni disminuyó en nada su acostumbrada vida de lujo e indolencia. Más aún, en cierta ocasión en que, después de un copiosísimo banquete, se le anunció una buena noticia de las provincias, entonó con petulancia, acompañándolos con mímica, unos irónicos versos —que después se divulgaron— contra los jefes de la sedición. Luego, haciéndose llevar en secreto a los espectáculos del teatro, le envió una misiva a cierto actor de moda diciéndole que «se aprovechaba de que él, el emperador, estuviera tan ocupado».

XLIII. Se cree que, nada más comenzar la sublevación, Nerón había proyectado numerosas medidas, totalmente desmesuradas, pero que comulgaban con su forma de ser: por ejemplo, enviar en secreto sustitutos que asesinaran a los jefes de las provincias y del ejército, como si todos ellos fuesen conspiradores y actuasen al unísono; asesinar a todos los exiliados, donde quiera que estuviesen, y a todos los galos que se hallasen en Roma, a aquéllos para evitar que pudiesen unirse a los sediciosos y a éstos como cómplices y partidarios de sus compatriotas; entregar las Galias al ejército para su saqueo y pillaje; envenenar, valiéndose de un banquete, al Senado en pleno; prender fuego a la ciudad, después de haber soltado las fieras entre la gente, para que les resultara más difícil combatir las llamas. Desistiendo, no obstante, de todos estos proyectos, no por arrepentimiento, sino por la imposibilidad de llevarlos a cabo, y creyendo necesaria una expedición militar, destituyó a los cónsules antes de acabar su mandato y asumió él solo el consulado en lugar de ambos cónsules, como si fuese una decisión de los hados que las Galias no podían ser sometidas si no era por un único cónsul. Una vez en poder de las fasces, al salir del comedor después de un banquete, aseguró, apoyándose en los hombros de sus amigos, que tan pronto llegase a la provincia se plantaría desarmado ante el ejército, limitándose a llorar, y que, al día siguiente, después de que los sublevados se hubieran arrepentido, cantaría lleno de gozo, entre la alegría general, un cántico de victoria que ya ahora convenía que empezase a componer.

XLIV. Su primera preocupación, en la preparación de la expedición, fue la elección de los vehículos para transportar sus instrumentos teatrales, la de cortar el pelo, como si fueran hombres, a las concubinas que pensaba llevar con él y la de armarlas con hachas y escudos a la manera de las amazonas. Convocó luego a las tribus urbanas para efectuar una leva militar, pero, al no responder a su llamamiento ni un solo ciudadano idóneo, ordenó a los señores que le cedieran un determinado número de esclavos. De entre todos los esclavos de cada uno de ellos, escogió tan sólo a los mejores, sin exceptuar ni siquiera a los intendentes y amanuenses. Ordenó también que todos los órdenes sociales aportaran una parte de su fortuna y que los inquilinos de los edificios privados y de los bloques de pisos entregaran al fisco el alquiler de todo un año. Con extremo desdén y rudeza exigió dinero recién acuñado, plata de ley y oro puro, hasta el punto de que muchos se negaron abiertamente a hacer aportación alguna, exigiendo de común acuerdo que se obligara más bien a los delatores a devolver todas las recompensas que hubieran recibido.

XLV. El odio contra Nerón se acrecentó todavía más por el hecho de enriquecerse éste, especulando incluso con la carestía del trigo. Sucedió, en efecto, que, durante un hambre general, se anunció casualmente que una nave procedente de Alejandría había traído a Roma arena para los luchadores de palacio. Exacerbado por ello el odio de todos contra Nerón, hubo éste de soportar toda clase de improperios. En la cabeza de una de sus estatuas aplicaron un rizo con una inscripción en griego: «¡Ahora, por fin, es la hora de luchar y te afeitarán de una vez la cabeza!». Al cuello de otra estatua le ataron un saco con otra inscripción: «¿Qué he podido hacer yo? Tú, en cambio, te has merecido el saco». También se escribió en algunas columnas que «con tanto cantar había despertado incluso a los gallos». Por último, durante las noches, había muchos que fingían riñas con sus esclavos, pidiendo a gritos y sin cesar «¡que venga el Vengador!».

XLVI. Se hallaba aterrado, además, por innegables prodigios, tanto antiguos como nuevos, manifestados en sueños, augurios y presagios. Él, que antes no solía soñar nunca, después de muerta su madre vio en sueños que se rompía el timón de una nave que él gobernaba, que era arrastrado por su esposa Octavia a unas espesísimas tinieblas y que, unas veces, su cuerpo se cubría de hormigas aladas y, otras, las estatuas de los pueblos, erigidas junto al teatro, le rodeaban y le impedían avanzar; soñó también que su corcel asturiano, que era su preferido, se transformaba en simio en sus cuartos traseros y que por la cabeza, la única parte intacta de su cuerpo, emitía cantarines relinchos. Se escuchó también una voz procedente del Mausoleo, cuyas puertas se habían abierto de par en par espontáneamente, que le llamaba por su nombre. En las calendas de enero, los dioses Lares, ya engalanados, cayeron a tierra durante la preparación del sacrificio. En otra ocasión, mientras él tomaba los augurios, Esporo le ofreció un anillo como obsequio, en cuya piedra preciosa estaba esculpido el rapto de Proserpina. En la solemne formulación de los votos, cuando ya había una nutrida presencia de los estamentos sociales, costó mucho encontrar las llaves del Capitolio. Cuando, con motivo de un discurso que pronunciaba en el Senado despotricando contra Víndex, anunció que los sediciosos serían castigados y que en breve obtendrían el final que merecían, exclamaron todos los senadores: «¡Tú lo obtendrás, Augusto!». También se había observado que la última obra que había cantado en público era Edipo exiliado y que concluía con este verso:

Me ordena morir mi esposa, mi madre, mi padre.

XLVII. Anunciada mientras tanto la sublevación también de los demás ejércitos, hizo pedazos la carta que había recibido mientras comía, volcó la mesa, estrelló en el suelo dos copas que le encantaban y a las que llamaba «homéricas», por tener cincelados algunos pasajes de las obras de Homero, y, recibiendo de manos de Locusta un veneno, después de guardarlo en una caja de oro, se trasladó a los jardines de Servilio, donde, tras enviar a sus más fieles libertos a Ostia para que aparejasen la flota, sondeó a los tribunos y centuriones del pretorio sobre la posibilidad de huir juntos. Pero, como unos contestaban con evasivas, otros se manifestaban abiertamente en contra e incluso uno llegó a decir a gritos:

¿Acaso es tan triste morir?

Nerón comenzó a acariciar diversos planes: ¿Se dirigiría como suplicante a los partos o a Galba, o más bien, vestido de negro, debía mostrarse en público y desde los rostra implorar el perdón de sus anteriores delitos, infundiendo toda la compasión que pudiese, y, si no conseguía doblegar los corazones, suplicar que se le concediera al menos la prefectura de Egipto? Se encontró después, en su escritorio, un discurso compuesto a este fin, pero se cree que no se atrevió a pronunciarlo para evitar ser despedazado antes de que pudiese llegar al foro. Así pues, aplazó la decisión hasta el día siguiente, pero, cuando al despertarse a media noche averiguó que su escolta militar le había abandonado, saltó de la cama y envió a buscar a sus amigos, mas, al no recibir respuesta de ninguno de ellos, él personalmente, acompañado de unos pocos, se dirigió a casa de cada uno de ellos para pedir hospitalidad. Pero, como todas las puertas permanecieron cerradas y ninguno de ellos le respondió, volvió a su habitación, de donde ya habían huido incluso los vigilantes, después de robarle los cobertores y llevarse la caja del veneno. Luego, se puso a buscar enseguida al mirmilón Espículo o a cualquier otro sicario que le diera muerte con sus manos, pero, al no encontrar a nadie, exclamó: «Así pues, ¿lo he de hacer yo mismo? ¿No tengo ni un amigo ni un enemigo?». Y se puso a correr como si fuera a arrojarse al Tíber.

XLVIII. Pero, deteniéndose de nuevo en su carrera, le apeteció un escondite algo más íntimo para recobrar ánimos y, al ofrecerle su liberto Faón su casa en los aledaños de la ciudad, entre la vía Salaria y la Nomentana alrededor del cuarto miliario, Nerón, tal como estaba, descalzo y con túnica, se echó por encima un capote de viaje de un color inusitado y, cubriéndose la cabeza con un pañuelo que le tapaba también el rostro, montó a caballo con sólo cuatro acompañantes, entre los que se encontraba Esporo. Aterrado enseguida por un terremoto y un rayo caído frente a él, escuchó también el clamor de los soldados de un campamento próximo que hacían votos en contra suya y en favor de Galba, así como también a uno de los viandantes con los que se cruzaban que exclamaba: «Éstos deben perseguir a Nerón», y a otro que le preguntaba: «¿Hay algo nuevo en Roma sobre Nerón?». Además, al encabritarse su caballo por el hedor de un cadáver arrojado a la carretera, quedó su rostro al descubierto y fue reconocido y saludado por un pretoriano ya licenciado. Cuando llegaron a un atajo abandonaron los caballos y, caminando penosamente por un sendero entre arbustos y espinos, y gracias tan sólo a que extendieron un manto bajo sus pies, consiguió llegar a la pared trasera de la casa de campo. Al proponerle el propio Faón que, mientras tanto, se cobijase en una cueva formada por la extracción de arena, Nerón se negó, diciendo que mientras estuviese vivo no se metería bajo tierra. Tras haberse detenido unos momentos, mientras se preparaba para entrar clandestinamente en la casa, cogió con sus manos, de una charca que había a sus pies, un poco de agua para beber, exclamando: «Éste es el refrigerio de Nerón». Luego, con el capote desgarrado por los espinos se protegió de las zarzas que invadían su camino y así, tras ganar a gatas por el estrecho paso que habían abierto la habitación más próxima, se dejó caer sobre un lecho provisto de un sucinto colchón y de un viejo manto a guisa de cobertor. Acuciado de nuevo por el hambre y la sed, rechazó un trozo de pan negro que le ofrecieron, pero bebió unos sorbos de agua tibia.

XLIX. Seguidamente, como sus compañeros le instaban por todos los medios a que cuanto antes se guardase de los ultrajes que le aguardaban, ordenó que excavaran una fosa ante él, de acuerdo con las medidas que se habían tomado de su propio cuerpo, que dispusiesen en torno a ella algunos trozos de mármol, si encontraban algunos por allí, y que trajeran agua y leña para lavar y quemar después su cadáver. A todo esto, no cesaba de llorar, repitiendo continuamente: «¡Qué gran artista muere conmigo!». Durante estos preparativos, le arrebató de las manos y leyó un escrito que un mensajero había traído a Faetón en el que se decía que Nerón había sido declarado por el Senado enemigo público y que se le buscaba para ser ajusticiado según la ancestral tradición. Preguntó entonces en qué consistía esa ejecución y, al enterarse de que al reo, desnudo, se le sujetaba el cuello con una horca y se le flagelaba el cuerpo hasta la muerte, aterrado, cogió dos puñales que se había llevado consigo y, tras comprobar el filo de ambos, los envainó de nuevo, pretextando que todavía no había llegado su última hora. Luego, unas veces exhortaba a Esporo a que empezase a lamentarse y a llorar, o suplicaba, otras, que alguno, con su ejemplo, le ayudara a darse la muerte. Entre tanto se reprochaba su propia cobardía con estas palabras: «Vivo con ignominia y con deshonor»; «no es digno de Nerón, no lo es»; «en estos momentos es preciso estar sereno»; «¡vamos, despierta!». Ya se acercaban los jinetes a quienes se les había ordenado aprehenderlo vivo. Cuando oyó su galope, dijo entrecortadamente:

Hiere mis oídos el galope de ágiles caballos,

y acercó el hierro a su garganta con la ayuda de Epafrodito, su secretario. Todavía agonizaba cuando irrumpió un centurión y, al aplicarle éste su capote sobre la herida simulando socorrerle, Nerón le dijo únicamente: «Demasiado tarde» y «Ésta sí que es fidelidad». Con estas palabras expiró con los ojos rígidos y saliéndosele de las órbitas para horror y espanto de los allí presentes. Ninguna otra cosa había pedido a sus acompañantes con mayor prioridad e insistencia que el que no permitieran a nadie hacerse con su cabeza, sino que, fuera como fuese, le incineraran entero. Accedió a ello Icelo, un liberto de Galba, liberado hacía poco de la cárcel, adonde había sido arrojado al comienzo de la insurrección.

L. Se celebraron sus exequias, con un coste de doscientos mil sestercios, y se le enterró amortajado con la blanca vestidura, bordada en oro, que había utilizado en las calendas de enero. Sus nodrizas Égloge y Alejandría, junto con su concubina Acte, depositaron sus restos en el sepulcro familiar de los Domicios, que, ubicado en la colina de los Jardines,se divisa desde el Campo de Marte. En dicho sepulcro, su sarcófago de pórfido, sobre el que se halla un ara de mármol de Luna, se encuentra rodeado por una balaustrada de piedra de Tasos.

LI. Era de estatura normal, de cuerpo muy pecoso y maloliente, cabello tirando a rubio, de rostro más hermoso que agradable, ojos azules y muy miopes, cuello grueso, vientre pronunciado, piernas muy delgadas y excelente salud. Así, aunque llevaba una vida de desenfrenados excesos, durante catorce años sólo estuvo enfermo en tres ocasiones y ni aun entonces se abstuvo del vino ni de sus habituales costumbres. Con respecto a su acicalamiento y atuendo, su falta de pudor fue tal que, durante su viaje a Acaya, dejó que su cabello, peinado ya siempre en hileras de rizos, le cayera también por detrás de la cabeza hasta los hombros; además, casi siempre se mostraba en público vestido con una bata, con un pañuelo alrededor del cuello, sin cinturón y descalzo.

LII. Ya desde niño se dedicó a casi todas las disciplinas liberales. Su madre, no obstante, le apartó de la filosofía, advirtiéndole que era una enseñanza perniciosa para alguien que iba a ser emperador. Por su parte, Séneca, su preceptor, le apartó del estudio de los antiguos oradores para que durante más tiempo centrara toda su admiración en él. Así pues, inclinado a la poesía, compuso poemas de buen grado y con facilidad y no es cierto, como algunos creen, que publicara poemas ajenos como si fueran suyos. Han llegado a mis manos unas tablillas y unos escritos con algunos versos muy conocidos, escritos por la propia mano de Nerón, en los que se ve claramente que no están copiados ni dictados por otra persona, sino trabajados mientras los pensaba y paría: en efecto, hay muchas palabras tachadas, algunas añadidas y otras escritas entre líneas. Tenía también una gran afición a pintar y esculpir.

LIII. Por encima de todo anhelaba la popularidad, rivalizando con todos aquellos que de alguna forma contaban con la admiración del pueblo. Se rumoreó incluso que, tras las coronas obtenidas en la escena, el próximo lustro, en Olimpia, descendería a la palestra para competir entre los atletas. De hecho, se entrenaba con asiduidad en la lucha y había contemplado siempre las competiciones gimnásticas en toda Grecia sentado en el suelo del estadio, como los árbitros, y, si una pareja de luchadores se apartaba demasiado, poniéndose en medio de ellos, los arrastraba con sus propias manos al lugar debido. Puesto que ya había alcanzado la fama de ser semejante a Apolo en el canto y, al Sol, en la conducción de cuadrigas, había planeado también imitar las hazañas de Hércules. Aseguran que tenía dispuesto un león para, desnudo, abatirlo con su maza o estrangularlo entre sus brazos sobre la arena del anfiteatro, ante la expectación del público.

LIV. Poco antes de su muerte, había prometido públicamente que, si continuaba siendo emperador, actuaría en los juegos organizados para celebrar su victoria, tocando el órgano hidráulico, la flauta y la gaita y que, el último día, como histrión, representaría bailando el Turno de Virgilio. Hay quienes aseguran que hizo matar a Paris, un actor de mimos, por considerarlo un serio rival.

LV. Ambicionaba una fama eterna e imperecedera, pero de un modo absurdo. Así pues, a muchas cosas y lugares les cambió su nombre tradicional y les puso uno nuevo, derivado de su propio nombre: llamó «Neroniano» al mes de abril y también tenía pensado dar a Roma el nombre de «Nerópolis».

LVI. Despreció todas las religiones, excepto la de una diosa siria. Más tarde, también a esta diosa la despreció hasta tal extremo, que la profanó, orinando sobre ella, debido a haber sido ganado por otra supersticiosa creencia, la única a la que se mantuvo permanentemente fiel: en efecto, tras haberle obsequiado con la estatuilla de una muchacha un desconocido hombre de la plebe, manifestando que era un remedio contra las intrigas, y haberse descubierto acto seguido una conjuración, Nerón la veneró en adelante hasta su muerte como si fuera una gran divinidad, ofreciéndole sacrificios tres veces al día, y quería que se creyera que, gracias a sus indicaciones, conocía de antemano el futuro. Pocos meses antes de su muerte, consultó también las entrañas de las víctimas, sin obtener nunca favorables presagios.

LVII. Murió a los 32 años de edad, el mismo día que, antaño, había hecho asesinar a Octavia. Su muerte provocó un júbilo general tan grande que todo el pueblo recorrió las calles por toda la ciudad, llevando puesto el gorro frigio que usaban los esclavos liberados. No faltaron, sin embargo, quienes durante mucho tiempo adornaron su tumba con flores propias de la primavera y del verano y unas veces colocaron ante los rostra sus imágenes revestidas con la toga pretexta y, otras, sus edictos, como si aún estuviera vivo y hubiera de regresar en breve con gran perjuicio para sus enemigos. También el rey de los partos, Vologeso, con motivo de una embajada que envió al Senado para establecer una alianza, solicitó con insistencia que se venerase la memoria de Nerón. Por último, cuando después de veinte años, siendo yo un adolescente, apareció un individuo de origen incierto que se jactaba de ser Nerón, su nombre llegó a gozar de tanto favor entre los partos, que le prestaron una entusiasta ayuda y a duras penas se consiguió que lo entregasen.

Galba

I. La dinastía de los Césares se extinguió con Nerón. Que esto iba a suceder así, lo habían anunciado numerosos presagios, pero dos de ellos fueron especialmente evidentes. Tiempo atrás, cuando Livia, inmediatamente después de su boda con Augusto, fue a visitar su propiedad de Veyes, voló por encima de ella un águila que dejó caer en su falda una gallina blanca que llevaba en su pico, igual que al ser atrapada, una ramita de laurel. Quiso Livia entonces que se cuidase a esa ave y que se plantase la rama de laurel, obteniendo una tan gran descendencia de pollitos que todavía hoy día recibe esa casa el nombre de «Villa de las gallinas» y, un laurel tan frondoso, que los Césares, cuando tenían que celebrar sus triunfos, cortaban de él las ramas para sus coronas. Y se hizo una costumbre para todos los triunfadores, plantarlas de nuevo en ese mismo lugar, nada más acabar la ceremonia. También se observó que, antes de la muerte de un emperador, se marchitaba el árbol plantado por él. En consecuencia, el último año de la vida de Nerón, se secó por completo hasta sus raíces todo el bosque de laureles y murieron todas las gallinas que había allí. Al poco tiempo, al ser alcanzado por un rayo el templo de los Césares, cayeron a la vez las cabezas de todas sus estatuas e incluso el cetro de Augusto escapó de sus manos.

II. A Nerón le sucedió Galba, ajeno por completo a la familia de los Césares, aunque no hay duda de que era un hombre de la más alta alcurnia y de rancia prosapia, hasta el punto de que en las inscripciones de sus estatuas hacía constar siempre que era biznieto de Quinto Catulo Capitolino y, siendo ya emperador, hizo colgar en el atrio de palacio un árbol genealógico, según el cual su origen, por vía paterna, se remontaba a Júpiter y, por vía materna, a Pasifae, la esposa de Minos.

III. Sería interminable enumerar, uno a uno, los personajes y los títulos de nobleza de todo su linaje, por lo que me referiré brevemente a su familia más cercana. No se sabe a ciencia cierta cuál fue el primero de los Sulpicios que llevó el sobrenombre de Galba, ni por qué ni de dónde le vino ese apodo. Algunos creen que procede de haber finalmente incendiado con antorchas impregnadas en gálbano una ciudad de España, sitiada inútilmente desde hacía mucho tiempo. Otros, de haber utilizado frecuentemente durante una prolongada enfermedad el «gálbano», es decir, medicamentos envueltos en lana. Otros, porque debía ser un hombre muy grueso, que los galos llaman «galba», o, al contrario, porque habría sido tan delgado como los insectos que se originan en las encinas y que reciben el nombre de «galbae». Enalteció la familia el consular Servio Galba, el mejor orador de su época, de quien dicen que, tras obtener después de su pretura el gobierno de España, provocó la guerra de Viriato, por haber hecho degollar a traición a treinta mil soldados lusitanos. Su nieto, que, por haberle negado el consulado, odiaba a Julio César, de quien había sido legado en las Galias, se unió a la conspiración de Casio y Bruto, por lo que fue condenado en virtud de la Ley Pedia. De éste descienden directamente el abuelo y el padre del emperador Galba. Su abuelo, más ilustre por su erudición que por sus cargos públicos (pues no pasó de pretor), publicó una extensa y cuidada historia. Su padre, que llegó a ejercer el consulado, pleiteó a menudo y muy hábilmente, aunque era de baja estatura, jorobado y tenía poca facilidad de palabra. Se casó, primero, con Mumia Acaica, nieta de Catulo y biznieta de Lucio Mumio, el destructor de Corinto, y más tarde con Livia Ocelina, mujer de gran fortuna y belleza; se cree, no obstante, que fue ella la que se adelantó a seducirlo, atraída por la nobleza de su linaje, y todavía con mayor obstinación después de que él, ante sus insistentes requerimientos, le descubriese en secreto, quitándose la ropa, la deformidad de su cuerpo, para que no pareciese después que podía haberse aprovechado de su ignorancia. De Acaica engendró a sus hijos Cayo y Servio. Cayo, el primogénito, después de haber dilapidado su patrimonio se marchó de Roma y más tarde se suicidó, cuando Tiberio le prohibió participar en el sorteo de los proconsulados, el año que le correspondía.

IV. El emperador Servio Galba nació durante el consulado de Marco Valerio Mesala y Cneo Léntulo, el día 9 de las calendas de enero, en una casa de campo situada sobre una colina cerca de Tarracina, que quedaba a la izquierda de los que se dirigían a Fundos. Después de ser adoptado por su madrastra Livia, tomó el sobrenombre de Ocela, cambiándose también el nombre propio, pues desde entonces hasta que asumió el poder imperial utilizó el de Lucio en lugar del de Servio. Se sabe que en una ocasión en que, siendo todavía un niño, rodeado de chicos de su edad saludó a Augusto, éste, tirándole de la mejilla, le dijo: «También tú, hijo mío, gozarás un día de nuestro poder». Del mismo modo, Tiberio, habiendo oído predecir que llegaría a ser emperador, pero ya en su vejez, declaró: «Que viva, en buena hora, puesto que ello en nada me afecta a mí». Asimismo, a su abuelo, cuando un águila le arrebató de las manos las entrañas de la víctima, mientras ofrecía un sacrificio para conjurar el rayo, y las depositó en una encina cargada de frutos, se le aseguró que aquel prodigio auguraba a su familia, aunque tarde, el poder supremo; a lo que él, riendo, replicó: «Seguro; cuando una mula haya parido». Más tarde, cuando Galba se disponía a intentar su golpe de estado, nada reconfortó tanto su ánimo como el parto de una mula, un prodigio que, mientras todos los demás lo rechazaron con horror como algo funesto, solamente él lo recibió con alborozo, acordándose del sacrificio y de las palabras de su abuelo. El día que vistió la toga viril soñó que la fortuna le decía que se encontraba cansada de estar ante las puertas de su casa y que, si no la acogía rápidamente, sería el botín de cualquiera que pasase por allí. Cuando se despertó, encontró junto al umbral de la puerta, al abrir el atrio, una estatua en bronce de la diosa, de más de un codo de altura. La transportó en brazos a Túsculo, donde solía pasar el verano, e, instalada en un recinto de su casa, le rindió culto a partir de entonces con mensuales rogativas y con una noche de vela cada año. Por otro lado, aun sin haber llegado a la madurez, fue el único en mantener obstinadamente una vieja y obsoleta costumbre romana, que tan sólo se cumplía en su casa, consistente en que todos los libertos y esclavos se presentaban ante él dos veces al día: por la mañana, para saludarle y, al atardecer, para desearle las buenas noches; y esto uno por uno.

V. Entre las disciplinas liberales, prestó especial atención al derecho. Galba estuvo también casado. No obstante, después de la muerte de su esposa Lépida y de los dos hijos habidos de ella, permaneció célibe y ninguna de sus pretendientes pudo engatusarlo, ni siquiera Agripina que, viuda tras la muerte de su marido Domicio y antes incluso de que muriera la esposa de Galba, había intentado seducirlo de todas las formas posibles, hasta tal extremo que, en una reunión de matronas romanas, fue reprendida de mala manera e incluso abofeteada por la madre de Lépida. Mostró siempre una particular deferencia para con Livia Augusta, cuyo favor, mientras estuvo viva, le proporcionó una decisiva ayuda y, después de muerta, gracias a su testamento, hubiera debido heredar una gran fortuna. En efecto, entre todos los legados dispuestos por Livia, era el suyo, quinientos millones de sestercios, el más importante, pero como la cantidad estaba expresada en cifras y no escrita con todas las letras, Tiberio redujo el legado a quinientos mil sestercios, y ni siquiera esa cantidad llegó a recibirla.

VI. Comenzó la carrera política antes de la edad legal establecida y, como pretor, al principio de los juegos en honor de Flora, ofreció un nuevo espectáculo, consistente en elefantes funámbulos. A continuación, fue gobernador de la provincia de Aquitania durante casi un año entero. Ejerció luego el consulado ordinario durante seis meses, en el que sucedió a Lucio Domicio, el padre de Nerón, y fue sucedido a su vez por Salvio Otón, el padre de Otón, como si fuera un presagio de los próximos acontecimientos, ya que también fue emperador entre los respectivos reinados de los hijos de ambos. Cuando por disposición de Cayo César sustituyó como legado de la Germania Superior a Getúlico, al día siguiente de reunirse con las legiones refrenó a los soldados que le aplaudían durante un habitual espectáculo que casualmente se celebraba ese día, dando la orden de mantener las manos debajo del capote. Inmediatamente se hizo popular en el campamento este verso:

Soldado, aprende a ser soldado. Éste es Galba, no Getúlico.

Con la misma severidad prohibió que se solicitaran permisos temporales. Endureció a veteranos y novatos haciéndoles trabajar sin descanso y, después de someter con rapidez a los bárbaros, que ya habían invadido las Galias, Cayo, que estaba entonces allí, felicitó a semejante general y semejante ejército, de forma que, entre las innumerables tropas allí concentradas, procedentes de todas las provincias, no hubo otras que recibieran mayores elogios y distinciones. El propio Galba se distinguió más que ningún otro, pues, tras dirigir portando su escudo unas maniobras militares, corrió también durante veinte mil pasos junto al carruaje del emperador.

VII. Cuando se comunicó la muerte de Cayo, a pesar de que fueron muchos los que le incitaban a aprovechar la ocasión, prefirió mantenerse en calma. Por este motivo fue especialmente estimado por Claudio, que le incluyó en su círculo de amigos y le dispensó tan gran consideración que, al ponerse Galba súbitamente enfermo, aunque no revestía gravedad, Claudio retrasó su expedición a Britania. Fuera de sorteo obtuvo durante dos años, como procónsul, el gobierno de África, habiendo sido elegido para reorganizar la provincia, que se hallaba agitada por las disensiones internas y una revuelta de los bárbaros. Galba, en efecto, puso orden, aplicando con sumo cuidado severidad y justicia, incluso en los detalles de menor importancia. Prohibió que a un soldado, acusado de haber vendido un modio de trigo por cien denarios durante una expedición marcada por una especial penuria de víveres, se le prestase ninguna ayuda cuando empezase a carecer de alimentos y, en consecuencia, murió de hambre. Un día que administraba justicia se pleiteó sobre la propiedad de una mula; como la debilidad de los argumentos y testimonios hacía difícil descubrir la verdad, decretó que se condujese al animal con la cabeza cubierta a su abrevadero habitual, que una vez allí se le retirase la caperuza y que su propietario sería aquel de los litigantes hacia el cual la mula se dirigiera espontáneamente después de haber bebido.

VIII. Por los triunfos cosechados, tanto en aquellos días en África, como anteriormente en Germania, recibió los ornamentos triunfales y un triple sacerdocio, pues fue nombrado miembro de los quindecenviros, del colegio sacerdotal de Tito Tacio y de los sacerdotes de Augusto. Desde entonces hasta ya casi a mediados del reinado de Nerón, vivió la mayor parte del tiempo retirado en su casa de campo y jamás se puso en camino, ni siquiera para pasear en litera, sin llevar consigo en otro vehículo próximo un millón de sestercios en oro, hasta que, mientras se encontraba viviendo en su finca de Fundos, se le ofreció el gobierno de la Hispania Tarraconense. Durante el sacrificio que celebró a su llegada a la provincia sucedió que, al esclavo que entre sus ayudantes le sostenía el incienso, de repente se le volvió blanco todo el cabello. No faltaron entonces quienes interpretaron que ese prodigio significaba un cambio político y que el anciano sustituiría al joven, es decir, el propio Galba a Nerón. No mucho después, calló un rayo en un lago de Cantabria y se descubrieron doce hachas, símbolo indiscutible del poder supremo.

IX. Durante ocho años gobernó la provincia de forma variable y desigual: al principio, estricto e inflexible y, en la represión de los delitos, incluso exagerado. En efecto, a un cambista que estafaba a sus clientes, le cortó ambas manos y las clavó en su mostrador; a un tutor que había envenenado a su pupilo para heredar en su lugar, lo hizo crucificar y, al invocar éste llorando la protección de las leyes, asegurando que era ciudadano romano, Galba, como para suavizar el castigo con una cierta compensación y consideración, ordenó que se cambiase la cruz por otra mucho más alta que las demás y pintada de blanco. Paulatinamente, sin embargo, cayó en la desidia y la pereza, para no hacerse sospechoso a Nerón y, como solía decir, «porque nadie estaba obligado a rendir cuentas de no hacer nada». Mientras administraba justicia en Cartago Nova, se enteró, al solicitarle el legado de Aquitania que le enviase refuerzos, que las Galias se habían sublevado. Le llegó también enseguida una carta de Víndex pidiéndole que, como libertador y jefe, se pusiera al servicio del género humano. No duró mucho su indecisión; movido en parte por el miedo y en parte por la esperanza, aceptó el ofrecimiento. Por un lado, en efecto, se había apoderado de unas órdenes estrictas, enviadas en secreto por Nerón a sus procuradores, disponiendo su asesinato y, por otro, se consolidaban sus esperanzas gracias a los muy favorables auspicios y augurios y al vaticinio de una ilustre virgen, tanto más cuanto que también el sacerdote de Júpiter en Clunia, advertido en sueños, había extraído del interior del santuario unas predicciones en el mismo sentido, pronunciadas doscientos años antes por otra también profética muchacha. El contenido de estas predicciones era que «algún día surgiría de España el príncipe y señor del mundo».

X. Así pues, subiendo a su tribunal como si fuese a proceder a la manumisión de esclavos, después de colocar delante de él el mayor número posible de retratos de las personas condenadas y muertas por Nerón y teniendo a su lado a un ilustre joven exiliado, que había hecho venir de la más cercana isla de las Baleares, deploró la condición de los tiempos y, al ser vitoreado como emperador, replicó que él era tan sólo un legado del Senado y del pueblo romano. Habiendo decretado a continuación el cierre de los tribunales de justicia, reclutó varias legiones y tropas auxiliares entre la gente de la provincia, aparte de su ejército originario, formado por una legión, dos alas de caballería y tres cohortes. Constituyó luego una especie de Senado, compuesto por los individuos más importantes y distinguidos del país por su prudencia y edad, a quien reportar todos los asuntos de importancia, siempre que fuera necesario. Escogió también jóvenes del orden ecuestre quienes, manteniendo el uso de sus respectivos anillos de oro, se llamarían «los elegidos» y montarían guardia junto a sus habitaciones, en lugar de los soldados. Envió también manifiestos por las provincias invitando a todos y a cada uno a unirse a la sublevación y, de la forma que cada uno pudiese, prestar su ayuda a la causa común. Casi por aquellos mismos días, durante la fortificación de la plaza fuerte que había elegido como cuartel general para la guerra, se encontró un anillo, muy antiguo, en cuya piedra preciosa se había grabado una Victoria con un trofeo. A continuación, procedente de Alejandría, arribó a Dertosa una nave cargada de armas, sin capitán, sin timonel y sin marino alguno, por lo que nadie abrigó ya la más mínima duda de que se emprendía, con el favor de los dioses, una guerra justa y sagrada. Pero, súbita e inesperadamente, todos estos preparativos estuvieron a punto de irse al traste. Una de las alas de caballería, arrepentidas de haber roto su juramento militar, intentó abandonar a Galba cuando éste se aproximaba al campamento, y sólo a duras penas se pudo evitar su deserción. Por otra parte, unos esclavos que le había obsequiado un liberto de Nerón y a los que había preparado para que le dieran muerte, estuvieron a punto de asesinarlo cuando por una calleja se dirigía a los baños públicos; pero, al animarse mutuamente a no desaprovechar aquella oportunidad y ser interrogados a qué oportunidad se referían, les arrancaron bajo suplicio la confesión de sus planes.

XI. A esta crítica situación se sumó la muerte de Víndex. Totalmente consternado por ella, y como si lo hubiera perdido todo, poco faltó para que Galba se quitase la vida. Pero, cuando supo, gracias a las inesperadas noticias llegadas de Roma, que Nerón había muerto y que todos le habían jurado fidelidad a él, abandonando el título de «legado», asumió el de «césar» y se puso en marcha, revestido con el manto de general en jefe y con un puñal sobre su pecho, colgado del cuello. Y no volvió a utilizar la toga hasta que hubo eliminado a quienes planeaban un nuevo golpe de estado: en Roma, a Ninfidio Sabino, prefecto del pretorio; en Germania, a Fonteyo Capitón y, en África, al legado Clodio Macro.

XII. Había precedido a Galba la fama de su crueldad y avaricia, pues, según decían, a las ciudades de las Españas y de las Galias que se habían mostrado demasiado remisas a la hora de secundarlo, las había castigado con más onerosos tributos y, a algunas de ellas, incluso con la destrucción de sus murallas, habiendo hecho decapitar a sus jefes y procuradores junto con sus mujeres e hijos; había hecho fundir, además, una corona de oro de quince libras de peso, sacada del antiguo templo de Júpiter, que le habían ofrecido los tarraconenses, ordenando que se completasen las tres onzas que faltaban a su peso. Dicha fama quedó confirmada y aumentada, así que entró en Roma. En efecto, cuando obligó a volver a su anterior situación a los marinos de la armada, que Nerón había convertido de simples remeros en soldados con todos los derechos, al negarse éstos y exigir además obstinadamente su águila y enseñas, no sólo los dispersó mediante una carga de caballería, sino que además ordenó diezmarlos. Disolvió también e hizo regresar a su patria sin ninguna recompensa la cohorte de germanos, constituida por los Césares como guardia personal y que en numerosas ocasiones había demostrado su total fidelidad, alegando que se inclinaba en favor de Cneo Dolabela, cuyos jardines eran vecinos a su campamento. Fueran verdaderas o falsas, corrían también de boca en boca, en son de burla, una serie de anécdotas: se decía, por ejemplo, que, cuando se le servía una cena demasiado espléndida, Galba suspiraba amargamente; que, al presentarle su habitual intendente el estado de cuentas, le ofreció un plato de legumbres por su esmero y diligencia; que a Cano, un flautista que gozaba de la máxima popularidad, le había regalado cinco denarios, que él mismo sacó con sus manos de sus ahorros particulares.

XIII. Por todo ello, su llegada a Roma no fue demasiado grata, hecho que se puso claramente de manifiesto en el primer espectáculo público, pues al iniciar los actores de una Atelana un conocido verso:

Llegó Onésimo de su granja,

todos los espectadores lo completaron a coro y lo repitieron una y otra vez, acompañándolo con mímica.

XIV. Así pues, fue mucho mayor la popularidad y autoridad de que gozaba Galba al asumir el poder supremo que la que tuvo después, cuando lo ejerció, a pesar de haber ofrecido numerosas muestras propias de un excelente emperador. Pero éstas no fueron en absoluto tan gratas al pueblo como odiosas las actuaciones que tuvo después. En el ejercicio del poder se guiaba por el capricho de tres personajes que, como vivían con él en el interior de palacio y no se apartaban ni un momento de su lado, el vulgo los llamaba «sus pedagogos». Eran éstos, Tito Vinio, lugarteniente suyo en España, hombre de inmensa codicia; Cornelio Laco, de consejero ascendido a prefecto del pretorio, de intolerable arrogancia y estupidez, y el liberto Icelo, distinguido hacía poco con el anillo de oro y el nombre de Marciano y candidato ya a las más altas dignidades del orden ecuestre. Hasta tal extremo permitió y consintió que abusaran de su confianza, entregándose a todo tipo de delitos, que le resultaba difícil ser consecuente consigo mismo, mostrándose a veces demasiado enérgico y mezquino y, otras, demasiado indulgente y displicente para lo que es conveniente a un emperador elegido,y de su edad. Condenó por mínimas sospechas y sin escucharlos siquiera a algunos ilustres ciudadanos de los órdenes senatorial y ecuestre. Concedió muy raramente la ciudadanía romana; los privilegios propios de los que tenían tres hijos, los otorgó tan sólo a uno o dos ciudadanos e, incluso en esos casos, por un período concreto y predeterminado. No sólo negó a los jueces la sexta decuria que solicitaban que se añadiese a las ya existentes, sino que les quitó también la concesión que les había otorgado Claudio de no ser llamados para administrar justicia en invierno y al inicio del año.

XV. Se creía también que pensaba limitar a un plazo de dos años los cargos propios del orden senatorial y del ecuestre y que no los otorgaría sino a los que no los querían y a los que los rechazaban. Se encargó de revocar y reclamar, mediante cincuenta caballeros romanos, las liberalidades de Nerón, aceptando que los beneficiados retuvieran sólo una décima parte y que, si algún actor o atleta había vendido los regalos recibidos, se los quitasen a los compradores cuando aquéllos no pudieran hacer efectivo el dinero que habían recibido por su venta. Permitió, en cambio, que sus amigos y libertos asignaran bajo soborno u otorgasen por amistad rentas públicas, franquicias, castigos de inocentes o indultos de culpables. Más aún, aunque el pueblo romano exigía la ejecución de Haloto y Tigelino, se mantuvo firme en que sólo ellos entre todos los secuaces de Nerón, a pesar de ser los más criminales, quedaran impunes y, no contento con ello, distinguió a Haloto con un cargo de suma importancia y, en defensa de Tigelino, en un manifiesto acusó al pueblo de crueldad.

XVI. Por todos esos motivos, si bien casi todos los estamentos sociales estaban sumamente molestos, eran sobre todo los soldados quienes ardían de cólera. Pues, como después de haber jurado fidelidad a Galba estando éste ausente, los oficiales hubiesen prometido públicamente una gratificación mayor de la acostumbrada, éste, no sólo no la había ratificado, sino que se jactaba con frecuencia de que «él solía reclutar soldados, no comprarlos»; pero con estas palabras, sobre todo, había exacerbado los ánimos de todos los ejércitos a lo largo y ancho del Imperio. Por otra parte, a causa del temor y las humillaciones, se indispuso también con los pretorianos, al ir apartando del servicio a muchos de ellos, considerándolos sospechosos y cómplices de Ninfidio. Pero sobre todo se mostraba especialmente furioso el ejército de Germania superior, que se sentía estafado al no recibir las recompensas por los servicios prestados contra los galos y contra Víndex. Así pues, en las calendas de enero fueron los primeros en atreverse a romper su obediencia al emperador, negándose a jurar fidelidad a nadie, excepto al Senado. Acto seguido enviaron una delegación a los pretorianos con el siguiente mensaje: «Que no estaban conformes con el emperador nombrado en España y que ellos mismos eligieran a otro a quien todos los ejércitos dieran su aprobación».

XVII. Cuando se le comunicó esta noticia, Galba, convencido de que se le menospreciaba, no tanto por su avanzada edad cuanto por carecer de hijos, de repente, entre la multitud de personas que acudían a saludarle, tomó de la mano a Pisón Frugi Liciniano, egregio e ilustre joven, a quien desde hacía tiempo había dado grandes muestras de cariño y en su testamento le había designado siempre heredero de sus bienes y de su nombre, y, dándole el nombre de hijo, lo llevó al campamento y lo adoptó como tal ante la asamblea de soldados; pero tampoco entonces hizo mención alguna sobre los donativos al ejército. Con ello proporcionó a Marco Salvio Otón una oportunidad todavía mejor de llevar a término sus proyectos durante los seis días que siguieron a esta adopción.

XVIII. Ya desde el principio de su reinado, grandes y frecuentes prodigios le habían presagiado su muerte, tal como en efecto ocurrió. Cuando, a lo largo de su viaje hacia Roma, se sacrificaban en todas las ciudades numerosas víctimas a diestro y siniestro, un toro herido por el hacha rompió enloquecido sus ataduras, embistió su carruaje y, alzando sus patas, le dejó empapado en sangre; y uno de sus guardias, empujado por la muchedumbre, estuvo a punto de herirlo con su lanza cuando descendía de su vehículo. Asimismo, cuando entró en la ciudad y luego en palacio, le acogió un terremoto y un estruendo que se asemejaba a un mugido. Siguieron también otros prodigios más evidentes todavía. De entre todas sus riquezas, Galba había separado un collar, ensartado con perlas y piedras preciosas, para adornar con él la estatua de la Fortuna, en su casa de Túsculo; pero, repentinamente, pensando que esa alhaja se merecía un lugar más sagrado, la dedicó a la Venus Capitolina. Esa misma noche vio en sueños la imagen de la Fortuna que se lamentaba de haberla privado del regalo destinado a ella y le amenazaba con que también ella tenía intención de arrebatarle todo lo que le había dado. Cuando, aterrado, nada más amanecer corrió a Túsculo, después de enviar por delante a unos emisarios para que preparan un sacrificio expiatorio con el fin de conjurar el ensueño, no encontró nada, a excepción de unas brasas todavía tibias sobre el altar y, junto a él, un anciano vestido de negro que sostenía el incienso en un vaso de vidrio y el vino en un cáliz de barro. También se observó que, mientras ofrecía un sacrificio durante las calendas de enero, se le cayó la corona de la cabeza y que, mientras tomaba los auspicios, los pollos se escaparon volando. El día en que adoptó a Pisón, cuando iba a arengar a los soldados, se olvidaron de colocar ante el tribunal la silla militar de costumbre y, en el Senado, pusieron al revés la silla curul.

XIX. Antes de ser asesinado, mientras aquella misma mañana ofrecía un sacrificio, un arúspice le advirtió con insistencia que se guardase del peligro, porque los asesinos no estaban lejos. Poco rato después se enteró de que Otón se había apoderado del campamento de los pretorianos y, aunque muchos de sus amigos le aconsejaron que se dirigiera hacia allí de inmediato (le decían que podía dominar todavía la situación con su prestigio y presencia), decidió tan sólo encerrarse en palacio y hacerse fuerte con los destacamentos de legionarios que, separados unos de otros, tenía estacionados en muchos lugares. Se puso, sin embargo, una coraza de lino, aunque no se le ocultaba que de poco le serviría contra tantos puñales. Finalmente, decidiéndose a salir de palacio debido a falsos rumores que los conjurados habían hecho correr adrede para hacerle salir a la calle, al afirmar unos cuantos, sin motivo alguno, que la sublevación estaba controlada, que los amotinados habían sido aplastados y que los demás se acercaban en masa para felicitarle y dispuestos a obedecerlo en todo, corrió tan confiado a su encuentro que, a un soldado que se jactaba de haber dado muerte a Otón, le interpeló: «¿Por orden de quién?». Y siguió adelante hasta el foro. Allí, la caballería, que había recibido la orden de matarlo, disolviendo la multitud de civiles cargando sobre ella con sus caballos, al ver a Galba a lo lejos se detuvieron unos momentos. Después, espoleando de nuevo sus caballos, abandonado por todos los suyos, lo acribillaron a cuchilladas.

XX. Hay quienes narran que, al iniciar su ataque, les gritó: «¿Qué hacéis, camaradas? Yo soy vuestro y vosotros míos», y que les prometió también una gratificación. La mayoría, sin embargo, afirma que les ofreció espontáneamente la garganta y les incitó diciendo: «¡Vamos! Herid, puesto que lo queréis así». Lo en verdad sorprendente fue que nadie de los presentes intentase ayudar al emperador y que todos los que habían sido llamados en su socorro ignoraran la llamada, a excepción de un escuadrón de germanos. Éstos, en virtud de un reciente motivo de agradecimiento, ya que Galba los había cuidado con grandes atenciones cuando estaban enfermos y extenuados, corrieron en su auxilio, pero demasiado tarde, pues, por desconocer la ciudad, se demoraron al equivocarse de camino. Fue degollado junto al lago Curcio y abandonado allí, tal como estaba, hasta que un soldado raso que regresaba de recoger su ración de trigo, arrojando su fardo le cortó la cabeza. Luego, como no la podía asir por los cabellos, introduciendo el pulgar por la boca, la escondió en su pecho y se la llevó a Otón. Éste se la dio a los cantineros y muleros del ejército, quienes la pasearon por el campamento, clavada en una lanza, gritando sin parar en son de burla: «¡Cupido Galba, goza de tu edad!». Les había incitado a tan insolente chanza el que unos días antes, a un individuo que elogiaba públicamente la apostura todavía lozana y vigorosa de Galba, le respondió éste:

Mi vigor permanece intacto.

Un liberto de Patrobio Neroniano se la compró a éstos por cien áureos y la arrojó al mismo lugar donde, por orden de Galba, habían ejecutado a su señor. Por fin, al cabo de un tiempo, el intendente Argivo le dio sepultura, con el resto del cuerpo, en los jardines privados del propio Galba, junto a la vía Aurelia.

XXI. Fue Galba de estatura normal, prematuramente calvo, de ojos azules, nariz aguileña, y con las manos y pies sumamente deformes por la gota, hasta el punto de ser incapaz de soportar el calzado ni de sostener o desarrollar un escrito. También, en su costado derecho, se le había formado una excrecencia carnosa que colgaba tanto que apenas podía sujetarla con una venda.

XXII. Se dice que ingería grandes cantidades de comida; que en invierno solía comer antes incluso de amanecer y que sus cenas eran tan copiosas, que ordenaba a sus esclavos que pasearan por el comedor los restos de comida amontonados en sus manos y los repartieran entre los esclavos que estaban colocados a sus pies. Sexualmente, se sentía más inclinado hacia los hombres, pero sólo si eran muy robustos y maduros. Se contaba que cuando Icelo, uno de sus antiguos amantes, le comunicó en España la muerte de Nerón, fue acogido por Galba no sólo con apasionados besos delante de todos, sino que le rogó que se depilara cuanto antes y se lo llevó a un lugar apartado.

XXIII. Murió a los setenta y tres años de edad, a los siete meses de reinado. El Senado, en cuanto se le autorizó, decretó levantar en su honor una columna rostral en aquella parte del foro donde había sido asesinado. Vespasiano, no obstante, revocó más tarde el decreto, porque creía que Galba, desde España, había enviado, en secreto, a Judea unos asesinos contra él.

Otón

I. Los antepasados de Otón habían nacido en la ciudad de Ferencio, de una familia antigua y distinguida, y una de las principales de Etruria. Su abuelo, Marco Salvio Otón, cuyo padre era un caballero romano y cuya madre era de baja condición (hay incluso dudas sobre si era libre de nacimiento), fue nombrado senador gracias a la influencia de Livia Augusta, en cuya casa había crecido, aunque no pasó del cargo de pretor. Su padre, Lucio Otón, de esclarecido linaje por parte de su madre y emparentado con numerosas e importantes familias, fue tan querido para el emperador Tiberio y tan parecido a él, que muchos creyeron que había sido engendrado por el propio emperador. Desempeñó con estricto rigor magistraturas urbanas, el proconsulado de África y otros mandos militares de carácter extraordinario. En el Ilírico, tuvo la valentía de hacer decapitar a algunos soldados que, arrepentidos de haber participado en la sublevación de Camilo, habían dado muerte a sus jefes, alegando que habían sido los promotores de la rebelión contra Claudio; Otón hizo ejecutarlos en su presencia y ante todo el ejército, a pesar de que sabía que por los hechos acaecidos habían sido ascendidos por Claudio. Con esta decisión, si bien aumentó su gloria, perdió el favor del emperador, que recuperó, sin embargo, rápidamente al descubrir la conspiración de un caballero romano, ya que había averiguado, al delatarlo sus propios esclavos, que éste había preparado el asesinato de Claudio. En consecuencia, no sólo el Senado le distinguió con un honor excepcional, erigiendo una estatua de él en el Palatino, sino que también el propio Claudio, al elevarlo al patriciado, lo alabó con elogiosos términos, declarando: «Es un hombre tal que ni siquiera puedo aspirar a tener hijos mejores que él». De Albia Terencia, una ilustre mujer, tuvo dos hijos, Lucio Ticiano y otro más joven, Marco, con su mismo sobrenombre. Tuvo también una hija que, apenas llegada a la edad núbil, prometió en matrimonio a Druso, el hijo de Germánico.

II. El emperador Otón nació el día 4 de las calendas de mayo, durante el consulado de Camilo Arruncio y Domicio Enobarbo. Apenas entrado en la adolescencia, se mostró ya manirroto y desvergonzado hasta el extremo de que su padre llegó a azotarlo con frecuencia. Se decía también que solía callejear por las noches y acometer a cualquier transeúnte canijo o borracho que le saliera al paso y que los manteaba, arrojándolos sobre su sayo extendido. Más tarde, tras la muerte de su padre, fingió estar enamorado de una liberta de palacio, muy influyente, aunque vieja y casi decrépita, para obtener mayores beneficios mediante su intimidad. Presentado por ella a Nerón, obtuvo sin dificultad un lugar de privilegio entre los amigos del emperador por la afinidad de sus costumbres, aunque algunos afirman que también por las habituales relaciones sexuales establecidas entre ellos dos. En consecuencia, llegó a ser tan grande su influencia que, tras pactar una enorme suma como pago, no dudó en llevar ante el Senado, para que diera las gracias a sus miembros, a un ex cónsul condenado por concusión, antes incluso de obtener su plena rehabilitación.

III. Como era el confidente de todos los planes y secretos del emperador, el día que Nerón había fijado para asesinar a su madre, Otón, con el fin de alejar cualquier sospecha, ofreció a ambos un banquete, rebosante de exquisita cordialidad. Con el señuelo del matrimonio, sedujo a Popea Sabina —que por entonces era tan sólo amante de Nerón, quien, a su vez, se la había arrebatado a su marido y se la había confiado a Otón—, y, no satisfecho con haberla seducido, la amó hasta tal extremo que ni siquiera pudo soportar a Nerón como rival suyo. Se asegura que no sólo no recibió a los enviados por Nerón para reclamarla, sino que en una ocasión impidió la entrada al propio emperador que, de pie ante las puertas de la casa de Otón, reclamaba en vano su depósito, mezclando ruegos y amenazas. Por ello, Nerón, una vez disuelto su matrimonio con Octavia, lo alejó de Roma, concediéndole a tal fin el gobierno de Lusitania. Este alejamiento le pareció suficiente, para evitar que un castigo mayor pudiera sacar a luz toda aquella farsa, farsa que, a pesar de todo, se hizo pública con este dístico:

¿Preguntáis por qué se disimula con una magistratura el destierro de Otón?
Porque se había convertido en el amante de su mujer.

Otón, a título de cuestor, gobernó la provincia durante diez años, con singular moderación y honestidad.

IV. Cuando, finalmente, se le presentó la oportunidad de vengarse, fue el primero en sumarse a los proyectos de Galba. Pero en aquel mismo momento, concibió también una gran esperanza de llegar él mismo a ser emperador, en parte por la condición de aquellos tiempos, pero, sobre todo, por la afirmación del astrólogo Seleuco. Éste, que ya antaño le había prometido que sobreviviría a Nerón, había ido ahora a visitarle, inesperada y espontáneamente, para prometerle en esta ocasión que, en breve, sería también emperador. Por consiguiente, sin omitir forma alguna de adulación o halagos hacia todos, siempre que recibía al emperador en su casa para cenar, repartía monedas de oro a cada uno de los soldados de la cohorte de guardia e, igualmente, se iba ganando a todos los soldados, a unos de una forma y a otros de otra. A uno de ellos que litigaba con un vecino a causa de los límites de sus fincas, al ser designado él como árbitro compró todo el terreno del vecino y se lo regaló al soldado, de forma que no quedaba ya casi nadie que no sintiese y proclamase que Otón era el único digno de suceder al emperador.

V. Había confiado, en consecuencia, que sería adoptado por Galba y esperaba que sucediese de un día a otro. Pero, cuando sus esperanzas se desvanecieron al ser preferido Pisón a él, se decantó por la violencia, impulsado, no sólo por el resentimiento, sino también por la magnitud de sus deudas. No se le ocultaba, en efecto, que no podría sostenerse, a no ser como príncipe, y que nada importaba caer a manos del enemigo en el campo de batalla o a manos de sus acreedores en el foro. Unos días antes había obtenido de un esclavo del emperador un millón de sestercios a cambio del cargo de intendente que él le había conseguido. Esa cantidad le sirvió de ayuda para sus grandes proyectos. En primer lugar, confió la empresa a cinco soldados de la guardia personal del emperador; luego a otros diez, ya que cada uno de los primeros había propuesto a otros dos. A todos ellos les pagó diez mil sestercios en metálico y les prometió cincuenta mil más. Mediante estos soldados se captó a los restantes, pero no a demasiados, pues tenían la firme esperanza de que la mayoría se pondría de su parte al llegar el momento.

VI. Su intención había sido ocupar el campamento pretoriano inmediatamente después de la adopción y atacar a Galba en palacio mientras cenaba, pero le contuvo la consideración hacia la cohorte que estaba entonces de guardia, para no aumentar los odios contra ella, ya que, estando de guardia esa misma cohorte, había sido asesinado Cayo y abandonado Nerón. Empleó también unos días en consultas religiosas y con su astrólogo Seleuco. Por consiguiente, una vez fijado el día, previo aviso a sus cómplices de que le aguardaran en el foro ante el templo de Saturno, junto al miliario de oro, fue por la mañana a saludar a Galba y, cuando hubo recibido el acostumbrado beso, permaneció a su lado durante los sacrificios y escuchó los augurios de los arúspices. Por último, cuando un liberto le anunció que habían llegado los arquitectos —era esa la señal acordada—, se marchó, como si hubiera de ir a examinar una casa en venta, y, por la puerta posterior de palacio, corrió al lugar convenido. Otros refieren que fingió tener fiebre y que comunicó esa excusa a los que estaban junto a él, por si se le buscaba. Entonces, oculto en una litera de mujer, se dirigió apresuradamente al campamento; pero, habiéndose apeado de ella ante el agotamiento de los porteadores y echado a correr, tuvo que detenerse por habérsele roto un zapato, hasta que, llevado a hombros para evitar retrasarse y saludado como emperador por su comitiva, llegó al campamento entre faustos vítores y desenvainadas espadas, agregándose a ellos todos cuantos se iban encontrando por el camino, como si fueran cómplices y partícipes del complot. Una vez allí, después de enviar soldados para que diesen muerte a Galba y a Pisón, se limitó a declarar en su arenga, para ganarse con sus promesas los ánimos de los soldados, que él se quedaría únicamente con aquello que ellos le dejasen.

VII. Por fin, se presentó en el Senado cuando ya declinaba el día y, después de pronunciar un breve discurso, aparentando haber sido raptado en la calle y obligado a la fuerza a asumir el Imperio, y de afirmar que gobernaría conforme a los comunes deseos de todos, se dirigió a palacio. Además de las lisonjas de los que le felicitaban y adulaban, cuando la chusma le aclamó dándole el nombre de Nerón, no dio la más mínima muestra de rechazar ese título, bien al contrario, como algunos refirieron, en sus primeros documentos oficiales y cartas a algunos gobernadores de provincias, agregó a sus propios nombres el de Nerón. De hecho, toleró que se repusiesen sus bustos y estatuas, repuso a sus libertos y procuradores en los cargos que ocupaban bajo su reinado y la primera disposición que firmó como emperador fue destinar cincuenta millones de sestercios para terminar «La Casa de Oro». Se cuenta que aquella noche, aterrado, emitió profundos gemidos mientras dormía, que fue encontrado por sus servidores echado en el suelo ante su cama y que había intentado aplacar con toda clase de sacrificios expiatorios los Manes de Galba, por quien se había visto en sueños hostigado y expulsado de su lecho. Se dice también que, al día siguiente, al formarse una tormenta mientras tomaba los augurios, cayó al suelo, murmurando sin cesar:

¿Qué necesidad tenía yo de flautas tan grandes?

VIII. Durante aquellos mismos días, los ejércitos de Germania habían jurado fidelidad a Vitelio. Al enterarse Otón de ello, propuso al Senado enviarle una delegación que le hiciese saber que ya había sido elegido un emperador y que le persuadiera a mantenerse en paz y concordia. Además, a través de mensajeros y cartas, ofreció a Vitelio compartir con él el Imperio y convertirse en su yerno. Mas la guerra era ya segura y, al aproximarse los generales y las tropas que Vitelio había enviado por delante, pudo comprobar el afecto y fidelidad hacia su persona por parte de los pretorianos, que estuvieron a punto de exterminar al Senado. Le había parecido conveniente que los soldados de marina transportaran y trajesen armas a Roma con sus naves. Cuando, de noche, introducían éstas en el campamento, recelando algunos pretorianos que se trataba de una intriga contra Otón, provocaron un tumulto y, súbitamente, de forma anárquica, corrieron todos hacia palacio, exigiendo la muerte de todos los senadores. Allí, tras rechazar y dar muerte a algunos de los tribunos que intentaban impedirles el paso, manchados de sangre tal como estaban, irrumpieron en el comedor preguntando dónde estaba el emperador y no desistieron de su actitud hasta que lo vieron. Otón inició su campaña militar sin demora e incluso con precipitación, sin preocuparse lo más mínimo, no sólo de los aspectos religiosos, sino tampoco de que los escudos sagrados hubiesen sido sacados de su sitio y no se hubieran guardado todavía, lo cual, desde la más remota antigüedad, se había considerado de mal augurio; era además el día en el que los seguidores de la madre de los dioses iniciaban sus lamentos y llantos y, por si fuera poco, los augurios eran sumamente desfavorables. En efecto, la víctima sacrificada a Plutón había ofrecido favorables auspicios, siendo así que en los sacrificios a este dios son preferibles los presagios funestos; por otra parte, nada más salir de Roma, tras haberse visto retrasado por las inundaciones del Tíber, se encontró la carretera cortada, junto al vigésimo miliario, por los escombros de los edificios en ruinas.

IX. Con la misma temeridad, por más que nadie dudaba de que lo prudente era demorar la confrontación puesto que el enemigo se vería en apuros a causa del hambre y las dificultades del terreno, Otón decidió entablar combate cuanto antes, fuera porque no podía soportar durante más tiempo su angustiosa espera y confiaba poder lograr una decisiva victoria antes de la llegada de Vitelio, fuera porque no podía contener el ardor de sus soldados que reclamaban el combate. Él, no obstante, no participó personalmente en ninguna acción, manteniéndose en su cuartel general, en Brixelo. Lo cierto es que venció en tres combates, aunque de escasa trascendencia: en los Alpes, cerca de Plasencia y junto al templo de Cástor, en una población de ese nombre. Sin embargo, en la última y más importante batalla, junto a Betriaco, fue vencido merced a una traición, cuando, abierta la esperanza de un acuerdo y después de que hubieran salido los soldados de Otón de su campamento, pensando que iban a establecer las condiciones de paz, de improviso y mientras se intercambiaban los saludos, se vieron obligados a luchar. A partir de ese instante, Otón tomó la decisión de quitarse la vida, según opinan muchos y con razón, más por pudor de obstinarse en conservar el trono para él, a costa de tanto riesgo para el Estado y los ciudadanos, que por haber perdido la esperanza en su victoria o por desconfiar de sus tropas. De hecho, tenía intactas y a su disposición las tropas que había reservado junto a sí para posteriores avatares, estaban llegando además otras de Dalmacia y Panonia y, ni siquiera las que habían sido derrotadas, estaban tan desmoralizadas como para no afrontar voluntariamente cualquier peligro, incluso sin refuerzos, con el fin de vengar la traición sufrida.

X. En esta batalla participó mi padre, Suetonio Leto, como tribuno angusticlavo de la decimotercera legión. Pues bien, más tarde solía comentar a menudo que Otón, incluso cuando todavía era un simple ciudadano, detestaba hasta tal punto las confrontaciones civiles que, al recordar un comensal durante un banquete la muerte de Casio y de Bruto, se echó a temblar horrorizado; añadía que Otón no se habría levantado jamás contra Galba, si no hubiera confiado en que la situación podía resolverse sin llegar a la guerra. Explicaba también que era el ejemplo de un soldado raso el que le había llevado entonces al desprecio de su propia vida; dicho soldado, al anunciar la derrota del ejército y no darle nadie crédito acusándolo de mentiroso y cobarde, como si hubiese huido del campo de batalla, atravesándose con su propia espada cayó a los pies de Otón. Continuaba diciendo mi padre que Otón, al ver esa prueba de valor, había proclamado que, en adelante, no pensaba abocar a la muerte a semejantes soldados, a quienes tanto debía. En consecuencia, después de aconsejar a su hermano, al hijo de su hermano y a cada uno de sus amigos a ponerse a salvo como cada uno pudiera, los despidió a todos con un abrazo y un beso y, retirándose a un lugar apartado, escribió dos cartas de consuelo a su hermana y a Mesalina, la viuda de Nerón, con la que había pensado contraer matrimonio, encomendándoles sus restos mortales y su recuerdo. Luego, quemó todas las cartas que tenía, para no poner en peligro ni perjudicar a nadie ante el vencedor. Repartió también entre sus servidores el dinero de que disponía en aquellos momentos.

XI. Preparado, pues, de esta forma y dispuesto ya a suicidarse, observó Otón, al originarse en el ínterin un gran tumulto, que todos aquellos que comenzaban a marcharse y a abandonar el campamento eran detenidos e injuriados como si fueran unos desertores. Dijo entonces: «Añadamos todavía esta noche a mi vida» (éstas fueron textualmente sus palabras) y prohibió que se ejerciese violencia alguna contra nadie. Luego, abierta su habitación de par en par hasta muy tarde, estuvo a disposición de todos por si alguno quería entrar a hablar con él. Después, calmando su sed con un vaso de agua helada, cogió dos puñales y, tras comprobar el filo de ambos, colocó uno de ellos bajo la almohada y, con las puertas abiertas, se sumió en un profundo sueño. Cuando, hacia el amanecer, se hubo despertado, se atravesó de un solo golpe bajo la tetilla izquierda y, ya ocultando, ya mostrando la herida a los que irrumpieron en su habitación a sus primeros gemidos, expiró. Fue rápidamente enterrado, pues así lo había dispuesto, a los treinta y ocho años de edad, tras noventa y cinco días de reinado.

XII. Tanta grandeza de ánimo por parte de Otón no se ajustó en absoluto ni a su físico ni a sus hábitos. Se dice, en efecto, que fue de mediana estatura, con los pies planos y patizambo. Con unos cuidados casi femeninos en su acicalamiento, se depilaba el cuerpo y, debido a la escasez de sus cabellos, llevaba en su cabeza una peluca adaptada y fija, que nadie notaba; más aún, se afeitaba la cara cada día y solía friccionársela después con pan mojado; había adoptado esa costumbre desde su primer bozo, de modo que nunca llevó barba. Se dice también que participó con frecuencia y abiertamente en el culto de la diosa Isis, llevando la vestidura de lino propia de esa religión. Por todo lo cual considero que, el hecho de que su muerte no armonizara en absoluto con lo que había sido su vida, fue causa de mayor sorpresa todavía. Muchos de los soldados presentes, besando entre grandes llantos las manos y pies de su cadáver y proclamando que era el más valiente de los hombres y su único emperador, se quitaron inmediatamente la vida, allí mismo, junto a la pira funeraria. Muchos también de los ausentes, cuando recibieron la noticia de su muerte, desolados por el dolor se arrojaron unos contra otros con sus armas desenvainadas hasta que murieron todos ellos. Por último, mucha gente que mientras Otón vivía lo había detestado profundamente, una vez muerto lo cubrió de elogios, hasta el punto que se hizo opinión general que había matado a Galba, no tanto por deseo de reinar, cuanto para restituir la República y la libertad.

Vitelio

I. Sobre el origen de los Vitelios, las fuentes nos proporcionan versiones, no sólo muy diversas, sino incluso opuestas. Unas afirman que se trataba de un linaje antiguo e ilustre; otras, que era reciente y oscuro, e incluso sórdido. Mi propia opinión sería que esa discrepancia se produjo a causa de los adoradores y de los detractores del emperador Vitelio, si no fuera que ya con anterioridad habían existido divergencias sobre la condición de su familia. Se conserva aún el opúsculo que Quinto Elogio hizo para Quinto Vitelio, cuestor del divino Augusto, en el que se afirma que los Vitelios, surgidos de Fauno, rey de los Aborígenes, y de Vitelia, venerada en muchos lugares como una diosa, gobernaban todo el Lacio; que la última rama de esta familia se trasladó del país de los sabinosaRoma y que fue adscrita entre las familias patricias. Se dice también que, como huellas de este linaje, permanecieron durante mucho tiempo la vía Vitelia, que iba desde el Janículo hasta el mar, e, igualmente, una colonia con el mismo nombre, que, en la antigüedad, los Vitelios reclamaron defender contra los equículos con tropas de su propia familia. Asegura, por último, que en los días de la guerra contra los samnitas, con ocasión de haberse enviado refuerzos a Apulia, algunos de los Vitelios se establecieron en Nuceria y que sus descendientes, tras un largo período de tiempo, regresaron de nuevo a Roma y a su condición senatorial.

II. Muchos historiadores, por el contrario, aseguran que el fundador del linaje fue un liberto. Casio Severo y otros muchos añaden que ese liberto fue un zapatero remendón, cuyo hijo, tras acumular una gran fortuna con las subastas y sus actuaciones como acusador público, se casó con una ramera, hija de un tal Antíoco, que ejercía como panadero, y tuvo de ella un hijo que llegó a ser caballero romano. Pero, cuando hay posturas tan divergentes, la más probable es la intermedia. La realidad es que Publio Vitelio, nacido en Nuceria, ya de rancio abolengo, ya de padres y abuelos motivo de vergüenza, caballero romano e intendente de Augusto, dejó cuatro hijos, todos ellos con el mismo sobrenombre y que se distinguían tan sólo por el nombre propio: Aulo, Quinto, Publio y Lucio, que escalaron las más altas dignidades. Aulo, amante del lujo y famoso por la magnificencia de sus convites, murió durante su propio consulado, que había comenzado con Domicio, el padre de Nerón. Quinto fue privado del orden senatorial, cuando, por iniciativa de Tiberio, se decretó que fueran apartados y destituidos los senadores menos idóneos. Publio, íntimo amigo de Germánico, acusó e hizo condenar a Cneo Pisón como enemigo y asesino de Germánico. Después de haber ejercido el cargo de pretor, al ser detenido como uno de los cómplices de Sejano y ser confiado a la custodia de su hermano, se abrió las venas con un estilete de escritura, pero luego permitió que le vendaran y curasen, no tanto por arrepentirse de haber intentado suicidarse cuanto por las súplicas de los suyos, y murió posteriormente de enfermedad, estando todavía bajo custodia de su hermano. Lucio, nombrado gobernador de Siria al acabar su consulado, persuadió con gran habilidad a Artabán, rey de los partos, no sólo a entrevistarse con él, sino incluso a rendir homenaje a las enseñas de las legiones. Luego, tras dos consulados ordinarios con el emperador Claudio como colega, ejerció, también con él, el cargo de censor. Asumió la regencia del Imperio en ausencia de Claudio, durante la expedición militar de éste a Britania. Era hombre íntegro y hábil, pero muy desacreditado por sus amores con una liberta, con cuya saliva mezclada con miel, a manera de medicina, se cuidaba los bronquios y la garganta; y no a escondidas y de cuando en cuando, sino abiertamente y cada día. De admirable ingenio para la adulación, fue también el primero que introdujo la costumbre de adorar a Cayo César como a un dios, cuando, a su regreso de Siria, no se atrevió a presentarse ante Calígula, sino llevando cubierta la cabeza, girando a su alrededor y, por último, cayendo de rodillas a sus pies. Para no escatimar recurso alguno a fin de ganarse a Claudio, que estaba completamente dominado por sus mujeres y libertos, rogó a Mesalina, como favor personal, que le mostrara sus pies para descalzarlos; cuando le hubo quitado el zapato derecho, lo guardó y llevó siempre entre la toga y la túnica, y de vez en cuando lo besaba. Rindió culto también, entre sus propios Lares, a los bustos de oro de Narciso y Palante. Suya es igualmente la frase «que puedas repetirlos muchas veces», cuando felicitaba a Claudio por la celebración de los juegos seculares.

III. Murió de parálisis, al día siguiente de haber sufrido un ataque de esta enfermedad, dejando dos hijos, habidos de Sextilia, mujer sumamente honesta y noble. Llegó a ver cómo sus dos hijos eran nombrados cónsules, ambos en el mismo año y todo entero, al haber sucedido, a los seis meses, el hermano menor al mayor. Cuando murió, el Senado le honró con públicas exequias y con una estatua ante los rostra con la siguiente inscripción: «de inquebrantable lealtad para con el emperador». El emperador Aulo Vitelio, hijo de Lucio, nació el día ocho de las calendas de octubre o, según afirman algunos, el siete de los idus de septiembre, durante el consulado de Druso César y Norbano Flaco. La carta astral que le habían descifrado los astrólogos inspiró tal horror a sus padres, que su padre procuró con todas sus fuerzas, mientras estuvo vivo, que no le fuese confiada ninguna provincia y su madre, cuando Aulo fue enviado junto a las legiones y éstas le proclamaron emperador, le lloró inmediatamente, como si ya estuviera muerto. Pasó en Capri su infancia y primera adolescencia, entre los putos de Tiberio, quedando él personalmente infamado para toda su vida como uno de los «spintrias» del emperador y asegurándose que la prostitución de su cuerpo había sido el inicio y la causa del auge político de su padre.

IV. Durante los siguientes años de su vida, encenagado en toda clase de vicios, ocupó un lugar importante en palacio: con Cayo, como auriga; con Claudio, por su afición al juego; pero fue sobre todo estimado por Nerón, no sólo por las mismas razones que hemos expuesto, sino también por haberle prestado un servicio muy especial, ya que, como presidente del certamen «Neroniano», y puesto que el emperador deseaba competir entre los citaredos, sin atreverse a inscribirse a pesar de que todos se lo pedían, y por ese motivo se había marchado del teatro, Vitelio le hizo volver, alegando que había recibido ese encargo del pueblo que insistía en que se quedase, ofreciéndole así un pretexto para dejarse convencer.

V. Así pues, gracias al favor de estos tres emperadores, no sólo se fue encumbrando con las más ilustres magistraturas y sacerdocios, sino que, después de éstas, gobernó como procónsul la provincia de África y administró la intendencia de las obras públicas, con desigual entrega y prestigio. En la provincia, demostró una singular honestidad durante dos años ininterrumpidos, al permanecer en ella como legado de su hermano, que le había sucedido como gobernador. En cambio, se decía que, en el desempeño de su cargo en Roma, había robado y cambiado ofrendas y elementos de ornato de los templos, sustituyendo los de oro y plata, por otros de latón y estaño.

VI. De su matrimonio con Petronia, hija de un ex cónsul, tuvo a Petroniano, que era tuerto. Como éste había sido designado heredero por su madre, a condición de no estar sujeto a la patria potestad, Vitelio lo emancipó y al poco tiempo, según se cree, lo asesinó, acusándole, además, de parricidio, como si se hubiese bebido por remordimiento el veneno que había preparado para envenenarlo a él. Casó más tarde con Galeria Fundana, hija de un ex pretor. De ella tuvo también dos hijos, uno de cada sexo, pero el hijo varón resultó tartamudo, casi mudo e incapaz de hablar.

VII. Galba, inesperadamente, lo envió como gobernador a Germania inferior. Creen algunos que Vitelio tuvo la ayuda y el respaldo de Tito Vinio, sumamente influyente en aquellos días, cuyo favor se había granjeado ya desde hacía tiempo por ser ambos partidarios de los Azules; el hecho, sin embargo, de que Galba hubiese manifestado públicamente que nadie era menos temible que el que sólo piensa en comer y que Vitelio, con los recursos de la provincia, podría saciar su insaciable gula, puso en evidencia para todo el mundo que el nombramiento se debía más al desprecio que a la consideración hacia Vitelio. Se sabe a ciencia cierta que, a punto ya de emprender el viaje, no disponía de los recursos necesarios debido a que la penuria familiar era tan grande que, tras acomodar a su mujer e hijos, que dejaba en Roma en unas habitaciones de alquiler, tuvo que arrendar su propia casa el resto del año y empeñar una gran perla, que arrancó de la oreja de su madre, para poder costear los gastos del desplazamiento. De la multitud de sus acreedores, que le aguardaban y pretendían impedir su viaje, entre ellos los habitantes de Sinuesa y Formia, de cuyas rentas públicas se había apropiado, únicamente pudo liberarse intimidándolos con la amenaza de falsas acusaciones, llegando, de hecho, a acusar por injurias, so pretexto de que le había dado una patada, a un liberto que le reclamaba el pago de su deuda con pertinaz insistencia, y no retiró la acusación hasta que le hubo extorsionado cincuenta mil sestercios. El ejército, molesto con el emperador y predispuesto a la sedición, recibió encantado y con los brazos abiertos, como si de un regalo de los dioses se tratara, al recién llegado general, hijo de un ciudadano tres veces cónsul, en la flor de la edad y con un carácter amable y generoso. Vitelio, por su parte, con sus recientes demostraciones había acrecentado, incluso, esa opinión que ya desde antiguo tenían sobre su persona, besando durante todo el viaje aun a los soldados rasos con los que se encontraba y mostrándose singularmente amable en todos los establos y posadas con los muleros y viajeros, hasta el extremo de interesarse por la mañana «si ya habían almorzado», dando a entender, por su parte, con un eructo que él ya lo había hecho.

VIII. Una vez en el campamento, no negó a nadie petición alguna e incluso, por propia iniciativa, suprimió las notas infamantes a los señalados con ellas, los castigos a los ya condenados y los harapos a los acusados. Por todo ello, apenas pasado un mes, sin tener en cuenta el día ni la hora, después de ser sacado de sus aposentos de repente y al anochecer por los soldados, vestido tal como estaba con ropa de casa, fue saludado como emperador y llevado en volandas por las calles más concurridas, sosteniendo desenvainada la espada del divino Julio, sacada del templo de Marte, que uno de los soldados le había entregado así que comenzaron a vitorearlo. Y no regresó al pretorio hasta que, al estar en llamas el comedor por haber prendido en él el fuego del hogar y ante la general consternación e inquietud, como si se tratase de un funesto presagio, exclamó Vitelio: «Estad tranquilos. Resplandece para nosotros». Ésta fue toda su arenga a los soldados. Por último, al recibir también la adhesión del ejercito de la Germania superior, que era el primero en haberse apartado de Galba en favor del Senado, recibió con satisfacción el sobrenombre de Germánico que todos le habían ofrecido, dejó para más tarde el de Augusto y rechazó para siempre el de César.

IX. Al recibir poco después la noticia de la muerte de Galba, tras poner en orden los asuntos de la provincia, dividió sus tropas para enviar enseguida parte de ellas a enfrentarse con Otón y conducir luego él mismo las restantes. Cuando partía el ejército que había enviado por delante, acaeció un feliz augurio, pues, de súbito, desde el lado derecho, llegó volando un águila que, después de sobrevolar las enseñas, se puso al frente de los soldados que ya habían iniciado la marcha. Por el contrario, cuando el propio Vitelio se ponía en camino, las estatuas ecuestres, que en diversos lugares le habían dedicado, rotas súbitamente las patas, cayeron al unísono y la corona de laurel, con la que con gran respeto se había ceñido, se le cayó a un riachuelo. Poco después, en Viena, cuando impartía justicia en el tribunal, un gallo se puso sobre sus hombros y luego sobre su cabeza. El resultado final respondió a estos prodigios: consolidado, en efecto, como emperador por sus lugartenientes, él, por su parte, fue incapaz de conservar el Imperio en sus manos.

X. Cuando se hallaba todavía en la Galia fue informado de la batalla de Bedriaco y de la muerte de Otón. Entonces, sin dudarlo ni un momento, licenció mediante un único decreto a todas las cohortes pretorianas, por su pésimo ejemplo, y les ordenó entregar sus armas a los tribunos. Ordenó, además, buscar y ejecutar a ciento veinte pretorianos, al haber encontrado sus solicitudes, dirigidas a Otón, reclamando una recompensa por el servicio prestado con el asesinato de Galba; medida, en verdad, egregia y espléndida, que despertaba esperanzas de que sería un excelente emperador, si en sus restantes decisiones no hubiese obrado más en consonancia con su carácter y sus antecedentes que con la majestad del Imperio. Así pues, una vez iniciado su viaje, atravesó en carro las diferentes ciudades con el ceremonial propio de los generales que celebraban el triunfo, surcó los ríos en exquisitos navíos engalanados con toda clase de guirnaldas, se vio abrumado por copiosísimos festines con toda clase de manjares, y todo ello sin la menor disciplina por parte de sus servidores y esclavos, cuyos robos y desmanes se tomaba él a broma. Éstos, no contentos con los banquetes que oficialmente se les ofrecían en todas partes, otorgaban la libertad a quienes les apetecía, azotando y apalizando a los que se enfrentaban a ellos, dejándolos maltrechos en muchas ocasiones y, a veces, llegando a matarlos. Cuando llegó a la planicie donde se había celebrado la batalla, al mostrar su repugnancia algunos de sus camaradas ante el hedor de los cadáveres, tuvo la desfachatez de animarlos con la abominable afirmación de que «un enemigo muerto despedía un delicioso aroma, y que todavía olía mejor, si se trataba de un conciudadano». No obstante, para aliviar el repugnante olor, se bebió delante de todos un largo trago de vino e hizo servirlo a todos los demás. Con la misma frivolidad y arrogancia, al contemplar una lápida con una inscripción en honor de Otón, manifestó que en verdad era digno de ese mausoleo y envió a la colonia Agripina el puñal con el que Otón se había suicidado, para consagrárselo a Marte. Incluso celebró una fiesta nocturna en las cumbres de los Apeninos.

XI. Finalmente entró en Roma al son de las trompetas, revestido con manto de general en jefe y ceñido con su espada, entre enseñas y estandartes, con su séquito vistiendo el capote militar y con sus soldados llevando las espadas desenvainadas. Despreciando cada vez más, de día en día, todo derecho humano y divino, fue nombrado pontífice máximo el día del aniversario de la derrota de Alia, celebró unas elecciones para los próximos diez años y se nombró a sí mismo cónsul a perpetuidad. Y para que nadie abrigara dudas de qué modelo de gobierno iba a elegir, reuniendo en pleno Campo de Marte un gran número de sacerdotes de los cultos oficiales, ofreció un sacrificio a los Manes de Nerón y, en un solemne banquete, solicitó delante de todos a un citaredo de moda que recitase algo del Dominicus, siendo él el primero en aplaudirle, exultante de gozo, cuando comenzó un cántico compuesto por Nerón.

XII. Después de tales comienzos, gobernó una gran parte del Imperio siguiendo tan sólo los consejos y el criterio de uno cualquiera de los comediantes o aurigas de más baja estofa y, en especial, de su liberto Asiático. A este joven, con el que, sumidos en una mutua pasión, mantenía trato carnal, más tarde, por haberse fugado debido al aburrimiento, lo detuvo Vitelio cuando vendía en Putéolos agua avinagrada y lo aherrojó con grilletes, aunque lo liberó enseguida y volvió a gozar de él. Luego, enfadado de nuevo Vitelio a causa de su insolencia y sus hurtos, lo vendió a un lanista ambulante y, habiéndolo reservado para el final del espectáculo, se lo arrebató de nuevo y, finalmente, después de otorgarle el gobierno de una provincia, lo manumitió. En los primeros días de su Imperio, durante una sobremesa, le obsequió con el anillo de oro, a pesar de que aquella misma mañana, cuando todos le pedían que lo hiciera, se había opuesto tajantemente a infligir semejante injuria al estamento ecuestre.

XIII. Dominado especialmente por la gula y la crueldad, se regalaba al día con tres comidas por lo menos y, en ocasiones, con cuatro, a la hora del desayuno, de la comida, de la cena y del resopón, cumpliendo abundantemente con todas ellas, gracias a su costumbre de vomitar. Además, hacía organizar para él, en un mismo día, distintos banquetes a diversos ciudadanos, cuya preparación no costaba a ninguno de ellos menos de cuatrocientos mil sestercios por convite. Fue especialmente célebre, por encima de todos, el banquete que le ofreció su hermano para celebrar su llegada, en el que se dice que se sirvieron dos mil pescados y siete mil aves, todos ellos exquisitamente seleccionados. Pero el propio Vitelio superó esta fastuosidad con la inauguración de una cazuela que, por sus inmensas dimensiones, solía denominarla «el escudo de Minerva, protectora de la ciudad». En ella mezclaba y condimentaba hígados de escaros, sesos de faisanes y pavos reales, lenguas de fenicóptero e intestinos de morenas, animales todos ellos que sus capitanes de barco y sus trirremes habían ido a buscar desde el país de los partos hasta el estrecho de España. No obstante, como era hombre, no sólo de insaciable glotonería, sino de permanente e incluso grosera voracidad, ni siquiera en los sacrificios o en sus viajes se abstuvo de comerse allí mismo, entre los altares, las entrañas y las tortas sagradas que arrebataba del fuego, ni de entrar, cuando viajaba, en las posadas y devorar las viandas, tanto las recién hechas como las del día anterior, e incluso los restos a medio comer.

XIV. Aficionado a dar muerte y condenar al suplicio a cualquiera y por cualquier motivo, se atraía con toda clase de halagos a hombres ilustres, a condiscípulos y coetáneos, como si fueran incluso a compartir con él el Imperio, para asesinarlos después empleando gran variedad de ardides: a uno de ellos llegó incluso a envenenarlo con sus propias manos, ofreciéndole el veneno en un vaso de agua fría que, el otro, durante un acceso de fiebre, le había pedido. Tampoco perdonó la vida a casi ninguno de los usureros, acreedores y arrendatarios públicos que alguna vez le hubiesen reclamado en Roma el pago de sus deudas o, durante algún viaje, los derechos de peaje. A uno de ellos, a quien había entregado para que lo ajusticiasen en el mismo momento en que había acudido a saludarle, enseguida lo hizo llamar de nuevo a su presencia y, mientras todos los presentes alababan su clemencia, ordenó que lo ejecutasen allí mismo, manifestando que deseaba recrearse la vista. A dos hijos, por haberse atrevido a suplicar el perdón de su padre, los condenó a compartir su misma pena. Incluso a un caballero romano que, al ser conducido al suplicio, le decía a gritos: «¡Te he nombrado mi heredero!», le hizo mostrarle las tablillas que contenían el testamento y, cuando leyó en ellas que había sido nombrado heredero junto con un liberto, ordenó que fuera degollado el testador y el liberto. Hizo matar a algunos individuos de la plebe por el simple hecho de haber criticado a los seguidores de los Azules, aduciendo que se habían atrevido a ello impulsados por el desprecio hacia su persona y por la esperanza de un nuevo golpe de Estado. A nadie, sin embargo, odió tanto como a los bufones y a los astrólogos, llegando al extremo de que, si uno de ellos era denunciado, lo condenaba a muerte sin escucharlo siquiera, exacerbado porque, después de su edicto en el que ordenaba que todos los astrólogos salieran de Roma antes de las calendas de octubre, apareció enseguida un cartel que rezaba así: «Los astrólogos, por su parte, deciden que, por el bien común, Vitelio Germánico no se halle en ninguna parte el día de las calendas citado». Se sospechó también que había asesinado a su madre —se rumoreaba que había prohibido que le dieran alimentos cuando ella estaba enferma— debido al augurio de una mujer del país de los catos, a quien él, como si se tratara de un oráculo, creía a pies juntillas, según el cual, gobernaría por fin de forma estable y duradera, si sobrevivía a sus padres. Otros aseguran que su propia madre, harta ya de los presentes días y temerosa de los venideros, le pidió a su hijo que le diera el veneno, a lo que éste accedió sin ninguna dificultad.

XV. Durante el octavo mes de su reinado se sublevaron contra él los ejércitos de Mesia y de Panonia, y también los de Judea y de Siria, provincias estas últimas al otro extremo del mar. Todos ellos juraron fidelidad a Vespasiano, unos en su presencia y otros sin que estuviera presente. En consecuencia, Vitelio, para retener la adhesión y el favor de los restantes ejércitos, repartió dinero a manos llenas sin escatimar ningún recurso, ni público ni privado. También llevó a cabo una leva en Roma con grandes alicientes, pues, no sólo les prometía a los voluntarios el licenciamiento después de la victoria, sino también las recompensas propias de los veteranos y las de la jubilación. Como los enemigos le hostigaban por mar y por tierra, por un lado les opuso a su hermano al frente de la flota, con los reclutas y un cuerpo de gladiadores; y, por el otro, a las tropas y los generales que habían vencido en Bedriaco. No obstante, después de ser vencido o traicionado en todos los frentes, formalizó un pacto con Flavio Sabino, hermano de Vespasiano, para asegurarse su propia vida y un millón de sestercios. A continuación declaró en las escaleras de palacio, ante una numerosa concurrencia de soldados, que renunciaba al Imperio, que había aceptado a la fuerza; no obstante, al pedirle a gritos todos los presentes que no lo hiciera, aplazó la decisión, pero, transcurrida aquella noche, al alba bajó a los rostra, vestido de harapos, y confirmó con muchas lágrimas su renuncia, leyendo un escrito. Al interrumpirle una vez más el ejército y el pueblo, animándole a no ceder el poder y prometiéndole a porfía todos ellos su ayuda, cobró nuevos ánimos y, con un súbito ataque, rechazó hasta el Capitolio a Sabino y a los demás partidarios de Flavio, que se sentían ya plenamente seguros, y, prendiendo fuego al templo de Júpiter Óptimo Máximo, acabó con todos ellos, mientras él, banqueteando, contemplaba la batalla y el incendio desde el palacio de Tiberio. Poco después, arrepentido de esta acción y echando la culpa de ella a los demás, convocó una asamblea en la que juró y obligó a todos a jurar que nada sería más importante para todos ellos que la paz pública. Soltando después el puñal que llevaba al costado, tras ofrecérselo primero al cónsul, luego, al rechazarlo éste, a los magistrados y, finalmente, a cada uno de los senadores, sin que ninguno lo aceptase, se marchó, diciendo que iba a depositarlo en el templo de la Concordia. Pero, al proclamar a gritos algunos de ellos que «él era la Concordia», regresó y no sólo afirmó que retendría el puñal, sino que adoptaría también el sobrenombre de «Concordia».

XVI. Persuadió entonces al Senado a que se enviase una legación, acompañada de las vírgenes Vestales, para pedir la paz o una tregua para deliberar. Al día siguiente, mientras aguardaba la respuesta, sus exploradores le comunicaron que el enemigo se acercaba. Por ello, acto seguido, oculto en una silla gestatoria y con sólo dos acompañantes, el panadero y el cocinero, se dirigió en secreto al Aventino, a su casa paterna, para, desde allí, huir a Campania. Luego, ante el rumor, infundado e incierto, de que se había conseguido la paz, aceptó trasladarse de nuevo a palacio. Cuando se apercibió de que éste estaba desierto, y al huir incluso sus acompañantes, se ciñó un cinturón lleno de monedas de oro y se refugió en el cuarto del portero, atando al perro delante de las puertas y afianzándolas por detrás con el lecho y un colchón.

XVII. Habían irrumpido ya en palacio las avanzadillas del ejército enemigo y, sin que nadie se les opusiese, iban escudriñando, como es habitual, estancia por estancia. Éstos lo sacaron fuera de su escondite, pero al preguntarle quién era, pues no lo conocían, y si sabía dónde estaba Vitelio, los engañó con una mentira. Más tarde, una vez hubo sido reconocido, alegando que tenía que comunicarles algunos detalles importantes para la seguridad de Vespasiano, no cesó de rogarles que, mientras tanto, velaran por él, aunque fuera en la cárcel. Finalmente, atadas las manos a la espalda, sujeto por el cuello con un lazo, desgarrados sus vestidos y semidesnudo, fue arrastrado a lo largo de toda la vía Sacra hasta el foro, entre grandes ultrajes de palabra y obra, tirándole la cabeza hacia atrás por el pelo y colocándole también bajo la levantada barbilla la punta de una espada, como suele hacerse con los criminales, para que así ofreciese su rostro a la vista de todos, sin poderlo bajar. Algunos le arrojaban estiércol y cieno, otros le llamaban a gritos incendiario y glotón, mientras una parte de la chusma se mofaba también de sus defectos físicos; su estatura era, en efecto, exagerada, su rostro enrojecido casi siempre por el exceso de vino, su vientre obeso y una de sus piernas estaba lisiada por un antiguo golpe de una cuadriga, sufrido cuando se exhibía como ayudante de Cayo, siempre que éste participaba como auriga en las carreras de carros. Por último, cerca de las Gemonias, le mataron desgarrándole todo el cuerpo, poco a poco, con medidas puñaladas, y, desde allí, fue arrastrado con un garfio y arrojado al Tíber.

XVIII. Murió, con su hermano y su hijo, a los cincuenta y siete años de edad. Y no erró el vaticinio de aquellos que, acerca del presagio que ocurrió en Viena, tal como ya hemos explicado, predijeron que no anunciaba otra cosa, sino que Vitelio sería sometido por un hombre de la Galia; murió, en efecto, a manos de Antonio Primo, uno de los jefes de las tropas enemigas, que, nacido en Tolosa, había llevado durante su infancia el nombre de Becco, que significa «pico de gallo».

El divino Vespasiano

I. Fue, finalmente, la familia Flavia la que se hizo cargo y consolidó el Imperio, un Imperio largo tiempo vacilante y, a raíz de la sublevación y muerte de los tres últimos emperadores, podríamos decir, a la deriva. La de los Flavios, era ciertamente una familia oscura, sin imágenes de ilustres antepasados, de cuyo poder imperial, sin embargo, no tuvo nunca que lamentarse el Estado, aunque sabemos que Domiciano sufrió un merecido castigo por su codicia y crueldad. Tito Flavio Petro, del municipio de Reate, centurión o uno de los veteranos escogidos de las tropas pompeyanas durante la guerra civil, pudo escapar de la batalla de Farsalia y refugiarse en su casa, donde, tras alcanzar finalmente el perdón y el licenciamiento, ejerció de recaudador de subastas. Un hijo suyo, llamado Sabino, ajeno a la milicia (aunque algunos afirman que llegó a primipilo y otros que, cuando todavía estaba en activo al mando de una cohorte, fue licenciado por motivos de salud), desempeñó en Asia el cargo público de cobrador de impuestos de aduanas. Se conservaban allí estatuas que las ciudades le habían dedicado con esta inscripción: «Al íntegro recaudador». Después ejerció como prestamista en el país de los helvecios y murió allí, dejando esposa —Vespasia Pola— y dos hijos habidos de ella, el mayor de los cuales llegó a prefecto de la ciudad y el menor, Vespasiano, llegó incluso a emperador. Pola, nacida en Nursia de noble alcurnia, tuvo como padre a Vespasiano Polión, tres veces tribuno militar y prefecto de los campamentos, y, como hermano, a un senador que había sido pretor. Existe también una localidad en la cima de una montaña, en el sexto miliario del camino de Nursia a Espoleto, llamada Vespasia, donde se conservan numerosos monumentos de los Vespasios, importante prueba del esplendor y antigüedad de la familia. No voy a negar que algunas fuentes afirmaban que el padre de Petro, oriundo de la región Traspadana, había sido un contratista de los trabajadores que cada año suelen desplazarse desde Umbría al territorio de los sabinos para el cultivo de los campos, y que se estableció en la ciudad de Reate, contrayendo allí matrimonio. Por mi parte, a pesar de haberlo investigado con mucho detenimiento, no he encontrado ninguna prueba de ello.

II. Vespasiano nació en el país de los sabinos, en una pequeña aldea, más allá de Reate, llamada Falacrina, la tarde del día 15 de las calendas de diciembre, durante el consulado de Quinto Sulpicio Camerino y Cneo Popeo Sabino, cinco años antes de la muerte de Augusto. Se educó en casa de su abuela paterna Tertula, en su posesión de Cosa. Por ello, siendo ya emperador, siguió frecuentado con asiduidad su lugar de nacimiento, permaneciendo la aldea tal cual era en tiempos pasados, para evitar, claro está, que faltara nada de lo que sus ojos estaban habituados a contemplar. Guardó también tan hondo cariño al recuerdo de su abuela, que en los días solemnes y festivos utilizaba siempre para beber la pequeña copa de plata de ella. Una vez hubo vestido la toga viril, rechazó durante mucho tiempo la túnica laticlava, a pesar de que su hermano la había aceptado, y únicamente su madre pudo persuadirlo por fin a solicitarla. Mucho le costó también a ella, pero lo consiguió al fin recurriendo más bien al sarcasmo que a los ruegos y a su autoridad, pues le llamaba siempre «el criado de su hermano», con el fin de zaherirlo. Sirvió como tribuno militar en Tracia. Como cuestor, obtuvo por sorteo las provincias de Creta y Cirene. Candidato a edil y más tarde a pretor, consiguió con gran dificultad la edilidad, a la segunda vez y en sexto lugar; la pretura, en cambio, la obtuvo enseguida, a la primera y en primer lugar. Como pretor, para ganarse por todos los medios a Cayo, que odiaba al Senado, reclamó unos juegos extraordinarios para celebrar su victoria en Germania y propuso que, al castigo de los conjurados, se añadiese el arrojar sus cuerpos sin darles sepultura. Le agradeció también, en presencia del Senado, que se hubiese dignado concederle el honor de cenar con él en palacio.

III. A todo esto, contrajo matrimonio con Flavia Domitila, amante de Estatilio Capela, un caballero romano oriundo de Sabrata, en África. Flavia era en un principio de condición latina, pero más tarde fue proclamada de nacimiento libre y ciudadana romana por un juez recuperatorio, ante la declaración de su padre Flavio Liberal, nacido en Ferento y que era simplemente un secretario de cuestor. De Flavia, tuvo a sus hijos Tito, Domiciano y Domitila. Sobrevivió a su mujer y a su hija, habiendo perdido a ambas cuando era todavía un simple particular. Después de la muerte de su esposa, volvió a hacer vida marital con su amante de antaño Cenis —liberta y secretaria de Antonia, de la que había recibido la libertad— e, incluso siendo ya emperador, la mantuvo a su lado, dándole casi la consideración de legítima esposa.

IV. Bajo el reinado de Claudio y por recomendación de Narciso fue enviado a Germania como jefe de una legión. Trasladado de allí a Britania, se enfrentó treinta veces al enemigo. Allí sometió dos tribus sumamente poderosas, más de veinte ciudades y la isla de Vecta, cercana a Britania; parte de sus victorias las consiguió siendo general en jefe del ejército el legado consular Aulo Plaucio y, parte, bajo el mando del propio Claudio. Por todo ello recibió los ornamentos triunfales y, al poco tiempo, un doble sacerdocio, además del consulado, que ejerció durante los dos últimos meses del año. Después, en el intervalo hasta su nombramiento como procónsul, permaneció voluntariamente ocioso y retirado de Roma, por temor a la poderosa Agripina, que todavía vivía en casa de su hijo Nerón y odiaba a los amigos de Narciso, incluso después de la muerte de este último. Más tarde, le tocó en suerte África, que gobernó con absoluta honestidad y gran estimación, si bien, durante un motín en Hadrumeto, le arrojaron algunos nabos. Regresó a Roma sin haberse enriquecido lo más mínimo, hasta el punto de que, agotados ya sus créditos, empeñó todas sus propiedades a su hermano y, para poder sostener su rango, se vio obligado a recurrir a la búsqueda de ingresos como traficante de mulas, por lo que la gente le llamaba «el mulatero». Se dice también que fue declarado culpable de haberle arrancado doscientos mil sestercios a un joven al que, contra la voluntad de su padre, le había conseguido el laticlave y que fue, por esa razón, duramente reprendido. Formando parte del séquito de Nerón durante la incursión artística de este último a Acaya, se granjeó su más profunda enemistad, porque, cuando cantaba el emperador, se marchaba o, si se quedaba, se dormía. En consecuencia, cuando vio que Nerón le había excluido, no sólo de su amistad, sino también del saludo oficial matutino, se retiró a una pequeña y remota ciudad, hasta que, mientras permanecía oculto y lleno de miedo, se le ofreció una provincia con el correspondiente ejército. Por todo el Oriente se había propalado la vieja y persistente profecía de que estaba dispuesto por los hados que, por aquellos mismos días, alguien, salido de Judea, se haría con el poder absoluto. Esta predicción se refería al emperador romano, como quedó aclarado posteriormente por los acontecimientos, pero los judíos, aplicándosela a ellos mismos, se sublevaron y, tras asesinar al gobernador de Judea y también al legado consular de Siria, que había acudido en su ayuda, huyeron con un águila que le habían arrebatado. Como, para sofocar este levantamiento, se hacía necesario un ejército mayor y un jefe enérgico a quien poder confiar con garantías tan importante empresa, se eligió a Vespasiano como el más capacitado, porque, además de ser un general de pericia comprobada, no inspiraba ningún temor por la humildad de su linaje y reputación. Reforzadas, pues, sus tropas con dos legiones, ocho alas de caballería y diez cohortes y nombrando entre los jefes de legión a su propio hijo mayor,Vespasiano, tan pronto como llegó a la provincia, se ganó también el apoyo de las provincias próximas por haber restablecido de inmediato la disciplina castrense y haber entablado un combate tras otro con tal intrepidez, que, en el asalto a una plaza fuerte, recibió en una rodilla el impacto de una piedra y numerosas flechas se clavaron en su escudo.

V. Después de Nerón y Galba, mientras Otón y Vitelio combatían para hacerse con el Imperio, Vespasiano concibió esperanzas de lograr el trono imperial, esperanzas albergadas ya desde antiguo merced a numerosos presagios. En la finca de los Flavios, en los aledaños de Roma, una añosa encina, consagrada a Marte, hizo brotar de su tronco, en cada uno de los tres partos de Vespasia, otras tantas ramas, presagios indiscutibles del destino de cada uno de ellos: fue la primera de ellas pequeña y rápidamente agostada, y, en consecuencia, la niña recién nacida murió antes del primer año; la segunda fue robusta y espléndida y vaticinaba, por tanto, una notable prosperidad; la tercera era como un árbol. Cuentan que, por ese motivo, Sabino, su padre, con la confirmación también por parte de los arúspices, comentó a su madre que le había nacido un nieto que sería emperador; pero que ella se limitó a estallar en carcajadas, sorprendida de que, estando ella todavía en sus cabales, su hijo ya chochease. Más tarde, cuando Cayo César, encendido de cólera porque Vespasiano, que entonces era edil, no se había preocupado de barrer las calles, ordenó que los soldados lo cubriesen de lodo y éstos lo arrojaron en el pliegue de su toga pretexta; no faltaron quienes presagiaron que llegaría un tiempo en que la República, pisoteada y desierta por disensiones civiles, se acogería a su protección, como si de un regazo se tratase. En otra ocasión, mientras estaba comiendo, un perro vagabundo trajo de la calle una mano humana y la depositó junto a la mesa. De nuevo mientras cenaba, un buey de labranza, sacudiéndose el yugo, irrumpió en el comedor y, cuando hubieron huido los sirvientes, se tumbó a los pies de Vespasiano, que continuaba recostado, y humilló la cabeza. Además, un ciprés que se hallaba en su casa familiar, fue arrancado de raíz y derribado, sin que mediase ninguna violenta tormenta, pero, al día siguiente, volvió a alzarse más verde y robusto. En Acaya, soñó que el comienzo de la prosperidad para sí mismo y para los suyos se produciría al mismo tiempo que se le arrancase un diente a Nerón; pues bien, sucedió que al día siguiente, al entrar en el atrio, el médico le mostró un diente que le acababa de ser arrancado. En Judea, cuando consultó el oráculo del dios del Carmelo, las suertes le reconfortaron hasta el punto de prometerle que todo lo que pensase y planificase, por grande que fuese, se cumpliría; además, uno de los nobles apresados, un tal Josefo,al ser aherrojado con grilletes, aseguró insistentemente que en breve sería liberado por el propio Vespasiano, pero ya como emperador. También desde Roma llegaban noticias de presagios; se decía que, en sus últimos días, Nerón había sido advertido en sueños de que debía sacar las andas de Júpiter Óptimo Máximo de su templo y llevarlas a la casa de Vespasiano y, de allí, al circo; que poco tiempo después, al abrir Galba los comicios en los que fue elegido cónsul por segunda vez, la estatua del divino Julio se giró espontáneamente hacia el Oriente; se decía también que en la batalla de Bedriaco, justo antes de iniciarse, lucharon dos águilas a la vista de todos y que, vencida una de ellas, apareció una tercera, procedente de Oriente, y ahuyentó a la vencedora.

VI. No obstante, a pesar de que los suyos estaban totalmente a punto y de que se lo reclamaban insistentemente, Vespasiano no intentó nada antes de sentirse incitado a ello en virtud de la fortuita muestra de adhesión de algunas tropas a las que no conocía personalmente y que estaban estacionadas lejos de allí. Los dos mil soldados, seleccionados entre las tres legiones del ejército de Mesia, que habían sido enviados en auxilio de Otón, después de haberse puesto en camino recibieron la noticia de la derrota y suicidio de éste, pero no por ello dejaron de avanzar hasta Aquileya, como si no dieran crédito a la noticia. Como, dadas las circunstancias y la falta de disciplina, se habían entregado allí a toda clase de desmanes, temerosos de que a su regreso tendrían que rendir cuentas de ello y sufrir el correspondiente castigo, decidieron escoger y nombrar un nuevo emperador; en efecto, no se consideraban inferiores al ejército de España, al pretoriano o al de Germania, que habían elegido y nombrado, respectivamente, a Galba, Otón y Vitelio. En consecuencia, después de barajar los nombres de los diferentes legados consulares, que en aquellos momentos tenían mando, y de rechazarlos a todos ellos por unos u otros motivos, como unos soldados de la tercera legión, que ala muerte de Nerón había sido trasladada de Siria a Mesia, hicieron grandes elogios de Vespasiano, lo aceptaron todos los demás y al momento inscribieron su nombre en todos sus estandartes. La intentona fue entonces sofocada, al ser reducidas de nuevo a la obediencia durante algún tiempo esas tropas. Divulgado, sin embargo, el suceso por el resto del Imperio, Tiberio Alejandro, gobernador de Egipto, fue el primero en hacer jurar a sus legiones fidelidad a Vespasiano el día de las calendas de julio, día que en lo sucesivo fue considerado como el del inicio de su reinado. El ejército de Judea prestó el mismo juramento, en presencia del propio Vespasiano, el día quinto de los idus de julio. Contribuyó en gran manera a sus proyectos la difusión de la copia de una carta, fuera verdadera o falsa, dirigida a Vespasiano por el difunto Otón, en la que, en desesperada súplica, le encargaba que le vengase y acudiese en ayuda del Estado, así como el hecho de que, simultáneamente a esa carta, se difundiese el rumor de que el vencedor Vitelio había decidido cambiar de lugar los cuarteles de invierno y trasladar las legiones de Germania a Oriente, para que la vida castrense fuera más segura y cómoda, y, por último, el que, entre los gobernadores de provincias, Licinio Muciano,y, entre los reyes, el de los partos, Vologeso, tomaran decidido partido por él: aquél, deponiendo la enemistad que, por motivos de rivalidad, había demostrado abiertamente hasta entonces en contra de Vespasiano, le prometió el apoyo del ejército de Siria; Vologeso, por su parte, le prometió cuarenta mil arqueros.

VII. Emprendida, pues, la guerra civil y enviados por delante jefes y tropas a Italia, Vespasiano se trasladó por el momento a Alejandría, para tener las llaves de Egipto. Una vez allí, después de haber hecho retirarse a todos, entró él solo en el templo de Serapis a fin de tomar los auspicios sobre la fortaleza de su reinado. Cuando, tras aplacar al dios con sacrificios, finalmente se volvió, le pareció que el liberto Basílides le ofrecía, como suele hacerse allí, guirnaldas, coronas y tortas; le constaba, sin embargo, que nadie había permitido el acceso a Basílides, que desde hacía tiempo apenas podía andar, debido a una enfermedad nerviosa, y que se encontraba lejos de allí. Al momento le llegó una carta informándole que las tropas de Vitelio habían sido aplastadas junto a Cremona y que el propio Vitelio había sido asesinado en Roma. Le faltaba todavía a Vespasiano prestigio y, por así decirlo, cierta majestuosidad, puesto que se trataba de un emperador reciente e imprevisto; pero también consiguió esas cualidades. Dos individuos de la plebe, privado uno de la vista y el otro inválido de una pierna, se acercaron juntos a Vespasiano, mientras estaba éste sentado en el tribunal, rogándole que les curase, tal como en sueños se lo había revelado Serapis: que, si se los humedecía con su saliva, devolvería sus ojos al ciego, y que, si le tocaba con su zapato, devolvería la fortaleza de su pierna al tullido. Aunque le costaba creer que hubiera ninguna posibilidad de producirse la curación y no se atrevía, por tanto, a intentar nada, por último, ante los ruegos de sus amigos, decidió intentarlo públicamente, delante del pueblo, y no le decepcionó el resultado. Por aquellos mismos días en Tegea, en Arcadia, por iniciativa de unos adivinos, se desenterraron en un lugar sagrado unos vasos muy antiguos y en ellos se encontró grabada una efigie muy parecida a Vespasiano.

VIII. Después de regresar a Roma, acompañado de tan gran prestigio, y de celebrar el triunfo por su campaña en Judea, añadió ocho consulados al que ya había desempeñado hacía tiempo. Asumió también el cargo de censor y, durante todo el tiempo que fue emperador, nada fue más importante para él, que, en primer lugar, estabilizar el estado, tambaleante y en situación casi desesperada, y, después, embellecerlo. Los soldados, confiados unos en la victoria obtenida y amargados otros por el dolor de la derrota, se entregaban a toda clase de atropellos y desmanes; pero también las provincias y las ciudades libres, así como algunos reinos, se hostigaban entre sí encarnizadamente. Por ese motivo, Vespasiano licenció o refrenó a la mayoría de los soldados de Vitelio, pero tampoco, a los que habían participado en su victoria, les dejó pasar lo más mínimo, hasta el extremo de que, incluso las recompensas legítimas y oficiales, se las líquido con retraso. Y para demostrar que no dejaba pasar ni una ocasión de restablecer la disciplina, cuando un joven, sumamente perfumado, acudió a agradecerle una prefectura que le había concedido, con un gesto de rechazo le reprendió con duras palabras, diciéndole: «Hubiera preferido que olieses a ajo» y revocó la dignidad que le había otorgado. Cuando los soldados de la flota, que por turno iban y venían a pie de Ostia y de Putéolos a Roma, le pidieron que se les asignase una cantidad de dinero en concepto de calzado, como si fuera poco haberlos despedido sin respuesta por su parte, ordenó que, en adelante, se desplazaran descalzos. Y desde entonces así lo hacen. Redujo Acaya, Licia, Rodas, Bizancio y Samos a provincias romanas, tras privarlas de la libertad de que disfrutaban, y lo mismo hizo con Tracia, Cilicia y Comagena, que hasta entonces ostentaban la condición de reinos. Asignó más legiones a Capadocia, a causa de las continuas incursiones de los bárbaros, y le puso al frente a un legado consular, en lugar de un caballero romano. Roma estaba afeada por los antiguos incendios y los escombros: Vespasiano permitió a cualquier ciudadano ocupar y edificar los solares, si sus propietarios no lo hacían. Por su parte, cuando acometió la reconstrucción del Capitolio, fue el primero en remover con sus propias manos los escombros y sacó algunos de ellos cargándoselos al cuello. Acordó también que se habían de reproducir las tres mil tablas de bronce que habían ardido junto con el Capitolio, buscando facsímiles de ellas por todas partes; se trataba, en efecto, de los documentos más preciados y antiguos del Imperio, pues contenían los decretos del Senado, casi desde sus inicios, los plebiscitos referentes a las alianzas y tratados de paz, y los privilegios concedidos a quienquiera que fuese.

IX. Hizo también nuevas obras públicas, como el templo de la Paz, próximo al foro, y el del divino Claudio, en el monte Celio, comenzado por Agripina, pero demolido casi por completo por Nerón. Construyó también un anfiteatro en el centro de la ciudad, tal como había averiguado que lo había proyectado Augusto. Depuró y completó los estamentos senatorial y ecuestre, diezmados por las continuas ejecuciones y contaminados por una repetida desidia; para ello realizó un nuevo censo de los senadores y del orden ecuestre, expulsando a los más indignos y añadiendo a los más honestos, aunque fueran itálicos o de las provincias. Y para que constase que ambos órdenes se distinguían entre sí, no tanto por los privilegios cuanto por su rango, en un pleito entre senadores y caballeros dictaminó que no estaba permitido injuriar a los senadores, pero que sí lo estaba responder a sus injurias.

X. Las listas de litigios habían ido creciendo desmesuradamente en todas partes, al continuar los antiguos sin resolverse, debido a la interrupción de la actividad judicial, y al haberse añadido otros nuevos, por las circunstancias y confusión de la situación actual; pues bien, Vespasiano eligió por sorteo algunos jueces mediante los cuales se restituyesen a sus propietarios los bienes que les habían sido arrebatados por la guerra, y, otros, que resolvieran y redujeran al mínimo los procesos correspondientes al tribunal de los centunviros, que debían resolver ellos mismos por procedimientos sumarísimos, pues no parecía que la edad de los litigantes pudiera resistir el procedimiento ordinario.

XI. Las pasiones y la lujuria habían tomado carta de ciudadanía, al no haber nadie que las refrenara. Vespasiano fue el promotor del decreto del Senado, según el cual, toda mujer que se acostara con un esclavo que no fuera de su casa, sería también ella considerada como esclava, y que los usureros no tuvieran nunca el derecho de exigir a los hijos de familia los créditos concedidos, es decir, ni siquiera después de la muerte de los padres.

XII. Ya desde los mismos comienzos de su reinado se mostró humanitario y clemente en todos los demás asuntos, sin disimular nunca la humildad de sus orígenes e incluso vanagloriándose frecuentemente de ello. Más aún, fue el primero en burlarse de algunos aduladores que pretendían relacionar al fundador del linaje de los Flavios con los fundadores de Reate y con un compañero de Hércules, cuya tumba todavía subsiste en la vía Salaria. Nunca tuvo la más mínima ambición por los oropeles externos del poder, hasta el extremo de que el día en que celebraba su triunfo, agotado por la lentitud y el hastío del cortejo, no se retuvo en confesar que «le estaba bien empleado por haber ambicionado estúpidamente, siendo ya viejo, el triunfo, como si fuera algo que se debía a sus antepasados o que él mismo hubiera nunca esperado». Tampoco aceptó al principio, sino hasta mucho después, la potestad tribunicia ni el título de padre de la patria. Además, incluso estando todavía en plena guerra civil, había suprimido la costumbre de registrar a los que acudían a saludarle.

XIII. Soportó con mucha paciencia la franqueza de sus amigos, las alusiones de los abogados y la impertinencia de los filósofos. A Licinio Muciano, de conocida tendencia a la sodomía y que, amparándose en los servicios que le había prestado, le trataba con muy poco respeto, evitó siempre censurarle, a no ser en particular y con tal delicadeza que, a un amigo común que se quejaba de ello, Vespasiano le replicó simplemente: «Yo, sin embargo, soy un hombre». A Servio Liberal, que en la defensa de un cliente muy rico se había atrevido a decir: «¿Qué le importa a César si Hiparco tiene cien millones de sestercios?», Vespasiano le felicitó personalmente por ello. Un día se encontró por casualidad en una calzada con Demetrio el Cínico, a quien acababa de condenar, sin que éste se dignase levantarse ni tan sólo saludarle, apostrofándolo además con no sé qué improperio; Vespasiano se limitó a llamarle «perro».

XIV. Hombre nada rencoroso ni vengativo con sus ofensores y enemigos, casó con todo esplendor a la hija de su enemigo Vitelio, dándole una generosa dote y equipándole su casa. Cuando, al serle prohibido el acceso a palacio durante el gobierno de Nerón, preguntó aterrado qué tenía que hacer o adónde ir, uno de los ujieres de Nerón, al tiempo que le echaba de allí, le dijo que «se fuera al diablo». Cuando más adelante este mismo ujier le imploraba su favor, Vespasiano se limitó a responderle airado en sus mismos términos, casi palabra por palabra. Más aún, se mostró siempre tan reacio a condenar a alguien a impulsos del miedo o de alguna sospecha, que, cuando todos sus amigos le aconsejaban que tomara medidas contra Mecio Pompusiano, porque la gente creía que el horóscopo de este individuo le auguraba el poder imperial, él lo nombró cónsul, asegurando que algún día Mecio se acordaría de este favor.

XV. Sería difícil encontrar a ningún inocente que hubiese sido condenado durante su reinado, a no ser en su ausencia o sin su conocimiento, y, ciertamente en contra de su voluntad y con gran disgusto por su parte. A Helvidio Prisco, quien a su regreso de Siria se había limitado a presentar sus respetos a Vespasiano como si se tratara de un simple ciudadano y durante su pretura le había ignorado en todos sus edictos sin la menor mención ni respeto hacia su persona, no le convirtió en blanco de su cólera hasta que, por sus desmedidas y altaneras insolencias, tuvo que ser llamado al orden. Pues bien, incluso a éste, a quien primero había desterrado y más tarde había ordenado que dieran muerte, se esforzó en mantenerlo vivo a cualquier precio, enviando mensajeros que dieran contraorden a los asesinos que le había enviado. Y lo habría salvado si no le hubieran mentido diciéndole que ya había sido ejecutado. Por lo demás, nunca se alegró de la muerte de nadie, e incluso lloró y lamentó las merecidas ejecuciones.

XVI. Tan sólo se le puede culpar justificadamente de avidez de dinero. No contento con haber revocado las exenciones de impuestos concedidas por Galba, añadió otros nuevos y más onerosos, aumentó los tributos de las provincias —llegó a duplicar los de algunas de ellas— y practicó abiertamente algunas especulaciones que incluso para un simple particular hubieran sido motivo de vergüenza, comprando algunos bienes simplemente para revenderlos después por más dinero. No dudó tampoco en vender magistraturas a los candidatos e indultos a los acusados, tanto a los culpables como a los inocentes. También se cree que deliberadamente acostumbraba a ascender a las más altas responsabilidades a los más rapaces de sus procuradores, para poderlos condenar más tarde cuando se hubieran hecho más ricos; la gente decía que los utilizaba a manera de esponjas, porque era como si los empapase cuando estaban secos para exprimirlos más tarde. Afirman algunos que era sumamente codicioso por naturaleza y que así se lo echó en cara un viejo boyero quien, al serle denegada la libertad gratuita que había pedido a Vespasiano cuando éste accedió al trono imperial, proclamó a gritos que «la zorra cambia de pelaje, pero no de costumbres». Por el contrario otros aseguran que fue la necesidad la que le indujo al pillaje y a la rapiña, debido a la penuria del erario público y del fisco, de la que dio testimonio ya desde el principio de su reinado cuando declaró que eran necesarios cuarenta mil millones de sestercios para que pudiera subsistir el estado. Parece que esta última opinión era la más cercana a la verdad, puesto que hizo un excelente uso del dinero, tan irregularmente obtenido.

XVII. Sumamente generoso con toda clase de personas, completó la fortuna de algunos senadores, mantuvo con una pensión anual de quinientos mil sestercios a los ex cónsules arruinados, reconstruyó, mejorándolas, las ciudades de todo el orbe que habían sido asoladas por terremotos o incendios y favoreció al máximo a los hombres de talento y a las artes.

XVIII. Fue el primero en instituir, a expensas del fisco, una pensión anual de cien mil sestercios para los retóricos latinos y griegos; obsequió también con un considerable donativo en dinero a los poetas ilustres, a los artistas y al restaurador de la Venus de Cos y del Coloso. Ofreció también una importante recompensa por su idea a un ingeniero que prometía que, con muy poco coste, transportaría unas enormes columnas al Capitolio, pero abandonó el proyecto después de decirle que «le dejara alimentar a su pueblo más necesitado».

XIX. Durante los juegos con los que inauguraba la reconstruida escena del teatro de Marcelo, hizo salir de nuevo a escena a antiguos artistas. Regaló al actor trágico Apela cuatrocientos mil sestercios; a los citaredos Terpno y Diodoro, doscientos mil a cada uno; a otros, cien mil y, a los demás, cuarenta mil sestercios como mínimo, además de numerosas coronas de oro. Celebraba también frecuentes banquetes, la mayoría de las veces muy completos y suntuosos, para ayudar a los comerciantes de los mercados. Del mismo modo que en la sobremesa ofrecía regalos a los hombres durante las Saturnales, se los ofrecía a las mujeres en las calendas de marzo. Pero, sin embargo, ni siquiera así pudo librarse de su antigua fama de codicia. Los habitantes de Alejandría se obstinaron en denominarlo Cibiosactes, que era el apodo de uno de sus reyes, prototipo de la más sórdida avaricia. Incluso durante sus exequias, cuando Favor, el jefe de los mimos —que llevaba una máscara con los rasgos de Vespasiano e imitaba los gestos y las palabras de éste, cuando estaba vivo—, preguntó a los intendentes cuánto costaba el funeral y el cortejo fúnebre y escuchó que el coste era de diez millones de sestercios, exclamó: «Dadme cien mil sestercios y arrojad mi cuerpo al Tíber».

XX. Fue de estatura proporcionada, miembros recios y firmes, y un rostro como congestionado por un esfuerzo. Por ello, un bromista a quien Vespasiano le pedía que le dijera algo también sobre él, le contestó con sorna: «Te lo diré, cuando acabes de aliviar el vientre». Gozó de excelente salud, aunque para cuidarla no hacía otra cosa que frotarse él mismo rítmicamente la garganta y los restantes miembros de su cuerpo en un gimnasio y ayunar un día al mes.

XXI. Mantuvo, más o menos, el siguiente género de vida: ya emperador, se levantaba muy pronto, incluso todavía de noche; luego, después de leer con atención las cartas y los informes de todos sus funcionarios, recibía a sus amigos y, mientras le saludaban, él mismo se calzaba y se ponía el vestido de calle. Más tarde, tras resolver los diferentes asuntos que se le habían presentado, descansaba un rato paseando en litera y después hacía la siesta, yaciendo con alguna de las numerosas concubinas con las que había sustituido a la difunta Cenis; finalmente, pasaba de sus habitaciones privadas al baño y al comedor. Se cuenta que en ningún otro momento del día se hallaba mejor dispuesto y más asequible, por lo que sus servidores aguardaban ansiosos ese rato para presentarle sus peticiones.

XXII. Por otra parte, no sólo en la sobremesa, sino siempre, era sumamente amable y cerraba muchos asuntos con una broma. Era hombre, en efecto, de gran mordacidad, aunque basta y vulgar, hasta el punto de que no se abstenía tampoco de expresiones obscenas. Se conservan, sin embargo, algunas ocurrencias suyas muy agudas e ingeniosas, como, por ejemplo, las que siguen: a Mestrio Floro, un ex cónsul que le corrigió advirtiéndole que debía decir plaustra y no plostra, le saludo al día siguiente llamándole «Flauro». En otra ocasión en que había cedido a los requerimientos de una mujer que le aseguraba morir de amor por él, después de haberla hecho conducir a palacio y de haberse acostado con ella, le regaló cuatrocientos mil sestercios por el placer recibido; al preguntarle su intendente cómo quería registrar ese gasto en su libro de cuentas, le contestó: «El precio de un ardiente y apasionado amor a Vespasiano».

XXIII. Empleaba también versos griegos con notable oportunidad, como acerca de un individuo de elevada estatura y dotado de un miembro viril de desmesuradas dimensiones, del que dijo:

Camina a grandes pasos, blandiendo una enorme lanza de larga sombra,

y acerca del liberto Cerilo que, extremadamente rico, para ahorrarse a su muerte los impuestos fiscales, después de cambiarse el nombre por el de Laques, había empezado a afirmar que había nacido libre, dijo:

Oh Laques, Laques, cuando hayas muerto, volverás a ser Cerilo como antes.

Empleaba sobre todo su mordacidad al hablar de sus irregulares ingresos, pensando que con un poco de ingenio diluía la animadversión hacia él y la transfería a los propios chistes. Tras dar largas a uno de sus más queridos servidores, que le solicitaba un cargo para un amigo al que quería como un hermano, Vespasiano llamó al candidato a su presencia; una vez le hubo arrancado toda la suma de dinero que había estipulado con su valedor para darle el cargo, se lo concedió sin demora; al echárselo en cara su servidor, le replicó: «Búscate otro hermano; éste que tú consideras tuyo, es el mío». En otra ocasión, sospechando que su mulatero se había bajado de la cabalgadura para herrar las mulas a fin de dar oportunidad y tiempo a un litigante para presentarse ante él, le preguntó Vespasiano cuánto había ganado con el herraje, y exigió una parte de aquel beneficio. Cuando su hijo Tito le reprochaba que hubiera ideado un impuesto sobre la orina, le puso bajo la nariz el dinero procedente de la primera recaudación, preguntándole si olía mal; al responder Tito que no, le replicó: «Pues procede de la orina». A unos embajadores que le comunicaban que se había decretado en su honor una estatua colosal, cuyo importante costo sería a cargo del Estado, les ordenó Vespasiano que la erigieran enseguida, mientras les mostraba la palma ahuecada de su mano diciéndoles: «El pedestal está ya preparado». Y ni siquiera cuando estaba asustado, ni incluso ante la inminente amenaza de su muerte, se abstuvo de bromear. En efecto, cuando entre otros prodigios el Mausoleo se abrió repentinamente de par en par y un cometa apareció en el cielo, aseguró que el primer prodigio afectaba a Junia Calvina, de la estirpe de Augusto, y que el segundo se refería al rey de los partos, que tenía la cabellera muy larga. Del mismo modo, cuando tuvo el primer ataque de su mortal enfermedad, comentó: «¡Vaya! Creo que me estoy convirtiendo en dios».

XXIV. Después de experimentar en Campania, durante su noveno consulado, unos ligeros ataques de fiebre y de regresar por ello rápidamente a Roma, se dirigió a Cutilias y a sus campos de Reate, donde cada año solía pasar el verano. Una vez allí, como, además de su grave estado de salud, contrajo una afección intestinal por beber continuamente agua helada, sin dejar por ello de desempeñar como siempre las funciones imperiales, hasta el extremo de escuchar desde su cama a los embajadores, al sufrir una repentina diarrea, que le iba a causar la muerte, manifestó: «Un emperador debe morir de pie». Y mientras hacía esfuerzos por levantarse, expiró en las manos de los que le sostenían, el día noveno antes de las calendas de julio, a los sesenta y nueve años de edad, un mes y siete días.

XXV. Todo el mundo coincide en que Vespasiano estuvo siempre tan seguro de su propia carta astral y de la de los suyos, que, después de las continuas conjuras en contra de él, se atrevió a afirmar ante el Senado que a él le sucederían sus hijos o que no lo haría nadie. Se dice también que en cierta ocasión vio en sueños una balanza colocada en mitad del vestíbulo de su casa del Palatino, perfectamente equilibrada, en uno de cuyos platillos estaban Nerón y Claudio, y, en el otro, él mismo y sus hijos. Y el sueño se cumplió, puesto que unos y otros reinaron el mismo número de años y durante igual espacio de tiempo.

El divino Tito

I. Tito, que llevaba el mismo sobrenombre que su padre, y que fue llamado «amor y delicia del género humano» (tal fue su talento, su arte o su fortuna para ganarse la voluntad de todos los hombres y, lo que es mucho más difícil, siendo ya emperador, pues, cuando era un simple ciudadano e incluso durante el reinado de su padre, no se vio libre de odios y de públicas censuras), nació el día tercero antes de las calendas de enero, un año señalado debido al asesinato de Cayo,en una mísera casa cerca del Septizonio, en una habitación diminuta y oscura, que todavía hoy se conserva y se enseña.

II. Educado en palacio con Británico, fueron instruidos ambos en las mismas disciplinas y por los mismos maestros. Cuentan que por aquellos mismos días, un fisonomista, llevado a palacio por Narciso, el liberto de Claudio, para que examinara el rostro de Británico, afirmó con absoluto convencimiento que éste nunca llegaría a ser emperador, pero que Tito, en cambio, que estaba junto a él, lo sería con toda seguridad. Por lo demás, eran tan amigos, que se cree que Tito, su vecino de mesa, probó también el brebaje envenenado, que apurado por Británico le causó la muerte, y que por ello estuvo gravemente enfermo durante mucho tiempo. Más adelante, recordando todos estos sucesos, le erigió una estatua de oro en palacio y le dedicó otra, ecuestre, de marfil, que él colmó de honores y que todavía hoy día abre la marcha del cortejo en los juegos circenses.

III. Ya desde su infancia resplandecieron en él sus cualidades físicas y espirituales, que fueron aumentando más y más con el paso de la edad. Era de noble porte, que reunía tanta autoridad como belleza y una extraordinaria fortaleza, aunque no era de alta estatura y tenía un vientre ligeramente pronunciado; su memoria era privilegiada y también estaba muy bien dotado para casi todas las disciplinas tanto de la guerra como de la paz. Era sumamente experto en equitación y en el uso de las armas; tenía, tanto en latín como en griego, una gran disposición y facilidad para la oratoria y para componer poemas e incluso para la improvisación. Poseía también aptitudes musicales, de forma que cantaba y tocaba con gusto y técnica. He averiguado, merced a diversas fuentes, que sabía escribir al dictado a gran velocidad, compitiendo en ello, en broma y a modo de juego, con sus amanuenses, y que solía también imitar cualquier letra que viera y que alardeaba a menudo de que hubiese podido ser un excelente falsificador.

IV. Sirvió como tribuno militar en Germania y Britania con extraordinaria reputación, tanto por su destreza militar como por su modestia, tal como se desprende de la multitud de sus estatuas y bustos en ambas provincias y de las inscripciones que se encuentran en ellas. Después de sus campañas militares, se dedicó a las actividades del foro, con más éxito que asiduidad. También por aquellos días se casó con Arrecina Tertula, hija de un caballero romano que había sido tiempo atrás prefecto de las cohortes pretorianas. Luego, cuando falleció ésta, se casó con Marcia Furnila, mujer de esclarecido linaje, de la que se divorció después de haber tenido una hija de ella. Cuando, después de ejercer la cuestura, recibió el mando de una legión, sometió Tariqueas y Gamala, dos plazas fuertes muy poderosas de Judea; en uno de los combates, mataron a su caballo entre sus propias piernas, pero saltó a otro, cuyo jinete había caído luchando a su lado.

V. Más adelante, cuando Galba accedió al poder imperial, Tito fue enviado para felicitarle y, por donde quiera que pasaba, la gente se giraba a mirarlo, pensando que había sido llamado a palacio para ser adoptado. Pero, cuando vio que la situación volvía a ser confusa, se volvió por el mismo camino y, habiendo entrado al oráculo de la Venus de Pafos, mientras consultaba los augurios sobre su singladura fueron también confirmadas sus esperanzas de alcanzar el trono imperial. En breve se iban a cumplir sus deseos. En efecto, habiéndose quedado en Judea con el encargo de someterla, en el último asalto a Jerusalén mató a doce defensores de otros tantos flechazos y tomó la ciudad el día del cumpleaños de su hija, con tanta alegría y entusiasmo de sus soldados que, en sus aclamaciones de enhorabuena, le saludaron como emperador, y después, cuando abandonaba la provincia, le detuvieron, rogándole entre súplicas y también amenazas, que, o permaneciera con ellos, o se los llevara a todos con él. De ahí surgió la infundada sospecha de que había intentado apartarse de su padre, reclamando para sí mismo el reino de Oriente. Acrecentó esta sospecha el hecho de que más tarde, cuando se dirigía a Alejandría, mientras veneraba en Memfis al buey Apis, se ciñó una diadema, conforme a la costumbre y ritual de esa antigua religión; no faltaron, sin embargo, quienes lo interpretaron de una forma bien diferente. Por lo cual, apresurando su viaje a Italia, después de arribar a Regio y luego a Putéolos en una nave de carga, desde allí se dirigió a Roma a toda prisa y, como para demostrar la falsedad de los rumores sobre su actitud, le dijo a su padre, a quien había sorprendido su llegada: «Ya estoy aquí, padre, ya estoy aquí».

VI. Desde ese instante no dejó de comportarse como copartícipe e incluso como defensor del Imperio. Celebró el triunfo en compañía de su padre, desempeñó con él el cargo de censor y fue también su colega en el ejercicio de la potestad tribunicia y de siete consulados. Después de serle transferida la dirección de casi todos los asuntos del Estado, él mismo dictaba las cartas en nombre de su padre, redactaba los edictos y, asumiendo las funciones del cuestor, pronunciaba los discursos en el Senado. Se hizo cargo también de la prefectura del pretorio, que, hasta entonces, había sido siempre ejercida por un caballero romano, comportándose en ocasiones con excesiva arrogancia y brutalidad, puesto que no dudaba en eliminar a todo aquél de quien albergaba sospechas, después de enviar agentes suyos de incógnito por teatros y campamentos para que, como si fuera la voluntad de todos los presentes, reclamaran su condena a muerte. Entre ellos, a Aulo Cecina,un ex cónsul a quien convidó a cenar y ordenó que lo asesinaran así que saliese del comedor, debido a la inminencia del peligro, ya que Tito se había apoderado del texto manuscrito de una arenga preparada por Cecina para ser leída ante los soldados. Con estas actuaciones, en la misma medida que se aseguró suficientemente su tranquilidad para el futuro, se granjeó en el presente los odios de casi todos, hasta el punto de que, probablemente, no hubo nadie que accediera al poder imperial con una reputación tan mala y tan a disgusto de todo el mundo.

VII. Además de por su crueldad se le aborrecía también por sus excesos, puesto que prolongaba sus orgías hasta media noche junto a los más depravados de sus amigos. No menos se censuraba su lascivia, debido a la muchedumbre de degenerados y eunucos que le rodeaban, así como por su desmedida pasión por la reina Berenice, de la que se decía que incluso le había prometido casarse con ella. Se criticaba su rapacidad, pues era del dominio público que solía traficar y lucrarse con las causas judiciales que su padre juzgaba. En una palabra, todos lo consideraban un segundo Nerón y así lo pregonaban públicamente. Pero esta mala fama obró en su favor, pues se transformó en los máximos elogios hacia su persona, cuando más tarde no se pudo encontrar en él ni un solo defecto y sí en cambio las más eximias virtudes. Organizó banquetes más placenteros que costosos. Supo elegir unos amigos que los emperadores que le sucedieron conservaron también a su lado como amigos y colaboradores, por considerarlos indispensables para sí mismos y para el Estado. Desde el primer momento y con gran dolor de ambos, ordenó a Berenice abandonar Roma. A pesar de que algunos de sus amantes favoritos eran tan hábiles bailarines que luego triunfaron en la escena, Tito no sólo dejó de favorecerlos con sus anteriores larguezas, sino que se abstuvo de verlos actuar en un espectáculo público. Nunca arrebató nada a ningún ciudadano. Respetó la propiedad ajena como nadie jamás lo había hecho; ni siquiera aceptó los regalos legítimos y refrendados por la costumbre. En munificencia, sin embargo, no fue a la zaga de ninguno de los anteriores emperadores: tras inaugurar un anfiteatro y unas termas, que a toda prisa hizo construir junto a éste, ofreció un espléndido espectáculo, sin reparar en gastos. Celebró también una batalla naval en la antigua Naumaquia,y, allí mismo, un combate de gladiadores, haciendo salir en un solo día cinco mil fieras de todas clases.

VIII. De natural sumamente generoso, puesto que todos los césares, desde que Tiberio lo dispusiese así, consideraban derogados los privilegios concedidos por los anteriores emperadores, a no ser que ellos mismos otorgasen los mismos favores a las mismas personas, Tito fue el primero que, sin esperar a que se lo pidieran, confirmó en un solo edicto todos los anteriores privilegios. En cuanto al resto de peticiones que la gente le hacía, procuró con el máximo empeño que nadie se marchase de su presencia sin esperanzas de conseguirlas. Más aún, cuando el personal a su servicio le advirtió que prometía más de lo que realmente estaba en sus manos, contestó que «nadie debía salir triste de una entrevista con el emperador». En cierta ocasión, al acordarse durante la cena de que durante todo el día no había hecho ningún favor a nadie, pronunció aquellas memorables y merecidamente encomiadas palabras: «Amigos míos, hoy he perdido el día». Pero, muy especialmente, trató a todo su pueblo en todo momento con tanta afabilidad que, habiendo anunciado un espectáculo de gladiadores, declaró que no lo montaría a su gusto, sino a gusto de los espectadores. Y así lo hizo en verdad. No sólo no denegó ninguna de las peticiones, sino que por propia iniciativa animó a la gente a exponerle sus deseos. Más aún, como mostraba abiertamente su preferencia por los gladiadores tracios, muy a menudo, como partidario de ellos, cruzó bromas con gestos y exclamaciones con el público asistente, pero sin perder nunca la dignidad ni la objetividad. Para no dejar pasar oportunidad alguna de aumentar el mutuo afecto entre él y su pueblo, dejó que en ocasiones entrara la plebe en sus termas privadas y se bañó en su compañía. Durante su reinado ocurrieron algunas lamentables y fortuitas desgracias, como una erupción del Vesubio en Campania, un incendio que asoló Roma durante tres días y otras tantas noches y una peste más mortífera que ninguna otra. En tales y tan grandes adversidades, no mostró tan sólo la solicitud propia de un emperador, sino el cariño que sólo un padre puede dar, ya consolando al pueblo con sus edictos, ya socorriéndolo en la medida de sus posibilidades. De entre los ex cónsules, nombró por sorteo unos procuradores para reconstruir la Campania. Destinó los bienes de las víctimas del Vesubio, que habían muerto sin dejar herederos, a la reconstrucción de las ciudades afectadas. Cuando el incendio de Roma, después de declarar que no se había perdido ningún edificio público, destinó todas las obras de arte y ornamentación de sus villas de recreo a la reconstrucción de las obras públicas y templos, poniendo al frente de esa tarea a varios miembros del orden ecuestre con el encargo de que las obras se llevaran a término lo antes posible. Para combatir la peste y curar a los enfermos, empleó todos los recursos humanos y divinos, tratando de descubrir toda clase de sacrificios y medicinas idóneos para ello. Entre las plagas de la época se hallaban los delatores y los que les encargaban sus delaciones, favorecidos por la ya enquistada corrupción. Ordenó que todos ellos fueran azotados en el foro con látigos y fustas y, por último, después de exhibirlos en la arena del anfiteatro, ordenó que unos fueran puestos a subasta y vendidos y que otros fueran deportados a las islas más inhóspitas. Además, para evitar, entonces y para siempre, que nadie se atreviera a imitarlos, prohibió, entre otras cosas, que nadie pudiera ser procesado de nuevo por un mismo delito pretextando leyes diferentes y prohibió también que, después de transcurrido un determinado tiempo, se investigase la condición social de cualquier persona difunta.

IX. Había declarado que aceptaba ser nombrado pontífice máximo para conservar puras sus manos, y ciertamente mantuvo su palabra, pues en adelante nadie murió por orden suya ni con su consentimiento, a pesar de que no le faltaron motivos de venganza; juraba, en cambio, que antes preferiría morir él que hacer morir a nadie. A dos ciudadanos patricios, convictos de intrigar contra él para hacerse con el trono imperial, se limitó a advertirles que desistieran de ello, diciéndoles: «El trono lo otorga el destino», y prometiéndoles que, si, aparte de eso, deseaban cualquier cosa, él se la proporcionaría. A continuación, envió inmediatamente sus propios correos a la madre de uno de ellos, que se hallaba lejos de Roma, para que anunciaran a la angustiada madre que su hijo estaba sano y salvo. En cuanto a ellos, no sólo les invitó a una cena familiar, sino que al día siguiente, después de hacerlos sentar deliberadamente a su lado durante un espectáculo de gladiadores, les entregó a ellos las armas que le habían presentado para su inspección. También se cuenta que, cuando conoció la carta astral de cada uno de ellos, les advirtió que un grave peligro se cernía sobre ambos, pero más adelante y emanado de alguien que no era él, como efectivamente ocurrió. A su hermano, que no sólo no cesaba de intrigar contra él, sino que soliviantaba casi públicamente al ejército y planeaba huir, no quiso matarlo ni desterrarlo ni siquiera destituirlo de la alta posición que ocupaba, antes bien, como había hecho desde el primer día de su reinado, continuó proclamándolo copartícipe del poder y su futuro sucesor, rogándole muchas veces en privado, con súplicas y lágrimas, que se decidiera finalmente a corresponder a su afecto.

X. A todo esto, le sobrevino prematuramente la muerte, con mayor perjuicio para el género humano que para él mismo. Acabado un espectáculo, al final del cual había llorado profusamente ante su pueblo, se dirigió al país de los sabinos mucho más triste aún, porque, mientras ofrecía un sacrificio, había huido la víctima y porque había tronado estando el cielo sereno. Luego, ya en la primera jornada, tuvo un ataque de fiebre y, como a partir de entonces se le transportase en litera, se dice que, apartando las cortinillas, miró al cielo, quejándose amargamente de que se le arrebatase la vida sin merecerlo, pues no había ningún hecho del que tuviera que arrepentirse, a excepción, tal vez, de uno. Cuál era ese hecho, Tito no lo confesó entonces y no es fácil que nadie lo pueda adivinar. Algunos creen que pudo acordarse de las relaciones adúlteras que había mantenido con la mujer de su hermano; Domicia, no obstante, juraba por lo más sagrado que no existieron tales relaciones; y si hubieran existido no las negaría, antes al contrario se gloriaría de ellas, pues era muy dada a hacerlo con todas sus aventuras extramatrimoniales.

XI. Falleció en los idus de septiembre, cuando contaba cuarenta y dos años de edad, en la misma casa de campo en que murió su padre, a los dos años, dos meses y veinte días de haberle sucedido. Nada más divulgarse la noticia de su muerte, mientras todo el pueblo lloraba por las calles exactamente igual que si hubiera muerto un allegado de ellos, los senadores corrieron a la Curia sin esperar a ser convocados por un edicto y, cuando por fin se abrieron las puertas, que habían encontrado todavía cerradas, prodigaron tal cúmulo de gracias al difunto emperador y prorrumpieron en tal cantidad de elogios, como jamás estando vivo y presente le habían tributado.

Domiciano

I. Domiciano nació el día noveno antes de las calendas de noviembre, en la casa que después el propio Domiciano convirtió en el templo consagrado a la familia Flavia, en el barrio de «La Granada», en la VI región de la ciudad, un mes antes de que su padre, que ese año había sido elegido cónsul, iniciara su magistratura. Se dice que pasó su pubertad y adolescencia entre tantas penurias y descrédito que no disponía para su uso ni siquiera de un vaso de plata. Es también sabido que el ex pretor Clodio Polión, contra quien Nerón había escrito un poema titulado El tuerto, conservaba y mostraba algunas veces una carta manuscrita de Domiciano en la que éste le prometía pasar con él una noche. No faltaron tampoco quienes afirmaban que Domiciano había sido sodomizado por Nerva, su sucesor.

Durante la guerra contra Vitelio, huyó al Capitolio con su tío paterno Sabino y parte de las tropas leales, pero, al irrumpir en él los enemigos y ser incendiado el templo, pasó la noche escondido en la casa del guarda. Al amanecer, disfrazado con el hábito de los sacerdotes de Isis y confundiéndose entre los sacrificadores de diversas religiones, se trasladó con un solo acompañante a la otra orilla del Tíber, a casa de la madre de un condiscípulo, y se ocultó allí tan hábilmente que no pudo ser capturado, a pesar de sus pesquisas, por los enemigos que habían seguido sus pasos. Finalmente, después de la victoria, abandonó su escondite y fue también vitoreado como césar, asumiendo el cargo de pretor urbano, pero tan sólo para poder ostentar la dignidad consular, pues delegó su potestad judicial en el colega que le seguía en rango. Por lo demás, ejerció tan despóticamente el poder de su autoridad, que ya entonces dio muestras de cómo iba a ser en el futuro. Para no extenderme en detalles, diré tan sólo que, tras abusar sexualmente de las mujeres de muchos ciudadanos, llegó a contraer matrimonio con Domicia Longina, esposa legítima de Elio Lamia, y que repartió, en un solo día, más de veinte cargos urbanos y de provincias, de forma que Vespasiano comentaba con frecuencia que le sorprendía que no le enviase también a él su sucesor.

II. Emprendió, asimismo, una expedición bélica contra la Galia y las Germanias, a pesar de no ser necesaria y de que los amigos de su padre intentaron disuadirlo de ello, tan sólo para equipararse a su hermano en riquezas y prestigio. Tras ser reprendido severamente por todo ello y para recordarle mejor su edad y condición, se le obligó a vivir en casa de su padre, a seguir en una litera las sillas gestatorias de Vespasiano y de su hermano Tito, siempre que éstos salían a la calle, y a acompañarlos montado en un caballo blanco el día en que ambos celebraron su triunfo sobre los judíos. Más aún, de los seis consulados que ejerció, tan sólo uno fue ordinario, y porque su hermano le cedió el cargo y abogó en su favor. Por su parte, supo entonces fingir admirablemente un gran comedimiento y en especial una afición por la poesía, afición insólita hasta entonces para él y que después rechazó con desprecio. Llegó, incluso, a recitar sus versos en público. Sin embargo, cuando Vologeso, rey de los partos, solicitó tropas de socorro para luchar contra los alanos y que se diera el mando de ellas a uno de los hijos de Vespasiano, Domiciano no dejó de intentar por todos los medios ser él el elegido. Al ser descartada esta posibilidad, procuró con regalos y promesas incitar a los demás reyes de Oriente a formular esta misma petición. Ala muerte de su padre, tras dudar durante largo tiempo si debía ofrecer una doble gratificación a los soldados, no vaciló ni un momento, en cambio, en proclamar que su padre le había dejado como copartícipe del poder, pero que el testamento había sido falsificado. Desde entonces, insidiosamente unas veces, abiertamente otras, no cesó de intrigar contra su hermano hasta que, atacado éste por una grave enfermedad, cuando todavía no había exhalado su último suspiro ordenó abandonarlo como si ya hubiese muerto. Una vez fallecido, no le tributó ningún otro honor que el de la apoteosis, difamando además frecuentemente su memoria con ambiguos discursos y edictos.

III. Durante los inicios de su reinado, solía retirarse cada día durante horas a un lugar apartado, sin hacer otra cosa que cazar moscas y atravesarlas con un estilete muy agudizado, de manera que Vibio Crispo pudo responder no sin razón a un individuo que le preguntaba si había alguien dentro con César: «Ni siquiera una mosca». Más tarde, otorgó el título de Augusta a su esposa Domicia, de la que durante su segundo consulado había tenido un hijo y, al año siguiente, una hija. Más adelante, sin embargo, la repudió, al haberse enamorado ella perdidamente del comediante Paris, pero poco tiempo después, incapaz de soportar esta separación, volvió a tomarla, pretextando que el pueblo se lo exigía. Respecto a la administración del Imperio, se mostró durante algún tiempo muy cambiante, con una equilibrada mezcla de vicios y virtudes, hasta que también las virtudes las convirtió en vicios; en efecto, en cuanto nos es posible inferir, la penuria lo volvió avaro; el miedo, cruel.

IV. Ofreció con gran frecuencia suntuosos y espléndidos espectáculos, no sólo en el anfiteatro, sino también en el circo, donde, además de las acostumbradas carreras de bigas y cuadrigas, organizó dos combates: uno ecuestre y otro de infantería. En el anfiteatro, incluso llevó a cabo una batalla naval. Ofreció además cacerías y combates de gladiadores, celebrados también por la noche a la luz de las antorchas, y luchas, no sólo de hombres, sino también de mujeres. Por su parte, no sólo asistió siempre a los espectáculos de gladiadores ofrecidos por los cuestores (costumbre ésta que, suprimida desde hacía tiempo, había él restablecido de nuevo), sino que dio al pueblo la potestad de solicitar en ellos dos parejas de luchadores de su propia escuela, que hacía descender a la arena en último lugar, entre una imperial suntuosidad. Durante todos los espectáculos de gladiadores permanecía a sus pies un jovencito, vestido de púrpura, con una cabeza prodigiosamente diminuta, con el que no dejaba de charlar, algunas veces incluso sobre asuntos importantes. Se le oyó, en efecto, preguntarle si sabía por qué, en la última regulación política, le había parecido oportuno poner a Mecio Rufo al frente de Egipto. Brindó también combates navales entre flotas casi al pleno de efectivos, en un lago excavado y rodeado de graderías junto al río Tíber. Algunos de estos combates los contempló de principio a fin bajo torrenciales tormentas. Celebró también unos juegos seculares, tomando como referencia del tiempo transcurrido, no el año más cercano en que los celebró Claudio, sino el año en el que los había ofrecido Augusto. Durante su celebración, para que el día de las carreras pudieran celebrarse más fácilmente las cien competiciones, redujo a cinco las siete vueltas al circo de cada una de ellas. En honor de Júpiter Capitolino, instituyó también un triple certamen quinquenal: musical, ecuestre y atlético, con un número de premios algo superior al actual. En efecto, había también competiciones de escritores en prosa, en latín y en griego, y, además de los citaredos, citaredos con coro y simples tañedores de cítara; en el circo, además, competían también las chicas en carreras a pie. Domiciano presidía los juegos calzado con sandalias, ataviado con una toga de púrpura de estilo griego y ceñida la cabeza con una corona de oro con las efigies de Júpiter, de Juno y de Minerva. Junto a él se sentaba el flamen de Júpiter y el colegio sacerdotal de los Flavios, con una indumentaria igual a la suya, excepto que en sus coronas llevaban la efigie del propio Domiciano. Cada año celebraba también, en el monte Albano, las fiestas quinquatrias en honor de Minerva, en cuyo honor había instituido un colegio sacerdotal, algunos de cuyos miembros, elegidos por sorteo, ejercían la presidencia y organizaban espléndidas cacerías y juegos escénicos, además de certámenes de oratoria y de poesía.

Obsequió tres veces al pueblo con un reparto de trescientos sestercios por cabeza y, durante un espectáculo de gladiadores, con un espléndido banquete, con ocasión de la fiesta del septimontium: después de distribuir los manjares, en grandes cestas de pan a los senadores y a los caballeros, y en pequeños cestos a la plebe, el propio Domiciano fue el primero en ponerse a comer. Al día siguiente, hizo llover sobre la gente toda clase de regalos y, como la mayor parte de ellos cayeron en las localidades de la plebe, prometió cincuenta vales para cada uno de los sectores del orden ecuestre y del senatorial.

V. Hizo reconstruir numerosas y emblemáticas obras públicas destruidas por los incendios, entre ellas el Capitolio, que había ardido de nuevo, pero en todas ellas hizo inscribir tan sólo su propio nombre, sin mención alguna del primitivo constructor. Hizo levantar en el Capitolio un nuevo templo, dedicado a Júpiter Custodio, y un foro, que hoy día se llama «de Nerva». Erigió también un templo dedicado a la familia Flavia, un estadio, un odeón y una Naumaquia, con cuyas piedras se reconstruyó más tarde el circo Máximo, cuyos costados habían quedado destruidos por un incendio.

VI. Emprendió algunas expediciones militares por iniciativa propia y, otras, obligado por la necesidad. Por propia iniciativa, contra los catos. Obligado por la necesidad, una contra los sármatas, por haber aniquilado una legión entera con su legado, y dos contra los dacios: la primera, para vengar la derrota sufrida por el ex cónsul Opio Sabino; la segunda, a causa de la derrota infligida a Cornelio Fusco, prefecto de las cohortes pretorianas, a quien le había confiado el mando supremo de aquella guerra. Tras diversas batallas de diferente signo, celebró su doble triunfo sobre los catos y los dacios; por su victoria sobre los sármatas, en cambio, se limitó a ofrecer una corona de laurel a Júpiter Capitolino. El conato de guerra civil promovido por Lucio Antonio, gobernador de Germania Superior, pudo sofocarlo, sin hallarse ni siquiera presente, gracias a un sorprendente golpe de suerte, pues, al deshelarse súbitamente el río Rin en el mismo momento del combate, contuvo a las tropas bárbaras que se disponían a cruzarlo para unirse a Antonio. Domiciano tuvo conocimiento de esta victoria por los presagios antes que por los mensajeros, pues el mismo día en que se había celebrado el combate, una magnífica águila, rodeando, en Roma, su estatua con sus alas, emitió alegres chillidos. Poco tiempo después, hasta tal extremo se propaló entre todos la noticia de que Antonio había muerto, que muchos llegaron a asegurar que su cabeza había sido traída a Roma y que ellos la habían visto.

VII. Modificó también muchas prácticas generalizadas de la vida cotidiana: suprimió las colaciones públicas, restituyendo la costumbre de ofrecer cenas completas; en las carreras del circo, a los cuatro equipos ya tradicionales les añadió otros dos: el equipo dorado y el púrpura. Prohibió a los histriones salir a escena, aunque les concedió autorización para ejercer su arte en las casas particulares. Prohibió castrar a los hombres y frenó el precio de los eunucos de que todavía disponían los mercaderes de esclavos. En cierta ocasión en que, frente a una ubérrima cosecha de vino, se produjo una gran penuria de trigo, considerando que por culpa de una excesiva afición a las viñas se descuidaban los campos, promulgó un edicto prohibiendo que nadie en Italia plantase nuevas viñas y ordenó que se arrancasen los viñedos en las provincias, dejando únicamente, como máximo, la mitad de ellos. Pero no se mantuvo firme en hacer cumplir tal disposición. Permitió que los libertos y los caballeros pudieran acceder a algunos de los más importantes cargos de Roma. Prohibió que ningún campamento pudiera albergar a más de una legión y que ningún soldado pudiera depositar más de mil sestercios en la caja de la legión, pues opinaba que Lucio Antonio, que, por cierto, había tramado su levantamiento en un cuartel de invierno con dos legiones, había concebido esperanzas de éxito debido también a la importante suma de los depósitos. Añadió una cuarta paga para cada soldado, consistente en tres áureos.

VIII. Administró justicia con habilidad y diligencia, por regla general en el foro, desde su tribunal, y a título extraordinario. Revocó las interesadas sentencias de los centunviros. Amonestó igualmente a los recuperadores, para que no se prestasen fácilmente a las reivindicaciones poco fundadas. Destituyó a los jueces venales y a sus respectivos asesores. Indujo también a los tribunos de la plebe a acusar de concusión a un edil corrupto y a solicitar del Senado jueces para juzgarlo. Se esforzó tanto en controlar a los magistrados que gobernaban la Urbe y las provincias, que nunca con anterioridad se habían mostrado más honestos ni más justos; en cambio, después de Domiciano, vimos que muchos de ellos se hacían reos de toda clase de delitos. Cuando emprendió la reforma de las costumbres, refrenó los abusos del teatro, donde la plebe no respetaba las localidades del orden ecuestre para contemplar los espectáculos. Hizo destruir, con pública ignominia de sus autores, los panfletos infamantes que se distribuían por doquier y en los que se injuriaba a los hombres y mujeres más importantes. Expulsó del Senado a un ex cuestor por su desmedida afición a la pantomima y al baile. A las mujeres de vida licenciosa les privó del derecho de ir en litera y del de recibir legados y herencias. Borró de la lista de los jueces a un caballero romano por haberse vuelto a juntar con su mujer, a la que, después de repudiarla, había acusado de adulterio. En virtud de la Ley Escantinia, condenó a diversos ciudadanos de uno y otro orden. Las relaciones sexuales de las vírgenes Vestales —sacrílega práctica sobre la que incluso su padre y su hermano habían cerrado los ojos—, las reprimió con diversas y severas penas: al principio, con la pena de muerte; después, con la muerte a la antigua usanza. En efecto, después de haber permitido a las hermanas Oculatas, y también a Varronila, elegir el género de muerte y de haberse limitado a desterrar a sus amantes, más adelante, en cambio, ordenó enterrar viva a Cornelia, virgen Vestal Máxima, quien anteriormente había sido absuelta, pero que, acusada de nuevo después de mucho tiempo, había resultado convicta. En cuanto a sus amantes, fueron azotados con varas hasta la muerte, en el recinto de los comicios, a excepción de un ex pretor, a quien se limitó a condenar al destierro, por haber admitido su delito cuando el proceso presentaba todavía muchas dudas y los interrogatorios y las torturas no lo habían aún clarificado. Y, para que no se pudiese violar impunemente el respeto debido a todos los dioses, hizo demoler por los soldados la tumba que, con piedras destinadas al templo de Júpiter Capitolino, un liberto suyo había erigido para su hijo, y ordenó sumergir en el mar los huesos y los restos que se hallaban en ella.

IX. Al principio, sentía tal horror por cualquier género de muerte sangrienta que, en ausencia de su padre, recordando aquel verso de Virgilio:

Impía raza que se alimenta de novillos sacrificados,

pensó promulgar un edicto prohibiendo el sacrificio de bueyes. Mientras fue un ciudadano privado jamás dio muestra alguna de codicia ni de rapacidad, y tampoco durante bastante tiempo después de haber sido nombrado emperador. Más aún; dio, al contrario, frecuentes pruebas, no sólo de desinterés, sino incluso de generosidad. A todos cuantos le rodeaban —a quienes trató, por cierto, con extraordinaria largueza—, la primera y más enérgica advertencia que les hizo fue que no se comportasen con mezquindad. Rechazó las herencias que le dejaban quienes tenían hijos. Invalidó el legado que, por testamento, había dejado Rustio Cepión, quien había tomado medidas para que cada año su heredero proporcionase una determinada suma de dinero a los senadores que ingresaban en la Curia. Absolvió a todos los acusados cuyo nombre hubiese sido fijado en las puertas del erario público con anterioridad a los últimos cinco años y no permitió que fueran procesados de nuevo, a no ser dentro de aquel mismo año y a condición de que se condenara al destierro al acusador que no ganara el pleito. Otorgó una amnistía a los secretarios de los cuestores, quienes tradicionalmente se dedicaban a los negocios, aunque iba en contra de la Ley Clodia. Después de repartir los campos a los veteranos, restituyó a sus antiguos propietarios, por derecho de uso, las parcelas sobrantes que habían quedado desperdigadas. Reprimió con severas penas en contra de los calumniadores las falsas acusaciones de fraude al fisco y se citaba como suya esta frase:

El emperador que no castiga a los falsos delatores, los estimula.

X. No se mantuvo, sin embargo, en este tenor de clemencia y mesura, si bien se decantó con más rapidez por la crueldad que por la avaricia. Hizo matar a un discípulo, todavía un niño y gravemente enfermo, del mimo Paris, porque le parecía demasiado semejante a su maestro en arte y belleza. Lo mismo hizo con Hermógenes de Tarso, a causa de ciertas mordaces alusiones en su historia, e hizo crucificar, incluso, a los copistas que la transcribieron. A un padre de familia, por haber afirmado que un gladiador tracio podía luchar en pie de igualdad con un mirmilón, pero no con el que pagaba los juegos,lo arrancó de su asiento y lo arrojó a los perros en la arena, con un cartel que rezaba así: «Un partidario de los gladiadores tracios que se ha expresado con insolencia». Hizo dar muerte a muchos senadores, entre ellos a algunos ex cónsules: por ejemplo, a Cívica Cerealis, mientras ejercía el proconsulado de Asia; a Salvidieno Orfito y a Acilio Glabrión, cuando se hallaban en el exilio, bajo el pretexto de que tramaban un golpe de Estado, y, al resto, por motivos completamente triviales. Asesinó a Elio Lamia debido a unas bromas que le sentaron muy mal, aunque inocuas y ocurridas hacía tiempo, ya que, después de que Domiciano le arrebatara su esposa, había comentado a un amigo que le alababa su voz: «Practico la castidad», y a Tito, que le exhortaba a que contrajese un nuevo matrimonio, le había replicado: «¿Acaso también tú quieres casarte?». Hizo matar a Salvio Cocceiano por haber celebrado el natalicio del emperador Otón, su tío paterno; a Mecio Pompusiano, porque la gente comentaba que su carta natal le auguraba que sería emperador y porque llevaba siempre consigo un dibujo en pergamino del orbe terráqueo y los discursos de los reyes y de los jefes, extraídos todos ellos de Tito Livio, y por haber dado a dos esclavos los nombres de Magón y Aníbal. Hizo ejecutar a Salustio Lúculo, legado de Britania, por haber permitido que a un nuevo modelo de lanzas se las llamase «lucúleas»; a Junio Rústico, por haber publicado unos panegíricos de Peto Trásea y de Helvidio Prisco y haberlos denominado «hombres virtuosísimos»; por cierto que, con el pretexto de este delito, expulsó de Roma y de Italia a todos los filósofos. Asesinó también al hijo de Helvidio, alegando que en una farsa teatral había censurado su divorcio de su esposa, encubriendo sus nombres bajo los personajes de Paris y Enone. Hizo morir también a Flavio Sabino, uno de sus primos hermanos, porque el día de los comicios consulares el pregonero, por equivocación, lo anunció al pueblo, no como cónsul electo, sino como emperador. No obstante, después de la guerra civil se mostró todavía mucho más cruel, pues, mientras investigaba el paradero de los cómplices que se habían ocultado, atormentó a muchos de sus adversarios cautivos con un nuevo sistema de interrogatorio, consistente en introducirles fuego en sus órganos genitales; asimismo, hizo amputar las manos a algunos de ellos. De todos es sabido que tan sólo perdonó a dos de los adversarios más ilustres: a un tribuno laticlavo y a un centurión, quienes, para probar más fehacientemente que eran inocentes, demostraron que eran homosexuales y que por ese motivo era imposible que hubieran podido tener peso alguno ni ante su jefe ni ante los soldados.

XI. No sólo era Domiciano hombre de gran crueldad, sino que ésta era, además, solapada e imprevisible. La víspera de hacer crucificar a su tesorero, lo llamó a su propia habitación, le hizo sentar a su lado en la cama, lo despidió entre risas y plenamente tranquilo e incluso le hizo compartir parte de su cena. Al ex cónsul Arrecino Clemente, uno de sus íntimos amigos e informadores, cuando ya tenía decidido condenarlo a muerte, le hizo objeto de las mismas deferencias, o incluso mayores, hasta el punto de que, el día anterior, mientras se hacía acompañar por él en su propia litera, al ver al individuo que le había delatado, comentó a Arrecino: «¿Quieres que mañana escuchemos a ese maldito esclavo?». Y para abusar con mayor cinismo de la paciencia de la gente, nunca pronunció sus más crueles sentencias sin la previa afirmación de su clemencia, de manera que no había indicio más seguro de una muerte atroz que la benignidad del proemio. Hizo comparecer en la Curia algunos reos de lesa majestad y, después de anunciar que «ese día comprobaría hasta qué punto le amaba el Senado», consiguió fácilmente que fueran condenados a la pena capital, incluso conforme a la antigua usanza. Luego, asustado por la atrocidad del castigo, para suavizar el odio que le granjearía la sentencia, intercedió él mismo con estas palabras (creo interesante citarlas textualmente): «Permitidme, padres conscriptos, implorar de vuestra piedad —y sé que es difícil que me lo otorguéis— que se les conceda a los condenados la libre elección del género de muerte. Ahorraréis a vuestros ojos un horrible espectáculo y todos comprenderán que yo he mediado ante el Senado».

XII. Totalmente arruinado por los costes de las obras públicas y de los espectáculos, así como por el aumento de sueldo que había concedido al ejército, trató de disminuir el número de soldados, para reducir los gastos castrenses. Pero, al comprender que de esta forma quedaba expuesto a los ataques bárbaros y no menos agobiado por las deudas que había de pagar, no sintió el menor escrúpulo en dedicarse a robar de todas las formas posibles. En todas partes y por cualquier delación o delito confiscaba los bienes de los vivos y de los muertos. Bastaba ser acusado de cualquier hecho o dicho contra la majestad del emperador. Se apropiaba de las herencias de personas totalmente ajenas a él, con tal que hubiera un solo individuo que afirmara haber oído decir al difunto, cuando aún vivía, que César era su heredero. Exigió sobre todo con severísimo rigor los impuestos especiales que gravaban al colectivo judío, extendiéndolos a los que, sin profesar el judaísmo, vivían conforme a sus normas y a los que, por haber ocultado su origen, no habían satisfecho los tributos impuestos a su raza. Recuerdo haber presenciado, siendo todavía un adolescente, cómo un anciano nonagenario fue minuciosamente examinado por un procurador, ante una nutridísima concurrencia, para ver si estaba circuncidado.

Ya desde su juventud no fue nunca una persona amable, mostrándose insolente e intemperante, tanto en palabras como en hechos; por ejemplo, cuando, a su regreso de Istria, Cenis, la concubina de su padre, se acercó a él, como era su costumbre, para besarle, Domiciano se limitó a alargarle la mano. Del mismo modo, molesto porque el yerno de su hermano tenía también servidores vestidos de blanco, exclamó:

No es bueno que haya muchos soberanos.

XIII. Cuando accedió al trono, no dudó en jactarse ante el Senado de que «él era quien había entregado el poder imperial a su padre y a su hermano y que ellos se lo habían devuelto», ni dudó tampoco en proclamar en un edicto, cuando tomó de nuevo a su mujer, después de haberse divorciado de ella, que «había vuelto a aceptarla en su divino lecho». En cierta ocasión, durante un banquete en el anfiteatro, escuchó con gran placer las siguientes aclamaciones: «¡Venturosa vida para nuestro Señor y nuestra Señora!». Sin embargo, cuando en el certamen Capitolino todo el público le rogaba al unísono que restituyese en su cargo a Palfurio Sura, expulsado desde hacía tiempo del Senado y que había resultado ahora vencedor en el concurso de elocuencia, sin dignarse dar respuesta alguna se limitó a ordenar por boca del pregonero que se callasen. Con parecida arrogancia, en una ocasión en que dictaba una carta circular, escrita aparentemente por sus procuradores, la comenzó así: «Nuestro Señor y dios, ordena que se haga lo siguiente…». Quedó establecido desde entonces que, en adelante, en todos los escritos y conversaciones, de quien quiera que fuesen, recibiera ese mismo tratamiento. No permitió que se colocasen estatuas suyas en el Capitolio, si no eran de oro o de plata y de un peso determinado. Hizo construir por todos los distritos de la ciudad tantos y tan grandes pórticos y arcos de triunfo, coronados con cuadrigas y con los distintivos de sus triunfos, que en uno de ellos apareció escrito en griego: «¡Basta!». Asumió diecisiete consulados —nadie, antes de él, había asumido tantos—, de ellos, los siete intermedios ininterrumpidamente, aunque casi todos los ejerció tan sólo nominalmente, ninguno más allá de las calendas de mayo y, la mayoría, hasta los idus de enero únicamente. Cuando, después de sus dos triunfos, adoptó el sobrenombre de Germánico, cambió los nombres de los meses de septiembre y de octubre por sus propios nombres «Germánico» y «Domiciano», respectivamente, puesto que, en septiembre, había obtenido el trono imperial y, en octubre, había nacido.

XIV. Temido y odiado por todos a causa de todo ello, fue finalmente asesinado a consecuencia de una conspiración conjunta de sus amigos, de sus libertos más íntimos y de su propia mujer. Ya desde mucho tiempo atrás sospechaba cuál sería su último año y día de vida, e incluso la hora y el género de muerte. Siendo todavía un adolescente, los astrólogos le habían pronosticado todos los detalles. En una ocasión, al negarse durante la cena a probar las setas, incluso su padre se había reído abiertamente de él por ignorar su propio destino, asegurando que mejor haría si se guardaba del hierro. Por esa razón, aterrado y angustiado, hasta las más tenues sospechas le desquiciaban por completo. Se cree que ningún otro hecho le influyó más, para dejar sin efecto su promulgado edicto de arrancar las viñas, que unos panfletos que se difundieron con los siguientes versos:

Aunque me arranques de raíz, produciré suficiente fruto
para que puedan hacerse libaciones sobre ti, cuando tú, chivo, seas inmolado.

A causa de ese mismo terror, y a pesar de lo mucho que le complacían los honores de cualquier género, rechazó una nueva distinción honorífica, pensada por el Senado en su honor. Había decretado, en efecto, el Senado que, siempre que ejerciese el consulado, entre los lictores y ujieres le precediese un grupo de caballeros romanos, elegidos por sorteo, vestidos con la trábea y armados con lanza militar. Cada vez más angustiado a medida que se iba aproximando el día de su augurada muerte, hizo revestir de reluciente fengita las paredes de los pórticos por los que tenía costumbre de pasear, para poder observar, mediante las imágenes reflejadas en su brillante superficie, lo que sucedía a sus espaldas. No escuchaba tampoco a ningún detenido, si no era en un lugar apartado y a solas y sosteniendo con sus manos las cadenas que lo aherrojaban. Por otra parte, para persuadir al personal doméstico de que nadie podía osar dar muerte a su patrón, ni siquiera por un buen fin, condenó a la pena capital a su secretario Epafrodito, porque se creía que con su propia mano había ayudado a Nerón a suicidarse, tras ser éste abandonado por todos.

XV. Por último, ordenó ejecutar de improviso, a causa de una ligerísima sospecha y acabado apenas de ejercer su consulado, a Flavio Clemente, primo hermano suyo, hombre de ignominiosa apatía, a cuyos dos hijos, todavía unos niños, había designado públicamente Domiciano como sucesores suyos, cambiándoles a ambos sus nombres propios por los de Vespasiano y Domiciano, respectivamente. Fue este crimen, sobre todo, el que precipitó su propia muerte. Durante ocho meses seguidos cayeron en Roma, y se comunicó que habían caído también fuera de ella, tal cantidad de rayos, que Domiciano llegó a exclamar: «¡Que hiera ya de una vez a quien desee herir!». Fueron alcanzados por los rayos el Capitolio, el templo de la familia Flavia, el palacio imperial del Palatino y su propio dormitorio, e incluso la placa con la inscripción de una estatua triunfal de Domiciano, arrancada por la violencia de la tormenta, fue a caer sobre una tumba cercana. También el árbol que, cuando Vespasiano era un simple particular, había muerto y reverdecido después, volvió ahora a caer de nuevo. El oráculo de la Fortuna, en Preneste, que durante todo su reinado, cuando él acudía a consultar el nuevo año, no había dejado de augurarle siempre la misma feliz prosperidad, la última vez le rindió un tristísimo presagio que incluía la mención de sangre. Soñó, además, que Minerva, por la que sentía especial veneración, se marchaba de su templo y le aseguraba que en adelante no podría ya protegerlo, pues había sido desarmada por Júpiter. Sin embargo, ningún presagio le turbó tanto como la respuesta y el infortunio del astrólogo Ascletario. Después de ser denunciado y de aceptar que había divulgado sucesos que gracias a su arte podía prever, Domiciano le preguntó si sabía qué final le aguardaba. Cuando Ascletario le aseguró que en breve sería destrozado por los perros, Domiciano ordenó ejecutarlo al momento, pero dispuso que lo enterraran con sumo cuidado para dejar en evidencia la superchería de su arte. Después de proceder conforme a estas instrucciones, sucedió que, apagada y deshecha la pira fúnebre por una repentina tormenta, su cadáver, a medio quemar, fue descuartizado por los perros. Mientras Domiciano estaba cenando, Latino, un actor de mimos, le contó este suceso entre las demás habladurías del día, puesto que lo había visto con sus propios ojos cuando casualmente pasaba por allí.

XVI. La víspera de su muerte, después de ordenar que guardaran para el día siguiente las trufas que le habían servido, añadió: «Si es que me las puedo comer», y, dirigiéndose a los comensales que tenía al lado, afirmó que «al día siguiente la luna se cubriría de sangre al pasar por Acuario y que ocurriría algún suceso del que hablaría la gente a lo largo de todo el orbe terráqueo». Alrededor de la media noche, se sintió tan aterrorizado que saltó fuera de la cama. Más tarde, al amanecer, escuchó y condenó a muerte a un arúspice enviado desde Germania, porque, al ser consultado sobre un rayo, había augurado un cambio de emperador. Luego, al rascarse enérgicamente una verruga ulcerosa que tenía en la frente y brotar de ella abundante sangre, exclamó: «¡Ojalá toda la sangre sea ésta!». Preguntó entonces qué hora era y le respondieron adrede que era la hora sexta, en lugar de la quinta, que era de la que tenía miedo. Engañado de este modo como si ya hubiese pasado el peligro, lleno de alegría se disponía a arreglarse, cuando Partenio, su ayuda de cámara, le disuadió de ello, notificándole que había alguien que quería comunicarle no sé qué importante asunto y que no debía hacerlo esperar. En consecuencia, después de despedir a todos, se retiró a su alcoba, y allí fue asesinado.

XVII. Sobre la naturaleza de la intriga palaciega y del asesinato, se divulgaron los siguientes pormenores. Estaban los conjurados indecisos sobre cómo y cuándo atacar a Domiciano, es decir, si debían hacerlo mientras se bañaba o mientras se hallaba cenando, cuando Estéfano, administrador de Domitila, que en aquellos momentos estaba acusado de malversación de fondos, les ofreció su consejo y colaboración. El día del crimen, ocultó un puñal en su brazo izquierdo, que durante algunos días, para evitar sospechas, se había envuelto con paños y vendas como si hubiera sufrido un accidente, y, después de anunciar que tenía pruebas de una conspiración, motivo por el que fue conducido a presencia de Domiciano, le apuñaló en la ingle, mientras éste leía atónito el informe que le había entregado. Como Domiciano, aunque herido, se defendía con todas sus fuerzas, su ordenanza Clodiano, un liberto de Partenio llamado Máximo, Sátur, jefe de los ayudas de cámara, y algunos miembros de la escuela de gladiadores se abalanzaron sobre él y lo remataron con siete puñaladas. Un joven esclavo, que cuidaba de los Lares cubiculares y permanecía habitualmente en la alcoba, presenció por ese motivo el asesinato y explicó los siguientes detalles: que Domiciano, nada más recibir la primera puñalada, le ordenó que le alargara el puñal que guardaba bajo la almohada y llamara a los criados, pero que en la cabecera de la cama no encontró nada más que la funda vacía del puñal y, además, halló cerradas todas las puertas; que el emperador, agarrando y derribando a Estéfano, luchó cuerpo a cuerpo con su agresor durante largo rato, intentando o bien arrebatarle el puñal, o bien vaciarle los ojos con sus dilacerados dedos. Murió catorce días antes de las calendas de octubre, a los cuarenta y cinco años de edad, y en el decimoquinto de su reinado. Su cadáver, que unos sepultureros sacaron de palacio en un vulgar ataúd, lo incineró su nodriza Filis en su casa de las afueras de Roma, junto a la vía Latina, pero, a escondidas, depositó sus restos en el templo de la familia Flavia y los mezcló con las cenizas de Julia, hija de Tito, a la que también ella había criado.

XVIII. Fue Domiciano de elevada estatura, de semblante tímido y ruboroso y de grandes ojos, aunque de mortecina mirada. Fue además, en especial durante su juventud, bien parecido y muy bien proporcionado en todos los miembros de su cuerpo, a excepción de los pies, cuyos dedos eran demasiado cortos. Más tarde, se vio afeado por la calvicie, la prominencia del vientre y la delgadez de las piernas, que una larga enfermedad había ido enflaqueciendo. Era plenamente consciente del atractivo que le proporcionaba la timidez de su rostro, por lo que llegó a jactarse de ello en el Senado con las siguientes palabras: «Estoy seguro de que hasta ahora os han complacido mi carácter y mi rostro». Su calvicie le mortificaba hasta tal extremo, que se tomaba como un agravio personal si alguien echaba en cara a otro ese mismo defecto, tanto si era para molestarlo como para bromear. Con todo, en el opúsculo Sobre el cuidado del cabello, que dedicó a un amigo, intercaló estas palabras para consolar, tanto a su amigo, como a sí mismo:

¿No ves acaso cuán bello y alto soy?

«Y, aunque el mismo destino aguarda a mis cabellos, soporto con entereza que mi cabello envejezca, siendo todavía un adolescente. Entérate de que nada hay más grato que la belleza, pero nada tampoco más efímero.»

XIX. Como, debido a sus pies, no podía soportar el cansancio, raras veces caminó por la ciudad; más raramente todavía fue a caballo durante sus expediciones militares y en el campo de batalla, siendo transportado, por lo general, en litera. No sentía afición por ninguna clase de armas, excepto por el arco de flechas, que le apasionaba. Muchos pudieron verle en su retiro del monte Albano matando centenares de fieras de toda especie y disparando con tal habilidad a su cabeza, que con dos flechazos conseguía que pareciese que llevaban cuernos. Algunas veces disparaba con tal puntería contra la palma abierta de la mano de un muchacho, que, colocado a lo lejos, la mostraba a manera de diana, que todas las flechas pasaban entre sus dedos sin herirlos.

XX. Al inicio de su reinado descuidó los estudios liberales, aunque se preocupó, sin reparar en gastos, de recomponer las bibliotecas desaparecidas en un incendio, haciendo buscar por todo el Imperio ejemplares de las obras perdidas y enviando amanuenses a Alejandría para transcribir y corregir los textos. Sin embargo, nunca se preocupó lo más mínimo por la historia, ni por conocer las obras poéticas, ni siquiera por adquirir un buen estilo, a pesar de que le hubiese hecho falta hacerlo. Excepto las memorias y las actas de Tiberio César,no leía absolutamente nada. Redactaba sus cartas, discursos y edictos, valiéndose de la habilidad de otros. Su modo de hablar, sin embargo, no carecía de elegancia ni, en ocasiones, de notables sentencias: «Quisiera —dijo un día— ser tan bien parecido como a Mecio le parece serlo»; y afirmó que la cabeza de cierto individuo, debido a la tonalidad canosa y rojiza de sus cabellos, era como nieve esparcida sobre vino dulce.

XXI. Afirmaba ser sumamente triste la condición de los príncipes, a quienes, si descubrían una conspiración, no se les daba crédito hasta después de ser asesinados. Siempre que tenía tiempo libre, se entregaba con placer al juego de los dados, incluso en días festivos y ya por la mañana. Se bañaba de día y comía hasta hartarse, de modo que, de ordinario, a la hora de cenar, tomaba únicamente una manzana de Macio y un breve sorbo de una botella. Ofrecía frecuentes y copiosos banquetes, pero aprisa y corriendo, pues nunca duraban más allá de la puesta del sol, ni después había sobremesa. Luego, hasta la hora de irse a dormir, se dedicaba únicamente a pasear, él solo, por un lugar apartado.

XXII. Era de una sensualidad desenfrenada, y a sus continuos coitos, como si de un género de gimnasia se tratase, les daba el nombre de «palestra de cama». Se decía que él mismo depilaba a sus concubinas y que vivía rodeado de las más vulgares rameras. Rechazó obstinadamente a la hija, todavía virgen, de su hermano, que le había sido ofrecida en matrimonio cuando él estaba prometido a Domicia. Sin embargo, cuando al poco tiempo la casaron con otro, por propia voluntad se apresuró a seducirla, y eso estando Tito todavía vivo. Luego, tras perder a su padre y a su marido, la amó abierta y apasionadamente, hasta el extremo de que ese mismo amor fue la causa de su muerte, pues, al quedarse encinta, la obligó a abortar.

XXIII. Aunque el pueblo se mostró indiferente ante su asesinato, el ejército lo llevó muy a mal e intentó darle enseguida el título de «divino»; estaba además dispuesto a vengarlo, si no hubiese carecido de jefes para llevar a cabo su venganza, cosa que hizo poco después, al reclamar con firme insistencia el castigo de los autores de su asesinato. El Senado, en cambio, experimentó tal alegría, que la Curia, repleta a porfía, no pudo abstenerse de ultrajar al difunto emperador con toda clase de los más injuriosos y agrios improperios. Ordenó incluso que se trajeran unas escaleras y que, ante sus propios ojos, se arrancaran los escudos y las efigies de Domiciano y que, allí mismo, las hicieran añicos contra el suelo. Por último, decretó que fueran borradas de todas partes todas las inscripciones con su nombre y que se eliminase su memoria. Unos pocos meses antes de ser asesinado, una corneja había graznado desde el tejado del Capitolio: «Todo irá bien». Y no faltó quien interpretó el presagio de esta manera:

La corneja que hace poco se posó en lo más alto de la roca
Tarpeya no pudo decir «va bien»; dijo: «irá bien».

Se cuenta que el propio Domiciano había soñado que le había surgido una joroba de oro detrás del cuello y que por ello estaba seguro de poder augurar que, después de él, la situación del Imperio sería más venturosa y próspera, como efectivamente ocurrió poco después, gracias a la mesura y prudencia de los emperadores que le sucedieron.


Publicado el 14 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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