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Caza del Tigre

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos míos:

Lo que más va a llamar la atención de ustedes, en esta primera carta, es el que esté manchada de sangre. La sangre de los bordes del papel es mía; pero en medio hay también dos gotas de sangre del tigre que cacé esta madrugada.

Por encima del tronco que me sirve de mesa, cuelga la enorme piel amarilla y negra de la fiera.

¡Qué tigre, hijitos míos! Ustedes recordarán que en las jaulas del zoo hay un letrero que dice: «Tigre cebado». Esto quiere decir que es un tigre que deja todos los carpinchos del río por un hombre. Alguna vez ese tigre ha comido a un hombre; y le ha gustado tanto su carne, que es capaz de pasar hambre acechando días enteros a un cazador, para saltar sobre él y devorarlo, roncando de satisfacción.

En todos los lugares donde se sabe que hay un tigre cebado, el terror se apodera de las gentes, porque la terrible fiera abandona entonces el bosque y sus guaridas para rondar cerca del hombre. En los pueblitos aislados dentro de la selva, durante el día mismo, los hombres no se atreven a internarse mucho en el monte. Y cuando comienza a oscurecer, se encierran todos, trancando bien las puertas.

Bien, chiquitos. El tigre que acabo de cazar era un tigre cebado. Y ahora que están enterados de lo que es una fiera así enloquecida por la carne humana, prosigo mi historia.

Hace dos días acababa de salir del monte con dos perros, cuando oigo una gran gritería. Miro en la dirección de los gritos, y veo tres hombres que vienen corriendo hacia mí. Me rodean en seguida, y uno tras otro tocan todo mi winchester, locos de contento. Uno me dice:

—¡Che, amigo! ¡Lindo que viniste por aquí! ¡Macanudo tu guinche, che amigo!

Este hombre es misionero, o correntino, o chaqueño, o formoseño, o paraguayo. En ninguna otra región del mundo se habla así.

Otro me grita:


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3 págs. / 6 minutos / 199 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Caza Mayor

Baldomero Lillo


Cuento


En el llano dilatado y árido los rayos del sol tuestan la yerba que crece entre los matorrales, cuyos arbustos raquíticos entrelazan sus ramas débiles y rastreras con las retorcidas espirales de las parásitas de hojas secas y polvorosas.

En las sendas desnudas, abrasa la arena negra y gruesa, y entre los matojos óyese el ruido que producen las culebras y lagartijas que, hartas de luz y calor, se deslizan buscando un poco de sombra entre el escueto ramaje de las murtillas y los tallos de los cardos erguidos y resecos.

Con el cuerpo inclinado y el fusil entre las manos temblorosas, el Palomo, un viejecillo pequeño y seco como una avellana, a pasos cortos sobre sus piernas vacilantes sigue los rastros que las pisadas de las perdices dejan en la arena calcinada de los senderos. Nadie como él para distinguir entre mil la huella fresca y reciente y conocer si la pieza es un macho o una hembra, un pollo o un adulto. Solo, sin deudos que amparen su desvalida ancianidad, con el producto de la caza satisface apenas sus más premiosas necesidades. Los rayos del sol, cayendo a plomo sobre sus espaldas encorvadas, hacían más penosa su marcha sobre aquel suelo blando y movedizo. Su fatiga era grande y aún no había disparado un tiro cuando de pronto se irguió, deteniéndose ante un grupo de espinos y de litres achaparrados: el rastro tan pacientemente seguido terminaba allí. Rodeó el matorral, observando el suelo con atención para cerciorarse de que el ave no se había escurrido por otro lado, y levantando el gatillo atisbó por entre las ramas, estirando el cuello y empinándose en la punta de los pies.

Los tres dedos marcados en la arena y proyectados hacia adelante como abanico indicaban un soberbio macho.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 241 visitas.

Publicado el 8 de octubre de 2019 por Edu Robsy.

Cecilia de Marsilly

Alejandro Dumas


Novela


Introduccion

Era entre la paz de Tilsitt y la conferencia de Erfurth, esto es, cuando se hallaba el esplendor imperial en todo su apogeo.

Una mujer, en traje de mañana, vestida con un largo peinador de muselina de la india, guarnecido de magníficos encajes, al extremo del cual no se divisaba más que la punta de una pequeña zapatilla de terciopelo, y peinada como se estilaba en aquella época, es decir, con el pelo sobre lo alto de la cabeza y la frente rodeada de numerosos bucles castaños, que indicaban, por la regularidad de sus anillos, la obra reciente del peluquero, se hallaba recostada en una larga silla forrada de raso azul, en un lindo gabinete, que era la pieza más retirada de una habitación situada en el piso principal de la calle Taithout, número 11.

Digamos cuatro palabras acerca de la mujer, otras cuatro del gabinete, y luego entraremos en materia.


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Protegido por copyright
204 págs. / 5 horas, 58 minutos / 126 visitas.

Publicado el 19 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Cegados. Episodio 4 Roberto

Fransánchez


cegados, ciegos, ciencia ficcion, apocliptica


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cegados

 

 

 

Por   Fransánchez

 

 

www.cegados.com

 

 

 

 

© 2016 Francisco J. Sánchez Contreras

© Imagen de portada 2016 Francisco J. Sánchez Contreras

©www.cegados.com

 

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Novela solo apta para adultos

 

1ª edición

ISBN:

DL:

Impreso en España

 

 

 

 

Dedicatoria

 

A mi esposa, a mis hijos y a toda mi gran familia.

 

De  verano  en  verano  en  Almerimar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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12 págs. / 22 minutos / 123 visitas.

Publicado el 8 de octubre de 2016 por Fransánchez.

Cela, piel adentro

Camilo José Cela Conde


Recomendable recomendación (libro no gratuito); valga la redundancia...


Agradecimiento a Eduardo Robsy por su e-mail y recomendación en torno a entrevista en RNE...A ser tozudos con los proyectos, perseverancia, "a lo Don Camilo".


http://www.elcultural.com/revista/letras/Cela-piel-adentro/38117


Cela, piel adentro

Camilo José Cela Conde

Destino. Barcelona, 2016. 250 páginas, 19€

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA | 20/05/2016 |  Edición impresa


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2 págs. / 3 minutos / 597 visitas.

Publicado el 4 de octubre de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Celefais

H.P. Lovecraft


Cuento


En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños. Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba, por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores. Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia, la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez.


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Protegido por copyright
8 págs. / 14 minutos / 180 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Celín

Benito Pérez Galdós


Cuento


I. Que trata de las pomposas exequias del señorito Polvoranca en la movible ciudad de Turris

Cuenta Gaspar Díez de Turris, cronista de las dos casas ilustres de Polvoranca y de Pioz, que el capitán D. Galaor, primogénito del marquesado de Polvoranca, murió de un tabardillo pintado el último día de Octubre, y le enterraron en una de las capillas de Santa María del Buen Fin el 1.º de Noviembre, día de Todos los Santos. El año de esta desgracia no consta en la Crónica, ni hay posibilidad de fijarlo, porque todo el documento es pura confusión en lo tocante a cronología, como si el autor hubiera querido hacer mangas y capirotes de la ley del tiempo. Tan pronto nos habla de cosas y personas que semejan de pasados siglos, como se nos descuelga con otras que al nuestro y a los días que vivimos pertenecen; por lo cual le entran a uno tentaciones de creer cierto run run que la tradición nos ha transmitido referente al tal Díez de Turris; y es que después de las comidas solía corregirse la flaqueza de estómago con un medicamento que no se compra en la botica, siendo tal su afición, que el codo lo tenía casi siempre en alto hasta la hora de la cena, y aun después de esta, que era cuando escribía. Estaba, pues, el hombre tan inspirado, que hasta el manuscrito que a la vista tengo conserva todavía el olor.


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Dominio público
39 págs. / 1 hora, 8 minutos / 469 visitas.

Publicado el 22 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Cena de Ánimas

Ramón María Tenreiro


Cuento


Los dos íbamos solos, encajonados en la tenebrosa berlina de la diligencia, toda llena de humo de tabaco, del agrio vaho de sudores, caballares y humanos, y del trepidante estrépito con que se movía el vehículo: ensordecedor traqueteo de herrajes y ventanillas, opaco y rítmico trote de las mulas, restallidos de tralla y, de cuando en cuando, dominándolo todo, la bronca voz del mayoral, que berreaba, pateando en el pescante casi hasta romper las tablas: —¡Arre! ¡Arre! ¡Vamos ya!... ¡Otro repechito!... ¡Beata! ¡Beata!

Por los minúsculos vidrios delanteros, entre los hierros que sostenían el pescante, descubríamos la danza de las orejudas cabezas de las mulas. Prestamente subían y bajaban, en la perezosa penumbra que derramaba el solitario farol, puesto en lo más alto del coche, a cuyos míseros destellos entreveíamos la parda silueta del postillón, que gobernaba las mulas de guía, cabalgando en una de ellas, blandiendo su látigo como pica de guerra. A ambos lados de la cenicienta carretera, los pinos y castaños de las lindes alzaban sus medrosas fantasmas, negras sobre el plácido cielo, todo temblor de luceros.

A la puerta de fosco caserón solitario paróse la diligencia para mudar de tiro. Abrimos las ventanillas. Al momento nos llenó de dulce bienestar la repentina quietud y silencio, junto con la nocturna fragancia de los pinares, que invadió la berlina. En el sereno espejo del aíre palpitó a lo lejos un largo y crispador aúllo de perro. Otro le respondió más próximo.

—¿Qué hora podrá ser ya? —preguntó cansadamente el paternal amigo que me acompañaba, luego de aspirar con fuerza el humo de su cigarro, cuya roja estrella brilló un momento entre las sombras de la berlina, semialumbrando la canosa barba y la pulida mano, ornada de anillos, del fumador.

—Ya lo oye usted —le respondí sonriente.— Media noche: pasan las ánimas, y se espantan los perros.


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12 págs. / 21 minutos / 45 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2023 por Edu Robsy.

Cena de Navidad

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Fue la mía de aquel año una Nochebuena original. Cuando se sepa cómo la pasé, se comprenderá que tuvo su nota característica.

Me encontraba yo en el pueblo de E *** en plena Andalucía pintoresca, arreglando asuntos de interés, cobranzas y otras cosas que mi padre me había encargado —y no había más remedio sino obedecer—. En mi deseo de volver a Madrid, a ver gente y divertirme, andaba buscando pretextos, y me los ofrecieron las Pascuas. Tanto insistí en que me permitiesen pasarlas allá, en familia, que mi padre acabó por escribirme: «Bueno; me perjudicas, pero ven. Todo será volverte cuando pasen Reyes, hasta terminar esos arreglos...».

Como se hizo tanto de rogar, la carta llegó el mismo día de Nochebuena, y apenas me dio tiempo de atropellar el sucinto equipaje y a pedir un caballejo, en el cual iría hasta el tren. Tenía en mi poder una fuerte suma cobrada el día antes, y que pensaba girar, enviándola a la sucursal del banco más próxima, por medio de mi grande amigo el sargento de la Guardia Civil; pero esto me hubiese retrasado, y opté, sencillamente, por guardármela en el bolsillo, pensando que no podía tener mejor portador.

Salí del pueblo a cosa de las cinco de la tarde —el tren pasaba a las ocho—, al trote cochinero del jacucho de alquiler. Un chiquillo hacía de espolique y llevaba mi maleta. Como era invierno, la tarde ya declinaba, y los montes lejanos tenían sobre sus crestas vislumbres rosa y oro. Yo iba pensando que pasaría la Nochebuena en el tren, y, predispuesto al lirismo, por la influencia del ocaso, me acordaba de mi madre, de mis hermanas, del comedor nuestro, que estaría tan iluminado y tan bonito, con la mucha plata que lo adorna; en fin, mis ideas de juerga alegre en Madrid se habían borrado, y las reemplazaban otras sentimentales. La gran poesía de la fiesta del hogar me enternecía hondamente.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 212 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

Ceniza

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Ya despuntaba la macilenta aurora de un día de febrero, cuando Nati se bajó del coche y entró en su domicilio furtivamente, haciendo uso de un diminuto llavín inglés. No tenía que pensar en recatarse del cochero, pues el coche no era de alquiler, y alguien que acompañaba a la dama, al salir ella, se agazapó en el fondo de la berlina.

Nati subió precipitadamente la solitaria escalera, muy recelosa de encontrar algún criado que en tal pergeño le sorprendiese. El temor salió vano, pues reinaba en la suntuosa casa silencio profundo. Sin duda, no se había despertado ninguno de sus moradores. En la antesala, Nati se halló a oscuras, sintiendo bajo los pies la blandura del denso y profundo tapiz de Esmirna. A tientas buscó el registro de la luz eléctrica; giró la llave, y se inundó de claridad el recinto. Orientada ya, abriendo y cerrando puertas con precaución, cruzando un largo pasillo y dos o tres espaciosos salones ricamente alhajados, Nati, en puntillas, llegó a su tocador. Encendidas las luces, hizo lo que hace indefectiblemente toda mujer que vuelve de un baile o una fiesta: se miró despacio al espejo. Éste era enorme, de cuerpo entero, de tres lunas movibles, y las iluminaban oportunamente gruesos tulipanes de cristal rosa, facetados. Nati vio su imagen con una claridad y un relieve impecables.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 69 visitas.

Publicado el 15 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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