Textos más populares este mes de Arturo Robsy disponibles | pág. 15

Mostrando 141 a 150 de 184 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Arturo Robsy textos disponibles


1314151617

¡Esta noche es Noche Buena!

Arturo Robsy


Cuento


Él acaba de llegar. Ha abierto la puerta, que chirría débilmente, y ha dejado caer el fardelillo con la ropa, pobre ropa de faena, sobre la silla. De la cocina le llega la voz de María:

—¿Eres tú, Pedro?

¡Estas mujeres! Él ya no hace mucho caso de esas preguntas que son una costumbre irremediable: ¿Eres tú? ¿A qué hora te levantarás mañana? ¡Como si él pudiera elegirla! Todos los días, María, todos los días igual: a las seis menos cuarto el despertar y a las seis, en el bar, a tomar el cafelito y, si entra, la copichuela de cazalla para entibiar el cuerpo congelado y somnoliento. ¿Es que, acaso, hay elección, María?

Pero, claro, ellos ya no hablan de estas cosas: se las saben demasiado bien para querer explicarlas de nuevo. Por eso, Pedro ha dicho solamente "Hola", y se ha ido al cuartucho que les sirve de baño a quitarse tanta mugre y tierra como ha acumulado en la jornada. El mismo pelo lleva blanco de chispas de polvo. Y la piel renegrida, con la tierra y el cemento pegados al sudor, porque Pedro es albañil; bueno, un poco menos: Pedro es un peón y, ahí, no está de Dios que salga.

Se lava. Se frota bien con el jabón gordo y se restriega con la toalla que sirve para eso exclusivamente: para enrojecerle el cuero cada noche, cuando ha terminado. También se echa algo de colonia en los sobacos, de esa colonia que vendían, por garrafas, en una baratura: hace ya tres años.

La mujer entonces le tiene ya lista la cena. Humean los platos y llenan la habitación de un calorcillo de hogar que recuerda aquellas otras cenas, de niños, con papá y mamá, cuando se guardaba silencio en la mesa y el padre, al acabar, encendía parsimoniosamente el pitillo recién liado y gruñía tristemente: ¿Os ha gustado la comida, niños?


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
6 págs. / 11 minutos / 50 visitas.

Publicado el 10 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cleptomanía

Arturo Robsy


Cuento


Concurso "Arriba 1972" de Cuentos y Reportajes


ARTURO ROBSY nació en Alayor (Menorca). Estudió en Mahón, Madrid y Santoña. Colabora en periódicos y revistas y tiene preparado un libro de tema menorquín basado en leyendas de la isla. También pinta con asiduidad y ha cursado estudios en la Escuela de Publicidad. Los veranos dedica preferente atención a los Campamentos Juveniles, donde ejerce funciones de Jefe de Formación. Ha ganado algunos concursos literarios de ámbito local.


No sé si me han aconsejado que me arrepienta o no; en cualquier caso, las historias parecen tener la misma voluntad y es inútil buscarles una salida mientras ellas no lo desean.

Mara me había dicho que cerrar la puerta es muy importante y Abuela se empeñaba en apagar las luces de las habitaciones. Con esto no quiero afirmar que Mara y Abuela estaban locas, pero demuestro que las cosas son así y no hay motivo alguno para cambiarlas.

En el pueblo, al hacer novillos nos íbamos monte arriba a rebozarnos de tierra y a meter palos en las madrigueras de las culebras. El día libre en la ciudad nos vamos bar arriba, o museo arriba o parque arriba, a sorber limonadas, a beber vino o a besar a alguna muchacha que esté de acuerdo.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
3 págs. / 5 minutos / 88 visitas.

Publicado el 7 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Peripecias

Arturo Robsy


Cuento


Uno de los ultimos domingos del verano, seis amigos decidimos salir de excursión, una excursión a la antigua, a base de transportar cada uno parte del condumio, juntarlo todo una vez llegados al lugar y deglutirlo mezclado con reparador vinillo.

Seis éramos, seis. Seis tipos jóvenes, no excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos. Seis muchachos y un utilitario que debería soportarnos durante algunos quilómetros (pues pensábamos ir a Cala Blanca desde Mahón).

Uno era el encargado del pan. Otro el del vino. Otro llevaría el aceite, el vinagre y la sal; otro más la leche, el tomate y la cebolla para la ensalada. El quinto el fuego y los cacharros de cocina, y el sexto, yo, la comida propiamente dicha. Los huevos y la carne y alguna lata para el aperitivo.

Salimos, por fin, con el retraso previsto. Enfilamos la carretera canturreando sin demasiado éxito. Las canciones entre seis muchachos ni excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos, pronto degeneran y se vuelven groseras más que picantes. Por ejemplo, aquella que empieza:


"La vaca,
chunda-chún,
del Eleuterio,
chunda-chún,
ha sido sorprendida
en adulterio,
chunda-chún."


No es que nuestros pulcros oídos nos impidiesen escuchar este tipo de canciones, ni que virginal rubor nos invadiera al oírlas. No, qué va. Pero como todos conocíamos muy bien sus argumentos, resultaban un entretenimiento bastante flojo a aquellas alturas.

Terminamos la que estaba empezada:


"Y con eso,
chunda-chún,
de las vacas disipadas,
chunda-chún,
andan los toros a cornadas..."


Entonces voy y propongo que cada uno cuente una historia divertida mientras llegamos. Somo seis y el coche va cargado, pero sabe correr: basta con dejarle floja la rienda y despreocuparse. De esta manera tendremos tiempo de sobra en el camino para contar cada uno nuestro chiste.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
6 págs. / 11 minutos / 55 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Cuentos y Patrañas

Arturo Robsy


Cuento


"Otrosí el saber, quando es en el coraçón, faze bueno todo el cuerpo."

—Libro de los engaños. Don Fadrique.

I. Historial del padre de un viejo

Esto me lo contó un viejo en los tiempos en los que yo creía que los ancianos nacían así y que los niños siempre serían niños. Andaríamos a mediados de la primavera, cuando a los ancianos les viene esa formidable hambre de sol que entonces es dorado y poco doloroso a través del aire trasparente.

Cerca de nosotros estaba el silencio de las antiguas calles, donde una pareja de perros se olían sabe dios qué historias. Un hombre, en el bordillo, hinchaba suavemente la rueda de su bicicleta y una mujercilla iba al paso de su enorme cochecito de mamá reciente.

Por supuesto que el cielo estaba limpio (no convienen las nubes a ningún buen cuento) y que la hierba de los parterres brillaba tanto en verde como el horizonte en blanco y oro. El viejo, sin embargo, era oscuro, moreno, con la cara tocada de viruelas y los labios hacia adentro, ya sin el soporte marfileño de sus dientes. Fumaba el viejo un tabaco dulzón y penetrante cuyo humo se retorcía entre nosotros y se metía por detrás del aire y nos subía lentamente, por pecho y nariz, cielo arriba.

Entre bocanada y bocanada vino el viejo a contarme esto:

"De Villa-Carlos a Mahón, cerca de Cala Figuera, había antes una piedra gris, redonda y plana. Una piedra como las demás, a la orilla misma del camino, donde al mediodía caía la sombra de una higuera silvestre. Allí paré cuando llevaba a mi padre al asilo".


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
6 págs. / 12 minutos / 77 visitas.

Publicado el 15 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Mil Cien Dólares

Arturo Robsy


Cuento


Antonio era un hombre crédulo, profundo y respetuoso admirador de la letra escrita: para él por ejemplo el problema de la existencia de Dios no tenía objeto: los papeles (al menos, los que Antonio pudo leer en su día) decían claramente que sí, luego Dios existía. Por los mismos motivos creían en los impuestos directos, en la caridad cristiana, en la incorruptibilidad de los hombres públicos y en trescientos veintiún (321) detergentes que, cada uno por su lado, lavaban más blanco y más limpio que nadie.

Antonio era crédulo: esta afirmación no necesita de más demostraciones: usaba la viaja y rancia "fe del carbonero"; fe del dependiente, en su caso, pues quince de sus treinta años los había pasado tras el mostrador de una pañería sonriendo a la mujer que buscaba un retalito para falda de verano o a la que necesitaba unas cortinas de colores realmente sólidos.

Antonio era hombre sumamente frugal, sencillo de gustos, dueño de un caprichoso y ulceroso duodeno que le incapacitaba para cualquier tipo de excesos. Gracias a estas especiales circunstancia no se veía obligado, a finales de mes, a hacer extraños equilibrios (y drásticas reducciones) con su presupuesto. Es más, conseguía ahorrar el 19 % del total, cantidad que los primeros sábados de cada mes depositaba en un banco del que había leído en el periódico era "la más sólida garantía del ahorro familiar".


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 50 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2021 por Edu Robsy.

La Parábola del Último

Arturo Robsy


Cuento


Para Elena Arias-Salgado Robsy


Cuando desperté nadie quedaba a mi alrededor. Todo había terminado, aunque no sabía muy bien en qué pudo consistir ese todo. Simplemente regresé del sueño como cada mañana. La boca pastosa me daba el informe general sobre mi cuerpo y me recordaba el festín de la noche anterior. Los ojos, entrecerrados todavía, me enviaban turbias imágenes del mundo. Las manos... bueno: las manos: sirven siempre para lo mismo al despertar: para rascarse y taparse los bostezos de la boca.

Un detalle más: estaba solo. Y esto lo supe nada más emerger del pegajoso sueño: fue una sensación automática como de despertar y saber que estás despierto. Bien: yo estaba, además, solo y no había remedio para ello. Debo avisar que, en un principio, me pareció de perlas.

He aquí que hoy no tendría que acudir al trabajo, por ejemplo. Para después, le había prometido a mi mujer llevarla de tiendas... ¡Imagínense! Dos o tres horas de inaplazable aburrimiento, diciendo que sí y esforzándome por atender a los dibujos y colores de los vestidos que ella me enseñaría. Dos o tres horas de viril soledad en lo profundo del más femenino de los mundos... También estaba el asunto del dentista, para el que tenía hora: ya no me dolía la muela que había que extraer, de modo que era bendición del cielo esto de haber despertado solo, solo, solo.

Vagueé cuanto pude en la cama. Probé todas las posturas del lado derecho y luego hice de ellas una versión libre en el izquierdo. Me abracé a la almohada. Me la puse, por fin, bajo los riñones y quedé todo lo arqueado que me permitió mi pobre columna vertebral. Repasé a tientas con el índice cada una de las molduras de la cabecera. Me destapé y me volví a tapar. Encendí un cigarrillo y pensé en la vez en que quemé todo un colchón y parte de mi codo. Entonces reconocí que me aburría y me puse a gritar.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 55 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

Quieta la Cruz, Impasible el Guardia

Arturo Robsy


Cuento


Tony subió al cielo con la sensación de sólo haber encendido la luz larga y, todo lo más, apretado un poco el acelerador. Las almas, expulsadas violentamente de los cuerpos, sufren confusiones así al principio.

Luego miran hacia abajo y ven la moto por el suelo y, la materia que fueron, como un juguete abandonado. En el caso de Tony, el alma vio también como se alejaba el coche que le había sacado de la carretera de un golpe, llevándose su vida en una aleta.

Tuvo un primer pujo de ira al comprender que le acababan de asesinar. Sus nuevos sentidos, más penetrantes, le dijeron que el conductor llevaba un medio pedalete y mucho miedo por lo que acababa de suceder.

Pero la ira se desvaneció al descubrir Tony que no le importaba lo sucedido. Su parte astral flotaba en la brisa nocturna y se encontraba cómoda y relajada. Las volutas de humo, seguramente, se sienten bien y olvidan el fuego que les hizo arder. Las almas, lo mismo.

Además, la suya todavía conservaba una notable dosis de ron con cocacola que le ayudaba a contemplar la eternidad con una sonrisa. Incluso sospechaba que podía tratarse de un sueño.

Con curiosidad de fantasma, se quedó por allí contemplando el panorama. Lo que había sido un cuerpo aparentaba un lamentable estado. Pero su moto estaba peor: no sólo la llanta delantera se había plegado, sino que el depósito aparecía definitivamente roto. Calculando por lo bajo, la reparación pasaría de los doscientas mil pesetas, por no hablar de los gastos del entierro.

Estaba todavía entretenido con estos cálculos cuando el alba —de rosados dedos, notó el espíritu liberado— alargó la mano por occidente y empezó a distribuir los colores.

Tras el alba, muy de cerca, llegó una camioneta de albañiles. Se detuvieron e inspeccionaron el lugar de autos, como se bautizó después. No tocaron el cadáver: eran partidarios de otros métodos:


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
4 págs. / 7 minutos / 78 visitas.

Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Eduardo Libre No Irá al Paraíso

Arturo Robsy


Novela, Cuento


Aviso primordial— Se cuentan como langostas los lectores de «CÓMO SER UN SINVERGÜENZA CON LAS SEÑORAS», que se escribió como burla hacia los relatos de amor en general y hacia los de color subido en particular. Su extraordinaria difusión en la red me abrumó, sobre todo al ver que una página porno tenía la obra entre sus relatos preferidos.

Pero el público es el público y, puesto que mi humor sigue zumbón respecto de los amoríos, aquí está este libro que burla sobre los sentimientos, ya satisfechos, ya heridos. Puede distribuirse libremente por la red, entero o por capítulos, pero no debe cambiarse el texto ni hacer con este escrito ninguna actividad comercial.

PRIMERA PARTE

1. EL TELÓN DE SEDA

Inés y Eduardo llevaban unos meses saliendo juntos a plena satisfacción. Habían superado cuantas fases del galanteo se les presentaron y alcanzado ese punto de intimidad —irrepetible después— que permite al hombre soltar las manos en cualquier momento y hacer diabluras con ellas mientras la mujer, todo lo más, sonríe pacientemente.

Ambos eran adultos y habían disfrutado descubriendo sus muchas diferencias, si bien ni el uno ni la otra sospechaban que eran muchas más de las que se ven a simple vista. Desconocían lo que puede llamarse el telón de seda o el telón de espuma de afeitar.

Gracias a estar en ese momento de oro del galanteo, no siempre sabían qué mano era la suya ni exactamente dónde la metían. Tampoco era que se preocuparan mucho de averiguarlo cuando estaban en la intimidad.

El, más osado, a veces actuaba a la intemperie, en paseos públicos y en playas. Caricias furtivas, dirían algunos; besos apresurados, opinarían otros, pero Eduardo lo que hacía en realidad era meterle mano a Inés al primer descuido. Tanto como podía.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
163 págs. / 4 horas, 45 minutos / 149 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Nuevo Guiñol

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo, ocho años transfigurados en treinta y dos kilos de buena carne española, ha traído hoy un muñeco de guiñol hecho en el colegio: una pelota de papel con gafas y melenas de algodón en torno a un tubo de cartón por donde se mete el índice.

Los ojos no están muy bien —me explica— pero por el pelo se nota que es del tiempo de las pelucas blancas. ¿Qué son polvos de arroz?

Mi hijo no confía en la maestra, que le ha explicado que con el arroz se hacían polvos para blanquear las pelucas. Paella, sí, y arroz a la cubana y con leche: todo eso entra dentro de la lógica, pero si cree lo de los polvos, el espíritu se debilita.

De lo negro de la cartera ha salido después un cucurucho de papel arrugado: es el presunto vestido:

—Se sacan los dedos por estos agujeros, ¿ves, papá? Y se mete el cuello por el centro... ¡Tatatáaa!

—Tatatáaa... —trompeteo también yo, porque soy hombre melómano.

—Si me ayudas a hacer el teatro y diez muñecos más, te daré una función. Pero rápido.

Mi hijo lo es también del siglo y, por algún resquicio de su infancia, se le cuelan la velocidad y las prisas de los mayores, eso de que vivir es una carrera contra reloj y las demás ideas que tendrían que ser pecado. Cuando tenga bigote será un poco menos mi hijo, sin duda, y también habrá descubierto que yo no soy un dios, y a mi me gusta ser dios por las tardes, cuando él regresa a casa.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
7 págs. / 12 minutos / 139 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

En un Vuelo

Arturo Robsy


Cuento


Wenceslao daba besos a las ranas. En realidad daba besos a todos los batracios, pues no distinguía muy bien a las ranas de los sapos. Los perseguía infatigablemente y, una vez acorralados, los cogía con cuidado y los besaba en su boca de buzón, sumidero de libélulas.

De todas formas, no eran muchas las ranas ni muchos los sapos que conseguía besar, pues Wenceslao era ente de ciudad. Aún así había pillado a varios de vez en cuando.. El primero, a los siete años, cuando estaba con la reciente impresión del cuento aquel en que la rana resultaba príncipe encantado.

El bichejo quedó quieto y perplejo a los pies del niño Wenceslao después del tratamiento por osculación. Desde entonces Wenceslao creyó tener mano con las ranas y consideró que esta práctica del boca a boca era una suerte de quiniela en la que —¿quién sabe?— podía ganar una princesa, un castillo o, al menos un caballo blanco.

Veinticinco años después no había cambiado de opinión, aunque era, en todo lo demás, un hombre normal, es decir, normalizado, redactado en vulgata, con márgenes muy pequeños en el blanco folio de los sueños. Prefería que la gente no supiera que besaba sapos y ranas porque hoy a todo se le da un giro sexual.

Así estaban las cosas el verano en que Wenceslao atrapó a su decimotercer sapo, que no fue sapo ni rana, pero tampoco princesa, hada o caballo blanco. Era un enano, un Puk de Shakespeare o de Kipling, gnomo, elfo, geniecillo o cosa así. Desnudo como una fruta y agradecido como conviene a la tradición:

—No sé —le dijo— cómo tienes estómago para besar a un sapo, pero gracias de todas formas.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 75 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

1314151617