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El Arca y el Fantasma

Stendhal


Cuento


Aventura española

En una hermosa mañana del mes de mayo de 182… don Blas Bustos y Mosquera, llevando en pos doce jinetes, entraba en el pueblo de Alcolote, a una legua de Granada. Al acercarse, los labriegos se metían apresuradamente en su casa y cerraban la puerta. Las mujeres miraban aterradas por una esquinita de la ventana al pavoroso director de la policía granadina. Castigó el cielo su crueldad poniéndole en la cara la huella del alma. Es un hombre de seis pies de estatura, negro y espantosamente flaco; es solo el director de la policía, pero el mismísimo obispo de Granada y el gobernador tiemblan en su presencia.

Durante esa guerra sublime contra Napoleón que, a los ojos de la posteridad, pondrá a los españoles del siglo XIX por delante de todos los demás pueblos de Europa y les otorgará el segundo puesto, detrás de los franceses, fue don Blas uno de los más famosos jefes de guerrilleros. Cuando su partida no había matado en el día a un francés por lo menos no dormía en cama: tenía hecho ese voto.

Al regresar Fernando, lo mandaron a las galeras de Ceuta, en donde pasó ocho años en la más espantosa miseria. Lo acusaban de haber colgado, de joven, los hábitos de capuchino. Volvió luego a entrar en gracia, no se sabe cómo. Don Blas es ahora célebre por su silencio; no habla nunca. Tiempo ha, los sarcasmos que les decía a sus prisioneros de guerra antes de mandarlos ahorcar le habían valido cierta reputación de hombre ingenioso: en todos los ejércitos españoles contaban sus bromas.


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25 págs. / 43 minutos / 246 visitas.

Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

El Archivo de Sherlock Holmes

Arthur Conan Doyle


Novela


Prefacio

Me temo que el señor Sherlock Holmes puede llegar a convertirse en uno de esos tenores famosos que, habiendo sobrevivido a su tiempo, se sienten tentados de repetir una y otra vez sus reverencias de despedida ante su indulgente público. Esto tiene que terminar, y debe seguir el camino de toda carne, real o imaginaria. A uno le gusta pensar que hay un limbo fantástico para las criaturas de la imaginación, donde los guapos de Fielding pueden aún cortejar a las bellas de Richardson, donde los héroes de Scott pueden aún pavonearse, el encantador cockney de Dickens suscitar una sonrisa, y los hombres mundanos de Thackeray seguir sus respetables carreras. Quizás en algún humilde rincón del Walhalla, Sherlock y su Watson puedan encontrar acomodo por un tiempo, mientras alguien más astuto, con algún incluso menos astuto camarada, ocupa la escena que ellos han dejado libre.


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277 págs. / 8 horas, 6 minutos / 509 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

El Arco

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Sobre el trozo de firmamento, no siempre despejado ni azul, que se veía desde mi ventana, fantaseo que aún se recorta, ahora que no existe, el gallardo contorno del Arco, que me infundía una especie de orgullo infantil de haber nacido en Arcosa y me dominaba con la sensación de respeto que causa lo que no se comprende.

En los días de sol —que no eran todos en la Arcosa cenicienta y húmeda que baña sus pies en un sacro río, de los infinitos que por la Península corren más o menos ledamente—, cuando salía yo a la calle, gozaba, con una alegría misteriosa, la sombra proyectada por el Arco, y mis ojos no acertaban a separarse de sus relieves, casi aniquilados por el tiempo. Muy desgastado se hallaba el granito, que el paso de los años lo gasta todo; pero aquellas figuras borrosas, a fuerza de contemplarlas, resucitaban dentro de mí, y flotaban las enseñas inmóviles, se plegaban las túnicas que apenas conservaban señales de su forma, y hasta resaltaban las cabezas que sólo eran vago bulto sin facciones. En el gran relieve que decoraba el tímpano y corría por todo el frontón, parecían revivir los personajes y sus actitudes nobles y heroicas, y al verificarse esta resurrección imaginativa, también se alzaba de su tumba secular el hecho de armas, o por mejor decir, los dos hechos conmemorados por el monumento, y tan contrarios, que el uno recordaba la gloria y dominio del Imperio de Roma, y el otro la lucha de independencia que sostuvo toda la Península con otros invasores más modernos. Sobre el tímpano corría la inscripción romana, ilegible ya, y en el dintel había encontrado hueco la otra, que hacía constar el hecho de Arcosa, su resistencia al francés, la página más brillante de sus fastos.


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Publicado el 12 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

El Aristócrata Solterón

Arthur Conan Doyle


Cuento


Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Simon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser temas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuraciones, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al público en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes desempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría completa sin un breve resumen de este notable episodio.

Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había quedado en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persistencia. Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.

—Tiene una carta de lo más elegante —comenté al entrar él—. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.

—Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad —respondió él, sonriendo—. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.


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25 págs. / 44 minutos / 201 visitas.

Publicado el 25 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Armario

Guy de Maupassant


Cuento


Hablábamos de mujeres galantes, la eterna conversación de los hombres.

Uno dijo:

 Y era como sigue:

Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas  tristezas lánguidas que pueden  conducirnos al suicidio.

Me puse un abrigo y salí a la calle. Una lluvia menuda me calaba la ropa, helándome los huesos. En los cafés no había gente. Y ¿adónde ir? ¿Dónde pasar dos horas? Me decidí a entrar en Folies—Bergére, divertido mercado carnal. Había escaso público; los hombres vulgares, y las mujeres, las mismas de siempre, las miserables mozas desapacibles, fatigadas, con esa expresión de imbécil desdén que muestran todas, no sé por qué.

De pronto descubrí entre aquellas pobres criaturas despreciables a una joven fresca, linda, provocadora. La detuve y brutalmente, sin reflexionar, ajusté con ella el precio de la noche. Yo no quería volver a mi casa.

Y la seguí. Vivía en la calle de los Mártires. La escalera estaba oscura. Subí despacio, encendiendo cerillas. Ella se detuvo en el cuarto piso,  y cuando entramos en su habitación, echando el cerrojo de su puerta, me preguntó:

—¿Piensas quedarte aquí hasta mañana?

—Eso me propongo; eso convinimos.

—Bien, mi vida, lo pregunté por curiosidad. Aguárdame un minuto que enseguida vuelvo.

Y me dejó a oscuras. Oí cerrar dos puertas; luego me pareció que aquella mujer hablaba con alguien. Quedé sorprendido, inquieto. La idea de un chulo me turbó, aun cuando tengo bastante fuerza para defenderme.

«Veremos lo que sucede», pensé.


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4 págs. / 7 minutos / 119 visitas.

Publicado el 5 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Armario Viejo

Charles Dickens


Cuento


Eran las diez de la noche. En la hostería de los Tres Pichones, de Abbeylands, un viajero, joven aún, se había retirado a su cuarto, y de pie, cruzados los brazos contra el pecho, contemplaba el contenido de un baúl que acababa de abrir.

—Bueno, todavía debo sacar algún partido de lo que me queda —dijo—. Sí, en este baúl puedo invocar un genio no menos poderoso que el de Las mil y una noches: el genio de la venganza... y quizá también el de la riqueza... ¿Quién sabe?... Empecemos antes por el primero.

Quien hubiese visto el contenido del baúl, más bien habría pensado que su dueño no debería hacer mejor cosa que llevárselo a un trapero, pues todo eran ropas, en su mayor parte pertenecientes, por su tela y forma, a las modas de otro siglo, excepto uno o dos vestidos de mujer; pero ¿qué podía hacer con traje de mujer el joven cuya imaginación se exaltaba de ese modo ante aquel guardarropa híbrido? No eran días de Carnaval...

—¡Alto! Dan las diez —repuso de pronto—. Tengo que apresurarme, no vaya a cerrar la tienda ese bribón.

Y hablando consigo mismo se abrochó el frac, se echó encima un capote de caza, bajó, franqueó la puerta, siguió por la Calle Mayor hasta recorrerla casi toda, torció por una calleja y se detuvo ante el escaparate de un comercio.


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14 págs. / 24 minutos / 420 visitas.

Publicado el 18 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Arte de Agradar

Eugène Sue


Novela


1. El sastre

En el año de 1769, había en la calle de San Honorato, no lejos del palacio real, una modesta tienda de sastre, cuya insignia era un enorme par de tijeras doradas, suspendidas sobre la puerta por un gancho de hierro.

Existía un sorprendente contraste entre el maestro Landry, propietario de la tienda de las tijeras doradas, hombrecillo delgado, pálido y apático, y su mujer, madame Magdalena Landry.

Esta, de treinta y cinco a cuarenta años de edad, era activa y robusta; sus facciones pronunciadas, su modo de andar varonil, su tono brusco e imperioso daban a entender que ejercía un dominio absoluto en la casa.

Era un día de diciembre sombrío y lluvioso: acababan de dar las once.

El maestro Landry, sentado en su banquete, manejaba alternativamente las tijeras y la aguja, en compañía de Martin Kraft, su aprendiz, alemán grande, grueso y flemático, de cerca de veinte años, de hinchadas y encendidas mejillas, de cabello largo, más bien amarillo que rubio, y de empaque estúpido y lento.

La mujer del sastre parecía hallarse poseída de un violento acceso de mal humor. Landry y su aprendiz guardaban un silencio respetuoso.

Finalmente, Magdalena, dirigiéndose a su marido, le dijo con desprecio:

—Anda, que no tienes sangre en las venas… ¡te has de dejar quitar por imbécil hasta el último parroquiano!

Landry cambió un codazo y una mirada con Martin Kraft, se estuvo quedo, y maniobró con su aguja con doble agilidad.

Irritada sin duda madame Landry por la resignación de su marido, dijo dirigiéndose a este:

—¿A quién hablo yo?

El sastre y el aprendiz callaron.

Magdalena, exasperada, dio un fuerte bofetón a su marido, diciéndole:

—Me parece que cuando hablo de imbécil, a ti es a quien me dirijo, y debieras responderme… ¡Mal conoces lo que eres!


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136 págs. / 3 horas, 59 minutos / 196 visitas.

Publicado el 12 de febrero de 2019 por Edu Robsy.

El Arte De Cazar En Los Bosques De Misiones

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un cazador de monte requiere dos condiciones esenciales: el conocimiento de los rastros y la facultad de orientación. Esta facultad es realmente asombrosa, y si ella puede ser innecesaria en las cacerías de llanura, en el bosque es primordial. Supóngase una selva inextricable, densa hasta ahogar el sol, y de vegetación y terreno uniformes. No hay modo de avanzar media cuadra o efectuar una corrida circular, sin perder absolutamente la conciencia de donde se está. Si los avances, ahora, duran desde el amanecer hasta el crepúsculo, y las corridas tras las piezas han ocasionado, no uno, sino cuarenta círculos y contracírculos, fácil es suponer la remota probabilidad que tiene un buen hombre de saber hacia qué rumbo está precisamente su casa.

Este conflicto no preocupa al verdadero cazador. Esté donde esté, dé las vueltas que quiera en el monte, sabrá siempre qué dirección es menester seguir para hallar la entrada del monte. Hay casi siempre indicaciones que el cazador utiliza. Por ejemplo, la dirección del viento, que ha tenido buen cuidado de observar al principio. Concluida la cacería, nuestro hombre levanta la cabeza y mira, allá arriba, en la cima de los árboles, la inclinación de las ramas.


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Publicado el 25 de julio de 2026 por Brian.

El Arte de la Guerra

Sun Tzu


Tratado, Estrategia


Capítulo 1. Sobre la evaluación

Sun Tzu dice: la guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien. No reflexionar seriamente sobre todo lo que le concierne es dar prueba de una culpable indiferencia en lo que respecta a la conservación o pérdida de lo que nos es mas querido; y ello no debe ocurrir entre nosotros.

Hay que valorarla en términos de cinco factores fundamentales, y hacer comparaciones entre diversas condiciones de los bandos rivales, con vistas a determinar el resultado de la guerra. El primero de estos factores es la doctrina; el segundo, el tiempo; el tercero, el terreno; el cuarto, el mando; y el quinto, la disciplina.

La doctrina significa aquello que hace que el pueblo esté en armonía con su gobernante, de modo que le siga donde sea, sin temer por sus vidas ni a correr cualquier peligro.

El tiempo significa el Ying y el Yang, la noche y el día, el frío y el calor, días despejados o lluviosos, y el cambio de las estaciones.

El terreno implica las distancias, y hace referencia a dónde es fácil o difícil desplazarse, y si es campo abierto o lugares estrechos, y esto influencia las posibilidades de supervivencia.

El mando ha de tener como cualidades: sabiduría, sinceridad, benevolencia, coraje y disciplina.

Por último, la disciplina ha de ser comprendida como la organización del ejército, las graduaciones y rangos entre los oficiales, la regulación de las rutas de suministros, y la provisión de material militar al ejército.

Estos cinco factores fundamentales han de ser conocidos por cada general. Aquel que los domina, vence; aquel que no, sale derrotado. Por lo tanto, al trazar los planes, han de compararse los siguiente siete factores, valorando cada uno con el mayor cuidado:

¿Qué dirigente es más sabio y capaz?


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Dominio público
43 págs. / 1 hora, 15 minutos / 16.516 visitas.

Publicado el 7 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

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