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La Niña de Montejaque

Arturo Reyes


Cuento


I

La gran cocina del lagar presentaba un animado golpe de vista: brillaban en el amplio alero de la chimenea, como de oro bruñido, los bien ordenados peroles; brillaban los bien enjabelgados muros, el rústico techo pintarrajeado de azul, donde piaban revoloteando alegremente las golondrinas que en él labraran su nido; los vasares, orlados de papel de color; la limpia cantarera, donde trasudaban los rojos cántaros en cristalino goteo, y la amplia hornilla, sobre la cual humeaban cazuelas y pucheretes cuyo tufillo—confortante y tentador—hacía aventar los cartílagos nasales á los más gastrónomos ó famélicos de una veintena de mocetones, enjutos y atezados, que alrededor de una larga mesa seguían con mirada ansiosa los movimientos de dos improvisados banqueros que tallaban, acreditando una vez más sus aptitudes excepcionales para tan poco recomendable recreo.

Y mientras tallaban éstos, graves y ceremoniosos, y los que los rodeaban veían engordar unos enflaquecer otros los largos bolsones de verde y sedosa urdimbre con anillas de plata, y mientras la ventera, una cincuentona curtida por el sol y encanecida por la edad, vigilaba los pucheros y las cacerolas que borbotaban sobre el fuego, y su hija, una zagala de rostro atezado, de grandes ojos y de aspecto algo viril, entreteníase en arrancar con mano hábil el fino plumón á dos víctimas de la certerísima puntería del señor Juan el Jerriza, Joseíto el Mimbrales, casi caudillo á la sazón de los más afamados matuteros de la sierra, decíale á media voz á Currito el Lucentino:

—Pos qué quiées tú que yo te diga; no me cabe á mí en el meollo que sea capaz de una traición Juanico el Esparraguera.

—No, si yo sé que Juan es tó un hombre; ¡pero son tan malinas las mujeres!

—¿Pero al hijo del Pita, quién le ha dio con el encargo de que venga á decirte lo que te ha dicho?


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12 págs. / 21 minutos / 58 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

La Traición del Colmenares

Arturo Reyes


Cuento


I

Como la noche era fría y lluviosa y mucho el viento que penetraba por las rendijas del enorme portalón de la posada, todos los que en esta convertían en alcoba el amplísimo zaguán y en jergones y cabezales los aparejos de sus respectivas cabalgaduras, habíanse congregados, huyéndole al relente, junto á la gran chimenea de campana.

Reliados en las mantas, abrigadas las cabezas por el típico pañuelo de yerba atado sobre la nuca, y con el cigarro entre los labios dormitaban algunos de aquellos tumbados alrededor de la alegre fogata.

El tío Pretales habíase acomodado también cerca del fuego, cuyo rojizo resplandor iluminaba fantásticamente su figura ya casi senil, que, aunque flaca y rígida, aun recordaba remotas gentilezas y ya pasadas bizarrías; su rostro enjuto y de mejillas escuálidas, su nariz ligeramente acaballada, sus ojos, si ya hundidos, grandotes y de dulce mirar; sus labios gruesos y aún sostenidos por una dentadura burladora del tiempo, y su cabello si ya blanco como la nieve, aun tan abundante que salíasele por bajo del pañuelo en anillados y revueltísimos mechones.

El traje que vestía era fiel testimonio de los gustos de los jacarandosos de antaño, y aun llevaba con garbo relativo el típico marsellés con sobrepuestos obscuros, el calzón rematado en la rodilla por relucientes caireles; ya en mal uso la polaina un tiempo embellecida por vistosísimas labores; zapatos de baqueta, y amplísima faja color de sangre que hacía resaltar el blancor de la pechera, en que ya confundíase el antiguo bordado con el reciente zurcido.


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9 págs. / 16 minutos / 59 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Lo que Puede una Lágrima

Arturo Reyes


Cuento


I

No sabía Dolores la Milagrito á qué carta quedarse ni por qué calle tirar en aquella á modo de encrucijada en que acababan de colocarla los inesperados requerimientos de amor de Joseito el Caramelo, y después de una noche de insomnio y de vuelcos y más vuéleos en la cama, y de suspiros y más suspiros, tiróse del lecho, y con el cabello todavía en desorden y sin mirarse, quizás por primera vez en sus veinte años, al espejo, salióse al patio, ansiosa de respirar, á pleno pulmón, la brisa de la mañana.

Esta, como todas ó casi todas las de estío en Andalucía, era fresca y perfumada, y un viento suave agitaba mansamente las verdes pámpanas de las higueras y las prendas que, puestas á secar sobre sogas y tomizas, fingian á modo de gallardetes y de blanquísimas banderolas.

Dolores respiró con avidez el aire fresco y perfumado, y sentándose en la silla en que solía dormir la siesta la Señá Pepa la Tulipanes, entregóse de nuevo á sus tristes cavilaciones.

Y tan cavila que te cavila estaba nuestra gentil protagonista, que ni cuenta se dió por lo pronto de que entreabriéndose una de las puertas de las habitaciones del patio, daba paso á la señá Pepa, á una viejecita además de enflaquecida, encorvada, con la barba en el pecho y en la barba la punta de la nariz y casi en las orejas la comisura de los labios, y vestida con una falda limpia y zurcida, una chaquetilla de la misma tela y un pañuelo obscuro que le cubría, casi del todo, el pelo, escaso y blanco como la nieve.


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7 págs. / 13 minutos / 48 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Los Últimos los Primeros

Arturo Reyes


Cuento


Cumplida su misión huyen las nubes a par que las sombras de la noche, y el sol, apareciendo triunfante en un horizonte de zafir, vierte sus rayos de oro sobre la tierra húmeda y engalanada en sus más rientes verdores.

Cruzan las palomas el espacio azul como saetas nítidas, despéñanse los arroyos en las pintorescas cañadas donde el torrente despojó el adelfal de sus flores carmesíes; lanza el mirlo su nota estridente en el espeso zarzal; cruzan los campesinos por los accidentados senderos que ponen en comunicación los blancos caseríos, que se destacan como arropados por árboles añosos en cumbres y en laderas; casi escondidos por los florecientes matujos ramonean acá y acullá los rebaños, haciendo resonar el melancólico sonido de la esquila; discurren las aldeanas por entre los maltrechos bancales de los huertos; camina con paso perezoso por la carretera flanqueada de altos pencales, la acansinada recua, y allá en lo distante parece que para unirse al mar, descendió el horizonte ó que para unirse al horizonte elevó el mar su onda azulada y cristalina.

Al canto del gallo que lanza desde el corral su reto matutino, entreabre Dolores la puerta del lagar y pasea sus ojos llena de zozobra, por todos los atajos del monte; están pálido su semblante moreno y tristes sus ojos, de oriental estirpe, y caída en desorden la negrísima guedeja sobre la espalda que tantas veces le quemó y requemó el sol al verla segando las escasas mieses, por prestar también en aquella ruda labor su concurso al cansado compañero.

Dolores se sienta sobre el múrete que circunda la limitada planicie que sirve de antesala á la reducida vivienda, mas la inquietud que la tortura le hace incorporarse á poco y dirigirse hacia el hogar gritando con voz de timbre de plata:

—Tía Pepa, yo me voy á alargar á la trocha, que ya estoy la mar de acongojaíta, que yo no he podio pegar en toa la noche los ojos.


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3 págs. / 6 minutos / 59 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

El Vendabal

Arturo Reyes


Cuento


I

El sol que se ponía, velado por densos nubarrones, daba tristísimas claridades al panorama; el mar modulaba, al romper en la arena, á modo de roncas y tristes lamentaciones; las gaviotas regocijábanse dejándose arrebatar por el viento ligeramente huracanado.

—Ya se nos vino encima el Levante—exclamó el tío Julián el Trallero, dirigiéndose á Joseito el Anclote... al par que reanimaba con el dedo meñique el fuego de la bien curada cachimba.

Se encogió desdeñosamente de hombros Joseito y repúsole al viejo con voz sorda:

—Pos si el patrón pensara como yo, á pesar del Levante, entro é ná estaría largando al viento la vela nuestra Pastora.

—El patrón no está como tú, dejao é la mano é Dios, ni tiée las ganas que tu tiées de que te llegue el agua por encima del bichero.

—Tamién eso es verdá—exclamó, como si hablara á solas, el Anclote.

Quedaron en silencio ambos interlocutores; el tío Julián exploraba con sus ojillos grises la brumosa lejanía, arrojando continuamente por boca y nariz densos espirales de humo azulado; Joseito respiraba con fruición las rachas de viento frió que le azotaban siempre con creciente violencia.

—Oye tú, Joseito—dijo el viejo dirigiéndose á éste al par que clavaba en él sus ojoa con escrutadora expresión—conque, sigúdicen, tu prima Dolores sigue emperrá ea casarse con ese mal bolichero de Perico?

La pregunta del viejo debió obrar á modo de termocauterio en el corazón del Anclote, el cual, extremeciéndose todo, repuso tras breves instantes de vacilación, como si mordiera las palabras antes que brotaran de sus labios contraidos:

—Eso icen, que se van á casar...

—Pero á tí también te lo ha dicho la Dolores?

—A mi? A mí entoavía no me ha dicho Dolores una palabra ni yo me he atrevió á preguntárselo, tío J ulián... No me he atrevió.


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5 págs. / 9 minutos / 44 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

En la Carretera

Arturo Reyes


Cuento


I

Cuando Lola la Azucena se asomó á la puerta de su chozajo, embellecido por las trepadoras que lo cubrían casi totalmente de hojas y flores, ya el sol inundaba la carretera, animada por el resonante bulle bulle de peones y de ginetes, y por el alegre tintineo de las esquilas de las acansinadas recuas que conducían á la capital, desde los amplios paseros de la vega, el dulcísimo y oloroso fruto de las vides andaluzas.

Ya el sol—repetimos—embellecía el paisaje; piaban alegremente los gorriones entre las ramas de los frondosos álamos y de los plátanos orientales que flanquean el camino; rendíanse los pencares al peso del fruto en sazón;fulgía como de mármol blanquísimo el risueño caserío entre el verdor ya pálido de los viñedos y el esmeralda de los huertos; una brisa fresca y acariciadora susurraba plácida en el ramaje; un arriero tumbado, boca abajo, sobre el aparejo de su cabalgadura, canturreaba, con acento rítmico y quejumbroso, una copla popular; cómodamente sentada bajo el toldo de una galera, una muchachota de tez renegrida, dientes blanquísimos y ojos dormilones, apretábase contra el conductor, un zagal greñudo y atlético en cuyo semblante notábase el efecto del contacto tentador; una pareja de la guardia civil avanzaba hacia la población con paso acompasado y marcial apostura.

Frente al chozajo, al otro lado del camino, Pepe el Boyero entreteníase en tejer una honda de esparto, no sin de vez en cuando abandonar su faena para hacer volver, al prado en que pacían, á alguno de los astados brutos encomendados á su guarda, mediante algún que otro grito gutural ó alguna que otra piedra disparada más diestramente aun que hubiera podido hacerlo antaño el más habilidoso de los honderos baleares.


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6 págs. / 11 minutos / 47 visitas.

Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

En la Venta del Tiznao

Arturo Reyes


Cuento


—Yo nací en Alcalá de los Gazules, jeché los colmillos en Estepa y me afeité por primera vez en Jerez de los Caballeros.

—Pos yo di er primer jipío en Teba, pero como los que me trujieron ar mundo eran trajinantes, pos trajinando, trajinando, se puée icir que me he criao en las provincias de Jerez, de Graná, de Málaga y de Armería.

—Pos mi vato era belonero, y mú hombre de bien, mejorando lo presente, y natural de Benamocarra y se llamaba Juan Caéna, pero era más conocío por el Panales, poique era hombre tó miel, y á mi madre le dicían la señá Catite.

—Camará, pos tendrá osté durce jasta la perilla del ombligo.

—¡Digo! cómo que según ice to er mundo yo soy cuasi caramelo.

—Pos ajúntese osté conmigo, que soy to azúcar, y vamos á poner ya mesmo, entre dambos, una confitaría.

—Menester era, poiqué lo que es el oficio no va dando ya ni pa jechá jumo, tan siquiera; como que ya se alumbran elértricamente jasta en el Torcal Antequerano.

—Pos no le digo á osté ná del mío; yo soy albardonero y de los de punta, pero ¡lo que pasa! tó está ca vez más peor, poique es que el que tiée una bestia la tiée, además de esmayá, como quien dice, en cueros vivos.

—La verdá es que la vía es una cuesta ca vez más empiná, y sa menester saber jasta latín pa poer arrecoger un puñao é trigo, ú tres manojos de espárragos, ú cuatro gotas de aceite pa jacer unas malas migas.

—Como que si no juera poique á uno no le sale de aentro, ni le rempuja la inclinación, debía uno ya haberse tiráo por un mal balate.

—¡Digo! como que si no juera poique á mi to lo que güele á caéna perpetua me pone er pelo e punta, á estas horas debería yo estar en uno é los puertos é la sierra, con el alto en la boca y la escopeta en la mano.


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Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

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