Textos por orden alfabético | pág. 191

Mostrando 1901 a 1910 de 8.911 textos.


Buscador de títulos

189190191192193

El Cojito

Joaquín Dicenta


Cuento


El transeúnte paró frente al chiquillo, que, hecho tres dobleces contra el quicio del portalón, se dibujaba bajo un rayo de luna.

La escarcha esmaltaba los adoquines; de la atmósfera, diáfana, plenamente azul descendían frialdades crueles. Un chorrillo de agua, vuelta hielo al tropezarse con el aire, colgaba del caño de la fuente, como un cairel de azúcar cande.

En la noche glacial, sobre el escalón festoneado por la escarcha, dormía el chiquillo con la gorra embutida hasta las narices, las manos ocultas bajo las solapas de su desgarrada chaqueta y una de las piernas doblándose hacia la cruz de los pantalones para encubrir el pie desnudo.

La otra pierna se extendía, mejor dicho, se retorcía contra una muleta que resbalaba desde el borde del escalón al ras de las baldosas.

El transeúnte era piadoso y dio al chiquillo con el pie, mientras murmuraba por entre las pieles del gabán: «¡Esta criatura va a helarse!».

Al puntapié benéfico el montoncillo de harapos y de carne hizo un movimiento, acompañado de un ronquido. A seguida tornó a su quietud. Se hizo menester que el transeúnte, sacando de los bolsillos del gabán las enguantadas manos, sacudiera con fuerza al durmiente, para que éste se desdoblara.

Fueron primeras en el desdoble dos manos huesudas, que subieron hasta la visera de la gorra para alzarla y dejar al libre una carilla pícara, donde relucían dos ojuelos y un hocico de mono. Los ojos guiñaron, el hocico se abrió con estrepitoso bostezo, a cuyos sones el busto se irguió, las piernas se estiraron y la criatura toda concluyó por quedar en pie, apoyándose en la muleta.

—Creí que era un guardia —dijo, luego de mirar de arriba a abajo al transeúnte—.Vaya, menos mal, es un cabayero. ¿Qué desea el señor?...

—Y tú ¿qué haces aquí en noche tan cruda, muchacho?


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 99 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

El Colgado

Arturo Robsy


Cuento


Colgaron al Chino en la hacienda española. Quería llevarse una vaca y los hombres estaban alterados. Aquí hay siete millones de vacas, muchas más que hombres, y ninguna para el Chino. El español lo descolgó por obra de misericordia. El español había venido de otro mundo más viejo y trabajaba para una gran compañía extranjera que exportaba semillas y dólares. Además, tenía muchas reses en las dos mil hectáreas del Alto Paraná, próximas a Itaipú. Lo vigilaba todo en avión, porque los negocios hoy tienen alas, pero no fue él quien vio al Chino. Fueron los hombres.

—Rellena pollas. —le dijo el español cuando Chino volvió a poner los pies en el suelo.— Si te toca, compras la vaca.

—Vete a coger. —respondió el ahorcado. Pero agradecía.

El cuello, aunque quedó más largo, le dejó de doler pronto. Otras cosas, no. El sábado había llegado al rancho muy tomado y lo pegó la mujer. El domingo, mientras las ideas regresaban, arrastrándose, a su cabeza en brumas, lo echó la hembra. Así el Chino vagó el lunes. El martes, andando lejos, vio la vaca y la cogió. Un instinto de soledad o un dolor de mal cariño enconado.

El Chino, sin casa y sin familia, no se quejaba de la cuerda. Ni de la mujer. Era él, que no tenía una misión en la vida. Era él, que no sabía estar solo ni estar siquiera. Su abuelo nació para morir en la Guerra del Chaco. Su padre, para construir Ciudad Stroessner y padecer de la tuberculosis en un hospital de caridad. El, para que le echaran del ranchito después de que le pegara la misma mano que lo tocaba cuando la noche valía. A veces.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
4 págs. / 7 minutos / 128 visitas.

Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Collar

Guy de Maupassant


Cuento


Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.

Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación.

La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.


Información texto

Protegido por copyright
8 págs. / 15 minutos / 188 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Collar de la Princesa

Alejandro Larrubiera


Cuento


Los ojos de la hermosa princesa Brisamor son como esmeraldas cuando el sol las acaricia con su lumbre de oro.

Los ojos de la hija del rey Amaranto jamás han sido empañados por el pesar.

Desconoce lo que es padecer, y su vida es como la de esos riachuelos del país del Encanto, que se deslizan plácidos entre riberas cuajadas de flores, sin que el espejo movible de sus aguas copie el negro nubarrón de las tempestades: el cielo que copia es eternamente azul, sonríe eternamente.

Todo cuanto rodea á Brisamor es azul y risueño: ni la más ligera nubecilla, formada por el desencanto ó la contrariedad, ha ensombrecido el espejo de su alma inocente.

Ni aun Eros, la más tiránica de las divinidades, ha sido huésped enojoso, como lo es casi siempre que se alberga en los humanos corazones: Brisamor se ha casado enamorada de su primero y único pretendiente, el príncipe que para galán hubieran soñado las más románticas princesas.

Todo sonríe en el camino de flores y de venturas que el destino ha trazado á la gentil y hermosa hija del rey Amaranto.

Sus ojos, del color de las esmeraldas cuando el sol las acaricia con su lumbre de oro, jamás han sido empañados por el dolor, antes por el contrario, de día en día es su brillo más intenso: que la alegría de vivir es antorcha prodigiosa para iluminar las pupilas de los mortales.


Ha llegado á la corte de Amaranto un viejo estrambótico llamado Alfa, que cubre su esquelético cuerpo con una arlequinesca hopalanda bipartida: rosa y negro son sus colores, y la caperuza con que se cubre es de un tejido de oro que deslumbra.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 110 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Collar de Perlas

Serafín Estébanez Calderón


Cuento


I

Mohamad II, de la familia de los Naceritas, reinaba en Granada lleno de poder, gloria y juventud; pues por la muerte de su padre se miraba a los veinticinco años sentado ya en el trono de la Alhambra.

Cuentan las historias que este príncipe, antes de heredar el título de Sultán, andaba perdidamente enamorado de la hermosísima Híala, hija del primero de los Wazires de su padre, hombre principal y poderoso, pero que aunque deudo de la familia real, no entraba en los cálculos del Sultán viejo el permitir tal enlace. Ello es que el Sultán Alamar quería casar al príncipe su hijo con una infanta de Fez para afirmar con tal alianza el imperio muslímico en España, y poder, con la ayuda de las cabilas africanas, rechazar a los cristianos, que a más andar le venían invadiendo y ocupando su territorio, como las olas incesantes de un mar ambicioso e insaciable.

La muerte de Alamar cortó en flor proyectos tan prudentes, y dejó en libertad al nuevo Sultán para seguir las dulces inclinaciones de su corazón, contando éste que, con un brazo fuerte y una voluntad firme, podría hacer frente al de Aragón por la parte oriental, y al de Castilla por la parte del Algarbe de su reino.

Así, pues, al mismo tiempo que hizo llamamiento de sus alcaides y capitanes, y que sus escuadrones y jinetes, así africanos como andaluces, se juntaban, apresuraba el Sultán mancebo sus bodas, que habían de ser con todo el boato, gala y riquezas que los monarcas granadinos acostumbraban ostentar y derramar en las ocasiones solemnes, y por cierto que para un corazón enamorado nada de más solemnidad y grandeza que el día en que iba a poseer el objeto por quien tanto se ha anhelado.


Leer / Descargar texto

Dominio público
37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 236 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Collar del Cardenal

Anthony Hope


Novela


Capítulo I. Una multitud de buenas razones

De acuerdo con los numerosos precedentes que existen, podría comenzar reclamando la simpatía que merece un huérfano que se halla solo en el mundo. Podría incluso apelar a mi niñez sin guía y a la ausencia de aleccionamiento paterno, a fin de excusar mis faltas y atenuar mis imprudencias. Pero la simpatía que pudiera despertar con ello se perdería, me temo, a la vista de mis pretensiones. Pues la verdad es que mi condición solitaria apenas repercutió en mí: los tristes eventos que la provocaron se habían mitigado debido a la costumbre y el tiempo transcurrido, y existía un acuerdo para dejarme no sólo enteramente libre para dirigir mi vida como quisiera sino, asimismo, bien provisto de competencias que incrementaban el poder de esa libertad. Y en cuanto a las imprudencias —no quiero hacer uso de un término más acerbo— en que incurrí durante ese par de semanas, he de decir que no fueron en su mayor parte originadas ni incitadas por mí. En lo que sucedió tras mi llegada a Francia, yo fui mucho más víctima de las circunstancias que no provocador de ellas, y el papel principal que desempeñé en el asunto lo fue a la fuerza, por obra de un extraño azar y, más tarde, por las incitaciones a las que fui sometido debido a la posición que adopté.


Información texto

Protegido por copyright
159 págs. / 4 horas, 39 minutos / 123 visitas.

Publicado el 13 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Coloquio de los Perros

Miguel de Cervantes Saavedra


Teatro, Diálogo, Clásico


NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURECCIÓN,
QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID,
FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO,
A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN
"LOS PERROS DE MAHUDE"

CIPIÓN.—Berganza amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza y retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.

BERGANZA.—Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.

CIPIÓN.—Así es la verdad, Berganza; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.

BERGANZA.—Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es verdad que, en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oído decir grandes prerrogativas nuestras: tanto, que parece que algunos han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento capaz de discurso.

CIPIÓN.—Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así, habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vidad amistad y fidelidad inviolable.


Leer / Descargar texto


72 págs. / 2 horas, 6 minutos / 1.839 visitas.

Publicado el 19 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Color que Cayó del Cielo

H.P. Lovecraft


Cuento


Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.

Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante años, es el único que sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos que rodean a Arkham.


Información texto

Protegido por copyright
38 págs. / 1 hora, 7 minutos / 442 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Comadrón

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Era la noche más espantosa de todo el invierno. Silbaba el viento huracanado, tronchando el seco ramaje; desatábase la lluvia, y el granizo bombardeaba los vidrios. Así es que el comadrón, hundiéndose con delicia en la mullida cama, dijo confidencialmente a su esposa:

—Hoy me dejarán en paz. Dormiré sosegado hasta las nueve. ¿A qué loca se le va a ocurrir dar a luz con este tiempo tan fatal?

Desmintiendo los augurios del facultativo, hacia las cinco el viento amainó, se interrumpió el eterno «flac» de la lluvia, y un aura serena y dulce pareció entrar al través de los vidrios, con las primeras azuladas claridades del amanecer. Al mismo tiempo retumbaron en la puerta apresurados aldabonazos, los perros ladraron con frenesí, y el comadrón, refunfuñando se incorporó en el lecho aquel, tan caliente y tan fofo. ¡Vamos, milagro que un día le permitiesen vivir tranquilo! Y de seguro el lance ocurriría en el campo, lejos; habría que pisar barro y marcar niebla... A ver, medidas de abrigo, botas fuertes... ¡Condenada especie humana, y qué manía de no acabarse, qué tenacidad en reproducirse!

La criada, que subía anhelosa, dio las señas del cliente; un caballero respetable, muy embozado en capa oscura, chorreando agua y dando prisa. ¡Sin duda el padre de la parturienta! La mujer del comadrón, alma compasiva murmuró frases de lástima, y apuró a su marido. Este despachó el café, frío como hielo, se arrolló el tapabocas, se enfundó en el impermeable, agarró la caja de los instrumentos y bajó gruñendo y tiritando. El cliente esperaba ya, montado en blanca yegua. Cabalgó el comadrón su jacucho y emprendieron la caminata.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 62 visitas.

Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Combate

Jack London


Cuento


I

Todo tipo de alfombras se extendían en el suelo, a sus pies; dos de ellas, procedentes de Bruselas, fueron las primeras que vieron y parecían ser el término de la búsqueda, mientras otras veinte también atraían su atención, prolongando el debate entre el deseo y el bolsillo. El jefe de sección en persona era quien les hacía el honor de esperar su decisión; o más bien le hacía el honor a Joe, ella lo sabía muy bien, pues había notado la reverencia boquiabierta del ascensorista, que parecía absorberlo con los ojos mientras los conducía al primer piso; tampoco había dejado de ver el respeto que le demostraban a Joe los chicos y los grupos de jóvenes en las esquinas de las calles cuando había atravesado tomada de su brazo el vecindario, en la parte oeste de la ciudad.

El jefe de sección los había dejado para responder el teléfono, y ella fue invadida por una duda y una ansiedad que ponían en segundo plano la espléndida promesa de las alfombras y el fastidio por el gasto.

—¡Francamente, no entiendo qué es lo que te gusta! —dijo ella con una voz suave, cuya firmeza traicionaba recientes discusiones no resueltas.

Una sombra fugaz vino a oscurecer los rasgos juveniles de Joe, pronto reemplazada por un destello de ternura. No era más que un muchacho, y ella apenas una niña: una pareja de seres jóvenes en el umbral de la vida que se instalaban y compraban alfombras juntos.

—¿Por qué te preocupas? —preguntó él—. Es la última vez, la última de las últimas.

Le sonrió, pero ella vio en sus labios un inconsciente suspiro que desmentía esa promesa, y con el instintivo monopolio de la mujer sobre su compañero, temió a ese adversario que no comprendía y que lo tenía tan dominado.


Información texto

Protegido por copyright
49 págs. / 1 hora, 26 minutos / 132 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

189190191192193