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autor: Alphonse Daudet etiqueta: Cuento


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El Subprefecto en el Campo

Alphonse Daudet


Cuento


El señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce majestuosamente a la Exposición regional de La—Combe—aux—Fées. El señor subprefecto se puso en ese día memorable la hermosa casaca bordada, el sombrerito apuntado, el pantalón estrecho galoneado de plata y la espada de gala con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus rodillas una gran cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido.

El señor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar delante del vecindario de La—Combe—aux—Fées.

—Señores y queridos administrados.

Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y repite veinte veces consecutivas: Señores y queridos administrados, no acierta a continuar el discurso.

No acierta a continuar el discurso… ¡Es tanto el calor que hace dentro de aquel coche!… Hasta que se pierde en lontananza, el camino de La—Combe—aux—Fées está lleno de polvo, bajo el sol de mediodía. El aire abrasa… y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro árbol. El señor subprefecto se estremece repentinamente. Allá abajo, junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle señas.

El bosquecillo de carrascas parece hacerle señas:

—Venga usted aquí, subprefecto; al pie de mis árboles estará usted perfectamente y podrá componer su discurso.

El señor subprefecto queda seducido, apéase del coche y dice a sus gentes que le esperen mientras él va a componer su discurso en el pequeño robledal.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Langosta

Alphonse Daudet


Cuento


Consignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino…

La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el aullar de los chacales y sobre todo un calor enervante, abrumador, una completa sofocación, como si las mallas de la mosquitera no permitiesen pasar un soplo de aire… Al abrir, de madrugada, la ventana, una bruma de estío, densa y moviéndose lentamente, ribeteada de negro y rosa en los bordes, flotaba en los aires como una nube de humo de pólvora sobre un campo de batalla. No se movía una hoja, y en esos frondosos jardines que tenía ante mis ojos, las viñas espaciadas sobre las laderas bajo espléndido sol que azucara los vinos, los pequeños naranjos, los mandarineros en interminables filas microscópicas, todo conservaba el mismo aspecto mohíno, aquella inmovilidad de hojas en espera de la tempestad. Los mismos bananeros, esos extensos cañaverales de un color verde claro, agitados siempre por alguna brisa que enmaraña su fina cabellera tan leve, alzábanse silenciosos y derechos, como penachos bien puestos en su sitio.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Partida de Billar

Alphonse Daudet


Cuento


Como combaten desde hace dos días y han pasado la noche con el petate al hombro bajo una lluvia torrencial, los soldados están extenuados. Sin embargo, hace ya tres mortales horas que se les tiene aquí pudriéndose, con el arma a los pies, en los charcos de las carreteras, en el barro de los campos inundados.

Abatidos por la fatiga, por las noches pasadas, por los uniformes empapados, se aprietan unos contra otros para calentarse y sostenerse. Algunos duermen de pie, apoyados en el petate del vecino, y la lasitud, las privaciones se ven mejor en esos rostros distendidos, abandonados en el sueño. La lluvia…, el barro…, sin fuego…, sin sopa…, el cielo bajo y oscuro…, el enemigo que se presiente alrededor… ¡Qué lúgubre es todo!

¿Qué hacen ahí? ¿Qué ocurre?

Los cañones, con la boca dirigida hacia el bosque, parecen acechar algo. Las ametralladoras emboscadas miran fijamente al horizonte. Todo parece listo para un ataque. Pero ¿por qué no se ataca? ¿Qué esperan?

Esperan órdenes, y el cuartel general no las envía.

Sin embargo, el cuartel general no está lejos. Está en ese hermoso castillo de estilo Luis XIII, cuyos rojos ladrillos, lavados por la lluvia, brillan en la ladera entre los macizos. Verdadera morada principesca, muy digna de ostentar la enseña de un mariscal de Francia. Detrás de una gran una zanja y de una rampa de piedra que los separan de la carretera, los céspedes suben hasta la escalinata, densos y verdes, bordeados de jarrones floridos. Del otro lado, del lado íntimo de la casa, los viales abren boquetes luminosos, el estanque, donde nadan los cisnes se extiende como un espejo; y bajo el tejado en forma de pagoda de una inmensa pajarera, lanzando gritos agudos entre el follaje, los pavos reales, los faisanes dorados baten las alas y hacen la rueda. Aunque los dueños se han marchado, no se percibe el abandono, el gran «¡Sálvese quien pueda!» de la guerra.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Última Clase

Alphonse Daudet


Cuento


Aquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía ni una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de los campos.

¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía a los mirlos silbar en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el aserradero, a los prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho más que la regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí apresuradamente hacia la escuela.

Al pasar por delante de la Alcaldía vi una porción de gente parada frente al tablón de anuncios. Por él nos venían desde hacía dos años todas las malas noticias, las batallas perdidas, las requisiciones, las órdenes de la Kommandature, y, sin pararme, me preguntaba para mis adentros: “¿Qué es lo que todavía puede ocurrir?”

Entonces, al verme atravesar la plaza a la carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me gritó:

—No te molestes tanto, muchacho; todavía llegas a la escuela bastante a tiempo.

Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin aliento en el patio de la escuela.

De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba un gran alboroto, que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y cerrábamos; las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos los oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que golpeaba la mesa:

—¡Silencio! ¡Un poco de silencio!


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Salvette y Bernadou

Alphonse Daudet


Cuento


I

Es víspera de Navidad en una gran ciudad de Baviera. Por las calles blanqueadas por la nieve, en la confusión de la niebla, el ruido de los coches y de las campanas, la gente se apretuja feliz, ante los asadores al aire libre, las barracas, los tenderetes. Rozando con un toque ligero las tiendas engalanadas y floridas, ramas de acebo verde o abetos enteros cargados de adornos pasan llevados en brazos, por encima de todas las cabezas, como una sombra de los bosques de Turingia, como un recuerdo natural entre la vida artificial del invierno. Cae la tarde. Allá lejos, tras los jardines de la Residencia, se ve aún el resplandor del ocaso rojo a través de la bruma, y hay por la ciudad tal alegría, tantos preparativos de fiesta, que cada luz que se enciende tras los cristales parece colgar de un árbol de Navidad. Y es que hoy no es una Navidad cualquiera. Estamos en el año de gracia de 1870, y el nacimiento de Cristo no es sino un pretexto más para beber en honor del ilustre Von der Than y celebrar el triunfo de los soldados bávaros. ¡Navidad! ¡Navidad! Hasta los judíos del arrabal están alegres. Ahí tienen al anciano Augustus Cahn que da la vuelta a la esquina del «Racimo azul». Sus ojos de hurón no han brillado nunca como esta noche. Su pequeña barba aborrascada no se ha movido nunca tan alegremente. Sobre su manga, desgastada por las cuerdas de las talegas, lleva una pequeña cesta llena hasta el borde, cubierta con una servilleta oscura, de la que sobresalen el cuello de una botella y una rama de acebo. ¿Qué demonios piensa hacer el viejo usurero con todo eso? ¿Es que también él piensa celebrar la Navidad? ¿Habrá reunido a sus amigos, a su familia para brindar por la patria alemana?… No. Todo el mundo sabe que el viejo Cahn no tiene patria. Su Vaterland es su caja de caudales. Tampoco tiene familia, ni amigos; sólo tiene deudores.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Buen Dios de Chemillé

Alphonse Daudet


Cuento


El párroco de Chemillé iba a llevar al Buen Dios a un enfermo. Realmente, daba pena pensar que alguien pudiera morirse en un día tan hermoso de verano, en pleno Ángelus de mediodía, en el momento de la vida y de la luz. Daba pena también pensar que aquel pobre párroco se había visto obligado a ponerse en camino nada más terminar de comer, a la hora en la que de costumbre iba —con el breviario entre las manos— a echarse una pequeña siesta bajo su cenador de viña, al fresco y al reposo de un bonito huerto lleno de melocotones maduros y de malvarrosas.

—Te ofrezco este pequeño sacrificio —pensaba el santo hombre suspirando y, subido en su asno gris, con el Buen Dios delante de él cruzado sobre la albarda, seguía un camino a la mitad del repecho entre la roca roja cubierta de musgos en flor, y la pendiente de guijarros y de altos matorrales que descendía hasta las praderas.

Igualmente el asno, el pobre asno suspiraba: «Señor, te lo ofrezco» y suspiraba a su manera, levantando unas veces una oreja, luego la otra, para espantar las moscas que lo atormentaban. Es que son endiabladas y zumbantes las moscas de mediodía; además de eso, la cuesta que había que subir, y el párroco de Chemillé que pesaba tanto, sobre todo al terminar de comer…

De vez en cuando, los campesinos pasaban a su lado y se echaban un poquito a la orilla para dejar sitio al Buen Dios, con ese toque de sombrero característico de los campesinos de Turena; la mirada maliciosa y el saludo respetuoso, mirada que parece burlarse del gesto. A cada uno de ellos el señor párroco le devolvía el saludo en nombre del Buen Dios, de forma muy educada, pero sin saber muy bien lo que hacía porque, sin duda, empezaba a poderle el sueño.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre de la Sesera de Oro

Alphonse Daudet


Cuento


A la dama que me pide cuentos alegres


Al leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre.

¿Por qué habría de estar triste, después de todo? Vivo a mil leguas de las nieblas parisinas, sobre una colina luminosa, en la región de los tamboriles y del vino moscatel. A mi alrededor todo es sol y música; tengo orquestas de aguzanieves, orfeones de abejarucos, por la mañana los chorlitos que hacen ¡chorolí, chorolí!; a mediodía las chicharras, luego los zagales tocando la zampoña y las guapas mozas morenas a las que se les oye reír en los viñedos… En verdad, el lugar está mal elegido para tejer fantasías tenebrosas; yo debería, más bien, enviar a las damas poemas color de rosa y cestas llenas de cuentos galantes…

¡Pues bien, no! Todavía estoy demasiado cerca de París. A diario llegan hasta mis pinos las salpicaduras de sus tristezas… En este momento en el que escribo, acabo de saber que el pobre Charles Barbara ha muerto en la miseria; por lo cual mi molino se ha vuelto de luto riguroso. ¡Adiós a los chorlitos y a las chicharras! Ya no tengo ánimos para contar cosas alegres. Por esa causa, señora, en lugar del lindo cuento festivo que había decidido escribir para usted, no leerá hoy sino una leyenda melancólica.

* * *


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Mal Zuavo

Alphonse Daudet


Cuento


El viejo herrero de Sainte—Marie—des—Mines no se encontraba aquella tarde de buen humor. Normalmente, cuando apagaba su fragua y el sol se ponía, él se sentaba en un banco ante la puerta para saborear la dulce fatiga que produce el trabajo y el calor del día y, antes de despedir a los aprendices, tomaba con ellos una cerveza fresca, mientras pasaban los obreros que venían de las fábricas. Pero aquella tarde no salió de la fragua sino en el momento de sentarse a la mesa, a la que se acercó como de mala gana. La mujer de Lory se preguntaba mientras miraba al marido: «¿Qué tendrá? ¿Habrá recibido alguna mala noticia del regimiento y no me la quiere decir? ¿Estará malo el hijo?» Pero no se atrevió a preguntarle y se dedicó a poner orden entre sus tres hijos pequeños, rubios y tostados como espigas de trigo, que reían en torno a la mesa, mientras tomaban una ensalada de remolacha. Al cabo de unos minutos, el herrero alejó su plato, enfadado:

—¡Bribones! ¡Canallas!

—Pero ¿qué te ocurre? ¿qué estás diciendo?

—Lo que ocurre —dijo estallando finalmente— es que hay por ahí, desde esta mañana, cinco o seis indeseables vestidos de soldados franceses, a partir un piñón con los bávaros… Son de los que han optado por la nacionalidad prusiana, según ellos mismos dicen. Todos los días vemos llegar a más falsos alsacianos… ¿qué pócima les habrán dado?

La mujer intentó defenderlos:

—La culpa no es toda suya… ¡Esa Argelia de África a la que los mandan está tan lejos! Echan de menos su tierra y la tentación de volver a su casa y de dejar las armas es demasiado fuerte para ellos.

Lory golpeó violentamente la mesa:


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Prusiano de Belisario

Alphonse Daudet


Cuento


Voy a contarles una historia que oí narrar hace unos días en un cabaret de Montmartre. Para que el relato conservara todo su valor necesitaría poseer el vocabulario pintoresco del señor Belisario, su gran mandil de carpintero, y haberme tomado dos o tres sorbos de ese vino blanco de Montmartre, capaz de proporcionarle acento parisino incluso a un marsellés. Sólo así lograría hacer correr por sus venas el estremecimiento que yo sentí al escuchar a Belisario contando en una tertulia de amigos esta historia lúgubre y auténtica.

«Era el día de la amnistía —Belisario se refería al armisticio—. Mi mujer me había pedido que fuera con el niño a Villeneuve—la—Garenne, a ver cómo se encontraba una casilla que teníamos allí, a orillas del río, de la que no teníamos noticias desde el sitio. Yo iba resoplando al verme obligado a tirar del niño. Estaba seguro de que me toparía con los prusianos y, como nunca los había visto de cerca, tenía miedo de que ocurriera algo. ¡Pero cuando mi mujer se empeña en algo! “Anda, ve —me dijo—, de esa manera el chico tomará un poco el aire.”


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Señor Achille

Alphonse Daudet


Cuento


Las campanas de las fábricas dan las doce; los grandes patios silenciosos se inundan de ruido y movimiento. La señora Achille deja su labor, se separa de la ventana junto a la que estaba sentada y se dispone a poner la mesa. El hombre va a subir a almorzar. Trabaja ahí al lado en los grandes talleres acristalados que se ven repletos de piezas de madera, y donde cruje de la mañana a la noche la maquinaria de los serradores… La mujer va y viene de la habitación a la cocina. Todo está limpio, todo reluce en este interior de obrero. Pero la desnudez de aquellas dos pequeñas habitaciones es más patente en la inmensa claridad de la quinta planta. Se ven las copas de los árboles, las colinas de Chaumont en lo más alto y, aquí y allá, largas chimeneas de ladrillo ennegrecidas en los bordes, siempre activas. Los muebles están encerados, pulidos. Datan de la fecha de su boda, como aquellos dos racimos de fruta de cristal que adornan la chimenea. No han comprado nada después porque, mientras que la mujer le daba valientemente a la aguja, el hombre derrochaba su jornal fuera. Todo lo que ella ha podido hacer, ha sido cuidar, conservar lo poco que tenían.


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

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