Textos más populares esta semana de Arturo Robsy publicados por Edu Robsy | pág. 3

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autor: Arturo Robsy editor: Edu Robsy


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Caperucita Roja en el Tren

Arturo Robsy


Cuento


Anochecía en la estación y la gente, entre dos luces, resoplaba arrastrando las maletas. ¿Me hace el favor? ¿El tren para tal sitio? ¿Sí, dónde está? ... Al final de cada vía carteles luminosos explicaban, más o menos confusamente, la hora de salida y el destino.

Era la hora punta de los abre coches, de los mozos-que-buscan-taxi y, en general, de toda la fauna y flora de pseudo-desocupados que viven a costa del viajero vergonzoso. ¿Y qué le doy a éste por abrirme la puerta del coche? ¿Cinco duros? ¿Y a éste que llama al taxi al tiempo que yo y que corre tras él agitando los brazos hasta que frena? ¿Otros cinco? ¿Y al que se empeña en cogerme la maleta, casi en arrancármela de la mano? ¿Lo mismo?

¡Dios qué caros salen los viajes! Los altavoces zumban con sintonía mecánica y desafinada: "el tren expreso con destino a Barcelona, que tiene su salida a las veinte quince, se encuentra situado en la vía seis". Qué bien. Los obreros que conducen sus mulas mecánicas cargadas de equipajes sortean público y, a veces, solo por pura diversión frenan ostensiblemente: "¡atontao! —dicen— ¿No ve usted que paso?".

Muy bien, muy bien: así son las estaciones y, forzosamente, se debe atravesar toda esa confusa jungla antes de encontrarse al relativo amparo del departamento. Por supuesto que, a la puerta de cada coche, un señor con gorra de plato vuelve a arrebatar la maleta del viajero y, por otros cinco duros, se la coloca en la seguridad del maletero. Por menos de veinte duros en total (taxis aparte) uno no se sube al tren.

El soltero los pagó y se refugió en el departamento dispuesto a leer la revista humorística recién comprada y a quedarse dormido después ojeando una antología de relatos de miedo. Se las prometía felices cuando entró una señora con tres niños colgados de la falda. Acomodaron su equipaje, se libraron de sus abrigos, le dieron las buenas tardes y...


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Publicado el 15 de junio de 2019 por Edu Robsy.

La Gran Farsa

Arturo Robsy


Ensayo, política


Primera parte

1. La p... farsa

Un día de 1988 me sometí voluntariamente a la contemplación de varios informativos de televisión. Soporté pacientemente la sección de campañas internacionales que, en aquellas fechas, consistían en Gorbachof el Demócrata, Kurt Waldheim el Asesino Nazi, Israel Matamoros, Nicaragua la Víctima y un anuncio de la que sería Pobre Negro Mandela. Un tal Noriega acababa de dar un golpe de Estado en Panamá y, como hacía rotundas manifestaciones antiamericanas, TVE todavía no había decidido si ir a favor, por antiamericano, o en contra, por militar profesional.

Vinieron Luego las Campañas Nacionales. La economía era cada día más boyante. Se generaban mil puestos de trabajo diarios. La mujer era exactamente como el hombre, sobre todo a la hora de ser explotada. El terrorismo estaba vencido... Y todo el habitual discurso político, más dedicado a convencer de ciertos postulados que a informar objetivamente de lo que había sucedido en España y en el mundo.

Fue entonces cuando pronuncié lo que se ha convertido en el título de estos ensayos: Esto es una Gran. Farsa, aunque no lo expresé así. No es malo, en la intimidad del hogar, recurrir a ciertos desahogos verbales. Como la expresión quedaba realista, pero escasamente intelectual, no tuve más remedio que añadir:—La desgraciada historia del Siglo XX es el intento de someter la realidad a unas teorías. Estados, Instituciones e Ideologías, todos empapados en teorías, obstinándose en no aceptar las cosas como son.

Lo que, bien mirado, era una forma delicada de decir lo mismo: nuestro mundo es voluntariamente irreal.


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Publicado el 2 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

El Hombre del Río

Arturo Robsy


Cuento


Si usted desea llegar a Encinar, no tiene más que acercarse al Tajo desde Madrid y allí, a las orillas del río, encontrará un pueblo moderno, modelo de limpieza y pulcritud, donde vivió Antonio. Pero, antes, no se deje engañar por la bifurcación de la carretera: en ambos lados pone "Encinar". Tome usted el de la derecha, porque el otro conduce a un pasado muerto y ahogado: justamente al del antes citado Antonio.

Antonio nació molinero por la misma razón que su primo Eugenio nació carpintero, y su amigo Calixto, labrantín: su familia, que era dueña y señora del único molino del lugar, asentado sobre el río que movía perezosamente las enormes palas puestas contra la corriente. Pudo, como Salvador, nacer sacristán, pero no estuvo ahí la suerte y el molinero se quedó para toda la vida desde mil novecientos diez, fecha en que su madre, primeriza en esto, empezó a quejarse de fuertes dolores, y su padre salió disparado en busca del señor médico.

Y el Tajo, desde el principio, entró a formar parte del cuerpo y de la sangre del recién nacido Antonio. Ya la primera noche, en la aceña, la pasó oyendo el batir de las palas, pues no se pudo interrumpir el trabajo hasta la madrugada; y, aún después, la corriente siempre tiene un rumor especial a distancia, a camino reposado, que se cuela por detrás del alma y se instala definitivamente cerca del corazón.

Y cerca del corazón lo llevó él, y de las nalgas, que en más de una ocasión volvía, de niño, rebozado a casa con la pobre excusa de un empujón a mala uva, y le tenían que dar unos cachetes, más por la suciedad que por la mentira.


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Publicado el 25 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

Primer Cuento Sobre la Esclavitud

Arturo Robsy


Cuento


—¿Puede escribirse un cuento de cualquier cosa?

—De cualquier cosa, no. De casi todas, sí.

—¿Hasta un cuento de la verdad?

—Hay verdades que, aún sin escritor, son cuentos, y muy divertidos. Hay otras que son tan verdad que parecen mentira, y por fin, de las que se pueden decir cosas interesantes: este es el caso de los sacacorchos, por ejemplo.

—¿De mí podrías escribir un cuento?

—Supongo que muchos.

—¿Cómo?

—Di tu nombre. Preséntate.

—Me llamo Pedro Martínez. Nací, según me dicen, el doce de agosto de 1948. Fui al colegio de los Hermanos: estudié hasta cuarto de bachillerato y ahora trabajo como oficial administrativo en...

—¡Chis! No importa el nombre de la empresa.

—¿No? Bueno: ¿me haces el cuento?

—De acuerdo: ¿qué hiciste el domingo pasado?

—Dormí un buen rato, para desquitarme de la semana. Luego me lavé bien, me vestí y me fui de paseo.

—¿Adónde?

—¿Adónde va a ser? A la calle. Di una vuelta solo y me encontré después con Juan: así otra vuelta acompañado. Tomamos un aperitivo en la bodega y, como no nos venía el hambre del todo, nos calzamos otro en un bar. Anduvimos un rato más y nos fuimos a comer.

—¿Y por la tarde?

—Hombre: miré la tele y me fumé unos cigarrillos. Arreglé un enchufe que daba calambre y me fui al cine de las siete.

—¿Solo?

—Solo.

—¿No tienes amigos?

—Claro que sí, pero ellos, además, tienen novia.

—Y tú, ¿por qué no?

—¿Qué quieres? Esto de las novias tiene sus más y sus menos. Cuando te enamoras de una, pues, a lo mejor, nada, te entra el miedo. En cambio cuando no lo piensas, ¡zas!, ya estás cogido.

—Pero, ¿por qué no tienes novia?

—Porque no la encuentro.

—¿Y por qué no la encuentras?

—Porque no la busco.

—¿Y por qué no la buscas?


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Publicado el 31 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Padre Adán

Arturo Robsy


Cuento


Mi querido profesor es un asno, pero cuenta con la ayuda de otros muchos asnos, de manera que todos le llaman El Gran Léligo, ilustre catedrático, afortunado arqueólogo, cuando en realidad es un mediocre excavador, con sangre de topo y cierto abuelo pocero, del que le viene, sin duda, la afición.

Léligo se quedó en Momnsen, si es que estuvo en él alguna vez, y, desde que vio por primera vez la película "En busca del Arca perdida", ha entrado en ebullición, reciclado a través de Hollywood, y obliga a leer la Biblia a todos sus alumnos de Historia Antigua.

Y es cierto que Léligo es famoso y considerado a pesar de no haber toocado un pico en su vida. También es cierto que ha encontrado tres o cuatro muelas de simio que, según él, es un retatarabuelo de la humanidad católica, y que en las enciclopedias aparece la foto de un hueso viejísimo con la leyenda "el mentón de Léligo". Pero se oculta cuidadosamente que es un rematado asno, que tiene el seso licuado, que pertenece a la categoría de los modorros (según Quevedo) y que jura haber sido perseguido — campo a través — por un OVNI.

Decía que Léligo, después de los hallazgos de molares y mentón, vivía en una especie de cómodo sopor, muy de acuerdo con su carácter, dedicando las campañas de verano a la excavación de una villa romana en la que sospechaba, ¡cosas suyas!, que vivió hasta la muerte Herodes, después de que Augusto le dijera que no quería volverlo a ver por Palestina.

— El mismo Herodes que vistió de loco a Jesucristo, ése, tuvo que refugiarse en Hispania, a orillas del Mare Nostrum, y yo sospecho que vivió en esta villa. Como este reyezuelo y Poncio Pilatos, también retirado en España, se conocían bien, es posible que el uno fuera huésped del otro, o viceversa.


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Publicado el 14 de abril de 2017 por Edu Robsy.

Ojo, Colón

Arturo Robsy


Cuento


El que se preocupa de los ecos de sociedad en los descansos de Cristal, seguramente se ha enterado de que a Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océana, le han buscado un buen partido: nada menos que la Estatua de la Libertad de Nueva York.

Se trata, claro, del Cristóbal Colón que contempla Barcelona subido a una columna y no se cansa de señalar las bellezas del lugar o la Ciudad Olímpica. Alguna mente, cansada de trabajar en el vacío, ha emitido la idea de celebrar un matrimonio entre Don Cristóbal y Doña Libertad. Los broncíneos novios no han objetado nada, aunque él es mucho mayor y ella mucho más voluminosa.

El pensador o pensadores, escapados a medio disecar de algún tarro de formol, suponen haber dado con un bonito gesto simbólico: Colón, que va a América, y la Libertad que, viendo lo que ve en Manhattan, está de vuelta de todo.

Dotados de un cerebro incipiente, todavía no han reparado en que La Liber tiene una hermana parisina, que en realidad es la misma, pero acabarán descubriéndolo y, a la postre, nos explicarán que mucho más simbólico es un matrimonio a tres bandas: Colón con las dos Libertades, una a la izquierda, francesa y presta a hacer rodar cabezas, y otra a la derecha, del Partido Republicano, dispuesta a meter mano a cuanto dólar divise.

Insisto en que no sé qué ganglio nervioso ha alumbrado la idea, pero no puede tratarse de un ganglio español. Un Latinoespañol, conocedor de las costumbres endémicas, no ignoraría que decenas de jueces cimarrones vagan por calles y campos prestos a caer sobre quien se descuida.

Si el Almirante de la Mar Océana, lleno de vigor a los quinientos años, se casa con las Libertades, no faltará magistrado que, tras meditar en su guarida, comprenda que está ante un caso clarísimo de bigamia. Simbólica, pero bigamia.


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Publicado el 10 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Retrato de Navidad

Arturo Robsy


Cuento


(A las tantas de la tarde del día veinticuatro o día de Nochebuena. Por las calles húmedas viene y va la gente. "Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad". "Dame la bota, María, que me voy a emborrachar". "Y al Niño recién nacido los pañales le han robado". Esta gente es, según su piel, blanca, sonrosada y atezada. Según su vestido, gris, negra, verde, ocre, marrón y azul. Según su pelo, negra, dorada, roja y marrón. Y, así, todos los colores acaban por cernerse sobre cada persona, según sus ojos, sus uñas, sus ilusiones y sus miserias).

Por estas calles sin cielo (porque el cielo amenaza lluvia y ruina de alegrías) los amigos catalogan escaparates y jovencitas; aspiran con glotonería el olor a refrito que sube de las bodegas y que revolotea en torno a los bares; hablan de Navidades ya desvanecidas donde hubo aventuras, trasnochos vinosos y canciones que tiritaban en el alba fría.

A esos amigos me acerco precisamente. Mañana tal vez necesitarán tisanas para despejar las ideas, pero hoy, en mitad de la tarde que termina, están lúcidos y poseen todos los rincones de sus ilustres cabezas.

—Encuesta Pública: ¿Qué es la Navidad? —pregunto.

—Págate un vino y tendrás respuestas.

(Así pues, bajamos al calorcillo de una bodega y nos instalamos en mitad de ese tufo a gente, de los humos conjugados del aceite y del tabaco, y nos ponemos a beber a tragos cortos, que es como se bebe de verdad).

—La Navidad —me dice Miguel— es un pretexto.

—¿Para qué?

(Miguel abre los brazos como un viejo Cristo velazqueño).

—Para todo. Para bebe, como ahora nosotros. Para gastar. Para cantar. Para hacer regalos. Para alegrarse. Para vender...

(Vicente interviene sonriéndose para adentro).

—Hay una teoría: que se celebra el nacimiento de un Dios, del Dios Hijo. Pero sólo es una teoría.

—¿Por qué? —vuelo a preguntar.


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Publicado el 7 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Primeras Crónicas Populares del Viejo Buda

Arturo Robsy


Cuento


Buda ha sido, sin duda, uno de los cinco hombres que más han influido en el Pensamiento Universal. Yo, como el doscientos por cien de los españoles, al pensar en Buda imaginaba estatuas con enormes brazos debajo del vientre, piedras con la pátina de la edad, exóticos nombres como Yokohama... Pero la resonancia de Buda fue tal que el pueblo —su pueblo— se le apoderó de la figura para transplantarla a una mitología del más puro sabor popular.

Martin Hoenülher tradujo al bávaro una pequeña colección de Máximas de Buda oídas a los nativos (mientras comían con curry) durante su viaje a La India en 1837. He tomado nota de algunas de ellas, porque el lector menorquín merece sonreír un poco y meditar otro poco ante estas perlas de sabiduría popular, tan parecidas algunas a nuestro refranero.

Retrato de Buda

Era un viejecito —no un hombre viejo— miope, profundamente alegre, con el vicio de inclinar la cabeza para escuchar (quizá a causa de una sordera no confesada), el de tomarse seriamente las cosas serias y el de sonreír por encima de todo. Pasó la vida recorriendo el mundo, hablando lo imprescindible y meditando. Al contrario que muchos pensadores occidentales, él no encontró amargura en el poso de las cosas, ni se inclinó por la crítica acerba.

—Vivir, como morir —dijo en los últimos golpes de la agonía— sólo tiene un inconveniente: la espera.

Anduvo muchos caminos Buda. Se adentró en mil nuevas fronteras y su ingenio (mucho más castizo de lo que el lector pueda imaginar) quedó ahí, a la vista de todos, dando definitiva y precisa fe de cómo se puede ser santo sin pasar por tonto.

(¡Ah, estos hindúes! Si un día se comen las vacas no sabrán qué hacer con tanto cuerno).

Primera serie

(Máximas Cortas. By Martin Hoenzülher. Edición en bávaro de 1838)

(Reinaba Chundraguptha)


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Publicado el 11 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Primeras Notas para la Historia de Menorca en 1973

Arturo Robsy


Artículo, crónica


Estoy seguro de que dentro de 100 años seremos unos desconocidos. Los futuros menorquines de entonces no habrán visto de nosotros más que retratos descoloridos o, con suerte, nuestros rostros viejos antes de morir.

Las fotografías que tan alegremente nos sacamos con nuestras máquinas de plástico y que tan caras nos resultan, serán cartulinas apenas sin color en el interior de los pocos álbumes que por esas épocas sobrevivan. Alguien dirá señalando la foto de un muchacho que hoy tiene dieciocho años:

—¿Y éste? ¿Quién es?

El heredero del álbum, joven dentro de 100 años, hará memoria:

—Un bisabuelo, creo.

—¿Y cómo se llamaba?

Y lo más probable es que el joven no lo sepa y tenga que consultar a su padre, o a la fecha escrita detrás del cartoncito.

Como sabemos todo esto, es obligación nuestra dejar a esos descendientes (que en este momento a lo mejor leen el cuento) un relato fidedigno de nuestra Menorca de 1973, con todo lo que esto significa.

Aquí queda, pues, este trabajo para los historiadores de lo porvenir.

Menorca era, a finales de 1973, una isla de tantos kilómetros cuadrados, menos tantos otros que pertenecían a extranjeros. Su población ya no se contaba en "almas" como en los viejos libros de geografía, seguramente por la dificultad de sacarlas a flote: se hacía por censos, consumo per cápita de kilovatios-hora, número de teléfonos y número de televisores.

La gente, como siempre, iba y venía de acá para allá, sólo que, últimamente, en lugar de ir a merendar bajo un pino y engrasarse bien los dedos con tortilla de patatas y cebolla, prefería comer al amparo del cemento de restaurantes donde, en ocasiones, alcanzaba a hacerlo tan bien como en su casa.


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Publicado el 11 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Esponsales

Arturo Robsy


Cuento


Para Juan Luis Sánchez
 

—¿Por qué no? —dijo el Padre por enésima vez. Llevaba cosa de minuto y medio repitiendo "¿por qué no?" como si le encantase el sonido de las tres sílabas o sacase de ello singulares placeres vedados al resto de los mortales.

—¿Por qué no? —manifestó aún.

El Novio a quien dirigía sus inquisitoriales salvas no supo qué responder. El mismo se hacía, de bocas para adentro, las mismas preguntas: "¿por qué no?". Así uno y otro desgranaban su rosario de sonoras sílabas sin llegar a mejores soluciones.

—Quisiera —explicó el Padre— que usted me comprendiese bien.

—Claro, claro —dijo el Novio, que aún no consideraba necesario prescindir de la cortesía—. Claro, claro.

—Usted me dirá —aventuró el Padre— que soy demasiado exigente.

—¡Oh, no! ¡Oh, no!

—Sí, sí. Usted dirá eso. Incluso se preguntará por los derechos que puedo o no tener, y hasta por la justicia de mi decisión.

El Novio puso cara de rotunda negación, la misma que exhibía, años atrás, frente a los profesores que le acusaban de algún pecadillo estudiantil. Para su caletre, en cambio, hacía ya tiempo que decidió que su Futuro Suegro o estaba chalado o necesitaba unos buenos remiendos en la íntima y secreta tela que los hombres suelen llamar alma.

—Veamos —dijo el padre—: usted se ha presentado aquí con la intención de recibir a mi hija a cambio de nada.

—¡Pero para casarme con ella! —exclamó el Novio ruborizado con la sola idea de pretender a la hija de aquel señor por otros motivos menos razonables y románticos.

—Para casarse con ella, así —puntualizó el Padre. Ahora bien: es cierto que usted no me da nada a cambio y que será el único beneficiado si el trato se cierra en las condiciones que usted fija.

—Yo... —comenzó el Novio con voz insegura.


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Publicado el 1 de abril de 2019 por Edu Robsy.

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