Textos más descargados de Arturo Robsy | pág. 13

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autor: Arturo Robsy


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El Affaire Sodoma

Arturo Robsy


Cuento


"Entonces Jehová le dijo: por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré." (Génesis, 18-20 y 21).
 

Y más abajo, se lee:


"Entonces respondió Jehová: si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad perdonaré todo este lugar por amor a ellos." (Génesis, 18-26).
 

Y fueron los observadores a Sodoma, ciudad de muchos pecados y pocas advertencias, de donde les había llegado un gran clamor. Un clamor que empezaron a notar tan pronto como estuvieron a las puertas de Sodoma.

Cien sirenas de aire bramaron por encima de los tejados. Millares de máquinas trepidaron al empezar el mecánico y trabajoso despertar de la ciudad. Centenares de motores, pasando por su lado, les ensordecieron.

—Sodoma —dijo uno— es una gran ciudad.

—Sodoma —dijo al otro— ha crecido demasiado.

Un vapor oscuro enturbiaba el aire. Surgía del asfalto muchas veces recorrido por los automóviles; las enormes chimeneas de las factorías; de los poderosos compresores y hasta de los hombres que continuamente fumaban.

A través de este vapor, los contornos y perfiles de la ciudad se distorsionaban. Nada era exactamente íntimo. Nada recordaba al aire vecinal y humano que tuvo una vez Sodoma.

—¡Vaya clamor! ¡Cuánta razón han tenido al quejarse!

En efecto: el clamor era más bien espantoso; tanto para los oídos, que temblaban como tirantes parches de tambor, como para los ojos, que se perdían en el humo, como para el olfato, que se irritaba a fuerza de olores espesos y polvorientos.


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Publicado el 15 de junio de 2019 por Edu Robsy.

Eduardo Libre No Irá al Paraíso

Arturo Robsy


Novela, Cuento


Aviso primordial— Se cuentan como langostas los lectores de «CÓMO SER UN SINVERGÜENZA CON LAS SEÑORAS», que se escribió como burla hacia los relatos de amor en general y hacia los de color subido en particular. Su extraordinaria difusión en la red me abrumó, sobre todo al ver que una página porno tenía la obra entre sus relatos preferidos.

Pero el público es el público y, puesto que mi humor sigue zumbón respecto de los amoríos, aquí está este libro que burla sobre los sentimientos, ya satisfechos, ya heridos. Puede distribuirse libremente por la red, entero o por capítulos, pero no debe cambiarse el texto ni hacer con este escrito ninguna actividad comercial.

PRIMERA PARTE

1. EL TELÓN DE SEDA

Inés y Eduardo llevaban unos meses saliendo juntos a plena satisfacción. Habían superado cuantas fases del galanteo se les presentaron y alcanzado ese punto de intimidad —irrepetible después— que permite al hombre soltar las manos en cualquier momento y hacer diabluras con ellas mientras la mujer, todo lo más, sonríe pacientemente.

Ambos eran adultos y habían disfrutado descubriendo sus muchas diferencias, si bien ni el uno ni la otra sospechaban que eran muchas más de las que se ven a simple vista. Desconocían lo que puede llamarse el telón de seda o el telón de espuma de afeitar.

Gracias a estar en ese momento de oro del galanteo, no siempre sabían qué mano era la suya ni exactamente dónde la metían. Tampoco era que se preocuparan mucho de averiguarlo cuando estaban en la intimidad.

El, más osado, a veces actuaba a la intemperie, en paseos públicos y en playas. Caricias furtivas, dirían algunos; besos apresurados, opinarían otros, pero Eduardo lo que hacía en realidad era meterle mano a Inés al primer descuido. Tanto como podía.


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Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Dos Consejos

Arturo Robsy


Cuento


Cuando el director de mi periódico envió a buscarme, estaba yo poniendo en limpio un natalicio. Siempre —aunque no se lo crean— hay alguien que escribe eso de que "el hogar de la familia Rodríguez—López se ha visto alegrado con el feliz nacimiento de un hermoso varón que, en la pila bautismal..." etcétera. También comprenderán que quien hace estos trabajos no es precisamente el que firma los artículos de opinión, donde se pone el mundo patas arriba, se le despieza y se le reconstruye al gusto del consejo de administración.

Mi periódico es muy bueno. Hay gente que no vota sin leerlo antes y gente que antes de leerlo no entiende ni lo que le acaba de suceder. Lanzamos modas, verbos y expresiones de éxito como "hegemonizar una región", "apretada agenda altamente importante" y "obsolescencia institucional". Se dice, con razón, que ayudamos a gobernar y, en ocasiones, que el gobierno nos paga el favor.

Cuento esto por dos motivos: el primero es resaltar que pertenezco a una buena y famosa escudería, y el segundo es advertir que, a pesar de ello, no soy en absoluto responsable, porque para ser periodista de Opinión lo primero que se necesita es no ser periodista, vivir lejos de los teletipos y de la redacción, lo que equivale a ignorar la realidad. Ahí tienen, bien clara, la razón por la que no firmo estas cuartillas: cuando escribo pagado puedo ser una cosa u otra, o ambas si se tercia, pero cuando escribo gratis puedo permitirme el lujo de ser yo mientras prescinda de poner mi nombre debajo.


Decía al principio que el director me mandó aviso:

—Un pez gordo necesita un "negro". —me dijo.


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7 págs. / 12 minutos / 107 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Don Dimas y su Última Aventura

Arturo Robsy


Cuento


Hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.

Se dice —y no lo suficiente— que 10.000 niños mueren al día de hambre.

De HAMBRE. En Zambia, sin ir más cerca, de cada cuatro recién nacidos, uno muere indefectiblemente. Solamente en Asia hay más de mil millones de analfabetos, un poco menos del tercio de la población mundial. Y, por si fuera poco, diariamente nacen más de 187.000 pequeños terrestres.

Se dicen otras cosas sin el eficaz apoyo de la estadística: subidas de precios; salarios poco, muy poco elásticos; disminuciones en la habitual corriente turística y aumento de contaminadores y contaminantes...

Hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.

Y si no, pregúnteselo al bueno de Don Dimas. Poquita cosa él. Dueño de un nombre con sonido de campanilla (Don-Di-mas); siempre agazapado tras su sonrisa de conejito bueno; con los ojos continuamente abiertos, quizá de miedo... Y eso que Don Dimas ni era analfabeto ni nació en Asia ni se murió de hambre.

Le mató el corazón. De golpe. El corazón mata de diversos modos. A veces presenta su tarjeta de visita y aguarda pacientemente. En ocasiones se contenta con un par de timbrazos previos. En otras... nada: echa abajo la puerta y no da tiempo ni a decir "Jesús".

Don Dimas tuvo una muerte de este tercer tipo, que es el más cómodo para el que se va y el más incómodo para los que se quedan. ¡Qué de sobresaltos! El corazoncito de Don Dimas estaba fatigado ya: sesenta años de esfuerzos más o menos intensos y, por supuesto, de sinsabores.


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5 págs. / 9 minutos / 77 visitas.

Publicado el 31 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

Confía en España

Arturo Robsy


Ensayo, política


Introducción

Decía Ismael Medina en un lejano artículo, citando a Jacques Bergier, que «sólo las armas parapsicológicas pueden lograr el triunfo de una guerrilla urbana a condición de que el poder instalado no sea el primero en utilizarlas, ya que también pueden convertirse en un instrumento de represión.»

En España tenemos un poder que ejerce en los dos bandos posibles: en el Gobierno y en la Revolución, alternando las acciones legislativas con las revolucionarias, y aspirando, desde el mismo momento de su instauración, no a cambiar la sociedad española (mejorándola, engrandeciéndola, culturizándola, instruyéndola y enriqueciéndola), sino a SUPLANTARLA, a hacer otra nación, todavía con el nombre de España pero sin su cultura, sin su carácter histórico. Sin sus tradiciones y sin su religión.

El poder es, desde el 76 y más desde el 82, el principal factor de la revolución en España y, convencido de que hoy no es posible hacerla de un día para otro con las masas en la calle, se ha embarcado en un proyecto a largo plazo para suplantar a España por otra cosa. En el mundo actual, donde las masas están descubriendo de nuevo el individualismo, egoísta sin duda, es imposible usarlas como fuerza de choque según los cánones de la Revolución de Octubre rusa, pero Sí es posible desarraigarlas, como hacían los asirios cambiando a pueblos enteros de territorios, cambiando hoy a pueblos enteros de cultura, en cuyo caso, perdidos sus marcos de referencia, son pueblos sin personalidad y sin capacidad de reacción.

Nueva definición

En política, los españoles tendemos a darle un elevado valor intelectual y moral: desde la libre representación del pueblo a la consecución del bien común, pasando por creer que es el arte de lo posible. Pero esto ya no es así, puesto que la política práctica hoy al uso en España es solamente un método para manipular mejor la opinión de de los ciudadanos


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22 págs. / 39 minutos / 82 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.

¡Chis! Silencio

Arturo Robsy


Cuento


El pueblo se ha dormido. ¡Chis! Silencio. Sólo la luna se pasea, como siempre, buscando sabe Dios qué cosa perdida entre los tejados. Sólo el perro aquel, que vive junto al molino, aúlla largamente, aburrido de la soledad, la noche y el frío. Sólo un sereno, uno sólo, se arrebuja un poco más en su amplio capote y piensa en las cosas negras que la noche sugiere.

¿Que cómo se llama el pueblo? Pues no lo sé: el nombre de los pueblos está en la carretera, escrito en el poste indicador, y, también, en la cabeza de los impresos del municipio, pero estoy entre las calles y tampoco alcanzo a ver, desde aquí, la fachada del Ayuntamiento. Es un pueblo sin nombre, como todos lo son cuando la noche se abate; un pueblo lleno de gente como muerta, encerrada en los nichos de su dormitorio y remachada con el silencio del sueño. Un pueblo, vamos.

¡Chis! Conviene callar. ¿Ven, a lo lejos, aquella sombra que se bambolea entre las esquinas? Es José (no Pepe). Un chalado, como dicen por estas tierras. Anduvo mucho tiempo perdido por esos mundos y cuando regresó, hubiera podido hablar de ciudades exóticas: Estrasburgo, París, aquel Zuiderzee helado y húmedo donde tuvo que dormir a veces... Hubiera podido hablar, no cabe duda, pero no lo hizo. Calló y, así, poco o nada es lo que se sabe de él. José es viejo. Volvió viejo, consumido de años y de no sé qué miserias en el alma, y, ahora, remienda algún zapato viejo o pone medias suelas a las botas de los muchachos revoltosos. También recibe algún dinerejo de una iguala que pagó hace mucho, y, con eso y lo que buenamente se le da, va tirando el pobre.


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6 págs. / 12 minutos / 70 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Aún Me Parece Cercana...

Arturo Robsy


Cuento


¿Qué cosa? Mi infancia. Sí: aún me parece cercana por más que ya son muchos los años que me separan de ella y que pronto, irremediablemente, serán demasiados.

Muy buena debió de ser, porque aún la llevo dentro, aún no la he abandonado del todo y siento las preguntas asombradas al borde de los labios, las viejas ganas de iniciar el juego, el momento especial en que los ojos se te quedan quietos, fijos en todo cuanto de irreal te rodea, únicamente atentos a la imaginación que, por dentro, te habla de paisajes lejanos, estrellas muy bajitas y aires removidos que se pueden palpar con las manos.

A veces tengo la impresión de no haber salido de esa infancia mía, de ser aún el niño que amontonaba leña cada tarde para encender un poco más el ocaso. Me sorprendo al mirar los rostros de los mayores desde la misma altura, o al tener que agacharme para sortear cualquier inoportuno toldo de un comercio... Es que la infancia aún está conmigo, aún me sujeta y me hace vivir la impresión de que esto, el bolígrafo, el papel, los nuevos deberes y las irremediables angustias, no es más que el viejo juego que se inicia y sucesivamente se engrandece.

Por eso en el espejo me veo igual que cuando... que cuando aún era más niño. También, por supuesto, me queda la impresión de que viví mi infancia a trozos, en el verano, por ejemplo, que entonces era enorme, prolongado, inacabable... Casi tan costoso como el invierno.

A fuerza de recordar tengo presentes los veranos, pero no el tiempo que los separaba, no el otoño, no el largo invierno, porque entonces, como la naturaleza, entraba en un letargo del que sólo la nueva primavera me arrancaba, ya retozón y aventurero.


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6 págs. / 12 minutos / 71 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2021 por Edu Robsy.

Aquel que Era Patriota y No Entendía ni Torta

Arturo Robsy


Cuento


«Vale más dominar un mercado que disponer de una fábrica». Guglielmo Tagliacarne.


—¿Cuándo hemos estado mejor que ahora? —me decía aquel que era patriota y no entendía ni torta.

—Nunca.

—¡Ajá! —exclamaba satisfecho—. ¿Y cuándo hemos tenido tanta riqueza?

—Nunca fueron tan ricos los ricos y los pobres.

—¿Cómo? Un pobre de nuestros días vive mil veces mejor que Creso o Midas.

—Desde luego: ni Creso ni Midas se paseaban en autobús o pagaban el recibo de la luz.

Mi conocido, el falso patriota, se hincha como un balón y me mira sonriente, consciente de haberme demostrado ya las ventajas de nuestro tiempo. Compone con las manos un gesto de "¿se-puede-pedir-mas?" y me convida a tabaco.

—Los jóvenes —me dice con paternal confianza— no habéis conocido malos tiempos. No, no me refiero a la guerra...

(¡Menos mal! —pienso— ¡Menos mal!)

—Con hambre los problemas son mayores. Nada hay peor que un padre de familia que no tiene trabajo, porque no lo hay. Vosotros ya habéis vivido en la época de la abundancia y no recordáis las cartillas de racionamiento que tuvisteis de pequeños.

—No hay nada de malo en eso.

—Claro que no; claro que no —se repite para darme a entender que simpatiza con los jóvenes—. Yo creo en la juventud.

(¡Ay! Lo dice igual que cuando afirma creer en Dios, en el Mercado Común y en la Resurrección de la Carne. Nada hay peor que un hombre que cree en demasiadas cosas y no tiene tiempo para comprender ninguna).

—Sois —explica— nobles, abnegados, románticos. Os bullen las ilusiones y estáis dispuestos a sacrificaros por una buena causa. Idealistas: eso es.

(Continúa, pues, acumulando tópicos).

—Entonces...

—Nada... Salvo que, como no habéis conocido otros tiempos, os es muy fácil criticar a la ligera.


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Publicado el 26 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Adán y Eva Bis

Arturo Robsy


Cuento


—Seguramente el fin del mundo nos aterroriza a causa de que supondría el final del hombre como especie. ¿Somos capaces de imaginar un universo sin el ser humano? No.

Esto,y lo de más allá, decía un conocido filósofo en un no menos conocido Congreso de Filosofía. A tenor de la verdad, estos caballeros se habían reunido más para charlar de sus cosas ("¿Cómo te va?", "¿Y María y los niños?", "Los míos ahora estudian piano", etc.) que para poner en orden los asuntos de sus correspondientes disciplinas.

Además, cuando esta historia tuvo lugar, la fiebre por esta clase de reuniones había estallado y hasta se construyó una ciudad exclusivamente para celebrar Congresos: una ciudad moderna y, de acuerdo con el progreso, monumental y rectilínea; es decir, fea. Y en ella no era extraño que se celebraran dos o más congresos a la vez. Como en nuestro caso.

Técnicos en balística y filósofos tenían su reunión anual y ambos, de común acuerdo, decidieron tratar el problema de la supervivencia humana. "El hombre —pensaban— es algo muy importante que no debe extinguirse". Pero al pensar en el hombre, lo hacían con los ojos vueltos hacia el Discóbolo de Mirón o el David de Miguel Ángel, que hacía el ciudadano medio, vestido de gris, con los ojos grises y el almita gris también a fuerza de monotonía, aburrimiento y miseria (que la miseria, por cierto, no es cuestión de dinero, sino de actitud ante el mundo).

En fin, que filósofos y pirotécnicos deseaban salvar a la especie humana, pero no a un hombre ne particular, no al técnico empresarial, ni al bandido adulterador de alimentos, ni al famoso futbolista. El hombre, en sus mentes privilegiadas, era un abstracto más, y nada tenía que ver con aquellos seres, a medias sórdidos, a medias heroicos, que se hacinaban en las superpobladas ciudades.


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Publicado el 30 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

A Vida y Muerte

Arturo Robsy


Cuento


Miguel de los Santos tenía una mujer muy bella y unos celos muy feos que le llevaron a convertir su casa en comisaría. Paseaba por ella reparando en los detalles y practicando interrogatorios:

—¿Qué hace este hilo verde en el respaldo? —preguntaba.

—Será de cuando ayer cosí.

—¿Por qué está la toalla en el dormitorio?

—Al salir de la regadera y vestirme la olvidé, seguramente.

Miguel de los Santos miraba a su bella mujer y sospechaba. Unas veces en silencio y otras, no. Ella era la muleta en la que apoyaba el peso de sus miedos secretos.

—Tú me quieres, ¿verdad?

Y le quería. Sintieron un amor que reventaba en el pecho; un ansia desconocida. Pero amar y vivir son cosas distintas y las continuas sospechas de Miguel de los Santos no podían menos que provocar tentaciones y ensueños.

Por fin hubo otro hombre. Si Miguel sospechaba sin razón, sospecharía de igual modo con ella, como así fue hasta que en una discusión los ánimos subieron a gritos y los gritos a las verdades que no deberían serlo:

—¡Claro que te engaño! —dijo Amalia como una furia.— Con un hombre mejor que tú. ¿Y qué?

Nada. Miguel de los Santos quedó mudo y frío. Había pensado demasiado en la posibilidad para tener alguna duda. Así pasó al plan B, que era la pistola. Sin una palabra de despedida, sin un reproche, le disparó bajo el seno izquierdo y ella le siguió mirando con furia hasta que comprendió lo que pasaba en el momento que la muerte la pilló por los cabellos.

Miguel de los Santos la llevó al lecho y dispuso el cuerpo con cariño. Lo lavó, recordando toda la vida que llegó a haber en cada parte. Lo besó, sintiéndose tan herido en el corazón como ella.


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3 págs. / 6 minutos / 381 visitas.

Publicado el 28 de enero de 2018 por Edu Robsy.

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