—Holmes —dije una mañana, mientras contemplaba la calle desde nuestro
mirador—, por ahí viene un loco. ¡Qué vergüenza que su familia le deje
salir solo!
Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi
hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una
mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún
permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba
bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el
tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a
ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan
blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba limpio y barrido, pero
aún resultaba peligrosamente resbaladizo, por lo que se veían menos
peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la
estación del Metro no venía nadie, a excepción del solitario caballero
cuya excéntrica conducta me había llamado la atención.
Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de
aspecto imponente, con un rostro enorme, de rasgos muy marcados, y una
figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso: levita
negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y
pantalones gris perla de muy buen corte. Sin embargo, su manera de
actuar ofrecía un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo y su
porte, porque venía a todo correr, dando saltitos de vez en cuando, como
los que da un hombre cansado y poco acostumbrado a someter a un
esfuerzo a sus piernas. Y mientras corría, alzaba y bajaba las manos,
movía de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más
extraordinarias contorsiones.
—¿Qué demonios puede pasarle? —pregunté—. Está mirando los números de las casas.
—Me parece que viene aquí —dijo Holmes, frotándose las manos.
—¿Aquí?
Información texto 'La Corona de Berilos'