En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal
los lunes. Allí se congregaban las campesinas de los contornos con sus
cestas repletas de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas
ofreciendo sus mercancías, gritaban más alto aún las obreras y
domésticas de la villa ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban
las gallinas, gruñían los cerdos, mugían los terneros, relinchaban los
potros. Todos estos ruidos envueltos llegaban hasta mí como un sordo
rumor que me producía somnolencia.
Los lunes por la tarde no teníamos escuela a causa del mercado. El
Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para
proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.
En casa no querían que saliese a la calle, por miedo a los coches, a
los borrachos, a las brujas, etc. Tampoco querían retenerme dentro de
ella, porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptábase un justo
medio; me enviaban al almacén.
Era éste una vasta pieza vacía y polvorienta, con ventana abierta al
soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en
que habitábamos. Prohibición absoluta de saltar por esta ventana al
soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y
me entretenía lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De
vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el
alféizar, y miraba cruzar a los transeuntes.
El único que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un
niño rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de
latín con los libros bajo el brazo. Sólo tenía un año más que yo, y
había asistido conmigo a la escuela hasta hacía poco tiempo; pero,
debiendo partir en breve al Colegio de Artillería, sus padres le habían
sacado de ella para que aprendiese latín, convencidos tal vez de que sin
entender a Virgilio no dispararía jamás bien un cañón.
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