El doctor N. depositó su taza de café sobre la chimenea, arrojó su cigarro al fuego y me dijo:
—Querido amigo, hace tiempo contó usted el extraño suicidio de una
mujer atormentada por el terror y los remordimientos. Su naturaleza era
fina y su cultura exquisita. Sospechosa de complicidad en un crimen del
que había sido testigo mudo, desesperada por su irreparable cobardía,
agitada por continuas pesadillas en las que veía a su marido muerto y
descompuesto señalándola con el dedo a los curiosos magistrados, era la
víctima inerte de su exacerbada sensibilidad. En este estado, una
circunstancia insignificante y fortuita decidió su suerte. Su sobrino
pequeño vivía con ella. Una mañana, como de costumbre, estaba haciendo
sus deberes en el comedor. Ella estaba presente. El chiquillo se puso a
traducir palabra por palabra unos versos de Sófocles. Iba pronunciando
en voz alta los términos griegos y franceses a medida que los iba
escribiendo: «La cabeza divina de Yocasta está muerta… arrancándose la
cabellera, llama a Laïs muerto… vimos a la mujer ahorcada». Hizo una
rúbrica con tal fuerza que agujereó el papel, sacó la lengua manchada de
tinta y luego cantó: «Ahorcada, ahorcada, ahorcada». La desgraciada,
cuya voluntad estaba destruida, obedeció sin defensa a la sugestión de
la palabra que había escuchado por tres veces. Se levantó, sin voz, sin
mirada, y entró en su habitación. Varias horas después, el comisario de
policía requerido para constatar la muerte violenta, hizo esta
reflexión: «He visto a bastantes mujeres suicidadas, pero es la primera
vez que veo a una ahorcada».
Información texto 'El Huevo Rojo'