Un hombre puede obrar como un insensato
en los desfiladeros de un desierto,
pero todos los granos de arena parecen
verle.
Emerson.
El guapo Curro Vázquez, de tierra de Jaén, tuvo ocasión
de comprobar estas palabras del filósofo americano hace ya bastantes
años.
Curro Vázquez, aunque no tenía corazón, estaba enamorado. Es ésta una
paradoja que se repite con frecuencia gracias a la confusión lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo físico y lo moral.
Pepita Montes, su novia, estaba completamente engañada respecto a él.
Le veía joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deducía
que era un ángel sin alas. Le amó a despecho de sus padres, que
apetecían para ella un labrador acomodado, y no un mísero dependiente de
un chalán. Porque Curro era un pobrecito muchacho que hacía tiempo
había tomado a su servicio Francisco Calderón, el famoso tratante de
caballos de Andújar. Lo recogió, se puede decir, del arroyo cuando sólo
tenía catorce o quince años, le hizo su criado, y últimamente había
llegado a ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera
esplendidez, le hacía frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con
elegancia y fuese bienquisto de las bellas.
Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las
abandonaba después de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, quedó
preso de patas como una mosca en un panal de miel. ¿Cómo hacer para
casarse con ella, dada la oposición violenta del bruto de su padre? Este
era el objeto de sus meditaciones más profundas desde hacía tres o
cuatro meses.
Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio más que la
necesidad imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado
más o menos retribuído, negociar por su cuenta, etc.
Leer / Descargar texto 'Las Burbujas'