Una historia de frontera, donde a una mujer solo se le permite cometer un error.
Wolf Pass (1930), de William Byron Mowery, es un cuento ambientado en los territorios del norte canadiense, marcada por la dureza del paisaje y la tensión entre la ley y los forajidos. La historia sigue a Sylvia, esposa de un inspector de la Policía Montada, quien se ve atrapada en un encuentro con Slith Behrdal, un fugitivo perseguido por crímenes pasados. En medio de bosques, ríos y pasos montañosos, la narración explora la lucha por la supervivencia, el hambre, la soledad y la ambigüedad moral de un hombre que no parece encajar del todo en la imagen de criminal despiadado que le atribuyen.
El relato combina aventura, suspenso y un retrato psicológico de los personajes, mostrando tanto la vulnerabilidad de Sylvia como la humanidad inesperada de Behrdal, mientras el inevitable enfrentamiento con su esposo se acerca en el Paso del Lobo.
Tal
como le indicó, ella se sentó contra un árbol, frente a él.
Desesperadamente intentaba descifrar qué clase de hombre era ese
Behrdal, y cuál era su propósito con ella. Parecía de unos treinta
y ocho años; era fuerte pero enjuto de cuerpo; claramente del tipo
de los cazadores de los bosques, aunque más inteligente que el
promedio. A pesar de su ropa desaliñada, su cabello largo y su
rostro sin afeitar, no resultaba del todo aterrador. Aunque aún
temblaba al recordar cómo se le había lanzado encima, ya no estaba
presa del pánico; sus primeros miedos instintivos hacia él iban
disminuyendo.
Pensó:
"Claro que se llevará mi canoa, el rifle y la mochila; pero ¿me
dejará aquí en este tramo o me soltará cerca de algún campamento
indígena, o… o qué?"
Sin
decirle una palabra más, Behrdal desgarró el paquete envuelto en
papel aceitado. Sylvia lo observó abalanzarse sobre la comida, y en
medio de su terrible situación y su indefensión, nació en ella una
primera chispa de compasión. ¡El hombre estaba famélico, muerto de
hambre! Olvidándose por completo de ella, olvidando vigilar el río,
se puso a devorar el pan, la carne, el pastel y las barras de
chocolate con la voracidad de un animal. Tras meses de subsistir solo
con bayas que recogía y animales que atrapaba a palos o con trampas,
parecía especialmente hambriento de pan y dulces: engulló las
barras de chocolate en dos mordidas y recogió hasta la más mínima
miga de pan que cayó sobre el musgo.
20 págs. / 36 minutos.
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Publicado el 22 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
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