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El Anticristo

Friedrich Nietzsche


Filosofía


PRÓLOGO

INVERSIÓN DE TODOS LOS VALORES

FRAGMENTO

Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva aún ninguno de ellos. Esos podrán ser los que comprendan mi Zaratustra; ¿acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos.

Las condiciones requeridas para comprender y para comprenderme luego con necesidad, las conozco demasiado bien. Hay que ser probo hasta la dureza en las cosas del espíritu para poder soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que estar acostumbrado a vivir en las montañas, y ver a nuestros pies la miserable locuacidad política y el egoísmo de los pueblos que la época desarrolla. Hay que hacerse indiferente; no debe preguntarse si la verdad favorece o perjudica al hombre... Hay que tener una fuerza de predilección para las cuestiones que ahora espantan a todos; poseer el valor de las cosas prohibidas, es preciso estar predestinado al laberinto. De esas soledades hay que hacer una experiencia. Tener nuevos oídos para una nueva música: nuevos ojos para las cosas más lejanas; nueva conciencia para verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía en grande estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo... hay que respetarse a si mismo, amarse a sí mismo; absoluta libertad para consigo mismo...

Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores, mis lectores predestinados; ¿qué me importan los demás? Los demás son simplemente la humanidad. Se debe ser superior a la humanidad por la fuerza, por el temple, por el desprecio...

FRIEDRICH NIETZCHE


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83 págs. / 2 horas, 26 minutos / 2.655 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Antidescubrimiento de América

Arturo Robsy


Novela


Capítulo 1

El «famoso» Edward Free se puso en pie y contempló a todos los reunidos en torno a la mesa de trabajo. De arriba abajo. Agitó sobre lu cabeza semitonante el guión y, lleno de desprecio, lo arrojó sobre el centro del tablero.

—Basura. —dijo.

Los presentes estaban de acuerdo. Precisamente por eso se habían puesto en contacto con Joseá, aquel editor de abordaje, y le habían ofrecido un buen pellizco de los beneficios.

Faltaba poco para el VI Centenario del Descubrimiento de América, que se iba a celebrar en Madrid, París, Londres Copenhague, Génova, Nueva York, Atlanta y Tel Aviv. Había que poner en marcha una serie televisiva que explicara el Magno Acontecimiento de un modo que pudiera aceptarse por Europa y por América.

La Comisión Europea para el Sexto Centenario contrató a Jean Lapin. Lapin encargó el guión a Thomas Spenser y Thomas había nombrado asesor al académico J.J. Torceau. El resultado de tantas horas de trabajo era lo que Edward acababa de arrojar sobre la mesa del Consejo Asesor. Todos sospechaban que los guionistas anteriores se entregaban al chisporroteo del anís:

—¡El Descubrimiento de América! —exclamó Free, escandalizado— ¿Es posible que ya no quede imaginación en este continente? Se trata de contar el viaje de Colón y no se les ocurre otra cosa que llamarlo «El Descubrimiento de América».

Los presentes asintieron. Joseá, el editor, dos veces. Por amistad. Todos habían leído el guión histórico y todos, por sus razones, estaban contra él. Así fue como decidieron ponerlo en manos de Edward Free.

Free había hecho tres series, de éxito arrollador, magnificando la Unidad Europea: Neanderthal, Atila y Gengis Kan. Además, era español. Hacía falta un español para desmitificar el 12 de Octubre de 1492 y darle una dimensión de empresa europea.


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145 págs. / 4 horas, 15 minutos / 211 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Antifeminista

Arturo Robsy


Cuento


"Una mujer es una maravilla, pero es preciso acostumbrarse a ella".

—Aforismo grabado en Chichén Itzá.
 

Don Julián golpeó la mesa del casino con el puño; se hubiera puesto rojo de ira de permitírselo el médico, pero su presión arterial era demasiado elevada y tuvo que dejarlo correr.

—No hay derecho —dijo. Las mujeres de hoy en día no son mujeres ni son nada.

Los compañeros le dieron la razón: quién más quién menos tenía una esposa, una novia, o una hija de las que se ponen pantalones (¡Qué ricas!) y fuman tabaco negro.

Don Julián, satisfecho, se lanzó a una exploración del mundo femenino y afirmó que el destino de la mujer era:

a) El Matrimonio.
b) La cocina.
c) Las zapatillas del marido. Y
d) La cama.

Ideas que, por lo antediluvianas, resultaron ser originales en un mundo tan progresista como el nuestro.

Posteriormente, Don Julián arremetió contra las modas en general y contra los modistos en particular:

—Se visten para estar más feas —decía. Y es que a él, como a casi todos, le gestaban más desnudas.

Y luego elucubró largamente sobre las carnes femeninas: En sus tiempos —opinaba— una mujer necesitaba kilos y no los ojos pintados. Hoy en día están tan flacas que el primitivo encanto de las caderas opulentas y los pechos abultados se ha perdido.

Aquí hizo un inciso —nuevo puñetazo sobre la mesa— y, aprovechó para dedicar sus florilegios a otros individuos:

—¿Y de quién es la culpa? —preguntó—. ¡De la juventud! ¡Y de los médicos!. "Kilos de menos, años de más", dicen... ¡Bah!

Y es que Don Julián era un inconformista convencido que, puestos a embestir, no respetaba ni la ciencia: él —en suma— lo que deseaba era volver a los tiempos de su juventud, cuando las "Chicas Topolino" lucían sus bien distribuidas carnes y no sabían nada de dietética.


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3 págs. / 6 minutos / 129 visitas.

Publicado el 23 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

El Antiguo Castillo

Christoph von Schmid


Cuento infantil


I

En el fondo de una montaña poblada de espesos bosques residía un carbonero llamado Roberto. La cabaña era de madera y estaba construida sobre una peña, la cual estaba rodeada de un valle fértil y muy ameno. Un pequeño riachuelo serpenteaba en el fondo; y muchas veces con las lluvias se salía de madre, convirtiéndose en impetuoso torrente que arrastraba ramas, arbustos, piedras y troncos de árboles. Todo el territorio que estaba al exterior del ralle era en parte árido y en parte poblado dé árboles seculares, de modo que aquel sitio era solitario y poco frecuentado. Sólo el carbonero lo tenía bien medido, No se veía, exceptuada la cabaña, ninguna cosa hedía por mano del hombre, todo pertenecía exclusivamente á la naturaleza.

A poca distancia de la cabaña había una cantera envuelta en un pinar y en la cúspide de dicha montaña descollaba una torre en ruínas, restos de un antiguo castillo feudal que últimamente fué habitado por una banda de foragidos. En aquella soledad vivía Roberto con Eduvigis su esposa y sus dos hijos Nicolás y Tecla: y pasaban muchas semanas sin ver á otro sér humano. Los únicos seres vivientes que concurrían en el valle eran muchas liebres y cabras monteses y algunas veces bajaba al arroyuelo algún ciervo cansado de correr. Roberto empleaba el día cortando lena y quemándola para obtener carbón: tan pronto la encendía en un lado del bosque, tan pronto en otro, según como se le presentaba la ocasión; su mujer cuidaba de la casa y en los momentos libres hilaba; Nicolás guardaba un rebañito de cabras y Tecla tenía á su caro media docena de ovejas que apacentaban en los bosques del arroyuelo. Juntos vivían pacíficamente como buenos cristianos sin tener más deseos, ni más idea del mundo que su cabaña y aquella pacífica soledad.


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Dominio público
11 págs. / 20 minutos / 104 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Antropófago

Pablo Palacio


Cuento


Allí está, en la Penitenciaria, asomando por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago.

Todos lo conocen. Las gentes caen allí como llovidas por ver al antropófago. Dicen que en estos tiempos es un fenómeno. Le tienen recelo. Van de tres en tres, por lo menos, armados de cuchillas, y cuando divisan su cabeza grande se quedan temblando, estremeciéndose al sentir el imaginario mordisco que les hace poner carne de gallina. Después le van teniendo confianza; los más valientes han llegado hasta provocarle, introduciendo por un instante un dedo tembloroso por entre los hierros. Así repetidas veces como se hace con las aves enjauladas que dan picotazos.

Pero el antropófago se está quieto, mirando con sus ojos vacíos.

Algunos creen que se ha vuelto un perfecto idiota; que aquello fue sólo un momento de locura.

Pero no les oiga; tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada.

Medite Ud. en la figura que haría si el antropófago se almorzara su nariz.

¡Ya lo veo con su aspecto de calavera!

¡Ya lo veo con su miserable cara de lázaro, de sifilítico o de canceroso! ¡Con el unguis asomando por entre la mucosa amoratada! ¡Con los pliegues de la boca hondos, cerrados como un ángulo!

Va Ud. a dar un magnífico espectáculo.

Vea que hasta los mismos carceleros, hombres siniestros, le tienen miedo.

La comida se la arrojan desde lejos.

El antropófago se inclina, husmea, escoge la carne —que se la dan cruda—, y la masca sabrosamente, lleno de placer, mientras la sanguaza le chorrea por los labios.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 1.618 visitas.

Publicado el 28 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Aparecido

Marqués de Sade


Cuento


La cosa del mundo a la cual los filósofos otorgan menos fe es a los aparecidos. No obstante, si el caso extraordinario que voy a contar, caso certificado con la firma de muchos testigos y consignado en archivos respetables, si ese caso, digo, y teniendo en cuenta esos títulos y la autenticidad que tuvo en su tiempo, puede volverse susceptible de ser creído, será necesario, a pesar del escepticismo de nuestros estoicos, persuadirse de que si todos los cuentos de aparecidos no son verdaderos, al menos hay acerca de eso cosas muy extraordinarias.

Una gruesa Madame Dallemand, que todo París conocía entonces como una mujer alegre, franca, ingenua y de buena compañía, vivía, desde hacía más de veinte años que era viuda, con un cierto Ménou, hombre de negocios que habitaba cerca de Saint Jean—en—Grève. Madame Dallemand se encontraba un día cenando en casa de cierta Madame Duplatz, mujer de su apostura y de su sociedad, cuando en medio de una partida que habían comenzado al levantarse de la mesa, un lacayo vino a rogar a Madame Dallemand que pasara a un cuarto vecino, visto que una persona de su conocimiento demandaba insistentemente hablarle por un asunto tan apurado como consecuente; Madame Dallemand dijo que la esperara, que no quería interrumpir su partida; el lacayo vuelve e insiste de tal manera que la dueña de la casa es la primera en apurar a Madame Dallemand para que vaya a ver qué es lo que quiere. Ella sale y reconoce a Ménou.

—¿Qué asunto tan urgente —le dice ella— puede hacerte venir a turbarme así en una casa en la que no eres conocido?

—Uno muy esencial, señora, responde el corredor, y debes creer que es bien necesario que sea de esa especie, para que haya obtenido de Dios el permiso de venir a hablarte por última vez en mi vida…


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2 págs. / 4 minutos / 165 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Apetito

Antonio de Trueba


Cuento


I

Cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo sucedió que una mañana se encontraron con ellos en el camino dos jóvenes muy guapos y enamorados que volvían de la iglesia, donde acababan de casarse, y se dirigían á una casita blanca que tenían ya preparada allá arriba para vivir en ella queriéndose y ayudándose uno á otro como Dios manda.

—No será malo—dijo la mujer al marido viendo que se acercaba á olios Cristo y San Pedro,—que aprovechemos la ocasión para preguntar á Cristo qué es lo que principalmente debemos hacer para ser buenos casados, porque aunque ya nos ha dicho algo de eso el señor Cura, naturalmente Cristo y aun San Pedro han de saber más que él de esas cosas.

—Tienes mucha razón—contestó el marido,—y tanto más nos conviene preguntarles eso, cuanto el señor Cura nos ha dicho, que como tenemos poco talento...

—De tí ha dicho eso, que no de mí.

—Lo mismo da, mujer, que lo que se dice del marido, como si se dijera de la mujer es.

—Eso según y conforme.

—¿No has oído al señor Cura que la mujer y el marido son una sola carne y un solo hueso?

—No, ha dicho el señor Cura eso: ha dicho que el marido debe tener por carne de su carne y hueso de su hueso á la mujer.

—Pues llámale hache.

—No le llamo hache ni jota, que lo que con eso ha querido decir el señor Cura es que si, pongo por caso, tú me das una bofetada que me rompa las muelas, te ha de doler la bofetada como dada en carne de tu carne y hueso de tu hueso.

—Zape, ya me guardaré yo muy bien de dártela que no soy tan tonto como eso.

—¡Podía llegar hasta eso tu tontería!

—Pues como íbamos diciendo, nos conviene tanto más preguntar á Cristo que es lo que principalmente debemos hacer para ser buenos casados cuanto el señor Cura nos ha aconsejado que cuando no sepamos alguna cosa, la preguntemos á quien sepa más que nosotros..


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 61 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Aprendiz de Brujo

Roberto Arlt


Cuento


Eran cuatro sillones en uno de los puentes de la proa del María Eugenia, y en torno de la mesa de mimbre nos reuníamos los cuatro y a veces cinco camaradas de mesa. El océano deslizaba continuamente las millas de sus abismos amargos contra el casco de la nave, y una vez uno y una vez otro contábamos una historia testificada por verdadera. Ahora le tocó el turno a Borodin, quien preguntó:

—¿Alguien conoce los Tantras del Zivagama?

Nos quedamos mirándole en silencio. Borodin continuó:

—¿Alguno de ustedes se ha dedicado alguna vez a las prácticas de la magia negra?

Proseguimos mirándole en silencio. Él insistió:

—¿Cree alguno de ustedes en las posibilidades de la magia negra?

Ernestina Carbajal sonrió un poco escéptica:

—¿Existe hoy en alguna parte del mundo un civilizado que crea en la magia negra o blanca?

Entonces Borodin, con esa encantadora naturalidad que le era muy útil para ganar al poker y perder al bridge, respondió:

—Yo creo en la magia negra. Yo practiqué la magia negra.

El efecto estaba causado y, Borodin, después de un minuto de silencio, mediante el cual nos permitió concentrar las nubes de nuestra imaginación dispersa, entró en el relato de su experiencia:


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 479 visitas.

Publicado el 11 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

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