Como Primitivo se resistiera, el revoltoso aseguró para amedrentarlo:
—A los que no nos ayuden les vamos a carnear en grande.
No respondió.
—¿No oís?
—Sí, oigo.
—¿Y...?
—Nada... a mí me cuesta mucho lo que gano, para regalarlo.
—Siempre roñoso y chancleta —murmuró el indio.
Primitivo hizo un movimiento de cólera y miró a su hermano fijamente; luego, volviendo los ojos hacia los carneros, rascóse la cabeza, recogió velas y se puso a silbar.
Jaime sonrió despreciativamente y dijo:
—Al menos prestame tu caballo; el mío está aplastao y tengo que volverme en seguida.
Su hermano, sin responder palabra, apeóse y empezó a desensillar.
—Adiós; si te pasa algo malo, no digas que no te avisé —añadió Jaime, por último, al partir.
Primitivo, un tanto inquieto, siguiólo con la mirada hasta que caballo y jinete se fundieron en el gris perla del horizonte, y de nuevo se entretuvo en examinar los carneros y compararlos entre sí. "No digas que no te avisé... ¿Qué me habrá querido decir con eso?" —preguntóse algunos momentos después, asaltado por la inquietud de antes, y volviendo a sus reflexiones de ganadero afirmó: "El más petizo es el más lindo".
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