Más de una vez me acaeció despertar, tras un corto sueño
durante el día, tan sorprendido de mi existencia como si realmente
naciese en aquel instante.
«¿Qué es esto, qué es esto? ¿Qué soy yo? ¿Por qué estoy en el mundo?
¿Qué es el mundo?», me preguntaba estremecido. Tan grande era mi
estupefacción, que me costaba trabajo el no romper en gritos de terror y
admiración. El velo de lo infinito temblaba delante de mí como si fuera
a descorrerse. Un relámpago iluminaba el misterio. Mi alma en aquel
instante no creía más que en sí misma; pensaba vivir en el seno del
Todo; no se daba cuenta de que ya estaba desprendida, y rodaba como una
hoja que el huracán arrastra. «Estas formas que veo—me decía—son
extrañas a mi ser; yo no pertenezco a ellas, ni ellas a mí. ¿Será verdad
que mi alma sueña los cuerpos?» La muerte me parecía tan inconcebible
como la nada. El relámpago descubría un horizonte indeciso, inmenso,
azulado. En los confines lucía una aurora. «Mi sitio está allí: allí
quiero ir. ¿Pero mis ojos podrán recibir los rayos de ese sol cuando se
levante?»
Aquel despertar antojábaseme un sueño, y apetecía dormir para
despertar realmente. Sí; quería despertar para comprender, para vivir;
quería romper los muros de mi propio ser y asomarme a lo eterno. ¡Cómo
reía el espíritu en aquel momento del protoplasma, la generatio spontanea, la teoría celular, la evolución, y de todas las demás explicaciones que se han dado de lo inexplicable!
Vivimos sobre una pequeña hoja como el gusano, la recorremos
lentamente, descubrimos sus pequeñas vetas, que nos parecen caminos
maravillosos; pensamos conocer los secretos del Universo porque
conocemos sus partes blandas y duras. Llega el relámpago, y los ojos,
aterrados, descubren la miseria de nuestra ciencia. ¡Oh pequeña hoja del
saber humano, cuán pequeña eres!
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