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El Diamante Número Setenta y Cuatro

Edgar Wallace


Cuento


El inspector de Scotland Yard, con su aspecto de ave fría, miraba la flaca figura del rajá de Tikiligi con un regocijo que a duras penas lograba ocultar. El rajá era joven, y en su elegante atuendo occidental de etiqueta parecía aún más ligero. El oscuro color oliváceo de su tez estaba enfatizado por un sedoso bigotito negro, y su bien engominado cabello, negro como ala de cuervo, estaba atusado hacia atrás desde la frente.

—Espero que a Su Alteza no le importe verme —dijo el inspector.

—No, no; no me importa —dijo Su Alteza sacudiendo la cabeza vigorosamente—. Me alegro de verle. Hablo inglés muy bien, pero no soy súbdito británico. Soy súbdito holandés.

Al principio el inspector no supo cómo expresar su misión con palabras.

—Hemos sabido en Scotland Yard —comenzó— que Su Alteza ha traído a este país una gran colección de piedras preciosas.

Su Alteza asintió enérgicamente con la cabeza.

—Sí, sí —dijo ansiosamente—. Fenomenales joyas, fenomenales piedras preciosas, grandes como huevos de pato. ¡Tengo veinte!

Habló a un ayudante de piel oscura en un idioma que el inspector no entendió, y el hombre extrajo un estuche del cajón de un escritorio, lo abrió y mostró una brillante colección de piedras que relucían y destellaban a la luz de la estancia.

El inspector quedó impresionado, no tanto por el valor o la belleza de las piedras como por el considerable peligro que corría su dueño.

—Por esto es por lo que he sido enviado aquí —explicó—. Tengo que advertirle, de parte del comisario de policía, que justamente ahora hay en Londres dos ladrones que son de temer en especial.


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11 págs. / 20 minutos / 121 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Diario de Laura

Manel Martin's


Novela corta


Un todo terreno paró en la estación de servicio a la entrada de la cántabra población de San Rafael del Monte; un pueblecito rodeado por un pequeño y hermoso valle, a su vez rodeado por los montes y lindando con la provincia de Burgos. Un empleado salió del interior dirigiéndose al recién llegado.

—Buenos días ¿Cuánto le pongo?

—Con treinta euros será más que suficiente, posiblemente tarde en volver a usar el coche ¿puede decirme por donde puedo ir al ambulatorio?

—¿Es usted el nuevo doctor?

—Sí, así es, me llamo Carlos, Carlos del olmo.

—Le están esperando; don Zacarías ya hace un mes que se Jubiló y don Germán no se termina el trabajo. Mire usted, pase la iglesia y al llegar a la segunda bocacalle tuerza a la derecha y la primera a la izquierda es la paralela a la carretera.

—¿La carretera sigue por el centro del pueblo?

—No termina a la entrada y sigue la calle mayor, pero solemos llamarla la calle de la carretera.

Carlos subió al vehículo y se dirigió a la entrada del pueblo, a unos escasos cien metros de la estación de servicio. Siguió las explicaciones del empleado de la estación y no tardó mucho tiempo en ver un edificio con la fachada blanca; sobre la puerta junto a una cruz verde pintada en la pared había una placa donde se podía leer.


ASISTENCIA SANITARIA DE SAN RAFAEL DEL MONTE.


Carlos observó la pequeña plaza que había en la esquina a la derecha, solo cuatro árboles y dos bancos, pero lo suficiente para aparcar el coche a la sombra. Abandonó el vehículo en ella y se dirigió al ambulatorio. Entró y se encontró en la sala de espera, una señora de aparentemente unos cuarenta y cinco años estaba sentada tras una mesa con la bata blanca. Carlos miró las dos personas sentadas frente a ella.

—Por favor señora ¿solo le quedan estos dos pacientes?

—Sí ¿Qué desea?


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Licencia limitada
111 págs. / 3 horas, 15 minutos / 125 visitas.

Publicado el 8 de julio de 2022 por Manuel Martinez Sanchis.

El Diario de un Loco

Lu Sin


Cuento


Dos hermanos, cuyos nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el liceo, pero después de una larga separación, perdí sus huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba gravemente enfermo y, como iba en viaje hacia mi aldea natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Sólo encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era su hermano menor el que había estado mal.

—Le estoy muy agradecido de que haya venido a visitarlo —dijo—. Pero ya está sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra provincia, donde ocupa un puesto oficial.

Buscó dos cuadernos que contenían el diario de su hermano y me lo mostró riendo. Me dijo que a través de ellos era posible darse cuenta de los síntomas que había presentado su enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo comprendí que mi amigo había estado atacado de “delirio de persecución”. El escrito, incoherente y confuso, contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en él fecha alguna y sólo por el color de la tinta y las diferencias de la letra se podía comprender que había sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando que podrían servir como elementos para trabajos de investigación médica. No he cambiado una palabra a este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque se trate de campesinos completamente ignorados del mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su autor le dio después de su curación.

2 de abril de 1918

I

Esta noche hay luna muy hermosa.

Hacía más de treinta años que no la veía, de modo que me siento extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he pasado estos treinta últimos años en medio de la niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a mirar dos veces?


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12 págs. / 22 minutos / 125 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Diccionario de los Gatos

José Fernández Bremón


Cuento


A fuerza de conocer a los hombres, he concluido por estimar mucho a los gatos: por eso cuando perdí a Hollín, mi hermoso gato negro, después de registrar patios y sótanos, determiné buscarlo en el tejado a las altas horas de la noche, en que sólo nos espían nuestras vecinas más calladas, las estrellas. Oíase un diálogo gatuno, musical y brillante, cuando con la suavidad posible me deslicé sobre las tejas: la huida de uno de los interlocutores me demostró que había hecho ruido; pero el fugitivo era un gato blanco. ¿Habría ahuyentado al otro, que bien pudiera ser el mío? Un maullido melancólico que sonó tras el caballete de una buhardilla próxima me devolvió la esperanza: avancé paso a paso de hormiga hacia la ventana, maullé lo mejor que supe, y noté con cierto orgullo que me contestaba otro maullido; repetí, respondió el gato, y después de un largo paseo contenido para recorrer la distancia de tres metros, pude asomar la cabeza a la ventana, y en vez de mi gato Hollín, quedé atónito al encontrarme ante un anciano venerable que maullaba con extraordinaria perfección y me miraba sonriendo.

—Pase usted, vecino —me dijo—, que puede usted caerse.

Y ayudándome a entrar por la ventana, añadió, mientras yo callaba avergonzado y sorprendido:

—El primer maullido que usted dio me llenó de placer: era una frase desconocida para mí; al segundo temblé, creyendo por su acento extranjero que entre los gatos hubiera idiomas diferentes; luego reconocí el acento humano y una imitación burda y sin sentido. Pero tiene usted disposición, y en un curso de diez o doce años podrá usted maullar correctamente.

—¿Diez o doce años?

—Yo he gastado cincuenta en entender ese idioma y componer su diccionario: aquí lo tiene usted.

Encendió un cabo de vela, y me enseñó un pliego de papel con anotaciones musicales y su traducción al castellano. Yo leí:


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Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 44 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

El Diente de Ballena

Jack London


Cuento


En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa—misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros.

La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.

Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho.


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9 págs. / 17 minutos / 151 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Difunto

José María Eça de Queirós


Cuento


I

En el año 1474, tan abundante en mercedes divinas para toda la cristiandad, reinando en Castilla el rey Enrique IV, vino a habitar en la ciudad de Segovia, en donde había heredado huertos y moradas, un joven caballero, de limpio linaje y gentil parecer, que se llamaba don Ruy de Cárdenas.

Su casa, legado de un tío, arcediano y maestro en cánones, quedaba al lado y en la sombra silenciosa de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar; y enfrente, más allá del atrio, donde cantaban los tres chorros de un chafariz antiguo, erguíase el oscuro palacio de don Alonso de Lara, hidalgo de riquezas dilatadas y maneras sombrías, que ya en la madurez de la edad, todo grisáceo, desposárase con una joven citada en Castilla por su blancura, por sus cabellos del color de la aurora y por su cuello de garza real. Don Ruy había sido apadrinado, al nacer, por Nuestra Señora del Pilar, de quien siempre se conservó devoto y fiel servidor; aunque siendo de sangre brava y alegre, gustábanle las armas, la caza, los salones galantes, y por veces, las noches ruidosas de taberna con dados y pellejos de vino. Por amor, y por las facilidades de la santa vecindad, adquiriera la piadosa costumbre, desde su llegada a Segovia, de visitar todas las mañanas a su celestial madrina y de pedirla, a medio de tres Avemarías, la bendición y la gracia.

Al oscurecer, después de alguna ruda correría por campo y monte con los lebreles y el halcón, aún volvía, a la hora de las Vísperas, para murmurar dulcemente una Salve.

Y todos los domingos compraba en el atrio, a una ramilletera morisca, algún atado de junquillos o claveles o rosas silvestres, que esparcía con ternura y cuidado galantes enfrente del altar de la Virgen.


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33 págs. / 58 minutos / 95 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Difunto Matías Pascal

Luigi Pirandello


Novela


1. Premisa

Hubo un tiempo en que una de las pocas cosas, quizá la única, que yo supiera de cierto era ésta: que me llamaba Matías Pascal. Y de ello me aprovechaba. Siempre que algún amigo o conocido mío daba muestras de haber perdido el bien de la inteligencia, hasta el punto de venir a pedirme consejo o indicación alguna, me encogía de hombros, entornaba los ojos y respondía:

—Yo me llamo Matías Pascal.

—Gracias, querido amigo; pero ya lo sabía.

—¿Y te parece poco?

Alguno se dignará compadecerme —¡cuesta tan poco!— imaginándose el atroz sentimiento de un desventurado al cual le ocurra descubrir, de repente, que…, sí, nada, en fin: ni padre, ni madre, ni cómo fue o cómo no fue; y se dignará también indignarse —lo cual cuesta todavía menos— de la corrupción de las costumbres, y de los vicios, y de la plaga de los tiempos, que tanto mal pueden ocasionar a un pobre inocente.

Que hagan lo que gusten. Mas es deber mío advertirles que no es ése mi caso, que no se trata precisamente de eso que se figuran. Podría exponer aquí, en un árbol genealógico, el origen y descendencia de mi familia, y demostrarles que no sólo he conocido a mis padres, sino también a mis antepasados y sus hazañas en un largo período de tiempo, no por cierto todas ellas verdaderamente laudables…

¿Y entonces?

Pues ahí está el quid; mi caso es muy distinto y extraño; tan distinto y peregrino que por eso me pongo a contarlo.


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285 págs. / 8 horas, 19 minutos / 684 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

El Dinero

Émile Zola


Novela


I

Acababan de dar las once en el reloj de la Bolsa, cuando Saccard penetró en la sala blanca y dorada de casa Champeaux, cuyas altas ventanas daban a la plaza. Con rápida mirada, recorrió las hileras de mesillas, donde los hambrientos comensales se apretujaban, pareciendo sorprenderse al no advertir el rostro que andaba buscando.

Cuando, en el alboroto del servicio, pasó junto a él un mozo cargado de platos, le interrogó:

—Oiga, ¿no ha venido el señor Huret?

—No, señor; todavía no.

Decidió entonces Saccard sentarse a una mesa que abandonaba un cliente, en el hueco de una de las ventanas. Creía haberse retrasado, y, mientras cambiaban el mantel, llevó sus miradas al exterior, examinando los viandantes de la acera. Aun después de haberle preparado la mesa, no se apresuró a encargar su comida, quedando unos momentos con la vista sobre la plaza, toda alegre en esta clara jornada de principios de mayo. A aquella hora, en que todos almorzaban, permanecía casi desierta. Bajo el suave verde de los castaños, los bancos estaban desocupados. A lo largo de la reja, en el estacionamiento de coches, la fila de éstos se prolongaba de punta a punta, y el ómnibus de la Bastilla se detenía en su parada, en la esquina del jardín, sin dejar ni tomar viajeros. El monumento, con su columnata, sus dos estatuas y su vasto césped, quedaban bañados por el sol, que caía a plomo, mientras a su alrededor se alineaba en buen orden un ejército de sillas.

Saccard, que se había vuelto, reconoció entonces a Mazaud, el agente de cambio, sentado a la mesa vecina, y le tendió la mano.

—¡Pero si es usted! ¡Buenos días!

—Buenos días —respondió Mazaud, estrechando su mano distraídamente.


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512 págs. / 14 horas, 57 minutos / 536 visitas.

Publicado el 23 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Dinero de Milady

Wilkie Collins


Novela


Personajes de la historia

MUJERES

Lady Lydiard (viuda de Lord Lydiard)
Isabel Miller (su hija adoptiva)
La señorita Pink (de South Morden)
La Honorable señora Drumblade (hermana del Honorable Alfred Hardyman)

HOMBRES

El Honorable Alfred Hardyman (del criadero de caballos)
El señor Felix Sweetsir (sobrino de Lady Lydiard)
Robert Moody (factótum de Lady Lydiard)
El señor Troy (abogado de Lady Lydiard)
El Viejo Sharon (en un apartado de la Bohemia legal)

ANIMALES

Tommie (el perro de Lady Lydiard)

Primera parte. La desaparición

Capítulo I

La anciana Lady Lydiard estaba sentada, meditando, al lado de la chimenea, con tres cartas en el regazo.

El tiempo había descolorido el papel y desteñido la tinta hasta darles un tono ocre. Todas las cartas iban dirigidas a la misma persona: Al Honorable Lord Lydiard; y todas ellas firmadas de la misma forma: Tu afectísimo primo James Tollmidge. A juzgar por estos ejemplos de correspondencia, el señor Tollmidge debía de haber tenido un gran mérito como escritor de cartas: el mérito de la brevedad. Si se le hubiera dejado hablar, no hubiera alterado la paciencia de nadie. Permitámosle, pues, en su propia y exagerada forma, hablar por sí solo.


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167 págs. / 4 horas, 52 minutos / 76 visitas.

Publicado el 6 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Dinero en la Literatura

Émile Zola


Ensayo


A menudo, oigo a mi alrededor esta queja: «El espíritu literario se va, las letras están desbordadas por el mercantilismo, el dinero mata el espíritu». Éstas son otras tantas llorosas acusaciones contra nuestra democracia que invade salones y academias, que trastorna el bello lenguaje, que hace del escritor un comerciante como cualquier otro, que coloca o no sus mercancías, según la marca de fábrica, que amasa una fortuna o muere en la miseria.

Pues bien, me irritan estas quejas y acusaciones. Cierto es, en principio, que el espíritu literario, tal como se entendía en el siglo XVII o en el XVIII, no es, en absoluto, el espíritu literario del siglo XIX. Un movimiento intelectual y social ha conducido poco a poco a una evolución que en la actualidad está ya completa. Ante todo, veamos cuál es esta transformación. Acto seguido, me será fácil determinar el papel del dinero en nuestra literatura moderna.


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37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 954 visitas.

Publicado el 23 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

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