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El Coche Misterioso

Julia de Asensi


Cuento infantil


A la niña Casilda del Río y de Capua.
 

José y Teresa tenían dos hijos, el mayor, Miguel, que contaba ya doce años y la menor Carolina que acababa de cumplir seis. Como los padres se dedicaban a los trabajos del campo, pues la mujer ayudaba al marido en aquellas faenas, la niña quedaba siempre al cuidado de su hermano, encargando a este que no la perdiera de vista porque Carolina era tan traviesa como pacífico Miguel.

El pobre muchacho era esclavo de sus deberes y a veces se veía burlado por la niña que salía a la calle para jugar con otras criaturas de su edad. Estas escapatorias causaban serios disgustos a Miguel, que antes de encontrar a su hermana ya imaginaba si se había caído al pozo, si la había atropellado algún caballo, o si la había robado un gitano de aquellos que solían pasar por el pueblo, para vender una cabalgadura en la ciudad próxima procurando engañar al más cándido de sus habitantes.

Una tarde, Miguel se entretenía leyendo un libro de cuentos que le había prestado el hijo del maestro de escuela, y cuando echó de ver que había faltado a su obligación no vigilando a Carolina halló, no sin espanto, que la silla donde había visto sentada por última vez a la niña estaba vacía, quedando junto a ella la muñeca de cartón que aquella había vestido con uno de sus trajes viejos.

Miguel soltó precipitadamente el libro, entró en la sala, en la cocina, en los dormitorios, registró los muebles, llamó con angustia a su hermana y salió luego al patio donde encontró la puerta entornada.

—Por allí se ha escapado —exclamó.

Daba a una calle estrecha con escasos edificios. Vio a dos chiquillos que jugaban y les preguntó si habían visto a Carolina.

—Se ha ido en coche —le contestó uno—, en un coche negro que acaba de pasar por aquí.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 204 visitas.

Publicado el 7 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Cocinero de su Majestad

Manuel Fernández y González


Novela


(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
 

TOMO PRIMERO

CAPÍTULO I. DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO

A punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de la capa.

El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través impulsada por un fuerte viento Norte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad, estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la entrada y á la salida del puente.


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939 págs. / 1 día, 3 horas, 24 minutos / 431 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Cocinero del Arzobispo

Juan Valera


Cuento


En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y boyante el Arzobispado, hubo en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y yerbas.

Su cocinero le solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas y de garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso. Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy superior estimación y deleite.

Ocurrió, por desgracia, que el cocinero tuvo una terrible pendencia con el mayordomo. Y como la cuerda se rompe casi siempre por lo más delgado, el cocinero salió despedido.

Vino otro nuevo a guisar para el señor Arzobispo y tuvo que hacer para la colación el consabido potaje. Él se esmeró en el guiso, pero el Arzobispo le halló tan detestable, que mandó despedir al cocinero e hizo que el mayordomo tomase otro.

Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguno acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, abandonando la cocina arzobispal.

Entró, por último, un cocinero más avisado y prudente, y tuvo la buena idea de ir a visitar al primer cocinero y a suplicarle y a pedirle, por amor de Dios y por todos los santos del cielo, que le explicara cómo hacía el potaje de que el Arzobispo gustaba tanto.

Fue tan generoso el primer cocinero, que le confió con lealtad y laudable franqueza su procedimiento misterioso.

El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesor, condimentó el potaje e hizo que se le sirvieran al ascético Prelado.

Apenas éste le probó, paladeándole con delectación morosa, exclamó entusiasmado:


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1 pág. / 2 minutos / 316 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Cocinero del Arzobispo

Juan Valera


Cuento


En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y boyante el Arzobispado, hubo en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y yerbas.

Su cocinero le solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas y de garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso. Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy superior estimación y deleite.

Ocurrió, por desgracia, que el cocinero tuvo una terrible pendencia con el mayordomo. Y como la cuerda se rompe casi siempre por lo más delgado, el cocinero salió despedido.

Vino otro nuevo a guisar para el señor Arzobispo y tuvo que hacer para la colación el consabido potaje. Él se esmeró en el guiso, pero el Arzobispo le halló tan detestable, que mandó despedir al cocinero e hizo que el mayordomo tomase otro.

Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguno acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, abandonando la cocina arzobispal.

Entró, por último, un cocinero más avisado y prudente, y tuvo la buena idea de ir a visitar al primer cocinero y a suplicarle y a pedirle, por amor de Dios y por todos los santos del cielo, que le explicara cómo hacía el potaje de que el Arzobispo gustaba tanto.

Fue tan generoso el primer cocinero, que le confió con lealtad y laudable franqueza su procedimiento misterioso.

El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesor, condimentó el potaje e hizo que se le sirvieran al ascético Prelado.

Apenas éste le probó, paladeándole con delectación morosa, exclamó entusiasmado:


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 59 visitas.

Publicado el 6 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Coco Azul

Julia de Asensi


Cuento infantil


Teresa era mucho menor que sus hermanos Eugenio y Sofía y sin duda por eso la mimaban tanto sus padres. Había nacido cuando Víctor y Enriqueta no esperaban tener ya más hijos y, aunque no la quisieran mas que a los otros, la habían educado mucho peor. No era la niña mala, pero sí voluntariosa y abusaba de aquellas ventajas que tenía el ser la primera en su casa cuando debía de ser la última.

A causa de eso Eugenio no la quería tanto como a Sofía; ésta, en cambio, repartía por igual su afecto entre sus dos hermanos.

Cuando Teresa hacía alguna cosa que no era del agrado de Eugenio, él la amenazaba con el coco y pintaba muñecos que ponía en la alcoba de su hermana menor para asustarla.

Teresa tenía miedo de todo y sólo Eugenio era el que procuraba vencer su frecuente e incomprensible terror.

No se le podía contar ningún cuento de duendes ni de hadas, ni hablarle de ningún peligro de esos que son continuos e inevitables en la vida. Los padres se disgustaban con que tal hiciera, y sólo su hermano procuraba corregirla por el bien de ella y el de todos, esperando aprovechar la primera ocasión que se presentase para lograrlo.

Rompía los juguetes de su hermana sin que nadie la riñese y Sofía había guardado los que le quedaban, que aun eran muchos y muy bonitos, donde Teresa no los pudiera coger.

—El día que seas buena te los daré todos, le decía.

—Y cuando seas valiente yo te compraré otros, añadía Eugenio.

Teresa se quedaba meditabunda durante largo rato, sin hallar el medio de complacerles.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 108 visitas.

Publicado el 7 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El códice Voynich

Iván Incerti Morales


voynich, novela, negra, policíaca, detectivesca




Es el año 1954, en una Europa que aún está recuperándose de los daños de la Segunda Guerra Mundial.Vincent Arcadio, un detective cotidiano que habita en la ciudad de Tánger, recibe la visita de Nicole, una mujer atrevida, seductora y con suficiente dinero como para pagarle por adelantado. Le habla del manuscrito Voynich, uno de los secretos más herméticos del último siglo, y del inicio de su búsqueda por parte de varios grupos.
Varios agentes y espías de la agencia para el estado mayor (SIAEM), entrarán también en el juego, chocando con el detective en sucesivas ocasiones.Por otro lado, en una apartada Berlín cubierta de frío y de destrozos por la guerra pasada, una chica joven va a la Universidad para trabajar junto a su mentor en un código extraño. De repente, todo su círculo de confianza desaparecerá, viendose perseguida por Alemania, Francia y España por algo que ella desconoce.
Una novela negra con todos los ingredientes de acción,persecuciones, disparos y ambientación sesentera.
Aquel que descifre el código Voynich, será el conocedor de una verdad única.


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Protegido por copyright
1 pág. / 1 minuto / 194 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2018 por Iván Incerti Morales.

El códice Voynich

Iván Incerti Morales


novela, negra, policíaca, detective, voynich


Es el año 1954, en una Europa que aún está recuperándose de los daños de la Segunda Guerra Mundial.Vincent Arcadio, un detective cotidiano que habita en la ciudad de Tánger, recibe la visita de Nicole, una mujer atrevida, seductora y con suficiente dinero como para pagarle por adelantado. Le habla del manuscrito Voynich, uno de los secretos más herméticos del último siglo, y del inicio de su búsqueda por parte de varios grupos.
Varios agentes y espías de la agencia para el estado mayor (SIAEM), entrarán también en el juego, chocando con el detective en sucesivas ocasiones.Por otro lado, en una apartada Berlín cubierta de frío y de destrozos por la guerra pasada, una chica joven va a la Universidad para trabajar junto a su mentor en un código extraño. De repente, todo su círculo de confianza desaparecerá, viendose perseguida por Alemania, Francia y España por algo que ella desconoce.
Una novela negra con todos los ingredientes de acción,persecuciones, disparos y ambientación sesentera.
Aquel que descifre el código Voynich, será el conocedor de una verdad única.


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Protegido por copyright
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Publicado el 3 de enero de 2018 por Iván Incerti Morales.

El código del crimen

William Le Queux


Novela, Thriller


PREFACIO



El Código del Crimen es una obra representativa del ingenio de William Le Queux, uno de los pioneros del suspense y de la literatura de intriga internacional.

La Estructura del Misterio En esta novela, Le Queux teje una red de secretos que se aleja de la violencia caótica para centrarse en un proceso narrativo claro y meticulosamente estructurado. La trama avanza como un sofisticado rompecabezas intelectual, donde la resolución del conflicto no depende de giros perturbadores, sino de la deducción lógica, la observación aguda y el desciframiento de enigmas complejos —como criptogramas musicales y mensajes ocultos a plena vista—.

El autor transporta al lector a través de la Europa de principios del siglo XX, contrastando la aparente tranquilidad de los elegantes salones aristocráticos con la tensión que se respira en los pasillos de los trenes nocturnos que cruzan el continente, desde Calais hasta Constantinopla. Es un mundo donde la alta sociedad convive con secretos inconfesables, joyas desaparecidas y alianzas ocultas.

El verdadero atractivo de esta historia reside en su capacidad para mantener la intriga a través de la agudeza mental de sus personajes y la elegancia de su prosa. Es una invitación a desentrañar un misterio clásico paso a paso, ideal para quienes disfrutan de las tramas bien hiladas donde el orden, el análisis y la razón terminan por imponerse al desconcierto inicial.


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Creative Commons
233 págs. / 6 horas, 49 minutos / 41 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2026 por Fernando Guzmán.

El Cofre Volador

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo... y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y montóse hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían también bata y pantuflos. Encontróse con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —le preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?


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6 págs. / 11 minutos / 159 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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