Textos más populares esta semana de Alejandro Larrubiera | pág. 2

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autor: Alejandro Larrubiera


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Una Cana al Aire

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Don Zenón, una vez que la doméstica, una alcarreña tan diminuta como campana de ermita, hubo quitado los manteles, se palpó con entrambas manos su respetable abdomen, y dirigiéndose á su familia, compuesta de señora é hija, y el adminículo de ésta ó sea el novio, dijo alegremente:

—¡He pensado convidaros esta noche!

—¡Ay papá, qué gusto!—exclamó la joven.

—¿De veras?—preguntó la señora.

—¿Conque nos convida?… ¡qué milagro—pensó el futuro víctima de Cupido.

—Sí—prosiguió don Zenón,—bien podemos dispensarnos ese lujo, gracias al ministro, que al cabo de veinte años se ha acordado de que yo existo en el mundo, y me ha ascendido.

—¡Valiente ascenso!—gruñó doña Pantaleona, la esposa de don Zenón.—8000 reales de sueldo… ¡Si tú no fueras tan arrimado á la cola!…

—¡Pero mujer!…

—No hay mujer que valga,—replicó doña Pantaleona.—Si tu te hubieses colgado á la casaca del ministro y no pusieras caja con g… ¿no es verdad, Pepito?…

El aludido estaba por las alturas, asi es que al oír la voz de su suegra en ciernes, se puso colorado lo mismo que su Dulcinea, y ambos preguntaron atropelladamente:

—¿Qué dice usted?

—Pareces boba, Felisa, que papá…

—Vaya, mujer… ¡cosas de chicos!—intervino el empleado dando nuevo giro á la conversación.—Estaban hablando de sus cosas; ¿verdad, hija?

—Sí, papá.

—Sí, señor, sí,—contestó Pepito—estaba explicando á Lisa el movimiento de rotación de… de los astros… ¡eso es!…

—¡Me escama tanta istronòmica todas las noches!—murmuró la mamá.

—¡Ea, vamos á echar una cana al aire!—dijo alegremente D. Zenón—¡qué diablos!… un día es un día.

—Y á dónde vamos. Papá?

—¡Al café que han abierto en la esquina!


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7 págs. / 12 minutos / 72 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2023 por Edu Robsy.

La Riqueza del Pobre

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Para aquel mocoso de Juanito, el hijo del carpintero, llegar á «ser hombre» era su gran ambición infantil.

Como de la vida no sabía palabra, consideraba las acciones de su padre como las más dulces gollerías que pudieran apetecerse.

Indudablemente cuando él, Juanito, tuviera los bigotes de su padre, tendría mujer é hijos, fumaría, sería contertulio de las tabernas del distrito, se emborracharía los sábados, andaría á moquetes con la familia, y en los días de gran repique, toros, meriendas, cafés, teatros, ¡juerga!, ¡mucha juerga!

Porque el mocito no iba á andar siempre con pantalones abiertos en aquella parte más blanda del individuo, ni el asistir á la escuela había de durar toda la vida. Medrados estábamos con la bicoca de á diario los señores de la palmeta calentaran las orejas por si uno sabe, mejor dicho, no sabe las lecciones del Catecismo, de la Gramática ó de la Aritmética.

¡La aritmética! ¡Dios soberano! ¿Pero quién sería el que inventó ese rompecabezas? ¿Quien sería ese Sr. Pitágoras, autor de la tabla de multiplicar?.

Y Juanito Fernández al llegar á estas consideraciones echábase á la nuca la gorrilla de seda y rascábase sin pulcritud alguna los pelufres que desmayadamente le caían sobre el rostro moreno y falto de agua.

¡Y si lo de estudiar fuera sólo en la escuela!.. ¡Santo y muy bueno!.. En su casa era el mayor martirio… A todas horas la madre gritándole:

—¡Juanito, á estudiar!.. ¡A estudiar, Juanito! ¡Juanito, que me vas á salir un burro!..

Y privado con tales apremios de salir á la calle á jugar al peón ó á los soldados… ¡Hombre! Una tiranía insoportable.

—¡Cuando yo sea padre!..

II

¡Los quince años!


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4 págs. / 7 minutos / 71 visitas.

Publicado el 23 de julio de 2023 por Edu Robsy.

El Himno de Riego

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

El Café del Diamante recibía sórdida y melancólicamente la luz diurna por la puerta de entrada y ventana abiertas á la calle del Ave María, una de las más típicas de los barrios bajos madrileños. El color rojo rabioso de sus paredes tenía una solución de continuidad en los espejos, encuadrados en molduras doradas; del techo, pintado alevosamente al óleo por un mamarrachista, pendían los aparatos de la luz del gas. En este café ejercía yo las funciones de pianista.

Como tantos otros aventureros del arte, llegué á la corte (hace ya muchos años de esto, Dios mío) llena la maleta de papel pautado, de aire los bolsillos y de ilusiones el magín.

En mi pueblo, el organista de la catedral, famoso contrapuntista, me había iniciado en el arte de Beethoven; cuando hubo vaciado en mí toda su ciencia, que no era escasa, me dijo: «Perillán, si quieres alcanzar honra y provecho lárgate á los Madriles; aquí, la música no te servirá ni para mal sazonar la puchera.»

Rodé unos cuantos días, como un ave zonza, por la coronada villa, rompiendo en su molestísimo empedrado mis zapatones lugareños; admirando el polisón de las madamas y los sombreros como tubos de chimenea de los pisaverdes, y en aquel vagar forzoso á que me obligaban las circunstancias me encontraba más solo y desamparado de día en día, y de día en día más tenaz y resuelto en conquistar el vellocino de oro: que es prodigiosa fábrica de fantasías un cerebro juvenil.

Un paisano mío, un buen hombre que se despepitaba por servir á los de la tierra, hizo que yo entrara de pianista en el Café del Diamante, que acababa de abrirse al público.

Tal camino no era, ciertamente, el más indicado para llegar al templo de la Fama; pero, señores, todos llevamos en nosotros mismos al más implacable tirano, el estómago, Sancho Panza que casi siempre obliga á claudicar al Don Quijote de nuestros ideales.


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14 págs. / 24 minutos / 67 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Cuento de Año Nuevo

Alejandro Larrubiera


Cuento


Por Cristo Nuestro Señor que comenzaba de perlas el año… Noche más triste, obscura y helada no pudo soñarse: la nieve caía mansamente sobre la haz de la tierra, el viento huracanado hacía gemir con tintineante son las campanas de la iglesuca de Villabrines, uno de tantos pueblos de la montaña ignorados para los geógrafos, aldea que tenía por junto treinta casas y un centenar de habitantes.

No os llamaréis á engaño si os juro que en tal noche, pasadas ya las doce, todos los villabrinenses, chicos y grandes, mozos y mozas, dormían á pierna suelta muy metiditos en la cama, sin darse cuenta de que la nieve, obrera impertérrita, iba extendiendo sus helados cendales por la haz de la tierra.

Miento bellacamente al afirmar que todos dormían, porque de una casuca emplazada al promedio de la calle Real salió un hombre mozo que al exponer las narices al poco agradable ambiente de la noche, subióse la bufanda hasta los ojos, calóse la boina hasta las cejas y metidas las manos en las profundidades de los bolsillos del pantalón, rompió á andar con pisar recio por la calleja á cayo final abríase un sendero que conducía á un bosque de nogales y castaños.

Si á ti lector te da el naipe por pararte á reflexionar en esta historia que te cuento, es posible que presupongas que muy mal estaba con su persona quien en parecida noche tan locamente la exponía, pero sí te advierto que el amor hacía mover tan gentilmente las piernas de nuestro personaje, encontrarás muy disculpable el caso: que por amor sabido es que se cometen mil y una tonterías. Bueno: sigo ya en línea recta mi narración.


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4 págs. / 7 minutos / 62 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2023 por Edu Robsy.

El Alma del Público

Alejandro Larrubiera


Cuento


En la tertulia nocturna que se forma en la señorial morada de la Condesa de Almeida, dama prócer del más puro y rancio abolengo aristocrático, constituyese en cantón independiente un corrillo, en el que figuran un senador por derecho propio, rechonchete y parlanchín, que, las contadas veces que ha dicho «esta boca es mía», en la alta Cámara, ha empezado con un «Entiendo yo, señores»; un bizarro general, más famoso en los campos de Venus que en los de Marte; un D. Felipe Gutiérrez, banquero y cristiano, aunque parezca turco por el número de «odaliscas» que sostiene con munificencia de nabab; y D. Jerónimo Acuña de Mendoza, magistrado del Supremo: un cuarteto que suma un total de doscientos cincuenta años: los cuatro señores son calvos, y solemnes; juegan al tresillo, y cuando no juegan, discurren sobre trascendentales problemas políticos, jurídicos ó sociales, charlan de sus dolencias, ó rememoran su mocedad.

Una de estas noches, y á propósito de una sangrienta colisión habida en las calles por la chusma insubordinada, derivó el dialogar de los sesudos vejestorios hacia la particularísima psicología de las multitudes.

—Entiendo yo, señores míos —afirmaba quien ustedes se suponen— que el alma de las muchedumbres es perversa y...

—¡Alto allá, Peribáñez! —refutaba el banquero, un Pangloss con automóvil— las muchedumbres son siempre manadas de borregos.

—Amigos míos —intervino el General,— borregos que se convierten en leones. Recuerdo yo que cuando lo de Treviño...

Y disponíase á colocar por milésima vez lo de la heroica carga, cuando Acuña cortó el hilo de su narración, afirmando gravemente:


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5 págs. / 10 minutos / 61 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

Señor Dimas

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Encorvado con el peso de los años, canosos los mechones de pelo, rebeldes á encarcelarse en la grasienta y agujereada pared de un sombrero de fieltro de alas abarquilladas, brillantes los ojos negros de dulce y melancólico mirar, crecidas las barbas de plata, el cutis como pergamino estrujado, la perlática mano abarrotando una cayada, necesario puntal para que el vetusto edificio del cuerpo no se desplomara, pulcro en medio de su pobreza, impregnado el continente de un aire señoril, vestigio de tiempos mejores, señor Dimas, cuando la rosada mano de la aurora descorre tímidamente la negra cortina de la noche para mostrar á los humanos el sol, su amante, salía de su albergue —choza más que casa— perdido en una hondonada, cerca del Manzanares, teniendo á sus espaldas los arenosos montículos de San Isidro y á su frente el Palacio Real, en tal momento sus inmensos lienzos de piedra bañados de tibia luz que resbala por la cristalería del balconaje sin romper sus cuadrados de negra sombra.

Señor Dimas, más por afición al trabajo que por necesidad, lleva un saco á la espalda y el gancho de trapero colgado de uno de los ojales de su chaquetón de pana, empedrado de remiendos zurcidos y costurones.

A paso tardo y ruidoso al chocar las ferradas botas contra los guijarros de la calleja, dirígese el valetudinario camino de la metrópoli madrileña, que entre las brumas del amanecer se columbra á lo lejos, en alto, levantando al aire las cúpulas de sus torres, como la fe puede alzar los brazos hacia lo infinito.


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5 págs. / 10 minutos / 59 visitas.

Publicado el 19 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

Pues Señor...

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Érase que se era un hombre tan pobre que no tenía un céntimo, ni poseía cosa mejor que un traje todo girones, remiendos y corcusidos.

El hombre, por las mañanas, al levantarse del montón de heno que le servía de cama en lo hondo de una cueva, preguntábase invariablemente con inquietud de sobra justificada:

—¿Comeré hoy?...

Salía de la cueva é íbase á la ciudad, en donde se dedicaba á recitar con voz de hambriento, que es la voz más sombría y cascada que se conoce, romances, en los cuales se contaban maravillas de Eoldán, Gaiferos, Blancaflor, Merlín y Aladino: gente sí reunía el pobre hombre, que nunca faltan desocupados que con tales historias se queden boquiabiertos; lo que no reunía era un solo perro chico con que remediar su infelicísima suerte. Discurría socarronamente el concurro, que no debía necesitar de su auxilio quien se pasaba la vida entreteniéndole con tan fantásticas coplas, y Basilio —así se llamaba el malaventurado y parlante romancero— si quería comer tenía que mendigar las sobras de los hartos y blandos de corazón.

Parientes no se le conocían á Basilio, así como tampoco mujer alguna que con él compartiese su mísero destino.

Y no obstante, el mendigo, cada vez que recitaba en sus romances amores más ó menos extraordinarios, endulzaba la voz y en los ojos brillábale un deseo jamás confesado ni nunca satisfecho.

Si alguna pareja de novios se detenía en su corro, la miraba entre hosco y complaciente.

—¿Por qué no te casas? —hubo de preguntarle uno de tantos prójimos como en el mundo se desviven por averiguar lo que nada les importa.

—Eso no reza conmigo —replicó el hombre suspirando.

—¡Que! ¿No te gustan las mujeres?...

—¡Muchísimo!... —afirmó Basilio con vehemente sinceridad.

—Entonces...

—Yo no encontraré jamás una mujer que me quiera, porque jamás la he de buscar.


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4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Tío de Indias

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

Harto de oír hablar de grandezas en Indias y más harto aún de pasarse los días de sol á sol cumpliendo el precepto divino de regar la tierra con el sudor de su frente, Marcelo se decidió á figurar en las levas de emigrantes que para desgracia nuestra merman las costas cantábricas.

Días antes de abandonar el terruño experimentó el mozo un vago malestar que le obligaba á poner la cara lánguida y tristona: que para quien nunca creyó que el mundo pudiera extenderse más allá de las queridas montañas del valle natal, es doloroso y estupendo el transponerlas y dejar, tal vez, para siempre, amigos y deudos… ¡Perder el aire del terruño que vivifica el corazón, es perderlo todo!..

La marcha resultaba para el mozo mucho más triste porque en la ultima entrevista que tuvo con Pilar, su novia, habíale dicho ésta al oído una de esas cosas que obligan á poner la cara seria aun al hombre más irreflexivo.

Marcelo, después de recobrarse de su natural sorpresa, no supo decirle á Pilar más que

—¿Tienes fe en mí?

—¡Como en mí propia! —afirmó la joven sin vacilar.

—¿Esperarás que vuelva?..

—Aunque tardes un siglo, pero ¿y si no vuelves?

—¡Volveré!, dijo resueltamente el mozo, como si en lo por venir pudiera leer un feliz regreso.

—¡Por Dios, Marcelo, no me olvides! Siquiera por…

Y la pobre muchacha no pudo terminar la frase, porque las lágrimas la ahogaban de pena.

Marcelo replicó solemnemente:

—¡Te lo juro!

Y con sólo estas palabras despidiéronse los novios.

II

Barco que hace su derrotero por el mar de la fortuna, es innegable que siempre tiene viento próspero.


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10 págs. / 17 minutos / 58 visitas.

Publicado el 23 de julio de 2023 por Edu Robsy.

Don Seráfico

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

En todo tiempo veíase á don Seráfico, pianista del Café del Universo, con un chaquet color verde botella, raído y lustroso; un chaleco de pana, negro, constelado de manchitas, manchas y manchones; la corbata, en forma de lazo, deshilachada, grasienta; un pantalón negro más encogido que pudoroso, dejaba al aire los calcetines de lana corcusidos, presos en la cárcel de unas botas de elásticos tan flojos como el cuello, puños y pechera de la camisa, reñidos con el almidón y faltos de los ardores de plancha precisos para el mayor lucimiento y consistencia de prenda tan necesariamente vistosa.

Corría parejas con tales trapitos —y bien sabe Dios que no de lujo— el chambergo á lo Rubens; de cerca, su color resultaba verdoso; de lejos, azulino, y en todas partes y á todas luces, un fieltro arruinado.

Rompía en invierno don Seráfico la monotonía de su empaque colgándose un inmenso carrick color ceniza, sabroso manjar de polillas á juzgar por lo raído de su urdimbre, y una monumental bufanda, color de chocolate, fogueadas sus puntas por las chispas de cientos de pitillos y ribeteada de mugre en aquella parte que mayor roce tenía con el cuello y pelo de su no muy pulcro poseedor.

Armonizaba el traje con la parte física del individuo; que era este don Seráfico, aunque corto de genio, largo de estatura, seco, avellanado, cargado de años y de espaldas; ruin de cabello, que en la mollera sólo tenía un mechoncito coquetonamente desparramado para mejor disimular la calvicie; las narices eran acaballadas, los ojos castaños, sin expresión, el bigote hirsuto, á trechos rubio como el oro y canosa su tonalidad.


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5 págs. / 9 minutos / 57 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

Un Viaje en Diligencia

Alejandro Larrubiera


Cuento


I

«¡Calumnia!» —murmaraban mis labios con acento trémulo, mientras que aquella otra voz del alma preguntaba con mortal amargura: «¿Será verdad?»

Julia, mi primer amor, me había traicionado miserablemente, según aseguraba el odioso anónimo.

¡No, mil veces no!—protestaba.

En tan angustioso momento, recordé aquellos otros felicísimos de pasión. Ante mí veía á Julia, lo mismo que en la aldea, ruborosa y amante, diciéndome á media voz —como se revelan siempre los grandes secretos del alma—; «¡Ningún otro hombre que tú será mi dueño!» Y al decirme esto, estrechaba nerviosamente entre sus manos las mías, como para dar mayor fuerza á su protesta. Y como si esto aun no bastara, sus ojos, en los que yo bebía anheloso toda una vida de idealísimo goce, clavábanse en los míos, serenos, como ciclos jamás empañados por la nube del engaño.

¡Y tales ojos y tales cielos eran mentira!

II

Al anochecer de aquel día en que tan rudo golpe sufrió mi credulidad amorosa, me encontré instalado en el interior de una diligencia: que en mis mocedades aun era el ferrocarril una nebulosa.

Seis eran los compañeros de viaje: un señor cura; un viejo que tenía trazas de comisionista de comercio, una jamona andaluza de no mal ver, un niño como de catorce años, que debía de ser su hijo, y una parejita de novios, á juzgar por el dulce mosconeo con que se arrullaban en uno de los rincones del vehículo.

Dispuso la casualidad que mi asiento correspondiera al más próximo de los que ocupaba la susodicha pareja: el hombre, un señor como de cuarenta años, de rostro simpático, no pudo reprimir un gesto de disgusto; en cuanto á la señora, ignoro la cara que pondría, porque la ocultaba una espesa toquilla.


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4 págs. / 8 minutos / 54 visitas.

Publicado el 22 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

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