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Primeras Notas para la Historia de Menorca en 1973

Arturo Robsy


Artículo, crónica


Estoy seguro de que dentro de 100 años seremos unos desconocidos. Los futuros menorquines de entonces no habrán visto de nosotros más que retratos descoloridos o, con suerte, nuestros rostros viejos antes de morir.

Las fotografías que tan alegremente nos sacamos con nuestras máquinas de plástico y que tan caras nos resultan, serán cartulinas apenas sin color en el interior de los pocos álbumes que por esas épocas sobrevivan. Alguien dirá señalando la foto de un muchacho que hoy tiene dieciocho años:

—¿Y éste? ¿Quién es?

El heredero del álbum, joven dentro de 100 años, hará memoria:

—Un bisabuelo, creo.

—¿Y cómo se llamaba?

Y lo más probable es que el joven no lo sepa y tenga que consultar a su padre, o a la fecha escrita detrás del cartoncito.

Como sabemos todo esto, es obligación nuestra dejar a esos descendientes (que en este momento a lo mejor leen el cuento) un relato fidedigno de nuestra Menorca de 1973, con todo lo que esto significa.

Aquí queda, pues, este trabajo para los historiadores de lo porvenir.

Menorca era, a finales de 1973, una isla de tantos kilómetros cuadrados, menos tantos otros que pertenecían a extranjeros. Su población ya no se contaba en "almas" como en los viejos libros de geografía, seguramente por la dificultad de sacarlas a flote: se hacía por censos, consumo per cápita de kilovatios-hora, número de teléfonos y número de televisores.

La gente, como siempre, iba y venía de acá para allá, sólo que, últimamente, en lugar de ir a merendar bajo un pino y engrasarse bien los dedos con tortilla de patatas y cebolla, prefería comer al amparo del cemento de restaurantes donde, en ocasiones, alcanzaba a hacerlo tan bien como en su casa.


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Publicado el 11 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Pero no tanto

Arturo Robsy


Cuento


Las revistas del corazón más avanzadas llamaban a Andrés Delicado el «millonario loco». Sus hijos, también. Cada nueva idea del original padre les abría las carnes y pasaban meses temiendo por su patrimonio.

Se ganó el mote regalando a sus obreros, después de organizarlos en cooperativa, la totalidad de sus acciones de la empresa, que controlaba con sólo el 17 por cien del capital escriturado. Un mes después, y gracias al desinteresado apoyo de los delegados sindicales, los títulos habían bajado veinte veces su valor. No tuvo más que comprar a las víctimas del pánico, haciéndose, por muy poco, con el setenta por cien.

—¿Loco, eh? —comentó cuando volvió a implantar una dirección profesional. Pero no arrebató sus acciones a ningún asalariado.

No terminaba allí su peculiar modo de ver la vida. Tenía en plantilla a un viejo cómico, sobreviviente del teatro de la legua, con la exclusiva obligación de acompañarle e ir diciendo siempre la verdad de lo que pensaba. Su compañía era siempre de temer:

—Este señor —decía, el cómico, del prohombre que estrechaba la mano del millonario— es un memo. Cree que te la puede pegar.

—Esta señora —seguía en cualquier otra ocasión— me recuerda a una coliflor.

Era un misterio de donde le podían venir estas cosas a Andrés Delicado. De la cabeza, sin duda, pero, ¿de qué rincón? ¿Qué parte gris de aquellos sesos se había vuelto púrpura y mandaba extravagancias a los órganos rectores del millonario loco? ¿Qué virus social le obligó a instalarse una fragua en un rincón de su sala de estar?

Allí, el herrero de guardia manejaba el fuelle a la vieja usanza y batía el hierro con la repetida cadencia del martillo mientras el viejo Delicado, enteco y aristocrático, se abismaba en las llamas y pensaba casi en verso, acompasando las sílabas al ritmo de los golpes.


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Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Nuevo Guiñol

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo, ocho años transfigurados en treinta y dos kilos de buena carne española, ha traído hoy un muñeco de guiñol hecho en el colegio: una pelota de papel con gafas y melenas de algodón en torno a un tubo de cartón por donde se mete el índice.

Los ojos no están muy bien —me explica— pero por el pelo se nota que es del tiempo de las pelucas blancas. ¿Qué son polvos de arroz?

Mi hijo no confía en la maestra, que le ha explicado que con el arroz se hacían polvos para blanquear las pelucas. Paella, sí, y arroz a la cubana y con leche: todo eso entra dentro de la lógica, pero si cree lo de los polvos, el espíritu se debilita.

De lo negro de la cartera ha salido después un cucurucho de papel arrugado: es el presunto vestido:

—Se sacan los dedos por estos agujeros, ¿ves, papá? Y se mete el cuello por el centro... ¡Tatatáaa!

—Tatatáaa... —trompeteo también yo, porque soy hombre melómano.

—Si me ayudas a hacer el teatro y diez muñecos más, te daré una función. Pero rápido.

Mi hijo lo es también del siglo y, por algún resquicio de su infancia, se le cuelan la velocidad y las prisas de los mayores, eso de que vivir es una carrera contra reloj y las demás ideas que tendrían que ser pecado. Cuando tenga bigote será un poco menos mi hijo, sin duda, y también habrá descubierto que yo no soy un dios, y a mi me gusta ser dios por las tardes, cuando él regresa a casa.


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Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Nemrod

Arturo Robsy


Cuento


El Buen Dios, que a veces ha tenido que ser duro con sus criaturas, sacó por fin al Rey Nemrod, el formidable cazador, de su bien ganado infierno y lo instaló en el mirador celeste, un lugar muy claro desde el que todos los mundos se ven como con lupa.

El Buen Dios es paciente y sabe esperar en cada esquina del tiempo,. Es así porque un Buen Dios nunca tiene prisa; nunca corre para llegar al final de sus artificios y qué duda cabe de que el mundo es su artificio preferido, su laboratorio particular donde investiga lentamente las profundidades del alma que dio a los hombres.

—Son almas puras, Miguel. —suele decir— Son almas pequeñas pero limpias, Rafael. Son almas con luz, Gabriel, pero están acosadas por la tiniebla.

El día en que el Buen Dios hizo subir a Nemrod al mirador se cumplían los cinco mil años del viejo asunto de Babel. Como todos saben, este Nemrod, hijo de Cus y nieto del Cam que flotó sobre el mundo del diluvio, fue rey de Babel, de Erec, Acad, Calne, constructor de Nínive, Rehobot, Cala y Resen.

Babel, en la tierra llana de Sinar, fue una construcción de ladrillos; la primera, quizá, en la que el hombre se independizaba de la piedra y edificaba sobre la técnica y su imaginación. Con orgullo eligieron la empresa imposible de una torre que llegara al cielo para hacerse un nombre y perdurar entre los siglos.

Los deslumbrados ojos de Nemrod miraron la tierra, envejecida pero pujante:

—¿Qué son —preguntó el alma del rey— esas increíbles agujas que casi podría coger con la mano?

—Rascacielos les llaman. dijo el Buen Dios, mirando fijamente al escandalizado Nemrod.

—En verdad... —comenzó el rey con cierta humildad— Mi querida Babel jamás hubiera osado subir tan alto. ¿Usan ladrillos?

—Usan ladrillos, ciertamente. Y andamios de hierro. En cierto modo, Nemrod, esas torres gigantes son hijas de tu minúscula Babel.


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Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Necrológica

Arturo Robsy


Memorias


Para Areli Robsy, mi única tía.


No entiendo qué diablos tiene que ver
con la LITERATURA el "Cambio Social
y reforma política" con que Don Franca
nos obsequiará en la "Semana Literaria"
 

Se ha muerto mi abuela, aquella, la del pelo blanco, el cuerpo carcoido y la mirada tantas veces sorprendida. Y estoy triste porque se ha muerto mi abuela, una mujercita que recordaba, sonriendo, mis proezas de niños y mis salidas de tono. Cuando, por ejemplo, vino el pedicuro a casa, para los pies de la abuelita, y mi prima (¡buena chica!) y yo nos le quedamos mirando.

— Está pelón — dije yo.

— Está pelón — dijo ella.

El callista era, en efecto, calvo, y la abuela, con ese largo hábito de corregir a los niños cuando hablan mal, nos reconvino:

— No se dice pelón; se dice "calvo".

Supongo que nunca el callista se sintió tan importante y, a la vez, tan corrido. Y, al final, claro, la cosa terminó en risas y alegría, que es la forma mejor de acabar algo mal empezado.

Bien, pues aquella mujer, mi abuela, hoy está muerta. "Se ha ido" — dicen algunos. "No está". "En el cielo nos cuida", pero la verdad es que está muerta y yo no acabo de comprender por qué los seres queridos nos abandonan alguna vez; y no sé, tampoco, qué se hace del cariño que nos tenían.

Recuerdo, porque me lo han dicho, cómo nos cogía a puñados a mi prima y a mí: los dos estábamos gordos y éramos naturalmente revoltosos. Los dos teníamos nuestro temperamento y ella debía sofocárnoslo tantas veces que...

Luego, en Madrid, nos llevó al zoológico: mi prima y yo, asustados y curiosos delante de aquellos enormes animales salvajes, acabados detrás de las rejas, vencidos por su misma furia ante la prisión. Pensé, entonces, qué efecto haría un hombre metidito en su jaula y mirando con los ojos apagados y tristes de los leones viejos. Se lo dije a mi abuela.


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Publicado el 26 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Mil Cien Dólares

Arturo Robsy


Cuento


Antonio era un hombre crédulo, profundo y respetuoso admirador de la letra escrita: para él por ejemplo el problema de la existencia de Dios no tenía objeto: los papeles (al menos, los que Antonio pudo leer en su día) decían claramente que sí, luego Dios existía. Por los mismos motivos creían en los impuestos directos, en la caridad cristiana, en la incorruptibilidad de los hombres públicos y en trescientos veintiún (321) detergentes que, cada uno por su lado, lavaban más blanco y más limpio que nadie.

Antonio era crédulo: esta afirmación no necesita de más demostraciones: usaba la viaja y rancia "fe del carbonero"; fe del dependiente, en su caso, pues quince de sus treinta años los había pasado tras el mostrador de una pañería sonriendo a la mujer que buscaba un retalito para falda de verano o a la que necesitaba unas cortinas de colores realmente sólidos.

Antonio era hombre sumamente frugal, sencillo de gustos, dueño de un caprichoso y ulceroso duodeno que le incapacitaba para cualquier tipo de excesos. Gracias a estas especiales circunstancia no se veía obligado, a finales de mes, a hacer extraños equilibrios (y drásticas reducciones) con su presupuesto. Es más, conseguía ahorrar el 19 % del total, cantidad que los primeros sábados de cada mes depositaba en un banco del que había leído en el periódico era "la más sólida garantía del ahorro familiar".


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Publicado el 19 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Los Neanderthales

Arturo Robsy


Cuento


Los neanderthales se movían inquietos, frotándose repetidamente sus caídos mentones. La cosa merecía la pena, ya que los neanderthales se reúnen exclusivamente por motivos importantes.

—¿Y bien? —dijo uno— ¿Hay que esperar aún más?

Los otros miraron impacientes hacia la entrada de la caverna.

—Creo —gruñó otro— que estamos aquí todos.

—Y si falta alguno —comentó un gracioso— que se espabile y aprenda a ser puntual.

—Es necesario —siguió el que había hablado en primer lugar— que sometamos a votación la nueva ley de caza. Los privilegios que obtendremos de ella os aseguro que compensan con mucho las desventajas que supone...

—¿Y no podríamos cazar cada uno a su aire, como hasta ahora? —dijo un inconformista—. No veo la necesidad de hacer votaciones por esto.

En la cueva estalló un griterío y cada cual quiso dar su opinión sin oír la de los demás. El orden tardó en restablecerse y el jefe-presidente tuvo que golpear, durante mucho tiempo, un bastón de hueso sobre el cráneo perforado de un enemigo.

—Comportémonos como neanderthales civilizados —gritó al fin. Y, luego, con talento más alegre, continuó—. La democracia es la más alta realización social a que podamos aspirar, la cumbre misma de la evolución que nos separa de los demás animales. Por la democracia afirmamos la igualdad de todos los neanderthales y el inalienable derecho a participar en la vida de la comunidad.

—Pues a mí la comunidad me da muchas pataditas en cierto sitio —dijo un muchachote, todavía con poca barba en las mandíbulas.

De nuevo estalló el alboroto y muchos se mostraron indignados por la osadía del jovenzuelo, mientras otros, los más inteligentes, aullaban sus pareceres:

—Mientras estamos aquí discutiendo, los animales se escapan: a esto le llamo yo democracia.


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Publicado el 16 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Las Cuatro Verdades

Arturo Robsy


Cuento


El día, lleno de sol, avanzaba como una flecha en el aire. Dios había puesto en la mañana sonrisas, brisa, juego de niños, música lejana y paseos de enamorados. El polen, enterado de la llegada de la primavera, procuraba expandirse por cuantos metros cúbicos estaban a su alcance, mientras la buena gente empezaba a advertir algo de envidiable en las sombras frescas.

Julián también participaba de todo esto. Cruzaba el decorado con una sonrisa, convencido de que hay días que justifican una vida. De tanto en tanto, hinchaba el pecho para que el oxígeno corriera a sus anchas por las venas. Movía con vigor los brazos; caminaba con la alegría del deportista bien entrenado y permitía que su mente se sacudiera las brumas del invierno y del televisor tarareando una canción ligeramente parecida al brindis de La Traviata.

No sabía si atribuir la euforia al cambio de estación o al chato recién tomado con los amigos, sobre crujientes cáscaras de mejillones. Ni siquiera le enfriaba la idea de llegar a casa y ser olfateado por su suegra, empeñada en demostrar al vecindario que Julián era un dipsómano peligroso.

Cuando ella olfateaba, él contenía el aliento hasta que conseguía parapetarse tras el periódico. Así cobijado, elaboraba pensamientos malignos que solían dar a la mujer un fin acorde con sus merecimientos. Muy doloroso.

Pero aquel mediodía Julián corrió en busca de la suegra y le echó el aliento a la cara, deseoso de colaborar con sus prácticas policíacas y, si Dios lo quería, transmitirle algún virus.

—Huele bien, ¿verdad? Ëchele la culpa a don Federico Paternina, que es un diablo. —exclamó, dispuesto a decir la verdad— Cuando su marido cogía la cogorza usaba género de peor calidad.

Meditó un poco, en busca de la palabra alada y fugitiva. No era "vieja bruja".

—Urraca. —dijo al fin.— Graja.


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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Gallina y el Ángel

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo se ha presentado con el cuaderno abierto y la ilusión de que yo aprecie su estilo literario. Ha terminado un ejercicio de redacción y lo somete a mi docto parecer justo en el momento en que estoy a punto de meterle el diente a un artículo de opinión de mi periódico favorito.

— A ver qué te parece, Santo Padre.

Trabajosamente escrito a lápiz con la mano izquierda, leo:

"Di todo lo que sepas sobre la gallina"

"La gallina lleva a sus hijos en el vientre como todo el mundo, pero los pone aún en huevo y tiene que subirse a ellos durante veintiún días para que nazcan: este fenómeno se llama incubación. Hay gallinas de muchos colores: pelirrojas, negras, blancas y pintadas, por lo menos. La gallina, cuando nace se llama pollito, y es muy bonita. La gallina de mayor es bastante fea y muy tonta. La gallina es un ave que no sabe volar, porque está muy gorda y, también, por tonta. Cuando se la persigue corre bastante y mete un ruido que se llama cacareo. También cacarea cuando pone un huevo, de alegría seguramente, o para presumir. El marido de la gallina es el gallo, que es más bonito, más valiente y lleva en las patas clavos llamados espolones. El gallo tiene una cresta alta y roja, llena de puntas como una corona; la gallina lleva la cresta caída sobre los ojos y parece una boina. Cuando se le arrancan las plumas tiene la piel amarillenta, como si estuviera enferma. Las gallinas son aves de corral y de ellas se come todo, tanto los huevos como la carne, y, además, son muy cobardes porque saben todas que nos las queremos comer. Cuando hay que insultar a alguien que tiene miedo se le llama gallina y cuando nos asustamos se nos pone la piel de gallina."

— Sabes tú mucho sobre las gallinas, Enano. — digo disimulando la risa.—¿Estudiáis la gallina en el colegio?

— Sí. Y tú también me vas explicando cosas. ¿Te acuerdas de cuando te regalaron un milano?


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Publicado el 23 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.

La Diosa de la Tierra

Arturo Robsy


Cuento


El sol temprano, limpio y reluciente, bajó en un vuelo rasante por la calle de Alcalá, pasó por los ojos de la puerta neoclásica y se detuvo sobre la cabeza de La Cibeles.

La vieja diosa de piedra seguía saludando desde su carro pero, sobre su corona, sucedía algo insólito: en difícil equilibrio, un hombre se mantenía allí con los brazos abiertos y un gesto adusto.

Mucho después, cuando Madrid había puesto en circulación a su humanidad motorizada y a su pueblo de infantería, la gente empezó a reparar en el tipo de los brazos abiertos. Vestía de negro y procuraba no caerse al agua de la fuente.

—¡Eh! —dijo, por fin, un guardia. Lo hizo con timidez porque no había pedido permiso a la superioridad e ignoraba si el equilibrista incumplía alguna ordenanza o si disponía de permiso para saltársela.

—¡Eh! —insistió. Pero el hombre aquel era como Rubén Darío cuando quería volverse piedra dichosa «porque esa ya no siente» ni el dolor de ser vivo ni la pesadumbre de estar consciente. Posiblemente ese era el caso.

La policía nacional llegó después y también probó suerte:

—¡Eh!

El interesado, corona inmóvil de la diosa, siguió mirando obstinadamente a levante, a oriente. Quizá a Belén, quizá a La Meca: a distancia ni se le apreciaba la raza ni la religión, y sólo se podía sospechar que se trataba de un presunto loco o de un artista famoso decidido a promocionar su obra.

—¡Eh! —insistió la policía nacional , más perseverante que la municipal.

El tipo miró en torno y, poco satisfecho, decidió que necesitaba algún ruido supletorio:

—Llamen —dijo— a los bomberos.

Poco discretos, éstos llegaron con sus sirenas y sus luces y, entonces, una mínima multitud se congregó en torno a la fuente y en las esquinas del Banco de España y de Correos.


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Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.

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