I
"Me gustaría enteramente sentimental, que llegase al alma, que
hiciera llorar... Yo cuando leo y no lloro, me parece que no he leído.
¿Qué quiere usted? yo soy así, — me dijo el duque de Cantarranas,
haciendo con los gestos frente, boca y narices uno de aquellos nerviosos
que le distinguen de los demás duques y de todos los mortales.
— Yo le aseguro a usted que será sentimental, será de esas que dan
convulsiones y síncopes; hará llorar a todo el género humano, querido
señor duque, — le contesté abriendo el manuscrito por la primera página.
— Eso es lo que hace falta, amigo mío: sentimiento, sentimiento. En
este siglo materialista, conviene al arte despertar los nobles afectos.
Es preciso hacer llorar a las muchedumbres, cuyo corazón esta endurecido
por la pasión política, cuya mente está extraviada por las ideas de
vanidad que les han imbuido los socialistas.
Si no pone usted ahí mucho lloro, mucho suspiro, mucho amor
contrariado, mucha terneza, mucha languidez, mucha tórtola y mucha
codorniz, le auguro un éxito triste, y lo que es peor, el tremendo fallo
de reprobación y anatema de la posteridad enfurecida.
Dijo; y afectando la gravedad de un Mecenas, mirome el duque de
Cantarranas con expresión de superioridad, no sin hacer otro gesto
nervioso que parecía hundirle la nariz, romperle la boca y rasgarle el
cuero de la frente, de su frente olímpica en que resplandecía el genio
apacible, dulzón y melancólico de la poesía sentimental.
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