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autor: Alejandro Larrubiera editor: Edu Robsy textos disponibles


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La Mujer de Palo

Alejandro Larrubiera


Cuento


La Fama, que muchas veces trompetea á tontas y á locas, pregonaba que no había en la patria del Cid mortal tan venturoso como el mesonero de Pedrules, Juan Otáñez, marido de la mujer más gentil, graciosa y encantadora que hubo de verse metida en el rudo tráfago de hospedar la variada y pintoresca muchedumbre de viandantes que hacían su camino por tierra de Castilla.

Por hombre dichoso teníase á Otáñez; su mesón era uno de los más frecuentados en muchas leguas á la redonda; en su gaveta escondíanse prudentemente, para evitar deslumbres de ojos y malos pensamientos, algunos centenares de áureos redondelitos sellados con la efigie del señor rey D. Felipe III; ningún marido más afortunado, por ser Maricruz, su mujer, dechado de gracias y perfecciones pertinentes al cuerpo, y de aquellas, más preciadas y perennales, del alma.

Pero, la felicidad es fruto que nadie saborea con entera placidez: al envidiado y envidiable Otáñez amargábale el dulzor de sus venturas el acíbar de los celos, que era el mesonero sobrado receloso, sin duda por el natural temor que en los varones avisados y prudentes pone un excesivo y continuado bienestar.


* * *


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5 págs. / 10 minutos / 70 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

La Envidia de los Dioses

Alejandro Larrubiera


Cuento


El rostro de Zeus no reflejaba la dulce serenidad propia del rey de los dioses, padre de los mortales y árbitro del mundo: los apretados rizos de su gentilísima barba traíalos en borrascoso desorden; el arco de sus cejas acentuábase sombrío, y sus ojos rasgados, encendíalos la cólera, fuego terriblemente amenazador en parecida deidad. Felizmente para los alegres vecinos del Olimpo, y los menos regocijados de la tierra, las divinas manos no empuñaban el rayo que convierte en cenizas las rocas y los hombres.

Zeus no reía, y ya es sabido que cuando Zeus no ríe, tampoco el cielo ríe: nubes negras y tormentosas cubriánlo con sus flotantes velos de lágrimas, prontas á caer en llanto torrenical sobre la tierra. Júpiter dábase á las mismísimas Euménides, y como el más vulgar é iracundo de los mortales, tirábase reciamente de las barbas y gruñía espantosas amenazas, que retumbaban como truenos en la celeste mansión, atemorizando á sus moradores que, á hurtadillas, cambiaban entre sí miradas que querían decir: «Papá Júpiter no está hoy para bromitas.»

Á la hora del yantar, Zeus no probó la ambrosía, y de un manotón tiró al suelo la áurea copa llena de néctar que le ofrecía Ganimedes. Juno tampoco probó el alimento inmortal: su rostro nublábalo también la cólera y el odio. Venus, Marte, Mercurio, Apolo, Minerva y los demás dioses y diosas asistían al cotidiano banquete mudos y recelosos, como hijos que esperan de un momento á otro que los papás se tiren los platos á la cabeza. Pero Zeus y Juno, para vengar sus íntimos agravios conyugales, no malograron la celestial vajilla: conformáronse prudentemente con dirigirse miradas de soberano desdén.

Zeus, terminado el yantar, levantóse de la mesa, asió del brazo á Mercurio, su correveidile, y señalándole la cima más alta del Olimpo, le dijo:

—Vámonos lejos de esta divina gentuza; tenemos que hablar.


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4 págs. / 8 minutos / 49 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

La Casuca

Alejandro Larrubiera


Cuento


«que en el mundo el amor siempre está en juego»

Campoamor. Dichas sin nombre.

I

Al final de este capítulo, acaso diga el lector que huelga
lo que en él va escrito.


En tal noche soplaba reciamente el viento Gallego, y al enfilar por las obscuras callejas de la corralera, silbaba trémulo y hacía retemblar las mal encajadas portilleras, arrancándolas secos golpazos; levantaba del suelo con rapidez increíble las hojas desparramadas de los nogales, y con el polvo formaba remolinos que corriendo á lo largo de las callejas iban á estrellarse contra las fachadas de las casas, y la arena al rebotar sobre los cristales de las ventanas formaba pizicattos como de platillos que tintineasen pianissimo: los campanillos de la iglesuca empujados por el aire tenían una perpetua vibración parecida á una queja: esto en la parte urbana de Villabrin: en la otra rústica el Gallego recreábase á su sabor, corriendo con horrísona furia por entre los árboles seculares del bosque, doblando las copas de los más recios y humillando hasta el suelo las de los más débiles; aquel silbar bronco del elemento infundía pavor, y ni un alma cruzaba en aquella noche de invierno el término villabrinés.

Miento, porque de una de las casas situadas al extremo de la aldea, casi cerca del bosque, salió un hombre joven, vestido á estilo de indiano y llevando en la mano un farol cuyos destellos á las primeras de cambio trocáronse en tinieblas.

Pero el que á tal se atrevía en noche tan borrascosa no debía de ser hombre que se ahogase en poca agua, y arrojó como cosa inútil el farol contra el suelo: oyóse ruido de cristales que se rompen, y el joven continuó su camino, metidas las manos en los bolsillos del pantalón y las narices entre los pliegues de una bufanda.


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7 págs. / 13 minutos / 45 visitas.

Publicado el 24 de julio de 2023 por Edu Robsy.

La Campara de Chang-té-ku

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Es un cuento chino escrito en tablillas de bambú por Ti-chen, historiógrafo del hijo del cielo, hermano del sol y de la luna, y Gobernador único en la tierra, que estas denominaciones recibe modestamente el Cha ó Emperador de los de las narices chatas, vulgo, chinos.

Remonta el historiador su relato 10.000.000 de años antes de nacer Jesucristo, un grano de anís si se compara á la afirmación de Lassen, émulo de Confucio que con toda formalidad asegura que el celeste Imperio cuenta 92.000.000 de años historiables.

En la época señalada por Ti-chen, reinaba Chang-té-ku, que dicho sea sin ánimo de ofenderle, á pesar de ser hijo del cielo y pariente de los astros, era un chino clásico de vientre abultado, tez de barquillo, orejas de sátiro, frente cuadrangular y su poquitin de «coleta», amén de unos piés diminutos, única cosa admirable que orgullosamente podía ostentar el gran señor chinesco.

Chang-té ku, debía presentir á Luis XI de Francia: gobernaba sus estados lo más hipócritamente posible; disfrazándose de santo y justiciero hacía cuantas atrocidades se le antojaban; más claro: era el chino más chino: tiraba la piedra y escondía la mano.

Ello es —y aquí empieza la historia jeroglífica— que al hermano del sol le pareció cosa extraordinaria que las fulanitas de su reino, máxime las guapas en clase de chinas, se casaran con cualquiera de sus súbditos, así sin más ni más.


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2 págs. / 5 minutos / 53 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

Grandeza Humana

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Gartus era un fantasmón que se había adueñado del ánimo de sus súbditos como el diablo de las almas cándidas: aterrorizándolas.

«¡Noche nefasta aquélla! —contaban los padres á sus hijos, después de cerciorarse de que nadie sorprendería su relato.— Los elementos asolaban la tierra; llovía á mares, silbaba el huracán, tronaba el cielo y abríanse las nubes con ramalazo de deslumbrante luz. En tal noche, una horda capitaneada por Gartus, sorprendió la guardia de palacio y asesinó al rey, un pobrecito rey que se pasaba las horas muertas ensayando la quiromancia. La horda habría sacrificado también á Albio, el príncipe heredero, si un viejo servidor no le pusiera en salvo huyendo con él á campo traviesa.»

Gartus, después de afianzarse en el trono, contentó á los perdularios que le habían ayudado á su encumbramiento colmándolos de honores y riquezas.

De vez en vez producíale mayor espanto la vista de su corte formada por los cómplices suyos en el regicidio, y para ahorrarse temores fué poco á poco y de manera astuta eliminándolos del libro de los vivos: así, el crimen primero es la piedra angular sobre la cual la inquietud del asesino levanta inacabable pirámide de crímenes y horrores.

II

En los ratos que se veía solo, espantábase de sí mismo, de la sombra que proyectaba su cuerpo, y cualquier ruido hacíale temblar y con medroso recelo su diestra acariciaba el puñal que constantemente traía colgado al cinto.

Cerraba los ojos porque todo cuanto le rodeaba, muebles, tapias, armaduras, transformábanse para él en sores monstruosos que se agitaban con convulsiones epilépticas mientras repetían con voz trágica: «¡Asesino! ¡Asesino!»

Y al cerrar los párpados, convertíase la oscuridad en que los ojos se sumían, en claridad rojiza que parecía inundar por dentro el cuerpo de Gartus abrasándoselo.


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4 págs. / 8 minutos / 66 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Viejecito del «Heraldo»

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Aquella noche no oímos en la calle la voz para nosotros tan conocida del pobre viejecito del Heraldo.

—¿Qué le pasará? —nos preguntamos sorprendidos.

En los muchos años que llevaba trayéndonos el periódico no había faltado ni una sola noche.

¡Y eso que algunas eran bien crueles!

Ni la nieve ni la ventisca atemorizaban al viejo que, invariablemente, á las nueve y media, lo más tarde á las diez, dejaba oír su vocecita asmática, trémula, corriendo á lo largo de la calle:

—¡El Heraldooo!...

En la última sílaba encajaba una nota aguda, prolongada, que era como un trémolo lamentable.

Oíamosle subir la escalera todo lo más deprisa que le permitían sus cansadas piernas, resoplando fatigoso; tiraba del llamador, y al abrir la puerta destacábase en el pasillo su figura simpática y humilde: debía de tener mucho frío á pesar de la capa en que se envolvía: una capa pardusca que casi le llegaba á los muslos, con los embozos de paño deshilachados y grasientos; una bufanda de color indefinible rodeaba su cuello, y entre la bufanda y un sombrero hongo deformado, antiquísimo, que se le hundía hasta el cogote, veíasele la cara rugosa y escuálida, con el bigote canoso, encrespado, y en los ojillos una mirada de suprema melancolía.

Sonreíase siempre que entregaba el ejemplar del periódico, murmuraba un «hasta mañana» y se iba, resonando al poco tiempo en la calle su vocear trémulo, que se repetía dos ó tres veces, cada vez más débil para nosotros, hasta que concluíamos por sólo oír muy lejana la nota final, aguda y prolongada del pregón.

El no oír éste en aquella noche llegó á preocuparnos: en el azaroso trajín de la vida, había concluido por sernos á todos los de la familia muy simpático el viejecito del Heraldo.


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3 págs. / 6 minutos / 53 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Tejado

Alejandro Larrubiera


Cuento


Corrían los tiempos, ya tan lejanos, en los que aun España se permitía los lujos de tener virreyes en la Argentina, Perú y Méjico, y los españoles, en sus gavetas, peluconas con la vera efigies de los Filipos y de los Carolus.

La Montaña aun no había sido horadada para dar paso al tren, ni corrían los rieles de las vías férreas por el fondo de los valles, ni se agujereaban, despiadadamente, los montes para la extracción del mineral, ni los montañeses leían periódicos, bien es verdad que no los había, y aun cuando los hubiese habido, faltarían los lectores, porque era como buscar agujas en un pajar encontrar persona á la que no le estorbase lo negro.

Con lo cual dicho queda que reinaba una paz encantadora en estos valles que parecen la realización del sueño de un gran poeta.

Rompió la monotonía y turbó la calma patriarcal de la aldea la llegada de Felipón de la Castañera, que, al declinar de su vida, volvía de Indias después de medio siglo de ausencia.

¡Y cómo volvía el Sr. D. Felipe! Delgado y paliduco como un cirio tronchado, porque el peso de los años, ó el de las pesadumbres, ó lo uno y lo otro, de consuno, obligábanle á encorvarse de un modo harto visible en un hombre que medía de alto dos varas de Castilla: de su estatura vínole desde chico lo de llamarle «Celipón».

Humor traíalo, pero endiabladamente triste é irascible, contrastando cómicamente con su hablar atiplado y meloso á la americana: enfurecíase por nada, y cuanta más lumbre ponía la ira en sus ojos y más recio pateaba, más ganas de reir producía oirle despotricar con su vocecita de madama, soltando unas palabrotas muy en su punto para atemorizar negros en el nuevo mundo, que no cristianos en el viejo.

Debía de padecer horrorosamente del hígado, y de seguro su cuerpo era almacén de bilis al por mayor: tal su cara de maíz reseco; tal su carácter atrabiliario.


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8 págs. / 15 minutos / 68 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Recuerdo del Tirano

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

La mesnada de Juan León tenía algo del huracán: arrollaba cuanto á su paso se oponía.

Era el caudillo un hombre ambicioso y cruel: su pecho era más duro que la peña: su cabezal era de hierro. Y es claro, las cabezas de hierro no sienten.

Armado de todas armas, caballero en brioso alazán, el cuerpo encerrado en las duras planchas de la armadura tinta en sangre de cien peleas, al frente de sus parciales —un puñado de aventureros, buitres humanos, ávidos de sangre y de oro— Juan León apareció una tarde á la entrada del valle; un valle de la montaña, cubierta su extensa vega de maizales, cuajados de verdes mazorcas. El cierzo hacía balancear los tallos, arrancándoles un suave y prolongado quejido.

El sol poniente besaba con tibia y dorada luz las casucas de las aldeas y arrancaba luminosos destellos á los campanarios de las iglesias; los badajos golpeaban melancólicamente las metálicas paredes de las esquilas y campanillos, y en el aire resonaban las notas del Agnus Dei y el chirrido de las carretas perezosamente arrastradas por los bueyes. Algunos aldeanos cruzaban los senderos de la vega, al hombro el dalle y en la boca una canción de triste cadencia como lo son todos los cantos formados por la musa popular de la montaña.

Al pie de unos nogales hicieron alto aquellos guerreros.

Juan León dirigió una codiciosa mirada al valle y pensó en voz alta:

—¡Esta tierra ha de ser nuestra!

—Lo será—afirmó con fe ciega el que hacia las veces de lugarteniente.

II

¡Lo fue!...

La tropa de Juan León se apoderó por sorpresa del valle.


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5 págs. / 9 minutos / 49 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Peor Consejero, Orgullo

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Encanto de los ojos era Dolores, que no parece sino que la Naturaleza quiso con ella dar un mentís á las más hermosas creaciones artísticas. Era la muchacha de las de rompe y rasga, y si en sus pupilas relampagueaba el odio era como destello de puñal que ciega y atemoriza; en cambio, si amante entornaba los párpados, un pecho de roca se extremecería dulcemente conmovido.

Y como no eran de roca los de quienes tal belleza admiraban, á los ojos de chicos y grandes subíase á llamaradas el gozo y traducíase la admiración en exclamaciones, finas las menos, groseras las más, en todas se encerraba un deseo pecaminoso.

Altiva como una reina, sin hacer caso de los murmullos de entusiasmo que a su paso producía, como á través de las hojas de los árboles produce múltiple susurro el aire, iba Lola al obrador; que la chica era planchadora de oficio, aunque por su hermosura mereciera ser princesa.

Inclinado el ondulante y escultural busto sobre el niveo lienzo que recubría la tabla, roja la faz, brillantes los ojos, aprisionada la plancha por sus manos de duquesa, Lola pasábase el dia sacando brillo á las camisolas, y entre planchazo y planchazo, si no seguía el palique con las compañeras, continuaba el canto; el más popular y de moda, el más chulo y picante.

La tienda era como ermita en despoblado, que todo el que pasa se detiene á contemplar la vera effigies del santo milagroso: no había varón barbado ó sin barbas, que no pegase las narices al cristal del escaparate y se quedara como embobalicado en la contemplación de tan lindos perfiles, empleados en labor tan prosaica.


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Publicado el 19 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Momento Oportuno

Alejandro Larrubiera


Cuento


El excelentísimo señor D. Quintilio Azara del Valle, experimentó la más dolorosa de las sorpresas al «encontrarse» viejo, y sin haber realizado ninguna de las tres cosas que, según un proverbio oriental, ha de ejecutar el hombre, si quiere que su paso por este valle de lágrimas sea meritorio: plantar un árbol, publicar un libro ó tener un hijo.

¿Un hijo?... Por tenerle sería capaz del más estupendo de los sacrificios, ¡hasta olvidarse de que era millonario y que por serlo había consumido lo mejor y más florido de su existencia! De pobre abogadillo provinciano, llegó á ser, á fuerza de paciencia y de astucia, de humillaciones y de padecimientos, un Creso de la Banca, senador vitalicio, un personaje en fin. ¿Y para qué todo este oro y todos estos esplendores suyos?... Para encontrarse en los linderos de la vejez sin haber recibido lo que tantos y tantos pobrecitos hombres reciben en el propio hogar: besos de mujer y caricias de niño.

Acuciado por el loable propósito de ser pater familias, lanzóse denodadamente el excelentísimo señor en busca de esposa, sin que en este negocio, el más arduo y peligroso de cuantos hubo de emprender en su dilatado vivir, pesara las ventajas ni los inconvenientes. Como náufrago que sólo ve su salvación en alcanzar el madero que flota en el tumultuoso mar, así D. Quintilio, en el mar de la vida, trataba de asirse al matrimonio como á un leño salvador.

No es cosa que asombre el que su excelencia encontrase, á las primeras de cambio, una colaboradora para la magna y retardada empresa que quería acometer. Y tampoco hay para qué sonreírse maliciosamente si se afirma que la novia era joven, guapa, cariñosa, de conducta intachable y de una familia de las más linajudas madrileñas. ¡Así contara tantas talegas como blasones!


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3 págs. / 6 minutos / 112 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

34567