Textos más descargados de Arturo Robsy | pág. 9

Mostrando 81 a 90 de 184 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Arturo Robsy


7891011

No Era Amistad

Arturo Robsy


Cuento


Al pescador le faltaba un dedo y al perro, el rabo. El rabo que le cortaron para mejor cazar cuando era un cachorro, mucho antes de que se descubriera su incapacidad para el rastreo.

El perro era de un viejo predio, y todo el mundo sabe que en esos lugares no se alimenta a los inútiles, de modo que, al año de su nacimiento, se encontró siguiendo una carretera y bebiendo en los charcos de la cuneta. Seguramente no acababa de comprender su postura y caminaba perplejo, entre dolido y triste.

Antes de esto, sus amos le llevaron, en un coche, muy lejos; kilómetros y kilómetros tomando curvas y salvando baches; y él, infeliz, ladraba con su hocico pegado al parabrisas, convencido de que se aproximaba una gran cacería.

Así quedó abandonado la primera vez, pero achacó a un descuido de sus queridos "humanos", madre y padre en una misma persona que le alimentaba y le acariciaba y, también (ay) le golpeaba.

Y volvió. Cruzó la fronda, se rasgó la piel en los aulagares, esquivó automóviles, pero volvió.

Se lo llevaron. Volvió.

La tercera vez hubo una pequeña discusión en la casa: el perro era un problema y ellos no podían perder el tiempo alejándolo y alejándolo.

El payés dijo que le iba a pegar un tiro. Madona se encogió filosóficamente de hombros pensando, quizá, en la cosecha de pimientos, y él, ajeno, movía el rabo satisfecho de estar de nuevo en su hogar, y hurgaba con el hocico entre los desperdicios de la cocina.

Luego, el hijo, un muchacho torpón y sucio, sintió algo parecido a la piedad y la ejecución quedó aplazada. "Si regresa la próxima vez" —dijeron, y se lo llevaron al mar, a la distancia más larga. Allí se quedó. Allí estaba, caminando por la carretera y bebiendo el agua de sus charcos, preguntándonos lo que sucedía.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
2 págs. / 4 minutos / 90 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

Mayoría Popular

Arturo Robsy


Cuento, Crónica, Política


Mayoría popular: ¡Por fin España votó a derechas!


Este era el titular, zumbón pero descriptivo, de aquella mañana: en las páginas interiores, la información detallada de lo que todos vieron por la tele. Los ordenadores habían sufrido el colapso de costumbre y, luego, otro mayor al contemplar el fuerte color verde de la cara del vicepresidente al ver, por primera vez, los avances del escrutinio.

Miraba los papeles. El saber leer como cualquier intelectual no le facilitaba las cosas. Lo que los ojos le decían no lo asimilaba el alado espíritu. ¡Por la estilográfica de Machado y el patio con limonero adjunto! La mayoría se le había desmandado: los pobres y los descamisados mordían la mano que tanto los atornilló.

Verde que te quiero verde, sacó el coraje de su estuche y desenroscó la lengua: con un cuarenta y siete por ciento de los votos escrutados, el PP tendría 213 escaños, 82 el PSOE...

Se volvió. Creía haber oído risitas a su espalda.


* * *


Chiqui Benegas, especialista en excusas, llevaba tres horas pensando a cinco atmósferas. Descubrir el "Efecto Segunda Vuelta" de Melilla sólo le había costado una, pero no siempre las explicaciones oficiales redondas acudían, ligeras, a su mente progresista. Su yo más íntimo, en los descuidos, parecía opinar que los diferentes "Casos Guerra" ilustraban sobradamente el revolcón.

—El Socialismo —dijo cuando estuvo convencido de que casi todo cuela— ha conservado su cuota de votos. La derecha se ha unido, viéndose favorecida por la Ley d'Hondt. Culmina así un proceso de acoso pero no de derribo. Por otro lado, ha actuado el "Síndrome del Este".

Los múltiples secretarios usaron los teléfonos para advertir a todos los que aguardaban a la versión oficial para hacer declaraciones:

—Consigna: todos contra el Psoe, ya podrán. Y, "Síndrome del Este".


* * *


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
9 págs. / 16 minutos / 62 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Los Bienaventurados

Arturo Robsy


Cuento


No dejéis a los niños sin justicia ni sin pan. —Proverbio francés.


Desde el Paraíso la Tierra se ve con una extraña y reconfortante forma de manzana, que hace olvidar a los bienaventurados que, allá abajo, continúan todavía los problemas de su época. En ocasiones, gustan de elucubrar sobre el destino del mundo si tal o cual cosa no hubiese sucedido.

—Si Ciro no hubiese nacido...

—Si Alejandro no hubiese muerto...

—Si César no hubiese pasado el Rubicón...

—¿Quién me iba a decir a mí que las ideas de aquel teniente de artillería tardarían tanto en apagarse? Si Napoleón no hubiese...

Eran distracciones de las buenas gentes, que, pese a ser inmensamente felices, pensaban todavía en la Tierra y se sentían, a veces, dominadas por la nostalgia. Por eso el Buen Dios que todo lo comprendía, les dio la facultad de contemplar de cerca a los mortales y, en ocasiones, hasta captaban retazos de sus conversaciones. Lo que invariablemente sí llegaba hasta sus oídos era el fragor de los tiroteos o el estallido de las enormes bombas, y ellos, meneando tristemente la cabeza, murmuraban:

—Siguen todavía. Siguen todavía.

Pero incluso en su queja había una sagrada inconsciencia, una falta de miedo por el destino de la humanidad, ya que morir, ¿qué significaba en un lugar como el paraíso? ¿Acaso no habían muerto ellos? Deploraban que los hombres diesen tanta importancia a cosas evidentemente secundarias, como la vida y la muerte. Un aspecto peor del mismo problema era que se atentase contra la vida de los genios o se condenara al ostracismo al eminente físico que no quiso hacer, por ejemplo, una nueva bomba. Y, también, sufrían por la falta de fe de los hombres, y por sus vicios... hubieran querido encontrar un modo de convencer a toda la humanidad para que abandonase sus errores.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 49 visitas.

Publicado el 13 de mayo de 2022 por Edu Robsy.

Largas Vacaciones

Arturo Robsy


Cuento


— Santo Padre — dijo mi hijo, que ha aprendido a seguir mi humor primaveral y festivo — ¿Por qué no me cuentas un cuento de los tuyos?

"De los míos" quiere decir un cuento desconocido, un cuento nuevo y, a ser posible, enredado; de ésos que solemos inventar los padres cuando tenemos tiempo o cuando seguimos conservando el alma deslumbrada y mágica de los niños.

— Érase una vez... — empecé sin hacer más comentarios.

— Ése ya me lo sé. — me interrumpió el niño — Hay cuentos que empiezan con "Érase una vez" y otros con "Esto era", y hasta he leído uno que dice "Tenéis que saber que...". Yo quiero un cuento moderno.

— Pues a mí me gustan los antiguos, con lobos y caperucitas y ogros y gigantes y princesas. ¿Te he contado alguna vez lo que me pasó el primer día de Primavera?

Dijo que no el chico, así que puse en marcha el motor de la fantasía y, poco a poco, fui soltando el embrague:

— El mundo no es exactamente como parece. Ya sabes que todas las cosas están formadas por átomos que bailan, por ejemplo, y tú no las ves así. Pues lo mismo pasa con la Primavera.

Verás: en la Primavera el aire empieza a hacerse tibio y cuando te da en la cara parece que te roce un pañuelo de seda. Además, se llena todo de flores: hay flores complicadas, difíciles, yo diría que hasta orgullosas, como las rosas, que serían flores de postín. También hay flores modestas, calladas y buenas chicas, como las margaritas, que no tienen perfume, pero sirven, por ejemplo, para que los enamorados les arranquen los pétalos blancos diciendo: "sí me quiere; no me quiere".


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
6 págs. / 11 minutos / 68 visitas.

Publicado el 12 de abril de 2017 por Edu Robsy.

La Vulgata de Don Javier

Arturo Robsy


Cuento


(Prohombre)


La apariencia de don Javier

Don Javier es una gran alma remetida, también en un gran cuerpo. Tiene la estructura del atleta y el talento del científico. Sus manos, donde sólo brilla el anillo de boda (oro vulgar y en círculo), son manos agudas de hombre que piensa, son los dedos teñidos de nicotina. Son unas bellas manos que él utiliza para hablar, para meditar, para acercarse a sus semejantes y demostrarse afecto e indiferencia. El pelo, bien peinado, es rojo y la boca, carnosa, amiga de la sonrisa y llena de voluntad: ancha, saliente como su barbilla. don Javier va al gimnasio dos veces por semana. Dice sobre esto: "es un crimen perder el humor y el talento a causa de un dolor reumático". Tiene razón.


Las frases de don Javier

Don Javier es un hombre de frases. La genialidad es natural en él y jamás, al hablar, trata de influir en las opiniones del otro; dice, simplemente, sus cosas mientras fuma o mientras sonríe. Nada más. En una ocasión me explicó: "hablar de la muerte produce silencio", y, en otra: "Cuando un hombre está solo, también puede ser solo, de forma que la soledad pasa a ser un modelo más de vida que es imposible desechar". Sin embargo don Javier no es un solitario: vive en una casita cómoda con su mujer y sus cuatro hijos.


La familia de don Javier

Don Javier llega a su casa. En la fábrica hay no sé qué problemas que se le llevan la atención: cosas de máximos y mínimos, y algo de un ingeniero que se equivocó en la elección de niveles para el último producto. Un niño, en un rincón, hace pucheros con los labios contraídos. "El pero es m'ha escapao" —dice. don Javier toma un tebeo para leérselo, lo piensa mejor y llama a su mujer:

—Juega un poco con ellas —le dice.

Pero la mujer acaba de bañar al más pequeño y no tiene ganas.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
7 págs. / 13 minutos / 49 visitas.

Publicado el 1 de mayo de 2022 por Edu Robsy.

La Última Historia

Arturo Robsy


Cuento


Hoy, el Ángel ha llegado a las dies y cuarto de la mañana. Lleva seis días haciéndolo, y ya los más puntillosos han comentado su falta de puntualidad: un Ángel no puede retrasarse quince minutos bajo ninguna excusa.

Los niños le tiran piedras, pero él, sonriendo, aguanta firme y no cede. Se va a posar en lo alto de la Cibeles y se está un par de horas con las alas plegadas y los brazos sobre el estómago. Ahora ya no hace nada; antes hablaba, pero actualmente se limita a mirarnos y a sonreír, como quien hace muecas. (¿Tendrán músculos cigomáticos los ángeles?)

La primera vez, un guardia le quiso quitar de ahí, pero unas viejecitas piadosas lo impidieron. Dijeron que no hacía mal y nadie y que, en el fondo, era bonito: con esto y lo otro (o lo otro y esto) armaron tal alboroto que el guardia tuvo que dejarlo estas, ¡y desde entonces!

Han pasado, pues, seis días y hay quien afirma que la cosa va en serio. Pero, mientras quedamos en algo, ahí están los niños tirándole piedras y caramelos, y el policía mirándole de reojo, entre frustrado y vengativo.

De vez en cuando llegan los de la Televisión y hablan un poco con él y los periodistas, y luego se burlan todos, aunque ya no piensan que sea un señor disfrazado, porque le han visto volar por su cuenta.

Un director de cine sueco llegó el segundo día y está haciendo una película abstracta: la Prensa dice que el peliculero quiere crear un simbolismo entre la civilización y la dulce Arcadia o el Edén, para que los hombres comprendan la de cosas que se han perdido al nacer en la sociedad de consumo.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
3 págs. / 6 minutos / 81 visitas.

Publicado el 15 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

La Taberna

Arturo Robsy


Cuento


Nota

Algunos amigos, con un criticismo notable, me piden que escriba un cuento enjundioso, un cuento en el que pretenda decir algo, en el que, como es moda, me "comunique".

Y como el mundo, por el momento, es de la juventud, y la juventud es considerablemente rebelde, mis amigos y yo decidimos escribir un cuento moral, un

CUENTO PARA EPATAR BURGUESES

(épater les bourgeois)

Prefacio

Mucho antes de que Emilio Zola escribiese su famosa novela "La taberna", ya existían como entidades con vida propia:

a) Los taberneros.
b) Los sinvergüenzas.
c) Los burgueses propiamente dichos.
d) Y los intelectuales.

Y mucho después de que Zola haya pasado a ser un clásico del naturalismo, todavía sobreviven estas cuatro especies de humanoides.

Cuento

La historia comienza en la Gran Ciudad, en uno de los barrios pobres ("barrios obreros" se les llama ahora) por donde iban paseando dos presuntos intelectuales: uno muy joven y otro que no lo era tanto aún cuando lo disimulaba con una melena "a la moda" y una mirada tan agresiva y violenta como era capaz de fingir.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 82 visitas.

Publicado el 24 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

La Parábola del Último

Arturo Robsy


Cuento


Para Elena Arias-Salgado Robsy


Cuando desperté nadie quedaba a mi alrededor. Todo había terminado, aunque no sabía muy bien en qué pudo consistir ese todo. Simplemente regresé del sueño como cada mañana. La boca pastosa me daba el informe general sobre mi cuerpo y me recordaba el festín de la noche anterior. Los ojos, entrecerrados todavía, me enviaban turbias imágenes del mundo. Las manos... bueno: las manos: sirven siempre para lo mismo al despertar: para rascarse y taparse los bostezos de la boca.

Un detalle más: estaba solo. Y esto lo supe nada más emerger del pegajoso sueño: fue una sensación automática como de despertar y saber que estás despierto. Bien: yo estaba, además, solo y no había remedio para ello. Debo avisar que, en un principio, me pareció de perlas.

He aquí que hoy no tendría que acudir al trabajo, por ejemplo. Para después, le había prometido a mi mujer llevarla de tiendas... ¡Imagínense! Dos o tres horas de inaplazable aburrimiento, diciendo que sí y esforzándome por atender a los dibujos y colores de los vestidos que ella me enseñaría. Dos o tres horas de viril soledad en lo profundo del más femenino de los mundos... También estaba el asunto del dentista, para el que tenía hora: ya no me dolía la muela que había que extraer, de modo que era bendición del cielo esto de haber despertado solo, solo, solo.

Vagueé cuanto pude en la cama. Probé todas las posturas del lado derecho y luego hice de ellas una versión libre en el izquierdo. Me abracé a la almohada. Me la puse, por fin, bajo los riñones y quedé todo lo arqueado que me permitió mi pobre columna vertebral. Repasé a tientas con el índice cada una de las molduras de la cabecera. Me destapé y me volví a tapar. Encendí un cigarrillo y pensé en la vez en que quemé todo un colchón y parte de mi codo. Entonces reconocí que me aburría y me puse a gritar.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
5 págs. / 9 minutos / 55 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

La Otra Vida de Franco

Arturo Robsy


Novela


A modo de prólogo

Estos son unos trozos de un libro empezado hace tiempo y con el que no me he dado prisa. Ahora, con la decadencia acelerada, comprendo que es el momento de acelerarlo. La historia consiste en que dos españoles de lo futuro llegan a casa de un Psicólogo del 2002 que ha escrito un libro sobre 150 maneras de acabar con el mundo. Quieren pedirle opinión, porque sus jefes han decidido llevarse los edificios notables de España, que, sin reparaciones desde tanto atrás, están cayendo en la ruina. Al Psicólogo no le gusta la idea y les propone conseguir que se reparen iglesias, catedrales, palacios, que él sabe quién lo hará. Es entonces cuando la máquina del tiempo entra en función y, frente a la antigua Dirección General de Seguridad, aparece un coche moderno, impensable en 1965, cargado de ingenios como videos, ordenadores, cámaras magnetoscópicas y otros asuntos increíbles, junto con libros de historia, periódicos, discursos desorejados... un retrato de la sociedad del 2002. Y Franco acaba elaborando un plan para proteger a la España malherida. El objetivo es demostrar que se podría gobernar bien sin cambiar la constitución y contemplar todo lo que es accesorio en nuestra sociedad actual.

En un rincón del alma

—¡Dios bendito! — dijo Longinos Limón del otro lado de sus labios. Echó a correr como pocos celadores del Museo del Pardo han logrado cuando todavía sonaba el primer «si» del Himno Nacional, alto como una cruz, . Venía de atrás, del cuartel silencioso, del cuartel que se había callado para siempre veintidós años atrás.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
26 págs. / 46 minutos / 97 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

La Muerte Viene del Mar

Arturo Robsy


Cuento


Para María Teresa Arias-Salgado Robsy
(para que siempre siga respetando tantas pequeñas y utilísimas vidas).


En Tófol es viejo hace muchos años. Es uno de esos desafortunados hombres que sobreviven a su decrepitud y tienen la mala ocurrencia de ponerse a vivir años y más años mientras todo deja de ser lo que era. Así, hasta ochenta y cuatro años, tres meses y doce días: los de Tófol.

El día que se retiró los compañeros le hicieron una despedida: él era carpintero y se reunieron en el almacén con una botella de gin y muy buenos propósitos.

—Ahora —le dijeron— podrás descansar.

—Ahora —le explicaron— tendrás tiempo para tus cosas.

Pero olvidaron preguntarle si de verdad quería Tófol descansar o tener todo el tiempo del mundo. Le echaron simplemente. ¡Valiente cosa! La gente matándose por ahí y volviéndose necia para matar el tiempo. La gente gastándose dinero y más dinero para hacer algo mientras descansa, y a Tófol solamente le daban un traguito de gin, una palmada en la espalda y cuatro malas perras, "para tabaco", y para "ayudar un poco en casa".

—No nos sirves —le decían en realidad—. Ya no tienes las fuerza de hace veinte años. Ya no se te puede confiar la sierra grande. Ya no te van tan bien las manos. ¡A la calle!

¡Leche! Era cosa de parar un momento el carro de la edad y ponerse a hacer preguntas. Por ejemplo: ¿para qué exactamente se pasó trabajando cincuenta y cinco años? ¿Para quién? ¿Eh?. "Ya no nos sirves. ¡A la calle!". Tófol no estaba entonces tan viejo que no se diera cuenta de que algo fallaba en este asunto.

—Te quieren mientras les ganas dinero —sí, de acuerdo—. Pero tampoco sería lógico que te soportaran cuando eres un inútil. ¡Cuánta razón! ¡Cuánta verdad! ¡Leche...!


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
6 págs. / 10 minutos / 61 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2021 por Edu Robsy.

7891011