Textos más vistos de Arturo Robsy | pág. 14

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autor: Arturo Robsy


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Hablar de España

Arturo Robsy


Ensayo, Política


DELANTAL QUE SE PONE AL LIBRO.

Panorama

El hombre es un ser sometido a instintos, como el de conservación o el gregario, y a reflejos como el de la búsqueda (qué difícil es dejar de buscar algo extraviado). Sometido. No hay libertad frente a ellos ni frente al tiempo que toca vivir. Llegar a percibir que hoy no es ayer, que se han modificado los principios activos de nuestro mundo, es difícil. Más si se trata con demagogia.

Hay que contar siempre con que la metafísica no pesa en los postulados que rigen el rumbo de la sociedad. Hay que atenerse, críticamente, a lo que hay, sabiendo que no se busca lo permanente y que se silencia la trascendencia de lo que realmente trasciende.

El mundo del hombre, el único verdaderamente accesible, es la sociedad y, en específico, la propia, en la que se ha formado y cuyo paso debe seguir, a gusto o a disgusto, o aceptar el riesgo de quedarse fuera. La sociedad es un sino, algo a lo que estamos condenados, un principio automático de sometimiento que, si falla, es restaurado por la coacción o la coerción: Policías y jueces cuidan de ello. Y quienes legislan.


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Publicado el 14 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Hágase la Llama

Arturo Robsy


Cuento


— ¡Máquinas y máquinas! — dijo el hombre lanzando un martillo al fondo del cobertizo. — Apuesto a que no has visto una bendita herrería en tu vida.

El pueblo, blanco, se extendía a lo lejos en la luminosa calma mediterránea y el hombre lo vigilaba con ojos airados y tan encendidos como los tizones de su fragua.

— Ni siquiera debes de saber qué cosa es un herrero. — dijo, mirándome de mal humor — Nadie lo sabe. Pero yo te lo diré: los herreros somos los conquistadores del mundo, los que decidimos, hace milenios, llevar al hombre a las estrellas. Los Señores del Fuego.

De todas formas aquellas palabras no sonaban a herrero ni mucho menos. Atendí mejor a los rasgos en busca de la señal de la cultura en el rostro, de la huella del pensamiento en las manos, pero aquel era un diablo malhumorado y algo cojo, que se meneaba pisoteando la tierra cenicienta debajo de su emparrado verde.

— No hay herreros — resumió — de modo que nadie puede entender el mundo. No me extraña que haya tanta delincuencia.

Yo, para la historia y para el mundo, había ido a una ferretería a comprar una rejilla y unos morillos para mi chimenea y, aunque julio, me hacía ilusión colocarlos inmediatamente y, sobre ellos, tres o cuatro artísticos leños de encina.

Desgraciadamente, las medidas de mi chimenea no estaban homologadas, estandarizadas o como quiera que se diga, de modo que ninguna de las piezas fabricadas en serie encajaba en ella, y así fue como me encaminaron a las afueras, al herrero, advirtiéndome de que estaba medio loco y que me haría o no el trabajo, según.

— ¿Según, qué?

— Según el viento, por ejemplo. Cuando sopla el mediodía es cosa sabida que tira piedras. El poniente sólo le hace maldecir. El norte es el más favorable. Hay quien dice que con norte se le ha visto sonreír, pero son exageraciones.


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Publicado el 21 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Historia del Siglo XIX

Arturo Robsy


Cuento


Prólogo

Hojeando un libro antiguo me he encontrado con una vieja historia, en francés, que cuenta las peripecias de una pacífica y próspera ciudad a finales del siglo pasado, cuando alboreaba la electricidad y nadie sospechaba todavía la desenfrenada carrera que se emprendería en pos del progreso.

Los buenos ciudadanos consumían sus horas entre el buen café, un empleo sin complicaciones y los aperitivos de mariscos, que habían dado justa fama a la región. Monsieur Dupont, a las nueve en punto, abría su mercería y saludaba con una inclinación de cabeza a Monsieur Martin, el abacero de enfrente. Monsieur Derblay, el director del banco, a las diez y un minuto, se aflojaba el cuello duro, y Monsieur Delag, el vinatero, a las once hacía su primera "cura de agua" a base de bicarbonato, porque era un comerciante honrado y no vendía un solo cuartillo sin asegurarse de su calidad.

La historia

En una ciudad así, con sólidos lazos entre los vecinos, lo elemental era pasar el teimpo, asesinarlo de algún modo, para que los Messieurs Derblay, Delage, Martin y etcétera, no acabaran consumidos por la propia monotonia, y cobrasen ánimos para la próxima jornada.

¿Cuáles eran, pues, la consecuencias de un aburrimiento colectivo? El Urbanismo. Los hombres de la ciudad, todos a una, se dedicaban a embellecer calles, paseos y edificios públicos, y se sentían orgullosos de una política ornamental que ellos consideraban avanzada en Europa: ¿a qué otra cosa podían aspirar los hombres? ¿No era, acaso, el ideal vivir en un lugar confortable y sin estridencias?


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Publicado el 23 de marzo de 2019 por Edu Robsy.

Historias Desconocidas (en Todo o en Parte)

Arturo Robsy


Cuento


La fecha de la Creación y otras

James Usher, arzobispo de Armagh (Irlanda), llevado de la fatuidad de los sabios estableció en 1650 que la creación del mundo tuvo lugar en el año 4.004. Su contemporáneo, el doctor John Lightfoot, vicecanciller de la Universidad de Cambridge, dio un paso más y sostuvo que "el hombre fue creado por la Trinidad el día 23 de octubre del año 4.004, a las nueve de la mañana".

Yo mismo poseo un curioso libro:

ANEW
Geographical, Historical and Commercial
GRAMMAR
and
present state of several
KINGDOMS OF THE WORLD

de William Guthrie, Esq. Editado en Londres por Edward and Charles Dilly en MDCCLXXXIX (1779).

En las tablas cronológicas del final de volumen se lee:

—4004. Creación del Mundo y de Adán y Eva.

—4003. Nacimiento de Caín, el primero que nació de hombre y mujer.

—2348. El mundo es destruido por el Diluvio, que continuó 377 días.

—2247. La Torre de Babel: Dios confunde las lenguas de sus constructores.

—1897. Las ciudades de Sodoma y Gomorra son destruidas por sus pecados.

—1822. Memnón, el egipcio, inventa las letras.

—1198. El rapto de Helena por París.

Y en 1193 la guerra de Troya.

Una historia de fantasmas en la Antigüedad

Apuleyo, en el capítulo que ya no suele aparecer en las modernas ediciones de sus Metamorfosis por considerarse apócrifo, explica de la siguiente forma lo que le contó un galo supersticioso, que juraba haber sido el protagonista de la aventura:

Este galo, comerciante de vinos en los alrededores de Lutecia (actual París), afirmaba que, a mediodía, hora muy poco propicia para los espíritus, se dirigió de su casa al almacén donde guardaba sus mercancías.


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7 págs. / 13 minutos / 92 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2019 por Edu Robsy.

Hombre Sin Retorno

Arturo Robsy


Poesía


Principio

¿Quién no ha oído hablar de la poesía que promete? Más allá de lo que cada uno de los versos que siguen dice, más allá de las palabras que los componen, alienta una promesa general de renovación y éxito.

El presente libro es una corta antología de la obra del poeta del que nos preguntamos si es falangista porque es poeta o si es poeta porque primero fue falangista. Quiso el hombre salir del paso con diez romances nacidos en la noche mágica del último 18 de Julio, pero al fin este libro ha sido lo que tienes en las manos: una breve antología de urgencia de una obra amplia.

Hombre sin retorno plantea, desde su título, las tres angustias básicas del pensamiento de su autor: la de la Patria, en la que cree profundamente; la del Tiempo, en el que confía, y la de la Esperanza.

Es la suya una postura poética que, afortunadamente, excluye las dudas negras. El poeta cree en sólidas ideas y las explica a golpes de ilusión y hasta de ira. Se alista definitivamente en el futuro y quiere hacer de su palabra espuela, voz amiga que consuele y llamada que convoque a empresas vitales más amplias.

Con este primer libro de poemas, Hombre sin retorno, Editorial Ímpetu se suma también al ya extenso movimiento poético falangista y patriótico, llamado a ser la conciencia más limpia de las ambiciones de un pueblo que no se decide a olvidar ni a abandonar sus sueños. Arturo Robsy no necesita otra presentación: es de sobra conocido en la Menorca vital en la que ejerce de ilusionada conciencia.

El lector le encontrará en la mejor vena del romance, popular y sentidísimo, acusándonos a todos:


Nuestra vergüenza secreta
gritará durante siglos
en el corazón del tiempo.
Ojalá nos mates flechas
antes que soportar yugos,
y en el cielo los luceros,
y los hijos en el mundo,
tachen nuestro nombre negro.


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17 págs. / 30 minutos / 33 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2025 por Edu Robsy.

Informe Sobre la Estupidez

Arturo Robsy


Novela


1. BAJO LA NUBE

El sol del mediodía brillaba sobre la ciudad, neutral, manteniéndose a distancia. Una nube de polvo blanco y rojo volaba sobre las azoteas y caía tan lentamente como el silencio que siguió a los formidables estruendos de la mañana.

El alcalde, tras levantarse del suelo de la plaza de la Constitución, había mirado, insensible, cómo las fuerzas vivas se sacudían sus trajes de los actos públicos. Cubiertos de menudas partículas y de asombro, se habían separado sin mediar palabra, sintiéndose cada uno responsable secreto de la tragedia y rezando para que su intervención en ella no llegara a saberse.

Bajo la nube blanca que se iba depositando, el alcalde Juan de Dios, pálido por dentro y por fuera, echó a andar hacia casa: ya no tenía despacho y su ordenanza, posiblemente, estuviera todavía corriendo. Se había visto al borde de la muerte por un momento, pero entonces ya se veía al de la destitución. El, que siempre había sido un hombre con la cabeza bien atornillada, sentía ahora los tornillos flojos y el corazón a tres dedos de la boca.

 

Don Anselmo, el viejo catedrático recientemente elevado al Olimpo de los Hijos Ilustres de la ciudad, conversaba con el octogenario don Juan. Ambos habían contemplado por Telecab, la televisión local por cable, los espantosos sucesos de la plaza de la Constitución, incluido el espectáculo de ver rodar por el suelo al pleno de las fuerzas vivas con su alcalde, Juan de Dios —nieto de don Juan— y el minipresidente Felipe Suárez a la cabeza.

Don Anselmo y don Juan contuvieron el aliento hasta que vieron ponerse en pie a los prohombres, sacudiéndose nerviosamente el polvo, tan pronto como terminaron las explosiones.


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Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Jeremiada

Arturo Robsy


Cuento


Jeremías, pese a no faltarle motivos, no era jeremiaco. Razonablemente infeliz en un mundo en que nadie es feliz, cultivaba los frutos de su miseria con la conformidad de un eremita.

Sus hijos se libraron de él a los setenta años, cuando decoraron de nuevo la casa y lo descubrieron allí, junto a los muebles viejos, silencioso estorbo con la tapicería raída. Comía sopa y veía la tele. En ocasiones, preguntaba al nieto como iban las cosas.

—Bah. —decía el muchacho, con la expresividad de su generación.

Como en la casa había que hacer reformas, Jeremías acabó en el asilo. Le llamaban Residencia de la Tercera Edad, pero era un asilo con un dormitorio enorme donde los ancianos, en largas filas, roncaban de noche hasta que el insomnio de la mucha edad les despertaba con la cabeza llena de pensamientos secos .

Como eran dolorosos, muchos fingían seguir durmiendo y roncaban con más fuerza para engañar al gusano que roía la memoria y escupía trozos de vida a la cabeza, memorias de juventud perdida y recortes de amargura próxima.

Jeremías se escapó una noche. Descalzo, por no meter ruido. Otros lo vieron y, envidiosos, roncaron más. Descalzo se fue por el mundo, con sus viejos pantalones y una camisa de verano. A rayas.

En el campo hubiera encontrado el hueco de una mata, la cabaña de un pastor o una cueva. Cerca, alguna hierba, alguna fruta. Pero en la ciudad la miseria de un anciano es más sórdida, menos apta para que la cante un poeta.

Jeremías, animoso, disputaba a los gatos las bolsas de basura, donde siempre había restos que sus viejas tripas digerían sin protestas. Había también periódicos para atárselos a los pies desnudos con tiras de plástico. Y confortables subterráneos donde, a veces, era posible echarse durante un trozo negro de la noche.


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Publicado el 21 de abril de 2016 por Edu Robsy.

La Diosa de la Tierra

Arturo Robsy


Cuento


El sol temprano, limpio y reluciente, bajó en un vuelo rasante por la calle de Alcalá, pasó por los ojos de la puerta neoclásica y se detuvo sobre la cabeza de La Cibeles.

La vieja diosa de piedra seguía saludando desde su carro pero, sobre su corona, sucedía algo insólito: en difícil equilibrio, un hombre se mantenía allí con los brazos abiertos y un gesto adusto.

Mucho después, cuando Madrid había puesto en circulación a su humanidad motorizada y a su pueblo de infantería, la gente empezó a reparar en el tipo de los brazos abiertos. Vestía de negro y procuraba no caerse al agua de la fuente.

—¡Eh! —dijo, por fin, un guardia. Lo hizo con timidez porque no había pedido permiso a la superioridad e ignoraba si el equilibrista incumplía alguna ordenanza o si disponía de permiso para saltársela.

—¡Eh! —insistió. Pero el hombre aquel era como Rubén Darío cuando quería volverse piedra dichosa «porque esa ya no siente» ni el dolor de ser vivo ni la pesadumbre de estar consciente. Posiblemente ese era el caso.

La policía nacional llegó después y también probó suerte:

—¡Eh!

El interesado, corona inmóvil de la diosa, siguió mirando obstinadamente a levante, a oriente. Quizá a Belén, quizá a La Meca: a distancia ni se le apreciaba la raza ni la religión, y sólo se podía sospechar que se trataba de un presunto loco o de un artista famoso decidido a promocionar su obra.

—¡Eh! —insistió la policía nacional , más perseverante que la municipal.

El tipo miró en torno y, poco satisfecho, decidió que necesitaba algún ruido supletorio:

—Llamen —dijo— a los bomberos.

Poco discretos, éstos llegaron con sus sirenas y sus luces y, entonces, una mínima multitud se congregó en torno a la fuente y en las esquinas del Banco de España y de Correos.


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Publicado el 11 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Escopeta

Arturo Robsy


Cuento


Ésta es una historia que debe contarse al revés, empezando por el fin y terminando casi por el principio. Es, además, una historia triste o, al menos, no lo suficientemente divertida para ser incluida en un almanaque humorístico. Y, naturalmente, no es, en modo alguno, ejemplar.

La historia comienza (o, mejor dicho, termina) cuando el viejo Críspulo le dijo a un sobrinejo de adopción, en la mitad de la tarde:

"Alcánzame la escopeta, chico".

El sobrino, harto asustado para aventurarse con decisiones propias, consultó con ojo elástico a los otros dos hombres que, entonces, llenaban la habitación. Ambos hicieron lo mismo: mover la cabeza hasta donde la sotabarba se lo permitía, y entornar los ojos como quien consiente tristemente en algo que no tiene remedio ya.

Y el mozo descolgó el arma del viejo garabato que la sostenía: era una escopeta que estuvo bien cuidada hasta un mes antes y que, ahora, llevaba, adherido a la vaselina, todo el impune polvo que se paseaba por aquella casa.

Y así fue como Críspulo se abrazó a su escopeta sin ningún pudor. Claro es que fue la última vez, era hermoso ver al hombre tan íntimamente unido al hierro y tan deseoso de hacer un sólo espíritu con el olorcillo de pólvora de los cañones, la madera del guardamano y su propia piel, arrugadeja y reseca como cordobán. Los demás —claro— disculparon la emoción senil de Críspulo porque también sabían que era la última vez, y esto impone respeto, y, si no, separen ustedes a un cazador de su arma y sabrán lo que quiero decir.

Esto es, en teoría, el final de la historia y, por el aquello de la curiosidad que hurga por la espalda, es preciso ahora contar algo más de Críspulo y de su escopeta y, si me aprietan, hasta del sobrinejo que se la alcanzó la última vez, y de los dos hombres que miraban la escena con tanto esfuerzo que parecían hacerlo a través de una piscina turbia.


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Publicado el 22 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.

La Gallina y el Ángel

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo se ha presentado con el cuaderno abierto y la ilusión de que yo aprecie su estilo literario. Ha terminado un ejercicio de redacción y lo somete a mi docto parecer justo en el momento en que estoy a punto de meterle el diente a un artículo de opinión de mi periódico favorito.

— A ver qué te parece, Santo Padre.

Trabajosamente escrito a lápiz con la mano izquierda, leo:

"Di todo lo que sepas sobre la gallina"

"La gallina lleva a sus hijos en el vientre como todo el mundo, pero los pone aún en huevo y tiene que subirse a ellos durante veintiún días para que nazcan: este fenómeno se llama incubación. Hay gallinas de muchos colores: pelirrojas, negras, blancas y pintadas, por lo menos. La gallina, cuando nace se llama pollito, y es muy bonita. La gallina de mayor es bastante fea y muy tonta. La gallina es un ave que no sabe volar, porque está muy gorda y, también, por tonta. Cuando se la persigue corre bastante y mete un ruido que se llama cacareo. También cacarea cuando pone un huevo, de alegría seguramente, o para presumir. El marido de la gallina es el gallo, que es más bonito, más valiente y lleva en las patas clavos llamados espolones. El gallo tiene una cresta alta y roja, llena de puntas como una corona; la gallina lleva la cresta caída sobre los ojos y parece una boina. Cuando se le arrancan las plumas tiene la piel amarillenta, como si estuviera enferma. Las gallinas son aves de corral y de ellas se come todo, tanto los huevos como la carne, y, además, son muy cobardes porque saben todas que nos las queremos comer. Cuando hay que insultar a alguien que tiene miedo se le llama gallina y cuando nos asustamos se nos pone la piel de gallina."

— Sabes tú mucho sobre las gallinas, Enano. — digo disimulando la risa.—¿Estudiáis la gallina en el colegio?

— Sí. Y tú también me vas explicando cosas. ¿Te acuerdas de cuando te regalaron un milano?


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Publicado el 23 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.

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