Textos más populares esta semana de Arturo Robsy que contienen 'b' | pág. 8

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Ojo, Colón

Arturo Robsy


Cuento


El que se preocupa de los ecos de sociedad en los descansos de Cristal, seguramente se ha enterado de que a Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océana, le han buscado un buen partido: nada menos que la Estatua de la Libertad de Nueva York.

Se trata, claro, del Cristóbal Colón que contempla Barcelona subido a una columna y no se cansa de señalar las bellezas del lugar o la Ciudad Olímpica. Alguna mente, cansada de trabajar en el vacío, ha emitido la idea de celebrar un matrimonio entre Don Cristóbal y Doña Libertad. Los broncíneos novios no han objetado nada, aunque él es mucho mayor y ella mucho más voluminosa.

El pensador o pensadores, escapados a medio disecar de algún tarro de formol, suponen haber dado con un bonito gesto simbólico: Colón, que va a América, y la Libertad que, viendo lo que ve en Manhattan, está de vuelta de todo.

Dotados de un cerebro incipiente, todavía no han reparado en que La Liber tiene una hermana parisina, que en realidad es la misma, pero acabarán descubriéndolo y, a la postre, nos explicarán que mucho más simbólico es un matrimonio a tres bandas: Colón con las dos Libertades, una a la izquierda, francesa y presta a hacer rodar cabezas, y otra a la derecha, del Partido Republicano, dispuesta a meter mano a cuanto dólar divise.

Insisto en que no sé qué ganglio nervioso ha alumbrado la idea, pero no puede tratarse de un ganglio español. Un Latinoespañol, conocedor de las costumbres endémicas, no ignoraría que decenas de jueces cimarrones vagan por calles y campos prestos a caer sobre quien se descuida.

Si el Almirante de la Mar Océana, lleno de vigor a los quinientos años, se casa con las Libertades, no faltará magistrado que, tras meditar en su guarida, comprenda que está ante un caso clarísimo de bigamia. Simbólica, pero bigamia.


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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Observación Directa de la Naturaleza

Arturo Robsy


Cuento


El niño

Está sentado en la alfombra y el último juego ha dejado de interesarle. Entre sus piernas, los soldaditos de goma yacen congelados en sus rígidas posturas, ya sin la elasticidad que la imaginación del niño les daba. El televisor calla, pues no es hora de programa, y el niño se aburre lentamente, a golpes que le hunden más y más en la conciencia de estar sentado y no hacer nada.

—Mamá —cuando la seguridad de que se aburre es bastante fuerte—: cuéntame un cuento.

La madre, que terminó de fregar los platos hace poco, cose sobre la mesa: se arregla los largos de una falda pasada de moda. No está de humor para cuentos ahora, pero el niño insiste.

—Cuéntame uno.

A ver... ¿Cuál? Están el de Blancanieves, el de Caperucita, el del Flautista... pero es que no tiene ganas de hablar. Por eso, quizá, recuerda lo que su padre le contaba en las mismas circunstancias:

—Érase —dice— un Rey que tenía tres hijas; las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

El niño no sabe muy bien lo que ha oído. Desconfía. Si aquello es un cuento, no se siente nada satisfecho.

—¿Qué? —pregunta un poco furioso.

—Érase —responde la madre— un Rey que tenía tres hijas; las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

El niño reflexiona y comprende que la madre ha olvidado la substancia del asunto. Conteniendo el enfado, decide ayudarla en la medida de lo posible:

—¿Quieres decir que el Rey mató a sus dos hijas?

—No —la madre no desea dar malos ejemplos en sus historias.

—Pero las hijas se morirían si les echó pez encima.

La mujer suspira: por quererse quitar a su hijo de encima en lugar de contarle un cuento de verdad, ahora va a purgar su culpa en forma de interminables explicaciones a pie de texto.


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Publicado el 9 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

El Monumento al Progreso

Arturo Robsy


Cuento


Al lector:

El día de hoy, dieciocho de julio, tiene un "especial relieve", para utilizar el lenguaje periodístico. Por eso quisiera dejar por ahora las historias de cada uno y escribir la del progreso o, al menos, la de su momento.

Al lector que continúe la lectura:

Las cosas que paso a relatar sucedieron en un pueblecito con visos de ciudad, en uno de esos lugares que siempre han sido propicios a la siesta estival o al juego callejero de los niños bajo la mirada paciente del perro vagabundo.

En tales sitios veinte años pueden significar lo mismo que veinte meses y, en verdad, cuando la paz dura es indiferente el tiempo. Sin embargo, algo había cambiado en el pueblo: la Remedios, la del Renco, parió trillizos; se hizo, además, una desviación para la carretera de segundo orden que antes atravesaba la calle Mayor, y se abrió una explotación municipal de maderas que a todos daba beneficios por más que el descreído del herrero se empeñase en decir que "todo se lo quedaba, como de costumbre, el Ayuntamiento".

Y, en esto, llevaba su parte de razón, que ningún dinero vieron los vecinos, pero, en cambio, se encontraron con la Plaza Grande embaldosada, con una traída de aguas (que más eran claro que otra cosa), con Teléfonos y con un Teleclub que arruinó al Paco, el que, una vez a la semana, se traía una película de la cercana ciudad y la proyectaba en su almacén de grano.

También, hasta hoy, sucedieron otras cosas dignas de mención: el hijo del Tobías, el carnicero, se fue a hacer la mili a África, y Segismundo regresó de "Tulús" (léase Toulouse) de la Francia, con el oficio de fontanero bien aprendido de once años, de manera que, enseguida, se puso a remendar tuberías y a taponar los incorregibles grifos.


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Publicado el 23 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

¿No se Reparan?

Arturo Robsy


Cuento


Como suele suceder a veces en naciones felices y dormidas, en Vardulia llegó al poder un hombre iluminado, ya que no de muchas luces. Lanzaba palabras ardientes al espacio libre y ellas, al caer sobre las cabezas de pueblo, le explicaban que había un destino histórico que cumplir y una exigencia racial que mantener.

El iluminado, cuando abandonaba los abstractos, era absolutamente preciso y escueto: quería Trevín. Muy posiblemente quisiera algo más al año siguiente pero, de momento, Vardulia sólo sería libre y feliz si metía mano a Trevín que, desafortunadamente, pertenecía a Austrigonia.

Los austrigones, aunque herederos de una brillante tradición militar, eran pacíficos comedores de cacahuetes, bebedores de refrescos y fumadores de tabaco rubio. No disponían de iluminados que los despeñaran por el destino pero, aún así, estaban encariñados con Trevín, un lugar lleno de panorámicas y muy ducho en la crianza y preparación del cordero.

El vecino ardiente sabía, sin embargo, que los condes de Trevín, en el Siglo XII, habían emparentado con la segunda dinastía de síndicos de Vardulia y, aunque el matrimonio no fue consumado por la debilidad sanguínea del primo del síndico Leocadio I pese a someterse al vino fuerte y a sahumerios aplicados por debajo del halda, el Papa lo declaró nulo tras cobrar varios miles de ducados—oro. Pero subsistía que por unos meses Trevín perteneció a la familia reinante en Vardulia. Había pues sobrados motivos para la reivindicación histórica.

—¡Venga ya! —dijeron los austrigones, muy divertidos con aquellas locuras y sin dejar de comer cacahuetes y de beber refrescos.

Fue una exclamación malhadada. Muy ofendido el iluminado, lanzó sobre Trevín varios batallones de soldados várdulos que creían firmemente en que, gracias a su arrojo, Vardulia sería más feliz y más libre.


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Publicado el 12 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Retrato de Navidad

Arturo Robsy


Cuento


(A las tantas de la tarde del día veinticuatro o día de Nochebuena. Por las calles húmedas viene y va la gente. "Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad". "Dame la bota, María, que me voy a emborrachar". "Y al Niño recién nacido los pañales le han robado". Esta gente es, según su piel, blanca, sonrosada y atezada. Según su vestido, gris, negra, verde, ocre, marrón y azul. Según su pelo, negra, dorada, roja y marrón. Y, así, todos los colores acaban por cernerse sobre cada persona, según sus ojos, sus uñas, sus ilusiones y sus miserias).

Por estas calles sin cielo (porque el cielo amenaza lluvia y ruina de alegrías) los amigos catalogan escaparates y jovencitas; aspiran con glotonería el olor a refrito que sube de las bodegas y que revolotea en torno a los bares; hablan de Navidades ya desvanecidas donde hubo aventuras, trasnochos vinosos y canciones que tiritaban en el alba fría.

A esos amigos me acerco precisamente. Mañana tal vez necesitarán tisanas para despejar las ideas, pero hoy, en mitad de la tarde que termina, están lúcidos y poseen todos los rincones de sus ilustres cabezas.

—Encuesta Pública: ¿Qué es la Navidad? —pregunto.

—Págate un vino y tendrás respuestas.

(Así pues, bajamos al calorcillo de una bodega y nos instalamos en mitad de ese tufo a gente, de los humos conjugados del aceite y del tabaco, y nos ponemos a beber a tragos cortos, que es como se bebe de verdad).

—La Navidad —me dice Miguel— es un pretexto.

—¿Para qué?

(Miguel abre los brazos como un viejo Cristo velazqueño).

—Para todo. Para bebe, como ahora nosotros. Para gastar. Para cantar. Para hacer regalos. Para alegrarse. Para vender...

(Vicente interviene sonriéndose para adentro).

—Hay una teoría: que se celebra el nacimiento de un Dios, del Dios Hijo. Pero sólo es una teoría.

—¿Por qué? —vuelo a preguntar.


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Publicado el 7 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

¡Chis! Silencio

Arturo Robsy


Cuento


El pueblo se ha dormido. ¡Chis! Silencio. Sólo la luna se pasea, como siempre, buscando sabe Dios qué cosa perdida entre los tejados. Sólo el perro aquel, que vive junto al molino, aúlla largamente, aburrido de la soledad, la noche y el frío. Sólo un sereno, uno sólo, se arrebuja un poco más en su amplio capote y piensa en las cosas negras que la noche sugiere.

¿Que cómo se llama el pueblo? Pues no lo sé: el nombre de los pueblos está en la carretera, escrito en el poste indicador, y, también, en la cabeza de los impresos del municipio, pero estoy entre las calles y tampoco alcanzo a ver, desde aquí, la fachada del Ayuntamiento. Es un pueblo sin nombre, como todos lo son cuando la noche se abate; un pueblo lleno de gente como muerta, encerrada en los nichos de su dormitorio y remachada con el silencio del sueño. Un pueblo, vamos.

¡Chis! Conviene callar. ¿Ven, a lo lejos, aquella sombra que se bambolea entre las esquinas? Es José (no Pepe). Un chalado, como dicen por estas tierras. Anduvo mucho tiempo perdido por esos mundos y cuando regresó, hubiera podido hablar de ciudades exóticas: Estrasburgo, París, aquel Zuiderzee helado y húmedo donde tuvo que dormir a veces... Hubiera podido hablar, no cabe duda, pero no lo hizo. Calló y, así, poco o nada es lo que se sabe de él. José es viejo. Volvió viejo, consumido de años y de no sé qué miserias en el alma, y, ahora, remienda algún zapato viejo o pone medias suelas a las botas de los muchachos revoltosos. También recibe algún dinerejo de una iguala que pagó hace mucho, y, con eso y lo que buenamente se le da, va tirando el pobre.


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Publicado el 12 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Las Escaleras

Arturo Robsy


Cuento


El niño, ligeramente amoscado, repasa todavía los rincones de la nueva casa. Llegaron por la mñana, mientras los de las mudanzas daban los últimos toques a la faena y mamá decía que bien, que sí, pero que todo quedaba manga por hombro pese a la buena voluntad de los hombres que trajinaban los muebles.

Luego comieron en la cocina. Mamá dice siempre que la cocina es el lugar donde se debe comer: «Lo otro —explica—, el comedor, no es más qeu una reminiscencia del feudalismo, cuando eran muchos los que se sentaban a la mesa.» Y papá, aburrido, comenta que la culpa de todo esto la tienen las películas americanas y los fabricantes españoles de quemadores de gas. En niño, sin embargo, está acostumbrado a semejantes teorías y, mientras la comida, ha preferido mirar una vez más el rabo de lagartija, primer trofeo adquirido en el jardín.

Con los postres, cuando mamá afirmaba que el alicatado de la cocina le daba ambiente de cuarto de baño (y papá, impasible, se rebuscaba a la caza de su mechero de oro), el niño ha pensado seriamente en su futuro: ¿qué porvenir le aguarda desde esta alejada casa? El, que hasta un día antes dudaba entre trabajar en una oficina (como papá) o tener un avión de mayor, se siente ahora frustrado en este campo donde, a buen seguro, sólo podrá ser jardinero, y, ¡valiente cosa es pasarse toda una vida sacando lustre a las hojas! Sin embargo, con el último bocado de manzana, ha descubierto nuevas posibilidades al oficio: los gusanos, los escarabajos, las hormigas y cosas así... Tal vez los jardineros puedan dedicar parte de su tiempo a la cacería de tan notables ejemplares. Luego quizá pueda guardar esos bichos en tarros de cristal y hasta formar el más completo museo de arañas de jardín, limazas y saltamontes.


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Publicado el 16 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

Don Anselmo

Arturo Robsy


Cuento


Cuando debo hablar de don Anselo algo más que las palabras quisiera tener a mi disposición; tal vez, una cinta con su voz grabada, llena de temblores y de gallos, porque don Anselmo era de esas personas únicas que desafinan incluso al hablar.

Pero, quizá, lo mejor fuera poseer sus fotos, enseñar esas cartulinas donde reposaba aquel hombrecillo enteco y desnutrido, convertido por el destino en apenas un par de ojos de mirar tranquilo y pausado. Usaba, usó, un bigotillo indescifrable y amarillento y, en todo caso, nadie llegó a darse cuenta de que se lo afeitara, porque don Anselmo era tan gris y tan arrugado como su traje cruzado con brillos en los codos y en el fondillo de los pantalones.

Y en sus fotografías, si las vieran ustedes, observarían que aparece siempre solo, porque don Anselmo nunca atrajo la atención de una mujer, salvo de la patrona de su pensión, cuando estaba de auxiliar de bibliotecario en la capital de la provincia, y de la Remedios, hembra garrida que, una vez al mes, escuchaba las penas del caballero a cambio de una pequeña retribución. Don Anselmo la llamaba en la intimida su "Freud Ignorante", y la Remedios sonreía convencida de que aquello tenía que ser una procacidad muy grande, muy grande; por otra parte, la única que el buen hombre se permitía en sus tratos con ella.

Don Anselmo era un soltero viejo, no un solterón, pues Dios le había desprovisto de toda picardía y de las demás cualidades que se precisan para llegar a ser un bon vivant solitario y satisfecho.


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Publicado el 12 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Tragedia Electrónica

Arturo Robsy


Cuento


(ensayo poético)


"Cuento viene de compto, del latín, computare".


FICHA 10.01.00 OBJETO CONTESTACION PREGUNTA 010 CLAVE 01.00. PRIORIDAD: NORMAL LA FICHA DICE ASI (sic) LAFICHADICEASI: PROBLEMAS REDUCIDOS: A—A.— A AMA a B. B NO AMA a A. B AMA a C. A ODIA a C. C ODIA a A. A—B.— A AMA a B. — B NO SABE NADA DE A. A SUFRE. B—A.— A ODIA a B. B AMA a A (IMPROBABLE). B SE MATA. B—B.— A MATA a B. B AMA a A. BODA. HIJOS (VULGAR) C—B.— EXCLUIDOS ESTOS CASOS IMPOSIBLE CUALQUIER OTRO TEMA EN LIRICA Y EN DRAMATICA. FICHA. 10.01.00. OBJETO: CONTESTACION PREGUNTA 010. CLAVE 01.00. PRIORIDAD: NORMAL. LA FICHA TERMINA ASI: FIN (sic) FIN.


La respuesta era, pues, desalentadora y a nadie puede extrañarle que, al leerla, quedara hondamente decepcionado: no todos los días uno llega a la conclusión de que, ya, es imposible escribir una obra maestra, una "chef d'oeuvre", un "capolavoro", al estilo de Hamlet, la Ilíada o la Divina Comedia. Esto, quizá, es lo malo de haber nacido tan tarde y en plena sociedad del ocio: lo que merece la pena ya está dicho.

La esperanza es lo último que se pierde (a decir de ciertos optimistas), y yo acababa de hacerlo con la contestación de mi ordenador (lo que la gente llama "cerebro electrónico"). Pepe en la intimidad. Llevaba dos meses en paro forzoso: había decidido escribir una gran obra, algo que me colocase, de golpe y porrazo, en el pináculo del arte, de la poesía apenas entrevista, de las sensaciones sublimes y únicas. Eso fue dos meses antes y, desde entonces, cavilé a más y mejor sin conseguir resultados apreciables.

Había escrito, sí, mediocridades que hoy en día podrían pasar por buenas:


A solas con tu alma la noche te conforta.
Ese alma tan escasa de palabras,
que duele tantas veces
y que tantas veces escapa a la distancia...


O bien:


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Publicado el 13 de mayo de 2022 por Edu Robsy.

Toni

Arturo Robsy


Cuento


Para Ana María Arias-Salgado Robsy


Un amigo castellano me escribe a propósito de la geografía:

"El mar, con ser tanto y tenerlo tan en torno, necesariamente os ha de marcar..."

Y así es cuando lo pienso. El mar define muchas veces el carácter de quienes le tratan íntimamente. El mar poner en ellos una alegría bulliciosa, en ocasiones irresponsable, en ocasiones delicada. O una nostalgia especial, tranquila, buena para andar por los muelles o recargar pacientemente, sobre un noray, la enorme cazoleta de la pipa vieja.

El humor del mar es muy distinto al humor de la tierra seca (para bien o para mal), más variado, lleno de color, gesticulante. Con él algunos hombres se defendían de los piratas o se dedicaban ellos mismos a la piratería. Y con él, hoy en día, otros recorren las islas viviendo a salto de mata.

He conocido a varios de estos aventureros del Mediterráneo, gente amiga de la risa, de la discusión y de los gritos, pues para ser hombre de mar el Mediterráneo exige menos sobriedad e introversión que el Cantábrico, y más acción chispeante y burlesca...

Estoy convencido de que estos aventureros no buscan la felicidad como los demás mortales; ni siquiera oyen hablar de ella más que en los seriales de la radio, pero la alcanzan, en ocasiones, a fuerza de no preguntarse muy a menudo por lo que son y hacen.

Tuve un amigo así. Se llamaba Toni y era hombre taimado y mentiroso. Tan bebedor como mala cabeza, toda su vida fue ir trampeando de aquí y de allá, soportar bien merecidos arrestos, estafar a quienes se dejaban y rodar por las islas y el continente a bordo de cualquier tipo de embarcación aunque, últimamente, solía enrolarse de cocinero:

—A mi edad —decía— hay que mirar bien qué se come.


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Publicado el 24 de julio de 2021 por Edu Robsy.

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