Boceto
Desde el islote del lago, arborecido por un seto de palmeras,
divisábase la inmensa mata de vegetación, que de los altos bordes
parecía despeñarse sobre las hondas aguas.
El verde oscuro de magnolias y eucaliptus, alternaba con el claro y
risueño de otras plantas y otros árboles. Así espesaban el aire aquí y
le sutilizaban allá; y á una nube bogadora se la creía ya cerca del
verde oscuro, como alejándose serena del verde claro.
Arturo Trailles, con la agilidad que infunde el baño, después de la
noche, con el placer del cuerpo que se siente dueño de sí mismo,
observaba esos efectos, distraido y alegre.
Encendió un cigarrillo; desvió los ojos y se entretuvo en agradables
vagabundeos... La columna de agua de la gruta, lanzada con ímpetu, cayó
con estruendo sobre las rocas.... Estrofas del Enoch Arden salieron de
unos labios á confundirse con los insectos, que iban y venían entre las
palmeras. Las plantas acuáticas, como para escuchar, erguían sus
fibrosas conchas sobre los flexibles pedúnculos; los seibos se
inclinaban con cierto pesar silencioso, esmaltados por sus flores de
sangre.
Interrumpiendo la recitación, se preguntó Arturo: — ¿porqué digo
estrofas de Tennyson? ¿Hay por ventura olas que evoquen el navío
náufrago?
Entre las emanaciones del agua de la gruta, cruzaron reminiscencias
de unas páginas de Taine. Así, Arturo, en vez de evocar al poeta, por el
recuerdo de los parques que el maestro francés describe, le evocaba, al
parecer, espontáneamente, como si una fuerza antigua no le hubiera
puesto en su alma, fundido con esas perspectivas. Y pensó: — Oh! poder
que descubres las más sutiles y secretas relaciones: ¿porqué naciste
también en mí, si habías de morir sin forma?
Pero estaba alegre: no quería reflexiones, y se puso á observar los bordes del lago. ¿Con qué podía aún embellecerle?
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