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autor: Alejandro Larrubiera editor: Edu Robsy textos disponibles


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El Quijote de la Boardilla

Alejandro Larrubiera


Cuento


Era un ente extraño y estrambótico el vecino de la boardilla. Vivía en ella completamente solo, y, a no ser por la portera (unico ejemplar de la especie humana con el cual se comunicaba), tomárase a D. Miguel por uno de esos filósofos recalcitrantes que odian al prójimo y viven y mueren en el mundo como plantas parásitas.

D. Miguel vivía como el caracol, siempre metido en su concha, y solo se permitía el exceso de salir de ella una voz al mes.

Cosa extraña era, a la verdad, tal régimen, y mas extraña era la catadura que ofrecía el dicho inquilino cuando salía a la calle a hacer su visita mensual.

Y si extrañas eran estas circunstancias, no le iban en zaga los atavíos con que adornaba su escuálida, amojamada y peregrina personalidad.

Eran aquellos unos zapatones de cuero con mas años, acaso, que céntimos tiene una peseta; unos pantalones azules de ancha campana, tan ancha, que se podía tomar muy bien como modelo en tela de la célebre de Toledo; un chaleco con solapas de a tercia; un gabán de color indefinible, largo, ancho y lleno de lamparones; y como remate un sombrero de copa, coetáneo de los zapatos, y todo el lleno de bollos y con el pelo planchado al revés por los anos.

A esto, que le daba aspecto de trapero de tiempos de O’Donnell agréguense una bufanda de lana que D. Miguel malamente se anudaba al cuello, y un bastón, mejor cayado, en que apoyaba su descarnada diestra, y burla burlando hemos dado a conocer los trapitos con que el vecino de la boardilla se emperejilaba para efectuar su excursioncita mensual.

Era también de notar que siempre que regresaba de esta volvía acompañado de un mozo de cuerda que traía a la mano y con sumo cuidado varias cosas de formas y hechuras heterogéneas, muy envueltas en periódicos y atadas con bramantes.

La ociosidad, dicen, es madre de todos los vicios; pero yo tengo que la curiosidad lo es de todas nuestras flaquezas morales.


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4 págs. / 7 minutos / 97 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2023 por Edu Robsy.

El Ansia del Placer

Alejandro Larrubiera


Cuento


(Al eminente escritor D. Carlos Frontaura)

I

Al recorrer las sombrías galerías de no recuerdo qué convento, vi en una hornacina, cuyos bordes festoneaba raquítico musgo, una imagen tallada en piedra representando á la Virgen del Carmelo.

La escultura se hallaba asaz deteriorada, y sus perfiles carcomidos por la destructora acción del tiempo.

Al pie de la hornacina, y grabado en el muro, se leía una inscripción que avivó mi curiosidad.

En caracteres góticos, apenas perceptibles, se leía:


AQUÍ MURIÓ
NOEMI LA HEBREA
ROGAD A DIOS POR SU ALMA
ANNO MCDXCIV


Instigado por la curiosidad, y después de indagar lo que la extraña inscripción significaba, pude reconstruir el drama que hace cuatro siglos se desarrolló ante aquella sacra imagen del Carmelo.

II

Hugo de Florestán había llegado á los veinte años, llena su alma de misticismo á la par que ardiente apasionamiento por algo que no sabía definir en su todavía virginal alma.

Hijo de nobles, el destino le brindaba un brillante porvenir.

La guerra contra el moro se hallaba declarada con gran ahínco, y ya los Reyes Católicos cercaban á Granada, último baluarte del musulmán, construyendo el Real de Santa Fe.

Hugo se alistó en las huestes que á la sazón se formaban.

Asistió al asalto de la ciudad mora, joya inapreciable hacia la cual se volvían todas las miradas: las de los cristianos llenas de avaricia, las del musulmán impregnadas de lágrimas.

El joven Hugo, en vista de que el fragor de la batalla le impresionaba demasiado y que nunca llegaría á ocupar un pueblo brillante en la guerra, resolvió retirarse á un convento.


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7 págs. / 12 minutos / 80 visitas.

Publicado el 24 de julio de 2023 por Edu Robsy.

La Barca del Olvido

Alejandro Larrubiera


Cuento


¡Qué tarde más triste!… El cielo era de plomo y el mar aparecía negruzco. Ahí en la playa estaba todo el pueblo mirando atentamente hacia el límite en que agua y nubes se fundían en un beso tétrico.

Las mujeres, formando un gran grupo, gimoteaban; los hombres discutían las probabilidades de que las barcas que habían salido á la pesca de la sardina pudiesen ganar la playa; los chicos, atemorizados, permanecían quietos mirando estúpidamente, ora á las encrespadas olas que ribeteadas de hirviente espuma venían á morir á sus pies, ora á los grupos de hombres y mujeres que los rodeaban. La voz de bronce de la aldea tocaba el Ángelus y sus vibraciones eran ahogadas por el ruidoso oleaje.

Nela, la hija del señor Quim, el pescador más arrojado de la costa, era la única mujer que permanecía alejada de sus convecinas. Habíase sentado en una peña, y con los codos sobre las rodillas apoyaba la cabeza entre ambas manos, muda é insensible á todo lo que no fuera aquel mar sombrío que parecía salmodiar un fúnebre canto, seguía con ansiedad de loca la marcha tumultuosa de las olas.

Las mujeres de la playa mirábanla de vez en cuando y meneaban con significativa expresión la cabeza: los hombres la señalaban con el dedo.

Era la que más sufría en aquel instante.

Quico, su prometido, estaba en el mar.

Al día siguiente, domingo, debía verificarse su boda, cumplir su anhelo constante, porque Nela quería á Quico como quiere la mujer virgen que entreabre su espíritu al ardiente soplo del amor.

Quico… ¿Me prometéis el secreto? Quico no quería á Nela. Se casaba sí, por ser dueño .. de la mejor barca que había en toda la costa.

Otra mujer antes que Nela había refrenado el albedrío del ambicioso: esa mujer ahora, despechada, lloraba la muerte de sus ilusiones.

Y nadie, nadie le hacía caso: lo más que le decían para consolarla era:


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2 págs. / 4 minutos / 68 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2023 por Edu Robsy.

Vida Fantástica

Alejandro Larrubiera


Novela


Al Excmo. Sr. D. Antonio Royo Villanova

Ilustre orador y publicista, paladín de la cultura patria y hombre que cautiva todas las voluntades con su alta intelectualidad y nobleza de alma.


En testimonio de cariño, gratitud y admiración, su amigo


Alejandro Larrubiera

Al lector

El ilustre novelista y maestro querido y admirado, Jacinto Octavio Picón, afirma que la picara vanidad forma el fondo de todo literato, puesto que sin ser algo vanidoso a nadie se le ocurre que lo que ha imaginado en la soledad de su gabinete pueda servir de entretenimiento al prójimo.

Ojalá que esta pueril vanidad innata en todos los que escriben obras de imaginación, y aun en los que no las escriben, merezca de tu parte una bondadosa disculpa, si logro mis anhelos de proporcionarte algún esparcimiento con el libro ofrecido a tu curiosidad.

Vida fantástica es el título que, después de desechar otros muchos, hallé como el más apropiado a esta novela.

Pero bueno será declarar, para que nadie se llame a engaño, que en esta narración novelesca no ha de encontrarse lo que acaso el rótulo haga suponer de estupendo y maravilloso, pues si bien toca realmente en tales extremos por lo inconcebible, la vida del protagonista, éste, después de todo, se produce en ella como lo que es, como un pobrecito hombre que hace su rota por el mundo a la manera trivial de la inmensa mayoría de los mortales.

Y esto que a primera vista resulta un tanto paradójico no puede ser explicado ahora, porque si lo fuera quebrantaríase inoportunamente el interés que intenté despertar en las siguientes páginas. ¡Y sea yo tan venturoso, amigo lector, que cautive tu atención desde la primera hasta la última!


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114 págs. / 3 horas, 20 minutos / 164 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Peor Consejero, Orgullo

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Encanto de los ojos era Dolores, que no parece sino que la Naturaleza quiso con ella dar un mentís á las más hermosas creaciones artísticas. Era la muchacha de las de rompe y rasga, y si en sus pupilas relampagueaba el odio era como destello de puñal que ciega y atemoriza; en cambio, si amante entornaba los párpados, un pecho de roca se extremecería dulcemente conmovido.

Y como no eran de roca los de quienes tal belleza admiraban, á los ojos de chicos y grandes subíase á llamaradas el gozo y traducíase la admiración en exclamaciones, finas las menos, groseras las más, en todas se encerraba un deseo pecaminoso.

Altiva como una reina, sin hacer caso de los murmullos de entusiasmo que a su paso producía, como á través de las hojas de los árboles produce múltiple susurro el aire, iba Lola al obrador; que la chica era planchadora de oficio, aunque por su hermosura mereciera ser princesa.

Inclinado el ondulante y escultural busto sobre el niveo lienzo que recubría la tabla, roja la faz, brillantes los ojos, aprisionada la plancha por sus manos de duquesa, Lola pasábase el dia sacando brillo á las camisolas, y entre planchazo y planchazo, si no seguía el palique con las compañeras, continuaba el canto; el más popular y de moda, el más chulo y picante.

La tienda era como ermita en despoblado, que todo el que pasa se detiene á contemplar la vera effigies del santo milagroso: no había varón barbado ó sin barbas, que no pegase las narices al cristal del escaparate y se quedara como embobalicado en la contemplación de tan lindos perfiles, empleados en labor tan prosaica.


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6 págs. / 10 minutos / 84 visitas.

Publicado el 19 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

La Hada de los Ojos Verdes

Alejandro Larrubiera


Cuento


¡Ay de aquellos que no posean una flor
de la hada de los ojos verdes!

I

Era el amanecer de un día de mayo: el mes de las flores, del amor y de las hadas: las tres cosas más espirituales que pueden existir en el mundo; la aurora, como maga invisible, recogía los negros tules en que aparecía envuelto el bosque; los árboles, que en la noche semejaban medroso batallón de gigantes que dormía un sueño agitado, mostrábanse en toda su lozanía cuajados de hojas y de canciones; al pie de uno de estos árboles había un hombre joven vestido de pastor.

Dormía, y su sueño debía ser tan alegre como la aurora de aquel día, por cuanto en su rostro dibujábase una sonrisa. ¿Quién sabe si el amor, el interés ó alguna de esas ocultas ambiciones del espíritu satisfarían éste en la quimérica realidad del sueño?..

Los rayos del sol naciente vinieron á despertar al joven, el cual, refregándose los ojos, miró en torno suyo, y al verse así, tan solo, al pie de un árbol, hizo un gesto de asombro.

—¡Todo mentira!, balbuceó con acento de amargura.

Y poniéndose en pie, echó á andar por entre el laberinto del bosque; andaba el pastor á paso tardo, la cabeza inclinada al pecho, caídos los brazos: como anda quien se ve bajo el peso de una gran preocupación.

—¡Sería yo tan feliz!, pensaba en voz alta, poco cuidadoso de que los pájaros interrumpiesen sus cantos para escucharle. Si yo poseyera como el amo una casa, un huerto y un millar de ovejas, podría atreverme á hablar á Marcela, la hija del señor alcalde… ¡Y sería dichoso, dichosísimo: no me cambiaría por ningún rey ni príncipe, porque el que se case con Marcela puede decir que se casa con la propia felicidad!

Y moviendo tristemente la cabeza continuó:


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3 págs. / 6 minutos / 80 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2023 por Edu Robsy.

Una Cana al Aire

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Don Zenón, una vez que la doméstica, una alcarreña tan diminuta como campana de ermita, hubo quitado los manteles, se palpó con entrambas manos su respetable abdomen, y dirigiéndose á su familia, compuesta de señora é hija, y el adminículo de ésta ó sea el novio, dijo alegremente:

—¡He pensado convidaros esta noche!

—¡Ay papá, qué gusto!—exclamó la joven.

—¿De veras?—preguntó la señora.

—¿Conque nos convida?… ¡qué milagro—pensó el futuro víctima de Cupido.

—Sí—prosiguió don Zenón,—bien podemos dispensarnos ese lujo, gracias al ministro, que al cabo de veinte años se ha acordado de que yo existo en el mundo, y me ha ascendido.

—¡Valiente ascenso!—gruñó doña Pantaleona, la esposa de don Zenón.—8000 reales de sueldo… ¡Si tú no fueras tan arrimado á la cola!…

—¡Pero mujer!…

—No hay mujer que valga,—replicó doña Pantaleona.—Si tu te hubieses colgado á la casaca del ministro y no pusieras caja con g… ¿no es verdad, Pepito?…

El aludido estaba por las alturas, asi es que al oír la voz de su suegra en ciernes, se puso colorado lo mismo que su Dulcinea, y ambos preguntaron atropelladamente:

—¿Qué dice usted?

—Pareces boba, Felisa, que papá…

—Vaya, mujer… ¡cosas de chicos!—intervino el empleado dando nuevo giro á la conversación.—Estaban hablando de sus cosas; ¿verdad, hija?

—Sí, papá.

—Sí, señor, sí,—contestó Pepito—estaba explicando á Lisa el movimiento de rotación de… de los astros… ¡eso es!…

—¡Me escama tanta istronòmica todas las noches!—murmuró la mamá.

—¡Ea, vamos á echar una cana al aire!—dijo alegremente D. Zenón—¡qué diablos!… un día es un día.

—Y á dónde vamos. Papá?

—¡Al café que han abierto en la esquina!


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7 págs. / 12 minutos / 72 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2023 por Edu Robsy.

Cuento de Nochebuena

Alejandro Larrubiera


Cuento


Es la noche blanca; el cielo tiene el color de la azucena, y la luna, al enviar su beso de luz, arranca suaves reverberaciones de plata á la nieve que cubre la tierra y viste los picachos de los montes.

Quietud solemne y augusto silencio en los campos; clamoroso zumbar de colmena en la ciudad. Hay sones pastoriles en sus calles, que recorren las turbas de muchachos con regocijada greguería, anunciando, con el rataplán de sus tambores y sus frescas y puras voces infantiles, que es la Gran Noche, la noche de los recuerdos melancólicos del hogar, noche bendita, en la que ha siglos una estrella, bogando como lágrima de oro por el tul de los cielos, anunciaba á los hombres que Aquél que es todo amor les libraba de las cadenas del pecado original.

Noche alegre: noche venturosa. La muchedumbre, como ejército de hormigas, invade las calles de la ciudad, que rebosan ruido y algazara; entra en las tiendas, se para en los puestos de los ambulantes, y se provee de vituallas de boca. Hay que celebrar la Gran Noche como suelen celebrar sus fiestas los humanos, que si no se dan hartazgo de comer y de beber, creen que no se divierten.

Yo, pobrecito de mí, lejos de mi patria, extraño en la ciudad, discurro por sus calles con un maltrecho violín bajo el brazo. No alegra mi bolsillo el tintinear de las monedas, ni mi espíritu la esperanza de poseerlas, para llevar á mi hogar, mísera boardilla, no ya las chucherías y fililíes gastronómicos que veo en los escaparates y en manos de la mayoría de los transeúntes, sino la parca colación de los menesterosos.


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7 págs. / 12 minutos / 70 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

La Felicidad del Ajenjo

Alejandro Larrubiera


Cuento


Camino de Vicálvaro en medio de un campo erial, se levanta un pino raquítico y contrahecho. Los pájaros jamás han anidado en él: en la carcoma de su podrida madera se deslizan los reptiles más asquerosos: cuando el viento Norte sopla iracundo, sus ramas resecas se quiebran con ruido siniestro... En las noches en que la luna viste con túnica blanquecina la tierra, el árbol es un espía en medio de la soledad. Parece retorcerse con la más violenta contorsión de espanto por verse tan solo, tan abandonado...


* * *


La corbata traíala mal hecha y como si aspirase á ceñirse al cogote; el traje, más pecaba de sucio que de elegante; el cuello y la pechera parecían haber reñido con el agua y el almidón; los pantalones, deshilachándose, rozaban el suelo; las botas tenían barro adherido á los bordes de la suela y los tacones torcidos. Por las mejillas paliduchas avanzaban revolucionariamente las barbas mal perjeñadas; los ojos, como los de las muñecas de biscuit, brillaban mucho, pero sin expresión; el sombrero que coronaba tales ruinas y roñosidades, ofrecíase abollado, grasiento. Tan astroso é incorrecto encontré la otra tarde á la puerta del café del Diván á mi amigo Luis, que no há pocos meses era el joven más elegante, atildado y rico de la buena sociedad madrileña: encanto de señoritas en estado de merecer, desvelo de señoras casadas, mimo de mamás con ascenso inmediato á suegras y temor de padres, hermanos y maridos celosos de su honor.

Nos dimos las manos, y Luis, conociendo la sorpresa que su empaque me producía, me dijo, sonriéndose irónicamente:


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4 págs. / 7 minutos / 62 visitas.

Publicado el 19 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Ministro Cachivache

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

La cosa pública fue siempre para Manolo Cachivache el verbo de todo lo existente, y en tal estima tenía y tan sabrosa hallaba la cotidiona comidilla de la política, que, sentado en la angostez de su taller de zapatero, sito en el portalucho de una casa de la calle de la Ruda, pasábase, de sol a sol, con las antiparras caladas y los diarios resbalando por sus narices á tres milimetros lo negro del impreso del blanco de los ojos; y parroquiano o parroquiana que acertase á encajar su persona en el metro en cuadro del tabanque era sabido que, antes de finalizar en el ajuste de los remiendos de las mal traídas botas, derrochaba, quieras que no más de una hora en oirle al Marat de obra prima, un programa político ad-usum del pueblo, con el tan socorrido «corte de cabezas», democracia y libertad, ¡mucha libertad!, todos los ciudadanos fraternizando en una misma comunión de ideas... Y nada de pobres y ricos; lo tuyo, mío; y lo mío, mío; un reparto social, y cátate la pobre España hecha una balsa de aceite, y tutilimundi, un bienaventurado que no tendría quebraderos de meollo para agenciarse el pan nuestro, mejor, cocido de cada día.

Y esto decíalo Cachivache con la cabeza erguida, á la nuca un desperdicio de gorro verde, con más lamparones que sotana de sacristán perdulario, las antiparras en perenne equilibrio sobre la punta roja de su nariz, que


«Las doce tribus de narices era»


y en el gesto no se qué de apóstol furibundo que con altisonancias, gritos y aspavientos quisiera convencer al auditorio de la infalibilidad de sus doctrinas.


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3 págs. / 6 minutos / 51 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

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