Un caballo que plantado sobre sus cuatro patas avejigadas, con las
ranillas peludas, abrojientas las crines y la cola, lanudo el pelambre,
estira el pescuezo, agacha la cabeza y ni se queja mientras la cincha
cruel, de la que apenas quedan cinco o seis hilos, le oprime la panza
abultada, dilatada por su habitual alimentación de pastos ruines, es
solamente “un caballo”; es algo menos que un caballo, es un “mancarrón”.
Es feo, es desgarbado. No es, generalmente, viejo, sino envejecido.
Es fuerte todavía.
Aguanta todo un día cinchando leña en el monte y no se queja por que
después de haberlo galopado a lo largo de veinte leguas, lo desensillen
al anochecer y lo larguen al campo, bañado en sudor, para que sus
pulmones desafíen el horror de las heladas invernales.
Es humilde, es dócil y ha dejado de presumir.
Cuando algún peoncito zaparrastroso, —de mucha melena y pata
descalza,— lo hacía formar en la orilla del camino entre los
espectadores de una “carrera grande”, él, con el pescuezo estirado y la
cabeza gacha, ni tentaciones experimentaba de comparar la miseria del
“apero” que le vestía, con los “herrajes” de plata y oro de sus vecinos,
fletes de lujo cuando no “parejeros” a la expectativa de un lance.
Y cuando “soltaban” la carrera y los contendientes pasaban en
frenético galope entre el estruendo de aplausos, de gritos, de
incitaciones, —que les hacían redoblar energías, espoloneados por el
orgullo del triunfo,— él, que en un tiempo fué parejero que en más de
una ocasión experimentó esas sensaciones de arrogante desafío, de ansias
de victoria, permanecía indiferente, agachadas las orejas, fijos los
grandes ojos tristes en el suelo árido, pelado, que no ofrecía ni la
amarillenta raíz de una sosa pastura a su estómago veterano en
hambrunas.
Mancarrón...
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