Textos por orden alfabético | pág. 60

Mostrando 591 a 600 de 8.874 textos.


Buscador de títulos

5859606162

Canteros

Juan José Morosoli


Cuento


Aún no había aclarado cuando se sintió una explosión. Algunos obreros de la cantera grande, de ésos que duermen una hora menos con tal de tomar mate tranquilos, comentaban:

—¡Ya están los locos meta y ponga! Hoy le ganaron al sol...

"Los locos" eran tres. Rosi, Arboleya y Fagina.

El dueño de la cantera era Rosi, pero se podía decir que era de los tres. La caliza que sacaban de allí la vendían a la "Sociedad Anónima", y el dinero que recibían lo gastaban los tres. Allí no había ni mío ni tuyo.

Ellos perforaban el banco, cargaban los barrenos, los hacían explotar, picaban y repicaban la piedra. Después se la entregaban a "la Anónima", cobraban y asunto terminado.

Eran tres hombres que valían por diez.

Eso sí, cuando les daba por no trabajar lo mismo estaban cinco que diez días, dándose buena vida, hasta que se gastaban la plata.


* * *


Arboleya era un maestro en el arte de abrir una cantera y llevarla a corte parejo como si fuera un queso, con el piso "sin tumultos", que parecía de un salón de baile. Llevar una cantera sin que se aterre, interpretando los nudos —¡la piedra es como la madera, amigo!— no contrariándola, buscándole las vetas que corren, evitando las bochas duras, como si fuera un río cuerpeando islas, no es para cualquiera.

Claro que la cantera de ellos era sin fin. De una caliza noble, ni muy blanda ni muy seca. Fácil de cocer. Tan fácil que anunciaba el punto de cochura pues se empezaba a poner color leche cuando estaba a punto.

Cuando "la Anónima" compró todos los yacimientos de la zona, Rosi se negó a vender su pedazo. Le ofrecieron "un carro de oro" pero no quiso desprenderse de su cerrito.

—Me hago de plata pero quedo bajo patrón... Más, un patrón al que usted no le ve la cara... Las anónimas, mire, tienen eso: usted los sufre pero no los ve... Son como las enfermedades...


Leer / Descargar texto

Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 32 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2025 por Edu Robsy.

Cántico Nacional

Horacio Quiroga


Artículo


Un diario de Nueva York, el más importante de aquella ciudad, según nos informan, acaba de estampar lo siguiente en sus columnas: —"Firpo nos ha descubierto a Buenos Aires".

La persona del informe se muestra indignada de este poco diplomático descubrimiento, asegurando que él es una prueba más del despectivo concepto en que nos tienen los Estados Unidos.

Triste concepto, sin duda... Pero fundado en cierto modo como ningún otro. Véase, si no.

Estados Unidos, como cualquier otro pueblo, no tiene por qué estar más enterado de nuestra cultura que nosotros mismos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 7 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Cantiga de los Esponsales

J. M. Machado de Assis


Cuento


Imagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada; puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente; me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la orquesta con alma y devoción.

Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un buen hombre; todos los colegas lo quieren.

El maestro Román es su nombre familiar; y decir familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio, años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor que pondría si fuera suya.


Leer / Descargar texto


5 págs. / 8 minutos / 332 visitas.

Publicado el 20 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Canto de Ramón

Ramón Llull


Poesía, Religión


Soy creado y ser me han dado
para que Dios fuese honrado
y caí en mucho pecado,
a ira de Dios enfrentado.
Vino a mí el Crucificado,
porque Dios fuese por mí amado.

Al alba fui a pedir perdón
a Dios, y tomé confesión
con dolor y contrición.
De caridad, oración,
esperanza, devoción,
Dios me dio conservación.

El monasterio de Miramar
hice a frailes menores dar
para a los moros predicar.
Entre viña e hinojal,
tomóme amor, Dios me hizo amar
y entre suspiro y llanto estar.

Dios Padre, Hijo, Dios inspirado,
que Trinidad Santa ha espirado,
vi de que fuesen demostrados.
Dios Hijo del cielo ha bajado;
por una virgen fue alumbrado,
Dios y hombre, Cristo llamado.

El mundo estaba en condenación;
murió para dar salvación
Jesús, que el mundo creó.
Sobre el trueno al cielo subió:
juzgará al bueno y al felón,
no valdrá el llanto a su perdón.

Un saber nuevo yo he encontrado;
por él lo cierto será claro
y se destruirá lo falso.
Serán los moros bautizados,
judíos, tártaros y errados,
por el saber que Dios me ha dado.

Tomé la cruz; envío amores
a la Señora de pecadores
que de ella mucho me socorren.
Mi corazón, casa de amores,
mis ojos, fontanas que lloren.
Entre gozos estoy y dolores.

Soy viejo, pobre, despreciado,
por ningún hombre ayudado
y lo que emprendo es demasiado.
Mucho por el mundo he buscado;
muy buen ejemplo en él he dado:
poco soy conocido y amado.

Quiero morir en piélago de amor.
No por grandes me dan terror
mal príncipe o mal pastor.
A diario pienso en el deshonor
que hace a Dios un gran señor
que pone al mundo en el error.


Información texto

Protegido por copyright
1 pág. / 2 minutos / 397 visitas.

Publicado el 8 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Cantó un Gallo

Guy de Maupassant


Cuento


I

Berta de Avancelles había desatendido hasta entonces todas las súplicas de su desesperado admirador el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno en París, el Barón la había perseguido ardorosamente, y después organizaba diversiones y cacerías en su residencia señorial de Carville, procurando agradar a Berta.

El marido, el señor de Avancelles, no veía nada ni entendía nada, como siempre acontece. Según pública opinión, estaba separado de su mujer por impotencia física, motivo suficiente para que la señora lo despreciase. Además, tampoco su figura lo recomendaba: era un hombrecillo rechoncho, calvo, corto de brazos, de piernas, de cuello, de nariz, de todo.

Berta, por el contrario, era una arrogante figura, una hermosa mujer, morena y decidida, riendo siempre con risa franca y sonora. Sin preocuparse jamás de la presencia de su marido, quien públicamente la llamaba "señora puches", miraba con cierta expresión complacida y cariñosa los robustos hombros, los bigotes rubios y soberbios de su admirador invariable y tenaz, el barón Joseph Croissard.

Sin embargo, Berta no había hecho aún concesión alguna.

El Barón se arruinaba por ella, proyectando sin cesar fiestas campestres, cacerías, placeres nuevos, a los cuales invitaba a las más distinguidas personas que veraneaban en aquella comarca.

Todos los días los perros aullaban por el bosque, persiguiendo al zorro y al jabalí; cada noche deslumbrantes fuegos artificiales mezclaban sus resplandores fugaces con los de las estrellas, mientras que las ventanas del salón proyectaban sobre los paseos ráfagas de luz cruzadas a cada punto por movibles sombras.


Información texto

Protegido por copyright
4 págs. / 8 minutos / 126 visitas.

Publicado el 4 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Cantos

Giacomo Leopardi


Poesía, antología


Dos palabras

Con la mayor desconfianza y temiendo haber cometido más de una profanación sacrílega, presento á los escasos aficionados inteligentes de nuestro país, en un pequeño volumen, la traducción en verso castellano de diez cantos de Leopardi, cuya mayor parte he ido publicando en diversos periódicos.

La literatura castellana no es rica en traducciones de los grandes poetas extranjeros, pues la natural indolencia de nuestra raza repugna emprender una tarea tan ardua y escabrosa como generalmente mal apreciada. Créese por lo común que el traductor es un simple copista de bellezas agenas, y este error lamentable, oscureciendo injustamente los méritos del traductor, arredra y desanima á los que, con aptitudes para serlo, quizá recogieran en esa senda lauros que en vano pretenden alcanzar con producciones originales. De ahí que sea tan común el tropezar con traducciones en prosa de poetas extranjeros, verdaderas traiciones y calumnias del original, pues no cabe fidelidad alguna en traducir en prosa lo que ha sido pensado y escrito en verso. Rota por tan extraña manera la unión íntima del pensamiento y la forma que hay en toda verdadera obra de arte, deja ésta de ser una figura viva para convertirse en esqueleto. Pero, ¡qué hacer! la tarea queda así infinitamente facilitada, y luego la pereza, esa madre maldecida de tantas ideas frívolas y perniciosas, se encarga de hacer creer á los inocentes que las traducciones en prosa son más fieles, que conservan mejor el pensamiento, etc., etc.

Si todo el secreto del traductor estuviera en verter exactamente los pensamientos del original, su obra sería una obra muerta, y por lo tanto, esencialmente infiel. Pero la poesía no estriba precisamente en los pensamientos en sí, sino en la fuerza y calor con que están sentidos y pensados, y en la belleza artística con que exteriormente se les manifiesta.


Leer / Descargar texto

Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 37 visitas.

Publicado el 31 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

Cantos de Vida y Esperanza

Rubén Darío


Poesía


A Nicaragua

A la República Argentina


R. D.

Prefacio

Podría repetir aquí más de un concepto de las palabras liminares de Prosas profanas. Mi respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del Arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con una razonada indiferencia.

El movimiento de libertad que me tocó iniciar en América, se propagó hasta España y tanto aquí como allá el triunfo está logrado. Aunque respecto a técnica tuviese demasiado que decir en el país en donde la expresión poética está anquilosada a punto de que la momificación del ritmo ha llegado a ser un artículo de fe, no haré sino una corta advertencia. En todos los países cultos de Europa se ha usado del hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y sobre todo la minoría se asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de mis lectores, que la Evangelina de Longfellow, está en los mismos versos en que Horacio dijo sus mejores pensares. En cuanto al verso libre moderno..., ¿no es verdaderamente singular que en esta tierra de Quevedos y de Góngoras los únicos innovadores del instrumento lírico, los únicos libertadores del ritmo, hayan sido los poetas del Madrid Cómico y los libretistas del género chico?

Hago esta advertencia porque la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres. Yo no soy un poeta para muchedumbre. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas.

Cuando dije que mi poesía era mía, en mí sostuve la primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto de la belleza.


Leer / Descargar texto

Dominio público
37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 1.426 visitas.

Publicado el 12 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Cañuela y Petaca

Baldomero Lillo


Cuento


Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil.

Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora.

Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia.

Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas —tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho—, ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido, contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos obscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho, es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad.

Aquel proyecto de cacería era entre ellos, desde tiempo atrás, el objeto de citas y conciliábulos misteriosos; pero, siempre habían encontrado para llevarlo a cabo dificultades, inconvenientes insuperables. ¿Cómo proporcionarse pólvora, perdigones y fulminantes?


Leer / Descargar texto


11 págs. / 19 minutos / 277 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Cape Cod

Henry David Thoreau


Viajes


Introducción a Cape Cod

Por Clifton Johnson (1908)

Del grupo de notables que a mediados del siglo pasado tuvieron su hogar en la pequeña población de Concord, en Massachusetts, otorgándole con ello una fama literaria a la vez especial y duradera, Thoreau es el único nacido allí. Su vecino Emerson había buscado aquel sitio en su madurez como refugio rural y, después de haberlo convertido en el lugar elegido para su retiro, le siguieron Hawthorne, Alcott y otros; pero Thoreau, el genio más peculiar de todos ellos, era hijo de la tierra.

En 1837, a los veinte años de edad, se graduó en Harvard, y durante tres años fue maestro de escuela en su pueblo natal. Luego se puso a trabajar en el negocio al que estaba dedicado su padre: la fabricación de lapiceros de grafito. Creía poder fabricar un lapicero mejor que cualquiera de los que se usaban en aquella época, pero cuando tuvo éxito y sus amigos lo felicitaron por haberse abierto la perspectiva de hacerse rico, él respondió que jamás fabricaría otro lapicero. «¿Para qué?», dijo. «No quiero hacer de nuevo lo que ya he hecho una vez».


Información texto

Protegido por copyright
245 págs. / 7 horas, 9 minutos / 141 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Caperucita Roja

Charles Perrault


Cuento infantil


Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.

Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.

—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

—Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

—¿Quién es?

—Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.


Leer / Descargar texto


2 págs. / 3 minutos / 3.775 visitas.

Publicado el 17 de junio de 2016 por Edu Robsy.

5859606162